Escrito por Friedrich Engels en Colonia entre el 7 de agosto y comienzos de septiembre de 1848; publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.os 70, 73, 81, 82, 86, 90, 91, 93 y 96, del 9, el 12, el 20, el 22, el 26 y el 31 de agosto y el 1, el 3 y el 7 de septiembre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 319-363), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
N.º 70, 9 de agosto de 1848
**Colonia, 7 de agosto. La Asamblea de Fráncfort,1 cuyos debates nunca perdieron, ni siquiera en los momentos más agitados, el carácter de una bonachonería auténticamente alemana, se ha crecido por fin con la cuestión de Posen. Aquí, donde los shrapnels prusianos y los obedientes acuerdos de la Dieta Federal le habían preparado el terreno, aquí tenía que tomar una decisión; aquí no cabía mediación alguna; tenía que salvar el honor de Alemania o mancillarlo una vez más. La Asamblea ha respondido a nuestras expectativas: ha sancionado las siete particiones de Polonia,2 ha echado la ignominia de 1772, 1794 y 1815 de los hombros de los príncipes alemanes a sus propios hombros.
¡Más aún! La Asamblea de Fráncfort ha declarado que las siete particiones de Polonia son otros tantos beneficios prodigados a los polacos. ¿No ha elevado a Polonia la irrupción violenta de la raza judeo-germánica a una altura de cultura, a un nivel de ciencia del que antes el país no tenía ni idea? ¡Polacos ciegos, ingratos! ¡Si no os hubieran repartido, vosotros mismos tendríais que suplicar a la Asamblea de Fráncfort la gracia de ser repartidos!
El párroco Bonavita Blank, del convento de Paradies, cerca de Schaffhausen, criaba urracas y estorninos amaestrados para que salieran y volvieran. Les había cortado la mitad inferior del pico para que no pudieran buscarse la comida por sí mismos, sino solo recibirla de su mano. Los filisteos, que veían de lejos a los pájaros volar a los hombros del reverendo y tratarlo con confianza, admiraban su alta cultura y su ciencia. Los pájaros, dice su biógrafo, lo amaban como a su benefactor.
¡Y los polacos encadenados, mutilados, marcados a fuego no quieren amar a sus benefactores!
No podemos describir mejor los beneficios que el prusianismo ha hecho a los polacos que examinando el informe de la comisión de derecho internacional del docto historiógrafo señor Stenzel,3 el informe que sirve de texto al debate.
El informe cuenta primero, totalmente al estilo de los documentos diplomáticos más vulgares, el nacimiento del Gran Ducado de Posen en el año 1815 por «incorporación» y «agregación». Siguen luego las promesas hechas al mismo tiempo por Federico Guillermo III a los habitantes de Posen: mantenimiento de la nacionalidad, la lengua y la religión, nombramiento de un gobernador nativo, participación en la famosa Constitución prusiana.4
Lo que se cumplió de estas promesas es sabido. La libertad de tráfico entre los tres fragmentos de Polonia, que el Congreso de Viena pudo acordar tanto más tranquilamente cuanto más irrealizable era, no llegó a existir nunca, naturalmente.
Viene ahora la proporción de la población. El señor Stenzel calcula que en 1843 vivían en el Gran Ducado 790.000 polacos, 420.000 alemanes y casi 80.000 judíos, en total casi 1.300.000 habitantes.
A la afirmación del señor Stenzel se oponen las afirmaciones polacas, entre otras la del arzobispo Przyłuski,5 según las cuales viven en Posen muy por encima de 800.000 polacos y, descontados los judíos, los funcionarios y los soldados, apenas 250.000 alemanes.
Quedémonos, sin embargo, con la afirmación del señor Stenzel. Basta y sobra para nuestros fines. Admitamos, para ahorrarnos todo debate ulterior, que en Posen viven 420.000 alemanes. ¿Quiénes son estos alemanes, que sumándoles los judíos llegan a medio millón?
Los eslavos son un pueblo predominantemente agricultor, poco hábil para el ejercicio de los oficios urbanos tal como han sido posibles hasta ahora en los países eslavos. El comercio en su primera y más tosca fase, cuando todavía era mero chalaneo, se dejó a los judíos buhoneros. Cuando aumentaron la cultura y la población, cuando se hizo sentir la necesidad de oficios urbanos y de concentración urbana, emigraron alemanes a los países eslavos. Los alemanes, que alcanzaron su mayor florecimiento en general en la pequeña burguesía de las ciudades imperiales medievales, en el comercio interior lento y de caravana y en el comercio marítimo limitado, en el artesanado gremial de los siglos XIV y XV; los alemanes demostraron su vocación de convertirse en los burgueses de extramuros6 de la historia universal sobre todo en que hasta el día de hoy forman el núcleo de la pequeña burguesía de toda la Europa oriental y septentrional, e incluso de América. En San Petersburgo, Moscú, Varsovia y Cracovia, en Estocolmo y Copenhague, en Pest, Odesa y Iași, en Nueva York y Filadelfia, los artesanos, tenderos y pequeños intermediarios son en gran parte, a menudo en su mayor parte, alemanes o de origen alemán. En todas estas ciudades hay barrios donde se habla exclusivamente alemán; algunas ciudades, como Pest, son incluso casi enteramente alemanas.
Esta inmigración alemana se ha producido casi sin interrupción, sobre todo en los países eslavos, desde los siglos XII y XIII. Desde la Reforma, además, las persecuciones de sectas empujaron de vez en cuando a masas enteras de alemanes a Polonia, donde fueron acogidos con los brazos abiertos. En otros países eslavos, en Bohemia, Moravia, etc., la población eslava fue diezmada por las guerras de conquista de los alemanes, y la población alemana aumentó por invasión.
Donde más clara está la situación es precisamente en Polonia. Los filisteos alemanes que se establecieron allí hace siglos nunca se han contado políticamente como parte de Alemania, igual que los alemanes de Norteamérica, la «colonia francesa» de Berlín7 o los 15.000 franceses de Montevideo no se cuentan como parte de Francia. Se han hecho polacos, en la medida en que era posible en los tiempos descentralizados de los siglos XVII y XVIII, polacos de habla alemana; hacía mucho que habían renunciado por completo a todo vínculo con la madre patria.
¡Pero han llevado a Polonia la cultura, la instrucción y la ciencia, el comercio y la industria! Ciertamente, han llevado el pequeño comercio y los oficios gremiales; con su consumo y el tráfico limitado que establecieron han elevado algo la producción. De gran instrucción y ciencia no se ha oído hablar mucho hasta 1772 en toda Polonia, ni desde entonces en la Polonia austriaca y la rusa; de la prusiana hablaremos más adelante. En cambio, los alemanes de Polonia han impedido la formación de ciudades polacas con una burguesía polaca; han dificultado la centralización, el medio político más poderoso para el rápido desarrollo de un país, con su lengua distinta, con su aislamiento de la población polaca, con sus privilegios y sus ordenamientos jurídicos urbanos de mil formas distintas. Casi cada ciudad tenía su propio derecho; en las ciudades mixtas incluso existía, y existe a menudo todavía, un derecho distinto para alemanes, para polacos y para judíos. Los germanopolacos se han quedado en el nivel más subalterno de la industria; ni han acumulado grandes capitales, ni han sabido apropiarse la gran industria, ni se han adueñado de las amplias relaciones comerciales. Tuvo que llegar a Varsovia el inglés Cockerill8 para que la industria pudiera arraigar en Polonia. Comercio de tienda, artesanía y, a lo sumo, comercio de grano y manufactura (tejeduría, etc.) en la escala más reducida: esa era toda la actividad de los germanopolacos. Y entre los méritos de los germanopolacos tampoco hay que olvidar que importaron a Polonia el filisteísmo alemán, la estrechez de miras pequeñoburguesa alemana, y que reúnen en sí las malas cualidades de ambas naciones sin las buenas.
El señor Stenzel trata de despertar la simpatía de los alemanes por los germanopolacos: «Cuando los reyes… se volvieron cada vez más impotentes, sobre todo en el siglo XVII, y ya no pudieron proteger tampoco a los campesinos polacos nativos contra la más dura opresión de la nobleza, decayeron también las aldeas y ciudades alemanas, muchas de las cuales pasaron a poder de la nobleza. Solo las ciudades reales mayores salvaron una parte de sus antiguas libertades» (léase: privilegios).
¿Pretende acaso el señor Stenzel que los polacos hubieran debido proteger a los «alemanes» (léase: germanopolacos), por lo demás también «nativos», mejor que a sí mismos? ¡Se entiende de suyo que los extranjeros que han inmigrado a un país no pueden pedir más que compartir los días buenos y malos con la población originaria!
Vengamos ahora a los beneficios que los polacos deben en especial al gobierno prusiano.
1772: Federico II roba el distrito del Netze, y al año siguiente se construye el canal de Bromberg,9 que estableció una navegación interior entre el Oder y el Vístula. «Los alrededores, disputados durante siglos entre Polonia y Pomerania y desiertos en muchos lugares por innumerables devastaciones y grandes pantanos, […] fueron entonces roturados y poblados por numerosos colonos.»
La primera partición de Polonia no fue, pues, un robo. Federico II no hizo más que apoderarse de un territorio «disputado durante siglos». Pero ¿desde cuándo no existía ya una Pomerania independiente que pudiera disputar ese territorio? ¿Durante cuántos siglos no se lo había disputado ya nadie realmente a los polacos? Y en general, ¿a qué viene esa teoría oxidada y podrida de las «disputas» y los «títulos», que era buena para encubrir en los siglos XVII y XVIII la desnudez de los intereses comerciales y de redondeo territorial? ¿A qué viene en el año 1848, cuando se le ha quitado el suelo bajo los pies a todo derecho y a toda injusticia históricos?
Por lo demás, el señor Stenzel debería tener en cuenta que, según esta doctrina de trastero, la frontera del Rin entre Francia y Alemania está «disputada desde hace milenios», ¡y que los polacos podrían hacer valer títulos a la soberanía feudal sobre la provincia de Prusia e incluso sobre Pomerania!
Basta. El distrito del Netze se hizo prusiano, y con ello dejó de estar «disputado». Federico II lo hizo colonizar por alemanes, y así nacieron los «hermanos del Netze», tan gloriosamente nombrados en el asunto de Posen. La germanización por razón de Estado empieza en el año 1773. «Los judíos del Gran Ducado son, según todos los datos fidedignos, alemanes sin excepción y quieren serlo… La tolerancia religiosa que reinaba antiguamente en Polonia, así como varias cualidades de que carecían los polacos, han dado a los judíos desde hace siglos una esfera de acción muy profunda» (en los bolsillos de los polacos, se entiende) «en Polonia. Por lo general dominan ambas lenguas, aunque en sus familias, como sus hijos desde la infancia, hablan alemán.»
La inesperada simpatía y el reconocimiento que los judíos polacos han encontrado últimamente en Alemania han alcanzado aquí su expresión oficial. Desacreditados, hasta donde llega la influencia de la feria de Leipzig, como la expresión más acabada del chalaneo, la tacañería y la suciedad, se han convertido de pronto en hermanos alemanes; el honrado Michel10 los estrecha contra su corazón con lágrimas de dicha, y el señor Stenzel los reclama en nombre de la nación alemana como alemanes que quieren además ser alemanes.
¿Y por qué no habrían de ser los judíos polacos auténticos alemanes? ¿No hablan «en sus familias, como sus hijos desde la infancia, alemán»? ¡Y qué alemán, además!
Por lo demás, hacemos notar al señor Stenzel que de este modo puede reclamar toda Europa y media América, e incluso una parte de Asia. El alemán es, como se sabe, la lengua universal de los judíos. En Nueva York como en Constantinopla, en San Petersburgo como en París, «los judíos hablan en sus familias, como sus hijos desde la infancia, alemán», y en parte un alemán todavía más clásico que los aliados «de la misma estirpe» de los hermanos del Netze, los judíos de Posen.
El informe sigue presentando las relaciones de nacionalidad del modo más impreciso posible y lo más favorable posible al supuesto medio millón de alemanes compuesto de germanopolacos, hermanos del Netze y judíos. La propiedad campesina de los alemanes sería mayor que la de los campesinos polacos (ya veremos cómo ocurre eso). Desde la primera partición de Polonia, el odio entre polacos y alemanes, en especial prusianos, habría subido al máximo. «Prusia sobre todo perturbó del modo más sensible las viejas costumbres y las instituciones tradicionales de los polacos con la introducción de sus ordenamientos estatales y administrativos, especialmente firmemente regulados» (¡qué alemán!) «y su aplicación severa.»
Hasta qué punto las medidas «firmemente reguladas» y «severamente aplicadas» de la loable burocracia prusiana «perturbaron» no solo las viejas costumbres y las instituciones tradicionales, sino toda la vida social, la producción industrial y agrícola, el comercio, la minería, en una palabra, todas las relaciones sociales sin excepción, de eso pueden contar cosas maravillosas no solo los polacos, sino también los demás prusianos, y muy en particular nosotros, los renanos. Pero el señor Stenzel no habla aquí siquiera de la burocracia de 1807-1848, sino de la de 1772-1806, de los funcionarios del más genuino prusianismo del bastón, cuya bajeza, venalidad, codicia y brutalidad salieron tan brillantemente a la luz en las traiciones de 1806.11 Estos funcionarios habrían protegido al campesino polaco contra la nobleza y cosechado pura ingratitud; los funcionarios habrían tenido que sentir, ciertamente, «que todo, aun dar e imponer cosas buenas, no compensa la pérdida de la independencia nacional».
También nosotros conocemos el modo en que los funcionarios prusianos acostumbraban todavía en los últimos tiempos a «darlo e imponerlo todo». ¿Dónde está el renano que no haya tenido que vérselas con funcionarios de la vieja Prusia recién importados, que no haya tenido ocasión de admirar esa sabihondez incomparable y redicha, esa intromisión desvergonzada, esa unión de estrechez e infalibilidad, esa grosería apodíctica? Entre nosotros, es verdad, los señores viejos prusianos se limaron pronto, por lo general, sus aristas más duras; no tenían a su disposición hermanos del Netze, ni inquisición secreta, ni Landrecht,12 ni apaleamientos, y más de uno se murió de pena por la falta de esto último. Pero cómo habrán hecho estragos en Polonia, donde podían apalear e inquirir en secreto a su antojo, no hace falta que nos lo describan.
Basta: el régimen arbitrario prusiano supo hacerse tan querido que «ya después de la batalla de Jena el odio de los polacos se mostró en un levantamiento general y en la expulsión de los funcionarios prusianos». Con ello el régimen de los funcionarios había llegado de momento a su fin.
Pero en el año 1815 volvió con una figura algo cambiada. La burocracia «reformada», «culta», «insobornable», «la mejor», probó fortuna con estos polacos rebeldes. «Tampoco con la creación del Gran Ducado de Posen pudo establecerse un buen entendimiento, ya que… el rey de Prusia no podía entonces consentir de ningún modo en organizar con plena independencia una sola provincia y hacer de su Estado, en cierto modo, un Estado federal.»
¡Así que el rey de Prusia, según el señor Stenzel, «no podía de ningún modo consentir» en cumplir sus propias promesas y los tratados de Viena! «Cuando en el año 1830 las simpatías de la nobleza polaca por el levantamiento de Varsovia despertaron inquietud, y desde entonces se trabajó metódicamente para eliminar poco a poco por completo sobre todo a la nobleza polaca mediante varias disposiciones adoptadas (!), en especial mediante la compra, el troceo y el reparto de fincas nobles polacas entre alemanes, aumentó su encono contra Prusia.»
«¡Mediante varias disposiciones adoptadas!» Mediante la prohibición de vender a polacos las fincas subastadas y otras medidas semejantes, que el señor Stenzel cubre con el manto de la caridad.
¡Qué dirían los renanos si el gobierno prusiano hubiera prohibido también entre nosotros vender a renanos las fincas vendidas judicialmente! Pretextos no habrían faltado: fundir la población de las provincias viejas y nuevas; hacer que los naturales de las provincias viejas participaran de los beneficios de la parcelación y de la legislación renana; mover a los renanos a aclimatar su industria también en las provincias viejas mediante la inmigración, etc. ¡Razones de sobra para regalarnos también a nosotros «colonos» prusianos! ¿Cómo miraríamos a una población que comprara nuestras tierras a precios irrisorios, sin competencia, y que además recibiera para ello apoyo del Estado; una población que se nos echara encima expresamente para aclimatar entre nosotros el aguardiente del entusiasmo «con Dios por el rey y la patria»?13
Y eso que nosotros somos alemanes, hablamos la misma lengua que las provincias viejas. Pero en Posen estos colonos fueron enviados sistemáticamente, con una regularidad implacable, a los dominios, a los bosques, a las fincas nobles polacas parceladas, para desplazar de su propia tierra a los polacos nativos y su lengua y formar una provincia genuinamente prusiana que superara incluso a Pomerania en fanatismo negro y blanco.
Y para que los campesinos prusianos de Polonia no se quedaran sin sus superiores naturales, se les envió detrás la flor de la caballería prusiana, un Tresckow, un Lüttichau, que compraron allí también fincas nobles a precios irrisorios y con anticipos del Estado. Más aún: tras el levantamiento polaco de 1846 se formó en Berlín toda una sociedad por acciones, bajo la graciosa protección de personas altas, altísimas y más altas todavía, con el fin de comprar fincas polacas para caballeros alemanes. Los muertos de hambre de la nobleza de la Marca y de Pomerania previeron que el proceso contra los polacos14 arruinaría a muchos propietarios de fincas nobles polacas y que pronto se malvenderían sus fincas por cuatro cuartos. ¡Qué bocado caído del cielo para más de un don Ranudo15 de la Uckermark que se ahogaba en deudas! Una hermosa finca noble casi de balde, campesinos polacos para apalear y encima el mérito de haberse ganado la gratitud del rey y de la patria: ¡qué perspectiva brillante!
Así nació la tercera inmigración alemana a Polonia: campesinos prusianos y nobleza prusiana que se establecieron por todas partes en Posen y que, apoyados por el gobierno, llegaron con el propósito declarado no de la germanización, sino de la pomeranización. Si los burgueses germanopolacos tenían la excusa de haber contribuido un poco al auge del comercio, si los hermanos del Netze podían jactarse de haber roturado algunos pantanos, a esta última invasión prusiana le faltaba todo pretexto. Ni siquiera habían introducido de modo consecuente la parcelación; la nobleza prusiana siguió a los campesinos prusianos pisándoles los talones.
N.º 73, 12 de agosto de 1848
**Colonia, 11 de agosto. En el primer artículo examinamos la «base histórica» del informe de Stenzel en la medida en que trata de la situación de Posen antes de la revolución. Llegamos hoy a la historia de la revolución y la contrarrevolución en Posen del señor Stenzel. «El pueblo alemán, siempre lleno de compasión por todo desdichado» (mientras la compasión no cueste nada), «había sentido profundamente en todo momento la gran injusticia que sus príncipes habían cometido contra los polacos.»
¡Desde luego, «sentido profundamente» en el callado corazón alemán, donde los sentimientos están tan «profundos» que nunca irrumpen en hechos! ¡Desde luego, «compasión» en forma de algunas limosnas en 1831,16 de banquetes benéficos y de bailes polacos, mientras se trató de bailar, beber champán y cantar en beneficio de los polacos «¡Polonia aún no ha muerto!»!17 Pero hacer de verdad algo serio, hacer de verdad un sacrificio por una vez: ¡cuándo ha sido eso cosa de los alemanes! «Los alemanes tendieron sinceramente la mano fraterna para expiar lo que sus príncipes habían perpetrado antes.»
Desde luego, si las frases conmovedoras y la perezosa politiquería de café pudieran «expiar» algo, ningún pueblo estaría tan limpio en la historia como precisamente los alemanes. «Pero en el mismo instante en que los polacos la estrecharon» (la mano fraterna tendida, se entiende), «se separaron ya los intereses y los fines de ambas naciones. Los polacos solo pensaban en restablecer su antiguo reino, por lo menos en la extensión territorial anterior a la primera partición, del año 1772.»
¡En verdad, solo el entusiasmo irreflexivo y desordenado, sin rumbo, que desde siempre ha sido uno de los principales adornos del carácter nacional alemán, podía conseguir que los alemanes se sorprendieran de la exigencia de los polacos! Los alemanes querían «expiar» la injusticia cometida con Polonia. ¿Con qué empezó esa injusticia? Por no hablar de traiciones anteriores, sin duda con la primera partición, en 1772. ¿Cómo había que «expiarla»? Solo restableciendo el statu quo anterior a 1772, o por lo menos devolviendo los alemanes a los polacos lo que les habían robado desde 1772. ¿Pero el interés de los alemanes se oponía a ello? Bien: si hablamos de intereses, ya no cabe hablar de sentimentalismos de «expiación», etc.; háblese entonces el lenguaje de la práctica fría e insensible y ahórrennos las frases de brindis y los sentimientos de magnanimidad.
Por lo demás, en primer lugar, los polacos no «pensaron» en absoluto «solo» en restablecer la Polonia de 1772. En qué hayan «pensado» los polacos nos importa en general poco. Por el momento solo exigían la reorganización de todo Posen, y hablaban de eventualidades ulteriores solo para el caso de una guerra germano-polaca contra Rusia.
En segundo lugar, «los intereses y los fines de ambas naciones se separaron» solo mientras los «intereses y fines» de la Alemania revolucionada siguieron siendo, en lo tocante a las relaciones internacionales, exactamente los mismos que los de la antigua Alemania absolutista. Si la alianza rusa, o al menos la paz con Rusia a cualquier precio, es el «interés y fin» de Alemania, entonces, desde luego, en Polonia todo tiene que seguir como estaba. Pero ya veremos más adelante hasta qué punto los intereses reales de Alemania son idénticos a los de Polonia.
Viene ahora un pasaje prolijo, confuso y embarazado en el que el señor Stenzel se extiende sobre cuánta razón tenían los germanopolacos cuando querían, por un lado, hacer justicia a Polonia, pero, por otro, seguir siendo prusianos y alemanes. Que el «por un lado» hace imposible el «por otro», y el «por otro» el «por un lado», no le importa naturalmente al señor Stenzel.
A ello se une un relato histórico igual de prolijo y confuso en el que el señor Stenzel trata de demostrar con detalle que, con los «intereses y fines de ambas naciones que se separaban» y con el encono mutuo que por ello crecía sin cesar, era inevitable un choque sangriento. Los alemanes se aferraban al interés «nacional»; los polacos, al meramente «territorial». Es decir, los alemanes exigían separar el Gran Ducado según las nacionalidades; los polacos querían para sí todo su antiguo territorio.
Esto tampoco es verdad. Los polacos exigían la reorganización, pero declaraban al mismo tiempo que estaban plenamente de acuerdo con ceder los distritos fronterizos mixtos allí donde la mayoría fuera alemana y quisiera ser incorporada a Alemania. Solo que no había que hacer alemana o polaca a la gente a capricho de los funcionarios prusianos, sino según su propia voluntad.
La misión de Willisen,18 prosigue el señor Stenzel, tenía que fracasar, naturalmente, por la resistencia (pretextada, inexistente en ninguna parte) de los polacos a ceder los distritos predominantemente alemanes. El señor Stenzel tuvo a la vista las declaraciones de Willisen sobre los polacos y las de los polacos sobre Willisen. Estas declaraciones impresas demuestran lo contrario. ¡Pero eso pasa cuando uno, como dice el señor Stenzel, «es un hombre que se ocupa de historia desde hace muchos años y se ha impuesto el deber de no decir nada falso ni callar nada verdadero»!
Con la misma fidelidad, que no calla nada verdadero, el señor Stenzel pasa por encima a la ligera, sin mencionar ni una sílaba, del canibalismo cometido en Posen, de la vil ruptura de la convención de Jarosławiec,19 de las matanzas de Trzemeszno, Miłosław y Września,20 de los estragos devastadores de una soldadesca digna de la guerra de los Treinta Años.
El señor Stenzel llega ahora a las cuatro nuevas particiones de Polonia por el gobierno prusiano. Primero se arrancó el distrito del Netze con otros cuatro distritos (14 de abril); se le añadieron además algunas partes de otros distritos, en total con una población de 593.390 almas, y se las hizo admitir en la Confederación Germánica (22 de abril). Luego se agregaron la ciudad y fortaleza de Posen con el resto de la orilla izquierda del Warta: otras 273.500 almas, es decir, en total más del doble de los alemanes que, aun según los datos prusianos, viven en todo Posen. Esto se hizo por orden del gabinete del 26 de abril, y ya el 2 de mayo se produjo la admisión en la Confederación Germánica. El señor Stenzel lloriquea ahora ante la Asamblea lo absolutamente necesario que es que Posen quede en manos alemanas: Posen, una fortaleza importante, formidable, donde viven más de 20.000 alemanes (la mayoría de ellos judíos polacos), a los que pertenecen 2/3 de toda la propiedad de la tierra, etc. ¡Que Posen se encuentra en medio de tierra puramente polaca, que ha sido germanizada por la fuerza y que los judíos polacos no son alemanes, es de lo más indiferente para gente que «nunca dice nada falso ni calla nada verdadero», para historiadores de la talla del señor Stenzel!
Basta: por razones militares no se podía soltar Posen. Como si no se hubiera podido arrasar esta fortaleza, que según Willisen es uno de los mayores errores estratégicos, y fortificar en su lugar Breslau. Pero se habían metido en ella diez millones (lo cual, dicho sea de paso, tampoco es verdad: apenas cinco millones), y es naturalmente más ventajoso conservar la costosa obra de arte y, de propina, 20 o 30 millas cuadradas de tierra polaca.
Pero una vez que se tiene la «ciudad y fortaleza» de Posen, se ofrece la ocasión más natural de tomar todavía más. «Pero para sostener la fortaleza habrá que asegurarle también los accesos desde Glogau, Küstrin y Thorn, así como un distrito de fortaleza hacia el este» (que bastaría con que fuera de 1.000 a 2.000 pasos, como el de Maastricht frente a Bélgica y Limburgo). «Con ello», continúa el señor Stenzel con una sonrisita, «se asegura al mismo tiempo la posesión tranquila del canal de Bromberg, pero también habrá que incorporar a la Confederación Germánica numerosas franjas en las que predomina la población polaca.»
Por todas estas razones, el conocido filántropo Pfuel von Höllenstein21 ha llevado a cabo dos nuevas particiones de Polonia, con las que se satisfacen todos los deseos del señor Stenzel y se agregan a Alemania tres cuartas partes de todo el Gran Ducado. El señor Stenzel reconoce este proceder con tanta mayor gratitud cuanto que él, el historiador, tiene que ver sin duda en esta renovación potenciada de las cámaras de reunión de Luis XIV22 que los alemanes han aprendido a aprovechar las lecciones de la historia.
Los polacos, opina el señor Stenzel, deben consolarse con que su parte es más fértil que el territorio incorporado, con que tienen mucho menos propiedad de la tierra que los alemanes y con que «nadie que sea imparcial negará que el labrador polaco se encontrará mucho más a gusto bajo un gobierno alemán que el alemán bajo uno polaco»!! De lo cual la historia ofrece pruebas notables.
Por último, el señor Stenzel exhorta a los polacos: también el pedacito que les ha quedado les bastará para prepararse dignamente, ejerciendo todas las virtudes cívicas, «para el momento que el futuro todavía les oculta y que quizá, de un modo muy perdonable, tratan de convocar con demasiado ímpetu. "Hay", exclama muy atinadamente uno de sus conciudadanos más juiciosos, "una corona que también es digna de excitar vuestra ambición: es la corona cívica". Un alemán puede añadir: ¡no brilla, pero es maciza!»
«¡Es maciza!» Pero todavía más «macizas» son las verdaderas razones de las cuatro particiones de Polonia renovadas por el gobierno prusiano.
¡Honrado alemán! ¿Crees que las particiones se han hecho para salvar a tus hermanos alemanes de la dominación polaca? ¿Para asegurarte en la fortaleza de Posen un baluarte contra cualquier ataque? ¿Para poner a salvo los caminos de Küstrin, Glogau y Bromberg, el canal del Netze? ¡Qué engaño!
Te han engañado ignominiosamente. Las nuevas particiones de Polonia no se han hecho por ninguna otra razón que para llenar las arcas del Estado prusiano.
Las primeras particiones de Polonia, hasta 1815, fueron un robo de territorio a mano armada; las particiones de 1848 son un hurto.
¡Y ahora atiende, honrado alemán, a cómo te han engañado!
Después de la tercera partición de Polonia, Federico Guillermo II confiscó en beneficio del Estado los bienes polacos de las starostías23 y los pertenecientes al clero católico. Los bienes de la Iglesia, en particular, constituían «una parte muy considerable de toda la propiedad de la tierra», como decía la propia declaración de toma de posesión del 28 de julio de 1796. Estos nuevos dominios se administraron o arrendaron por cuenta del rey, y eran tan extensos que para administrarlos hubo que crear 34 bailías de dominio y 21 inspecciones forestales. A cada una de estas bailías pertenecían multitud de localidades; por ejemplo, a las 10 bailías del distrito gubernativo de Bromberg, 636 en total, y a la sola bailía de Mogilno, 127.
Además, en 1796 Federico Guillermo II confiscó los bienes y bosques del convento de monjas de Owińska y los vendió al comerciante von Tresckow (antepasado del valiente cabecilla prusiano Tresckow de la última guerra heroica); estos bienes constan de 24 localidades, con molinos, y 20.000 Morgen de bosque, con un valor de por lo menos 1.000.000 de táleros.
Además, en 1819 se cedieron al príncipe de Thurn und Taxis, para indemnizarle por la regalía de correos en varias provincias que habían pasado a Prusia,24 las bailías de Krotoschin, Rozdrażewo, Orpiszewo y Adelnau, con un valor de por lo menos 2 millones de táleros.
Federico Guillermo II se había hecho cargo de todos estos bienes con el pretexto de administrarlos mejor. Y, sin embargo, siendo propiedad de la nación polaca, se han regalado, cedido, vendido, y el dinero de las ventas ha ido a parar a las arcas del Estado prusiano.
Las bailías de Gniezno, Skorzęcin y Trzemeszno se han troceado y enajenado.
Quedan, pues, todavía en manos del gobierno prusiano 27 bailías de dominio y las inspecciones forestales, con un valor capital de por lo menos veinte millones de táleros. Nos ofrecemos a demostrar, con el mapa en la mano, que estos dominios y bosques se encuentran todos, con muy pocas excepciones o ninguna, en la parte incorporada de Posen. Para salvar este rico tesoro de toda restitución a la nación polaca había que admitirlo en la Confederación Germánica; y como no podía ir él a la Confederación Germánica, la Confederación Germánica tuvo que ir a él, y se incorporaron 3/4 de Posen.
Esta es la verdadera razón de las cuatro famosas particiones de Polonia en el plazo de dos meses. No han decidido las reclamaciones de esta o aquella nacionalidad, ni supuestas razones estratégicas: la situación de los dominios, solo la codicia del gobierno prusiano, ha determinado la línea de demarcación.
Mientras los burgueses alemanes derramaban lágrimas de sangre por los sufrimientos inventados de sus pobres hermanos de Posen, mientras se entusiasmaban por la seguridad de la Marca oriental alemana, mientras se dejaban enfurecer contra los polacos con relatos mentirosos de barbaridades polacas, el gobierno prusiano operaba con todo sigilo y ponía a buen recaudo lo suyo. El entusiasmo alemán, sin fundamento ni objeto, no ha servido más que para encubrir la acción más sucia de la historia moderna.
¡Así es como te tratan, honrado alemán, tus ministros responsables!
Pero, en verdad, podías saberlo de antemano. Donde está metido el señor Hansemann nunca se trata de nacionalidad alemana, de necesidad militar ni de otras frases huecas por el estilo, sino siempre de dinero contante y de beneficio claro.
N.º 81, 20 de agosto de 1848
**Colonia, 19 de agosto. Hemos seguido en sus detalles el informe del señor Stenzel, la base del debate. Hemos demostrado cómo falsea la historia antigua y moderna de Polonia y de los alemanes de Polonia, cómo desplaza toda la cuestión, cómo el historiador Stenzel no solo ha incurrido en falsificación deliberada, sino también en una ignorancia grosera.
Antes de entrar en el debate mismo, tenemos que echar todavía una mirada a la cuestión polaca.
La cuestión de Posen, considerada en sí misma, carece de todo sentido, no tiene solución posible. Es un fragmento de la cuestión polaca, y solo dentro de ella y con ella puede resolverse. La frontera entre Alemania y Polonia solo podrá fijarse cuando Polonia vuelva a existir.
Pero ¿puede volver a existir Polonia, y volverá a existir? En el debate se ha negado.
Un historiador francés ha dicho: Il y a des peuples nécessaires, hay pueblos necesarios. Entre esos pueblos necesarios figura incondicionalmente en el siglo XIX el pueblo polaco.
Pero la existencia nacional de Polonia no es más necesaria para nadie que precisamente para nosotros, los alemanes.
¿En qué se apoya ante todo el poder de la reacción en Europa desde 1815, e incluso en parte desde la primera revolución francesa? En la Santa Alianza ruso-prusiano-austriaca. ¿Y qué mantiene unida a esta Santa Alianza? La partición de Polonia, de la que sacaron provecho los tres aliados.
El tajo que las tres potencias abrieron a través de Polonia es el lazo que las encadena entre sí; el robo común las ha hecho solidarias unas de otras.
Desde el momento en que se cometió el primer robo contra Polonia, Alemania cayó bajo la dependencia de Rusia. Rusia ordenó a Prusia y a Austria seguir siendo monarquías absolutas, y Prusia y Austria tuvieron que obedecer. Los esfuerzos, de por sí flojos y tímidos, sobre todo de la burguesía prusiana, por conquistar la dominación fracasaron por completo ante la imposibilidad de librarse de Rusia, ante el respaldo que Rusia ofrecía a la clase feudal y absolutista de Prusia.
A esto se añadió que, desde el primer intento de opresión de los aliados, los polacos no solo lucharon con insurrecciones por su independencia, sino que se alzaron al mismo tiempo de manera revolucionaria contra su propia situación social interior.
La partición de Polonia se había llevado a cabo por la alianza de la gran aristocracia feudal de Polonia con las tres potencias repartidoras. No fue un progreso, como afirma el ex poeta señor Jordan;25 fue el último recurso de la gran aristocracia para salvarse de una revolución; fue reaccionaria de cabo a rabo.
La consecuencia ya de la primera partición fue, con toda naturalidad, una alianza de las demás clases, es decir, de la nobleza, la burguesía de las ciudades y en parte los campesinos, tanto contra los opresores de Polonia como contra la gran aristocracia del propio país. Hasta qué punto comprendían ya entonces los polacos que su independencia hacia fuera era inseparable del derrocamiento de la aristocracia y de la reforma agraria en el interior lo demuestra la Constitución de 1791.26
Los grandes países agrícolas entre el Báltico y el mar Negro solo pueden salvarse de la barbarie patriarcal y feudal mediante una revolución agraria que transforme a los campesinos siervos o sujetos a prestaciones personales en propietarios libres de la tierra, una revolución que en el campo es exactamente la misma que la francesa de 1789. La nación polaca tiene el mérito de haberlo proclamado la primera entre todos sus pueblos vecinos agricultores. El primer intento de reforma fue la Constitución de 1791; en el levantamiento de 1830, Lelewel27 declaró la revolución agraria único medio de salvar el país, pero la Dieta lo reconoció demasiado tarde; en las insurrecciones de 1846 y 1848 se proclamó abiertamente.
Desde el día de su opresión los polacos se alzaron de manera revolucionaria y con ello ataron tanto más fuertemente a sus opresores a la contrarrevolución. Obligaron a sus opresores a mantener la situación patriarcal y feudal no solo en Polonia, sino también en sus demás países. Y sobre todo desde el levantamiento de Cracovia de 1846,28 la lucha por la independencia de Polonia es al mismo tiempo la lucha de la democracia agraria —la única posible en la Europa oriental— contra el absolutismo patriarcal y feudal.
Por tanto, mientras ayudemos a oprimir a Polonia, mientras encadenemos a Alemania una parte de Polonia, seguiremos encadenados a Rusia y a la política rusa, no podremos quebrar a fondo el absolutismo patriarcal y feudal en nuestra propia casa. La restauración de una Polonia democrática es la primera condición de la instauración de una Alemania democrática.
Pero la restauración de Polonia y la regulación de su frontera con Alemania no solo es necesaria: es con mucho la más soluble de todas las cuestiones políticas que han surgido en la Europa oriental desde la revolución. Las luchas por la independencia de los pueblos de todas las estirpes que se encuentran revueltos en abigarrada mezcla al sur de los Cárpatos son mucho más enrevesadas y costarán mucha más sangre, confusión y guerra civil que la lucha polaca por la independencia y la fijación de la frontera entre Alemania y Polonia.
Se entiende que no se trata de restaurar una Polonia de apariencia, sino de restaurar un Estado sobre una base viable. Polonia ha de tener por lo menos la extensión de 1772, ha de poseer no solo las cuencas, sino también las desembocaduras de sus grandes ríos, y ha de tener por lo menos una gran franja de costa en el Báltico.
Todo esto podía garantizárselo Alemania, poniendo a salvo al mismo tiempo sus intereses y su honor, si después de la revolución hubiera tenido el valor, en su propio interés, de exigir a Rusia con las armas en la mano la devolución de Polonia. Que con la mezcla de alemán y polaco en la frontera, y sobre todo en la costa, ambas partes tendrían que ceder algo una a otra, que más de un alemán habría tenido que hacerse polaco y más de un polaco alemán, se entendía de suyo y no habría creado ninguna dificultad.
Pero después de la media revolución alemana no se tuvo el valor de actuar con tanta resolución. Pronunciar discursos pomposos sobre la liberación de Polonia, recibir en las estaciones de ferrocarril a los polacos que pasaban y ofrecerles las más ardientes simpatías del pueblo alemán (¿a quién no se le han ofrecido ya?), eso podía pasar; pero empezar una guerra con Rusia, poner en cuestión todo el equilibrio europeo y, para colmo, devolver algún jirón del territorio robado... ¡ah, eso sería no conocer a nuestros alemanes!
¿Y qué era la guerra con Rusia? La guerra con Rusia era la ruptura completa, abierta y real con todo nuestro pasado ignominioso, era la verdadera liberación y unificación de Alemania, era la instauración de la democracia sobre las ruinas del feudalismo y del breve sueño de dominación de la burguesía. La guerra con Rusia era el único camino posible para salvar nuestro honor y nuestros intereses frente a nuestros vecinos eslavos y, en especial, frente a los polacos.
Pero éramos filisteos y seguimos siendo filisteos. Hicimos un par de docenas de revoluciones pequeñas y grandes de las que nosotros mismos teníamos miedo antes de que estuvieran acabadas. Después de habernos llenado bien la boca, no llevamos nada a cabo. La revolución, en lugar de ampliar nuestro horizonte, lo estrechó. Todas las cuestiones se trataron con el filisteísmo más timorato, más obtuso, más mezquino, y con ello, naturalmente, se volvieron a comprometer nuestros intereses reales. Desde el punto de vista de este filisteísmo mezquino, la gran cuestión de la liberación de Polonia se redujo a la diminuta frase de la reorganización de una parte de la provincia de Posen, y nuestro entusiasmo por los polacos se transformó en shrapnels y piedra infernal.
La única solución posible, la única que habría salvaguardado el honor de Alemania, los intereses de Alemania, lo repetimos, era la guerra con Rusia. No se tuvo el valor de hacerla, y ha ocurrido lo inevitable: la soldadesca de la reacción, derrotada en Berlín, volvió a levantar la cabeza en Posen; con la apariencia de salvar el honor y la nacionalidad de Alemania, plantó la bandera de la contrarrevolución y aplastó a los polacos revolucionarios, nuestros aliados, y la Alemania engañada aplaudió con júbilo por un momento a sus enemigos victoriosos. Se consumó la nueva partición de Polonia, y solo le faltaba la sanción de la Asamblea Nacional alemana.
La Asamblea de Fráncfort aún tenía un camino para reparar el daño: tendría que haber excluido todo Posen de la Confederación Germánica y declarado abierta la cuestión de la frontera hasta que pudiera negociarse de igual a igual con la Polonia restaurada.
¡Pero eso habría sido pedir demasiado a nuestros profesores, abogados y pastores de Fráncfort de la Asamblea Nacional! La tentación era demasiado grande: ellos, los pacíficos burgueses que nunca han disparado un fusil, iban a conquistar para Alemania, levantándose y quedándose sentados,29 un país de 500 millas cuadradas, a incorporar 800.000 hermanos del Netze, germanopolacos, judíos y polacos, aunque fuera a costa del honor y de los intereses reales y duraderos de Alemania: ¡qué tentación! Han sucumbido a ella, han confirmado la partición de Polonia.
Por qué razones, lo veremos mañana.
N.º 82, 22 de agosto de 1848
**Colonia, 21 de agosto. Pasamos por alto la cuestión previa de si los diputados de Posen debían participar en la deliberación y en la votación, y vamos directamente al debate de la cuestión principal.
El señor Stenzel, el ponente, lo abrió con un discurso espantosamente confuso y difuso. Se presenta como historiador y hombre concienzudo, habla de fortalezas y reductos de campaña, de cielo e infierno, de simpatías y de corazones alemanes; se remonta al siglo XI para demostrar que la nobleza polaca siempre ha oprimido al campesino; utiliza algunos escasos datos de la historia polaca como excusa para un torrente interminable de los lugares comunes más chatos sobre la nobleza, los campesinos, las ciudades, los beneficios de la monarquía absoluta, etc.; disculpa con lenguaje tosco y embarazado la partición de Polonia; expone las disposiciones de la Constitución del 3 de mayo de 1791 con una confusión tan abigarrada que los diputados que hasta entonces no la conocían saben ahora todavía menos a qué atenerse; está a punto de pasar al Gran Ducado de Varsovia30 cuando lo interrumpen el grito de «¡Eso es demasiado!» y el presidente.
El gran investigador de la historia, completamente desconcertado, prosigue con estas conmovedoras palabras: «Seré breve. La cuestión es ahora: ¿qué queremos hacer? Esta cuestión es muy natural» (¡literalmente!). «La nobleza quiere restablecer el reino. Afirma que es democrática. No dudo de que lo diga sinceramente. Pero, señores, es natural (!) que algunos estamentos se hagan grandes ilusiones. Creo plenamente en la sinceridad, pero, si los príncipes y los condes han de pasar al pueblo, no sé cómo se producirá la fusión» (¡y qué le importa eso al señor Stenzel!). «Eso es imposible en Polonia, etc.»
El señor Stenzel hace como si en Polonia nobleza y aristocracia fueran exactamente lo mismo. La Histoire de Pologne de Lelewel, que él mismo citó, el Débat entre la révolution et la contre-révolution en Pologne de Mierosławski31 y una masa de otros escritos recientes podrían sacar de su error al «hombre que se ocupa de historia desde hace años». La mayoría de los «príncipes y condes» de que habla el señor Stenzel son precisamente aquellos contra los que combate la propia democracia polaca.
Hay que dejar caer, pues, opina el señor Stenzel, a la nobleza con sus ilusiones y fundar una Polonia para el campesino (agregando a Alemania un trozo de Polonia tras otro). «Tiendan más bien la mano a los pobres campesinos para que estos prosperen, para que quizá (!) lleguen a restablecer una Polonia libre, pero no solo a restablecerla, sino también a conservarla. ¡Eso, señores, es lo principal!»
Y entre los gritos de júbilo de los charlatanes nacionales de los centros —«¡Muy bien!», «¡Excelente!»—, el investigador de la historia, ebrio de victoria, abandona la tribuna. ¡Presentar la nueva partición de Polonia como un beneficio para los campesinos polacos, este giro sorprendentemente absurdo, tenía sin duda que conmover hasta las lágrimas a la masa de bonachonería y filantropía reunida en el centro de la Asamblea!
Sigue el señor Goeden, de Krotoszyn,32 un germanopolaco de la más pura ley. Tras él sube el señor Senff, de Inowrocław, hermoso modelo de hermano del Netze sin doblez alguna, que se había inscrito contra la propuesta de la comisión y habló a favor, de modo que a un orador contrario a la propuesta se le birló su turno de palabra.
El modo en que se presentan aquí los señores hermanos del Netze es la comedia más graciosa del mundo y muestra una vez más de qué es capaz un auténtico prusiano. Todos sabemos que los picapleitos judeo-prusianos de Posen, ávidos de ganancia, combatieron a los polacos en la más íntima armonía con la burocracia, con el cuerpo de oficiales real prusiano y con los junkers de la Marca y de Pomerania; en una palabra, con todo lo que era reaccionario, lo que era de la vieja Prusia. La traición a Polonia fue el primer alzamiento de la contrarrevolución, y nadie fue más contrarrevolucionario que precisamente los señores hermanos del Netze.
Y ahora véase aquí, en Fráncfort, a esos maestros de escuela y funcionarios rabiosamente prusianos «con Dios por el rey y la patria», cómo declaran su traición contrarrevolucionaria a la democracia polaca una revolución, una verdadera y auténtica revolución en nombre de la soberana hermandad del Netze, cómo pisotean el derecho histórico y exclaman sobre el supuesto cadáver de Polonia: ¡solo el que vive tiene razón!33
Pero así es el prusiano: en el Spree, por la gracia de Dios; en el Warta, pueblo soberano; en el Spree, motín de la plebe; en el Warta, revolución; en el Spree, derecho histórico, «que no tiene ningún fecha no»;34 en el Warta, derecho del hecho vivo, que data de ayer; y, a pesar de todo, sin doblez, honrado y bueno en el leal corazón prusiano.
Oigamos al señor Goeden. «Por segunda vez debemos defender una causa de tal significación, de tal trascendencia para nuestra patria, que, si no se hubiera elaborado en sí misma (!) como una causa plenamente jurídica para nosotros, tendría necesariamente que convertirse en tal (!!). Nuestro derecho tiene sus raíces menos en el pasado que en las ardientes pulsaciones» (y sobre todo en los culatazos) «del presente.»
«El campesino y el burgués polacos se vieron trasladados por la toma de posesión» (prusiana) «a un estado de seguridad y de bienestar como nunca habían conocido.» (Sobre todo desde las guerras polaco-prusianas y las particiones de Polonia.)
«¡La quiebra de la justicia que hay en la partición de Polonia ha quedado completamente expiada por la humanidad de su» (del alemán) «pueblo» (y en especial por los bastonazos de los funcionarios prusianos), «por su laboriosidad» (en tierras polacas robadas y regaladas) «y, en abril de este año, también por su sangre!»
¡La sangre del señor Goeden de Krotoszyn! «¡La revolución es nuestro derecho, y en virtud de ella estamos aquí!»
«Los títulos que prueban nuestra legítima incorporación a Alemania no consisten en pergaminos amarillentos; no hemos sido adquiridos por matrimonio, ni por herencia, ni por compra o permuta; somos alemanes y pertenecemos a nuestra patria porque nos impulsa a ello una voluntad racional, jurídica, una voluntad soberana, una voluntad condicionada por nuestra situación geográfica, nuestra lengua y nuestras costumbres, nuestro número (!), nuestra propiedad, pero sobre todo por nuestro sentimiento alemán y nuestro amor a la patria.»
«¡Nuestros derechos son tan seguros, descansan tan hondamente en la conciencia universal moderna, que ni siquiera hace falta un corazón alemán para tener que reconocerlos!»
¡Viva la voluntad soberana de la hermandad prusiano-judía del Netze, que descansa en la conciencia universal moderna, se apoya en la revolución del shrapnel y hunde sus raíces en las ardientes pulsaciones del presente de los consejos de guerra! ¡Viva el germanismo de los sueldos de los burócratas de Posen, del robo de los bienes de la Iglesia y de las starostías y de los anticipos de dinero a lo Flottwell!
Tras el declamatorio caballero del derecho superior viene el hermano del Netze desvergonzado. Para el señor Senff, de Inowrocław, la propia propuesta de Stenzel es todavía demasiado cortés con los polacos, y por eso propone una redacción algo más grosera. Con la misma cara dura con que se había inscrito, con ese pretexto, como orador contrario a la propuesta, declaró que era una injusticia clamorosa excluir de la votación a los de Posen: «Creo que los diputados de Posen están con mayor razón llamados a votar, pues se trata precisamente de los derechos más importantes de los que nos han enviado aquí».
El señor Senff entra luego en la historia de Polonia desde la primera partición y la enriquece con una serie de falsificaciones deliberadas y de falsedades clamorosas al lado de las cuales el señor Stenzel queda como el más lamentable chapucero. Todo lo pasable que existe en Posen debe su origen al gobierno prusiano y a los hermanos del Netze. «Nació el Gran Ducado de Varsovia. Los funcionarios polacos ocuparon el lugar de los prusianos, y en el año 1814 apenas se notaba ya una huella de lo bueno que el gobierno prusiano había hecho por estas provincias.»
El señor Senff tiene razón. Ni de la servidumbre, ni de los pagos presupuestarios de distritos polacos a centros de enseñanza prusianos, por ejemplo a la Universidad de Halle, ni de las extorsiones y brutalidades de funcionarios prusianos que no sabían polaco «se notaba ya una huella». Pero Polonia aún no había muerto, pues Prusia volvió a florecer por la gracia de Rusia, y Posen volvió a Prusia. «A partir de entonces se renovaron los esfuerzos del gobierno prusiano, dirigidos a mejorar la situación de la provincia de Posen.»
Quien quiera saber algo más sobre ello, que lea la memoria de Flottwell de 1841.35 Hasta 1830 el gobierno no hizo nada en absoluto. ¡Flottwell solo encontró cuatro millas de carretera en todo el Gran Ducado! ¿Y vamos a enumerar los beneficios de Flottwell? El señor Flottwell, un astuto burócrata, trató de sobornar a los polacos con la construcción de carreteras, la canalización de ríos, la desecación de pantanos, etc., etc.; pero no los sobornó con el dinero del gobierno prusiano, sino con su propio dinero. Todas aquellas mejoras se hicieron principalmente con fondos privados o de los distritos; y si el gobierno aportaba aquí y allá algún dinero, era solo la parte más pequeña de las sumas que sacaba de la provincia en impuestos y en el producto de los dominios nacionales y eclesiásticos polacos. Además, los polacos deben al señor Flottwell no solo que siguiera suspendida la elección de los consejeros de distrito por los distritos (desde 1826), sino especialmente la lenta expropiación de los terratenientes polacos mediante las compras por el gobierno de fincas nobles subastadas, que solo se revendían a alemanes bien dispuestos (orden del gabinete de 1833). Un último beneficio de la administración de Flottwell fue la mejora de la enseñanza. Pero esta fue a su vez una medida de prusianización. Las escuelas superiores debían prusianizar a los jóvenes nobles y a los futuros clérigos católicos; las inferiores, a los campesinos, por medio de maestros prusianos. Lo que se pretendía con los centros de enseñanza lo delató, en un arrebato descuidado, el presidente del gobierno de Bromberg, señor Wallach; escribe al presidente superior, señor Beurmann, que la lengua polaca es un obstáculo principal para la difusión de la instrucción y del bienestar entre la población rural. Muy cierto, desde luego, si el maestro de escuela no sabe polaco. Por lo demás, quienes pagaban estas escuelas eran otra vez los propios polacos, pues, 1.º, la mayoría de los institutos y los más importantes, pero que no servían precisamente a la prusianización, se fundaron y dotaron con aportaciones privadas o por los estados provinciales, y 2.º, incluso las escuelas de prusianización se mantenían con las rentas de los conventos secularizados el 31 de marzo de 1833, y la caja del Estado solo concedía 21.000 táleros anuales durante diez años. Por lo demás, el señor Flottwell reconoce que todas las reformas partieron de los propios polacos. Que los mayores beneficios del gobierno prusiano consistieron en recaudar rentas e impuestos considerables y en emplear a los jóvenes en el servicio militar prusiano, eso lo calla el señor Flottwell no menos que el señor Senff.
En suma, todos los beneficios del gobierno prusiano se reducen a colocar a suboficiales prusianos en Posen, ya fuera como instructores de instrucción militar, como maestros de escuela, como gendarmes o como recaudadores de impuestos.
En las demás sospechas infundadas contra los polacos y en los datos estadísticos falsos del señor Senff no podemos entrar. Baste decir que el señor Senff solo habla para hacer odiosos a los polacos ante la Asamblea.
Sigue el señor Robert Blum.36 Como de costumbre, pronuncia un discurso de los llamados macizos, es decir, un discurso que contiene más convicción que razones y más declamación que convicción, y que por lo demás, como pieza declamatoria —tenemos que confesarlo—, no causa más efecto que la conciencia universal moderna del señor Goeden de Krotoszyn. Polonia, la muralla contra la barbarie del Norte; si los polacos tienen vicios, la culpa es de sus opresores; el viejo Gagern37 declara que la partición de Polonia es la pesadilla que oprime nuestra época; los polacos aman ardientemente a su patria, y podríamos tomar ejemplo de ellos; los peligros que amenazan desde Rusia; si ahora triunfara en París la república roja y quisiera liberar Polonia por la fuerza de las armas, ¿qué, señores? Seamos imparciales, etc., etc.
Lo sentimos por el señor Blum, pero si se despoja a todas estas cosas bonitas de su oropel declamatorio, no queda más que la politiquería de café más trivial, aunque —lo concedemos gustosos— politiquería a lo grande y en relieve sublime. Incluso cuando el señor Blum opina que la Asamblea Nacional, para ser consecuente, tendría que proceder en Schleswig, Bohemia, el Tirol italiano, las provincias bálticas rusas y Alsacia según el mismo principio que en Posen, esta es una razón que solo vale frente a las mentiras irreflexivas sobre la nacionalidad y la cómoda inconsecuencia de la mayoría. Y cuando opina que Alemania solo podría negociar decentemente sobre Posen con una Polonia ya existente, no se lo negaremos, pero sí haremos notar que esta única razón concluyente de su discurso la han desarrollado ya cien veces y mucho mejor los propios polacos, mientras que en el señor Blum se dispara sin fruto, como flecha retórica roma, con «moderación y suave clemencia», contra el pecho endurecido de la mayoría.
El señor Blum tiene razón cuando dice que los shrapnels no son razones, pero no la tiene —y lo sabe— cuando se coloca imparcialmente en un punto de vista superior «moderado». Que el señor Blum no vea claro en la cuestión polaca es culpa suya. Pero que crea, 1.º, que conseguirá de la mayoría aunque solo sea que pida un informe al poder central, y 2.º, que se imagine que con el informe de esos ministros del poder central, que con ocasión del 6 de agosto38 se han inclinado tan ignominiosamente ante los apetitos de soberanía prusianos, con el informe de esos ministros va a ganar lo más mínimo, eso es malo para el señor Blum. Si se quiere tener asiento en la «izquierda resuelta», el primer requisito es dejar a un lado toda suave clemencia y renunciar a conseguir de la mayoría cualquier cosa, por pequeña que sea.
En general, en la cuestión polaca, como siempre, casi toda la izquierda se pierde en declamaciones o incluso en exaltaciones fantásticas, sin entrar ni de lejos en el material de hecho, en el contenido práctico de la cuestión. Y, sin embargo, precisamente aquí el material era tan abundante, los hechos tan contundentes. Para eso hace falta, desde luego, estudiar la cuestión, y uno puede ahorrárselo, naturalmente, una vez que ha pasado por el purgatorio de la elección y ya no tiene que rendir cuentas a nadie.
Sobre las pocas excepciones volveremos en el curso del debate. Mañana, unas palabritas con el señor Wilhelm Jordan, que no es una excepción, sino que esta vez, en sentido literal y por sus razones, corre con el montón.
N.º 86, 26 de agosto de 1848
**Colonia, 25 de agosto. ¡Por fin, gracias a Dios, dejamos la llanura arenosa y chata de la politiquería de café cotidiana para entrar en los parajes alpinos, más sublimes, del gran debate! ¡Por fin subimos a aquella cumbre que hiende las nubes, donde anidan las águilas, donde el hombre mira cara a cara a lo divino, desde donde contempla con desprecio a los pequeños gusanos que allá abajo, muy abajo, se debaten con los pocos argumentos del sentido común! ¡Por fin, tras las escaramuzas de un Blum con un Stenzel, un Goeden, un Senff de Inowrocław, se abre la gran batalla en la que héroes ariostescos39 siembran el llano con las astillas de las lanzas de su ingenio!
Las filas de los combatientes se abren respetuosamente y, blandiendo la espada, avanza al galope el señor Wilhelm Jordan, de Berlín.
¿Quién es el señor Wilhelm Jordan, de Berlín?
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, era, en la época de florecimiento de la literatura de los literatos alemanes, literato en Königsberg. Se celebraban reuniones semipermitidas en el Böttchershöfchen;40 el señor Wilhelm Jordan fue, leyó un poema, «El barquero y su Dios», y lo expulsaron.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, fue a Berlín. Allí se celebraban reuniones de estudiantes. El señor Wilhelm Jordan leyó un poema, «El barquero y su Dios», y lo expulsaron.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, fue a Leipzig. Allí había también no sé qué reuniones inocentes. El señor Wilhelm Jordan leyó un poema, «El barquero y su Dios», y lo expulsaron.
El señor Wilhelm Jordan publicó además varios escritos: un poema, «Campana y cañón»; una colección de canciones populares lituanas, entre ellas también fabricación propia, en particular canciones polacas compuestas por él mismo; traducciones de George Sand; una revista, la inconcebible Begriffene Welt41 («El mundo concebido»), etc., al servicio del muy ilustre señor Otto Wigand, que todavía no ha llegado tan lejos como su original francés, el señor Pagnerre;42 además, una traducción de la Histoire de Pologne de Lelewel con un prólogo de entusiasmo polonófilo, etc.
Llegó la revolución. En un lugar de la Mancha, cuyo nombre no quiero acordarme:43 en un lugar de la Mancha alemana, la Marca de Brandeburgo, donde crecen los Quijotes, un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, se presentó el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, como candidato a la Asamblea Nacional alemana. Los campesinos del distrito eran constitucionales a la buena de Dios. El señor Wilhelm Jordan pronunció varios discursos persuasivos, llenos de la bonachonería más constitucional. Los campesinos, encantados, eligieron diputado al gran hombre. Apenas llegado a Fráncfort, el noble irresponsable se sienta en la izquierda «resuelta» y vota con los republicanos. Los campesinos, que en su calidad de compromisarios habían engendrado a este Quijote parlamentario, le envían un voto de censura, le recuerdan sus promesas, lo revocan. Pero el señor Wilhelm Jordan se considera tan poco atado por su palabra como un rey, y sigue haciendo sonar en la Asamblea, en cada ocasión, su «Campana y cañón».
Cada vez que el señor Wilhelm Jordan subió al púlpito de la iglesia de San Pablo, en el fondo no hizo más que leer un poema, «El barquero y su Dios», con lo cual, sin embargo, no se quiere decir que con ello mereciera que lo expulsaran.
Oigamos el último repique de campanas y el más reciente tronar de cañones del gran Wilhelm Jordan sobre Polonia. «Creo más bien que tenemos que elevarnos al punto de vista histórico-universal desde el que hay que examinar el asunto de Posen en su significado como episodio del gran drama polaco.»
De un tirón, el formidable señor Wilhelm Jordan nos eleva muy por encima de las nubes, al nevado Chimborazo, que se alza hacia el cielo, del «punto de vista histórico-universal», y nos abre el panorama más inmenso.
Pero antes se pasea todavía un momento por el terreno cotidiano de la deliberación «especial», y por cierto con mucha fortuna. Algunas muestras: «Más tarde pasó» (el distrito del Netze) «a Prusia por el tratado de Varsovia» (es decir, la primera partición) «y desde entonces ha seguido en Prusia, si se quiere prescindir de la breve existencia intermedia del Ducado de Varsovia».
El señor Jordan habla aquí del distrito del Netze en contraposición al resto de Posen. Él, el caballero del punto de vista histórico-universal, el conocedor de la historia de Polonia, el traductor de Lelewel, ¿qué fuente sigue aquí? ¡Ninguna otra que el discurso del señor Senff de Inowrocław! La sigue tanto que incluso olvida por completo que también el resto de Posen, la parte de la Gran Polonia, «pasó a Prusia» en 1794 «y desde entonces, si se quiere prescindir de la breve existencia intermedia del Ducado de Varsovia, ha seguido en Prusia». Pero de eso no había hablado el hermano del Netze Senff, y por eso el «punto de vista histórico-universal» no sabe otra cosa sino que el distrito gubernativo de Posen «pasó a Prusia» solo en 1815. «Además, los distritos occidentales de Birnbaum, Meseritz, Bomst y Fraustadt han sido alemanes desde tiempo inmemorial, en la inmensa mayoría de sus habitantes, como pueden ustedes deducir ya de los nombres de estas ciudades.»
Y el distrito de Międzychód, señor Jordan, era «desde tiempo inmemorial», como puede usted deducir ya del nombre, «polaco» en la inmensa mayoría de sus habitantes, ¿no es verdad, señor Jordan?
Pero el distrito de Międzychód no es otro que el distrito de Birnbaum. La ciudad se llama en polaco Międzychód.
¡Qué apoyo encontrarán estas cámaras de reunión etimológicas del «punto de vista histórico-universal» de la «Begriffene Welt» en el cristiano-germánico señor Leo!44 Por no hablar de que Milán, Lieja, Ginebra y Copenhague son alemanas «desde tiempo inmemorial, como deducen ustedes ya de los nombres»;45 ¿no deduce también el punto de vista histórico-universal «ya de los nombres» el germanismo inmemorial de Haimons-Eichicht, Welsch-Leyden, Jenau y Kaltenfelde? Ciertamente, el punto de vista histórico-universal se verá en apuros para encontrar en el mapa estos nombres alemanes inmemoriales, y solo gracias al señor Leo, que los ha fabricado él mismo, se enterará de que con ellos se quiere decir Le Quesnoy, Lyon, Génova y Campo Freddo.
¿Qué dirá el punto de vista histórico-universal cuando los franceses reclamen próximamente Cologne, Coblence, Mayence y Francfort46 como tierra francesa desde tiempo inmemorial? ¡Y entonces, ay del punto de vista histórico-universal!
Pero no nos detengamos más en estas petites misères de la vie humaine,47 que les han pasado ya a otros más grandes. Sigamos al señor Wilhelm Jordan, de Berlín, a las regiones más altas de su vuelo. Allí se dice de los polacos que se les quiere «tanto más cuanto más lejos se está de ellos y cuanto menos se les conoce, y tanto menos cuanto más se acerca uno a ellos», y que por eso «esta inclinación no descansa tanto en una superioridad real del carácter polaco como en cierto idealismo cosmopolita».
Pero ¿cómo explicará el punto de vista histórico-universal que los pueblos de la Tierra no «quieran» a otro pueblo ni cuando «se alejan de él» ni cuando «se acercan a él», que con rara unanimidad desprecien, exploten, se burlen de ese pueblo y lo pisoteen? Ese pueblo son los alemanes.
El punto de vista histórico-universal dirá que eso descansa en un «materialismo cosmopolita», y con ello está salvado.
Pero, sin preocuparse de tan pequeñas objeciones, el águila histórico-universal bate sus alas cada vez más audaz, cada vez más alto, hasta que por fin, en el éter puro de la idea en y para sí, prorrumpe en el siguiente himno heroico, histórico-universal y hegeliano: «Por mucho que se dé la razón a la historia, que en su marcha trazada por la necesidad pisotea siempre inexorablemente con pie de bronce a una nacionalidad que ya no es lo bastante fuerte para mantenerse entre naciones de su mismo rango, sería, sin embargo, inhumano y bárbaro cerrarse a toda compasión ante el espectáculo de la larga pasión de un pueblo así, y estoy muy lejos de semejante insensibilidad.» (¡Dios no os dejará sin recompensa, noble Jordan!) «Pero una cosa es estar conmovido por una tragedia, y otra querer, por así decir, deshacer esa tragedia. Solo la férrea necesidad a la que sucumbe el héroe hace de su destino una verdadera tragedia, y querer intervenir en el curso de ese destino, querer detener por compasión humana la rueda de la historia que gira y hacerla girar otra vez hacia atrás, sería exponerse uno mismo al peligro de ser triturado por ella. ¡Querer restablecer Polonia solo porque su ruina nos llena de justa tristeza: eso es lo que yo llamo un sentimentalismo imbécil!»
¡Qué plenitud de pensamiento! ¡Qué profundidad de sabiduría! ¡Qué lenguaje tan elevado! Así habla el punto de vista histórico-universal cuando ha corregido a posteriori sus discursos taquigrafiados.
Los polacos pueden elegir: si quieren representar una «verdadera tragedia», tienen que dejarse triturar humildemente bajo el pie de bronce y la rueda que gira de la historia y decirle a Nicolás: ¡Señor, hágase tu voluntad! O, si quieren rebelarse y probar si no pueden también ellos poner alguna vez el «pie de bronce de la historia» sobre la nuca de sus opresores, entonces no representan una «verdadera tragedia», y el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, ya no puede interesarse por ellos. Así habla el punto de vista histórico-universal educado estéticamente por el profesor Rosenkranz.48
¿En qué consistió la necesidad inexorable, férrea, que aniquiló momentáneamente a Polonia? En la decadencia de la democracia nobiliaria basada en la servidumbre, es decir, en el surgimiento de una gran aristocracia dentro de la nobleza. Esto fue un progreso, en la medida en que era el único camino para salir de la situación caduca de la democracia nobiliaria. ¿Cuál fue la consecuencia? Que el pie de bronce de la historia, es decir, los tres autócratas del Este, aplastaron a Polonia. La aristocracia se vio obligada a aliarse con el extranjero para acabar con la democracia nobiliaria. La aristocracia polaca siguió siendo hasta hace poco, y en parte hasta hoy, la honrada aliada de los aplastadores de Polonia.
¿Y en qué consiste la necesidad inexorable, de bronce, de que Polonia vuelva a liberarse? En que la dominación de la aristocracia en Polonia, que desde 1815 no ha cesado, al menos en Posen y Galitzia, e incluso en parte en la Polonia rusa, está hoy tan caduca y socavada como lo estaba en 1772 la democracia de la pequeña nobleza; en que la instauración de la democracia agraria se ha convertido para Polonia no solo en una cuestión vital política, sino también social; en que la fuente de la existencia del pueblo polaco, la agricultura, se arruina si el campesino siervo o sujeto al robot no se convierte en propietario libre de la tierra; en que la revolución agraria es imposible sin la conquista simultánea de la existencia nacional, de la posesión de la costa del Báltico y de las desembocaduras de los ríos polacos.
¡Y a esto lo llama el señor Jordan, de Berlín, querer detener la rueda de la historia que gira y hacerla girar otra vez hacia atrás!
Desde luego, la vieja Polonia de la democracia nobiliaria está muerta y enterrada hace mucho, y solo el señor Jordan puede atribuirle a nadie la pretensión de deshacer la «verdadera tragedia» de esa Polonia; pero este «héroe» de la tragedia ha engendrado un hijo robusto, cuyo trato más cercano puede, desde luego, dar escalofríos a más de un literato berlinés presumido; y este hijo, que apenas se dispone a representar su drama y a poner la mano en la «rueda de la historia que gira», pero al que la victoria le está asegurada, este hijo es la Polonia de la democracia campesina.
Un poco de pompa literaria gastada, un poco de desprecio del mundo imitado con afectación —que en Hegel era una audacia y en el señor Jordan se vuelve una necedad barata y trillada—, en suma, un poco de campana y un poco de cañón, ruido y humo puestos en frases malas, y a ello una confusión y una ignorancia sin nombre sobre las relaciones históricas más corrientes: ¡a eso se reduce todo el punto de vista histórico-universal!
¡Viva el punto de vista histórico-universal con su mundo concebido!
N.º 90, 31 de agosto de 1848
**Colonia, 26 de agosto. El segundo día de batalla ofrece un cuadro todavía más grandioso que el primero. Nos falta, es verdad, un Wilhelm Jordan de Berlín, cuyos labios cautivan los corazones de todos los oyentes; pero conformémonos: un Radowitz, un Wartensleben, un Kerst y un Rodomonte-Lichnowski49 tampoco son de despreciar.
El señor Radowitz50 sube primero a la tribuna. El jefe de la derecha habla con brevedad, con precisión, con cálculo. No más declamación que la estrictamente necesaria. Premisas falsas, pero conclusiones apretadas y rápidas a partir de esas premisas. Apelación al miedo de la derecha. Certeza fría del éxito, basada en la cobardía de la mayoría. Desprecio profundo por toda la Asamblea, por la derecha como por la izquierda. Estos son los rasgos fundamentales del breve discurso que pronunció el señor Radowitz, y comprendemos muy bien el efecto que tenían que causar estas pocas palabras heladas y sin pompa en una Asamblea acostumbrada a oír los ejercicios retóricos más pomposos y huecos. El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, sería feliz si con todo su mundo de imágenes «concebido» e inconcebido hubiera producido la décima parte del efecto que el señor Radowitz con su discurso breve y, en el fondo, también completamente vacío.
El señor Radowitz no es un «carácter», no es un hombre honrado de firmes convicciones, pero es una figura de contornos nítidos y precisos, de la que basta leer un discurso para conocerla por completo.
Nunca hemos ambicionado el honor de ser órgano de ninguna izquierda parlamentaria. Al contrario, dados los elementos tan variados y distintos de que se ha formado el partido demócrata en Alemania, hemos considerado urgentemente necesario no vigilar a nadie más estrechamente que precisamente a los demócratas. Y ante la falta de energía, de resolución, de talento y de conocimientos que, con muy pocas excepciones, encontramos en los dirigentes de todos los partidos, tiene que alegrarnos encontrar en el señor Radowitz por lo menos un adversario de nuestra talla.
Después del señor Radowitz, el señor Schuselka.51 A pesar de todas las advertencias anteriores, otra vez una conmovedora apelación al corazón. Exposición infinitamente prolija, interrumpida por raras objeciones históricas y aquí y allá por algo de sentido práctico austriaco. En conjunto, la impresión es extenuante.
El señor Schuselka se ha ido a Viena, donde también fue elegido para la Dieta del Imperio. Allí está en su sitio. Si en Fráncfort se sentaba en la izquierda, allí cae en el centro; si en Fráncfort pudo desempeñar cierto papel, en Viena fracasa con su primer discurso. Ese es el destino de todas estas grandezas literarias, filosóficas y de café que solo han aprovechado la revolución para procurarse posiciones: ponedlas un momento en terreno verdaderamente revolucionario y en un abrir y cerrar de ojos han desaparecido.
Sigue el ci-devant52 conde von Wartensleben. El señor Wartensleben se presenta como un hombre honrado y apacible que rebosa benevolencia, cuenta anécdotas de su marcha como miliciano de la Landwehr a la frontera polaca en el año 1830, pasa a hacer de Sancho Panza al gritar a los polacos refranes —más vale pájaro en mano que cien volando— y sabe colar con toda inocencia la pérfida observación: «¿De dónde viene que ni siquiera se encontraran funcionarios polacos que quisieran hacerse cargo de la reorganización en la parte que había que ceder? Me temo que se temen a sí mismos, sienten que todavía no están tan adelantados como para poder organizar tranquilamente a la población, y por esa razón no hacen más que pretextar que es el amor a la patria por Polonia lo que les impide poner siquiera el germen de una alegre resurrección».
En otras palabras: los polacos luchan sin cesar desde hace ochenta años, sacrificando su vida y sus bienes, por una causa que ellos mismos consideran imposible y absurda.
Por último, el señor Wartensleben es de la opinión del señor Radowitz.
El señor Janiszewski,53 de Posen, miembro del comité nacional de Posen, sube a la tribuna.
El discurso del señor Janiszewski es la primera muestra de verdadera elocuencia parlamentaria que se ha pronunciado desde la tribuna de la iglesia de San Pablo. Por fin oímos a un orador que no solo va a la caza del aplauso de la sala, que habla el lenguaje de la pasión real y viva, y que precisamente por eso causa un efecto completamente distinto que todos los oradores anteriores. La apelación de Blum a la conciencia de la Asamblea, la ampulosidad barata de Jordan, la fría coherencia de Radowitz, la bonachona prolijidad de Schuselka desaparecen por igual ante este polaco que defiende la existencia de su nación y reclama su buen derecho. Janiszewski habla con agitación, con vehemencia, pero no declama; no hace más que exponer los hechos con la justa indignación sin la cual no es posible una descripción exacta de tales hechos, y que es doblemente justa después de las desvergonzadas tergiversaciones que se habían presentado en el debate hasta entonces. Su discurso, que constituye en efecto el centro del debate, refuta todos los ataques anteriores a los polacos, repara todos los errores de los amigos de Polonia, devuelve el debate a su único terreno práctico y correcto y corta de antemano a los oradores posteriores de la derecha los argumentos más rimbombantes. «¡Os habéis tragado a los polacos, pero por Dios que no los digeriréis!»
Este resumen contundente del discurso de Janiszewski quedará, lo mismo que el orgullo con que declara, ante todas las mendicidades de los amigos de Polonia: «No vengo a ustedes como mendigo, vengo con mi buen derecho; no invoco simpatías, solo la justicia».
Después del señor Janiszewski, el señor director Kerst,54 de Posen. Después del polaco que lucha por la existencia, por la libertad social y política de su pueblo, el maestro de escuela prusiano inmigrado a Posen que lucha por su sueldo. Después de la hermosa pasión indignada del oprimido, la chata desvergüenza del burócrata que vive de la opresión.
La partición de Polonia, «que hoy se llama una ignominia», fue en su momento «un acontecimiento completamente corriente». «El derecho de los pueblos a separarse según las nacionalidades es un derecho flamante, que no está reconocido en ninguna parte… En política solo decide el estado de posesión de hecho.»
Estas son algunas de las sentencias contundentes en que el señor Kerst basa su argumentación. Siguen luego las contradicciones más burdas: «Con Posen ha venido a Alemania una franja de tierra que es, desde luego, predominantemente polaca», y poco después: «En cuanto a la parte polaca de Posen, no ha pedido la incorporación a Alemania, y, que yo sepa, ustedes, señores, no tienen intención de admitir esa parte contra su voluntad».
A ello se añaden datos estadísticos sobre la composición de la población, datos según los famosos censos de los hermanos del Netze, según los cuales solo cuentan como polacos los que no entienden alemán, y como alemanes todos los que chapurrean algo de alemán. Y por último un cálculo de lo más artificioso en el que demuestra que en la votación de la Dieta provincial de Posen la minoría de 17 frente a 26, que votó a favor de la incorporación a Alemania, era en realidad la mayoría. «Según la ley provincial sería necesario, desde luego, que la mayoría fuera de 2/3 para que pudiera tomar acuerdos. Ahora bien, 17 no es del todo 2/3 de 26, pero la fracción que falta es tan pequeña que en una cuestión tan seria no puede tenerse en cuenta.»!!
¡Así que si la minoría es 2/3 de la mayoría, «según la ley provincial» es la mayoría! La vieja Prusia coronará al señor Kerst por este descubrimiento. En realidad, la cosa es así: para hacer una propuesta tenían que votar a favor 2/3 de los votos. La admisión en la Confederación Germánica era una propuesta de ese tipo. La admisión, por tanto, solo estaba propuesta legalmente si votaban a favor 2/3 de la asamblea, 2/3 de 43 votantes. En lugar de eso, votan en contra casi 2/3. Pero ¿qué importa? ¡17 son casi «2/3 de 43»!
Que los polacos no sean una nación tan «culta» como los ciudadanos del «Estado de la inteligencia»55 se comprende muy bien si el Estado de la inteligencia les da como maestros a semejantes calculistas.
El señor Clemens,56 de Bonn, hace la observación acertada de que al gobierno prusiano no le importaba germanizar Posen, sino prusianizarlo, y compara los intentos de prusianización de Posen con los intentos semejantes en Renania.
El señor Ostendorf,57 de Soest. El hijo de la tierra roja58 lee un repertorio de trivialidades políticas y politiquerías de café, se pierde en posibilidades, probabilidades y conjeturas que van de las ramas a las hojas, del señor Jordan a los franceses, de la república roja a los pieles rojas de Norteamérica, con los que pone a los polacos al mismo nivel, como a los hermanos del Netze con los yanquis. ¡Paralelo audaz, digno de la tierra roja! El señor Kerst, el señor Senff, el señor Goeden como hombres de los bosques con su cabaña de troncos, su rifle y su pala: ¡qué comedia incomparable!
El señor Franz Schmidt, de Löwenberg,59 sube a la tribuna. Habla con calma y sin pompa, lo cual es tanto más de reconocer cuanto que el señor Schmidt pertenece a un estamento que por lo demás ama la declamación por encima de todo, el de los clérigos católico-alemanes. El señor Schmidt, cuyo discurso es en todo caso, después del de Janiszewski, el mejor de todo el debate, por ser el más contundente y el más documentado, le demuestra a la comisión cómo tras su aparente despliegue de erudición (cuyo contenido hemos examinado) se esconde la ignorancia más ilimitada sobre la situación real. El señor Schmidt ha vivido años en el Gran Ducado de Posen y le demuestra a la comisión los errores más groseros incluso para el pequeño distrito que conoce más de cerca. Muestra cómo la comisión ha dejado a la Asamblea sin información precisamente en todos los puntos decisivos, cómo la invita sin más a decidir a ciegas, sin ningún material, sin conocimiento alguno de la cuestión. Pide ante todo información sobre la situación de hecho. Demuestra cómo las propuestas de la comisión están en contradicción con sus propias premisas; cita la memoria de Flottwell y lo emplaza a él, que también está presente como diputado, a intervenir si ese documento no es auténtico. Denuncia, por último, al público cómo los hermanos del Netze fueron a ver a Gagern60 y quisieron moverlo a cerrar rápidamente el debate con la falsa noticia de una insurrección estallada en Posen. Gagern lo niega, es verdad, pero el señor Kerst se ha jactado de ello en voz alta.
La mayoría se ha vengado del señor Schmidt por este valiente discurso cuidándose de que se falseara en las actas taquigráficas. En un pasaje, el señor Schmidt corrigió él mismo tres veces el disparate que le habían metido, y aun así quedó en la impresión. Tambores contra Schlöffel, violencia abierta contra Brentano, falsificación contra Schmidt:61 ¡en verdad, los señores de la derecha son críticos finos!
El señor Lichnowski cierra la sesión. Pero a este amigo nos lo reservamos para el próximo artículo; ¡a un orador del calibre del señor Lichnowski no se le despacha a la ligera!
N.º 91, 1 de septiembre de 1848
**Colonia, 31 de agosto. A la tribuna avanza, con porte caballeresco y galante y sonrisa satisfecha de sí, el bel-homme62 de la Asamblea, el Bayardo alemán sin miedo y sin tacha,63 el ex príncipe (§ 6 de los derechos fundamentales)64 von Lichnowski. Con el acento más puro del teniente prusiano y con displicencia desdeñosa, despacha las pocas virutas de pensamiento que tiene que comunicar a la Asamblea.
El hermoso caballero constituye en este debate un momento absolutamente necesario. Quien no se haya convencido todavía suficientemente con los señores Goeden, Senff y Kerst de qué gente tan respetable son los germanopolacos, puede ver en el caballero Lichnowski qué aparición tan poco estética —a pesar de su linda figura— es el eslavo prusianizado. El señor Lichnowski es pariente de estirpe de los germanopolacos; completa el expediente con su mera aparición en la tribuna. El szlachcic65 de la Polonia del agua,66 disuelto en el hidalgüelo rural prusiano, nos ofrece un ejemplo vivo de lo que el amoroso gobierno prusiano piensa hacer de la nobleza de Posen. El señor Lichnowski, a pesar de todas sus protestas, no es alemán: es un polaco «reorganizado»; tampoco habla alemán, sino prusiano.
El señor Lichnowski empieza protestando su simpatía más caballeresca por los polacos, hace cumplidos al señor Janiszewski, reivindica para los polacos «la gran poesía del martirio» y luego cambia de pronto: ¿por qué han disminuido estas simpatías? ¡Porque en todas las insurrecciones y revoluciones «los polacos estaban en primera línea en las barricadas»! Es este, desde luego, un crimen que dejará de producirse en cuanto los polacos estén «reorganizados»; por lo demás, podemos dar al señor Lichnowski la tranquilizadora seguridad de que también entre la «emigración polaca», también entre la nobleza polaca en el destierro, tan hundida según él, hay gente que se ha mantenido completamente limpia de todo contacto con las barricadas.
Viene ahora una escena divertida. Lichnowski: «Los señores de la izquierda, que pisotean los pergaminos amarillentos, han conjurado de modo llamativo el derecho histórico. No hay derecho a reclamar para la causa polaca una fecha más que otra. Para el derecho histórico no hay ninguna fecha no.» (Grandes risas en la izquierda.) «Para el derecho histórico no hay ningún fecha no.» (Grandes risas en la izquierda.) Presidente: «Señores, dejen que el orador desarrolle la frase, no le interrumpan.» Lichnowski: «El derecho histórico no tiene ningún fecha no.» (Risas en la izquierda.) Presidente: «¡Ruego que no se interrumpa al orador, ruego silencio!» (Agitación.) Lichnowski: «No hay para el derecho histórico ningún fecha» (bravos y risas en la izquierda) «¡que pueda reivindicar un derecho mayor frente a una fecha anterior!»
¿No teníamos razón al decir que el noble caballero no habla alemán, sino prusiano?
El derecho histórico que no tiene ningún fecha no encuentra un adversario terrible en nuestro noble paladín: «Si nos remontamos más en la historia, encontramos» (en Posen) «muchos distritos que eran silesios y alemanes; si nos remontamos todavía más, llegamos a la época en que Leipzig y Dresde fueron construidas por eslavos, y luego llegamos a Tácito, y Dios sabe adónde nos llevarían estos señores si entráramos en este tema».
Mal tienen que andar las cosas en el mundo. Las fincas de la caballería prusiana tienen que estar hipotecadas sin remedio, los acreedores judíos tienen que haberse vuelto terriblemente apremiantes, los vencimientos de las letras tienen que precipitarse; la subasta, la prisión por deudas, la expulsión del servicio por contraer deudas a la ligera, todos estos horrores de la pálida penuria financiera tienen que amenazar a la caballería prusiana con una ruina irremediable para que haya podido llegarse a que un Lichnowski combata el mismo derecho histórico por el que se ganó las espuelas de caballero en la Tabla Redonda de don Carlos!67
¡Ciertamente, Dios sabe adónde llevarían los señores alguaciles a la flaca caballería si quisiéramos entrar en el tema del derecho histórico de las deudas! Y, sin embargo, ¿no son las deudas la mejor, la única cualidad disculpable de los paladines prusianos?
Pasando a su tema, el bel-homme opinó que frente a los germanopolacos no se debía «salir con la imagen confusa de un futuro de Polonia (!) envuelto en la más lejana oscuridad»; opina que los polacos no se contentarían con Posen: «Si yo tuviera el honor de ser polaco, pensaría todas las mañanas y todas las noches en restablecer el antiguo reino de Polonia».
Pero como el señor Lichnowski «no tiene el honor», como no es más que un polaco del agua reorganizado, piensa «todas las mañanas y todas las noches» en cosas muy distintas, menos patrióticas. «Para ser honrado, tengo que decir que algunos centenares de miles de polacos tienen que hacerse alemanes, lo cual, dicho sinceramente, tampoco sería para ellos una desgracia en las circunstancias actuales.»
Al contrario: ¡qué hermoso sería que el gobierno prusiano estableciera un nuevo vivero para que creciera más madera de la que se cortan los Lichnowski!
Con la misma manera amable y displicente, calculada en el fondo para las damas de la tribuna pública, pero todavía bastante buena para la propia Asamblea, el caballero, rizándose el bigote, sigue charlando un rato y concluye luego: «No tengo nada más que decir, decidan ahora; admitan entre nosotros a 500.000 alemanes, o entréguenlos…, pero entonces borren también la canción de nuestro viejo cantor popular: "Hasta donde suena la lengua alemana y canta canciones a Dios en el cielo".68 ¡Borren esa canción!».
Es una lástima, desde luego, que el viejo Arndt no pensara en su canción en los judíos polacos y en su alemán. Pero por suerte está aquí nuestro paladín de la Alta Silesia. ¿Quién no conoce las viejas obligaciones de la nobleza con los judíos, que se han vuelto venerables con el paso de los siglos? Lo que el viejo plebeyo pasó por alto lo recuerda el caballero Lichnowski.
Hasta donde un judío polaco chapurrea el alemán,
presta con usura y falsea moneda y peso,
¡hasta allí llega la patria del señor Lichnowski!
N.º 93, 3 de septiembre de 1848
**Colonia, 2 de septiembre. El tercer día del debate muestra un agotamiento general. Los argumentos se repiten sin mejorar, y si el primer orador honorable, el ciudadano Arnold Ruge,69 no hubiera presentado su rico tesoro de razones nuevas, el acta taquigráfica sería del todo soporífera.
Pero el ciudadano Ruge conoce también sus méritos mejor que nadie. Promete: «Emplearé toda la pasión que tengo y todos los conocimientos que poseo».
Presenta una propuesta, pero no una propuesta corriente, no una propuesta en general, sino la única correcta, la propuesta verdadera, la propuesta absoluta: «No hay ninguna otra cosa que proponer ni que sea admisible. Se puede hacer otra cosa, señores, pues al hombre le es dado apartarse de lo correcto. Por apartarse de lo correcto, por eso tiene el hombre libre albedrío… pero no por eso deja lo correcto de ser correcto. Y en nuestro caso, lo que yo propongo es lo único correcto que puede hacerse.» (El ciudadano Ruge sacrifica, pues, esta vez su «libre albedrío» a «lo correcto».)
Veamos más de cerca la pasión, los conocimientos y lo único correcto del ciudadano Ruge. «La supresión de Polonia es una injusticia ignominiosa porque con ella se ahogó un valioso desarrollo de la nación, que ha prestado grandes servicios a la familia europea de los pueblos y que había desarrollado hasta darle una forma esplendorosa una fase de la existencia medieval, el espíritu caballeresco. La república nobiliaria ha sido impedida por el despotismo de llevar a cabo su propia supresión interna (!), que habría sido posible mediante la Constitución que se preparó en la época de la revolución.»
La nacionalidad del sur de Francia no estaba en la Edad Media más emparentada con la del norte de Francia de lo que lo está hoy la polaca con la rusa. La nación del sur de Francia, vulgo provenzal, no solo tuvo en la Edad Media un «valioso desarrollo», sino que incluso estuvo a la cabeza del desarrollo europeo. Fue la primera de todas las naciones modernas que tuvo una lengua culta. Su poesía sirvió a todos los pueblos románicos, e incluso a los alemanes y a los ingleses, de modelo entonces inigualado. En el cultivo de la caballería feudal rivalizó con los castellanos, los franceses del norte y los normandos de Inglaterra; en la industria y el comercio no tenía nada que envidiar a los italianos. No solo desarrolló «una fase de la existencia medieval» «hasta darle una forma esplendorosa», sino que produjo incluso un reflejo de la antigua Hélade en plena Edad Media. La nación del sur de Francia no ha prestado, pues, grandes, sino infinitos «servicios a la familia europea de los pueblos». Y, sin embargo, fue, como Polonia, repartida primero entre el norte de Francia e Inglaterra y luego sojuzgada por completo por los franceses del norte. Desde las guerras albigenses70 hasta Luis XI, los franceses del norte, que en cultura estaban tan por detrás de sus vecinos del sur como los rusos de los polacos, hicieron ininterrumpidamente guerras de sojuzgamiento contra los franceses del sur y acabaron con el sometimiento de todo el país. La «república nobiliaria» del sur de Francia (la denominación es del todo exacta para la época de su florecimiento) «ha sido impedida por el despotismo» (Luis XI) «de llevar a cabo su propia supresión interna», que habría sido por lo menos tan posible mediante el desarrollo de la burguesía de las ciudades como la de la polaca mediante la Constitución de 1791.
Durante siglos los franceses del sur lucharon contra sus opresores. Pero el desarrollo histórico era inexorable. Tras trescientos años de lucha, su hermosa lengua había quedado reducida a patois, y ellos mismos se habían vuelto franceses. Trescientos años duró el despotismo del norte de Francia sobre el sur, y solo entonces repararon los franceses del norte su opresión, con la aniquilación de los últimos restos de autonomía del sur de Francia. La Constituyente deshizo las provincias independientes; el puño de hierro de la Convención hizo de los habitantes del sur de Francia, por primera vez, franceses, y les dio, en compensación por su nacionalidad, la democracia. Pero durante los trescientos años de opresión les cuadra literalmente lo que el ciudadano Ruge dice de los polacos: «El despotismo de Rusia no ha liberado a los polacos; la destrucción de la nobleza polaca y el destierro de tantas familias nobles de Polonia, todo eso no ha fundado en Rusia ninguna democracia, ninguna existencia humana».
Y, sin embargo, nunca se ha llamado «injusticia ignominiosa» a la opresión del sur de Francia por los franceses del norte. ¿Cómo es eso, ciudadano Ruge? O la opresión del sur de Francia es una injusticia ignominiosa, o la opresión de Polonia no es una injusticia ignominiosa. Que elija el ciudadano Ruge.
Pero ¿dónde está la diferencia entre los polacos y los franceses del sur? ¿Por qué el sur de Francia fue llevado a remolque por los franceses del norte, como lastre inerme, hasta la completa aniquilación de su nacionalidad, mientras que Polonia tiene todas las perspectivas de ponerse muy pronto a la cabeza de todas las estirpes eslavas?
El sur de Francia se convirtió —a consecuencia de relaciones sociales que no podemos desarrollar aquí— en la parte reaccionaria de Francia. Su oposición al norte de Francia se convirtió muy pronto en oposición a las clases progresistas de toda Francia. Se convirtió en el principal sostén del feudalismo y ha seguido siendo hasta hoy la fuerza de la contrarrevolución en Francia.
Polonia, en cambio, se convirtió, a consecuencia de relaciones sociales que hemos expuesto más arriba (n.º 81), en la parte revolucionaria de Rusia, Austria y Prusia. Su oposición a sus opresores era al mismo tiempo la oposición a la alta aristocracia de la propia Polonia. Incluso la nobleza, que en parte seguía en terreno feudal, se unió con una abnegación sin ejemplo a la revolución democrático-agraria. Polonia se había convertido ya en el foco de la democracia de la Europa oriental cuando Alemania todavía andaba a tientas en la ideología constitucional más chata y en la filosófica más extravagante.
En esto, y no en el esplendoroso desarrollo del espíritu caballeresco enterrado hace mucho, está la garantía, la inevitabilidad del restablecimiento de Polonia.
Pero el señor Ruge tiene todavía un segundo argumento en favor de la necesidad de una Polonia independiente en la «familia europea de los pueblos»: «La violencia que se ha ejercido contra Polonia, esa violencia ha dispersado a los polacos por toda Europa; han sido arrojados a todas partes con su ira por la injusticia sufrida… El espíritu polaco se ha humanizado y depurado en Francia, en Alemania (¡!?): la emigración polaca se ha convertido en la propaganda de la libertad» (n.º 1). «… Los eslavos se han hecho capaces de entrar en la gran familia europea de los pueblos» (¡la «familia» es inevitable!) «porque… su emigración ejerce un verdadero apostolado de la libertad» (n.º 2). «… Todo el ejército ruso (!!) está infectado de las ideas de la época moderna por estos apóstoles de la libertad, los polacos» (n.º 3). «… Respeto los sentimientos honorables de los polacos, que han manifestado en toda Europa para hacer propaganda de la libertad por la fuerza» (n.º 4). «… Mientras la historia pueda hablar, serán honrados en ella por haber sido los adalides» (n.º 5) «allí donde lo han sido (!!!)… Los polacos son el elemento de la libertad» (n.º 6) «que fue arrojado al mundo eslavo; ellos han conducido a la libertad al Congreso Eslavo de Praga»71 (n.º 7), «han actuado en Francia, en Rusia y en Alemania. Los polacos son, pues, un elemento activo también en la cultura actual, actúan bien, y porque actúan bien, porque son necesarios, no están en modo alguno muertos.»
El ciudadano Ruge tiene que demostrar que los polacos 1.º son necesarios y 2.º no están muertos. Lo hace diciendo: «Porque son necesarios, no están en modo alguno muertos».
Quítense del largo pasaje anterior, que dice siete veces lo mismo, las pocas palabras: Polonia, elemento, libertad, propaganda, cultura, apostolado, y véase qué queda de toda la ampulosidad.
El ciudadano Ruge tiene que demostrar que el restablecimiento de Polonia es necesario. Lo demuestra como sigue: los polacos no están muertos, al contrario, están muy vivos, actúan bien, son los apóstoles de la libertad en toda Europa. ¿Cómo han llegado a ello? La violencia, la injusticia ignominiosa que se ha cometido con ellos, los ha dispersado por toda Europa con su ira por la injusticia sufrida, su justa ira revolucionaria. Esta ira la han «depurado» en el destierro, y esta ira depurada los capacitó para el apostolado de la libertad y los puso «en primer lugar en las barricadas». ¿Qué se sigue de ahí? Suprimid la injusticia ignominiosa, la violencia cometida, restableced Polonia, y la «ira» desaparece, ya no puede depurarse, los polacos se vuelven a casa y dejan de ser los «apóstoles de la libertad». Si solo la «ira por la injusticia sufrida» los hace revolucionarios, la supresión de la injusticia los hará reaccionarios. Si la reacción contra la opresión es lo único que mantiene con vida a los polacos, suprimid la opresión y estarán muertos.
El ciudadano Ruge demuestra, pues, exactamente lo contrario de lo que quiere demostrar; sus razones llevan a que Polonia, en interés de la libertad y de la familia europea de los pueblos, no debe ser restablecida.
Por lo demás, arroja una luz singular sobre los «conocimientos» del ciudadano Ruge que, al hablar de Polonia, solo mencione la emigración, que solo vea a la emigración en las barricadas. Estamos muy lejos de querer ofender a la emigración polaca, que ha probado su energía y su valor en el campo de batalla y en dieciocho años de conspiración por Polonia. Pero no podemos negarlo: quien conoce la emigración polaca sabe que no era ni de lejos tan apostólica de la libertad ni tan amiga de las barricadas como el ciudadano Ruge repite de buena fe tras el ex príncipe Lichnowski. La emigración polaca ha resistido con firmeza, ha sufrido mucho y ha trabajado mucho por el restablecimiento de Polonia. Pero ¿acaso han hecho menos los polacos de la propia Polonia, no han desafiado peligros mayores, no se han expuesto a las cárceles de Moabit y del Spielberg,72 al knut y a las minas siberianas, a las matanzas de Galitzia73 y a los shrapnels prusianos? Pero todo esto no existe para el señor Ruge. Tampoco ha notado que los polacos no emigrados han asimilado mucho más la cultura europea general y han conocido mucho mejor las necesidades de Polonia, que habitaban sin interrupción, que casi toda la emigración, con excepción de Lelewel y de Mierosławski. El ciudadano Ruge atribuye toda la inteligencia que existe en Polonia o, por hablar su lenguaje, que «ha venido entre los polacos y sobre los polacos», a su estancia en el extranjero. En el n.º 81 hemos demostrado que los polacos no necesitaban buscar el conocimiento de las necesidades de su país ni en los visionarios políticos franceses, que desde febrero han naufragado en sus propias frases, ni en los profundos ideólogos alemanes, que todavía no han tenido ocasión de naufragar; que la propia Polonia era la mejor escuela para aprender lo que Polonia necesita. El mérito de los polacos consiste en haber reconocido y difundido los primeros la democracia agraria como la única forma posible de liberación para todas las naciones eslavas, y no, como se figura el ciudadano Ruge, en «haber llevado a Polonia y a Rusia» frases generales como «la gran idea de la libertad política, que maduró en Francia, e incluso (!) la filosofía, que surgió en Alemania» (y en la que el señor Ruge se ha hundido).
¡Dios nos guarde de nuestros amigos, que de nuestros enemigos ya nos guardaremos nosotros!, pueden exclamar los polacos tras este discurso del ciudadano Ruge. Pero ha sido siempre la mayor desgracia de los polacos que sus amigos no polacos los defiendan con las peores razones del mundo.
Dice mucho de la izquierda de Fráncfort que, con pocas excepciones, quedara completamente encantada con el discurso polaco del ciudadano Ruge, un discurso en el que se dice: «No vamos a enemistarnos, señores, por si queremos decir la monarquía democrática, la monarquía democratizada (!) o la democracia pura: en conjunto queremos lo mismo: la libertad, la libertad del pueblo, ¡el dominio del pueblo!».
¿Y vamos a entusiasmarnos por una izquierda que se queda arrebatada cuando se le dice que quiere «en conjunto lo mismo» que la derecha, que el señor Radowitz, el señor Lichnowski, el señor Vincke74 y el resto de la caballería, gorda o flaca? ¿Por una izquierda que no cabe en sí de entusiasmo, que lo olvida todo en cuanto oye un par de consignas huecas como «libertad del pueblo» y «dominio del pueblo»?
Pero dejemos a la izquierda y volvamos al ciudadano Ruge. «Todavía no ha pasado por el globo terráqueo una revolución mayor que la revolución de 1848.»
«Es la más humana en sus principios», porque estos principios han nacido de encubrir los intereses más opuestos.
«La más humana en sus decretos y proclamas», porque estos son un compendio de las exaltaciones filantrópicas y de las frases sentimentales de fraternidad de todos los cabezas huecas de Europa.
«La más humana en su existencia», a saber, en las matanzas y barbaries de Posen, en los incendios y asesinatos de Radetzky,75 en las crueldades caníbales de los vencedores de junio en París, en las carnicerías de Cracovia y de Praga, en la dominación general de la soldadesca; en suma, en todas las infamias que hoy, 1 de septiembre de 1848, constituyen la «existencia» de esta revolución y que en cuatro meses han costado más sangre que 1793 y 1794 juntos.
¡El «humano» ciudadano Ruge!
N.º 96, 7 de septiembre de 1848
**Colonia, 6 de septiembre. Hemos seguido al «humano» ciudadano Ruge por el camino de sus investigaciones históricas sobre la necesidad de Polonia. Hasta ahora el ciudadano Ruge ha hablado del mal pasado, de la época del despotismo; ha redactado los acontecimientos de la sinrazón; ahora llega al presente, al glorioso año 1848, a la revolución; ahora pisa terreno propio, ahora redacta la «razón de los acontecimientos».76 «¿Cómo puede producirse la liberación de Polonia? Puede producirse mediante tratados en los que participen las dos grandes naciones civilizadas de Europa, que junto con Alemania, la Alemania liberada, tienen que formar necesariamente una nueva Triple Alianza por la razón de que piensan lo mismo y quieren en conjunto lo mismo.»
Ahí tenemos en una sola frase audaz toda la razón de los acontecimientos para la política exterior. ¡Alianza entre Alemania, Francia e Inglaterra, que las tres «piensan lo mismo y quieren en conjunto lo mismo», nuevo juramento del Rütli77 entre los tres suizos modernos Cavaignac, Leiningen y John Russell!78 Ciertamente, Francia y Alemania, con la ayuda de Dios, han retrocedido entretanto tanto que sus gobiernos «piensan» sobre los principios políticos generales más o menos «lo mismo» que la Inglaterra oficial, esa roca contrarrevolucionaria inconmovible en medio del mar.
Pero los países no solo «piensan» lo mismo, sino que «quieren también en conjunto lo mismo». Alemania quiere Schleswig, e Inglaterra no quiere dejárselo; Alemania quiere aranceles protectores, e Inglaterra quiere libertad de comercio; Alemania quiere la unidad, e Inglaterra le desea la fragmentación; Alemania quiere ser independiente, e Inglaterra aspira a sojuzgarla industrialmente; pero ¿qué importa? ¡«En conjunto» quieren, sin embargo, «lo mismo»! Y Francia, Francia dicta leyes aduaneras contra Alemania, su ministro Bastide se burla del maestro de escuela Raumer,79 que representa allí a Alemania; ¡luego quiere evidentemente «en conjunto lo mismo» que Alemania! En efecto, Inglaterra y Francia prueban del modo más contundente que quieren lo mismo que Alemania amenazándola con la guerra, Inglaterra por Schleswig y Francia por Lombardía.
El ciudadano Ruge tiene la ingenuidad ideológica de creer que las naciones que tienen en común ciertas ideas políticas van a aliarse solo por eso. En general, el ciudadano Ruge no tiene más que dos colores en su paleta política: blanco y negro, esclavitud y libertad. El mundo se divide para él en dos grandes mitades: naciones civilizadas y bárbaros, libres y siervos. La línea fronteriza de la libertad, que hace seis meses estaba al otro lado del Rin, coincide ahora con la frontera rusa, y a este progreso se le llama la revolución de 1848. En esta figura confusa se refleja el movimiento actual en la cabeza del ciudadano Ruge. Es la traducción pomerana del grito de batalla de las barricadas de febrero y marzo.
Si lo traducimos otra vez del pomerano al alemán, resulta que las tres naciones civilizadas, los tres pueblos libres, son aquellos en los que, en formas y fases de desarrollo distintas, domina la burguesía, mientras que los «esclavos y siervos» son los pueblos que están bajo la dominación del absolutismo patriarcal y feudal. Por libertad entiende el farouche80 republicano y demócrata Arnold Ruge el liberalismo «superficial» más corriente, la dominación de la burguesía, a lo sumo con algunas formas seudodemocráticas: ¡ese es el meollo del asunto!81
Porque en Francia, Inglaterra y Alemania domina la burguesía, por eso son aliados naturales: así razona el ciudadano Ruge. ¿Y si los intereses materiales de los tres países se oponen frontalmente, si la libertad de comercio con Alemania y Francia es una condición vital ineludible para la burguesía inglesa, si los aranceles protectores contra Inglaterra son una condición vital ineludible para la burguesía francesa y la alemana, si en muchos aspectos se dan de nuevo relaciones semejantes entre Alemania y Francia, si esta Triple Alianza desembocara en la práctica en el sojuzgamiento industrial de Francia y Alemania? «Egoísmo obtuso, almas mezquinas de tendero», refunfuña en su barba rubia el pensador pomerano Ruge.
El señor Jordan habló en su discurso de la ironía trágica de la historia universal. El ciudadano Ruge ofrece un ejemplo contundente de ella. Él, como toda la izquierda más o menos ideológica, ve naufragar sus exaltaciones favoritas más queridas, sus más altos esfuerzos de pensamiento, ante la clase de la que es representante. Su proyecto filantrópico y cosmopolita naufraga ante las mezquinas almas de tendero, y tiene precisamente que representar, sin saberlo ni quererlo, a esas almas de tendero de una forma más o menos ideológicamente retorcida. El ideólogo propone y el tendero dispone. ¡Ironía trágica de la historia universal!
El ciudadano Ruge explica luego cómo Francia «ha dicho que los tratados de 1815 están rotos, pero que quiere reconocer la situación territorial tal como es actualmente». «Esto es muy correcto», pues lo que nadie había buscado hasta ahora en el manifiesto de Lamartine,82 el ciudadano Ruge lo encuentra en él: es la base de un nuevo derecho de gentes. Esto se desarrolla del modo siguiente: «De esta relación con Francia tiene que salir el nuevo derecho histórico (!)» (n.º 1). «El derecho histórico es el derecho de los pueblos» (¡n.º 2!). «Es, en el caso de que hablamos (?), el nuevo derecho de gentes» (¡n.º 3!). «Esta es la única concepción correcta del derecho histórico» (¡n.º 4!). «Cualquier otra concepción del derecho histórico» (¡n.º 5!) «es absurda. No hay otro derecho de gentes» (¡n.º 6!). «El derecho histórico» (n.º 7) «es el derecho» (¡por fin!) «que trae la historia y sanciona el tiempo, al suprimir» (¿quién?) «los tratados anteriores, romperlos y poner otros nuevos en su lugar.»
En una palabra: ¡el derecho histórico es la redacción de la razón de los acontecimientos!
Así está escrito literalmente en los Hechos de los Apóstoles de la unidad alemana, en las actas taquigráficas de Fráncfort, página 1186, primera columna. ¡Y se quejan de que la Neue Rheinische Zeitung critique al señor Ruge con signos de admiración! Pero, naturalmente, con este vertiginoso torbellino de derecho histórico y derecho de gentes, la honrada izquierda tenía que quedarse sin vista ni oído, y tenía que deshacerse en admiración cuando el filósofo de Pomerania le gritó al oído con certeza apodíctica: «El derecho histórico es el derecho que trae la historia y sanciona el tiempo», etc.
La «historia» ha «traído» siempre exactamente lo contrario de lo que el «tiempo» había sancionado, y la sanción del «tiempo» ha consistido siempre precisamente en derribar lo que la «historia había traído».
Ahora el ciudadano Ruge presenta la propuesta «única correcta y admisible»: «Encargar al poder central que promueva, en unión con Inglaterra y Francia, un congreso para el restablecimiento de una Polonia libre e independiente, al que se invite por medio de enviados a todas las potencias interesadas».
¡Qué sentimientos tan buenos y honrados! ¡Lord John Russell y Eugène Cavaignac han de restablecer Polonia; la burguesía inglesa y la francesa han de amenazar a Rusia con una guerra para imponer la libertad de Polonia, que en este momento no les importa absolutamente nada! En esta época de confusión y complicación generales, en que toda noticia tranquilizadora que hace subir las cotizaciones un octavo por ciento queda frustrada por seis golpes perturbadores, en que la industria lucha con la lenta bancarrota, en que el comercio se estanca, en que hay que socorrer al proletariado sin trabajo con sumas de dinero inasequibles para que no se lance a una lucha general, última y desesperada, ¿han de crear los burgueses de las tres naciones civilizadas todavía una nueva dificultad? ¡Y qué dificultad! ¡Una guerra con Rusia, que desde febrero es la aliada más íntima de Inglaterra! ¡Una guerra con Rusia, una guerra que, como todo el mundo sabe, sería la caída de la burguesía alemana y de la francesa! ¿Y para obtener qué ventajas? Ninguna. ¡En verdad, esto es más que ingenuidad pomerana!
Pero el ciudadano Ruge jura que la «solución pacífica» de la cuestión polaca es posible. ¡Cada vez mejor! ¿Y por qué? Porque ahora se trata de esto: «Lo que quieren los tratados de Viena tiene que realizarse y llevarse a cabo de verdad ahora… Los tratados de Viena querían el derecho de todas las naciones contra la gran nación de los franceses… querían el restablecimiento de la nación alemana».
Ahora se explica por qué el señor Ruge «quiere en conjunto lo mismo» que la derecha. La derecha también quiere la ejecución de los tratados de Viena.
Los tratados de Viena son el resumen de la gran victoria de la Europa reaccionaria sobre la Francia revolucionaria. Son la forma clásica en que la reacción europea dominó durante quince años bajo la Restauración. Restablecen la legitimidad, la realeza por la gracia de Dios, la nobleza feudal, el dominio de los curas, la legislación y la administración patriarcales. Pero como la victoria se había conseguido con ayuda de la burguesía inglesa, alemana, italiana, española y, sobre todo, francesa, también hubo que hacer concesiones a la burguesía. Mientras los príncipes, la nobleza, los curas y los burócratas se repartían los bocados gordos del botín, a la burguesía se la despachó con letras sobre el futuro, que nunca se pagaron y que nadie tenía intención de pagar. ¡Y en lugar de considerar el contenido real, práctico, de los tratados de Viena, el señor Ruge cree que estas promesas vacías son su verdadero contenido, mientras que la práctica reaccionaria no sería más que una interpretación abusiva!
En verdad, hay que tener un carácter singularmente bonachón para creer todavía, después de treinta y tres años, después de las revoluciones de 1830 y 1848, que se van a pagar esas letras, para figurarse que las frases sentimentales con que se envolvieron las promesas aparentes de Viena tienen todavía algún sentido en el año 1848.
¡El ciudadano Ruge como don Quijote de los tratados de Viena!
Por último, el ciudadano Ruge revela a la Asamblea el profundo secreto: las revoluciones de 1848 se produjeron solo porque en 1846 se violaron en Cracovia los tratados de 1815.83 ¡Sirva de advertencia a todos los déspotas!
En suma, el ciudadano Ruge no ha cambiado en ningún punto desde la última vez que lo encontramos en el terreno literario. Siguen siendo las mismas frases que ha estudiado y repetido desde que hacía de portero de la filosofía alemana en los Hallische y los Deutsche Jahrbücher;84 sigue siendo la misma confusión, el mismo caos de ideas, la misma falta de pensamiento; el mismo talento para presentar con forma pomposa los pensamientos más huecos y absurdos; la misma falta de «conocimientos», y sobre todo las mismas pretensiones al aplauso del filisteo alemán, que en su vida ha oído cosa semejante.
Con esto terminamos nuestro resumen del debate sobre Polonia. Entrar en el señor Löw, de Posen, y en los demás grandes espíritus que siguen sería pedir demasiado.
Todo el debate deja una impresión melancólica. ¡Tantos discursos largos y tan poco contenido, tan poco conocimiento del asunto, tan poco talento! El peor debate de la antigua o de la actual Cámara francesa o de la Cámara de los Comunes inglesa contiene más ingenio, más conocimiento de causa, más contenido real que esta conversación de tres días sobre uno de los asuntos más interesantes de la política moderna. Se podía haber hecho de todo con él, y la Asamblea Nacional no ha hecho más que politiquería de café.
¡En verdad, nunca y en ningún sitio ha sesionado una asamblea como esta!
Los acuerdos son conocidos. Se han conquistado 3/4 de Posen; se han conquistado no por la fuerza, ni por la «laboriosidad alemana», ni por el «arado», sino por la politiquería de café, la estadística mentirosa y unos acuerdos medrosos.
«¡Os habéis tragado a los polacos, pero por Dios que no los digeriréis!»
La Asamblea Nacional alemana, reunida en la iglesia de San Pablo de Fráncfort desde el 18 de mayo de 1848; tras un debate de tres días (24-27 de julio de 1848) acordó incorporar a la Confederación Germánica la mayor parte del Gran Ducado de Posen. ↩
Las tres particiones de Polonia entre Rusia, Prusia y Austria (1772, 1793 y 1795) y los nuevos repartos posteriores, hasta los de 1848. ↩
Gustav Adolf Harald Stenzel, historiador, profesor en Breslau, diputado del centro derecha en Fráncfort y ponente de la comisión. ↩
En 1815 Federico Guillermo III había prometido una constitución representativa para toda Prusia; la promesa no se cumplió. ↩
Leon Przyłuski, arzobispo de Gniezno y Posen. ↩
Pfahlbürger: en la Edad Media, quien gozaba del derecho de ciudadanía de una ciudad sin vivir dentro de sus muros; después, sinónimo de filisteo provinciano. ↩
La colonia de hugonotes franceses establecida en Berlín después de 1685. ↩
John Cockerill, industrial de origen inglés, fundador de la gran siderurgia de Seraing, en Bélgica; murió en Varsovia en 1840. ↩
Canal entre el Brda, afluente del Vístula, y el Netze (Noteć), afluente del Oder, junto a Bromberg (Bydgoszcz). ↩
El «Michel alemán», personificación del alemán bonachón, crédulo y apocado. ↩
Tras la derrota de Jena (octubre de 1806), la mayoría de las fortalezas prusianas capitularon ante Napoleón sin combatir. ↩
El Allgemeines Landrecht de 1794, código de las provincias del este de Prusia, que mantenía penas como los azotes. ↩
«Con Dios por el rey y la patria», lema de la milicia prusiana (Landwehr) desde 1813. ↩
El proceso celebrado en Berlín en 1847 contra los polacos acusados de preparar la insurrección de 1846 en el Gran Ducado de Posen. ↩
Protagonista de la comedia Don Ranudo de Colibrados, de Ludvig Holberg: un noble arruinado y lleno de orgullo. ↩
Tras la derrota de la insurrección polaca de 1830-1831, miles de emigrados polacos atravesaron Alemania camino de Francia y fueron objeto de colectas y banquetes de los liberales alemanes. ↩
Primer verso de la «Mazurca de Dąbrowski», canción de las legiones polacas de 1797 y después himno de Polonia. ↩
El general prusiano Karl Wilhelm von Willisen fue enviado a Posen en abril de 1848 como comisario real para la «reorganización nacional» del Gran Ducado. ↩
Convenio firmado el 11 de abril de 1848 entre Willisen y el comité nacional polaco: los destacamentos polacos se disolverían a cambio de la reorganización nacional de la provincia; las autoridades prusianas no lo respetaron. ↩
Escenarios de los combates y de las represalias de las tropas prusianas contra los insurrectos polacos en abril y mayo de 1848. ↩
El general Ernst von Pfuel, comandante en Posen, había hecho marcar con nitrato de plata («piedra infernal», Höllenstein) a insurrectos presos; de ahí el falso título nobiliario. ↩
Tribunales creados por Luis XIV en 1679-1680 para fundar en títulos jurídicos antiguos la anexión de territorios fronterizos alsacianos y lorenos. ↩
Bienes de la Corona polaca que se concedían en usufructo a los starostas, funcionarios de la nobleza. ↩
La familia de Thurn und Taxis tenía el privilegio hereditario del correo en buena parte del antiguo Imperio. ↩
Wilhelm Jordan, poeta y publicista, diputado en Fráncfort, que de la izquierda había pasado a defender en el debate sobre Posen el «sano egoísmo nacional» alemán. ↩
La Constitución polaca del 3 de mayo de 1791, que abolía el liberum veto, reforzaba la monarquía y la burguesía de las ciudades y ponía a los campesinos bajo la protección de la ley. ↩
Joachim Lelewel, historiador, miembro del gobierno nacional insurrecto de 1830-1831 y luego cabeza de la emigración democrática polaca. ↩
La insurrección de la República de Cracovia de febrero de 1846, cuyo gobierno nacional proclamó la abolición de las cargas feudales. ↩
Es decir, votando: en la Asamblea de Fráncfort se votaba poniéndose en pie o permaneciendo sentado. ↩
Estado creado por Napoleón en 1807 con las tierras polacas arrebatadas a Prusia y ampliado en 1809; desapareció en 1815. ↩
Ludwik Mierosławski, jefe militar de la insurrección de Posen de 1848; su Débat entre la révolution et la contre-révolution en Pologne se publicó en 1847. ↩
Goeden y Senff eran diputados en Fráncfort por la parte del Gran Ducado de Posen ya admitida en la Confederación Germánica. ↩
Verso del poema de Schiller «An die Freunde» («A los amigos»): «Y el que vive tiene razón». ↩
Expresión, con su falta gramatical, del diputado Felix Lichnowski en este mismo debate (véase más adelante). ↩
Eduard Heinrich Flottwell, presidente superior de la provincia de Posen de 1830 a 1841 y principal artífice de la política de germanización; su memoria sobre su administración se publicó en 1841. ↩
Robert Blum, publicista de Leipzig, jefe de la izquierda moderada en Fráncfort; fue fusilado en Viena en noviembre de 1848. ↩
Hans Christoph von Gagern, político y publicista, padre de Heinrich von Gagern, presidente de la Asamblea de Fráncfort. ↩
El ministro de la Guerra del poder central del Imperio, Eduard von Peucker, había ordenado que el 6 de agosto de 1848 todas las tropas alemanas rindieran homenaje al regente del Imperio; el rey de Prusia se negó a cumplirlo con las tropas prusianas. ↩
Como los caballeros del Orlando furioso de Ludovico Ariosto. ↩
Lugar de reunión de Königsberg. ↩
Revista de Jordan, publicada en Leipzig por Otto Wigand en 1845-1846; el título alude a la terminología hegeliana. ↩
Otto Wigand, editor de Leipzig de la literatura radical de los años cuarenta; Laurent-Antoine Pagnerre, editor republicano de París, en 1848 secretario general del gobierno provisional. ↩
Comienzo del Quijote, citado de memoria por Engels (Cervantes escribe «de cuyo nombre»). ↩
Heinrich Leo, historiador, profesor en Halle, portavoz de la extrema derecha pietista y feudal. ↩
Alusión a nombres alemanes antiguos de estas ciudades: Mailand, Lüttich, Genf, Kopenhagen. ↩
Nombres franceses de Colonia, Coblenza, Maguncia y Fráncfort. ↩
«Pequeñas miserias de la vida humana.» ↩
Karl Rosenkranz, filósofo hegeliano, profesor en Königsberg, que se ocupó mucho de estética. ↩
Rodomonte, rey sarraceno fanfarrón del Orlando furioso de Ariosto. Felix Lichnowski, terrateniente silesio y oficial prusiano, diputado de la derecha en Fráncfort; murió a manos de los insurrectos en Fráncfort en septiembre de 1848. ↩
Joseph Maria von Radowitz, general prusiano, confidente de Federico Guillermo IV y jefe de la extrema derecha en Fráncfort. ↩
Franz Schuselka, publicista austriaco, diputado de la izquierda en Fráncfort y luego en la Dieta del Imperio austriaco, reunida en Viena desde julio de 1848. ↩
«Antiguo», «ex»: en la Revolución francesa se aplicaba a los nobles que habían perdido sus títulos. ↩
Jan Chryzostom Janiszewski, sacerdote, miembro del comité nacional polaco de Posen en 1848, diputado en Fráncfort. ↩
Samuel Gottfried Kerst, director de un instituto de la provincia de Posen, diputado en Fráncfort. ↩
Calificativo que se daba a Prusia por su sistema de enseñanza y su filosofía oficial. ↩
Franz Jakob Clemens, filósofo católico de Bonn, diputado en Fráncfort. ↩
Julius Ostendorf, diputado en Fráncfort por Soest, en Westfalia. ↩
La «tierra roja» (rote Erde) es la denominación tradicional de Westfalia. ↩
Franz Schmidt, sacerdote católico-alemán de Löwenberg, en Silesia, diputado de la izquierda en Fráncfort. Los católicos alemanes (Deutschkatholiken) eran un movimiento religioso disidente de la Iglesia católica, surgido en 1844-1845. ↩
Heinrich von Gagern, presidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort. ↩
Friedrich Wilhelm Schlöffel, diputado de la extrema izquierda; Lorenz Brentano, demócrata de Baden, a quien la derecha quiso bajar por la fuerza de la tribuna el 7 de agosto de 1848, cuando defendió a los insurrectos republicanos de Baden. ↩
«Hombre guapo»: el apodo de Lichnowski en la Asamblea. ↩
Pierre Terrail de Bayard, caballero francés de comienzos del siglo XVI, llamado «el caballero sin miedo y sin tacha». ↩
El proyecto de derechos fundamentales del pueblo alemán, en discusión en Fráncfort, suprimía los privilegios de la nobleza. ↩
«Noble», en polaco. ↩
Wasserpolackei: nombre despectivo que se daba en Prusia a la Alta Silesia de habla polaca, de donde procedía la familia de Lichnowski. ↩
Lichnowski había servido de 1838 a 1840 como oficial en el ejército del pretendiente absolutista don Carlos en la primera guerra carlista. ↩
Versos de la canción de Ernst Moritz Arndt «Was ist des Deutschen Vaterland?» («¿Cuál es la patria del alemán?», 1813). ↩
Arnold Ruge, publicista joven hegeliano, antiguo editor con Marx de los Deutsch-Französische Jahrbücher (1844), diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩
La cruzada contra los albigenses (1209-1229), que abrió el sometimiento del Languedoc a la corona francesa. ↩
Congreso de representantes de los pueblos eslavos de Austria reunido en Praga en junio de 1848, interrumpido por la insurrección de Praga y su represión. ↩
Moabit, cárcel de Berlín donde estuvieron presos los acusados polacos de 1846-1847; el Spielberg, fortaleza-prisión austriaca de Brünn (Brno). ↩
En febrero de 1846 las autoridades austriacas azuzaron a los campesinos de Galitzia contra la nobleza polaca insurrecta, con matanzas de cientos de nobles. ↩
Georg von Vincke, terrateniente westfaliano, jefe de la derecha liberal en Fráncfort. ↩
El mariscal austriaco Josef Radetzky reconquistó en el verano de 1848 la Lombardía insurrecta. ↩
Fórmula de Ruge, que había reclamado que la Asamblea Nacional fuera la «redacción de la razón de los acontecimientos». ↩
Según la tradición, el juramento con que los representantes de los tres cantones primitivos suizos fundaron en el prado del Rütli, en 1291, la alianza contra los Habsburgo. ↩
El general Louis-Eugène Cavaignac, jefe del poder ejecutivo francés tras aplastar la insurrección de junio; el príncipe Karl zu Leiningen, presidente del ministerio del poder central del Imperio en Fráncfort; lord John Russell, primer ministro británico. ↩
Jules Bastide, ministro de Asuntos Exteriores de Francia; el historiador Friedrich von Raumer, enviado del poder central del Imperio en París. ↩
«Arisco», «feroz». ↩
En el original, des Pudels Kern, «el núcleo del perro de aguas»: expresión del Fausto de Goethe, cuando el perro que sigue a Fausto se revela como Mefistófeles. ↩
El «Manifiesto a Europa» del 4 de marzo de 1848, en que Lamartine, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional francés, declaró que los tratados de 1815 ya no tenían valor de derecho para la República, aunque reconocía las fronteras existentes. ↩
La anexión de la República de Cracovia por Austria en 1846 violaba el acta final del Congreso de Viena, que había creado esa república. ↩
Los Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst (1838-1841) y su continuación, los Deutsche Jahrbücher (1841-1843), revista de los jóvenes hegelianos dirigida por Ruge. ↩