Escrito por Friedrich Engels a comienzos de junio de 1847 y publicado sin firma, con el título «Schutzzoll oder Freihandels-System», en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 46, del 10 de junio de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 58-61), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Desde el momento en que el rey de Prusia, por falta de dinero y de crédito, se vio obligado a promulgar las patentes del 3 de febrero,1 ninguna persona sensata podía dudar de que la monarquía absoluta en Alemania, el régimen «cristiano-germánico» de hasta ahora, conocido también con el nombre de «gobierno paternal», había abdicado para siempre, pese a toda su resistencia y a todos los discursos de la corona armados de punta en blanco. Con ello había amanecido el día a partir del cual la burguesía puede datar su dominación en Alemania. Las patentes mismas no son más que un reconocimiento del poder de la burguesía, envuelto todavía en mucho vaho y niebla de Potsdam. Una gran parte de ese vaho y esa niebla la han disipado ya algunos débiles soplidos de la Dieta Unida, y muy pronto toda la figura brumosa y fantasmal cristiano-germánica se habrá disuelto en la nada.

Pero tan pronto como empezó la dominación de las clases medias, tenía que plantearse en primer término la exigencia de que toda la política comercial de Alemania, o mejor dicho de la Unión Aduanera, fuera arrancada de las manos incapaces de los príncipes alemanes, de sus ministros y de sus burócratas, altaneros pero sumamente estrechos de miras e ignorantes en asuntos de comercio e industria, y pasara a depender de quienes tienen tanto el conocimiento necesario como el interés más inmediato en la cuestión, y a ser decidida por ellos. En otras palabras: la cuestión de los aranceles protectores y diferenciales o del librecambio tenía que quedar a la decisión exclusiva de la burguesía.

La Dieta Unida de Berlín ha mostrado al gobierno que la burguesía sabe lo que necesita; en los recientes debates aduaneros se le ha dicho al sistema de gobierno de Spandau,2 en palabras bastante claras y amargas, que es incapaz de comprender, proteger y fomentar los intereses materiales. El asunto de Cracovia3 habría bastado por sí solo para imprimir en la frente del Guillermo de la Santa Alianza y de sus ministros el sello de la ignorancia más grosera o de la traición más punible al bienestar del país. Pero, para espanto del altísimo señor y de sus excelencias, salieron a relucir además muchas otras cosas con las que las capacidades y luces reales y ministeriales, vivas y difuntas, podían sentirse cualquier cosa menos halagadas.

Es cierto que en el seno de la burguesía misma reinan dos opiniones distintas en lo tocante a la industria y al comercio. Pero no cabe ninguna duda de que el partido de los aranceles protectores, o diferenciales, es con mucho el más poderoso, el más numeroso y el preponderante. Y en efecto, la burguesía no puede sostenerse, ni afianzarse, ni llegar al poder absoluto si no ampara y cuida su industria y su comercio con medios artificiales. Sin protección frente a la industria extranjera, quedaría aplastada y pisoteada en un decenio. Es muy posible que ni siquiera la protección le sirva de mucho ni por mucho tiempo. Ha esperado demasiado, se ha quedado demasiado tranquila en los pañales en que la tuvieron fajada durante tantos años sus queridos príncipes. Por todas partes la han adelantado, la han dejado atrás, le han quitado sus mejores posiciones, mientras ella se dejaba dar en casa, sin rechistar, palmetazos en la mano y ni siquiera tenía energía bastante para librarse de sus paternales maestros de escuela y de correccional, en parte idiotas, en parte sumamente taimados.

Ahora las tornas han cambiado. Los príncipes alemanes ya solo pueden ser en adelante los criados de la burguesía, el punto sobre la i de la burguesía. En la medida en que todavía haya tiempo y ocasión para el poder de esta, la protección de la industria y del comercio alemanes es la única base sobre la que puede asentarse. Y lo que la burguesía quiere y tiene que querer frente a los príncipes alemanes, también sabrá imponerlo.

Junto a la burguesía hay, sin embargo, un número muy considerable de personas a las que se llama proletarios: la clase trabajadora y desposeída.

La pregunta es, por tanto: ¿qué gana esta con la introducción del sistema proteccionista? ¿Recibirá por eso un salario mayor, podrá alimentarse y vestirse mejor, vivir en viviendas más sanas, ahorrar algo más de tiempo para el descanso y la instrucción, algunos medios para una educación más racional y más cuidadosa de sus hijos?

Los señores de la burguesía que abogan por el sistema proteccionista nunca dejan de poner en primer plano el bienestar de la clase trabajadora. A juzgar por sus palabras, junto con la protección de la industria empezaría para los obreros una vida verdaderamente paradisíaca; Alemania se convertiría así en un Canaán donde para el proletario «manan la leche y la miel». Si se escucha, en cambio, a los librecambistas, solo con la aplicación de su sistema podrían los desposeídos vivir «como Dios en Francia», es decir, muy alegres y contentos.

Entre ambos partidos hay todavía cabezas estrechas de sobra que creen más o menos en la verdad de sus propias palabras. Los listos de entre ellos saben muy bien que todo eso es vana ilusión y que solo está calculado para engañar a la masa y ganársela.

A los burgueses listos nadie necesita decirles que el obrero, domine el sistema de los aranceles protectores o el del librecambio o una mezcla de ambos, no recibe un salario mayor que el que basta justamente para su sustento más indispensable. El obrero recibe, de un lado como del otro, neto, lo que necesita para seguir funcionando como máquina de trabajo.

Al proletario, al desposeído, podría por tanto serle aparentemente muy indiferente que la última palabra la tengan los proteccionistas o los librecambistas.

Pero como, según se ha dicho más arriba, la burguesía en Alemania necesita protección frente al extranjero para acabar con los restos medievales de una aristocracia feudal y con la moderna sabandija «por la gracia de Dios» y para desplegar pura y limpia su esencia más propia e íntima, también la clase trabajadora tiene interés en lo que ayude a la burguesía a una dominación sin mermas.

Solo cuando ya no quede más que una clase, la burguesía, como explotadora y opresora, cuando la necesidad y la miseria ya no puedan cargarse en el libro de deudas ora de este, ora de aquel estamento, o simplemente de la monarquía ilimitada con sus burócratas, solo entonces se entablará la última lucha decisiva, la lucha entre los poseedores y los desposeídos, entre la burguesía y el proletariado.

Entonces el campo de batalla estará limpio de todas las barreras inútiles, de todo adorno engañoso; la posición de los dos ejércitos enemigos, clara y fácil de abarcar con la vista.

Con la dominación de la burguesía, también los obreros, forzados por las circunstancias, llegan al progreso infinitamente importante de que ya no se enfrentan y se rebelan contra lo existente como individuos aislados, a lo sumo como unos cuantos cientos o miles, sino que todos juntos, como una clase con sus intereses y principios particulares, arremeten según un plan común y con fuerzas unidas contra su último y peor enemigo hereditario: la burguesía.

El desenlace de esta lucha no puede ser dudoso. La burguesía caerá y tiene que caer por tierra ante el proletariado, del mismo modo que la aristocracia y la monarquía ilimitada han recibido el golpe de gracia de la clase media.

Con la burguesía cae a la vez la propiedad privada, y la victoria de la clase trabajadora pone fin para siempre a toda dominación de clase y de casta.

  1. Las patentes reales del 3 de febrero de 1847, por las que Federico Guillermo IV convocaba la Dieta Unida (Vereinigter Landtag) de las provincias prusianas, reunida en Berlín desde el 11 de abril de 1847. ↩

  2. Alusión a la fortaleza de Spandau, junto a Berlín, que servía de prisión de Estado. ↩

  3. La anexión de la república libre de Cracovia por Austria en noviembre de 1846, consentida por Prusia y Rusia,, que perjudicó al comercio prusiano con aquella región. El «Guillermo de la Santa Alianza» es Federico Guillermo IV. ↩