Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 244, del 13 de marzo de 1849; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 336-338), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 12 de marzo. El día 15 de este mes, la Dieta del Imperio en Kremsier1 iba a empezar a deliberar sobre el proyecto de Constitución terminado por la comisión. Con ello había llegado para las bestias de la ley marcial imperial y real el momento de arrojar a la cara de la Dieta la Constitución «por la gracia de Dios», preparada desde hacía mucho, y de poner fin a toda la comedia de representación popular de Kremsier, tolerada hasta entonces.

Toda la jugada del otorgamiento se dejó lista ya en el verano del año pasado entre los contrarrevolucionarios ungidos y no ungidos de Schönbrunn-Viena, Potsdam-Berlín, Londres (donde Metternich,2 como araña crucífera de la Santa Alianza, está en el centro de la red tejida lentamente en torno a los pueblos que se alzan por la libertad) y París. Que el rey de Potsdam la pusiera en práctica el primero dependió únicamente de las circunstancias de Prusia, que permitían ese paso antes que en Austria.

En noviembre, la Austria oficial arrojó a los pies de los diputados de la Paulskirche la cabeza ensangrentada de Robert Blum.3 La linda pareja gemela de comisarios del Imperio, Welcker-Mosle,4 había vuelto unos días antes de la antecámara windischgrätziana y del pienso de Olmütz cubierta de tanta ignominia que cualquier otro que no fuera el honorable Welcker-Mosle habría preferido pegarse unos cuantos tiros en la sesera antes que atreverse a mirar a los ojos a ningún ser humano en la tierra. En lugar de eso, esta pareja diplomática de hermanos aún se jactaba de sus idas y venidas.

La mayoría de la Asamblea Nacional estaba satisfait,5 satisfecha, igual que la Cámara francesa bajo Luis Felipe se declaraba satisfait, satisfecha, incluso ante las mayores vilezas, ante las pruebas más contundentes de corrupción.

Por mucho que a los de la Paulskirche les salpicara la cara la sangre del asesinado Robert Blum, sus mejillas se enrojecieron, sí, pero no de vergüenza ni de rabia ni de la más honda explosión de cólera, sino con el color del bienestar y de la satisfacción. Es verdad que se enviaron nuevos comisarios del Imperio a Austria. Pero el resultado que obtuvieron no fue más que una duplicación de la burla que ya antes se había amontonado desde aquel lado sobre los llamados nacionalasamblearios y sobre la Alemania traicionada por ellos.

«Mocht nix, 's is olles Aans!»6 fue y siguió siendo también el lema de aquellos señores.

Recuérdese que poco antes de los golpes de fuerza del gobierno prusiano estuvieron en Berlín como comisarios del Imperio Bassermann, Simson y, naturalmente, el «noble» señor Gagern,7 etc.

Y de nuevo tenemos comisarios del Imperio en Austria, en Olmütz, mientras aquí, como en Berlín, se dispersa la Dieta y se otorga al pueblo una Constitución «por la gracia de Dios» por medio de croatas, seresanos, hutsules,8 etc.

Dondequiera que había que matar la libertad del pueblo, siempre han aparecido, como buitres que barruntan la carroña, comisarios del llamado poder central.9 Su olfato no les ha fallado nunca.

Ahora la charca de ranas de Fráncfort debería darse cuenta por fin de que pronto le llegará el turno a ella. Sus pecados se castigarán en ella misma. En la lápida que se erija en el lugar de su funesta actividad, el caminante leerá: «Perecida por su propia culpa, por cobardía, estupidez profesoral y miseria crónica, en parte entre la risa burlona del pueblo, que así enfriaba su sed de venganza, y en parte ante su completa indiferencia».

Una parte de aquellos míseros bribones se atreve todavía, sin embargo, a jactarse de los «derechos fundamentales» salidos de la fábrica de Fráncfort10 y a darse importancia con ellos como si fueran una gran hazaña. Con los «derechos fundamentales» se peleaban, con locuacidad de lavanderas, como los escolásticos de la Edad Media, mientras la «fuerza fundamental» de la Santa Alianza y sus compinches se organizaba cada vez más enormemente y se burlaba cada vez más alto de la cháchara de profesores y filisteos sobre los derechos fundamentales. Aquellos fijaban sus «derechos fundamentales» en un trozo de papel; estos, los señores de la contrarrevolución, escribían su «fuerza fundamental» en espadas bien afiladas, en cañones y en capas rojas eslavas.

En cuanto el pueblo alemán, en cualquier parte de las patrias germánicas, hacía uso o parecía querer hacer uso de su derecho fundamental primordial, el de rebelarse contra la tiranía feudal o constitucional-filistea, Fráncfort enviaba a toda prisa «tropas del Imperio» para castigar y doblegar al pueblo mediante alojamientos forzosos, saqueos, matanzas y excesos militares de toda clase, y para mantener en buen estado los instrumentos de la contrarrevolución, es decir, para cebarlos como es debido a costa del pueblo y de sus «derechos fundamentales» y fortalecerlos para nuevas hazañas.

En tales casos, los señores de Fráncfort tenían siempre la fuerza necesaria, pues la recibían en préstamo de las filas de la «fuerza fundamental», antes mencionada, de nuestros clementes padres de la patria.

No es de extrañar, pues, que la charca de ranas de Fráncfort tenga que callar impotente y mirar sin poder hacer nada ante los señores ungidos cada vez que estos proclaman sus «derechos fundamentales», aunque los derechos fundamentales de los señores «por la gracia de Dios» vayan dirigidos directamente contra ella.

Por eso tendrá que mirar también tranquilamente, y no podrá hacer otra cosa, cómo el Tamerlán austríaco11 ha otorgado ahora a sus amados «súbditos», entre los que hay un buen número de alemanes, 13 derechos fundamentales por la gracia de Dios y de Sofía,12 y con este golpe ha otorgado al mismo tiempo a los héroes de Fráncfort otra sonora bofetada. ¡Y con todo derecho!

  1. La Dieta constituyente austríaca, trasladada de Viena a Kremsier (Kroměříž, en Moravia) tras la toma de Viena en noviembre de 1848; el gobierno la disolvió el 7 de marzo de 1849 y publicó una Constitución otorgada con fecha de 4 de marzo. ↩

  2. Klemens von Metternich (1773-1859), canciller austríaco hasta marzo de 1848, refugiado después en Londres. ↩

  3. Robert Blum (1807-1848), diputado de la izquierda de Fráncfort, fusilado en Viena el 9 de noviembre de 1848 por orden de Windischgrätz. ↩

  4. Karl Theodor Welcker (1790-1869) y Johann Ludwig Mosle (1794-1877), diputados de Fráncfort enviados en octubre de 1848 como comisarios del poder central del Imperio a Austria, donde Windischgrätz y la corte no les hicieron caso. ↩

  5. «Satisfecha» (francés); los satisfaits eran los diputados de la mayoría gubernamental de Guizot. ↩

  6. «No importa, todo da igual», en dialecto vienés. ↩

  7. Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), Eduard Simson (1810-1899) y Heinrich von Gagern (1799-1880), diputados liberales de Fráncfort; Gagern era presidente de la Asamblea Nacional, y Bassermann y Simson fueron enviados a Berlín como comisarios del Imperio en noviembre de 1848. ↩

  8. Los seresanos eran tropas irregulares croatas de la Frontera Militar; los hutsules, montañeses de los Cárpatos orientales, reclutados también en el ejército austríaco. ↩

  9. El poder central provisional del Imperio creado en Fráncfort en junio de 1848, con el archiduque Juan como regente del Imperio. ↩

  10. Los derechos fundamentales del pueblo alemán, votados por la Asamblea de Fráncfort y promulgados el 27 de diciembre de 1848. ↩

  11. El emperador Francisco José I (1830-1916), en el trono desde diciembre de 1848. ↩

  12. La archiduquesa Sofía, madre de Francisco José y figura principal del partido de la corte. ↩