Escrito por Friedrich Engels entre enero y abril de 1847 como continuación de los capítulos sobre el «verdadero socialismo» del segundo volumen de La ideología alemana, que no llegó a publicarse; el manuscrito quedó inédito hasta el siglo XX. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 248-290), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen sin más. Las citas en verso se traducen literalmente. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Desde que se escribieron las anteriores descripciones de verdaderos socialistas1 han pasado varios meses. Durante este tiempo, el verdadero socialismo, que hasta ahora solo asomaba aquí y allá, aisladamente, ha tomado un impulso grandioso. Ha encontrado representantes en todas las partes de la patria común e incluso se ha elevado a cierta importancia literaria de partido. Más aún: ya se divide en varios grupos que, si bien están estrechamente unidos por el lazo común de la intimidad y la cientificidad alemanas, por aspiraciones y fines comunes, se distinguen netamente unos de otros por la individualidad particular de cada uno. De este modo, «la masa caótica de luz» del verdadero socialismo, como tan bellamente dice el señor Grün,2 se ha convertido con el tiempo en una «claridad ordenada»; se ha concentrado en estrellas y grupos de estrellas, a cuyo resplandor suave y sereno el burgués alemán puede abandonarse sin cuidado a sus planes de adquirir honradamente una pequeña fortuna y a sus esperanzas de elevar a las clases bajas del pueblo.
No podemos despedirnos del verdadero socialismo sin haber observado antes de cerca, por lo menos, los más desarrollados de estos grupos. Veremos cómo cada uno de ellos, diluido al principio en la Vía Láctea del amor general a la humanidad, por efecto de la fermentación ácida que sobreviene, el «verdadero entusiasmo por la humanidad» (como dice el doctor Lüning,3 autoridad competente sin duda), se constituye en grumo aparte y se separa del suero burgués-liberal; cómo figura luego durante algún tiempo como nebulosa en el cielo socialista, cómo la nebulosa crece en tamaño y brillo y, finalmente, como un cohete, se divide en un deslumbrante grupo de estrellas y constelaciones.
El grupo más antiguo, el que antes se desarrolló por su cuenta, es el del socialismo westfaliano. Gracias a los importantísimos pleitos de este grupo con la real policía prusiana, gracias al celo de estos hombres del progreso westfalianos por la publicidad, el público alemán ha tenido la ventaja de poder leer toda la historia de este grupo en la Kölnische..., la Trier'sche... y otros periódicos. Por eso aquí solo necesitamos mencionar lo indispensable.
El socialismo westfaliano tiene su casa en la comarca de Bielefeld, en el bosque de Teutoburgo. Los periódicos trajeron en su día alusiones misteriosas al carácter místico de su primera época. Pero pronto superó la fase de nebulosa; con el primer cuaderno del Westphälisches Dampfboot4 se abrió y mostró al ojo asombrado un ejército de estrellas resplandecientes. Nos encontramos al norte del ecuador y, como dice una vieja rima:
Al norte se ven el Carnero y el Toro,
los Gemelos, el Cangrejo y el León, con el adorno de una Virgen.5
La existencia de las «vírgenes» la afirmó pronto la «buena prensa»; el «León» era el mismo Hermann el Querusco6 que, poco después de abrirse la nebulosa westfaliana, abandonó a sus queridos amigos y ahora sacude desde América, como tribuno del pueblo, sus rubias melenas. No mucho después le siguió el Cangrejo, «por desagradables asuntos de letras de cambio», con lo que el socialismo westfaliano quedó viudo, pero no por eso deja de seguir con el negocio. De los Gemelos, uno se fue también a América para fundar una colonia; mientras allí se extraviaba, el segundo inventó «la economía nacional en su configuración futura» (véase Lüning, Dies Buch gehört dem Volke, año II).7 Pero todas estas figuras son relativamente insignificantes. El peso del grupo se concentra en el Carnero y en el Toro, estos astros auténticamente westfalianos, bajo cuya custodia el Westphälisches Dampfboot surca seguro las olas.
El Westphälisches Dampfboot se mantuvo mucho tiempo en el mode simple8 del verdadero socialismo. «No pasaba hora de la noche»9 sin que derramara lágrimas amargas por la miseria de la humanidad doliente. Predicaba el evangelio del hombre, del verdadero hombre, del verdadero hombre real, del verdadero hombre real en carne y hueso, con todas sus fuerzas, que por cierto no eran muy grandes. Tenía un ánimo blando y prefería el arroz con leche a la guindilla. Por eso su crítica tenía un carácter muy manso y se arrimaba antes a recensionistas igual de misericordiosos y amorosos que a la dureza de juicio, despiadada y fría, que se ha puesto de moda últimamente. Pero tenía un corazón grande y poco valor, y así hasta la insensible Sagrada familia halló gracia a sus ojos. Con la mayor escrupulosidad informaba de las diversas fases de las asociaciones locales de Bielefeld, de Münster, etc., para la elevación de las clases trabajadoras. La mayor atención se dedicaba a los importantes acontecimientos del Museo de Bielefeld.10 Y para que el burgués y el campesino westfalianos supieran bien qué hora era, en la revista mensual de los «acontecimientos mundiales» del final de cada número se alababa a los mismos liberales a los que se atacaba en los demás artículos del número. De paso se comunicaba además al burgués y al campesino westfalianos cuándo había dado a luz la reina Victoria, cuándo hacía estragos la peste en Egipto y cuándo habían perdido los rusos una batalla en el Cáucaso.
Ya se ve: el Westphälisches Dampfboot era una revista que podía aspirar con pleno derecho al agradecimiento de todos los bienpensantes y a los elogios desbordantes del señor Fr. Schnake en el Gesellschaftsspiegel.11 El Toro dirigía la redacción paciendo con el más risueño de los contentos por los pastos pantanosos del verdadero socialismo. Aunque a veces el censor le cortara en la carne, nunca tuvo que suspirar: «era el mejor pedazo»; el toro westfaliano era un buey de tiro y no un toro semental. Ni siquiera el Rheinischer Beobachter12 se ha atrevido nunca a reprochar un atentado contra la moralidad ni al Westphälisches Dampfboot en general ni al doctor Otto Lüning en particular. En suma, podía creerse que el Dampfboot, que desde que se le prohibió el Weser solo navega por el río Erídano, trasladado míticamente a las estrellas (porque junto a Bielefeld no corre otra agua), que el Dampfboot, decimos, había alcanzado el grado más alto de perfección humana.
Pero en todos sus efforts hasta entonces el Dampfboot solo había desarrollado la fase más simple del verdadero socialismo. Hacia el verano de 1846 salió del signo del Toro y se acercó al del Carnero o, mejor dicho, para hablar con más exactitud histórica, el Carnero se le acercó a él. El Carnero era hombre que había viajado y estaba enteramente a la altura de los tiempos. Explicó al Toro cómo andaba de verdad el mundo ahora, que lo principal eran ahora las «relaciones reales» y que por eso había que dar un nuevo giro. El Toro estuvo completamente de acuerdo, y a partir de ese momento el Westphälisches Dampfboot ofrece un espectáculo mucho más edificante todavía: el mode composé del verdadero socialismo.
«El Carnero y el Toro» creyeron que no podían ejecutar mejor esta graciosa figura que imprimiendo nuestra crítica del Volks-Tribun de Nueva York, que habíamos enviado manuscrita a la revista y que esta había aceptado.13 El Dampfboot, que ahora no tenía reparo en arremeter contra su propio León, muy lejos en América (el mode composé del verdadero socialismo da mucho más atrevimiento que el mode simple), el Dampfboot, por lo demás, fue lo bastante astuto como para añadir a la crítica mencionada esta observación filantrópica: «Si alguien quiere ver en el artículo anterior una autocrítica (?!) del Dampfboot, no tenemos nada que objetar».
Con esto queda suficientemente introducido el mode composé del verdadero socialismo, y ahora se avanza a galope tendido por el nuevo camino. El Carnero, criatura belicosa por naturaleza, no se resigna al modo bonachón de crítica seguido hasta entonces; al nuevo manso del rebaño de corderos westfaliano le recorre el ansia de pelea por todos los miembros, y antes de que sus compañeros, más tímidos, puedan impedírselo, embiste con los cuernos bajos contra el doctor Georg Schirges, de Hamburgo.14 El doctor Schirges no estaba antes tan mal visto por los timoneles del Dampfboot, pero ahora las cosas han cambiado. El pobre doctor Schirges representa el mode simplicissimus del verdadero socialismo, y esa simpleza, hasta hace poco compartida, no se la perdona el mode composé. Por eso el Carnero, en el cuaderno de septiembre de 1846 del Dampfboot, págs. 409-414, abre las brechas más despiadadas en los muros de su Werkstatt.15 Gocemos un momento de este espectáculo.
Algunos verdaderos socialistas y soi-disant16 comunistas han traducido al lenguaje de la moralidad burguesa alemana las brillantes sátiras de Fourier sobre las condiciones de vida de la burguesía, en la medida en que llegaron a conocer algo de ellas. Con este motivo descubrieron la teoría de la desdicha de los ricos, ya conocida por los ilustrados y los fabulistas del siglo pasado, y encontraron en ella materia para las más inagotables tiradas morales. El doctor Georg Schirges, todavía no lo bastante iniciado en los misterios de la verdadera doctrina, no es en absoluto de la opinión de que «los ricos sean tan desdichados como los pobres». A cambio, el manso westfaliano le propina un topetazo indignado, como merece un hombre al que «un premio de la lotería... podría convertir en el hombre más feliz y satisfecho del mundo».
«Sí», exclama nuestro estoico Carnero, «es cierto, a pesar del señor Schirges, que la propiedad no basta para hacer feliz a la gente, que una gran parte de nuestros ricos no se siente... nada feliz». (Tienes razón, buen Carnero: la salud es un bien que no se paga con ningún oro.) «Aunque no tenga que sufrir hambre ni frío, hay otros males» (por ejemplo, las enfermedades venéreas, el tiempo lluvioso persistente y, en Alemania, a veces también los remordimientos de conciencia) «a cuya presión no puede sustraerse». (Sobre todo, contra la muerte no hay remedio.) «Una mirada al interior de la mayoría de las familias... todo podrido y carcomido... El marido, completamente absorbido por los negocios de bolsa y de comercio» (beatus ille qui procul negotiis:17 es asombroso que al pobre le quede todavía tiempo para hacer un par de hijos)... «degradado a esclavo del dinero» (¡el pobrecillo!), «la mujer educada para ser una dama de salón sin contenido» (salvo cuando está embarazada), «hueca, o criada para ser una buena ama de casa que no tiene sentido para nada más que para cocinar, lavar y cuidar a los niños» (¿sigue hablando el Carnero de los «ricos»?) «y a lo sumo para algunas tertulias de chismorreo» (seguimos, como se ve, en suelo exclusivamente alemán, donde la «buena ama de casa» tiene la mejor ocasión de dedicarse a aquello para lo que «tiene sentido»; motivo de sobra para ser sumamente «desdichada»); «además, no pocas veces los dos en una guerra ininterrumpida el uno con el otro..., incluso el lazo entre padres e hijos lo desgarran a menudo las relaciones sociales», etc., etc.
Nuestro autor ha olvidado el peor sufrimiento. Cualquier padre de familia alemán «rico» podrá decirle que la discordia conyugal acaba con el tiempo por volverse una necesidad, que a los hijos descarriados se los puede despachar a Batavia y olvidarlos, pero que los criados ladrones y rebeldes son un «mal» insoportable y, con la desmoralización creciente del hombre y la mujer del pueblo, ya casi inevitable.
¡Si los señores Rothschild, Fulchiron y Decazes en París, Samuel Jones Loyd, Baring y lord Westminster en Londres leyeran esta descripción de las tribulaciones de los «ricos», cómo compadecerían al buen Carnero westfaliano!
... «Pero, al demostrar así» (como se ha hecho arriba) «que la presión de nuestras relaciones» (sobre todo la presión de la atmósfera, con 15 libras por pulgada cuadrada) «pesa también sobre el rico, aunque no con la misma fuerza que sobre el pobre, sale lo que sale de la descripción de nuestras relaciones y situaciones en general: ilustración para todo el que trata de conocerlas». (Casi parece que con el mode composé del verdadero socialismo «sale» todavía menos que con el mode simple.) «Del descontento del rico no saldrá, desde luego, ninguna revolución en favor del proletario; para eso hacen falta resortes más poderosos» (sobre todo, plumas18); «tampoco se resuelve nada con el "Abrazaos, millones, este beso al mundo entero";19 pero tampoco sirve de nada atormentarse con remiendos y remedios paliativos» (por ejemplo, intentos de reconciliación en el desdichado matrimonio de arriba) «y olvidar por ello por completo lo grande, las reformas reales» (sin duda el divorcio).
La conexión de ese «desde luego» con los siguientes «tampoco» y «pero tampoco» ofrece «desde luego» un ejemplo deplorable de la confusión que produce en la cabeza de un westfaliano el paso del verdadero socialismo simple al compuesto; «tampoco» disminuirá nuestra aflicción cuando leamos en la página siguiente (pág. 413) que «en los países políticamente desarrollados... existe un estado sin barrera alguna»; «pero tampoco» habla en favor de los conocimientos históricos del socialismo westfaliano que, según la misma página, «el egoísmo... en la época más brillante de la revolución, en la época de la Convención, se castigara incluso no pocas veces», probablemente a palos. Pero «no tenemos motivo para esperar nada mejor de la actividad futura de "nuestro Carnero", y por eso no volveremos a ocuparnos de él en mucho tiempo».
Volvámonos mejor hacia el Toro. Este se ocupa entretanto de los «acontecimientos mundiales», plantea en la pág. 421 (cuaderno de septiembre de 1846) «puras preguntas muy oportunas» y se lanza de cabeza a la política a la que, según el Charivari, el señor Guizot dio el apodo de «grande». También aquí es evidente el progreso respecto de la época anterior del socialismo simple. Unas muestras:
Ha llegado a Westfalia el rumor de que el gobierno prusiano, por los apuros de dinero en que se encuentra, podría verse obligado muy fácilmente a otorgar una constitución.20 Al mismo tiempo, los periódicos informan de la escasez de dinero que reina en la Bolsa de Berlín. Nuestro buey de tiro westfaliano, que no es precisamente fuerte en economía política, identifica tout bonnement21 los apuros de dinero del gobierno de Berlín con la escasez de dinero, muy distinta, de los commerçants22 berlineses y desarrolla la siguiente hipótesis de profunda mirada:
«... que quizá todavía este año se convoque a las Dietas provinciales como Dietas del reino. Pues los apuros de dinero siguen siendo los mismos, y el banco no parece poder remediarlos. Más aún, los ferrocarriles empezados y proyectados podrían verse seriamente amenazados por la falta de dinero, en cuyo caso el Estado podría fácilmente» (o sancta simplicitas!23) «verse movido a hacerse cargo de algunas líneas» (agudísimo), «lo que a su vez no es posible sin un empréstito».
Esto último es muy cierto. En la buena Westfalia todavía se cree de verdad vivir bajo un gobierno paternal. Hasta nuestro socialista extremo en mode composé atribuye al gobierno prusiano la ingenuidad de dar una constitución solo para remediar con un empréstito exterior los apuros de la Bolsa de Berlín: ¡feliz fe de carbonero!
Pero el olfato fino de nuestro buey de tiro westfaliano se muestra en su máxima finura en sus glosas sobre política exterior. Hace unos meses, el mode composé del verdadero socialismo olfateó los siguientes nuevos misterios de París y de Londres, que vamos a comunicar para regocijo del lector:
Cuaderno de septiembre:
Francia. «El ministerio ha salido victorioso de las elecciones,24 como no podía esperarse otra cosa» (¿cuándo ha esperado un westfaliano «otra cosa» que lo que «podía esperarse»?). «Haya puesto en movimiento todas las palancas de la corrupción, haya utilizado el atentado de Henri...;25 baste decir que la vieja oposición (Thiers, Barrot) ha sufrido una derrota considerable. Pero tampoco el señor Guizot podrá contar ya con un partido tan compacto, conservador y que vote por el ministerio quand même;26 pues también el partido conservador se ha dividido en dos secciones, los conservateurs bornés, con los periódicos Débats y Époque, y los conservateurs progressifs, cuyo órgano es la Presse».27 (El Toro solo olvida que fue el propio señor Guizot quien, en su discurso a sus electores de Lisieux, explotó por primera vez la fórmula del conservadurismo progresista.) «En general» (aquí empieza de nuevo la extraña incoherencia ya observada arriba en el Carnero, «como no podía esperarse otra cosa»), «las cuestiones de partido abstracto-políticas, que solo giraban en torno a si debía ser ministro Thiers o Guizot» (a eso se le llama en Westfalia «cuestiones de partido abstracto-políticas», ¡y allí se cree todavía que en Francia hasta ahora «solo se giraba en torno a eso»!), «quedarán algo relegadas a un segundo plano. Los economistas Blanqui... han sido elegidos para la Cámara, y con ellos» (para ilustración de los westfalianos) «seguramente se pondrán también sobre el tapete cuestiones de economía nacional» (¡qué idea se tendrá en Westfalia de las «cuestiones» que «hasta ahora estaban allí sobre el tapete»!). Págs. 426, 427.
Pregunta: ¿por qué la aristocracia inglesa se empeña en los azotes para los soldados? Respuesta:
«Si se quiere abolir los palos, hay que establecer otro sistema de reclutamiento, y si se tienen mejores soldados, se necesitan también mejores oficiales (!!), que deban su puesto al mérito y no a la compra o al favor. Por eso la aristocracia está en contra de "la abolición de los azotes", porque con ello pierde un nuevo baluarte, la colocación de sus "hijos menores". Pero la clase media persigue su ventaja paso a paso y también aquí acabará por obtener la victoria».
(¡Qué mitos! Las campañas de los ingleses en la India, Afganistán, etc., prueban que por ahora no «necesitan mejores oficiales», y la clase media inglesa no desea ni mejores oficiales ni mejores soldados, ni otro sistema de reclutamiento, ni le importa mucho la abolición del látigo. Pero el Dampfboot hace algún tiempo que en Inglaterra no huele otra cosa que la lucha de la clase media contra la aristocracia.) Pág. 428.
Cuaderno de octubre:
Francia. «El señor Thiers ha perdido su órgano de muchos años, el Constitutionnel; el periódico lo ha comprado un diputado conservador y ahora va a pasar despacio e imperceptiblemente» (eso sí, «perceptiblemente» solo para el mode composé del verdadero socialismo) «al campo conservador. El señor Thiers, que ya antes había amenazado con que, si le hacían la vida imposible, volvería a empuñar su vieja pluma del National, parece que ahora ha comprado de verdad el National».
(Por desgracia, «el National de 1830» era un National completamente distinto, constitucional y orleanista, del republicano «National de 1834», que el señor Thiers «parece que ha comprado de verdad» en el año 1846.28 Por cierto, al Dampfboot le han jugado una canallada imperdonable. Algún malvado sin conciencia, enemigo de la buena causa, le ha hecho llegar al redactor unas hojas del Corsaire-Satan,29 y ahora el Dampfboot reproduce bona fide, como oráculos, los rumores del día que figuran en ese periódico, en modo alguno lo bastante moral para lectores westfalianos. ¿Pero cómo iba a dudar el Dampfboot de que un Corsaire-Satan tuviera por lo menos tanta sustancia moral y tanta conciencia de la elevada vocación de la prensa como él mismo?)
«Si el señor Thiers ha pasado con este paso a los republicanos, está por ver».
Honrado querusco, ese «si» no se lo debes al Corsaire; cela sent la forêt teutobourgienne d'une lieue!30 En cambio, se deja llevar por el Corsaire, que ha tomado partido por la libertad de comercio, a atribuir a la agitación por el libre échange en Francia un éxito y una importancia que está muy lejos de tener.
«Nuestras predicciones de que todos los países industriales tienen que seguir el mismo camino y llegar a la misma meta que Inglaterra... no parecen, pues, tan erróneas, puesto que ahora se están cumpliendo. Y nosotros, los "teóricos poco prácticos", parecemos pues conocer las relaciones reales» (¡hurra!) «tan bien como los "hombres prácticos", que tanto gustan de presumir de su experiencia, de su conocimiento de las situaciones prácticas, y juzgarlas mejor que ellos».
¡Desdichados «teóricos» teutoburgueses! ¡Ni siquiera las «relaciones reales» del Corsaire-Satan «conocéis»! (Estas bellezas se encuentran en la pág. 479.)
Cuaderno de noviembre:
Francia. «En vano se rompen la cabeza los sabios sobre de dónde vendrán estas inundaciones que se repiten con tanta frecuencia. Antes, por una decisión soberana de la Academia, se talaron los bosques rumorosos de las montañas como causas del mal; después se volvieron a plantar, y el mal siguió igual». Pág. 522.
«En vano» «se romperían la cabeza los sabios» sobre dónde está aquí el mayor disparate: 1) cree el westfaliano que en Francia la Academia puede dictar decisiones soberanas y mandar talar bosques; 2) cree que los bosques se talaron no por la madera y lo que da en dinero, sino por las inundaciones; 3) cree que los sabios se rompen la cabeza sobre las causas de estas inundaciones; 4) cree que alguna vez se tuvo a los bosques por causa de ellas, cuando en Francia cualquier niño sabe que precisamente la destrucción de los bosques es esa causa; y 5) cree que se han vuelto a plantar los bosques, cuando en ninguna parte se oyen tantas quejas sobre el abandono forestal y la tala siempre creciente de los montes, sin cuidado de su reproducción, como precisamente en Francia (véanse, además de las revistas especializadas, la Réforme, el National, la Démocratie pacifique y otros periódicos de oposición de octubre y noviembre de 1846). El Toro westfaliano tiene mala suerte en todos los sentidos. Si sigue al Corsaire-Satan, se enreda; si sigue a su propio genio, se enreda también.
El verdadero socialismo en su segunda potencia ha hecho, como vemos, grandes cosas en el campo de la alta política. ¡Qué perspicacia, qué capacidad de combinación frente a los informes anteriores sobre los «acontecimientos mundiales»! ¡Qué conocimiento profundo de las «relaciones reales»! Pero la «relación real» más importante para el Dampfboot es la situación de los oficiales del real ejército prusiano. El teniente Anneke,31 inevitable desde hace algún tiempo en la prensa periódica alemana, la importante discusión en el Museo de Bielefeld sobre el derecho a llevar espada, los procesos ante tribunales de honor que de ella se derivan, etc., constituyen el contenido principal de los cuadernos de octubre y noviembre. También recibimos interesantes informaciones sobre la Deutsche Zeitung, que no llegó a salir, sobre el reino francés de los mendigos, desaparecido en el siglo XVII y descrito por Monteil,32 y sobre otras relaciones igual de «reales». Entre medias pulula de vez en cuando una cruz de multiplicar que representa todavía por completo el mode simple del verdadero socialismo y suelta a montones, con la mayor desenvoltura, todas sus consignas: la teoría alemana y la práctica francesa deben unirse, hay que implantar el comunismo para que el humanismo sea implantable (págs. 455-458), etc. De vez en cuando, al propio Carnero o al propio Toro se les escapa todavía una reminiscencia parecida, aunque sin perturbar en lo más mínimo la divina armonía de las «relaciones reales».
Dejemos ahora el grueso del ejército westfaliano para seguir las evoluciones de un cuerpo destacado que se ha atrincherado en el bendito valle del Wupper bajo las enaguas de una maciza Némesis. Desde hace bastante tiempo, un tal señor Fr. Schnake, en el papel de Perseo, ha puesto ante el público el escudo de Gorgona del Gesellschaftsspiegel, y con tal éxito que no solo el público se ha dormido sobre el Gesellschaftsspiegel, sino también el Gesellschaftsspiegel sobre el público.33 Pero nuestro Perseo es un bromista. Tras alcanzar este envidiable resultado, anuncia (último cuaderno, última página): 1) que el Gesellschaftsspiegel ha fallecido; 2) que, para evitar retrasos, lo mejor será recibirlo en adelante por correo. Con lo cual, corrigiendo sus últimas erratas, hace mutis.
Ya se ve por esta atención a las «relaciones reales» que también aquí tenemos que vérnoslas con el mode composé del verdadero socialismo. Pero hay una diferencia importante entre el Carnero y el Toro y nuestro Perseo. Hay que reconocer al Carnero y al Toro que se mantienen lo más fieles posible a las «relaciones reales», es decir, a las de Westfalia y de Alemania en general. Prueba de ello, la escena lastimera del Carnero que hemos visto; prueba de ello, las entrañables descripciones de la vida política alemana que hace el Toro y que hemos tenido que pasar por alto. Del mode simple se han llevado a su nuevo punto de vista sobre todo la pequeñoburguesía simple y sin afeites, la realidad alemana; la reivindicación del hombre, de la teoría alemana, etc., la dejan a toda clase de cruces de multiplicar y otras estrellas subalternas. En el Gesellschaftsspiegel es justamente al revés. Aquí el general Perseo se despoja todo lo posible de la realidad pequeñoburguesa, que deja explotar a su séquito, y se eleva, fiel al mito, a lo alto de los aires de la teoría alemana. Puede mostrar tanto más desdén por las «relaciones reales» cuanto que se apoya en un punto de vista mucho más determinado. Si los astros inmediatamente westfalianos representan el mode composé, Perseo es tout ce qu'il y a de plus composé en Allemagne.34 En su vuelo ideológico más audaz, se apoya siempre, sin embargo, en la «base material», y este pedestal seguro le da en la lucha un atrevimiento del que los señores Gutzkow, Steinmann, Opitz35 y otros caracteres importantes se acordarán todavía dentro de muchos años. Pero la «base material» de nuestro Perseo consiste principalmente en lo siguiente:
- «Solo con la abolición de la base material de nuestra sociedad, el lucro privado, se volverá también el hombre otro» (cuaderno X, pág. 53).
Si el mode simple, que tantas veces formuló esta idea antiquísima, hubiera sabido que el lucro privado es la base material de nuestra sociedad, habría sido el mode composé y habría podido seguir llevando, bajo los auspicios de nuestro Perseo, una vida tranquila y humilde en toda piedad y honestidad. Pero, así, él mismo no tenía base material, y se cumplió en él lo que está escrito en el profeta Goethe:
Y si no tiene trasero,
¿cómo va a sentarse el noble?
Cuán «material» es esta base, el lucro privado, se desprende, entre otros, de los pasajes siguientes:
«El egoísmo, el lucro privado» (que son, pues, idénticos, con lo que también el «egoísmo» es una «base material») «trastorna el mundo con el principio: cada uno para sí», etc. (pág. 53).
Así pues, una «base material» que no trastorna con hechos «materiales», sino con «principios» ideales. La miseria es también, como es sabido (a quien no lo sepa todavía, se lo explica el propio Perseo en el lugar citado), un aspecto de «nuestra sociedad». Pero, nos enteramos, no la «base material, el lucro privado», sino au contraire: «la trascendencia ha precipitado a la humanidad en la miseria» (pág. 54... los tres pasajes son de un mismo artículo).
Ojalá «la trascendencia» «saque» cuanto antes al desdichado Perseo «de la miseria en que» la «base material» lo «ha precipitado».
- «La masa real no la pone en movimiento una idea, sino el "interés bien entendido"... En la revolución social... al egoísmo del partido conservador se enfrentará el egoísmo más noble del pueblo necesitado de redención» (¡un pueblo «necesitado de redención» que hace una revolución!) «...lucha precisamente por su "interés bien entendido" contra el interés exclusivo y brutal de los particulares, sostenido y llevado por una fuerza moral y un celo infatigable» (cuaderno XII, pág. 86).
El «interés bien entendido» de nuestro Perseo «necesitado de redención», «sostenido y llevado», sin duda, «por una fuerza moral y un celo infatigable», consiste en hacer que «al egoísmo del partido conservador se enfrente el egoísmo más noble» del silencio; pues no «pone en movimiento una idea» sin comprometer a la vez el mode composé del verdadero socialismo.
- «¡¡La pobreza es una consecuencia de la propiedad, que es propiedad privada y excluyente por su naturaleza!!» (XII, 79).
- «Qué asociaciones se quiere decir aquí no puede determinarse; pero si el autor se refiere a las asociaciones egoístas de los capitalistas, ha olvidado las importantes asociaciones de los artesanos contra la arbitrariedad de los patronos»!! (XII, 80).
Perseo tiene más suerte. Qué disparate ha querido cometer «no puede determinarse»; «pero si se refería» al meramente estilístico, no ha «olvidado» en absoluto el igual de «importante» disparate lógico. A propósito de la asociación, mencionemos todavía que en la pág. 84 se nos informa sobre «las asociaciones en sentido propio, que elevan la conciencia del proletario y forman la enérgica (!) proletaria (!!) oposición en bloque (!!!) contra la situación existente».
Ya hablamos antes, a propósito del señor Grün, de la costumbre de los verdaderos socialistas de apropiarse de desarrollos teóricos que no han entendido aprendiéndose de memoria frases y consignas sueltas. El mode composé solo se distingue del mode simple por la masa de esos bocados que le llegan por caminos ocultos y que por eso se traga con tanta más prisa, sin digerir, y por los espantosos retortijones que le producen. Hemos visto cómo a los westfalianos les repetían a cada palabra «las relaciones reales», «las cuestiones de economía nacional», etc., cómo el intrépido Perseo anda indispuesto con la «base material», el «interés bien entendido», la «oposición proletaria». Este último caballero del espejo lleva consigo además, para usarlo a discreción, el «feudalismo del dinero», que más le habría valido dejar a su autor, Fourier.36 Piensa tan poco al usar esta consigna que en XII, pág. 79, afirma que ese feudalismo «crea en lugar de la aristocracia feudal una aristocracia de la propiedad», según lo cual, pues, 1) el «feudalismo del dinero», es decir, la «aristocracia de la propiedad», se «crea» a sí misma, y 2) la «aristocracia feudal» no fue una «aristocracia de la propiedad». Después opina, en la pág. 79, que el «feudalismo del dinero» (es decir, el de los banqueros, que tiene por vasallos a los capitalistas e industriales más pequeños, si se quiere seguir con la imagen) y el «de la industria» (que tiene por vasallos a los proletarios) son «uno solo».
A la «base material» se une todavía con naturalidad el siguiente piadoso deseo del caballero del espejo, que recuerda la alegre esperanza de los westfalianos de que la Cámara de Diputados francesa dictara un curso de economía nacional para instruirlos a ellos, los de Teutoburgo:
«Solo tenemos que observar que en los números que se nos han enviado del Volks-Tribun (de Nueva York) no hemos sabido hasta ahora casi nada... sobre el comercio y la industria de América... Falta de comunicación instructiva sobre las relaciones industriales y económicas de América, de las que, sin embargo» (¿cómo?), «parte siempre la reforma social», etc. (X, pág. 56).
Así pues, al Volks-Tribun, un periódico que quiere hacer en América propaganda popular directa, no se le censura por empezar su trabajo al revés, sino por no hacer al Gesellschaftsspiegel «comunicaciones instructivas» sobre cosas con las que, de la manera que aquí se exige, no tiene desde luego nada que ver. Desde que Perseo ha pillado la «base material», sin saber qué tiene en ella, exige a todo el mundo que le dé explicaciones sobre ella.
Además, Perseo nos cuenta todavía que la competencia arruina a la pequeña clase media, que «el lujo en el vestir... por los tejidos pesados... es muy molesto» (XII, pág. 83; Perseo cree probablemente que un vestido de raso pesa tanto como una cota de malla), y otras cosas por el estilo.
Y para que al lector no le quede ninguna duda de cuál es la «base material» de las ideas de nuestro Perseo, se dice en X, pág. 53:
«El señor Gutzkow haría bien en familiarizarse primero con la ciencia alemana de la sociedad, para que no se le crucen en el camino los recuerdos del proscrito comunismo francés, Babeuf, Cabet...»,
y en la pág. 52:
«el comunismo alemán quiere representar una sociedad en la que el trabajo y el goce sean idénticos y no estén ya separados por el salario exterior».
Hemos visto antes en qué consisten tanto la «ciencia alemana de la sociedad» como la sociedad misma que se trata de «representar», y no nos hemos encontrado precisamente en la mejor sociedad.
En cuanto a los compañeros del caballero del espejo, «representan» una «sociedad» aburridísima. Durante algún tiempo se habían propuesto hacer de providencia del burgués y del campesino alemanes. Sin el conocimiento y la voluntad del Gesellschaftsspiegel no se caía ningún tejador del tejado ni ningún niño pequeño al agua. Por suerte para el periódico de aldea, al que esta competencia empezaba a resultarle peligrosa, la hermandad del espejo abandonó pronto esa fatigosa actividad: uno tras otro se fueron quedando dormidos de agotamiento. En vano se pusieron en juego todos los medios para despertarlos, para inyectar sangre nueva a la revista; la influencia petrificante del escudo de Gorgona se ejerció también sobre los colaboradores; al final, nuestro Perseo se quedó solo con su escudo y su «base material», «entre cadáveres el único pecho que siente»,37 el talle imposible de la maciza Némesis se vino abajo en ruinas y... el Gesellschaftsspiegel dejó de existir.
¡Paz a sus cenizas! Hagamos entretanto una conversión y busquemos en un lugar vecino del hemisferio norte otro astro más brillante. Con cola luminosa nos sale al encuentro, radiante, Ursa Major, la Osa Mayor u Oso mayor Püttmann,38 llamado también las Siete Estrellas porque se presenta siempre con otros seis para reunir los veinte pliegos necesarios.39 ¡Un valiente héroe de guerra! Harto de su vieja postura a cuatro patas en el mapa celeste, se ha puesto por fin de pie sobre las patas traseras; se ha armado, como está escrito: Vestíos, pues, el uniforme del carácter y la banda de las convicciones; prended en vuestros hombros las charreteras de la grandilocuencia, poneos el tricornio del entusiasmo y adornad vuestro pecho viril con la cruz de tercera clase de la abnegación; ceñíos el chuzo del odio a los tiranos y calzaos las botas para hacer la propaganda con los menores costes de producción posibles. Así pertrechado, nuestro mayor se planta ante el frente de su batallón, desenvaina la espada, ordena: ¡Firmes!, y pronuncia la siguiente arenga:
¡Soldados! ¡Desde lo alto de aquella ventana del editor os contemplan cuarenta luises de oro! Mirad a vuestro alrededor, heroicos defensores de la «reforma social total»: ¿veis el sol? ¡Es el sol de Austerlitz, que nos anuncia la victoria, soldados!
«El valor, la intrepidez para resistir hasta el final, nos los da la conciencia de luchar solo por los pobres y los réprobos, por los traicionados y los desesperados. No es nada a medias lo que defendemos, no es nada confuso» (sino más bien algo totalmente confuso) «lo que queremos; y por eso estamos decididos y, a pesar de todo, ¡permaneceremos fieles para siempre al pueblo, al pueblo oprimido!» (Rheinische Jahrbücher, tomo II, prólogo).
¡Armas al hombro! ¡Atención! ¡Presenten armas! ¡Viva el nuevo orden social, que, corregido según Babeuf, hemos puesto en 14 capítulos y 63 artículos de guerra!
«Al final da igual, desde luego, que las cosas vengan como dijimos, pero vendrán de otro modo de lo que cree el enemigo, ¡de otro modo de como han sido hasta ahora! ¡Todas las instituciones infames, engendradas con un trabajo canallesco a lo largo de los siglos para la ruina de los pueblos y de los hombres, perecerán!» (Rheinische Jahrbücher, II, pág. 240).
¡Rayos y truenos! ¡Atención! ¡Armas al brazo! ¡Izquierda! ¡Descansen armas! ¡En su lugar, descanso! ¡Rompan filas! Pero el oso es por naturaleza un animal auténticamente germánico. Después de haber arrancado con esta arenga un hurra general y tempestuoso y de haber realizado así una de las hazañas más audaces de nuestro siglo, se sienta en casa y da rienda suelta a su corazón tierno y amoroso en una larga y derretida elegía sobre la «Hipocresía» (Rheinische Jahrbücher, II, págs. 129-149). En nuestra época, podrida por dentro, roída en cuerpo y alma por el gusano del egoísmo, hay por desgracia individuos que no llevan en el pecho un corazón cálido y palpitante, a los que nunca ha brillado en los ojos una lágrima de compasión, por cuyo cráneo vacío nunca ha cruzado un rayo resonante de luminoso entusiasmo por la humanidad: lector, si encuentras a uno de ellos, ¡oh!, hazle leer la «Hipocresía» de la Osa Mayor, y llorará, llorará, llorará. Aquí verá qué mísero, pobre y desnudo es, pues, sea teólogo, jurista, médico, estadista, comerciante, escobero o acomodador, aquí encontrará desenmascarada aparte, para cada estado, su hipocresía aparte. Aquí verá cómo la hipocresía ha anidado en todas partes y cómo, en particular, «grave es la condenación de los juristas». Si esto no lo lleva a la penitencia y a la conversión, no merece haber nacido en el siglo de la Osa Mayor. En verdad, había que ser un oso honrado, un oso «no sofisticado», como dicen los ingleses, para olfatear así la hipocresía del mundo malvado a cada paso. Se vuelva hacia donde se vuelva, la Osa Mayor tropieza en todas partes con la hipocresía. Le pasa como a su predecesor en «El parque de Lili»:40
Pues ¡ah!, si me quedo así en la esquina
y oigo de lejos el parloteo,
veo el revoloteo, el aleteo,
me doy la vuelta
y gruño,
y corro un trecho hacia atrás,
y miro a mi alrededor
y gruño,
y corro otra vez un trecho
y al fin, con todo, vuelvo atrás.
Naturalmente, porque ¿cómo escapar a la hipocresía en nuestra sociedad corrompida hasta la médula? ¡Pero es triste!
«Todo el mundo puede ser médisant, suffisant, pérfido, malicioso41 y todo lo demás, porque se ha encontrado la forma decente» (pág. 145).
¡Es de verdad para desesperarse, sobre todo si uno es la Osa Mayor!
Y «¡por desgracia!, también la familia está manchada por la mentira... y el hilo de la mentira atraviesa la familia y se hereda de miembro en miembro».
¡Ay, tres veces ay de los padres de familia de la patria alemana!
Entonces empieza de pronto a rabiar,
un espíritu poderoso resopla por las narices,
se asilvestra la naturaleza interior...
y la Osa Mayor se vuelve a poner sobre las patas traseras:
«¡Maldito sea el egoísmo! ¡Qué espantosamente te ciernes sobre las cabezas de los hombres! Con tus alas negras... con tu graznido estridente... ¡Maldito sea el egoísmo!... Millones y más millones de pobres esclavos... llorando y sollozando, gimiendo y lamentándose... ¡Maldito sea el egoísmo!... ¡Maldito sea el egoísmo!... Ralea de sacerdotes de Baal... aliento pestilente... ¡Maldito sea el egoísmo!... Monstruo del egoísmo...» (págs. 146-148).
Erizo mi cerviz cerdosa,
desacostumbrado a servir.
Cada arbolito recortado se burla
de mí. Huyo del bowling green,
de la hierba primorosamente segada;
el boj me hace burla,
.......................................................
Me agoto, y cuando estoy bastante cansado,
me tumbo junto a cascadas artificiales,
y mastico y lloro y me revuelco medio muerto,
y ¡ay!, mi miseria
solo la oyen oréades de porcelana.
Pero la mayor «hipocresía» de toda la jeremiada está en hacer pasar semejante miserere, hilvanado con tópicos de literato y reminiscencias de novela, por una descripción de la «hipocresía» en la sociedad actual, y en fingir que uno se acalora enormemente contra este espantajo en interés de la humanidad doliente.
Quien conozca un poco el mapa celeste sabe que la Osa Mayor está allí en íntima conversación con un individuo de aspecto aburrido que lleva varios lebreles atados a una cuerda y se llama Boyero. Esta conversación se reproduce en el cielo estrellado del verdadero socialismo en las págs. 241-256 de los Rheinische Jahrbücher, tomo II. El papel de Boyero lo asume el mismo señor Semmig42 cuyo artículo sobre «Socialismo, comunismo, humanismo» ya se trató más arriba.43 Con él nos encontramos en el grupo sajón, cuyo astro más distinguido es, razón por la cual ha escrito también un librito sobre la «Situación sajona». Sobre este librito, la Osa Mayor emite en el lugar citado un gruñido complacido y recita «con un placer de lo más enérgico» páginas enteras. Estas citas bastan para caracterizar todo el librito, y son tanto más bienvenidas cuanto que los escritos de Boyero no se encuentran por lo demás en el extranjero.
Aunque en la «Situación sajona» Boyero ha descendido desde lo alto de su especulación a las «relaciones reales», él y todo su grupo sajón, igual que la Osa Mayor, pertenecen en cuerpo y alma al mode simple del verdadero socialismo. El mode composé se agota en realidad con los westfalianos y la hermandad del espejo, y en especial con el Carnero, el Toro y Perseo. El grupo sajón y todos los siguientes no nos ofrecen, pues, más que nuevos desarrollos del verdadero socialismo simple que ya hemos caracterizado.
Boyero, como ciudadano y descriptor del Estado modelo constitucional alemán, suelta ante todo a uno de sus lebreles contra los liberales. No hace falta que nos detengamos en esta filípica espumeante, tanto menos cuanto que, como todas las tiradas semejantes de los verdaderos socialistas, no es más que una vulgar germanización de la crítica del mismo objeto por los socialistas franceses. A Boyero le pasa exactamente como a los capitalistas: posee, para usar sus propias palabras, «los productos creados por los obreros» de Francia y por sus representantes literarios «por herencia ciega de capitales ajenos» (Rheinische Jahrbücher, II, pág. 256). Ni siquiera los ha germanizado él, porque eso ya lo habían hecho otros antes (véanse el Deutsches Bürgerbuch, los Rheinische Jahrbücher, I, etc.). No ha hecho sino aumentar esta «herencia ciega» con algunas «cegueras» no solo alemanas, sino específicamente sajonas. Así, opina en la misma obra, pág. 243, que los liberales defienden «el procedimiento judicial público para declamar en la sala de audiencias sus ejercicios retóricos». Boyero, pues, a pesar de su celo contra la burguesía, los capitalistas, etc., no ve en los liberales tanto a estos como a sus criados a sueldo, los abogados.
El resultado de las agudas investigaciones de nuestro Boyero sobre el liberalismo es notable. Nunca había expresado el verdadero socialismo con tanta decisión su tendencia políticamente reaccionaria:
«Pero vosotros... proletarios..., que en otro tiempo os dejasteis poner en movimiento por esta burguesía liberal y arrastrar a tumultos (acordaos de 1830), ¡tened cuidado! No la apoyéis en sus aspiraciones y luchas... dejad que libre sola lo que... empieza solo en su interés; pero, sobre todo, ¡no toméis parte en ningún momento en las revoluciones políticas, que siempre parten de una minoría descontenta que, ávida ella misma de dominio, quisiera derribar el poder dominante y arrogarse el gobierno!» (págs. 245, 246).
Boyero tiene los derechos mejor fundados al agradecimiento del real gobierno sajón: una corona de ruda44 es lo menos con que puede recompensarle. Si pudiera pensarse que el proletariado alemán siguiera su consejo, la existencia del Estado modelo sajón, feudal-pequeñoburgués-campesino-burocrático, estaría asegurada por mucho tiempo. Boyero sueña que lo que es bueno para Francia e Inglaterra, donde domina la burguesía, tiene que serlo también para Sajonia, donde está aún muy lejos de dominar. Por lo demás, cuán poco puede el proletariado, incluso en Inglaterra y en Francia, permanecer indiferente ante cuestiones que de momento solo interesan, desde luego, a la burguesía o a una fracción de ella, puede leerlo Boyero todos los días en los periódicos proletarios de allí. Cuestiones así son, entre otras, en Inglaterra, la abolición de la Iglesia del Estado, el llamado equitable adjustment45 de la deuda pública y los impuestos directos; en Francia, la extensión del derecho de voto a la pequeña burguesía, la abolición de los consumos municipales,46 etc.
Al final resulta que toda la tan «celebrada liberalidad» sajona es «puro viento y espuma... esgrima de palabras», no porque con ella no se consiga nada y la burguesía no avance un paso, sino porque «vosotros», los liberales, «no sois capaces con ella de curar desde la raíz la sociedad enferma», pág. 249. Cosa de la que son tanto menos capaces cuanto que ni siquiera tienen a la sociedad por enferma.
Basta de esto. En la pág. 248 Boyero suelta un segundo lebrel económico.
En Leipzig... «han surgido barrios enteros nuevos» (Boyero conoce barrios que no «surgen» «nuevos», sino ya viejos de entrada). «Pero con ello se ha producido en las viviendas una desproporción agobiante, pues faltan viviendas a un (!) precio medio. Todo el que construye de nuevo, a causa del alto interés» (¡!; quiere decir del alquiler más alto), «dispone su casa solo para familias grandes; ya por falta de otras viviendas, más de una familia se ve obligada a alquilar una vivienda mayor de la que necesita y puede pagar. ¡Así se acumulan deudas, embargos, prisión por deudas y cosas semejantes!» (Este «¡!» merece un segundo (!).) «En suma, se quiere desplazar formalmente a la clase media».
¡Admírese la sencillez primitiva de este lebrel económico! Boyero ve que la pequeña burguesía de la culta ciudad de Leipzig se arruina de un modo para nosotros sumamente divertido. «En nuestros días, en que todas las diferencias se borran en el género» (pág. 251), este fenómeno tendría que resultarle igualmente grato; pero más bien le aflige y le mueve a buscar sus causas. Encuentra esas causas en la malicia de los especuladores de la construcción, que se empeñan en alojar a todo compadre sastre y guantero en un palacio a cambio de un alquiler exagerado. Los «nuevos constructores» de Leipzig, como nos explica Boyero en un sajón lo más torpe y embrollado posible —alemán no es—, están por encima de todas las leyes de la competencia. Construyen viviendas más caras de lo que necesitan sus clientes, no se rigen por el estado del mercado, sino por el «alto interés»; y mientras que en cualquier otra parte la consecuencia sería que tendrían que alquilar sus viviendas por debajo de su precio, en Leipzig consiguen someter el mercado a su propio bon plaisir47 y obligar a los inquilinos a arruinarse ellos mismos con alquileres altos. Boyero ha tomado un mosquito por un elefante, una desproporción momentánea entre la oferta y la demanda en el mercado de la vivienda por un estado permanente, incluso por la causa de la ruina de la pequeña burguesía. Pero semejantes ingenuidades hay que perdonárselas al socialismo sajón mientras siga «realizando una obra digna del hombre y por la que los hombres "le" bendecirán» (pág. 242).
Ya sabemos que el verdadero socialismo es un gran hipocondríaco. Cabía, sin embargo, abrigar la esperanza de que Boyero, que en el primer tomo de los Rheinische Jahrbücher había mostrado tan amable audacia de juicio, estuviera libre de esa enfermedad. En absoluto. En las págs. 252 y 253, Boyero suelta el siguiente lebrel gimoteante y pone con él en éxtasis a la Osa Mayor:
«La fiesta del tiro al pájaro de Dresde... una fiesta popular, y apenas se pisa la pradera, nos salen al encuentro los organillos quejumbrosos de los ciegos, a los que la constitución no da de comer... y ya nos repugnan los gritos de feria de los "artistas", que con las contorsiones de sus miembros divierten a la sociedad, cuyo orden está él mismo grotesca y repugnantemente contorsionado».
(Cuando un funámbulo se pone cabeza abajo, eso significa para Boyero el mundo actual al revés; el sentido místico de la voltereta es la bancarrota; el secreto de la danza de los huevos es la carrera del escritor verdaderamente socialista, que, a pesar de todas sus «contorsiones», a veces resbala y se pone perdida de yema toda la «base material»; un organillo significa una constitución que no da de comer, un birimbao la libertad de prensa, que no da de comer, un puesto de baratillo el verdadero socialismo, que tampoco da de comer. Absorto en este simbolismo, Boyero pasea suspirando entre la multitud y llega así al orgulloso sentimiento de ser, como ya antes Perseo, «bajo larvas, el único pecho que siente».)
«Y allí, en las tiendas, los dueños de burdeles ejercen... su oficio desvergonzado» (sigue una larga tirada sobre)... «Prostitución, monstruo de aliento pestilente, tú eres el último fruto de nuestra sociedad actual» (no siempre el último: quizá venga después todavía un hijo ilegítimo). «Podría contar historias de cómo una muchacha a los pies del hombre extraño...» (sigue la historia)... «podría contar historias, pero no, no quiero» (es que ya las ha contado)... «No, no la acuséis a ella, a las pobres víctimas de la necesidad y de la seducción, sino llevad ante el tribunal a ellos: a los alcahuetes desvergonzados... ¡no, no, tampoco a ellos! ¿Qué hacen sino lo que hacen los demás? Comercian, donde todo el mundo comercia», etc.
Con esto el verdadero socialista ha quitado toda culpa a todos los individuos y se la ha cargado a la intocable «sociedad». Così fan tutti:48 al fin y al cabo, de lo que se trata es de seguir a bien con todo el mundo. El lado más característico de la prostitución, a saber, que es la explotación más palpable del proletariado por la burguesía, la que va directamente al cuerpo, el lado en que el «dolor del corazón que engendra hechos» de la pág. 253 se arruina con sus anchas sopas morales de mendigo y donde empiezan la pasión, el odio de clase sediento de venganza, ese lado no lo conoce el verdadero socialismo. En las prostitutas lamenta más bien a las tenderas y a las esposas de pequeños maestros artesanos que se han perdido, en las que ya no puede admirar «la obra maestra de la creación», los «cálices de flores perfumados de los sentimientos más santos y dulces». Pauvre petit bonhomme!49
La flor del socialismo sajón es una pequeña hoja semanal titulada Veilchen. Blätter für die harmlose moderne Kritik,50 dirigida y editada por G. Schlüssel en Bautzen. Las «violetas» son, pues, en el fondo, prímulas.51 Estas suaves florecillas las anuncia en la Trier'sche Zeitung52 (12 de enero de este año) un corresponsal de Leipzig, que también es de la compañía, de la manera siguiente:
«Un progreso, un desarrollo en las bellas letras sajonas podemos saludar en las Veilchen; con ser tan joven la hoja, media con gran afán entre la vieja medianía política sajona y la teoría social del presente».
La «vieja medianía sajona» no es todavía lo bastante media para estos archisajones: tienen que partirla otra vez por la mitad «mediando» entre ella y otra cosa. ¡Sumamente «inofensivo»!
Solo hemos llegado a ver una de estas violetas, pero:
Inclinada sobre sí y desconocida,
era una violeta encantadora.53
El amigo Boyero, en este número —el primero de 1847—, pone a los pies de las damas «inofensivas y modernas», en homenaje, unos versitos primorosos. Dice en ellos, entre otras cosas:
Y hasta los tiernos corazones de las mujeres
adorna la espina del odio a los tiranos...
Un símil cuya audacia habrá «adornado» entretanto, sin duda, el «tierno corazón» de nuestro Boyero con la «espina» del remordimiento.
No arden solo de bromas de amor...
¿Sería capaz Boyero, que «podría» ciertamente «contar historias», pero no «quiere» contarlas porque ya las ha contado, que no habla de ninguna otra «espina» que de la «del odio a los tiranos», sería capaz este hombre decente y culto de hacer «arder» las «bellas mejillas» de mujeres y doncellas con equívocas «bromas de amor»?
No arden solo de bromas de amor,
arden de clara ira de libertad,
de la santa, las bellas mejillas,
que lucen hermosas como las rosas.
El ardor de la «ira de libertad» tiene que distinguirse fácilmente, desde luego, por un color más casto, más moral, más «claro», del ardor rojo oscuro de las «bromas de amor», sobre todo para un hombre como Boyero, que sabe distinguir la «espina del odio a los tiranos» de todas las demás «espinas».
Las Veilchen nos dan enseguida ocasión de conocer a una de esas bellas cuyo «tierno corazón adorna la espina del odio a los tiranos» y cuyas «bellas mejillas arden de clara ira de libertad». La Andrómeda del cielo estrellado verdaderamente socialista (la señorita Louise Otto),54 la mujer moderna encadenada, forjada a la roca de las relaciones contra natura, batida por el oleaje de prejuicios caducos, nos ofrece, en efecto, una «crítica inofensiva y moderna» de las obras poéticas de Alfred Meissner. Es un espectáculo singular, pero encantador, ver cómo lucha aquí el entusiasmo desbordante con el tierno pudor de la doncella alemana, el entusiasmo por el «rey de los poetas», que pone en vibración las cuerdas más hondas del corazón femenino y les arranca sones de homenaje que rozan sentimientos más hondos y más tiernos, sones que, en su inocente franqueza, son la más hermosa recompensa del cantor. Óiganse, en toda su ingenua originalidad, estas halagadoras confesiones de un alma virginal para la que todavía quedaban oscuras muchas cosas de este mundo malvado. Óiganse, y no se olvide que para el puro todo es puro:
Sí, «la profunda interioridad que respira en los poemas de Meissner solo puede sentirse, pero no se puede dar cuenta de ella a quienes son incapaces de ello. Estas canciones son el reflejo dorado de las llamas ardientes que el poeta hace subir, en ofrenda, sobre el altar de la libertad en el santuario de su corazón, un reflejo a cuyo brillo recordamos las palabras de Schiller: la posteridad pasa por alto al escritor que no fue más que sus obras; sentimos que este poeta es él mismo todavía más que sus hermosas canciones» (seguro que sí, señorita Andrómeda, seguro que sí), «que hay en él algo inefable, algo "que está más allá de toda apariencia", como dice Hamlet». (¡Ángel lleno de presentimientos!) «Este algo es lo que les falta a tantos poetas nuevos de la libertad, por ejemplo, por completo a Hoffmann von Fallersleben y a Prutz» (¿será de verdad así?), «y en parte también a Herwegh y Freiligrath;55 este algo... quizá sea el genio».
¡Quizá sea la «espina» de Boyero, bella señorita!
«Sin embargo», dice el mismo artículo, «la crítica tiene su deber... ¡pero la crítica me parece muy de palo frente a semejante poeta!».
¡Qué virginal! Seguro que una joven y pura alma de muchacha tiene que «sentirse muy de palo» frente al poeta que posee un «algo» tan maravilloso.
«Leemos y leemos hasta el último verso, que ojalá todos guardemos fielmente en la memoria:
Y por fin llega, sin embargo...
el día...
Entonces los pueblos se sentarán, mano con mano, enlazados,
como niños bajo la gran sala del cielo,
y de nuevo se alzará una copa, una copa,
la copa del amor en el banquete del amor de los pueblos».
Con esto, la señorita Andrómeda se hunde en un silencio elocuente, «como un niño, enlazado mano con mano». Guardémonos mucho de molestarla.
Nuestros lectores estarán ahora deseosos de conocer más de cerca al «rey de los poetas» Alfred Meissner y su «algo». Es el Orión del cielo estrellado verdaderamente socialista y, en verdad, no deshonra su puesto. Ceñido con la espada luminosa de la poesía, envuelto «en el manto de su pena» (págs. 67 y 260 de los Gedichte von A. Meißner, 2.ª edición, Leipzig, 1846),56 blande en su puño nervudo la maza de la ininteligibilidad, con la que derriba victorioso a todos los adversarios de la buena causa. Le sigue pegado a los talones, como perro pequeño, un tal Moritz Hartmann,57 que también, en bien de la buena causa, levanta un enérgico ladrido titulado Kelch und Schwert («Cáliz y espada», Leipzig, 1845). Para hablar en términos terrenales, con estos héroes llegamos a una región que desde hace bastante tiempo viene suministrando al verdadero socialismo reclutas numerosos y vigorosos, a saber, a los bosques de Bohemia.
El primer verdadero socialista de los bosques de Bohemia fue, como es sabido, Karl Moor.58 Este no logró llevar a término la obra de la regeneración; su tiempo no lo comprendió, y él mismo se entregó a la justicia. Orión-Meissner ha emprendido ahora la tarea de seguir las huellas de este noble y de acercar a la meta, por lo menos en espíritu, su obra sublime. A su lado está, como el buen Schweizer, el ya mencionado Moritz Hartmann, Canis Minor, celebrando en tonos elegíacos a Dios, al rey y a la patria y vertiendo, sobre todo, lágrimas de agradecido recuerdo sobre la tumba de aquel bonhomme, el emperador José.59 Del resto de la banda solo observaremos que ninguno parece haber mostrado hasta ahora entendimiento e ingenio suficientes para asumir el papel de Spiegelberg.
A Karl Moor II se le nota a primera vista que no es un hombre corriente. Ha aprendido alemán en la escuela de Karl Beck60 y se expresa en consecuencia con una pompa de lenguaje más que oriental. La fe es para él «una mariposa» (pág. 13), el corazón «una flor» (pág. 16), luego un «bosque desierto» (pág. 24) y por último un «buitre» (pág. 31). El cielo del atardecer es para él (pág. 65)
rojo y fijo como una cuenca,
sin ojo, sin brillo y sin alma.
La sonrisa de su amada es «una hija de la tierra que acaricia a los hijos de Dios» (pág. 19).
Pero, mucho más que por su fastuoso lenguaje de imágenes, se distingue de los mortales corrientes por su gigantesco dolor del mundo. Con él se acredita como auténtico hijo y sucesor de Karl Moor I; así, en la pág. 65 demuestra que el «salvaje dolor del mundo» es uno de los primeros requisitos de todo «redentor del mundo». En efecto, en cuanto al dolor del mundo, Orión-Moor supera a todos sus predecesores y competidores. Oigámosle a él mismo:
«Crucificado por la pena, estaba muerto» (pág. 7). «Este corazón consagrado a la muerte» (pág. 8). «Mi ánimo está sombrío» (pág. 10). A él «le gime en el bosque desierto del corazón un dolor antiquísimo» (24). «No haber nacido sería mejor, pero buena sería también la muerte» (pág. 29).
En esta hora amarga y mala,
en que el mundo frío te olvida,
confiésalo, corazón mío, con boca pálida:
que eres indeciblemente desdichado (pág. 30).
En la pág. 100 «sangra» «por más de una herida oculta» y en la pág. 101 se encuentra, en interés de la humanidad, tan indispuesto que tiene que apretar los brazos «fuertes como dos grapas... en torno al pecho, que amenazaba con estallar»; y en la pág. 79 es una grulla herida que no puede volar con sus hermanas hacia el sur en otoño y que se debate en la maleza «con las alas atravesadas de plomo» y «bate un ancho plumaje ensangrentado» [pág. 78]. ¿Y de dónde todo este dolor? ¿Son todas estas quejas solo cuitas amorosas cotidianas a lo Werther, aumentadas por el descontento con las penas privadas de nuestro poeta? En absoluto; nuestro poeta ha sufrido mucho, sí, pero ha sabido sacar de todos sus sufrimientos un lado general. Insinúa a menudo, por ejemplo en la pág. 64, que las mujeres le han jugado más de una mala pasada (suerte corriente de los alemanes, y en especial de los poetas), que ha tenido amargas experiencias en la vida; pero todo eso no le prueba más que la maldad del mundo y la necesidad de un cambio de las relaciones sociales. En él no ha sufrido Alfred Meissner, sino la humanidad, y por eso de toda su pena no saca otra conclusión que la de que ser hombre es una gran proeza y un duro sufrimiento.
Aquí (en el desierto), aprende, corazón, en todas las situaciones de la vida
a soportar con valor el peso de ser hombre (pág. 66).
¡Oh dulce dolor, oh maldición llena de bendición,
oh dulce pena, ser hombre! (pág. 90).
Un dolor tan noble solo puede contar, en nuestro mundo insensible, con la indiferencia, con el rechazo hiriente y con la burla. Karl Moor II también tiene esta experiencia. Ya vimos antes que «el mundo frío lo olvida». En este aspecto le va de verdad muy mal:
Para evitar la fría burla de los hombres,
me construí la cárcel, fría como una tumba (pág. 227).
Una vez todavía se rehace:
Tú, que me injurias, tú, pálido hipócrita, nómbrame
un dolor que no haya desgarrado este corazón,
un sentimiento elevado en que no me inflame (pág. 212).
Pero aquello acaba siendo demasiado para él: se retira, se va en la pág. 65 «al desierto» y en la pág. 70 «al desierto de las montañas». Igual que Karl Moor I. Allí deja que un arroyo le explique que, como todo sufre —por ejemplo, sufre el cordero despedazado por el águila, sufre el halcón, sufre la caña que chirría al viento—, «qué pequeñas» son entonces «las penas de un hombre» y que no le queda más que «gritar de júbilo y perecer». Pero como el «grito de júbilo» no parece salirle del todo del corazón y el «perecer» no parece convenirle en absoluto, sale a caballo a oír las «voces en el páramo». Allí le va todavía mucho peor. Tres jinetes misteriosos se le acercan cabalgando uno tras otro y le dan, en palabras bastante secas, el buen consejo de que se haga enterrar:
Por mi fe, mejor sería que tú...
te enterraras entre hojas muertas
y murieras cubierto de hierba y de tierra húmeda (pág. 75).
Esta es la corona de sus sufrimientos. Los hombres lo rechazan con su lamento, él se vuelve hacia la naturaleza, y también de esta no recibe más que caras de fastidio y respuestas groseras. Y después de que el dolor de Karl Moor II nos ha «batido» «su ancho plumaje ensangrentado...» hasta la náusea, encontramos en la pág. 211 un soneto en el que el poeta cree tener que defenderse
... porque mudo y bajo custodia
llevo mi dolor y mis heridas,
¡¡y porque mi boca, desdeñando la queja vana,
no quiere jactarse de horribles experiencias!!
Pero el «redentor del mundo» no solo tiene que ser doliente, sino también salvaje. Por eso «ruge en su pecho el ímpetu salvaje de la pasión» (pág. 24); cuando ama, «arden calientes sus soles» (pág. 17); su «amor es relampaguear de tormenta, una tempestad es su poesía» (pág. 68). Pronto tendremos ejemplos de lo salvaje que es esta salvajería.
Repasemos rápidamente algunos de los poemas socialistas de Orión-Moor.
De la pág. 100 a la 106 bate su «ancho plumaje ensangrentado» para abarcar en vuelo los males de la sociedad actual. Corre, en un ataque furioso de «salvaje dolor del mundo», por las calles de Leipzig. Es de noche a su alrededor y en su corazón. Por fin se detiene. Un demonio misterioso se le acerca y le pregunta, en tono de sereno, qué busca tan tarde en la calle. Karl Moor II, que estaba precisamente ocupado en apretar con fuerza las «grapas» de sus brazos contra su caja torácica «que amenazaba con estallar», mira fijamente y con ferocidad al demonio a la cara con los «soles de ardor caliente» de sus ojos y prorrumpe por fin (pág. 102):
Esto es lo que veo, a la luz del espíritu,
despierto de la noche estrellada de la fe:
¡el del Gólgota todavía no ha traído
la redención de este mundo!
¡«Esto es lo que» ve Karl Moor II! Por el bosque desierto del corazón, por el manto de su pena, por el peso de ser hombre, por las alas atravesadas de plomo de nuestro poeta y por todo lo demás que le es sagrado a Karl Moor II: ¡no valía la pena salir corriendo a la calle de noche, exponer el pecho al peligro de estallar y a la pulmonía y conjurar a un demonio especial para comunicarnos al final este descubrimiento! Pero sigamos escuchando. El demonio no quiere quedarse tranquilo con eso. Entonces Karl Moor II cuenta cómo una muchacha prostituida lo tomó de la mano y despertó con ello en él toda clase de reflexiones dolorosas que acabaron desahogándose en el siguiente apóstrofe:
Mujer, de tu miseria solo tiene la culpa
la sociedad, ¡la despiadada!
Pálida víctima, triste de ver,
en el pagano (!!) altar del pecado
yaces para que la inocencia de otras mujeres
se conserve inmaculada en el hogar. [pág. 103.]
El demonio, que ahora se revela como un burgués de lo más ordinario, no entra en la teoría verdaderamente socialista de la prostitución que encierran estos versos, sino que responde sencillamente: cada uno es artífice de su suerte, «de su culpa es culpable cada individuo», y otras frases burguesas; observa: «la sociedad es una palabra vacía» (probablemente había leído a Stirner)61 e invita a Karl Moor II a seguir contando. Este cuenta cómo contempló las viviendas de los proletarios y oyó el llanto de los niños:
Porque el pecho marchito de la madre
no tenía para ellos ni una gota de dulce alivio,
¡mueren sin culpa al cuidado de la madre!
Y sin embargo (!!) es un milagro, dulce y suave,
cómo en el pecho de la madre, de la sangre roja,
se separa y se forma la leche blanca. [pág. 104.]
Quien ha visto este milagro, opina, no necesita entristecerse si no puede creer que Cristo convirtiera el agua en vino. La historia de las bodas de Caná parece haber predispuesto mucho a nuestro poeta en favor del cristianismo. El dolor del mundo se vuelve aquí tan violento que Karl Moor II pierde toda coherencia. El burgués demoníaco trata de tranquilizarlo y le deja seguir contando:
Otros niños, una cría pálida,
vi allí donde humeaban altas chimeneas
y las ruedas de bronce, en la incandescencia,
pisoteaban una danza a compás pesado. [pág. 105.]
¡Qué fábrica sería aquella en que Karl Moor II vio «ruedas en la incandescencia», y encima «ruedas que pisoteaban, que pisoteaban una danza»! Solo puede ser la misma fábrica en que se fabrican los versos de nuestro poeta, que también «pisotean una danza a compás pesado». Sigue algo sobre la situación de los niños de las fábricas. Esto le toca el bolsillo al burgués demoníaco, que sin duda es también fabricante. Él también se acalora y responde que eso son tonterías, que la chusma de los hijos de proletarios no importa nada, que ningún genio ha sucumbido nunca por semejantes pequeñeces, que en general no se trata de los individuos, sino solo de la humanidad en su conjunto, y que esta saldrá adelante también sin Alfred Meissner. La necesidad y la miseria son al fin y al cabo la suerte de los hombres, y por lo demás,
lo que el Creador hizo mal,
el hombre no lo llevará nunca a mejor. [pág. 107.]
Dicho esto, desaparece y deja plantado a nuestro afligido poeta. Este sacude su confusa cabeza y no sabe hacer nada mejor que irse a casa y ponerlo todo literalmente en el papel y en la imprenta.
En la pág. 109, «un pobre hombre» quiere ahogarse; Karl Moor II lo retiene generosamente y le pregunta sus motivos. El pobre hombre cuenta que ha viajado mucho:
Donde llameaban sangrientas (!) las chimeneas de Inglaterra,
vi en el dolor, embotados y mudos,
los nuevos infiernos y condenados.
El pobre hombre ha visto cosas extrañas en Inglaterra, donde los cartistas despliegan en cada ciudad fabril más actividad que todos los partidos políticos, socialistas y religiosos de toda Alemania juntos. Debía de estar él mismo «embotado y mudo».
Al llegar a Francia por el mar,
vi asustado y con horror
cómo, fermentando como lava a mi alrededor,
rugían las masas de los proletarios.
¡«Asustado y con horror» lo vio el «pobre hombre»! Así ve en todas partes la «lucha de los pobres y los ricos», él mismo «uno de los ilotas», y como los ricos no quieren oír y «los días del pueblo están todavía lejos», cree que no puede hacer nada mejor que tirarse al agua; y Meissner, convencido, lo suelta: «Adiós, no puedo... retenerte más».
Nuestro poeta ha hecho muy bien en dejar que se ahogue tranquilamente este cobarde obtuso, que no vio nada en Inglaterra, al que el movimiento proletario de Francia llenó «de susto y de horror» y que es demasiado lâche62 para unirse a la lucha de su clase contra sus opresores. De todos modos, el tipo ya no servía para nada.
En la pág. 237, Orión-Moor dirige un himno tirteico63 «A las mujeres». «Ahora que los hombres pecan de cobardes», se exhorta a las rubias hijas de Germania a levantarse y a «proclamar una palabra de libertad». Nuestras dulces rubias no han esperado a su exhortación; el público ha visto «asustado y con horror» ejemplos de las hazañas sublimes de que es capaz la mujer alemana en cuanto lleva pantalones y puede fumar puros.
Busquemos ahora, después de esta crítica de la sociedad existente por nuestro poeta, sus pia desideria64 en materia social. Encontramos al final una «Reconciliación», escrita en prosa entrecortada, que hace algo más que imitar la «Resurrección» del final de los poemas reunidos de K. Beck. Allí se dice, entre otras cosas:
«La humanidad no vive y lucha para dar a luz al individuo. Un solo hombre es la humanidad». Con lo cual nuestro poeta, «el individuo», naturalmente, no es «ningún hombre». «Y vendrá el tiempo... entonces se alzará la humanidad, un Mesías, un dios en su despliegue...». Pero este Mesías solo vendrá «dentro de mil años y mil más, el nuevo Salvador, que hablará» (la ejecución se la deja a otros) «de la división del trabajo, fraternalmente igual para todos los hijos de la tierra»... y entonces la «reja del arado, símbolo de la tierra sombreada por el espíritu... signo de íntima veneración... se alzará radiante, coronada de rosas, más hermosa aún que la vieja cruz cristiana».
Lo que vendrá «dentro de mil años y mil más» puede, en el fondo, sernos bastante indiferente. No necesitamos, pues, examinar si los hombres que existan entonces avanzarán una pulgada gracias al «hablar» del nuevo Salvador, si querrán siquiera oír todavía a un «Salvador», ni si la teoría fraternal de este «Salvador» es practicable o está a salvo de los terrores de la bancarrota. «Esto es lo que» nuestro poeta esta vez no «ve». Lo único interesante de todo el pasaje es su devota genuflexión ante el sacrosanctum del porvenir, la idílica «reja del arado». En las filas de los verdaderos socialistas solo habíamos encontrado hasta ahora al burgués; aquí ya notamos que Karl Moor II nos va a presentar también al campesino con su traje de domingo. En efecto, en la pág. 154 lo vemos mirar desde el monte hacia un valle amable y dominguero, donde los campesinos y los pastores, muy callada y contentamente, alegres y con confianza en Dios, se ocupan de sus faenas del día; y
en mi corazón de escéptico gritó una voz:
¡oh, escucha, qué alegre puede cantar la pobreza!
Aquí la pobreza «no es una mujer que se vende, es una niña, ¡y su desnudez, inocente!».
Y comprendí que alegre, piadosa y buena
solo llegará a ser la humanidad tan probada
cuando descanse en bendito olvido
en el esfuerzo y el trabajo, junto al pecho de la tierra.
Y para decirnos todavía con más claridad cuál es su opinión seria, en la pág. 159 nos describe la dicha familiar de un herrero de aldea y desea que sus hijos
nunca conozcan las epidemias
que, en tono de triunfador,
llaman los malvados o los necios:
cultura, civilización.
El verdadero socialismo no tuvo descanso hasta rehabilitar, junto al idilio burgués, también el campesino, junto a las novelas de Lafontaine también las escenas pastoriles de Gessner.65 En la persona del señor Alfred Meissner se ha situado en el terreno del Kinderfreund de Rochow66 y proclama desde este elevado punto de vista que el destino del hombre es volverse campesino. ¿Quién habría esperado semejante puerilidad del poeta del «salvaje dolor del mundo», del poseedor de «soles de ardor caliente», del Karl Moor el Joven que «relampaguea de tormenta»?
A pesar de su anhelo campesino de la paz de la vida rural, declara sin embargo que las grandes ciudades son su verdadero campo de actividad. En consecuencia, nuestro poeta se ha trasladado a París, para ver también aquí
... asustado y con horror
cómo, fermentando como lava a su alrededor,
rugen las masas de los proletarios [pág. 111].
Hélas! il n'en fut rien.67 En los Grenzboten,68 en una correspondencia desde París, se declara terriblemente decepcionado. El honrado poeta buscó esas masas rugientes de proletarios por todas partes, incluso en el Cirque Olympique, donde por entonces se representaba la Revolución francesa con timbales y cañones; pero, en lugar de los sombríos héroes de la virtud y de los republicanos farouches69 que buscaba, solo encontró un pueblo risueño y vivaz, de una alegría indestructible, que mostraba mucho más interés por las mujeres bonitas que por las grandes cuestiones de la humanidad. Del mismo modo buscó en la Cámara de Diputados «a los representantes del pueblo francés» y no encontró más que un montón de ventrus70 bien cebados que charlaban todos a la vez.
Es en verdad imperdonable que los proletarios de París no ejecutaran en honor de Karl Moor el Joven una pequeña revolución de julio para darle ocasión de formarse de ellos, «asustado y con horror», una opinión mejor. Por toda esta desgracia nuestro honrado poeta pone el grito en el cielo y profetiza, como nuevo Jonás escupido del vientre del verdadero socialismo, la ruina de la Nínive del Sena, como puede leerse con más detalle en los Grenzboten de 1847, núm. [14], correspondencia «Desde París», donde nuestro poeta cuenta además de forma divertidísima cómo confundió a un bon bourgeois du Marais71 con un proletario y qué extraños malentendidos se siguieron de ello.
Su Ziska72 se lo perdonamos, porque solo es aburrido. Ya que hablamos de poemas, mencionaremos con unas palabras las seis provocaciones a la revolución que nuestro Freiligrath ha lanzado con el título de Ça ira (Herisau, 1846).73 La primera es una marsellesa alemana y canta a un «audaz pirata» que «lo mismo en Austria que en Prusia se llama Revolución». A este barco con bandera propia, que aporta un refuerzo considerable a la célebre flota alemana in partibus infidelium,74 se le dirige la exhortación:
A las flotas de plata de la propiedad
apunta audaz la boca de los cañones;
en el fondo herrumbroso del mar
deja que se pudran los tesoros de la codicia. [pág. 9.]
Por lo demás, toda la canción está escrita en un tono tan bonachón que, pese a la métrica, lo mejor es cantarla con la melodía de «Arriba, marineros, levad anclas».
Lo más característico es el poema «Cómo se hace», es decir, cómo hace Freiligrath una revolución. Corren malos tiempos, el pueblo pasa hambre y va en harapos: «¿De dónde saca pan y ropa?». En esto aparece «un mozo audaz» que sabe encontrar remedio. Lleva a toda la multitud al arsenal de la Landwehr75 y reparte los uniformes, que se ponen enseguida. «Para probar» se echa mano también de los fusiles, y se encuentra que «sería divertido» llevárselos. En esto se le ocurre a nuestro «mozo audaz» que quizá «a esta broma de la ropa podrían llamarla rebelión, robo y saqueo», y que entonces habría que «enseñar los dientes por su chaqueta». Por eso se van también con ellos chacós, sables y cartucheras, y como bandera se enarbola un saco de mendigo. Así se sale a la calle. En esto se presenta «la tropa de línea real», el general ordena fuego, pero los soldados caen jubilosos en brazos de la Landwehr de la broma de la ropa. Y como ya se está en marcha, se va también, por «diversión», a la capital, se encuentran partidarios, y así, con ocasión de una «broma de la ropa»:
«Derribado el trono, la corona cae, en sus goznes tiembla el reino», y «el pueblo alza victorioso su cabeza tanto tiempo pisoteada».
Todo va tan deprisa, con tanta soltura, que en todo el procedimiento a ningún miembro del «batallón proletario» se le ha apagado seguramente la pipa. Hay que confesar que en ninguna parte se hacen las revoluciones con más alegría y desenvoltura que en la cabeza de nuestro Freiligrath. Hace falta de verdad toda la hipocondría biliosa de la Allgemeine preußische Zeitung para olfatear alta traición en una excursión campestre tan inocente e idílica.
El último grupo de verdaderos socialistas al que nos dirigimos es el berlinés. De este grupo escogemos también un solo individuo característico, a saber, el señor Ernst Dronke,76 porque con la invención de un nuevo género literario ha prestado servicios duraderos a la literatura alemana. Los novelistas y cuentistas de nuestra patria andaban desde hacía bastante tiempo apurados de material. Nunca se había dejado sentir semejante carestía de la materia prima de su industria. Las fábricas francesas suministraban, desde luego, mucho aprovechable, pero este aporte bastaba tanto menos para satisfacer la demanda cuanto que buena parte se ofrecía enseguida a los consumidores en forma de traducción y hacía así a los novelistas una peligrosa competencia. Entonces se acreditó el ingenio del señor Dronke: en la figura de Ofiuco, el Serpentario del firmamento verdaderamente socialista, alzó la gigantesca serpiente enroscada de la legislación de policía alemana para convertirla, en sus Polizei-Geschichten («Historias de policía»), en una serie de novelas cortas de lo más interesante. En efecto, esta legislación enrevesada y escurridiza como una serpiente contiene la materia más rica para este género de poesía. En cada párrafo hay una novela, en cada reglamento una tragedia. El señor Dronke, que como literato berlinés ha librado él mismo combates tremendos con la jefatura de policía, podía hablar aquí por experiencia propia. No faltarán seguidores en el camino así abierto; el campo es rico. El Landrecht prusiano,77 entre otros, es una mina inagotable de conflictos apasionantes y de escenas de efecto drásticas. Solo con la legislación sobre el divorcio, los alimentos y la corona de virginidad —por no hablar de los capítulos sobre los placeres privados contra natura—, toda la industria novelística alemana tiene materia prima para siglos. Además, nada más fácil que elaborar poéticamente un párrafo así; la colisión y su solución ya están hechas, no hay que añadir más que los accesorios, que se toman de la primera novela que caiga a mano de Bulwer, Dumas o Sue y se recortan un poco, y la novela corta está lista. Cabe así esperar que el burgués y el campesino alemanes, e igualmente el estudiante juris o cameralium,78 lleguen poco a poco a poseer una serie de comentarios sobre la legislación vigente que les permitan familiarizarse a fondo con esta materia jugando y con total eliminación de la pedantería.
Vemos por el señor Dronke que no nos prometemos demasiado. Solo de la legislación sobre el derecho de residencia hace dos novelas. En una («Divorcio por vía de policía»), un literato de Hesse electoral (los literatos alemanes siempre hacen héroes a los literatos) se casa con una prusiana sin el consentimiento de su consejo municipal, prescrito por la ley. Su mujer y sus hijos pierden así el derecho a la condición de súbditos de Hesse electoral, y de ahí se sigue la separación de los cónyuges por medio de la policía. El literato se pone furioso, se expresa de forma desagradable sobre lo existente, un teniente lo reta por ello y lo mata a estocadas. Los enredos policiales habían acarreado costes que ya habían arruinado su fortuna. Madame ha perdido por su matrimonio con un extranjero la condición de súbdita prusiana y cae ahora en la miseria más extrema. En la segunda novela del derecho de residencia, a un pobre diablo lo trasladan durante catorce años de Hamburgo a Hannover y de Hannover a Hamburgo para que pruebe aquí las dulzuras de la rueda de molino, allí las alegrías de la cárcel y disfrute de los palos en ambas orillas del Elba. Del mismo modo se trata el inconveniente de que contra los abusos de la policía solo pueda uno quejarse ante la propia policía. Se describe de forma muy conmovedora cómo la policía de Berlín, con su reglamento sobre la expulsión de los criados sin trabajo, echa una mano a la prostitución, y otras colisiones conmovedoras.
El verdadero socialismo se ha dejado engañar por el señor Dronke de la manera más bonachona. Ha tomado las Polizei-Geschichten, lacrimosas descripciones de la miseria del filisteo alemán en el tono de Misantropía y arrepentimiento,79 por cuadros de los conflictos de la sociedad moderna; ha creído que aquí se hacía propaganda socialista; no ha pensado ni un momento que semejantes escenas lastimeras son completamente imposibles en Francia, Inglaterra y América, donde reina lo contrario de todo socialismo, y que, por tanto, el señor Dronke no hace propaganda socialista, sino liberal. Al verdadero socialismo hay que disculparlo aquí, sin embargo, tanto más cuanto que tampoco el propio señor Dronke ha pensado en nada de esto.
El señor Dronke ha escrito también historias Aus dem Volke («Del pueblo»). Aquí asistimos de nuevo a una novela de literatos, en la que se expone a la compasión del público la miseria de los escritores industriales. Este relato parece haber inspirado a Freiligrath el conmovedor poema en el que implora simpatía para el literato y exclama: «¡También él es un proletario!». Cuando llegue el día en que los proletarios alemanes hagan balance con la burguesía y las demás clases poseedoras, les demostrarán a los señores literatos, la más harapienta de todas las clases venales, por medio del farol,80 en qué medida también ellos son proletarios. Las demás novelas cortas del libro de Dronke están hilvanadas con una falta total de fantasía y un desconocimiento bastante grande de la vida real, y solo sirven para poner las ideas socialistas del señor Dronke en boca precisamente de la gente en la que menos vienen a cuento.
Además, el señor Dronke ha escrito un libro sobre Berlín81 que está a la altura de la ciencia moderna, es decir, en el que se encuentran mezcladas en revoltijo las concepciones jóvenes hegelianas, bauerianas, feuerbachianas, stirnerianas, verdaderamente socialistas y comunistas tal como han entrado en circulación en la literatura de los últimos años. El resultado final del conjunto es que Berlín, a pesar de todo y de todo, sigue siendo el centro de la cultura moderna, el centro de la inteligencia y una ciudad mundial de dos quintos de millón de habitantes, de cuya competencia más vale que se cuiden París y Londres. Hasta grisettes82 hay en Berlín: ¡pero bien sabe el cielo que son lo que cabe esperar!
Al color berlinés del verdadero socialismo pertenece también el señor Friedrich Sass,83 que también ha escrito un libro sobre su ciudad natal espiritual. De este señor, sin embargo, solo nos ha llegado un poema, que puede leerse en la pág. 29 del Album de Püttmann, del que hablaremos enseguida. En este poema se canta «El futuro de la vieja Europa» al modo de «Leonora se alzó con la aurora»,84 con las expresiones más asquerosas que nuestro autor pudo encontrar en toda la lengua alemana y con el mayor número posible de faltas gramaticales. El socialismo del señor Sass se reduce a que Europa, la «mujer lasciva», va a perecer próximamente:
Te corteja el gusano de los muertos,
¿oyes, oyes en la tormenta nupcial
a cosacos y tártaros
recorrer tu lecho podrido?...
Junto al sarcófago desierto de Asia
se pondrá en fila el tuyo...
Los grises cadáveres de gigante
revientan (¡puaj!) y ceden...
Como reventaron Menfis y Palmira (!),
un día el águila salvaje construirá su nido
en tu frente podrida,
¡vieja ramera envejecida!
Ya se ve: la fantasía y la lengua del poeta no están menos «reventadas» que su concepción de la historia.
Con esta mirada al futuro cerramos el repaso de los distintos grupos de estrellas del verdadero socialismo. En verdad, ha sido una brillante serie de constelaciones la que ha desfilado ante nuestro telescopio; ¡es la mitad más resplandeciente del cielo la que el verdadero socialismo tiene ocupada con su ejército! Y alrededor de todos estos astros luminosos se extiende, con el suave brillo de la filantropía burguesa, como Vía Láctea, la Trier'sche Zeitung, un periódico que se ha adherido en cuerpo y alma al verdadero socialismo. No ha ocurrido ningún acontecimiento que tocara ni de lejos al verdadero socialismo sin que la Trier'sche Zeitung saliera con entusiasmo a la palestra. Desde el teniente Anneke hasta la condesa Hatzfeld,85 desde el Museo de Bielefeld hasta madame Aston,86 la Trier'sche Zeitung ha luchado por los intereses del verdadero socialismo con una energía que arrancaba a su frente el sudor de los nobles. Es, en el sentido más literal, una Vía Láctea de mansedumbre, misericordia y amor a la humanidad, y solo en muy pocos casos suele servir leche agria. ¡Ojalá siga fluyendo por su camino, tranquila y serena como corresponde a una auténtica Vía Láctea, y continúe abasteciendo a los buenos burgueses de Alemania con la mantequilla de la blandura de corazón y el queso del filisteísmo! No tiene por qué temer que alguien le quite la nata, porque es demasiado aguada para que se le forme.
Pero, para que nos despidamos de él con alegría serena, el verdadero socialismo nos ha preparado una fiesta final en el Album editado por H. Püttmann (Borna, Reiche, 1847). Bajo la égida de la Osa Mayor se dispara aquí una girandola como no puede verse más brillante en Roma por Pascua.87 Todos los poetas socialistas, de grado o a la fuerza, han suministrado cohetes, que suben al cielo en haces silbantes y chispeantes, estallan en el aire en millones de estrellas y hacen surgir por arte de magia a su alrededor una claridad de día en la noche de nuestras relaciones. Pero, ¡ay!, el hermoso espectáculo dura solo un instante: los fuegos artificiales se apagan y no dejan más que un humo denso que hace parecer la noche todavía más oscura de lo que es, un humo a través del cual solo brillan, como estrellas inalterablemente claras, los siete poemas de Heine que, para nuestro gran asombro y para no pequeño apuro de la Osa Mayor, se encuentran en esta compañía. Que eso no nos moleste, sin embargo; tampoco nos escandalicemos de que varias cosas de Weerth88 reimpresas aquí tengan que sentirse incómodas en semejante compañía, y gocemos de la impresión completa de los fuegos artificiales.
Encontramos aquí tratados temas muy interesantes. A la primavera se le canta tres o cuatro veces con todo el despliegue de que es capaz el verdadero socialismo. Nada menos que ocho muchachas seducidas se nos presentan desde todos los puntos de vista posibles. No solo llegamos a ver el acto de la seducción, sino también sus consecuencias; cada época principal del embarazo está representada por lo menos por un sujeto; después viene, como es justo, el parto, y en su séquito el infanticidio o el suicidio. Solo es de lamentar que no se haya incluido también «La infanticida» de Schiller; pero el editor pensaría que ya era bastante con que la conocida exclamación «José, José», etc., resonara por todo el libro.89 Cómo son estas canciones de seducción, que lo atestigüe una estrofa —con una conocida melodía de canción de cuna—. El señor Ludwig Köhler canta en la pág. 299:
¡Llora, madre, llora!
¡El corazón de tu hija está enfermo!
¡Llora, madre, llora!
¡La inocencia de tu hija se hundió!
Tu sentencia: «¡Sé buena, hija mía!»,
¡la echó sacrílega al viento!
En general, el Album es una verdadera apoteosis del crimen. Además de los numerosos infanticidios mencionados, el señor Karl Eck canta todavía un «Delito forestal», y al suabo Hiller, que asesinó a sus cinco hijos, lo celebran el señor Johannes Scherr90 en un poema corto y la propia Osa Mayor en uno interminable. Uno se cree en una feria alemana, donde los organilleros desgranan sus historias de asesinatos:
Niño rojo, niño del infierno,
di, ¿qué fue tu existencia aquí?
Ante ti y tu cueva de asesino
se estremece todo hombre por ello.
Noventa y seis vidas humanas
asesinó el malvado;
no las dejó vivir más,
rápido les rompe el cuello, etc.
Es difícil hacer una selección entre estos poetas llenos de fuerza juvenil y sus producciones llenas de calor vital; porque en el fondo da igual llamarse Theodor Opitz o Karl Eck, Johannes Scherr o Joseph Schweitzer: todas las cosas son igual de hermosas. Metamos la mano al azar.
Ahí encontramos en primer lugar a nuestro amigo Boyero-Semmig, ocupado en elevar la primavera a la altura especulativa del verdadero socialismo (pág. 35):
¡Despertad! ¡Despertad! Pues quiere hacerse primavera...
En marcha de tormenta toma por valles y montañas
la libertad su curso sin cadenas...
Qué libertad es esa, lo sabemos enseguida:
¿Por qué miráis serviles el signo de la cruz?
Un hombre libre no puede arrodillarse ante el dios
que nos derribó los robles de la patria,
¡ante el que tuvieron que huir los dioses de la libertad!
Es decir, la libertad de los bosques vírgenes germánicos, a cuya sombra Boyero puede meditar tranquilamente sobre «Socialismo, comunismo, humanismo» y cultivar a su antojo «la espina del odio a los tiranos». Sobre esta última nos enteramos:
Ninguna rosa florece sin espina,
con lo que cabe esperar que también la «rosa» en capullo Andrómeda encuentre pronto una «espina» adecuada y ya no «se sienta tan de palo» como antes. También en interés de las Veilchen, que entonces, eso sí, todavía no existían, opera Boyero al lanzar aquí un poema aparte cuyo título y estribillo dicen: «¿Compran violetas? ¡Compren violetas! ¡Compren violetas!» (pág. 38).
El señor N..h..s91 se esfuerza con loable celo por reunir 32 páginas de versos de líneas anchas sin sacar a la luz en ellas ni una sola idea. Ahí está, por ejemplo, una «Canción proletaria» (pág. 166). Los proletarios salen a la naturaleza libre —si quisiéramos decir de dónde salen, no acabaríamos nunca— y se deciden, tras largos preámbulos, al siguiente apóstrofe:
¡Oh Naturaleza! Tú, madre de todos los seres,
que quieres alimentar a todos con amor,
que a todos has escogido para la bienaventuranza,
¡inescrutablemente grande eres y sublime!
¡Escucha nuestras resoluciones más santas!
¡Escucha lo que fiel y cálidamente te juramos!
¡Llevad la noticia al mar, oh ríos,
susúrralo, aire de primavera, por los oscuros pinares!
Con esto se ha ganado un nuevo tema, y la cosa sigue un buen rato en este tono. Al final nos enteramos, en la estrofa decimocuarta, de lo que la gente quiere en realidad, y no vale la pena ponerlo aquí.
También el señor Joseph Schweitzer es un conocimiento interesante:
El pensamiento es el alma, y la acción es el cuerpo;
esposo es la chispa de fuego, y el hecho su mujer,
a lo que se enlaza con naturalidad lo que quiere el señor J. Schweitzer, a saber:
Crepitar quiero, llamear quiero, luz de libertad
en el bosque y en el llano,
hasta que el gran cubo de agua llamado muerte
apague la astilla (pág. 213).
Su deseo se ha cumplido. En estos poemas ya «crepita» a placer, y «astilla» también lo es, eso se ve a primera vista. Pero una astilla divertida:
Alta la cabeza, la mano cerrada,
aquí estoy, bienaventurado, libre (pág. 216).
En esta postura debía de estar impagable. Por desgracia, el motín de agosto de Leipzig92 lo arrastra a la calle, y allí ve cosas conmovedoras:
Ante mí chupa a ávidos tragos, empapado en sangre,
¡oh oprobio, oh horror!,
un tierno capullo humano ágil su rocío de muerte (pág. 217).
Hermann Ewerbeck93 tampoco deshonra su nombre de pila. Empieza en la pág. 227 un «Canto de guerra» que sin duda ya bramaban los queruscos en el bosque de Teutoburgo:
Luchamos por la libertad,
por el ser que hay en nuestro seno.
¿Será este un canto de guerra para mujeres embarazadas?
Y no por oro ni por condecoraciones,
ni por vano placer.
Luchamos por las generaciones futuras, etc.
En un segundo poema [pág. 229] nos enteramos:
Los sentidos del hombre son sagrados,
santísimo es el sentido puro.
Los espíritus todos se desvanecen
ante el sentido y los sentidos.
Lo mismo que «el sentido y los sentidos» se nos «desvanecen» ante semejantes versos.
Amamos ardientemente lo bueno,
lo bello de este mundo,
obramos y creamos sin descanso
en el auténtico campo de la humanidad;
y este campo premia nuestro trabajo con una cosecha de ripios llenos de convicciones como ni el mismo Luis de Baviera94 fue capaz de producir.
Un joven callado y formal es el señor Richard Reinhardt. «Va con quieta calma largo tiempo al paso del callado autodespliegue» y aporta un poema de cumpleaños «A la joven humanidad», en el que se conforma con cantar
el sol de amor de la libertad pura,
la luz de libertad del amor puro,
la luz amable de la paz del amor [págs. 234, 236].
En estas seis páginas se nos pone el ánimo a gusto. El «amor» aparece dieciséis veces, la «luz» siete, el «sol» cinco, la «libertad» ocho, por no hablar de las «estrellas», «claridades», «días», «delicias», «alegrías», «paces», «rosas», «ardores», «verdades» y demás especias subalternas de la existencia. Cuando uno ha tenido la suerte de que le canten así, puede en verdad bajar en paz a la fosa.
Pero ¿qué hacemos deteniéndonos en chapuceros cuando podemos contemplar a maestros como el señor Rudolf Schwerdtlein y la Osa Mayor? ¡Dejemos a su suerte todos esos intentos, amables, sí, pero todavía muy imperfectos, y volvámonos hacia la perfección de la poesía socialista!
El señor Rudolf Schwerdtlein canta:
«¡Adelante!»
Somos los jinetes de la vida. ¡Hurra! (ter)
¿Adónde, jinetes de la vida?
Cabalgamos hacia la muerte. ¡Hurra!
Tocamos la trompeta. ¡Hurra! (ter)
¿Qué estruendo sacáis de la trompeta?
Atronamos, tronamos muerte. ¡Hurra!
El ejército se quedó muy atrás. ¡Hurra! (ter)
¿Qué hace vuestro ejército allá atrás?
Duerme el sueño eterno. ¡Hurra!
¡Escuchad! ¿No tocan los enemigos? ¡Hurra! (ter)
¡Ay, pobres trompeteros!
Ahora cabalgamos hacia la muerte. ¡Hurra! [págs. 199, 200.]
¡Ay, pobre trompetero! Ya se ve: el jinete de la vida no solo cabalga con ánimo risueño hacia la muerte, sino que cabalga con la misma audacia hacia el disparate más espeso, en el que se encuentra tan a gusto como el piojo en la lana de oveja. Unas páginas más adelante, el jinete de la vida da «¡Fuego!»:
Somos tan sabios, sabemos mil cosas,
el progreso lo ha llevado tan vertiginosamente lejos...
pero no puedes rizar una ola remando
sin que te susurren espíritus en los oídos. [pág. 204.]
Es de desear que al jinete de la vida le «susurre en los oídos» cuanto antes un cuerpo lo más contundente posible, para quitarle los susurros de espíritus.
¡Muerde la manzana! Entre fruto y dientes
se te alza al instante un fantasma;
agarra un corcel por las fuertes crines:
se encabrita un espíritu con la oreja del semental...
Al jinete de la vida también se le «encabrita» algo a ambos lados de la cabeza, pero no es «la oreja del semental»...
Los pensamientos se disparan a tu alrededor como hienas
si abrazas a la que tu corazón eligió.
Al jinete de la vida le pasa como a otros valientes héroes de guerra. No teme la muerte, pero los «espíritus», los «fantasmas» y sobre todo los «pensamientos» le hacen temblar como una hoja. Para salvarse de ellos, decide pegar fuego al mundo, «atreverse con el incendio universal»:
Destrozar es la gran consigna del tiempo,
destrozar es la única solución de la discordia;
para que el cuerpo y el espíritu se carbonicen
en un cribado a fondo de la naturaleza y la esencia;
y, como el mineral en el crisol, así vaya
a buscar el mundo en el fuego la nueva condensación.
El demonio, tras el juicio final del fuego,
es el comienzo de la nueva historia universal. [pág. 206.]
El jinete de la vida ha dado en el clavo. La discordia de la única solución en la gran consigna del tiempo del cribado a fondo de la naturaleza y la esencia es precisamente que el mineral en el crisol se carbonice en cuerpo y en espíritu; es decir, el destrozar de la nueva historia universal es la nueva condensación del juicio final del fuego, o, dicho de otro modo, que el demonio se lleve el mundo en el fuego del comienzo.
Vamos ahora con nuestro viejo amigo la Osa Mayor. Ya mencionamos la Hilleríada. Esta empieza con una gran verdad:
Tú, pueblo por la gracia de Dios, no comprendes
qué malo es saludar al mundo como harapiento:
nunca se libra uno de ello. [pág. 256.]
Después de haber tenido que escuchar toda la historia lastimera con los más mínimos detalles, la Osa Mayor estalla de nuevo en «hipocresía»:
¡Ay, ay de ti, mundo perverso y malvado!
¡Maldición, maldición eterna sobre ti! ¡Tú, dinero maldito!
No sin ti se habría cometido este asesinato,
¡no sin vosotros, monstruos ricos!
¡La sangre de los niños caiga solo sobre vosotros!
La verdad habla por mi boca de poeta,
os la arrojo a la cara
¡y aguardo el golpe de la hora de la venganza! [pág. 262.]
¿No se diría que la Osa Mayor comete aquí la temeridad más espantosa al «arrojar a la cara» de la gente «verdades por su boca de poeta»? Pero tranquilícense, no tiemblen por su hígado ni por su seguridad. Los ricos no le hacen nada a la Osa Mayor, como tampoco la Osa Mayor les hace nada a ellos. Pero, opina esta, al viejo Hiller habría habido que hacerle decapitar o bien:
El plumón más suave de la tierra bajo la cabeza
del asesino teníais que colocar con cuidado,
para que lo que le robasteis de querido
lo olvidara en sueño profundo, para bendición vuestra.
Y cuando despertara, a su alrededor tenían que
zumbar doscientas arpas con dulces sones,
para que el estertor de los niños nunca más
le desgarrara el oído y le reventara el corazón.
Y algo más aún en expiación, lo que fuera,
lo más amable que el amor pueda imaginar...
Quizá entonces os habríais librado de la fechoría
y habríais podido ganar la paz de la conciencia (pág. 263.)
¡Esta es, en verdad, la bonhomie de todas las bonhomies, la verdad del verdadero socialismo! «¡Para bendición vuestra!». «¡Paz de la conciencia!». La Osa Mayor se vuelve pueril y cuenta cuentos de vieja. Que todavía sigue «aguardando el golpe de la hora de la venganza» ya se sabe.
Pero todavía mucho más divertidos que la Hilleríada son los «Idilios de cementerio». Primero ve enterrar a un hombre pobre y oye los lamentos de su viuda, luego a un joven soldado caído en la guerra, único sostén de su anciano padre, luego a un niño asesinado por su madre y, por último, a un hombre rico. Cuando ha visto todo esto, empieza a «pensar», y he aquí que
... mis miradas se volvieron claras y limpias
y radiantes penetraron hondo en las criptas, [pág. 284]
por desgracia, no se volvieron lo bastante «claras» para penetrar «hondo en» sus versos.
Lo más misterioso se me hizo manifiesto.
En cambio, lo que es «manifiesto» para todo el mundo, a saber, la espantosa indignidad de sus versos, le quedó completamente «misterioso». Y el oso de mirada clara vio «cómo en un vuelo casi los mayores prodigios sucedían». Los dedos del hombre pobre se vuelven corales, sus cabellos seda, y con ello su viuda llega a una gran riqueza. De la tumba del soldado brotan llamas que devoran el palacio del rey. De la tumba del niño brota una rosa cuyo perfume llega hasta la cárcel de la madre, y el hombre rico se convierte, en virtud de la transmigración de las almas, en una víbora que la Osa Mayor se reserva el placer privado de hacer pisotear por su hijo menor. Y así, opina la Osa Mayor, «la inmortalidad nos llega a todos, sin embargo».
Por lo demás, nuestro oso tiene, con todo, coraje. En la pág. 273 desafía con voz de trueno a «su desgracia»; le hace frente, porque:
Un fuerte león se asienta en mi corazón,
es tan valiente, tan grande y tan rápido...
¡Guárdate tú de sus garras!
Sí, la Osa Mayor «siente ganas de lucha», «no teme las heridas».
Engels se refiere a los capítulos del segundo volumen de La ideología alemana (1846) dedicados al «verdadero socialismo», que este manuscrito debía continuar; allí se criticaban el artículo de Semmig y el libro de Grün aludidos más abajo. ↩
Karl Grün (1817-1887), publicista, la figura más conocida del «verdadero socialismo», criticado en el capítulo IV del segundo volumen de La ideología alemana. ↩
Otto Lüning (1818-1868), médico y publicista, director del Westphälisches Dampfboot. ↩
Das Westphälische Dampfboot («El vapor westfaliano»), revista mensual del «verdadero socialismo» publicada en Bielefeld y luego en Paderborn entre 1845 y 1848. ↩
Rima escolar alemana para aprender los signos del zodiaco: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo y Virgo. Engels da a cada redactor y colaborador del Dampfboot el nombre de una constelación. ↩
Hermann Kriege (1820-1850), «verdadero socialista» que emigró en 1845 a Nueva York, donde dirigió en 1846 el semanario Der Volks-Tribun. Hermann el Querusco es Arminio, el jefe germano que derrotó a las legiones romanas en el bosque de Teutoburgo (año 9). ↩
Dies Buch gehört dem Volke («Este libro es del pueblo»), anuario publicado por Lüning de 1845 a 1847. ↩
Mode simple y mode composé: «tiempo simple» y «tiempo compuesto», términos de la gramática francesa. ↩
Verso de la canción popular alemana «Wenn ich ein Vöglein wär». ↩
Sociedad de lectura y tertulia de la burguesía de Bielefeld. ↩
Gesellschaftsspiegel («Espejo de la sociedad»), revista publicada en Elberfeld en 1845 y 1846 bajo la dirección de Moses Hess. Friedrich Schnake era uno de sus colaboradores. ↩
Periódico conservador de Colonia (1844-1848), subvencionado por el gobierno prusiano. ↩
La «Circular contra Kriege», redactada en mayo de 1846 por Marx y Engels con otros miembros del Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas e impresa en el Westphälisches Dampfboot en julio de 1846. ↩
Georg Schirges (1811-1879), publicista de Hamburgo, director de la revista obrera Die Werkstatt («El taller», 1845-1846). ↩
Die Werkstatt, la revista de Schirges. ↩
«Sedicentes». ↩
«Dichoso aquel que, lejos de los negocios...» (Horacio, Epodos, II, 1). ↩
Juego de palabras intraducible: Triebfedern, «resortes», y Schreibfedern, «plumas de escribir». ↩
Versos de la oda «A la alegría» de Schiller. ↩
Una ley de 1820 prohibía al Estado prusiano contratar nuevos empréstitos sin el consentimiento de unos Estados generales del reino (Reichsstände) que nunca se habían convocado. Para obtener el empréstito del ferrocarril del Este, Federico Guillermo IV reunió en abril de 1847 la Dieta Unida, formada por todas las Dietas provinciales. ↩
«Lisa y llanamente». ↩
«Comerciantes». ↩
«¡Oh santa simplicidad!», palabras que la tradición atribuye a Jan Hus en la hoguera. ↩
Las elecciones a la Cámara de Diputados francesa de agosto de 1846. ↩
El 29 de julio de 1846, Joseph Henri disparó contra el rey Luis Felipe sin alcanzarlo. ↩
«Pase lo que pase». ↩
Los «conservadores obtusos» y los «conservadores progresistas». El Journal des Débats y L'Époque eran periódicos gubernamentales; La Presse, de Émile de Girardin, apoyaba al ministerio con críticas. ↩
Le National lo fundaron en enero de 1830 Thiers, Mignet y Armand Carrel para combatir a Carlos X; tras la revolución de julio, bajo la dirección de Carrel, se convirtió en el órgano de los republicanos moderados. ↩
Pequeño periódico satírico y literario de París (1844-1847). ↩
«¡Eso huele a bosque de Teutoburgo a una legua!». ↩
Fritz Anneke (1818-1872), oficial de artillería prusiano expulsado del ejército en 1846 por sus ideas democráticas y comunistas; en 1848 fue uno de los dirigentes de la Asociación Obrera de Colonia. ↩
Amans-Alexis Monteil (1769-1850), historiador francés, autor de una Histoire des Français des divers états (1828-1844). ↩
Juego con el mito de Perseo, que cortó la cabeza de la Gorgona, cuya mirada petrificaba, y la puso en su escudo. ↩
«Todo lo más compuesto que hay en Alemania». ↩
Karl Gutzkow (1811-1878), escritor de la Joven Alemania. Friedrich Steinmann y Theodor Opitz, publicistas de la época. ↩
La expresión «feudalismo industrial» procede de Fourier; su discípulo Toussenel habló de «feudalismo financiero». ↩
Schiller, «El buzo»: «bajo larvas, el único pecho que siente»; Engels cambia «larvas» (máscaras, monstruos) por «cadáveres». Más abajo cita el verso original. ↩
Hermann Püttmann (1811-1874), poeta y publicista, editor de los Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform (1845-1846), del Deutsches Bürgerbuch (1845-1846) y del Album (1847). En alemán, Major es también «comandante». ↩
En los Estados de la Confederación Germánica, los libros de más de veinte pliegos (320 páginas) estaban exentos de la censura previa. ↩
Poema de Goethe (1775) en que el poeta se compara con un oso domesticado en el parque de animales de su prometida Lili; de él proceden también los versos que se citan más abajo. ↩
«Maldiciente, engreído». En francés en el original, como «pérfido» y «malicioso», en forma afrancesada. ↩
Hermann Semmig (1820-1897), maestro y publicista sajón, autor de Sächsische Zustände («La situación sajona», 1846). ↩
En el capítulo I del segundo volumen de La ideología alemana. El artículo de Semmig apareció en el primer tomo de los Rheinische Jahrbücher (1845). ↩
La orden sajona de la Corona de Ruda; la corona de ruda figura en las armas de Sajonia. ↩
«Ajuste equitativo»: reivindicación de los radicales y los cartistas: reducir la deuda pública, contraída durante las guerras napoleónicas en moneda depreciada y pagada después en moneda revalorizada. ↩
Los octrois, impuestos que las ciudades francesas cobraban a la entrada de los géneros de consumo. ↩
«Capricho». ↩
«Así hacen todos», en italiano: juego con el título de la ópera de Mozart Così fan tutte («Así hacen todas»). ↩
«¡Pobre buen hombrecillo!». ↩
«Violetas. Hojas para la crítica moderna inofensiva». ↩
Juego de palabras: Schlüssel, el apellido del editor, significa «llave», y Schlüsselblume, literalmente «flor de llave», es la prímula. ↩
Diario de Tréveris, órgano del «verdadero socialismo» en 1846 y 1847. ↩
Versos de «La violeta» de Goethe, que puso en música Mozart. ↩
Louise Otto (1819-1895), escritora sajona, más tarde fundadora del movimiento de mujeres alemán. ↩
August Heinrich Hoffmann von Fallersleben, Robert Prutz, Georg Herwegh y Ferdinand Freiligrath, los poetas políticos más conocidos de la Alemania de los años cuarenta. ↩
Alfred Meissner (1822-1885), poeta alemán nacido en Bohemia; sus Gedichte («Poemas») aparecieron en 1845. ↩
Moritz Hartmann (1821-1872), poeta alemán nacido en Bohemia; diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort en 1848. ↩
El protagonista de Los bandidos (1781) de Schiller, que se hace jefe de una banda de salteadores en los bosques de Bohemia para vengarse de la injusticia del mundo y acaba entregándose a la justicia. Schweizer es el bandido fiel de su banda; Spiegelberg, el intrigante ruin. ↩
José II, emperador de 1765 a 1790, monarca reformista del despotismo ilustrado. ↩
Karl Beck (1817-1879), poeta alemán nacido en Hungría, autor de Lieder vom armen Mann («Canciones del pobre», 1846). ↩
Max Stirner (1806-1856), autor de Der Einzige und sein Eigentum («El Único y su propiedad», 1844), que niega toda realidad a la «sociedad»; Marx y Engels lo critican largamente en La ideología alemana. ↩
«Cobarde». ↩
Tirteo, poeta espartano del siglo VII a. C., autor de cantos de guerra. ↩
«Piadosos deseos». ↩
August Lafontaine (1758-1831), autor de novelas sentimentales de familia muy leídas; Salomon Gessner (1730-1788), poeta suizo de idilios pastoriles. ↩
Der Kinderfreund («El amigo de los niños», 1776), libro de lectura para las escuelas campesinas de Friedrich Eberhard von Rochow. ↩
«¡Ay, no hubo nada de eso!». ↩
Die Grenzboten, semanario liberal de Leipzig. ↩
«Feroces». ↩
«Panzudos»: los diputados adictos al gobierno. ↩
«Buen burgués del Marais», barrio de París. ↩
Poema épico de Meissner (1846) sobre Jan Žižka, jefe militar de los husitas. ↩
Ça ira! Sechs Gedichte («Ça ira. Seis poemas», 1846). «Ça ira» («Saldrá bien») es el estribillo de una canción revolucionaria francesa de 1790. ↩
«En tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis situadas en países no cristianos, que solo lo eran de nombre. Alemania no tenía flota. ↩
La milicia territorial prusiana, formada por los reservistas. ↩
Ernst Dronke (1822-1891), escritor; sus Polizei-Geschichten son de 1846. Poco después se unió a la Liga de los Comunistas y en 1848-1849 fue redactor de la Neue Rheinische Zeitung de Marx. ↩
El Allgemeines Landrecht für die preußischen Staaten (1794), código general de Prusia. ↩
«De Derecho o de ciencias camerales» (la ciencia de la administración pública). ↩
Drama sentimental de August von Kotzebue (1789). ↩
Alusión al grito de la Revolución francesa «¡Los aristócratas a la farola!», es decir, a colgarlos de ella. ↩
Berlin (1846). ↩
Las jóvenes obreras de París de costumbres libres, figura típica de la literatura francesa. ↩
Friedrich Sass (1819-1851), autor de Berlin in seiner neuesten Zeit und Entwicklung («Berlín en su época y su desarrollo más recientes», 1846). ↩
Primer verso de la balada «Lenore» (1773) de Gottfried August Bürger. ↩
La condesa Sophie von Hatzfeldt, cuyo pleito de divorcio, empezado en 1846 con ayuda de Ferdinand Lassalle, se convirtió en un escándalo público. ↩
Louise Aston (1814-1871), escritora defensora de la emancipación de la mujer, expulsada de Berlín en 1846. ↩
Los fuegos artificiales que se disparaban en Roma desde el castillo de Sant'Angelo en las grandes fiestas. ↩
Georg Weerth (1822-1856), poeta, amigo de Marx y Engels. ↩
«La infanticida» (1782), poema de Schiller en que la madre acusa a su seductor con el grito «¡José, José!». ↩
Johannes Scherr (1817-1886), escritor demócrata de Suabia. ↩
Las ediciones lo identifican como Neuhaus. ↩
El 12 de agosto de 1845, la tropa disparó en Leipzig contra una multitud que protestaba contra el príncipe Juan de Sajonia y causó varios muertos. ↩
Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico, dirigente de la Liga de los Justos en París. Su nombre de pila es el de Hermann el Querusco. ↩
Luis I, rey de Baviera de 1825 a 1848, autor de poemas muy celebrados por su torpeza. ↩