Escrito por Karl Marx en Bruselas el 24 de diciembre de 1847. Publicado en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 103, 26 de diciembre de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 421-422), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
Bruselas, 24 de diciembre. Los periódicos franceses publican una vez más una carta del señor de Lamartine. Esta vez se trata del comunismo, sobre el que el poeta socialista se pronuncia por fin sin rodeos, después de que Cabet1 lo instara a hacerlo. Lamartine promete al mismo tiempo pronunciarse próximamente con detalle sobre este «importante asunto». Por ahora se contenta con unas breves sentencias oraculares:
«Mi opinión sobre el comunismo —dice— puede resumirse en un sentimiento (!), a saber, el siguiente: si Dios me confiara una sociedad de salvajes para civilizarlos y hacer de ellos hombres de buenas costumbres, la primera institución que les daría sería la propiedad.»
«Que el hombre se apropie de los elementos —prosigue el señor Lamartine— es una ley de la naturaleza y una condición de la vida. El hombre se apropia del aire al respirar, del espacio al recorrerlo, de la tierra al cultivarla, incluso del tiempo al perpetuarse en sus hijos; la propiedad es la organización del principio de la vida en el universo; el comunismo sería la muerte del trabajo y de la humanidad entera.»
«Su sueño —consuela por último el señor Lamartine al señor Cabet— es demasiado hermoso para esta tierra.»
El señor Lamartine combate, pues, el comunismo, y no solo un sistema comunista determinado, sino que sale a la palestra en defensa de la «eternidad de la propiedad privada». Porque su «sentimiento» le dice tres cosas: 1) que la propiedad civiliza a los hombres; 2) que es la organización del principio de la vida en el mundo, y 3) que su contrario, el comunismo, es un sueño demasiado hermoso para este mundo malo.
El señor Lamartine «siente» sin duda un mundo mejor, en el que el «principio de la vida» esté «organizado» de otro modo. Pero en este mundo malo el «apropiarse» es, qué le vamos a hacer, una condición de la vida.
No es necesario analizar el confuso sentimiento del señor Lamartine para disolverlo en sus contradicciones. Solo queremos hacer una observación. El señor Lamartine cree haber demostrado la eternidad de la propiedad burguesa al insinuar que la propiedad en general constituye el paso del estado salvaje al de la civilización, y al dar a entender que el proceso de la respiración y el hacer hijos presuponen el derecho de propiedad lo mismo que la propiedad privada social.
El señor Lamartine no ve ninguna diferencia entre la época del paso del salvajismo a la civilización y la nuestra, como tampoco entre la «apropiación» del aire y la «apropiación» de los productos sociales; ¡porque ambas cosas son, al fin y al cabo, una «apropiación», como ambas épocas son, al fin y al cabo, «épocas de transición»!
El señor Lamartine encontrará sin duda en su polémica «detallada» contra el comunismo ocasión de hacer que de estos tópicos generales, nacidos de su «sentimiento», se siga «lógicamente» toda una serie de otros tópicos todavía más generales. Quizá encontremos entonces también nosotros ocasión de examinar sus tópicos con más «detalle». Por esta vez nos contentamos con comunicar a nuestros lectores los «sentimientos» que un periódico monárquico y católico opone a los del señor Lamartine. La Union monarchique,2 en efecto, se expresa en su número de ayer como sigue contra los sentimientos lamartinianos:
«Ahí vemos cómo estos iluminadores de la humanidad la dejan sin guía. ¡Desgraciados! Han robado al pobre el Dios que lo consuela; le han quitado el cielo; han dejado al hombre solo con su privación, con su miseria. Y luego vienen y le dicen: quieres poseer la tierra; no es tuya. Quieres gozar de los bienes de la vida; pertenecen a otros. Quieres participar de las riquezas; no puede ser; sigue pobre, sigue desnudo, sigue abandonado, ¡muere!»
La Union monarchique consuela a los proletarios con Dios. El Bien Public, el periódico del señor Lamartine, los consuela con el «principio de la vida».