Escrito en Colonia el 31 de diciembre de 1848. Publicado en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 184, del 1 de enero de 1849; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 148-150), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 31 de diciembre. Nunca un movimiento revolucionario se abrió con una obertura tan edificante como el movimiento revolucionario de 1848. El papa le dio la bendición eclesiástica,1 el arpa eólica de Lamartine2 vibró con dulces melodías filantrópicas cuyo texto era la fraternité, la hermandad de los miembros de la sociedad y de las naciones.
¡Abrazaos, millones de seres!
¡Este beso al mundo entero!3
En este momento el papa está en Gaeta, expulsado de Roma, bajo la protección de ese tigre idiota de Fernando,4 y el «iniciatore» de Italia intriga contra Italia con su enemigo mortal de siempre, Austria, a la que en su época feliz había amenazado con la excomunión. La última elección presidencial francesa ha proporcionado las tablas estadísticas de la impopularidad de Lamartine, el traidor.5 Nada más filantrópico, más humano, más débil que las revoluciones de febrero y de marzo; nada más brutal que las consecuencias necesarias de esta humanidad de la debilidad. Testigos: Italia, Polonia, Alemania y, sobre todo, los vencidos de junio.
Con la derrota de los obreros franceses en junio, sin embargo, los propios vencedores de junio quedaron vencidos. Ledru-Rollin y los demás hombres de la Montaña fueron desplazados por el partido de los republicanos burgueses, el partido del National; el partido del National, por la oposición dinástica, Thiers-Barrot,6 y esta misma tendría que ceder el sitio a los legitimistas si el ciclo de las tres restauraciones no se hubiera agotado ya y si Luis Napoleón fuera algo más que una urna vacía en la que los campesinos franceses depositaron su entrada en el movimiento revolucionario-social, y los obreros franceses sus votos de condena contra todos los dirigentes de las épocas ya recorridas, Thiers-Barrot, Lamartine y Cavaignac-Marrast.7 Pero tomemos nota del hecho: la derrota de la clase obrera revolucionaria francesa trajo consigo, como consecuencia inevitable, la derrota de la burguesía republicana francesa, a manos de la cual acababa de sucumbir.
La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo el nuevo amordazamiento de las nacionalidades que habían respondido al canto del gallo galo con heroicas tentativas de emancipación. Polonia, Italia e Irlanda fueron una vez más saqueadas, ultrajadas, asesinadas a traición por los esbirros prusianos, austriacos e ingleses. La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo la derrota de las clases medias en todos los países europeos donde las clases medias, unidas por un momento al pueblo, habían respondido al canto del gallo galo con un sangriento alzamiento contra el feudalismo. ¡Nápoles, Viena, Berlín! La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo la victoria del Este sobre el Oeste, la derrota de la civilización ante la barbarie. En Valaquia comenzó la opresión de los rumanos por los rusos y por sus instrumentos, los turcos;8 en Viena, croatas, panduros, checos, serezanos y chusma semejante estrangularon la libertad germánica,9 y en este momento el zar es omnipresente en Europa. El derrocamiento de la burguesía en Francia, el triunfo de la clase obrera francesa, la emancipación de la clase obrera en general es, por tanto, la consigna de la liberación europea.
Pero el país que convierte a naciones enteras en sus proletarios, que tiene el mundo entero abarcado con sus brazos gigantescos, que con su dinero ya pagó una vez los costes de la restauración europea,10 en cuyo propio seno los antagonismos de clase han llegado a la forma más acusada y desvergonzada, Inglaterra, parece la roca contra la que se estrellan las olas de la revolución, la que mata de hambre a la nueva sociedad ya en el seno materno. Inglaterra domina el mercado mundial. Una transformación de las relaciones económicas nacionales en cada país del continente europeo, en todo el continente europeo sin Inglaterra, es una tempestad en un vaso de agua. Las relaciones de la industria y del comercio dentro de cada nación están dominadas por su tráfico con las demás naciones, están condicionadas por su relación con el mercado mundial. Pero Inglaterra domina el mercado mundial, y la burguesía domina Inglaterra.
La liberación de Europa, ya sea la elevación de las nacionalidades oprimidas a la independencia, ya sea el derrocamiento del absolutismo feudal, está condicionada por el levantamiento victorioso de la clase obrera francesa. Pero toda transformación social francesa se estrella necesariamente contra la burguesía inglesa, contra el dominio industrial y comercial de Gran Bretaña sobre el mundo. Toda reforma social parcial en Francia, y en general en el continente europeo, es y seguirá siendo, en la medida en que pretenda ser definitiva, un deseo piadoso y vacío. Y la vieja Inglaterra solo será derribada por una guerra mundial, la única que puede ofrecer al partido cartista, al partido obrero inglés organizado, las condiciones para un levantamiento victorioso contra sus gigantescos opresores. Los cartistas a la cabeza del gobierno inglés: solo en ese momento la revolución social pasa del reino de la utopía al reino de la realidad. Pero toda guerra europea en la que se vea envuelta Inglaterra es una guerra mundial. Se libra en Canadá como en Italia, en las Indias Orientales como en Prusia, en África como en el Danubio. Y la guerra europea es la primera consecuencia de la revolución obrera victoriosa en Francia. Inglaterra, como en tiempos de Napoleón, se pondrá a la cabeza de los ejércitos contrarrevolucionarios, pero la propia guerra la arrojará a la cabeza del movimiento revolucionario, y saldará así su deuda con la revolución del siglo XVIII.
Levantamiento revolucionario de la clase obrera francesa, guerra mundial: ese es el índice del año 1849.
Pío IX, elegido en 1846, se ganó fama de liberal con una amnistía y algunas reformas en los Estados Pontificios, y fue saludado como el «iniciador» (iniciatore) de la renovación italiana. En noviembre de 1848, tras el asesinato de su ministro Pellegrino Rossi y la insurrección de Roma, huyó a Gaeta, en el reino de Nápoles. ↩
Alphonse de Lamartine, poeta romántico, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional francés tras la revolución de febrero de 1848. ↩
Versos de la oda A la alegría, de Schiller. ↩
Fernando II, rey de las Dos Sicilias, apodado «el rey Bomba» por el bombardeo de Mesina y de Palermo en 1848. ↩
En la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848 Lamartine obtuvo menos de 18.000 votos, frente a los más de cinco millones de Luis Napoleón Bonaparte. ↩
Alexandre Ledru-Rollin, jefe de la Montaña, los demócratas pequeñoburgueses de la Asamblea Nacional francesa. Le National, diario de los republicanos burgueses moderados (Marrast, Cavaignac). Adolphe Thiers y Odilon Barrot, jefes de la oposición dinástica bajo Luis Felipe; Barrot presidía desde el 20 de diciembre de 1848 el primer gobierno de Luis Napoleón. ↩
El general Louis-Eugène Cavaignac, que aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 y fue jefe del poder ejecutivo hasta diciembre; Armand Marrast, del National, presidente de la Asamblea Nacional. ↩
En septiembre de 1848 tropas turcas y rusas ocuparon Valaquia y aplastaron la revolución que había estallado allí en junio. ↩
La Viena revolucionaria fue tomada a finales de octubre de 1848 por las tropas de Windischgrätz y de Jelačić, en las que había regimientos croatas y fronterizos. Panduros: antiguos soldados irregulares de la frontera militar austriaca; serezanos: guardias de esa misma frontera militar con el Imperio otomano. ↩
Las subvenciones inglesas financiaron las coaliciones contra la Francia revolucionaria y napoleónica, que culminaron en la restauración de 1814-1815. ↩