Crónica escrita por Friedrich Engels en Berna el 6 de diciembre de 1848 y publicada sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 165, del 10 de diciembre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 85-100), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

**Berna, 6 de diciembre. ¿Quién se preocupa de Suiza en estos tiempos de tormentas europeas? Fuera del poder imperial,1 que detrás de cada mata de la orilla izquierda del Rin, de Constanza a Basilea, husmea un francotirador salteador de caminos, a buen seguro nadie. Y, sin embargo, Suiza es para nosotros un vecino importante. Hoy la Bélgica constitucional es el Estado modelo oficial;2 con el tiempo tormentoso que tenemos, ¿quién nos garantiza que mañana no lo será la Suiza republicana? Por lo demás, conozco a más de un republicano feroz que no tiene deseo más alto que llevar al otro lado del Rin la situación política suiza, con sus consejos federales, nacionales, de los Estados3 y demás, grandes y pequeños, hacer de Alemania una Suiza en grande y luego, como señor gran consejero o landammann4 del cantón de Baden, de Hesse o de Nassau, llevar una vida tranquila y sosegada en toda piedad y honestidad.

Suiza nos concierne, pues, ciertamente a los alemanes, y lo que los suizos piensan, dicen, hacen y traman puede ponérsenos como modelo en muy poco tiempo. No puede hacer ningún daño, por tanto, que nos familiaricemos de antemano en cierta medida con las costumbres y las gentes que los veintidós cantones de la «Confederación» han producido en su república federativa.

Es justo que empecemos por examinar la flor y nata de la sociedad suiza, los hombres a los que el propio pueblo suizo ha nombrado sus representantes: me refiero al Consejo Nacional, en el Ayuntamiento de Berna.

Cuando uno sube a la tribuna del Consejo Nacional, no puede menos de asombrarse ante la variedad de figuras que el pueblo suizo ha enviado a Berna para deliberar sobre sus asuntos comunes. Quien no haya visto antes una buena parte de Suiza apenas comprende cómo es posible que un paisito de unos pocos centenares de millas cuadradas y menos de dos millones y medio de habitantes pueda reunir una asamblea tan abigarrada. Y, sin embargo, no hay por qué extrañarse: Suiza es un país en el que se hablan cuatro lenguas distintas, alemán, francés, italiano (o más bien lombardo) y romanche, y que reúne en sí todos los grados de cultura, desde la industria mecánica más desarrollada hasta la vida pastoril más genuina. Y el Consejo Nacional suizo reúne la flor y nata de todas estas nacionalidades y grados de cultura, y por eso tiene de todo menos aspecto nacional.

En esta asamblea, patriarcal a medias, no se puede hablar de escaños fijos ni de partidos separados. Los radicales han hecho un débil intento de sentarse en la extrema izquierda, pero no parece que lo hayan logrado. Cada cual se sienta donde quiere y a menudo cambia de sitio tres o cuatro veces en una sesión. Con todo, la mayoría de los diputados tienen ciertos sitios preferidos que acaban siempre ocupando, y así la asamblea se divide, a pesar de todo, en dos partes bastante netamente separadas. En los tres primeros bancos semicirculares se ven rostros de rasgos marcados, bastante barba, cabellos cuidadosamente arreglados, trajes modernos de corte parisiense; aquí se sientan los representantes de la Suiza francesa e italiana, o, como se dice aquí, los Welsche,5 y desde estos bancos rara vez se habla otra cosa que francés. Pero detrás de los Welsche se sienta una sociedad curiosamente mezclada. No se ven, es cierto, campesinos con trajes nacionales suizos; al contrario, solo gentes por cuya indumentaria ha pasado la mano de una cierta civilización; aquí y allá, incluso, un frac más o menos moderno, al que suele acompañar también una cara decente; después, media docena de tipos de oficial suizo de paisano, uno igual que otro, más solemnes que marciales, algo anticuados en la cara y en la ropa, que recuerdan un tanto al Áyax de Troilo y Crésida;6 y, por último, el grueso, formado por señores más o menos entrados en años y chapados a la antigua, de fisonomía e indumentaria indescriptibles, cada uno distinto, cada uno un tipo por sí mismo y casi siempre también una caricatura. Están representadas aquí todas las variedades del filisteo, del campesino endomingado y del oligarca de cantoncillo, pero todas igual de probas, igual de espantosamente serias, con las mismas pesadas gafas de plata. Son los representantes de la Suiza alemana, y este grueso de la sociedad lo han suministrado los cantones más pequeños y los distritos apartados de los mayores.

Frente a esta asamblea ocupa la presidencia el conocido doctor Robert Steiger, de Lucerna,7 condenado a muerte hace pocos años bajo el régimen de Siegwart-Müller,8 y ahora presidente de la Asamblea Federal suiza. Steiger es un hombre bajo y rechoncho, de facciones marcadas, a las que el pelo blanco, el bigote castaño y hasta las inevitables gafas de plata no dan en absoluto mal relieve. Por lo demás, desempeña su cargo con gran calma y quizá con demasiada moderación.

Como la fisonomía, así la discusión. Los Welsche son los únicos que hablan en forma del todo civilizada y retórica, y tampoco todos ellos. Los berneses, que de entre los suizos alemanes son los que más costumbres welsche han adoptado, son los que más se les acercan. En ellos se encuentra al menos todavía algo de fuego. Los zuriqueses, esos hijos de la Atenas suiza,9 hablan con el aplomo y la mesura que corresponden a un término medio entre catedrático y maestro de gremio, pero siempre «cultos». Los oficiales hablan con lentitud solemne, con poca destreza y poco contenido, pero, eso sí, con una firmeza como si tuvieran a su batallón en orden de combate a sus espaldas. Por último, el grueso de la sociedad aporta oradores más o menos bienintencionados, cavilosos, escrupulosos, que sopesan a derecha e izquierda y que, sin embargo, acaban siempre poniéndose del lado de sus intereses cantonales, y que, por lo demás, hablan casi todos de manera muy tosca y a ratos según principios gramaticales propios. Cuando sale a relucir la cuestión de los gastos, siempre empieza por aquí, sobre todo por los cantones primitivos.10 Uri se ha ganado ya en ambos Consejos una merecida fama a este respecto.

La discusión es, pues, en conjunto, apagada, tranquila, mediocre. Talentos oratorios que triunfarían también en asambleas mayores, el Consejo Nacional cuenta muy pocos; yo no conozco hasta ahora más que dos, Luvini y Dufour, y quizá Eytel. Es verdad que todavía no he oído a varios de los diputados más influyentes; pero ni sus éxitos en la asamblea ni las reseñas de sus discursos en los periódicos son como para autorizar grandes esperanzas. Solo Neuhaus,11 dicen, habla brillantemente. ¿Cómo podrían desarrollarse dotes oratorias en asambleas que representan a lo sumo a unos cientos de miles de personas y tienen que ocuparse de los más mezquinos intereses de distrito? La difunta Dieta12 era, de todos modos, una asamblea más diplomática que legislativa; en ella se podía aprender a retorcer instrucciones y a hacer plausibles las escapatorias, pero no a arrastrar y dominar una asamblea. Los discursos de los consejeros nacionales se limitan, pues, en su mayoría a votos razonados, en los que cada orador expone los hechos que le mueven a votar así o asá, y por eso repite tranquilamente, con la mayor candidez, todo lo que antes de él se ha repetido ya hasta lo insoportable. Los discursos del grueso tienen sobre todo esta franqueza patriarcal. Y cuando uno de estos señores tiene por fin la palabra, se sobreentiende que aprovecha la ocasión para soltar también su opinión sobre todos los incidentes de la discusión, por mucho tiempo que haga que se zanjaron. Entre esta charla familiar de los hombres de bien, unos cuantos discursos principales mantienen a duras penas el hilo del debate, y cuando acaba la sesión uno se confiesa que rara vez ha oído algo más aburrido. El filisteísmo, que da al físico de la asamblea algo original porque rara vez se lo ve en semejante estado clásico, no deja tampoco aquí de ser, en lo moral, chato y soporífero. De pasión hay poco; de ingenio, nada en absoluto. Luvini es el único que habla con una pasión arrebatadora y poderosa; Dufour, el único que impone por una claridad y una precisión auténticamente francesas. Frey, de Basilea-Campiña, representa el humor, en el que también el coronel Bernold hace a veces intentos no del todo fallidos. A los suizos franceses les falta por completo el ingenio francés. Desde que existen los Alpes y el Jura, no se ha producido sobre su lomo ni un retruécano pasable, ni se ha oído una réplica rápida y certera. El suizo francés no es solo sérieux, es grave.

El debate que quiero describir aquí más detenidamente es el del asunto del Tesino y los refugiados italianos en el Tesino. El asunto es conocido: las llamadas maquinaciones de los refugiados italianos en el Tesino sirvieron de pretexto a medidas desagradables por parte de Radetzky;13 el Vorort de Berna14 envió al Tesino representantes federales con amplios poderes y, al mismo tiempo, una brigada de tropas; la insurrección de la Valtelina y de la Valle Intelvi15 movió a cierto número de refugiados a volver a Lombardía, cosa que consiguieron pese a la vigilancia de los puestos fronterizos suizos; cruzaron la frontera, aunque desarmados, tomaron parte en la insurrección, regresaron al territorio del Tesino tras la derrota de los insurrectos de la Valle Intelvi, también desarmados, y el gobierno del Tesino los expulsó. Entretanto, Radetzky endureció sus represalias en la frontera y redobló sus reclamaciones ante los representantes federales.

Estos exigieron la expulsión de todos los refugiados sin distinción; el gobierno del Tesino se negó; el Vorort confirmó las medidas de los representantes; el gobierno del Tesino apeló a la Asamblea Federal, que entretanto se había reunido. Sobre esta apelación y sobre las afirmaciones de hecho aducidas por ambas partes, que se referían sobre todo a la conducta de los tesineses con los representantes y las tropas suizas, tenía que decidir el Consejo Nacional.

La mayoría de la comisión nombrada al efecto propuso la expulsión de todos los refugiados italianos del Tesino, su internamiento en el interior de Suiza, la prohibición de permitir a nuevos refugiados la residencia en el Tesino y, en general, la confirmación y el mantenimiento de las medidas tomadas por el Vorort. Su ponente era el señor Kasimir Pfyffer, de Lucerna.16 Pero, hasta que me abrí paso en la tribuna pública a través de la densa masa de oyentes, el señor Pfyffer había terminado hacía rato su informe, bastante árido, y el señor Pioda tenía la palabra.

El señor Pioda,17 secretario de Estado en el Tesino, que formaba él solo la minoría de la comisión, presenta su propuesta de expulsar únicamente a aquellos refugiados que habían tomado parte en la última insurrección y contra los cuales había, por tanto, un motivo positivo para intervenir. El señor Pioda, mayor y jefe de batallón en la guerra del Sonderbund,18 se portó entonces muy valientemente en Airolo, pese a su dulce aspecto de rubio, y sostuvo su puesto durante una semana frente a un cuerpo de tropas más numeroso, más adiestrado y mejor armado que el suyo y que además ocupaba una posición más ventajosa. Pioda habla con la misma dulzura y el mismo sentimiento que su aspecto. Al principio lo había tomado por un suizo francés, porque habla un francés perfecto, tanto por el acento como por el dominio de la lengua, y me quedé asombrado al oír que era italiano. Pero cuando llegó a los reproches que se hacían a los tesineses, cuando describió frente a ellos la conducta de las tropas suizas, que casi se comportaban como si estuvieran en país enemigo, cuando se acaloró, no desplegó, es verdad, pasión, pero sí aquella elocuencia viva, italiana de pies a cabeza, que emplea unas veces las formas antiguas, otras cierta pompa oratoria moderna, a veces exagerada. Tengo que decir en su honor que en este último aspecto supo guardar la medida y que esos pasajes de su exposición produjeron muy buen efecto. Pero, en conjunto, su discurso fue demasiado largo y demasiado sentimental. Los suizos alemanes poseen el aes triplex de Horacio,19 y contra su pecho, tan duro como ancho, rebotaron sin efecto todas las bellas sentencias, todos los nobles sentimientos del buen Pioda.

Tras él se levantó el señor doctor Alfred Escher, de Zúrich.20 ¡Enhorabuena, este sí es un hombre como el que Suiza necesita! El señor doctor Escher, representante federal en el Tesino, vicepresidente del Consejo Nacional, hijo, si no me equivoco, del conocido mecánico e ingeniero Escher que canalizó el Linth y fundó una enorme fábrica de máquinas cerca de Zúrich. El señor doctor Escher no es tanto un zuriqués como un «ateniense suizo». Su frac y su chaleco los ha hecho el primer sastre de Zúrich; se ve el loable empeño, y en algunos detalles no sin éxito, de satisfacer las exigencias del figurín de modas de París, pero se ve también el pecado original de ciudad imperial, que volvía a llevar una y otra vez la mano del cortador por los viejos y habituales carriles pequeñoburgueses. Como el frac, así el hombre. Los cabellos rubios están cortados con mucho esmero, pero terriblemente a lo burgués, y la barba otro tanto, pues nuestro Alcibíades suizo lleva también, naturalmente, su barba, un capricho que en un zuriqués de «buena familia» recuerda mucho a Alcibíades el Primero. Cuando el señor doctor Escher sube a la presidencia para relevar un momento a Steiger, ejecuta esta maniobra con una mezcla de dignidad y de elegante desenvoltura que podría envidiarle el señor Marrast.21 Se ve claramente cómo aprovecha los pocos momentos para que su espalda, cansada del duro banco, vuelva a descansar en el blando acolchado del sillón. En suma, el señor Escher es todo lo elegante que se puede ser en la Atenas suiza, y además es rico, guapo, de constitución robusta y no tiene más de 33 años. Que las damas de Berna se guarden de este peligroso Alcibíades de Zúrich.

Además, el señor Escher habla con bastante soltura y en un alemán todo lo bueno que le es posible a un ateniense suizo: idioma ático con acento dórico, pero sin faltas gramaticales, y eso no le es dado a cualquier consejero nacional de la Suiza alemana; habla, como todos los suizos, con una solemnidad que espanta. El señor Escher no podría adoptar a los setenta años un tono más solemne que anteayer, y es uno de los más jóvenes de la asamblea. Posee además otra cualidad no suiza. Todo suizo alemán, en efecto, tiene para todos sus discursos, en todas las ocasiones y para toda la vida, un único gesto. El señor doctor Kern, por ejemplo, extiende de lado el brazo derecho, levantado en ángulo recto; los diversos oficiales hacen exactamente el mismo ademán, solo que sostienen el brazo derecho al frente y no de lado; el señor Tanner, de Aarau, hace una reverencia cada tres palabras; el señor Furrer alterna entre de frente, media vuelta a la derecha y media vuelta a la izquierda; en suma, si se junta a todo el Consejo Nacional de habla alemana, sale un telégrafo22 bastante completo. El gesto del señor Escher consiste en extender la mano hacia delante e imitar con ella, de la manera más engañosa, el movimiento del balancín de una bomba.

En cuanto al contenido del discurso del señor doctor Escher, tanto menos necesito repetir esta enumeración de las quejas de los representantes cuanto que casi todas ellas han pasado, por medio de la Neue Zürcher-Zeitung, a la mayoría de los periódicos alemanes. El discurso no contenía absolutamente nada nuevo.

Tras la solemnidad zuriquesa, la pasión italiana: tras el señor doctor Escher, el coronel Luvini. Luvini,23 un soldado excelente al que el cantón del Tesino debe toda su organización militar, que dirigió como jefe militar la revolución de 1840, que en agosto de 1841, cuando los oligarcas y curas derrocados irrumpieron e intentaron una contrarrevolución desde el Piamonte, sofocó la tentativa en un solo día con su rapidez y su energía, y que en la guerra del Sonderbund fue el único que quedó atrapado, solo porque los grisones lo dejaron en la estacada; Luvini se levantó de un salto, con gran rapidez, para defender a sus paisanos contra Escher. Que los reproches del señor Escher se hubieran formulado en el lenguaje afectado, pero exteriormente tranquilo, de un maestro de escuela no les quitaba nada de su amargura; al contrario, todo el mundo sabe que la sabiduría doctrinaria es ya de por sí bastante insoportable e hiriente.

Luvini respondió con toda la pasión del viejo soldado y del tesinés, suizo por casualidad pero italiano por naturaleza:

«¿No se les hace aquí a los tesineses un verdadero reproche de su "simpatía por la libertad italiana"? Sí, es verdad, los tesineses simpatizan con Italia, y estoy orgulloso de que así sea, y no dejaré de pedir a Dios mañana y tarde la liberación de ese país de sus opresores. Sí, diga lo que diga el señor Escher, los tesineses son un pueblo tranquilo y pacífico; pero, desde luego, cuando tienen que ver a diario y a todas horas cómo los soldados suizos fraternizan con los austriacos, con los esbirros de un hombre cuyo nombre no puedo pronunciar nunca sin una amargura que me sale de lo más hondo del alma, con los mercenarios de Radetzky, ¿no han de amargarse ellos, ante cuyos ojos, por así decir, los croatas cometen las atrocidades más espantosas? Sí, los tesineses son un pueblo tranquilo y pacífico, pero, cuando se les envían soldados suizos que toman partido por los austriacos, que en algunos sitios se portan como los croatas, ¡entonces, desde luego, no lo son!» (Sigue una enumeración de hechos sobre la conducta de las tropas suizas en el Tesino.) «Ya es bastante duro y triste ser sojuzgado y esclavizado por extranjeros, pero se soporta con la esperanza del día en que se expulsará a los extranjeros; pero que mis propios hermanos y confederados me esclavicen, que me pongan, por así decir, la soga al cuello, en verdad…»

La campanilla del presidente interrumpió al orador. Luvini fue llamado al orden. Pronunció todavía unas cuantas frases y terminó de forma bastante abrupta y malhumorada.

Al fogoso Luvini le siguió el coronel Michel, de los Grisones. Los grisones, con excepción de los mesolcinos,24 que hablan italiano, han sido siempre malos vecinos de los tesineses, y el señor Michel se mantuvo fiel a sus tradiciones patrias. En el tono más solemne de hombre de bien intentó poner en duda las afirmaciones de los tesineses, se explayó en una larga serie de invectivas y chismes fuera de lugar contra el pueblo tesinés y fue incluso lo bastante torpe y poco noble para reprochar a los tesineses que hicieran (con razón) responsables de su derrota de Airolo a sus paisanos, los de Michel, los grisones. Terminó con la afectuosa propuesta de cargar al gobierno del Tesino con una parte de los gastos de la ocupación de la frontera.

A propuesta de Steiger, el debate se suspendió en este punto.

A la mañana siguiente tomó primero la palabra el señor coronel Berg, de Zúrich. El señor coronel Berg (de su aspecto exterior no hablo, porque, como he dicho, los oficiales suizos alemanes son todos iguales), el señor Berg es comandante del batallón zuriqués estacionado en el Tesino, de cuya conducta arrogante había dado Luvini una multitud de ejemplos. El señor Berg tenía que defender, naturalmente, a su batallón, y como acabó pronto con las afirmaciones de hecho aducidas al respecto, se explayó en una serie de ataques personales desmedidos contra Luvini.

«Luvini», dijo, «debería avergonzarse de sacar a relucir la disciplina de las tropas, y más aún de poner en duda la disciplina de uno de los mejores y más ordenados batallones. Porque, si me hubiera pasado a mí lo que le ha pasado al señor Luvini, hace mucho que habría presentado mi dimisión. Al señor Luvini le pasó que en la guerra del Sonderbund fue derrotado teniendo un ejército superior y que, a la orden de avanzar, respondió que era imposible, que sus tropas estaban desmoralizadas, etc. Por lo demás, deseo hablar de este asunto con el señor Luvini no aquí, sino en otra parte; me gusta mirar a mi adversario a lo blanco de los ojos.»

Todas estas provocaciones e injurias, y otras innumerables, las profirió el señor Berg en un tono mitad digno, mitad bronco. Quería, evidentemente, imitar la fogosa retórica de Luvini, y no consiguió más que un fiasco completo.

Puesto que la historia de Airolo ha aparecido ya dos veces en mi crónica y aparecerá otra vez, quiero recordar brevemente sus circunstancias principales. El plan de Dufour en la guerra del Sonderbund era el siguiente: mientras el ejército principal atacaba Friburgo y Lucerna, los tesineses debían avanzar por el San Gotardo y los grisones por el Oberalp hasta el valle de Urseren, liberar y armar a la población liberal de allí y, con esta diversión, separar el Valais de los cantones primitivos y obligar al ejército principal de los del Sonderbund, en Lucerna, a dividirse. El plan fracasó, primero porque los de Uri y del Valais ocuparon el San Gotardo antes aún de que se abrieran las hostilidades y, segundo, por la tibieza de los grisones. Los grisones no llamaron a filas a las milicias católicas, y aun las tropas llamadas se dejaron detener por la población católica en la jurisdicción de Disentis. El Tesino estaba, pues, completamente solo, y si se piensa que la organización militar de este cantón era todavía muy reciente y que todo el ejército tesinés no pasa de unos 3.000 hombres, se comprende la debilidad del Tesino frente al Sonderbund. Los de Uri, del Valais y de Unterwalden se habían reforzado entretanto hasta más de 2.000 hombres con artillería, y el 17 de noviembre de 1847 bajaron con todas sus fuerzas del San Gotardo e irrumpieron en el Tesino. Las tropas tesinesas estaban escalonadas desde Bellinzona hasta Airolo, valle de la Leventina arriba; su reserva estaba en Lugano. Los del Sonderbund, ocultos por una densa niebla, ocuparon todas las alturas en torno a Airolo, y cuando la niebla se disipó, Luvini vio que la posición estaba perdida antes de que se hubiera disparado un tiro. No obstante, se dispuso a la defensa, y tras un combate de varias horas, en el que los tesineses lucharon con la mayor bravura, sus tropas fueron arrolladas por el enemigo superior. Al principio, algunas unidades cubrieron la retirada; pero, tomados de flanco desde las alturas y batidos por la artillería, los reclutas tesineses cayeron pronto en el mayor desorden y no pudieron ser detenidos hasta ocho horas de Airolo, detrás del Moesa. Quien haya recorrido la carretera del San Gotardo comprende las enormes ventajas que tiene el ejército que avanza desde arriba, sobre todo si posee artillería, y comprende la imposibilidad, para un ejército que huye cuesta abajo, de volver a establecerse en ninguna parte y desplegar sus fuerzas en el estrecho valle. Por lo demás, los tesineses que entraron realmente en combate no eran en modo alguno superiores a los del Sonderbund, sino al revés. De esta derrota, que por lo demás no tuvo más consecuencias, no tenía, pues, la culpa Luvini, sino, primero, sus escasas y poco adiestradas fuerzas, segundo, el terreno desfavorable y, tercero y principalmente, la ausencia de los grisones, que en Disentis se regalaban con vino de la Valtelina en lugar de estar en el Oberalp, y que por fin, por el San Bernardino, acudieron en ayuda de los tesineses con dos batallones post festum.25 ¡Y esta victoria del Sonderbund, en el único lugar donde tuvo la superioridad, se la echan en cara a los tesineses, ignominiosamente abandonados a su suerte, los mismos que los dejaron en la estacada, o los que en Friburgo y Lucerna, luchando tres contra uno, ganaron laureles baratos!

Como ustedes saben, a estas expectoraciones de Berg contra Luvini siguió un duelo en el que el welsche despachó rudamente al zuriqués.

Pero volvamos al debate. El señor doctor Kern, de Turgovia,26 se levantó para apoyar las propuestas de la mayoría. El señor Kern es una figura suiza grande y ancha de hombros, de cara marcada y no desagradable y de cabello algo teatral, más o menos como un honrado suizo se imaginaría a Júpiter olímpico, vestido de manera algo docta, y de una firmeza inquebrantable en la mirada, el tono y el gesto. El señor Kern pasa por uno de los juristas más capaces y perspicaces de Suiza; «con la lógica que le es propia» y con su manera de protestar a lo grande, el presidente del Tribunal Federal entró en la cuestión del Tesino, pero pronto me resultó tan aburrido que preferí irme al Café italien a tomarme un vaso de vino del Valais.

Cuando volví, tras Kern habían hablado Almeras, de Ginebra, Homberger, Blanchenay, de Vaud, y Castoldi, de Ginebra, notabilidades locales más o menos, cuya fama federal está todavía naciendo. En el uso de la palabra estaba Eytel, de Vaud.

El señor Eytel puede pasar en Suiza, donde las personas son grandes en la misma proporción que el ganado vacuno corriente, por un hombre de talla fina, aunque en Francia pasaría por un jeune homme fort robuste.27 Tiene una cara bonita y fina, con bigote rubio y pelo rubio y rizado, y recuerda, como en general los valdenses, más que otros suizos welsche a un francés. No necesito decir que es uno de los principales puntales de los valdenses ultrarradicales, republicanos rojos. Por lo demás, es todavía joven y desde luego no mayor que Escher. El señor Eytel habló con gran viveza contra los representantes federales.

«Se han comportado en el Tesino como si el Tesino no fuera un Estado soberano, sino una provincia que tuvieran que administrar como procónsules; en verdad, si esos señores se hubieran presentado así en un cantón francés, ¡no habrían durado allí mucho tiempo! ¡Y esos señores, en lugar de dar gracias a Dios de que los tesineses les toleraran con tanta calma todas sus ansias de mando y todas sus fantasías, todavía se quejan de que se les recibió mal!»

El señor Eytel habla bastante bien, pero un poco demasiado prolijo. Le pasa lo que a todos los suizos franceses: han perdido la gracia del remate.

El viejo Steiger dijo también desde la presidencia algunas palabras en favor de las propuestas de la mayoría, y luego se levantó por segunda vez nuestro Alcibíades Escher, para contar por segunda vez la historia que ya había contado una vez. Pero esta vez intentó un final retórico al que se le notaba a tres millas el ejercicio escolar.

«O somos neutrales o no lo somos; pero lo que seamos tenemos que serlo del todo; y la vieja lealtad suiza exige que cumplamos nuestra palabra, aunque se la hayamos dado a un déspota.»

De este pensamiento nuevo y contundente, el infatigable brazo del señor Escher bombeó el chorro de una solemne peroración, y, cuando la hubo terminado, Alcibíades volvió a sentarse, visiblemente satisfecho.

El señor Tanner, de Aarau, presidente del tribunal supremo, que se levantó a continuación, es un hombrecillo delgado, de mediana estatura, que habla muy alto, y por cierto cosas muy indiferentes. Su discurso no fue, en el fondo, más que la repetición cien veces de una única falta gramatical.

Le siguió el señor Maurice Barman, del Valais francés.28 No se le nota que en 1844 se batiera tan valientemente en el puente del Trient, cuando los del Alto Valais, a las órdenes de los Kalbermatten, los Riedmatten y otros Matten, contrarrevolucionaron el cantón. El señor Barman tiene un aspecto tranquilo y burgués, pero no desagradable; habla con parsimonia y algo entrecortado. Rechazó los ataques personales de Berg contra Luvini y habló a favor de Pioda.

El señor Battaglini, del Tesino, que tiene un aire algo burgués y a un observador malicioso podría recordarle al doctor Bartolo del Fígaro,29 leyó un tratado bastante largo, en francés, sobre la neutralidad en favor de su cantón, que contiene principios del todo correctos, pero que fue escuchado de manera muy superficial.

De repente cesaron la charla y el ir y venir en la asamblea. Se hizo el mayor silencio y todas las miradas se dirigieron a un hombre viejo, lampiño, calvo, de nariz larga y curva, que empezó a hablar en francés. Este viejecillo, que con su sencilla ropa negra y su aspecto del todo burgués parecía un erudito más que cualquier otra cosa y solo llamaba la atención por una cara expresiva y una mirada viva y penetrante, era el general Dufour,30 el mismo cuya estrategia circunspecta sofocó el Sonderbund casi sin derramamiento de sangre. ¡Qué distancia entre él y los oficiales suizos alemanes de la asamblea! Estos Michel, Ziegler, Berg, etc., estos honrados matasietes, estos bigotes pedantes, hacen frente al pequeño y modesto Dufour una figura de lo más característica. Se ve a primera vista que Dufour fue la cabeza que [dirigió] toda la guerra del Sonderbund y que estos dignos Áyax no fueron más que los puños de los que se sirvió para ejecutar sus decisiones. La Dieta había elegido realmente bien y había dado con el hombre necesario.

Pero cuando se oye hablar a Dufour, entonces sí que uno se asombra. Este viejo oficial de ingenieros, que toda su vida no ha hecho más que organizar escuelas de artillería, redactar reglamentos e inspeccionar baterías, que nunca se ha metido en debates parlamentarios ni ha hablado nunca en público, se presenta con una seguridad, habla con una fluidez, una elegancia, una precisión y una claridad que son admirables y únicas en el Consejo Nacional suizo. Este discurso de estreno de Dufour sobre el asunto del Tesino habría causado, por la forma y la exposición, la mayor sensación en una cámara francesa, y supera en todos los aspectos, y con mucho, el discurso de tres horas con el que Cavaignac se ha convertido en el primer abogado de París,31 si se puede juzgar por el texto impreso en el Moniteur. Pero la belleza del lenguaje es doblemente meritoria en un ginebrino. La lengua nacional de Ginebra es un francés calvinista reformado, ancho, chato, pobre, sin entonación y desmayado. Pero Dufour no hablaba ginebrino, sino francés de verdad, auténtico. Y además las convicciones que manifestó eran tan nobles, tan soldadescas en el buen sentido de la palabra, que hacían resaltar con mayor crudeza aún las envidias de pesebre y las mezquinas estrecheces de cantoncillo de los oficiales suizos alemanes.

«Me alegro de que la neutralidad esté en boca de todos», dijo Dufour. «Pero ¿en qué consiste la neutralidad? Consiste en que no emprendamos ni dejemos emprender nada que ponga en peligro el estado de paz entre Suiza y los Estados vecinos. Nada menos, pero tampoco nada más. Tenemos, pues, derecho a conceder asilo a los refugiados extranjeros; es un derecho del que estamos orgullosos. Lo consideramos un deber que debemos a la desgracia. Pero con una condición: que el refugiado se someta a nuestras leyes, que no emprenda nada que ponga en peligro nuestra seguridad interior y exterior. Que un patriota expulsado por la tiranía se esfuerce también desde nuestro territorio por recuperar la libertad de su patria, lo encuentro explicable y no se lo reprocho, pero entonces también nosotros tenemos que ver lo que hemos de hacer. Por eso, si el refugiado afila su pluma o empuña su fusil contra el gobierno vecino, bien, no lo expulsaremos, eso sería injusto, pero lo alejaremos de la frontera, lo internaremos. Así lo exigen nuestra propia seguridad y nuestra consideración hacia los Estados vecinos; nada menos, pero tampoco nada más. Si, por el contrario, intervenimos no solo contra el francotirador que ha invadido territorio extranjero, sino también contra el hermano, contra el padre del francotirador, contra quien se ha quedado tranquilo, entonces hacemos más de lo que debemos, entonces ya no somos imparciales, entonces tomamos partido por el gobierno extranjero, por el despotismo, contra sus víctimas.» (Bravo general.) «Y precisamente ahora, cuando Radetzky, un hombre con el que seguramente nadie en esta asamblea simpatiza, cuando él nos ha exigido ya este injusto alejamiento de todos los refugiados de la frontera, cuando apoya su exigencia con amenazas e incluso con medidas hostiles, precisamente ahora es cuando menos nos corresponde satisfacer la exigencia injusta de un adversario muy superior, porque parecería que hemos cedido ante la fuerza, que hemos tomado esta decisión porque nos la exige uno más fuerte.» (Bravo.)

Lamento no poder dar más de este discurso ni extractos más literales. Pero aquí no hay taquígrafos, y tengo que escribir de memoria. Baste decir que Dufour asombró a toda la asamblea tanto por sus dotes de orador y por la sencillez de su exposición como por los argumentos contundentes que adujo, y se sentó, en medio de un aplauso general, declarando que votaba por Pioda. Nunca, por lo demás, he oído muestras de aprobación en el Consejo Nacional durante la discusión. La cosa estaba decidida; después del discurso de Dufour no había nada más que decir; la propuesta de Pioda había triunfado.

Pero con esto no se servía a los caballeros del cantoncillo, sacudidos en su conciencia, y a la petición de cierre respondieron con 48 votos por la continuación del debate. Solo 42 votaron por el cierre; la discusión siguió, pues, adelante. El señor Veillon, de Vaud, propuso remitir todo el asunto al Consejo Federal. El señor Pittet, de Vaud, un hombre apuesto de rasgos franceses, habló por Pioda, con fluidez, pero de forma prolija y doctrinaria, y el debate parecía haberse adormecido cuando por fin se levantó el señor presidente de la Confederación, Furrer.

El señor Furrer32 es un hombre en la plenitud de la edad, la pareja de Alcibíades Escher. Si este representa a la Atenas suiza, el señor Furrer representa a Zúrich. Si Escher se inclina hacia el catedrático, Furrer se inclina hacia el maestro de gremio. Los dos juntos representan Zúrich por completo.

El señor Furrer es, naturalmente, un hombre de la neutralidad más incondicional, y, al ver su sistema gravemente amenazado por el discurso de Dufour, tuvo que recurrir a los medios extremos para asegurarse la mayoría. Es cierto que el señor Furrer solo era presidente de la Confederación desde hacía tres días, pero, a pesar de ello, demostró que entiende la política de las cuestiones de gabinete33 tan bien como Duchâtel y como Hansemann.34 Declaró que el Consejo Federal esperaba con enorme expectación la decisión del Consejo Nacional, porque esa decisión daría el giro decisivo a toda la política de Suiza, etc., y tras adornar un poco esta captatio benevolentiae pasó poco a poco a exponer cuál era su opinión y la de la mayoría del Consejo Federal, a saber, que había que atenerse a la política de neutralidad y que la opinión de la mayoría de la comisión era también la de la mayoría del Consejo Federal. Y todo esto lo dijo con una dignidad tan solemne y una voz tan insistente que la cuestión de gabinete asomaba por cada sílaba de su discurso. Ahora bien, hay que saber que en Suiza el poder ejecutivo no es, como en la monarquía constitucional o en la nueva Constitución francesa, un poder independiente junto al legislativo, sino simplemente la emanación y el brazo del poder legislativo. Hay que saber que aquí no es en absoluto costumbre que el poder ejecutivo dimita cuando la asamblea legislativa decide algo distinto de lo que él desea; al contrario, suele ejecutar obedientemente esa decisión y esperar tiempos mejores. Y como el poder ejecutivo consiste también en un consejo elegido que contiene asimismo diversos matices, no tiene tanta importancia que la minoría del consejo ejecutivo tenga en algunas cuestiones la mayoría en el consejo legislativo. Y aquí había por lo menos dos consejeros federales, Druey y Franscini,35 a favor de Pioda y en contra de Furrer. Esta apelación de Furrer a la asamblea era, pues, del todo antiparlamentaria según las costumbres y el modo de ver suizos. ¡Pero qué más da! La voz de peso del señor presidente de la Confederación devolvió el coraje a los caballeros del cantoncillo, y cuando se sentó intentaron incluso un bravo que se perdió en el aire y pidieron a gritos el cierre.

Pero el viejo Steiger fue lo bastante justo para dar antes la palabra al señor Pioda como ponente de la minoría. Pioda habló con la misma calma y el mismo decoro que antes. Refutó una vez más todas las objeciones, resumiendo brevemente el debate. Defendió con calor a su amigo Luvini, cuya fogosa elocuencia quizá lo había arrastrado aquí demasiado lejos, pero que en una ocasión anterior, no debía olvidarse, había conservado su cantón para Suiza. Por último llegó a Airolo y lamentó que se hubiera pronunciado aquí esa palabra, y además que la hubiera pronunciado precisamente la parte de la que menos lo esperaba.

«Es verdad», dijo, «sufrimos una derrota en Airolo. Pero ¿cómo ocurrió? Estábamos solos, nuestro pequeño cantón, poco poblado, contra todo el peso de los cantones primitivos y del Valais, que se arrojaron sobre nosotros y, después de habernos defendido valientemente, nos aplastaron. Es verdad, fuimos derrotados. Pero ¿les corresponde a ustedes» (volviéndose hacia Michel) «reprochárnoslo? Ustedes, señores, ustedes tienen la culpa de que fuéramos derrotados. Ustedes debían estar en el Oberalp y caer sobre el flanco de los del Sonderbund, y quienes no estuvieron allí, quienes nos dejaron en la estacada, fueron ustedes, y por eso fuimos derrotados. Sí, vinieron ustedes, señores, pero cuando ya era demasiado tarde, cuando todo había pasado: ¡solo entonces vinieron por fin!»

Furioso y rojo como un cangrejo, el coronel Michel se levantó de un salto y declaró que aquello era una mentira y una calumnia. Llamado al orden por fuertes murmullos y por la campanilla del presidente, prosiguió algo más tranquilo. No sabía nada de que hubiera tenido que estar en el Oberalp. Solo sabía que, cuando lo llamaron, acudió en ayuda de los tesineses, y él el primero de todos.

Pioda respondió con la misma calma de antes: no se le había ocurrido atacar personalmente al señor Michel; solo había hablado de los grisones en general, y era sin duda un hecho que debían haber apoyado a los tesineses bajando del Oberalp. Si el señor Michel no lo sabía, era fácil de explicar, porque entonces solo mandaba un batallón y bien podían haberle quedado desconocidas las disposiciones generales de la campaña.

Con este intermedio, que dio lugar además a diversas negociaciones privadas entre estos señores fuera de la sala de sesiones y que se zanjó por fin con explicaciones satisfactorias por ambas partes, concluyó el debate. La votación se hizo por llamamiento nominal. Los franceses y cuatro o cinco alemanes votaron con los tesineses; la masa de los suizos alemanes votó en contra; el Tesino quedó despojado del derecho de asilo, se concedieron las exigencias de Radetzky, se proclamó la neutralidad a toda costa, y el señor Furrer pudo quedar satisfecho de sí mismo y del Consejo Nacional.

Así es el Consejo Nacional suizo, la flor de los estadistas suizos. Encuentro que solo se distinguen de otros legisladores por una virtud: una mayor paciencia.

  1. El poder central provisional del Imperio alemán, creado por la Asamblea Nacional de Fráncfort en junio de 1848, con el archiduque Juan de Austria como regente (Reichsverweser). ↩

  2. La Neue Rheinische Zeitung se había burlado ya varias veces de la Bélgica constitucional presentada por la prensa liberal como «Estado modelo». ↩

  3. El Consejo Nacional (Nationalrat) y el Consejo de los Estados (Ständerat), las dos cámaras de la Asamblea Federal creada por la Constitución suiza de septiembre de 1848; el Consejo Federal (Bundesrat) es el gobierno. ↩

  4. Landammann: título del presidente del gobierno en varios cantones suizos. ↩

  5. Welsche: nombre que dan los suizos alemanes a sus compatriotas de lengua francesa o italiana. ↩

  6. En Troilo y Crésida, de Shakespeare, Áyax es un guerrero tan fuerte como necio y vanidoso. ↩

  7. Jakob Robert Steiger (1801-1862), médico y político radical de Lucerna, condenado a muerte en 1845 tras la expedición de los cuerpos francos contra Lucerna; huyó de la cárcel. En diciembre de 1848 presidía el Consejo Nacional. ↩

  8. Konstantin Siegwart-Müller (1801-1869), jefe del gobierno conservador de Lucerna y del Sonderbund. ↩

  9. Así se llamaba a Zúrich por su vida intelectual. ↩

  10. Los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden, núcleo originario de la Confederación. ↩

  11. Johann Karl Friedrich Neuhaus (1796-1849), político radical de Berna. ↩

  12. La Tagsatzung, asamblea de los delegados de los cantones que hacía de órgano federal hasta la Constitución de 1848. ↩

  13. Josef Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, comandante en jefe en Lombardía-Véneto. ↩

  14. El Vorort era el cantón que dirigía los asuntos federales entre las reuniones de la Dieta; en 1847-1848, Berna. ↩

  15. Levantamiento de finales de octubre de 1848 contra el dominio austriaco en el norte de Lombardía, alentado por los partidarios de Mazzini. ↩

  16. Kasimir Pfyffer (1794-1875), jurista y político liberal de Lucerna. ↩

  17. Giovanni Battista Pioda (1808-1882), político radical del Tesino. ↩

  18. El Sonderbund (liga separada) fue la alianza de los siete cantones católicos y conservadores, formada en 1845 y derrotada por el ejército federal en la corta guerra civil de noviembre de 1847. ↩

  19. «Triple bronce»: Horacio, Odas, I, 3, dice que debía de tener «roble y triple bronce» en torno al pecho el primero que se lanzó al mar. ↩

  20. Alfred Escher (1819-1882), político liberal de Zúrich, más tarde gran promotor de ferrocarriles y banquero. Engels se equivoca sobre su padre: la canalización del Linth fue obra de Hans Conrad Escher von der Linth, y la fábrica de máquinas Escher Wyss la fundó Hans Caspar Escher. ↩

  21. Armand Marrast (1801-1852), republicano moderado, director de Le National, presidente de la Asamblea Nacional francesa en 1848. ↩

  22. El telégrafo óptico, de brazos articulados, que transmitía señales de una torre a otra. ↩

  23. Giacomo Luvini (1795-1862), militar y político radical del Tesino. ↩

  24. Los habitantes del valle de Mesolcina (Misox), de lengua italiana, en el cantón de los Grisones. ↩

  25. «Después de la fiesta», cuando ya no hacía falta. ↩

  26. Johann Konrad Kern (1808-1888), jurista y político de Turgovia, presidente del Tribunal Federal. ↩

  27. «Joven muy robusto». ↩

  28. Maurice Barman (1808-1878), político radical del Bajo Valais. El 21 de mayo de 1844, en el puente del Trient, los conservadores del Alto Valais derrotaron a los liberales del Bajo Valais. ↩

  29. El viejo tutor celoso de El barbero de Sevilla, de Beaumarchais. ↩

  30. Guillaume-Henri Dufour (1787-1875), ingeniero militar ginebrino, general en jefe del ejército federal en la guerra del Sonderbund. ↩

  31. El 25 de noviembre de 1848, en la Asamblea Nacional francesa, el general Cavaignac, jefe del poder ejecutivo, se defendió en un largo discurso de las acusaciones sobre su conducta en las jornadas de junio. ↩

  32. Jonas Furrer (1805-1861), abogado de Winterthur, primer presidente de la Confederación suiza (1848). ↩

  33. Plantear una «cuestión de gabinete» es hacer depender de una votación la permanencia del gobierno. ↩

  34. Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior de Luis Felipe. David Hansemann (1790-1864), banquero de Aquisgrán, ministro de Hacienda prusiano de marzo a septiembre de 1848. ↩

  35. Henri Druey (1799-1855), radical de Vaud, y Stefano Franscini (1796-1857), del Tesino, miembros del primer Consejo Federal. ↩