Escrito en Colonia el 24 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 153, del 26 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 46-54), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 24 de noviembre. En las comedias del siglo pasado, sobre todo en las francesas, nunca falta un criado que divierte al público recibiendo a cada momento palos, empujones y, en las escenas de especial efecto, hasta patadas. El papel de este criado no es ciertamente agradecido, pero todavía es envidiable al lado de un papel que es fijo en nuestro teatro imperial de Fráncfort: el del ministro de Asuntos Exteriores del Imperio. Los criados de la comedia tienen al menos un medio de vengarse: tienen ingenio. ¡Pero el ministro del Imperio!
Seamos justos. El año 1848 no les trae rosas a ninguno de los ministros de Asuntos Exteriores. Palmerston y Nesselrode1 se han alegrado hasta ahora de que los dejaran en paz. El inspirado Lamartine,2 que con sus manifiestos hacía llorar hasta a las solteronas y viudas alemanas, ha tenido que escabullirse avergonzado a un lado con las alas quebradas y desplumadas. Su sucesor, Bastide,3 que todavía hace un año, en Le National y en la oscura Revue nationale, derramaba como trompetero oficial de guerra la más virtuosa indignación sobre la política cobarde de Guizot, vierte ahora cada noche lágrimas silenciosas al leer sus œuvres complètes de la veille4 y ante el amargo pensamiento de que cada día se rebaja más a ser el Guizot de la república honesta. Pero todos estos ministros tienen un consuelo: si en lo grande les ha ido mal, en lo pequeño, en cuestiones danesas, sicilianas, argentinas, valacas y otras lejanas, han podido tomarse la revancha. Incluso el ministro prusiano de Exteriores, el señor Arnim,5 cuando concluyó el desagradable armisticio danés, tuvo la satisfacción de no ser solo el engañado, sino de engañar también a alguien, y ese alguien era... ¡el ministro del Imperio!
En efecto, el ministro de Exteriores del Imperio es el único de todos que ha desempeñado un papel puramente pasivo, que ha recibido golpes, pero no ha dado ni uno solo. Desde los primeros días de su entrada en funciones ha sido el cordero expiatorio elegido, sobre el que todos los colegas de los Estados vecinos derramaban su bilis, en el que se cobraban todos los pequeños sinsabores de la vida diplomática que también ellos tenían que soportar. Maltratado y martirizado, no abrió la boca, como un cordero llevado al matadero.6 ¿Dónde hay uno que pueda decir que el ministro del Imperio le ha tocado un pelo? En verdad, la nación alemana nunca le olvidará al señor Schmerling7 que se haya atrevido a reanudar con tanta resolución y coherencia las tradiciones del viejo Sacro Imperio Romano.
¿Hace falta que dejemos constancia de la paciencia de mártir desplegada por el señor von Schmerling con un registro de sus éxitos diplomáticos? ¿Hace falta que volvamos al viaje del señor Max Gagern8 de Fráncfort a Schleswig, digno pendant del de antaño, el «Viaje de Sofía de Memel a Sajonia»?9 ¿Hace falta que saquemos de nuevo toda la edificante historia del armisticio danés? ¿Hace falta que nos detengamos en el fracasado ofrecimiento de mediación en el Piamonte y en el viaje diplomático de estudios del señor Heckscher10 con beca del Imperio? No es necesario. Los hechos son demasiado recientes y demasiado contundentes para que haga falta siquiera mencionarlos.
Pero todo tiene sus límites, y al final hasta el más paciente tiene que mostrar alguna vez que tiene pelo en los dientes,11 dice el filisteo alemán. Fiel a esta máxima de una clase que nuestros señores estadistas declaran la gran mayoría bienpensante de Alemania, también el señor von Schmerling ha sentido por fin la necesidad de mostrar que tiene pelo en los dientes. El cordero expiatorio buscaba un chivo expiatorio y creyó haberlo encontrado por fin en Suiza. Suiza, apenas dos millones y medio de habitantes, republicanos para colmo, el refugio desde el que Hecker y Struve12 invadieron Alemania e inquietaron gravemente al nuevo Sacro Imperio Romano: ¿se puede encontrar mejor ocasión, y a la vez menos peligrosa, para demostrar que la «gran Alemania» tiene pelo en los dientes?
Enseguida se dirigió una nota «enérgica» al Vorort13 de Berna a causa de las intrigas de los refugiados. Pero el Vorort de Berna respondió a la «gran Alemania», en nombre de la «pequeña Suiza», con la misma energía y consciente de su buen derecho. Eso no amilanó en absoluto al señor Schmerling. El pelo le creció en los dientes con asombrosa rapidez, y ya el 23 de octubre se redactó una nueva nota, todavía más «enérgica», que se entregó al Vorort el 2 de noviembre. En ella el señor Schmerling amenazaba ya con la vara a la díscola Suiza. El Vorort, más rápido aún que el ministro del Imperio, respondió dos días después con la misma calma y firmeza que antes, y el señor Schmerling pondrá, pues, en vigor sus «disposiciones y medidas» contra Suiza. Ya está ocupadísimo con ello, según declaró en la Asamblea de Fráncfort.
Si esta amenaza fuera una farsa imperial corriente, como tantas que hemos visto ya este año, no diríamos una palabra sobre ella. Pero como de nuestros Don Quijotes del Imperio, o más bien Sanchos del Imperio en el gobierno de su ínsula Barataria del ministerio de Exteriores, nunca se puede esperar suficiente insensatez, fácilmente podría ocurrir que esta disputa con Suiza nos meta en toda clase de nuevos enredos. Quidquid delirant reges, etc.14
Examinemos, pues, algo más de cerca la nota del Imperio a Suiza.
Es sabido que los suizos hablan mal el alemán y no lo escriben mucho mejor. Pero la nota de respuesta del Vorort es, en cuanto al estilo, una obra maestra de redondez goethiana al lado del alemán escolar, torpe, siempre falto de expresión del ministerio del Imperio. El diplomático suizo (según se dice, el canciller federal Schiess)15 parece haber mantenido su lengua especialmente pura, fluida y cultivada a propósito, para hacer ya en este aspecto un contraste irónico con la nota del regente del Imperio, que uno de los capas rojas de Jellachich16 no habría redactado peor. Hay frases en la nota del Imperio que no se entienden en absoluto, y otras de una torpeza consumada, como se verá más abajo. ¿Pero acaso no están escritas precisamente estas frases «en el lenguaje de la rectitud que el gobierno del regente del Imperio se impondrá siempre como deber en el trato entre los pueblos»?
Al señor Schmerling no le va mejor en cuanto al contenido. Ya en el primer párrafo recuerda
«el hecho de que sobre la nota alemana del 30 de junio del año en curso se deliberó en la Dieta durante varias semanas, antes de que se diera respuesta alguna, en un tono que en aquel momento habría hecho imposible a un representante de Alemania la estancia en Suiza».
(Aquí tenemos ya una muestra de estilo.)
El Vorort es lo bastante bonachón para demostrar al «gobierno del regente del Imperio», con las actas de la Dieta, que esos debates de «varias semanas» se reducen a una sola deliberación breve en un único día. Se ve cómo nuestro ministro del Imperio, en vez de consultar los documentos, prefiere fiarse del tesoro de su confusa memoria. Encontraremos más pruebas de ello.
Por lo demás, el gobierno del regente del Imperio puede encontrar en esta amabilidad del Vorort, en la buena disposición con que ayuda a su flaca memoria, una prueba de los «sentimientos de buena vecindad» de Suiza. ¡De veras, si se le hubiera ocurrido hablar de modo parecido de los debates del Parlamento inglés en una nota, la seca insolencia de Palmerston le habría enseñado la puerta de muy otra manera! Los embajadores prusiano y austriaco en Londres pueden contarle lo que se ha debatido públicamente sobre sus respectivos Estados y notas sin que a nadie se le ocurriera que por ello se les hacía imposible la estancia en Londres. ¡Estos escolares quieren enseñar derecho de gentes a Suiza y no saben siquiera que de los debates de las asambleas soberanas solo les concierne lo que se acuerda, y no lo que se dice! Estos lógicos afirman en la misma nota que «Suiza sabrá que los ataques a la libertad de prensa no pueden venir de Alemania» (basta con reproducir estas líneas en la Neue Rheinische Zeitung para ironizarlas amargamente), ¡y quieren inmiscuirse incluso en la libertad de debate de las que eran entonces las más altas autoridades suizas!
«No hay ninguna disputa de principios. No se trata del derecho de asilo ni de la libertad de prensa. Suiza sabrá que los ataques contra estos derechos no pueden venir de Alemania. Ha declarado repetidamente que no tolerará su abuso; ha reconocido que el derecho de asilo no puede convertirse en una industria para Suiza» (¿qué quiere decir esto?), «en un estado de guerra para Alemania» (¡el derecho de asilo, un estado de guerra; qué alemán!), «que tiene que haber una diferencia entre un techo para los perseguidos y una guarida para salteadores de caminos.»
«¡Guarida para salteadores de caminos!» ¿Se han ido al Rin Rinaldo Rinaldini y todos los capitanes de bandidos de los Abruzos publicados por Gottfried Basse en Quedlinburg,17 con sus bandas, para saquear en el momento oportuno la alta Baden? ¿Está en camino Karl Moor desde los bosques de Bohemia?18 ¿Ha dejado también Schinderhannes19 un sobrino que, como «sobrino de su tío»,20 quiera continuar la dinastía desde Suiza? ¡Nada de eso! Struve, que está en la cárcel en Baden, la señora Struve y los pocos obreros que cruzaron desarmados la frontera: esos son los «salteadores de caminos» que tenían o que todavía deben de tener su «guarida» en Suiza. El poder del Imperio, no contento con los presos de los que puede vengarse, pierde hasta tal punto todo decoro que arroja insultos al otro lado del Rin tras los que han escapado felizmente.
«Suiza sabe que no se le pide que persiga a la prensa, que no se habla de los periódicos y las hojas volantes, sino de sus autores, que justo al lado de la frontera, de día y de noche, mediante la introducción en masa de escritos incendiarios, hacen una baja guerra de contrabando contra Alemania.»
«¡Introducción!» «¡Escritos incendiarios!» «¡Baja guerra de contrabando!» Las expresiones son cada vez más cultas, cada vez más diplomáticas; ¿pero acaso no se ha «impuesto como deber el lenguaje de la rectitud» el gobierno del regente del Imperio?
¡Y, en efecto, su lenguaje es de una notable «rectitud»! No pide a Suiza que persiga a la prensa; no habla de los «periódicos y las hojas volantes», sino de «sus autores». A estos hay que pararles los pies. Pero, honrado «gobierno del regente del Imperio», cuando en Alemania se procesa a un periódico, por ejemplo a la Neue Rheinische Zeitung, ¿se trata del periódico, que está en manos de todo el mundo y ya no se puede retirar de la circulación, o de los «autores», a los que se mete en la cárcel y se lleva ante los tribunales? Este buen gobierno no pide que se persiga a la prensa, solo a los autores de la prensa. ¡Alma cándida! ¡Maravilloso «lenguaje de la rectitud»!
Estos autores «hacen, mediante la introducción en masa de escritos incendiarios, una baja guerra de contrabando contra Alemania». Este delito de los «salteadores de caminos» es realmente imperdonable, tanto más cuanto que ocurre «de día y de noche», y que Suiza lo tolere es una violación clamorosa del derecho de gentes.
Desde Gibraltar se meten de contrabando en España cargamentos enteros de mercancías inglesas, y los curas españoles declaran que desde allí los ingleses hacen «mediante la introducción de escritos incendiarios evangélicos», por ejemplo Biblias españolas de la Sociedad Bíblica, una baja guerra de contrabando contra la Iglesia católica. Los fabricantes de Barcelona maldicen igualmente la baja guerra de contrabando que se hace desde allí contra la industria española mediante la introducción de percales ingleses. Pero que el embajador español se queje una sola vez de ello, y Palmerston le responderá: Thou blockhead,21 ¡precisamente para eso tomamos Gibraltar! Todos los demás gobiernos han tenido hasta ahora demasiado tacto, gusto y reflexión para quejarse del contrabando en sus notas. Pero el ingenuo gobierno del regente del Imperio habla hasta tal punto el «lenguaje de la rectitud» que declara con la mayor candidez que Suiza ha violado el derecho de gentes si los aduaneros de la frontera de Baden no vigilan como es debido.
«Por último, tampoco puede caberle duda a Suiza de que el derecho del extranjero a defenderse de semejante agravio no puede depender de que a las autoridades suizas les falte el poder o la voluntad de prohibirlo.»
El gobierno del regente del Imperio parece no tener la menor idea «de que el derecho» de Suiza a dejar en paz a cualquiera que se someta a las leyes del país, aunque haga mediante la introducción, etc., una baja guerra de contrabando, etc., «no puede depender de que a las autoridades alemanas les falte el poder o la voluntad» de «impedir» ese contrabando. Que el gobierno del regente del Imperio tome a pecho la respuesta de Heine al hamburgués que le lloriqueaba por el gran incendio:
Procuraos mejores leyes
y mejores bombas de incendios,22
y ya no tendrá necesidad de seguir poniéndose en ridículo con la rectitud de su lenguaje.
«Solo sobre los hechos hay disputa», se dice a continuación, y por fin vamos a oír, además de la baja guerra de contrabando, algunos otros hechos importantes. Estamos impacientes.
«El alto Vorort pide, alegando su desconocimiento, que se le dé la prueba concreta de los sucesos capaces de corroborar las acusaciones formuladas contra las autoridades suizas.»
Evidentemente, una petición muy razonable por parte del alto Vorort. ¿Y el gobierno del regente del Imperio atenderá con la mejor disposición esta justa petición?
De ningún modo. Escuchad:
«Pero un procedimiento contradictorio entre gobiernos sobre cosas notorias no es costumbre de los pueblos.»
Ahí tenéis una dura lección de derecho de gentes para la arrogante pequeña Suiza, que cree poder tratar con la misma desfachatez al gobierno del regente del Imperio de la gran Alemania que en su día la pequeña Dinamarca. Debería tomar ejemplo del armisticio danés y volverse más modesta. Si no, podría pasarle lo mismo.
Cuando se pide a un Estado vecino la extradición de un delincuente común, se entra en un procedimiento contradictorio, por «notorio» que sea el delito. Pero el procedimiento contradictorio, o más bien la mera prueba de la culpa que exige Suiza antes de proceder, no contra delincuentes comunes que han cruzado la frontera, ni tampoco contra refugiados, no, sino contra sus propios funcionarios, salidos de la elección democrática del pueblo, esa prueba «no es costumbre de los pueblos». En verdad, el «lenguaje de la rectitud» no se desmiente ni un instante. No se puede confesar con más rectitud que no se tienen pruebas que aportar.
Y ahora sigue una granizada de preguntas en las que se enumeran todos esos hechos notorios.
«¿Duda alguien de las actividades de los agitadores alemanes en Suiza?»
Desde luego que nadie, como tampoco de las actividades del señor Schmerling en Fráncfort. Está claro que los refugiados alemanes en Suiza se dedican casi siempre a alguna «actividad». La cuestión es solo a qué se dedican, y eso, evidentemente, no lo sabe ni el propio señor Schmerling; si no, lo diría.
«¿Duda alguien de la prensa de los refugiados?»
Desde luego que nadie. Pero el propio señor Schmerling declara que los ataques contra la libertad de prensa no pueden venir de Alemania. Y si vinieran, Suiza sabría rechazarlos, de veras. ¿Qué significa, pues, esta pregunta? Si la traducimos del «lenguaje de la rectitud» al alemán, no significa otra cosa que esto: Suiza debe suprimir la libertad de prensa para los refugiados. A un autre, Monsieur de Schmerling!23
«¿Ha de probar Alemania ante Europa las peregrinaciones a Muttenz?»
Desde luego que no, astuto «gobierno del regente del Imperio». Pero probar que esas peregrinaciones fueron la causa de la invasión de Struve, o a ser posible de cualquier otra empresa que dé más motivo de queja contra Suiza, eso no le daría al gobierno del regente del Imperio ninguna vergüenza, pero sí tanto más dificultades.
El Vorort es una vez más tan complaciente que hace más de lo que «es costumbre de los pueblos» y recuerda al señor Schmerling que las peregrinaciones a Muttenz iban precisamente a Hecker, que Hecker estaba en contra de la segunda invasión, que incluso, para disipar toda duda sobre sus intenciones, se marchó a América, y que entre los peregrinos había miembros destacados de la Asamblea Nacional alemana. El Vorort es lo bastante delicado para no mencionar, ni siquiera frente a la indelicada nota del señor Schmerling, el último y más contundente argumento: que los «peregrinos» volvieron a Alemania y que allí el gobierno del regente del Imperio podía pedirles cuentas en cualquier momento por cualquier acto punible, por toda su «actividad» en Muttenz. Que no se haya hecho prueba mejor que nada que el gobierno del regente del Imperio no tiene datos que incriminen a los peregrinos y que, por tanto, mucho menos puede reprochar nada en este aspecto a las autoridades suizas.
«¿O las reuniones en el Birsfeld?»
El «lenguaje de la rectitud» es una cosa hermosa. Quien, como el gobierno del regente del Imperio, se ha «impuesto este lenguaje como deber en el trato entre los pueblos» no necesita más que demostrar que ha habido reuniones en general, o reuniones de refugiados, en el Birsfeld, para poder acusar a las autoridades suizas de grave violación del derecho de gentes. Los demás mortales, desde luego, tendrían que demostrar primero qué ha ocurrido en esas reuniones que sea contrario al derecho de gentes. Pero esos son «hechos notorios», tan notorios que apuesto a que no hay tres lectores de la Neue Rheinische Zeitung que sepan siquiera de qué reuniones habla el señor Schmerling.
«¿O los preparativos armados de los alborotadores, a los que se permite hacer lo suyo a lo largo de la frontera, en Rheinfelden, Zurzach, Gottlieben y Laufen?»
¡Alabado sea Dios! Por fin nos enteramos de algo más preciso sobre la «actividad» de los refugiados. Hemos sido injustos con el señor von Schmerling al creer que no sabía a qué se dedicaban los refugiados. No solo sabe a qué se dedican, sabe también dónde se dedican a ello. ¿Dónde? En Rheinfelden, Zurzach, Gottlieben y Laufen, a lo largo de la frontera. ¿A qué se dedican? «¡A hacer lo suyo!»
«¡Hacen lo suyo!»24 Colosal profanación de todo derecho de gentes: ¡hacen lo suyo! ¿Y qué hace entonces el gobierno del regente del Imperio para no violar el derecho de gentes? ¿Acaso de las suyas?
Pero el señor von Schmerling habla de «preparativos armados». Y como entre las ciudades donde los refugiados hacen lo suyo para espanto de todo el Imperio hay varias que pertenecen al cantón de Argovia, el Vorort lo toma como ejemplo. Hace una vez más más de lo debido, hace de nuevo más de lo que «es costumbre de los pueblos», y se ofrece a demostrar mediante un «procedimiento contradictorio» que en aquel momento solo vivían en el cantón de Argovia 25 refugiados, que de ellos solo 10 tomaron parte en la segunda expedición de voluntarios de Struve y que también estos pasaron a Alemania desarmados. Esos eran todos los «preparativos armados». ¿Pero qué significa eso? Los otros 15, que se quedaron, eran precisamente los más peligrosos. ¡Es evidente que solo se quedaron para seguir «haciendo lo suyo» sin interrupción!
Esas son las graves acusaciones del «gobierno del regente del Imperio» contra Suiza. No sabe alegar nada más, ni lo necesita, pues «no es costumbre de los pueblos», etc. Si Suiza es lo bastante desvergonzada para no quedar todavía aplastada por estas acusaciones, las «resoluciones» y «disposiciones» del gobierno del regente del Imperio no dejarán de producir su efecto aplastante. El mundo está impaciente por saber cómo serán esas resoluciones y disposiciones, tanto más cuanto que el señor Schmerling las prepara en el mayor secreto y no quiere comunicar nada concreto ni siquiera a la Asamblea de Fráncfort. Pero la prensa suiza ya ha demostrado que todas las represalias que pueda tomar el señor Schmerling tienen que perjudicar mucho más a Alemania que a Suiza, y, según todos los informes, los suizos esperan las «disposiciones y resoluciones» del gobierno del regente del Imperio con el mayor buen humor. Si los señores ministros de Fráncfort conservarán el mismo buen humor, sobre todo si se interponen notas inglesas y francesas, habrá que verlo. Solo una cosa es segura: el asunto acabará como la guerra danesa, con un nuevo ridículo, que esta vez, sin embargo, solo alcanzará a la Alemania oficial.
Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), ministro británico de Asuntos Exteriores; el conde Karl Robert Nesselrode (1780-1862), canciller y ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. ↩
Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional francés en la primavera de 1848, autor del «Manifiesto a Europa» del 4 de marzo de 1848. ↩
Jules Bastide (1800-1879), republicano del grupo de Le National, ministro de Asuntos Exteriores de Francia de mayo a diciembre de 1848. ↩
«Obras completas de la víspera». ↩
El barón Heinrich Alexander von Arnim (1798-1861), ministro prusiano de Asuntos Exteriores en la primavera de 1848. ↩
Isaías 53, 7. ↩
Anton von Schmerling (1805-1893), liberal austriaco, ministro del Interior y de Asuntos Exteriores del poder central del Imperio. ↩
Maximilian von Gagern (1810-1889), subsecretario de Estado en el ministerio de Asuntos Exteriores del Imperio, hermano de Heinrich von Gagern; en la primavera de 1848 viajó a Schleswig-Holstein en misión del gobierno de Fráncfort. ↩
Sophiens Reise von Memel nach Sachsen (1769-1773), novela epistolar de Johann Timotheus Hermes, proverbial por su extensión. ↩
Johann Gustav Heckscher (1797-1865), abogado de Hamburgo, ministro de Justicia y luego de Asuntos Exteriores del Imperio en el verano de 1848; en el otoño fue enviado en misión a Italia. ↩
«Haare auf den Zähnen haben», «tener pelo en los dientes»: modismo alemán por «ser de armas tomar». ↩
Friedrich Hecker (1811-1881) y Gustav Struve (1805-1870), jefes republicanos de Baden; Hecker encabezó la insurrección de abril de 1848 y Struve la invasión de septiembre de 1848 desde Suiza, tras la cual fue detenido con su mujer, Amalie Struve. ↩
Hasta la Constitución de 1848, el Vorort era el cantón que dirigía por turno los asuntos de la Confederación y la representaba ante el extranjero; en 1847-1848 lo era Berna. ↩
«Quidquid delirant reges, plectuntur Achivi»: «Cualquier locura que cometan los reyes, la pagan los aqueos» (Horacio, Epístolas, I, 2, 14). ↩
Johann Ulrich Schiess (1813-1883), canciller de la Confederación desde 1848. ↩
Los seressanos, tropas fronterizas croatas de Jellachich, llevaban capas rojas. ↩
Gottfried Basse, editor de Quedlinburg especializado en novelas populares de bandidos; Rinaldo Rinaldini (1799), novela de bandidos de Christian August Vulpius. ↩
El protagonista de Los bandidos (1781), de Schiller, que se echa al monte en los bosques de Bohemia. ↩
Johannes Bückler, llamado Schinderhannes (h. 1779-1803), célebre bandolero renano. ↩
Alusión a Luis Napoleón Bonaparte, que se presentaba como heredero de su tío Napoleón I. ↩
«Tú, zoquete». ↩
Heine, Alemania. Un cuento de invierno, en los capítulos sobre Hamburgo. ↩
«¡A otro perro con ese hueso, señor de Schmerling!». ↩
«Ihr Wesen treiben», «hacer lo suyo», frente a «ihr Unwesen treiben», «hacer de las suyas», es decir, cometer desmanes; el «Treiben», las «actividades», de las preguntas anteriores viene del mismo verbo. ↩