Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núms. 14, 15, 16 y 17, del 14 al 17 de junio de 1848; según la MEW, escrito por Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 64-77), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Núm. 14, 14 de junio de 1848
**Colonia, 13 de junio. La Asamblea pactista1 se ha pronunciado por fin con claridad. Ha desautorizado la revolución y ha reconocido la teoría del pacto.
Los hechos sobre los que tenía que pronunciarse eran los siguientes:
El 18 de marzo el rey prometió una constitución, implantó la libertad de prensa con fianzas2 y se manifestó, en una serie de propuestas, en el sentido de que la unidad de Alemania había de lograrse mediante la absorción de Alemania en Prusia.
Esas fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su contenido real. Que los berlineses se declararan satisfechos con ellas, que marcharan ante el palacio para dar las gracias al rey, es la prueba más clara de que la revolución del 18 de marzo era necesaria. No solo había que revolucionar el Estado; también a sus ciudadanos. Solo en una sangrienta lucha de liberación podían quitarse de encima su condición de súbditos.
El famoso «malentendido»3 provocó la revolución. Es verdad que hubo un malentendido. El ataque de los soldados, la prolongación de la lucha durante dieciséis horas, la necesidad en que se vio el pueblo de imponer la retirada de las tropas: todo eso prueba de sobra que el pueblo había malentendido por completo las concesiones del 18 de marzo.
Los resultados de la revolución fueron: por un lado, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía popular conquistada de hecho; por el otro, la conservación de la monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann,4 es decir, el gobierno de los representantes de la alta burguesía.
La revolución tuvo, pues, dos series de resultados que por fuerza tenían que divergir. El pueblo había vencido; había conquistado libertades de naturaleza decididamente democrática; pero el poder inmediato no pasó a sus manos, sino a las de la gran burguesía.
En una palabra, la revolución no había concluido. El pueblo había consentido que se formara un ministerio de grandes burgueses, y los grandes burgueses demostraron enseguida sus tendencias ofreciendo una alianza a la vieja nobleza prusiana y a la burocracia. Arnim, Kanitz y Schwerin entraron en el ministerio.5
La alta burguesía, antirrevolucionaria desde siempre, cerró por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y a la burguesía democrática, una alianza ofensiva y defensiva con la reacción.
Los partidos reaccionarios coaligados empezaron su lucha contra la democracia poniendo en tela de juicio la revolución. Se negó la victoria del pueblo; se fabricó la famosa lista de los «diecisiete militares muertos»; se denigró de todas las maneras posibles a los combatientes de las barricadas. Y no bastó con eso. El ministerio convocó de verdad la Dieta Unida, que había sido llamada antes de la revolución, y le hizo fabricar post festum6 el tránsito legal del absolutismo a la constitución. Con ello negaba lisa y llanamente la revolución. Además, inventó la teoría del pacto, con lo que negó una vez más la revolución y negó a la vez la soberanía popular.
La revolución fue, pues, puesta realmente en tela de juicio, y pudo serlo porque solo era una media revolución, solo el comienzo de un largo movimiento revolucionario.
No podemos entrar aquí en por qué y en qué medida el actual dominio de la alta burguesía en Prusia es una etapa de transición necesaria hacia la democracia, ni en por qué la alta burguesía se pasó a la reacción en cuanto subió al trono. De momento nos limitamos a dar cuenta del hecho.
La Asamblea pactista tenía que pronunciarse ahora sobre si reconocía o no la revolución.
Pero reconocer la revolución en esas circunstancias equivalía a reconocer el lado democrático de la revolución frente a la alta burguesía, que quería confiscarla.
Reconocer la revolución equivalía en ese momento a reconocer precisamente las medias tintas de la revolución y, con ello, el movimiento democrático, que se dirige contra una parte de los resultados de la revolución. Equivalía a reconocer que Alemania se halla en un movimiento revolucionario en el que el ministerio Camphausen, la teoría del pacto, las elecciones indirectas, el dominio de los grandes capitalistas y los productos de la propia asamblea pueden ser, desde luego, estaciones de paso inevitables, pero de ningún modo resultados definitivos.
El debate de la Cámara sobre el reconocimiento de la revolución se llevó por ambas partes con gran prolijidad y gran interés, pero con asombrosamente poco ingenio. Pocas cosas hay más ingratas de leer que esta discusión difusa, interrumpida a cada momento por el alboroto o por sutilezas reglamentarias. En lugar de la gran pasión de la lucha de partidos, una fría tranquilidad de ánimo que amenaza a cada instante con caer en el tono de la conversación de salón; en lugar del filo cortante de la argumentación, una palabrería larga y enredada que salta de un asunto a otro; en lugar de la réplica contundente, aburridos sermones sobre la esencia y la naturaleza de la moralidad.
Tampoco la izquierda se ha lucido especialmente en este debate. La mayoría de sus oradores se repiten unos a otros; ninguno se atreve a ir decididamente al fondo de la cuestión y a presentarse abiertamente como revolucionario. Temen en todo momento chocar, herir, asustar. Si los combatientes del 18 de marzo no hubieran demostrado en la lucha más energía y más pasión que los señores de la izquierda en el debate, mal andarían las cosas en Alemania.
Núm. 15, 15 de junio de 1848
**Colonia, 14 de junio. El diputado Berends,7 de Berlín, abrió el debate presentando la moción siguiente:
«La Asamblea, en reconocimiento de la revolución, declara que los combatientes del 18 y el 19 de marzo han merecido bien de la patria».
La forma de la moción, la fórmula lacónica de la antigua Roma que había retomado la gran Revolución francesa, era muy adecuada.
Tanto más inadecuada fue, en cambio, la manera en que el señor Berends desarrolló su moción. No habló como revolucionario, sino como conciliador. Tenía que defender la ira de los combatientes de las barricadas, insultados, ante una asamblea de reaccionarios, y adoctrinó con toda calma y sequedad, como si todavía hablara como profesor de la Asociación de Artesanos de Berlín. Tenía que defender una cosa completamente sencilla, completamente clara, y su exposición es lo más enrevesado que pueda leerse.
El señor Berends empieza así:
«¡Señores! El reconocimiento de la revolución está en la naturaleza misma de las cosas (!). Nuestra propia asamblea es un reconocimiento parlante del gran movimiento que ha recorrido todos los países civilizados de Europa. La asamblea ha surgido de esta revolución; su existencia es, por tanto, de hecho el reconocimiento de la revolución».
Primero. No se trata en absoluto de reconocer en general como un hecho el «gran movimiento que ha recorrido todos los países civilizados de Europa»; eso sería superfluo y no diría nada. De lo que se trata es de reconocer como una revolución auténtica, real, la lucha callejera de Berlín, que se hace pasar por un motín.
Segundo. La asamblea de Berlín es, desde luego, por un lado un «reconocimiento de la revolución», en la medida en que sin la lucha callejera de Berlín no se habría llegado a una constitución «pactada», sino a lo sumo a una otorgada. Pero por la manera en que fue convocada, por el mandato que le dieron la Dieta Unida y el ministerio, se ha convertido igualmente en una negación de la revolución. Una asamblea que está «en el terreno de la revolución» no pacta: decreta.
Tercero. La asamblea había reconocido ya la teoría del pacto en la votación sobre el mensaje,8 y ya había renegado de la revolución en la votación en contra de ir en cortejo a la tumba de los caídos. Ha renegado de la revolución por el mero hecho de «reunirse» junto a la Asamblea de Fráncfort.
La moción del señor Berends había sido, pues, rechazada de hecho ya dos veces. Esta vez, en que la asamblea tenía que pronunciarse abiertamente, tanto más había de fracasar.
Puesto que la asamblea era ya reaccionaria, puesto que estaba claro que el pueblo no tenía nada más que esperar de ella, a la izquierda le interesaba que la minoría a favor de la moción fuera lo más pequeña posible y comprendiera solo a los miembros más decididos.
El señor Berends no tenía, por tanto, por qué andarse con miramientos. Debía presentarse de la manera más decidida, más revolucionaria posible. En lugar de aferrarse a la ilusión de que la asamblea era constituyente y quería serlo, de que la asamblea se hallaba en el terreno de la revolución, tenía que declararle que ya había renegado indirectamente de la revolución e instarla a hacerlo ahora abiertamente.
Pero no solo él: los oradores de la izquierda en general no han seguido esta política, la única adecuada al partido democrático. Se entregaron a la ilusión de poder persuadir a la asamblea de dar un paso revolucionario. Por eso hicieron concesiones, suavizaron, hablaron de reconciliación y con ello renegaron ellos mismos de la revolución.
El señor Berends sigue disertando, con un modo de pensar muy frío y un lenguaje muy acartonado, sobre las revoluciones en general y sobre la revolución de Berlín en particular. En el curso de sus consideraciones llega a la objeción de que la revolución fue superflua porque el rey ya lo había concedido todo antes. Y responde:
«Es verdad que Su Majestad el rey había concedido muchas cosas... pero ¿se había logrado con esa concesión la satisfacción del pueblo? ¿Se nos había dado la garantía de que esa promesa se haría verdaderamente realidad? Yo creo que esa garantía... ¡solo se obtuvo después de la lucha!... Está fundado que una transformación semejante del Estado solo puede nacer y asentarse firmemente en grandes catástrofes de lucha. Había un gran hecho que el 18 de marzo todavía no se había concedido: el armamento del pueblo... Solo cuando el pueblo estuvo armado se sintió seguro frente a la posibilidad de malentendidos... La lucha es, pues (!), sin duda una especie de fenómeno natural (!), pero un fenómeno necesario... la catástrofe en la que la transformación de la vida del Estado se hace realidad, se hace verdad».
De esta larga y enredada exposición, plagada de repeticiones, se desprende con toda claridad que el señor Berends no tiene ninguna idea clara de los resultados ni de la necesidad de la revolución. De sus resultados solo conoce la «garantía» de las promesas del 18 y el «armamento del pueblo»; su necesidad la construye por vía filosófica, parafraseando otra vez la «garantía» en un estilo más elevado y asegurando finalmente que ninguna revolución puede llevarse a cabo sin revolución.
Que la revolución era necesaria solo puede querer decir que era necesaria para obtener lo que ahora hemos obtenido. La necesidad de la revolución está en relación directa con sus resultados. Pero como el señor Berends no tiene claros los resultados, naturalmente tiene que recurrir a protestas exaltadas para construir su necesidad.
¿Cuáles fueron los resultados de la revolución? En modo alguno la «garantía» de las promesas del 18, sino más bien el derrocamiento de esas promesas.
El 18 se había prometido una monarquía en la que la nobleza, la burocracia, el ejército y los curas conservaran la sartén por el mango, pero permitieran a la alta burguesía el control mediante una constitución regalada y la libertad de prensa con fianzas. Para el pueblo, banderas alemanas, flota alemana y servicio militar federal alemán en lugar del prusiano.
La revolución derribó todos los poderes de la monarquía absoluta: nobleza, burócratas, ejército y curas. Llevó al poder exclusivamente a la alta burguesía. Dio al pueblo el arma de la libertad de prensa sin fianzas, el derecho de asociación y, al menos en parte, también el arma material, el mosquete.
Pero ese no es todavía el resultado principal. El pueblo que luchó y venció en las barricadas es un pueblo muy distinto del que el 18 de marzo marchó ante el palacio para que unas cargas de dragones le explicaran el alcance de las concesiones recibidas. Es capaz de cosas muy distintas; se sitúa frente al gobierno de un modo muy distinto. La conquista más importante de la revolución es la revolución misma.
«Como berlinés puedo decir que ha sido para nosotros un sentimiento doloroso» (¡nada más!) «ver... vilipendiada esta lucha... Enlazo con las palabras del señor presidente del Consejo de Ministros, que... expuso que es cosa de un gran pueblo y de todos sus representantes obrar con templanza para la reconciliación. Esa templanza es la que reclamo al proponerles, como representante de Berlín, el reconocimiento del 18 y el 19 de marzo. El pueblo de Berlín se ha comportado sin duda, en conjunto, de manera muy honrosa y digna durante todo el tiempo posterior a la revolución. Puede que se hayan producido excesos aislados... y así creo que es oportuno que la asamblea declare, etc., etc.».
A esta conclusión cobarde, que reniega de la revolución, solo tenemos que añadir que con semejante fundamentación la moción merecía fracasar.
Núm. 16, 16 de junio de 1848
**Colonia, 14 de junio. La primera enmienda que se opuso a la moción Berends debió su breve existencia al diputado señor Brehmer. Era una declaración prolija y bienintencionada en la que se reconocían 1) la revolución, 2) la teoría del pacto, 3) todos los que habían contribuido al vuelco producido y 4) la gran verdad de que
No son corceles ni jinetes
los que guardan la empinada cumbre
donde están los príncipes,9
con lo cual, al final, la propia revolución quedaba vertida de nuevo en una expresión genuinamente prusiana. El buen señor Brehmer, profesor de instituto, quería quedar bien con todos los partidos, y ninguno quiso saber nada de él. Su enmienda se despachó sin discusión, y el señor Brehmer se retiró con toda la resignación de un filántropo desengañado.
A la tribuna se dirigió el señor Schulze (de Delitzsch).10 El señor Schulze también es un admirador de la revolución, pero no tanto de los combatientes de las barricadas como de la gente de la mañana siguiente, del llamado «pueblo», a diferencia de los «combatientes». Desea que se reconozca además, en especial, la «actitud del pueblo después de la lucha». Su entusiasmo no conoció límites al oír hablar
«de la moderación y la sensatez del pueblo cuando ya no tenía ningún adversario (!) delante... de la seriedad, de la reconciliación del pueblo... de su actitud ante la dinastía... vimos que el pueblo era muy consciente de estar en esos momentos mirando a los ojos, cara a cara, a la historia misma»!!
El señor Schulze no se entusiasma tanto con la actividad revolucionaria del pueblo en la lucha como con su inactividad nada revolucionaria después de la lucha.
Reconocer la magnanimidad del pueblo después de la revolución solo puede significar dos cosas:
O bien significa ofender al pueblo, pues sería una ofensa al pueblo reconocerle como mérito que después de la victoria no cometa bajezas.
O bien significa reconocer el aflojamiento del pueblo tras la victoria de las armas, que da a la reacción ocasión de levantarse de nuevo.
Para «unir ambas cosas», el señor Schulze ha expresado su «admiración elevada a entusiasmo» por el hecho de que el pueblo, primero, se comportó decentemente y, segundo, dio a la reacción ocasión de recobrarse.
La «actitud del pueblo» consistió en que se dedicó, lleno de entusiasmo, a «mirar a los ojos, cara a cara, a la historia misma», cuando debería haber hecho la historia; en que, de tanta «actitud», «moderación», «sensatez», «profunda seriedad» e «imborrable consagración», no llegó a impedir que los ministros le escamotearan una tras otra las piezas de la libertad conquistada; en que declaró concluida la revolución en lugar de proseguirla. ¡Qué distinto ha sido el comportamiento de los vieneses, que han ido derrotando a la reacción golpe tras golpe y han conquistado ahora una Dieta constituyente en lugar de una pactista!11
El señor Schulze (de Delitzsch) reconoce, pues, la revolución con la condición de no reconocerla. Por ello se le premió con un sonoro bravo.
Tras un pequeño intermedio reglamentario sube al escenario el propio señor Camphausen. Observa que, según la moción Berends, «la asamblea debe pronunciarse sobre una idea, emitir un juicio». Para el señor Camphausen la revolución no es más que una «idea». Por eso «deja» a la asamblea que decida si quiere hacerlo. Sobre el fondo del asunto «quizá no exista», en su opinión, «una divergencia de opiniones de gran alcance», según el hecho de todos conocido de que, cuando dos burgueses alemanes discuten, siempre están au fond12 de acuerdo.
«Si se quiere repetir que... ha comenzado un período que ha de traer como consecuencia» (o sea, que todavía no las ha traído) «las transformaciones más considerables..., nadie puede estar más de acuerdo que yo».
«Si, por el contrario, se quiere expresar que el Estado y el poder del Estado han perdido su fundamento jurídico, que ha tenido lugar un derrocamiento violento del poder existente..., entonces protesto contra semejante interpretación».
El señor Camphausen cifraba hasta ahora su mayor mérito en haber vuelto a anudar el hilo roto de la legalidad; ahora sostiene que nunca llegó a romperse. Por mucho que los hechos le den en la cara, el dogma de la transmisión legal ininterrumpida del poder desde Bodelschwingh13 hasta Camphausen no tiene por qué preocuparse de los hechos.
«Si se quiere dar a entender que nos hallamos en el umbral de situaciones como las que conocemos por la historia de la revolución inglesa en el siglo XVII y de la francesa en el XVIII, situaciones que terminan con el paso del poder a manos de un dictador»,
entonces el señor Camphausen tiene que protestar igualmente.
Nuestro pensador amigo de la historia no podía, naturalmente, dejar pasar la ocasión de colocar, a propósito de la revolución de Berlín, esas reflexiones que el burgués alemán gusta tanto más de oír cuanto más a menudo las ha leído en Rotteck.14 La revolución de Berlín no puede haber sido una revolución, aunque solo sea porque en tal caso se habría visto obligada a engendrar un Cromwell o un Napoleón, cosa contra la que protesta el señor Camphausen.
El señor Camphausen permite finalmente a sus pactistas «expresar sus sentimientos por las víctimas de un funesto choque», pero observa que aquí «lo esencial, y mucho, depende de la expresión», y desea que todo el asunto se remita a una comisión.
Tras un nuevo incidente reglamentario aparece por fin un orador que sabe conmover corazones y entrañas porque va al fondo de la cuestión. Es Su Reverencia el señor pastor Müller, de Wohlau, que interviene a favor del añadido de Schulze. El señor pastor «no quiere entretener mucho tiempo» a la asamblea, «sino solo plantear un punto muy esencial».
Con ese fin el señor pastor somete a la asamblea la siguiente pregunta:
«La moción nos ha llevado al terreno moral, y si no la tomamos en su superficie» (¿cómo se hace para tomar una cosa en su superficie?), «sino en su profundidad» (hay una profundidad vacía como hay una amplitud vacía), «no podremos dejar de reconocer, por difícil que sea esta consideración, que no se trata ni de más ni de menos que del reconocimiento moral de la insurrección; y por eso pregunto: ¿es moral una insurrección o no lo es?».
No se trata de una cuestión política de partido, sino de algo infinitamente más importante: de un problema teológico-filosófico-moral. La asamblea no ha de pactar con la Corona una constitución, sino un sistema de filosofía moral. «¿Es moral una insurrección o no?» De eso depende todo. ¿Y qué respondió el señor pastor a la asamblea, sin aliento por la expectación?
«Pero no creo que estemos en el caso de tener que decidir aquí este elevado principio moral»!!
El señor pastor solo ha ido al fondo de la cuestión para declarar que no encuentra fondo.
«Ha sido objeto de la reflexión de muchos hombres profundos, y sin embargo no han llegado a ninguna decisión precisa. Tampoco nosotros alcanzaremos esa claridad en el curso de un debate rápido».
La asamblea queda como fulminada. El señor pastor le plantea un problema moral con filo cortante y con toda la seriedad que el asunto exige; se lo plantea para declararle a continuación que el problema no tiene solución. En esta situación angustiosa los pactistas debieron de sentirse como si estuvieran ya de verdad «en el terreno de la revolución».
Pero no era más que una sencilla maniobra pastoral del señor pastor para llevar a la asamblea a la penitencia. Tiene preparada una gotita de bálsamo para los contritos:
«Creo que hay todavía un tercer punto de vista que debe tenerse aquí en cuenta: aquellas víctimas del 18 de marzo actuaron en un estado que no permite una decisión moral»!!
Los combatientes de las barricadas no eran imputables.
«Pero si me preguntan si los considero moralmente legitimados, respondo con energía: “¡Sí!”».
Nosotros preguntamos: si la palabra de Dios se hace elegir en el campo para venir a Berlín solo para aburrir a todo el público con su casuística moralizante, ¿es eso moral o no es moral?
El diputado Hofer protesta contra todo ello en su calidad de campesino de Pomerania.
«Pues ¿quiénes eran los militares? ¿No eran nuestros hermanos y nuestros hijos? Piensen bien en la impresión que causará cuando el padre, a orillas del mar» (en wendo, po more, es decir, Pomerania) «se entere de cómo ha sido tratado aquí su hijo».
Los militares pueden haberse comportado como quieran, pueden haberse prestado a ser instrumento de la traición más infame: da igual, eran nuestros muchachos de Pomerania, y por eso, ¡tres hurras por ellos!
El diputado Schultz, de Wanzleben: señores, hay que reconocer a los berlineses. Su valor no ha tenido límites. No solo vencieron el miedo a los cañones.
«¡Qué es el miedo a ser destrozado por la metralla si se lo compara con el peligro de que a uno le impongan, por alborotador callejero, penas duras, quizá infamantes! ¡El valor que hace falta para emprender esta lucha es tan sublime que ni siquiera el valor ante las bocas abiertas de los cañones puede compararse con él!».
Así pues, los alemanes no hicieron ninguna revolución antes de 1848 porque tenían miedo al comisario de policía.
El ministro Schwerin interviene para declarar que dimitirá si se aprueba la propuesta de Berends.
Elsner y Reichenbach15 hablan en contra del añadido de Schulze.
Dierschke observa que hay que reconocer la revolución porque «la lucha de la libertad moral aún no ha concluido» y porque la asamblea ha sido también «convocada por la libertad moral».
Jacoby16 exigió el «pleno reconocimiento de la revolución con todas sus consecuencias». Su discurso fue el mejor de toda la sesión.
Por fin, tras tanta moral, tanto aburrimiento, tanta indecisión y tanta reconciliación, nos alegra ver subir a la tribuna a nuestro Hansemann. Ahora por fin oiremos algo decidido, algo con pies y cabeza... Pues no: también el señor Hansemann se presenta hoy templado, conciliador. Tiene sus razones; no hace nada sin tener sus razones. Ve que la asamblea vacila, que la votación es insegura, que todavía no se ha encontrado la enmienda adecuada. Quiere que se aplace el debate.
Con ese fin pone todo su empeño en hablar con la mayor mansedumbre posible. El hecho está ahí, es indiscutible. Solo que unos lo llaman revolución y otros «grandes hechos». No debemos
«olvidar que aquí no ha tenido lugar una revolución como en París, como antes en Inglaterra, sino que aquí ha tenido lugar una transacción entre la Corona y el pueblo» (¡extraña transacción, con metralla y balas de fusil!). «Precisamente porque nosotros» (los ministros) «no tenemos en cierto sentido objeción alguna contra la esencia del asunto, pero, por otra parte, la expresión ha de elegirse de modo que siga siendo posible la base de gobierno sobre la que nos hallamos»...
por eso, que se aplace el debate para que los ministros puedan deliberar.
¡Lo que debió de costarle a nuestro Hansemann recurrir a semejantes giros y admitir que la «base» sobre la que se halla el gobierno es tan débil que una «expresión» puede derribarla! Solo le compensó el placer de poder convertir de nuevo el asunto en cuestión de gabinete.
El debate quedó, pues, aplazado.
Núm. 17, 17 de junio de 1848
Colonia, 14 de junio. Segundo día. El debate empieza de nuevo con largas discusiones reglamentarias. Una vez despachadas, interviene
el señor Zachariä. Le toca proponer la enmienda que ha de sacar a la asamblea del apuro. Se ha encontrado la gran palabra ministerial. Dice así:
«La Asamblea, considerando que la alta significación de los grandes acontecimientos de marzo, a los que, junto con el consentimiento real» (que también fue un «acontecimiento de marzo», aunque no «grande»), «debemos la presente situación jurídico-política, así como el mérito de los combatientes por ella» (por el consentimiento real, se entiende), «son indiscutibles (!!), y que además la Asamblea no ve su tarea en emitir juicios» (¡la asamblea ha de declarar que no tiene juicio!), «sino en pactar la constitución con la Corona, pasa al orden del día».
Esta moción confusa, inconsistente, que hace reverencias a diestro y siniestro, y de la que el señor Zachariä se jacta de que «cada cual, incluso el señor Berends, encontrará en ella todo lo que haya podido proponerse con el buen propósito con que presentó su moción», este puré agridulce es, pues, la «expresión» sobre cuya «base» «se halla» y puede hallarse el ministerio Camphausen.
El señor pastor Sydow,17 de Berlín, animado por el éxito de su colega Müller, sube también al púlpito. La cuestión moral le ronda por la cabeza. Lo que Müller no pudo, él sabrá resolverlo.
«Señores, permítanme decir ya en este punto» (después de llevar media hora predicando) «lo que me dicta el sentimiento del deber: si el debate continúa, a mi juicio nadie debe callar hasta haber cumplido su deber de conciencia. (¡Bravo!)
Permítanme una observación personal. Mi opinión sobre una revolución es (¡a la cuestión!, ¡a la cuestión!) que, cuando se produce una revolución, no es más que el síntoma de una culpa por ambas partes, la de los gobernantes y la de los gobernados. Esta» (esta trivialidad, la manera más barata de despachar el asunto) «es la opinión moral superior sobre el asunto, y (!) no nos anticipemos al juicio cristiano y moral de la nación». (¿Para qué creen entonces estos señores que están allí?) (Agitación. ¡Al orden del día!)
«Pero, señores», prosigue el impertérrito paladín de la opinión moral superior y del juicio cristiano y moral de la nación, al que no hay que anticiparse, «no soy de la opinión de que no puedan llegar tiempos en que la legítima defensa política (!) de un pueblo irrumpa con la necesidad de un fenómeno natural, y... entonces soy de la opinión de que el individuo puede participar en ella de manera plenamente moral». (¡Gracias a la casuística, estamos salvados!) «Aunque también, posiblemente, de manera inmoral; eso habrá que dejarlo entonces a su conciencia»!!
Los combatientes de las barricadas no tienen que comparecer ante la llamada18 Asamblea Nacional, sino ante el confesonario. Con eso queda zanjado el asunto.
El señor pastor Sydow declara además que tiene «valor», se extiende sobre la soberanía popular desde el punto de vista de la opinión moral superior, es interrumpido otras tres veces por un alboroto impaciente y vuelve a su asiento con la gozosa conciencia de haber cumplido su deber de conciencia. El mundo sabe ahora de qué opinión es el pastor Sydow y de qué opinión no lo es.
El señor Plönnis declara que habría que dejar correr el asunto. Una declaración acosada hasta la extenuación con tantas enmiendas y subenmiendas, con tantos debates y tantas trifulcas, ya no tiene ningún valor. El señor Plönnis tiene razón. Pero no podía hacerle a la asamblea peor favor que llamar la atención sobre esta circunstancia, sobre esta prueba de la cobardía de tantos miembros de ambos lados.
El señor Reichensperger, de Tréveris:
«No estamos aquí para construir teorías y decretar la historia; debemos, a ser posible, hacer la historia».
¡En absoluto! Al aprobar el orden del día motivado, la asamblea decide que está aquí, al contrario, para deshacer la historia. Que es, desde luego, también una manera de «hacer la historia».
«Recuerdo el dicho de Vergniaud19 de que la revolución está a punto de devorar a sus propios hijos».
¡Por desgracia, no! ¡Lo que está a punto es más bien de ser devorada por sus propios hijos!
El señor Riedel ha descubierto que en la moción Berends «no solo ha de entenderse lo que dicen sencillamente las palabras, sino que tras ella se esconde una lucha de principios». ¡Y esta víctima de la «opinión moral superior» es consejero privado de archivos y catedrático!20
De nuevo se dirige al escenario un reverendísimo señor párroco. Es el señor Jonas,21 el predicador de damas de Berlín. Parece que de verdad ha tomado a la asamblea por un auditorio de señoritas de buena familia. Con toda la pretenciosa prolijidad de un auténtico schleiermacheriano predica una serie interminable de los lugares comunes más triviales sobre la importantísima diferencia entre revolución y Reforma. Antes de terminar siquiera la introducción de su sermón ya le habían interrumpido tres veces; finalmente soltó la gran frase:
«La revolución es algo que contradice de plano nuestra conciencia religiosa y moral presente. Una revolución es un acto que bien pudo tenerse por grande y glorioso en la Antigüedad griega y romana, pero en el cristianismo...» (Violenta interrupción. Confusión general. Esser, Jung, Elsner, el presidente e innumerables voces se mezclan en el debate. Por fin el apreciado orador sagrado recupera la palabra).
«En todo caso, niego a la asamblea el derecho a votar sobre principios religiosos y morales; sobre ellos no puede votar ninguna asamblea» (¿y el consistorio, el sínodo?). «Querer decretar o declarar que la revolución es un alto modelo moral o cualquier otra cosa» (o sea, cualquier cosa en general) «me parece exactamente como si la asamblea quisiera resolver que hay un Dios, o que no lo hay, o que hay varios».
Ahí lo tenemos. El predicador de damas ha conseguido llevar de nuevo la cuestión al terreno de la «opinión moral superior», y ahora, naturalmente, solo compete a los concilios protestantes, a los fabricantes de catecismos del sínodo.
¡Gracias a Dios! Tras toda esta humareda moral sube por fin nuestro Hansemann. Con este espíritu práctico estamos completamente a salvo de la «opinión moral superior». El señor Hansemann despacha todo el punto de vista moral con una sola observación desdeñosa:
«¿Tenemos, les pregunto, tiempo suficiente para meternos en semejantes luchas de principios?».
El señor Hansemann recuerda que ayer un diputado habló de obreros sin pan. El señor Hansemann aprovecha esta observación para dar un hábil giro. Habla de la penuria de la clase obrera, lamenta su miseria y pregunta:
«¿Cuál es la causa de la penuria general? Creo... que todo el mundo lleva dentro el sentimiento de que todavía no hay certeza para nada de lo existente mientras nuestra situación jurídico-política no esté ordenada».
El señor Hansemann habla aquí con toda el alma. ¡Hay que restablecer la confianza!, exclama; y el mejor medio para restablecer la confianza es renegar de la revolución. Y entonces el orador del ministerio que «no ve ninguna reacción» se explaya en una descripción aterradora de la importancia de los sentimientos amistosos de la reacción.
«Les conjuro a fomentar la concordia entre todas las clases» (¡infligiendo un ultraje a las clases que han hecho la revolución!); «les conjuro a fomentar la concordia entre el pueblo y el ejército; piensen que en el ejército descansan nuestras esperanzas de mantener nuestra independencia» (¡en Prusia, donde todo el mundo es soldado!); «piensen en las difíciles circunstancias en que nos encontramos; no necesito explicárselo más: el lector atento de los periódicos» (y sin duda estos señores lo son todos) «reconocerá que estas circunstancias son difíciles, sumamente difíciles. No considero oportuno hacer en este momento una declaración por la que se siembre en el país la semilla de la discordia... Por eso, señores, reconcilien a los partidos, no planteen ninguna cuestión con la que provoquen a los adversarios, porque eso sucedería con toda seguridad. La aprobación de la moción podría tener las más tristes consecuencias».
¡Cómo debieron de sonreír los reaccionarios al ver que Hansemann, tan resuelto de ordinario, no solo metía a la asamblea en el miedo con sus palabras, sino que se metía en él a sí mismo!
Esta apelación al miedo de los grandes burgueses, abogados y maestros de escuela de la Cámara surtió más efecto que todas las frases sentimentales sobre la «opinión moral superior». El asunto estaba decidido. D'Ester22 se lanzó todavía a la refriega para frustrar el efecto, pero en vano; se cerró el debate, y por 196 votos contra 177 se aprobó el orden del día motivado de Zachariä.
La asamblea pronunció así contra sí misma la sentencia de que no tiene juicio.
Vereinbarungsversammlung: así llamaban Marx y Engels, con ironía, a la Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848 para «pactar» (vereinbaren) una constitución con la Corona en lugar de darla por su propia soberanía; de ahí la «teoría del pacto» (Vereinbarungstheorie) del ministerio Camphausen y los «pactistas» (Vereinbarer), sus diputados. ↩
La fianza (Kaution) era el depósito en dinero que se exigía a los editores de periódicos como garantía frente a las multas; encarecía la prensa y la dejaba en manos de quien pudiera pagarla. ↩
En su proclama «A mis queridos berlineses» del 19 de marzo de 1848, Federico Guillermo IV atribuyó a un «malentendido» los dos disparos de la tropa contra la multitud reunida ante el palacio el 18 de marzo, que desencadenaron la lucha de barricadas. ↩
Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, presidente del Consejo de Ministros de Prusia de marzo a junio de 1848; David Hansemann (1790-1864), comerciante de Aquisgrán, ministro de Hacienda en el mismo gabinete. ↩
Heinrich Alexander von Arnim-Suckow, ministro de Asuntos Exteriores; el conde August von Kanitz, ministro de la Guerra; el conde Maximilian von Schwerin-Putzar, ministro de Cultos e Instrucción Pública. ↩
Post festum: a destiempo, cuando ya ha pasado todo (en latín, «después de la fiesta»). La Dieta Unida, la asamblea de los estamentos provinciales de Prusia, volvió a reunirse en abril de 1848 y aprobó la ley electoral de la nueva asamblea. ↩
Julius Berends (1817-1891), impresor y librero de Berlín, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩
El mensaje de respuesta al discurso del trono, cuestión que el ministerio Camphausen planteó como cuestión de confianza a comienzos de junio de 1848. ↩
Versos del himno real prusiano Heil dir im Siegerkranz («Salve a ti con la corona del vencedor»). ↩
Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), juez, diputado del centro izquierda; más tarde, promotor de las cooperativas de crédito. ↩
Tras las jornadas de mayo de 1848 en Viena, el gobierno austriaco tuvo que conceder que la Dieta del Imperio que había de elegirse fuera constituyente. ↩
Au fond: en el fondo (en francés). ↩
Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro del Interior de Prusia hasta la revolución de marzo de 1848. ↩
Karl von Rotteck (1775-1840), historiador y político liberal de Baden, autor de una Historia universal muy leída por la burguesía liberal alemana. ↩
Moritz Elsner y el conde Eduard von Reichenbach, diputados demócratas de Silesia. ↩
Johann Jacoby (1805-1877), médico de Königsberg, uno de los jefes de la izquierda democrática. ↩
Adolf Sydow (1800-1882), predicador protestante de Berlín. ↩
En el original, en francés: soi-disant. ↩
Pierre Vergniaud (1753-1793), orador de los girondinos en la Convención, guillotinado en 1793; se le atribuye la frase de que la revolución, como Saturno, devora a sus propios hijos. ↩
Adolph Friedrich Riedel (1809-1872), archivero e historiador de Brandeburgo. ↩
Ludwig Jonas (1797-1859), predicador berlinés, discípulo y editor de Schleiermacher. ↩
Karl d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, diputado de la izquierda y miembro de la Liga de los Comunistas. ↩