Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 2, del 2 de junio de 1848; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 22-24), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 1 de junio. A todo nuevo órgano de la opinión pública se le exige por costumbre entusiasmo por el partido cuyos principios profesa, confianza absoluta en su fuerza, disposición constante bien a cubrir el principio con el poder efectivo, bien a disimular la debilidad efectiva con el brillo del principio. No vamos a satisfacer esa exigencia. No intentaremos dorar con ilusiones engañosas las derrotas sufridas.
El partido demócrata ha sufrido derrotas; los principios que proclamó en el momento de su triunfo están en entredicho; el terreno que de verdad había ganado se le disputa palmo a palmo; ya ha perdido mucho, y pronto se planteará la cuestión de qué le queda todavía.
Lo que nos importa es que el partido demócrata tome conciencia de su posición. Se preguntará por qué nos dirigimos a un partido, por qué no ponemos más bien la mira en el objetivo de las aspiraciones democráticas, el bienestar del pueblo, la salvación de todos sin distinción.
Ese es el derecho y la costumbre de la lucha, y solo de la lucha de los partidos, y no de compromisos falsamente sensatos ni de una colaboración hipócrita entre opiniones, intereses y fines contrapuestos, puede surgir la salvación de la nueva época.
Exigimos al partido demócrata que tome conciencia de su posición. Esta exigencia nace de las experiencias de los últimos meses. El partido demócrata se ha abandonado demasiado al vértigo de la primera embriaguez de la victoria. Borracho de alegría por poder expresar por fin su principio en voz alta y sin disimulo, se imaginó que bastaba con proclamarlo para tener asegurada al instante su realización. Después de su primera victoria y de las concesiones que la siguieron inmediatamente, no ha pasado de esa proclamación. Pero mientras él era generoso con sus ideas y abrazaba como hermano a todo el que no se atreviera a llevarle la contraria enseguida, actuaban los otros, aquellos a quienes se había dejado o dado el poder. Y su actividad no ha sido desdeñable. Reservados con su principio, que solo dejaban asomar en la medida en que iba dirigido contra la vieja situación derribada por la revolución; limitando con cautela el movimiento allí donde el interés del nuevo orden jurídico que había que formar, el restablecimiento del orden exterior, podía servir de pretexto; haciendo concesiones aparentes a los amigos del viejo orden para estar tanto más seguros de ellos en la ejecución de sus planes; levantando luego poco a poco su propio sistema político en sus rasgos fundamentales, han logrado ganar una posición intermedia entre el partido demócrata y los absolutistas, avanzando hacia un lado y haciendo retroceder hacia el otro, progresistas a la vez —contra el absolutismo— y reaccionarios —contra la democracia—.
Ese es el partido de la burguesía sensata y moderada, por el que el partido del pueblo se dejó engañar en su primera embriaguez, hasta que por fin, cuando se le rechazó con desprecio, cuando se le denunció como agitador1 y se le atribuyeron toda clase de tendencias censurables, se le abrieron los ojos y advirtió que en el fondo no había conseguido nada más que lo que los señores de la burguesía consideran compatible con su interés bien entendido. Puesto en contradicción consigo mismo por una ley electoral antidemocrática, derrotado en las elecciones, ve ahora frente a sí una doble representación,2 de la que lo único difícil es decir cuál de las dos se opone con más decisión a sus reivindicaciones. Con eso, claro está, se ha evaporado su entusiasmo, y en su lugar ha aparecido la sobria comprobación de que ha llegado al poder una poderosa reacción, y, cosa curiosa, aun antes de que se haya producido acción alguna en el sentido de la revolución.
Por indudable que sea todo esto, sería peligroso que el partido demócrata, bajo el amargo sentimiento de la primera derrota, en parte culpa suya, se dejara llevar ahora a volver a aquel funesto idealismo, por desgracia tan afín al carácter alemán, en virtud del cual un principio que no puede llevarse a la vida inmediatamente se encomienda a un futuro lejano y, para el presente, se deja a la inofensiva elaboración de los «pensadores».
Tenemos que poner en guardia directamente contra esos amigos hipócritas que se declaran de acuerdo con el principio, pero dudan de que sea realizable porque el mundo no está todavía maduro para él, que no tienen la menor intención de hacerlo madurar y prefieren, por el contrario, sucumbir ellos mismos, en esta mala existencia terrenal, al destino general de la maldad. Si estos son los criptorrepublicanos a quienes tanto teme el consejero áulico Gervinus,3 estamos de todo corazón de acuerdo con él: esa gente es peligrosa.
Wühler, literalmente «los que socavan» o «escarban»: el insulto con que los conservadores y los liberales designaban en 1848 a los demócratas y republicanos. ↩
La Asamblea Nacional alemana de Fráncfort y la Asamblea Nacional prusiana de Berlín, elegidas ambas por sufragio indirecto. ↩
Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), historiador liberal, director de la Deutsche Zeitung de Heidelberg y diputado en Fráncfort. ↩