Escrito por Friedrich Engels en Colonia entre el 17 y el 24 de julio de 1848 y publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.os 48, 49, 53 y 55, del 18, el 19, el 23 y el 25 de julio de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 222-237), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

N.º 48, 18 de julio de 1848

**Colonia, 17 de julio. Hemos tenido otra vez un «gran debate», por decirlo con el señor Camphausen,1 un debate que ha durado dos días enteros.

Los fundamentos del debate son conocidos: la reserva del gobierno contra la validez jurídica inmediata de las resoluciones de la Asamblea Nacional,2 y la propuesta de Jacoby3 de reconocer la facultad de la Asamblea de adoptar resoluciones jurídicamente válidas de inmediato, sin esperar el consentimiento de nadie, pero también de desaprobar la resolución sobre el poder central.

Cómo pudo siquiera haber un debate sobre este asunto les parecerá incomprensible a otros pueblos. Pero estamos en el país de los robles y los tilos, y aquí no hay nada que deba extrañarnos fácilmente.

El pueblo envía una asamblea a Fráncfort con el mandato de declararse soberana sobre toda Alemania y todos sus gobiernos; en virtud de la soberanía que el pueblo le ha transferido, ha de acordar una Constitución para Alemania.

La Asamblea, en lugar de proclamar enseguida su soberanía frente a los Estados particulares y a la Dieta federal, elude tímidamente toda cuestión que se refiera a ella y mantiene una posición indecisa y vacilante.

Llega por fin a una cuestión decisiva: el nombramiento de un poder central provisional. Aparentemente independiente, pero dirigida en realidad por los gobiernos por mediación de Gagern,4 elige ella misma al regente del Imperio5 que los gobiernos le habían designado de antemano.

La Dieta federal reconoce la elección y muestra cierta pretensión de ser ella la que, con su confirmación, le dé validez jurídica.

Pese a ello, llegan reservas de Hannover e incluso de Prusia; y es la reserva prusiana la que sirve de base al debate del 11 y el 12.

Esta vez, pues, la cámara de Berlín no tiene tanta culpa de que los debates se pierdan en la niebla. La culpa es de la Asamblea Nacional de Fráncfort, indecisa, floja y sin energía, si sus resoluciones son tales que difícilmente puede decirse de ellas otra cosa que puro politiqueo de taberna.6

Jacoby presenta su propuesta brevemente y con su precisión habitual. Les pone muy difícil su posición a los oradores de la izquierda; dice todo lo que puede decirse sobre la propuesta si no se quiere entrar en la historia de la génesis del poder central, tan comprometedora para la Asamblea Nacional.

En efecto, después de él los diputados de la izquierda aportaron ya poco nuevo, mientras que a la derecha le fue mucho peor todavía: se perdió en el puro politiqueo de taberna o en sutilezas jurídicas. Por ambos lados se repitió infinitas veces.

El diputado Schneider7 tiene el honor de someter el primero a la Asamblea los argumentos de la derecha.

Empieza con el gran argumento de que la propuesta se contradice a sí misma. Por un lado reconoce la soberanía de la Asamblea Nacional; por otro, invita a la cámara pactista a censurarla y a ponerse así por encima de ella. Cualquier individuo podría expresar la censura, pero no la Asamblea.

Este fino argumento, del que la derecha está visiblemente muy orgullosa, pues recorre todos sus discursos, establece una teoría completamente nueva. Según ella, la Asamblea tiene frente a la Asamblea Nacional menos derechos que un individuo.

A este primer gran argumento sigue el republicano. Alemania se compone en su mayor parte de monarquías constitucionales, y por eso tiene que tener también un jefe constitucional e irresponsable, no un jefe republicano y responsable. A este argumento respondió el segundo día el señor Stein:8 Alemania, por su constitución central, fue siempre una república, aunque, eso sí, una república edificante.

«Hemos recibido», dice el señor Schneider, «el mandato de pactar la monarquía constitucional, y los de Fráncfort han recibido el mandato análogo de pactar con los gobiernos alemanes una Constitución para Alemania».

La reacción enuncia ya sus deseos como hechos existentes. Entonces, cuando la temblorosa Dieta federal convocó la Asamblea Nacional alemana por orden de una asamblea sin ningún mandato jurídicamente válido, el llamado Preparlamento,9 entonces no se hablaba de pactos; entonces se tenía por soberana a la Asamblea Nacional convocada. Pero ahora es distinto. Las jornadas de junio de París han vuelto a hinchar las esperanzas no solo de la gran burguesía, sino también de los partidarios del sistema derrocado. Todo hidalgüelo rural espera el restablecimiento de su viejo régimen del látigo, y desde la corte imperial de Innsbruck10 hasta el castillo ancestral de Enrique LXXII11 empieza ya a alzarse el grito de «pactar la Constitución alemana». Desde luego, la Asamblea de Fráncfort solo puede culparse a sí misma.

«La Asamblea Nacional ha actuado, pues, conforme a su mandato al elegir un jefe constitucional. Pero también ha actuado conforme a la voluntad del pueblo; la gran mayoría quiere la monarquía constitucional. Es más, yo habría considerado una desgracia que la Asamblea Nacional hubiera decidido otra cosa. No porque esté contra la república; en principio reconozco (y en esto estoy en pleno acuerdo conmigo mismo) la república como la forma de Estado más perfecta y más noble, pero en la realidad estamos todavía muy lejos de haber llegado a ella. No podemos tener la forma sin tener el espíritu. No podemos querer tener una república si nos faltan los republicanos, es decir, los caracteres nobles que, no solo en el entusiasmo, sino en todo momento, con conciencia serena y noble abnegación, saben subordinar su interés al interés común».

¿Se puede pedir una prueba más hermosa de las virtudes que están representadas en la cámara de Berlín que estas nobles y modestas palabras del diputado Schneider? En verdad, si todavía podía haber alguna duda sobre la aptitud de los alemanes para la república, tenía que desvanecerse en la nada ante estas muestras de auténtica virtud cívica, del noble y modestísimo sacrificio de sí mismo de nuestro Cincinato-Schneider12. Cobre ánimo Cincinato y confianza en sí mismo y en los innumerables nobles ciudadanos de Alemania que también tienen a la república por la forma de Estado más noble, pero a sí mismos por malos republicanos: están maduros para la república; soportarían la república con la misma heroica ecuanimidad que la monarquía absoluta. La república de los hombres de bien sería la más feliz que jamás haya existido: una república sin Bruto ni Catilina, sin Marat ni tormentas de junio, la república de la virtud harta y de la moral solvente.

Cuánto se engaña Cincinato-Schneider cuando exclama:

«Bajo el absolutismo no pueden formarse caracteres republicanos; el espíritu republicano no se puede suscitar como quien da la vuelta a la mano; ¡primero tenemos que educar para ello a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos! En el momento actual tendría la república por la mayor de las desgracias, pues sería la anarquía con el nombre profanado de república, ¡el despotismo bajo la máscara de la libertad!».

Al contrario, los alemanes son, como dijo el señor Vogt (de Giessen)13 en la Asamblea Nacional, republicanos natos, y Cincinato-Schneider no puede educar mejor a sus hijos para la república que educándolos en la vieja disciplina, en las viejas costumbres y en el viejo temor de Dios alemanes en que él mismo se crio mal que bien. La república de los hombres de bien, en lugar de anarquía y despotismo, llevaría a su más alta perfección esas plácidas discusiones de cervecería en las que tanto se distingue Cincinato-Schneider. La república de los hombres de bien, lejos de todos los horrores y crímenes que mancharon la primera república francesa, limpia de sangre y aborreciendo la bandera roja, haría posible lo nunca alcanzado hasta ahora: que todo ciudadano honrado lleve una vida tranquila y sosegada en toda piedad y honestidad. ¡Quién sabe si la república de los hombres de bien no nos devolvería incluso los gremios, con todos los regocijantes procesos contra los chapuceros!14 Esta república de los hombres de bien no es una quimera tejida en el aire; es una realidad: existe en Bremen, Hamburgo, Lübeck y Fráncfort, e incluso todavía en algunas partes de Suiza. Pero en todas partes la amenaza la tormenta de los tiempos, en todas partes está hundiéndose.

¡Por eso, arriba, Cincinato-Schneider, deja el arado y el campo de nabos, la cerveza y el pacto, monta a caballo y salva a la república amenazada, a tu república, a la república de los hombres de bien!

N.º 49, 19 de julio de 1848

**Colonia, 18 de julio. Después del señor Schneider sube a la tribuna el señor Waldeck15 para hablar a favor de la propuesta:

«En verdad, la situación del Estado prusiano no tiene ahora precedentes y, en el fondo, no puede ocultarse que es también en cierto modo preocupante».

Este comienzo es también en cierto modo preocupante. Todavía creemos estar oyendo al diputado Schneider:

«Prusia, podemos decirlo, estaba llamada a la hegemonía en Alemania».

¡Siempre la ilusión de la vieja Prusia, siempre el dulce sueño de hacer que Alemania se funda en Prusia y de declarar a Berlín el París alemán! Es verdad que el señor Waldeck ve desvanecerse ante sus ojos esa dulce esperanza, pero la sigue con la mirada con dolor, y reprocha al gobierno anterior y al actual que por su culpa Prusia no esté a la cabeza de Alemania.

Por desgracia, pasaron los hermosos días en que la Unión Aduanera16 preparaba la hegemonía prusiana sobre Alemania, en que el patriotismo provincial podía creer que «la estirpe de la Marca lleva doscientos años decidiendo los destinos de Alemania»17 y que los seguiría decidiendo; los hermosos días en que la Alemania de la Dieta federal, que se descomponía por completo, podía ver incluso en la aplicación general de la camisa de fuerza burocrática prusiana un último medio de cohesión.

«La Dieta federal, juzgada hace tiempo por la opinión pública, desaparece, ¡y de repente aparece ante los ojos del mundo asombrado la Asamblea Nacional constituyente de Fráncfort!».

El «mundo» tuvo que «asombrarse», desde luego, al ver esta Asamblea Nacional constituyente. Compárense a este respecto los periódicos franceses, ingleses e italianos.

El señor Waldeck se declara todavía por extenso contra un emperador alemán y cede el sitio al señor Reichensperger II.

El señor Reichensperger II18 declara republicanos a los partidarios de la propuesta de Jacoby y desea que salgan con sus intenciones tan abiertamente como los republicanos de Fráncfort. Luego asegura también él que Alemania no posee todavía «la plena medida de virtud civil y política que un gran maestro de la ciencia del Estado19 señala como condición esencial de la república». ¡Mal tiene que estar Alemania cuando el patriota Reichensperger dice eso!

El gobierno, prosigue, no ha hecho reservas (!), sino que solo ha expresado deseos. Había motivo de sobra para ello, y también yo espero que no se pase siempre por alto a los gobiernos en las resoluciones de la Asamblea Nacional. Fijar la competencia de la Asamblea Nacional de Fráncfort queda fuera de nuestra competencia; la propia Asamblea Nacional se ha pronunciado en contra de elaborar teorías sobre su competencia; ha actuado prácticamente allí donde la necesidad imponía actuar.

Es decir: la Asamblea de Fráncfort no zanjó con un golpe decisivo, en la época de la agitación revolucionaria, cuando era omnipotente, la lucha inevitable con los gobiernos alemanes; prefirió aplazar la decisión y sostener en cada resolución pequeñas escaramuzas con este o aquel gobierno, que la debilitan en la misma medida en que se aleja de la época de las revoluciones y se compromete a los ojos del pueblo con su actitud floja. Y en este sentido el señor Reichensperger tiene razón: ¡no vale la pena acudir en ayuda de una asamblea que se abandona a sí misma!

Pero resulta conmovedor que el señor Reichensperger diga:

«Es, pues, impropio de un hombre de Estado discutir semejantes cuestiones de competencia; solo importa resolver las cuestiones prácticas que se presenten en cada caso».

Desde luego, es «impropio de un hombre de Estado» quitarse de encima de una vez por todas esas «cuestiones prácticas» mediante una resolución enérgica; es «impropio de un hombre de Estado» hacer valer el mandato revolucionario que posee toda asamblea salida de las barricadas frente a los intentos de la reacción de detener el movimiento; desde luego, Cromwell, Mirabeau, Danton, Napoleón, toda la revolución inglesa y la francesa fueron sumamente «impropios de hombres de Estado», ¡pero Bassermann, Biedermann, Eisenmann, Wiedenmann y Dahlmann20 se comportan «como hombres de Estado»! ¡Los «hombres de Estado» desaparecen en general cuando llega la revolución, y la revolución tiene que haberse dormido de momento cuando vuelven a aparecer los «hombres de Estado»! ¡Y no digamos los hombres de Estado del calibre del señor Reichensperger II, diputado por el distrito de Kempen!

«Si se apartan ustedes de este sistema, difícilmente se conseguirá evitar conflictos con la Asamblea Nacional alemana o con los gobiernos de los Estados particulares; en todo caso sembrarán ustedes una discordia lamentable; a consecuencia de la discordia se alzará la anarquía, y entonces nadie nos protegerá de la guerra civil. Pero la guerra civil es el comienzo de una desgracia todavía mayor... no considero imposible que entonces se diga también un día de nosotros: ¡el orden se ha restablecido en Alemania... gracias a nuestros amigos del Este y del Oeste!».

Puede que el señor Reichensperger tenga razón. Si la Asamblea entra en cuestiones de competencia, eso puede dar ocasión a choques que atraigan la guerra civil, a los franceses y a los rusos. Pero si no lo hace, como en efecto no lo ha hecho, la guerra civil es doblemente segura para nosotros. Los conflictos, todavía bastante simples al comienzo de la revolución, se enredan cada día más, y cuanto más se aplace la decisión, tanto más difícil, tanto más sangrienta será la solución.

Un país como Alemania, obligado a elevarse hasta la unidad desde la fragmentación más indecible, que, so pena de perecer, necesita una centralización revolucionaria tanto más rigurosa cuanto más disgregado ha estado hasta ahora; un país que alberga en su seno veinte Vendées,21 que está encajonado entre los dos Estados continentales más poderosos y centralizados, rodeado de innumerables pequeños vecinos y en tensión o incluso en guerra con todos ellos; un país así no puede escapar en la época actual de revolución general ni a la guerra civil ni a la guerra exterior. Y esas guerras, que con toda seguridad nos esperan, serán tanto más peligrosas, tanto más devastadoras, cuanto más indecisos se muestren el pueblo y sus dirigentes, cuanto más se aplace la decisión. Si los «hombres de Estado» del señor Reichensperger siguen al timón, podemos vivir una segunda guerra de los Treinta Años. Pero por suerte la fuerza de los acontecimientos, el pueblo alemán, el emperador de Rusia y el pueblo francés todavía tienen algo que decir.

N.º 53, 23 de julio de 1848

**Colonia, 22 de julio. Por fin los acontecimientos, los proyectos de ley, los proyectos de armisticio, etc., nos permiten volver a nuestros queridos debates pactistas. Encontramos en la tribuna al diputado señor Von Berg, de Jülich, un hombre que nos interesa por partida doble: en primer lugar como renano y en segundo lugar como ministerial de última hornada.

El señor Berg está en contra de la propuesta de Jacoby por diversas razones. La primera es esta:

«La primera parte de la propuesta, que nos exige que expresemos la desaprobación de una resolución del Parlamento alemán, esta primera parte no es más que una protesta en nombre de una minoría contra una mayoría legal. No es más que un intento, por parte de un partido derrotado dentro de un cuerpo legislativo, de fortalecerse desde fuera, un intento que en sus consecuencias tiene que llevar a la guerra civil».

El señor Cobden22 estuvo en minoría en la Cámara de los Comunes de 1840 a 1845 con su propuesta de derogar las leyes de cereales. Pertenecía a «un partido derrotado dentro de un cuerpo legislativo». ¿Qué hizo? Intentó «fortalecerse desde fuera». No se limitó a expresar una desaprobación de las resoluciones del Parlamento; fue mucho más lejos: fundó y organizó la Liga contra las Leyes de Cereales, la prensa contra las leyes de cereales, en suma, toda la agitación colosal contra las leyes de cereales. En opinión del señor Berg, aquello era un intento que «tenía que llevar a la guerra civil».

La minoría de la difunta Dieta Unificada23 intentó igualmente «fortalecerse desde fuera». El señor Camphausen, el señor Hansemann y el señor Milde no tuvieron a este respecto el menor reparo. Los hechos que lo prueban son notorios. Está claro, según el señor Berg, que las consecuencias también de su conducta «tenían que llevar a la guerra civil». Pero no llevaron a la guerra civil, sino al ministerio.

Y así podríamos citar otros cien ejemplos.

Así pues, la minoría de un cuerpo legislativo, so pena de llevar a la guerra civil, no debe intentar fortalecerse desde fuera. Pero ¿qué es «desde fuera»? Los electores, es decir, la gente que hace los cuerpos legislativos. Y si uno ya no debe «fortalecerse» influyendo sobre esos electores, ¿con qué ha de fortalecerse?

¿Se pronuncian los discursos de los señores Hansemann, Reichensperger, Von Berg, etc., solo para la Asamblea, o también para el público, al que se comunican por medio de las actas taquigráficas? ¿No son también esos discursos medios con los que ese «partido dentro de un cuerpo legislativo» «intenta fortalecerse desde fuera» o espera [fortalecerse]?

En una palabra: el principio del señor Berg llevaría a la supresión de toda agitación política. La agitación no es otra cosa que la aplicación de la irresponsabilidad de los representantes, de la libertad de prensa, del derecho de asociación, es decir, de las libertades legalmente vigentes en Prusia. Si esas libertades llevan o no a la guerra civil no es en absoluto asunto nuestro; basta con que existan, y ya veremos adónde «lleva» seguir atentando contra ellas.

«Señores, estos intentos de la minoría de procurarse fuerza y validez fuera del poder legislativo no son de hoy ni de ayer; datan del primer día del levantamiento alemán. En el Preparlamento la minoría se retiró protestando, y la consecuencia fue una guerra civil».

En primer lugar, en la propuesta de Jacoby no se trata de ninguna «retirada de la minoría en señal de protesta».

En segundo lugar, «los intentos de la minoría de hacerse valer fuera del poder legislativo» desde luego «no son de hoy ni de ayer», pues datan del día en que hubo poderes legislativos y minorías.

En tercer lugar, lo que llevó a la guerra civil no fue la retirada en señal de protesta de la minoría del Preparlamento, sino la «convicción moral» del señor Mittermaier24 de que Hecker,25 Fickler y consortes eran traidores a la patria, y las medidas que en consecuencia tomó el gobierno de Baden, dictadas por el miedo más tembloroso.

Después del argumento de la guerra civil, muy apropiado, naturalmente, para meterle un miedo tremendo al burgués alemán, viene el argumento de la falta de mandato.

«Hemos sido elegidos por nuestros electores para fundar una Constitución del Estado para Prusia; esos mismos electores han enviado a Fráncfort a otros de sus conciudadanos para fundar allí el poder central. No se puede negar que al elector que da el mandato le corresponde, desde luego, aprobar o desaprobar lo que hace el mandatario; pero los electores no nos han encargado votar por ellos a este respecto».

Este argumento contundente ha despertado gran admiración entre los juristas y los aficionados al derecho de la Asamblea. ¡No tenemos mandato! Y sin embargo, el mismo señor Berg afirma dos minutos después que la Asamblea de Fráncfort «ha sido convocada para construir, de acuerdo con los gobiernos alemanes, la futura Constitución de Alemania», y que en ese caso el gobierno prusiano no daría su confirmación, es de esperar, sin consultar a la Asamblea pactista o a la cámara elegida según la nueva Constitución. ¡Y sin embargo, el ministerio comunicó enseguida a la Asamblea el reconocimiento del regente del Imperio junto con sus reservas, invitándola así a dar su juicio!

¡Así pues, precisamente el punto de vista del señor Berg, su propio discurso y la comunicación del señor Auerswald26 llevan a la conclusión de que la Asamblea tiene, desde luego, mandato para ocuparse de las resoluciones de Fráncfort!

¡No tenemos mandato! Así que si la Asamblea de Fráncfort vuelve a imponer la censura, si en un conflicto entre la cámara y la Corona envía tropas bávaras y austriacas a Prusia en apoyo de la Corona, ¡el señor Berg «no tiene mandato»!

¿Qué mandato tiene el señor Berg? Literalmente, solo el de «pactar la Constitución con la Corona». No tiene, pues, en absoluto mandato para interpelar, para pactar leyes de irresponsabilidad, leyes sobre la milicia ciudadana, leyes de redención y otras leyes que no figuran en la Constitución. Es lo que la reacción afirma también todos los días. Él mismo dice: «¡Todo paso más allá de este mandato es una injusticia, un abandono del mismo o incluso una traición!».

Y sin embargo, el señor Berg y toda la Asamblea, obligados por la necesidad, abandonan a cada momento su mandato. Tienen que hacerlo a consecuencia de la situación provisional revolucionaria o, más bien, ahora reaccionaria. Pero a consecuencia de esa situación provisional pertenece a la competencia de la Asamblea todo lo que sirve para asegurar las conquistas de la revolución de marzo, y si eso puede hacerse mediante una influencia moral sobre la Asamblea de Fráncfort, la cámara pactista no solo está facultada para hacerlo, sino incluso obligada.

Sigue el argumento renano-prusiano, que para nosotros, los renanos, tiene una importancia especial porque demuestra cómo estamos representados en Berlín.

«Nosotros, renanos, westfalianos y aun otras provincias, no tenemos absolutamente ningún otro vínculo con Prusia que el de haber pasado a la Corona de Prusia. Si disolvemos el vínculo, el Estado se desmorona. Tampoco veo en absoluto, y creo que tampoco la mayoría de los diputados de mi provincia, qué íbamos a hacer nosotros con una república de Berlín. Antes podríamos querer una república de Colonia».

No entramos en absoluto en las posibilidades de taberna sobre lo que «podríamos querer» si Prusia se transformara en una «república de Berlín», ni en la nueva teoría sobre las condiciones de existencia del Estado prusiano, etc. Como renanos, solo protestamos contra la idea de que «hemos pasado a la Corona de Prusia». Al contrario, la «Corona de Prusia» es la que ha pasado a nosotros.

El siguiente orador contra la propuesta es el señor Simons, de Elberfeld. Repite todo lo que ha dicho el señor Berg.

Le sigue un orador de la izquierda y después el señor Zachariä. Repite todo lo que ha dicho el señor Simons.

El diputado Duncker repite todo lo que ha dicho el señor Zachariä. Pero dice además algunas otras cosas, o dice lo ya dicho de forma tan cruda que haremos bien en detenernos brevemente en su discurso.

«Si nosotros, la Asamblea constituyente de 16 millones de alemanes, le arrojamos semejante censura a la Asamblea constituyente de todos los alemanes, ¿fortalecemos con ello en la conciencia del pueblo la autoridad del poder central alemán, la autoridad del Parlamento alemán? ¿No socavamos con ello la obediencia gozosa que le han de [prestar] las distintas estirpes si ha de actuar por la unidad de Alemania?».

Según el señor Duncker, la autoridad del poder central y de la Asamblea Nacional, la «obediencia gozosa», existe; consiste en que el pueblo se le someta ciegamente, pero los distintos gobiernos hagan sus reservas y le nieguen la obediencia cuando se tercie.

«¿Para qué, en nuestro tiempo, en que la fuerza de los hechos es tan inmensa, para qué declaraciones teóricas?».

¡¿El reconocimiento de la soberanía de la Asamblea de Fráncfort por los representantes «de 16 millones de alemanes» es, pues, una mera «declaración teórica»?!

«Si en el futuro el gobierno y la representación popular de Prusia consideraran imposible, inejecutable, una resolución adoptada en Fráncfort, ¿existiría siquiera la posibilidad de ejecutar semejante resolución?».

La mera opinión, el mero parecer del gobierno y de la representación popular de Prusia bastaría, pues, para hacer imposibles las resoluciones de la Asamblea Nacional.

«Si todo el pueblo prusiano, si dos quintas partes de Alemania no quisieran someterse a las resoluciones de Fráncfort, estas serían inejecutables, digamos hoy lo que digamos».

Ahí tenemos toda la vieja soberbia prusiana, el patriotismo nacional berlinés en toda su vieja gloria, con la coleta y el bastón del viejo Fritz.27 Es verdad que somos la minoría, que solo somos dos quintas partes (ni siquiera eso), ¡pero ya le enseñaremos a la mayoría que los amos de Alemania somos nosotros, que somos los prusianos!

No aconsejamos a los señores de la derecha que provoquen semejante conflicto entre las «dos quintas partes» y las «tres quintas partes». La proporción numérica resultaría muy distinta, y más de una provincia podría recordar que es alemana desde tiempo inmemorial, pero prusiana solo desde hace treinta años.28

Pero el señor Duncker tiene una salida. Los de Fráncfort, igual que nosotros, tienen que «adoptar resoluciones tales que en ellas se exprese la voluntad general racional, la verdadera opinión pública, que puedan mantenerse ante la conciencia moral de la nación», es decir, resoluciones a gusto del diputado Duncker.

«Si nosotros, si los de Fráncfort adoptan tales resoluciones, entonces somos soberanos, entonces lo son ellos; de lo contrario no lo somos, aunque lo decretemos diez veces».

Tras esta profunda definición de la soberanía, acorde con su conciencia moral, el señor Duncker exhala el suspiro: «En todo caso, esto pertenece al futuro», y con ello termina su discurso.

El espacio y el tiempo nos impiden entrar en los discursos de la izquierda pronunciados ese mismo día. Pero nuestros lectores habrán visto ya por los discursos de la derecha que hemos reproducido que el señor Parrisius no andaba del todo descaminado cuando propuso aplazar la sesión porque «el calor en la sala ha subido tanto que no se pueden tener las ideas del todo claras».

N.º 55, 25 de julio de 1848

**Colonia, 24 de julio. Cuando hace unos días nos vimos obligados por el apremio de los acontecimientos mundiales a interrumpir la descripción de este debate, un publicista vecino29 tuvo la amabilidad de encargarse de ella en nuestro lugar. Ya ha llamado la atención del público sobre «la abundancia de ideas acertadas y de opiniones lúcidas», sobre «el buen sentido sano de la verdadera libertad» que «han mostrado los oradores de la mayoría en este gran debate de dos días», y en particular nuestro incomparable Baumstark.30

Tenemos que darnos prisa en terminar con el debate, pero no podemos dejar de entresacar de la «abundancia» algunos ejemplos de las «ideas acertadas y opiniones lúcidas» de la derecha.

El segundo día del debate lo abre el diputado Abegg con una amenaza a la Asamblea: si se quería ver claro en esta propuesta, habría que repetir completos todos los debates de Fráncfort, ¡y para eso la alta Asamblea no estaba evidentemente facultada! ¡Eso no podrían aprobarlo nunca sus señores mandantes, «con el tacto práctico y el sentido práctico que los asisten»! Por lo demás, ¿qué sería de la unidad alemana si (aquí viene una «idea acertada» muy especial) «no se limitara uno a las reservas, sino que pasara a una aprobación o desaprobación decidida de las resoluciones de Fráncfort»? ¡No quedaría más que la «sumisión meramente formal»!

Naturalmente, la «sumisión meramente formal» se puede negar con «reservas» y, en caso de necesidad, también directamente; eso no puede hacer daño a la unidad alemana; ¡pero una aprobación o desaprobación, un juicio sobre esas resoluciones desde el punto de vista del estilo, de la lógica o de la utilidad, eso ya es el colmo!

El señor Abegg concluye con la observación de que corresponde a la Asamblea de Fráncfort, no a la de Berlín, pronunciarse sobre las reservas presentadas a la de Berlín, no a la de Fráncfort. No se debía adelantar a los de Fráncfort; ¡eso ofendería a los de Fráncfort!

Los señores de Berlín son incompetentes para juzgar las declaraciones que les hacen sus propios ministros.

Saltémonos ahora a los dioses menores, un Baltzer, un Kämpff, un Gräff, y apresurémonos a escuchar al héroe del día, al incomparable Baumstark.

El diputado Baumstark declara que nunca se declarará incompetente mientras no tenga que admitir que no entiende nada del asunto, ¿y no va a ser el resultado del debate de ocho semanas que no se entiende nada del asunto?

El diputado Baumstark es, pues, competente. Y lo es del modo siguiente:

«Pregunto: ¿estamos acaso, por la sabiduría que hemos demostrado hasta ahora, plenamente facultados» (es decir, somos competentes) «para enfrentarnos a una asamblea que ha atraído sobre sí el interés general de Alemania, la admiración de toda Europa, por la excelencia de sus sentimientos, por la altura de su inteligencia, por la moralidad de su concepción del Estado; digo, por todo lo que en la historia ha hecho grande y glorioso el nombre de Alemania? ¡Ante eso me inclino» (es decir, me declaro incompetente) «y deseo que la Asamblea, con el sentimiento de la verdad (!!), se incline igualmente» (es decir, se declare incompetente)!».

«Señores», prosigue el «competente» diputado Baumstark, «en la sesión de ayer se dijo que hablar de república, etc., era cosa poco filosófica. Pero de ningún modo puede ser poco filosófico señalar como característica de la república en sentido democrático la responsabilidad de quien está a la cabeza del Estado. Señores, es un hecho que todos los filósofos del Estado, desde Platón hasta llegar abajo a Dahlmann31» (más «abajo» no podía bajar, desde luego, el diputado Baumstark) «han expresado esta opinión, y no podemos, sin razones muy especiales que todavía han de aducirse, contradecir esta verdad (!) y este hecho histórico de más de mil años».

El señor Baumstark opina, pues, que alguna vez sí se pueden tener «razones muy especiales» para contradecir incluso «hechos históricos». Los señores de la derecha, desde luego, no suelen andarse con remilgos a este respecto.

El señor Baumstark se declara además otra vez incompetente, al descargar la competencia sobre los hombros de «todos los filósofos del Estado desde Platón hasta llegar abajo a Dahlmann», entre los cuales, naturalmente, no se cuenta el señor Baumstark.

«¡Imagínese este edificio del Estado! Una cámara y un regente del Imperio responsable, ¡y basado en la actual ley electoral! Con un poco de reflexión se vería que esto contradice la sana razón».

Y ahora el señor Baumstark pronuncia la siguiente sentencia, sacada de muy hondo, que ni con el examen más riguroso contradirá «la sana razón»:

«¡Señores! Para la república hacen falta dos cosas: la opinión del pueblo y las personalidades dirigentes. Si examinamos un poco más de cerca nuestra opinión popular alemana, ¡encontraremos en ella poco de esta» (a saber, de la mencionada república del regente del Imperio) «república!».

El señor Baumstark se declara, pues, otra vez incompetente, y esta vez es la opinión del pueblo la que es competente para la república en su lugar. La opinión del pueblo «entiende», pues, más del asunto que el diputado Baumstark.

Pero por fin el orador demuestra que también hay cosas de las que él «entiende» algo, y entre esas cosas está ante todo la soberanía popular.

«¡Señores! La historia, y tengo que volver sobre ello, da la prueba: hemos tenido soberanía popular desde siempre, pero se ha configurado de distinto modo bajo distintas formas».

Y ahora sigue una serie de las «ideas más acertadas y opiniones más lúcidas» sobre la historia de Brandeburgo-Prusia y la soberanía popular, que hacen desaparecer al publicista vecino todos los sufrimientos terrenales en un exceso de delicias constitucionales y de beatitud doctrinaria.

«Cuando el Gran Elector32 desatendió aquellos elementos estamentales podridos, infectados por el veneno de la desmoralización francesa» (¡es verdad que el derecho de pernada había sido enterrado poco a poco por la civilización francesa «desmoralizada»!), «e incluso (!) los aplastó» (el «aplastar» es, desde luego, la mejor manera de desatender algo), «el pueblo lo aclamó por todas partes con el profundo sentimiento de la moralidad, de un fortalecimiento del edificio del Estado alemán, y en particular del prusiano».

¡Admírese el «profundo sentimiento de la moralidad» de los filisteos brandeburgueses del siglo XVII, que con el profundo sentimiento de sus ganancias aclamaban al Elector cuando atacaba a sus enemigos, los señores feudales, y les vendía concesiones a ellos mismos; pero admírese todavía más la «sana razón» y la «opinión lúcida» del señor Baumstark, que ve «soberanía popular» en esas aclamaciones!

«En aquel tiempo no hubo nadie que no rindiera homenaje a esta monarquía absoluta» (porque de lo contrario le habrían dado de bastonazos), «y el Gran Federico no habría alcanzado aquella importancia si no lo hubiera sostenido la verdadera soberanía popular».

La soberanía popular de los bastonazos, la servidumbre y las corveas: esa es para el señor Baumstark la verdadera soberanía popular. ¡Confesión ingenua!

De la verdadera, el señor Baumstark pasa ahora a las soberanías populares falsas.

«Pero llegó otra época, la de la monarquía constitucional».

Esto se demuestra con una larga «letanía constitucional», cuyo sentido en pocas palabras es que el pueblo en Prusia, de 1811 a 1847, siempre clamó por la Constitución, nunca por la república (!),33 a lo que se une con toda naturalidad la observación de que también del último alzamiento republicano del sur de Alemania34 «el pueblo se ha apartado con indignación».

De ahí se sigue con toda naturalidad que la segunda clase de soberanía popular (ya no la «verdadera», desde luego) es la «propiamente constitucional».

«Es aquella por la que el poder del Estado se reparte entre el rey y el pueblo; es una soberanía popular repartida» (que «los filósofos del Estado desde Platón hasta llegar abajo a Dahlmann» nos digan qué quiere decir eso), «que tiene que pasar al pueblo sin merma e incondicionalmente (!!), pero sin que el rey pierda nada de su poder legal» (¿por qué leyes está determinado ese poder en Prusia desde el 19 de marzo?);35 «sobre eso hay claridad» (sobre todo en la cabeza del diputado Baumstark); «el concepto está fijado por la historia del sistema constitucional, y nadie puede ya tener dudas al respecto» (las «dudas», por desgracia, solo vuelven a empezar cuando se lee el discurso del diputado Baumstark).

Por último, «hay una tercera soberanía popular, la democrática y republicana, que ha de descansar sobre las llamadas bases más amplias. ¡Esta desafortunada expresión, “bases más amplias”!».

Contra estas bases más amplias «alza» ahora el señor Baumstark «una palabra». ¡Estas bases llevan a la decadencia de los Estados, a la barbarie! No tenemos Catones que puedan dar a la república su fundamento moral. Y ahora el señor Baumstark empieza a soplar tan fuerte el viejo cuerno de Montesquieu sobre la virtud republicana, desafinado desde hace mucho y lleno de abolladuras, que el publicista vecino, arrebatado de admiración, se une también al coro y, para asombro de toda Europa, aporta la brillante prueba de que la «virtud republicana... lleva precisamente al constitucionalismo»! Pero al mismo tiempo el señor Baumstark cambia de tonalidad y se deja llevar también al constitucionalismo por la ausencia de la virtud republicana. El lector puede imaginarse el brillante efecto de este dúo, en el que, tras una serie de disonancias de lo más desgarradoras, ambas voces se encuentran al final en el acorde conciliador del constitucionalismo.

El señor Baumstark llega ahora, tras largas consideraciones, al resultado de que los ministros, en realidad, no han hecho «ninguna reserva propiamente dicha», sino solo «una ligera reserva respecto al futuro»; acaba cayendo él mismo en las bases más amplias, al ver la salvación de Alemania solo en un Estado democrático-constitucional, y queda tan «abrumado por la idea del futuro de Alemania» que se desahoga con el grito: «¡Viva, tres veces viva la monarquía hereditaria alemana, popular y constitucional!».

En verdad, tenía razón al decir: ¡estas desafortunadas bases más amplias!

Hablan todavía varios oradores de ambos lados, pero después del diputado Baumstark no nos atrevemos a presentárselos ya a nuestros lectores. Solo mencionamos una cosa más: el diputado Wachsmuth declara que a la cabeza de su credo está la frase del noble Stein:36 la voluntad de los hombres libres es el pilar inquebrantable de todo trono.

«¡Eso», exclama el publicista vecino, embriagado de éxtasis, «eso da en el centro de la cuestión! ¡En ninguna parte prospera mejor la voluntad de los hombres libres que a la sombra del trono inquebrantable; en ninguna parte descansa el trono tan inquebrantable como sobre el amor inteligente de los hombres libres!».

¡En verdad, la «abundancia de ideas acertadas y opiniones lúcidas», el «sano sentido de la verdadera libertad» que ha desplegado la mayoría en este debate, están todavía muy lejos de alcanzar la sustanciosa gravedad de pensamiento del publicista vecino!

  1. Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, jefe del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848. ↩

  2. El 4 de julio de 1848 el gobierno prusiano comunicó a la Asamblea Nacional de Berlín que reconocía al regente del Imperio elegido en Fráncfort, pero con la reserva de que esa elección no sentaba precedente para decidir sin el concurso de los gobiernos. ↩

  3. Johann Jacoby (1805-1877), médico y diputado demócrata de Königsberg en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  4. Heinrich von Gagern (1799-1880), liberal de Hesse, presidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort; el 24 de junio de 1848 propuso con su «golpe audaz» que la propia Asamblea eligiera al regente del Imperio. ↩

  5. El archiduque Juan de Austria (1782-1859), elegido regente del Imperio por la Asamblea de Fráncfort el 29 de junio de 1848. ↩

  6. En el original, Kannegießerei, por la comedia de Ludvig Holberg El estañero político, cuyo protagonista arregla el mundo desde la taberna. ↩

  7. Diputado de la derecha en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  8. Julius Stein (1813-1889), profesor de Breslau, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  9. El Preparlamento, reunido en Fráncfort del 31 de marzo al 3 de abril de 1848, que preparó la elección de la Asamblea Nacional alemana. ↩

  10. La corte austriaca había huido de Viena a Innsbruck en mayo de 1848. ↩

  11. Enrique LXXII, príncipe de Reuss-Lobenstein-Ebersdorf, soberano de un minúsculo principado de Turingia, se había hecho proverbial como ejemplo de los pequeños déspotas alemanes. ↩

  12. Lucio Quincio Cincinato, el romano que, según la tradición, dejó el arado para salvar a la república como dictador y volvió a él una vez cumplida su tarea. ↩

  13. Carl Vogt (1817-1895), naturalista, profesor en Giessen, diputado de la izquierda en la Asamblea de Fráncfort. ↩

  14. En el original, Bönhasen: los artesanos que trabajaban sin pertenecer al gremio y a los que los gremios perseguían ante los tribunales. ↩

  15. Benedikt Waldeck (1802-1870), magistrado, dirigente de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  16. El Zollverein, la unión aduanera de los Estados alemanes bajo dirección prusiana, fundada en 1834. ↩

  17. La Marca de Brandeburgo, núcleo del Estado prusiano. ↩

  18. Uno de los dos hermanos Reichensperger, juristas católicos renanos; en la Asamblea prusiana se distinguía con números romanos a los diputados del mismo apellido. ↩

  19. Montesquieu, que en Del espíritu de las leyes (1748) hace de la virtud el principio de la república. ↩

  20. Diputados liberales moderados de la Asamblea de Fráncfort; el texto juega con la terminación de sus apellidos y con Biedermann, «hombre de bien». ↩

  21. La Vendée, región del oeste de Francia que se alzó contra la Revolución en 1793; aquí, focos de contrarrevolución. ↩

  22. Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester, jefe de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  23. La Dieta Unificada (Vereinigter Landtag), reunión de las dietas provinciales prusianas convocada por Federico Guillermo IV en 1847 y de nuevo en abril de 1848. ↩

  24. Karl Mittermaier (1787-1867), jurista de Heidelberg, presidente del Preparlamento. ↩

  25. Friedrich Hecker (1811-1881), demócrata de Baden; tras retirarse con la minoría republicana del Preparlamento, dirigió en abril de 1848 la insurrección republicana de Baden, junto con Joseph Fickler. ↩

  26. Rudolf von Auerswald (1795-1866), presidente del Consejo de Ministros y ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de junio a septiembre de 1848. ↩

  27. Federico II de Prusia (1712-1786), representado tradicionalmente con coleta y bastón. ↩

  28. La provincia del Rin y Westfalia pasaron a Prusia en 1815, por el Congreso de Viena. ↩

  29. La Kölnische Zeitung, el gran diario liberal de Colonia. ↩

  30. Eduard Baumstark (1807-1889), economista, profesor en Greifswald, diputado de la derecha en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  31. Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860), historiador y teórico liberal del Estado constitucional, diputado en la Asamblea de Fráncfort. ↩

  32. Federico Guillermo de Brandeburgo (1620-1688), el Gran Elector, que sometió a los estamentos y sentó las bases del absolutismo prusiano. ↩

  33. Federico Guillermo III había prometido una Constitución en 1815, promesa que no cumplió. ↩

  34. La insurrección republicana de Hecker en Baden, en abril de 1848. ↩

  35. Al día siguiente de los combates de barricadas de Berlín del 18 de marzo de 1848. ↩

  36. El barón Karl vom und zum Stein (1757-1831), ministro reformador prusiano de 1807-1808. ↩