Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 7, del 7 de junio de 1848; según la MEW, escrito por Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 44-47), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 6 de junio. Las deliberaciones para el pacto, etc.,1 avanzan en Berlín del modo más satisfactorio. Se presentan propuestas y más propuestas, la mayoría incluso cinco o seis veces, para que no se pierdan en el largo camino a través de las secciones y las comisiones. En cada ocasión se plantean, en la más abundante cantidad, cuestiones previas, cuestiones accesorias, cuestiones incidentales, cuestiones complementarias y cuestiones principales. Con cada una de estas cuestiones, grandes y pequeñas, se entabla regularmente una conversación informal «desde el escaño» con el presidente, los ministros, etc., que constituye, entre el trabajo agotador de los «grandes debates», el deseado momento de descanso. Sobre todo aquellos pactistas sin nombre a los que el taquígrafo suele designar como «una voz» gustan de manifestar su opinión en tales charlas campechanas. Estas «voces», por lo demás, están tan orgullosas de su derecho de voto que a veces, como ocurrió el 2 de junio, «votan a favor del sí y también del no». Pero junto a este idilio se alza luego, con toda la sublimidad de la tragedia, la lucha del gran debate, una lucha que no solo se libra con palabras desde la tribuna, sino en la que participa también el coro de los pactistas con pataleos, murmullos, gritos a la vez, etc. El drama termina naturalmente cada vez con la victoria de la virtuosa derecha, y casi siempre lo decide el grito del ejército conservador pidiendo la votación.
En la sesión del 2 de junio, el señor Jung2 interpeló al ministro de Asuntos Exteriores sobre el convenio del cártel con Rusia.3 Es sabido que ya en 1842 la opinión pública impuso la supresión del cártel, pero que este se restableció bajo la reacción de 1844. Es sabido cómo el gobierno ruso hace morir a knutazos a los entregados o los manda a Siberia. Es sabido qué pretexto tan oportuno ofrece la entrega pactada de delincuentes comunes y vagabundos para poner en manos de los rusos a refugiados políticos.
El señor Arnim,4 ministro de Asuntos Exteriores, respondió:
«Seguramente nadie tendrá nada que objetar a que se entregue a los desertores, puesto que es completamente normal que los Estados amigos se los entreguen unos a otros».
Tomamos nota de que, en opinión de nuestro ministro, Rusia y Alemania son «Estados amigos». En efecto, las masas de tropas que Rusia concentra en el Bug y el Niemen no tienen otra intención que liberar cuanto antes a la «amiga» Alemania de los horrores de la revolución.
«La decisión sobre la entrega de delincuentes está, por lo demás, en manos de los tribunales, de modo que existe toda garantía de que los acusados no serán entregados antes de que concluya la instrucción criminal».
El señor Arnim intenta hacer creer a la Asamblea que los tribunales prusianos instruyen la causa sobre los hechos imputados al delincuente. Todo lo contrario. Las autoridades judiciales rusas o ruso-polacas envían a las prusianas una resolución por la que declaran procesado al refugiado. El tribunal prusiano solo tiene que examinar si ese documento es auténtico y, si la respuesta es afirmativa, tiene que acordar la entrega. «De modo que existe toda garantía» de que al gobierno ruso le basta con hacer una seña a sus jueces para recibir en sus manos, cargado de cadenas prusianas, a cualquier refugiado, mientras todavía no se le haya acusado por asuntos políticos.
«Que no se entrega a los propios súbditos es cosa que se entiende por sí sola».
A los «propios súbditos», señor barón feudal von Arnim, no se les puede entregar ya por el solo hecho de que en Alemania no hay «súbditos» desde que el pueblo se tomó la libertad de emanciparse en las barricadas.
«¡Propios súbditos!» Nosotros, que elegimos asambleas que dictan leyes soberanas a reyes y emperadores, ¿nosotros «súbditos» de Su Majestad el rey de Prusia?
«¡Propios súbditos!» Si la Asamblea tuviera una sola chispa del orgullo revolucionario al que debe su existencia, habría arrojado al servil ministro de la tribuna y del banco ministerial con un solo grito de indignación. Pero dejó pasar tranquilamente la expresión infamante. No se oyó la más leve protesta.
El señor Rehfeld interpeló al señor Hansemann5 sobre las nuevas compras de lana de la Seehandlung6 y sobre las ventajas que esta concedía a los compradores ingleses frente a los alemanes con ofertas de descuento. La industria lanera, abrumada por la crisis general, tenía la perspectiva de encontrar al menos un pequeño alivio comprando a los precios de la lana, muy bajos este año. Y llega la Seehandlung y, con enormes compras, hace subir los precios. Al mismo tiempo se ofrece a facilitar considerablemente las compras a los compradores ingleses descontando buenas letras sobre Londres; una medida que es igualmente muy adecuada para hacer subir los precios de la lana atrayendo nuevos compradores y que da a los compradores extranjeros una ventaja considerable frente a los del país.
La Seehandlung es una herencia de la monarquía absoluta, a la que servía para toda clase de fines. Durante veinte años convirtió en ilusoria la ley de deuda pública de 18207 y se inmiscuyó de manera muy desagradable en el comercio y en la industria.
La cuestión planteada por el señor Rehfeld tiene en el fondo poco interés para la democracia. Se trata de unos cuantos miles de táleros más o menos de ganancia para los productores de lana, por un lado, y para los fabricantes de paños, por el otro.
Los productores de lana son casi exclusivamente grandes terratenientes, señores feudales de la Marca, de Prusia, de Silesia y de Posen.
Los fabricantes de paños son en su mayoría grandes capitalistas, señores de la alta burguesía.
Así pues, en los precios de la lana no se trata de intereses generales, sino de intereses de clase, de la cuestión de si la alta nobleza terrateniente ha de esquilar a la alta burguesía o la alta burguesía a la alta nobleza terrateniente.
El señor Hansemann, enviado a Berlín como representante de la alta burguesía, el partido ahora dominante, la traiciona en favor de la nobleza terrateniente, el partido vencido.
Para nosotros, los demócratas, el asunto solo tiene el interés de que el señor Hansemann se pasa al lado del partido vencido, de que no apoya a la clase meramente conservadora, sino a la clase reaccionaria. Confesamos que esto no lo habríamos esperado del burgués Hansemann.
El señor Hansemann aseguró primero que no era amigo de la Seehandlung y añadió luego: ni las operaciones de compra de la Seehandlung ni sus fábricas pueden suspenderse de golpe. En cuanto a las compras de lana, existen contratos según los cuales la compra de una determinada partida de lana... es este año una obligación de la Seehandlung. Creo que si en algún año tales compras no perjudican al comercio privado, será precisamente en este (?)... porque de lo contrario los precios podrían bajar demasiado.
En todo el discurso se nota que el señor Hansemann no se siente a gusto mientras habla. Se ha dejado arrastrar a hacer un favor a los Arnim, los Schaffgotsch y los Itzenplitz8 en perjuicio de los fabricantes de paños, y ahora tiene que defender su paso irreflexivo con los argumentos de la economía política moderna, tan despiadada con la nobleza. Él mismo sabe mejor que nadie que se está burlando de toda la Asamblea.
«Ni las operaciones de compra de la Seehandlung ni sus fábricas pueden suspenderse de golpe.» Así pues, la Seehandlung compra lana y hace trabajar a pleno rendimiento sus fábricas. Si las fábricas de la Seehandlung «no pueden suspenderse de golpe», tampoco pueden suspenderse, como es natural, las ventas. La Seehandlung llevará, pues, sus géneros de lana al mercado, saturará todavía más el mercado, ya saturado de por sí, y deprimirá todavía más los precios deprimidos. En una palabra, para procurar dinero por su lana a los hidalgüelos de la Marca, etc., agravará la actual crisis comercial y quitará a los fabricantes de paños los pocos clientes que todavía les quedan.
En cuanto a la historia de las letras inglesas, el señor Hansemann suelta una brillante tirada sobre las enormes ventajas que obtiene todo el país cuando las guineas inglesas se pasean hasta los bolsillos de los hidalgüelos de la Marca. Nos guardaremos muy mucho de entrar seriamente en ello. Lo único que no comprendemos es cómo pudo el señor Hansemann mantener al mismo tiempo el gesto serio.
En la misma sesión se debatió todavía sobre una comisión que había de nombrarse a propósito de Posen. Sobre ello, mañana.
La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, había sido convocada para pactar (vereinbaren) la constitución con la Corona. La Neue Rheinische Zeitung la llama por eso, con sorna, «Asamblea pactista» (Vereinbarungsversammlung), y a sus diputados, «pactistas» (Vereinbarer). ↩
Georg Jung, diputado demócrata por Colonia en la Asamblea Nacional prusiana. ↩
El cártel era el convenio entre Prusia y Rusia para la entrega recíproca de desertores y delincuentes. ↩
Heinrich Alexander von Arnim-Suckow, ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de Camphausen. ↩
David Hansemann, banquero y comerciante de Aquisgrán, ministro de Hacienda en el gabinete de Camphausen. ↩
La Seehandlung (Sociedad de Comercio Marítimo), fundada en 1772, era una sociedad comercial y bancaria del Estado prusiano. ↩
La ley prusiana de deuda pública de 1820 prohibía al Estado contraer nuevos empréstitos sin la aprobación de una futura representación de los estamentos; la Seehandlung sirvió para eludirla. ↩
Grandes terratenientes de la nobleza prusiana. ↩