Escrito en Colonia el 25 y el 29 de julio de 1848 y publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.os 56 y 60, del 26 y el 30 de julio de 1848; la edición alemana de las obras lo recoge sin indicar cuál de los dos autores lo escribió. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 262-270), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

N.º 56, 26 de julio de 1848

**Colonia, 25 de julio. Un ladrón famoso del bendito barrio de St. Giles,1 en Londres, compareció ante el tribunal de lo criminal. Se le acusaba de haber aligerado en 2.000 libras esterlinas el cofre de un famoso avaro de la City.

«Señores del jurado», empezó el acusado, «no voy a abusar mucho tiempo de su paciencia. Mi defensa es de naturaleza económica y será económica en palabras. Le he quitado 2.000 libras esterlinas al señor Cripps. Nada más seguro. Pero se las he quitado a un particular para dárselas al público. ¿Adónde han ido a parar las 2.000 libras esterlinas? ¿Acaso me las he guardado egoístamente? Registren mis bolsillos. Si encuentran un penique, les vendo mi alma por un cuarto de penique. Las 2.000 libras las encontrarán ustedes en casa del sastre, del tendero, en el restaurante, etc. ¿Qué he hecho, pues? He “puesto en circulación” unas sumas que “yacían inútiles y que solo mediante un empréstito forzoso” podían arrancarse a la tumba de la avaricia. He sido un agente de la circulación, y la circulación es la primera condición de la riqueza nacional. ¡Señores, son ustedes ingleses! ¡Son ustedes economistas! ¡No condenarán a un benefactor de la nación!».

El economista de St. Giles está en la Tierra de Van Diemen2 y tiene ocasión de reflexionar sobre la ingratitud ciega de sus compatriotas.

Pero no ha vivido en vano. Sus principios forman la base del empréstito forzoso de Hansemann.3

«La admisibilidad del empréstito forzoso», dice Hansemann en la exposición de motivos de esta medida, «se basa en el supuesto, sin duda fundado, de que una gran parte del dinero en efectivo yace inútil en manos de particulares en sumas más o menos grandes y solo puede ponerse en circulación mediante un empréstito forzoso».

Si consumís un capital, lo ponéis en circulación. Si no lo ponéis en circulación, lo consume el Estado para ponerlo en circulación.

Un fabricante de algodón, por ejemplo, da empleo a 100 obreros. Supongamos que paga a cada uno de ellos 9 Silbergroschen al día. Así pues, cada día pasan 900 Silbergroschen, o sea, 30 táleros,4 de su bolsillo al bolsillo de los obreros, y de los bolsillos de los obreros a los bolsillos del tendero, del casero, del zapatero, del sastre, etc. Este viaje de los 30 táleros se llama su circulación. Desde el momento en que el fabricante ya solo puede vender sus tejidos de algodón con pérdidas, o no puede venderlos en absoluto, deja de producir, deja de dar empleo a los obreros, y con el cese de la producción cesa el viaje de los 30 táleros, cesa la circulación. ¡Restableceremos la circulación por la fuerza!, exclama Hansemann. ¿Por qué deja también el fabricante su dinero inútil? ¿Por qué no lo hace circular? Cuando hace buen tiempo, mucha gente circula al aire libre. Hansemann echa a la gente al aire libre, la obliga a circular, para que haga buen tiempo. ¡Gran artista del tiempo!

La crisis ministerial y comercial priva al capital de la sociedad burguesa de sus intereses. El Estado la vuelve a poner en pie quitándole también el capital.

El judío Pinto,5 el famoso especulador de Bolsa del siglo XVIII, recomienda en su libro sobre la «circulación» el juego de Bolsa. El juego de Bolsa, dice, no produce nada, pero fomenta la circulación, el viaje de la riqueza de un bolsillo a otro. Hansemann transforma la caja del Estado en una ruleta sobre la que circula la fortuna de los ciudadanos. ¡Hansemann-Pinto!

En la «exposición de motivos» de la «ley del empréstito forzoso», Hansemann tropieza entonces con una gran dificultad. ¿Por qué el empréstito voluntario no ha reunido las sumas necesarias?

Ya se conoce la «confianza incondicional» de que goza el actual gobierno. Ya se conoce el patriotismo exaltado de la gran burguesía, que de nada se queja tanto como de que unos cuantos agitadores tengan la desfachatez de no compartir su confianza abnegada. Ya se conocen los mensajes de lealtad de todas las provincias. ¡Y «a pesar de todo y de todo»,6 Hansemann se ve obligado a transformar el poético empréstito voluntario en el prosaico empréstito forzoso!

En la regencia de Düsseldorf, por ejemplo, los nobles han contribuido con 4.000 táleros y los oficiales con 900 táleros; ¿y dónde reina más confianza que entre los nobles y los oficiales de la regencia de Düsseldorf? Por no hablar de las contribuciones de los príncipes de la casa real.

Dejemos que Hansemann nos explique el fenómeno.

«Las contribuciones voluntarias han llegado hasta ahora solo con escasez. Esto ha de atribuirse seguramente menos a la falta de confianza en nuestra situación que a la incertidumbre sobre la necesidad real del Estado, pues se creía poder esperar a ver si se recurriría a los recursos pecuniarios del pueblo y en qué medida. En esta circunstancia se funda la esperanza de que cada cual contribuirá voluntariamente según sus fuerzas en cuanto se le presente la obligación de contribuir como una necesidad ineludible».

El Estado, en el mayor de los apuros, apela al patriotismo. Pide cortésmente al patriotismo que deposite en el altar de la patria 5 millones de táleros, y ni siquiera como regalo, sino solo como préstamo voluntario. ¡Se tiene la más alta confianza en el Estado, pero se hace oídos sordos a su grito de socorro! Por desgracia, uno se halla en tal «incertidumbre» sobre la «necesidad real del Estado» que, de momento, con los mayores sufrimientos del alma, decide no dar al Estado absolutamente nada. Es verdad que se tiene la más alta confianza en las autoridades del Estado, y las honorables autoridades del Estado afirman que el Estado necesita 15 millones. Pero precisamente por confianza no se fía uno de la aseveración de las autoridades del Estado y considera más bien su clamor por 15 millones como un puro juego.

Ya se conoce la historia de aquel buen pensilvano que nunca prestaba un dólar a sus amigos. Tenía tal confianza en su vida ordenada, daba tanto crédito a sus negocios, que hasta la hora de su muerte nunca llegó a la «certidumbre» de que se encontraran en una «necesidad real» de un dólar. En sus peticiones apremiantes no veía más que pruebas a su confianza, y la confianza de aquel hombre era inquebrantable.

Las autoridades del Estado prusiano encontraron todo el Estado habitado por pensilvanos.

Pero el señor Hansemann se explica el extraño fenómeno político-económico por otra «circunstancia» notable.

El pueblo no contribuyó voluntariamente «porque creía poder esperar a ver si se recurriría a sus recursos pecuniarios y en qué medida». En otras palabras: nadie pagó voluntariamente porque cada cual esperaba a ver si se le obligaría a pagar y en qué medida. ¡Patriotismo precavido! ¡Confianza de lo más enrevesada! Pues bien, en esta «circunstancia», en que detrás del empréstito voluntario, de ojos azules y sanguíneo, se alza ahora el empréstito forzoso, de mirada sombría e hipocondríaco, «funda» el señor Hansemann «la esperanza de que cada cual contribuirá voluntariamente según sus fuerzas». Por lo menos, el escéptico más empedernido habrá perdido la incertidumbre y ganado la convicción de que las autoridades del Estado van de verdad en serio con sus necesidades de dinero, y todo el mal, como hemos visto, estaba solo en esa penosa incertidumbre. Si no dais, se os quitará, y el quitar os da molestias a vosotros y a nosotros. Esperamos, pues, que vuestra confianza abandone sus maneras exaltadas y se manifieste, en lugar de en frases que suenan a hueco, en táleros que suenan a lleno. Est-ce clair? («¿Está claro?»)

Por mucho que el señor Hansemann funde «esperanzas» en esta «circunstancia», el humor cavilador de sus pensilvanos le ha contagiado, y se ve movido a buscar estímulos todavía más fuertes para la confianza. La confianza está ahí, pero no quiere salir. Hacen falta estímulos para sacarla de su estado latente.

«Pero para crear un incentivo todavía más fuerte a la participación voluntaria» (que la perspectiva del empréstito forzoso), «se ha previsto [en] el artículo 1 un interés del 3⅓ por ciento para el empréstito y se ha dejado abierto un plazo» (hasta el 1 de octubre) «hasta el cual se seguirán admitiendo préstamos voluntarios al 5 por ciento».

El señor Hansemann pone, pues, una prima del 1⅔ por ciento al préstamo voluntario, y ahora sí que el patriotismo se volverá líquido, los cofres saltarán y las doradas olas de la confianza afluirán a la caja del Estado.

Al señor Hansemann le parece naturalmente «justo» pagar a la gente grande un 1⅔ por ciento más que a la pequeña, que solo por la fuerza se deja quitar lo indispensable. Como castigo por su situación económica menos holgada, tendrán además que cargar con las costas del recurso.

Así se cumple la sentencia bíblica: al que tiene se le dará; al que no tiene se le quitará.7

N.º 60, 30 de julio de 1848

**Colonia, 29 de julio. Como Peel en otro tiempo para los aranceles de los cereales,8 así Hansemann-Pinto ha descubierto una «escala móvil» para el patriotismo involuntario.

«Respecto al porcentaje de la obligación de contribuir», dice nuestro Hansemann en su exposición de motivos, «se ha adoptado una escala progresiva, puesto que evidentemente la capacidad de procurarse dinero crece con el monto del patrimonio en proporción aritmética».

Con el patrimonio crece la capacidad de procurarse dinero. En otras palabras: en la medida en que se dispone de más dinero, se dispone de más dinero. Hasta aquí, nada más cierto. Pero que la capacidad de procurarse dinero solo crezca en proporción aritmética, aunque los distintos montos de patrimonio estén en proporción geométrica: ese es un descubrimiento de Hansemann que tiene que asegurarle ante la posteridad una gloria mayor que a Malthus la tesis de que los medios de subsistencia solo crecen en proporción aritmética, mientras que la población aumenta en proporción geométrica.

Si, por ejemplo, los distintos montos de patrimonio están entre sí como

1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512,

según el descubrimiento del señor Hansemann la capacidad de procurarse dinero crece como

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.

A pesar del aparente crecimiento de la obligación de contribuir, según nuestro economista la capacidad de procurarse dinero disminuye, pues, en la misma medida en que aumenta el patrimonio.

En una novela de Cervantes encontramos al mayor financiero español en el manicomio.9 El hombre había descubierto que la deuda pública española quedaría saldada en cuanto

«las Cortes aprueben la ley de que todos los vasallos de Su Majestad, desde la edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres han de gastar aquel día se reduzga a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento».

Hansemann abrevia el procedimiento. Ha invitado a todos sus españoles que tienen una renta anual de 400 táleros a descubrir un día del año en que puedan prescindir de 20 táleros. Ha invitado a los pequeños a abstenerse, conforme a la escala móvil, de todo consumo durante unos 40 días. Si entre agosto y septiembre no encuentran los 20 táleros, en octubre los buscará un alguacil, según las palabras: buscad y hallaréis.

Sigamos con la «exposición de motivos» que nos confía el Necker10 prusiano.

«Toda renta», nos enseña, «procedente de una industria en el sentido más amplio de la palabra, es decir, independientemente de que pague o no contribución industrial, como la renta de los médicos y abogados, solo puede tomarse en consideración previa deducción de los gastos de explotación, incluidos los intereses que se paguen por las deudas, ya que solo de esta manera se halla la renta neta. Por la misma razón, el capital de explotación de la industria tenía que quedar exento, siempre que la contribución al empréstito calculada según la renta resulte más alta que la calculada según el capital de explotación».

Nous marchons de surprise en surprise («Vamos de sorpresa en sorpresa»). La renta solo puede tomarse en consideración previa deducción del capital de explotación, porque el empréstito forzoso no puede ni debe ser otra cosa que la forma extraordinaria de un impuesto sobre la renta. Y los gastos de explotación pertenecen a la renta del industrial tan poco como el tronco y la raíz del árbol pertenecen a sus frutos. Por esta razón, pues, porque solo ha de gravarse la renta y no el capital de explotación, se grava precisamente el capital de explotación y no la renta cuando la primera manera parece más provechosa al fisco. Al señor Hansemann le es, pues, completamente indiferente «de qué manera se halla la renta neta». Lo que busca es «de qué manera se halla la renta mayor» para el fisco.

El señor Hansemann, que ataca el propio capital de explotación, se parece al salvaje que tala el árbol para hacerse con sus frutos.

«Si, pues» (artículo 9 del proyecto de ley), «la participación en el empréstito calculada según el capital de explotación de la industria resulta más alta que según el décuplo del importe de la renta, se aplica la primera forma de evaluación» y se «recurre», por tanto, al propio «capital de explotación de la industria».

Así pues, siempre que le plazca al fisco, este puede tomar como base de sus exigencias el patrimonio en lugar de la renta.

El pueblo pide inspeccionar el misterioso tesoro del Estado prusiano.11 El ministerio de la acción responde a esta exigencia falta de tacto reservándose el derecho de echar una mirada penetrante a todos los libros de comercio y de levantar un inventario del estado patrimonial de todos sus súbditos. La era constitucional en Prusia empieza haciendo que no sea el pueblo quien controle el patrimonio del Estado, sino el Estado quien controle el patrimonio del pueblo, para abrir así de par en par las puertas a la intromisión más desvergonzada de la burocracia en el tráfico civil y en las relaciones privadas. En Bélgica el Estado ha recurrido igualmente a un empréstito forzoso,12 pero se atiene modestamente a los registros de contribuciones y a los libros hipotecarios, a los documentos públicos existentes. El ministerio de la acción, en cambio, traslada el espartanismo del ejército prusiano a la economía nacional prusiana.

Es verdad que en su «exposición de motivos» Hansemann intenta tranquilizar al ciudadano con toda clase de palabras suaves y representaciones amistosas.

«El reparto del empréstito», le susurra, «tiene por base la autoevaluación». Se evita todo lo «odioso».

«Ni siquiera se exige una declaración sumaria de los distintos componentes del patrimonio... La comisión de distrito constituida para examinar las autoevaluaciones deberá invitar por la vía de la representación amistosa a una participación adecuada, y solo cuando esta vía no tenga éxito fijará el importe. Contra esta decisión cabe recurso ante una comisión de regencia, etc.».

¡Autoevaluación! ¡Ni siquiera una declaración sumaria de los distintos componentes del patrimonio! ¡Representación amistosa! ¡Recurso!

Dime, ¿qué más quieres?13

Empecemos enseguida por el final, por el recurso.

El artículo 16 dispone:

«La recaudación se efectúa sin tener en cuenta el recurso interpuesto en los plazos fijados, a reserva de la devolución en la medida en que el recurso se considere fundado».

¡O sea, primero la ejecución a pesar del recurso, y después la fundamentación a pesar de la ejecución!

¡Todavía más!

Las «costas» causadas por el recurso «corren a cargo del recurrente si su recurso es desestimado total o parcialmente, y en caso necesario se cobran por vía ejecutiva» (artículo 19). Quien conozca la imposibilidad económica de una evaluación exacta del patrimonio ve a primera vista que el recurso siempre puede desestimarse parcialmente, y que el recurrente, por tanto, sale siempre perjudicado. Sea como sea el recurso, una multa es su sombra inseparable. ¡Todo nuestro respeto al recurso!

Del recurso, el final, volvemos al principio, a la autoevaluación.

El señor Hansemann no parece temer que sus espartanos se sobrevaloren a sí mismos.

Según el artículo 13, «la declaración propia de los obligados a contribuir constituye la base del reparto del empréstito». La arquitectura del señor Hansemann es tal que de la base de su edificio no se puede deducir en absoluto el resto de su contorno.

O, más bien, la «declaración propia», que en forma de «declaración» ha de presentarse a los funcionarios «que designe el señor ministro de Hacienda o, por encargo suyo, la regencia», esta base recibe ahora un fundamento más profundo. Según el artículo 14, «para examinar las declaraciones presentadas se constituyen una o varias comisiones, cuyo presidente, así como los demás miembros, en número de cinco como mínimo, serán nombrados por el ministro de Hacienda o por la autoridad encargada por él». El nombramiento por el ministro de Hacienda o por la autoridad encargada por él constituye, pues, la verdadera base del examen.

Si la autoevaluación se aparta del «criterio» de esta comisión de distrito o municipal nombrada por el ministro de Hacienda, se invita al «autoevaluador» a explicarse (artículo 15). Dé o no dé una explicación, todo depende de que esta «satisfaga» a la comisión nombrada por el ministro de Hacienda. Si no la satisface, «la comisión fijará la contribución según su propia evaluación y lo notificará al obligado a contribuir».

Primero el obligado a contribuir se evalúa a sí mismo y lo notifica al funcionario. Ahora el funcionario evalúa y lo notifica al obligado a contribuir. ¿Qué ha sido de la «autoevaluación»? La base se ha ido a pique. Pero mientras que la autoevaluación solo daba ocasión a un severo «examen» del obligado, la evaluación ajena se convierte inmediatamente en ejecución. El artículo 16 dispone, en efecto:

«Las actuaciones de las comisiones de distrito (municipales) se remitirán a la regencia, que con arreglo a ellas establecerá inmediatamente las listas de las cantidades del empréstito y las remitirá a las cajas correspondientes para su cobro, en caso necesario por vía ejecutiva, según las normas vigentes para los impuestos [...]».

Ya hemos visto que en los recursos no todo es de «rosas». La vía del recurso esconde todavía otras espinas.

Primero. La comisión de regencia que examina los recursos está formada por diputados elegidos por los compromisarios elegidos conforme a la ley del 8 de abril de 1848,14 etc.

Pero ante el empréstito forzoso todo el Estado se divide en dos campos hostiles: el campo de los reacios y el campo de los bienpensantes, contra cuya contribución, pagada u ofrecida, no se han formulado objeciones ante la comisión de distrito. Los diputados solo pueden elegirse del campo de los bienpensantes (artículo 17).

Segundo. «La presidencia la ejerce un comisario que nombrará el ministro de Hacienda, al que puede adjuntarse un funcionario como ponente» (artículo 18).

Tercero. «La comisión de regencia está facultada para ordenar la evaluación especial del patrimonio o de la renta y, a este fin, levantar tasaciones o hacer examinar los libros de comercio. Si estos medios no bastan, se podrá exigir al recurrente una declaración jurada».

Así pues, quien no se someta sin rechistar a las «evaluaciones» de los funcionarios nombrados por el ministro de Hacienda tendrá que exponer como castigo toda su situación patrimonial a dos burócratas y, quizá, a 15 competidores. ¡Espinosa senda la del recurso! Hansemann, por tanto, no hace más que burlarse de su público cuando dice en la exposición de motivos:

«El reparto del empréstito tiene por base la autoevaluación. Pero para que esta no resulte odiosa en modo alguno, ni siquiera se exige una declaración sumaria de los distintos componentes del patrimonio».

Ni siquiera falta en el proyecto del ministro de la acción la pena de «perjurio» del arbitrista de Cervantes.

En lugar de atormentarse con sus motivos aparentes, nuestro Hansemann habría hecho mejor en decir con el hombre de la comedia:

«¿Cómo quieren que pague las deudas viejas y contraiga deudas nuevas si no me prestan dinero?».

Pero en este momento, en que Prusia intenta cometer una traición contra Alemania al servicio de sus intereses particulares y rebelarse contra el poder central,15 es deber de todo patriota no aportar voluntariamente ni un céntimo al empréstito forzoso. Solo cortándole consecuentemente los víveres se podrá obligar a Prusia a rendirse a Alemania.

  1. Barrio miserable del centro de Londres, famoso por sus ladrones y sus casas de vecindad. ↩

  2. La actual Tasmania, entonces colonia penitenciaria británica. ↩

  3. El proyecto de ley sobre un empréstito forzoso de 15 millones de táleros, presentado por el ministro de Hacienda David Hansemann a la Asamblea Nacional prusiana en julio de 1848. ↩

  4. El tálero prusiano se dividía en 30 Silbergroschen. ↩

  5. Isaac de Pinto (1715-1787), negociante y especulador judío de Ámsterdam, autor del Traité de la circulation et du crédit (1771). ↩

  6. Estribillo del poema de Ferdinand Freiligrath «Trotz alledem!» (1848), versión del «A man's a man for a' that» de Robert Burns. ↩

  7. Mateo 13, 12 y 25, 29. ↩

  8. La «escala móvil» de los aranceles sobre el grano, que bajaban cuando subía el precio interior, fue reformada por el gobierno de Robert Peel en 1842. ↩

  9. Miguel de Cervantes, El coloquio de los perros, en las Novelas ejemplares (1613). En Cervantes, el arbitrista está en el Hospital de la Resurrección de Valladolid, no en un manicomio. Damos la cita según el texto de Cervantes. ↩

  10. Jacques Necker (1732-1804), banquero ginebrino, director general de Hacienda de Luis XVI. ↩

  11. El tesoro de reserva del Estado prusiano (Staatsschatz), administrado por la Corona, cuya cuantía se mantenía en secreto. ↩

  12. El empréstito forzoso decretado por el gobierno belga en la primavera de 1848. ↩

  13. Verso del poema de Heinrich Heine «Du hast Diamanten und Perlen», en el Libro de las canciones. ↩

  14. La ley electoral para la Asamblea Nacional prusiana, que establecía el sufragio indirecto. ↩

  15. El poder central provisional creado por la Asamblea de Fráncfort en junio de 1848, con el archiduque Juan de Austria como regente del Imperio; el gobierno prusiano se resistía a reconocer su autoridad. ↩