Escrito en Berna el 24 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 155, del 29 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 64-68), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berna, 24 de noviembre. A los lectores de la Neue Rheinische Zeitung no les será desagradable conocer algunos detalles sobre las personalidades que están ahora llamadas a gobernar Suiza bajo el control de los dos consejos y que acaban de entrar en funciones. Cinco miembros del Consejo Federal han aceptado la elección sin condiciones, uno, el señor Furrer, provisionalmente hasta la primavera, y sobre la aceptación del séptimo (Munzinger) no puede haber ninguna duda.
El presidente del Consejo Federal, el señor Furrer, es el auténtico tipo del zuriqués. Tiene, como se diría en Francia, l'air éminemment bourgeois.1 La ropa, el porte, los rasgos de la cara, hasta las gafas de plata, delatan a primera vista al «ciudadano de ciudad libre del Imperio» que, como presidente del Vorort y, respectivamente, de la Dieta, se ha civilizado un poco, pero sigue siendo «provinciano de pies a cabeza». El señor Furrer, uno de los abogados más competentes de la «Atenas suiza» (así gusta el filisteo zuriqués de llamar a su ciudadela de 10.000 habitantes), tiene el mérito principal de haber derribado, con sus esfuerzos constantes y su liberalismo moderado, el régimen de septiembre de Zúrich2 y de haber devuelto el cantón al partido del movimiento. Como presidente de la Dieta se mantuvo fiel a sus principios. Progreso moderado en el interior, la más estricta neutralidad en el exterior: esa fue la política que siguió. Que ahora haya llegado a presidente del Consejo Federal es más casualidad que propósito. Se habría preferido a un bernés; pero solo quedaba elegir entre Ochsenbein, contra quien había grandes antipatías, y Neuhaus, que ahora, en 1848, se presentó tan conservador como hace cinco o seis años y por eso ni siquiera fue elegido para el Consejo Federal. En este apuro se tomó a un zuriqués, y entonces Furrer era desde luego el más adecuado. Furrer no representa, pues, con toda exactitud a la mayoría de la Asamblea Federal, pero representa al menos a la mayoría de la Suiza alemana.
El vicepresidente Druey3 es en todo lo contrario de Furrer y el mejor representante que podía enviar la Suiza francesa. Si Furrer es demasiado moderado para la mayoría, y no digamos para la minoría radical, Druey es demasiado radical para la mayoría. Si Furrer es un liberal burgués asentado, Druey es un partidario decidido de la república roja. El papel destacado que Druey ha desempeñado en las últimas revoluciones de su cantón es conocido; menos conocidos, pero tanto mayores, son los variados méritos que ha adquirido para con su cantón (Vaud). Druey, el demócrata socialista del color de Louis Blanc, el primer conocedor del derecho público y el trabajador más rápido y diligente de toda Suiza, es un elemento del Consejo Federal que con el tiempo ganará cada vez más influencia y tendrá el mejor efecto.
Ochsenbein, el jefe de los cuerpos francos contra Lucerna,4 el presidente de la Dieta que decidió la guerra del Sonderbund, el coronel de las reservas bernesas en esa campaña, se ha hecho conocido y popular por sus antecedentes no solo en Suiza, sino en toda Europa. Pero menos conocida es su conducta desde la revolución de febrero. El carácter en parte socialista de esta revolución, las medidas del gobierno provisional de Francia y todo el movimiento del proletariado francés lo intimidaron no poco a él, al démocrate pur,5 al que los franceses contarían en el partido de Le National. Se fue acercando a la tendencia moderada. Sobre todo en la política exterior, en la que antes y durante la guerra del Sonderbund había mostrado tanta energía, se inclinó cada vez más al viejo sistema de la llamada neutralidad estricta, que en realidad no es otra cosa que la política del conservadurismo y de la connivencia con la reacción. Así, como presidente del Vorort vaciló en reconocer la República francesa y se comportó cuando menos de forma ambigua en el asunto italiano. A ello se añade que la impetuosa pasión con que presidió la Dieta, y que a menudo le arrastraba a la parcialidad contra los radicales, le ha creado muchos enemigos entre estos y sobre todo entre los suizos franceses. Si para el miembro bernés hubiera habido que elegir entre otros que no fueran él y Neuhaus, Ochsenbein habría reunido muchos menos votos.
El coronel Frey-Hérosé,6 de Argovia, pasa por ser una de las capacidades militares de Suiza. Fue jefe del Estado Mayor en la campaña contra el Sonderbund. Como la mayoría de los oficiales de Estado Mayor suizos, también él ha desempeñado desde hace tiempo un papel político en su cantón y se ha familiarizado así con la administración civil. En su nuevo puesto, en todo caso, hará un buen trabajo en el departamento militar. Por su color político pertenece a los liberales más decididos de su cantón.
El consejero de Estado Franscini,7 del Tesino, es sin duda uno de los personajes públicos más respetados de toda Suiza. Ha trabajado incansablemente en su cantón durante muchos años. Fue él principalmente quien en 1830, ya antes de la revolución de julio, consiguió que el despreciado Tesino, al que se tenía por políticamente menor de edad, fuera el primero de toda Suiza en sustituir, y sin revolución, la vieja constitución oligárquica por una democrática; fue él de nuevo quien estuvo a la cabeza de la revolución de 1840, que derribó por segunda vez el dominio, obtenido con malas artes, de los curas y los oligarcas. Fue además Franscini quien después de esta revolución reorganizó la administración, que en manos de los reaccionarios había caído en completo desorden, puso freno a los innumerables robos, malversaciones, sobornos y despilfarros que se habían arraigado y, por último, reorganizó la enseñanza, totalmente degenerada bajo la dirección de los frailes, hasta donde lo permitían los medios del pobre país de montaña. Con ello quitó a los curas uno de sus principales medios de influir en el pueblo, y las consecuencias se manifestaron cada año más en la creciente confianza de los tesineses en su gobierno. Franscini pasa además por ser el economista más culto de Suiza y es el autor de la mejor estadística suiza (Statistica della Svizzera, Lugano, 1827; Nuova statistica della Svizzera, 1848). Es un radical decidido y en el Consejo Federal estará más con Druey que con Ochsenbein y Furrer. Los tesineses le tienen en mucho, a él, que durante tantos años ha estado al frente de su gobierno, sobre todo su «honrada pobreza».
El consejero de gobierno Munzinger,8 de Soleura, es el hombre más influyente de su cantón, al que desde 1830 ha representado casi sin interrupción en la Dieta y al que de hecho gobierna desde hace años. Según dice un periódico semirradical de la Suiza francesa, la Gazette de Lausanne, sabe cacher sous les apparences de la bonhomie un esprit fin et pénétrant;9 es decir, posee esa pequeña astucia, oculta bajo una apariencia bonachona y de hombre de bien, que en las ciudades libres del Imperio se toma por diplomacia. Por lo demás, es un hombre de progreso moderado à la Furrer y pide que Suiza se ocupe solo de sus propios asuntos y deje la gran política europea a Dios y a lord Palmerston. Por eso no tiene en absoluto buena opinión de los refugiados extranjeros, que hasta ahora siempre le han traído a Suiza disgustos. Junto con el ateniense suizo doctor Escher,10 ha dado recientemente en el Tesino nuevas pruebas de sus sentimientos a este respecto. En general, Furrer y Munzinger representan con toda perfección en el Consejo Federal los prejuicios y la estrechez del suizo alemán «ilustrado».
Por último, el señor Näff,11 de San Galo, del que poco sé decir. Al parecer ha contribuido mucho en su cantón a mejorar la administración y se ha distinguido también en otros aspectos. El cantón de San Galo, se lee en los periódicos suizos, es en general uno de los más ricos en hombres competentes; pero estos hombres competentes tienen la desgracia de que no se oye hablar mucho de ellos, y en todo caso parece faltarles iniciativa. Con todo, el señor Näff no carece al parecer de mérito como administrador en una especialidad. Por su orientación política está entre Furrer y Ochsenbein; más decidido que el primero, no va tan lejos como quizá todavía puede esperarse del segundo por sus antecedentes.
Con esta composición del Consejo Federal, la política que Suiza seguirá por ahora no ofrece duda. Es la misma que siguieron la vieja Dieta y el Vorort de Berna bajo la dirección de Ochsenbein y después de Funk (que sin Ochsenbein no es nada). En el interior, aplicación estricta de la nueva Constitución federal, que todavía deja demasiado margen a la soberanía cantonal; en el exterior, neutralidad estricta, naturalmente más o menos estricta según las circunstancias, más estricta sobre todo frente a Austria. El partido moderado tiene claramente la supremacía, y es probable que el señor Ochsenbein vote con él en la mayoría de las cuestiones.
Pero para comprender cómo una minoría, como Druey y Franscini, pudo en estas circunstancias aceptar la elección y exponerse a la amenidad de ser derrotada continuamente en las votaciones, cómo un colegio semejante puede siquiera gobernar junto, hay que ser suizo o haber visto cómo se gobierna Suiza. Aquí, donde todas las autoridades ejecutivas deliberan colegiadamente, se sigue el principio: acepta el puesto; hoy, desde luego, estás en minoría, pero quizá puedas ser útil, y quién sabe si muertes, dimisiones, etc., no te darán la mayoría dentro de uno o dos años. Es la consecuencia natural de que los colegios gobernantes salgan de una elección. Cada partido intenta entonces, igual que en las asambleas legislativas, afianzarse al menos en el colegio colocando en él a uno o varios candidatos, asegurarse una minoría mientras no pueda conquistar la mayoría. No tomaría a mal a sus candidatos que, como ocurriría sin duda en países mayores, quisieran rechazar la elección. Pero el Consejo Federal no es una commission du pouvoir exécutif,12 y de la posición de Druey a la de Ledru-Rollin hay una distancia infinita.
La prensa suiza afirma en general que el Consejo Federal está compuesto por capacidades de primer orden. Dudo, sin embargo, de que, aparte de Druey y Franscini, un solo miembro hubiera desempeñado nunca un papel destacado en un país mayor, y de que, exceptuando a Frey-Hérosé y Ochsenbein, alguno de los otros tres llegara siquiera a un papel secundario importante.
«El aire eminentemente burgués». ↩
El gobierno conservador instaurado en Zúrich por el levantamiento del 6 de septiembre de 1839 (el «Züriputsch») contra el nombramiento de David Friedrich Strauss como catedrático de teología. ↩
Henri Druey (1799-1855), jefe de los radicales de Vaud, que encabezó la revolución de 1845 en ese cantón. ↩
Las expediciones de voluntarios radicales contra el gobierno ultramontano de Lucerna en 1844 y 1845; Ochsenbein mandó la segunda. ↩
«Demócrata puro». ↩
Friedrich Frey-Hérosé (1801-1873), militar y político de Argovia. ↩
Stefano Franscini (1796-1857), político y estadístico del Tesino. ↩
Josef Munzinger (1791-1855), político liberal de Soleura. ↩
«Esconder bajo la apariencia de la campechanía un espíritu fino y penetrante». ↩
Alfred Escher (1819-1882), político y más tarde gran banquero y empresario ferroviario de Zúrich; en el otoño de 1848 fue con Munzinger comisario federal en el Tesino por el asunto de los refugiados italianos. ↩
Wilhelm Matthias Näff (1802-1881), político de San Galo. ↩
La Comisión del Poder Ejecutivo, órgano colegiado de gobierno de la República francesa de mayo a junio de 1848, del que formaba parte Ledru-Rollin. ↩