Escrito por Friedrich Engels entre finales de octubre y noviembre de 1848; quedó inacabado. Publicado por primera vez en Die Neue Zeit, año 17, 1898-1899, tomo 1, núms. 1 y 2. Traducido del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 463-480), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I. Sena y Loira
La belle France! ¡Hermosa Francia! En efecto, los franceses tienen un país hermoso, y tienen razón de estar orgullosos de él.
¿Qué país de Europa puede medirse con Francia en riqueza, en variedad de recursos y productos, en universalidad?
¿España? Pero dos tercios de su superficie son, por dejadez o por naturaleza, un desierto de piedra abrasado, y la costa atlántica de la península, Portugal, no le pertenece.
¿Italia? Pero desde que la gran ruta del comercio mundial pasa por el océano, desde que los vapores cruzan el Mediterráneo, Italia ha quedado abandonada.
¿Inglaterra? Pero Inglaterra lleva ochenta años absorbida por el comercio y la industria, el humo del carbón y la cría de ganado, e Inglaterra tiene un cielo terriblemente plomizo y no tiene vino.
¿Y Alemania? Al norte, una llanura arenosa, separada del sur de Europa por el muro de granito de los Alpes, pobre en vino, ¡país de la cerveza, del aguardiente y del pan de centeno, de los ríos encenagados y de las revoluciones!
¡Pero Francia! Bañada por tres mares, recorrida por cinco grandes ríos en tres direcciones, con un clima casi alemán y belga en el norte y casi italiano en el sur; en el norte el trigo, en el sur el maíz y el arroz; en el norte la colza, en el sur el olivo; en el norte el lino, en el sur la seda, y casi en todas partes el vino.
¡Y qué vino! ¡Qué variedad, del burdeos al borgoña, del borgoña al pesado Saint-Georges, al Lunel y al Frontignan del sur, y de estos al espumoso champán! ¡Qué diversidad de blancos y tintos, del Petit Mâcon o el Chablis al Chambertin, al Château Larose, al Sauternes, al del Rosellón, al Aÿ mousseux! ¡Y si se piensa que cada uno de estos vinos produce una embriaguez distinta, que con unas pocas botellas se pueden recorrer todos los grados intermedios, desde la cuadrilla de Musard1 hasta la Marsellesa, desde el loco placer del cancán hasta el ardor salvaje de la fiebre revolucionaria, y que al final, con una botella de champán, uno puede volver a ponerse del humor de carnaval más alegre del mundo!
Y solo Francia tiene un París, una ciudad en la que la civilización europea se despliega en su más plena floración, en la que se reúnen todas las fibras nerviosas de la historia europea y de la que parten, a intervalos medidos, las sacudidas eléctricas que hacen temblar a un mundo entero; una ciudad cuya población une como ningún otro pueblo la pasión del goce y la pasión de la acción histórica, cuyos habitantes saben vivir como el más refinado epicúreo de Atenas y morir como el más intrépido espartano, Alcibíades y Leónidas en uno; una ciudad que es de verdad, como dice Louis Blanc, el corazón y el cerebro del mundo.
Cuando se contempla París desde un punto alto de la ciudad, desde Montmartre o desde la terraza de Saint-Cloud, cuando se recorren sus alrededores, se diría que Francia sabe lo que posee en París y que ha derrochado sus mejores fuerzas en mimarla y cuidarla como es debido. Como una odalisca sobre un diván de reflejos de bronce, la orgullosa ciudad yace junto a las cálidas colinas de viñedos del sinuoso valle del Sena. ¿Dónde hay en el mundo una vista como la que se tiene desde los dos ferrocarriles de Versalles sobre el verde valle con sus innumerables aldeas y pueblecitos, y dónde hay aldeas y pueblecitos tan encantadoramente situados, tan limpia y primorosamente construidos, tan bien dispuestos como Suresnes, Saint-Cloud, Sèvres, Montmorency, Enghien y otros innumerables? Sálgase por la barrera2 que se quiera, sígase el camino a la buena de Dios, y en todas partes se encontrarán los mismos bellos alrededores, el mismo gusto en el aprovechamiento del paisaje, la misma gracia y la misma limpieza. Y, sin embargo, es solo la reina de las ciudades la que se ha creado este lecho maravilloso.
Pero, eso sí, hace falta una Francia para crear un París, y solo cuando se ha conocido la exuberante riqueza de este país magnífico se comprende cómo pudo llegar a existir ese París radiante, exuberante, incomparable. No se comprende, desde luego, si se llega del norte, cruzando en ferrocarril las llanuras de Flandes y del Artois y las colinas sin bosques ni viñas de Picardía. Allí no se ven más que trigales y prados, cuya monotonía solo interrumpen valles pantanosos y lejanas colinas cubiertas de matorral; y solo cuando en Pontoise se entra en el círculo de la atmósfera parisiense se nota algo de la «hermosa Francia». Se comprende ya algo más París si se va a la capital por los fértiles valles de Lorena, por las colinas calizas coronadas de viñas de la Champaña, a lo largo del hermoso valle del Marne; y se comprende todavía más si se atraviesa Normandía y, de Ruan a París, en ferrocarril, se sigue o se cruza una y otra vez el curso sinuoso del Sena. El Sena parece exhalar el aire de París hasta su desembocadura; las aldeas, las ciudades, las colinas, todo recuerda los alrededores de París, solo que todo se vuelve más hermoso, más exuberante, de mejor gusto, cuanto más se acerca uno al centro de Francia. Pero no comprendí del todo cómo había sido posible París hasta que recorrí a pie la orilla del Loira y desde allí me dirigí, por las montañas, a los valles de viñedos de Borgoña.
Había conocido París en los dos últimos años de la monarquía, cuando la burguesía se regodeaba en el pleno disfrute de su dominio, cuando el comercio y la industria marchaban pasablemente, cuando la juventud burguesa, grande y pequeña, tenía todavía dinero para gozar y para derrochar, y cuando incluso una parte de los obreros estaba aún lo bastante bien situada como para poder participar en la alegría y la despreocupación generales. Había vuelto a ver París en la breve embriaguez de la luna de miel republicana, en marzo y abril, cuando los obreros, esos locos esperanzados, «ponían tres meses de miseria a disposición» de la República con la más despreocupada ligereza;3 cuando se pasaban el día comiendo pan seco y patatas y por la noche plantaban árboles de la libertad en los bulevares, tiraban cohetes y cantaban a pleno pulmón la Marsellesa, y cuando los burgueses, escondidos todo el día en sus casas, intentaban aplacar la ira del pueblo con farolillos de colores. Volví en octubre, bastante contra mi voluntad, ¡por Hecker!4 Entre el París de entonces y el de ahora estaban el 15 de mayo y el 25 de junio,5 estaba la lucha más terrible que el mundo haya visto, un mar de sangre, quince mil cadáveres. Las granadas de Cavaignac6 habían hecho saltar por los aires la invencible alegría parisiense; la Marsellesa y el Chant du départ habían enmudecido, solo los burgueses seguían canturreando entre dientes su Mourir pour la patrie;7 los obreros, sin pan y sin armas, rechinaban los dientes de rabia contenida; en la escuela del estado de sitio, la desenfrenada República se había vuelto muy pronto honrada, mansa, formal y moderada (sage et modérée). Pero París estaba muerto; ya no era París. En los bulevares, nada más que burgueses y espías de la policía; los bailes y los teatros, desiertos; los gamins, los pilluelos, hundidos en la chaqueta de la Guardia Móvil, vendidos a la república honrada por 30 sueldos al día, y tanto más festejados por la burguesía cuanto más estúpidos se volvían; en una palabra, era otra vez el París de 1847, pero sin el espíritu, sin la vida, sin el fuego y el fermento que los obreros ponían entonces en todas partes. París estaba muerto, y aquel hermoso cadáver resultaba tanto más espantoso cuanto más hermoso era.
No podía quedarme más tiempo en aquel París muerto. Tenía que irme, adonde fuera. Así que primero a Suiza. Dinero no tenía mucho; así que a pie. Tampoco me importaba tomar el camino más corto; uno no se despide de buena gana de Francia.
Así que una buena mañana me puse en marcha y caminé a la buena de Dios derecho hacia el sur. En cuanto salí de la banlieue, de las afueras, me perdí entre las aldeas; era natural. Por fin di con la gran carretera de Lyon. La seguí un trecho, con escapadas por las colinas. Desde allí arriba se tienen vistas preciosas, Sena arriba y Sena abajo, hacia París y hacia Fontainebleau. Se ve el río serpentear interminablemente por el ancho valle, a ambos lados colinas de viñedos, más al fondo las montañas azules tras las que corre el Marne.
Pero yo no quería entrar tan derecho en Borgoña; quería ir antes al Loira. Así que al segundo día dejé la gran carretera y fui por las montañas hacia Orleans. Naturalmente, volví a perderme entre las aldeas, pues no tenía más guías que el sol y unos campesinos aislados del mundo entero que no sabían ni derecha ni izquierda. Pasé la noche en una aldea cuyo nombre nunca logré entender claramente en el patois de los campesinos, a quince leguas8 de París, en la divisoria de aguas entre el Sena y el Loira.
Esta divisoria la forma una ancha loma que se extiende de sudeste a noroeste. A ambos lados hay numerosos valles, regados por pequeños arroyos o ríos. Arriba, en la altura ventosa, solo se da el grano, el alforfón, el trébol y las hortalizas; en las laderas de los valles, en cambio, crece la vid por todas partes. Las laderas que miran al este están casi todas cubiertas de grandes masas de esos bloques de roca caliza que los geólogos ingleses llaman bolderstones9 y que se encuentran a menudo en las tierras de colinas secundarias y terciarias. Los enormes bloques azules, entre los que crecen matorrales verdes y árboles jóvenes, no hacen nada mal contraste con los prados del valle y los viñedos de la ladera de enfrente.
Poco a poco bajé a uno de esos pequeños valles fluviales y lo seguí un rato. Por fin di con una carretera y, con ella, con gente que pudo decirme dónde me encontraba en realidad. Estaba cerca de Malesherbes, a medio camino entre Orleans y París. Orleans me quedaba demasiado al oeste; Nevers era mi próxima meta, así que volví a subir por la montaña siguiente derecho hacia el sur. Desde arriba, una vista muy bonita: entre montañas boscosas, el lindo pueblecito de Malesherbes; en las laderas, numerosas aldeas; arriba, en una cumbre, el castillo de Chateaubriand. Y, lo que me agradó todavía más: enfrente, al otro lado de una estrecha garganta, una carretera departamental que iba derecha hacia el sur.
Pues en Francia hay tres clases de carreteras: las carreteras del Estado, antes llamadas reales y ahora nacionales, hermosas y anchas calzadas que unen entre sí las ciudades más importantes. Estas carreteras nacionales, que en los alrededores de París no son solo carreteras de obra, sino auténticas carreteras de lujo, magníficas alamedas de olmos de sesenta y más pies de anchura y empedradas en el centro, se vuelven peores, más estrechas y con menos árboles cuanto más se aleja uno de París y cuanto menos importancia tiene la carretera. A trechos son entonces tan malas que tras dos horas de lluvia moderada apenas se pueden transitar a pie. La segunda clase son las carreteras departamentales, que establecen las comunicaciones de segundo orden, se pagan con fondos de los departamentos y son más estrechas y menos fastuosas que las nacionales. La tercera clase, por último, la forman los grandes caminos vecinales (chemins de grande communication), hechos con recursos de los cantones, carreteras estrechas y modestas, pero en algunos tramos en mejor estado que las calzadas mayores.
Bajé campo a través derecho hacia mi carretera departamental y comprobé con la mayor alegría que iba derecha hacia el sur con la más inalterable rectitud. Las aldeas y las posadas eran escasas; tras varias horas de marcha di por fin con una gran granja donde me sirvieron con la mayor solicitud algo de comer y de beber, a cambio de lo cual dibujé en una hoja de papel algunas caricaturas para los niños de la casa y les expliqué muy en serio que aquel era el general Cavaignac, aquel Luis Napoleón, aquel Armand Marrast, Ledru-Rollin, etc., y que se parecían como dos gotas de agua.10 Los campesinos contemplaron con gran respeto las caras deformadas, me dieron las gracias muy contentos y clavaron enseguida en la pared los retratos, de un parecido asombroso. Por esta buena gente supe también que estaba en la carretera de Malesherbes a Châteauneuf, a orillas del Loira, adonde me quedaban todavía unas doce leguas.
Atravesé Puyseaux y otro pueblecito cuyo nombre he olvidado, y llegué ya tarde, por la noche, a Bellegarde, un lugar bonito y bastante grande, donde pernocté. El camino por la meseta, que por lo demás produce aquí vino en muchos sitios, era bastante monótono.
A la mañana siguiente seguí hasta Châteauneuf, cinco leguas más, y desde allí a lo largo del Loira por la carretera nacional de Orleans a Nevers.
Bajo almendros en flor,
en la verde orilla del Loira,
¡oh, qué dulce es soñar
donde encontré mi amor!
Así cantan más de un joven alemán soñador y más de una tierna doncella germánica, con las derretidas palabras de Helmina von Chézy y la derretida melodía de Carl Maria von Weber.11 Pero quien busque a orillas del Loira almendros y un romanticismo amoroso dulce y suave como el que estaba de moda en Dresde hacia el año veinte se hace terribles ilusiones, de esas que en rigor solo se le permiten a una marisabidilla alemana hereditaria de tercera generación.
De Châteauneuf, por Les Bordes, a Dampierre apenas se llega a ver ese romántico Loira. La carretera va por las alturas, a una distancia de dos o tres leguas del río, y solo de vez en cuando se ve a lo lejos brillar al sol el agua del Loira. La comarca es rica en vino, cereales y fruta; hacia el río hay pastos exuberantes; pero el aspecto del valle, sin bosques y rodeado solo de colinas onduladas, es bastante monótono.
En medio de la carretera, cerca de unas casas de campesinos, me encontré con una caravana de cuatro hombres, tres mujeres y varios niños que llevaban consigo tres carros de burro muy cargados y que, en plena carretera, cocinaban su comida junto a una gran hoguera. Me detuve un momento: no me había equivocado, hablaban alemán, en el dialecto de la Alta Alemania más cerrado. Les dirigí la palabra; estaban encantados de oír su lengua materna en el centro de Francia. Eran, por lo demás, alsacianos de la región de Estrasburgo que todos los veranos recorrían así el interior de Francia y se ganaban la vida haciendo cestos. A mi pregunta de si podían vivir de eso, me respondieron: «Mal, si tuviéramos que comprarlo todo; lo más lo pedimos de limosna». Poco a poco salió a gatas de uno de los carros de burro un hombre muy viejo, que tenía allí una cama completa. Toda la banda tenía algo muy gitano en sus ropas reunidas a fuerza de limosnas, en las que ninguna pieza casaba con otra. Con todo, tenían un aire muy campechano y me contaron muchísimo de sus viajes, y en medio de la más alegre charlatanería la madre y la hija, una criatura dulce de ojos azules, casi llegaron a agarrarse de los pelos, unos pelos rojos y desgreñados. No pude menos que admirar con qué fuerza irresistible se abren paso la cordialidad y la intimidad alemanas incluso a través de las condiciones de vida y de vestido más gitanescas; les deseé buenos días y seguí mi viaje, acompañado un trecho por uno de los gitanos, que antes de comer se permitía el placer de un paseo a lomos huesudos de un burro flaco.
Por la tarde llegué a Dampierre, una aldea pequeña no lejos del Loira. Allí el gobierno hacía construir un dique contra las inundaciones a trescientos o cuatrocientos obreros de París, restos de los antiguos talleres nacionales.12 Eran obreros de toda clase: orfebres, carniceros, zapateros, carpinteros, hasta traperos de los bulevares de París. Encontré a unos veinte en la posada donde pasé la noche. Un carnicero robusto, que había ascendido ya a una especie de puesto de capataz, hablaba de la obra con gran entusiasmo. Se ganaban de 30 a 100 sueldos al día, según lo que uno trabajara; 40 o 60 sueldos se sacaban fácilmente con que uno fuera un poco mañoso. Quería meterme enseguida en su brigada; me haría pronto al trabajo y seguro que ya en la segunda semana ganaría 50 sueldos al día; podía hacer fortuna, y había trabajo por lo menos para seis meses más. No me faltaban ganas de cambiar, para variar, la pluma por la pala durante uno o dos meses; pero no tenía papeles, y me habría llevado un buen chasco.
Estos obreros de París habían conservado toda su antigua alegría. Hacían su trabajo, diez horas diarias, entre risas y bromas, se divertían en las horas libres con travesuras disparatadas y por la noche se entretenían en déniaiser, en espabilar, a las muchachas campesinas. Pero, por lo demás, el aislamiento en una aldea pequeña los había desmoralizado por completo. Ni rastro de interés por los asuntos de su clase, por las cuestiones políticas del día, que tan de cerca tocan a los obreros. Parecía que ya no leían ningún periódico. Toda la política se reducía para ellos a poner motes; a uno, un grandullón fuerte, lo llamaban Caussidière; otro, mal trabajador y borracho perdido, respondía al nombre de Guizot,13 etc. El trabajo agotador, una situación relativamente buena y, sobre todo, la separación de París y el traslado a un rincón apartado y tranquilo de Francia habían estrechado notablemente su horizonte. Estaban ya a punto de volverse campesinos, y solo llevaban allí dos meses.
A la mañana siguiente llegué a Gien, y con ello por fin al valle mismo del Loira. Gien es un pueblecito pequeño y tortuoso con un bonito muelle y un puente sobre el Loira, que aquí apenas iguala en anchura al Meno en Fráncfort. El río es en general muy poco profundo y está lleno de bancos de arena.
De Gien a Briare el camino va por el valle, a una distancia de un cuarto de milla14 del Loira, aproximadamente. La dirección es hacia el sudeste, y el paisaje va tomando poco a poco un carácter meridional. Olmos, fresnos, acacias o castaños forman la alameda; pastos exuberantes y campos fértiles, entre cuyos rastrojos brotaba una segunda cosecha del trébol más jugoso, bordeados de largas hileras de álamos, forman el fondo del valle; al otro lado del Loira, en la lejanía vaporosa, una hilera de colinas; a este lado, junto a la misma carretera, otra cadena de alturas toda plantada de viñas. El valle del Loira no es aquí en absoluto llamativamente hermoso o romántico, como suele decirse, pero produce una impresión de lo más agradable; en toda la rica vegetación se nota el clima suave al que debe su prosperidad. Ni siquiera en las regiones más fértiles de Alemania he encontrado en ninguna parte una vegetación que pudiera compararse con la del tramo de Gien a Briare.
Antes de dejar el Loira, unas palabras sobre los habitantes de la región recorrida y su modo de vida.
Las aldeas situadas hasta cuatro o cinco horas de París no pueden servir de medida para las aldeas del resto de Francia. Su disposición, la manera de construir las casas, las costumbres de sus habitantes, están demasiado dominadas por el espíritu de la gran metrópoli de la que viven. Solo a diez leguas de París, en las alturas apartadas, empieza el campo propiamente dicho y se ven verdaderas casas de campesinos. Es característico de toda la región hasta el Loira y hasta bien entrada Borgoña que el campesino esconda todo lo que puede la entrada de su casa a la vista de la carretera. En las alturas, cada granja está rodeada de un muro; se entra por un portón y hay que buscar, ya en el patio, la puerta de la casa, que suele estar en la parte de atrás. Aquí, donde la mayoría de los campesinos tiene vacas y caballos, las casas campesinas son bastante grandes; a orillas del Loira, en cambio, donde se practica mucho la horticultura y hasta los campesinos acomodados tienen poco o ningún ganado, y la ganadería, como rama especial de actividad, queda en manos de los grandes propietarios o arrendatarios, las casas campesinas se vuelven cada vez más pequeñas, a menudo tan pequeñas que no se entiende cómo cabe en ellas una familia campesina con sus aperos y sus provisiones. También aquí, con todo, la entrada está en el lado opuesto a la carretera, y en las aldeas casi solo las tabernas y las tiendas tienen puerta a la calle.
Los campesinos de esta región llevan en su mayoría, pese a su pobreza, una vida bastante buena. El vino es, al menos en los valles, casi siempre de cosecha propia, bueno y barato (este año, a dos o tres sueldos la botella); el pan es en todas partes, salvo en las cumbres más altas, buen pan de trigo, y a ello se añaden un queso excelente y una fruta magnífica, que en Francia, como se sabe, se come en todas partes con el pan. Como todos los habitantes del campo, consumen poca carne, pero mucha leche, sopas de verduras y en general una alimentación vegetal de excelente calidad. El campesino del norte de Alemania, aun siendo bastante más acomodado, no vive ni la tercera parte de bien que el francés entre el Sena y el Loira.
Estos campesinos son una raza bonachona, hospitalaria y alegre, complaciente y atenta con el forastero de todas las maneras posibles y, aun en el peor patois, verdaderos franceses corteses. A pesar de su sentido de la propiedad, desarrollado en grado sumo, sobre el terruño que sus padres arrebataron a la nobleza y a los curas, siguen siendo portadores de muchas virtudes patriarcales, sobre todo en las aldeas apartadas de las grandes carreteras.
Pero un campesino es un campesino, y las condiciones de vida de los campesinos no dejan un solo instante de hacer valer su influencia. A pesar de todas las virtudes privadas del campesino francés, a pesar de la situación más desarrollada en que se encuentra en comparación con el campesino del otro lado del Rin, el campesino es en Francia, como en Alemania, el bárbaro en medio de la civilización.
El aislamiento del campesino en una aldea apartada, con una población poco numerosa que solo cambia con las generaciones; el trabajo agotador y monótono, que lo ata al terruño más que toda servidumbre y que sigue siendo siempre el mismo de padre a hijo; la estabilidad y la monotonía de todas las condiciones de vida; la estrechez en la que la familia se convierte para él en la relación social más importante y decisiva: todo eso reduce el horizonte del campesino a los límites más estrechos que en general son posibles en la sociedad moderna. Los grandes movimientos de la historia pasan de largo ante él, lo arrastran de vez en cuando consigo, pero sin que tenga idea de la naturaleza de la fuerza motriz, de su origen, de su fin.
En la Edad Media, en los siglos XVII y XVIII, el movimiento de los burgueses en las ciudades fue acompañado de un movimiento campesino que, sin embargo, planteaba continuamente reivindicaciones reaccionarias y que, sin traer grandes resultados para los propios campesinos, solo apoyaba a las ciudades en sus luchas de emancipación.
En la primera Revolución francesa, los campesinos actuaron de forma revolucionaria justo mientras lo exigió su interés privado más inmediato y palpable; hasta que tuvieron asegurados el derecho de propiedad sobre el terruño que hasta entonces habían cultivado en relaciones feudales, la abolición irrevocable de esas relaciones feudales y la expulsión de los ejércitos extranjeros de su comarca. Logrado esto, se volvieron con toda la furia de una codicia ciega contra el movimiento, que no entendían, de las grandes ciudades, y en particular contra el movimiento de París. Hubo que dirigir contra los tozudos campesinos innumerables proclamas del Comité de Salvación Pública, innumerables decretos de la Convención, sobre todo los del maximum y los accapareurs,15 columnas móviles y guillotinas ambulantes. Y, sin embargo, el régimen del Terror, que expulsó a los ejércitos extranjeros y ahogó la guerra civil, no benefició a ninguna clase tanto como precisamente a los campesinos.
Cuando Napoleón derribó el dominio burgués del Directorio, restableció la tranquilidad, consolidó las nuevas relaciones de propiedad de los campesinos y las sancionó en su Código Civil y empujó cada vez más lejos de las fronteras a los ejércitos extranjeros, los campesinos se adhirieron a él con entusiasmo y se convirtieron en su principal apoyo. Pues el campesino francés es nacional hasta el fanatismo; la France tiene para él un alto significado desde que posee en propiedad hereditaria un trozo de Francia; a los extranjeros solo los conoce en la figura de ejércitos invasores devastadores, que son los que más daño le causan. De ahí el ilimitado sentimiento nacional del campesino francés, de ahí su odio no menos ilimitado contra l'étranger, el extranjero. De ahí la pasión con que fue a la guerra en 1814 y 1815.
Cuando los Borbones volvieron en 1815, cuando la aristocracia expulsada volvió a reclamar la propiedad territorial perdida en la Revolución, los campesinos vieron amenazada toda su conquista revolucionaria. De ahí su odio al dominio de los Borbones, su júbilo cuando la revolución de julio les devolvió la seguridad de su propiedad y la bandera tricolor.
Pero a partir de la revolución de julio cesó también de nuevo la participación de los campesinos en los intereses generales del país. Sus deseos se habían cumplido, su propiedad territorial ya no estaba amenazada, en la mairie, el ayuntamiento, de la aldea ondeaba de nuevo la misma bandera bajo la que ellos y sus padres habían vencido durante un cuarto de siglo.
Pero, como siempre, gozaron poco de los frutos de su victoria. Los burgueses empezaron enseguida a explotar con todas sus fuerzas a sus aliados rurales. Los frutos de la parcelación y de la divisibilidad del suelo, el empobrecimiento de los campesinos y la hipoteca de sus tierras habían empezado a madurar ya bajo la Restauración; después de 1830 se manifestaron de una manera cada vez más general y cada vez más amenazadora. Pero la presión que el gran capital ejercía sobre el campesino siguió siendo para él una mera relación privada entre él y su acreedor; no veía ni podía ver que esas relaciones privadas, cada vez más generales, cada vez más convertidas en regla, se iban desarrollando poco a poco hasta formar una relación de clase entre la clase de los grandes capitalistas y la de los pequeños propietarios de tierras. Ya no era el mismo caso que el de las cargas feudales, cuyo origen se había olvidado hacía mucho, cuyo sentido se había perdido hacía mucho, que ya no eran contrapartida de servicios prestados y que desde hacía mucho se habían convertido en una mera carga opresiva para una de las partes. Aquí, en la deuda hipotecaria, el campesino, o al menos su padre, recibió la suma en contantes y sonantes escudos de cinco francos; el pagaré y el registro de hipotecas le recuerdan, llegado el caso, el origen de la carga; el interés que tiene que pagar, e incluso las gravosas comisiones accesorias que se renuevan sin cesar para el usurero, son tributos burgueses modernos que, en forma parecida, afectan a todos los deudores; la opresión se produce en una forma del todo moderna, acorde con los tiempos, y al campesino se le exprime y se le arruina exactamente según los mismos principios jurídicos que son lo único que le garantiza su propiedad. Su propio Código Civil, su Biblia moderna, se convierte en la vara con que lo azotan. El campesino no puede ver en la usura hipotecaria una relación de clase, no puede exigir su abolición sin poner en peligro al mismo tiempo su propia propiedad. La presión de la usura, en lugar de lanzarlo al movimiento, acaba de confundirlo del todo. Donde únicamente puede ver un alivio es en la rebaja de los impuestos.
Cuando en febrero de este año se hizo por primera vez una revolución en la que el proletariado aparecía con reivindicaciones propias, los campesinos no entendieron lo más mínimo. Si la República tenía algún sentido para ellos, era solo este: rebaja de impuestos y, aquí y allá, quizá también algo de honor nacional, guerra de conquista y frontera del Rin. Pero cuando en París, a la mañana siguiente de la caída de Luis Felipe, estalló la guerra entre el proletariado y la burguesía; cuando el estancamiento del comercio y de la industria repercutió en el campo y los productos del campesino, ya depreciados por un año fértil, bajaron todavía más de precio y no encontraban comprador; cuando para colmo la batalla de junio sembró el terror y la angustia hasta en los rincones más apartados de Francia, entonces se alzó entre los campesinos un grito general de la furia más fanática contra el París revolucionario y contra los parisienses, nunca contentos. ¡Naturalmente! ¡Qué sabía el campesino testarudo y obtuso del proletariado y de la burguesía, de la república democrática y social, de la organización del trabajo, de cosas cuyas condiciones fundamentales, cuyas causas, nunca podían darse en su estrecha aldea! Y cuando aquí y allá, por los sucios canales de los periódicos burgueses, recibió una vaga idea de lo que estaba en juego en París; cuando los burgueses le lanzaron el gran lema contra los obreros de París: ce sont les partageurs, son los repartidores, gente que quiere repartir toda propiedad, toda la tierra, entonces se redobló el grito de furia, entonces la indignación de los campesinos ya no conoció límites. He hablado con cientos de campesinos en las regiones más diversas de Francia, y en todos reinaba ese fanatismo contra París y en particular contra los obreros de París. «Ojalá este maldito París saltara mañana mismo por los aires»: esa era todavía la más suave de las bendiciones. Se comprende que los sucesos de este año no hicieran más que aumentar y justificar el viejo desprecio de los campesinos por la gente de la ciudad. Los campesinos, el campo, tienen que salvar a Francia; el campo lo produce todo, las ciudades viven de nuestro grano, se visten con nuestro lino y nuestra lana; nosotros tenemos que restablecer el verdadero orden de las cosas; nosotros, los campesinos, tenemos que tomar el asunto en nuestras manos: ese era el eterno estribillo que resonaba, más o menos claro, más o menos consciente, a través de toda la confusa charla de los campesinos.
¿Y cómo quieren salvar a Francia, cómo quieren tomar el asunto en sus manos? ¡Eligiendo presidente de la República a Luis Napoleón Bonaparte, un gran nombre llevado por un necio diminuto, vanidoso y confuso!16 En todos los campesinos con los que hablé, el entusiasmo por Luis Napoleón era tan grande como el odio a París. A estas dos pasiones y al asombro más irreflexivo y animal ante toda la conmoción europea se reduce toda la política del campesino francés. Y los campesinos tienen más de seis millones de votos, más de dos tercios de todos los votos en las elecciones de Francia.
Es cierto que el gobierno provisional no supo ligar los intereses de los campesinos a la revolución; con el recargo de 45 céntimos sobre la contribución territorial,17 que afectó sobre todo a los campesinos, cometió un error imperdonable, irreparable. Pero aunque hubiera ganado a los campesinos para la revolución durante un par de meses, en verano se habrían apartado de todos modos. La actual actitud de los campesinos ante la revolución de 1848 no es consecuencia de errores ocasionales ni de desaciertos fortuitos; es natural, está fundada en la situación vital, en la posición social del pequeño propietario de tierras. El proletariado francés, antes de imponer sus reivindicaciones, tendrá que sofocar primero una guerra campesina general, una guerra que, aun cancelando todas las deudas hipotecarias, solo podrá aplazarse por poco tiempo.
Hay que haber tratado durante catorce días casi exclusivamente con campesinos, con campesinos de las regiones más diversas; hay que haber tenido ocasión de encontrar en todas partes la misma estrechez cerril, el mismo desconocimiento total de todas las condiciones urbanas, industriales y comerciales, la misma ceguera en política, las mismas conjeturas a ciegas sobre todo lo que está más allá de la aldea, la misma costumbre de aplicar la medida de las condiciones campesinas a las condiciones más grandiosas de la historia; hay que haber conocido, en una palabra, a los campesinos franceses precisamente en el año 1848, para sentir toda la impresión deprimente que produce esta obtusa estupidez.
II. Borgoña
Briare es un pueblecito antiguo situado en la desembocadura del canal que une el Loira con el Sena. Aquí me informé de la ruta y me pareció más conveniente ir a Suiza por Auxerre en lugar de por Nevers. Dejé, pues, el Loira y me dirigí por las montañas hacia Borgoña.
El carácter fértil del valle del Loira disminuye poco a poco, pero bastante despacio. Se sube sin notarlo y solo a cinco o seis millas de Briare, cerca de Saint-Sauveur y Saint-Fargeau, se entra en los comienzos de la montaña boscosa y ganadera. La loma entre el Yonne y el Loira es aquí ya más alta, y toda esta parte occidental del departamento del Yonne es en general bastante montañosa.
En la región de Toucy, a seis leguas de Auxerre, oí por primera vez el peculiar dialecto borgoñón, ingenuo y arrastrado, un habla que aquí y en toda la Borgoña propiamente dicha tiene todavía un carácter amable y agradable, mientras que en las regiones más altas del Franco Condado adquiere un sonido pesado, tosco, casi doctoral. Es como el ingenuo dialecto austriaco, que poco a poco se transforma en el basto dialecto de la Alta Baviera. El habla borgoñona acentúa siempre, de una manera curiosamente poco francesa, la sílaba anterior a la que lleva el acento principal en el buen francés; convierte el francés yámbico en trocaico y tuerce así de un modo curioso la fina acentuación que el francés culto sabe dar a su lengua. Pero, como digo, en la Borgoña propiamente dicha suena todavía muy bien, y en boca de una muchacha bonita, incluso encantador: Mais, mâ foi, monsieur, je vous demande ûn peu...
Si se puede comparar, el borgoñón es en general el austriaco de Francia. Ingenuo, bonachón, confiado en grado sumo, con mucho ingenio natural dentro del círculo de vida acostumbrado, lleno de ideas ingenuamente cómicas sobre todo lo que va más allá, graciosamente torpe en situaciones desacostumbradas, siempre de una alegría indestructible: así son estas buenas gentes, casi todos iguales. Al campesino borgoñón, amable y de buen corazón, es al primero al que se le perdonan su total nulidad política y su entusiasmo por Luis Napoleón.
Los borgoñones tienen, por lo demás, sin duda una mezcla de sangre alemana más fuerte que los franceses que viven más al oeste; el pelo y la tez son más claros, la estatura algo mayor, sobre todo en las mujeres; el entendimiento agudo y crítico, el ingenio contundente, disminuyen ya notablemente y son sustituidos por un humor más franco y a veces por un leve toque de cordialidad. Pero el elemento alegre francés sigue predominando claramente, y en ligereza despreocupada el borgoñón no le va a la zaga a nadie.
La región montañosa occidental del departamento del Yonne vive principalmente de la ganadería. Pero el francés es en todas partes un mal ganadero, y estas reses borgoñonas salen bien flacas y pequeñas. Con todo, junto a la ganadería se cultiva todavía mucho cereal y en todas partes se come buen pan de trigo.
Las casas campesinas adquieren aquí ya un carácter más alemán; vuelven a ser más grandes y reúnen vivienda, granero y establos bajo un mismo techo; pero también aquí la puerta suele estar todavía de lado respecto a la carretera o completamente de espaldas a ella.
En la larga pendiente que baja hacia Auxerre vi las primeras viñas de Borgoña, cargadas todavía en gran parte con la cosecha de uva, inauditamente rica, del año 1848. En muchas cepas apenas se veían hojas de tantas uvas como había.
Auxerre es un pueblecito pequeño, desigual, no muy vistoso por dentro, con un bonito muelle sobre el Yonne y algunos conatos de esos bulevares sin los que una capital de departamento francesa no puede pasar. En tiempos normales debe de estar muy tranquila y muerta, y el prefecto del Yonne debió de cumplir con poco gasto los bailes y cenas obligados que bajo Luis Felipe tenía que ofrecer a los notables del lugar. Pero ahora Auxerre estaba animada como solo lo está una vez al año. Si el ciudadano Denjoy, representante del pueblo, que tanto se escandalizó en la Asamblea Nacional porque en el banquete democrático-social de Toulouse todo el local estaba decorado de rojo,18 si ese buen ciudadano Denjoy hubiera venido conmigo a Auxerre, le habrían dado convulsiones de espanto. Aquí no era un local, aquí era toda la ciudad la que estaba decorada de rojo. ¡Y qué rojo! El rojo sangre más indudable, más descarado, teñía las paredes y escaleras de las casas, las blusas y camisas de la gente; corrientes de rojo oscuro llenaban incluso las cunetas y manchaban el empedrado, y un líquido siniestramente negruzco, de espuma roja, era llevado por las calles en grandes cubas por hombres barbudos y siniestros. La república roja parecía reinar con todos sus horrores, la guillotina, la guillotina de vapor, parecía funcionar en permanencia; los buveurs de sang, los bebedores de sangre, de los que el Journal des Débats sabe contar leyendas tan espeluznantes, celebraban aquí evidentemente sus orgías caníbales. Pero la república roja de Auxerre era muy inocente: era la república roja de la vendimia borgoñona, y los bebedores de sangre que consumen con tanta voluptuosidad el producto más noble de esta república roja no son otros que los señores republicanos honrados en persona, los grandes y pequeños burgueses de París. Y el honorable ciudadano Denjoy tiene a este respecto sus apetitos rojos tan buenos como el que más.
¡Quién tuviera los bolsillos llenos de dinero en esta república roja! La cosecha de 1848 fue tan inmensamente rica que no se encontraban toneles suficientes para recoger todo el vino. Y además de una calidad... ¡mejor que la del 46, y quizá mejor que la del 34! Los campesinos acudían de todas partes para comprar a precios irrisorios el vino del 47 que aún quedaba, a 2 francos la feuillette,19 de 140 litros de buen vino; por todas las puertas entraba carro tras carro de toneles vacíos, y aun así no se daba abasto. Yo mismo vi cómo un comerciante de vinos de Auxerre dejaba correr a la calle varios toneles de vino del 47, de muy buen vino, solo para tener envases para el vino nuevo, que ofrecía, eso sí, perspectivas muy distintas a la especulación. Me aseguraron que este comerciante había dejado correr de esa manera, en pocas semanas, hasta cuarenta toneles grandes (fûts).
Después de haberme tomado en Auxerre varios cuartillos tanto del viejo como del nuevo, crucé el Yonne hacia las montañas de la orilla derecha. La carretera va a lo largo del valle; yo tomé, sin embargo, el antiguo camino más corto por las montañas. El cielo estaba cubierto, el tiempo era desapacible, yo mismo estaba cansado, y así me quedé a pasar la noche en la primera aldea, a unos kilómetros de Auxerre.
A la mañana siguiente me puse en camino muy temprano y con el sol más espléndido del mundo. El camino subía entre viñas y nada más que viñas por una loma bastante alta. Pero arriba me recompensó del esfuerzo de la subida la panorámica más espléndida. Ante mí, toda la ladera ondulada hasta el Yonne; luego el verde valle del Yonne, rico en prados y plantado de álamos, con sus muchas aldeas y granjas; detrás, la gris Auxerre de piedra, recostada contra la ladera de enfrente; aldeas por todas partes y, por todas partes hasta donde alcanzaba la vista, viñas, nada más que viñas, y la luz del sol más resplandeciente y cálida, suavizada solo en la lejanía por una fina bruma otoñal, derramada sobre esta gran caldera en la que el sol de agosto cuece uno de los vinos más nobles.
No sé qué es lo que da a estos paisajes franceses, que no destacan por contornos extraordinariamente bellos, su carácter peculiarmente encantador. No es, desde luego, este o aquel detalle; es el conjunto, el ensemble, lo que les imprime un sello de plenitud como rara vez se encuentra en otra parte. El Rin y el Mosela tienen agrupaciones de rocas más hermosas, Suiza tiene contrastes mayores, Italia un colorido más pleno, pero ningún país tiene parajes de un conjunto tan armonioso como Francia. Con una satisfacción poco común, la mirada vaga del ancho y exuberante valle de prados a las montañas cubiertas de viñas hasta la cumbre más alta con la misma exuberancia, y a las innumerables aldeas y ciudades que se alzan entre el follaje de los frutales. En ninguna parte una mancha pelada, en ninguna parte un lugar inhóspito que estorbe, en ninguna parte una roca áspera cuyas paredes sean inaccesibles a la vegetación. Por todas partes una vegetación rica, un hermoso verde intenso que se torna en un matiz otoñal de bronce, realzado por el brillo de un sol que todavía a mediados de octubre quema lo bastante para no dejar sin madurar ni una sola baya en la cepa.
Seguí un poco más, y se abrió ante mí una segunda vista, igual de hermosa. Muy abajo, en una hondonada más estrecha, estaba Saint-Bris, un pueblecito que también vive únicamente de la viña. Los mismos detalles que antes, solo que más juntos. Pastos y huertos abajo en el valle, en torno al pueblecito; viñas alrededor, en las paredes de la hondonada; solo en el lado norte, campos labrados o cubiertos de trébol verde sobre el rastrojo, y prados. Abajo, en las calles de Saint-Bris, el mismo trajín que en Auxerre; por todas partes toneles y lagares, y toda la población, entre risas y bromas, ocupada en prensar mosto, en bombearlo a los toneles o en llevarlo en grandes cubas por la calle. Entretanto había mercado; en las calles más anchas había carros de campesinos con hortalizas, grano y otros productos del campo; los campesinos con sus gorros blancos de punta y las campesinas con sus pañuelos de madrás en la cabeza se apretujaban entre los viñadores charlando, gritando, riendo; y el pequeño Saint-Bris ofrecía un bullicio tan animado que uno creía estar en una gran ciudad.
Pasado Saint-Bris, el camino volvía a subir una montaña larga y tendida. Pero esta montaña la subí con un placer muy especial. Aquí todo el mundo estaba todavía en plena vendimia, y una vendimia borgoñona es mucho más alegre que incluso una renana. A cada paso encontraba la compañía más alegre, las uvas más dulces y las muchachas más bonitas; pues aquí, donde cada tres horas hay un pueblecito, donde los habitantes, gracias a su comercio de vino, tienen mucho trato con el resto del mundo, reina ya cierta civilización, y nadie adopta esa civilización más deprisa que las mujeres, porque son las que sacan de ella las ventajas más inmediatas y más visibles. A ninguna francesa de ciudad se le ocurre cantar:
¡Ojalá fuera yo tan bonita
como las muchachas del campo!
Llevaría un sombrero de paja amarillo
y una cinta color de rosa.20
Al contrario, sabe demasiado bien que debe todo el cultivo de sus encantos a la ciudad, a verse libre de todos los trabajos duros, a la civilización y a sus cien medios de limpieza y artes de tocador; sabe que las muchachas del campo, aun cuando no hayan heredado ya de sus padres esa tosquedad de huesos tan espantosa para el francés que es el orgullo de la raza germánica, se convierten casi siempre, por el agotador trabajo del campo bajo el sol más abrasador y bajo la lluvia más violenta, por la dificultad de la limpieza, por la falta de todo medio de cultivo del cuerpo, por el atuendo, muy venerable, sí, pero igual de torpe y de mal gusto, en espantapájaros pesados, bamboleantes y cómicamente emperifollados con colores chillones. Sobre gustos no hay nada escrito; nuestros paisanos alemanes se inclinan casi siempre más por la hija del campesino, y puede que no les falte razón: ¡todo el respeto al paso de dragón de una robusta moza de establo y, sobre todo, a sus puños; todo el honor al vestido a cuadros verde hierba y rojo fuego que ciñe su talle formidable; toda la consideración a la irreprochable llanura que va de su nuca a sus talones y que le da, vista por detrás, el aspecto de una tabla forrada de percal de colores! Pero sobre gustos no hay nada escrito, y por eso la parte de mis conciudadanos que difiere de mí, y que no por ello es menos honorable, sabrá perdonarme si las borgoñonas de Saint-Bris y de Vermanton, bien lavadas, bien peinadas y esbeltas, me causaron una impresión más agradable que aquellas becerras de búfalo, molosas, desgreñadas y sucias por naturaleza, de entre el Sena y el Loira, que se le quedan a uno mirando como alelados cuando se lía un cigarrillo y salen corriendo y aullando cuando se les pregunta en buen francés por el camino.
Se me creerá, pues, sin dificultad si digo que pasé más tiempo tumbado en la hierba con los viñadores y las viñadoras, comiendo uvas, bebiendo vino, charlando y riendo, que subiendo la montaña, y que en el mismo tiempo que me llevó esta insignificante loma habría podido subir al Blocksberg o incluso al Jungfrau.21 Tanto más cuanto que de uvas uno puede hartarse sesenta veces al día, y en cada viña tiene así el mejor pretexto para trabar relación con esta gente de ambos sexos, eternamente risueña y complaciente. Pero todo tiene un fin, y también esta montaña. Era ya por la tarde cuando bajé por la otra ladera al encantador valle del Cure, un pequeño afluente del Yonne, hacia el pueblecito de Vermenton, que está situado todavía más bonito que Saint-Bris.
Pero poco después de Vermenton se acaba la hermosa comarca. Uno se va acercando a la loma más alta del Faucillon, que separa las cuencas del Sena, el Ródano y el Loira. Desde Vermenton se sube durante varias horas y se cruza una larga meseta estéril en la que el centeno, la avena y el alforfón desplazan ya más o menos al trigo.22
Philippe Musard (1792-1859), director de orquesta de bailes muy de moda en el París de la monarquía de julio. ↩
Las barreras eran las puertas del recinto de consumos que rodeaba París. ↩
Frase atribuida a los obreros de París tras la revolución de febrero, que se declaraban dispuestos a aguantar tres meses de miseria al servicio de la República. ↩
Juramento burlesco por Hecker, nombre que compartían el republicano de Baden Friedrich Hecker y el fiscal de Colonia que perseguía a la Neue Rheinische Zeitung. Engels había tenido que huir de Colonia a finales de septiembre de 1848 ante una orden de detención; expulsado de Bélgica, llegó a París en octubre. ↩
El 15 de mayo de 1848 una manifestación popular invadió la Asamblea Nacional en París, lo que sirvió de pretexto para detener a los jefes revolucionarios. La insurrección obrera de junio duró del 23 al 26 de junio. ↩
Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano que aplastó la insurrección de junio y fue luego jefe del poder ejecutivo. ↩
El Chant du départ es un himno revolucionario de 1794. Mourir pour la patrie («Morir por la patria») es el estribillo del Chant des Girondins, el himno oficioso de la república burguesa de 1848. ↩
La legua de posta francesa medía unos cuatro kilómetros. ↩
Así en el original, por el inglés boulders o boulder stones: bloques erráticos. ↩
Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873), sobrino de Napoleón, elegido presidente de la República en diciembre de 1848; Armand Marrast (1801-1852), republicano moderado, director del National, presidente de la Asamblea Nacional; Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), jefe de los republicanos demócratas pequeñoburgueses. ↩
Romanza de Adolar en la ópera Euryanthe (1823) de Carl Maria von Weber, maestro de capilla en Dresde, con libreto de Helmina von Chézy. ↩
Los talleres nacionales, creados en París tras la revolución de febrero para dar trabajo a los parados, fueron disueltos en junio de 1848, lo que provocó la insurrección obrera; parte de sus obreros fue enviada a obras públicas en provincias. ↩
Marc Caussidière (1808-1861), republicano revolucionario y prefecto de policía de París tras la revolución de febrero; François Guizot (1787-1874), el último jefe de gobierno de Luis Felipe. ↩
La milla alemana medía unos siete kilómetros y medio. ↩
El maximum era la tasa de precios máximos fijada por la Convención en 1793; los accapareurs, los acaparadores, a los que perseguían sus decretos. ↩
Luis Napoleón Bonaparte fue elegido presidente de la República el 10 de diciembre de 1848, gracias sobre todo al voto campesino. ↩
Impuesto extraordinario de 45 céntimos por cada franco de contribución directa decretado en marzo de 1848 por el gobierno provisional. ↩
Denjoy, diputado de la Asamblea Constituyente francesa de 1848. ↩
La feuillette era una antigua medida francesa de vino; aquí, un tonel. ↩
Versos de la poesía de Goethe «Declaración de guerra» («Kriegserklärung»). ↩
El Blocksberg es el Brocken, la cumbre del Harz; la Jungfrau, uno de los grandes picos de los Alpes berneses. ↩
Aquí se interrumpe el manuscrito. ↩