Escrito por Friedrich Engels en inglés a comienzos de enero de 1848. Publicado en The Northern Star, núm. 533, 8 de enero de 1848. El original inglés no está en nuestras fuentes libres: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 432-438), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto alemán de la MEW

Las Cámaras francesas han vuelto a reunirse, y muy pronto tendremos el gusto de observar el efecto que el movimiento por la reforma ha producido en los 225 miembros «satisfechos» de la mayoría. Veremos si también están satisfechos de la manera en que Guizot ha expuesto a Francia, en la cuestión suiza, a la burla de toda Europa.1 Pues sí, estos miembros de la mayoría, gordos, corruptores y corrompidos, especuladores, estafadores, chupasangres y cobardes, son justo la gente adecuada para tragarse incluso eso: para decir «amén» a la jugarreta que Palmerston, en represalia por los matrimonios españoles,2 le jugó a su honorable colega Guizot; para declarar que Francia nunca ha sido tan grande, tan gloriosa, tan respetada y tan «satisfecha» como precisamente ahora.

Y precisamente en este momento todos los periódicos de París, desde los Débats hasta la Réforme, discuten tan abiertamente como lo permiten las circunstancias lo que podría seguirse de la muerte de Luis Felipe. Por miedo a que la mayoría se divida, los Débats advierten cada día que este acontecimiento inevitable, cuando se produzca, será la señal para que se concentren todos los partidos políticos, que entonces el «republicanismo», el «comunismo», el «anarquismo», el «terrorismo», etc., saldrán de sus cavernas subterráneas para sembrar a su alrededor la devastación, el espanto y la destrucción, que Francia estará perdida —que la libertad, la seguridad y la propiedad estarán perdidas— a menos que los amigos del orden (el señor Guizot y compañía, naturalmente) los mantengan a raya con mano fuerte; que este momento peligroso puede llegar cualquier día y que, si no se apoya al señor Guizot, todo estará perdido. Los otros periódicos, la Presse, el Constitutionnel y el Siècle, dicen que ocurrirá exactamente lo contrario, que todos los horrores de una revolución sangrienta inundarán el país si inmediatamente después de la muerte del rey este odioso corruptor, Guizot, no es sustituido por uno de sus héroes políticos, sea el señor de Girardin, el señor Thiers o el señor Odilon Barrot. Los periódicos radicales discuten la cuestión, como iremos viendo, desde otro punto de vista.

Así, incluso los Débats admiten indirectamente que la Francia «satisfecha» solo espera el momento oportuno para demostrar su descontento de una manera que los Débats, con su espantada fantasía burguesa, se pintan del modo más ridículo. Pero eso no inquieta lo más mínimo a los «satisfechos» Doscientos Veinticinco. Tienen su propia lógica. Si el pueblo está satisfecho, no hay razón para cambiar el sistema. Si está descontento, entonces su descontento mismo es una razón más para aferrarse al sistema; porque, si se cediera aunque fuera un centímetro, estallarían de repente todos los horrores de la revolución. Hágase lo que se haga, estos burgueses sacarán siempre la conclusión de que son ellos los que mejor pueden gobernar el país.

Con todo, Guizot hará una pequeña reforma. Añadirá a las listas electorales las «capacidades», es decir, todas las personas que posean un título universitario, juristas, médicos y charlatanes por el estilo. ¡Una reforma magnífica, de veras! Pero esto bastará para desarmar a los «conservadores progresistas» o, como se llaman ahora —pues a falta de otra ocupación cambian de nombre continuamente—, a la «oposición conservadora». Será además un duro golpe para el señor Thiers, que, mientras enviaba a su lugarteniente, el señor Duvergier de Hauranne, a un banquete reformista, preparaba en secreto su plan de reforma, con el que pensaba sorprender a las Cámaras y que es exactamente igual al que ahora va a proponer su rival Guizot.

En las Cámaras habrá en general muchos gritos, voces y alboroto; pero no creo que el señor Guizot tenga nada serio que temer de sus fieles Doscientos Veinticinco.

Hasta aquí los círculos oficiales. Entretanto, los banquetes reformistas y la disputa entre el National y la Réforme han seguido su curso. La oposición coaligada, es decir, el centro izquierda (el partido del señor Thiers), la izquierda (el partido del señor Odilon Barrot) y los «radicales sensatos» (el National), celebró los banquetes de Castres, Montpellier, Neubourg y otros; los ultrademócratas (la Réforme) dieron el banquete de Chalon. El orador principal de los banquetes de Montpellier y de Neubourg fue el señor Garnier-Pagès, hermano del conocido demócrata del mismo nombre muerto hace algunos años.3 Pero el señor Garnier-Pagès el joven está muy lejos de parecerse a su hermano; le faltan por completo aquella energía, aquel valor y aquel espíritu intransigente que aseguraron al difunto jefe de la democracia francesa una posición tan destacada. En Neubourg, el señor Garnier-Pagès el joven hizo afirmaciones que prueban que desconoce por completo la situación real de la sociedad y, por consiguiente, también el medio de mejorarla. Mientras toda la democracia moderna descansa en el gran hecho de que la sociedad moderna está dividida irrevocablemente en dos clases —la burguesía, es decir, los poseedores de todos los medios de producción y de todos los productos, y el proletariado, que no posee más que su trabajo, del que vive—, y en que esta última clase está oprimida social y políticamente por la primera; mientras en todos los países el objetivo reconocido de los demócratas modernos es transferir el poder político de la burguesía a la clase obrera, que constituye la inmensa mayoría del pueblo, el señor Garnier, frente a todos estos hechos, afirma audazmente que la división del pueblo en burguesía y clase obrera no existe, que es una invención malintencionada del señor Guizot que solo sirve para dividir al pueblo; que, a pesar de Guizot, él reconoce que todos los franceses son iguales, que todos participan de la misma vida y que para él en Francia solo hay ciudadanos franceses. ¡Según el señor Garnier-Pagès, pues, la monopolización de todos los instrumentos de producción en manos de la burguesía, que entrega a los obreros a la tierna misericordia de las leyes económicas del salario y reduce la parte de los obreros al nivel más bajo de la subsistencia, es también una invención del señor Guizot! ¡Según él, toda esta lucha desesperada entre el trabajo y el capital que se libra hoy en todos los países civilizados del mundo, una lucha cuyas diversas fases están marcadas por coaliciones, trades unions, asesinatos, levantamientos y motines sangrientos, una lucha cuya realidad atestigua la muerte de los proletarios fusilados en Lyon, Preston, Langenbielau y Praga,4 se ha librado sin mejor fundamento que la afirmación mentirosa de un profesor francés! ¿Qué otra cosa significan las palabras del señor Garnier-Pagès sino esto: «Que los capitalistas sigan monopolizando todas las fuerzas productivas, que los obreros sigan viviendo de un mísero salario de hambre, pero dadles, como compensación por sus sufrimientos, el título de ciudadano»? Oh, sí, el señor Pagès consentiría quizá, en ciertas circunstancias y con ciertas restricciones, en dar al pueblo el derecho de voto; ¡pero que al pueblo no se le ocurra sacar provecho de este regalo y tomar medidas que cambien por completo el modo de producción actual y la distribución de la riqueza y que, con el tiempo, den a todo el pueblo el dominio sobre las fuerzas productivas del país y acaben con todos los «patronos» individuales! La Réforme tenía toda la razón cuando llamó a este honorable caballero un radical burgués.

Los ultrademócratas, como dije antes, solo celebraron un banquete; pero fue un éxito extraordinario y valió por una docena de banquetes del partido de la coalición. Más de 2.000 ciudadanos asistieron a la comida en Chalon-sur-Saône. El National también había sido invitado, pero, muy significativamente, no acudió. Por eso los hombres de la Réforme tuvieron entera libertad. El señor Ledru-Rollin, a quien el National había señalado como jefe del partido ultrademócrata, aceptó aquí ese puesto. Explicó su posición y la de su partido haciendo un brillante resumen de las diversas fases de la democracia francesa desde 1789. Luego se justificó frente a los ataques del National, atacó a su vez a este periódico y propuso formar, con demócratas de todas las regiones de Francia, un jurado compuesto a partes iguales por los dos partidos. Este jurado decidiría entre la Réforme y el National.

«Y ahora —dijo—, una vez arreglado este asunto interno, ¿no sería bueno que la democracia francesa entrara en relación con las democracias de los demás países? Hay en este momento en Europa un gran movimiento entre todos los desheredados, que sufren en su alma o a los que atormenta el hambre. Este es el momento de consolarlos, de fortalecerlos y de entrar en relación con ellos. ¡Celebremos ahora, cuando ha fracasado el congreso de los reyes,5 un congreso de los demócratas de todas las naciones! Hay en Europa una república que acaba de asegurar en su territorio el ascenso de la democracia: es Suiza, un país digno de recibir en su suelo libre a los demócratas de todas las naciones. Y así, ciudadanos, permitidme terminar uniendo a mi brindis “Por la unidad de la Revolución francesa” este otro: “Por la alianza de las democracias de todos los países”.»

Este discurso provocó grandes aplausos, y bien que los merecía. Nos hemos alegrado de corazón del éxito oratorio del señor Ledru-Rollin en Chalon, pero al mismo tiempo tenemos que protestar contra una expresión imprudente, empleada sin duda sin intención de ofender. El señor Ledru-Rollin dice que ha llegado el momento de que los demócratas franceses consuelen y fortalezcan a los obreros que sufren en otras naciones. Estamos seguros de que los demócratas de ningún país necesitan consuelo, venga de quien venga. Admiran el orgullo revolucionario de los demócratas franceses, pero reivindican también para sí el derecho a ser igual de orgullosos e independientes. Los cuatro millones de cartistas ingleses son sin duda lo bastante fuertes para hacer solos su trabajo. Por mucho que nos alegre que la democracia francesa acoja con entusiasmo la idea de un congreso democrático y de una alianza de todas las democracias, esperamos ante todo una reciprocidad y una igualdad completas. Toda alianza que no reconociera esa igualdad como su fundamento sería ella misma antidemocrática. Conocemos, sin embargo, demasiado bien los sentimientos profundamente democráticos de los hombres de la Réforme para dudar de su pleno acuerdo con nosotros; solo desearíamos que, en interés de nuestra causa común, abandonaran ciertas expresiones que están muy lejos de reflejar su verdadero pensamiento y que son una herencia de la época en que el National representaba él solo a la democracia francesa.

En el mismo banquete, el señor Flocon habló sobre el brindis «Los derechos del hombre y del ciudadano». Leyó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de la Convención Nacional,6 que, según afirmó, es hasta el día de hoy un fiel reflejo de los verdaderos principios democráticos. A lo que llamó el verdadero principio francés opuso el sistema actual del dominio del dinero, que pone al hombre en un nivel más bajo que el ganado, porque hay hombres en sobreabundancia y el hombre cuesta más de lo que rinde cuando no se necesita su trabajo. A este sistema lo llamó, por el país donde surgió primero, el sistema inglés.

«Pero considerad —dijo— que al mismo tiempo que el principio inglés se introduce en la patria de la Revolución, el pueblo inglés se esfuerza por sacudirse este yugo y escribe en sus banderas el glorioso lema: ¡Libertad, igualdad, fraternidad! Así, por uno de esos giros dolorosos de los que la historia ofrece más de un ejemplo, la nación misma que fue la primera en traer la verdad al mundo, recaída en las tinieblas y en la ignorancia, se vería pronto obligada a pedir a sus vecinos las tradiciones revolucionarias que ella misma no supo conservar. ¿Habremos de llegar también nosotros a eso? ¡No, nunca, mientras haya demócratas como ustedes y asambleas como esta! ¡No, nunca apuntalaremos el armazón carcomido de esas instituciones inglesas que los propios ingleses ya no quieren sostener! (¡No, no!) Así pues, ¡a tus tiendas, Israel!7 ¡Que cada uno se reúna en torno a su bandera! ¡Que cada uno se mantenga fiel a su fe! Aquí, de nuestro lado, la democracia con sus veinticinco millones de proletarios que tiene que liberar y a los que saluda con los nombres de ciudadanos, hermanos, hombres iguales y libres; allí, la oposición bastarda con sus monopolios y la aristocracia del dinero. Ellos hablan de reducir el censo electoral a la mitad. ¡Nosotros, en cambio, proclamamos los derechos del hombre y del ciudadano!» (Aplausos fuertes y prolongados, que terminaron con toda la asamblea cantando el Chant du départ.)8

Lamentamos no tener más espacio para publicar algunos otros de los discursos pronunciados en este espléndido y completamente democrático banquete.

Ahora, por fin, la Réforme ha obligado al National a sostener con ella una polémica. El primero de estos periódicos, al declarar su adhesión a los principios que el señor Garnier-Pagès proclamó en el banquete de Montpellier en un discurso sobre la Revolución francesa, había puesto al mismo tiempo en cuestión los derechos del hombre, como también había hecho el señor Garnier, que sacrificó los intereses de la democracia al señor Odilon Barrot y a la oposición burguesa para que estos pudieran presentarse como representantes de los principios de la Revolución.9 Esto, por fin, movió al National a una respuesta en la que se atacaba a su vez a Ledru-Rollin. Los principales cargos contra el National eran los siguientes: 1. Su apoyo a las fortificaciones en torno a París, con lo que la herencia de la Revolución quedaba entregada al poder de 1.200 cañones. 2. El silencio con que respondió el año pasado a un folleto del señor Carnot en el que este invitaba a los demócratas a unirse al centro izquierda y a la izquierda para llegar lo antes posible a los cargos públicos, a dejar de lado por el momento el principio republicano y a luchar por una ampliación del sufragio dentro de los límites de la Carta.10 El señor Garnier-Pagès el joven había proclamado por la misma época principios semejantes; en el folleto se subrayaba que no era la expresión de la opinión de un individuo, sino de un partido de la Cámara. La Réforme atacó tanto el discurso del señor Garnier como el folleto del señor Carnot (hijo del célebre miembro de la Convención, que fue también ministro republicano de la Guerra) e intentó obligar al National a pronunciarse. Pero el National siguió callado. La Réforme declaró con razón que la política propuesta por los dos diputados no conduciría a otra cosa que a poner al partido democrático enteramente bajo la influencia de los señores Thiers y Barrot y a liquidarlo como partido independiente. 3. El hecho de que el National siguiera aplicando en la práctica, durante la campaña de los banquetes reformistas, la política propuesta por el señor Carnot. 4. Sus ataques virulentos y calumniosos contra los comunistas, sin que al mismo tiempo pudiera proponer ningún remedio útil o eficaz contra la miseria de los obreros.

La disputa duró al menos una semana. Por último, el National se retiró de la controversia, que había llevado de manera muy poco decorosa. Ha sido, pues, derrotado en toda regla; pero, para encubrir su derrota, aceptó por fin la propuesta del señor Ledru de un jurado democrático.

No podemos sino aprobar plenamente la actuación de la Réforme en este asunto. Ha salvado el honor, la independencia y la fuerza de la democracia francesa como partido independiente. Ha mantenido los principios de la Revolución, que estaban en peligro por el rumbo seguido por el National. Ha hecho valer los derechos de la clase obrera frente a todas las intromisiones de la burguesía. Ha desenmascarado a esos radicales burgueses que quieren hacer creer al pueblo que no existe opresión de clase, que no quieren ver la terrible guerra civil de clase contra clase en la sociedad moderna y que para los obreros no tienen más que palabras vacías. La Réforme, al mantener esta disputa hasta obligar a su altivo rival a romper su silencio, a vacilar, a retractarse, a explicarse y finalmente a retirarse, la Réforme, podemos decirlo, ha merecido bien de la democracia.

  1. En la guerra del Sonderbund, Guizot apoyó, junto con Austria, a los cantones católicos y propuso una mediación de las grandes potencias; Palmerston la retrasó hasta que la Dieta suiza había ganado ya la guerra, y la iniciativa francesa quedó en ridículo. ↩

  2. En 1846 Guizot y Luis Felipe consiguieron casar a la reina Isabel II de España con su primo Francisco de Asís y a la infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe, contra la voluntad de Inglaterra. ↩

  3. Étienne Garnier-Pagès (1801-1841), jefe de la oposición republicana en la Cámara durante los años treinta; su hermanastro Louis-Antoine (1803-1878), diputado del grupo del National, fue en 1848 ministro de Hacienda del gobierno provisional. ↩

  4. Las insurrecciones de los obreros de la seda de Lyon de 1831 y 1834; los disparos de la tropa contra los huelguistas de Preston en agosto de 1842; la sublevación de los tejedores de Silesia (Peterswaldau y Langenbielau) en junio de 1844; los disturbios de los obreros de las estampaciones de algodón de Praga en 1844. ↩

  5. El proyecto de conferencia de las grandes potencias sobre la cuestión suiza, que quedó en nada con la rápida derrota del Sonderbund. ↩

  6. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano que encabeza la Constitución jacobina de 1793. ↩

  7. «¡A tus tiendas, Israel!»: grito de rebelión de las tribus del norte contra Roboam (1 Reyes 12, 16). ↩

  8. Canto revolucionario de 1794, con letra de Marie-Joseph Chénier y música de Méhul. ↩

  9. El pasaje parece confuso en la versión alemana; el sentido debe de ser que la Réforme, aun suscribiendo los principios del discurso de Garnier-Pagès, negaba a hombres como él, que habían sacrificado los intereses de la democracia a Odilon Barrot y a la oposición burguesa, el derecho de presentarse como representantes de los principios de la Revolución. Traducimos el texto de la MEW tal como está. ↩

  10. Hippolyte Carnot, Les radicaux et la Charte (1847). La Carta constitucional de 1830, ley fundamental de la monarquía de Julio. ↩