Escrito por Karl Marx en francés en la segunda quincena de septiembre de 1847: es una parte del discurso que había preparado para el congreso de economistas celebrado en Bruselas del 16 al 18 de septiembre, en el que no se le concedió la palabra. Publicado en alemán en el folleto Zwei Reden über die Freihandels- und Schutzzollfrage von Karl Marx («Dos discursos sobre la cuestión del librecambio y de los aranceles protectores, de Karl Marx»), traducido del francés por Joseph Weydemeyer (Hamm, 1848). No conocemos el texto francés; traducido de la versión de Weydemeyer según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 296-298), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los proteccionistas nunca han protegido la pequeña industria, el trabajo manual propiamente dicho. ¿Acaso el doctor List1 y su escuela pidieron en Alemania aranceles protectores para la pequeña industria del lino, para el tejido a mano, para el artesanado? No: cuando pedían aranceles protectores, lo hacían solo para desplazar el trabajo manual por las máquinas y la industria patriarcal por la industria moderna. En una palabra, quieren extender la dominación de la burguesía, y en particular la de los grandes capitalistas industriales. Llegaron a proclamar en voz alta la decadencia y la ruina de la pequeña industria, de la pequeña burguesía, de la pequeña agricultura y de los pequeños campesinos como un acontecimiento triste, pero inevitable y necesario para el desarrollo industrial de Alemania.

Junto a la escuela del doctor List hay en Alemania, el país de las escuelas, otra escuela más, que no pide solo un sistema de aranceles protectores, sino un auténtico sistema prohibitivo. El jefe de esta escuela, el señor Von Gülich,2 ha escrito una historia de la industria y del comercio muy erudita, que también se ha traducido al francés. El señor Von Gülich es un filántropo sincero; se toma en serio la protección del trabajo manual, del trabajo nacional. ¡Muy bien! ¿Qué hizo? Empezó por refutar al doctor List, demostró que en el sistema de List el bienestar de la clase obrera no es más que una falsa apariencia, una frase hueca y sonora, y luego hizo por su parte las propuestas siguientes:

  1. Prohibir la importación de los productos manufacturados extranjeros;

  2. gravar con derechos de entrada muy altos las materias primas que vienen del extranjero, como el algodón, la seda, etc., etc., para proteger la lana y el lienzo nacional;

  3. lo mismo los productos coloniales, para desplazar con productos del país el azúcar, el café, el índigo, la cochinilla, las maderas preciosas, etc., etc.;

  4. gravar con impuestos altos las máquinas del país, para proteger el trabajo manual frente a la máquina.

Ya se ve que el señor Von Gülich es un hombre que acepta el sistema con todas sus consecuencias. ¿Y adónde le ha llevado eso? A impedir no solo la entrada de productos industriales extranjeros, sino incluso el progreso de la industria nacional.

El señor List y el señor Von Gülich marcan los límites entre los que se mueve el sistema. Si quiere proteger el progreso de la industria, sacrifica sin más el trabajo manual, el trabajo; si quiere proteger el trabajo, el sacrificado es el progreso industrial.

Volvamos a los proteccionistas propiamente dichos, que no comparten las ilusiones del señor Von Gülich.

Cuando hablan a la clase obrera a sabiendas y con franqueza, resumen su filantropía en estas palabras: más vale ser explotado por los propios compatriotas que por extranjeros.

Creo que la clase obrera no se contentará para siempre con esta solución, que, hay que reconocerlo, es muy patriótica, pero un poco demasiado ascética y espiritualista para gentes cuya única ocupación consiste en producir las riquezas, el bienestar material.

Pero los proteccionistas dirán: «Después de todo, así conservamos al menos el estado actual de la sociedad. Mal que bien, aseguramos al obrero ocupación para sus manos e impedimos que la competencia extranjera lo eche a la calle». No quiero combatir esta afirmación; la acepto. La conservación, el mantenimiento del estado actual es, pues, el mejor resultado al que llegarán los proteccionistas en el caso más favorable. Bien; pero para la clase obrera no se trata de conservar el estado actual, sino de transformarlo en su contrario.

Aún les queda un último refugio a los proteccionistas: dicen que su sistema no pretende en modo alguno ser un medio de reforma social, pero que es necesario empezar por las reformas sociales en el interior del país antes de poder llegar a las reformas económicas en el terreno internacional. Después de haber sido al principio reaccionario y luego conservador, el sistema proteccionista acaba por volverse conservador-progresista. Bastará con poner de relieve la contradicción que se esconde bajo esta teoría, que a primera vista parece tener algo de seductor, de práctico, de racional. ¡Una contradicción extraña! El sistema proteccionista pone armas en manos del capital de un país para que pueda plantar cara a los capitales de los demás países; refuerza el poder de ese capital frente al extranjero y se imagina al mismo tiempo que, con los mismos medios, hará pequeño y débil a ese mismo capital frente a la clase obrera. Eso equivaldría, al fin y al cabo, a apelar a la filantropía del capital, como si el capital como tal pudiera ser filántropo. Pero, en general, las reformas sociales nunca pueden lograrse por la debilidad del fuerte; tienen que nacer, y nacerán, de la fuerza del débil.

Por lo demás, no necesitamos detenernos en esto. Desde el momento en que los proteccionistas admiten que las reformas sociales no entran en el ámbito de su sistema, que no se derivan de él, que forman una cuestión aparte, ya se han apartado de la cuestión social. Dejaré, pues, de lado a los proteccionistas y hablaré del librecambio en su relación con la situación de la clase obrera.3

  1. Friedrich List (1789-1846), economista alemán, teórico de los aranceles protectores como medio de desarrollar la industria nacional frente a la inglesa, en Das nationale System der politischen Ökonomie («El sistema nacional de economía política», 1841). ↩

  2. Gustav von Gülich (1791-1847), economista e historiador alemán, partidario de los aranceles protectores, autor de una Geschichtliche Darstellung des Handels, der Gewerbe und des Ackerbaus der bedeutendsten handeltreibenden Staaten unsrer Zeit («Exposición histórica del comercio, la industria y la agricultura de los principales Estados comerciales de nuestro tiempo», 1830-1845). ↩

  3. Aquí termina el texto. Los extractos del mismo discurso que Engels publicó en el Northern Star del 9 de octubre de 1847 («El congreso librecambista de Bruselas») continúan con la parte dedicada al librecambio, que Marx desarrolló después en su Discurso sobre la cuestión del librecambio de enero de 1848. ↩