Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 18 de mayo de 1849 y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 301, del 19 de mayo de 1849, el último número del periódico. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 507-515), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*Colonia, 18 de mayo. En el momento en que la guerra magiar se vuelve europea con la entrada efectiva de los rusos, nos vemos obligados a suspender nuestras informaciones sobre su curso ulterior. Solo se nos permite ya presentar de nuevo a nuestros lectores, en una breve ojeada, el desarrollo de esta grandiosa guerra revolucionaria de la Europa oriental.

Se recordará cómo ya antes de la revolución de febrero, en el otoño de 1847, la Dieta de Presburgo, dirigida por Kossuth,1 tomó una serie de acuerdos revolucionarios; cómo decidió la libre enajenación de la propiedad territorial, la libertad de movimiento de los campesinos, la redención de las cargas feudales, la emancipación de los judíos, la igualdad de todas las clases ante el impuesto; cómo concedió a croatas y eslavonios el uso oficial de su propia lengua en los asuntos interiores y, por último, con la exigencia de un ministerio responsable propio para Hungría, dio el primer paso hacia la separación de Hungría el mismo día en que comenzaba en París la revolución de febrero (el 22 de febrero).

Estalló la revolución de febrero. Con ella se vino abajo la resistencia del gobierno de Viena a las reivindicaciones de los húngaros. El 16 de marzo, al día siguiente de la revolución de Viena,2 se concedió el ministerio húngaro independiente, y con ello el vínculo de Hungría con Austria quedó reducido a una mera unión personal.

Entonces la revolución magiar, ya independiente, avanzó deprisa. Se suprimieron todos los privilegios políticos, se introdujo el sufragio universal, se abolieron sin indemnización todas las cargas feudales, las prestaciones personales y los diezmos, con indemnización a cargo del Estado,3 se impuso la unión con Transilvania y se arrancaron el nombramiento de Kossuth como ministro de Hacienda y la destitución del rebelde ban Jellachich.4

Mientras tanto, el gobierno austriaco se rehízo. Mientras el ministerio supuestamente responsable de Viena seguía impotente, se alzó con tanta más fuerza la camarilla de la corte de Innsbruck,5 apoyada en el ejército imperial de Italia, en las apetencias nacionales de checos, croatas y serbios y en la obstinada cerrazón de los campesinos rutenos.

El 17 de junio estalló la insurrección serbia en el Banato y en la Bácska, atizada por el dinero y los emisarios de la corte. El 20, Jellachich fue recibido en audiencia por el emperador en Innsbruck y nombrado de nuevo ban. De vuelta en Croacia, Jellachich negó la obediencia al ministerio húngaro y el 25 de agosto le declaró la guerra.

La traición de la camarilla de los Habsburgo estaba a la vista. Los húngaros intentaron una vez más volver a llevar al emperador al camino constitucional. Enviaron a Viena una diputación de 200 miembros de la Dieta; el emperador respondió con evasivas. La agitación creció. El pueblo exigió garantías e impuso un cambio de ministerio. Los traidores, que también se sentaban en el ministerio de Pest, fueron apartados, y Kossuth fue nombrado presidente del consejo el 20 de septiembre. Pero solo cuatro días después huyó a Viena el lugarteniente del emperador, el palatino archiduque Esteban,6 y el 26 el emperador lanza el conocido manifiesto a los húngaros en el que destituía al ministerio por rebelde, nombraba gobernador de Hungría al devorador de magiares Jellachich y atentaba contra las conquistas revolucionarias más esenciales de Hungría.

Kossuth declaró nulo y sin valor el manifiesto, que no refrendaba ningún ministro húngaro.

Mientras tanto Jellachich, favorecido por la desorganización y la traición que reinaban en todo el cuerpo de oficiales y el estado mayor, nominalmente húngaros pero en realidad de la vieja escuela imperial, había avanzado hasta Stuhlweissenburg.7 Allí el ejército húngaro, a pesar de sus jefes traidores, lo derrotó y lo empujó a territorio austriaco hasta los muros de Viena. El emperador y el viejo traidor Latour8 deciden enviarle refuerzos y reconquistar Hungría con tropas alemanas y eslavas. Entonces estalla la revolución de Viena del 6 de octubre y pone de momento fin a los proyectos imperiales y reales.

Kossuth acude enseguida en ayuda de los vieneses con un cuerpo magiar. En el Leitha, la indecisión de la Dieta de Viena y la traición de sus propios oficiales, así como la mala organización de su ejército, compuesto en su mayor parte por la leva en masa, le impiden avanzar de inmediato. Por fin se ve obligado a hacer arrestar a unas cuantas docenas de oficiales, a enviarlos a Pest y a fusilar a algunos, y se atreve entonces a atacar. Demasiado tarde: Viena había caído ya, y sus indisciplinados milicianos de la leva fueron arrollados en Schwechat por las tropas regulares austriacas.

Seis semanas más duró la tregua entre los imperiales y los magiares. Mientras ambos ejércitos hacían todo lo posible por reforzarse, la camarilla de Olmütz dio su golpe largamente preparado: hizo abdicar al idiota de Fernando, que se había comprometido y desgastado con sus concesiones a la revolución, y puso en el trono, como instrumento suyo, al niño Francisco José, hijo de Sofía.9 Apoyándose en la constitución húngara, la Dieta de Pest rechazó este cambio de soberano.

A mediados de diciembre se abrió por fin la guerra. Para entonces el ejército imperial tenía Hungría prácticamente rodeada. El ataque se produjo por todas partes.

Desde Austria avanzaron al sur del Danubio tres cuerpos de ejército, con una fuerza de al menos 90.000 hombres, bajo el mando supremo personal del mariscal de campo Windischgrätz.10 Desde Estiria marchó Nugent con unos 20.000 hombres por la orilla izquierda del Drava, y desde Croacia Dahlen con 10.000 por la orilla derecha del Drava, en dirección al Banato. En el propio Banato combatían varios regimientos fronterizos, la guarnición de Temesvar, la leva en masa serbia y el cuerpo auxiliar de Knićanin, venido del principado de Serbia, en total de 30[.000] a 40.000 hombres, al mando de Todorović y Rukavina. En Transilvania estaban Puchner con 20[.000]-25.000 hombres y Malkowski, que había irrumpido desde la Bucovina, con 10[.000]-15.000. Desde Galitzia, por último, avanzaba Schlick hacia el alto Tisza con un cuerpo de 20[.000]-25.000 hombres.

El ejército imperial sumaba, pues, en total al menos 200.000 hombres de tropas regulares, en su mayoría curtidas en la guerra, sin contar las levas en masa y las guardias nacionales eslavas, rumanas y sajonas que tomaban parte en la lucha en el sur y en Transilvania.

A estas fuerzas colosales Hungría podía oponer un ejército de quizá 80[.000]-90.000 hombres de tropas instruidas, entre ellos 24.000 veteranos del antiguo ejército imperial, y además de 50[.000] a 60.000 honvéds11 y milicianos de la leva todavía del todo sin organizar; un ejército cuyos jefes eran en su mayoría tan traidores como los oficiales arrestados por Kossuth en el Leitha.

Pero mientras que de la Austria sometida por la fuerza no se podía sacar de momento ni un recluta más, y Austria estaba arruinada financieramente y casi sin dinero, a los magiares les quedaban todavía recursos grandiosos. El entusiasmo por la libertad de los magiares, realzado aún por el orgullo nacional, crecía de día en día y ponía a disposición de Kossuth un número de combatientes inaudito para un pueblo pequeño de 5 millones; la plancha de los billetes de banco húngaros le proporcionaba una fuente inagotable de dinero, y todo magiar aceptaba estos asignados nacionales12 como si fueran plata contante. Las fábricas de fusiles y de cañones estaban en plena actividad. Al ejército solo le faltaban armas, instrucción y buenos jefes, y todo eso podía conseguirse en pocos meses. Se trataba, pues, únicamente de ganar tiempo, de atraer a los imperiales al interior del país, donde se cansarían con una guerra de guerrillas continua y se debilitarían al tener que dejar fuertes guarniciones y otros destacamentos.

De ahí el plan de los húngaros: retirarse lentamente hacia el interior, instruir a los reclutas en combates constantes y, en caso de extrema necesidad, poner entre ellos y el enemigo la línea del Tisza con sus pantanos impracticables, ese foso natural trazado alrededor del núcleo del país magiar.

Según todos los cálculos, los húngaros debían poder sostenerse durante dos o tres meses, incluso frente a las fuerzas austriacas superiores, en la región entre Presburgo y Pest. Pero entonces llegaron las fuertes heladas, que durante varios meses cubrieron todos los ríos y pantanos con una capa de hielo que podía pasar hasta la artillería pesada. Con ello desaparecieron todas las condiciones del terreno favorables a la defensa, y todas las fortificaciones levantadas por los magiares quedaron inútiles y expuestas a ser rodeadas. Así ocurrió que en apenas veinte días el ejército húngaro fue rechazado de Ödenburg y Presburgo a Raab, de Raab a Moor, de Moor a Pest, y que tuvo que evacuar incluso Pest y retirarse ya al comienzo de la campaña detrás del Tisza.

Mientras esto sucedía con el ejército principal, lo mismo ocurría con los demás cuerpos. En el sur, Nugent y Dahlen avanzaban cada vez más hacia Esseg, ocupada por los magiares, y los serbios se acercaban cada vez más a la línea del Maros; en Transilvania, Puchner y Malkowski se unieron en Maros-Vásárhely; en el norte, Schlick bajó de los Cárpatos hasta el Tisza y estableció por Miskolcz su enlace con Windischgrätz.

Los austriacos parecían haber acabado prácticamente con la revolución magiar. Dos tercios de Hungría y tres cuartos de Transilvania quedaban a su espalda, y los húngaros estaban derrotados a la vez de frente, en ambos flancos y en la retaguardia. Unas pocas millas más de avance, y todos los cuerpos imperiales se darían la mano en un círculo cada vez más estrecho en el que Hungría quedaría estrangulada como entre los anillos de una boa constrictor.

Ahora se trataba de que, mientras en el frente el Tisza formaba un foso de momento infranqueable para el enemigo, se abriera un respiro por algún lado.

Esto se hizo por dos lados: en Transilvania, por Bem;13 en Eslovaquia, por Görgey.14 Ambos llevaron a cabo campañas con las que se acreditaron como los generales más geniales de nuestro tiempo.

Bem llegó el 29 de diciembre a Klausenburg, el único punto de Transilvania que seguía en manos de los magiares. Concentró rápidamente los refuerzos que traía y los restos de las tropas derrotadas magiares y sículas,15 marchó contra Maros-Vásárhely, batió a los austriacos y persiguió primero a Malkowski por los Cárpatos hasta la Bucovina y de allí hasta Galitzia, donde avanzó hasta cerca de Stanisławów. Luego se volvió rápidamente a Transilvania y fue empujando a Puchner hasta pocas millas de Hermannstadt. Unos cuantos combates, unas pocas marchas rápidas en todas direcciones, y toda Transilvania estaba en sus manos, salvo dos ciudades, Hermannstadt y Kronstadt, que estaban perdidas si no se llamaba a los rusos al país. El peso que echaron en la balanza los 10.000 soldados rusos auxiliares16 obligó a Bem a retirarse al país de los sículos. Allí organizó el levantamiento de los sículos y, una vez conseguido, mantuvo ocupado con la leva en masa sícula a Puchner, que había avanzado hasta Schäßburg, rodeó su posición, marchó directamente sobre Hermannstadt, expulsó a los rusos, derrotó a Puchner, que lo seguía, marchó sobre Kronstadt y entró en ella sin dar un golpe de espada.

Con ello Transilvania estaba conquistada y la retaguardia del ejército magiar, libre. La línea fortificada natural que formaba el Tisza encontraba ahora su prolongación y su complemento en la cadena montañosa de los Cárpatos y de los Alpes de Transilvania, desde el Zips hasta los confines del Banato.

Al mismo tiempo, Görgey realizaba una marcha triunfal semejante en el noroeste de Hungría. Partió de Pest con un cuerpo hacia Eslovaquia, mantiene en jaque durante dos meses a los cuerpos de los generales Götz, Csorich y Simunich, que operaban contra él por tres lados, y por último, cuando su posición se hizo insostenible frente a la superioridad enemiga, se abrió paso a través de los Cárpatos hasta Eperies y Kaschau. Allí se encontraba a espaldas de Schlick, lo obligó a abandonar deprisa su posición y toda su base de operaciones y a replegarse sobre el ejército principal de Windischgrätz, mientras él mismo bajaba por el Hernád hasta el Tisza y se unía a la fuerza principal magiar.

Esta fuerza principal, a cuya cabeza estaba ahora Dembiński,17 había cruzado también el Tisza y había rechazado al enemigo en todos los puntos. Había avanzado hasta Hatvan, a 6 millas18 de Pest, cuando una mayor concentración de las fuerzas enemigas la obligó a emprender de nuevo la retirada. Tras una enconada resistencia en Kápolna, Maklár y Poroszló, volvió a cruzar el Tisza, justo en el momento en que Görgey llegaba al Tisza por Tokaj. La reunión de ambos cuerpos dio la señal de un nuevo y grandioso avance de los húngaros. Del interior habían llegado reclutas recién instruidos que reforzaron el ejército de operaciones magiar. Se habían formado legiones polacas y alemanas, habían surgido o se habían atraído jefes capaces, y en lugar de la masa sin jefes y desorganizada de diciembre, los imperiales tenían de pronto enfrente un ejército concentrado, valiente, numeroso, bien organizado y excelentemente dirigido.

En tres cuerpos avanzaron los magiares por el Tisza. El ala derecha (Görgey) marchó hacia el norte, rodeó en Eperies a la división Ramberg, que antes lo había seguido, y la hizo retroceder a toda prisa, por Rimaszombat, hacia el ejército principal imperial. Este fue derrotado por Dembiński en Erlau, en Gyöngyös, en Gödöllő y en Hatvan, y se retiró precipitadamente hasta delante de Pest. El ala izquierda (Vetter), por último, expulsó a Jellachich de Kecskemét, Szolnok y Czegléd, lo derrotó en Jászberény y lo obligó también a replegarse bajo los muros de Pest. Allí estaban ahora los imperiales a lo largo del Danubio, de Pest a Waitzen, rodeados por los magiares en un amplio semicírculo.

Para no exponer Pest al bombardeo desde Buda,19 los húngaros recurrieron a su medio probado: expulsar a los austriacos de esa posición antes con maniobras que con un ataque frontal abierto. Görgey tomó Waitzen y rechazó a los austriacos detrás del Gran y del Danubio, derrotó a Wohlgemuth entre el Gran y el Nitra y liberó así Komorn, sitiada por los imperiales. Los imperiales, amenazados en su línea de retirada, tuvieron que decidirse a retirarse a toda prisa; Welden,20 el nuevo comandante en jefe, se replegó en dirección a Raab y Presburgo, y Jellachich, para aplacar a sus croatas, sumamente reacios, tuvo que marchar con ellos a toda prisa Danubio abajo hacia Eslavonia.

En su retirada, que más parecía una huida desordenada, Welden (sobre todo su retaguardia, al mando de Schlick) y Jellachich sufrieron todavía reveses considerables. Mientras el cuerpo de este último se abre paso con esfuerzo y lentitud a través de los comitados de Tolna y Baranya, Welden ha podido concentrar en Presburgo los restos de su ejército. Restos que no tienen en absoluto ninguna capacidad de resistencia seria.

Al mismo tiempo que estas sorprendentes victorias de los magiares sobre el ejército principal austriaco, Mór Perczel21 avanzó desde Szegedin y Tolna hacia Peterwardein, la liberó, se apoderó de la Bácska y penetró en el Banato para darle allí la mano a Bem, que avanzaba desde Transilvania. Bem ha tomado ya Arad y sitia Temesvar; Perczel está en Werschetz, junto a la frontera turca, de modo que en un par de días el Banato quedará conquistado. Al mismo tiempo, los sículos cubren los pasos fortificados de Transilvania y la leva en masa los de la Alta Hungría, y Görgey está con fuerzas considerables en el paso de Jablunka, en la frontera de Moravia y Galitzia.

En una palabra: unos días más, y el ejército magiar victorioso, empujando ante sí los restos de los poderosos ejércitos austriacos, entraba en triunfo en Viena y destruía para siempre la monarquía austriaca.

La separación de Hungría de Austria se había acordado ya el 14 de abril en Debreczin;22 la alianza con los polacos estaba abiertamente declarada desde mediados de enero y se había hecho realidad con la entrada de 20[.000]-30.000 polacos en el ejército húngaro. La alianza con los austriacos alemanes, que existía ya desde la revolución de Viena del 6 de octubre y la batalla de Schwechat, se sostenía y se mantenía igualmente con las legiones alemanas del ejército húngaro y con la necesidad estratégica y política de los magiares de hacer reconocer su declaración de independencia mediante la toma de Viena y la revolución en Austria.

Así perdió muy pronto la guerra magiar el carácter nacional que tuvo al principio, y precisamente con el paso en apariencia más nacional, con la declaración de independencia, adoptó un carácter definitivamente europeo. La alianza con los polacos para la liberación de ambos países, la alianza con los alemanes para revolucionar la Alemania oriental, solo adquirieron un carácter determinado, una base sólida, cuando Hungría se separó de Austria y declaró con ello disuelta la monarquía austriaca. Hungría independiente, Polonia restaurada, la Austria alemana convertida en el foco revolucionario de Alemania, Lombardía e Italia independientes por sí mismas: con la realización de estos planes quedaba destruido todo el sistema de Estados de la Europa oriental, Austria desaparecida, Prusia disuelta y Rusia rechazada hasta las fronteras de Asia.

La Santa Alianza tenía, pues, que hacer todo lo posible por levantar un dique contra la amenazadora revolución de la Europa oriental. Los ejércitos rusos rodaron hacia las fronteras de Transilvania y de Galitzia. Prusia ocupó la frontera de Bohemia y Silesia y dejó que se llevara a los rusos por su territorio hasta Prerau, y en pocos días el primer cuerpo de ejército ruso estaba en suelo moravo.

Los magiares, que sabían muy bien que en pocas semanas tendrían que vérselas con numerosas fuerzas de refresco, no han marchado sobre Viena tan deprisa como se esperaba al principio. No podían tomar Viena, como tampoco Pest, con un ataque frontal sin tener que bombardearla, y eso no podían hacerlo. Se veían de nuevo obligados, como en Pest, a tomarla rodeándola, y para eso hacía falta tiempo, hacía falta la certeza de no estar ellos mismos amenazados en el flanco y en la retaguardia. Pero precisamente aquí eran los rusos los que los amenazaban por la retaguardia, mientras que por el otro lado, ante una amenaza directa sobre Viena, cabía esperar fuertes destacamentos momentáneos del ejército de Radetzky.23

En lugar de avanzar rápidamente sobre Viena, los húngaros han obrado, pues, con mucha prudencia al limitarse a seguir empujando a los imperiales fuera de Hungría, a cercarlos en un gran arco desde los Pequeños Cárpatos hasta las estribaciones de los Alpes de Estiria, a destacar un fuerte cuerpo hacia el Jablunka, a fortificar y cubrir los pasos de montaña de Galitzia, a atacar Buda y a impulsar con rapidez la nueva leva de 250.000 hombres, sobre todo en los comitados occidentales reconquistados. De este modo se aseguran el flanco y la retaguardia y reúnen un ejército que no tiene por qué temer al refuerzo ruso más de lo que temía al ejército imperial, antes tan colosal. De este glorioso ejército negro y amarillo24 entraron en Hungría 200.000 hombres y han vuelto apenas 50.000; el resto ha caído, está herido, enfermo, prisionero o se ha pasado al otro bando.

Es verdad que los rusos amenazan con ejércitos todavía mucho más colosales. Se dice que van a entrar 120.000 hombres; según otros, 170.000. Según el Triester Freihafen, el ejército de operaciones móvil superaría con mucho los 500.000 hombres. Pero ya se conocen las exageraciones rusas; se sabe que de las cifras indicadas solo la mitad figura en las listas de efectivos, y que de la cifra de las listas, a su vez, no existe realmente ni la mitad. Si la ayuda rusa, descontadas las tropas necesarias para ocupar Polonia, reúne 60[.000]-70.000 hombres efectivos, Austria puede darse por contenta. Y con esa cifra los magiares acabarán.

La guerra magiar de 1849 se parece mucho a la guerra polaca de 1830-1831.25 Pero se distingue de ella precisamente en que tiene ahora a su favor todas las bazas que entonces tenía Polonia en contra. Se sabe que Lelewel26 insistió entonces sin éxito, primero, en encadenar a la masa de la población a la revolución con la emancipación de los campesinos y de los judíos y, segundo, en implicar en la guerra a las tres potencias que se habían repartido Polonia sublevando toda la antigua Polonia, en hacer europea la guerra. Lo que en Polonia solo se impuso cuando ya era demasiado tarde es aquello por lo que empiezan los magiares. La revolución social en el interior, la destrucción del feudalismo, fue la primera medida en Hungría; la implicación de Polonia y de Alemania en la guerra, la segunda, y con ello la guerra europea estaba ahí. Comenzó con la entrada del primer cuerpo ruso en suelo alemán; tomará su giro decisivo con la entrada del primer batallón francés en suelo alemán.

Al haberse vuelto europea, la guerra húngara entra en interacción con todos los demás momentos del movimiento europeo. Su curso no solo influye en Alemania: influye también en Francia y en Inglaterra. No cabe esperar que la burguesía inglesa tolere la transformación de Austria en una provincia rusa; es seguro que el pueblo francés no se quedará mirando tranquilamente cómo la contrarrevolución se le echa encima cada vez más. Salgan como salgan las elecciones en Francia,27 el ejército se ha declarado en todo caso por la revolución, y en este momento el ejército decide. Si el ejército quiere la guerra —y la quiere—, la guerra está ahí.

Y vendrá. La revolución en París, sea por las elecciones, sea por la fraternización del ejército con el partido revolucionario que se ha producido ya en las urnas, está a la puerta. Y mientras en el sur de Alemania se forma el núcleo de un ejército revolucionario alemán28 e impide a Prusia tomar parte activa en la campaña húngara, Francia está a punto de intervenir activamente en la lucha. Pocas semanas, quizá pocos días ya, decidirán, y los ejércitos revolucionarios francés, magiar-polaco y alemán celebrarán pronto su fiesta de fraternidad en el campo de batalla, bajo los muros de Berlín.

  1. Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la izquierda de la nobleza húngara y luego de la revolución húngara; ministro de Hacienda en 1848, presidente del Comité de Defensa Nacional y, desde abril de 1849, gobernador de Hungría. ↩

  2. La insurrección de Viena del 13 de marzo de 1848, que derribó a Metternich. ↩

  3. Así en el texto: las cargas feudales se abolieron sin indemnización por parte de los campesinos; el Estado se comprometió a indemnizar a los señores. ↩

  4. Josip Jelačić (1801-1859), ban (gobernador) de Croacia desde marzo de 1848, uno de los jefes militares de la contrarrevolución austriaca. ↩

  5. La corte imperial había huido de Viena a Innsbruck en mayo de 1848; en octubre se trasladó a Olmütz, en Moravia. ↩

  6. El archiduque Esteban de Austria (1817-1867), palatino, es decir, lugarteniente del rey en Hungría, de 1847 a septiembre de 1848. ↩

  7. Székesfehérvár. Para los lugares de Hungría que no tienen forma española se conserva la forma que da el original. ↩

  8. Theodor Baillet von Latour (1780-1848), ministro austriaco de la Guerra, muerto por la multitud en la insurrección de Viena del 6 de octubre de 1848. ↩

  9. Fernando I de Austria abdicó el 2 de diciembre de 1848 en favor de su sobrino Francisco José, de dieciocho años, hijo de la archiduquesa Sofía, figura central de la camarilla de la corte. ↩

  10. Alfred zu Windischgrätz (1787-1862), mariscal de campo austriaco; aplastó la insurrección de Praga en junio de 1848 y la de Viena en octubre, y mandó el ejército contra Hungría hasta abril de 1849. ↩

  11. Honvéd, «defensor de la patria»: los batallones del nuevo ejército nacional húngaro. ↩

  12. Por los assignats, el papel moneda de la Revolución francesa. ↩

  13. Józef Bem (1794-1850), general polaco, veterano de la insurrección de 1830-1831; tomó parte en la defensa de Viena en octubre de 1848 y mandó luego el ejército húngaro de Transilvania. ↩

  14. Artúr Görgey (1818-1916), general húngaro, comandante en jefe en la primavera de 1849; en agosto de 1849 capituló ante los rusos en Világos. ↩

  15. Los sículos (en húngaro székely), población de lengua húngara del este de Transilvania. ↩

  16. A comienzos de 1849 tropas rusas entraron desde Valaquia en Transilvania y ocuparon Hermannstadt y Kronstadt a petición de los mandos austriacos. ↩

  17. Henryk Dembiński (1791-1864), general polaco, veterano de la insurrección de 1830-1831; mandó el ejército principal húngaro en febrero y marzo de 1849. ↩

  18. La milla alemana equivalía a unos 7,5 kilómetros. ↩

  19. Ofen en el original: Buda, en la orilla derecha del Danubio, frente a Pest. ↩

  20. Ludwig von Welden (1782-1853), general austriaco, sucesor de Windischgrätz en el mando contra Hungría en abril de 1849. ↩

  21. Mór Perczel (1811-1899), general húngaro. ↩

  22. La declaración de independencia de Hungría y el destronamiento de los Habsburgo, votados por la Dieta reunida en Debrecen el 14 de abril de 1849. ↩

  23. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal de campo, comandante del ejército austriaco en Italia. ↩

  24. Negro y amarillo eran los colores de la casa de Habsburgo. ↩

  25. La insurrección polaca contra Rusia de noviembre de 1830 y la guerra que siguió, hasta la caída de Varsovia en septiembre de 1831. ↩

  26. Joachim Lelewel (1786-1861), historiador polaco, uno de los jefes del ala democrática de la insurrección de 1830-1831. ↩

  27. Las elecciones a la Asamblea Legislativa francesa del 13 de mayo de 1849. ↩

  28. Las fuerzas de la insurrección de Baden y del Palatinado, en el marco de la campaña por la Constitución del Imperio. ↩