Escrito por Friedrich Engels en Bruselas en enero de 1848. Publicado en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 8, del 27 de enero de 1848, con la firma «F. E.». Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 504-510), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

«Esto aguantará mientras vivamos yo y Metternich», dijo el difunto emperador Francisco.1 Si Metternich no quiere desmentir a su emperador, tendrá que morirse cuanto antes.

La abigarrada monarquía austriaca, reunida a fuerza de herencias y de robos, ese desbarajuste organizado de diez lenguas y naciones, ese compuesto sin plan de las costumbres y las leyes más contradictorias, empieza por fin a desmoronarse.

El honrado burgués alemán lleva años tributando la más alta admiración al director de esta máquina estatal atascada, al cobarde granuja y asesino Metternich. Talleyrand, Luis Felipe y Metternich, tres cabezas de lo más mediocres, y por eso mismo muy apropiadas para nuestra época mediocre, pasan a ojos del burgués alemán por los tres dioses que desde hace treinta años han hecho bailar la historia universal de un hilo, como en un teatro de marionetas. Fiel a su propia experiencia cotidiana, el honrado burgués toma la historia por un complot de tertulia de taberna y un comadreo a escala algo mayor.

Cierto: sobre ningún país han pasado con menos huella que sobre Austria la marea de la revolución y la triple invasión napoleónica. Cierto: en ningún país se han conservado más inmaculados y armoniosos que en Austria el feudalismo, el patriarcalismo y el humilde filisteísmo, bajo la protección de la vara paternal de avellano. Pero ¿qué culpa tiene Metternich?

¿En qué se basan el poder, la tenacidad, la estabilidad de la casa de Austria?

Cuando en la segunda mitad de la Edad Media Italia, Francia, Inglaterra, Bélgica y la Alemania del norte y del oeste fueron saliendo una tras otra de la barbarie feudal, cuando la industria se desarrolló, el comercio se extendió, las ciudades se elevaron y los burgueses adquirieron importancia política, una parte de Alemania se quedó atrás respecto del desarrollo de Europa occidental. La civilización burguesa siguió las costas y el curso de los grandes ríos. Las tierras del interior, sobre todo las montañas altas, estériles e intransitables, siguieron siendo la sede de la barbarie y del feudalismo. Fue sobre todo en las tierras del interior del sur de Alemania y de los eslavos del sur donde se concentró esta barbarie. Protegidas por los Alpes de la civilización italiana, por las montañas de Bohemia y de Moravia de la civilización del norte de Alemania, estas tierras del interior tuvieron además la suerte de formar la cuenca del único río reaccionario de Europa. El Danubio, lejos de empujarlas hacia la civilización, las ponía más bien en contacto con una barbarie todavía mucho más vigorosa.

Cuando en Europa occidental se desarrollaron, a consecuencia de la civilización burguesa, las grandes monarquías, las tierras del interior del alto Danubio tuvieron que unirse también en una gran monarquía. Ya la defensa lo exigía. Aquí, en el centro de Europa, se asociaron los bárbaros de todas las lenguas y naciones bajo el cetro de la casa de Habsburgo. Aquí encontraron en Hungría un respaldo de barbarie compacta.

El Danubio, los Alpes, los parapetos rocosos de Bohemia: estas son las razones de existencia de la barbarie austriaca y de la monarquía austriaca.

Si la casa de Habsburgo apoyó durante un tiempo a los burgueses contra la nobleza, a las ciudades contra los príncipes, fue porque esa era la única condición bajo la cual era posible una gran monarquía. Si más tarde volvió a apoyar a los pequeños burgueses, es que los pequeños burgueses, en el resto de Europa, se habían vuelto ya reaccionarios frente a la gran burguesía. Tanto una vez como otra apoyó a los pequeños burgueses con un propósito decididamente reaccionario. Solo que ahora el recurso le falla.

Así, la casa de Austria fue desde el principio la representante de la barbarie, de la estabilidad de la reacción en Europa. Su poder se basaba en la estupidez del patriarcalismo atrincherado tras montañas intransitables, en la brutalidad inaccesible de la barbarie. Una docena de naciones, cuyas costumbres, caracteres e instituciones formaban las contradicciones más chillonas, se mantenían unidas en virtud de su común aversión a la civilización.

Por eso la casa de Austria era invencible mientras la barbarie de sus súbditos permaneciera intacta. Por eso solo la amenazaba un peligro: la penetración de la civilización burguesa.

Pero ese único peligro era inevitable. La civilización burguesa podía quedar aislada durante un tiempo, podía durante un tiempo acomodarse y subordinarse a la barbarie austriaca. Pero tarde o temprano tenía que vencer a la barbarie feudal, y con ello quedaba roto el único lazo que había mantenido unidas las provincias más diversas.

De ahí la política austriaca, pasiva, vacilante, cobarde, sucia y traicionera. Austria ya no puede presentarse como antes de manera abiertamente brutal, decididamente bárbara, porque cada año tiene que hacer concesiones a la civilización, cada año está menos segura de sus propios súbditos. Todo paso resuelto provocaría un cambio en casa o en los vecinos de frontera; todo cambio sería una brecha en los diques tras los que Austria se protege a duras penas de las crecientes oleadas de la civilización moderna; la primera víctima de todo cambio sería la propia casa de Austria, que se mantiene en pie o cae con la barbarie. Si todavía en 1823 y en 1831 Austria pudo dispersar a cañonazos a los rebeldes piamonteses, napolitanos y de la Romaña, en 1846 tuvo ya que poner en movimiento en Galitzia a un elemento revolucionario todavía sin desarrollar, los campesinos,2 y en 1847 tuvo que hacer detenerse a sus tropas ante Ferrara y recurrir en Roma a una conspiración.3 La Austria contrarrevolucionaria emplea medios revolucionarios: ¡esa es la señal más segura de que está acabada!

Cuando las insurrecciones italianas de 1831 y la revolución polaca de 1830 quedaron sofocadas, cuando los burgueses franceses hubieron prestado fianza de su buena conducta, el emperador Francisco pudo bajar en paz a la tumba; los tiempos parecían lo bastante miserables para soportar incluso a su hidrocéfalo vástago.4

De las revoluciones, el imperio del idiota coronado estaba de momento todavía a salvo. Pero ¿quién lo ponía a salvo de las causas de las revoluciones?

Mientras la industria siguió siendo industria doméstica, mientras cada familia campesina, o al menos cada aldea, producía por sí misma lo que necesitaba de productos industriales, sin llevar mucho al comercio, la propia industria era feudal y encajaba perfectamente con la barbarie austriaca. Mientras siguió siendo mera manufactura, industria rural, llevaba pocos productos del interior a la exportación, generaba poco comercio exterior, existía solo en algunos distritos y se dejaba adaptar fácilmente al statu quo austriaco. Si incluso en Inglaterra y en Francia la manufactura producía poca gran burguesía, en la Austria escasamente poblada y apartada podía producir a lo sumo una modesta clase media, y aun esta solo aquí y allá. Mientras existió el trabajo manual, Austria estuvo segura.

Pero se inventaron las máquinas, y las máquinas arruinaron el trabajo manual. Los precios de los productos industriales cayeron tan deprisa y tan hondo que primero la manufactura y poco a poco incluso la vieja industria doméstica feudal se hundieron.

Austria se atrincheró contra las máquinas tras un sistema prohibitivo consecuente. Pero en vano. Precisamente el sistema prohibitivo llevó las máquinas a Austria. Bohemia practicaba la industria algodonera, Lombardía la hilatura de la seda con máquinas; Viena empezó incluso a fabricar máquinas.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Los obreros de la manufactura se quedaron sin pan. Toda la población de los distritos manufactureros fue arrancada de su modo de vida tradicional. De los filisteos de antes surgieron grandes burgueses que mandaban sobre cientos de obreros, como sus vecinos príncipes y condes sobre cientos de campesinos siervos. Con la caída de la vieja industria, los campesinos siervos perdieron antiguas fuentes de ingresos, y con la nueva industria adquirieron nuevas necesidades. La explotación feudal de la agricultura ya no era posible al lado de la industria moderna. El rescate de las prestaciones personales se convirtió en una necesidad. La situación feudal de los campesinos frente al señor se hizo insostenible. Las ciudades se elevaron. Los gremios se volvieron opresivos para los consumidores, inútiles para los agremiados, insoportables para los industriales. Hubo que admitir la competencia bajo cuerda. La posición de todas las clases de la sociedad cambió por completo. Las viejas clases pasaron cada vez más a segundo plano ante las dos clases nuevas, la burguesía y el proletariado; la agricultura perdió peso frente a la industria, el campo retrocedió ante las ciudades.

Tales fueron las consecuencias de las máquinas en algunas regiones de Austria, sobre todo en Bohemia y en Lombardía. Repercutieron más o menos sobre toda la monarquía; socavaron en todas partes la vieja barbarie y, con ella, el fundamento de la casa de Austria.

Mientras en la Romaña, en 1831, los apaleados soldados austriacos respondían con metralla al Viva l'Italia, en Inglaterra se construían los primeros ferrocarriles. Como las máquinas, los ferrocarriles se convirtieron enseguida en una necesidad para todos los países europeos. Austria tuvo que adoptarlos, de buen o de mal grado. Para no dar nuevo poder a la burguesía, que ya crecía, el gobierno los construyó él mismo. Pero cayó de Escila en Caribdis. Si evitó la formación de poderosas sociedades por acciones de burgueses, fue solo pidiendo prestado a los burgueses el dinero para construir los ferrocarriles, empeñándose con Rothschild, Arnstein y Eskeles, Sina,5 etcétera.

A los efectos de los ferrocarriles escapó la casa de Austria todavía menos.

Las divisorias montañosas que habían separado la monarquía austriaca del mundo exterior, Bohemia de Moravia y de Austria, Austria de Estiria, Estiria de Iliria, Iliria de Lombardía, caen ante los ferrocarriles. Las murallas de granito tras las que cada provincia había conservado una nacionalidad particular, una existencia local limitada, dejan de ser una barrera. Los productos de la gran industria, de las máquinas, penetran de repente y casi sin gastos de transporte hasta los rincones más apartados de la monarquía, destruyen el viejo trabajo manual, sacuden la barbarie feudal. El comercio de las provincias entre sí, el comercio con el extranjero civilizado, adquieren una importancia nunca conocida. El Danubio, que corre hacia atrás,6 deja de ser la arteria del imperio; los Alpes y la Selva de Bohemia ya no existen; la nueva arteria va de Trieste a Hamburgo, Ostende y El Havre, mucho más allá de las fronteras del imperio, atravesando las murallas de montañas hasta las lejanas costas del mar del Norte y del océano. La participación en los intereses generales del Estado, en los acontecimientos del mundo exterior, se convierte en una necesidad. La barbarie local desaparece. Los intereses se separan aquí, se funden allá. Las nacionalidades se separan en un punto para unirse en otro, y del caótico conglomerado de provincias extrañas entre sí se van desprendiendo grupos determinados y mayores, con tendencias e intereses comunes.

«Esto aguantará mientras vivamos yo y Metternich.» Ha aguantado la Revolución francesa, a Napoleón y las tormentas de julio. Pero el vapor no lo aguanta. El vapor se ha abierto camino a través de los Alpes y de la Selva de Bohemia, el vapor le ha escamoteado al Danubio su papel, el vapor ha hecho jirones la barbarie austriaca y con ello ha quitado a la casa de Habsburgo el suelo bajo los pies.

El público europeo y americano tiene en este momento el gusto de contemplar cómo Metternich y toda la casa de Habsburgo son triturados entre las ruedas de la máquina de vapor, cómo la monarquía austriaca es cortada en pedazos por sus propias locomotoras. Es un espectáculo muy divertido. En Italia se rebelan los vasallos, y Austria no se atreve a rechistar; la peste liberal se apodera de Lombardía, y Austria titubea, vacila, tiembla ante sus propios súbditos. En Suiza, los más antiguos rebeldes contra Austria, los suizos de los cantones primitivos, se ponen bajo la soberanía de Austria; son atacados, pero Austria tiembla ante la audaz palabra de Ochsenbein:7 si un solo soldado austriaco pisa Suiza, lanzo veinte mil hombres sobre Lombardía y proclamo la república italiana; ¡y Austria va a mendigar en vano ayuda a las despreciadas cortes de Múnich, Stuttgart y Karlsruhe! En Bohemia los estamentos niegan cincuenta mil florines de impuestos; Austria quiere cobrarlos de todos modos, y necesita tanto sus tropas en los Alpes que por primera vez desde que Austria existe tiene que ceder ante los estamentos y renunciar a los cincuenta mil florines. En Hungría la Dieta prepara propuestas revolucionarias y tiene asegurada la mayoría; y Austria, que necesita a los húsares húngaros en Milán, Módena y Parma, la propia Austria presenta a la Dieta propuestas revolucionarias, aunque sabe muy bien que esas propuestas son su propia muerte. Esta Austria inquebrantable, este eterno baluarte de la barbarie, ya no sabe adónde volverse. Tiene el más espantoso sarpullido: si se rasca por delante, le pica por detrás, y si se rasca por detrás, le pica por delante.

Y con este cómico rascarse, la casa de Austria se rasca hasta reventar.8

Si el viejo Metternich no sigue pronto a su «leal» Francisco, todavía puede llegar a ver cómo su monarquía imperial, mantenida unida a duras penas, se desmorona y cae en su mayor parte en manos de los burgueses; puede llegar a ver lo indecible: que los «sastres burgueses» y los «especieros burgueses» del Prater ya no se quiten la gorra ante él y lo llamen, sin más, señor Metternich. Unas cuantas sacudidas más, unos cuantos armamentos costosos más, y Charles Rothschild compra toda la monarquía austriaca.

Esperamos con verdadero placer la victoria de los burgueses sobre el imperio austriaco. Solo deseamos que sean burgueses bien viles, bien sucios, bien judíos los que compren este venerable imperio. Un gobierno tan repugnante, tan de palos, tan paternal y piojoso merece sucumbir ante un adversario bien piojoso, con plica polaca y apestoso. El señor Metternich puede estar seguro de que más tarde despiojaremos a ese adversario con la misma falta de piedad con que ese adversario lo despiojará a él próximamente.

Para nosotros, los alemanes, la caída de Austria tiene además un significado especial. Es Austria la que nos ha dado fama de opresores de naciones extranjeras, de mercenarios de la reacción en todos los países. Bajo la bandera austriaca, alemanes mantienen en la servidumbre a Polonia, Bohemia e Italia. A la monarquía austriaca le debemos que desde Siracusa hasta Trento, desde Génova hasta Venecia, se odie a los alemanes como despreciables lansquenetes del despotismo. Quien haya sido testigo del odio mortal, de la sed de venganza sangrienta y perfectamente justificada que reina en Italia contra los tedeschi, tiene que alimentar, ya solo por eso, un odio inextinguible contra Austria y aplaudir cuando este baluarte de la barbarie, esta picota de la vergüenza para Alemania, se venga abajo.

Tenemos todos los motivos para esperar que los alemanes se venguen de Austria por la infamia con que ha cubierto el nombre alemán. Tenemos todos los motivos para esperar que sean alemanes quienes derriben a Austria y quiten de en medio los obstáculos que se oponen a la libertad eslava e italiana. Todo está preparado; la víctima yace ahí y espera el cuchillo que ha de cortarle el cuello. Que esta vez los alemanes no dejen pasar el momento, que sean lo bastante audaces para pronunciar la palabra que ni siquiera Napoleón se atrevió a pronunciar, la palabra:

¡La dinastía de Habsburgo ha dejado de reinar!9

F. E.

  1. Francisco I, emperador de Austria (1804-1835) y, como Francisco II, último emperador del Sacro Imperio. La frase, que la tradición le atribuye, suele citarse en la forma «Mich und den Metternich hält's noch aus». ↩

  2. Durante la insurrección polaca de 1846 en Galitzia, las autoridades austriacas azuzaron a los campesinos ucranianos y polacos contra la nobleza insurrecta, y hubo una matanza de terratenientes. ↩

  3. En julio de 1847 las tropas austriacas ocuparon Ferrara, en los Estados Pontificios; ese mismo mes se descubrió en Roma una conspiración reaccionaria contra las reformas de Pío IX, atribuida a agentes austriacos. ↩

  4. Fernando I, emperador de Austria desde 1835, enfermo de epilepsia e hidrocefalia e incapaz de gobernar. ↩

  5. Casas de banca de Viena: Salomon Rothschild; Arnstein & Eskeles; el banquero de origen griego Georg Simon Sina. ↩

  6. Es decir, que corre hacia el este, hacia la «barbarie», y no hacia los mares de Occidente; véase más arriba. ↩

  7. Ulrich Ochsenbein, presidente de la Dieta federal suiza en 1847 y comandante de una división en la guerra contra el Sonderbund. ↩

  8. Juego de palabras: abkratzen, «rascar», significa también, en lenguaje coloquial, «estirar la pata». ↩

  9. En francés en el original: «La dynastie de Habsbourg a cessé de régner!». Remeda la fórmula de la proclama de Napoleón de diciembre de 1805 que declaraba destronados a los Borbones de Nápoles («La dynastie de Naples a cessé de régner»). ↩