Escritos por Friedrich Engels en Bruselas el 26 de septiembre y el 3 de octubre de 1847 y publicados en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núms. 79 y 80, del 3 y el 7 de octubre de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 309-324), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 79, 3 de octubre de 1847

Bruselas, 26 de septiembre. El número de hoy de la Deutsche-Brüsseler-Zeitung1 trae un artículo de Heinzen2 en el que, con el pretexto de defenderse de una acusación sin importancia de la redacción, abre una larga polémica contra los comunistas.

La redacción aconseja a las dos partes abandonar la polémica. Pero entonces solo debería haber publicado del artículo de Heinzen la parte en la que este se defiende realmente de la acusación de haber atacado él primero a los comunistas. Aunque «Heinzen no dispone de ningún periódico», eso no es razón para poner un periódico a su disposición para publicar ataques que la propia redacción considera de mal gusto.

Por lo demás, no se podía prestar a los comunistas mejor servicio que el que se les ha prestado publicando ese artículo. Jamás se han hecho a un partido reproches más necios y más obtusos que los que Heinzen hace aquí a los comunistas. El artículo es la justificación más brillante de los comunistas. Demuestra que, si no hubieran atacado todavía a Heinzen, tendrían que hacerlo inmediatamente.

El señor Heinzen se presenta de entrada como el representante de todos los radicales alemanes no comunistas, quiere discutir con los comunistas de partido a partido. «Tiene derecho a exigir», declara con la mayor firmeza qué «hay que esperar» de los comunistas, qué «hay que pedirles», qué «es deber de los verdaderos comunistas». Identifica sin más su separación de los comunistas con la de los «republicanos y demócratas alemanes» y habla por medio de un «nosotros» en nombre de esos republicanos.

Pero ¿quién es el señor Heinzen y a quién representa?

El señor Heinzen es un antiguo funcionario subalterno liberal que todavía en 1844 se entusiasmaba con el progreso legal y con la miseria constitucional alemana, y que a lo sumo confesaba en voz baja y en confianza que, eso sí, en un futuro muy lejano, una república podría ser deseable y posible. Pero el señor Heinzen se engañó sobre la posibilidad de la resistencia legal en Prusia. Tuvo que huir por su mal libro sobre la burocracia3 (hasta Jakobus Venedey4 escribió hace años un libro sobre Prusia muchísimo mejor). Entonces se le encendió la luz. Declaró imposible la resistencia legal, se hizo revolucionario y, naturalmente, también republicano. En Suiza conoció al savant sérieux5 Ruge,6 que le enseñó su poquito de filosofía, consistente en una mezcla confusa de ateísmo y humanismo7 feuerbachianos, reminiscencias hegelianas y flores retóricas stirnerianas. Así pertrechado, el señor Heinzen se creyó maduro y, apoyado a la derecha en Ruge y a la izquierda en Freiligrath,8 abrió su propaganda revolucionaria.

No reprochamos en absoluto al señor Heinzen su paso del liberalismo al radicalismo sanguinario. Pero sí afirmamos que dio ese paso por circunstancias puramente personales. Mientras el señor Heinzen pudo hacer resistencia legal, atacó a todos los que veían la necesidad de una revolución. En cuanto la resistencia legal se le hizo imposible a él, la declaró imposible en general, sin tener en cuenta que para la burguesía alemana esa resistencia es todavía muy posible por ahora, que la burguesía la ejerce continuamente, y de forma muy legal. En cuanto se le cerró a él la vuelta, declaró la necesidad de una revolución inmediata. En lugar de estudiar la situación alemana, abarcarla de una mirada y deducir de ella qué progresos, qué desarrollo, qué medidas eran necesarios y posibles; en lugar de aclararse sobre la complicada posición de las distintas clases de Alemania entre sí y frente al Gobierno y deducir de ahí la política que había que seguir; en lugar, en una palabra, de guiarse por el desarrollo de Alemania, el señor Heinzen exige sin ningún reparo que el desarrollo de Alemania se guíe por él.

El señor Heinzen fue un enemigo encarnizado de la filosofía mientras esta fue progresista. En cuanto se volvió reaccionaria, en cuanto se convirtió en el refugio de todos los indecisos, inválidos e industriales literarios, al señor Heinzen tuvo que ocurrirle la desgracia de adherirse a ella. Más aún, peor todavía: tuvo que ocurrirle que el señor Ruge, que toda su vida no había sido más que un simple prosélito, hiciera en el señor Heinzen su único prosélito. El señor Heinzen ha de servir así de consuelo al señor Ruge: al menos un hombre ha creído desentrañar sus construcciones sintácticas.

¿Por qué se agita, en realidad, el señor Heinzen? Por una república alemana que habría que fundar en el acto, compuesta de tradiciones americanas y de 1793 y de unas cuantas medidas tomadas de los comunistas, y con un aspecto muy negro, rojo y oro.9 Por su atraso industrial, Alemania ocupa en Europa una posición tan miserable que nunca puede tomar una iniciativa, nunca proclamar la primera una gran revolución, nunca fundar una república por su cuenta, sin Francia e Inglaterra. Toda república alemana que se establezca independientemente del movimiento de los países civilizados, toda revolución alemana que se quiera hacer por cuenta propia y que, como ocurre en el señor Heinzen, deje enteramente de lado el movimiento real de las clases en Alemania, toda república y revolución semejantes son puro delirio negro, rojo y oro. Y para hacer aún más gloriosa esta gloriosa república alemana, el señor Heinzen la adorna con el humanismo feuerbachiano rugificado y la proclama como el reino «del hombre», que está cerca. ¿Y todos estos delirios atropellados tendrían que realizarlos los alemanes?

Pero ¿cómo hace propaganda el gran «agitador», el señor Heinzen? Declara que los príncipes son los causantes principales de toda miseria y de toda necesidad. Esta afirmación no solo es ridícula, sino perjudicial en grado sumo. El señor Heinzen no podría adular más a los príncipes alemanes, esos títeres impotentes y débiles de mente, que atribuyéndoles una omnipotencia fantástica, sobrenatural, demoníaca. Si el señor Heinzen afirma que los príncipes pueden causar tanto mal, les reconoce con ello también el poder de hacer otro tanto bien. La conclusión no es la necesidad de una revolución, sino el piadoso deseo de un buen príncipe, de un buen emperador José.10 Por lo demás, el pueblo sabe mucho mejor que el señor Heinzen quién lo oprime. El señor Heinzen nunca conseguirá desviar hacia los príncipes el odio que el siervo siente por el señor de la tierra y el obrero por su patrono. Pero el señor Heinzen trabaja, desde luego, en interés de los terratenientes y de los capitalistas cuando no culpa a estas dos clases, sino a los príncipes, de la explotación del pueblo por ellas; y la explotación por terratenientes y capitalistas produce, sin duda, diecinueve vigésimas partes de toda la miseria alemana.

El señor Heinzen llama a una insurrección inmediata. Hace imprimir octavillas en ese sentido y trata de difundirlas en Alemania. Preguntamos: ¿no es una propaganda tan insensata, que arremete a ciegas, perjudicial en grado sumo para los intereses de la democracia alemana? Preguntamos: ¿no ha demostrado la experiencia lo inútil que es? ¿No se difundieron en Alemania, en una época mucho más agitada, en los años treinta, cientos de miles de octavillas, folletos, etc., de esa clase, y tuvo uno solo algún éxito? Preguntamos: ¿puede alguien que esté medianamente en su sano juicio imaginar que el pueblo prestará la menor atención a semejantes sermones y exhortaciones políticas? Preguntamos: ¿ha hecho alguna vez el señor Heinzen en sus octavillas otra cosa que exhortar y predicar? Preguntamos: ¿no es francamente ridículo lanzar al mundo a gritos llamamientos a la revolución así, sin pies ni cabeza, sin conocer ni tener en cuenta las circunstancias?

¿Qué tiene que hacer la prensa de un partido? Ante todo, discutir: fundamentar, desarrollar y defender las reivindicaciones del partido, rechazar y refutar las pretensiones y afirmaciones del partido contrario. ¿Qué tiene que hacer la prensa democrática alemana? Demostrar la necesidad de la democracia por la indignidad del Gobierno existente, que representa más o menos a la nobleza; por la insuficiencia del sistema constitucional, que lleva al poder a la burguesía; por la imposibilidad de que el pueblo se ayude a sí mismo mientras no tenga el poder político. Tiene, pues, que exponer la opresión de los proletarios, de los pequeños campesinos y de los pequeños burgueses —pues son ellos los que forman en Alemania el «pueblo»— por la burocracia, la nobleza y la burguesía; de dónde ha nacido no solo la opresión política, sino sobre todo la social, y por qué medios se puede acabar con ella; tiene que demostrar que la conquista del poder político por los proletarios, los pequeños campesinos y los pequeños burgueses es la primera condición para aplicar esos medios. Tiene además que examinar hasta qué punto se puede contar con una pronta implantación de la democracia, de qué medios dispone el partido y a qué otros partidos tiene que unirse mientras sea demasiado débil para actuar solo. Pues bien, ¿ha hecho el señor Heinzen una sola de estas cosas? No. No se ha tomado esa molestia. No ha expuesto nada al pueblo, es decir, a los proletarios, a los pequeños campesinos y a los pequeños burgueses. Nunca ha examinado la posición de las clases y de los partidos. No ha hecho más que tocar variaciones sobre un único tema: ¡dadles, dadles, dadles!

¿Y a quién dirige el señor Heinzen sus sermones revolucionarios? Ante todo, a los pequeños campesinos, a la clase que en nuestra época es la menos capaz de tomar una iniciativa revolucionaria. Desde hace seiscientos años, todo movimiento progresista parte hasta tal punto de las ciudades que los movimientos democráticos independientes de la población del campo (Wat Tyler, Jack Cade, la Jacquerie, la guerra campesina)11 se presentaron, primero, siempre como reaccionarios y, segundo, siempre fueron aplastados. El proletariado industrial de las ciudades se ha convertido en la vanguardia de toda democracia moderna; los pequeños burgueses, y más aún los campesinos, dependen por completo de su iniciativa. La Revolución francesa de 1789 y la historia reciente de Inglaterra, de Francia y de los estados del este de Norteamérica lo demuestran. ¿Y el señor Heinzen espera, ahora, en pleno siglo XIX, que los campesinos se lancen a repartir golpes?

Pero el señor Heinzen promete también reformas sociales. Es cierto que la indiferencia del pueblo ante sus llamamientos le ha obligado a ello poco a poco. ¿Y qué reformas son esas? Son las mismas que los propios comunistas proponen como preparación para la abolición de la propiedad privada. Lo único que habría que reconocer en Heinzen lo ha tomado de los comunistas, de los comunistas tan violentamente atacados, y hasta eso se convierte en sus manos en puro disparate y puro delirio. Todas las medidas para limitar la competencia y la acumulación de grandes capitales en manos de unos pocos, toda limitación o abolición del derecho de herencia, toda organización del trabajo por el Estado, etc., todas estas medidas no solo son posibles como medidas revolucionarias, sino incluso necesarias. Son posibles porque todo el proletariado insurrecto está detrás de ellas y las sostiene con las armas en la mano. Son posibles, pese a todas las dificultades e inconvenientes que los economistas aducen contra ellas, precisamente porque esas dificultades e inconvenientes obligarán al proletariado a ir cada vez más lejos, hasta la abolición completa de la propiedad privada, para no perder también lo que ya ha conquistado. Son posibles como preparaciones, como etapas intermedias y transitorias hacia la abolición de la propiedad privada, pero no de otra manera.

El señor Heinzen, en cambio, quiere todas estas medidas como medidas fijas, definitivas. No han de preparar nada, han de ser definitivas. Para él no son medios, sino fines. No están pensadas para una situación revolucionaria, sino para una situación tranquila, burguesa. Con ello, sin embargo, se vuelven imposibles y a la vez reaccionarias. Los economistas de la burguesía tienen toda la razón contra el señor Heinzen cuando presentan estas medidas como reaccionarias frente a la libre competencia. La libre competencia es la forma de existencia última, más alta y más desarrollada de la propiedad privada. Todas las medidas, por tanto, que parten de la base de la propiedad privada y se dirigen, sin embargo, contra la libre competencia son reaccionarias, tratan de restablecer fases inferiores del desarrollo de la propiedad, y por eso también tienen que sucumbir al final otra vez ante la competencia y llevar a la restauración de la situación actual. Estas objeciones del burgués, que pierden toda su fuerza en cuanto se consideran las reformas sociales antes citadas como puras mesures de salut public,12 como medidas revolucionarias y transitorias, estas objeciones son demoledoras para la república agraria, socialista y negra, roja y oro del señor Heinzen.

El señor Heinzen se imagina, desde luego, que las relaciones de propiedad, el derecho de herencia, etc., se pueden cambiar y recortar a voluntad. El señor Heinzen —uno de los hombres más ignorantes de este siglo— no puede saber, desde luego, que las relaciones de propiedad de cada época son resultados necesarios del modo de producción y de intercambio de esa época. El señor Heinzen no puede saber que la gran propiedad de la tierra no se puede convertir en pequeña sin que se transforme todo el modo de cultivo, y que de otro modo la gran propiedad de la tierra se restablecerá muy deprisa. El señor Heinzen no puede saber qué estrecha conexión existe entre la gran industria actual, la concentración de los capitales y la producción del proletariado. El señor Heinzen no puede saber que un país tan dependiente y tan sometido industrialmente como Alemania jamás podrá atreverse a emprender por su cuenta otra transformación de sus relaciones de propiedad que la que convenga a los intereses de la burguesía y de la libre competencia.

En resumen: en los comunistas estas medidas tienen sentido y razón de ser, porque no se conciben como medidas arbitrarias, sino como resultados que se producirán por sí mismos, necesariamente, del desarrollo de la industria, de la agricultura, del comercio y de las comunicaciones, y del desarrollo, dependiente de ellos, de la lucha de clases entre burguesía y proletariado; que se producirán no como medidas definitivas, sino como mesures de salut public transitorias, nacidas de la propia lucha transitoria de las clases.

En el señor Heinzen no tienen ni sentido ni razón de ser, porque se presentan como delirios pequeñoburgueses de reforma del mundo, urdidos de manera enteramente arbitraria; porque no se habla para nada de la conexión de estas medidas con el desarrollo histórico; porque al señor Heinzen no le preocupa lo más mínimo la posibilidad material de sus propuestas; porque no quiere formular las necesidades industriales, sino, al contrario, derribarlas a fuerza de decretos.

El mismo señor Heinzen que no puede adoptar las reivindicaciones de los comunistas hasta después de haberlas embrollado tan cruelmente y convertido en puras fantasías, ese mismo señor Heinzen reprocha a los comunistas que «embrollan las cabezas de los incultos», que «van a la caza de fantasías» y que «pierden el suelo real (!) bajo los pies».

Ese es el señor Heinzen en toda su actividad de agitador, y declaramos sin rodeos que la consideramos completamente perjudicial y bochornosa para todo el partido radical alemán. Un escritor de partido necesita cualidades muy distintas de las que posee el señor Heinzen, que, como hemos dicho, es uno de los hombres más ignorantes de nuestro siglo. El señor Heinzen podrá tener la mejor voluntad del mundo, podrá ser el hombre de más firmes convicciones de toda Europa. Sabemos también que personalmente es un hombre honrado y que tiene valor y perseverancia. Pero todo eso no hace todavía a un escritor de partido. Para eso hace falta algo más que convicciones, buena voluntad y una voz de Esténtor; hace falta algo más de inteligencia, algo más de claridad, un estilo mejor y más conocimientos de los que el señor Heinzen posee y de los que, como ha demostrado una larga experiencia, es capaz de adquirir.

Por su huida, el señor Heinzen se vio en la necesidad de hacerse, a pesar de todo, escritor de partido. Se vio obligado a intentar formarse un partido entre los radicales. Llegó así a una posición que le viene grande y en la que, con sus esfuerzos infructuosos por estar a su altura, no hace más que ponerse en ridículo. Pondría igualmente en ridículo a los radicales alemanes si estos le dejaran aparentar que los representa, que se pone en ridículo en su nombre.

Pero el señor Heinzen no representa a los radicales alemanes. Estos tienen representantes muy distintos, por ejemplo Jacoby13 y otros. El señor Heinzen no representa a nadie y nadie le reconoce como representante, salvo acaso unos pocos burgueses alemanes que le enviaron dinero para la agitación. Pero nos equivocamos: hay una clase en Alemania que le reconoce como representante, que se entusiasma por él, que alborota por él, que por él se hace oír por encima de mesas enteras de taberna (exactamente como, según el señor Heinzen, los comunistas «se hacían oír por encima de toda la oposición literaria»). Esa clase es la numerosa, ilustrada, bienpensante e influyente clase de los viajantes de comercio.

¿Y este señor Heinzen exige a los comunistas que le reconozcan como representante de los burgueses radicales y discutan con él en calidad de tal?

Por ahora bastan estas razones para justificar la polémica de los comunistas contra el señor Heinzen. En el próximo número entraremos en los reproches que el señor Heinzen hace a los comunistas en el núm. 77 de este periódico.

Si no estuviéramos completamente convencidos de que el señor Heinzen es del todo incapaz de ser un escritor de partido, le aconsejaríamos someter a un estudio atento la Misère de la philosophie de Marx.14 Pero, siendo así, en respuesta a su consejo de que leamos la Neue Politik de Fröbel,15 solo podemos darle otro consejo: que se esté muy quieto y espere tranquilamente a que «empiece la cosa». Estamos convencidos de que el señor Heinzen será tan buen jefe de batallón como mal escritor es.

Para que el señor Heinzen no pueda quejarse de ataques anónimos, firmamos este artículo.

F. Engels

II

Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 80, 7 de octubre de 1847

Los comunistas —lo expusimos en el primer artículo— no atacan a Heinzen porque no sea comunista, sino porque es un mal escritor del partido demócrata. No lo atacan en su calidad de comunistas, sino en su calidad de demócratas. Es pura casualidad que hayan sido precisamente los comunistas quienes abrieron la polémica contra él; aunque no hubiera ningún comunista en el mundo, los demócratas tendrían igualmente que salirle al paso. En toda esta disputa solo se trata de esto: 1) si el señor Heinzen, como escritor de partido y agitador, es capaz de ser útil a la democracia alemana, cosa que negamos; 2) si el modo de agitación del señor Heinzen es acertado, si es siquiera tolerable, cosa que también negamos. No se trata, pues, ni del comunismo ni de la democracia, sino solo de la persona y de las manías personales del señor Heinzen.

Los comunistas, lejos de entablar en las circunstancias actuales disputas inútiles con los demócratas, se presentan más bien por el momento, en todas las cuestiones prácticas de partido, como demócratas ellos mismos. En todos los países civilizados, la democracia tiene por consecuencia necesaria la dominación política del proletariado, y la dominación política del proletariado es la primera condición de todas las medidas comunistas. Mientras la democracia no se haya conquistado, comunistas y demócratas luchan, pues, juntos, y los intereses de los demócratas son a la vez los de los comunistas. Hasta entonces, las diferencias entre los dos partidos son de naturaleza puramente teórica y pueden discutirse teóricamente sin ningún problema, sin que ello perturbe en lo más mínimo la acción común. Incluso podrá llegarse a un acuerdo sobre algunas medidas que habrá que tomar, en interés de las clases hasta ahora oprimidas, inmediatamente después de conquistada la democracia, por ejemplo la explotación de la gran industria y de los ferrocarriles por el Estado, la educación de todos los niños a costa del Estado, etc.

Vamos ahora con el señor Heinzen.

El señor Heinzen declara que fueron los comunistas quienes empezaron la pelea con él, y no él con ellos. Es el conocido argumento de mozo de esquina,16 que le regalamos con gusto. Llama a su conflicto con los comunistas «la escisión absurda que los comunistas han provocado en el campo de los radicales alemanes». Dice que ya hace tres años se esforzó, según sus fuerzas y las ocasiones, por evitar la escisión que se avecinaba. A estos esfuerzos infructuosos habrían seguido ataques de los comunistas contra él.

Hace tres años, como se sabe muy bien, el señor Heinzen no estaba todavía en el campo de los radicales. El señor Heinzen era entonces progresista legal y liberal. Una escisión con él no era, pues, en ningún caso una escisión en el campo de los radicales.

A comienzos de 1845 el señor Heinzen se encontró aquí, en Bruselas, con comunistas. Estos, lejos de atacar al señor Heinzen por su supuesto radicalismo político, se tomaron más bien las mayores molestias para llevar al señor Heinzen, entonces liberal, precisamente a ese radicalismo. Pero en vano. El señor Heinzen no se hizo demócrata hasta llegar a Suiza. «Más tarde me convencí cada vez más (!) de la necesidad de una lucha enérgica contra los comunistas», es decir, ¡de la necesidad de una escisión absurda en el campo de los radicales! Preguntamos a los demócratas alemanes si sirve para escritor de partido quien se contradice a sí mismo de forma tan ridícula.

Pero ¿quiénes son esos comunistas por los que el señor Heinzen afirma haber sido atacado? Las alusiones anteriores, y sobre todo los reproches contra los comunistas que vienen a continuación, lo muestran con claridad. Los comunistas, se dice,

«se hacían oír por encima de todo el campo de la oposición literaria, embrollaban las cabezas de los incultos, rebajaban del modo más desconsiderado aun a los hombres más radicales, ... se aplicaban a paralizar en lo posible la lucha política, ... y hasta acabaron uniéndose abiertamente a la reacción. Además, por efecto evidente de su doctrina, se rebajaban a menudo en la vida práctica a intrigantes viles y falsos ...».

De la nebulosa vaguedad de estos reproches surge una figura muy reconocible: la del industrial literario señor Karl Grün.17 El señor Grün tuvo hace tres años asuntos personales con el señor Heinzen; el señor Grün atacó después al señor Heinzen en la Trier'sche Zeitung; el señor Grün intentó hacerse oír por encima de todo el campo de la oposición literaria; el señor Grün se aplicó a paralizar en lo posible la lucha política, etc.

Pero ¿desde cuándo es el señor Grün un representante del comunismo? Aunque hace tres años se arrimara a los comunistas, nunca fue reconocido como comunista, nunca se declaró abiertamente comunista y desde hace más de un año ha tenido a bien arremeter contra los comunistas.

Para mayor abundamiento, Marx desautorizó ya entonces al señor Grün ante el señor Heinzen, del mismo modo que más tarde, en la primera ocasión, lo presentó públicamente tal como es.18

En cuanto a la insinuación final, «vil y falsa», del señor Heinzen contra los comunistas, en su base hay un hecho ocurrido entre el señor Grün y el señor Heinzen, y nada más. Ese hecho concierne a los dos señores citados y en modo alguno a los comunistas. Ni siquiera lo conocemos con exactitud suficiente para poder juzgarlo. Pero supongamos que el señor Heinzen tenga razón. Si entonces, después de que Marx y otros comunistas hayan desautorizado al interesado, después de que haya quedado claro como la luz del día que el interesado nunca fue comunista, si el señor Heinzen presenta todavía ese hecho como consecuencia necesaria de la doctrina comunista, eso es una perfidia sin límites.

Si, por lo demás, con sus reproches anteriores el señor Heinzen se refiere a otras personas además del señor Grün, solo puede referirse a aquellos socialistas verdaderos19 cuyas teorías, reaccionarias desde luego, desautorizaron los comunistas hace mucho. Todos los que eran capaces de evolucionar en esa corriente, hoy completamente disuelta, se han pasado a los comunistas y atacan ahora ellos mismos al socialismo verdadero allí donde todavía se deja ver. El señor Heinzen habla, pues, de nuevo con su craso desconocimiento habitual cuando desentierra esos delirios caducos para cargárselos a los comunistas. Mientras aquí el señor Heinzen hace reproches a los socialistas verdaderos, a los que confunde con los comunistas, después echa en cara a los comunistas el mismo disparate que los socialistas verdaderos les han echado en cara. No tiene, por tanto, ni siquiera derecho a atacar a los socialistas verdaderos: por un lado, él mismo es uno de ellos. Y mientras los comunistas escribían duros ataques contra esos socialistas, ese mismo señor Heinzen estaba en Zúrich dejándose iniciar por el señor Ruge en aquellos fragmentos del socialismo verdadero que habían encontrado un huequecito en la confusa cabeza de este último. ¡Verdaderamente, el señor Ruge ha encontrado un discípulo digno de él!

Pero ¿dónde están entonces los comunistas reales? El señor Heinzen habla de honrosas excepciones y de hombres de talento de los que prevé que rechazarán la solidaridad (!) comunista. Los comunistas han rechazado ya la solidaridad con los escritos y los actos de los socialistas verdaderos. De todos los reproches anteriores, ninguno se ajusta a los comunistas, salvo la conclusión de todo el pasaje, que dice así:

«Los comunistas ... se reían, en la soberbia de su imaginaria superioridad, de todo lo único que puede formar la base de una unión de gente honrada.»

Con esto el señor Heinzen parece querer aludir a que hubo comunistas que se burlaron de su actitud altamente moral y se mofaron de todas aquellas ideas sagradas y sublimes, la virtud, la justicia, la moral, etc., que el señor Heinzen se imagina que forman la base de toda sociedad. Aceptamos este reproche. Los comunistas no dejarán que la indignación moral del honrado señor Heinzen les impida burlarse de esas verdades eternas. Por lo demás, los comunistas afirman que esas verdades eternas no son en modo alguno la base, sino, al contrario, el producto de la sociedad en la que figuran.

Si el señor Heinzen, por lo demás, preveía que los comunistas rechazarían la solidaridad con la gente que a él le place atribuirles, ¿a qué vienen todos sus reproches de mal gusto y sus pérfidas insinuaciones? Si el señor Heinzen conoce a los comunistas solo de oídas, como casi parece, si sabe tan poco quiénes son que les exige que se identifiquen con más precisión, que se le presenten, por así decirlo, ¿qué desvergüenza no hace falta entonces para polemizar contra ellos?

«Una designación de quienes representan propiamente el comunismo o lo encarnan en su pureza tendría probablemente que excluir por completo a la masa principal de quienes se apoyan en el comunismo y son utilizados para él, y difícilmente serían solo los de la Trier'sche Zeitung quienes protestarían contra semejante reivindicación.»

Y unas líneas más adelante:

«A quienes son realmente comunistas hay que suponerles la consecuencia y la honradez» (¡oh, hombre de bien!) «de presentarse sin rodeos con su doctrina y separarse de los que no son comunistas. Hay que pedirles» (¡qué giros de hombre de bien son todos estos!) «que no mantengan sin conciencia (!) la confusión que produce en las cabezas de miles de dolientes e incultos la imposibilidad (!!) soñada como posibilidad o presentada engañosamente como tal de encontrar desde el suelo de las circunstancias reales un camino hacia la realización de esa doctrina (!). Es deber» (otra vez el hombre de bien) «de los comunistas reales o bien poner completamente en claro a todos los confusos que se adhieren a ellos y conducirlos hacia un fin determinado, o bien separarse de ellos y no utilizarlos.»

Si el señor Ruge hubiera conseguido construir estos tres últimos periodos, podría darse por feliz. A las exigencias de hombre de bien corresponde exactamente la confusión de ideas de hombre de bien, que solo atiende al fondo y no a la forma y que, precisamente por eso, dice justo lo contrario de lo que quiere decir. El señor Heinzen exige que los comunistas reales se separen de los meramente aparentes. Han de poner fin a la confusión que (eso es lo que quiere decir) nace de confundir dos corrientes distintas. Pero en cuanto las dos palabras «comunistas» y «confusión» chocan en su cabeza, nace allí mismo una confusión. El señor Heinzen pierde el hilo; su fórmula fija de que los comunistas embrollan en general las cabezas de los incultos se le enreda entre las piernas, olvida a los comunistas reales y a los comunistas irreales, tropieza con torpeza cómica con toda clase de imposibilidades soñadas y presentadas engañosamente como posibilidades y cae por fin, cuan largo es, sobre el suelo de las circunstancias reales, donde vuelve en sí. Ahora recuerda que quería hablar de algo muy distinto, que no se trataba de si esto o aquello era posible. Vuelve a su asunto, pero está todavía tan aturdido que ni siquiera tacha la magnífica frase en la que da la voltereta que acabamos de describir.

Hasta aquí el estilo. En cuanto al fondo, repetimos que el señor Heinzen, como buen alemán honrado, llega tarde con sus exigencias, y que los comunistas desautorizaron hace mucho a aquellos socialistas verdaderos. Pero, además, vemos aquí una vez más que el uso de insinuaciones taimadas no es en modo alguno incompatible con el carácter de un hombre de bien. El señor Heinzen da a entender con bastante claridad que los escritores comunistas no hacen más que utilizar a los obreros comunistas. Dice casi sin rodeos que, si esos escritores se presentaran abiertamente con sus propósitos, excluirían por completo a la masa principal de los que son utilizados para el comunismo. Toma a los escritores comunistas por profetas, sacerdotes o curas que poseen para sí una sabiduría secreta, pero se la ocultan a los incultos para llevarlos de los andadores. Todas sus exigencias de hombre de bien, según las cuales hay que poner en claro a todos los confusos y no utilizarlos, parten evidentemente del supuesto de que los representantes literarios del comunismo tienen interés en mantener a los obreros en la confusión, de que no hacen más que utilizarlos, como los iluminados20 querían utilizar al pueblo en el siglo pasado. Esta idea pueril es también la razón de que el señor Heinzen, con su confusión en las cabezas de los incultos, arremeta siempre donde no corresponde y de que, en castigo por no hablar claro, tenga que dar volteretas estilísticas.

Nos limitamos a dejar constancia de estas insinuaciones; no las discutimos. Dejamos que los obreros comunistas juzguen por sí mismos.

Por fin, después de todos estos preliminares, digresiones, exigencias, insinuaciones y volteretas del señor Heinzen, llegamos a sus ataques y reparos teóricos contra los comunistas.

El señor Heinzen

«ve el núcleo de la doctrina comunista, sin más, en la abolición de la propiedad privada (también de la adquirida por el trabajo) y en el principio del disfrute común de los bienes de la tierra, que se sigue inevitablemente de aquella abolición».

El señor Heinzen se imagina que el comunismo es una determinada doctrina que parte de un principio teórico determinado como núcleo y saca de él otras consecuencias. El señor Heinzen se equivoca mucho. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no parte de principios, sino de hechos. Los comunistas no tienen por premisa esta o aquella filosofía, sino toda la historia anterior y especialmente sus resultados efectivos actuales en los países civilizados. El comunismo ha nacido de la gran industria y de sus consecuencias, de la creación del mercado mundial, de la competencia desenfrenada que de ella se sigue, de las crisis comerciales cada vez más violentas y generales, que ya se han convertido en verdaderas crisis del mercado mundial, de la producción del proletariado y de la concentración del capital, y de la lucha de clases entre proletariado y burguesía que de todo ello se deriva. El comunismo, en la medida en que es teórico, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y el resumen teórico de las condiciones de la emancipación del proletariado.

El señor Heinzen comprenderá ahora que, para juzgar el comunismo, tiene que hacer algo más que ver su núcleo, sin más, en la abolición de la propiedad privada; que haría mejor en hacer ciertos estudios de economía política que en parlotear a tontas y a locas sobre la abolición de la propiedad privada; que no puede saber lo más mínimo de las consecuencias de la abolición de la propiedad privada si no conoce también sus condiciones.

Pero sobre estas el señor Heinzen está sumido en una ignorancia tan crasa que hasta cree que el «disfrute común de los bienes de la tierra» (otra bonita expresión) es la consecuencia de la abolición de la propiedad privada. Es justamente al revés. Porque la gran industria, el desarrollo de la maquinaria, de las comunicaciones y del comercio mundial adquieren dimensiones tan gigantescas que su explotación por capitalistas aislados se hace cada día más imposible; porque las crisis crecientes del mercado mundial son la prueba más contundente de ello; porque las fuerzas productivas y los medios de intercambio desbordan cada día más el modo actual de producción y de intercambio, el intercambio individual y la propiedad privada; porque, en una palabra, se acerca el momento en que la explotación en común de la industria, de la agricultura y del intercambio se convierte en una necesidad material para la propia industria, la agricultura y el intercambio: por eso se abolirá la propiedad privada.

Así pues, si el señor Heinzen arranca la abolición de la propiedad privada, que es desde luego condición de la emancipación del proletariado, de sus propias condiciones; si la considera, fuera de toda conexión con el mundo real, como una simple manía de hombre de gabinete, se convierte en una pura frase sobre la que no puede decir más que vaguedades insulsas. Y eso es lo que hace, del modo siguiente:

«Con el despojo, antes mencionado, de toda propiedad privada, el comunismo suprime necesariamente también la existencia individual.» (El señor Heinzen nos reprocha, pues, que queramos convertir a los hombres en hermanos siameses.) «La consecuencia de ello es a su vez el encuadramiento de cada individuo en una economía de cuartel que habría que organizar, por ejemplo (!!), por municipios.» (Rogamos al lector que tenga a bien observar que esto, según confesión propia, no es más que la consecuencia de las propias vaguedades del señor Heinzen sobre la existencia individual.) «Con ello el comunismo destruye la individualidad ..., la independencia ..., la libertad.» (Vieja palabrería de los socialistas verdaderos y de los burgueses. ¡Como si en los individuos actuales, convertidos contra su voluntad, por la división del trabajo, en zapateros, obreros fabriles, burgueses, juristas, campesinos, es decir, en siervos de un trabajo determinado y de las costumbres, el modo de vida, los prejuicios, las estrecheces de miras, etc., correspondientes a ese trabajo, hubiera alguna individualidad que destruir!) «Sacrifica la persona individual con su atributo necesario o fundamento» (el «o» es excelente) «de la propiedad privada adquirida al "fantasma de la comunidad o sociedad"» (¿también aquí Stirner?),21 «cuando la comunidad no puede ni debe ser fin, sino solo medio para cada persona individual» (¡¡debe!!).

El señor Heinzen da especial importancia a la propiedad privada adquirida, y demuestra con ello una vez más su craso desconocimiento del asunto del que habla. La equidad de hombre de bien del señor Heinzen, que da a cada cual lo que se ha ganado, se ve por desgracia frustrada por la gran industria. Mientras la gran industria no esté tan desarrollada como para liberarse por completo de las cadenas de la propiedad privada, no admitirá otro reparto de sus productos que el que tiene lugar ahora; el capitalista seguirá embolsándose su beneficio y el obrero seguirá aprendiendo cada vez más en la práctica qué cosa es el salario mínimo. El señor Proudhon quiso desarrollar sistemáticamente la propiedad adquirida y ponerla en conexión con las relaciones existentes, y fracasó estrepitosamente, como es sabido. El señor Heinzen, por cierto, nunca se atreverá a un intento parecido: para eso tendría que estudiar, y eso no lo hará. Pero que el ejemplo del señor Proudhon le enseñe a exponer menos su propiedad adquirida a la luz pública.

Y si ahora el señor Heinzen reprocha a los comunistas que van a la caza de fantasías y pierden el suelo real bajo los pies, ¿a quién alcanza este reproche?

El señor Heinzen opina además otras varias cosas en las que ya no necesitamos entrar. Solo observamos que sus frases empeoran cuanto más avanza. La torpeza de su lenguaje, que nunca da con la palabra justa, bastaría por sí sola para comprometer a cualquier partido que lo reconociera como su representante literario. La firmeza de sus convicciones le lleva siempre a decir algo muy distinto de lo que quiere decir. En cada una de sus frases hay así un doble disparate: primero, el disparate que quiere decir y, segundo, el que no quiere decir pero dice. Más arriba hemos dado un ejemplo. Solo observamos todavía que el señor Heinzen repite su vieja superstición sobre el poder de los príncipes al decir que el poder que hay que derribar, que no es otro que el poder del Estado, es y ha sido siempre el fundador y conservador de toda injusticia, y que él quiere fundar un verdadero Estado de derecho (!) y llevar a cabo dentro de ese edificio de fantasía «todas aquellas reformas sociales que han resultado del desarrollo general (!) como teóricamente justas (!) y prácticamente posibles (!)».

Las intenciones son tan buenas como malo es el estilo; tal es la suerte de la rectitud en este mundo malo.

Por haberle seducido el espíritu del tiempo,
sansculotte de selvático origen,
danzarín muy malo, mas portador
de convicciones en su hirsuto pecho;
..............................................................
ningún talento, pero sí un carácter.22

Nuestros artículos provocarán en el señor Heinzen la justa indignación del hombre de bien ofendido, pero no por eso abandonará ni su modo de escribir ni su modo de agitación, comprometedor e inútil. Su amenaza con el farol23 el día de la acción y de la decisión nos ha divertido mucho.

En resumen: con los radicales alemanes los comunistas tienen que colaborar y quieren hacerlo. Pero se reservan el derecho de atacar a todo escritor que comprometa al conjunto del partido. En este sentido, y en ningún otro, hemos atacado a Heinzen.

Bruselas, 3 de octubre de 1847

F. Engels

Nota bene. Acabamos de recibir un folleto escrito por un obrero: Der Heinzen'sche Staat, eine Kritik von Stephan, Berna, Rätzer.24 Si el señor Heinzen escribiera la mitad de bien que este obrero, podría darse por contento. El señor Heinzen puede ver en este folleto, entre otras cosas, con bastante claridad por qué los obreros no quieren saber nada de su república agraria. Observemos además que este folleto es el primero escrito por un obrero que no adopta un tono moralizante, sino que trata de reducir las luchas políticas del presente a la lucha de las distintas clases de la sociedad entre sí.

  1. La Deutsche-Brüsseler-Zeitung (enero de 1847-febrero de 1848), bisemanario de los emigrados alemanes en Bruselas dirigido por Adalbert von Bornstedt. Desde septiembre de 1847 Marx y Engels escribían en ella con regularidad y se convirtió en la práctica en el órgano de la Liga de los Comunistas y de la Asociación Obrera Alemana de Bruselas. El artículo de Heinzen al que responde Engels apareció en el núm. 77, del 26 de septiembre. ↩

  2. Karl Heinzen (1809-1880), publicista radical renano, antiguo funcionario de la administración prusiana; emigró en 1844 a Bélgica y después a Suiza, donde se hizo republicano y enemigo declarado de los comunistas. Tras 1848 se instaló en Estados Unidos, donde editó en Boston el semanario Der Pionier. ↩

  3. Die preußische Büreaukratie (1845), cuya publicación obligó a Heinzen a emigrar para escapar del proceso. ↩

  4. Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal renano, emigrado en Francia, autor de Preußen und Preußenthum (1839). Engels latiniza el nombre por burla. ↩

  5. «Sabio serio». En francés en el original. ↩

  6. Arnold Ruge (1802-1880), joven hegeliano, editor de los Hallische y Deutsche Jahrbücher y, con Marx, de los Deutsch-Französische Jahrbücher (1844); tras romper con Marx vivió en Suiza, donde dirigió una editorial en Zúrich. ↩

  7. Menschentum: «lo humano», «la humanidad» como esencia, palabra predilecta de Ruge y de Heinzen tomada de Feuerbach. ↩

  8. Ferdinand Freiligrath (1810-1876), poeta renano que en 1844 renunció a su pensión del rey de Prusia y pasó a la poesía política (Ein Glaubensbekenntnis); emigró a Suiza. En 1848-1849 fue redactor de la Neue Rheinische Zeitung. ↩

  9. El negro, el rojo y el oro eran los colores de las asociaciones de estudiantes (Burschenschaften) y del movimiento liberal por la unidad alemana; Marx y Engels los usan como emblema de la fraseología nacional pequeñoburguesa. ↩

  10. José II (1741-1790), emperador desde 1765, prototipo del déspota ilustrado que reforma desde arriba (abolición de la servidumbre, tolerancia religiosa). ↩

  11. Wat Tyler encabezó el levantamiento campesino inglés de 1381; Jack Cade, la rebelión de Kent de 1450; la Jacquerie fue la revuelta campesina del norte de Francia en 1358; la guerra campesina alemana, la de 1524-1525. ↩

  12. «Medidas de salvación pública», en francés en el original: alusión al Comité de Salvación Pública de la Convención jacobina (1793-1794). ↩

  13. Johann Jacoby (1805-1877), médico de Königsberg, demócrata, autor del folleto Vier Fragen, beantwortet von einem Ostpreußen (1841), por el que fue procesado. ↩

  14. Misère de la philosophie. Réponse à la Philosophie de la misère de M. Proudhon, escrita por Marx en francés y publicada en París y Bruselas en julio de 1847. ↩

  15. Julius Fröbel (1805-1893), editor y publicista republicano en Zúrich; Neue Politik (1846), publicada con el seudónimo de Junius, proponía una república federal. ↩

  16. El Eckensteher, mozo de cuerda que aguardaba encargos en las esquinas de Berlín, era el tipo popular del hombre grosero y de argumentos simples («él empezó»). ↩

  17. Karl Grün (1817-1887), el representante más conocido del «socialismo verdadero», autor de Die soziale Bewegung in Frankreich und Belgien (1845) y colaborador de la Trier'sche Zeitung, el principal diario de esa corriente. ↩

  18. En el capítulo de La ideología alemana dedicado al libro de Grün, el único que se publicó entonces, en Das Westphälische Dampfboot (agosto-septiembre de 1847). ↩

  19. El «socialismo verdadero» fue una corriente alemana de los años cuarenta (Grün, Moses Hess, Hermann Kriege y otros) que vertía el socialismo francés en la jerga filosófica de Feuerbach y predicaba el amor a la humanidad por encima de las clases. Marx y Engels lo critican en La ideología alemana y en el Manifiesto. ↩

  20. La orden de los Iluminados de Baviera, sociedad secreta ilustrada fundada en 1776 por Adam Weishaupt y prohibida en 1785. ↩

  21. Max Stirner (1806-1856), autor de Der Einzige und sein Eigentum (1844), para quien la sociedad, el Estado o la humanidad eran «fantasmas» que esclavizan al individuo. ↩

  22. Heinrich Heine, Atta Troll (1843), canto XXIV: el epitafio del oso Atta Troll, sátira del radicalismo alemán de convicciones y sin talento. Engels omite un verso («a veces también habiendo apestado»). ↩

  23. La farola de la que la multitud de la Revolución francesa colgaba a sus enemigos («¡A la farola!»). Heinzen había amenazado a Engels con colgarlo de ella. ↩

  24. Stephan Born (1824-1898), cajista, miembro de la Liga de los Comunistas y amigo de Engels en París; en 1848 fundó la Fraternidad Obrera (Arbeiterverbrüderung). Marx elogia también su folleto al final de La crítica moralizante y la moral crítica. ↩