Escrito por Karl Marx en Colonia sobre la base de las conferencias que había dado en diciembre de 1847 en la Asociación Obrera Alemana de Bruselas. Publicado como editorial, en cinco entregas, en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), números 264, 265, 266, 267 y 269, del 5 al 11 de abril de 1849; la serie quedó inacabada. Traducido del texto del periódico, sin los cambios que Friedrich Engels introdujo en la edición de 1891, reconstruido a partir de las variantes que registra el tomo 6 de las Marx-Engels-Werke (Berlín, 1959, pp. 397-423), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 4 de abril.1

Se nos ha reprochado desde distintos lados que no hayamos expuesto las relaciones económicas que forman la base material de las actuales luchas de clases y luchas nacionales. Deliberadamente, solo hemos tocado esas relaciones allí donde se imponían de forma directa en las colisiones políticas.

Se trataba ante todo de seguir la lucha de clases en la historia de cada día y de demostrar empíricamente, con el material histórico existente y creado de nuevo a diario, que con el sometimiento de la clase obrera, que había hecho Febrero y Marzo, fueron vencidos al mismo tiempo sus adversarios: los republicanos burgueses en Francia, las clases burguesas y campesinas que combatían el absolutismo feudal en todo el continente europeo; que la victoria de la «república honesta» en Francia fue al mismo tiempo la caída de las naciones que habían respondido a la Revolución de Febrero con heroicas guerras de independencia;2 que, por último, con la derrota de los obreros revolucionarios, Europa volvió a caer en su vieja doble esclavitud, la esclavitud anglo-rusa. La lucha de junio en París, la caída de Viena, la tragicomedia del noviembre berlinés, los esfuerzos desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el hambre de Irlanda:3 esos fueron los momentos principales en que se resumió la lucha de clases europea entre la burguesía y la clase obrera, y en ellos demostramos que todo levantamiento revolucionario, por lejos que su objetivo parezca estar de la lucha de clases, ha de fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria; que toda reforma social seguirá siendo una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra mundial. En nuestra exposición, como en la realidad, Bélgica y Suiza eran cuadros de género tragicómicos y caricaturescos dentro del gran cuadro histórico: la una, el Estado modelo de la monarquía burguesa; la otra, el Estado modelo de la república burguesa; ambas, Estados que se imaginan tan independientes de la lucha de clases como de la revolución europea.

Ahora que nuestros lectores han visto desarrollarse la lucha de clases del año 1848 en formas políticas colosales, ha llegado el momento de entrar más de cerca en las relaciones económicas mismas sobre las que se funda la existencia de la burguesía y su dominación de clase, así como la esclavitud de los obreros.

Lo expondremos en tres grandes apartados: 1) la relación del trabajo asalariado con el capital, la esclavitud del obrero, la dominación del capitalista; 2) la ruina inevitable de las clases burguesas medias y del campesinado bajo el sistema actual;4 3) el sometimiento comercial y la explotación de las clases burguesas de las distintas naciones europeas por el déspota del mercado mundial: Inglaterra.

Procuraremos exponerlo de la manera más sencilla y popular posible, sin dar por supuestos ni siquiera los conceptos más elementales de la economía política. Queremos que nos entiendan los obreros. Además, en Alemania reinan la ignorancia y la confusión de conceptos más asombrosas sobre las relaciones económicas más simples, desde los defensores patentados del orden existente hasta los curanderos socialistas y los genios políticos incomprendidos, de los que la Alemania desmembrada anda todavía más sobrada que de príncipes soberanos.

Vamos, pues, a la primera cuestión:

¿Qué es el salario? ¿Cómo se determina?

Si preguntáramos a los obreros: «¿Cuánto es su salario?», nos responderían, uno: «Mi burgués me paga 1 franco5 por la jornada de trabajo»; otro: «Me paga 2 francos», etc. Según las distintas ramas de trabajo a que pertenezcan, indicarían distintas sumas de dinero que reciben de su burgués de turno por un tiempo de trabajo determinado o por la ejecución de un trabajo determinado, por ejemplo, por tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. Pese a la diversidad de sus respuestas, todos coincidirán en un punto: el salario es la suma de dinero que el burgués paga por un tiempo de trabajo determinado o por una cantidad determinada de trabajo entregado.

Así pues, el burgués compra su trabajo con dinero.6 Por dinero le venden ellos su trabajo. Con la misma suma de dinero con que el burgués ha comprado su trabajo, por ejemplo con 2 francos, podría haber comprado 2 libras de azúcar o cualquier otra mercancía por un importe determinado. Los 2 francos con que compró 2 libras de azúcar son el precio de las 2 libras de azúcar. Los 2 francos con que compró doce horas de trabajo son el precio del trabajo de doce horas. El trabajo es, pues, una mercancía, ni más ni menos que el azúcar. El primero se mide con el reloj, y… el segundo, con la balanza.

Los obreros cambian su mercancía, el trabajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero, y este cambio se hace en una proporción determinada. Tanto dinero por tanto trabajo. Por doce horas de tejer, 2 francos. Y esos 2 francos, ¿no representan todas las demás mercancías que puedo comprar por 2 francos? En efecto, el obrero ha cambiado su mercancía, el trabajo, por otras mercancías de toda clase, y en una proporción determinada. Al darle 2 francos, el capitalista le ha dado tanta carne, tanta ropa, tanta leña, tanta luz, etc., a cambio de su jornada de trabajo. Los 2 francos expresan, pues, la proporción en que el trabajo se cambia por otra mercancía, el valor de cambio de su trabajo. El valor de cambio de una mercancía, tasado en dinero, es precisamente lo que se llama su precio. El salario no es, por tanto, más que un nombre particular del precio del trabajo, del precio de esa mercancía peculiar que no tiene más receptáculo que la carne y la sangre humanas.

Tomemos un obrero cualquiera, por ejemplo, un tejedor. El burgués le suministra el telar y el hilo. El tejedor se pone a trabajar, y el hilo se convierte en lienzo. El burgués se apodera del lienzo y lo vende, por ejemplo, por 20 francos. ¿Es el salario del tejedor una parte del lienzo, de los 20 francos, del producto de su trabajo? En absoluto. Mucho antes de que se venda el lienzo, quizá mucho antes de que esté tejido del todo, el tejedor ha cobrado su salario. El capitalista no paga, pues, ese salario con el dinero que sacará del lienzo, sino con dinero que tiene en reserva. Del mismo modo que el telar y el hilo no son producto del tejedor, a quien se los suministra el burgués, tampoco lo son las mercancías que recibe a cambio de su mercancía, el trabajo. Pudo ocurrir que el burgués no encontrara ningún comprador para su lienzo. Pudo ocurrir que con su venta no recuperara siquiera el salario. Puede ocurrir que lo venda muy ventajosamente en relación con la paga del tejedor. Nada de eso le incumbe al tejedor. El capitalista compra con una parte de su patrimonio existente, de su capital, el trabajo del tejedor exactamente igual que con otra parte de su patrimonio ha comprado la materia prima —el hilo— y el instrumento de trabajo —el telar—. Una vez hechas estas compras, y entre ellas figura el trabajo necesario para producir el lienzo, ya solo produce con materias primas e instrumentos de trabajo que le pertenecen. Entre estos últimos se cuenta también, desde luego, nuestro buen tejedor, que tiene en el producto o en el precio del producto tan poca parte como el telar.

El salario no es, pues, una parte que corresponda al obrero en la mercancía producida por él. El salario es la parte de mercancía ya existente con la que el capitalista se compra una cantidad determinada de trabajo productivo.

El trabajo es, pues, una mercancía que su poseedor, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Por qué la vende? Para vivir.

Pero el trabajo es la propia actividad vital del obrero, la propia manifestación de su vida. Y esa actividad vital la vende a un tercero para asegurarse los medios de vida necesarios. Su actividad vital no es para él, por tanto, más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. Ni siquiera cuenta el trabajo como parte de su vida; es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha adjudicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es tampoco el fin de su actividad. Lo que produce para sí mismo no es la seda que teje, ni el oro que extrae del pozo de la mina, ni el palacio que construye. Lo que produce para sí mismo es el salario, y la seda, el oro y el palacio se reducen para él a una cantidad determinada de medios de vida, quizá a una chaqueta de algodón, a unas monedas de cobre y a un sótano por vivienda. Y el obrero que durante doce horas teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, pica piedra, acarrea, etc., ¿tiene esas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar, picar piedra por manifestación de su vida, por vida? Al contrario. La vida empieza para él allí donde termina esa actividad: en la mesa, en el banco de la taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo, en cambio, no tienen para él ningún sentido como tejer, hilar, taladrar, etc., sino como ganar, que es lo que le lleva a la mesa, al banco de la taberna, a la cama. Si el gusano de seda hilara para ganarse su existencia de oruga, sería un perfecto obrero asalariado.

El trabajo no siempre ha sido una mercancía. El trabajo no siempre ha sido trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su trabajo al dueño de esclavos, igual que el buey no vende sus servicios al campesino. El esclavo, junto con su trabajo, está vendido de una vez para siempre a su propietario. Es una mercancía que puede pasar de las manos de un propietario a las de otro. Él mismo es una mercancía, pero la fuerza de trabajo no es su mercancía. El siervo de la gleba solo vende una parte de su trabajo. No es él quien recibe un salario del propietario de la tierra; es más bien el propietario de la tierra quien recibe de él un tributo. El siervo pertenece a la tierra y rinde frutos al señor de la tierra. El obrero libre, en cambio, se vende a sí mismo, y además a trozos. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, un día tras otro, al mejor postor, a los poseedores de las materias primas, de los instrumentos de trabajo y de los medios de vida, es decir, a los capitalistas. El obrero no pertenece a ningún propietario ni a la tierra, pero 8, 10, 12, 15 horas de su vida diaria pertenecen a quien las compra. El obrero deja al capitalista al que se alquila siempre que quiere, y el capitalista lo despide siempre que le parece oportuno, en cuanto ya no saca de él ningún provecho o no el provecho que esperaba. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta del trabajo, no puede abandonar a toda la clase de los compradores, es decir, a la clase capitalista, sin renunciar a su existencia. No pertenece a este o aquel burgués, sino a los burgueses, a la clase burguesa; y es asunto suyo colocarse, es decir, encontrar un comprador dentro de esa clase burguesa.

Antes de entrar más de cerca en la relación entre capital y trabajo asalariado, expondremos brevemente las relaciones más generales que intervienen en la determinación del salario.

El salario es, como hemos visto, el precio de una mercancía determinada, el trabajo. El salario está, pues, determinado por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.

La pregunta es, por tanto: ¿cómo se determina el precio de una mercancía?

Colonia, 5 de abril.

¿Qué determina el precio de una mercancía?

La competencia entre compradores y vendedores, la relación entre la demanda y la oferta, entre lo que se ofrece y lo que se pide. La competencia que determina el precio de una mercancía tiene tres lados.

La misma mercancía la ofrecen distintos vendedores. Quien vende más barato mercancías de la misma calidad tiene la seguridad de desalojar del campo a los demás vendedores y de asegurarse la mayor salida. Los vendedores se disputan, pues, unos a otros la salida, el mercado. Cada uno de ellos quiere vender, vender lo más posible y, si puede, vender él solo, excluyendo a los demás vendedores. Por eso uno vende más barato que otro. Hay, pues, una competencia entre los vendedores que hace bajar el precio de las mercancías que ofrecen.

Pero hay también una competencia entre los compradores, que, por su parte, hace subir el precio de las mercancías ofrecidas.

Hay, por último, una competencia entre compradores y vendedores: los unos quieren comprar lo más barato posible; los otros, vender lo más caro posible. El resultado de esta competencia entre compradores y vendedores dependerá de cómo estén los dos lados de la competencia antes indicados, es decir, de si es más fuerte la competencia en el ejército de los compradores o la competencia en el ejército de los vendedores. La industria lanza al campo de batalla dos ejércitos enfrentados, en cada uno de los cuales se libra a su vez una batalla entre sus propias tropas, dentro de sus propias filas. El ejército en cuyas tropas hay menos riñas se lleva la victoria sobre el contrario.

Supongamos que hay en el mercado 100 balas de algodón y, al mismo tiempo, compradores para 1.000 balas. En este caso la demanda es, pues, diez veces mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será, por tanto, muy fuerte; cada uno de ellos quiere hacerse con una bala, y si puede con las 100. Este ejemplo no es una suposición arbitraria.7 En la historia del comercio hemos conocido períodos de malas cosechas de algodón en que algunos capitalistas coaligados intentaron comprar no 100 balas, sino todas las existencias de algodón de la Tierra. En el caso indicado, pues, cada comprador intentará desalojar a los demás ofreciendo un precio relativamente más alto por la bala de algodón. Los vendedores de algodón, que ven a las tropas del ejército enemigo en la lucha más encarnizada entre sí y tienen plenamente asegurada la venta de sus 100 balas, se guardarán muy bien de tirarse de los pelos unos a otros para hacer bajar los precios del algodón en un momento en que sus adversarios rivalizan entre sí por hacerlo subir. Se ha hecho, pues, de repente la paz en el ejército de los vendedores. Se presentan como un solo hombre frente a los compradores, se cruzan filosóficamente de brazos, y sus exigencias no tendrían límites si las ofertas incluso de los compradores más impacientes no tuvieran sus límites muy precisos.

Si la oferta de una mercancía es, pues, inferior a la demanda de esa mercancía, la competencia entre los vendedores es escasa o nula. En la misma proporción en que disminuye esta competencia, crece la competencia entre los compradores. Resultado: subida más o menos considerable de los precios de las mercancías.

Es sabido que el caso inverso, con el resultado inverso, se da con más frecuencia. Gran exceso de la oferta sobre la demanda: competencia desesperada entre los vendedores; falta de compradores: malbaratamiento de las mercancías a precios irrisorios.

Pero ¿qué significa subida y bajada de los precios?, ¿qué significa precio alto, precio bajo? Un grano de arena es alto visto al microscopio, y una torre es baja comparada con una montaña. Y si el precio está determinado por la relación entre la demanda y la oferta, ¿qué determina la relación entre la demanda y la oferta?

Dirijámonos al primer burgués que encontremos. No se lo pensará ni un momento y, como un nuevo Alejandro Magno, cortará este nudo metafísico con la tabla de multiplicar.8 Si producir la mercancía que vendo me ha costado 100 francos —nos dirá— y saco de su venta 110 francos, al cabo de un año, se entiende, es una ganancia burguesa, decente, sensata. Pero si recibo a cambio 120 o 130 francos, es una ganancia alta; y si llego a sacar 200 francos, sería una ganancia extraordinaria, enorme. ¿Qué le sirve, pues, al burgués de medida de la ganancia? Los costes de producción de su mercancía. Si a cambio de esa mercancía recibe una suma de otras mercancías cuya producción ha costado menos, ha perdido. Si a cambio de su mercancía recibe una suma de otras mercancías cuya producción ha costado más, ha ganado. Y calcula la bajada o la subida de su ganancia por los grados en que el valor de cambio de su mercancía está por debajo o por encima del cero, de los costes de producción.

Hemos visto, pues, cómo la relación cambiante entre la demanda y la oferta produce unas veces subida y otras bajada de los precios, unas veces precios altos y otras bajos.

Si el precio de una mercancía sube considerablemente por falta de oferta o por una demanda que crece desproporcionadamente, el precio de alguna otra mercancía ha bajado necesariamente en proporción; pues el precio de una mercancía no hace sino expresar en dinero la proporción en que se dan otras mercancías a cambio de ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara de tela de seda sube de 5 a 6 francos, el precio de la plata ha bajado en relación con la seda, e igualmente ha bajado en relación con la seda el precio de todas las demás mercancías que se han quedado en sus antiguos precios. Hay que dar a cambio una suma mayor de ellas para obtener la misma suma de géneros de seda.

¿Cuál será la consecuencia de la subida del precio de una mercancía? Una masa de capitales se lanzará a la rama industrial floreciente, y esta inmigración de capitales al terreno de la industria favorecida durará hasta que esta solo rinda las ganancias habituales o, más bien, hasta que el precio de sus productos caiga, por sobreproducción, por debajo de los costes de producción.

A la inversa. Si el precio de una mercancía cae por debajo de sus costes de producción, los capitales se retirarán de la producción de esa mercancía. Salvo en el caso de que una rama industrial haya quedado anticuada y, por tanto, tenga que desaparecer, esta huida de los capitales hará disminuir la producción de esa mercancía, es decir, su oferta, hasta que corresponda a la demanda, de modo que su precio vuelva a elevarse al nivel de sus costes de producción, o más bien hasta que la oferta haya caído por debajo de la demanda, es decir, hasta que su precio vuelva a subir por encima de sus costes de producción; pues el precio de mercado de una mercancía está siempre por encima o por debajo de sus costes de producción.

Vemos cómo los capitales emigran e inmigran constantemente del terreno de una industria al de otra. El precio alto provoca una inmigración excesiva, y el precio bajo, una emigración excesiva.

Podríamos mostrar desde otro punto de vista cómo no solo la oferta, sino también la demanda, está determinada por los costes de producción. Pero eso nos apartaría demasiado de nuestro tema.

Acabamos de ver cómo las oscilaciones de la oferta y la demanda reducen una y otra vez el precio de una mercancía a los costes de producción. Es cierto que el precio real de una mercancía está siempre por encima o por debajo de los costes de producción; pero la subida y la bajada se compensan mutuamente, de modo que, dentro de un período determinado, sumados el flujo y el reflujo de la industria, las mercancías se cambian unas por otras de acuerdo con sus costes de producción y su precio queda, por tanto, determinado por sus costes de producción.

Esta determinación del precio por los costes de producción no ha de entenderse en el sentido de los economistas. Los economistas dicen que el precio medio de las mercancías es igual a los costes de producción; esa sería la ley. El movimiento anárquico en que la subida se compensa con la bajada y la bajada con la subida lo consideran un accidente. Con el mismo derecho podrían considerarse, como también han hecho otros economistas, las oscilaciones como la ley y la determinación por los costes de producción como el accidente. Pero solo estas oscilaciones, que, miradas más de cerca, traen consigo las devastaciones más terribles y hacen temblar como terremotos los cimientos de la sociedad burguesa, solo estas oscilaciones determinan en su curso el precio por los costes de producción. El movimiento de conjunto de este desorden es su orden. En el curso de esta anarquía industrial, en este movimiento circular, la competencia compensa, por así decirlo, una extravagancia con otra.

Vemos, pues, que el precio de una mercancía está determinado por sus costes de producción de tal manera que los períodos en que el precio de esa mercancía sube por encima de los costes de producción se compensan con los períodos en que cae por debajo de ellos, y viceversa. Esto no vale, naturalmente, para un producto industrial concreto, sino solo para toda la rama industrial. No vale, por tanto, para el industrial individual, sino solo para toda la clase de los industriales.

La determinación del precio por los costes de producción equivale a la determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario para producir una mercancía, pues los costes de producción se componen: 1) de materias primas e instrumentos, es decir, de productos industriales cuya producción ha costado una cierta suma de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una suma determinada de tiempo de trabajo, y 2) de trabajo inmediato, cuya medida es precisamente el tiempo.

Pues bien, las mismas leyes generales que regulan el precio de las mercancías en general regulan también, naturalmente, el salario, el precio del trabajo.

La paga del trabajo subirá unas veces y bajará otras según la relación entre la demanda y la oferta, según cómo se presente la competencia entre los compradores de la fuerza de trabajo, los capitalistas, y los vendedores de la fuerza de trabajo, los obreros. A las oscilaciones de los precios de las mercancías en general corresponden las oscilaciones del salario. Pero dentro de estas oscilaciones el precio del trabajo estará determinado por los costes de producción, por el tiempo de trabajo necesario para producir esta mercancía, el trabajo.

¿Cuáles son, pues, los costes de producción del trabajo mismo?

Son los costes necesarios para mantener al obrero como obrero y para formarlo como obrero.

Por eso, cuanto menos tiempo de formación exige un trabajo, menores son los costes de producción del obrero y más bajo es el precio de su trabajo, su salario. En las ramas industriales en que casi no se requiere tiempo de aprendizaje y basta con la mera existencia física del obrero, los costes de producción necesarios para producirlo se reducen casi solo a las mercancías necesarias para mantenerlo con vida. El precio de su trabajo estará determinado, por tanto, por el precio de los medios de vida necesarios.

Pero a esto se añade otra consideración. El fabricante que calcula sus costes de producción y, de acuerdo con ellos, el precio de los productos incluye en la cuenta el desgaste de los instrumentos de trabajo. Si una máquina le cuesta, por ejemplo, 1.000 francos y se desgasta en diez años, añade 100 francos anuales al precio de la mercancía para poder sustituir al cabo de diez años la máquina desgastada por otra nueva. Del mismo modo, en los costes de producción del trabajo simple hay que incluir los costes de reproducción, gracias a los cuales la raza obrera puede multiplicarse y sustituir a los obreros desgastados por otros nuevos. El desgaste del obrero se pone, pues, en la cuenta del mismo modo que el desgaste de la máquina.

Los costes de producción del trabajo simple se reducen, pues, a los costes de existencia y de reproducción del obrero. El precio de estos costes de existencia y de reproducción constituye el salario. El salario así determinado se llama el mínimo del salario. Este mínimo del salario vale, como la determinación del precio de las mercancías por los costes de producción en general, no para el individuo aislado, sino para la especie. Hay obreros, millones de obreros, que no reciben lo suficiente para poder existir y reproducirse; pero el salario de toda la clase obrera se nivela, dentro de sus oscilaciones, con este mínimo.

Ahora que nos hemos puesto de acuerdo sobre las leyes más generales que regulan el salario, como el precio de cualquier otra mercancía, podemos entrar más en detalle en nuestro tema.

Colonia, 6 de abril.

El capital consiste en materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida de toda clase que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes que lo componen son criaturas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio para una nueva producción es capital.

Así dicen los economistas.

¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de raza negra. Una explicación vale lo que la otra.

Un negro es un negro. Solo en determinadas relaciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Solo en determinadas relaciones se convierte en capital. Arrancada de esas relaciones, es tan poco capital como el oro es en sí y por sí dinero o el azúcar es el precio del azúcar.

En la producción, los hombres no se relacionan únicamente con la naturaleza. Solo producen colaborando de una manera determinada e intercambiando entre sí sus actividades. Para producir, contraen determinados vínculos y relaciones unos con otros, y solo dentro de estos vínculos y relaciones sociales tiene lugar su relación con la naturaleza, tiene lugar la producción.

Según el carácter de los medios de producción, estas relaciones sociales en que entran los productores entre sí, las condiciones en que intercambian sus actividades y participan en el acto conjunto de la producción, serán, naturalmente, distintas. Con la invención de un nuevo instrumento de guerra, el arma de fuego, cambió necesariamente toda la organización interna del ejército, se transformaron las relaciones dentro de las cuales los individuos pueden formar un ejército y actuar como ejército, y cambió también la relación de los distintos ejércitos entre sí.

Las relaciones sociales en que los individuos producen, las relaciones sociales de producción, cambian, pues, se transforman con el cambio y el desarrollo de los medios materiales de producción, de las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman en su conjunto lo que se llama las relaciones sociales, la sociedad, y precisamente una sociedad en un estadio determinado, histórico, de desarrollo, una sociedad con un carácter propio, distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa son conjuntos de relaciones de producción de este tipo, cada uno de los cuales señala al mismo tiempo un estadio particular de desarrollo en la historia de la humanidad.

También el capital es una relación social de producción. Es una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de trabajo, las materias primas de que se compone el capital, ¿no han sido producidos y acumulados en condiciones sociales dadas, en relaciones sociales determinadas? ¿No se emplean para una nueva producción en condiciones sociales dadas, en relaciones sociales determinadas? ¿Y no es precisamente este carácter social determinado lo que convierte en capital los productos que sirven para una nueva producción?

El capital no consiste solo en medios de vida, instrumentos de trabajo y materias primas, no consiste solo en productos materiales; consiste igualmente en valores de cambio. Todos los productos de que se compone son mercancías. El capital no es, pues, solo una suma de productos materiales; es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magnitudes sociales.

El capital sigue siendo el mismo si ponemos algodón en lugar de lana, arroz en lugar de cereales, barcos de vapor en lugar de ferrocarriles, siempre que el algodón, el arroz, los barcos de vapor —el cuerpo del capital— tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, los cereales, los ferrocarriles en que antes se encarnaba. El cuerpo del capital puede transformarse constantemente sin que el capital sufra la menor alteración.

Pero si todo capital es una suma de mercancías, es decir, de valores de cambio, no toda suma de mercancías, de valores de cambio, es ya capital.

Toda suma de valores de cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio aislado es una suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale 1.000 francos es un valor de cambio de 1.000 francos. Un trozo de papel que vale 1 céntimo es una suma de valores de cambio de 100/100 de céntimo. Los productos que se pueden cambiar por otros son mercancías. La proporción determinada en que se pueden cambiar forma su valor de cambio o, expresado en dinero, su precio. La cantidad de estos productos no puede cambiar en nada su condición de ser mercancía, de representar un valor de cambio o de tener un precio determinado. Sea grande o pequeño un árbol, sigue siendo un árbol. Que cambiemos el hierro por otros productos por onzas o por quintales, ¿altera eso su carácter de ser mercancía, valor de cambio? Según la cantidad, es una mercancía de más o menos valor, de precio más alto o más bajo.

¿Cómo se convierte, pues, una suma de mercancías, de valores de cambio, en capital?

Porque, como poder social independiente, es decir, como poder de una parte de la sociedad, se conserva y se multiplica mediante el cambio por el trabajo inmediato, vivo. La existencia de una clase que no posee nada más que la capacidad de trabajar es una premisa necesaria del capital.

Solo el dominio del trabajo acumulado, pasado, objetivado, sobre el trabajo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital.

El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo de medio para una nueva producción. Consiste en que el trabajo vivo sirve al trabajo acumulado de medio para conservar y aumentar su valor de cambio.

¿Qué ocurre en el cambio entre el capital y el trabajo asalariado? El obrero recibe medios de vida a cambio de su trabajo, pero el capitalista recibe a cambio de sus medios de vida trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la que el obrero no solo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado un valor mayor del que tenía antes. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven esos medios de vida? Para el consumo inmediato. Pero en cuanto consumo medios de vida, se pierden para mí irremediablemente, a no ser que emplee el tiempo durante el cual esos medios me mantienen con vida en producir nuevos medios de vida, en crear con mi trabajo, mientras consumo, nuevos valores en lugar de los que desaparecen en el consumo. Pero es precisamente esa noble fuerza reproductiva la que el obrero cede al capital a cambio de los medios de vida recibidos. La ha perdido, pues, para sí mismo.

Pongamos un ejemplo: un arrendatario da a su jornalero 5 groschen de plata9 al día. Por esos 5 groschen, el jornalero trabaja todo el día en el campo del arrendatario y le asegura así un ingreso de 10 groschen. El arrendatario no solo recupera los valores que tiene que ceder al jornalero: los duplica. Ha empleado, ha consumido, pues, los 5 groschen que dio al jornalero de una manera fecunda, productiva. Por los 5 groschen ha comprado precisamente el trabajo y la fuerza del jornalero, que producen productos del suelo de doble valor y convierten 5 groschen en 10. El jornalero, en cambio, recibe en lugar de su fuerza productiva, cuyos efectos acaba de ceder al arrendatario, 5 groschen, que cambia por medios de vida, medios de vida que consume más o menos deprisa. Los 5 groschen se han consumido, pues, de dos maneras: de manera reproductiva para el capital, porque se han cambiado por una fuerza de trabajo que produjo 10 groschen; de manera improductiva para el obrero, porque se han cambiado por medios de vida que han desaparecido para siempre y cuyo valor solo puede volver a obtener repitiendo el mismo cambio con el arrendatario. El capital presupone, pues, el trabajo asalariado, y el trabajo asalariado presupone el capital. Se condicionan recíprocamente; se producen recíprocamente.

Un obrero de una fábrica de algodón, ¿produce solo tejidos de algodón? No, produce capital. Produce valores que vuelven a servir para mandar sobre su trabajo, a fin de crear por medio de él nuevos valores.

El capital solo puede multiplicarse cambiándose por trabajo, dando vida al trabajo asalariado. El trabajo asalariado solo puede cambiarse por capital multiplicando el capital, reforzando el poder del que es esclavo. El aumento del capital es, por tanto, aumento del proletariado, es decir, de las clases obreras.

El interés del capitalista y el del obrero son, pues, el mismo, afirman los burgueses y sus economistas. ¡Y en efecto! El obrero se hunde si el capital no le da ocupación. El capital se hunde si no explota el trabajo, y para explotarlo tiene que comprarlo. Cuanto más deprisa se multiplica el capital destinado a la producción, el capital productivo, y cuanto más floreciente es, por tanto, la industria, cuanto más se enriquece la burguesía, cuanto mejor van los negocios, tantos más obreros necesita el capitalista y tanto más caro se vende el obrero.

La condición indispensable para que la situación del obrero sea pasable es, pues, el crecimiento más rápido posible del capital productivo.

Pero ¿qué es el crecimiento del capital productivo? El crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. El crecimiento del dominio de la burguesía sobre la clase trabajadora. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza ajena que lo domina, el poder que le es hostil, el capital, refluyen hacia él desde ese poder medios de ocupación, es decir, medios de vida, a condición de que vuelva a convertirse en una parte del capital, en la palanca que lo lanza de nuevo a un movimiento acelerado de crecimiento.

Decir que los intereses del capital y los intereses del trabajo son los mismos solo significa que el capital y el trabajo asalariado son dos lados de una y la misma relación. El uno condiciona al otro, como el usurero y el derrochador se condicionan recíprocamente.

Mientras el obrero asalariado sea obrero asalariado, su suerte depende del capital. Esa es la tan celebrada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista.

Colonia, 7 de abril.

Si crece el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital se extiende a una masa mayor de individuos. Y supongamos el caso más favorable: si crece el capital productivo, crece la demanda de trabajo. Sube, por tanto, el precio del trabajo, el salario.

Una casa puede ser grande o pequeña; mientras las casas que la rodean sean también pequeñas, satisface todas las exigencias sociales que se plantean a una vivienda. Pero si junto a la casa pequeña se levanta un palacio, la casa pequeña se encoge hasta convertirse en una choza. La casa pequeña demuestra ahora que su dueño no tiene exigencias, o solo las más modestas; y por mucho que crezca en el curso de la civilización, si el palacio vecino crece en la misma medida o en una medida aún mayor, el habitante de la casa relativamente pequeña se sentirá cada vez más incómodo, más insatisfecho, más agobiado entre sus cuatro paredes.

Un aumento apreciable del salario presupone un crecimiento rápido del capital productivo. El crecimiento rápido del capital productivo provoca un crecimiento igual de rápido de la riqueza, del lujo, de las necesidades sociales y de los goces sociales. Así pues, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que proporcionan ha disminuido en comparación con los goces acrecentados del capitalista, que son inaccesibles para el obrero, en comparación con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesidades y nuestros goces nacen de la sociedad; por eso los medimos por la sociedad; no los medimos por los objetos con que los satisfacemos. Como son de naturaleza social, son de naturaleza relativa.

En general, el salario no está determinado solo por la masa de mercancías que puedo obtener a cambio de él. Encierra relaciones diversas.

Lo que los obreros reciben en primer lugar por su trabajo es una suma determinada de dinero. ¿Está determinado el salario solo por este precio en dinero?

En el siglo XVI aumentó la cantidad de oro y plata en circulación en Europa a consecuencia del descubrimiento de América. Por eso el valor del oro y de la plata bajó en relación con las demás mercancías. Los obreros seguían recibiendo la misma cantidad de plata acuñada por su trabajo. El precio en dinero de su trabajo seguía siendo el mismo y, sin embargo, su salario había bajado, porque a cambio de la misma cantidad de plata recibían una suma menor de otras mercancías. Esta fue una de las circunstancias que favorecieron en el siglo XVI el crecimiento del capital, el ascenso de la burguesía.

Tomemos otro caso. En el invierno de 1847, a consecuencia de una mala cosecha, los medios de vida más indispensables —cereales, carne, mantequilla, queso, etc.— habían subido considerablemente de precio. Supongamos que los obreros hubieran seguido recibiendo la misma suma de dinero por su trabajo. ¿No había bajado su salario? Desde luego. Por el mismo dinero recibían a cambio menos pan, carne, etc. Su salario había bajado, no porque hubiera disminuido el valor de la plata, sino porque había aumentado el valor de los medios de vida.

Supongamos, por último, que el precio en dinero del trabajo siga siendo el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y manufacturadas han bajado de precio gracias al empleo de nuevas máquinas, a una estación favorable, etc. Con el mismo dinero los obreros pueden comprar ahora más mercancías de toda clase. Su salario ha subido, pues, precisamente porque su valor en dinero no ha cambiado.

El precio en dinero del trabajo, el salario nominal, no coincide, por tanto, con el salario real, es decir, con la suma de mercancías que se da realmente a cambio del salario. Así pues, cuando hablamos de la subida o la bajada del salario, no hemos de tener en cuenta solo el precio en dinero del trabajo, el salario nominal.

Pero ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, es decir, la suma de mercancías que puede comprar con ese dinero, agotan las relaciones contenidas en el salario.

El salario está determinado además, sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio del capitalista: es el salario proporcional, relativo.

El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las demás mercancías; el salario relativo, en cambio, el precio del trabajo inmediato en relación con el precio del trabajo acumulado, el valor proporcional del trabajo asalariado y del capital, el valor recíproco de capitalistas y obreros.10

El salario real puede seguir siendo el mismo, incluso puede subir, y el salario relativo puede, sin embargo, bajar. Supongamos, por ejemplo, que todos los medios de vida han bajado de precio en 2/3, mientras que el jornal solo baja en 1/3, por ejemplo, de 3 francos a 2 francos. Aunque el obrero disponga con esos 2 francos de una suma de mercancías mayor que antes con 3, su salario ha disminuido en relación con la ganancia del capitalista. El beneficio del capitalista (por ejemplo, del fabricante) ha aumentado en un franco; es decir, por una suma menor de valores de cambio que le paga, el obrero tiene que producir una suma de valores de cambio mayor que antes. El valor del capital en relación con el valor del trabajo ha subido. La distribución de la riqueza social entre capital y trabajo se ha vuelto todavía más desigual. Con el mismo capital, el capitalista manda sobre una cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase capitalista sobre la clase obrera ha crecido; la posición social del obrero ha empeorado, ha bajado un escalón más por debajo de los capitalistas.

¿Cuál es, pues, la ley general que determina la bajada y la subida del salario y del beneficio en su relación recíproca?

Están en proporción inversa. El valor de cambio del capital, el beneficio, sube en la misma proporción en que baja el valor de cambio del trabajo, el jornal, y viceversa. El beneficio sube en la medida en que baja el salario, y baja en la medida en que sube el salario.

Se objetará quizá que el capitalista puede ganar mediante un cambio ventajoso de sus productos con otros capitalistas, mediante el aumento de la demanda de su mercancía, ya sea por la apertura de nuevos mercados, ya por un aumento momentáneo de las necesidades en los mercados antiguos, etc.; que el beneficio del capitalista puede, pues, aumentar sacando ventaja a otros capitalistas, independientemente de la subida y la bajada del salario, del valor de cambio del trabajo; o que el beneficio del capitalista podría subir también mediante el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, una nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.

En primer lugar, habrá que admitir que el resultado sigue siendo el mismo, aunque se haya alcanzado por el camino inverso. Es cierto que el beneficio no ha subido porque haya bajado el salario, pero el salario ha bajado porque ha subido el beneficio. Con la misma suma de trabajo, el capitalista ha adquirido una suma mayor de valores de cambio sin haber pagado por ello más caro el trabajo; es decir, el trabajo se paga peor en relación con el producto neto que rinde al capitalista.

Recordemos, además, que, pese a las oscilaciones de los precios de las mercancías, el precio medio de cada mercancía, la proporción en que se cambia por otras mercancías, está determinado por sus costes de producción. Las ventajas que unos capitalistas sacan a otros se compensan, pues, necesariamente dentro de la clase capitalista. El perfeccionamiento de la maquinaria, la nueva aplicación de las fuerzas naturales al servicio de la producción permiten crear en un tiempo de trabajo dado, con la misma suma de trabajo y de capital, una masa mayor de productos, pero en modo alguno una masa mayor de valores de cambio. Si gracias a la máquina de hilar puedo entregar en una hora el doble de hilado que antes de su invención, por ejemplo, cien libras en lugar de cincuenta, no recibo a cambio de esas cien libras más mercancías que antes por cincuenta, porque los costes de producción han bajado a la mitad o porque con los mismos costes puedo entregar el doble de producto.

Por último, cualesquiera que sean las proporciones en que la clase capitalista, la burguesía, ya sea de un país, ya sea del mercado mundial entero, se reparta el producto neto de la producción, la suma total de ese producto neto no es nunca más que la suma en que el trabajo inmediato ha sido aumentado, en conjunto, por el trabajo acumulado.11 Esta suma total crece, pues, en la proporción en que el trabajo aumenta el capital, es decir, en la proporción en que el beneficio sube frente al salario.

Vemos, pues, que, incluso si nos quedamos dentro de la relación entre capital y trabajo asalariado, los intereses del capital y los intereses del trabajo asalariado se oponen diametralmente.

Un aumento rápido del capital equivale a un aumento rápido del beneficio. El beneficio solo puede aumentar rápidamente si el valor de cambio del trabajo, si el salario relativo, disminuye con la misma rapidez. El salario relativo puede bajar aunque el salario real suba al mismo tiempo que el salario nominal, que el valor en dinero del trabajo, con tal de que no suba en la misma proporción que el beneficio. Si, por ejemplo, en una buena época de negocios el salario sube un 5 por ciento y el beneficio, en cambio, un 30 por ciento, el salario proporcional, relativo, no ha aumentado, sino que ha disminuido.

Si aumentan, pues, los ingresos del obrero con el rápido crecimiento del capital, aumenta al mismo tiempo el abismo social que separa al obrero del capitalista, aumenta al mismo tiempo el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia del trabajo respecto del capital.

Que el obrero tiene interés en el crecimiento rápido del capital solo quiere decir esto: cuanto más deprisa aumenta el obrero la riqueza ajena, más gordas son las migajas que le caen, más obreros pueden ser empleados y traídos al mundo, más puede aumentar la masa de esclavos que dependen del capital.

Hemos visto, pues:

Incluso la situación más favorable para la clase obrera, el crecimiento más rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y los intereses burgueses, los intereses del capitalista. Beneficio y salario siguen estando, igual que antes, en proporción inversa.

Si el capital crece rápidamente, el salario puede subir; el beneficio del capital sube desproporcionadamente más deprisa. La situación material del obrero ha mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que lo separa del capitalista se ha ensanchado.

Por último:

Que la condición más favorable para el trabajo asalariado sea el crecimiento más rápido posible del capital productivo solo quiere decir esto: cuanto más deprisa aumenta y amplía la clase obrera el poder que le es hostil, la riqueza ajena que la domina, en condiciones tanto más favorables se le permite trabajar de nuevo en el aumento de la riqueza burguesa, en el incremento del poder del capital, contenta de forjarse ella misma las cadenas de oro con las que la burguesía la arrastra tras de sí.

Colonia, 10 de abril.

El crecimiento del capital productivo y la subida del salario, ¿están realmente tan inseparablemente unidos como afirman los economistas burgueses? No debemos creerles bajo palabra. Ni siquiera debemos creerles que cuanto más cebado está el capital, mejor alimentado está su esclavo. La burguesía es demasiado ilustrada, calcula demasiado bien para compartir los prejuicios del señor feudal, que hace ostentación del esplendor de su servidumbre. Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a calcular.

Tendremos, pues, que examinar más de cerca:

¿Cómo actúa el crecimiento del capital productivo sobre el salario?

Si el capital productivo de la sociedad burguesa crece en conjunto, se produce una acumulación de trabajo más variada. Los capitales aumentan en número y en volumen. El aumento de los capitales aumenta la competencia entre los capitalistas. El volumen creciente de los capitales proporciona los medios para llevar al campo de batalla industrial ejércitos obreros más poderosos con instrumentos de guerra más gigantescos.

Un capitalista solo puede desalojar a otro del campo y conquistar su capital vendiendo más barato. Para poder vender más barato sin arruinarse, tiene que producir más barato, es decir, aumentar todo lo posible la fuerza productiva del trabajo. Pero la fuerza productiva del trabajo se aumenta ante todo mediante una mayor división del trabajo, mediante una introducción más general y un perfeccionamiento constante de la maquinaria. Cuanto mayor es el ejército obrero entre el que se divide el trabajo, cuanto más gigantesca es la escala en que se introduce la maquinaria, tanto más disminuyen proporcionalmente los costes de producción, tanto más fecundo se vuelve el trabajo. Surge así entre los capitalistas una rivalidad general por aumentar la división del trabajo y la maquinaria y por explotarlas en la mayor escala posible.

Pues bien, si un capitalista, mediante una mayor división del trabajo, mediante la aplicación y el perfeccionamiento de nuevas máquinas, mediante una explotación más ventajosa y en mayor escala de las fuerzas naturales, ha encontrado el medio de crear con la misma suma de trabajo o de trabajo acumulado una suma mayor de productos, de mercancías, que sus competidores; si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que sus competidores hilan media vara de algodón, él puede producir una vara entera de algodón,12 ¿cómo operará este capitalista?

Podría seguir vendiendo media vara de algodón al precio de mercado que regía hasta entonces, pero eso no sería un medio de desalojar del campo a sus adversarios y de ampliar su propia salida. Ahora bien, en la misma medida en que se ha ampliado su producción, se ha ampliado para él la necesidad de dar salida a sus productos. Los medios de producción más poderosos y más costosos que ha puesto en marcha le permiten, es cierto, vender más barata su mercancía, pero al mismo tiempo le obligan a vender más mercancías, a conquistar para sus mercancías un mercado incomparablemente mayor; nuestro capitalista venderá, pues, la media vara de algodón más barata que sus competidores.

Pero el capitalista no venderá la vara entera tan barata como sus competidores venden la media vara, aunque la producción de la vara entera no le cueste más que a los otros la de la media. De lo contrario no ganaría nada, sino que solo recuperaría en el cambio los costes de producción. Sus ingresos, quizá mayores, se deberían a que ha puesto en movimiento un capital mayor, pero no a que haya sacado de su capital más rendimiento que los otros. Además, alcanza el fin que se propone fijando el precio de su mercancía solo unos pocos por ciento por debajo del de sus competidores. Los desaloja del campo, les arrebata al menos una parte de su salida, vendiendo más barato que ellos. Y recordemos, por último, que el precio de mercado está siempre por encima o por debajo de los costes de producción, según que la venta de una mercancía caiga en la estación favorable o desfavorable de la industria. Según que el precio de mercado de la vara de lienzo esté por debajo o por encima de sus costes de producción habituales hasta entonces, variará el tanto por ciento en que el capitalista que ha empleado nuevos medios de producción más fecundos vende por encima de sus costes de producción reales.

Pero el privilegio de nuestro capitalista no dura mucho; otros capitalistas rivales introducen las mismas máquinas, la misma división del trabajo, las introducen en la misma escala o en una mayor, y esta introducción se generalizará hasta que el precio del lienzo haya bajado no solo por debajo de sus antiguos costes de producción, sino por debajo de los nuevos.

Los capitalistas se encuentran, pues, unos frente a otros en la misma situación en que se encontraban antes de la introducción de los nuevos medios de producción, y si con estos medios pueden entregar el doble de producto al mismo precio, ahora se ven obligados a entregar el doble de producto por debajo del precio antiguo. Sobre la base de estos nuevos costes de producción vuelve a empezar el mismo juego. Más división del trabajo, más maquinaria, mayor escala en la que se explotan la división del trabajo y la maquinaria. Y la competencia vuelve a producir la misma reacción contra este resultado.

Vemos cómo así el modo de producción, los medios de producción, se transforman, se revolucionan constantemente, cómo la división del trabajo trae consigo necesariamente una mayor división del trabajo; el empleo de maquinaria, un mayor empleo de maquinaria; el trabajo en gran escala, el trabajo en una escala mayor.

Esta es la ley que una y otra vez saca a la producción burguesa de sus viejos carriles y obliga al capital a tensar las fuerzas productivas del trabajo porque ya las ha tensado; la ley que no le concede descanso y le susurra sin cesar: «¡En marcha! ¡En marcha!».13

No es otra ley que la que, dentro de las oscilaciones de las épocas comerciales, iguala necesariamente el precio de una mercancía con sus costes de producción.

Por gigantescos que sean los medios de producción que un capitalista lleve al campo de batalla, la competencia generalizará estos medios de producción, y desde el momento en que los haya generalizado, el único resultado de la mayor fecundidad de su capital será que ahora tiene que entregar por el mismo precio 10, 20, 100 veces más que antes. Pero como quizá tenga que vender 1.000 veces más para compensar con la mayor masa de producto vendido el precio de venta más bajo; como ahora es necesaria una venta en mayor escala no solo para ganar, sino para reponer los costes de producción —el instrumento de producción mismo, como hemos visto, se vuelve cada vez más caro—, y como esta venta masiva se ha convertido en una cuestión vital no solo para él, sino también para sus rivales, la vieja lucha empieza con tanta mayor violencia cuanto más fecundos son los medios de producción ya inventados. La división del trabajo y el empleo de maquinaria volverán, pues, a desarrollarse en una escala incomparablemente mayor.

Cualquiera que sea el poder de los medios de producción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de ese poder reduciendo el precio de la mercancía a los costes de producción; es decir, en la misma medida en que se puede producir más barato, en que se puede producir más con la misma suma de trabajo, convierte en ley imperiosa la producción más barata, la entrega en mayor escala por el precio antiguo. Así, el capitalista no habría ganado con sus propios esfuerzos más que la obligación de entregar más en el mismo tiempo de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles para la valorización de su capital. Por eso, mientras la competencia lo persigue constantemente con su ley de los costes de producción y toda arma que forja contra sus rivales se vuelve contra él mismo, el capitalista intenta constantemente burlar a la competencia introduciendo sin descanso, en lugar de las antiguas, nuevas máquinas y nuevas divisiones del trabajo, más costosas, sí, pero que producen más barato, y sin esperar a que la competencia haya dejado anticuadas las nuevas.

Imaginemos ahora esta agitación febril en todo el mercado mundial a la vez, y se comprenderá cómo el crecimiento, la acumulación y la concentración del capital traen consigo una división del trabajo, un empleo de maquinaria nueva y un perfeccionamiento de la antigua ininterrumpidos, que se atropellan a sí mismos y se llevan a cabo en una escala cada vez más gigantesca.

Pero ¿cómo influyen estas circunstancias, inseparables del crecimiento del capital productivo, en la determinación del salario?

La mayor división del trabajo permite a un obrero hacer el trabajo de 5, 10, 20: multiplica, pues, por 5, 10 y 20 la competencia entre los obreros. Los obreros no solo se hacen competencia vendiéndose uno más barato que otro; se hacen competencia cuando uno hace el trabajo de 5, 10, 20; y la división del trabajo introducida y constantemente ampliada por el capital obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.

Además: en la misma medida en que aumenta la división del trabajo, el trabajo se simplifica. La destreza particular del obrero pierde todo valor. El obrero se convierte en una fuerza productiva simple y monótona que no tiene que poner en juego ni energías físicas ni intelectuales. Su trabajo pasa a ser un trabajo accesible a todos. Por eso le acosan competidores por todos lados; y recordemos, además, que cuanto más simple y más fácil de aprender es el trabajo, cuantos menos costes de producción hacen falta para adquirirlo, tanto más baja el salario, pues, como el precio de cualquier otra mercancía, está determinado por los costes de producción.

Así pues, en la misma medida en que el trabajo se vuelve más insatisfactorio, más repugnante, en esa misma medida aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero intenta mantener la masa de su salario trabajando más, ya sea trabajando más horas, ya sea entregando más en la misma hora. Empujado por la necesidad, agrava así todavía más los efectos funestos de la división del trabajo. El resultado es: cuanto más trabaja, menos salario recibe, y ello por la sencilla razón de que en esa misma medida hace competencia a sus compañeros de trabajo y convierte, por tanto, a sus compañeros de trabajo en otros tantos competidores que se ofrecen en condiciones tan malas como él mismo; porque, en última instancia, se hace competencia a sí mismo, a sí mismo como miembro de la clase obrera.

La maquinaria produce los mismos efectos en una escala mucho mayor, desplazando a los obreros diestros por obreros sin destreza, a los hombres por mujeres, a los adultos por niños; arrojando a la calle en masa a los obreros manuales allí donde se introduce por primera vez y, allí donde se desarrolla, se perfecciona o se sustituye por máquinas más productivas, despidiéndolos en pequeños grupos. Más arriba hemos descrito a grandes rasgos la guerra industrial de los capitalistas entre sí; esta guerra tiene la particularidad de que en ella las batallas no se ganan tanto reclutando como licenciando al ejército obrero. Los generales, los capitalistas, rivalizan entre sí por ver quién puede despedir más soldados de la industria.

Los economistas nos cuentan, es cierto, que los obreros que las máquinas han dejado sobrantes encuentran nuevas ramas de ocupación.

No se atreven a afirmar directamente que los mismos obreros que han sido despedidos encuentren colocación en nuevas ramas de trabajo. Los hechos claman demasiado alto contra esa mentira. En realidad, solo afirman que para otras partes de la clase obrera, por ejemplo, para la parte de la joven generación obrera que estaba ya dispuesta a entrar en la rama industrial desaparecida, se abrirán nuevos medios de ocupación. Naturalmente, es una gran satisfacción para los obreros caídos. A los señores capitalistas no les faltará carne y sangre fresca que explotar; se dejará que los muertos entierren a sus muertos.14 Es más un consuelo que los burgueses se dan a sí mismos que el que dan a los obreros. Si toda la clase de los obreros asalariados fuera aniquilada por la maquinaria, ¡qué terrible sería para el capital, que sin trabajo asalariado deja de ser capital!

Pero supongamos que los desplazados directamente del trabajo por la maquinaria y toda la parte de la nueva generación que ya acechaba ese puesto encuentran una nueva ocupación. ¿Se cree que estará tan bien pagada como la que se perdió? Eso contradiría todas las leyes de la economía. Hemos visto cómo la industria moderna trae consigo que una ocupación más simple y más subordinada sustituya siempre a la compleja y superior.

¿Cómo podría, pues, una masa de obreros expulsada por la maquinaria de una rama industrial encontrar refugio en otra, si no es en un puesto más bajo, peor pagado?

Se ha citado como excepción a los obreros que trabajan en la fabricación de la maquinaria misma. En cuanto la industria pida y consuma más maquinaria, se decía, tendrán que aumentar necesariamente las máquinas, y con ellas la fabricación de máquinas, y con ella la ocupación de obreros en la fabricación de máquinas; y los obreros empleados en esta rama industrial son obreros diestros, incluso instruidos.

Desde el año 1840, esta afirmación, que ya antes solo era verdad a medias, ha perdido toda apariencia de verdad, porque cada vez más se han empleado máquinas para fabricar máquinas, ni más ni menos que para fabricar hilo de algodón, y los obreros ocupados en las fábricas de máquinas, frente a máquinas sumamente ingeniosas, ya solo podían hacer el papel de máquinas sumamente toscas.

Pero en lugar del hombre despedido por la máquina, la fábrica emplea quizá a tres niños y una mujer. ¿Y no tenía que bastar el salario del hombre para los tres niños y una mujer? ¿No tenía que bastar el mínimo del salario para mantener y multiplicar la raza? ¿Qué demuestra, pues, esta frase predilecta de los burgueses? Nada más que esto: que ahora se consumen cuatro veces más vidas obreras que antes para ganar el salario de una familia obrera.

Resumamos: Cuanto más crece el capital productivo, más se extienden la división del trabajo y el empleo de maquinaria. Cuanto más se extienden la división del trabajo y el empleo de maquinaria, más se extiende la competencia entre los obreros y más se contrae su salario.

Y, además, la clase obrera se recluta también en las capas más altas de la sociedad; cae en ella una masa de pequeños industriales y pequeños rentistas que no tienen nada más urgente que hacer que levantar sus brazos junto a los brazos de los obreros. Así, el bosque de brazos alzados que piden trabajo se hace cada vez más espeso, y los brazos mismos, cada vez más flacos.

Que el pequeño industrial no puede resistir la guerra en la que una de las primeras condiciones es producir en una escala cada vez mayor, es decir, precisamente ser un gran industrial y no uno pequeño, se entiende por sí mismo.

Que el interés del capital disminuye en la misma medida en que aumentan la masa y el número de los capitales, en que crece el capital; que, por tanto, el pequeño rentista ya no puede vivir de su renta y, así, tiene que lanzarse a la industria y contribuye a aumentar las filas de los pequeños industriales y, con ello, de los candidatos al proletariado: todo eso no necesita mayor explicación.

Por último, en la medida en que los capitalistas se ven obligados por el movimiento descrito más arriba a explotar en una escala mayor medios de producción gigantescos ya existentes y a poner en movimiento con este fin todos los resortes del crédito, en esa misma medida se multiplican los terremotos en los que el mundo comercial solo se mantiene sacrificando a los dioses del infierno una parte de la riqueza, de los productos e incluso de las fuerzas productivas; en una palabra, aumentan las crisis. Se hacen más frecuentes y más violentas, aunque solo sea porque, en la misma medida en que crece la masa de productos y, por tanto, la necesidad de mercados más amplios, el mercado mundial se va estrechando cada vez más y quedan cada vez menos mercados que explotar, pues cada crisis anterior ha sometido al comercio mundial un mercado hasta entonces no conquistado o explotado solo superficialmente por el comercio. Pero el capital no vive solo del trabajo. Señor a la vez distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de obreros que perecen en las crisis. Vemos, pues: si el capital crece rápidamente, crece incomparablemente más deprisa la competencia entre los obreros, es decir, disminuyen proporcionalmente tanto más los medios de ocupación, los medios de vida de la clase obrera; y, sin embargo, el crecimiento rápido del capital es la condición más favorable para el trabajo asalariado.

(Continuará.)15

Karl Marx

  1. Cada uno de los cinco artículos iba encabezado, como los demás editoriales del periódico, por el lugar y la fecha de redacción. Aparecieron en los números del 5, 6, 7, 8 y 11 de abril de 1849. ↩

  2. «Febrero y Marzo»: las revoluciones de febrero de 1848 en París y de marzo en Viena y Berlín. «República honesta» (honette Republik, del francés honnête): nombre irónico de la república burguesa de los republicanos moderados que se impuso en Francia tras la derrota obrera de junio de 1848. Las guerras de independencia son las de Italia y Hungría contra Austria, y los levantamientos polacos. ↩

  3. La insurrección obrera de París de junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac; la toma de Viena por las tropas imperiales a finales de octubre de 1848; en noviembre de 1848, el gobierno prusiano ordenó trasladar la Asamblea Nacional fuera de Berlín, ocupó la ciudad con tropas y en diciembre disolvió la Asamblea, que solo opuso una resistencia pasiva; la gran hambruna irlandesa de 1845-1849. ↩

  4. En la edición de 1891 Engels escribió aquí «y del llamado estamento burgués» en lugar de «y del campesinado». De los tres apartados anunciados solo llegó a publicarse el primero. ↩

  5. En 1849 Marx pone los ejemplos en francos y céntimos (y, más adelante, en groschen de plata prusianos); en la edición de 1891 Engels convirtió los francos y céntimos en marcos y pfennigs. ↩

  6. Aquí y en todo el texto de 1849 Marx habla de la compra y la venta del «trabajo» (Arbeit), del «precio del trabajo», etc. Al preparar la edición de 1891, Engels sustituyó en esos pasajes «trabajo» por «fuerza de trabajo» (Arbeitskraft), añadió algunas frases (aquí, a continuación: «Pero esto es solo apariencia. Lo que en realidad venden al capitalista por dinero es su fuerza de trabajo...») y lo justificó en su introducción: el obrero no vende su trabajo, sino su fuerza de trabajo, su capacidad de trabajar; es una distinción que Marx solo elaboró más tarde, a finales de la década de 1850, que expuso en El capital (1867) y de la que depende la explicación de la plusvalía. Traducimos el texto de 1849 tal como es: «trabajo» donde Marx escribió Arbeit, y «fuerza de trabajo» en los pocos lugares donde ya escribió Arbeitskraft, sin el sentido técnico posterior. Engels cambió también a menudo «burgués» por «capitalista». ↩

  7. Seguimos la lectura de la edición de 1891 («no es»). Según las variantes que registra la MEW, el periódico decía «es una suposición arbitraria», lo que contradice la frase siguiente y parece una errata. ↩

  8. Alusión al nudo gordiano, que, según la leyenda, Alejandro Magno cortó con la espada en lugar de desatarlo. ↩

  9. Silbergroschen, moneda prusiana de plata; treinta hacían un tálero. ↩

  10. En 1891 Engels reescribió este párrafo («el salario relativo, en cambio, la parte del trabajo inmediato en el nuevo valor creado por él, en relación con la parte que corresponde al trabajo acumulado, al capital») y añadió a continuación otro, ausente del periódico, sobre la división del precio de venta en reposición de las materias primas y del desgaste de los medios de trabajo, reposición del salario y beneficio. ↩

  11. Así en el periódico. En 1891 Engels invirtió los términos («la suma en que el trabajo acumulado ha sido aumentado, en conjunto, por el trabajo inmediato»), que es lo que exige el razonamiento. ↩

  12. Así en el periódico, que más adelante pasa al lienzo. En 1891 Engels unificó el ejemplo: «tejen media vara de lienzo», «una vara entera de lienzo». La vara (Elle) era una medida de longitud de algo más de medio metro. ↩

  13. En francés en el original: «Marche! Marche!»; Engels lo pasó al alemán en 1891 («Marsch! Marsch!»). ↩

  14. Palabras de Jesús en los Evangelios (Mateo 8, 22; Lucas 9, 60): «Deja que los muertos entierren a sus muertos». ↩

  15. La continuación no llegó a publicarse. En mayo de 1849 el gobierno prusiano expulsó a Marx, y la Neue Rheinische Zeitung dejó de aparecer con su número 301, del 19 de mayo, impreso en tinta roja. En 1891 Engels reeditó la serie como folleto, con los cambios señalados en estas notas y una introducción propia. ↩