Carta publicada sin firma en The Democratic Review (Londres), agosto de 1850, vol. II, pp. 118-120; fechada en Colonia el 21 de julio de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
Colonia, 21 de julio de 1850.
El asunto que ahora acapara toda la atención en Alemania es, naturalmente, el de Schleswig-Holstein. Como en su país, igual que en Francia, se entiende muy poco, permítanme dar una rápida visión de conjunto.
Ha quedado bien claro que los pequeños Estados independientes que rodean a Alemania son, bajo una forma más o menos liberal, los principales focos de la reacción. Así, Bélgica, el Estado modelo del constitucionalismo, fue la primera en resistir la sacudida de Febrero, la primera en proclamar la ley marcial y en dictar sentencias de muerte contra patriotas. Así, Suiza se escabulló de manera nada honrosa a través de la tormenta revolucionaria, escondida tras la muralla china de la neutralidad mientras la revolución iba en ascenso, y haciendo de instrumento servil de la Santa Alianza contra refugiados desarmados cuando la reacción volvió a campar por toda Europa. Es evidente que el mezquino egoísmo nacional de esos Estados impotentes tiene que llevarlos a apoyarse sobre todo en los Gobiernos de antiguo arraigo, es decir, reaccionarios; tanto más cuanto que no pueden dejar de ver que toda revolución europea pone en cuestión su propia independencia nacional, una independencia en cuyo mantenimiento no tiene interés nadie salvo los partidarios del viejo sistema político.
Dinamarca es otro de esos pequeños Estados que comparten ese orgullo de independencia nacional y ese desmedido afán de engrandecerse.1 La independencia y el poderío de Dinamarca, un Estado que vive solo del saqueo del comercio universal mediante los derechos del Sund, no interesan a nadie más que a Rusia y a cierta fracción de los políticos ingleses. Dinamarca es literalmente la esclava de Rusia por una serie de tratados suscritos el siglo pasado, y a través de Dinamarca Rusia se adueña de los Dardanelos del Báltico. También la vieja escuela de los políticos ingleses se interesa por el engrandecimiento de Dinamarca, conforme a su vieja política de despedazar la Europa central en un conjunto de pequeños Estados enfrentados entre sí, para que Inglaterra pueda aplicarles el principio de «divide y vencerás».
La política del partido revolucionario de todos los países ha sido siempre, por el contrario, unir con fuerza a las grandes nacionalidades hasta ahora divididas en pequeños Estados, y asegurar la independencia y el poderío no a esos pequeños restos de nacionalidades (como daneses, croatas, checos, eslovacos, etc., etc., que cuentan de uno a tres millones cada uno, como mucho) ni a esas pretendidas naciones mestizas, como los suizos y los belgas, sino a las nacionalidades grandes y sanas que hoy oprime el sistema europeo dominante. Una confederación europea de repúblicas solo pueden formarla naciones grandes e igualmente poderosas, como la francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la húngara y la polaca, y nunca esas llamadas naciones tan miserablemente impotentes como los daneses, los holandeses, los belgas, los suizos, etc.
Además, ¿va a permitir el partido revolucionario que la posición marítima más importante del norte, la entrada del Báltico, quede para siempre a merced del egoísmo danés? ¿Va a permitir que los daneses paguen los intereses de su deuda nacional imponiendo fuertes peajes a todo barco que comercie a través del Sund y el Belt? Desde luego que no.
Dinamarca, en virtud de ese precioso derecho hereditario que trata a un pueblo como un lote de bienes muebles, quedó unida a dos territorios alemanes, Schleswig y Holstein. Estos tenían constituciones propias, comunes a ambos, y derechos de antiguo otorgados por sus príncipes, «que estos países permanezcan para siempre juntos e indivisos». Además, la ley de sucesión es en Dinamarca distinta de la de los dos ducados. En 1814, en el infame Congreso de Viena, donde se despedazaron naciones y se vendieron en subasta, Holstein fue incorporado a la Confederación Germánica, pero Schleswig no. Desde ese día el partido nacional danés intentó, aunque en vano, incorporar Schleswig a Dinamarca. Llegó por fin 1848. En marzo hubo un movimiento popular en Copenhague y el partido nacional y liberal subió al poder. Decretó al instante una constitución y la incorporación de Schleswig a Dinamarca. La consecuencia fue la insurrección de los ducados y la guerra entre Alemania y Dinamarca.
Mientras los soldados alemanes luchaban contra la revolución en Posen, en Italia y en Hungría, esta guerra de Schleswig fue la única guerra revolucionaria que ha hecho nunca Alemania. Se trataba de saber si los de Schleswig iban a ser obligados a seguir la suerte de la pequeña, impotente y semicivilizada Dinamarca, y a ser para siempre esclavos de Rusia, o si se les permitiría reunirse con una nación de cuarenta millones que justo entonces estaba empeñada en la lucha por su libertad, su unidad y, con ello, la recuperación de su fuerza. Y los príncipes alemanes, en particular el borracho real de Prusia, conocían de sobra el significado revolucionario de esta guerra. Es bien conocida la nota con la que la embajada prusiana, el comandante Wildenbruch, propuso al rey de Dinamarca hacer la guerra de cara a la galería, solo en la medida necesaria para dejar que los entusiastas revolucionarios daneses y alemanes que se alistaron como voluntarios en ambos bandos se devorasen entre sí. En consecuencia, la guerra fue, por el lado alemán, una serie continua de traiciones, hasta la batalla de Fredericia, donde el cuerpo republicano de Schleswig-Holstein, 10.000 hombres, fue sorprendido y destrozado por un número de daneses tres veces mayor, mientras 40.000 prusianos y otros estaban a unas pocas millas y los dejaron en la estacada; y hasta la paz traidora urdida en Berlín, una paz que permite a Rusia desembarcar tropas en Schleswig y a Prusia entrar en Holstein para sofocar la rebelión que ella misma ha alentado y apoyado, al menos oficialmente.
Si había alguna duda sobre qué bando representaba el interés revolucionario y cuál el reaccionario, ya no puede haber ninguna. Rusia envía su flota a confraternizar con los daneses y a bloquear con ellos las costas de Schleswig-Holstein. Todos los «poderes establecidos» se han alineado contra esta pequeña estirpe alemana de no más de 850.000 almas, y nada más que las simpatías de los revolucionarios de todos los países está ahí para ayudar a este pequeño pero valiente pueblo. Caerán, sin duda; podrán resistir un tiempo, e incluso derribar el traidor Gobierno burgués que Prusia les ha impuesto, podrán batir a daneses y rusos, pero al final serán aplastados, a menos que el ejército prusiano, que con toda seguridad entrará en Holstein, se niegue a actuar. Y si esto, que no es en absoluto imposible, llegara a ocurrir, verían ustedes que las cosas toman otro rumbo en Alemania. Entonces habría un levantamiento general, y de tal envergadura que 1848 no sería nada a su lado; porque los actos de la Santa Alianza han hecho buena mella en el pueblo alemán; y si en el 48 era imposible incluso la república federativa, ahora no se aceptaría nada menos que la república alemana, una e indivisible, democrática y, en el plazo de seis meses, social.
(Nota de Engels.) Es un hecho poco conocido que en 1848-1849 se discutió mucho en Suiza la anexión de Saboya a este país, y que los suizos esperaban verla realizada gracias a la derrota de la revolución italiana. ↩