Publicados sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.os 260, 261 (segunda edición) y 263, del 31 de marzo y el 1 y el 4 de abril de 1849; la MEW los atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 385-392), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
N.º 260, 31 de marzo de 1849
*Colonia, 30 de marzo. La traición de Ramorino1 ha dado sus frutos. El ejército piamontés ha sido completamente derrotado en Novara y rechazado hacia Borgomanero, al pie de los Alpes. Los austriacos han ocupado Novara, Vercelli y Trino, y tienen abierto el camino de Turín.
Hasta ahora faltan todos los datos más precisos. Pero hay algo seguro: sin Ramorino, que permitió a los austriacos meterse entre las diversas divisiones piamontesas y aislar a una parte de ellas, la victoria era imposible.
No cabe dudar de que también Carlos Alberto2 ha cometido traición. Pero si solo por mediación de Ramorino o también de otra manera, eso no lo sabremos hasta más tarde.
Ramorino es el mismo aventurero que, tras una carrera más que equívoca en la guerra polaca de 1830-1831, desapareció con toda la caja de la expedición de Saboya de 1834 el mismo día en que el asunto tomaba un cariz serio,3 y que más tarde, en Londres, hizo para el ex duque de Brunswick,4 por 1.200 libras esterlinas, un plan para conquistar Alemania.
Que un industrial semejante pudiera siquiera recibir un mando demuestra hasta qué punto Carlos Alberto, que teme más a los republicanos de Génova y de Turín que a los austriacos, pensaba desde el principio en la traición.
Que tras esta derrota se espera una revolución y la proclamación de la república en Turín se deduce de que se intenta prevenirla con la abdicación de Carlos Alberto en favor de su hijo mayor.5
La derrota de los piamonteses es más importante que todas las farsas imperiales alemanas juntas.6 Es la derrota de toda la revolución italiana. Tras la derrota del Piamonte les toca el turno a Roma y a Florencia.
Pero, si no engañan todas las señales, precisamente esta derrota de la revolución italiana será la señal para el estallido de la revolución europea. El pueblo francés ve acercarse a sus fronteras la contrarrevolución armada del extranjero en la misma medida en que en el interior del país lo somete cada vez más su propia contrarrevolución. A la victoria de junio y a la dictadura de Cavaignac en París7 correspondió la marcha victoriosa de Radetzky hasta el Mincio; a la presidencia de Bonaparte, a Barrot y a la ley de clubes8 corresponden la victoria de Novara y la marcha de los austriacos hasta los Alpes. París está maduro para una nueva revolución. Saboya, que desde hace un año prepara su separación del Piamonte y su unión a Francia, y que se resistía a participar en la guerra, Saboya querrá echarse en brazos de Francia; Barrot y Bonaparte tendrán que rechazarla. Génova, y quizá Turín, si aún hay tiempo, proclamarán la república y pedirán ayuda a Francia; y Odilon Barrot les responderá con gravedad que sabrá proteger la integridad del territorio sardo.
Pero si el ministerio no quiere saberlo, el pueblo de París sabe que Francia no puede tolerar a los austriacos en Turín y en Génova. Y el pueblo de París no los tolerará allí. Responderá a los italianos con un levantamiento victorioso, y el ejército francés, el único de Europa que desde el 24 de febrero no ha estado en campo abierto, se unirá a él.
El ejército francés arde en deseos de cruzar los Alpes y medirse con los austriacos. No está acostumbrado a enfrentarse a una revolución que le promete nueva gloria y nuevos laureles, que se presenta con la bandera de la guerra contra la coalición. El ejército francés no es «Mi magnífico ejército».9
La derrota de los italianos es amarga. Ningún pueblo, salvo los polacos, ha sido aplastado tan ignominiosamente por la violencia de vecinos más poderosos, ninguno ha intentado tantas veces y con tanto valor sacudirse la opresión. Y cada vez este desdichado pueblo tiene que volver a sucumbir ante sus opresores; ¡el fin de todos sus esfuerzos, de todas sus luchas, no son más que nuevas derrotas! Pero si esta derrota tiene por consecuencia una revolución en París y hace estallar la guerra europea, cuyos presagios se muestran por todas partes; si es el impulso para un nuevo movimiento en todo el continente, un movimiento que esta vez tendrá un carácter distinto del del año pasado, entonces hasta los italianos tendrán motivo para felicitarse por ello.
N.º 261, 1 de abril de 1849, segunda edición
*Colonia, 1 de abril. Según las últimas noticias que llegan de Italia, la derrota de los piamonteses en Novara no es ni mucho menos tan decisiva como había anunciado el despacho telegráfico enviado a París.
Los piamonteses han sido derrotados, han quedado cortados de Turín y han sido arrojados a la montaña. Eso es todo.
Si el Piamonte fuera una república, si el gobierno de Turín fuera revolucionario y tuviera el valor de recurrir a medios revolucionarios, no se habría perdido nada. Pero la independencia italiana se pierde, no por la invencibilidad de las armas austriacas, sino por la cobardía de la monarquía piamontesa.
¿Por qué han vencido los austriacos? Porque en el ejército piamontés, por la traición de Ramorino, dos divisiones quedaron separadas de las otras tres, y estas tres, aisladas, fueron derrotadas por la superioridad numérica austriaca. Estas tres divisiones han sido rechazadas ahora al pie de los Alpes del Valais.
Fue de entrada un error enorme que los piamonteses opusieran a los austriacos solo un ejército regular, que quisieran hacerles una guerra ordinaria, burguesa, decente. Un pueblo que quiere conquistar su independencia no puede limitarse a los medios de guerra ordinarios. Levantamiento en masa, guerra revolucionaria, guerrillas por todas partes: ese es el único medio por el que un pueblo pequeño puede acabar con uno grande, por el que un ejército menos fuerte puede ponerse en condiciones de resistir al más fuerte y mejor organizado.
Los españoles lo demostraron en 1807-1812; los húngaros lo están demostrando todavía.
Chrzanowski10 había sido derrotado en Novara y cortado de Turín; Radetzky estaba a 9 millas11 de Turín. En una monarquía como el Piamonte, aunque sea constitucional, la campaña quedaba con ello decidida; se pidió la paz a Radetzky. Pero en una república con ello no se habría decidido nada. Si la inevitable cobardía de las monarquías, que nunca tienen el valor de recurrir a los medios revolucionarios extremos, si esa cobardía no lo hubiera impedido, la derrota de Chrzanowski habría podido ser una suerte para Italia.
Si el Piamonte fuera una república que no tuviera que guardar consideraciones a las tradiciones monárquicas, tenía abierto un camino para terminar la campaña de una manera muy distinta.
Chrzanowski había sido rechazado hacia Biella y Borgomanero. Allí, donde los Alpes suizos hacen imposible cualquier retirada ulterior, donde los dos o tres estrechos valles fluviales hacen poco menos que imposible la dispersión del ejército, allí era fácil concentrar el ejército y con una marcha audaz dejar sin fruto la victoria de Radetzky.
Si los jefes del ejército piamontés hubieran tenido valor revolucionario, si hubieran sabido que en Turín había un gobierno revolucionario dispuesto a todo, su manera de actuar era muy sencilla.
Junto al lago Mayor había, tras la batalla de Novara, de 30.000 a 40.000 hombres de tropas piamontesas. Este cuerpo, concentrado en dos días, podía lanzarse sobre la Lombardía, donde no hay ni 12.000 austriacos; podía ocupar Milán, Brescia y Cremona, organizar el levantamiento general, batir uno por uno los cuerpos austriacos que llegaran por separado del Véneto y hacer saltar así por los aires toda la base de operaciones de Radetzky.
Radetzky, en lugar de marchar sobre Turín, habría tenido que dar media vuelta inmediatamente y regresar a la Lombardía, perseguido por la leva en masa de los piamonteses, que naturalmente tenía que apoyar la insurrección lombarda.
Esta verdadera guerra nacional, una guerra como la que hicieron los lombardos en marzo de 1848 y con la que echaron a Radetzky detrás del Oglio y el Mincio, esta guerra habría lanzado a la lucha a toda Italia e infundido a romanos y toscanos una energía muy distinta.
Mientras Radetzky seguía entre el Po y el Tesino, pensándose si avanzar o retroceder, los piamonteses y los lombardos podían marchar hasta Venecia, liberar Venecia del asedio, atraerse a La Marmora12 y a las tropas romanas, inquietar y debilitar al mariscal austriaco con innumerables enjambres de guerrilleros, dispersar sus tropas y finalmente batirlo. La Lombardía no esperaba más que la entrada de los piamonteses; ya se levantaba sin esperarla. Solo las ciudadelas austriacas mantenían a raya a las ciudades lombardas. Diez mil piamonteses estaban ya en la Lombardía; si hubieran entrado otros 20.000 o 30.000, la retirada de Radetzky habría sido imposible.
Pero el levantamiento en masa, la insurrección general del pueblo, son medios ante cuyo empleo retrocede la monarquía. Son medios que solo emplea la república: 1793 da la prueba. Son medios cuya ejecución presupone el terrorismo revolucionario, ¿y dónde ha habido un monarca que pudiera decidirse a ello?
Lo que ha arruinado a los italianos no es, pues, la derrota de Novara y Vigevano, sino la cobardía y la moderación a las que los constriñe la monarquía. La batalla perdida de Novara solo trajo una desventaja estratégica: estaban cortados de Turín, mientras que los austriacos tenían el camino abierto. Esta desventaja no tenía ninguna importancia si a la batalla perdida le seguía inmediatamente la verdadera guerra revolucionaria, si el resto del ejército italiano se declaraba enseguida núcleo del levantamiento nacional en masa, si la decente guerra estratégica de ejércitos se transformaba en una guerra del pueblo, como la que hicieron los franceses en 1793.
¡Pero, claro! Guerra revolucionaria, levantamiento en masa y terrorismo: a eso la monarquía no se avendrá jamás. Antes hace la paz con su enemigo más encarnizado, que es de su misma condición, que aliarse con el pueblo.
Que Carlos Alberto sea traidor o no, la corona de Carlos Alberto, la monarquía por sí sola habría bastado para arruinar a Italia.
Pero Carlos Alberto es un traidor. Por todos los periódicos franceses corre la noticia del gran complot contrarrevolucionario europeo de todas las grandes potencias, del plan de campaña de la contrarrevolución para aplastar definitivamente a todos los pueblos europeos. Rusia e Inglaterra, Prusia y Austria, Francia y Cerdeña han firmado esta nueva Santa Alianza.
Carlos Alberto tenía orden de empezar la guerra con Austria, dejarse derrotar y dar así a los austriacos la ocasión de restablecer la «tranquilidad» en el Piamonte, en Florencia y en Roma, y de hacer otorgar por todas partes constituciones de ley marcial. A cambio, Carlos Alberto recibía Parma y Piacenza, los rusos pacificaban Hungría, Francia había de convertirse en imperio, y con eso quedaba restablecida la tranquilidad de Europa. Este es, según los periódicos franceses, el gran plan de la contrarrevolución; y este plan explica la traición de Ramorino y explica la derrota de los italianos.
Pero la monarquía ha recibido un nuevo golpe con la victoria de Radetzky. La batalla de Novara y la parálisis de los piamonteses que le siguió demuestran que, en los casos extremos en que un pueblo necesita poner en tensión todas sus fuerzas para salvarse, nada lo estorba más que la monarquía. Si Italia no ha de perecer por la monarquía, antes que nada tiene que perecer la monarquía en Italia.
N.º 263, 4 de abril de 1849
* Por fin tenemos ante nosotros, clara y distinta, la marcha de la campaña piamontesa hasta la victoria de los austriacos en Novara.
Mientras Radetzky hacía correr deliberadamente el falso rumor de que se mantendría a la defensiva y retrocedería hacia el Adda, concentraba en silencio todas sus tropas en torno a Sant'Angelo y Pavía. Gracias a la traición del partido austriaco-reaccionario de Turín estaba informado por completo de todos los planes y disposiciones de Chrzanowski, de toda la posición de su ejército, mientras que él consiguió engañar por completo a los piamonteses sobre los suyos. De ahí el despliegue del ejército piamontés a ambos lados del Po, calculado únicamente para avanzar desde todas partes a la vez, en un movimiento concéntrico, sobre Milán y Lodi.
Y, sin embargo, con una resistencia seria en el centro del ejército piamontés, no se podía pensar ni de lejos en los rápidos éxitos que ha logrado ahora Radetzky. Si el cuerpo de Ramorino le salía al paso junto a Pavía, quedaba tiempo de sobra para disputarle el paso del Tesino hasta que llegaran refuerzos. Entretanto, podían llegar también las divisiones que estaban en la orilla derecha del Po y junto a Arona; el ejército piamontés, desplegado paralelamente al Tesino, cubría Turín y era más que suficiente para poner en fuga al ejército de Radetzky. Con que Ramorino cumpliera con su deber había que contar, naturalmente.
No lo cumplió. Permitió a Radetzky el paso del Tesino, y con ello quedó roto el centro piamontés y aisladas las divisiones desplegadas al otro lado del Po. Con ello, en realidad, la campaña ya estaba decidida.
Radetzky desplegó entonces todas sus fuerzas, de 60.000 a 70.000 hombres con 120 cañones, entre el Tesino y el Agogna, y tomó de flanco las cinco divisiones piamontesas desplegadas a lo largo del Tesino. Con su colosal superioridad rechazó el día 21 en Mortara, Garlasco y Vigevano a las cuatro más próximas, tomó Mortara, obligó así a los piamonteses a replegarse sobre Novara y amenazó la única carretera de Turín que les quedaba abierta, la de Novara por Vercelli y Chivasso.
Pero esa carretera ya estaba perdida para los piamonteses. Para reunir sus tropas, y sobre todo para poder atraer la división Solaroli, desplegada en el extremo del ala izquierda, en torno a Arona, tenían que hacer de Novara el nudo de sus operaciones, mientras que de otro modo habrían podido tomar una nueva posición detrás del Sesia.
Por eso, casi cortados ya de Turín, no les quedaba más que aceptar una batalla en Novara o lanzarse sobre la Lombardía, organizar la guerra del pueblo y abandonar Turín a su suerte, a las reservas y a las guardias nacionales. En ese caso, Radetzky se habría guardado mucho de seguir avanzando.
Pero ese caso presupone que en el propio Piamonte estuviera preparado el levantamiento en masa, y eso es precisamente lo que no ocurría. La guardia nacional burguesa estaba armada; pero la masa del pueblo estaba sin armas, por mucho que reclamara a gritos las armas que había en los arsenales.
La monarquía no se había atrevido a apelar a la misma fuerza irresistible que salvó a Francia en 1793.
Los piamonteses tuvieron, pues, que aceptar la batalla de Novara, por desfavorable que fuera su posición y por grande que fuera la superioridad enemiga.
40.000 piamonteses (diez brigadas) con una artillería relativamente débil se enfrentaban a todas las fuerzas austriacas, por lo menos 60.000 hombres con 120 cañones.
El ejército piamontés estaba desplegado a ambos lados de la carretera de Mortara, bajo los muros de Novara.
El ala izquierda, a las órdenes de Durando, dos brigadas, se apoyaba en una posición bastante fuerte, La Bicocca.
El centro, a las órdenes de Bès, tres brigadas, se apoyaba en una granja, La Cittadella.
El ala derecha, a las órdenes de Perrone, dos brigadas, se apoyaba en la meseta de Corte Nuove (carretera de Vercelli).
Dos cuerpos de reserva: uno de dos brigadas, a las órdenes del duque de Génova, desplegado hacia el ala izquierda, y el otro, de una brigada y la Guardia, hacia el ala derecha, a las órdenes del duque de Saboya, hoy rey.
El despliegue de los austriacos, según su boletín, está menos claro.
El segundo cuerpo austriaco, a las órdenes de d'Aspre, atacó primero el ala izquierda de los piamonteses, mientras detrás de él tomaban posiciones el tercer cuerpo, a las órdenes de Appel, así como el cuerpo de reserva y el cuarto. Los austriacos consiguieron desplegar por completo su línea de batalla y llevar a cabo un ataque concéntrico sobre todos los puntos del orden de batalla piamontés a la vez, con tal superioridad que los piamonteses quedaron aplastados.
La llave de la posición piamontesa era la Bicocca; si los austriacos se apoderaban de ella, el centro y el ala izquierda de los piamonteses quedaban encerrados entre la ciudad (no fortificada) y el canal y podían ser dispersados u obligados a deponer las armas.
Contra el ala izquierda piamontesa, cuyo principal apoyo era la Bicocca, se dirigió por eso también el ataque principal. Aquí se combatió con gran violencia, pero durante mucho tiempo sin resultado.
También el centro fue atacado con mucho ímpetu. La Cittadella se perdió varias veces, y varias veces la recuperó Bès.
Cuando los austriacos vieron que allí chocaban con una resistencia demasiado fuerte, volvieron sus fuerzas principales de nuevo contra el ala izquierda piamontesa. Las dos divisiones piamontesas fueron rechazadas sobre la Bicocca, y finalmente la propia Bicocca fue tomada al asalto. El duque de Saboya se lanzó con las reservas sobre los austriacos; en vano. La superioridad de los imperiales era demasiado grande, la posición estaba perdida y con ello decidida la batalla. La única retirada que les quedaba a los piamonteses era hacia los Alpes, hacia Biella y Borgomanero.
Y esta batalla, preparada por la traición y ganada por la superioridad numérica, la llama la Kölnische Zeitung, que tanto tiempo ha suspirado por una victoria de los austriacos,
«una batalla que brillará por siempre en la historia militar (!), pues la victoria que ha conseguido el viejo Radetzky es el resultado de movimientos tan hábilmente combinados y de una valentía tan verdaderamente grandiosa que desde los días del gran demonio de las batallas, Napoleón, no se ha visto nada semejante» (!!!).
Radetzky, o más bien Heß,13 su jefe de Estado Mayor, ha llevado a cabo muy bien su complot con Ramorino, lo admitimos. Que desde la traición de Grouchy en Waterloo14 no se había visto una infamia tan grandiosa como la de Ramorino es también verdad. Pero Radetzky no pertenece a la misma clase que el «demonio de las batallas» (!) Napoleón, sino que pertenece a la de Wellington: a los dos sus victorias les costaron siempre más dinero contante que valentía y habilidad.
En las demás mentiras difundidas anoche por la Köln[ische] Z[ei]t[un]g, como que los diputados demócratas de Turín se habían dado a la fuga, que los lombardos se habían «portado como una chusma cobarde», etc., ni siquiera entramos. Los últimos acontecimientos ya las han refutado. Estas mentiras no constatan otra cosa que la alegría de la Kölnische Zeitung porque la gran Austria, y encima con ayuda de la traición, ha aplastado al pequeño Piamonte.
Gerolamo Ramorino (1792-1849), general al servicio del Piamonte; en marzo de 1849, en contra de las órdenes recibidas, dejó libre el paso del Tesino a los austriacos. Fue condenado por un consejo de guerra y fusilado en mayo de 1849. ↩
Carlos Alberto (1798-1849), rey de Cerdeña-Piamonte desde 1831; abdicó la noche de la batalla de Novara, el 23 de marzo de 1849. ↩
La expedición de exiliados mazzinianos contra Saboya en febrero de 1834, que mandaba Ramorino y que fracasó sin combate. ↩
Carlos II (1804-1873), duque de Brunswick, derrocado por una insurrección en 1830. ↩
Víctor Manuel II (1820-1878), rey de Cerdeña-Piamonte desde 1849 y más tarde rey de Italia. ↩
Alusión a los debates de la Asamblea Nacional de Fráncfort sobre el imperio hereditario y la elección de Federico Guillermo IV como emperador de los alemanes (28 de marzo de 1849). ↩
La insurrección obrera de París fue aplastada en junio de 1848 por el general Cavaignac, que gobernó con poderes dictatoriales hasta diciembre. ↩
Luis Bonaparte fue elegido presidente de la República francesa el 10 de diciembre de 1848; Odilon Barrot presidía su gobierno. La ley contra los clubes políticos, impulsada por el gobierno de Barrot, se votó en la Asamblea Nacional en marzo de 1849. ↩
«Mein herrliches Kriegsheer», expresión de Federico Guillermo IV para referirse al ejército prusiano. ↩
Wojciech Chrzanowski (1793-1861), general polaco, comandante en jefe del ejército piamontés en 1849. ↩
La milla alemana de la época equivalía a unos 7,5 km. ↩
Alfonso La Marmora (1804-1878), general piamontés, que mandaba un cuerpo destacado en la frontera de la Toscana. ↩
Heinrich von Heß (1788-1870), general austriaco, jefe del Estado Mayor de Radetzky. ↩
El mariscal Emmanuel de Grouchy no acudió a tiempo al campo de batalla de Waterloo (1815), lo que contribuyó a la derrota de Napoleón; los bonapartistas lo acusaron de traición. ↩