Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 64, 3 de agosto de 1848 (Colonia), p. 3, sección «Italia»; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/7). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en alemán
* Innsbruck, 28 de julio. Según un nuevo boletín de victoria de Radetzky llegado aquí, los italianos habrían sido derrotados en Custoza tras un combate encarnizado (el 25). El propio Radetzky admite que, «dada la tenacidad del combate», ha perdido muchos oficiales. Se afirma además que Welden ha tomado Cremona al asalto.
Palermo. Aquí el día dura sin interrupción de una aurora a la siguiente; es decir, en las horas de más calor se descansa en los altos y aireados aposentos y se busca allí el fresco abriendo paso a todas las corrientes de aire. Pero por la tarde, y hasta que vuelve a despuntar el día, la alegre multitud, endomingada, pasea por el muelle de la espléndida avenida donde antes se alzaban las estatuas de los reyes borbónicos —por eso se llamaba Foro Borbonico—, y que hoy se llama Foro Italico. Aquí todos los sentidos encuentran placer: una música magnífica deleita el oído; la vista se recrea en el panorama del mar, que echa chispas, surcado por cientos de botes y barcos, cada uno de cuyos movimientos deja tras de sí un largo surco de fuego, y en los ojos centelleantes de las hermosas paseantes y en su ingenio, con razón entusiasta. El aire está lleno de perfumes, y para el paladar hay allí largas mesas y bancos cubiertos de mariscos (frutti di mare). Todo respira libertad, una alegría y un buen humor que antes no se notaban: el pueblo parece haber vuelto a nacer. Lo que puede semejante transformación política en el ánimo y en los espíritus puede juzgarse comparando el estado de Palermo que acabamos de describir fielmente con lo que ocurre en Nápoles. Aquí, alegría y aumento de la población por la afluencia de los habitantes del interior de la isla y de las demás ciudades, y hasta de viajeros extranjeros. La seguridad pública es ahora casi completa, y todo lo que se puede desear. Algunos raros robos en los alrededores, ante las puertas de una ciudad que alberga cerca de 200.000 almas, no tienen nada de llamativo si se piensa en la cantidad de elementos muy malos que el movimiento popular atrajo aquí y que luego hubo que mantener, y que ahora, licenciados y sin ganancia, porque no todos la buscan, son una carga para sí mismos y para los demás. Piénsese en cambio en Nápoles, de donde huye todo el que puede, porque la desdichada ciudad, aunque ya no rija el estado de sitio, sigue temblando bajo los cañones de San Telmo y de los demás fuertes, y donde cada habitante, amenazado por la rapacidad de los lazzaroni, que ya no conocen límites ni vigilancia, tiene que temer algo todavía peor: la llegada de los calabreses que han de salvarlo o liberarlo. Aquí cada cual anda por ahí libre, sin trabas y sin miedo, día y noche, y hace lo que le place, sin que por ello se oiga hablar de muchos hechos contrarios a la ley, cuéntese sobre esto lo que se quiera; y en Nápoles el rey teme hasta a su propia sombra y se encierra en el castillo, antes palacio, rodeado de artillería y estrechamente custodiado por los suizos, los únicos de fiar, que respiran venganza.