Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 257, del 28 de marzo de 1849; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 381-384), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*Colonia, 27 de marzo. Ha empezado la guerra en Italia.1 Con ella, la monarquía de los Habsburgo se ha echado encima una carga bajo la que probablemente sucumbirá.

Mientras Hungría no estaba en guerra abierta con el conjunto de la monarquía, sino solo en un vacilante estado de guerra contra los eslavos del sur, a Austria no le costaba nada acabar con unos italianos solo a medias revolucionados, divididos y paralizados por una triple traición de sus príncipes. Y aun así, ¡cuánto esfuerzo le costó! Primero tuvieron que retirar del Véneto sus tropas, directa o indirectamente, el papa y el gran duque de Toscana;2 primero tuvieron Carlos Alberto3 y sus generales, en parte incapaces, en parte vendidos, que cometer una traición directa a la causa de Italia; primero, sobre todo, hubo que llevar a los magiares unas veces y a los eslavos del sur otras, con una política de doble juego y con concesiones aparentes, a mandar tropas a Italia, antes de que Radetzky4 pudiera ganar sus victorias del Mincio. Es sabido que solo los regimientos de la frontera militar de los eslavos del sur,5 llevados en masa a Italia, devolvieron la capacidad de combate al desorganizado ejército austriaco.

Además, mientras duró el armisticio con el Piamonte, mientras Austria solo estaba obligada a mantener su ejército de Italia en los efectivos que tenía hasta entonces, sin tener que reforzarlo extraordinariamente, pudo dirigir contra Hungría el grueso de sus 600.000 soldados, hacer retroceder a los magiares de una posición a otra y llegar por fin, con refuerzos que avanzaban día tras día, incluso a aplastar el poderío magiar. Ante esa superioridad, Kossuth6 habría tenido que sucumbir a la larga tan inevitablemente como Napoleón.

Pero la guerra en Italia cambia mucho la situación. Desde el momento en que fue segura la denuncia del armisticio, Austria tuvo que duplicar sus envíos de tropas a Italia, tuvo que repartir sus reclutas recién levados entre Windischgrätz7 y Radetzky. Así, es de esperar que ninguno de los dos reciba bastante.

Por eso, mientras para los magiares y los italianos se trata solo de ganar tiempo —tiempo para conseguir y fabricar armas, tiempo para instruir a la leva en masa y a las guardias nacionales hasta hacer de ellas soldados aptos para la campaña, tiempo para llevar a cabo la revolución en el país—, Austria pierde fuerza cada día en relación con sus adversarios.

Mientras Roma, la Toscana y el propio Piamonte son lanzados por la guerra misma cada vez más hondo en la revolución y obligados cada día a una energía revolucionaria mayor, mientras pueden esperar la crisis que se acerca a pasos rápidos en Francia, en Austria el tercer elemento desorganizador, la oposición eslava, gana terreno día a día y se organiza cada día mejor. La Constitución otorgada,8 que, en agradecimiento por haber salvado a Austria, arroja a los eslavos a una situación anterior a marzo, y los muchos agravios que han sufrido los eslavos por los abusos de burócratas y soldados son hechos consumados que ya no se pueden cambiar.

Se comprende que en estas circunstancias la Kölnische Zeitung tenga la mayor prisa por que los imperiales acaben con la desagradable guerra húngara. En consecuencia, ayer los hace cruzar el Tisza en tres columnas, noticia tanto más digna de crédito cuanto menos la ha confirmado hasta ahora ningún boletín. De otra parte, en cambio, se informa de que, muy al contrario, el ejército magiar avanza a marchas forzadas sobre Pest y se propone evidentemente liberar Komárom. Komárom, aunque violentamente bombardeada, resiste con valor. Durante el bombardeo, los sitiados no dispararon ni un tiro; pero cuando los austriacos intentaron un asalto, fueron rechazados con grandes pérdidas por un mortífero fuego de metralla. Se dice que el regimiento polaco de ulanos Duque de Coburgo, cuando Dembiński9 esperaba tranquilamente su ataque y mandó tocar la melodía de «Polonia aún no ha muerto»,10 se pasó a los magiares.

Estas son todas las noticias del escenario de la guerra húngara que hoy estamos en condiciones de dar. El correo de Viena del día 23 no ha llegado.

Pasemos ahora al escenario de la guerra italiana. Aquí el ejército piamontés está desplegado en un largo arco a lo largo del Tesino y del Po. Su primera línea se extiende desde Arona por Novara, Vigevano y Voghera hasta Castel San Giovanni, delante de Piacenza. Su reserva está algunas millas11 más atrás, en el Sesia y el Bormida, junto a Vercelli, Trino y Alessandria. En el extremo del ala derecha, en Sarzana, en la frontera de la Toscana con Módena, hay un cuerpo destacado al mando de La Marmora,12 dispuesto a irrumpir por los pasos de la Lunigiana en Parma y Módena, a enlazar por la izquierda con el ala derecha del ejército principal y por la derecha con los ejércitos toscano y romano, a cruzar según las circunstancias el Po y el Adigio y a operar en el Véneto.

Enfrente, en la orilla izquierda del Tesino y del Po, está Radetzky. Su ejército, como es sabido, está dividido en dos cuerpos, uno de los cuales ocupa la Lombardía y el otro el Véneto. Mientras de esta última provincia no se anuncia ningún movimiento de tropas, de todas partes oímos que Radetzky concentra en la Lombardía todo su ejército en el Tesino. Ha retirado todas sus tropas de Parma y en Módena solo ha dejado unos cientos de hombres en la ciudadela. Varese, Como, el Val d'Intelvi y la Valtelina han quedado completamente desguarnecidos de tropas, y hasta los guardias fronterizos de la aduana han desaparecido.

Todas las fuerzas disponibles de Radetzky, 50.000 hombres, están desplegadas a lo largo del Tesino de Magenta a Pavía, y a lo largo del Po de Pavía a Piacenza.

Se dice que el propio Radetzky tuvo el temerario plan de cruzar enseguida el Tesino con este ejército y, al amparo de la inevitable consternación de los italianos, marchar directamente sobre Turín. Todavía se recuerda del año pasado cómo Radetzky alimentó más de una vez estos antojos napoleónicos y cómo le sentaron ya entonces. Esta vez, sin embargo, todo el consejo de guerra se opuso, y se decidió retroceder sin batalla decisiva hacia el Adda, el Oglio y, en caso de necesidad, incluso el Chiese, para reunir allí refuerzos del Véneto y de Iliria.

De las maniobras de los piamonteses y del ardor guerrero de los lombardos dependerá que esta retirada se haga sin pérdidas y que los austriacos consigan detener mucho tiempo a los piamonteses. Porque la vertiente meridional de los Alpes, la comarca de Como, la Brianza, la Bergamasca, la Valtelina y el Bresciano, que ya están en gran parte abandonados por los austriacos, se prestan en sumo grado a la guerra nacional de guerrillas. Los austriacos concentrados en la llanura tienen que dejar libre la montaña. Aquí los piamonteses, avanzando rápidamente con tropas ligeras sobre el ala derecha de los austriacos, pueden organizar enseguida guerrillas que amenacen el flanco de los imperiales y, en caso de derrota de alguno de sus cuerpos, su retirada, que les corten los suministros y que extiendan la insurrección hasta los Alpes del Trentino. Garibaldi estaría aquí en su sitio. Pero no se le ocurrirá servir de nuevo a las órdenes del traidor Carlos Alberto.

El ejército toscano-romano, apoyado por La Marmora, tendrá que ocupar la línea del Po de Piacenza a Ferrara, pasar lo antes posible el Po y, en segunda línea, el Adigio, separar a Radetzky del cuerpo austriaco del Véneto y operar sobre su ala izquierda o, en su caso, a su espalda. Sin embargo, difícilmente llegará con la rapidez suficiente para influir en las primeras operaciones de la guerra.

Pero más que todo eso decide la actitud de los piamonteses. El ejército es bueno y tiene ganas de combatir; pero si lo traicionan de nuevo como el año pasado, tendrá que ser derrotado. Los lombardos piden armas para batirse contra sus opresores; pero si de nuevo, como el año pasado, un gobierno burgués vacilante paraliza el levantamiento en masa, Radetzky podrá hacer una vez más su entrada en Milán.

Contra la traición y la cobardía del gobierno no hay más que un remedio: la revolución. Y quizá haga falta precisamente un nuevo perjurio de Carlos Alberto, una nueva deslealtad de la nobleza y la burguesía lombardas, para llevar a término la revolución italiana y, con ella, la guerra de independencia italiana. Pero entonces, ¡ay de los traidores!

  1. El 12 de marzo de 1849 el Piamonte denunció el armisticio firmado con Austria en agosto de 1848 (armisticio de Salasco), tras la derrota de Custoza; las hostilidades se reanudaron el 20 de marzo. ↩

  2. Pío IX, papa de 1846 a 1878, y Leopoldo II, gran duque de Toscana de 1824 a 1859. ↩

  3. Carlos Alberto (1798-1849), rey de Cerdeña-Piamonte desde 1831. ↩

  4. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, jefe del ejército de Italia; venció a los piamonteses en Custoza en julio de 1848. ↩

  5. Los regimientos de la frontera militar (Militärgrenze), franja fronteriza con el Imperio otomano poblada sobre todo por croatas y serbios y organizada militarmente. ↩

  6. Lajos Kossuth (1802-1894), dirigente de la revolución húngara, presidente del Comité de Defensa Nacional. ↩

  7. El príncipe Alfred zu Windischgrätz (1787-1862), mariscal austriaco que aplastó la insurrección de Praga en junio de 1848 y la de Viena en octubre, y mandaba entonces el ejército contra Hungría. ↩

  8. La Constitución otorgada por el emperador Francisco José el 4 de marzo de 1849, tras disolver el Parlamento de Kremsier. ↩

  9. Henryk Dembiński (1791-1864), general polaco, uno de los jefes del ejército revolucionario húngaro. ↩

  10. «Jeszcze Polska nie zginęła», la canción de las legiones polacas de Dąbrowski, hoy himno de Polonia. ↩

  11. La milla alemana de la época equivalía a unos 7,5 km. ↩

  12. Alfonso La Marmora (1804-1878), general piamontés. ↩