Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 54, 24 de julio de 1848 (Colonia), pp. 3-4; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/7). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
Milán, 17 de julio. El gobierno provisional hace por fin lo que tendría que haber hecho hace mucho: aparta de sus puestos a los funcionarios conocidos por sus tendencias burocráticas y sus sentimientos reaccionarios y los sustituye por personas de confianza. Esos funcionarios ineptos reciben en su casa un escrito que les comunica que, hasta nueva orden, no deben presentarse más en las oficinas; si desean conocer los motivos, no tienen más que pedirlos: el gobierno provisional está dispuesto a dárselos. Pero hasta ahora ninguno de los funcionarios suspendidos o destituidos ha deseado recibir explicación alguna.
*Roma, 13 de julio. En la sesión de ayer de la Cámara de Diputados, el ministro Mamiani declaró que la dimisión que habían presentado hacía algún tiempo no había sido ni aceptada ni rechazada. Y añadió: «Mientras permanezcamos en nuestros puestos, cumpliremos como hasta ahora con nuestro deber y procuraremos que no pase un día sin que les presentemos un proyecto de ley. Ministros o diputados, personas públicas o privadas, nos mantendremos siempre fieles a la causa pública y contribuiremos con todas nuestras fuerzas al triunfo de la libertad. Si salimos del ministerio, nos llevaremos intactos nuestro honor y nuestros principios.» Un aplauso atronador de los diputados y de las galerías acoge estas palabras, como respuesta, por así decir, a lo que el papa había dicho al recibir el mensaje de respuesta. — Se decía estos días que el diputado Farini había recibido el encargo de formar un nuevo ministerio; no se sabe, sin embargo, si ha aceptado esta difícil tarea. Más difícil aún desde que la contestación del papa al mensaje de los diputados ha aumentado el descontento. El partido reaccionario triunfa al ver con qué buena disposición acoge el papa sus planes. Esperamos aquí de un momento a otro un golpe o un golpe de Estado. El partido liberal está decidido a perseverar en el camino emprendido, cueste lo que cueste.
= Roma, 12 de julio. Que no hay que dudar de la autenticidad del escrito emitido por el cardenal Soglia en nombre del papa se desprende con toda claridad de la respuesta del papa al mensaje del Consejo de los Diputados. Esta respuesta prueba hasta qué punto el papa está en la más decidida contradicción con el ministerio actual y con la mayoría de los diputados, y lo estrechamente que lo tiene ya cercado el partido reaccionario. El día 10 se le entregó el mensaje, y respondió lo siguiente:
«Aceptamos las expresiones de gratitud que nos dirige el Consejo (Consiglio, la Cámara de Diputados; pero este nombre es ya demasiado revolucionario para la Roma clerical y oficial) y su respuesta al discurso de apertura leído en nuestro nombre por el cardenal expresamente autorizado para ello, con la declaración de que solo lo damos por válido en la medida en que no se aparte de las disposiciones del Estatuto fundamental. Si el pontífice ora, bendice y perdona, le incumbe por otra parte el deber de desatar y atar. Y si, como príncipe, para mejor salvaguardar y fortalecer la cosa pública, llama a colaborar a los dos Consejos (el Senado y la Cámara de Diputados), necesita como príncipe eclesiástico aquella libertad que lo deja sin trabas en todos los intereses de la religión y del Estado. Esta libertad le queda intacta mientras se respeten el Estatuto y la ley sobre el Consejo de Ministros que hemos otorgado libremente.
»Si se multiplican los grandes deseos de grandeza de la nación italiana, es necesario que el mundo entero sepa de nuevo que el medio para alcanzarla no puede ser, por nuestra parte, la guerra. Nuestro nombre fue bendecido en toda la tierra por las primeras palabras de paz que salieron de nuestros labios. No sería así, ciertamente, si de nuestros labios salieran las de la guerra. Y grande fue nuestra sorpresa al ver la atención del Consejo (la segunda Cámara) dirigida hacia ese asunto, en contradicción con nuestras declaraciones públicas y en un momento en que hemos entablado negociaciones de paz. Solo la unidad entre los príncipes y la buena armonía entre los pueblos de la península pueden conducir a la ansiada felicidad. Esa concordia exige que abracemos por igual a los príncipes de Italia, porque de ese abrazo paternal puede nacer la armonía que lleve al cumplimiento de los deseos públicos.
»El respeto a los derechos y leyes de la Iglesia, y la convicción que debe animarles de que la grandeza de este Estado en particular depende de la independencia del pontífice soberano, harán que en sus deliberaciones respeten siempre los límites que hemos trazado en el Estatuto. Que en esto se manifieste sobre todo la gratitud que les pedimos por la concesión de instituciones amplias.
»Noble es su propósito de ocuparse de nuestros asuntos interiores, y les alentamos a esta empresa con toda el alma. Hay que restablecer el comercio y la industria, y nuestro principal deseo, como sin duda también el suyo, es no gravar de nuevo a nuestros súbditos, sino aliviarlos. El orden público exige grandes providencias; para tomarlas es indispensable que el ministerio les dedique su pensamiento y su cuidado. La administración de las finanzas exige asimismo medidas grandes y cuidadosas. Después de estos elementos vitales, los más importantes, el gobierno les propondrá, en lo que toca a los municipios, las mejoras que parezcan más provechosas y adecuadas a las necesidades presentes. Estén unidos entre sí, unidos con el Alto Consejo (la primera Cámara), unidos con nos y con nuestros ministros. Recuerden a menudo que Roma no es grande por su dominio temporal, sino sobre todo como sede de la religión católica. Quisiéramos ver esto grabado no tanto en el mármol como en el corazón de todos los que toman parte en la administración pública, para que cada uno respete nuestra primacía universal y no dé así cabida a ciertas teorías y, a veces, también a deseos de partido. Y si, como creemos, están imbuidos de estas verdades, serán nobles instrumentos en manos de Dios para procurar a Roma y al Estado ventajas verdaderas y sólidas, la primera de las cuales consistirá en extirpar la semilla de la desconfianza y de la terrible lucha de partidos.»
Esta respuesta, que toma partido bastante abiertamente por Austria, y aun por Fernando de Nápoles, ha aumentado considerablemente la gran agitación que ya reinaba.
*Turín, 15 de julio. Ante las recientes interpelaciones del diputado Brofferio sobre la conducción de la guerra contra Austria, el gotoso Franzini1 lo tiene difícil. Debía rendir cuentas de la ignorancia e inexperiencia, afirmadas de forma bastante general, de los generales que mandan los distintos cuerpos. Escogió la mejor salida, expresándose sin reservas sobre la capacidad y la eficacia de las personas en cuestión. Era un medio de desarmar a medias la crítica. Declaró en particular que el rey de Cerdeña había rechazado su consejo (el del ministro) de poner a generales extranjeros al frente, con la frase: «¡Italia se basta a sí misma!». Que ello obedeciera a la ambición, la vanidad y motivos semejantes, lo calló con discreción ministerial.
*Nápoles, 7 de julio. Los oficiales que llevaron a cabo el ataque, que hace poco comunicamos, contra la imprenta de un periódico por lo demás muy moderado no se dan con ello por satisfechos. Han publicado en nombre de todo el ejército una protesta impresa, que han hecho repartir en muchos miles de ejemplares por calles y casas, en la que declaran que no esperarán al lento procedimiento judicial, sino que castigarán e impedirán inmediatamente con sus sables los «abusos de la prensa» (ya se sabe lo que esos señores entienden por tales). También a los diputados eventualmente desobedientes se les amenaza con una censura semejante de la libertad de palabra.
(En Galitzia, la carta de un oficial austriaco en nombre del ejército; en Nápoles, la protesta y la censura del sable en nombre del ejército; en Alemania, las anteriores declaraciones de lealtad, protestas y mensajes en nombre de compañías, regimientos, etc. La reacción se parece en todas partes como un huevo a otro.)
*Nápoles, 7 de julio. No contentos con haber buscado y maltratado en un café al diputado Spaventa2 por un artículo de periódico, aquellos oficiales, en unión con suboficiales, han continuado sus furias en grado creciente. Anoche se presentó una banda semejante en el domicilio particular del diputado Barbarisi, que estaba enfermo en cama, y le arrancó, sable en mano, la retractación por escrito de algunas palabras que había pronunciado en la Cámara sobre el mal espíritu del ejército. El ministro de Policía Bozzelli contestó con toda ingenuidad al diputado De Cesare, ante una queja por hechos semejantes: «Vivimos en la Edad Media; el único gobierno posible es la fuerza del más fuerte.» Al menos aquí no puede uno quejarse de falta de franqueza. Ribotti3 tiene a sus órdenes 10.000 hombres de tropas regulares, calabreses y sicilianos; Fernando envía, es cierto, refuerzos a diario, pero ¿qué significan estos comparados con los que Ribotti recibe a diario de las provincias sublevadas?