Escrito por Friedrich Engels en Bruselas en enero de 1848. Publicado en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 7, del 23 de enero de 1848, con la firma «F. E.». Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 494-503), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrige una errata evidente de la edición digital. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Desde luego, 1847 ha sido el año más agitado que hemos vivido desde hace mucho tiempo. En Prusia, una constitución y una Dieta Unificada;1 en Italia, un despertar inesperadamente rápido de la vida política y un armamento general frente a Austria; en Suiza, una guerra civil; en Inglaterra, un nuevo Parlamento de color decididamente radical; en Francia, escándalos y banquetes reformistas; en América, la conquista de México por los Estados Unidos: he aquí una serie de cambios y de movimientos como no puede mostrarla ninguno de los últimos años.

1830 fue el último punto de inflexión de la historia. La revolución de Julio en Francia y la Reform Bill en Inglaterra2 aseguraron la victoria definitiva de la burguesía, y en Inglaterra ya la victoria de la burguesía industrial, de los fabricantes, sobre la no industrial, los rentistas. Bélgica y en parte Suiza siguieron; también allí venció la burguesía. Polonia se sublevó, Italia se estremecía bajo el yugo de Metternich, Alemania estaba en plena fermentación. Todos los países se preparaban para luchas colosales.

Pero desde 1830 todo fue hacia atrás. Polonia cayó, los insurgentes de la Romaña fueron dispersados, el movimiento de Alemania fue sofocado. La burguesía francesa derrotó a los republicanos en su propio país y traicionó a los liberales de otros países, a los que ella misma había incitado a sublevarse. El ministerio liberal de Inglaterra no consiguió sacar adelante nada. Por fin, en 1840, la reacción estaba en plena floración. Polonia, Italia y Alemania, políticamente muertas; en Prusia, el Berliner politisches Wochenblatt en el trono;3 en Hannover, derribada la superinteligente constitución del señor Dahlmann;4 los acuerdos de la Conferencia de Viena de 1834, en pleno vigor.5 En Suiza, los conservadores y los jesuitas en el mejor de los progresos. En Bélgica, los católicos en el poder. En Francia, triunfo de Guizot; en Inglaterra, últimas convulsiones del gobierno whig bajo la presión del creciente poder de Peel; vanos intentos de reorganización de los cartistas tras su gran derrota de 1839. En todas partes, victoria del partido reaccionario; en todas partes, completa disolución y dispersión de todos los partidos del progreso. La paralización del movimiento histórico: tal parecía ser el resultado final de las colosales luchas de 1830.

Pero 1840 fue también el punto culminante de la reacción, como 1830 lo había sido del movimiento revolucionario de la burguesía. A partir de 1840 empezaron de nuevo los movimientos dirigidos contra el estado de cosas existente. Derrotados a menudo, a la larga ganaron cada vez más terreno. Mientras en Inglaterra los cartistas se reorganizaban y se hacían más fuertes que nunca, Peel tuvo que traicionar a su partido una y otra vez, darle el golpe de gracia con la abolición de las leyes cerealistas6 y retirarse él mismo al final. En Suiza los radicales hicieron progresos; en Alemania, y sobre todo en Prusia, las reivindicaciones de los liberales se volvían cada año más vehementes. En Bélgica los liberales vencieron igualmente en las elecciones de 1847. Solo Francia dio a sus ministros reaccionarios, en las elecciones de 1846, una mayoría inaudita; solo Italia siguió muerta, hasta que Pío IX subió al trono e hizo algunos intentos de reforma, muy dudosos todavía a finales de 1846.

Así empezó el año que acaba de terminar, y con él una serie de victorias para los partidos del progreso de casi todos los países. Incluso allí donde fueron derrotados, su derrota les ayudó a avanzar más de lo que lo habría hecho una victoria inmediata.

El año 1847 no decidió nada, pero en todas partes enfrentó a los partidos con nitidez y claridad; no resolvió definitivamente ninguna cuestión, pero planteó todas de tal modo que ahora tienen que resolverse.

De los movimientos y cambios del año 1847, los más importantes fueron los de Prusia, Italia y Suiza.

En Prusia, Federico Guillermo IV se vio por fin obligado a dar una constitución. El estéril don Quijote de Sanssouci, tras largas luchas y dolores de parto, dio a luz una constitución que debía asegurar para siempre la victoria de la reacción feudal-patriarcal-absolutista-burocrática-clerical. Pero había echado mal las cuentas. La burguesía se había vuelto ya lo bastante poderosa para encontrar incluso en esa constitución un arma contra él y contra todas las clases reaccionarias de la sociedad. Como en todas partes, también en Prusia empezó por negarle el dinero. El rey estaba desesperado. Puede decirse que en los primeros días después de las negativas a votar el dinero Prusia no tuvo rey ninguno; estaba en plena revolución sin saberlo. Entonces llegaron por suerte los quince millones rusos,7 y Federico Guillermo volvió a ser rey, los burgueses de la Dieta se doblegaron asustados, y los nubarrones revolucionarios se disiparon. La burguesía prusiana quedó derrotada de momento. Pero había dado un gran paso: se había conquistado una tribuna, había dado al rey una prueba de su poder y había puesto en agitación a todo el país. La cuestión de quién debe gobernar en Prusia, si la alianza de la nobleza, los burócratas y los curas con el rey a la cabeza, o la burguesía, está ahora planteada de tal modo que tiene que decidirse en favor de una u otra parte. En la Dieta Unificada todavía era posible un arreglo entre ambos partidos; ahora ya no lo es. Ahora se trata de una lucha a vida o muerte entre los dos. A esto se añade que las comisiones, esa desdichada invención de los fabricantes berlineses de constituciones, se reúnen en este momento.8 Embrollarán por completo la cuestión jurídica, ya de por sí embrollada, hasta el punto de que nadie sabrá ya a qué atenerse. Harán de ella un nudo gordiano que habrá que cortar con la espada; completarán los últimos preparativos para la revolución burguesa en Prusia.

Podemos, pues, esperar con la mayor tranquilidad esa revolución prusiana. En 1849 habrá que volver a convocar la Dieta Unificada, quiera el rey o no. Hasta entonces damos plazo a Su Majestad, ni un día más. Entonces tendrá que ceder su cetro y su famosa «no menoscabada»9 a los burgueses cristianos y judíos de su reino.

El año 1847 fue, por tanto, un año excelente para los negocios políticos de los burgueses prusianos, a pesar de su derrota momentánea. Así lo han advertido también los burgueses y filisteos de los demás Estados alemanes, que les han mostrado la más viva simpatía. Saben que la victoria de los burgueses prusianos es su propia victoria.

En Italia hemos presenciado el curioso espectáculo de que el hombre que ocupa la posición más reaccionaria de toda Europa, que representa la ideología petrificada de la Edad Media, de que el papa se haya puesto a la cabeza de un movimiento liberal. El movimiento se hizo poderoso de la noche a la mañana; ha arrastrado consigo al archiduque austriaco de Toscana y al traidor Carlos Alberto de Cerdeña,10 socava el trono de Fernando de Nápoles,11 sus olas rompen a través de Lombardía hasta los Alpes del Tirol y de Estiria.

El actual movimiento de Italia es el mismo que se produjo en Prusia de 1807 a 1812.12 Se trata, como entonces en Prusia, de dos cosas: de independencia hacia fuera y de reformas hacia dentro. De momento no se piden constituciones, se piden meras reformas administrativas; se evitan por ahora todos los conflictos serios con el gobierno, para estar lo más unidos posible frente a la supremacía extranjera. Pero ¿de qué tipo son esas reformas? ¿A quién benefician? Ante todo, a la burguesía. Se favorece la prensa, la burocracia se pone al servicio del interés de la burguesía (véanse las reformas sardas, la Consulta romana13 y la reorganización de los ministerios), los burgueses obtienen una influencia más extensa sobre la administración municipal, se limita el bon plaisir, el capricho, de la nobleza y de la burocracia, la burguesía queda armada como guardia civica (guardia cívica). Hasta ahora todas las reformas han sido exclusivamente en interés de la burguesía, y tenían que serlo. Compárense con ellas las reformas prusianas de la época napoleónica. Son exactamente las mismas, solo que en muchos aspectos van todavía más lejos: la administración subordinada al interés de la burguesía, quebrantada la arbitrariedad de la nobleza y de los burócratas, la ordenanza municipal, la Landwehr,14 el rescate de las prestaciones personales. Como entonces en Prusia, ahora en Italia la burguesía, en virtud de su creciente riqueza y sobre todo de la creciente importancia de la industria y del comercio para la existencia de todo el pueblo, se ha convertido en la clase de la que depende principalmente la liberación del país de la dominación extranjera.

El movimiento de Italia es, pues, un movimiento decididamente burgués. Todas las clases entusiasmadas con las reformas, desde los príncipes y la nobleza hasta los pifferari y los lazzaroni,15 aparecen por ahora como burgueses, y el papa es de momento el primer burgués de Italia. Pero todas esas clases se encontrarán muy decepcionadas en cuanto se haya sacudido el yugo austriaco. Entonces, cuando los burgueses hayan acabado con el enemigo exterior, separarán en casa a los cabritos de las ovejas; entonces los príncipes y los condes volverán a pedir a gritos ayuda a Austria, pero será demasiado tarde, y entonces los obreros de Milán, de Florencia y de Nápoles descubrirán que su trabajo no ha hecho más que empezar.

Por último, Suiza. Por primera vez desde que existe, Suiza ha desempeñado un papel determinado en el sistema de Estados europeo; por primera vez se ha atrevido a una acción resuelta, ha tenido el valor de presentarse no ya como un conglomerado de veintidós cantones completamente extraños entre sí, sino como república federal. Mediante una guerra civil sofocada con gran resolución,16 ha asegurado la supremacía del poder central; en una palabra, se ha centralizado. Legalizará la centralización que existe de hecho mediante la inminente reforma del Pacto Federal.

¿A quién benefician, volvemos a preguntar, los resultados de la guerra, la reforma federal, la reorganización de los cantones del Sonderbund? Al partido vencedor, al partido que entre 1830 y 1834 había vencido en algunos cantones, a los liberales y radicales, es decir, a los burgueses y campesinos. El dominio patricio de las antiguas ciudades imperiales había sido derribado ya a consecuencia de la revolución de Julio. Donde se había restablecido de hecho, como en Berna y Ginebra, había habido revoluciones en 1846. Donde se había conservado intacto, como en Basilea-Ciudad, sufrió ese mismo año golpes considerables. Nobleza feudal había poca en Suiza, y donde aún existía tenía su fuerza principal en la alianza con los pastores de los Altos Alpes. Estos eran los últimos, los más tenaces, los más furiosos enemigos de los burgueses. Constituían el respaldo de los elementos reaccionarios en los cantones liberales. Envolvieron toda Suiza en la red de una conspiración reaccionaria por medio de los jesuitas y los pietistas (véase Vaud). Frustraron todos los planes de la burguesía en la Dieta federal. Impidieron la derrota definitiva del patriciado filisteo en las antiguas ciudades imperiales.

Estos últimos adversarios de los burgueses suizos quedaron completamente deshechos en 1847.

Los burgueses suizos tenían ya hasta ahora, en casi todos los cantones, un campo de juego bastante libre para su comercio y su industria. En la medida en que aún existían, los gremios estorbaban poco a su desarrollo. Aduanas interiores no había prácticamente ninguna. Donde la burguesía se había desarrollado en alguna medida, el poder político estaba en sus manos. Pero mientras hacía progresos y encontraba apoyo en los cantones por separado, le faltaba precisamente lo principal, la centralización. Así como el feudalismo, el patriarcalismo y el filisteísmo se desarrollan en provincias separadas y en ciudades aisladas, la burguesía exige para su desarrollo el terreno más amplio posible; necesitaba, en lugar de veintidós pequeños cantones, una gran Suiza. La soberanía cantonal, la forma más adecuada de la vieja Suiza, se había convertido para los burgueses en un grillete opresivo. Necesitaban un poder central lo bastante fuerte para trazar un rumbo determinado a la legislación de los distintos cantones, para nivelar con su preponderancia las diferencias de constituciones y de leyes, para eliminar los restos de la legislación feudal, patriarcal y filistea y para representar enérgicamente hacia fuera los intereses de los burgueses suizos.

Ese poder central se lo ha conquistado.

Pero ¿no colaboraron también los campesinos en la caída del Sonderbund? Desde luego. En cuanto a los campesinos, de momento seguirán desempeñando frente a los burgueses el mismo papel que han desempeñado tanto tiempo frente a los pequeños burgueses. Seguirán siendo el brazo explotado de los burgueses, les librarán sus batallas, les tejerán sus percales y sus cintas y reclutarán su proletariado. ¿Qué otra cosa van a hacer? Propietarios como los burgueses, tienen de momento casi todos los intereses en común con ellos. Todas las medidas políticas que son lo bastante fuertes para imponer no aprovechan a los burgueses mucho más que a ellos mismos. Pero son débiles frente a los burgueses, porque estos son más ricos y tienen en sus manos la palanca de todo poder político en nuestro siglo, la industria. Con los burgueses pueden mucho; contra los burgueses, nada.

Llegará, ciertamente, un tiempo en que la parte de los campesinos esquilmada y empobrecida se unirá al proletariado, más desarrollado para entonces, y declarará la guerra a la burguesía; pero eso no nos concierne aquí.

Basta con que la expulsión de los jesuitas y de sus afiliados, esos adversarios organizados de los burgueses, la implantación general de la educación laica en lugar de la eclesiástica y la toma de posesión de la mayoría de los bienes eclesiásticos por el Estado beneficien ante todo a los burgueses.

Los tres movimientos más destacados del año 1847 tienen, pues, en común que todos son, en primer lugar y principalmente, en interés de la burguesía. El partido del progreso fue en todas partes el partido de los burgueses.

En efecto, el rasgo característico de estos movimientos es que precisamente los países que se quedaron atrás en 1830 han dado el año pasado los primeros pasos decisivos para ponerse a la altura de 1830, es decir, para imponer la victoria de la burguesía.

Hasta aquí hemos visto, pues, que el año 1847 ha sido un año brillante para la burguesía.

Sigamos.

En Inglaterra tenemos un nuevo Parlamento que, como dice el cuáquero John Bright,17 es el Parlamento más decididamente burgués que se haya reunido nunca. John Bright es el burgués más decidido de toda Inglaterra, la mejor autoridad en la materia que podamos desear. Pero el burgués John Bright no es el burgués que gobierna en Francia ni el que lanza patéticas bravatas contra Federico Guillermo IV. El burgués, en boca de John Bright, es el fabricante. En Inglaterra gobiernan distintas fracciones de la burguesía desde 1688; pero, para facilitarse la conquista del poder, han dejado el dominio nominal a sus deudores dependientes de ellas, los aristócratas. Así, mientras la lucha en Inglaterra es en realidad una lucha entre fracciones de la propia burguesía, entre rentistas y fabricantes, los fabricantes pueden hacerla pasar por una lucha entre la aristocracia y la burguesía, y en caso de necesidad incluso por una lucha entre la aristocracia y el pueblo. Los fabricantes no tienen ningún interés en mantener la apariencia del dominio de la aristocracia, pues los lores, los baronets y los squires no les deben ni un céntimo. Pero tienen un gran interés en derribar esa apariencia, porque con ella los rentistas pierden su última tabla de salvación. El actual Parlamento burgués, o de fabricantes, lo hará. Convertirá la vieja Inglaterra de aspecto feudal en un país más o menos moderno, organizado a la manera burguesa. Aproximará la constitución inglesa a la constitución francesa y a la belga. Consumará la victoria de la burguesía industrial inglesa.

De nuevo un progreso de la burguesía, pues también el progreso dentro de la burguesía es una ampliación, un reforzamiento del dominio burgués.

Francia parece ser la única excepción. El poder, que en 1830 recayó en toda la gran burguesía, se reduce de año en año al dominio de la fracción más rica de esa gran burguesía, al dominio de los rentistas y los especuladores de Bolsa. Han puesto a su servicio a la mayoría de la gran burguesía. La minoría, a cuya cabeza están una parte de los fabricantes y de los armadores, es cada vez más pequeña. Esa minoría se ha unido ahora con los burgueses medianos y pequeños excluidos del derecho de voto y celebra su alianza en los banquetes reformistas.18 Desespera de llegar nunca al poder con los electores actuales. Por eso, tras largas vacilaciones, se ha decidido a prometer una parte del poder político a los burgueses que están inmediatamente por debajo de ella, y en especial a los ideólogos burgueses, por ser los menos peligrosos, a los abogados, los médicos, etc. Ciertamente, está aún muy lejos de poder cumplir su promesa.

Así vemos acercarse también en Francia la lucha dentro de la burguesía que en Inglaterra casi ha terminado ya. Solo que, como siempre, en Francia la situación tiene un carácter revolucionario, de trazos más marcados. Esa división resuelta en dos campos es también un progreso de la burguesía.

En Bélgica la burguesía obtuvo en las elecciones de 1847 una victoria decisiva: el ministerio católico tuvo que retirarse, y también aquí gobiernan ahora, de momento, los burgueses liberales.

En América hemos asistido a la conquista de México y nos hemos alegrado de ella.19 Es también un progreso que un país que hasta ahora se ocupaba exclusivamente de sí mismo, desgarrado por guerras civiles perpetuas e impedido de todo desarrollo, un país al que en el mejor de los casos le esperaba caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país así sea arrastrado por la fuerza al movimiento histórico. Redunda en interés de su propio desarrollo quedar en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Redunda en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, con la posesión de California, obtengan el dominio del océano Pacífico. Pero ¿a quién beneficia en primer lugar la guerra?, volvemos a preguntar. Únicamente a la burguesía. Los norteamericanos obtienen en California y Nuevo México nuevo terreno para producir en él nuevo capital, es decir, para dar vida a nuevos burgueses y enriquecer a los ya existentes; pues todo capital que hoy se produce cae en manos de la burguesía. Y la perforación proyectada del istmo de Tehuantepec, ¿a quién beneficia sino a los armadores norteamericanos? El dominio del Pacífico, ¿a quién beneficia sino a esos mismos armadores? Los nuevos clientes de productos industriales que se formen en los países conquistados, ¿quién los abastecerá sino los fabricantes norteamericanos?

Así pues, también en América los burgueses han hecho grandes progresos, y si sus representantes se oponen ahora a la guerra, eso solo demuestra que temen que esos progresos se hayan pagado demasiado caros en más de un aspecto.

Incluso en los países completamente bárbaros la burguesía hace progresos. En Rusia la industria se desarrolla a pasos agigantados y hace burgueses incluso de los boyardos, cada vez más. La servidumbre se limita en Rusia y en Polonia, con lo que, en interés de los burgueses, se debilita a la nobleza y se crea una clase de campesinos libres, que la burguesía necesita en todas partes. Se persigue a los judíos, muy en interés de los burgueses cristianos establecidos, a quienes los buhoneros estropeaban el negocio. En Hungría los señores feudales se convierten cada vez más en comerciantes al por mayor de trigo, lana y ganado, y en la Dieta actúan consecuentemente como burgueses. Y todos esos gloriosos progresos de la «civilización» en Turquía, en Egipto, en Túnez, en Persia y en otros países bárbaros, ¿en qué consisten sino en los preparativos para el florecimiento de una futura burguesía? En esos países se cumple hoy la palabra del profeta: «Preparad el camino al Señor… ¡Alzad, puertas, vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el Rey de la gloria! ¿Quién es ese Rey de la gloria?»20 Es el burgués.

Mire uno adonde mire, la burguesía hace progresos enormes. Lleva la cabeza alta y desafía con arrogancia a sus enemigos. Espera victorias decisivas, y su esperanza no se verá defraudada. Quiere organizar el mundo entero según su medida, y en una parte considerable de la tierra lo conseguirá.

No somos amigos de la burguesía, eso es sabido. Pero esta vez no le regateamos su triunfo. Podemos sonreír tranquilamente ante la mirada altanera con que, sobre todo en Alemania, contempla desde arriba el aparentemente tan pequeño puñado de demócratas y comunistas. No tenemos nada en contra de que imponga sus propósitos en todas partes.

Más aún. Ni siquiera podemos evitar una sonrisa irónica cuando vemos con qué terrible seriedad, con qué patético entusiasmo persiguen casi en todas partes los burgueses sus fines. Estos señores creen de verdad que trabajan para sí mismos. Son lo bastante cortos de miras para creer que con su victoria el mundo recibirá su forma definitiva. Y, sin embargo, nada es más evidente que el hecho de que en todas partes no hacen sino allanarnos el camino a nosotros, a los demócratas y a los comunistas; que a lo sumo conquistarán unos cuantos años de disfrute inquieto, para ser luego derribados inmediatamente. En todas partes está detrás de ellos el proletariado: aquí participando en sus aspiraciones y en parte en sus ilusiones, como en Italia y en Suiza; allí, silencioso y reservado, pero preparando bajo cuerda la caída de la burguesía, como en Francia y en Alemania; allá, por último, en Inglaterra y en América, en abierta rebelión contra la burguesía dominante.

Podemos hacer todavía más. Podemos decirles todo esto a los burgueses sin rodeos, podemos jugar con las cartas boca arriba. Que sepan de antemano que solo trabajan en interés nuestro. No por eso pueden abandonar su lucha contra la monarquía absoluta, la nobleza y los curas. Tienen que vencer o hundirse ya desde ahora.

Sí, dentro de muy poco tiempo tendrán incluso que pedir nuestra ayuda en Alemania.

¡Seguid luchando, pues, con valor, graciosos señores del capital! De momento os necesitamos; aquí y allá necesitamos incluso vuestro dominio. Tenéis que quitarnos de en medio los restos de la Edad Media y la monarquía absoluta, tenéis que aniquilar el patriarcalismo, tenéis que centralizar, tenéis que convertir a todas las clases más o menos desposeídas en verdaderos proletarios, en reclutas para nosotros; tenéis que proporcionarnos, con vuestras fábricas y vuestras relaciones comerciales, la base de los medios materiales que el proletariado necesita para su emancipación. En recompensa reinaréis por poco tiempo. Dictaréis leyes, os regodearéis en el esplendor de la majestad creada por vosotros, banquetearéis en el salón real y pediréis la mano de la hermosa hija del rey; pero, no lo olvidéis:

«El verdugo está a la puerta».21

F. E.

  1. Por la patente del 3 de febrero de 1847, Federico Guillermo IV reunió en Berlín la Dieta Unificada (Vereinigter Landtag), formada por las ocho dietas provinciales de Prusia. La Dieta se negó a aprobar el empréstito para el ferrocarril del Este sin garantías constitucionales, y el rey la disolvió en junio de 1847. ↩

  2. La revolución de julio de 1830 derribó en Francia a Carlos X y llevó al trono a Luis Felipe de Orleans. La reforma electoral inglesa de 1832 (Reform Bill) dio el voto a la burguesía industrial y redistribuyó los escaños en favor de las ciudades. ↩

  3. El Berliner politisches Wochenblatt (1831-1841) fue el semanario de la camarilla feudal y ultraconservadora reunida en torno al príncipe heredero, que subió al trono en 1840 como Federico Guillermo IV. ↩

  4. En 1837 el nuevo rey de Hannover, Ernesto Augusto, abolió la constitución de 1833, en cuya redacción había tenido parte principal el historiador Friedrich Christoph Dahlmann. Dahlmann fue uno de los «siete de Gotinga», los profesores destituidos por protestar contra la medida. ↩

  5. Las conferencias ministeriales de los Estados alemanes celebradas en Viena en 1834 acordaron, a propuesta de Metternich, medidas contra las cámaras representativas, la prensa y las universidades. ↩

  6. Las leyes cerealistas (Corn Laws), que gravaban la importación de grano en interés de los terratenientes, fueron abolidas en 1846 por el gobierno tory de Robert Peel, con lo que se rompió su partido. ↩

  7. El zar Nicolás I prestó dinero al gobierno prusiano después de que la Dieta Unificada le negara el empréstito; en «Tres nuevas constituciones» Engels habla de quince millones de rublos de plata. ↩

  8. Las comisiones permanentes de la Dieta Unificada (Vereinigte ständische Ausschüsse), elegidas por las dietas provinciales, se reunieron en Berlín en enero de 1848. ↩

  9. Alusión al poder real «no menoscabado» que Federico Guillermo IV pretendía conservar frente a toda constitución escrita. ↩

  10. Leopoldo II, gran duque de Toscana, de la casa de Habsburgo-Lorena; Carlos Alberto, rey de Cerdeña, que en 1821, siendo príncipe, había abandonado a los insurrectos liberales del Piamonte. ↩

  11. Fernando II, rey de las Dos Sicilias. ↩

  12. Las reformas de Stein y Hardenberg tras la derrota de Prusia ante Napoleón: abolición de la servidumbre hereditaria, ordenanza municipal de 1808, reforma del ejército. ↩

  13. La Consulta di Stato, consejo consultivo de laicos creado por Pío IX en los Estados Pontificios en 1847. ↩

  14. La Landwehr, milicia territorial prusiana creada en 1813. ↩

  15. Pifferari: gaiteros de los Abruzos y de la campiña romana; lazzaroni: el pueblo bajo de Nápoles. ↩

  16. La guerra de noviembre de 1847 entre la Confederación y el Sonderbund, la liga separatista de los siete cantones católicos y conservadores, que fue derrotada en menos de un mes. ↩

  17. John Bright (1811-1889), fabricante de algodón y uno de los dirigentes, con Richard Cobden, de la Liga contra las Leyes Cerealistas. ↩

  18. La campaña de banquetes por la reforma electoral organizada en 1847 por la oposición dinástica y los republicanos moderados; la prohibición del banquete de París desencadenó la revolución de febrero de 1848. ↩

  19. La guerra de los Estados Unidos contra México (1846-1848), por la que México perdió, en el tratado de Guadalupe Hidalgo (febrero de 1848), California, Nuevo México y los territorios vecinos. ↩

  20. Isaías 40, 3, y Salmos 24, 7-8, citados de memoria según la Biblia de Lutero. ↩

  21. Alusión a la balada de Heinrich Heine «El caballero Olaf» (Neue Gedichte, 1844), en la que Olaf celebra su boda con la hija del rey mientras el verdugo le espera a la puerta. ↩