Escrito por Friedrich Engels en París, fechado el 26 de junio de 1847. Publicado en inglés en The Northern Star (Leeds), núm. 506, del 3 de julio de 1847. No hemos podido consultar el texto inglés: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 183-190), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto de la MEW en alemán.
The Northern Star, núm. 506, 3 de julio de 1847
Los teatros ingleses harían mejor en retirar de la cartelera La escuela del escándalo,1 porque la mayor escuela de ese género se ha establecido en realidad en París, en la Cámara de Diputados. La cantidad de material escandaloso que se ha reunido y expuesto allí durante las últimas cuatro o cinco semanas no tiene verdaderamente precedente en los anales de la discusión parlamentaria. Recuerdo la inscripción que el señor Duncombe2 propuso en una ocasión para su gloriosa Cámara de los Comunes: «Dentro de estos muros se cometen las cosas más indignas y vergonzosas». Pues bien, aquí tienen ustedes la réplica de su ralea de legisladores burgueses; aquí ocurren cosas de las que hasta los granujas británicos se avergonzarían. El honor de la vieja Inglaterra está a salvo: míster Roebuck ha sido superado por monsieur de Girardin; sir James Graham ha sido derrotado por monsieur Duchâtel.3
No me tomaré la molestia de presentarles la lista completa de escándalos que se han descubierto aquí en las últimas semanas; no diré una palabra de los muchos casos de soborno que se han llevado ante los jueces; ni una palabra del señor Gudin, oficial de órdenes del rey, que, no sin cierta habilidad, intentó introducir en las Tullerías las costumbres del mundo de los estafadores; no les haré un relato prolijo del sucio asunto del general Cubières, par de Francia y antiguo ministro de la Guerra, que, con el pretexto de comprar la autorización del Gobierno para constituir una compañía minera, estafó a dicha compañía cuarenta acciones que se metió tranquilamente en el bolsillo, por lo que ahora tiene que responder ante la Cámara de los Pares.4 No; solo quiero darles unas pequeñas muestras, unos pocos ejemplos de dos o tres sesiones de la Cámara de Diputados, que les permitirán juzgar el resto.
El señor Émile de Girardin, diputado y editor del diario La Presse,5 que en ambas calidades apoya al nuevo partido de los conservadores progresistas y que desde hace bastante tiempo es uno de los más violentos adversarios del Gobierno (al que hasta hace poco apoyaba), es un hombre de gran talento y gran actividad, pero sin principios. Desde el comienzo de su carrera política empleó sin vacilar todos los medios para convertirse en una figura importante de la vida pública. Fue él quien obligó a batirse en duelo a Armand Carrel, el célebre director del National, y lo mató de un tiro, librándose así de un competidor peligroso.6 El apoyo de un hombre así, propietario de un periódico influyente y miembro de la Cámara de Diputados, tenía naturalmente gran importancia para el Gobierno; pero el señor de Girardin vendía su apoyo (porque siempre lo vendía) a un precio muy alto. Entre el señor de Girardin y el Gobierno se cerraron unos cuantos negocios, aunque no siempre a plena satisfacción de ambas partes. Entretanto, el señor de Girardin se preparaba para cualquier giro posible de los acontecimientos. Como preveía la probabilidad de una ruptura con el gabinete Guizot, reunía informes sobre escándalos, sobornos y chalaneos, que por su posición era quien mejor podía averiguar y que le traían sus amigos y agentes bien situados. El curso de las discusiones de partido en esta legislatura le mostró que la caída de Guizot y Duchâtel se acercaba. Fue una de las figuras principales en la formación del nuevo partido de los «conservadores progresistas» y amenazó repetidas veces al Gobierno con todo el peso de su cólera si persistía en su rumbo. El señor Guizot rechazó en términos bastante despectivos cualquier compromiso con el nuevo partido. Este se separó de la mayoría e inquietó al Gobierno con su oposición. Las discusiones financieras y de otro tipo en la Cámara sacaron a la luz tantos escándalos que los señores Guizot y Duchâtel se vieron obligados a echar por la borda a varios de sus colegas para salvarse ellos mismos. Pero los puestos vacantes se ocuparon con hombres tan insignificantes que ningún partido quedó satisfecho y el ministerio salió más debilitado que fortalecido. Luego vino el asunto Cubières, que hizo nacer incluso en la mayoría algunas dudas sobre la posibilidad de mantener al señor Guizot en el cargo. Ahora, por fin, al ver el gabinete completamente desarticulado y debilitado, el señor de Girardin creyó llegado el momento de sacar su caja de Pandora del escándalo y provocar la caída de un Gobierno vacilante con revelaciones capaces de quebrantar la fe incluso del «VIENTRE» de la Cámara.7
Empezó acusando al Gobierno de haber vendido un título de par por 80.000 francos y de no haber cumplido luego la promesa, ¡después de haberse embolsado ya el dinero! La Cámara de los Pares se sintió ofendida por esta afirmación, publicada en el periódico La Presse, y pidió a los diputados permiso para llevar al señor de Girardin ante su tribunal. Esta petición provocó una discusión en la Cámara de Diputados, en el curso de la cual el señor de Girardin mantuvo íntegramente su afirmación y declaró que estaba en posesión de pruebas; pero se negó a dar nombres porque no quería hacer el papel de delator. En todo caso, dijo, había mencionado personalmente el asunto tres veces al señor Guizot, que nunca había negado los hechos. También había hablado de ello una vez con el señor Duchâtel y había recibido esta respuesta: «Ocurrió durante mi ausencia, y después desaprobé la cosa; lo hizo el señor Guizot». El señor Duchâtel lo negó todo rotundamente. «Pues bien», dijo el señor de Girardin, «les daré la prueba de que proponer tales negocios forma parte por completo de las costumbres del Gobierno», y leyó una carta del general Alexandre de Girardin (según creo, el padre del señor Émile de Girardin; este es hijo ilegítimo) al rey. La carta expresaba la gratitud del general de Girardin por el ofrecimiento de un título de par que se le había hecho; pero decía al mismo tiempo que el señor Guizot había puesto después la condición de que él (el general de Girardin) hiciera valer su influencia sobre el señor Émile de Girardin para apartarlo de la oposición al Gobierno. El general de Girardin no quiso tomar parte en semejante negocio y por eso rechazó el título de par. «¡Oh!», dijo el señor Duchâtel, «si no es más que eso, solo queremos mencionar que el propio señor Émile de Girardin nos ofreció abandonar su oposición si le hacíamos par; pero nosotros rechazamos la oferta». ¡De ahí esas lágrimas!8 Sin embargo, a la afirmación contenida en la carta Duchâtel no respondió ni una sílaba. La Cámara votó entonces que el señor Émile de Girardin fuera entregado a los pares para que lo procesaran. Fue interrogado, mantuvo su afirmación, pero declaró que, puesto que no estaba probado que se hubieran vendido títulos de par, no podía haber atacado a la Cámara de los Pares, sino solo al Gobierno. Los pares lo absolvieron. Entonces Girardin sacó otro escándalo. El año pasado se fundó un gran periódico, L'Époque, que debía apoyar al Gobierno, sacar del campo a todos los periódicos de oposición y hacer superfluo el costoso mantenimiento del periódico del señor de Girardin, La Presse. El experimento fracasó de un modo llamativo, en parte también por las intrigas personales del señor de Girardin, que mete la mano en todo asunto de este tipo. Ahora, cuando se acusó al señor Duchâtel de haber sobornado a la prensa, respondió que el Gobierno nunca había pagado subvención alguna a ningún periódico. Frente a esta afirmación, el señor de Girardin mantuvo el hecho notorio de que el señor Duchâtel, tras mucho mendigar los editores de L'Époque, les había dicho: «Bien, oro y plata no tengo, pero lo que tengo, eso les daré»,9 y les dio el privilegio de un tercer teatro de ópera en París. Este privilegio lo vendieron los «finos caballeros» de L'Époque por 100.000 francos, de los que 60.000 se emplearon en sostener el periódico y los 40.000 restantes fueron a parar Dios sabe adónde. También esto lo negó rotundamente el señor Duchâtel; pero el hecho es de dominio público.
Por lo demás, el señor de Girardin sacó a la luz algunos negocios parecidos; pero estos ejemplos pueden bastar.
Ayer el señor de Girardin volvió a levantarse en la Cámara de Diputados y leyó algunas cartas de las que se desprendía que el señor Duchâtel había hecho imprimir a costa del Estado la discusión sobre el asunto de los títulos de par antes mencionado y enviarla a todos los ayuntamientos del país, pero que en ese informe oficial no se reproducían correctamente ni los discursos del señor de Girardin ni los del señor Duchâtel, sino que, por el contrario, unos y otros habían sido arreglados para que el señor de Girardin apareciera como un calumniador ridículo y el señor Duchâtel como el más puro y virtuoso de los hombres. En cuanto al asunto mismo, repitió todas sus afirmaciones y desafió al Gobierno a refutarlas por medio de una comisión parlamentaria o a llevarle ante un jurado como calumniador. En ambos casos, dijo, se vería obligado a dar a conocer los nombres de los implicados y todos los detalles para poder probar sus acusaciones sin hacer por ello el papel de un vulgar soplón. Esto provocó un alboroto general en la Cámara. El señor Duchâtel se negó; el señor de Girardin repitió su exigencia; el señor Duchâtel volvió a negarse; el señor de Girardin repitió una vez más su exigencia, y así sucesivamente; todo ello acompañado de los gritos y contragritos de los «coros» de la Cámara. Otros miembros de la oposición volvieron a exigir al Gobierno que aclarara el asunto mediante una investigación parlamentaria o mediante un proceso judicial. Por fin, el señor Duchâtel dijo:
«Una investigación parlamentaria, señores, supondría que la mayoría duda de la honradez del Gobierno; por eso, el día en que se aprobara esa investigación nuestros puestos estarían ocupados por otros; si abrigan ustedes alguna duda, dígannoslo francamente y dimitiremos en el acto».
«Entonces», dijo el señor de Girardin, «no queda más que un proceso judicial. Estoy dispuesto a someterme a él. Llévenme ante un jurado, si se atreven».
«No», replicó el señor Hébert, el ministro de Justicia,10 «no lo haremos, porque juzgará la mayoría de la Cámara».
«Pero», objetó el señor Odilon Barrot,11 «esta no es una cuestión política; es una cuestión jurídica, y una cuestión así no es de nuestra competencia, sino de la de los tribunales públicos. Si el señor de Girardin ha calumniado al Gobierno en su periódico, ¿por qué no se le lleva por ello ante un tribunal?».
«¡No queremos!».
«Bien, pero hay también una acusación clara contra otros implicados en el chalaneo de títulos de par; ¿por qué no se la saca a relucir? Y ese asunto de L'Époque y del privilegio del teatro de ópera: si ustedes no tienen parte en él, como dicen, ¿por qué no acusan a quienes sí la tienen en un tráfico tan vergonzoso? Hay acusaciones claras e incluso pruebas parciales de crímenes que, según se dice, se han cometido; ¿por qué los abogados de la Corona no persiguen judicialmente, como es su deber, a quienes se acusa de esos crímenes?».
«No presentamos acusación», respondió el señor Hébert, «porque el carácter de las afirmaciones y el carácter de quienes las hacen no son tales que los consejeros de la Corona puedan considerar siquiera fundadas esas acusaciones».
Todo esto se vio interrumpido constantemente por silbidos, gritos, golpes y toda clase de ruidos. Esta sesión incomparable, que ha sacudido el gabinete Guizot hasta sus cimientos, terminó con una votación de la que se desprende que, si bien es posible quebrantar la confianza de la mayoría, ¡no es posible quebrantar su sistema de votar!
«¡La Cámara, oídas las explicaciones del Gobierno y hallándolas satisfactorias, pasa al orden del día!».
¿Qué les parece? ¿Qué prefieren, el Gobierno o la mayoría, la Cámara de Diputados de Francia o su Cámara de los Comunes? ¿Monsieur Duchâtel o sir James Graham? Me atrevo a decir que será una elección difícil. Sin embargo, hay una diferencia. La burguesía inglesa tiene que luchar todavía hoy contra una aristocracia que aún no ha sido eliminada, aunque se encuentra en estado de disolución y descomposición. La aristocracia de Inglaterra siempre ha encontrado apoyo en una u otra parte de la burguesía, y fue esta división de la burguesía la que salvó a la aristocracia del hundimiento completo. Actualmente la aristocracia de Inglaterra está apoyada en la lucha contra los fabricantes por los poseedores de títulos de la deuda, los banqueros y la gente de renta asegurada, así como por una gran parte de los navieros. Todo el movimiento por la derogación de las leyes cerealistas lo demuestra. Por eso la parte avanzada de la burguesía inglesa (me refiero a los fabricantes) podrá ahora llevar a cabo algunas medidas políticas progresistas que descompondrán cada vez más a la aristocracia. Los fabricantes se verán incluso obligados a obrar así. Tienen que ampliar sus mercados, lo que no pueden hacer sin bajar los precios; a esto debe preceder una reducción de los costes de producción, que se consigue en primer lugar reduciendo los salarios, y para reducir los salarios no hay medio más seguro que bajar los precios de los medios de subsistencia indispensables; y para conseguirlo no les queda otro medio que la reducción de los impuestos. Esta es la lógica de las cosas que obliga a los fabricantes de Inglaterra a suprimir la Iglesia del Estado y a reducir la deuda pública o a «ajustarla de manera equitativa».12 Se verán obligados a tomar estas dos medidas y otras en el mismo sentido en cuanto descubran, y tienen que descubrirlo, que el mercado mundial no basta para comprar sus productos de manera ininterrumpida y regular. Así pues, la burguesía inglesa ha seguido hasta ahora una dirección progresista; tiene que derribar a una aristocracia y a un clero privilegiado; se verá obligada a llevar a cabo ciertas medidas progresistas, y para ello los burgueses son las personas adecuadas y apropiadas. La burguesía francesa, en cambio, se encuentra en una situación distinta. En Francia no hay nobleza de sangre ni nobleza terrateniente. La Revolución la barrió por completo. Tampoco hay una Iglesia privilegiada o del Estado; al contrario, tanto el clero católico como el protestante reciben su sueldo del Gobierno y están en completa igualdad. En Francia no es posible una lucha seria entre los poseedores de títulos de la deuda, los banqueros y los navieros, por un lado, y los fabricantes, por otro, porque de todas las partes de la burguesía los poseedores de títulos y los banqueros (que son al mismo tiempo los principales accionistas de las compañías de ferrocarriles, de minas y otras) son sin duda la más fuerte y, salvo breves interrupciones, tienen en sus manos las riendas del Gobierno desde 1830. Los fabricantes, a los que la competencia extranjera mantiene a raya en el mercado exterior y amenaza en el suyo propio, no tienen ninguna posibilidad de alcanzar un grado de poder que les permita luchar con éxito contra los banqueros y los poseedores de títulos. Al contrario, sus posibilidades disminuyen cada año; su partido en la Cámara de Diputados, que antes era la mitad, no cuenta ahora más que con un tercio de los diputados. De todo esto se sigue que ni una parte aislada ni el conjunto de la burguesía dominante son capaces de introducir nada parecido al «progreso»; que en Francia, desde la revolución de 1830, el dominio de la burguesía se ha establecido de un modo tan completo que las clases dominantes no podían hacer otra cosa que arruinarse a sí mismas. Y eso es lo que han hecho. En lugar de avanzar, se han visto obligadas a retroceder, a restringir la libertad de prensa, a suprimir el derecho de asociación y de reunión y a dictar toda clase de leyes de excepción para tener sometida a la clase obrera. Y los escándalos que han salido a relucir durante las últimas semanas son la prueba clara de que la burguesía dominante de Francia está completamente agotada, totalmente «gastada».
En efecto, la gran burguesía se encuentra en una situación apurada. Por fin había encontrado en Guizot y Duchâtel los hombres apropiados para dirigir sus asuntos de Estado. Los mantuvo siete años en el cargo y se ocupó de que en cada elección obtuvieran una mayoría cada vez mayor. Y ahora, cuando todos los grupos de oposición de la Cámara habían quedado reducidos a la más completa impotencia, ahora, cuando parecían llegados los días de gloria de Guizot y Duchâtel, justo en ese momento se han descubierto en los actos del Gobierno muchos escándalos que hacen imposible su permanencia en el cargo, aunque las Cámaras los apoyaran por unanimidad. No cabe duda de que Guizot y Duchâtel y sus colaboradores dimitirán muy pronto; pueden sostenerse todavía unas semanas en sus sillones ministeriales, pero su fin está cerca, muy cerca. ¿Y quién gobernará después de ellos? ¡Quién sabe! Es posible que digan con Luis XV: «Después de mí, el diluvio, la ruina y el caos».13 Thiers es incapaz de reunir una mayoría. Molé es un hombre viejo, gastado e insignificante, que tropezará con toda clase de dificultades y que, para asegurarse el apoyo de la mayoría, tendría que cometer actos escandalosos parecidos y, por consiguiente, acabar igual que Guizot.14 Esta es la mayor dificultad. Los electores actuales elegirán siempre una mayoría parecida a la que existe ahora; la mayoría actual exigirá siempre un ministerio como el de Guizot y Duchâtel, enredado en toda clase de asuntos; y todo gabinete que obre así será derribado por la mera presión de la opinión pública. Este es el círculo vicioso en el que se mueve el sistema actual. Pero seguir como hasta ahora es imposible. ¿Qué hacer, entonces? No hay otro camino que salir de ese círculo y llevar a cabo una reforma electoral: reforma electoral, es decir, la admisión al voto de los pequeños industriales y comerciantes, y eso significa en Francia «el principio del fin». Rothschild y Luis Felipe saben muy bien los dos que la admisión de la pequeña «burguesía» a las urnas no significa otra cosa que «¡LA REPÚBLICA!».
París, 26 de junio de 1847
The School for Scandal, comedia de Richard Brinsley Sheridan (1777). La crónica, escrita para un periódico inglés, se dirige a lectores ingleses: de ahí «su» Cámara de los Comunes. ↩
Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical, que en 1842 presentó en los Comunes la segunda petición cartista. ↩
John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical; sir James Graham (1792-1861), ministro del Interior en el gabinete Peel (1841-1846), muy desacreditado en 1844 por haber mandado abrir en Correos las cartas del emigrado italiano Mazzini. Émile de Girardin (1806-1881), periodista y diputado. Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior en el gabinete presidido de hecho por François Guizot (1787-1874). ↩
El general Amédée Despans-Cubières (1786-1853), ministro de la Guerra en 1839 y 1840, fue juzgado en julio de 1847 por la Cámara de los Pares, junto con el ex ministro Jean-Baptiste Teste, por los sobornos pagados para obtener la concesión de unas minas de sal en Gouhenans; ambos fueron condenados. ↩
La Presse, diario parisiense fundado por Girardin en 1836, el primero de precio barato sostenido por los anuncios. ↩
Armand Carrel (1800-1836), director del diario republicano Le National, murió en julio de 1836 a consecuencia del duelo con Girardin. ↩
En inglés en la versión alemana: belly, vientre. En la jerga parlamentaria francesa, los ventrus eran los diputados de la mayoría ministerial, siempre dispuestos a votar con el Gobierno. ↩
En latín en el texto: Hinc illae lacrimae! (Terencio, Andria, I, 1). ↩
Palabras de Pedro al paralítico en Hechos de los Apóstoles, 3, 6. ↩
Michel Hébert (1799-1887), ministro de Justicia de 1847 a 1848. ↩
Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la oposición dinástica liberal. ↩
Equitable adjustment: consigna de los radicales ingleses, desde Cobbett, para una reducción de la deuda pública que no cargara sobre los contribuyentes pobres. ↩
La frase «Después de mí, el diluvio» se atribuye a Luis XV o a su favorita, la marquesa de Pompadour. ↩
Adolphe Thiers (1797-1877) y el conde Louis-Mathieu Molé (1781-1855), ambos antiguos presidentes del Consejo de Luis Felipe. ↩