Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 31, del 1 de julio de 1848. La MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 138-144), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 30 de junio. Léanse los siguientes pasajes del London Telegraph, compárese con ellos lo que los liberales alemanes, y en particular el señor Brüggemann-Dumont et Wolfers,1 parlotean sobre la revolución de junio en París, y habrá que reconocer que los burgueses ingleses, aparte de otras muchas ventajas, tienen al menos esta sobre los filisteos alemanes: que juzgan los grandes acontecimientos, desde luego, desde el punto de vista burgués, pero por lo demás como hombres y no como golfillos.
El Telegraph dice en su número 22:
«… Y aquí se esperará de nosotros que nos pronunciemos sobre el origen y las consecuencias de este espantoso derramamiento de sangre. Desde el principio se muestra como una batalla en toda regla entre dos clases» (¡Un imperio por semejante idea!, exclama para sus adentros la augusta Kölnische con su «Wolfers»). «Es una insurrección de los obreros contra el gobierno que ellos mismos han creado y contra la clase que ahora sostiene al gobierno. Cómo surgió inmediatamente la contienda es menos fácil de explicar que indicar sus causas duraderas y siempre presentes. La revolución de febrero la hicieron principalmente las clases trabajadoras, y se proclamó en voz alta que se había hecho en su provecho. No es tanto una revolución política como una revolución social. Las masas de obreros descontentos no han venido al mundo de un salto y dotadas de golpe de todas las cualidades del soldado. Tampoco su miseria y su descontento son simplemente fruto de los acontecimientos de los últimos cuatro meses. El lunes mismo citábamos los datos, quizá exagerados, del señor Leroux,2 que afirmó en la Asamblea Nacional, sin que nadie le contradijera, que en Francia hay ocho millones de mendigos y cuatro millones de obreros sin ingresos seguros. Se refería expresamente a la época anterior a la revolución y se quejaba precisamente de que desde la revolución no se había hecho nada en absoluto contra esa enfermedad enorme. Las teorías del socialismo y del comunismo, que habían madurado en Francia y que ahora ejercen un poder tan grande sobre la opinión pública, nacieron de la situación terriblemente oprimida en que se encontraba la gran masa del pueblo bajo el gobierno de Luis Felipe. Lo principal, lo que no se debe perder de vista, es la desdichada situación de la masa; esa situación es la verdadera causa viva de la revolución. Ahora bien, en la Asamblea Nacional pronto se decidió privar a los obreros de las ventajas que los políticos de la revolución les habían concedido de manera tan precipitada e irreflexiva. En el terreno social, e incluso en el político, era patente una reacción violenta. Se exigió al poder, apoyado por una gran parte de Francia, que quitara de en medio a aquellos hombres de los que dicho poder había recibido su existencia. Primero halagados y alimentados, luego divididos y amenazados con morir de hambre, llevados a las provincias, donde todas sus relaciones de trabajo quedaban destruidas, y por último el plan acordado para aniquilar su fuerza: ¿puede alguien extrañarse de la irritación de los obreros? Que creyeran poder llevar a cabo una segunda revolución, más afortunada, no puede sorprender realmente a nadie. Y sus perspectivas de éxito frente a la fuerza armada del gobierno parecieron, a juzgar por la duración de la resistencia hasta ahora, mayores de lo que la mayoría de la gente se figuraba. De ello, y de que no se haya descubierto entre el pueblo a ningún dirigente político, así como del hecho de que los obreros enviados fuera de París dieran media vuelta nada más pasar las barreras, se desprende que la insurrección fue la consecuencia de una indignación general en la clase obrera y no la obra de agentes políticos. Creen que su interés ha sido traicionado de nuevo por su propio gobierno. Ahora, como en febrero, han empuñado las armas para luchar contra la miseria espantosa de la que son víctimas desde hace tanto tiempo.
La lucha actual no es más que una continuación de la revolución de febrero. Es una continuación de la lucha que recorre toda Europa por un reparto más justo de los productos anuales del trabajo. En París probablemente será sofocada ahora, pues el poder que la nueva autoridad ha heredado de la antigua tiene a todas luces la superioridad. Pero por muy eficazmente que se la sofoque, se renovará una y otra vez, hasta que el gobierno consiga un reparto más justo de los productos anuales del trabajo o, ante la imposibilidad de hacerlo, renuncie a todo intento de ese tipo y deje la decisión a la libre competencia del mercado… La verdadera batalla se libra por unos medios de subsistencia suficientes. La propia clase media ha sido despojada de sus medios de existencia por los políticos que asumieron la dirección de la revolución. La clase media se ha vuelto más bárbara que los obreros. Las pasiones más violentas se han inflamado en ambos bandos en una actividad funesta. Dejan a un lado toda fraternidad y se libran mutuamente batallas mortíferas. El gobierno ignorante, si no malintencionado, que en esta crisis extraordinaria no parece tener idea de su deber, primero azuzó a los obreros contra la clase media y ahora ayuda a esta a borrar de la faz de la tierra a los obreros engañados, burlados y ahora enfurecidos. La censura por esta gran desgracia no debe recaer sobre el principio de la revolución, no sobre la decisión de levantarse contra la miseria y la opresión. Debe dirigirse más bien contra quienes, en su ignorancia política, agravaron todavía más las penurias heredadas de Luis Felipe.»
Así escribe un diario burgués londinense sobre la revolución de junio, un diario que defiende los principios de un Cobden, de un Bright,3 etc., y que, según dice el Manchester Guardian, es después del Times y del Northern Star, los dos déspotas de la prensa inglesa, el periódico más leído de Inglaterra.
¡Compárese con el número 181 de la Kölnische Zeitung! Ese curioso periódico convierte la lucha entre dos clases en la lucha entre la gente honrada y los bribones. ¡Buen periódico! Como si esos epítetos no se los lanzaran mutuamente las dos clases. Es el mismo periódico que primero, al correr el rumor de la insurrección de junio, confesó su completa ignorancia sobre el carácter de la insurrección; que después tuvo que recibir carta de París diciéndole que se trataba de una importante revolución social, cuyo alcance no se agotaba con una derrota, y que finalmente, fortalecido de nuevo por una derrota de los obreros, no ve en la insurrección más que la lucha de «la inmensa mayoría» contra una «horda salvaje» de «caníbales, ladrones y asesinos».
La guerra de los esclavos romanos,4 ¿qué fue? ¡Una guerra entre la gente honrada y los caníbales! El señor Wolfers escribirá la historia romana, y el señor Dumont-Brüggemann ilustrará a los obreros, a los «desdichados», sobre sus verdaderos derechos y deberes, los «iniciará en la ciencia que conduce al orden, que forma al verdadero ciudadano».
¡Viva la ciencia Dumont-Brüggemann-Wolfers, la ciencia oculta! Un ejemplo de esa ciencia oculta: el muy loable triunvirato cuenta a sus crédulos lectores, a lo largo de dos números, que el general Cavaignac quería minar el barrio de Saint-Antoine. El barrio de Saint-Antoine resulta ser algo más grande que la buena ciudad de Colonia. ¡Pero el triunvirato científico, que recomendamos a la Asamblea Nacional alemana para gobernar Alemania, el triunvirato Dumont-Brüggemann-Wolfers, vence esa dificultad y sabe hacer volar por los aires la ciudad de Colonia con una mina! A sus ideas sobre la mina que hace volar el faubourg Saint-Antoine corresponden sus ideas sobre las fuerzas subterráneas que minan la sociedad moderna, que hicieron alzarse al París de junio y vomitar lava de sangre de su cráter revolucionario.
¡Pero, excelentísimo triunvirato! ¡Gran Dumont-Brüggemann-Wolfers, grandezas proclamadas por el mundo de los anuncios! ¡Cavaignacs de los anuncios! Nosotros hemos inclinado modestamente la cabeza, la hemos inclinado ante la mayor crisis histórica que jamás ha estallado: ante la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado. No hemos creado el hecho; lo hemos constatado. Hemos constatado que una de las clases es la vencida, como dice el propio Cavaignac. Sobre la tumba de los vencidos hemos gritado a los vencedores: «¡Ay!», ¡y el propio Cavaignac retrocede estremecido ante su responsabilidad histórica! Y la Asamblea Nacional acusa de cobardía a cada uno de sus miembros que no asuma abiertamente esa terrible responsabilidad histórica. ¿Hemos abierto a los alemanes el libro de la Sibila para que lo quemen?5 Cuando describimos la lucha de los cartistas y de los burgueses ingleses, ¿invitamos a los alemanes a hacerse ingleses?
Pero tú, Alemania, Alemania ingrata, conoces la Kölnische Zeitung y sus anuncios, pero no conoces a los más grandes de tus hombres, ¡no conoces a tu Wolfers, a tu Brüggemann, a tu Dumont! ¡Cuánto sudor del cerebro, cuánto sudor de la frente, cuánto sudor de sangre se ha derramado en la lucha de clases, en la lucha de libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, capitalistas y obreros! Pero solo porque no existía la Kölnische Zeitung. Pero, valerosísimo triunvirato, si la sociedad moderna produce «malhechores», «caníbales», «asesinos», «saqueadores» en tal masa y con tal energía que su levantamiento hace temblar los cimientos de la sociedad oficial, ¡qué sociedad es esa! ¡Qué anarquía ordenada alfabéticamente! ¡Y tú crees suprimir la escisión, crees haber elevado a los actores y a los espectadores del drama terrible arrastrándolos a la tragedia de lacayos a lo Kotzebue!6
Entre los guardias nacionales de los faubourgs Saint-Antoine, Saint-Jacques y Saint-Marceau solo hubo 50 que acudieran a la llamada de la trompeta burguesa: así lo informa el Moniteur de París,7 el diario oficial, el periódico de Luis XVI, de Robespierre, de Luis Felipe y de Marrast-Cavaignac. ¡Nada más sencillo para la ciencia que «forma» al hombre como verdadero ciudadano! Los tres mayores faubourgs de París, los tres faubourgs más industriosos, cuyos dechados hacían palidecer y quedar en nada la muselina de Dacca y el terciopelo de Spitalfields,8 estarían habitados por «caníbales», «saqueadores», «ladrones», «malhechores». ¡Así lo dice Wolfers!
¡Y Wolfers es un hombre honorable!9 Ha hecho honor a los bribones al hacerles librar batallas y producir obras de arte más grandes, al hacerles realizar hazañas más heroicas que las de Carlos X, de Luis Felipe, de Napoleón y de los hilanderos de Dacca y Spitalfields.
Acabamos de hablar del Telegraph de Londres. Ayer nuestros lectores oyeron a Émile de Girardin.10 La clase obrera, dice, después de conceder a su deudora, la revolución de febrero, una prórroga de un mes sobre el vencimiento, ella, la acreedora, llamó a la casa del deudor con el mosquete, con la barricada, con su propio cuerpo. ¡Pero Émile de Girardin! ¿Qué es él? ¡No es un anarquista, Dios nos libre! Pero es un republicano del día siguiente, un republicano de la mañana (républicain du lendemain), y la Kölnische Zeitung, un Wolfers, un Dumont, un Brüggemann, todos ellos son republicanos de anteayer, republicanos anteriores a la República, republicanos de la víspera (républicains de la veille).11 ¿Puede Émile de Girardin servir de testigo al lado de Dumont? Si la de Colonia añade a la deportación y a la horca el regocijo por la deportación, por la horca, ¡admirad su patriotismo! Solo quiere demostrar al mundo, al mundo alemán incrédulo y ciego como un topo, que la República es más poderosa que la monarquía, que la Asamblea Nacional republicana ha podido con Cavaignac y Marrast lo que la Cámara de Diputados constitucional no pudo con Thiers y Bugeaud.12 Vive la république! ¡Viva la República!, exclama la espartana, la de Colonia, sobre el París que se desangra, agoniza entre gemidos y arde. ¡La criptorrepublicana! ¡Por eso un Gervinus,13 una de Augsburgo,14 la tachan de cobarde, de falta de carácter! ¡La inmaculada! ¡La Charlotte Corday de Colonia!15
Fijaos bien: ningún periódico de París, ni el Moniteur, ni los Débats, ni el National, habla de «caníbales», de «saqueadores», de «ladrones», de «asesinos». Es un solo periódico, el periódico de Thiers, del hombre cuya inmoralidad fustigó Jacobus Venedey16 en la Kölnische Zeitung, del hombre contra el que la de Colonia gritaba a pleno pulmón:
No lo tendrán,
el libre Rin alemán,17
es el periódico de Thiers, el Constitutionnel, en el que bebe la Indépendance belga y la ciencia renana encarnada en Dumont-Brüggemann-Wolfers.
Y ahora examinad con un poco de crítica esas anécdotas escandalosas con las que la Kölnische Zeitung estigmatiza a los aplastados, el mismo periódico que al estallar la lucha declaró que ignoraba por completo su carácter, que durante la lucha declaró que era una «importante revolución social», y que después de la lucha la convierte en una riña a puñetazos entre gendarmes y bribones.
¡Han saqueado! Pero ¿qué? Armas, municiones, vendas y los víveres más indispensables. En los postigos de las ventanas escribieron los bribones: «Mort aux voleurs!». ¡Muerte a los ladrones!
¡Han «asesinado como caníbales»! ¡Los caníbales no consintieron de buen grado que los guardias nacionales, que asaltaban las barricadas detrás de las tropas de línea, rompieran el cráneo a sus heridos, fusilaran a los que caían en su poder y apuñalaran a sus mujeres! ¡Los caníbales, que en una guerra de exterminio, como dice un periódico burgués francés, exterminaban! ¿Han incendiado? Y, sin embargo, la única antorcha incendiaria que lanzaron contra los cohetes incendiarios legítimos de Cavaignac en el distrito 8.º no es más que una antorcha poética, inventada, como atestigua el Moniteur.
«Unos», dice Wolfers, «enarbolaban el programa de Barbès, Blanqui y Sobrier;18 otros vitoreaban a Napoleón o a Enrique V».19
Y la casta de Colonia, que no anda preñada ni de Napoleónidas ni de Blanquis, declaró ya el segundo día de la insurrección que se combatía «en nombre de la república roja». ¿A qué viene entonces su cháchara sobre pretendientes? Pero ella es, como ya hemos insinuado, una criptorrepublicana empedernida, y, como un Robespierre con faldas, olfatea pretendientes por todas partes, ¡y su moral tiembla ante los pretendientes!
«Casi todos iban provistos de dinero, y varios de sumas considerables».
Eran entre 30.000 y 40.000 obreros, ¡y «casi todos iban provistos de dinero» en esta época de penuria y de estancamiento de los negocios! ¡Seguramente el dinero era tan escaso porque lo habían escondido los obreros!
Con la mayor escrupulosidad el Moniteur de París ha publicado todos los casos en que se constató que los insurrectos llevaban dinero. Esos casos se reducen a veinte como mucho. Los distintos periódicos y corresponsales repiten esos casos y dan cifras diferentes. La Kölnische Zeitung, con su acreditado tacto crítico, toma los distintos relatos de los veinte casos por otros tantos casos distintos, añade además los que circulan como rumor y saca, en el mejor de los casos, quizá 200. ¡Y eso la autoriza a decir que casi todos, 30.000 o 40.000, iban provistos de dinero! Hasta ahora solo está constatado que emisarios legitimistas, bonapartistas y quizá orleanistas, provistos de dinero, se habían mezclado o se proponían mezclarse entre los combatientes de las barricadas. El señor Payer, miembro sumamente conservador de la Asamblea Nacional, que pasó doce horas prisionero entre los insurrectos, declara que la mayoría eran obreros llevados a la desesperación por cuatro meses de miseria, que decían: ¡Mejor morir de un balazo que de hambre!
«Muchos, muchísimos muertos», asegura Wolfers, «llevaban la marca fatal con la que la sociedad estigmatiza el crimen».
Es esta una de las mentiras infames, de las calumnias vergonzosas, de las infamias que estigmatiza Lamennais,20 adversario de los insurrectos, hombre del National, en su Peuple constituant, y que estigmatiza en la Asamblea Nacional el legitimista La Rochejaquelein,21 siempre caballeroso. Toda la mentira descansa en la afirmación, nada garantizada y no confirmada por el Moniteur, de una agencia de corresponsales, según la cual se habían encontrado once cadáveres marcados con las letras T. F.22 ¿Y en qué revolución no se encontraron esos once cadáveres? ¿Y qué revolución no marcará con ese signo a once veces cien?
Fijémonos bien: los periódicos, las proclamas, las luminarias de los vencedores atestiguan que han hecho morir de hambre, llevado a la desesperación, ensartado con la bayoneta, fusilado, emparedado vivos, deportado, profanado cadáveres. ¡Y contra los vencidos, solo anécdotas, y anécdotas contadas por el Constitutionnel, reimpresas por la Indépendance y vertidas al alemán por la Kölnische! No hay mayor ofensa contra la verdad que querer demostrarla con una anécdota, dice... Hegel.
Ante las casas de París están sentadas las mujeres deshilachando hilas para los heridos, incluso para los insurrectos heridos. Los redactores de la Kölnische Zeitung vierten ácido sulfúrico en sus heridas.
A nosotros nos han denunciado a la policía burguesa. Nosotros, en cambio, recomendamos a los obreros, a los «desdichados», que se dejen «ilustrar sobre sus verdaderos derechos y deberes, iniciar en la ciencia que conduce al orden, que forma al verdadero ciudadano» por el triunvirato inmortal: por Dumont-Brüggemann-Wolfers.
Joseph DuMont (1811-1861), editor de la Kölnische Zeitung; Karl Heinrich Brüggemann (1810-1887), su redactor jefe; Wolfers, redactor del mismo periódico. Engels los funde en una sola razón social. ↩
Pierre Leroux (1797-1871), socialista utópico, diputado de la Asamblea Nacional en 1848. ↩
Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), fabricantes y librecambistas, jefes de la Liga contra las Leyes de Granos. ↩
Probable alusión a la gran rebelión de esclavos dirigida por Espartaco (73-71 a. C.). ↩
Según la leyenda, la Sibila de Cumas ofreció a Tarquinio el Soberbio nueve libros de profecías; ante su negativa a pagar el precio, quemó seis de ellos. ↩
August von Kotzebue (1761-1819), autor alemán de dramas y comedias sentimentales de enorme éxito. ↩
Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés desde la Revolución. ↩
Dacca (hoy Daca, Bangladés) fue famosa por sus muselinas; Spitalfields, barrio de Londres, por sus sederías. ↩
Eco del «Bruto es un hombre honorable» del discurso de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. ↩
Émile de Girardin (1806-1881), periodista, director de La Presse. ↩
En 1848 se llamaba «republicanos de la víspera» a los que lo eran antes de febrero y «republicanos del día siguiente» a los que se adhirieron a la República tras su proclamación. ↩
Adolphe Thiers (1797-1877), varias veces ministro y jefe de gobierno de Luis Felipe; Thomas-Robert Bugeaud (1784-1849), mariscal, conquistador de Argelia, que en 1834 reprimió la insurrección de París y en febrero de 1848 recibió el mando de las tropas contra la revolución. ↩
Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), historiador liberal, director de la Deutsche Zeitung de Heidelberg. ↩
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo. ↩
Charlotte Corday (1768-1793), girondina que asesinó a Marat en 1793. ↩
Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal renano, diputado de la Asamblea Nacional de Fráncfort. ↩
Comienzo de «Der deutsche Rhein» (1840), de Nikolaus Becker, canción patriótica escrita contra las pretensiones francesas sobre el Rin, que se atribuían a Thiers, entonces jefe de gobierno. ↩
Armand Barbès (1809-1870) y Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionarios, y Marie-Joseph Sobrier (1825-1854), demócrata, detenidos tras la jornada del 15 de mayo de 1848. ↩
Napoleón: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón I; Enrique V: el conde de Chambord, pretendiente legitimista. ↩
Félicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote y escritor socialcristiano, diputado y director del periódico Le Peuple constituant en 1848. ↩
Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), diputado legitimista en la Asamblea Nacional. ↩
Travaux forcés, «trabajos forzados»: la marca con que se señalaba a los condenados a galeras. ↩