Escrito por Friedrich Engels y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 73, del 12 de agosto de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 366-368), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Con la misma rapidez con que los austriacos fueron expulsados de Lombardía en marzo, han vuelto ahora triunfantes y han entrado ya en Milán.1

El pueblo italiano no ha escatimado ningún sacrificio. Estaba dispuesto a dar sus bienes y su sangre para llevar a término la obra comenzada y conquistar su independencia nacional.

Pero al valor, al entusiasmo y a la capacidad de sacrificio no respondieron en ninguna parte quienes estaban al timón. Abierta o secretamente lo hicieron todo, no para emplear los medios puestos en sus manos en liberarse de la brutal tiranía de Austria, sino para paralizar la fuerza del pueblo y restablecer cuanto antes, en lo esencial, el viejo estado de cosas.

El papa, cada día más trabajado y ganado por la política austro-jesuítica, puso al ministerio Mamiani2 todos los obstáculos que tenía a su alcance en unión con los «negros» y los «negro-amarillos».3 El propio ministerio pronunciaba ante las dos cámaras discursos muy patrióticos, pero no tenía la energía necesaria para convertir en hechos su buena voluntad.

En Toscana el gobierno se presentó, es verdad, con bellas palabras, pero con todavía menos hechos. Sin embargo, el principal enemigo de la libertad italiana entre los príncipes del país era y sigue siendo Carlos Alberto.4 Los italianos tendrían que haber repetido y tenido presente a todas horas el dicho: «¡Que el cielo nos proteja de nuestros amigos, que de nuestros enemigos ya nos protegeremos nosotros!». Al Borbón Fernando5 apenas tenían que temerlo; hacía tiempo que se había quitado la máscara. Carlos Alberto, en cambio, se hacía cantar alabanzas por todas partes como «la spada d'Italia» (la espada de Italia) y celebrar como el héroe cuya punta de acero ofrecía la garantía más segura de la libertad y la independencia de Italia.

Sus emisarios recorrieron todos los lugares de la Alta Italia presentándolo como el único hombre que podía salvar a la patria y que la salvaría. Para que pudiera hacerlo, decían, era necesario, eso sí, formar un reino de la Alta Italia. Solo así se pondría en sus manos el poder necesario no ya para resistir a Austria, sino para echarla de Italia. La ambición que antes lo había llevado a unirse a los carbonarios, a los que luego traicionó, esa ambición se había despertado con más fuerza que nunca y le hacía soñar con una plenitud de poder y una magnificencia ante las que el brillo de todos los demás príncipes de Italia no tardaría en palidecer. Creía poder confiscar en beneficio de su lamentable persona todo el movimiento popular de 1848. Lleno de odio y desconfianza hacia todos los hombres verdaderamente liberales, se rodeó de gente más o menos adicta al absolutismo e inclinada a fomentar la ambición real. Puso al frente del ejército a generales cuya superioridad intelectual o cuyas opiniones políticas no tenía que temer, pero que no poseían ni la confianza de los soldados ni el talento que exigía la conducción afortunada de la guerra. Se llamaba pomposamente el «libertador» de Italia, mientras imponía su yugo como condición a los que había que liberar. Las circunstancias le fueron favorables como a pocos hombres. Su avidez por tener mucho y, a ser posible, todo le hizo perder al final también lo que ya había ganado. Mientras la anexión de Lombardía al Piamonte no estuvo del todo decidida, mientras siguió existiendo la posibilidad de una forma republicana de gobierno, permaneció inmóvil en sus atrincheramientos frente a los austriacos, por débiles que fueran estos, relativamente, en aquel momento. Dejó que Radetzky,6 D'Aspre, Welden, etc., conquistaran una ciudad y una fortaleza tras otra en las provincias venecianas; no se movió. Venecia no le pareció digna de ayuda hasta que se refugió bajo su corona. Lo mismo con Parma y Módena. Entretanto Radetzky se había reforzado y había tomado todas las medidas para el ataque y, frente a la incapacidad y la ceguera de Carlos Alberto y de sus generales, para la victoria decisiva. El desenlace es conocido. De ahora en adelante los italianos no pueden ni van a poner su liberación en manos de un príncipe o de un rey; para salvarse, tienen más bien que apartar cuanto antes y del todo esa «spada d'Italia», por inservible. Si lo hubieran hecho antes, si hubieran jubilado al rey y a su sistema con todos sus partidarios y hubieran establecido entre ellos una unión democrática, probablemente no quedaría ya ni un austriaco en Italia. En lugar de eso, no solo han soportado en vano todos los sufrimientos de una guerra que sus enemigos han hecho con furia y barbarie, y han hecho en vano los más duros sacrificios, sino que además han quedado indefensos, a merced de toda la sed de venganza de los reaccionarios austro-metternichianos y de su soldadesca. Quien lea los manifiestos dirigidos por Radetzky a los habitantes de Lombardía y por Welden a las legaciones pontificias comprenderá que Atila con sus hordas de hunos tendría que parecer a los italianos un ángel de clemencia. La reacción y la restauración son completas. El duque de Módena,7 llamado «il carnefice» (el verdugo), que había adelantado a los austriacos 1.200.000 florines para hacer la guerra, también vuelve. Los pueblos se han cavado tantas veces su propia fosa por su magnanimidad que por fin tienen que volverse prudentes y aprender un poco de sus enemigos. Los modeneses dejaron marchar tranquilamente al duque que en su reinado anterior había hecho encarcelar, ahorcar y fusilar a miles de personas por sus aspiraciones políticas. A cambio, vuelve a ellos para ejercer con redoblado placer su principesco oficio de sangre.

La reacción y la restauración son completas. Pero solo de manera interina. El espíritu revolucionario ha penetrado demasiado hondo en el pueblo para que se le pueda dominar a la larga. Milán, Brescia y otros lugares mostraron en marzo de qué es capaz ese espíritu. El exceso de sufrimientos llevará a un nuevo levantamiento. Aprendiendo de las amargas experiencias de los últimos meses, Italia sabrá evitar nuevas ilusiones y asegurar su independencia bajo la bandera unitaria de la democracia.

  1. Los austriacos, expulsados de Milán por la insurrección de las «cinco jornadas» (18-22 de marzo de 1848), volvieron a entrar en la ciudad el 6 de agosto, tras derrotar al ejército piamontés en Custoza (25 de julio). ↩

  2. Terenzio Mamiani (1799-1885), liberal, ministro del Interior de los Estados Pontificios de mayo a agosto de 1848, en el reinado de Pío IX. ↩

  3. Los «negros» eran el partido clerical; los «negro-amarillos», por los colores de la casa de Austria, los partidarios de Austria. ↩

  4. Carlos Alberto (1798-1849), rey de Cerdeña-Piamonte; declaró la guerra a Austria en marzo de 1848, fue derrotado en Custoza y firmó el armisticio de Salasco el 9 de agosto. De joven había estado en contacto con los carbonarios de 1821, a los que luego abandonó. ↩

  5. Fernando II (1810-1859), rey de las Dos Sicilias. ↩

  6. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, comandante en jefe en el norte de Italia. Konstantin d'Aspre y Ludwig von Welden eran generales a sus órdenes. ↩

  7. Francisco V de Austria-Este (1819-1875), duque de Módena. ↩