Escrito en Colonia el 1 de agosto de 1848; publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 64, del 3 de agosto de 1848. La MEW lo recoge entre los artículos de Marx y Engels sin precisar cuál de los dos lo escribió. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 293-299), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

~Colonia, 1 de agosto. La diplomacia rusa, en lugar de un ejército, ha hecho invadir provisionalmente una nota, en forma de circular a todas las legaciones rusas en Alemania. Esta nota encontró su primer alojamiento en el órgano oficial de la regencia imperial alemana en Fráncfort,1 y pronto también una acogida amable en otros periódicos oficiales y no oficiales. Cuanto más insólito es que el señor Nesselrode,2 ministro ruso de Asuntos Exteriores, practique de este modo un arte de Estado público, tanto más merece este manejo un examen detenido.

En la dichosa época anterior a 1848, la censura alemana se ocupaba de que no pudiera imprimirse ni una palabra que desagradara al gobierno ruso, ni siquiera bajo el epígrafe de Grecia o de Turquía.

Desde los aciagos días de marzo esta cómoda salida está, por desgracia, cerrada. Nesselrode se hace, por tanto, publicista.

Según él, es la «prensa alemana, cuyo odio a Rusia pareció suspenderse un momento», la que ha dado lugar, respecto a las «medidas de seguridad» rusas en la frontera, a las «suposiciones y comentarios más infundados». Al delicado comienzo sigue luego un refuerzo, pues se dice: «La prensa alemana difunde cada día los rumores más absurdos, las calumnias más odiosas contra nosotros». Pero pronto se habla de «declamaciones furiosas», de «cabezas locas» y de «pérfida malevolencia».

En el próximo proceso de prensa, algún procurador del Estado alemán podrá basar su requisitoria en la nota rusa como documento fehaciente.

¿Y por qué hay que atacar y, si es posible, aniquilar a la prensa alemana, y en particular a la «democrática»? ¡Porque desconoce los «sentimientos tan benévolos como desinteresados», las «intenciones abiertamente pacíficas» del emperador ruso!

«¿Cuándo ha tenido Alemania que quejarse de nosotros?», pregunta Nesselrode en nombre de su señor. «Durante todo el tiempo que duró en el continente la dominación opresora de un conquistador, Rusia derramó su sangre para apoyar a Alemania en la conservación de su integridad y de su independencia. El territorio ruso estaba liberado hacía mucho cuando Rusia seguía todavía a sus aliados alemanes a todos los campos de batalla de Europa para asistirlos.»

A pesar de sus numerosos y bien pagados agentes, Rusia sufre el peor de los engaños si se figura que despertará simpatías en el año 1848 recordando las llamadas guerras de liberación.3 ¿Y Rusia habría derramado su sangre por nosotros, los alemanes?

Dejando del todo aparte que antes de 1812 Rusia «apoyó» la «integridad e independencia» de Alemania mediante una alianza abierta y tratados secretos con Napoleón, después se resarció con creces de su supuesta ayuda mediante el robo y el saqueo. Su ayuda fue para los príncipes aliados con ella; su asistencia, pese a la proclama de Kalisz,4 fue para los representantes del absolutismo «por la gracia de Dios» contra un soberano surgido de la revolución. La Santa Alianza y sus obras nada santas, los congresos de bandidos de Karlsbad, Laibach, Verona, etc.,5 las persecuciones ruso-alemanas contra toda palabra liberal, toda la política desde 1815, dirigida por Rusia, han tenido que imprimirnos, sin duda, una profunda gratitud. Que la casa de los Románov y sus diplomáticos estén tranquilos: esa deuda no la olvidaremos nunca. En cuanto a la ayuda rusa de los años 1814 y 1815, somos más accesibles a cualquier otro sentimiento que al reconocimiento por aquella asistencia pagada con subsidios de Inglaterra.

Las razones saltan a la vista para quien tenga entendimiento. Si Napoleón hubiera quedado vencedor en Alemania, habría eliminado por lo menos a tres docenas de amados padres de la patria con su conocida y enérgica fórmula.6 La legislación y la administración francesas habrían creado una base sólida para la unidad alemana y nos habrían ahorrado treinta y tres años de oprobio y la tiranía de la Dieta Federal, tan ensalzada, naturalmente, por el señor Nesselrode. Con un par de decretos napoleónicos habría quedado completamente destruido todo el fárrago medieval, todas esas prestaciones personales y diezmos, esas exenciones y privilegios, toda esa economía feudal y patriarcal con la que todavía tenemos que atormentarnos en todos los rincones de nuestras patrias. El resto de Alemania estaría desde hace mucho en el mismo nivel que alcanzó la orilla izquierda del Rin poco después de la primera revolución francesa; no tendríamos ahora ni grandes de la Uckermark ni una Vendée pomerana,7 y no tendríamos que seguir respirando el aire viciado de las ciénagas «históricas» y «cristiano-germánicas».

Pero Rusia es magnánima. Aunque no reciba agradecimiento alguno, su emperador nos sigue guardando sus viejos sentimientos, «tan benévolos como desinteresados». Más aún: «a pesar de las ofensas y las provocaciones, no se ha logrado transformar nuestros» (los de Rusia) «sentimientos».

Estos sentimientos se manifiestan por ahora en un «sistema pasivo y de observación», en el que Rusia ha llegado innegablemente a un gran virtuosismo. Sabe esperar hasta que le parece llegado el momento oportuno. Pese a los enormes movimientos de tropas que han tenido lugar en Rusia desde marzo, el señor Nesselrode es tan ingenuo que quiere hacernos creer que las tropas rusas han permanecido todo el tiempo «inmóviles en sus acantonamientos». A pesar del clásico «¡Y ahora, señores, a caballo!»,8 a pesar del desahogo confidencial de corazón y de bilis del ministro de Policía Abramowicz, en Varsovia, contra el pueblo alemán, a pesar o más bien a causa de las amenazadoras y eficaces notas de San Petersburgo, el gobierno ruso está y sigue animado por sentimientos de «paz y reconciliación». Rusia persevera «abiertamente pacífica y defensiva». En la circular de Nesselrode, Rusia es la paciencia misma y la inocencia piadosa, ofendida y provocada muchas veces.

Vamos a enumerar algunos de los crímenes de Alemania contra Rusia que recoge la nota: 1.º, «disposición hostil», y 2.º, «fiebre de cambio en toda Alemania». ¡Frente a tanta benevolencia del zar, una disposición «hostil»! Qué ofensa para el corazón paternal de nuestro querido cuñado.9 ¡Y encima esa maldita enfermedad, la «fiebre de cambio»! Es en realidad el primero de los horrores, aunque aquí figure como el segundo. Rusia nos obsequia de vez en cuando con otra enfermedad: con el cólera. ¡Sea! Pero esa «fiebre de cambio» no solo es contagiosa, sino que a menudo se presenta con un recrudecimiento tan maligno que altos señores se ven obligados con suma facilidad a partir precipitadamente hacia Inglaterra.10 ¿Fue quizá la «fiebre alemana de cambio» una de las razones que desaconsejaron a Rusia invadir en marzo y abril? 3.er crimen: el Preparlamento de Fráncfort11 presentó la guerra contra Rusia como una necesidad de la época. Lo mismo se ha hecho en clubes y periódicos, y es tanto más imperdonable cuanto que, según las disposiciones de la Santa Alianza y los tratados posteriores entre Rusia, Austria y Prusia, nosotros, los alemanes, solo debemos derramar nuestra sangre por el interés de los príncipes, no por el nuestro. 4.º Se ha hablado en Alemania de restablecer la antigua Polonia en sus verdaderas fronteras de 1772. ¡El knut para vosotros y luego a Siberia! Pero no: cuando Nesselrode escribió la circular, aún no conocía la votación del Parlamento de Fráncfort sobre la incorporación de Posen. El Parlamento ha expiado nuestra culpa, y una sonrisa suave e indulgente flota ahora en los labios del zar. 5.º crimen de Alemania: «Su lamentable guerra contra una monarquía del Norte».12 Por semejante empresa, Alemania podría ser castigada, en atención al éxito de la amenazadora nota de Rusia, a la apresurada retirada del ejército alemán ordenada desde Potsdam, y en consideración de la declaración hecha por el enviado prusiano en Copenhague sobre los motivos y el fin de la guerra, con más suavidad de lo que sin esas circunstancias sería admisible; 6.º, la «predicación abierta de una alianza ofensiva y defensiva entre Alemania y Francia». Y por último, 7.º, «la acogida dispensada a los refugiados polacos, su viaje gratuito en los ferrocarriles y la insurrección en el Gran Ducado de Posen».

Si a los diplomáticos y personas del ramo no se les hubiera dado la palabra «para ocultar sus pensamientos»,13 Nesselrode y el cuñado Nicolás se nos echarían al cuello con júbilo y nos darían fervientes gracias por haber atraído al Gran Ducado de Posen a tantos polacos de Francia, Inglaterra, Bélgica, etc., y por haberlos llevado allí con todas las facilidades para abatirlos a tiros de metralla y de shrapnel, marcarlos con piedra infernal, degollarlos, despacharlos con la cabeza rapada, etc., y, por otro lado, para exterminarlos a ser posible por completo en Cracovia mediante un bombardeo traicionero.14

¿Y frente a estos siete pecados capitales de Alemania Rusia se ha mantenido, sin embargo, a la defensiva, no ha pasado a ningún ataque? Así es, y precisamente por eso el diplomático ruso invita al mundo a admirar el amor a la paz y la moderación de su emperador.

La norma de conducta del emperador ruso, «de la que no se ha apartado hasta ahora ni un instante», es, según el señor Nesselrode,

«no inmiscuirse de ningún modo en los asuntos internos de los países que quisieran cambiar su organización, sino más bien dejar a los pueblos completamente libres de llevar a cabo, sin ningún obstáculo por su parte, los experimentos políticos y sociales que quisieran emprender, no atacar a ninguna potencia que no le hubiera atacado a él mismo; pero, en cambio, rechazar con resolución todo menoscabo de su propia seguridad interior y velar por que, si el equilibrio territorial fuera destruido o alterado en algún punto, ello no ocurriera a costa de nuestros intereses legítimos».

La nota rusa olvida añadir los ejemplos que lo ilustran. Después de la revolución de Julio, el emperador concentró un ejército en la frontera occidental para demostrar en la práctica a los franceses, aliado con sus fieles de Alemania, cómo pensaba «dejar a los pueblos completamente libres de llevar a cabo sus experimentos políticos y sociales». Que se le perturbara en su norma de conducta no fue culpa suya, sino de la revolución polaca de 1830, que dio otra dirección a sus planes. Vimos el mismo proceder poco después con respecto a España y Portugal. Su apoyo abierto y secreto a don Carlos y a dom Miguel15 es prueba de ello. Cuando a finales de 1842 el rey de Prusia quiso dar una especie de constitución estamental sobre la base «histórica» más entrañable, la que tan excelente papel desempeñó en las patentes de 1847,16 fue Nicolás, como es sabido, quien se opuso a ello seriamente y nos defraudó a los «germanos cristianos» de varios años de alegrías patentadas. Lo hizo, como dice Nesselrode, porque Rusia nunca se inmiscuye en la organización interna de un país. De Cracovia apenas necesitamos hablar.17 Recordemos solo la última muestra de la «norma de conducta» imperial: los valacos derriban el antiguo gobierno y ponen en su lugar, provisionalmente, otro nuevo. Quieren transformar todo el antiguo sistema y organizarse siguiendo el ejemplo de los pueblos civilizados. «Para dejarlos completamente libres de llevar a cabo sus experimentos políticos y sociales», un cuerpo de tropas rusas invade el país.

Con esto cualquiera podría encontrar por sí mismo la aplicación de esa «norma de conducta» a Alemania. Pero la nota rusa nos ahorra sacar la conclusión por nuestra cuenta. Dice:

«Mientras la Confederación, sea cual sea la nueva forma que se dé, deje intactos a los Estados vecinos y no pretenda extender por la fuerza su demarcación territorial o hacer valer su competencia legítima fuera de los límites que le prescriben los tratados, el emperador respetará también su independencia interior.»

Más claro suena el segundo pasaje que se refiere a esto:

«Si Alemania llega de verdad a resolver el problema de su organización sin perjuicio para su tranquilidad interior, sin que las nuevas formas impresas a su nacionalidad sean tales que pongan en peligro la tranquilidad de los demás Estados, nos felicitaremos sinceramente por ello por las mismas razones que nos la hicieron desear fuerte y unida bajo sus anteriores formas políticas.»

Pero lo más claro e indudable es el pasaje siguiente, donde la circular habla de los incesantes esfuerzos de Rusia por recomendar y mantener la concordia y la unidad en Alemania:

«No, desde luego, esa unidad material con que sueña hoy una democracia ávida de nivelación y de engrandecimiento, y que, si pudiera realizar las teorías ambiciosas tal como las ha concebido, pondría tarde o temprano a Alemania, de modo infalible, en estado de guerra con todos los Estados vecinos, sino la unidad moral, la sincera concordancia de opiniones y propósitos en todas las cuestiones políticas que la Confederación Germánica tenía que negociar con el exterior.

Mantener esta unidad, estrechar los lazos que unen entre sí a los gobiernos alemanes: solo a eso aspiraba nuestra política.

Lo que queríamos en aquel tiempo lo seguimos queriendo hoy.»

La unidad moral de Alemania nos la permite con mucho gusto el gobierno ruso, como vemos por lo anterior; ¡pero nada de unidad material, nada de sustituir el régimen de la Dieta Federal por un poder central fundado en la soberanía del pueblo, no solo aparente, sino real y que actúe a fondo y en serio! ¡Qué magnanimidad!

«Lo que queríamos en aquel tiempo» (antes de febrero de 1848) «lo seguimos queriendo hoy.»

Es la única frase de la nota rusa que seguramente nadie pondrá en duda. Hacemos notar, sin embargo, al señor Nesselrode que querer y conseguir siguen siendo dos cosas distintas.

Los alemanes saben ahora perfectamente a qué atenerse respecto a Rusia. Mientras el antiguo sistema perdure, repintado con nuevos colores modernos, o mientras, si en la «embriaguez y exaltación del momento» uno se ha salido del carril ruso e «histórico», vuelva dócilmente a él, Rusia se mostrará «abiertamente pacífica».

La situación interior de Rusia, los estragos del cólera, los levantamientos parciales en algunos distritos, la revolución tramada en San Petersburgo pero impedida aún a tiempo, el complot en la ciudadela de Varsovia, el suelo volcánico del Reino de Polonia: todas estas son, en todo caso, circunstancias que han contribuido a los sentimientos tan benévolos como «desinteresados» del zar hacia Alemania.

Pero de una influencia mucho más poderosa sobre el «sistema pasivo y de observación» del gobierno ruso ha sido sin duda el curso que han seguido hasta ahora los acontecimientos en la propia Alemania.

¿Podría Nicolás en persona atender mejor sus asuntos, llevar a cabo más deprisa sus propósitos de lo que se ha hecho hasta ahora en Berlín-Potsdam, en Innsbruck, Viena y Praga, en Fráncfort como en Hannover y en casi cualquier otro rincón acogedor de nuestra patria, otra vez colmada de unidad moral rusa? ¿No han trabajado Pfuel (el de la piedra infernal), Colomb y el general de la metralla en Posen,18 como Windischgrätz en Praga,19 de tal modo que el corazón del zar tiene que nadar en delicias? ¿No recibió Windischgrätz, por la vía de Potsdam, una brillante carta de elogio de Nicolás de manos del joven señor Meyendorf?20 ¿Y es que los señores Hansemann-Milde-Schreckenstein21 en Berlín, los Radowitz, Schmerling y Lichnowski en Fráncfort22 dejan algo que desear a Rusia? ¿No tiene que ser la Bieder- y Basserkeit del Parlamento de Fráncfort23 un bálsamo que alivie más de un dolor del pasado reciente? En tales circunstancias, la diplomacia rusa no necesitaba ejércitos que invadieran Alemania. Le basta, con toda razón, el «sistema pasivo y de observación» y… ¡la nota que acabamos de comentar!

  1. La regencia imperial (Reichsverwesung) era el poder central provisional creado por la Asamblea Nacional de Fráncfort a finales de junio de 1848, con el archiduque Juan de Austria como regente del Imperio. ↩

  2. Karl Robert Nesselrode, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1816 a 1856. ↩

  3. Las guerras contra Napoleón de 1813 a 1815, que la tradición alemana llamaba «guerras de liberación». ↩

  4. Proclama dirigida a los alemanes en marzo de 1813 por el mando ruso, aliado con Prusia, que les prometía libertad e independencia a cambio de alzarse contra Napoleón. ↩

  5. Congresos de las potencias de la Santa Alianza: en Karlsbad (1819) se acordaron los decretos de represión contra la prensa y las universidades alemanas; en Laibach (1821) y Verona (1822), la intervención contra las revoluciones de Nápoles y de España. ↩

  6. Alusión a la fórmula con que Napoleón destronaba a los príncipes: «La dinastía… ha dejado de reinar». ↩

  7. Alusión a los terratenientes ultraconservadores de las provincias del este de Prusia. La Uckermark es una comarca de Brandeburgo; la Vendée, la región del oeste de Francia que se alzó contra la Revolución en 1793. ↩

  8. Palabras que se atribuían a Nicolás I al recibir en un baile la noticia de la revolución de febrero de 1848 en París. ↩

  9. Nicolás I estaba casado con Carlota, hermana del rey de Prusia Federico Guillermo IV. ↩

  10. Alusión a la huida a Inglaterra, en 1848, de Luis Felipe, de Metternich y del príncipe Guillermo de Prusia. ↩

  11. Asamblea de diputados de los Estados alemanes reunida en Fráncfort del 31 de marzo al 3 de abril de 1848, que preparó la elección de la Asamblea Nacional. ↩

  12. La guerra de Prusia y la Confederación Germánica contra Dinamarca por Schleswig-Holstein, empezada en la primavera de 1848. ↩

  13. Frase atribuida a Talleyrand: «La palabra se le ha dado al hombre para disfrazar su pensamiento». ↩

  14. Alusión a la represión de la insurrección polaca del Gran Ducado de Posen en la primavera de 1848 y al bombardeo de Cracovia por las tropas austriacas el 26 de abril de 1848. ↩

  15. Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente al trono de España, y Miguel de Braganza, pretendiente al de Portugal, cabezas de las facciones absolutistas en las guerras civiles de los años treinta. ↩

  16. Las patentes reales de febrero de 1847 por las que Federico Guillermo IV convocó la Dieta Unificada de Prusia, asamblea de los estamentos de todas las provincias. ↩

  17. En 1846, tras el levantamiento de Cracovia, Rusia, Austria y Prusia suprimieron la República de Cracovia, que pasó a Austria. ↩

  18. Los generales Ernst von Pfuel y Friedrich August Peter von Colomb dirigieron la represión de la insurrección polaca en Posen; Pfuel había hecho marcar con nitrato de plata («piedra infernal») a los insurrectos presos. ↩

  19. El príncipe Alfred zu Windischgrätz aplastó en junio de 1848 la insurrección de Praga. ↩

  20. Peter von Meyendorff, enviado de Rusia en Berlín. ↩

  21. David Hansemann, ministro de Hacienda; Karl August Milde, de Comercio; Ludwig Roth von Schreckenstein, de Guerra, en el gobierno prusiano de Auerswald. ↩

  22. Joseph Maria von Radowitz, general prusiano, cabeza de la extrema derecha en la Asamblea Nacional de Fráncfort; Anton von Schmerling, ministro del Interior del gobierno central del Imperio; Felix Lichnowski, diputado de la derecha. ↩

  23. Juego de palabras con Biederkeit, «honradez», y los apellidos de dos diputados del centro derecha de Fráncfort, Karl Biedermann y Friedrich Daniel Bassermann. ↩