Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 2 de septiembre de 1848 y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 93, del 3 de septiembre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 378-381), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 2 de septiembre. Bélgica, el Estado constitucional modelo, ha dado una nueva y brillante prueba de la excelencia de sus instituciones. ¡Diecisiete condenas a muerte con motivo de la ridícula historia de Risquons-Tout!1 ¡Diecisiete condenas a muerte para vengar el ultraje que unos cuantos imprudentes, unos cuantos locos llenos de esperanza, infligieron a la pudorosa nación belga al intentar levantar una puntita de su manto constitucional! Diecisiete condenas a muerte: ¡qué brutalidad!

Se conoce la historia de Risquons-Tout. Obreros belgas se unieron en París para intentar una invasión republicana de su patria. Demócratas belgas vinieron de Bruselas y apoyaron la empresa. Ledru-Rollin2 la favoreció cuanto pudo. Lamartine,3 el «magnánimo» traidor, que tenía bellas palabras y hechos miserables tanto para los demócratas extranjeros como para los franceses, Lamartine, que se jacta de haber conspirado con la anarquía como el pararrayos con la nube de tormenta, Lamartine apoyó primero a la legión belga para traicionarla después con tanta más seguridad. La legión se puso en marcha. Delescluze,4 comisario del gobierno en el departamento del Norte, vendió la primera columna a empleados belgas del ferrocarril; el tren que la llevaba fue conducido a traición a suelo belga, en medio de las bayonetas belgas. La segunda columna, dirigida por tres espías belgas (nos lo ha dicho en persona un miembro del gobierno provisional de París, y el proceso lo confirma), fue llevada por sus traidores jefes a un bosque en territorio belga, donde la esperaban los cañones cargados en una emboscada segura; fue ametrallada y en su mayor parte hecha prisionera.

Este episodio minúsculo de las revoluciones de 1848, cómico por las muchas traiciones y por las dimensiones que se le dieron en Bélgica, le sirvió a la fiscalía de Bruselas de lienzo para bordar sobre él la conspiración más colosal que jamás haya existido. El libertador de Amberes, el viejo general Mellinet,5 Tedesco,6 Balliu, en suma, los demócratas más decididos y más activos de Bruselas, Lieja y Gante, fueron implicados en ella. El señor Bavay7 habría arrastrado incluso a Jottrand,8 de Bruselas, si el señor Jottrand no supiera cosas y no tuviera papeles cuya publicación comprometería del modo más vergonzoso a todo el gobierno belga, sin excluir al sabio Leopoldo.

¿Y por qué esas detenciones de demócratas, por qué el más monstruoso de los procesos contra gente tan ajena a todo el asunto como los jurados ante los que se la llevó? ¡Para meter miedo a la burguesía belga y, al amparo de ese miedo, cobrar los impuestos excesivos y los empréstitos forzosos que son la argamasa del glorioso edificio estatal belga y cuyo pago iba muy mal!

Basta. Se llevó a los acusados ante el jurado de Amberes, ante la flor y nata de esas naturalezas flamencas de bebedores de faro,9 a las que el impulso de la abnegación política francesa les es tan ajeno como la tranquila seguridad del grandioso materialismo inglés; ante esos mercaderes de bacalao que vegetan toda su vida en el más pequeñoburgués de los trapicheos utilitarios, en el afán de lucro más corto de miras y más asustadizo. El gran Bavay conocía a su gente y apeló a su miedo.

En efecto, ¿se había visto alguna vez un republicano en Amberes? Ahora había treinta y dos de esos monstruos ante los aterrados habitantes de Amberes; y los temblorosos jurados, junto con el sabio tribunal, entregan a diecisiete de los acusados a la clemencia del artículo 86 y siguientes del Código Penal, es decir, a la muerte.

También en la época del Terror de 1793 hubo procesos aparentes, se dictaron condenas que se basaban en hechos distintos de los alegados oficialmente; pero ni siquiera el fanático Fouquier-Tinville10 llevó un proceso tan señalado por la burda desvergüenza de la mentira y por el ciego odio de partido. ¿Y reina acaso la guerra civil en Bélgica, está media Europa en sus fronteras conspirando con los rebeldes, como ocurrió en Francia en 1793? ¿Está la patria en peligro? ¿Se ha agrietado la corona? Al contrario: nadie piensa en subyugar Bélgica, ¡y el sabio Leopoldo sigue yendo todos los días sin escolta de Laeken a Bruselas y de Bruselas a Laeken!

¿Qué había hecho el viejo Mellinet, de 81 años, para que el jurado y los jueces lo condenaran a muerte? El viejo soldado de la República Francesa había salvado en 1831 el último destello del honor belga; había liberado Amberes, ¡y por eso Amberes lo condena a muerte! Toda su culpa consistía en haber protegido a un viejo amigo, Becker, de las sospechas de la prensa oficial belga y en no haberlo excluido de su amistoso recuerdo ni siquiera mientras conspiraba en París. Con la conspiración no tenía la menor relación. Y por eso se le condena a muerte sin más.

¡Y Balliu! Era amigo de Mellinet, lo había visitado a menudo, se le había visto con Tedesco en una taberna. Razón suficiente para condenarlo a muerte.

¡Y no digamos Tedesco! ¿Cómo? ¿No había estado en la Asociación Obrera Alemana, no estaba en relación con gente a la que la policía belga había colocado puñales de teatro? ¿No se le había visto con Balliu en una taberna? La cosa estaba probada: Tedesco había provocado la batalla de las naciones de Risquons-Tout: ¡al patíbulo con él!

Y así con los demás.

Estamos orgullosos de poder llamar amigos nuestros a más de uno de esos «conspiradores», condenados a muerte sin otra razón que la de ser demócratas. Y si la venal prensa belga los cubre de lodo, queremos al menos salvar su honor ante la democracia alemana; si su patria reniega de ellos, nosotros nos declaramos de su parte.

Cuando el presidente pronunció la sentencia de muerte, prorrumpieron en el grito tempestuoso de «¡Viva la República!». Durante todo el proceso, como al oír la sentencia, se comportaron con una impasibilidad auténticamente revolucionaria.

Y ahora escúchese, en cambio, el lenguaje de la miserable prensa belga:

«La sentencia», dice el Journal d'Anvers, «no causa en la ciudad más sensación que todo el proceso, que apenas despertó interés. Solo en las clases trabajadoras» (léase: lumpenproletariado) «se advierte un sentimiento hostil a los paladines de la República; al resto de la población apenas le importa; para ella, el ridículo de la tentativa revolucionaria no parece borrado siquiera por una condena a muerte en cuya ejecución, por lo demás, nadie cree.»

¡Naturalmente! ¡Si a los habitantes de Amberes se les ofreciera el interesante espectáculo de ver guillotinar a diecisiete republicanos, con el viejo Mellinet, su salvador, a la cabeza, entonces sí que se interesarían por el proceso!

¡Como si la brutalidad del gobierno belga, de los jurados y los tribunales belgas no consistiera precisamente en jugar con las condenas a muerte!

«El gobierno», dice el Libéral Liégeois, «ha querido mostrarse fuerte; solo ha llegado a la brutalidad.»

Y esa ha sido desde siempre, desde luego, la suerte de la nación flamenca.

  1. Aldea belga junto a la frontera francesa donde el 29 de marzo de 1848 las tropas belgas dispersaron a una legión de obreros belgas que venía de París para proclamar la república. El proceso contra los implicados se celebró en Amberes en agosto de 1848; las condenas a muerte fueron conmutadas. ↩

  2. Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), demócrata pequeñoburgués, ministro del Interior del gobierno provisional francés en 1848. ↩

  3. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta y ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional francés en 1848. ↩

  4. Charles Delescluze (1809-1871), republicano, comisario del gobierno provisional en el departamento del Norte en 1848; murió en las barricadas de la Comuna de París. ↩

  5. François Mellinet (1768-1852), general de origen francés que combatió en la revolución belga de 1830-1831; presidente de honor de la Asociación Democrática de Bruselas. ↩

  6. Victor Tedesco (1821-1897), abogado de Lieja, demócrata, amigo de Marx y Engels. ↩

  7. Charles-Victor de Bavay, fiscal general de Bruselas. ↩

  8. Lucien Jottrand (1804-1877), abogado y publicista, presidente de la Asociación Democrática de Bruselas. ↩

  9. Cerveza de Bruselas, barata y floja. ↩

  10. Antoine Fouquier-Tinville (1746-1795), acusador público del Tribunal Revolucionario durante el Terror. ↩