Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 161, 6 de diciembre de 1848 (Colonia), p. 1; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/8). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en alemán.
* Colonia, 5 de diciembre. Mientras la A. A. Z. y otros periódicos comprados ensalzan hasta el cielo a un Windischgrätz y a un Jellachich como restauradores del orden, cubren de laureles a las valientes tropas austriacas y no se cansan de contar los horrores del terror democrático, se abre de pronto en la prensa suiza una nueva fuente de material para la historiografía de los últimos acontecimientos de Viena. Son los suizos que, a duras penas, con peligro de su vida y entre malos tratos, han escapado de los esbirros del «orden» y, de vuelta en su patria, publican lo que vivieron durante los «días del terror» y la «guerra del orden». Y no son «proletarios» furiosos, sino grandes capitalistas, gente que poseía en Viena fábricas enormes, burgueses totalmente insospechables de ideas conservadoras —y un conservador suizo es, como se sabe, un Heuler alemán elevado al cuadrado—, y sus relatos no aparecen en infames periódicos radicales, sino en hojas de anuncios de lo más conservadoras. De uno de esos relatos, el de la hoja de anuncios de Basilea, tomamos los detalles siguientes:
El señor Specker, de Sankt Gallen, era director de una gran fábrica de maquinaria que se alzaba completamente aislada fuera de la línea aduanera exterior de Viena, en el Tabor. Ni él ni sus obreros y capataces, suizos todos, habían tomado parte en la lucha ni conservado armas en la casa. Solo quedaron 15 obreros en la fábrica para servir la bomba de incendios instalada en el patio. Al acercarse las tropas, el general Wyß, patricio bernés y jefe del estado mayor austriaco, dio al Sr. Specker su palabra de honor de que, si no tenía armas y no se disparaba desde su fábrica, no le pasaría nada al edificio. La casa fue registrada por las tropas y no se encontró nada. Pese a ello, otra sección de cazadores afirmó que se había disparado desde la casa (muy comprensible, ya que se les había permitido saquear toda casa desde la que se disparase). Los «perros suizos», que habían confiado tanto en la palabra de su compatriota, el general Wyß, que hasta habían dejado a sus mujeres e hijos en la fábrica, fueron maltratados del modo más brutal por esos cazadores, y solo los salvó la intervención de otro oficial. Este los llevó al cuerpo de guardia. Un vecino, al pasar, señaló a uno de los obreros y dijo: «Este también estuvo en la demolición del puente del Tabor». Al instante, sin dejarle decir una palabra, lo pusieron contra la pared y lo fusilaron. En el cuerpo de guardia apuntaron varias veces los fusiles contra los «perros suizos», y solo la pistola cargada que les opuso el oficial contuvo a los soldados. Al director Specker lo pusieron contra la pared, tres cazadores le apuntaron, uno le puso en la boca el cañón de la carabina y jugaba con el gatillo con el percutor montado. Un oficial sacó el reloj y dijo: Te queda un cuarto de hora, perro suizo, luego te fusilamos; ¡así que reza! Antes de que se cumpliera el plazo volvió el oficial que ya los había salvado una vez y llevó al Sr. Specker ante el general Wyß, ¡que le reprochó haber «faltado a su palabra»! Afirmó, sin dar su brazo a torcer, que se había disparado desde la fábrica, aunque el Sr. Specker le demostró que era físicamente imposible. Por fin obtuvo un salvoconducto para él y su gente hasta Floridsdorf. Al volver a la fábrica lo encontraron todo destrozado, demolido y saqueado. A la familia del Sr. Specker la habían perseguido a tiros por la casa; el contable, un suizo, atravesado por varias balas, se revolcaba en la agonía en el jardín, y se disparaba contra cualquiera que se le acercase, de modo que el desdichado se quedó allí tendido hasta muy entrada la noche y murió. Se llamaba Kunz. Por fin los supervivientes lograron llegar sanos y salvos a Floridsdorf.
El fabricante de maquinaria Bollinger, también suizo, que se ha hecho famoso por sus trabajos en la torre de San Esteban, consiguió salvar su fábrica del incendio con bombas de agua. Pero también aquí entraron los austriacos con el falso pretexto de que se había disparado desde la fábrica, saquearon y demolieron todo el edificio, le prendieron fuego y mataron a bayonetazos al hermano de Bollinger cuando trataba de salvarse de las llamas. A otra suiza residente en Viena, Madame Bodener, los croatas le mataron de un tiro a su hijo en los brazos.
El relato anuncia más revelaciones sobre las hazañas del valiente ejército austriaco en cuanto vuelvan otros suizos. Pero al mismo tiempo describe en los términos más conmovedores la seguridad, la tranquilidad y la conducta cortés y decente de los proletarios armados de que disfrutaron los suizos durante el llamado terror del proletariado y los estudiantes de Viena.
Lo repetimos: los autores de estos relatos no son radicales, ni proletarios y descontentos, sino grandes capitalistas y auténticos aristócratas suizos de pura sangre. ¿No quiere la A. A. Z. que sus distintos corresponsales τρ, MW, #, △ y demás en Viena averigüen si todo esto no es literalmente así? Hemos dado sus nombres, el lugar y todos los detalles con toda la exactitud que pueda desear. Pero se guardará muy bien de hacerlo.