Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 233, 28 de febrero de 1849 (Colonia), p. 3, sección «Hungría»; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/8). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en alemán

* Faltan por completo noticias nuevas del teatro de la guerra. En cambio, llegan de todas partes informes que confirman nuestra descripción de ayer de la mala situación en que se encuentran los imperiales en todas partes, salvo en Transilvania, desbloqueada con ayuda rusa. Como prueba damos más abajo una correspondencia de Presburgo de la Breslauer Zeitung y el final de las «Comunicaciones de un húngaro» de la Allgemeine Oder-Zeitung.

Los austriacos se han decidido sin duda a duras penas a apelar a los rusos. Está más claro que el sol que la invasión rusa tiene que dar un impulso completamente nuevo a los movimientos paneslavistas de los checos y de los eslavos del sur. Estos pueblos, acostumbrados desde hace mucho a alzar los ojos hacia el zar como su protector natural y su libertador final, reciben ahora una prueba contundente de que Austria no tiene ni la fuerza ni la voluntad de asegurarles un desarrollo nacional; y ahora, por primera vez, el zar ruso interviene en el momento decisivo actuando en su favor y confirma con los hechos las esperanzas que habían puesto en él. Igual que antes frente a los serbios alemanes, el zar se muestra ahora también frente a los serbios, croatas, checos, etc., austriacos como protector supremo de la nacionalidad eslava. Y hemos visto repetidamente que precisamente los apetitos nacionalistas eslavos resultan tan peligrosos para la «monarquía unitaria» austriaca como la resistencia armada de los magiares.

Con la invasión rusa de Transilvania el zar ha dado un nuevo paso hacia la realización del paneslavismo; ha proclamado la alianza de los rusos y los eslavos austriacos y se ha convertido en el soberano de hecho también de los eslavos austriacos. A los demás ya los tiene todos bajo su dominio: los polacos son sus siervos, los eslavos turcos sus vasallos; ahora se presenta también como protector de los eslavos austriacos. Un paso más y Austria cae del todo bajo su soberanía, exactamente igual que Turquía. ¡A este precio se salva la «monarquía unitaria» por unos meses de su hundimiento a manos de la revolución!

Los serbios, en una asamblea popular celebrada en Mitrovica, en el Banato, han declarado al patriarca jefe de su nación y a Stratimirović rebelde, y han proclamado la ley marcial contra todos los enemigos del emperador. El patriarca, que en Temesvár ordena con Todorović y los diputados serbios los asuntos de la Voivodina, ha de confirmar estas resoluciones. En el combate de Arad cayó en manos de los magiares el muy popular mayor serbio Jovanović. Lo que sigue prueba que los magiares no fueron derrotados en ese combate ni mucho menos tan decisivamente como afirman los boletines: el patriarca ofreció al general magiar Damjanich (que, por lo tanto, según nos enteramos por casualidad, ha llegado felizmente, cruzando el Danubio y el Tisza, al ejército del Banato) canjear a Jovanović por 200 magiares. Damjanich respondió: ¡que él supiera, no había en manos de los serbios ni 200 prisioneros magiares! Por lo demás, los serbios se arman considerablemente tanto en Serbia como en el Banato, y en el principado de Serbia se ha convocado una convención nacional que delibera sobre la leva de 1000 hombres de tropas auxiliares en cada uno de los 18 distritos del país.

Para que se vea, por lo demás, qué clase de paisito pequeño y de población mezclada es la nueva Voivodina serbia, y lo necias que son las pretensiones de los paneslavistas de fabricar pequeños Estados eslavos por todos los rincones de Hungría, damos los siguientes datos estadísticos según el Srbske Novine de Belgrado:

«La Voivodina comprende en su superficie: 1) el condado de Sirmia; 2) el regimiento de Peterwardein; 3) el condado de Bács; 4) el batallón de los chaikistas; 5) el condado de Torontál; 6) el antiguo regimiento germano-banatense (ahora llamado de Pancsova); 7) el antiguo regimiento ilirio-banatense (ahora llamado de Weisskirchen) y el condado de Temesvár. La superficie es de 719 millas cuadradas, con 75 ciudades y villas, 706 aldeas, 221.182 casas y 1.605.808 habitantes. Los habitantes se dividen por su origen étnico en 917.916 serbios, 26.200 eslovacos, 13.000 búlgaros, 283.000 valacos, 278.400 alemanes, 6160 franceses y 81.132 magiares. De ellos, 877.620 profesan el culto griego y 627.994 el católico romano; 12.494 son católicos uniatas, 46.311 luteranos, 30.642 calvinistas, 17 arrianos y 10.730 judíos. En la cifra de los 917.916 serbios se incluyen también los eslavos del sur católicos. El antiguo regimiento fronterizo valaco-banatense queda fuera del territorio de la Voivodina y se incorpora a los rumanos (valacos) de Transilvania.»

Este paisito llamado nacional serbio cuenta, pues, 700.000 alemanes, valacos, magiares, etc., frente a 900.000 serbios. ¡Y esos 900.000 serbios no son siquiera todos serbios, sino que incluyen además a los «eslavos del sur católicos», es decir, a los shokci de Sirmia y del condado de Bács, que no son serbios en absoluto! ¡Y esto ha de ser una nación con necesidades nacionales, y sobre todo con la necesidad de separarse de Hungría!

Damos ahora el informe de la Breslauer Zeitung:

Presburgo, 18 de febrero. El tiempo húmedo y tormentoso ha puesto los famosos caminos de nuestro país tan cenagosos que los grandes cuerpos de ejército solo avanzan con indecibles dificultades, y la artillería pesada y otros carruajes pesados se quedan literalmente atascados. En estas circunstancias, los numerosos cuerpos francos húngaros consiguen una ventaja tras otra y el ejército austriaco es burlado de muchas maneras. Su generalísimo parece impacientarse ya y querría asestar un golpe decisivo, a cuyo fin ha enviado grandes fuerzas hacia Szolnok. A consecuencia de ello corre el rumor de que se ha producido allí un encuentro serio y de que los magiares han sido rechazados detrás del Tisza. — Pero se puede abrigar una modesta duda sobre esta noticia, pues los húngaros están ahora demasiado bien dirigidos para no aprovechar la gran ventaja de atraer al enemigo a los pantanos del Tisza y aniquilarlo allí sin gran esfuerzo. Los numerosos cuerpos francos, que en la Baja Hungría brotan como de debajo de la tierra, no dejarán de hostigarlo por todos lados si se adentra demasiado, de cortarle los suministros y de capturar y aniquilar a toda tropa que se aleje del grueso del ejército. La guerra en la Baja Hungría puede compararse en cierto modo con la campaña de Napoleón en Rusia, y el ejército austriaco, si avanzara demasiado, podría correr una suerte parecida a la del francés de entonces. — Windischgrätz lo tendrá difícil en estas circunstancias. Proceder con rapidez y dar un giro favorable a su causa con un golpe decisivo es sencillamente imposible; pero si titubea, el poder de los magiares crece cada vez más. Se dice que se ha ofrecido una capitulación, que los magiares habrían rechazado con orgullo. — Si echamos una mirada al mapa, vemos que el ejército austriaco, a pesar de sus progresos y a pesar de sus partes de victoria, está rodeado como por una red de grandes y pequeñas huestes magiares. Desde la frontera de Estiria, pasando por el lago Balatón, hasta Osijek en Croacia, el país está aparentemente sometido, pero por todas partes hay cuerpos francos que hostigan con fuerza a los austriacos.

Por el otro lado, es decir, del Danubio a los Cárpatos, la cosa no va mejor, como puede uno convencerse leyendo los informes de cómo allí los austriacos son acosados de un lado a otro en combates continuos. Y aquí los cuerpos francos húngaros tienen un terreno especialmente favorable para ellos, y además la mayoría de los habitantes, incluso la mayoría de los eslovacos, están en secreto de su parte. Solo así se explica que los magiares puedan hacer continuamente sus correrías, casi impunemente, hasta muy arriba, hacia Galitzia. Al este, el Tisza es el gran baluarte que protege a los magiares, y allí donde los austriacos han intentado hasta ahora pasar al otro lado, siempre han sido rechazados con pérdidas.

Si se llegara a una batalla decisiva y los austriacos la perdieran, cosa que no sería imposible, su retirada sería muy peligrosa, porque es de temer que entonces el pueblo se levantaría por todas partes. El generalísimo no parece ocultarse lo delicado de su situación.

Lo que sigue es el final de las «Comunicaciones de un húngaro» de la A. Oder Ztg. Podría servir también de prueba de lo poco que «fanfarronean» los informes magiares.

Gracias a las sabias medidas de Kossuth, toda la juventud de Pest se ha marchado a Debrecen. Personas que tienen noticia exacta de lo que ocurre al otro lado del Tisza afirman que el ejército húngaro tiene entre 120.000 y 150.000 hombres, está mandado por tres competentes generales polacos, apoyado por un considerable parque de artillería y puede reforzarse en caso necesario con 100.000 hombres de la milicia territorial húngara. El conocido Rosa ocupa con sus bandas el bosque de Bakony.

Los austriacos habían tendido tres puentes: uno en Szolnok, otro en Tissa-Furad y otro en Zibok, de los que se sirvieron los húngaros para cruzar el Tisza y batir al enemigo el 11 del corriente.

En todo el ejército húngaro reinan el orden y la más estricta disciplina, sobre todo desde que los generales polacos asumieron el mando supremo. Los condados del otro lado del Tisza están decididos a defenderse hasta el último hombre, y la mayoría de los jóvenes que, al entrar los austriacos en Pest, huyeron de allí a Debrecen han ingresado en el ejército húngaro, cuyos soldados tienen de 17 a 40 años, y algunos hasta 60, todos ellos entusiasmados por el amor a la patria.

Kossuth, según he sabido de fuente fidedigna, pronunció hace poco en Debrecen un discurso como nunca se había oído otro igual.

La sala estaba llena de diputados y otras personas, y la galería de damas; hizo jurar a los diputados y a todos los presentes que lo apoyarían en la lucha contra Austria; todas las manos se alzaron para el juramento. A este juramento siguió un largo silencio, y entonces él dijo con voz enérgica solo estas palabras: «Ahora la patria está salvada.»

La mayor parte de las tropas imperiales y reales que estaban en Pest y Buda se ha retirado en dirección a Eger y Szegeld, y solo se quedaron allí unos 4000 hombres; incluso se hablaba de que el cuartel general del príncipe Windischgrätz se trasladaría a Eger. Pese a las grandes victorias que los austriacos pretenden haber obtenido, pero que han obtenido los húngaros, no dejaron de apuntar los cañones de la fortaleza de Buda contra la ciudad de Pest; una orden a los habitantes de la fortaleza los conminaba incluso a aprovisionarse para tres meses. Los que no estuvieran en condiciones de hacerlo debían abandonar sus casas.

¿A qué vienen todos estos preparativos, que delatan miedo, en la más completa contradicción con las noticias absurdas según las cuales el ejército austriaco opera ya junto a Debrecen, ya en Transilvania? Los propios soldados están desmoralizados. Oficiales y soldados se quejan en voz alta de que se les haya obligado a tomar las armas contra los húngaros, que nada les han hecho. Los más estúpidos y a la vez los más crueles son los bohemios.

El antiguo presidente del Consejo de Ministros, conde Lajos Batthyány, citado catorce veces, se negó catorce veces a dar respuesta alguna a sus jueces improvisados con estas palabras: «He sido ministro y solo responderé si soy citado ante un tribunal de magnates húngaros». El general Mogá y Hrabowsky, dos ancianos de vida intachable, fueron condenados a 20 años de fortaleza; el yerno del general Mogá, el conde Lázár, coronel de los honvéd, iba a sufrir la muerte, ¡¡pero el magnánimo príncipe Windischgrätz lo indultó con 10 años de prisión encadenado, la pérdida de su nobleza y la degradación infamante!!