Escrito en Colonia el 2 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 133, del 3 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 445-447), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 2 de noviembre. Damos a continuación el llamamiento del «Congreso Democrático»:1

¡Al pueblo alemán!

Durante largos y vergonzosos años el pueblo alemán gimió bajo el yugo de la tiranía. Las sangrientas jornadas de Viena y de Berlín permitían esperar que su libertad y su unidad se harían realidad de un solo golpe. Las artes diabólicas de una reacción execrable se opusieron a este desarrollo, para estafar al heroico pueblo los frutos de su grandioso levantamiento. Viena, uno de los principales baluartes de la libertad alemana, se encuentra en este momento en el mayor peligro. Sacrificada por las intrigas de una camarilla todavía poderosa, iba a ser entregada de nuevo a las cadenas de un despotismo. Pero su noble población se alzó como un solo hombre y hace frente, sin temor a la muerte, a las hordas armadas de sus opresores. La causa de Viena es la causa de Alemania, es la causa de la libertad. Con la caída de Viena, la vieja tiranía alzará su bandera más que nunca; con su victoria, quedará aniquilada. A nosotros nos toca, hermanos alemanes, no dejar que perezca la libertad de Viena, no abandonarla a la suerte de las armas de hordas bárbaras. Es el deber más sagrado de los gobiernos alemanes acudir con toda su influencia en ayuda de la ciudad hermana en apuros; pero es a la vez el deber más sagrado del pueblo alemán hacer todos los sacrificios para salvar a Viena, en interés de su libertad, en interés de su propia conservación. Jamás debe cargar con la vergüenza de una sorda indiferencia cuando está en juego lo más alto, cuando está en juego todo. Os exhortamos, pues, hermanos, a que contribuyáis, cada uno según sus fuerzas, a salvar a Viena de la ruina. Lo que hacemos por Viena lo hacemos por Alemania. ¡Ayudaos a vosotros mismos! Los hombres que enviasteis a Fráncfort para fundar la libertad han rechazado con carcajadas de burla la petición de ayudar a Viena. ¡Ahora os toca a vosotros actuar! Exigid a vuestros gobiernos, con voluntad enérgica e inquebrantable, que se sometan a vuestra mayoría y salven la causa alemana y la causa de la libertad en Viena. ¡Daos prisa! ¡Vosotros sois el poder, vuestra voluntad es ley! ¡Arriba! ¡Hombres de la libertad, arriba!, en todas las tierras alemanas y dondequiera que la idea de la libertad y de la humanidad inflame corazones nobles. ¡Arriba, antes de que sea tarde! Salvad la libertad de Viena, salvad la libertad de Alemania. ¡El presente os admirará y la posteridad os recompensará con gloria inmortal!

29 de octubre de 1848.

El Congreso Democrático de Berlín

Este llamamiento suple la falta de energía revolucionaria con un patetismo plañidero de predicador tras el que se esconde la más absoluta pobreza de ideas y de pasión.

¡Algunas muestras!

El llamamiento esperaba de las revoluciones de marzo de Viena y de Berlín que la unidad y la libertad del pueblo alemán «se hicieran realidad» «de un solo golpe». Dicho de otro modo: el llamamiento soñaba con «un solo golpe» que ahorraría al pueblo alemán el «desarrollo» hacia la «unidad y libertad».

Pero acto seguido el fantástico «golpe único» que sustituye al desarrollo se le convierte en un «desarrollo» al que la reacción se habría opuesto. ¡Frase, frase que se disuelve a sí misma!

Pasamos por alto la monótona repetición del tema fundamental: Viena está en peligro, y con Viena la libertad de Alemania; ayudad a Viena, ¡y os ayudaréis a vosotros mismos! A esta idea no se le da carne y sangre. La frase única se enrolla tantas veces sobre sí misma que acaba extendiéndose hasta formar un discurso. Solo observamos que el patetismo artificioso y falso cae siempre en esta retórica chapucera.

«A nosotros nos toca, hermanos alemanes, no dejar que perezca la libertad de Viena, no abandonarla a la suerte de las armas de hordas bárbaras».

¿Y cómo hemos de hacerlo?

Ante todo, con una apelación al sentido del deber de los «gobiernos alemanes». C'est incroyable! ¡Es increíble!

«Es el deber más sagrado de los gobiernos alemanes acudir con toda su influencia en ayuda de la ciudad hermana en apuros».

El gobierno prusiano, ¿debe enviar a Wrangel, o a Colomb, o al príncipe de Prusia contra Auersperg, Jellachich y Windischgrätz?2 ¿Podía el Congreso «democrático» adoptar un solo instante esta actitud infantil y conservadora ante los gobiernos alemanes? ¿Podía separar un solo instante la causa y los «intereses más sagrados» de los gobiernos alemanes de la causa y los intereses del «orden y la libertad croatas»? Los gobiernos sonreirán satisfechos ante este entusiasmo virginal. ¿Y el pueblo?

Al pueblo se le exhorta en general a «hacer todos los sacrificios para salvar a Viena». ¡Bien! Pero el «pueblo» espera del Congreso Democrático exigencias concretas. Quien lo pide todo no pide nada y no obtiene nada. La exigencia concreta, la conclusión, es esta:

«Exigid a vuestros gobiernos, con voluntad enérgica e inquebrantable, que se sometan a vuestra mayoría y salven la causa alemana y la causa de la libertad en Viena. ¡Daos prisa! ¡Vosotros sois el poder, vuestra voluntad es ley! ¡Arriba!».

Supongamos que grandiosas manifestaciones populares consiguieran mover a los gobiernos a dar pasos oficiosos para salvar Viena: nos veríamos obsequiados con la segunda edición de la «orden al ejército de Stein».3 ¡Querer utilizar a los actuales «gobiernos alemanes» como «salvadores de la libertad», como si no cumplieran en las ejecuciones federales4 su verdadera vocación, sus «deberes más sagrados» como arcángeles Gabrieles de la «libertad constitucional»! El «Congreso Democrático» tenía que callar sobre los gobiernos alemanes o desenmascarar sin contemplaciones su conspiración con Olmütz y con Petersburgo.5

Aunque el llamamiento recomienda «prisa», y en verdad no hay tiempo que perder, la fraseología humanista lo arrastra más allá de las fronteras de Alemania, más allá de toda frontera geográfica, ¡hasta el brumoso país cosmopolita de los «corazones nobles» en general!

«¡Daos prisa! ¡Arriba! ¡Hombres de la libertad, arriba!, en todas las tierras alemanas y dondequiera que la idea de la libertad y de la humanidad inflame corazones nobles».

No dudamos de que incluso en Laponia haya tales «corazones».

¡En Alemania y dondequiera! Al disiparse en esta frase pura y sin determinación alguna, el «llamamiento» ha encontrado su verdadera expresión.

Sigue siendo imperdonable que el «Congreso Democrático» refrendara semejante documento. Ni «el presente lo admirará» por ello ni «la posteridad lo recompensará con gloria inmortal».

Esperemos, a pesar del «Llamamiento del Congreso Democrático», que el pueblo despierte de su letargo y lleve a los vieneses la única ayuda que todavía puede llevarles en este momento: la derrota de la contrarrevolución en su propia casa.

  1. El segundo Congreso Democrático de Alemania se reunió en Berlín del 26 al 30 de octubre de 1848, mientras las tropas imperiales sitiaban la Viena sublevada desde el 6 de octubre. ↩

  2. Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, comandante en jefe en las Marcas; Peter von Colomb (1775-1854), general prusiano, comandante en Posen; el príncipe Guillermo de Prusia (1797-1888), hermano del rey y jefe del partido militar, el futuro Guillermo I. Del lado austriaco, el conde Karl Auersperg (1783-1859), comandante de la guarnición de Viena; Josip Jelačić (1801-1859), ban de Croacia, y el príncipe Alfred zu Windischgrätz (1787-1862), que mandaban las tropas que sitiaban la ciudad. ↩

  3. Julius Stein (1813-1889), diputado de la Asamblea Nacional prusiana, hizo aprobar en agosto de 1848 una moción que pedía al ministro de la Guerra una orden al ejército para que los oficiales se abstuvieran de maniobras reaccionarias. La orden que el gobierno Pfuel dio por fin en septiembre quedó en papel mojado. ↩

  4. Intervenciones armadas ordenadas por el poder central de Fráncfort contra los movimientos democráticos de algunos pequeños estados alemanes en el otoño de 1848. ↩

  5. La corte imperial austriaca había huido de Viena a Olmütz (Olomouc, en Moravia) en octubre de 1848; Petersburgo, por el gobierno del zar. ↩