Escrito por Karl Marx en Londres en 1850 y publicado por primera vez, con el título «1848 a 1849», en los números 1, 2 y 3 (enero a marzo de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Hamburgo); el capítulo IV procede de la revista de mayo a octubre de 1850, redactada por Marx y Engels para el número doble 5-6. Engels reunió los cuatro textos en libro, con su introducción, en 1895 (Berlín). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960), que sigue la edición de 1895, y, para la introducción, del tomo 22 (Berlín, 1963), en su texto íntegro, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como notas de Engels. Texto original en alemán.
Introducción de Friedrich Engels a la edición de 1895
Escrita por Friedrich Engels en Londres entre el 14 de febrero y el 6 de marzo de 1895. Publicada por primera vez, con supresiones, en Karl Marx, Die Klassenkämpfe in Frankreich 1848 bis 1850 (Berlín, 1895).1
La obra que aquí se reedita fue el primer intento de Marx de explicar un fragmento de historia contemporánea, mediante su concepción materialista, a partir de la situación económica dada. En el Manifiesto Comunista la teoría se había aplicado a grandes rasgos a toda la historia moderna; en los artículos de Marx y míos en la Neue Rheinische Zeitung2 se había utilizado constantemente para interpretar los acontecimientos políticos del momento. Aquí, en cambio, se trataba de demostrar la conexión causal interna en el curso de un desarrollo de varios años, tan crítico como típico para toda Europa; es decir, en el sentido del autor, de reducir los sucesos políticos a efectos de causas que, en última instancia, eran económicas.
Al juzgar acontecimientos y series de acontecimientos de la historia del día, nunca se estará en condiciones de remontarse hasta las causas económicas últimas. Ni siquiera hoy, cuando la prensa especializada proporciona un material tan abundante, será posible, ni siquiera en Inglaterra, seguir día a día la marcha de la industria y del comercio en el mercado mundial y los cambios que se producen en los métodos de producción, de modo que se pueda sacar en cualquier momento el balance general de estos factores tan complejos y siempre cambiantes; factores de los cuales, además, los más importantes actúan casi siempre durante mucho tiempo ocultos antes de manifestarse de pronto, violentamente, en la superficie. Una visión clara de la historia económica de un periodo determinado nunca puede obtenerse al mismo tiempo que los hechos, sino solo después, una vez reunido y cribado el material. La estadística es aquí un recurso necesario, y siempre va con retraso. Para la historia contemporánea en curso habrá que tratar muy a menudo este factor, el más decisivo, como constante, y tomar la situación económica que se encuentra al comienzo del periodo como dada e invariable para todo él, o tener en cuenta solo aquellos cambios de esa situación que nacen de los propios acontecimientos manifiestos y que, por tanto, están igualmente a la vista. Por eso, el método materialista tendrá que limitarse aquí muy a menudo a reducir los conflictos políticos a luchas de intereses de las clases sociales y fracciones de clase existentes, dadas por el desarrollo económico, y a demostrar que los distintos partidos políticos son la expresión política más o menos adecuada de esas mismas clases y fracciones de clase.
Huelga decir que este descuido inevitable de los cambios simultáneos de la situación económica, que es la verdadera base de todos los procesos que se estudian, tiene que ser una fuente de errores. Pero todas las condiciones de una exposición de conjunto de la historia del día encierran inevitablemente fuentes de error, y eso no impide a nadie escribir la historia del día.
Cuando Marx emprendió este trabajo, la fuente de error mencionada era todavía mucho más inevitable. Durante el periodo revolucionario de 1848-1849 era sencillamente imposible seguir las transformaciones económicas que se producían al mismo tiempo, y no digamos conservar una visión de conjunto de ellas. Lo mismo ocurría durante los primeros meses del exilio en Londres, el otoño y el invierno de 1849-1850. Pero fue precisamente entonces cuando Marx comenzó el trabajo. Y a pesar de esas circunstancias desfavorables, su conocimiento exacto tanto de la situación económica de Francia antes de la revolución de febrero como de la historia política de ese país desde entonces le permitió dar una exposición de los acontecimientos que pone al descubierto su conexión interna de un modo no igualado desde entonces, y que ha superado brillantemente la doble prueba a la que el propio Marx la sometió más tarde.
La primera prueba se produjo porque, desde la primavera de 1850, Marx volvió a tener tiempo para los estudios económicos y emprendió en primer lugar la historia económica de los diez últimos años. Con ello vio con total claridad, a partir de los hechos mismos, lo que hasta entonces había deducido, de manera medio apriorística, de un material lleno de lagunas: que la crisis del comercio mundial de 1847 había sido la verdadera madre de las revoluciones de febrero y de marzo, y que la prosperidad industrial, que había vuelto poco a poco desde mediados de 1848 y alcanzó su pleno florecimiento en 1849 y 1850, fue la fuerza que dio nueva vida a la reacción europea, otra vez robustecida. Esto fue decisivo. Mientras que en los tres primeros artículos (publicados en los números de enero, febrero y marzo de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, Hamburgo, 1850) todavía late la esperanza de un pronto y nuevo auge de la energía revolucionaria, la revista histórica redactada por Marx y por mí para el último número doble, aparecido en otoño de 1850 (mayo a octubre), rompe de una vez para siempre con estas ilusiones: «Una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es también tan segura como esta». Fue, por lo demás, la única modificación esencial que hubo que hacer. En la interpretación de los acontecimientos que se daba en los capítulos anteriores, en las conexiones causales establecidas en ellos, no había absolutamente nada que cambiar, como lo prueba la continuación del relato, desde el 10 de marzo hasta el otoño de 1850, que se da en esa misma revista. Por eso he incluido esa continuación como cuarto artículo en la presente reedición.
La segunda prueba fue aún más dura. Inmediatamente después del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851, Marx volvió a elaborar la historia de Francia desde febrero de 1848 hasta este acontecimiento, que cerraba por el momento el periodo revolucionario (El 18 Brumario de Luis Bonaparte, tercera edición, Hamburgo, Meissner, 1885). En este folleto se vuelve a tratar, aunque más brevemente, el periodo expuesto en nuestro escrito. Compárese esta segunda exposición, escrita a la luz del acontecimiento decisivo ocurrido más de un año después, con la nuestra, y se verá que el autor tuvo que cambiar muy poco.
Lo que da a nuestro escrito una importancia muy especial es que en él se enuncia por primera vez la fórmula en la que los partidos obreros de todos los países del mundo resumen de común acuerdo su reivindicación de una transformación económica: la apropiación de los medios de producción por la sociedad. En el segundo capítulo, a propósito del «derecho al trabajo», que se califica de «primera fórmula torpe en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado», se dice: «… pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital; detrás del poder sobre el capital, la apropiación de los medios de producción, su sometimiento a la clase obrera asociada, y por tanto la abolición del trabajo asalariado, del capital y de su relación recíproca». Aquí, pues, se formula por primera vez la tesis que distingue tajantemente al socialismo obrero moderno tanto de todos los matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., como de la confusa comunidad de bienes del comunismo obrero utópico y del espontáneo. Cuando más tarde Marx extendió la fórmula también a la apropiación de los medios de cambio, esta ampliación, que por lo demás se entendía por sí misma después del Manifiesto Comunista, no hacía más que expresar un corolario de la tesis principal. Algunos sabios de Inglaterra han añadido recientemente que también hay que transferir a la sociedad los «medios de distribución». A estos señores les resultaría difícil decir cuáles son esos medios económicos de distribución distintos de los medios de producción y de cambio; a no ser que se refieran a medios de distribución políticos: los impuestos, la beneficencia pública, incluidas la donación del Sachsenwald y otras dotaciones.3 Pero estos son, en primer lugar, ya hoy medios de distribución en posesión de la colectividad, del Estado o del municipio, y, en segundo lugar, lo que queremos es precisamente suprimirlos.
Cuando estalló la revolución de febrero, todos nosotros, en lo que se refiere a nuestras ideas sobre las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, estábamos bajo el hechizo de la experiencia histórica anterior, sobre todo de la de Francia. Era precisamente esta la que había dominado toda la historia europea desde 1789, y de ella había partido también ahora la señal de la conmoción general. Era, pues, natural e inevitable que nuestras ideas sobre el carácter y el curso de la revolución «social» proclamada en París en febrero de 1848, la revolución del proletariado, estuvieran fuertemente teñidas por el recuerdo de los modelos de 1789-1830. Y más aún cuando el levantamiento de París tuvo su eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando después, en junio, se libró en París la primera gran batalla por el poder entre el proletariado y la burguesía; cuando hasta la victoria de su clase conmovió de tal modo a la burguesía de todos los países que esta volvió a huir a los brazos de la reacción monárquico-feudal recién derribada: no podía caber para nosotros, en las circunstancias de entonces, ninguna duda de que había comenzado el gran combate decisivo, de que habría que librarlo en un único periodo revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero de que solo podía terminar con la victoria definitiva del proletariado.
Después de las derrotas de 1849 no compartíamos en modo alguno las ilusiones de la democracia vulgar, agrupada en torno a los futuros gobiernos provisionales in partibus.4 Esta contaba con una victoria rápida y decisiva de una vez para siempre del «pueblo» sobre los «opresores»; nosotros, con una larga lucha, una vez eliminados los «opresores», entre los elementos antagónicos que se ocultaban precisamente en ese «pueblo». La democracia vulgar esperaba el nuevo estallido de un día para otro; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850 que por lo menos el primer tramo del periodo revolucionario había terminado y que no había nada que esperar hasta que estallara una nueva crisis económica mundial. Por eso fuimos proscritos como traidores a la revolución por las mismas personas que después, sin excepción, han hecho las paces con Bismarck, en la medida en que Bismarck las consideró dignas de ello.
Pero la historia nos ha quitado la razón también a nosotros, ha revelado que nuestra opinión de entonces era una ilusión. Y ha ido todavía más lejos: no solo ha destruido nuestro error de entonces, sino que ha trastocado por completo las condiciones en que el proletariado tiene que luchar. El modo de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y este es un punto que merece examinarse aquí con más detenimiento.
Todas las revoluciones habidas hasta ahora se redujeron a sustituir una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes habidas hasta ahora no fueron más que pequeñas minorías frente a la masa del pueblo dominada. Así, una minoría dominante era derribada, otra minoría tomaba en su lugar el timón del Estado y remodelaba las instituciones estatales según sus intereses. Era siempre el grupo minoritario capacitado y llamado a dominar por el grado de desarrollo económico, y precisamente por eso, y solo por eso, la mayoría dominada participaba en la conmoción a favor de aquel o, por lo menos, la aceptaba tranquilamente. Pero si prescindimos del contenido concreto de cada caso, la forma común de todas estas revoluciones era que eran revoluciones de minorías. Aun cuando la mayoría participara en ellas, lo hacía, sabiéndolo o no, solo al servicio de una minoría; pero esta, por eso mismo, o simplemente por la actitud pasiva y sin resistencia de la mayoría, adquiría la apariencia de representar a todo el pueblo.
Tras el primer gran éxito, la minoría victoriosa se escindía por lo general; una mitad se daba por satisfecha con lo conseguido, la otra quería ir más lejos y planteaba nuevas reivindicaciones, que respondían también, al menos en parte, al interés real o aparente de la gran masa del pueblo. En algunos casos se imponían también estas reivindicaciones más radicales; pero a menudo solo por el momento: el partido más moderado recuperaba la supremacía y lo último que se había ganado volvía a perderse en todo o en parte; los vencidos clamaban entonces que había habido traición o achacaban la derrota al azar. Pero en realidad las cosas solían ocurrir así: las conquistas de la primera victoria solo se aseguraban con la segunda victoria del partido más radical; una vez logrado esto, y con ello lo que en ese momento era necesario, los radicales y sus éxitos volvían a desaparecer de la escena.
Todas las revoluciones de la época moderna, empezando por la gran revolución inglesa del siglo XVII, mostraron estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha revolucionaria. Parecían aplicables también a las luchas del proletariado por su emancipación; tanto más aplicables cuanto que precisamente en 1848 se podían contar con los dedos las personas que comprendían, aunque fuera de manera aproximada, en qué dirección había que buscar esa emancipación. Las propias masas proletarias, incluso en París, seguían después de la victoria completamente a oscuras sobre el camino que había que tomar. Y, sin embargo, el movimiento estaba ahí, instintivo, espontáneo, imposible de sofocar. ¿No era esa precisamente la situación en que una revolución tenía que triunfar, dirigida, es cierto, por una minoría, pero esta vez no en interés de la minoría, sino en el interés más genuino de la mayoría? Si en todos los periodos revolucionarios algo largos las grandes masas populares se habían dejado ganar tan fácilmente por los simples espejismos plausibles de las minorías que empujaban hacia delante, ¿cómo iban a ser menos accesibles a unas ideas que eran el reflejo más fiel de su situación económica, que no eran sino la expresión clara y racional de unas necesidades que ellas mismas aún no comprendían y que solo sentían de manera vaga? Es verdad que este estado de ánimo revolucionario de las masas había dado paso casi siempre, y por lo general muy pronto, a la fatiga o incluso a un vuelco en sentido contrario, en cuanto se disipaba la ilusión y llegaba el desengaño. Pero aquí no se trataba de espejismos, sino de la realización de los intereses más genuinos de la gran mayoría misma; intereses que entonces, es cierto, no estaban nada claros para esa gran mayoría, pero que muy pronto tenían que aclarársele en el curso de su realización práctica, por la evidencia convincente de los hechos. Y si además, como demuestra Marx en el tercer artículo, en la primavera de 1850 el desarrollo de la república burguesa surgida de la revolución «social» de 1848 había concentrado el poder real en manos de la gran burguesía, por añadidura de sentimientos monárquicos, y en cambio había agrupado a todas las demás clases de la sociedad, campesinos y pequeños burgueses, en torno al proletariado, de tal modo que en la victoria común y después de ella el factor decisivo tenía que ser no ellos, sino el proletariado aleccionado por la experiencia, ¿no había todas las perspectivas de que la revolución de la minoría se convirtiera en la revolución de la mayoría?
La historia nos ha quitado la razón a nosotros y a todos los que pensaban de modo parecido. Ha puesto en claro que el grado de desarrollo económico del continente no estaba entonces, ni mucho menos, maduro para la eliminación de la producción capitalista; lo ha demostrado con la revolución económica que desde 1848 se ha apoderado de todo el continente y que ha implantado de verdad por primera vez la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y, recientemente, Rusia, y que ha hecho de Alemania un país industrial de primer orden; todo ello sobre una base capitalista, que en 1848, por tanto, era todavía muy capaz de expansión. Pero es precisamente esta revolución industrial la que ha creado por primera vez en todas partes claridad en las relaciones de clase, la que ha eliminado una multitud de existencias intermedias heredadas del periodo de la manufactura y, en la Europa oriental, incluso del artesanado gremial, y ha engendrado y empujado al primer plano del desarrollo social una verdadera burguesía y un verdadero proletariado de la gran industria. Con ello, la lucha de estas dos grandes clases, que en 1848 solo existía fuera de Inglaterra en París y, a lo sumo, en algunos grandes centros industriales, se ha extendido por toda Europa y ha alcanzado una intensidad que en 1848 era todavía impensable. Entonces, los numerosos y confusos evangelios de secta con sus panaceas; hoy, la teoría de Marx, única, universalmente reconocida, transparente y clara, que formula con precisión los objetivos últimos de la lucha. Entonces, unas masas separadas y diferenciadas por localidades y nacionalidades, unidas solo por el sentimiento de sufrimientos comunes, sin desarrollar, zarandeadas sin rumbo entre el entusiasmo y la desesperación; hoy, el único gran ejército internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece día a día en número, organización, disciplina, conciencia y seguridad en la victoria. Si incluso este poderoso ejército del proletariado no ha alcanzado aún su objetivo, si, lejos de conquistar la victoria de un solo gran golpe, tiene que avanzar lentamente, de posición en posición, en una lucha dura y tenaz, eso demuestra de una vez para siempre lo imposible que era en 1848 conquistar la transformación social por simple sorpresa.
Una burguesía dividida en dos secciones dinástico-monárquicas,5 pero que exigía ante todo tranquilidad y seguridad para sus negocios financieros; frente a ella, un proletariado vencido, es cierto, pero todavía amenazador, en torno al cual se agrupaban cada vez más los pequeños burgueses y los campesinos; la amenaza constante de un estallido violento, que, con todo, no ofrecía perspectivas de una solución definitiva: esta era la situación, como hecha a la medida para el golpe de Estado del tercer pretendiente, el pseudodemocrático, Luis Bonaparte. Por medio del ejército, este puso fin el 2 de diciembre de 1851 a la tensa situación y aseguró a Europa la tranquilidad interior, para obsequiarla a cambio con una nueva era de guerras. El periodo de las revoluciones desde abajo había terminado por el momento; le siguió un periodo de revoluciones desde arriba.
El retroceso imperial de 1851 dio una nueva prueba de la inmadurez de las aspiraciones proletarias de aquella época. Pero él mismo iba a crear las condiciones en que tenían que madurar. La tranquilidad interior aseguró el pleno desarrollo del nuevo auge industrial; la necesidad de dar ocupación al ejército y de desviar hacia fuera las corrientes revolucionarias engendró las guerras en las que Bonaparte, con el pretexto de hacer valer el «principio de las nacionalidades», trató de arañar anexiones para Francia.6 Su imitador Bismarck adoptó la misma política para Prusia; dio su golpe de Estado, su revolución desde arriba, en 1866, contra la Confederación Germánica y Austria, y no menos contra la Cámara prusiana del conflicto.7 Pero Europa era demasiado pequeña para dos Bonapartes, y así quiso la ironía de la historia que Bismarck derribara a Bonaparte y que el rey Guillermo de Prusia no solo instaurase el imperio de la pequeña Alemania,8 sino también la república francesa. El resultado general fue que en Europa la independencia y la unidad interna de las grandes naciones, con la excepción de Polonia, se habían convertido en un hecho. Dentro de límites relativamente modestos, es cierto, pero en todo caso hasta el punto de que el proceso de desarrollo de la clase obrera ya no encontraba en las complicaciones nacionales un obstáculo esencial. Los sepultureros de la revolución de 1848 se habían convertido en sus albaceas testamentarios. Y junto a ellos se alzaba ya, amenazador, el heredero de 1848, el proletariado, en la Internacional.
Tras la guerra de 1870-1871 Bonaparte desaparece de la escena, y la misión de Bismarck queda cumplida, de modo que ya puede volver a descender a la condición de vulgar junker. Pero el periodo se cierra con la Comuna de París. Un intento alevoso de Thiers de robar sus cañones a la Guardia Nacional de París provocó una insurrección victoriosa. Se vio de nuevo que en París ya no es posible otra revolución que la proletaria. Tras la victoria, el poder cayó en manos de la clase obrera por sí solo, sin disputa alguna. Y se vio de nuevo lo imposible que era todavía entonces, veinte años después de la época descrita en nuestro escrito, ese poder de la clase obrera. Por un lado, Francia dejó a París en la estacada y contempló cómo se desangraba bajo las balas de Mac-Mahon;9 por otro, la Comuna se consumió en la estéril disputa de los dos partidos que la dividían, los blanquistas (mayoría) y los proudhonianos (minoría), ninguno de los cuales sabía lo que había que hacer. La victoria regalada de 1871 quedó tan estéril como la sorpresa de 1848.
Con la Comuna de París se creyó definitivamente enterrado al proletariado combativo. Pero, muy al contrario, de la Comuna y de la guerra franco-alemana data su auge más formidable. La transformación total de todo el arte de la guerra, con la incorporación de toda la población apta para las armas a unos ejércitos que ya solo se cuentan por millones y con armas de fuego, proyectiles y explosivos de una eficacia nunca vista, puso por un lado un brusco final al periodo bonapartista de las guerras y aseguró el desarrollo industrial pacífico, al hacer imposible cualquier guerra que no fuera una guerra mundial de una atrocidad inaudita y de un desenlace absolutamente imprevisible. Por otro lado, con unos gastos militares que crecían en progresión geométrica, elevó los impuestos a alturas insoportables y empujó con ello a las clases más pobres del pueblo a los brazos del socialismo. La anexión de Alsacia y Lorena, causa inmediata de la loca competencia en armamentos, pudo azuzar chovinistamente a la burguesía francesa y a la alemana una contra otra; para los obreros de ambos países se convirtió en un nuevo lazo de unión. Y el aniversario de la Comuna de París se convirtió en la primera fiesta universal de todo el proletariado.
La guerra de 1870-1871 y la derrota de la Comuna habían trasladado por el momento, como Marx había predicho, el centro de gravedad del movimiento obrero europeo de Francia a Alemania. En Francia hicieron falta, naturalmente, años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En Alemania, en cambio, donde la industria, favorecida además como en un invernadero por la lluvia de miles de millones franceses,10 se desarrollaba cada vez más deprisa, crecía todavía mucho más deprisa y de manera más duradera la socialdemocracia. Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes han utilizado el sufragio universal introducido en 1866,11 el asombroso crecimiento del partido está a la vista de todo el mundo en cifras indiscutibles: 1871, 102.000 votos socialdemócratas; 1874, 352.000; 1877, 493.000. Luego vino el alto reconocimiento oficial de estos progresos en forma de ley contra los socialistas;12 el partido quedó momentáneamente disperso y el número de votos bajó en 1881 a 312.000. Pero eso se superó rápidamente, y entonces, bajo la presión de la ley de excepción, sin prensa, sin organización externa, sin derecho de asociación ni de reunión, fue cuando empezó de verdad la rápida expansión: 1884, 550.000; 1887, 763.000; 1890, 1.427.000 votos. Entonces se paralizó la mano del Estado. La ley contra los socialistas desapareció y el número de votos socialistas subió a 1.787.000, más de una cuarta parte del total de votos emitidos. El gobierno y las clases dominantes habían agotado todos sus recursos, inútilmente, sin objeto, sin éxito. Las pruebas palpables de su impotencia que las autoridades, desde el sereno hasta el canciller del Imperio, habían tenido que encajar —¡y de los despreciados obreros!— se contaban por millones. El Estado había llegado al final de su latín; los obreros estaban solo al principio del suyo.
Pero los obreros alemanes habían prestado además a su causa un segundo gran servicio, junto al primero, que consistía en su mera existencia como el partido socialista más fuerte, más disciplinado y de crecimiento más rápido. Habían proporcionado a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al enseñarles a utilizar el sufragio universal.
El sufragio universal existía en Francia desde hacía mucho tiempo, pero había caído en descrédito por el abuso que de él había hecho el gobierno bonapartista. Después de la Comuna no había un partido obrero que lo utilizara. También en España existía desde la república,13 pero en España la abstención electoral de todos los partidos de oposición serios había sido siempre la regla. Tampoco las experiencias suizas con el sufragio universal eran precisamente alentadoras para un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de voto una trampa, un instrumento de engaño gubernamental. En Alemania las cosas eran distintas. Ya el Manifiesto Comunista había proclamado la conquista del sufragio universal, de la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado combativo, y Lassalle había vuelto a recoger este punto.14 Cuando Bismarck se vio obligado a introducir este derecho de voto como único medio de interesar a las masas populares en sus planes, nuestros obreros lo tomaron en serio inmediatamente y enviaron a August Bebel15 al primer Reichstag constituyente. Y desde aquel día han utilizado el derecho de voto de una manera que les ha reportado mil beneficios y que ha servido de ejemplo a los obreros de todos los países. Han transformado el derecho de voto, según las palabras del programa marxista francés, «de medio de engaño que había sido hasta ahora en instrumento de emancipación».16 Y aunque el sufragio universal no hubiera ofrecido otra ventaja que la de permitirnos contarnos cada tres años; la de aumentar, con el crecimiento inesperadamente rápido del número de votos, comprobado con regularidad, tanto la seguridad de los obreros en la victoria como el espanto de los adversarios, convirtiéndose así en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud sobre nuestra propia fuerza y sobre la de todos los partidos adversarios, dándonos así una medida sin igual para dosificar nuestra acción, preservándonos tanto de la timidez inoportuna como de la temeridad inoportuna; aunque esa fuera la única ventaja que nos diera el derecho de voto, ya sería más que suficiente. Pero ha hecho mucho más. En la agitación electoral nos proporcionó un medio sin igual para entrar en contacto con las masas populares allí donde todavía están lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante todo el pueblo sus opiniones y sus actos frente a nuestros ataques; y además abrió a nuestros representantes en el Reichstag una tribuna desde la cual podían hablar a sus adversarios en el Parlamento y a las masas de fuera con una autoridad y una libertad muy distintas de las que tenían en la prensa y en los mítines. ¿De qué les servía al gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si la agitación electoral y los discursos socialistas en el Reichstag la rompían constantemente?
Con esta utilización eficaz del sufragio universal había empezado a funcionar un modo de lucha del proletariado completamente nuevo, que se desarrolló rápidamente. Se vio que las instituciones del Estado en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen todavía otros asideros por medio de los cuales la clase obrera puede combatir esas mismas instituciones. Se participó en las elecciones a las dietas de los distintos estados, a los ayuntamientos y a los tribunales de oficios; se disputó a la burguesía cada puesto en cuya provisión intervenía una parte suficiente del proletariado. Y así ocurrió que la burguesía y el gobierno llegaron a temer mucho más la acción legal que la acción ilegal del partido obrero, los éxitos electorales que los de la rebelión.
Porque también aquí las condiciones de la lucha habían cambiado sustancialmente. La rebelión al viejo estilo, la lucha callejera con barricadas, que hasta 1848 había dado en todas partes la decisión última, había quedado considerablemente anticuada.
No nos hagamos ilusiones: una verdadera victoria de la insurrección sobre el ejército en la lucha callejera, una victoria como entre dos ejércitos, es una de las cosas más raras. Pero los insurrectos rara vez se la habían propuesto tampoco. Para ellos se trataba solo de quebrantar a las tropas mediante influencias morales que, en la lucha entre los ejércitos de dos países beligerantes, no entran en juego en absoluto o lo hacen en un grado mucho menor. Si se consigue, la tropa falla o los jefes pierden la cabeza, y la insurrección vence. Si no se consigue, se impone, aun estando el ejército en inferioridad numérica, la superioridad de un mejor armamento y adiestramiento, de la dirección unificada, del empleo metódico de las fuerzas y de la disciplina. Lo más que puede lograr la insurrección en una acción realmente táctica es levantar y defender con arte una barricada aislada. El apoyo mutuo, la colocación y el empleo de reservas, en una palabra, la cooperación y la coordinación de los distintos destacamentos, indispensables ya para defender un barrio, y no digamos toda una gran ciudad, solo se conseguirán de manera muy deficiente, y casi nunca; la concentración de las fuerzas en un punto decisivo queda descartada de por sí. Con ello, la defensa pasiva es la forma de lucha predominante; el ataque se lanzará aquí y allá, pero solo excepcionalmente, a alguna salida o algún golpe de flanco, y por regla general se limitará a ocupar las posiciones abandonadas por la tropa en retirada. A esto se añade que el ejército dispone de artillería y de tropas de ingenieros completamente equipadas y adiestradas, medios de lucha de los que los insurrectos carecen por completo en casi todos los casos. No es de extrañar, pues, que incluso las luchas de barricadas libradas con el mayor heroísmo —París, junio de 1848; Viena, octubre de 1848; Dresde, mayo de 1849— terminaran con la derrota de la insurrección en cuanto los jefes atacantes, sin trabas de consideraciones políticas, actuaron según criterios puramente militares y sus soldados se mantuvieron fieles.
Los numerosos éxitos de los insurrectos hasta 1848 se deben a causas muy diversas. En París, en julio de 1830 y en febrero de 1848, como en la mayoría de las luchas callejeras de España, se interponía entre los insurrectos y el ejército una milicia ciudadana que, o bien se pasaba directamente al lado de la insurrección, o bien, con su actitud tibia e indecisa, hacía vacilar también a las tropas y además proporcionaba armas a la insurrección. Allí donde esta milicia ciudadana se puso desde el principio contra la insurrección, como en junio de 1848 en París, la insurrección fue también vencida. En Berlín, en 1848, el pueblo venció en parte por el considerable aumento de nuevas fuerzas durante la noche y la mañana del día 19, en parte por el agotamiento y el mal abastecimiento de las tropas, y en parte, por último, por la parálisis del mando.17 Pero en todos los casos la victoria se conquistó porque la tropa falló, porque a los jefes les faltó capacidad de decisión o porque tenían las manos atadas.
Así pues, incluso en la época clásica de las luchas callejeras, la barricada actuaba más moral que materialmente. Era un medio de quebrantar la firmeza del ejército. Si resistía hasta lograrlo, la victoria estaba conseguida; si no, se estaba derrotado. Este es el punto principal que hay que tener presente también cuando se examinan las posibilidades de futuras luchas callejeras.18
Estas posibilidades eran ya bastante malas en 1849.19 La burguesía se había puesto en todas partes del lado de los gobiernos; «la cultura y la propiedad» saludaban y agasajaban a las tropas que salían contra las insurrecciones. La barricada había perdido su hechizo; el soldado ya no veía tras ella al «pueblo», sino a rebeldes, agitadores, saqueadores, repartidores,20 la escoria de la sociedad; el oficial se había ido familiarizando con las formas tácticas de la lucha callejera: ya no marchaba en línea recta y a pecho descubierto contra el parapeto improvisado, sino que lo rodeaba a través de jardines, patios y casas. Y con alguna habilidad, esto se conseguía ahora en nueve casos de cada diez.
Pero desde entonces han cambiado muchísimas cosas más, y todas a favor del ejército. Si las grandes ciudades se han hecho considerablemente mayores, los ejércitos lo han hecho todavía más. Desde 1848 París y Berlín no se han cuadruplicado, pero sus guarniciones han crecido más que eso. Gracias a los ferrocarriles, esas guarniciones pueden más que duplicarse en veinticuatro horas y, en cuarenta y ocho, convertirse en ejércitos gigantescos. El armamento de estas tropas, enormemente aumentadas, se ha vuelto incomparablemente más eficaz. En 1848, el fusil liso de percusión que se cargaba por la boca; hoy, el fusil de repetición de pequeño calibre que se carga por la recámara, que dispara cuatro veces más lejos, diez veces con más precisión y diez veces más deprisa que aquel. Entonces, las balas macizas y la metralla de la artillería, de efecto relativamente débil; hoy, las granadas de percusión, una sola de las cuales basta para destrozar la mejor barricada. Entonces, el pico del zapador para abrir brecha en los muros medianeros; hoy, el cartucho de dinamita.
Del lado de los insurrectos, en cambio, todas las condiciones han empeorado. Difícilmente volverá a darse una insurrección con la que simpaticen todas las capas del pueblo; en la lucha de clases, nunca se agruparán probablemente todas las capas medias de un modo tan exclusivo en torno al proletariado que el partido de la reacción agrupado en torno a la burguesía desaparezca casi por completo. El «pueblo» aparecerá, por tanto, siempre dividido, y con ello falta una palanca poderosa, que tan sumamente eficaz fue en 1848. Si del lado de los sublevados hay más soldados con servicio militar,21 más difícil será armarlos. Las escopetas de caza y de lujo de las armerías, aun cuando la policía no las haya inutilizado antes quitándoles una pieza del cierre, no pueden competir ni de lejos, ni siquiera en el combate cuerpo a cuerpo, con el fusil de repetición del soldado. Hasta 1848 se podía fabricar uno mismo la munición necesaria con pólvora y plomo; hoy cada fusil tiene un cartucho distinto, y los cartuchos solo se parecen en todas partes en que son un producto técnico de la gran industria, que no se puede fabricar sobre la marcha, de modo que la mayoría de los fusiles son inútiles mientras no se tenga la munición que les corresponde. Y, por último, los barrios de las grandes ciudades construidos desde 1848, trazados con calles largas, rectas y anchas, parecen hechos a propósito para el efecto de los nuevos cañones y fusiles. Loco tendría que estar el revolucionario que eligiera por su cuenta los nuevos distritos obreros del norte y del este de Berlín para una lucha de barricadas.
¿Quiere esto decir que en el futuro la lucha callejera ya no desempeñará ningún papel? En absoluto. Solo quiere decir que desde 1848 las condiciones se han vuelto mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho más favorables para el ejército. Una lucha callejera futura solo podrá vencer, por tanto, si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se dará con menos frecuencia al comienzo de una gran revolución que en su curso ulterior, y habrá que emprenderla con fuerzas mayores. Pero estas preferirán entonces, sin duda, como en toda la gran Revolución francesa y como el 4 de septiembre y el 31 de octubre de 1870 en París,22 el ataque abierto a la táctica pasiva de las barricadas.23
¿Comprende ahora el lector por qué los poderes dominantes24 quieren a toda costa llevarnos allí donde el fusil dispara y el sable corta? ¿Por qué hoy se nos acusa de cobardía porque no salimos sin más a la calle, donde tenemos la derrota asegurada de antemano? ¿Por qué se nos suplica tan encarecidamente que nos prestemos de una vez a hacer de carne de cañón?
Estos señores malgastan sus súplicas y sus provocaciones para nada. No somos tan estúpidos. Lo mismo podrían exigir a su enemigo en la próxima guerra que se les presentara en el orden de batalla lineal del viejo Fritz25 o en las columnas de divisiones enteras al estilo de Wagram y Waterloo,26 y con el fusil de chispa en la mano. Si las condiciones han cambiado para la guerra entre los pueblos, no menos han cambiado para la lucha de clases. Ha pasado la época de los golpes por sorpresa, de las revoluciones llevadas a cabo por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de masas inconscientes. Allí donde se trata de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir las propias masas, tienen que haber comprendido ya ellas mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida.27 Esto es lo que nos ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Pero para que las masas comprendan lo que hay que hacer hace falta un trabajo largo y perseverante, y es precisamente este trabajo el que ahora llevamos a cabo, y con un éxito que desespera a los adversarios.
También en los países latinos se ve cada vez más que hay que revisar la vieja táctica. En todas partes se ha imitado el ejemplo alemán del empleo del derecho de voto, de la conquista de todos los puestos que nos son accesibles; en todas partes ha pasado a segundo plano el ataque sin preparación.28 En Francia, donde el suelo lleva más de cien años socavado por una revolución tras otra, donde no hay un solo partido que no haya aportado lo suyo en conspiraciones, insurrecciones y toda clase de acciones revolucionarias; en Francia, donde por eso el gobierno no está ni mucho menos seguro del ejército y donde, en general, las circunstancias son mucho más favorables que en Alemania para un golpe de mano insurreccional, incluso en Francia los socialistas comprenden cada vez más que no hay para ellos victoria duradera posible si antes no se ganan a la gran masa del pueblo, es decir, aquí, a los campesinos. El lento trabajo de propaganda y la actividad parlamentaria se reconocen también aquí como la tarea inmediata del partido. Los éxitos no se han hecho esperar. No solo se han conquistado toda una serie de ayuntamientos; en las Cámaras se sientan 50 socialistas, que ya han derribado tres ministerios y a un presidente de la República.29 En Bélgica, los obreros arrancaron el año pasado el derecho de voto y vencieron en una cuarta parte de las circunscripciones.30 En Suiza, en Italia, en Dinamarca, e incluso en Bulgaria y Rumanía, los socialistas están representados en los parlamentos. En Austria, todos los partidos están de acuerdo en que ya no se nos puede seguir negando el acceso al Consejo del Imperio. Entraremos, eso es seguro; solo se discute ya por qué puerta. E incluso si en Rusia se reúne el famoso Zemski Sobor, esa asamblea nacional a la que el joven Nicolás se resiste tan en vano,31 incluso allí podemos contar con seguridad con estar representados.
Ni que decir tiene que nuestros camaradas extranjeros no renuncian a su derecho a la revolución. El derecho a la revolución es, al fin y al cabo, el único «derecho histórico» realmente tal, el único en el que se basan todos los Estados modernos sin excepción, incluido Mecklemburgo, cuya revolución nobiliaria terminó en 1755 con el «pacto sucesorio», la gloriosa consagración escrita del feudalismo, que todavía hoy está vigente.32 El derecho a la revolución está tan irrefutablemente reconocido en la conciencia general que incluso el general von Boguslawski33 deriva únicamente de este derecho del pueblo el derecho al golpe de Estado que reivindica para su emperador.
Pero, pase lo que pase en otros países, la socialdemocracia alemana tiene una posición especial y, con ello, al menos de momento, también una tarea especial. Los dos millones de electores que envía a las urnas, junto con los jóvenes y las mujeres que, sin derecho a voto, están detrás de ellos, forman la masa más numerosa y compacta, el «grueso»34 decisivo del ejército proletario internacional. Esta masa aporta ya hoy más de una cuarta parte de los votos emitidos; y, como demuestran las elecciones parciales al Reichstag, las elecciones a las dietas de los distintos estados y las elecciones municipales y a los tribunales de oficios, crece sin cesar. Su crecimiento avanza de manera tan espontánea, tan constante, tan incontenible y, al mismo tiempo, tan tranquila como un proceso natural. Todas las intervenciones del gobierno se han mostrado impotentes frente a él. Ya hoy podemos contar con dos millones y cuarto de electores. Si esto sigue así, para finales de siglo habremos conquistado la mayor parte de las capas medias de la sociedad, tanto pequeños burgueses como pequeños campesinos, y nos habremos convertido en la fuerza decisiva del país, ante la cual todas las demás fuerzas tendrán que inclinarse, quieran o no. Mantener este crecimiento en marcha sin interrupción hasta que por sí mismo desborde al sistema de gobierno actual,35 no desgastar en escaramuzas de vanguardia este «grueso» que se refuerza día a día, sino conservarlo intacto hasta el día decisivo:36 esa es nuestra tarea principal. Y solo hay un medio por el cual el crecimiento constante de las fuerzas socialistas en Alemania podría detenerse momentáneamente e incluso hacerse retroceder durante algún tiempo: un choque en gran escala con el ejército, una sangría como la de 1871 en París. A la larga, también eso se superaría. No bastan todos los fusiles de repetición de Europa y América para borrar del mundo a tiros a un partido que se cuenta por millones. Pero el desarrollo normal se vería frenado, el «grueso» quizá no estaría disponible en el momento crítico,37 y el combate decisivo38 se retrasaría, se prolongaría y costaría sacrificios más graves.
La ironía de la historia universal lo pone todo cabeza abajo. Nosotros, los «revolucionarios», los «subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales y con la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se hunden en la legalidad que ellos mismos han creado. Exclaman desesperados con Odilon Barrot: la légalité nous tue, la legalidad nos mata,39 mientras que nosotros, con esta legalidad, echamos músculos firmes y mejillas sonrosadas y tenemos aspecto de vida eterna. Y si nosotros no somos tan locos como para dejarnos arrastrar a la lucha callejera para darles gusto, al final no les quedará otro remedio que romper ellos mismos esa legalidad que tan fatal les resulta.
Entretanto, hacen nuevas leyes contra la subversión.40 Otra vez está todo cabeza abajo. Estos fanáticos de la antisubversión de hoy, ¿no son ellos mismos los subversivos de ayer? ¿Fuimos acaso nosotros quienes provocamos la guerra civil de 1866? ¿Fuimos nosotros quienes expulsamos al rey de Hannover, al príncipe elector de Hesse y al duque de Nassau de sus tierras hereditarias, legítimas y ancestrales, y quienes anexionamos esas tierras?41 ¿Y estos subversores de la Confederación Germánica y de tres coronas por la gracia de Dios se quejan de la subversión? ¿Quién toleraría que los Gracos se quejaran de una sedición?42 ¿Quién podría consentir que los adoradores de Bismarck despotricaran contra la subversión?
Que impongan, sin embargo, sus proyectos contra la subversión, que los agraven todavía más, que conviertan todo el código penal en caucho: no conseguirán más que dar una nueva prueba de su impotencia. Para atacar en serio a la socialdemocracia tendrán que tomar medidas muy distintas. A la subversión socialdemócrata, que en este momento vive de respetar las leyes,43 solo pueden hacerle frente con la subversión de los partidos del orden, que no puede vivir sin violar las leyes. El señor Rössler, el burócrata prusiano, y el señor von Boguslawski, el general prusiano, les han mostrado el único camino por el que quizá todavía se pueda hacer frente a los obreros, que no hay manera de atraer a la lucha callejera.44 Ruptura de la Constitución, dictadura, retorno al absolutismo, ¡la voluntad del rey es la ley suprema!45 ¡Valor, pues, señores; aquí no basta con fruncir los labios, aquí hay que silbar!46
Pero no olviden que el Imperio alemán, como todos los pequeños Estados y, en general, todos los Estados modernos, es un producto del contrato: del contrato, en primer lugar, de los príncipes entre sí y, en segundo lugar, de los príncipes con el pueblo. Si una de las partes rompe el contrato, cae todo el contrato y la otra parte tampoco queda ya obligada. Como tan bien nos enseñó Bismarck en 1866. Así que, si ustedes rompen la Constitución del Imperio, la socialdemocracia queda libre y puede hacer frente a ustedes lo que quiera. Pero lo que hará entonces, eso difícilmente se lo va a contar hoy.47
Hace ahora casi exactamente mil seiscientos años actuaba también en el Imperio romano un peligroso partido de la subversión. Socavaba la religión y todos los fundamentos del Estado; negaba rotundamente que la voluntad del emperador fuera la ley suprema; no tenía patria, era internacional, se extendía por todas las provincias del Imperio, desde la Galia hasta Asia, y más allá de sus fronteras. Durante mucho tiempo había trabajado bajo tierra, en secreto; pero desde hacía ya bastante tiempo se consideraba lo bastante fuerte para salir abiertamente a la luz. Este partido de la subversión, que era conocido con el nombre de cristianos, tenía también una fuerte representación en el ejército; legiones enteras eran cristianas. Cuando se les ordenaba asistir a las ceremonias de sacrificio de la Iglesia oficial pagana para rendir allí los honores, los soldados subversivos llevaban su insolencia hasta el punto de prenderse en el casco, en señal de protesta, distintivos especiales: cruces. Ni siquiera las habituales vejaciones de cuartel de los superiores daban resultado. El emperador Diocleciano no pudo seguir contemplando impasible cómo se socavaban el orden, la obediencia y la disciplina en su ejército. Intervino enérgicamente, porque todavía estaba a tiempo. Promulgó una ley contra los socialistas, quiero decir, contra los cristianos. Se prohibieron las reuniones de los subversivos, se cerraron y hasta se derribaron sus locales, se prohibieron los distintivos cristianos, cruces, etc., como en Sajonia los pañuelos rojos. Se declaró a los cristianos incapaces de ocupar cargos públicos; ni siquiera podían llegar a cabos. Como entonces no se disponía todavía de jueces tan bien adiestrados en la «consideración de la persona» como los que presupone el proyecto contra la subversión del señor von Köller,48 se prohibió sin más a los cristianos buscar justicia ante los tribunales. También esta ley de excepción quedó sin efecto. Los cristianos la arrancaron de los muros para burlarse de ella, e incluso se dice que incendiaron sobre la cabeza del emperador su palacio de Nicomedia. Entonces este se vengó con la gran persecución de los cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la última de su clase. Y fue tan eficaz que diecisiete años después el ejército estaba compuesto mayoritariamente por cristianos, y el siguiente autócrata de todo el Imperio romano, Constantino, al que los curas llaman el Grande, proclamó el cristianismo religión del Estado.
Londres, 6 de marzo de 1895
F. Engels
Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850
Salvo unos pocos capítulos, todo apartado de alguna importancia de los anales de la revolución de 1848 a 1849 lleva el epígrafe: ¡Derrota de la revolución!
Lo que sucumbió en estas derrotas no fue la revolución. Fueron los tradicionales apéndices prerrevolucionarios, resultado de unas relaciones sociales que aún no se habían agudizado hasta convertirse en antagonismos de clase tajantes: personas, ilusiones, ideas, proyectos de los que el partido revolucionario no estaba libre antes de la revolución de febrero y de los que no podía liberarlo la victoria de febrero, sino solo una serie de derrotas.
En una palabra: el progreso revolucionario no se abrió paso con sus conquistas inmediatas, tragicómicas, sino, al contrario, engendrando una contrarrevolución cerrada y poderosa, engendrando un adversario en cuyo combate el partido de la subversión maduró hasta convertirse en un partido verdaderamente revolucionario.
Demostrarlo es la tarea de las páginas que siguen.
I. La derrota de junio de 1848
De febrero a junio de 1848
Después de la revolución de julio, cuando el banquero liberal Laffitte acompañaba en triunfo a su compère,49 el duque de Orleans, al Ayuntamiento de París, dejó caer estas palabras: «De ahora en adelante reinarán los banqueros». Laffitte había revelado el secreto de la revolución.
Bajo Luis Felipe no dominaba la burguesía francesa, sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de bosques, y una parte de la propiedad territorial aliada con ellos; la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba las leyes en las Cámaras, distribuía los cargos públicos, desde el ministerio hasta el estanco de tabaco.
La burguesía industrial propiamente dicha formaba parte de la oposición oficial, es decir, solo estaba representada en la Cámara como minoría. Su oposición se manifestaba con tanta más decisión cuanto más pura se desarrollaba la dominación exclusiva de la aristocracia financiera y cuanto más segura creía ella misma su dominación sobre la clase obrera después de los motines de 1832, 1834 y 1839, ahogados en sangre.50 Grandin, fabricante de Ruan, órgano fanático de la reacción burguesa tanto en la Asamblea Nacional Constituyente como en la Legislativa, era en la Cámara de Diputados el adversario más encarnizado de Guizot.51 Léon Faucher, conocido más tarde por sus impotentes esfuerzos por erigirse en el Guizot de la contrarrevolución francesa, libró en los últimos tiempos de Luis Felipe una guerra de pluma en favor de la industria contra la especulación y contra su caudatario, el gobierno. Bastiat agitaba en nombre de Burdeos y de toda la Francia vinícola contra el sistema imperante.52
La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, lo mismo que la clase campesina, estaban completamente excluidas del poder político. Por último, en la oposición oficial o totalmente fuera del pays légal53 se encontraban los representantes y portavoces ideológicos de las clases mencionadas, sus sabios, abogados, médicos, etc.; en una palabra, sus llamadas capacidades.54
Por sus apuros financieros, la monarquía de Julio dependió desde el principio de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía se convirtió en fuente inagotable de apuros financieros crecientes. Era imposible subordinar la administración del Estado al interés de la producción nacional sin restablecer el equilibrio del presupuesto, el equilibrio entre los gastos y los ingresos del Estado. ¿Y cómo restablecer ese equilibrio sin restringir los gastos públicos, es decir, sin lesionar intereses que eran otros tantos pilares del sistema imperante, y sin reorganizar el reparto de los impuestos, es decir, sin echar una parte considerable de la carga fiscal sobre los hombros de la propia alta burguesía?
El endeudamiento del Estado era, por el contrario, el interés directo de la fracción burguesa que dominaba y legislaba a través de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de su especulación y la fuente principal de su enriquecimiento. Al cabo de cada año, un nuevo déficit. Al cabo de cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito ofrecía a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar al Estado, mantenido artificialmente al borde de la bancarrota: este tenía que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una segunda ocasión de saquear, mediante operaciones de Bolsa en cuyo secreto estaban iniciados el gobierno y la mayoría de la Cámara, al público que había invertido sus capitales en valores del Estado. En general, la situación inestable del crédito del Estado y la posesión de los secretos de Estado ofrecían a los banqueros y a sus afiliados en las Cámaras y en el trono la posibilidad de provocar oscilaciones extraordinarias y repentinas en la cotización de los valores del Estado, cuyo resultado constante tenía que ser la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento fabulosamente rápido de los grandes jugadores. Si el déficit del Estado era el interés directo de la fracción burguesa dominante, se explica que los gastos públicos extraordinarios de los últimos años del reinado de Luis Felipe superasen con mucho el doble de los gastos extraordinarios del Estado bajo Napoleón, y que alcanzasen incluso casi cada año la suma de 400 millones de francos, mientras que la exportación total anual de Francia rara vez llegaba por término medio a los 750 millones. Las enormes sumas que pasaban así por las manos del Estado daban además ocasión a contratos de suministro fraudulentos, sobornos, malversaciones y bribonadas de toda clase. El fraude al Estado que se cometía al por mayor con los empréstitos se repetía al por menor en las obras públicas. La relación entre la Cámara y el gobierno se multiplicaba en la relación entre cada una de las administraciones y cada uno de los contratistas.
Lo mismo que los gastos públicos en general y los empréstitos del Estado, la clase dominante explotaba la construcción de ferrocarriles. Las Cámaras cargaban al Estado con lo más pesado y aseguraban los frutos de oro a la aristocracia financiera especuladora. Se recordarán los escándalos de la Cámara de Diputados cuando salía a la luz, de vez en cuando, que todos los miembros de la mayoría, incluida una parte de los ministros, eran accionistas de las mismas obras ferroviarias que luego, como legisladores, hacían ejecutar a costa del Estado.
En cambio, la más pequeña reforma financiera fracasaba ante la influencia de los banqueros. Así, por ejemplo, la reforma postal. Rothschild protestó. ¿Podía el Estado reducir fuentes de ingresos de las que tenía que pagar los intereses de su deuda creciente?
La monarquía de Julio no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia, cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras, 240.000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta compañía: Robert Macaire en el trono.55 El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de la burguesía industrial tenían que verse constantemente amenazados y perjudicados bajo este sistema. Gobierno barato, gouvernement à bon marché, era lo que esta había escrito en su bandera en las jornadas de julio.
Mientras la aristocracia financiera dictaba las leyes, dirigía la administración del Estado, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba la opinión pública con los hechos y con la prensa, en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne,56 se repetía la misma prostitución, el mismo fraude desvergonzado, el mismo afán de enriquecerse, no por medio de la producción, sino escamoteando la riqueza ajena ya existente; y sobre todo en las cumbres de la sociedad burguesa estallaba la satisfacción desenfrenada, en choque a cada instante con las propias leyes burguesas, de los apetitos malsanos y disolutos en que la riqueza nacida del juego busca naturalmente su satisfacción, donde el placer se vuelve crapuleux,57 donde el dinero, el lodo y la sangre confluyen. La aristocracia financiera, tanto en su modo de ganar como en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpenproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa.
Y las fracciones no dominantes de la burguesía francesa clamaban: ¡Corrupción! El pueblo gritaba: ¡Abajo los grandes ladrones! ¡Abajo los asesinos!,58 cuando en 1847, en los escenarios más encumbrados de la sociedad burguesa, se representaban públicamente las mismas escenas que llevan regularmente al lumpenproletariado a los burdeles, a los asilos y manicomios, ante el juez, a los presidios y al patíbulo. La burguesía industrial veía amenazados sus intereses, la pequeña burguesía estaba moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba, París estaba inundado de panfletos —La dynastie Rothschild, Les juifs rois de l'époque,59 etc.— en los que se denunciaba y estigmatizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia financiera.
¡Nada por la gloria! ¡La gloria no da nada! ¡La paz en todas partes y siempre! ¡La guerra hace bajar la cotización del tres y del cuatro por ciento!:60 eso es lo que había escrito en su bandera la Francia de los judíos de la Bolsa. Por eso su política exterior se perdió en una serie de ofensas al sentimiento nacional francés, que se encrespó tanto más vivamente cuanto que, con la incorporación de Cracovia a Austria, se consumó el robo de Polonia, y Guizot se puso activamente del lado de la Santa Alianza en la guerra suiza del Sonderbund. La victoria de los liberales suizos en aquel simulacro de guerra elevó la confianza de la oposición burguesa en Francia, y la sangrienta insurrección del pueblo de Palermo actuó como una descarga eléctrica sobre la masa popular paralizada y despertó sus grandes recuerdos y pasiones revolucionarias.61
El estallido del descontento general fue acelerado, por fin, y el malestar maduró hasta convertirse en revuelta por dos acontecimientos económicos mundiales.
La enfermedad de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846 aumentaron la efervescencia general en el pueblo. La carestía de 1847 provocó en Francia, como en el resto del continente, conflictos sangrientos. ¡Frente a las orgías desvergonzadas de la aristocracia financiera, la lucha del pueblo por los medios de subsistencia más elementales! ¡En Buzançais, los amotinados del hambre ejecutados;62 en París, estafadores ahítos sustraídos a los tribunales por la familia real!
El segundo gran acontecimiento económico que aceleró el estallido de la revolución fue una crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra. Anunciada ya en el otoño de 1845 por el descalabro masivo de los especuladores en acciones ferroviarias, aplazada durante 1846 por una serie de incidentes como la inminente abolición de los aranceles sobre el trigo,63 estalló por fin en el otoño de 1847 con las quiebras de los grandes comerciantes de géneros coloniales de Londres, a las que siguieron de inmediato las quiebras de los bancos rurales y el cierre de las fábricas en los distritos industriales ingleses. Todavía no se habían agotado los efectos de esta crisis en el continente cuando estalló la revolución de febrero.
La devastación del comercio y de la industria por la epidemia económica hizo aún más insoportable la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. En toda Francia, la burguesía de oposición promovió la campaña de los banquetes en favor de una reforma electoral que debía conquistarle la mayoría en las Cámaras y derribar al ministerio de la Bolsa.64 En París, la crisis industrial tuvo además la consecuencia particular de lanzar al comercio interior a una masa de fabricantes y comerciantes al por mayor que, en las circunstancias del momento, ya no podían hacer negocios en el mercado exterior. Montaron grandes establecimientos cuya competencia arruinó en masa a tenderos y comerciantes al por menor. De ahí el sinnúmero de quiebras en esta parte de la burguesía parisiense, y de ahí su actitud revolucionaria en febrero. Es sabido cómo Guizot y las Cámaras respondieron a las propuestas de reforma con un desafío inequívoco, cómo Luis Felipe se decidió demasiado tarde por un ministerio Barrot, cómo se llegó a las manos entre el pueblo y el ejército, cómo el ejército quedó desarmado por la actitud pasiva de la Guardia Nacional y cómo la monarquía de Julio tuvo que ceder el puesto a un Gobierno provisional.
El Gobierno provisional que se alzó sobre las barricadas de febrero reflejaba necesariamente en su composición los distintos partidos entre los que se repartía la victoria. No podía ser más que un compromiso entre las distintas clases que habían derribado juntas el trono de Julio, pero cuyos intereses se oponían hostilmente. Su gran mayoría la formaban representantes de la burguesía. La pequeña burguesía republicana estaba representada por Ledru-Rollin y Flocon; la burguesía republicana, por los hombres de Le National; la oposición dinástica, por Crémieux, Dupont de l'Eure, etc.65 La clase obrera solo tenía dos representantes, Louis Blanc y Albert.66 Por último, Lamartine en el Gobierno provisional no representaba, en principio, ningún interés real, ninguna clase determinada: era la revolución de febrero misma, el levantamiento común con sus ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases. Por lo demás, el portavoz de la revolución de febrero pertenecía, por su posición y por sus ideas, a la burguesía.
Si París, a consecuencia de la centralización política, domina Francia, los obreros, en los momentos de terremoto revolucionario, dominan París. El primer acto vital del Gobierno provisional fue el intento de sustraerse a esta influencia abrumadora apelando del París ebrio a la Francia sobria. Lamartine negó a los combatientes de las barricadas el derecho a proclamar la república: solo la mayoría de los franceses estaba facultada para ello; había que esperar su voto, y el proletariado de París no debía mancillar su victoria con una usurpación. La burguesía solo permitía al proletariado una usurpación: la de la lucha.
Al mediodía del 25 de febrero la república aún no estaba proclamada, pero en cambio todos los ministerios estaban ya repartidos entre los elementos burgueses del Gobierno provisional y entre los generales, banqueros y abogados de Le National. Pero los obreros estaban decididos a no tolerar esta vez un escamoteo semejante al de julio de 1830. Estaban dispuestos a reanudar la lucha y a imponer la república por la fuerza de las armas. Con este mensaje se presentó Raspail en el Ayuntamiento:67 en nombre del proletariado de París ordenó al Gobierno provisional que proclamase la república; si en el plazo de dos horas no se cumplía esta orden del pueblo, volvería al frente de 200.000 hombres. Los cadáveres de los caídos apenas se habían enfriado, las barricadas no se habían retirado, los obreros no estaban desarmados, y la única fuerza que se les podía oponer era la Guardia Nacional. En estas circunstancias se desvanecieron de pronto los escrúpulos de prudencia política y de conciencia jurídica del Gobierno provisional. No había expirado el plazo de dos horas y ya lucían en todas las paredes de París las gigantescas palabras históricas:
¡República francesa! ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!
Con la proclamación de la república sobre la base del sufragio universal quedó borrado hasta el recuerdo de los fines y motivos limitados que habían empujado a la burguesía a la revolución de febrero. En lugar de unas pocas fracciones de la burguesía, ¡todas las clases de la sociedad francesa lanzadas de golpe al círculo del poder político, obligadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y el gallinero y a actuar en persona en el escenario revolucionario! ¡Con la monarquía constitucional había desaparecido también la apariencia de un poder del Estado que se enfrentaba arbitrariamente a la sociedad burguesa, y toda la serie de luchas secundarias que provoca ese poder aparente!
Al dictar la república al Gobierno provisional, y por medio del Gobierno provisional a toda Francia, el proletariado pasó inmediatamente al primer plano como partido independiente, pero al mismo tiempo desafió a la lucha a toda la Francia burguesa. Lo que conquistó fue el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero de ningún modo esa emancipación misma.
Al contrario, la república de febrero tenía que empezar por completar la dominación de la burguesía, haciendo entrar en el círculo del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras. La mayoría de los grandes terratenientes, los legitimistas, quedaron emancipados de la nulidad política a la que los había condenado la monarquía de Julio. No en vano la Gazette de France había hecho campaña junto con los periódicos de la oposición; no en vano La Rochejaquelein se había puesto del lado de la revolución en la sesión de la Cámara de Diputados del 24 de febrero.68 Con el sufragio universal, los propietarios nominales que forman la gran mayoría de los franceses, los campesinos, quedaron instituidos en árbitros del destino de Francia. Por último, la república de febrero hizo aparecer en toda su pureza la dominación burguesa al derribar la corona tras la que se escondía el capital.
Así como en las jornadas de julio los obreros habían conquistado la monarquía burguesa, en las jornadas de febrero conquistaron la república burguesa. Así como la monarquía de Julio se vio obligada a anunciarse como una monarquía rodeada de instituciones republicanas, la república de febrero tuvo que anunciarse como una república rodeada de instituciones sociales. El proletariado de París arrancó también esta concesión.
Marche, un obrero, dictó el decreto en el que el recién formado Gobierno provisional se comprometía a garantizar la existencia de los obreros mediante el trabajo, a proporcionar trabajo a todos los ciudadanos, etc. Y cuando, pocos días después, pareció haber olvidado su compromiso y haberlo perdido de vista, una masa de 20.000 obreros marchó al Ayuntamiento al grito de: ¡Organización del trabajo! ¡Que se cree un ministerio especial del trabajo! De mala gana y tras largos debates, el Gobierno provisional nombró una comisión especial permanente encargada de buscar los medios de mejorar la situación de las clases trabajadoras. Esta comisión se formó con delegados de las corporaciones de oficios de París y la presidieron Louis Blanc y Albert. Se le asignó como sala de sesiones el palacio del Luxemburgo. Así, los representantes de la clase obrera quedaban desterrados de la sede del Gobierno provisional; la parte burguesa de este conservaba en sus manos, en exclusiva, el poder real del Estado y las riendas de la administración, y junto a los ministerios de Hacienda, de Comercio y de Obras Públicas, junto al Banco y a la Bolsa, se alzaba una sinagoga socialista cuyos sumos sacerdotes, Louis Blanc y Albert, tenían la misión de descubrir la tierra prometida, predicar el nuevo evangelio y dar ocupación al proletariado de París. A diferencia de cualquier poder estatal profano, no disponían de presupuesto ni de poder ejecutivo alguno. Tenían que derribar a cabezazos los pilares de la sociedad burguesa. Mientras el Luxemburgo buscaba la piedra filosofal, en el Ayuntamiento se acuñaba la moneda de curso legal.
Y sin embargo, las reivindicaciones del proletariado de París, en la medida en que iban más allá de la república burguesa, no podían adquirir otra existencia que la existencia nebulosa del Luxemburgo.
Los obreros habían hecho la revolución de febrero junto con la burguesía; junto a la burguesía trataban de imponer sus intereses, del mismo modo que en el propio Gobierno provisional habían instalado a un obrero junto a la mayoría burguesa. ¡Organización del trabajo! Pero el trabajo asalariado es la organización burguesa existente del trabajo. Sin él no hay capital, ni burguesía, ni sociedad burguesa. ¡Un ministerio especial del trabajo! Pero los ministerios de Hacienda, de Comercio y de Obras Públicas, ¿no son los ministerios burgueses del trabajo? Y junto a ellos un ministerio proletario del trabajo tenía que ser un ministerio de la impotencia, un ministerio de los buenos deseos, una Comisión del Luxemburgo. Así como los obreros creían poder emanciparse junto a la burguesía, pensaban poder llevar a cabo una revolución proletaria dentro de las paredes nacionales de Francia, junto a las demás naciones burguesas. Pero las relaciones de producción francesas están condicionadas por el comercio exterior de Francia, por su posición en el mercado mundial y por las leyes de este; ¿cómo iba Francia a romperlas sin una guerra revolucionaria europea que repercutiera sobre el déspota del mercado mundial, Inglaterra?
Una clase en la que se concentran los intereses revolucionarios de la sociedad encuentra inmediatamente en su propia situación, en cuanto se ha levantado, el contenido y el material de su actividad revolucionaria: abatir a sus enemigos, tomar las medidas que impone la necesidad de la lucha; las consecuencias de sus propios actos la empujan hacia adelante. No emprende investigaciones teóricas sobre su propia tarea. Pero la clase obrera francesa no se encontraba en esa situación: todavía era incapaz de llevar a cabo su propia revolución.
El desarrollo del proletariado industrial está condicionado en general por el desarrollo de la burguesía industrial. Solo bajo la dominación de esta adquiere la amplia existencia nacional que puede elevar su revolución a revolución nacional, y solo así crea él mismo los modernos medios de producción, que se convierten en otros tantos medios de su liberación revolucionaria. Solo la dominación de la burguesía industrial arranca las raíces materiales de la sociedad feudal y allana el terreno sobre el que únicamente es posible una revolución proletaria. La industria francesa está más desarrollada, y la burguesía francesa es más revolucionaria, que las del resto del continente. Pero la revolución de febrero, ¿no iba dirigida directamente contra la aristocracia financiera? Este hecho demostraba que la burguesía industrial no dominaba Francia. La burguesía industrial solo puede dominar allí donde la industria moderna configura a su medida todas las relaciones de propiedad, y la industria solo puede adquirir ese poder allí donde ha conquistado el mercado mundial, pues las fronteras nacionales no bastan a su desarrollo. Pero la industria francesa, en gran parte, solo se mantiene incluso en el mercado nacional gracias a un sistema prohibitivo más o menos modificado. Por eso, si el proletariado francés posee en París, en el momento de una revolución, un poder efectivo y una influencia que lo incitan a un asalto superior a sus medios, en el resto de Francia está concentrado en algunos centros industriales dispersos y casi desaparece bajo un número muy superior de campesinos y pequeños burgueses. La lucha contra el capital en su forma moderna desarrollada, en su punto álgido, la lucha del obrero asalariado industrial contra el burgués industrial, es en Francia un hecho parcial que, después de las jornadas de febrero, podía constituir tanto menos el contenido nacional de la revolución cuanto que la lucha contra los modos de explotación secundarios del capital, la del campesino contra el usurero y la hipoteca, la del pequeño burgués contra el gran comerciante, el banquero y el fabricante, en una palabra, contra la quiebra, seguía envuelta en el levantamiento general contra la aristocracia financiera. Nada más explicable, por tanto, que el proletariado de París tratase de hacer valer su interés junto al interés burgués, en lugar de imponerlo como el interés revolucionario de la sociedad misma, y que arriase la bandera roja ante la tricolor.69 Los obreros franceses no podían dar un paso adelante ni tocar un pelo del orden burgués mientras la marcha de la revolución no hubiera sublevado contra ese orden, contra la dominación del capital, a la masa de la nación situada entre el proletariado y la burguesía, los campesinos y los pequeños burgueses, y no la hubiera obligado a unirse a los proletarios como a sus combatientes de vanguardia. Solo al precio de la tremenda derrota de junio podían los obreros comprar esta victoria.
A la Comisión del Luxemburgo, esa criatura de los obreros de París, le queda el mérito de haber revelado desde una tribuna europea el secreto de la revolución del siglo XIX: la emancipación del proletariado. El Moniteur70 se ruborizaba al tener que propagar oficialmente las «extravagantes fantasías» que hasta entonces habían permanecido enterradas en los escritos apócrifos de los socialistas y que solo de vez en cuando llegaban a oídos de la burguesía como leyendas lejanas, mitad terribles, mitad ridículas. Europa despertó sobresaltada de su duermevela burguesa. Así pues, en la idea de los proletarios, que confundían la aristocracia financiera con la burguesía en general; en la imaginación de los probos republicanos, que negaban la existencia misma de las clases o, a lo sumo, la admitían como consecuencia de la monarquía constitucional; en las frases hipócritas de las fracciones burguesas excluidas hasta entonces del poder, la dominación de la burguesía había quedado abolida con la implantación de la república. Todos los realistas se convirtieron entonces en republicanos y todos los millonarios de París en obreros. La frase que correspondía a esta imaginaria abolición de las relaciones de clase era la fraternité, la confraternización y fraternidad universales. Esta cómoda abstracción de los antagonismos de clase, esta conciliación sentimental de los intereses de clase contradictorios, esta exaltada elevación por encima de la lucha de clases, la fraternité, fue la verdadera consigna de la revolución de febrero. Las clases estaban separadas por un simple malentendido, y Lamartine bautizó el 24 de febrero al Gobierno provisional como «un gobierno que suspende ese terrible malentendido que existe entre las distintas clases».71 El proletariado de París se deleitaba en esta generosa embriaguez de fraternidad.
El Gobierno provisional, por su parte, una vez obligado a proclamar la república, hizo todo lo posible por hacerla aceptable a la burguesía y a las provincias. Los sangrientos terrores de la primera república francesa quedaron desautorizados con la abolición de la pena de muerte por delitos políticos; la prensa quedó libre para todas las opiniones; el ejército, los tribunales y la administración siguieron, con pocas excepciones, en manos de sus antiguos dignatarios; ninguno de los grandes culpables de la monarquía de Julio fue llamado a rendir cuentas. Los republicanos burgueses de Le National se divertían cambiando nombres y trajes monárquicos por otros de la antigua república. Para ellos la república no era más que un nuevo traje de baile para la vieja sociedad burguesa. La joven república buscaba su mérito principal en no asustar, en asustarse más bien ella misma constantemente, y en ganarse la existencia y desarmar la resistencia mediante la blanda condescendencia y la falta de resistencia de su existencia. A las clases privilegiadas del interior y a las potencias despóticas del exterior se les anunció en voz alta que la república era de naturaleza pacífica. Vivir y dejar vivir era su lema. A esto se añadió que, poco después de la revolución de febrero, alemanes, polacos, austriacos, húngaros e italianos se sublevaron, cada pueblo según su situación inmediata. Rusia e Inglaterra no estaban preparadas: la segunda, agitada ella misma; la primera, intimidada. La república no tenía, pues, ante sí ningún enemigo nacional. Por tanto, no había grandes complicaciones exteriores que pudieran inflamar la energía, acelerar el proceso revolucionario, empujar hacia adelante al Gobierno provisional o arrojarlo por la borda. El proletariado de París, que veía en la república su propia criatura, aclamaba naturalmente cada acto del Gobierno provisional que le permitía asentarse con más facilidad en la sociedad burguesa. Se dejó emplear dócilmente por Caussidière en servicios de policía para proteger la propiedad en París,72 lo mismo que dejó que Louis Blanc arbitrase los conflictos salariales entre obreros y patronos. Era para él un point d'honneur mantener intacto, a los ojos de Europa, el honor burgués de la república.
La república no encontró resistencia ni fuera ni dentro. Con ello quedó desarmada. Su tarea ya no consistía en transformar revolucionariamente el mundo, sino solo en adaptarse a las relaciones de la sociedad burguesa. No hay testimonio más elocuente del fanatismo con que el Gobierno provisional se entregó a esta tarea que sus medidas financieras.
El crédito público y el crédito privado estaban, naturalmente, quebrantados. El crédito público descansaba en la confianza en que el Estado se deja explotar por los judíos de las finanzas. Pero el viejo Estado había desaparecido, y la revolución iba dirigida ante todo contra la aristocracia financiera. Las oscilaciones de la última crisis comercial europea aún no se habían extinguido: las bancarrotas seguían sucediéndose.
El crédito privado estaba, pues, paralizado, la circulación entorpecida y la producción estancada antes de que estallara la revolución de febrero. La crisis revolucionaria agravó la crisis comercial. Y si el crédito privado descansa en la confianza en que la producción burguesa, en todo el alcance de sus relaciones, en que el orden burgués, está intacto y es intocable, ¿qué efecto tenía que producir una revolución que ponía en entredicho el fundamento de la producción burguesa, la esclavitud económica del proletariado, y que alzaba frente a la Bolsa la esfinge del Luxemburgo? El levantamiento del proletariado es la abolición del crédito burgués, porque es la abolición de la producción burguesa y de su orden. El crédito público y el crédito privado son el termómetro económico con el que puede medirse la intensidad de una revolución. En la misma medida en que bajan, suben el ardor y la fuerza creadora de la revolución.
El Gobierno provisional quería despojar a la república de su apariencia antiburguesa. Por eso tenía que tratar ante todo de asegurar el valor de cambio de esta nueva forma de Estado, su cotización en la Bolsa. Con la cotización de la república en la Bolsa volvía a subir necesariamente el crédito privado.
Para disipar incluso la sospecha de que no quisiera o no pudiera cumplir las obligaciones heredadas de la monarquía, para hacer creer en la moral burguesa y en la solvencia de la república, el Gobierno provisional recurrió a una fanfarronada tan indigna como pueril. Pagó a los acreedores del Estado los intereses del 5 %, del 4½ % y del 4 % antes del vencimiento legal. El aplomo burgués, la confianza en sí mismos de los capitalistas, despertó de golpe cuando vieron la prisa angustiada con que se trataba de comprar su confianza.
Como es natural, los apuros de dinero del Gobierno provisional no disminuyeron con un golpe de teatro que lo despojaba del dinero en efectivo disponible. Los aprietos financieros ya no podían ocultarse, y los pequeños burgueses, los criados y los obreros tuvieron que pagar la agradable sorpresa que se había dado a los acreedores del Estado.
Las libretas de la caja de ahorros se declararon no convertibles en dinero por encima de 100 francos. Las sumas depositadas en las cajas de ahorros fueron confiscadas y convertidas por decreto en deuda pública no reembolsable. Con ello se exasperó contra la república al pequeño burgués, ya de por sí en apuros. Al recibir títulos de la deuda en lugar de sus libretas de ahorro, se vio obligado a ir a la Bolsa para venderlos y a entregarse así directamente en manos de los judíos de la Bolsa contra los que había hecho la revolución de febrero.
La aristocracia financiera que dominaba bajo la monarquía de Julio tenía su iglesia mayor en el Banco. Así como la Bolsa rige el crédito del Estado, el Banco rige el crédito comercial.
Directamente amenazado por la revolución de febrero, no solo en su dominación, sino en su existencia, el Banco trató desde el principio de desacreditar a la república generalizando la falta de crédito. Retiró de golpe el crédito a los banqueros, a los fabricantes, a los comerciantes. Como esta maniobra no provocó inmediatamente una contrarrevolución, tenía que volverse necesariamente contra el propio Banco. Los capitalistas retiraron el dinero que habían depositado en sus sótanos. Los tenedores de billetes se precipitaron a sus ventanillas para cambiarlos por oro y plata.
Sin intervención violenta, por vía legal, el Gobierno provisional podía obligar al Banco a la bancarrota; le bastaba con mantenerse pasivo y abandonar al Banco a su suerte. La bancarrota del Banco: ese era el diluvio que habría barrido en un instante del suelo francés a la aristocracia financiera, la enemiga más poderosa y peligrosa de la república, el pedestal de oro de la monarquía de Julio. Y una vez en bancarrota el Banco, la propia burguesía habría tenido que considerar como un último y desesperado intento de salvación que el gobierno crease un banco nacional y sometiera el crédito nacional al control de la nación.
El Gobierno provisional, en cambio, dio a los billetes del Banco curso forzoso. Hizo más. Convirtió todos los bancos de provincias en sucursales del Banco de Francia y le permitió tender su red sobre toda Francia. Más tarde le dio en prenda los bosques del Estado como garantía de un empréstito que contrató con él. Así, la revolución de febrero consolidó y amplió directamente la bancocracia que debía derribar.
Entretanto, el Gobierno provisional se retorcía bajo la pesadilla de un déficit creciente. En vano mendigó sacrificios patrióticos. Solo los obreros le arrojaron su limosna. Hubo que recurrir a un remedio heroico: establecer un nuevo impuesto. Pero ¿a quién gravar? ¿A los lobos de la Bolsa, a los reyes de la banca, a los acreedores del Estado, a los rentistas, a los industriales? No era ese el medio de congraciar a la república con la burguesía. Habría sido poner en peligro por un lado el crédito del Estado y el crédito comercial, mientras se trataba de comprarlos por otro con tan grandes sacrificios y humillaciones. Pero alguien tenía que pagar el pato. ¿Quién fue sacrificado al crédito burgués? Jacques Bonhomme,73 el campesino.
El Gobierno provisional estableció un recargo de 45 céntimos por franco sobre los cuatro impuestos directos.74 La prensa del gobierno hizo creer al proletariado de París que este impuesto recaía preferentemente sobre la gran propiedad territorial, sobre los poseedores del millardo otorgado por la Restauración.75 Pero en realidad afectaba sobre todo a la clase campesina, es decir, a la gran mayoría del pueblo francés. Los campesinos tuvieron que pagar los costes de la revolución de febrero, y en ellos encontró la contrarrevolución su material principal. El impuesto de los 45 céntimos era una cuestión de vida o muerte para el campesino francés, y él la convirtió en cuestión de vida o muerte para la república. La república fue para el campesino francés, desde aquel momento, el impuesto de los 45 céntimos, y en el proletariado de París veía al derrochador que se daba la buena vida a su costa.
Mientras que la revolución de 1789 empezó por librar a los campesinos de las cargas feudales, la revolución de 1848, para no poner en peligro al capital y mantener en marcha su máquina estatal, se anunció a la población rural con un nuevo impuesto.
Solo con un medio podía el Gobierno provisional eliminar todos estos inconvenientes y sacar al Estado de sus viejos raíles: con la declaración de la bancarrota del Estado. Se recordará cómo Ledru-Rollin recitó más tarde en la Asamblea Nacional la virtuosa indignación con que había rechazado esa pretensión del judío de la Bolsa Fould, actual ministro de Hacienda de Francia.76 Fould le había ofrecido la manzana del árbol de la ciencia.
Al reconocer las letras de cambio que la vieja sociedad burguesa había girado contra el Estado, el Gobierno provisional había caído en su poder. Se había convertido en deudor apurado de la sociedad burguesa, en lugar de enfrentarse a ella como acreedor amenazador que tenía que cobrar deudas revolucionarias de muchos años. Tenía que consolidar las vacilantes relaciones burguesas para cumplir obligaciones que solo pueden satisfacerse dentro de esas relaciones. El crédito se convirtió en condición de su existencia, y las concesiones al proletariado, las promesas que se le habían hecho, en otras tantas cadenas que había que romper. La emancipación de los obreros —aun como mera frase— se convirtió en un peligro insoportable para la nueva república, pues era una protesta permanente contra el restablecimiento del crédito, que descansaba en el reconocimiento tranquilo e indiscutido de las relaciones económicas de clase existentes. Había, pues, que acabar con los obreros.
La revolución de febrero había expulsado al ejército de París. La Guardia Nacional, es decir, la burguesía en sus distintas gradaciones, era la única fuerza. Pero sola no se sentía capaz de hacer frente al proletariado. Además, se había visto obligada, aunque tras la más tenaz resistencia y oponiendo cien obstáculos distintos, a abrir poco a poco y a trozos sus filas y a dejar entrar en ellas a proletarios armados. No quedaba, pues, más que una salida: enfrentar a una parte de los proletarios con la otra.
Con este fin, el Gobierno provisional formó 24 batallones de Guardia Móvil, de mil hombres cada uno, con jóvenes de 15 a 20 años. Pertenecían en su mayor parte al lumpenproletariado, que en todas las grandes ciudades forma una masa claramente diferenciada del proletariado industrial: un vivero de ladrones y delincuentes de toda clase, que viven de los desechos de la sociedad, gente sin oficio fijo, vagabundos, gens sans feu et sans aveu,77 distintos según el grado de cultura de la nación a la que pertenecen, pero que nunca reniegan de su carácter de lazzaroni;78 en la edad juvenil en que los reclutó el Gobierno provisional, enteramente moldeables, capaces de los mayores heroísmos y del sacrificio más exaltado, lo mismo que de las fechorías más viles y de la venalidad más sucia. El Gobierno provisional les pagaba 1 franco y 50 céntimos diarios, es decir, los compraba. Les dio un uniforme propio, es decir, los distinguió exteriormente de la blusa obrera. Como jefes se les asignaron en parte oficiales del ejército permanente, y en parte eligieron ellos mismos a jóvenes hijos de burgueses que los cautivaban con sus fanfarronadas sobre la muerte por la patria y la entrega a la república.
Así, frente al proletariado de París se alzaba un ejército de 24.000 hombres jóvenes, vigorosos y temerarios, sacados de su propio seno. El proletariado vitoreaba a la Guardia Móvil en sus desfiles por París. Veía en ella a sus combatientes de vanguardia en las barricadas. La consideraba la guardia proletaria frente a la Guardia Nacional burguesa. Su error era perdonable.
Además de la Guardia Móvil, el gobierno decidió agrupar a su alrededor un ejército obrero industrial. El ministro Marie79 alistó a cien mil obreros, arrojados a la calle por la crisis y la revolución, en los llamados Talleres Nacionales. Bajo este nombre pomposo no se escondía otra cosa que el empleo de los obreros en movimientos de tierras aburridos, monótonos e improductivos, por un salario de 23 sueldos.80 Workhouses ingleses al aire libre:81 eso, y nada más, eran estos Talleres Nacionales. El Gobierno provisional creía haber formado en ellos un segundo ejército proletario contra los propios obreros. Esta vez la burguesía se equivocó con los Talleres Nacionales, como los obreros se equivocaban con la Guardia Móvil. Había creado un ejército para el motín.
Pero se había logrado un objetivo.
Talleres Nacionales: ese era el nombre de los talleres populares que Louis Blanc predicaba en el Luxemburgo.82 Los talleres de Marie, concebidos en oposición directa al Luxemburgo, dieron pie, por llevar la misma razón social, a una intriga de equívocos digna de la comedia española de criados. El propio Gobierno provisional difundió bajo mano el rumor de que estos Talleres Nacionales eran invención de Louis Blanc, y la cosa parecía tanto más creíble cuanto que Louis Blanc, el profeta de los Talleres Nacionales, era miembro del Gobierno provisional. Y en la confusión, mitad ingenua, mitad intencionada, de la burguesía de París, en la opinión artificialmente mantenida de Francia y de Europa, aquellos workhouses eran la primera realización del socialismo, que quedó con ellos en la picota.
No por su contenido, pero sí por su nombre, los Talleres Nacionales eran la protesta encarnada del proletariado contra la industria burguesa, el crédito burgués y la república burguesa. Sobre ellos se volcó, pues, todo el odio de la burguesía. En ellos había encontrado al mismo tiempo el punto contra el que dirigir el ataque en cuanto estuviera lo bastante fuerte para romper abiertamente con la revolución de febrero. Todo el malestar, todo el mal humor de los pequeños burgueses se dirigía a la vez contra estos Talleres Nacionales, el blanco común. Calculaban con verdadera rabia las sumas que devoraban los holgazanes proletarios mientras su propia situación se hacía cada día más insoportable. ¡Una pensión del Estado por un trabajo simulado, eso es el socialismo!, refunfuñaban para sus adentros. Los Talleres Nacionales, las declamaciones del Luxemburgo, los desfiles de los obreros por París: ahí buscaban la causa de su miseria. Y nadie se enfurecía más contra las supuestas maquinaciones de los comunistas que el pequeño burgués, suspendido sin remedio al borde del abismo de la quiebra.
Así, en el choque que se avecinaba entre la burguesía y el proletariado, todas las ventajas, todos los puestos decisivos, todas las capas medias de la sociedad estaban en manos de la burguesía, al mismo tiempo que las olas de la revolución de febrero se alzaban sobre todo el continente y cada nuevo correo traía un nuevo boletín revolucionario, ya de Italia, ya de Alemania, ya del más lejano sudeste de Europa, y mantenía la embriaguez general del pueblo, aportándole testimonios constantes de una victoria que ya había perdido.
El 17 de marzo y el 16 de abril fueron las primeras escaramuzas de la gran lucha de clases que la república burguesa ocultaba bajo sus alas.
El 17 de marzo reveló la situación equívoca del proletariado, que no permitía ninguna acción decisiva. Su manifestación se proponía al principio volver a empujar al Gobierno provisional por la senda de la revolución, conseguir, según las circunstancias, la exclusión de sus miembros burgueses y obligar a aplazar las elecciones a la Asamblea Nacional y a la Guardia Nacional. Pero el 16 de marzo la burguesía representada en la Guardia Nacional organizó una manifestación hostil al Gobierno provisional. Al grito de «¡Abajo Ledru-Rollin!» se dirigió al Ayuntamiento. Y el pueblo se vio obligado a gritar el 17 de marzo: ¡Viva Ledru-Rollin! ¡Viva el Gobierno provisional! Se vio obligado a tomar partido contra la burguesía por la república burguesa, que le parecía puesta en cuestión. El 17 de marzo se disipó en una escena melodramática, y si el proletariado de París volvió a exhibir aquel día su cuerpo de gigante, la burguesía, dentro y fuera del Gobierno provisional, se mostró tanto más decidida a quebrarlo.83
El 16 de abril fue un malentendido organizado por el Gobierno provisional junto con la burguesía. Los obreros se habían reunido en gran número en el Campo de Marte y en el Hipódromo para preparar sus elecciones al estado mayor de la Guardia Nacional. De pronto se extendió por todo París, de un extremo a otro, con la rapidez del rayo, el rumor de que los obreros se habían concentrado armados en el Campo de Marte, bajo la dirección de Louis Blanc, Blanqui, Cabet y Raspail, para marchar desde allí sobre el Ayuntamiento, derribar al Gobierno provisional y proclamar un gobierno comunista. Se toca generala —Ledru-Rollin, Marrast y Lamartine se disputaron más tarde el honor de la iniciativa—, en una hora hay 100.000 hombres sobre las armas, el Ayuntamiento está ocupado en todos sus puntos por guardias nacionales, el grito de «¡Abajo los comunistas! ¡Abajo Louis Blanc, Blanqui, Raspail y Cabet!» retumba por todo París, y el Gobierno provisional recibe el homenaje de un sinnúmero de delegaciones, todas dispuestas a salvar la patria y la sociedad. Cuando por fin los obreros se presentan ante el Ayuntamiento para entregar al Gobierno provisional una colecta patriótica que habían reunido en el Campo de Marte, se enteran con asombro de que el París burgués, en un simulacro de combate montado con el mayor cuidado, ha derrotado a su sombra. El terrible atentado del 16 de abril sirvió de pretexto para hacer volver al ejército a París —el verdadero objetivo de aquella comedia burdamente montada— y para las manifestaciones federalistas reaccionarias de las provincias.84
El 4 de mayo se reunió la Asamblea Nacional salida de las elecciones directas por sufragio universal. El sufragio universal no poseía la fuerza mágica que le habían atribuido los republicanos de viejo cuño. En toda Francia, o al menos en la mayoría de los franceses, veían citoyens con los mismos intereses, la misma inteligencia, etc. Era su culto del pueblo. En lugar de su pueblo imaginario, las elecciones sacaron a la luz el pueblo real, es decir, representantes de las distintas clases en que se divide. Hemos visto por qué los campesinos y los pequeños burgueses tuvieron que votar bajo la dirección de la burguesía, ávida de lucha, y de los grandes terratenientes, ansiosos de restauración. Pero si el sufragio universal no era la varita mágica milagrosa por la que lo habían tenido los probos republicanos, tenía el mérito incomparablemente mayor de desencadenar la lucha de clases, de hacer que las distintas capas medias de la sociedad burguesa vivieran rápidamente sus ilusiones y desengaños, de lanzar de un golpe a todas las fracciones de la clase explotadora al escenario del Estado y arrancarles así la máscara engañosa, mientras que la monarquía, con su censo, solo dejaba comprometerse a determinadas fracciones de la burguesía y mantenía escondidas a las otras entre bastidores, rodeándolas con la aureola de una oposición común.
En la Asamblea Nacional Constituyente, reunida el 4 de mayo, llevaban la voz cantante los republicanos burgueses, los republicanos de Le National. Los propios legitimistas y orleanistas no se atrevieron al principio a mostrarse más que bajo la máscara del republicanismo burgués. Solo en nombre de la república podía emprenderse la lucha contra el proletariado.
La república data del 4 de mayo, no del 25 de febrero, es decir, la república reconocida por el pueblo francés; no es la república que el proletariado de París impuso al Gobierno provisional, no es la república con instituciones sociales, no es la visión soñada que flotaba ante los combatientes de las barricadas. La república proclamada por la Asamblea Nacional, la única república legítima, es la república que no es un arma revolucionaria contra el orden burgués, sino su reconstitución política, la reconsolidación política de la sociedad burguesa; en una palabra: la república burguesa. Esta afirmación resonó desde la tribuna de la Asamblea Nacional y encontró eco en toda la prensa burguesa, republicana y antirrepublicana.
Y hemos visto cómo la república de febrero no era ni podía ser en realidad otra cosa que una república burguesa; cómo, sin embargo, el Gobierno provisional, bajo la presión inmediata del proletariado, se vio obligado a anunciarla como una república con instituciones sociales; cómo el proletariado de París era todavía incapaz de ir más allá de la república burguesa de otro modo que en la idea, en la imaginación; cómo actuaba en todas partes a su servicio cuando llegaba de verdad a la acción; cómo las promesas que se le habían hecho se convirtieron en un peligro insoportable para la nueva república; cómo todo el proceso vital del Gobierno provisional se resumió en una lucha continua contra las reivindicaciones del proletariado.
En la Asamblea Nacional, toda Francia se constituyó en tribunal para juzgar al proletariado de París. La Asamblea rompió en el acto con las ilusiones sociales de la revolución de febrero y proclamó sin rodeos la república burguesa, nada más que la república burguesa. Excluyó inmediatamente de la Comisión Ejecutiva que nombró a los representantes del proletariado, Louis Blanc y Albert; rechazó la propuesta de un ministerio especial del trabajo y acogió con aplausos tempestuosos la declaración del ministro Trélat:85 «Ya solo se trata de devolver el trabajo a sus antiguas condiciones».
Pero todo esto no bastaba. La revolución de febrero la habían conquistado los obreros con la ayuda pasiva de la burguesía. Los proletarios se consideraban con razón los vencedores de febrero y tenían las pretensiones altaneras del vencedor. Había que vencerlos en la calle, había que mostrarles que sucumbían en cuanto no luchaban con la burguesía, sino contra la burguesía. Así como la república de febrero, con sus concesiones socialistas, había necesitado una batalla del proletariado unido a la burguesía contra la monarquía, hacía falta una segunda batalla para separar a la república de las concesiones socialistas, para sacar a relucir oficialmente la república burguesa como la república dominante. Con las armas en la mano tenía la burguesía que refutar las reivindicaciones del proletariado. Y la verdadera cuna de la república burguesa no es la victoria de febrero, es la derrota de junio.
El proletariado precipitó la decisión cuando el 15 de mayo irrumpió en la Asamblea Nacional, trató en vano de reconquistar su influencia revolucionaria y no consiguió más que entregar a sus dirigentes enérgicos a los carceleros de la burguesía.86 Il faut en finir! ¡Esta situación tiene que acabar! Con este grito desahogaba la Asamblea Nacional su resolución de obligar al proletariado a la lucha decisiva. La Comisión Ejecutiva dictó una serie de decretos provocadores, como la prohibición de las aglomeraciones populares, etc. Desde la tribuna de la Asamblea Nacional Constituyente se provocaba, se insultaba y se escarnecía directamente a los obreros. Pero el verdadero punto de ataque estaba, como hemos visto, en los Talleres Nacionales. Hacia ellos señaló imperiosamente la Asamblea Constituyente a la Comisión Ejecutiva, que solo esperaba oír su propio plan pronunciado como mandato de la Asamblea Nacional.
La Comisión Ejecutiva empezó por dificultar la entrada en los Talleres Nacionales, convertir el jornal en salario a destajo y desterrar a la Sologne a los obreros no nacidos en París, supuestamente para ejecutar allí movimientos de tierras. Estos movimientos de tierras no eran más que una fórmula retórica con la que se disfrazaba su expulsión, como anunciaron a sus compañeros los obreros que regresaban desengañados. Por último, el 21 de junio apareció en el Moniteur un decreto que ordenaba expulsar por la fuerza de los Talleres Nacionales a todos los obreros solteros o alistarlos en el ejército.
A los obreros no les quedaba elección: o morirse de hambre o lanzarse a la lucha. Respondieron el 22 de junio con la formidable insurrección en la que se libró la primera gran batalla entre las dos clases que dividen la sociedad moderna. Era la lucha por la conservación o la destrucción del orden burgués. El velo que envolvía a la república se desgarró.
Es sabido cómo los obreros, con una valentía y un genio sin ejemplo, sin jefes, sin plan común, sin medios, en su mayor parte sin armas, tuvieron en jaque durante cinco días al ejército, a la Guardia Móvil, a la Guardia Nacional de París y a la Guardia Nacional que acudía en tropel desde las provincias. Es sabido cómo la burguesía se resarció del miedo mortal que había pasado con una brutalidad inaudita y asesinó a más de 3.000 prisioneros.
Hasta tal punto estaban presos de la ideología republicana los representantes oficiales de la democracia francesa que solo unas semanas después empezaron a vislumbrar el sentido de la lucha de junio. Estaban como aturdidos por el humo de la pólvora en que se disipaba su república fantástica.
El lector nos permitirá describir con las palabras de la Neue Rheinische Zeitung la impresión inmediata que nos produjo la noticia de la derrota de junio:
«El último resto oficial de la revolución de febrero, la Comisión Ejecutiva, se ha disipado como un espejismo ante la gravedad de los acontecimientos. Las bengalas de Lamartine se han convertido en los cohetes incendiarios de Cavaignac. La fraternité, la fraternidad de las clases opuestas, una de las cuales explota a la otra, la fraternité proclamada en febrero, escrita con grandes letras en la frente de París, en cada cárcel, en cada cuartel: su expresión verdadera, auténtica, prosaica, es la guerra civil, la guerra civil en su forma más espantosa, la guerra del trabajo y el capital. Esta fraternidad resplandecía en todas las ventanas de París la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía se iluminaba mientras el París del proletariado ardía, se desangraba y gemía. La fraternidad duró exactamente lo que duró el hermanamiento del interés de la burguesía con el interés del proletariado. Pedantes de la vieja tradición revolucionaria de 1793, sistematizadores socialistas que mendigaban ante la burguesía en favor del pueblo y a los que se permitió predicar largos sermones y comprometerse mientras hubo que adormecer al león proletario; republicanos que querían conservar todo el viejo orden burgués menos la cabeza coronada; opositores dinásticos a quienes el azar deparó, en lugar de un cambio de ministerio, la caída de una dinastía; legitimistas que no querían quitarse la librea, sino cambiarle el corte: esos eran los aliados con los que el pueblo hizo su febrero… La revolución de febrero fue la revolución bella, la revolución de la simpatía general, porque los antagonismos que estallaron en ella contra la monarquía dormitaban sin desarrollar, en buena armonía, unos junto a otros, porque la lucha social que formaba su trasfondo solo había adquirido una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra. La revolución de junio es la revolución fea, la revolución repulsiva, porque en el lugar de la frase se ha puesto la cosa, porque la república ha dejado al descubierto la cabeza del monstruo mismo al cortarle la corona que la protegía y la ocultaba. ¡Orden!, era el grito de guerra de Guizot. ¡Orden!, gritó Sebastiani, el guizotista, cuando Varsovia se hizo rusa.87 ¡Orden!, grita Cavaignac, el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden!, tronaban sus cartuchos de metralla al desgarrar el cuerpo del proletariado. Ninguna de las numerosas revoluciones de la burguesía francesa desde 1789 fue un atentado contra el orden, porque todas dejaron en pie el orden burgués, por mucho que cambiara la forma política de esta dominación y de esta esclavitud. Junio ha atentado contra ese orden. ¡Ay de junio!» (Neue Rheinische Zeitung, 29 de junio de 1848)88
¡Ay de junio!, responde el eco europeo.
El proletariado de París fue obligado por la burguesía a la insurrección de junio. Ya en eso estaba su condena. Ni su necesidad inmediata y reconocida lo impulsaba a querer conquistar por la fuerza el derrocamiento de la burguesía, ni estaba a la altura de esa tarea. El Moniteur tuvo que comunicarle oficialmente que había pasado el tiempo en que la república se sentía obligada a rendir honores a sus ilusiones, y solo su derrota lo convenció de la verdad de que la más mínima mejora de su situación sigue siendo una utopía dentro de la república burguesa, una utopía que se convierte en delito en cuanto quiere realizarse. En lugar de sus reivindicaciones, desmesuradas en la forma, mezquinas en el contenido y todavía burguesas, cuya concesión quería arrancar a la república de febrero, apareció la audaz consigna revolucionaria de lucha: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!
Al convertir su tumba en la cuna de la república burguesa, el proletariado la obligó a mostrarse en el acto en su forma pura, como el Estado cuyo fin confesado es eternizar la dominación del capital y la esclavitud del trabajo. Con la mirada siempre fija en el enemigo cubierto de cicatrices, irreconciliable e invencible —invencible porque su existencia es la condición de su propia vida—, la dominación burguesa, liberada de todas sus trabas, tenía que trocarse inmediatamente en terrorismo burgués. Apartado provisionalmente el proletariado de la escena y reconocida oficialmente la dictadura burguesa, las capas medias de la sociedad burguesa, la pequeña burguesía y la clase campesina, tenían que unirse cada vez más al proletariado a medida que su situación se hacía más insoportable y su antagonismo con la burguesía más agudo. Así como antes habían encontrado la causa de su miseria en el auge del proletariado, ahora tenían que encontrarla en su derrota.
Si la insurrección de junio elevó en todo el continente la confianza de la burguesía en sí misma y la llevó a aliarse abiertamente con la monarquía feudal contra el pueblo, ¿quién fue la primera víctima de esta alianza? La propia burguesía continental. La derrota de junio le impidió consolidar su dominación y mantener detenido al pueblo, medio satisfecho, medio descontento, en el escalón más bajo de la revolución burguesa.
Por último, la derrota de junio reveló a las potencias despóticas de Europa el secreto de que Francia tenía que mantener a toda costa la paz en el exterior para poder librar la guerra civil en el interior. Así quedaron los pueblos que habían empezado la lucha por su independencia nacional a merced de la superioridad de Rusia, Austria y Prusia; pero al mismo tiempo el destino de estas revoluciones nacionales quedó subordinado al destino de la revolución proletaria y despojado de su aparente autonomía, de su independencia respecto de la gran transformación social. ¡Ni el húngaro, ni el polaco, ni el italiano serán libres mientras el obrero siga siendo esclavo!
Por último, con las victorias de la Santa Alianza, Europa adoptó una configuración que hace coincidir inmediatamente cualquier nuevo levantamiento proletario en Francia con una guerra mundial. La nueva revolución francesa se verá obligada a abandonar en el acto el terreno nacional y a conquistar el terreno europeo, el único en el que puede llevarse a cabo la revolución social del siglo XIX.
Así pues, solo con la derrota de junio se crearon todas las condiciones dentro de las cuales Francia puede tomar la iniciativa de la revolución europea. Solo después de empaparse en la sangre de los insurrectos de junio se convirtió la bandera tricolor en la bandera de la revolución europea: ¡en la bandera roja!
Y nosotros gritamos: ¡La revolución ha muerto! ¡Viva la revolución!89
II. El 13 de junio de 1849
De junio de 1848 al 13 de junio de 1849
El 25 de febrero de 1848 había impuesto a Francia la república; el 25 de junio le impuso la revolución. Y revolución significaba, después de junio, subversión de la sociedad burguesa, mientras que antes de febrero había significado subversión de la forma de Estado.
La lucha de junio la había dirigido la fracción republicana de la burguesía; con la victoria, el poder del Estado le correspondía por fuerza. El estado de sitio puso a sus pies, amordazado y sin resistencia, a París, y en las provincias reinaba un estado de sitio moral: la arrogancia brutal y amenazadora de la burguesía victoriosa y el fanatismo desatado de la propiedad entre los campesinos. ¡Desde abajo, pues, ningún peligro!
Junto con la fuerza revolucionaria de los obreros se quebró a la vez la influencia política de los republicanos demócratas, es decir, de los republicanos en el sentido de la pequeña burguesía, representados en la Comisión Ejecutiva por Ledru-Rollin, en la Asamblea Nacional Constituyente por el partido de la Montaña y en la prensa por La Réforme.90 Junto con los republicanos burgueses habían conspirado el 16 de abril contra el proletariado, y junto con ellos lo habían combatido en las jornadas de junio. Así volaron ellos mismos el fondo sobre el que su partido se destacaba como fuerza, porque la pequeña burguesía solo puede mantener una posición revolucionaria frente a la burguesía mientras el proletariado esté detrás de ella. Se la licenció. Los republicanos burgueses rompieron abiertamente la falsa alianza que, a regañadientes y con segundas intenciones, habían concertado con ellos en la época del Gobierno provisional y de la Comisión Ejecutiva. Desdeñados y rechazados como aliados, quedaron reducidos a satélites subalternos de los tricolores, a los que no podían arrancar ninguna concesión, pero cuya dominación tenían que apoyar cada vez que esta, y con ella la república, parecía puesta en entredicho por las fracciones antirrepublicanas de la burguesía. Estas fracciones, en fin, orleanistas y legitimistas, estaban desde el principio en minoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de las jornadas de junio solo se atrevían a obrar como reaccionarias bajo la máscara del republicanismo burgués; la victoria de junio hizo que, por un momento, toda la Francia burguesa saludara en Cavaignac a su salvador, y cuando, poco después de las jornadas de junio, el partido antirrepublicano volvió a cobrar independencia, la dictadura militar y el estado de sitio de París solo le permitieron sacar las antenas con mucha timidez y cautela.
Desde 1830, la fracción republicana burguesa, con sus escritores, sus portavoces, sus eminencias, sus ambiciones, sus diputados, generales, banqueros y abogados, se había agrupado en torno a un periódico de París, Le National. En las provincias tenía sus periódicos filiales. La camarilla de Le National era la dinastía de la república tricolor. Se apoderó en el acto de todas las dignidades del Estado, de los ministerios, de la prefectura de policía, de la dirección de Correos, de las prefecturas, de los altos mandos del ejército que habían quedado vacantes. Al frente del poder ejecutivo estaba su general, Cavaignac; su redactor jefe, Marrast, pasó a ser el presidente permanente de la Asamblea Nacional Constituyente. En sus salones hacía a la vez, como maestro de ceremonias, los honores de la república honesta.
Incluso escritores franceses revolucionarios, por una especie de reparo ante la tradición republicana, han consolidado el error de creer que en la Asamblea Nacional Constituyente dominaron los realistas. Al contrario, desde las jornadas de junio la Asamblea Constituyente siguió siendo la representante exclusiva del republicanismo burgués, y acentuaba este lado con tanta más decisión cuanto más se hundía, fuera de la Asamblea, la influencia de los republicanos tricolores. Si se trataba de defender la forma de la república burguesa, disponía de los votos de los republicanos demócratas; si se trataba del contenido, ni siquiera el lenguaje la separaba ya de las fracciones realistas de la burguesía, pues los intereses de la burguesía, las condiciones materiales de su dominación y de su explotación de clase, forman precisamente el contenido de la república burguesa.
No fue, pues, el realismo, sino el republicanismo burgués lo que se realizó en la vida y en los actos de esta Asamblea Constituyente, que al final no murió ni la mataron, sino que se pudrió.
Durante todo el tiempo de su dominación, mientras en el proscenio representaba la gran función de Estado,91 en el fondo se celebraba un sacrificio ininterrumpido: la condena continua de los insurrectos de junio prisioneros por consejos de guerra, o su deportación sin juicio. La Asamblea Constituyente tuvo el tacto de confesar que en los insurrectos de junio no juzgaba a criminales, sino que aplastaba a enemigos.
El primer acto de la Asamblea Nacional Constituyente fue nombrar una comisión de investigación sobre los sucesos de junio y del 15 de mayo y sobre la participación en esas jornadas de los jefes de los partidos socialista y demócrata. La investigación iba dirigida directamente contra Louis Blanc, Ledru-Rollin y Caussidière. Los republicanos burgueses ardían de impaciencia por librarse de estos rivales. La ejecución de su rencor no podían confiarla a nadie más adecuado que al señor Odilon Barrot, antiguo jefe de la oposición dinástica, el liberalismo hecho carne, la nullité grave,92 la superficialidad concienzuda, que no solo tenía que vengar a una dinastía, sino también pedir cuentas a los revolucionarios por una presidencia del consejo de ministros frustrada. Garantía segura de su inflexibilidad. Este Barrot fue, pues, nombrado presidente de la comisión de investigación, y montó un proceso completo contra la revolución de febrero, que se resume así: 17 de marzo, manifestación; 16 de abril, complot; 15 de mayo, atentado; 23 de junio, ¡guerra civil! ¿Por qué no extendió sus doctas investigaciones criminales hasta el 24 de febrero? El Journal des Débats respondió: el 24 de febrero es la fundación de Roma. El origen de los Estados se pierde en un mito en el que hay que creer y que no se puede discutir. Louis Blanc y Caussidière fueron entregados a los tribunales. La Asamblea Nacional completó la obra de su propia depuración, que había empezado el 15 de mayo.
El plan de gravar el capital, concebido por el Gobierno provisional y recuperado por Goudchaux, en forma de un impuesto sobre las hipotecas, fue rechazado por la Asamblea Constituyente; se derogó la ley que limitaba la jornada de trabajo a diez horas, se restableció la prisión por deudas y se excluyó del jurado a la gran parte de la población francesa que no sabe leer ni escribir. ¿Por qué no también del derecho de voto? Se restableció la fianza para los periódicos y se restringió el derecho de asociación.
Pero en su prisa por devolver a las viejas relaciones burguesas sus viejas garantías y borrar toda huella que hubieran dejado las olas de la revolución, los republicanos burgueses tropezaron con una resistencia que amenazaba con un peligro inesperado.
Nadie había luchado con más fanatismo en las jornadas de junio por la salvación de la propiedad y el restablecimiento del crédito que los pequeños burgueses de París: dueños de cafés y de restaurantes, marchands de vins,93 pequeños comerciantes, tenderos, artesanos, etc. La tienda se había levantado y había marchado contra la barricada para restablecer la circulación que lleva de la calle a la tienda. Pero detrás de la barricada estaban los clientes y los deudores; delante, los acreedores de la tienda. Y cuando las barricadas fueron derribadas y los obreros aplastados, y los tenderos volvieron precipitadamente a sus comercios, ebrios de victoria, encontraron la entrada atrancada por un salvador de la propiedad, un agente oficial del crédito, que les presentaba las cartas conminatorias: ¡Letra vencida! ¡Alquiler vencido! ¡Pagaré vencido! ¡Tienda en quiebra! ¡Tendero en quiebra!
¡Salvación de la propiedad! Pero la casa en que vivían no era propiedad suya; la tienda que guardaban no era propiedad suya; las mercancías con que comerciaban no eran propiedad suya. Ni su negocio, ni el plato en que comían, ni la cama en que dormían les pertenecían ya. Frente a ellos se trataba precisamente de salvar esa propiedad para el casero que les había alquilado la casa, para el banquero que había descontado la letra, para el capitalista que había hecho los adelantos en efectivo, para el fabricante que había confiado las mercancías a estos tenderos para su venta, para el mayorista que había fiado las materias primas a estos artesanos. ¡Restablecimiento del crédito! Pero el crédito, de nuevo robustecido, dio prueba de ser un dios vivo y celoso, expulsando de entre sus cuatro paredes al deudor insolvente, con mujer e hijos, entregando al capital sus pocos bienes y arrojándolo a él mismo a la cárcel por deudas, que se había vuelto a levantar, amenazadora, sobre los cadáveres de los insurrectos de junio.
Los pequeños burgueses comprendieron con espanto que, al aplastar a los obreros, se habían entregado sin resistencia en manos de sus acreedores. Su bancarrota, que se arrastraba crónicamente desde febrero y que en apariencia se pasaba por alto, se declaró abiertamente después de junio.
Se les había dejado intacta su propiedad nominal mientras se trataba de empujarlos al campo de batalla en nombre de la propiedad. Ahora, una vez arreglado el gran asunto con el proletariado, podía arreglarse también el pequeño negocio con el tendero. En París, el volumen de efectos impagados pasaba de 21 millones de francos; en las provincias, de 11 millones. Los comerciantes que ocupaban más de 7.000 casas no habían pagado el alquiler desde febrero.
Si la Asamblea Nacional había abierto una investigación sobre la culpa política que se remontaba hasta los límites de febrero, los pequeños burgueses exigían ahora, por su parte, una investigación sobre las deudas civiles hasta el 24 de febrero. Se reunieron en masa en la sala de la Bolsa y exigieron, en tono amenazador, que a todo comerciante que pudiera demostrar que había quebrado únicamente por la paralización provocada por la revolución, y que su negocio marchaba bien el 24 de febrero, se le prorrogara el plazo de pago por sentencia del tribunal de comercio y se obligara al acreedor a liquidar su crédito a cambio de un pago porcentual moderado. Esta cuestión se debatió en la Asamblea Nacional como proyecto de ley bajo la forma de los concordats à l'amiable.94 La Asamblea vacilaba; entonces supo de repente que, al mismo tiempo, en la Porte Saint-Denis, miles de mujeres e hijos de los insurrectos preparaban una petición de amnistía.
Ante el fantasma resucitado de junio, los pequeños burgueses se echaron a temblar y la Asamblea recobró su inflexibilidad. Los concordats à l'amiable, el arreglo amistoso entre acreedor y deudor, fueron rechazados en sus puntos esenciales.
Así pues, después de que, dentro de la Asamblea Nacional, los representantes republicanos de la burguesía hubieran rechazado hacía tiempo a los representantes demócratas de los pequeños burgueses, esta ruptura parlamentaria cobró su sentido económico real, burgués, al quedar entregados los pequeños burgueses, como deudores, a los burgueses como acreedores. Una gran parte de los primeros quedó completamente arruinada, y al resto solo se le permitió continuar su negocio en condiciones que lo convertían en siervo incondicional del capital. El 22 de agosto de 1848 la Asamblea Nacional rechazó los concordats à l'amiable; el 19 de septiembre de 1848, en pleno estado de sitio, el príncipe Luis Bonaparte y el preso de Vincennes, el comunista Raspail, fueron elegidos representantes de París. La burguesía, en cambio, eligió al cambista judío y orleanista Fould.95 Así, por todas partes a la vez, abierta declaración de guerra contra la Asamblea Nacional Constituyente, contra el republicanismo burgués, contra Cavaignac.
No hace falta explicar cómo la bancarrota en masa de los pequeños burgueses de París tenía que propagar sus efectos mucho más allá de los directamente afectados y sacudir una vez más el tráfico burgués, mientras el déficit del Estado volvía a hincharse por los gastos de la insurrección de junio y los ingresos del Estado no dejaban de bajar a causa de la producción detenida, el consumo restringido y la disminución de las importaciones. Cavaignac y la Asamblea Nacional no podían recurrir a otro medio que a un nuevo empréstito, que los uncía todavía más al yugo de la aristocracia financiera.
Si los pequeños burgueses habían cosechado como fruto de la victoria de junio la bancarrota y la liquidación judicial, los jenízaros de Cavaignac, los guardias móviles, encontraron en cambio su recompensa en los blandos brazos de las lorettes,96 y recibieron, como «jóvenes salvadores de la sociedad», homenajes de todo tipo en los salones de Marrast, el gentilhomme de la tricolor, que hacía a la vez de anfitrión y de trovador de la república honesta. Entretanto, esta preferencia social y la paga incomparablemente más alta de los guardias móviles exasperaban al ejército, mientras se desvanecían a la vez todas las ilusiones nacionales con las que el republicanismo burgués, a través de su periódico, Le National, había sabido atraerse bajo Luis Felipe a una parte del ejército y de la clase campesina. El papel de mediadores que Cavaignac y la Asamblea Nacional desempeñaron en la Italia del Norte, para traicionarla, junto con Inglaterra, en beneficio de Austria: este solo día de gobierno aniquiló dieciocho años de oposición de Le National. Ningún gobierno menos nacional que el de Le National, ninguno más dependiente de Inglaterra, y bajo Luis Felipe aquel periódico vivía de parafrasear a diario la sentencia de Catón: «Hay que destruir Cartago»;97 ninguno más servil frente a la Santa Alianza, y a un Guizot le había exigido que rompiera los tratados de Viena. La ironía de la historia hizo de Bastide,98 antiguo redactor de asuntos exteriores de Le National, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, para que refutara cada uno de sus artículos con cada uno de sus despachos.
Por un momento, el ejército y la clase campesina habían creído que con la dictadura militar se ponían también a la orden del día en Francia la guerra exterior y la gloire. Pero Cavaignac no era la dictadura del sable sobre la sociedad burguesa, era la dictadura de la burguesía por medio del sable. Y del soldado ya solo necesitaban al gendarme. Cavaignac ocultaba bajo los rasgos severos de una resignación republicana a la antigua la sumisión insípida a las condiciones humillantes de su cargo burgués. L'argent n'a pas de maître! ¡El dinero no tiene amo! Él idealizaba esta vieja divisa del tercer estado, como en general la Asamblea Constituyente, traduciéndola al lenguaje político: la burguesía no tiene rey, la verdadera forma de su dominación es la república.
Elaborar esta forma, fabricar una Constitución republicana: en eso consistía la «gran obra orgánica» de la Asamblea Nacional Constituyente. Rebautizar el calendario cristiano como calendario republicano, a san Bartolomé como san Robespierre, no cambia el viento ni el tiempo más de lo que esta Constitución cambió, o debía cambiar, la sociedad burguesa. Allí donde fue más allá de un cambio de vestuario, levantó acta de hechos existentes. Así registró solemnemente el hecho de la república, el hecho del sufragio universal, el hecho de una única Asamblea Nacional soberana en lugar de las dos cámaras constitucionales restringidas. Así registró y reguló el hecho de la dictadura de Cavaignac, sustituyendo la monarquía hereditaria, estacionaria e irresponsable, por una monarquía electiva, ambulante y responsable, por una presidencia de cuatro años. Así elevó también a ley constitucional el hecho de los poderes extraordinarios con que la Asamblea Nacional, tras el susto del 15 de mayo y del 25 de junio, había investido por precaución a su presidente en interés de su propia seguridad. El resto de la Constitución fue obra de terminología. Se arrancaron las etiquetas realistas del mecanismo de la vieja monarquía y se pegaron etiquetas republicanas. Marrast, antiguo redactor jefe de Le National y ahora redactor jefe de la Constitución, se desempeñó en esta tarea académica no sin talento.
La Asamblea Constituyente se parecía a aquel funcionario chileno que quería regular con más firmeza las relaciones de la propiedad del suelo mediante una medición catastral en el mismo momento en que el trueno subterráneo anunciaba ya la erupción volcánica que había de arrancar el suelo mismo bajo sus pies. Mientras en la teoría trazaba a compás las formas en que se expresaba republicanamente la dominación de la burguesía, en la realidad solo se sostenía mediante la abolición de todas las fórmulas, mediante la violencia sans phrase,99 mediante el estado de sitio. Dos días antes de empezar su obra constitucional, proclamó que el estado de sitio se mantendría. Antes, las constituciones se hacían y se aprobaban cuando el proceso de transformación social había llegado a un punto de reposo, cuando las relaciones de clase recién formadas se habían consolidado y las fracciones en pugna de la clase dominante se refugiaban en un compromiso que les permitía continuar la lucha entre ellas y a la vez excluir de ella a la masa agotada del pueblo. Esta Constitución, en cambio, no sancionaba ninguna revolución social: sancionaba la victoria momentánea de la vieja sociedad sobre la revolución.
En el primer proyecto de Constitución, redactado antes de las jornadas de junio, figuraba todavía el droit au travail, el «derecho al trabajo», primera fórmula torpe en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado. Se transformó en el droit à l'assistance, el derecho a la asistencia pública; ¿y qué Estado moderno no alimenta de una u otra forma a sus pobres? El derecho al trabajo es, en sentido burgués, un contrasentido, un deseo piadoso y miserable; pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital; detrás del poder sobre el capital, la apropiación de los medios de producción, su sometimiento a la clase obrera asociada, y por tanto la abolición del trabajo asalariado, del capital y de su relación recíproca. Detrás del «derecho al trabajo» estaba la insurrección de junio. La Asamblea Constituyente, que de hecho había puesto al proletariado revolucionario hors la loi, fuera de la ley, tenía que expulsar por principio su fórmula de la Constitución, de la ley de las leyes, y lanzar su anatema contra el «derecho al trabajo». Pero no se quedó ahí. Como Platón expulsó de su república a los poetas, ella desterró de la suya para siempre… el impuesto progresivo. Y el impuesto progresivo no es solo una medida burguesa, aplicable en mayor o menor escala dentro de las relaciones de producción existentes; era el único medio de atar las capas medias de la sociedad burguesa a la república «honesta», de reducir la deuda pública, de poner en jaque a la mayoría antirrepublicana de la burguesía.
Con ocasión de los concordats à l'amiable, los republicanos tricolores habían sacrificado de hecho la pequeña burguesía a la grande. Este hecho aislado lo elevaron a principio mediante la prohibición legal del impuesto progresivo. Pusieron la reforma burguesa al mismo nivel que la revolución proletaria. Pero entonces, ¿qué clase quedaba como sostén de su república? La gran burguesía. Y su masa era antirrepublicana. Si explotaba a los republicanos de Le National para volver a consolidar las viejas condiciones económicas de vida, pensaba por otra parte explotar las relaciones sociales consolidadas de nuevo para restablecer las formas políticas que les correspondían. Ya a principios de octubre se vio obligado Cavaignac a nombrar ministros de la república a Dufaure y a Vivien,100 antiguos ministros de Luis Felipe, por mucho que refunfuñaran y protestaran los puritanos descabezados de su propio partido.
Mientras la Constitución tricolor rechazaba todo compromiso con la pequeña burguesía y no sabía atar ningún elemento nuevo de la sociedad a la nueva forma de Estado, se apresuró en cambio a devolver su tradicional intangibilidad a un cuerpo en el que el viejo Estado encontraba a sus defensores más encarnizados y fanáticos. Elevó a ley constitucional la inamovilidad de los jueces, que el Gobierno provisional había puesto en entredicho. El único rey que había depuesto resucitó por docenas en estos inquisidores inamovibles de la legalidad.
La prensa francesa ha expuesto por extenso las contradicciones de la Constitución del señor Marrast, por ejemplo, la coexistencia de dos soberanos, la Asamblea Nacional y el presidente, etc., etc.
Pero la contradicción fundamental de esta Constitución consiste en lo siguiente: a las clases cuya esclavitud social debe eternizar, el proletariado, los campesinos y los pequeños burgueses, las pone, mediante el sufragio universal, en posesión del poder político. Y a la clase cuyo viejo poder social sanciona, la burguesía, le quita las garantías políticas de ese poder. Encierra su dominación política en condiciones democráticas que en cualquier momento ayudan a vencer a las clases enemigas y ponen en entredicho los fundamentos mismos de la sociedad burguesa. A unas les exige que no avancen de la emancipación política a la social; a la otra, que no retroceda de la restauración social a la política.
A los republicanos burgueses poco les preocupaban estas contradicciones. A medida que dejaban de ser imprescindibles (y solo lo eran como paladines de la vieja sociedad contra el proletariado revolucionario), pocas semanas después de su victoria, descendieron de la posición de partido a la de camarilla. Y la Constitución la trataron como una gran intriga. Lo que en ella debía constituirse era, ante todo, la dominación de la camarilla. El presidente debía ser una prolongación de Cavaignac; la Asamblea Legislativa, una prolongación de la Constituyente. Esperaban reducir el poder político de las masas populares a un poder aparente y jugar con ese poder aparente lo bastante como para mantener suspendido sobre la mayoría de la burguesía el dilema de las jornadas de junio: reino de Le National o reino de la anarquía.
La obra constitucional, empezada el 4 de septiembre, quedó terminada el 23 de octubre. El 2 de septiembre la Constituyente había acordado no disolverse hasta haber promulgado las leyes orgánicas que completaban la Constitución. No obstante, decidió ahora dar vida a su criatura más propia, el presidente, ya el 10 de diciembre, mucho antes de que se cerrara el ciclo de su propia actividad. Tan segura estaba de saludar en el homúnculo constitucional al hijo de su madre. Por precaución se dispuso que, si ninguno de los candidatos reunía dos millones de votos, la elección pasara de la nación a la Constituyente.
¡Vanas precauciones! El primer día de la aplicación de la Constitución fue el último día de la dominación de la Constituyente. En el fondo de la urna electoral estaba su sentencia de muerte. Buscaba al «hijo de su madre» y encontró al «sobrino de su tío». Saúl Cavaignac abatió un millón de votos, pero David Napoleón abatió seis millones.101 Saúl Cavaignac había sido derrotado seis veces.
El 10 de diciembre de 1848 fue el día de la insurrección campesina. Solo a partir de ese día empieza el febrero de los campesinos franceses. El símbolo que expresó su entrada en el movimiento revolucionario, torpe y astuto, pícaro e ingenuo, zafio y sublime, una superstición calculada, una farsa patética, un anacronismo genialmente absurdo, una bufonada de alcance histórico universal,102 un jeroglífico indescifrable para el entendimiento de los civilizados, llevaba inconfundiblemente la fisonomía de la clase que representa la barbarie dentro de la civilización. La república se le había presentado con el recaudador de impuestos; ella se presentó a la república con el emperador. Napoleón era el único hombre que había representado de manera cabal los intereses y la fantasía de la clase campesina creada de nuevo en 1789. Al escribir su nombre en el frontispicio de la república, declaraba la guerra hacia fuera y, hacia dentro, la reivindicación de su interés de clase. Napoleón no era para los campesinos una persona, sino un programa. Con banderas y al son de la música marcharon a los colegios electorales al grito de plus d'impôts, à bas les riches, à bas la République, vive l'Empereur: ¡No más impuestos, abajo los ricos, abajo la república, viva el emperador! Detrás del emperador se escondía la guerra campesina. La república que derrotaron con sus votos era la república de los ricos.
El 10 de diciembre fue el golpe de Estado de los campesinos, que derribó al gobierno existente. Y desde ese día, en que habían quitado un gobierno a Francia y le habían dado otro, tuvieron los ojos fijos en París. Héroes activos del drama revolucionario por un momento, ya no se los podía relegar al papel pasivo y sin voluntad del coro.
Las demás clases contribuyeron a completar la victoria electoral de los campesinos. La elección de Napoleón significaba para el proletariado la destitución de Cavaignac, el derrocamiento de la Constituyente, la abdicación del republicanismo burgués, la anulación de la victoria de junio. Para la pequeña burguesía, Napoleón era la dominación del deudor sobre el acreedor. Para la mayoría de la gran burguesía, la elección de Napoleón era la ruptura abierta con la fracción de la que había tenido que servirse por un momento contra la revolución, pero que se le hizo insoportable en cuanto intentó consolidar como posición constitucional la posición del momento. Napoleón en lugar de Cavaignac era para ella la monarquía en lugar de la república, el comienzo de la restauración realista, el Orleans tímidamente insinuado, la flor de lis escondida bajo las violetas.103 El ejército, por último, votó con Napoleón contra la Guardia Móvil, contra el idilio de la paz, por la guerra.
Así sucedió, como dijo la Neue Rheinische Zeitung, que el hombre más simple de Francia adquirió la significación más múltiple. Precisamente porque no era nada podía significarlo todo, salvo a sí mismo. Pero por distinto que fuera el sentido del nombre de Napoleón en boca de las distintas clases, todas escribieron con ese nombre en su papeleta: ¡Abajo el partido de Le National, abajo Cavaignac, abajo la Constituyente, abajo la república burguesa! El ministro Dufaure lo declaró públicamente en la Asamblea Constituyente: el 10 de diciembre es un segundo 24 de febrero.
La pequeña burguesía y el proletariado habían votado en bloque por Napoleón para votar contra Cavaignac y, reuniendo los votos, arrebatar a la Constituyente la decisión final. Sin embargo, la parte más avanzada de ambas clases presentó sus propios candidatos. Napoleón era el nombre colectivo de todos los partidos coaligados contra la burguesía; Ledru-Rollin y Raspail eran los nombres propios: aquel, de la pequeña burguesía democrática; este, del proletariado revolucionario. Los votos por Raspail (los proletarios y sus portavoces socialistas lo declararon en voz alta) debían ser una mera manifestación, otras tantas protestas contra toda presidencia, es decir, contra la propia Constitución, otros tantos votos contra Ledru-Rollin: el primer acto con el que el proletariado se separó del partido demócrata como partido político independiente. Este partido, en cambio (la pequeña burguesía democrática y su representante parlamentario, la Montaña), trató la candidatura de Ledru-Rollin con toda la seriedad con que tiene la solemne costumbre de engañarse a sí mismo. Fue, por lo demás, su último intento de erigirse en partido independiente frente al proletariado. El 10 de diciembre no solo fue derrotado el partido burgués republicano, sino también la pequeña burguesía democrática y su Montaña.
Francia tenía ahora, junto a una Montaña, un Napoleón: prueba de que ambos no eran más que las caricaturas sin vida de las grandes realidades cuyo nombre llevaban. Luis Napoleón, con el sombrero imperial y el águila, no parodiaba de manera más miserable al viejo Napoleón que la Montaña, con sus frases tomadas de 1793 y sus poses demagógicas, a la vieja Montaña. La superstición tradicional de 1793 se desechó así a la vez que la superstición tradicional de Napoleón. La revolución solo llegó a ser ella misma cuando hubo conquistado su nombre propio, original, y eso solo podía hacerlo cuando la clase revolucionaria moderna, el proletariado industrial, pasara dominante al primer plano. Puede decirse que el 10 de diciembre dejó perpleja a la Montaña y le hizo dudar de su propio juicio ya por el hecho de que rompió entre risas la analogía clásica con la vieja revolución con una vulgar broma campesina.
El 20 de diciembre Cavaignac dimitió de su cargo y la Asamblea Constituyente proclamó a Luis Napoleón presidente de la república. El 19 de diciembre, último día de su dominación exclusiva, rechazó la propuesta de amnistía para los insurrectos de junio. Revocar el decreto del 27 de junio, por el que había condenado a la deportación a 15.000 insurrectos sin pasar por sentencia judicial, ¿no habría significado revocar la propia batalla de junio?
Odilon Barrot, el último ministro de Luis Felipe, pasó a ser el primer ministro de Luis Napoleón. Así como Luis Napoleón no fechaba el comienzo de su dominación el 10 de diciembre, sino en un senadoconsulto de 1804,104 encontró un presidente del consejo que no fechaba su ministerio el 20 de diciembre, sino en un decreto real del 24 de febrero.105 Como heredero legítimo de Luis Felipe, Luis Napoleón suavizó el cambio de gobierno conservando el viejo ministerio, que además no había tenido tiempo de desgastarse porque no había encontrado tiempo de nacer.
Los jefes de las fracciones realistas de la burguesía le aconsejaron esta elección. La cabeza de la vieja oposición dinástica, que inconscientemente había servido de transición hacia los republicanos de Le National, era aún más adecuada para servir conscientemente de transición de la república burguesa a la monarquía.
Odilon Barrot era el jefe del único viejo partido de oposición que, luchando siempre en vano por la cartera ministerial, aún no se había desgastado. En rápida sucesión, la revolución lanzó a todos los viejos partidos de oposición a las alturas del Estado, para que tuvieran que renegar y retractarse de sus viejas frases no solo con los hechos, sino con las frases mismas, y para que finalmente, reunidos en una amalgama repugnante, fueran arrojados todos juntos por el pueblo al muladar de la historia. Y no se le ahorró ninguna apostasía a este Barrot, a esta encarnación del liberalismo burgués, que durante dieciocho años había escondido la vaciedad bellaca de su espíritu bajo el porte solemne de su cuerpo. Cuando, en algunos momentos, el contraste demasiado hiriente entre los cardos del presente y los laureles del pasado lo sobresaltaba a él mismo, una mirada al espejo le devolvía la compostura ministerial y la admiración humana de sí mismo. Lo que le sonreía desde el espejo era Guizot, al que siempre había envidiado y que siempre lo había dominado: el propio Guizot, pero Guizot con la frente olímpica de Odilon. Lo que no veía eran las orejas de Midas.
El Barrot del 24 de febrero solo se reveló en el Barrot del 20 de diciembre. A él, orleanista y volteriano, se le unió como ministro de Cultos… el legitimista y jesuita Falloux.
Pocos días después, el Ministerio del Interior se confió a Léon Faucher, el malthusiano. ¡El derecho, la religión, la economía política! El ministerio Barrot recibió todo esto y, además, una unión de legitimistas y orleanistas. Solo faltaba el bonapartista. Bonaparte aún ocultaba el deseo de hacer de Napoleón, pues Soulouque todavía no representaba a Toussaint-Louverture.106
En el acto, el partido de Le National fue desalojado de todos los altos cargos en que se había instalado. La prefectura de policía, la dirección de Correos, la fiscalía general, la alcaldía de París: todo se ocupó con viejas criaturas de la monarquía. Changarnier, el legitimista, recibió el mando supremo unificado de la Guardia Nacional del departamento del Sena, de la Guardia Móvil y de las tropas de línea de la primera división militar; Bugeaud,107 el orleanista, fue nombrado comandante en jefe del ejército de los Alpes. Este cambio de funcionarios continuó sin interrupción bajo el gobierno de Barrot. El primer acto de su ministerio fue la restauración de la vieja administración realista. En un abrir y cerrar de ojos se transformó la escena oficial: bastidores, vestuario, lenguaje, actores, figurantes, comparsas, apuntadores, posición de los partidos, motivos del drama, contenido del conflicto, la situación entera. Solo la antediluviana Asamblea Constituyente seguía en su sitio. Pero desde la hora en que la Asamblea Nacional instaló a Bonaparte, Bonaparte a Barrot y Barrot a Changarnier, Francia salió del periodo de la constitución de la república y entró en el periodo de la república constituida. Y en la república constituida, ¿qué pintaba una asamblea constituyente? Una vez creada la tierra, a su creador no le quedaba más que huir al cielo. La Asamblea Constituyente estaba decidida a no seguir su ejemplo; la Asamblea Nacional era el último asilo del partido de los republicanos burgueses. Si se le habían arrebatado todos los resortes del poder ejecutivo, ¿no le quedaba la omnipotencia constituyente? Mantener a toda costa el puesto soberano que ocupaba y reconquistar desde allí el terreno perdido: tal fue su primer pensamiento. Bastaba con desplazar el ministerio Barrot por un ministerio de Le National para que el personal realista tuviera que desalojar al punto los palacios de la administración y el personal tricolor volviera a entrar en triunfo. La Asamblea Nacional decidió derribar al ministerio, y el propio ministerio le ofreció una ocasión de ataque que la Constituyente no habría podido inventar más a propósito.
Recuérdese que Luis Bonaparte significaba para los campesinos: ¡No más impuestos! Seis días llevaba en la silla presidencial, y al séptimo, el 27 de diciembre, su ministerio propuso el mantenimiento del impuesto sobre la sal, cuya abolición había decretado el Gobierno provisional. El impuesto sobre la sal comparte con el impuesto sobre el vino el privilegio de ser el chivo expiatorio del viejo sistema fiscal francés, sobre todo a los ojos de la población rural. El ministerio Barrot no podía poner en boca del elegido de los campesinos un epigrama más mordaz contra sus electores que estas palabras: ¡Restablecimiento del impuesto sobre la sal! Con el impuesto sobre la sal, Bonaparte perdió su sal revolucionaria: el Napoleón de la insurrección campesina se desvaneció como una visión de niebla, y no quedó más que el gran desconocido de la intriga burguesa realista. Y no sin intención hizo el ministerio Barrot de este acto de desengaño, groseramente falto de tacto, el primer acto de gobierno del presidente.
La Constituyente, por su parte, aprovechó con avidez la doble ocasión de derribar al ministerio y de erigirse, frente al elegido de los campesinos, en representante de los intereses campesinos. Rechazó la propuesta del ministro de Hacienda, redujo el impuesto sobre la sal a un tercio de su cuantía anterior, aumentó así en 60 millones un déficit del Estado de 560 millones y, tras este voto de censura, esperó tranquilamente la dimisión del ministerio. Tan poco comprendía el mundo nuevo que la rodeaba y su propia posición cambiada. Detrás del ministerio estaba el presidente, y detrás del presidente estaban seis millones de electores que habían depositado en la urna otros tantos votos de censura contra la Constituyente. La Constituyente devolvió a la nación su voto de censura. ¡Ridículo intercambio! Olvidaba que sus votos habían perdido el curso forzoso. El rechazo del impuesto sobre la sal no hizo más que madurar la decisión de Bonaparte y de su ministerio de «acabar» con la Asamblea Constituyente. Empezó aquel largo duelo que llena toda la segunda mitad de la vida de la Constituyente. El 29 de enero, el 21 de marzo y el 8 de mayo son las journées, las grandes jornadas de esta crisis, otros tantos precursores del 13 de junio.
Los franceses, por ejemplo Louis Blanc, han entendido el 29 de enero como la manifestación de una contradicción constitucional: la contradicción entre una Asamblea Nacional soberana, indisoluble, surgida del sufragio universal, y un presidente responsable ante ella según la letra, pero que en la realidad no solo estaba igualmente sancionado por el sufragio universal y reunía además en su persona todos los votos que se reparten entre los distintos miembros de la Asamblea y se dispersan cien veces, sino que también estaba en plena posesión de todo el poder ejecutivo, por encima del cual la Asamblea Nacional solo flota como poder moral. Esta interpretación del 29 de enero confunde el lenguaje de la lucha en la tribuna, en la prensa y en los clubes con su contenido real. Luis Bonaparte frente a la Asamblea Nacional Constituyente no era el poder ejecutivo frente al legislativo: era la propia república burguesa constituida frente a los instrumentos de su constitución, frente a las intrigas ambiciosas y las reivindicaciones ideológicas de la fracción burguesa revolucionaria que la había fundado y que ahora se asombraba de que su república constituida pareciera una monarquía restaurada, y que quería mantener por la fuerza el periodo constituyente con sus condiciones, sus ilusiones, su lenguaje y sus personas, e impedir que la república burguesa madura apareciera en su forma completa y peculiar. Así como la Asamblea Nacional Constituyente representaba a Cavaignac, que había vuelto a caer en su seno, Bonaparte representaba a la Asamblea Nacional Legislativa todavía no separada de él, es decir, a la Asamblea Nacional de la república burguesa constituida.
La elección de Bonaparte solo podía interpretarse sustituyendo el nombre único por sus múltiples significados, repitiéndose en la elección de la nueva Asamblea Nacional. El mandato de la antigua lo había anulado el 10 de diciembre. Lo que se enfrentaba el 29 de enero no eran, pues, el presidente y la Asamblea Nacional de la misma república; eran la Asamblea Nacional de la república en formación y el presidente de la república ya formada, dos poderes que encarnaban periodos completamente distintos del proceso vital de la república; eran, de un lado, la pequeña fracción republicana de la burguesía, la única que podía proclamar la república, arrancársela al proletariado revolucionario mediante la lucha en la calle y el régimen del terror y trazar en la Constitución sus rasgos ideales, y, del otro, toda la masa realista de la burguesía, la única que podía dominar en esta república burguesa constituida, despojar a la Constitución de sus aditamentos ideológicos y hacer realidad, mediante su legislación y su administración, las condiciones indispensables para el sometimiento del proletariado.
La tormenta que estalló el 29 de enero fue reuniendo sus elementos durante todo el mes de enero. La Constituyente quería forzar con su voto de censura la dimisión del ministerio Barrot. El ministerio Barrot, en cambio, propuso a la Constituyente que se diera a sí misma un voto de censura definitivo, que decidiera su suicidio, que decretara su propia disolución. Rateau,108 uno de los diputados más oscuros, presentó esta propuesta a la Constituyente el 6 de enero, por orden del ministerio; a la misma Constituyente que ya en agosto había decidido no disolverse hasta haber promulgado toda una serie de leyes orgánicas que completaran la Constitución. El ministerial Fould le declaró sin rodeos que su disolución era necesaria «para restablecer el crédito perturbado». ¿Y no perturbaba ella el crédito prolongando la provisionalidad y poniendo de nuevo en entredicho, con Barrot, a Bonaparte, y con Bonaparte, a la república constituida? Barrot el Olímpico, convertido en un Orlando furioso ante la perspectiva de ver que le arrebataban de nuevo, tras apenas dos semanas de disfrute, la presidencia del consejo por fin atrapada, que los republicanos ya le habían aplazado una vez por un decenio, es decir, por diez meses, Barrot superó al tirano en tiranía frente a esta miserable asamblea. La más suave de sus palabras fue que «con ella no era posible ningún futuro». Y, en efecto, ya solo representaba el pasado. «Es incapaz», añadió irónicamente, «de rodear a la república de las instituciones necesarias para su consolidación». ¡Y en verdad! Con la oposición exclusiva al proletariado se había quebrado a la vez su energía burguesa, y con la oposición a los realistas había revivido su exaltación republicana. Era, pues, doblemente incapaz de consolidar con las instituciones correspondientes la república burguesa, que ya no comprendía.
Con la propuesta de Rateau, el ministerio desató a la vez una tormenta de peticiones en todo el país, y cada día, desde todos los rincones de Francia, le llovían a la Constituyente fardos de cartas de amor en las que se le rogaba, de manera más o menos categórica, que se disolviera e hiciera testamento. La Constituyente, por su parte, provocó contrapeticiones en las que se hacía pedir que siguiera con vida. La lucha electoral entre Bonaparte y Cavaignac se renovó como lucha de peticiones a favor y en contra de la disolución de la Asamblea Nacional. Las peticiones debían ser los comentarios a posteriori del 10 de diciembre. Esta agitación continuó durante todo enero.
En el conflicto entre la Constituyente y el presidente, aquella no podía remitirse a la elección general como a su origen, pues contra ella se apelaba al sufragio universal. No podía apoyarse en ningún poder regular, pues se trataba de la lucha contra el poder legal. No podía derribar al ministerio con votos de censura, como volvió a intentar el 6 y el 26 de enero, pues el ministerio no le pedía su confianza. Solo quedaba una posibilidad, la de la insurrección. Las fuerzas de la insurrección eran la parte republicana de la Guardia Nacional, la Guardia Móvil y los centros del proletariado revolucionario, los clubes. Los guardias móviles, aquellos héroes de las jornadas de junio, formaban en diciembre la fuerza organizada de la fracción burguesa republicana, igual que antes de junio los Talleres Nacionales habían formado la fuerza organizada del proletariado revolucionario. Así como la Comisión Ejecutiva de la Constituyente dirigió su ataque brutal contra los Talleres Nacionales cuando tuvo que acabar con las reivindicaciones, ya insoportables, del proletariado, el ministerio de Bonaparte lo dirigió contra la Guardia Móvil cuando tuvo que acabar con las reivindicaciones insoportables de la fracción burguesa revolucionaria. Decretó la disolución de la Guardia Móvil. Una mitad fue licenciada y arrojada a la calle; la otra recibió una organización monárquica en lugar de la democrática, y su paga se rebajó a la paga ordinaria de las tropas de línea. La Guardia Móvil se encontró en la situación de los insurrectos de junio, y a diario la prensa traía confesiones públicas en las que reconocía su culpa de junio e imploraba el perdón del proletariado.
¿Y los clubes? Desde el momento en que la Asamblea Constituyente ponía en entredicho, en Barrot, al presidente; en el presidente, a la república burguesa constituida, y en la república burguesa constituida, a la república burguesa en general, se agruparon necesariamente en torno a ella todos los elementos constituyentes de la república de febrero, todos los partidos que querían derribar la república existente y transformarla, mediante un proceso violento de regresión, en la república de sus intereses y principios de clase. Lo hecho se había deshecho, las cristalizaciones del movimiento revolucionario se habían vuelto a licuar, la república por la que se luchaba volvía a ser la república indeterminada de las jornadas de febrero, cuya determinación se reservaba cada partido. Los partidos ocuparon por un momento sus viejas posiciones de febrero, sin compartir las ilusiones de febrero. Los republicanos tricolores de Le National volvieron a apoyarse en los republicanos demócratas de La Réforme y los empujaron al primer plano de la lucha parlamentaria como paladines. Los republicanos demócratas volvieron a apoyarse en los republicanos socialistas (el 27 de enero un manifiesto público proclamó su reconciliación y su unión) y se prepararon en los clubes su trasfondo insurreccional. La prensa ministerial trató con razón a los republicanos tricolores de Le National como a los insurrectos de junio resucitados. Para mantenerse a la cabeza de la república burguesa, ponían en entredicho la propia república burguesa. El 26 de enero, el ministro Faucher propuso una ley sobre el derecho de asociación cuyo primer artículo decía: «Quedan prohibidos los clubes». Pidió que este proyecto de ley se discutiera de inmediato por la vía de urgencia. La Constituyente rechazó la urgencia, y el 27 de enero Ledru-Rollin presentó una propuesta, con 230 firmas, para acusar al ministerio por violación de la Constitución. Acusar al ministerio en un momento en que semejante acto era o bien la revelación torpe de la impotencia del juez, es decir, de la mayoría de la Cámara, o bien una protesta impotente del acusador contra esa misma mayoría: tal fue el gran triunfo revolucionario que la Montaña nacida a destiempo jugaría en adelante en cada momento culminante de la crisis. ¡Pobre Montaña, aplastada por el peso de su propio nombre!
Blanqui, Barbès, Raspail, etc., habían intentado el 15 de mayo disolver la Asamblea Constituyente irrumpiendo en su salón de sesiones al frente del proletariado de París. Barrot preparaba a esa misma asamblea un 15 de mayo moral, queriendo dictarle su autodisolución y cerrar su salón de sesiones. Esa misma asamblea había encargado a Barrot la investigación contra los acusados de mayo, y ahora, en el momento en que él aparecía frente a ella como el Blanqui realista, en que ella buscaba frente a él a sus aliados en los clubes, entre los proletarios revolucionarios, en el partido de Blanqui, en ese momento el inexorable Barrot la atormentaba con la propuesta de sustraer a los presos de mayo al jurado y entregarlos al Alto Tribunal, la haute cour, inventado por el partido de Le National. ¡Es curioso que la angustia exacerbada por una cartera ministerial pudiera sacar de la cabeza de un Barrot ocurrencias dignas de un Beaumarchais! La Asamblea Nacional, tras largas vacilaciones, aprobó su propuesta. Frente a los autores del atentado de mayo volvió a su carácter normal.
Si la Constituyente se veía empujada a la insurrección frente al presidente y los ministros, el presidente y el ministerio se veían empujados al golpe de Estado frente a la Constituyente, pues no tenían ningún medio legal de disolverla. Pero la Constituyente era la madre de la Constitución, y la Constitución era la madre del presidente. Con el golpe de Estado, el presidente rasgaba la Constitución y borraba su título jurídico republicano. Se vería entonces obligado a sacar a relucir el título jurídico imperial; pero el imperial despertaba al orleanista, y ambos palidecían ante el título jurídico legitimista. La caída de la república legal solo podía hacer subir su polo opuesto extremo, la monarquía legitimista, en un momento en que el partido orleanista no era ya más que el vencido de febrero y Bonaparte no era más que el vencedor del 10 de diciembre, en que ambos solo podían oponer a la usurpación republicana sus títulos monárquicos, igualmente usurpados. Los legitimistas eran conscientes de lo favorable del momento y conspiraban a plena luz del día. En el general Changarnier podían esperar encontrar a su Monk.109 La llegada de la monarquía blanca se anunciaba tan abiertamente en sus clubes como en los proletarios la de la república roja.
Con un motín felizmente sofocado, el ministerio se habría librado de todas las dificultades. «La legalidad nos mata», exclamó Odilon Barrot. Un motín habría permitido disolver la Constituyente con el pretexto de la salut public, la salvación pública, violar la Constitución en interés de la propia Constitución. La actitud brutal de Odilon Barrot en la Asamblea Nacional, la propuesta de disolver los clubes, la ruidosa destitución de 50 prefectos tricolores y su sustitución por realistas, los malos tratos de Changarnier a sus jefes, la reposición de Lerminier,110 el profesor que ya bajo Guizot se había hecho imposible, la tolerancia de las fanfarronadas legitimistas: eran otras tantas provocaciones al motín. Pero el motín permaneció mudo. Esperaba su señal de la Constituyente, no del ministerio.
Llegó por fin el 29 de enero, el día en que debía decidirse sobre la propuesta de Mathieu (de la Drôme)111 de rechazar incondicionalmente la proposición Rateau. Legitimistas, orleanistas, bonapartistas, Guardia Móvil, Montaña, clubes, todos conspiraban ese día, cada uno tanto contra el supuesto enemigo como contra el supuesto aliado. Bonaparte, a caballo, pasaba revista a una parte de las tropas en la plaza de la Concordia; Changarnier hacía teatro con un despliegue de maniobras estratégicas; la Constituyente encontró su edificio de sesiones ocupado militarmente. Ella, el centro de todas las esperanzas, temores, expectativas, fermentos, tensiones y conspiraciones que se entrecruzaban, la asamblea con corazón de león, no vaciló ni un instante cuando se acercó más que nunca al espíritu universal. Se parecía a aquel luchador que no solo temía usar su propia arma, sino que se sentía obligado a conservar intactas las armas de su adversario. Con desprecio de la muerte firmó su propia sentencia de muerte y rechazó el rechazo incondicional de la proposición Rateau. En pleno estado de sitio puso límites a una actividad constituyente cuyo marco necesario había sido el estado de sitio de París. Se vengó de un modo digno de ella, abriendo al día siguiente una investigación sobre el susto que el ministerio le había dado el 29 de enero. La Montaña demostró su falta de energía revolucionaria y de juicio político dejándose utilizar por el partido de Le National como heraldo en la contienda en esta gran comedia de intrigas. El partido de Le National había hecho el último intento de mantener en la república constituida el monopolio del poder que había tenido durante el periodo de formación de la república burguesa. Había fracasado.
Si en la crisis de enero se trataba de la existencia de la Constituyente, en la crisis del 21 de marzo se trataba de la existencia de la Constitución; allí, del personal del partido de Le National; aquí, de su ideal. No hace falta indicar que los republicanos honestos sacrificaron el sentimiento sublime de su ideología a menor precio que el disfrute mundano del poder gubernamental.
El 21 de marzo figuraba en el orden del día de la Asamblea Nacional el proyecto de ley de Faucher contra el derecho de asociación: la supresión de los clubes. El artículo 8 de la Constitución garantiza a todos los franceses el derecho de asociarse. La prohibición de los clubes era, pues, una violación inequívoca de la Constitución, y la propia Constituyente debía canonizar la profanación de sus santos. Pero los clubes eran los puntos de reunión, las sedes de conspiración del proletariado revolucionario. La propia Asamblea Nacional había prohibido la coalición de los obreros contra sus burgueses. Y los clubes, ¿qué eran sino una coalición de toda la clase obrera contra toda la clase burguesa, la formación de un Estado obrero frente al Estado burgués? ¿No eran otras tantas asambleas constituyentes del proletariado y otros tantos destacamentos del ejército de la revuelta, listos para el combate? Lo que la Constitución debía constituir ante todo era la dominación de la burguesía. Evidentemente, pues, por derecho de asociación la Constitución solo podía entender las asociaciones conformes con la dominación de la burguesía, es decir, con el orden burgués. Si por decoro teórico se expresaba en términos generales, ¿no estaban el gobierno y la Asamblea Nacional para interpretarla y aplicarla en el caso particular? Y si en la época primitiva de la república los clubes habían estado prohibidos de hecho por el estado de sitio, ¿no tenían que estar prohibidos por la ley en la república ordenada y constituida? Los republicanos tricolores no tenían nada que oponer a esta interpretación prosaica de la Constitución salvo la frase exaltada de la Constitución. Una parte de ellos, Pagnerre, Duclerc, etc.,112 votó con el ministerio y le procuró así la mayoría. La otra parte, con el arcángel Cavaignac y el padre de la Iglesia Marrast a la cabeza, se retiró, una vez aprobado el artículo que prohibía los clubes, junto con Ledru-Rollin y la Montaña, a una sala de las secciones, «y celebraron consejo». La Asamblea Nacional quedó paralizada: ya no reunía el número de votos necesario para deliberar. Oportunamente, el señor Crémieux113 recordó en aquella sala que desde allí el camino llevaba directamente a la calle, y que ya no se estaba en febrero de 1848, sino en marzo de 1849. El partido de Le National, iluminado de repente, regresó al salón de sesiones de la Asamblea Nacional, y tras él la Montaña, engañada una vez más, que, atormentada constantemente por deseos revolucionarios, buscaba con la misma constancia posibilidades constitucionales y seguía sintiéndose más en su sitio detrás de los republicanos burgueses que delante del proletariado revolucionario. Así se representó la comedia. Y la propia Constituyente había decretado que la violación de la letra de la Constitución era la única realización adecuada de su espíritu.
Solo quedaba por regular un punto: la relación de la república constituida con la revolución europea, su política exterior. El 8 de mayo de 1849 reinaba una agitación desacostumbrada en la Asamblea Constituyente, cuyo plazo de vida debía expirar en pocos días. En el orden del día figuraban el ataque del ejército francés contra Roma, su rechazo por los romanos, su infamia política y su ridículo militar, el asesinato alevoso de la república romana por la república francesa, la primera campaña de Italia del segundo Bonaparte.114 La Montaña había vuelto a jugar su gran triunfo: Ledru-Rollin había depositado sobre la mesa del presidente la inevitable acta de acusación contra el ministerio, y esta vez también contra Bonaparte, por violación de la Constitución.
El motivo del 8 de mayo se repitió más tarde como motivo del 13 de junio. Aclaremos lo que fue la expedición romana.
Ya a mediados de noviembre de 1848 Cavaignac había enviado una flota de guerra a Civitavecchia para proteger al papa, embarcarlo y traerlo a Francia.115 El papa debía bendecir la república honesta y asegurar la elección de Cavaignac como presidente. Con el papa, Cavaignac quería pescar a los curas; con los curas, a los campesinos, y con los campesinos, la presidencia. Reclamo electoral por su fin inmediato, la expedición de Cavaignac era a la vez una protesta y una amenaza contra la revolución romana. Contenía en germen la intervención de Francia en favor del papa.
Esta intervención en favor del papa, junto con Austria y Nápoles, contra la república romana se decidió en la primera sesión del consejo de ministros de Bonaparte, el 23 de diciembre. Falloux en el ministerio: eso era el papa en Roma, y en la Roma… del papa. Bonaparte ya no necesitaba al papa para ser el presidente de los campesinos, pero necesitaba conservar al papa para conservar a los campesinos del presidente. Su credulidad lo había hecho presidente. Con la fe perderían la credulidad, y con el papa, la fe. ¡Y los orleanistas y legitimistas coaligados, que gobernaban en nombre de Bonaparte! Antes de restaurar al rey había que restaurar el poder que santifica a los reyes. Dejando aparte su realismo: sin la vieja Roma sometida a su poder temporal no había papa; sin papa, no había catolicismo; sin catolicismo, no había religión francesa, y sin religión, ¿qué sería de la vieja sociedad francesa? La hipoteca que el campesino tiene sobre los bienes celestiales garantiza la hipoteca que la burguesía tiene sobre los bienes campesinos. La revolución romana era, pues, un atentado contra la propiedad, contra el orden burgués, tan temible como la revolución de junio. La dominación burguesa restablecida en Francia exigía la restauración de la dominación papal en Roma. Finalmente, en los revolucionarios romanos se golpeaba a los aliados de los revolucionarios franceses; la alianza de las clases contrarrevolucionarias en la república francesa constituida se completaba necesariamente con la alianza de la república francesa con la Santa Alianza, con Nápoles y Austria. El acuerdo del consejo de ministros del 23 de diciembre no era ningún secreto para la Constituyente. Ya el 8 de enero Ledru-Rollin había interpelado al ministerio sobre él; el ministerio lo había negado y la Asamblea Nacional había pasado al orden del día. ¿Creía en las palabras del ministerio? Sabemos que se pasó todo el mes de enero dándole votos de censura. Pero si a él le correspondía en su papel mentir, a ella le correspondía fingir que creía la mentira y salvar así las apariencias republicanas.
Entretanto, el Piamonte había sido derrotado, Carlos Alberto había abdicado116 y el ejército austriaco llamaba a las puertas de Francia. Ledru-Rollin interpeló con vehemencia. El ministerio demostró que en la Italia del Norte no había hecho más que continuar la política de Cavaignac, y Cavaignac, la del Gobierno provisional, es decir, la de Ledru-Rollin. Esta vez cosechó incluso un voto de confianza de la Asamblea Nacional y fue autorizado a ocupar temporalmente un punto adecuado de la Alta Italia para dar así un respaldo a las negociaciones pacíficas con Austria sobre la integridad del territorio sardo y sobre la cuestión romana. Como es sabido, la suerte de Italia se decide en los campos de batalla de la Italia del Norte. Caídos Lombardía y el Piamonte, había caído Roma, o Francia tenía que declarar la guerra a Austria y, con ella, a la contrarrevolución europea. ¿Tomaba de repente la Asamblea Nacional al ministerio Barrot por el antiguo Comité de Salvación Pública? ¿O a sí misma por la Convención? ¿A qué venía, pues, la ocupación militar de un punto de la Alta Italia? Bajo este velo transparente se escondía la expedición contra Roma.
El 14 de abril zarparon 14.000 hombres al mando de Oudinot117 hacia Civitavecchia; el 16 de abril la Asamblea Nacional concedió al ministerio un crédito de 1.200.000 francos para mantener durante tres meses una flota de intervención en el Mediterráneo. Así dio al ministerio todos los medios para intervenir contra Roma. No veía lo que el ministerio hacía; solo oía lo que decía. Ni en Israel se había hallado una fe semejante;118 la Constituyente había llegado a la situación de no poder saber lo que la república constituida tenía que hacer.
Por fin, el 8 de mayo, se representó la última escena de la comedia: la Constituyente instó al ministerio a tomar con la mayor urgencia medidas para volver a encauzar la expedición italiana hacia el objetivo que se le había fijado. Esa misma noche, Bonaparte publicó en el Moniteur una carta en la que colmaba de elogios a Oudinot. El 11 de mayo la Asamblea Nacional rechazó el acta de acusación contra ese mismo Bonaparte y su ministerio. Y la Montaña, que en vez de rasgar esta trama de engaños se toma por lo trágico la comedia parlamentaria, ¿no dejaba asomar bajo la piel de león prestada de la Convención la piel de becerro pequeñoburguesa que le era innata?119
La segunda mitad de la vida de la Constituyente se resume así: el 29 de enero confiesa que las fracciones realistas de la burguesía son los superiores naturales de la república constituida por ella; el 21 de marzo, que la violación de la Constitución es su realización, y el 11 de mayo, que la alianza pasiva, anunciada a bombo y platillo, de la república francesa con los pueblos en lucha significa su alianza activa con la contrarrevolución europea.
Esta miserable asamblea se retiró de la escena después de darse todavía la satisfacción, dos días antes del aniversario de su nacimiento, el 4 de mayo, de rechazar la propuesta de amnistía para los insurrectos de junio. Con su poder quebrado, odiada a muerte por el pueblo, rechazada, maltratada y arrojada a un lado con desprecio por la burguesía, cuyo instrumento había sido, obligada en la segunda mitad de su vida a desautorizar la primera, despojada de sus ilusiones republicanas, sin grandes creaciones en el pasado ni esperanza en el futuro, muriéndose a pedazos en vida, solo sabía galvanizar su propio cadáver evocando constantemente la victoria de junio y volviendo a vivirla a posteriori, reafirmándose con la condena repetida una y otra vez de los condenados. ¡Vampiro que vivía de la sangre de los insurrectos de junio!
Dejó el déficit del Estado, aumentado por los gastos de la insurrección de junio, por la pérdida del impuesto sobre la sal, por las indemnizaciones que asignó a los dueños de plantaciones por la abolición de la esclavitud de los negros, por los gastos de la expedición romana y por la pérdida del impuesto sobre el vino, cuya abolición, ya en las últimas, todavía acordó: un viejo malicioso, feliz de cargar a su risueño heredero con una deuda de honor comprometedora.
Desde principios de marzo había empezado la agitación electoral para la Asamblea Nacional Legislativa. Se enfrentaban dos grupos principales, el partido del orden y el partido demócrata-socialista o partido rojo; entre ambos estaban los amigos de la Constitución, nombre con el que los republicanos tricolores de Le National intentaban hacerse pasar por partido. El partido del orden se formó inmediatamente después de las jornadas de junio; solo cuando el 10 de diciembre le permitió apartar de sí a la camarilla de Le National, a los republicanos burgueses, se reveló el secreto de su existencia: la coalición de orleanistas y legitimistas en un solo partido. La clase burguesa se dividía en dos grandes fracciones que habían ostentado alternativamente el monopolio del poder: la gran propiedad territorial bajo la monarquía restaurada, y la aristocracia financiera y la burguesía industrial bajo la monarquía de Julio. Borbón era el nombre regio del predominio de los intereses de una fracción; Orleans, el nombre regio del predominio de los intereses de la otra; el reino sin nombre de la república era el único en que ambas fracciones podían hacer valer, con igual dominación, el interés de clase común sin renunciar a su rivalidad mutua. Si la república burguesa no podía ser otra cosa que la dominación completa y puesta al desnudo de toda la clase burguesa, ¿podía ser algo distinto de la dominación de los orleanistas completados por los legitimistas y de los legitimistas completados por los orleanistas, la síntesis de la Restauración y de la monarquía de Julio? Los republicanos burgueses de Le National no representaban a ninguna gran fracción de su clase asentada sobre bases económicas. Solo tenían la importancia y el título histórico de haber hecho valer bajo la monarquía, frente a las dos fracciones burguesas que solo comprendían su régimen particular, el régimen general de la clase burguesa, el reino sin nombre de la república, que idealizaban y adornaban con arabescos antiguos, pero en el que ante todo saludaban la dominación de su camarilla. Si el partido de Le National dudó de su propio juicio cuando vio en la cumbre de la república fundada por él a los realistas coaligados, estos no se engañaban menos sobre el hecho de su dominación unificada. No comprendían que, si cada una de sus fracciones, considerada por separado, era realista, el producto de su combinación química tenía que ser necesariamente republicano; que la monarquía blanca y la monarquía azul120 tenían que neutralizarse en la república tricolor. Obligadas por el antagonismo con el proletariado revolucionario y con las clases de transición, que se agolpaban cada vez más en torno a él como centro, a movilizar sus fuerzas unidas y a conservar la organización de esas fuerzas unidas, cada una de las fracciones del partido del orden tenía que hacer valer, frente a los deseos de restauración y de supremacía de la otra, la dominación común, es decir, la forma republicana de la dominación burguesa. Así vemos a estos realistas creer al principio en una restauración inmediata, conservar más tarde la forma republicana echando espumarajos de rabia y con invectivas mortales contra ella en los labios, y confesar finalmente que solo pueden entenderse en la república y aplazar la restauración indefinidamente. El propio disfrute de la dominación unificada fortalecía a cada una de las dos fracciones y la hacía todavía más incapaz y menos dispuesta a subordinarse a la otra, es decir, a restaurar la monarquía.
El partido del orden proclamó directamente en su programa electoral la dominación de la clase burguesa, es decir, el mantenimiento de las condiciones de vida de su dominación: ¡la propiedad, la familia, la religión, el orden! Presentaba, naturalmente, su dominación de clase y las condiciones de su dominación de clase como la dominación de la civilización y como las condiciones necesarias de la producción material y de las relaciones sociales de intercambio que de ella se derivan. El partido del orden disponía de inmensos recursos financieros; organizó sucursales en toda Francia; tenía a sueldo a todos los ideólogos de la vieja sociedad; disponía de la influencia del poder gubernamental existente; poseía un ejército de vasallos no pagados en toda la masa de pequeños burgueses y campesinos que, todavía alejados del movimiento revolucionario, veían en los grandes dignatarios de la propiedad a los representantes naturales de su pequeña propiedad y de sus pequeños prejuicios; representado en todo el país por una infinidad de pequeños reyes, podía castigar como insurrección el rechazo de sus candidatos, despedir a los obreros rebeldes, a los mozos de labranza, criados, dependientes, empleados de ferrocarril y escribientes reacios, a todos los funcionarios que le estaban subordinados en la vida civil. Podía, por último, mantener aquí y allá la ilusión de que la Constituyente republicana había impedido al Bonaparte del 10 de diciembre revelar sus fuerzas prodigiosas. Al hablar del partido del orden no hemos mencionado a los bonapartistas. No eran una fracción seria de la clase burguesa, sino una colección de viejos inválidos supersticiosos y de jóvenes aventureros incrédulos. El partido del orden venció en las elecciones y envió una gran mayoría a la Asamblea Legislativa.
Frente a la clase burguesa contrarrevolucionaria coaligada, las partes ya revolucionadas de la pequeña burguesía y de la clase campesina tenían que unirse, naturalmente, con el gran dignatario de los intereses revolucionarios, el proletariado revolucionario. Hemos visto cómo los portavoces demócratas de la pequeña burguesía en el Parlamento, es decir, la Montaña, se vieron empujados por las derrotas parlamentarias hacia los portavoces socialistas del proletariado, y cómo la pequeña burguesía real, fuera del Parlamento, se vio empujada hacia los proletarios reales por los concordats à l'amiable, por la brutal imposición de los intereses burgueses, por la bancarrota. El 27 de enero la Montaña y los socialistas habían celebrado su reconciliación; en el gran banquete de febrero de 1849 repitieron su acto de unión. El partido social y el demócrata, el partido de los obreros y el de los pequeños burgueses, se unieron en el partido socialdemócrata, es decir, en el partido rojo.
Paralizada por un momento por la agonía que siguió a las jornadas de junio, la república francesa había vivido desde el levantamiento del estado de sitio, desde el 19 de octubre, una serie continua de agitaciones febriles. Primero, la lucha por la presidencia; luego, la lucha del presidente con la Constituyente; la lucha por los clubes; el proceso de Bourges,121 que, frente a las figuras menudas del presidente, de los realistas coaligados, de los republicanos honestos, de la Montaña democrática y de los doctrinarios socialistas del proletariado, hizo aparecer a los verdaderos revolucionarios de este como monstruos antediluvianos, como los que solo un diluvio deja en la superficie de la sociedad o como los que solo pueden preceder a un diluvio social; la agitación electoral; la ejecución de los asesinos de Bréa;122 los continuos procesos de prensa; las violentas intervenciones policiales del gobierno en los banquetes; las insolentes provocaciones realistas; la exposición en la picota de los retratos de Louis Blanc y de Caussidière; la lucha ininterrumpida entre la república constituida y la Constituyente, que a cada momento hacía retroceder la revolución a su punto de partida, que a cada momento convertía al vencedor en vencido y al vencido en vencedor y cambiaba en un instante la posición de los partidos y de las clases, sus separaciones y sus alianzas; la rápida marcha de la contrarrevolución europea, la gloriosa lucha húngara, los alzamientos alemanes, la expedición romana, la vergonzosa derrota del ejército francés ante Roma: en este torbellino del movimiento, en este tormento de la inquietud histórica, en este flujo y reflujo dramático de pasiones, esperanzas y desengaños revolucionarios, las distintas clases de la sociedad francesa tenían que contar sus épocas de desarrollo por semanas, como antes las habían contado por medios siglos. Una parte considerable de los campesinos y de las provincias estaba revolucionada. No solo estaban desengañados de Napoleón; el partido rojo les ofrecía, en lugar del nombre, el contenido; en lugar de la ilusoria exención de impuestos, la devolución del millardo pagado a los legitimistas,123 la regulación de la hipoteca y la abolición de la usura.
El propio ejército estaba contagiado por la fiebre revolucionaria. Había votado en Bonaparte por la victoria, y él le dio la derrota. Había votado en él por el pequeño cabo,124 detrás del cual se esconde el gran general revolucionario, y él le devolvió los grandes generales, detrás de los cuales se oculta el cabo reglamentario hasta las polainas. No había duda de que el partido rojo, es decir, el partido demócrata coaligado, tenía que celebrar, si no la victoria, sí grandes triunfos; de que París, el ejército y una gran parte de las provincias votarían por él. Ledru-Rollin, el jefe de la Montaña, fue elegido por cinco departamentos; ningún jefe del partido del orden obtuvo una victoria semejante, ni ningún nombre del partido propiamente proletario. Esta elección nos revela el secreto del partido demócrata-socialista. Si, por un lado, la Montaña, el paladín parlamentario de la pequeña burguesía democrática, se vio obligada a unirse con los doctrinarios socialistas del proletariado (el proletariado, obligado por la terrible derrota material de junio a levantarse de nuevo mediante victorias intelectuales, y todavía no capacitado por el desarrollo de las demás clases para tomar la dictadura revolucionaria, tuvo que echarse en brazos de los doctrinarios de su emancipación, de los fundadores de sectas socialistas), por otro lado los campesinos revolucionarios, el ejército y las provincias se pusieron detrás de la Montaña, que se convirtió así en dueña del campo revolucionario y, con el acuerdo con los socialistas, había eliminado todo antagonismo en el partido revolucionario. En la segunda mitad de la vida de la Constituyente representó el pathos republicano de esta y había hecho olvidar sus pecados durante el Gobierno provisional, durante la Comisión Ejecutiva, durante las jornadas de junio. A medida que el partido de Le National, conforme a su naturaleza a medias, se dejaba aplastar por el ministerio realista, subía el partido de la Montaña, apartado durante la omnipotencia de Le National, y se hacía valer como representante parlamentario de la revolución. En efecto, el partido de Le National no tenía nada que oponer a las otras fracciones, las realistas, más que personalidades ambiciosas y fantasías idealistas. El partido de la Montaña, en cambio, representaba a una masa que flotaba entre la burguesía y el proletariado y cuyos intereses materiales exigían instituciones democráticas. Frente a los Cavaignac y los Marrast, Ledru-Rollin y la Montaña se encontraban, pues, en la verdad de la revolución, y de la conciencia de esta situación de peso sacaban tanto más valor cuanto más se limitaba la expresión de la energía revolucionaria a salidas parlamentarias, presentación de actas de acusación, amenazas, subidas de tono, discursos atronadores y extremos que solo se llevaban hasta la frase. Los campesinos se encontraban aproximadamente en la misma situación que los pequeños burgueses; tenían que plantear aproximadamente las mismas reivindicaciones sociales. Todas las capas medias de la sociedad, en la medida en que se habían visto empujadas al movimiento revolucionario, tenían que encontrar, pues, en Ledru-Rollin a su héroe. Ledru-Rollin era el personaje de la pequeña burguesía democrática. Frente al partido del orden tenían que ser empujados primero a la cabeza los reformadores de ese orden, medio conservadores, medio revolucionarios y del todo utópicos.
El partido de Le National, «los amigos de la Constitución quand même», a pesar de todo, los républicains purs et simples, los republicanos puros y simples, fueron completamente derrotados en las elecciones. Una minoría ínfima de ellos fue enviada a la Cámara legislativa; sus jefes más notorios desaparecieron de la escena, incluso Marrast, el redactor jefe y el Orfeo de la república honesta.
El 28 de mayo se reunió la Asamblea Legislativa; el 11 de junio se renovó el choque del 8 de mayo: Ledru-Rollin presentó en nombre de la Montaña un acta de acusación contra el presidente y el ministerio por violación de la Constitución, por el bombardeo de Roma. El 12 de junio la Asamblea Legislativa rechazó el acta de acusación, como la Asamblea Constituyente la había rechazado el 11 de mayo; pero esta vez el proletariado empujó a la Montaña a la calle, aunque no a la lucha callejera, sino solo a la procesión callejera. Basta decir que la Montaña estaba a la cabeza de este movimiento para saber que el movimiento fue vencido y que junio de 1849 fue una caricatura tan ridícula como infame de junio de 1848. La gran retirada del 13 de junio solo quedó eclipsada por el parte de batalla, todavía más grande, de Changarnier, el gran hombre que improvisó el partido del orden. Toda época social necesita sus grandes hombres, y si no los encuentra, los inventa, como dice Helvétius.125
El 20 de diciembre solo existía una mitad de la república burguesa constituida, el presidente; el 28 de mayo se completó con la otra mitad, la Asamblea Legislativa. En junio de 1848 la república burguesa que se estaba constituyendo había grabado su nombre en el registro de nacimientos de la historia con una batalla indecible contra el proletariado; en junio de 1849, la república burguesa constituida, con una comedia innombrable con la pequeña burguesía. Junio de 1849 fue la Némesis de junio de 1848. En junio de 1849 no fueron vencidos los obreros, sino abatidos los pequeños burgueses que se interponían entre ellos y la revolución. Junio de 1849 no fue la tragedia sangrienta entre el trabajo asalariado y el capital, sino el espectáculo lamentable, y abundante en encarcelamientos, entre el deudor y el acreedor. El partido del orden había vencido, era omnipotente: ahora tenía que mostrar lo que era.
III. Consecuencias del 13 de junio de 1849
Del 13 de junio de 1849 al 10 de marzo de 1850
El 20 de diciembre, la cabeza de Jano de la república constitucional no había mostrado aún más que una de sus caras, la ejecutiva, con los rasgos borrosos y planos de L. Bonaparte; el 28 de mayo de 1849 mostró su segunda cara, la legislativa, sembrada de las cicatrices que le habían dejado las orgías de la Restauración y de la monarquía de Julio.126 Con la Asamblea Nacional Legislativa quedaba completa la manifestación de la república constitucional, es decir, de la forma republicana de Estado en que se constituye la dominación de la clase burguesa y, por tanto, la dominación conjunta de las dos grandes fracciones realistas que forman la burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas coaligados, el partido del orden. Mientras la república francesa caía así en propiedad a la coalición de los partidos realistas, la coalición europea de las potencias contrarrevolucionarias emprendía al mismo tiempo una cruzada general contra los últimos refugios de las revoluciones de marzo. Rusia invadió Hungría, Prusia marchó contra el ejército de la Constitución del Imperio y Oudinot bombardeó Roma.127 La crisis europea se acercaba a todas luces a un punto de inflexión decisivo; los ojos de toda Europa se volvían hacia París, y los ojos de todo París hacia la Asamblea Legislativa.
El 11 de junio, Ledru-Rollin subió a su tribuna. No pronunció un discurso: formuló una requisitoria contra los ministros, desnuda, sin adornos, ceñida a los hechos, concentrada, violenta.
El ataque a Roma es un ataque a la Constitución; el ataque a la república romana, un ataque a la república francesa. El artículo V de la Constitución dice: «La república francesa no emplea jamás sus fuerzas contra la libertad de ningún pueblo», y el presidente emplea el ejército francés contra la libertad romana. El artículo 54 de la Constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar guerra alguna sin el consentimiento de la Asamblea Nacional. La resolución de la Constituyente del 8 de mayo ordena expresamente a los ministros que devuelvan cuanto antes la expedición romana a su destino original; les prohíbe, pues, con la misma claridad la guerra contra Roma, y Oudinot bombardea Roma. Así citó Ledru-Rollin a la propia Constitución como testigo de cargo contra Bonaparte y sus ministros. A la mayoría realista de la Asamblea Nacional le lanzó él, el tribuno de la Constitución, la amenazadora declaración: «¡Los republicanos sabrán hacer respetar la Constitución por todos los medios, aunque sea por la fuerza de las armas!». «¡Por la fuerza de las armas!», repitió el eco centuplicado de la Montaña. La mayoría respondió con un tumulto espantoso, el presidente de la Asamblea Nacional llamó al orden a Ledru-Rollin, Ledru-Rollin repitió su provocadora declaración y depositó por último en la mesa de la presidencia la propuesta de acusar a Bonaparte y a sus ministros. La Asamblea Nacional acordó, por 361 votos contra 203, pasar al orden del día puro y simple sobre el bombardeo de Roma.
¿Creía Ledru-Rollin que podría batir a la Asamblea Nacional con la Constitución, y al presidente con la Asamblea Nacional?
Es cierto que la Constitución prohibía todo ataque a la libertad de los pueblos extranjeros, pero lo que el ejército francés atacaba en Roma no era, según el ministerio, la «libertad», sino el «despotismo de la anarquía». ¿No había comprendido aún la Montaña, pese a todas las experiencias de la Asamblea Constituyente, que la interpretación de la Constitución no pertenecía a quienes la habían hecho, sino solo a quienes la habían aceptado? ¿Que su letra debía interpretarse en su sentido viable y que el sentido burgués era su único sentido viable? ¿Que Bonaparte y la mayoría realista de la Asamblea Nacional eran los intérpretes auténticos de la Constitución, como el cura es el intérprete auténtico de la Biblia y el juez el intérprete auténtico de la ley? ¿Iba a sentirse atada la Asamblea Nacional, recién salida del seno de las elecciones generales, por las disposiciones testamentarias de la difunta Constituyente, cuya voluntad, en vida, había doblegado un Odilon Barrot? Al invocar la resolución de la Constituyente del 8 de mayo, Ledru-Rollin había olvidado que esa misma Constituyente había rechazado el 11 de mayo su primera propuesta de acusar a Bonaparte y a los ministros, que había absuelto al presidente y a los ministros, que había sancionado así como «constitucional» el ataque a Roma, que él no hacía más que recurrir una sentencia ya dictada y que, en fin, apelaba de la Constituyente republicana a la Legislativa realista. La Constitución misma llama en su ayuda a la insurrección, puesto que en un artículo especial llama a todo ciudadano a defenderla. Ledru-Rollin se apoyaba en ese artículo. Pero ¿no están al mismo tiempo los poderes públicos organizados para defender la Constitución, y la violación de la Constitución no empieza solo en el momento en que uno de los poderes públicos constitucionales se rebela contra el otro? Y el presidente de la república, los ministros de la república y la Asamblea Nacional de la república vivían en la más armoniosa concordia.
Lo que la Montaña intentó el 11 de junio fue «una insurrección dentro de los límites de la mera razón»,128 es decir, una insurrección puramente parlamentaria. La mayoría de la Asamblea, intimidada por la perspectiva de un levantamiento armado de las masas populares, debía quebrar en Bonaparte y en los ministros su propio poder y el significado de su propia elección. ¿No había intentado la Constituyente de modo parecido anular la elección de Bonaparte, cuando insistió con tanta obstinación en la destitución del ministerio Barrot-Falloux?
Ni faltaban, desde los tiempos de la Convención, precedentes de insurrecciones parlamentarias que habían trastocado de raíz y de golpe la relación entre la mayoría y la minoría (¿y no iba a conseguir la joven Montaña lo que había conseguido la antigua?),129 ni parecían las circunstancias del momento desfavorables a semejante empresa. La agitación popular había llegado en París a un punto álgido inquietante; el ejército, a juzgar por sus votos, no parecía inclinado hacia el gobierno; la propia mayoría legislativa era aún demasiado joven para haberse consolidado y, además, se componía de señores de edad. Si la Montaña lograba una insurrección parlamentaria, el timón del Estado caía directamente en sus manos. La pequeña burguesía democrática, por su parte, no deseaba nada con más ardor, como siempre, que ver librarse la lucha por encima de sus cabezas, en las nubes, entre los espíritus difuntos del Parlamento. Por último, ambas, la pequeña burguesía democrática y sus representantes, la Montaña, alcanzaban mediante una insurrección parlamentaria su gran objetivo, quebrar el poder de la burguesía sin desencadenar al proletariado, o sin dejarlo aparecer más que en perspectiva: el proletariado habría sido utilizado sin llegar a ser peligroso.
Tras la votación de la Asamblea Nacional del 11 de junio hubo una reunión entre algunos miembros de la Montaña y delegados de las sociedades obreras secretas. Estos insistieron en lanzarse a la lucha esa misma noche. La Montaña rechazó ese plan con decisión. No quería en modo alguno soltar la dirección; sus aliados le inspiraban tanta desconfianza como sus adversarios, y con razón. El recuerdo de junio de 1848 agitaba más vivamente que nunca las filas del proletariado de París. Y sin embargo estaba encadenado a la alianza con la Montaña. Esta representaba a la mayor parte de los departamentos, exageraba su influencia en el ejército, disponía de la parte democrática de la Guardia Nacional y tenía detrás el poder moral de la tienda. Empezar en aquel momento la insurrección contra su voluntad habría significado para el proletariado (diezmado además por el cólera y expulsado en gran número de París por el paro) repetir inútilmente las jornadas de junio de 1848, sin la situación que lo había empujado a aquella lucha desesperada. Los delegados proletarios hicieron lo único racional. Obligaron a la Montaña a comprometerse, es decir, a salir de los límites de la lucha parlamentaria en caso de que se rechazara su acta de acusación. Durante todo el 13 de junio, el proletariado mantuvo la misma actitud escéptica y vigilante y esperó a que se trabara un choque serio e irrevocable entre la Guardia Nacional democrática y el ejército para lanzarse entonces a la lucha y arrastrar la revolución más allá de la meta pequeñoburguesa que se le había fijado. Para el caso de victoria ya estaba formada la comuna proletaria que debía situarse junto al gobierno oficial. Los obreros de París habían aprendido en la escuela sangrienta de junio de 1848.
El 12 de junio, el propio ministro Lacrosse propuso en la Asamblea Legislativa pasar inmediatamente a discutir el acta de acusación. Durante la noche, el gobierno había tomado todas las disposiciones para la defensa y para el ataque; la mayoría de la Asamblea Nacional estaba decidida a echar a la calle a la minoría rebelde; la propia minoría ya no podía retroceder; la suerte estaba echada: 377 votos contra 8 rechazaron el acta de acusación, y la Montaña, que se había abstenido, se precipitó refunfuñando a las salas de propaganda de la «democracia pacífica», a las oficinas de redacción de la Démocratie pacifique.130
El alejamiento del edificio del Parlamento quebró su fuerza, como el alejamiento de la tierra quebraba la fuerza de Anteo, su hijo gigante.131 Sansones en las salas de la Asamblea Legislativa, en las salas de la «democracia pacífica» ya no eran más que filisteos. Se entabló un debate largo, ruidoso, inconsistente. La Montaña estaba decidida a hacer respetar la Constitución por todos los medios, «salvo por la fuerza de las armas». En esta decisión la respaldaron un manifiesto y una diputación de los «Amigos de la Constitución». «Amigos de la Constitución»: así se llamaban los restos de la camarilla de Le National, el partido republicano burgués. Mientras, de sus representantes parlamentarios que quedaban, seis habían votado en contra y todos los demás a favor del rechazo del acta de acusación, y mientras Cavaignac ponía su sable a disposición del partido del orden, la parte extraparlamentaria de la camarilla, la más numerosa, aprovechó ávidamente la ocasión para salir de su condición de paria político y meterse en las filas del partido demócrata. ¿No aparecían como los escuderos naturales de ese partido, que se escondía tras su escudo, tras su principio, tras la Constitución?
Hasta el amanecer estuvo de parto la «Montaña». Parió «una proclama al pueblo»,132 que en la mañana del 13 de junio ocupó un lugar más o menos discreto en dos periódicos socialistas. Declaraba al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea Legislativa «fuera de la Constitución» (hors la constitution) y llamaba a la Guardia Nacional, al ejército y, por último, también al pueblo a «levantarse». «¡Viva la Constitución!» era la consigna que distribuía, consigna que no significaba otra cosa que «¡Abajo la revolución!».
A la proclama constitucional de la Montaña correspondió el 13 de junio una llamada manifestación pacífica de los pequeños burgueses, es decir, una procesión callejera desde el Château d'Eau a lo largo de los bulevares: 30.000 hombres, en su mayoría guardias nacionales, desarmados, mezclados con miembros de las secciones obreras secretas, que avanzaban al grito de «¡Viva la Constitución!», lanzado de modo mecánico, glacial, con mala conciencia, por los propios integrantes del cortejo, y devuelto irónicamente por el eco del pueblo que se agolpaba en las aceras, en vez de crecer como un trueno. Al coro de muchas voces le faltaba la voz de pecho. Y cuando el cortejo pasó tambaleándose ante el local de los «Amigos de la Constitución» y en lo alto de la fachada apareció un heraldo de la Constitución a sueldo que, cortando el aire con fuerza con su sombrero de claqueur, dejaba caer de sus inmensos pulmones, como granizo, sobre las cabezas de los peregrinos la consigna «¡Viva la Constitución!», ellos mismos parecieron por un instante abrumados por lo cómico de la situación. Es sabido cómo el cortejo, al llegar a la desembocadura de la rue de la Paix, fue recibido en los bulevares de modo nada parlamentario por los dragones y los cazadores de Changarnier, se dispersó en un abrir y cerrar de ojos en todas direcciones y no hizo más que lanzar a sus espaldas un escaso grito de «¡a las armas!», para que se cumpliera la llamada parlamentaria a las armas del 11 de junio.
La mayor parte de la Montaña, reunida en la rue du Hasard, se dispersó cuando esta violenta disolución de la procesión pacífica, los sordos rumores de asesinatos de ciudadanos desarmados en los bulevares y el creciente tumulto en las calles parecieron anunciar la proximidad de un motín. Ledru-Rollin, al frente de un pequeño grupo de diputados, salvó el honor de la Montaña. Bajo la protección de la artillería de París, que se había concentrado en el Palais National, se dirigieron al Conservatorio de Artes y Oficios, adonde debían llegar las legiones 5.ª y 6.ª de la Guardia Nacional. Pero los montañeses esperaron en vano a las legiones 5.ª y 6.ª; aquellos prudentes guardias nacionales dejaron en la estacada a sus representantes; la propia artillería de París impidió al pueblo levantar barricadas; un caos y una confusión completos hacían imposible cualquier decisión; las tropas de línea avanzaron con la bayoneta calada; una parte de los representantes fue detenida, otra escapó. Así terminó el 13 de junio.
Si el 23 de junio de 1848 fue la insurrección del proletariado revolucionario, el 13 de junio de 1849 fue la insurrección de los pequeños burgueses demócratas, y cada una de esas dos insurrecciones, la expresión clásica y pura de la clase que la sostenía.
Solo en Lyon se llegó a un enfrentamiento tenaz y sangriento.133 Allí, donde la burguesía industrial y el proletariado industrial se enfrentan sin intermediarios, donde el movimiento obrero no está encuadrado y determinado, como en París, por el movimiento general, el 13 de junio perdió de rebote su carácter original. En los demás lugares de provincias donde cayó, no prendió: fue un rayo frío.
El 13 de junio cierra el primer periodo de vida de la república constitucional, que había alcanzado su existencia normal el 28 de mayo de 1849 con la reunión de la Asamblea Legislativa. Toda la duración de este prólogo la llena la ruidosa lucha entre el partido del orden y la Montaña, entre la burguesía y la pequeña burguesía, que se resiste en vano al asentamiento de la república burguesa, por la que ella misma había conspirado sin descanso en el Gobierno provisional y en la Comisión Ejecutiva, y por la que se había batido con fanatismo contra el proletariado durante las jornadas de junio. El 13 de junio quiebra su resistencia y hace de la dictadura legislativa de los realistas unidos un hecho consumado. Desde ese momento, la Asamblea Nacional ya no es más que un Comité de Salvación Pública del partido del orden.134
París había puesto al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea Nacional en «estado de acusación»; ellos pusieron a París en «estado de sitio». La Montaña había declarado a la mayoría de la Asamblea Legislativa «fuera de la Constitución»; por violación de la Constitución, la mayoría entregó a la Montaña al Alto Tribunal135 y proscribió todo lo que aún tenía vida en ella. Quedó diezmada hasta no ser más que un tronco sin cabeza y sin corazón. La minoría había llegado hasta el intento de una insurrección parlamentaria; la mayoría elevó a ley su despotismo parlamentario. Decretó un nuevo reglamento que aniquila la libertad de tribuna y faculta al presidente de la Asamblea Nacional para castigar a los representantes, por faltas al orden, con la censura, con multas, con la privación de las dietas, con la expulsión temporal, con el calabozo. Sobre el tronco de la Montaña colgó, en lugar de la espada, la palmeta. El honor obligaba a lo que quedaba de los diputados de la Montaña a retirarse en masa. Con un acto así se habría acelerado la disolución del partido del orden. Este tenía que descomponerse en sus elementos originales desde el momento en que ni siquiera la apariencia de un antagonismo lo mantuviera unido.
Al mismo tiempo que de su poder parlamentario, los pequeños burgueses demócratas fueron despojados de su poder armado mediante la disolución de la artillería de París y de las legiones 8.ª, 9.ª y 12.ª de la Guardia Nacional. En cambio, la legión de la alta finanza, que el 13 de junio había asaltado las imprentas de Boulé y de Roux, destrozado las prensas, devastado las redacciones de los periódicos republicanos y detenido arbitrariamente a redactores, cajistas, impresores, expedidores y recaderos, recibió palabras de aliento desde la tribuna de la Asamblea Nacional. En toda la superficie de Francia se repitió la disolución de las guardias nacionales sospechosas de republicanismo.
Nueva ley de prensa, nueva ley de asociaciones, nueva ley sobre el estado de sitio, las cárceles de París abarrotadas, los refugiados políticos expulsados, suspendidos todos los periódicos que iban más allá de los límites de Le National, Lyon y los cinco departamentos vecinos entregados a las brutales vejaciones del despotismo militar, los fiscales omnipresentes, el ejército de funcionarios, tantas veces depurado, depurado una vez más: estos eran los lugares comunes inevitables, siempre recurrentes, de la reacción victoriosa, que después de las matanzas y las deportaciones de junio solo merecen mención porque esta vez no se dirigieron únicamente contra París, sino también contra los departamentos, no únicamente contra el proletariado, sino sobre todo contra las clases medias.
Las leyes represivas, con las que la declaración del estado de sitio quedaba al arbitrio del gobierno, la prensa quedaba amordazada aún más firmemente y se aniquilaba el derecho de asociación, absorbieron toda la actividad legislativa de la Asamblea Nacional durante los meses de junio, julio y agosto.
Sin embargo, lo que caracteriza esta época no es la explotación efectiva de la victoria, sino su explotación de principio; no las resoluciones de la Asamblea Nacional, sino la motivación de esas resoluciones; no la cosa, sino la frase; no la frase, sino el acento y el gesto que animan la frase. La manifestación desconsiderada e insolente de los sentimientos realistas, el insulto desdeñosamente altivo a la república, la charla frívola y coqueta sobre los fines de la restauración, en una palabra, la violación fanfarrona del decoro republicano, dan a este periodo su tono y su colorido peculiares. ¡Viva la Constitución!, había sido el grito de guerra de los vencidos del 13 de junio. Los vencedores quedaban, por tanto, dispensados de la hipocresía del lenguaje constitucional, es decir, republicano. La contrarrevolución sometía Hungría, Italia y Alemania, y ellos creían ver ya la restauración a las puertas de Francia. Se desató una verdadera competencia entre los cabecillas de las fracciones del orden por dejar constancia de su realismo en el Moniteur136 y por confesar, lamentar y pedir perdón ante Dios y ante los hombres por los pecados liberales que pudieran haber cometido bajo la monarquía. No pasaba día sin que en la tribuna de la Asamblea Nacional se declarara la revolución de febrero una desgracia pública, sin que un hidalgüelo legitimista de provincias hiciera constar solemnemente que nunca había reconocido la república, sin que uno de los cobardes desertores y traidores de la monarquía de Julio contara las hazañas que, a toro pasado, solo la filantropía de Luis Felipe u otros malentendidos le habían impedido realizar. Lo admirable de las jornadas de febrero no era la magnanimidad del pueblo victorioso, sino la abnegación y la moderación de los realistas, que le habían permitido vencer. Un representante del pueblo propuso destinar una parte de los socorros previstos para los heridos de febrero a los guardias municipales, los únicos que se habían hecho acreedores a la gratitud de la patria en aquellas jornadas.137 Otro quería que se decretara una estatua ecuestre al duque de Orleans en la plaza del Carrusel.138 Thiers llamó a la Constitución un sucio pedazo de papel. Desfilaron sucesivamente por la tribuna orleanistas que se arrepentían de haber conspirado contra la monarquía legítima; legitimistas que se reprochaban haber acelerado la caída de la monarquía en general al rebelarse contra la monarquía ilegítima; Thiers, que se arrepentía de haber intrigado contra Molé; Molé, que se arrepentía de haber intrigado contra Guizot; Barrot, que se arrepentía de haber intrigado contra los tres. El grito de «¡Viva la república socialdemócrata!» fue declarado anticonstitucional; el de «¡Viva la república!» fue perseguido como socialdemócrata. En el aniversario de la batalla de Waterloo, un representante declaró: «Temo menos la invasión de los prusianos que la entrada en Francia de los refugiados revolucionarios». A las quejas por el terrorismo que se decía organizado en Lyon y en los departamentos vecinos, Baraguey d'Hilliers respondió: «Prefiero el terror blanco al terror rojo» (J'aime mieux la terreur blanche que la terreur rouge).139 Y la Asamblea aplaudía frenéticamente cada vez que de labios de sus oradores caía un epigrama contra la república, contra la revolución, contra la Constitución, a favor de la monarquía, a favor de la Santa Alianza.140 Cada violación de las más mínimas formalidades republicanas, por ejemplo la de dirigirse a los representantes con el tratamiento de «ciudadanos», entusiasmaba a los caballeros del orden.
Las elecciones parciales de París del 8 de julio, celebradas bajo la influencia del estado de sitio y con la abstención de gran parte del proletariado, la toma de Roma por el ejército francés, la entrada en Roma de las eminencias rojas141 y, en su séquito, de la Inquisición y del terrorismo frailuno añadieron nuevas victorias a la victoria de junio y acrecentaron la embriaguez del partido del orden.
Por fin, a mediados de agosto, en parte con la intención de asistir a los consejos generales de los departamentos, que acababan de reunirse, y en parte cansados de la orgía tendenciosa de tantos meses, los realistas decretaron un aplazamiento de la Asamblea Nacional por dos meses. Con transparente ironía dejaron atrás una comisión de 25 representantes, la flor y nata de los legitimistas y los orleanistas, un Molé, un Changarnier, como suplentes de la Asamblea Nacional y guardianes de la república. La ironía era más profunda de lo que sospechaban. Ellos, condenados por la historia a ayudar a derribar la monarquía que amaban, estaban destinados por ella a conservar la república que odiaban.
Con el aplazamiento de la Asamblea Legislativa se cierra el segundo periodo de vida de la república constitucional, su periodo de groserías realistas.
Se había levantado de nuevo el estado de sitio de París y la prensa había reanudado su acción. Durante la suspensión de los periódicos socialdemócratas, durante el periodo de la legislación represiva y de las bravatas realistas, se republicanizó Le Siècle, el viejo representante literario de los pequeños burgueses monárquico-constitucionales; se democratizó La Presse, la vieja expresión literaria de los reformistas burgueses; se socializó Le National, el viejo órgano clásico de los burgueses republicanos.142
Las sociedades secretas crecieron en extensión y en intensidad a medida que se hacían imposibles los clubes públicos. Las asociaciones obreras industriales, toleradas como simples compañías comerciales, nulas en lo económico, se convirtieron en lo político en otros tantos aglutinantes del proletariado. El 13 de junio había cortado las cabezas oficiales a los diversos partidos semirrevolucionarios; las masas que quedaban ganaron una cabeza propia. Los caballeros del orden habían intimidado con los terrores profetizados de la república roja; los viles excesos, las atrocidades hiperbóreas de la contrarrevolución victoriosa en Hungría, en Baden, en Roma, lavaron de blanco la «república roja». Y las descontentas clases intermedias de la sociedad francesa empezaron a preferir las promesas de la república roja, con sus problemáticos terrores, a los terrores de la monarquía roja, con su efectiva falta de esperanza. Ningún socialista hizo en Francia más propaganda revolucionaria que Haynau.143 A cada capacidad, según sus obras.144
Entretanto, Luis Bonaparte aprovechaba las vacaciones de la Asamblea Nacional para hacer viajes principescos por las provincias; los legitimistas más fogosos peregrinaban a Ems a ver al nieto de san Luis,145 y la masa de los representantes del pueblo amigos del orden intrigaba en los consejos generales de los departamentos, que acababan de reunirse. Se trataba de hacerles pronunciar lo que la mayoría de la Asamblea Nacional aún no se atrevía a pronunciar: la propuesta de urgencia para la revisión inmediata de la Constitución. Según la Constitución, esta solo podía revisarse en 1852, por una Asamblea Nacional convocada expresamente con ese fin. Pero si la mayoría de los consejos generales se pronunciaba en ese sentido, ¿no tendría que sacrificar la Asamblea Nacional la virginidad de la Constitución a la voz de Francia? La Asamblea Nacional abrigaba respecto de estas asambleas provinciales las mismas esperanzas que las monjas de la Henriada de Voltaire respecto de los panduros. Pero las Putifar de la Asamblea Nacional se las tuvieron que ver, salvo algunas excepciones, con otros tantos Josés de provincias.146 La inmensa mayoría no quiso entender la insinuación importuna. La revisión de la Constitución fracasó por obra de los mismos instrumentos que debían darle vida, por las votaciones de los consejos generales. La voz de Francia, y precisamente de la Francia burguesa, había hablado, y había hablado contra la revisión.
A principios de octubre volvió a reunirse la Asamblea Nacional Legislativa, ¡tan cambiada de lo que era!147 Su fisonomía se había transformado por completo. El rechazo inesperado de la revisión por los consejos generales la había remitido a los límites de la Constitución y le había recordado los límites de su propia duración. Los orleanistas habían cobrado desconfianza por las peregrinaciones de los legitimistas a Ems; los legitimistas habían concebido sospechas por las negociaciones de los orleanistas con Londres; los periódicos de ambas fracciones habían atizado el fuego y sopesado las pretensiones respectivas de sus pretendientes. Orleanistas y legitimistas, juntos, estaban resentidos por los manejos de los bonapartistas, que se dejaban ver en los viajes principescos, en los intentos más o menos transparentes del presidente por emanciparse, en el lenguaje pretencioso de los periódicos bonapartistas; Luis Bonaparte estaba resentido con una Asamblea Nacional que solo encontraba justa la conspiración legitimista-orleanista, y con un ministerio que lo traicionaba constantemente ante esa Asamblea Nacional. Por último, el propio ministerio estaba dividido sobre la política romana y sobre el impuesto sobre la renta propuesto por el ministro Passy,148 al que los conservadores tachaban de socialista.
Uno de los primeros proyectos que el ministerio Barrot presentó a la Legislativa, de nuevo reunida, fue una petición de crédito de 300.000 francos para pagar la pensión de viudedad de la duquesa de Orleans.149 La Asamblea Nacional lo concedió y añadió al registro de deudas de la nación francesa una suma de 7 millones de francos. Mientras Luis Felipe seguía representando así con éxito el papel de pauvre honteux, de pobre vergonzante, el ministerio no se atrevía a proponer el aumento de la asignación de Bonaparte, ni la Asamblea parecía dispuesta a concederlo. Y Luis Bonaparte vacilaba, como siempre, ante el dilema: ¡O César o Clichy!150
La segunda petición de crédito del ministro, de 9 millones de francos para los gastos de la expedición romana, aumentó la tensión entre Bonaparte, por una parte, y los ministros y la Asamblea Nacional, por otra. Luis Bonaparte había hecho insertar en el Moniteur una carta a su oficial de órdenes Edgar Ney en la que sujetaba al gobierno pontificio a garantías constitucionales. El papa, por su parte, había publicado una alocución, motu proprio, en la que rechazaba toda limitación del poder restaurado.151 La carta de Bonaparte levantaba, con indiscreción deliberada, la cortina de su gabinete para exponerse a las miradas de la galería como un genio benévolo, pero incomprendido y maniatado en su propia casa. No era la primera vez que coqueteaba con los «furtivos aleteos de un alma libre». Thiers, ponente de la comisión, pasó por alto por completo el aleteo de Bonaparte y se limitó a traducir al francés la alocución papal. No fue el ministerio, sino Victor Hugo, quien intentó salvar al presidente con un orden del día en el que la Asamblea Nacional debía expresar su aprobación de la carta de Napoleón. ¡Vamos, hombre! ¡Vamos, hombre!152 Bajo esta interjección irreverente y ligera enterró la mayoría la propuesta de Hugo. ¿La política del presidente? ¿La carta del presidente? ¿El propio presidente? ¡Vamos, hombre! ¡Vamos, hombre! ¿Quién demonios se toma en serio a monsieur Bonaparte? ¿Cree usted, monsieur Victor Hugo, que le creemos cuando dice que cree en el presidente? ¡Vamos, hombre! ¡Vamos, hombre!
Por fin, la ruptura entre Bonaparte y la Asamblea Nacional se precipitó con el debate sobre el regreso de los Orleans y de los Borbones. A falta del ministerio, había presentado esta propuesta el primo del presidente, el hijo del ex rey de Westfalia,153 y no tenía otro fin que rebajar a los pretendientes legitimista y orleanista al mismo nivel que el pretendiente bonapartista, o más bien por debajo de él, que al menos de hecho estaba en la cúspide del Estado.
Napoleón Bonaparte fue lo bastante irreverente como para hacer de la readmisión de las familias reales expulsadas y de la amnistía de los insurrectos de junio partes de una misma propuesta. La indignación de la mayoría le obligó en el acto a pedir perdón por aquel sacrílego encadenamiento de lo sagrado y lo infame, de las estirpes reales y la ralea proletaria, de las estrellas fijas de la sociedad y sus fuegos fatuos, y a asignar a cada una de las dos propuestas el rango que le correspondía. La mayoría rechazó enérgicamente el regreso de la familia real, y Berryer,154 el Demóstenes de los legitimistas, no dejó lugar a dudas sobre el sentido de esta votación. ¡Lo que se pretende es la degradación burguesa de los pretendientes! ¡Se les quiere despojar de la aureola, de la última majestad que les queda, la majestad del exilio! ¿Qué se pensaría, exclamó Berryer, de aquel de los pretendientes que, olvidando su ilustre origen, viniera aquí a vivir como un simple particular? No se le podía decir con más claridad a Luis Bonaparte que su presencia no le había hecho ganar nada, que, si los realistas coaligados lo necesitaban aquí en Francia como hombre neutral en el sillón presidencial, los pretendientes serios a la corona debían permanecer sustraídos a las miradas profanas tras las brumas del exilio.
El 1 de noviembre, Luis Bonaparte respondió a la Asamblea Legislativa con un mensaje en el que anunciaba, en términos bastante bruscos, la destitución del ministerio Barrot y la formación de un nuevo ministerio. El ministerio Barrot-Falloux era el ministerio de la coalición realista; el ministerio d'Hautpoul155 era el ministerio de Bonaparte, el órgano del presidente frente a la Asamblea Legislativa, el ministerio de los dependientes.156
Bonaparte ya no era el simple hombre neutral del 10 de diciembre de 1848. La posesión del poder ejecutivo había agrupado a su alrededor una serie de intereses; la lucha contra la anarquía obligaba al propio partido del orden a aumentar su influencia, y si él ya no era popular, el partido del orden era impopular. ¿No podía esperar obligar a los orleanistas y a los legitimistas, tanto por su rivalidad como por la necesidad de alguna restauración monárquica, a reconocer al pretendiente neutral?
Del 1 de noviembre de 1849 data el tercer periodo de vida de la república constitucional, periodo que se cierra el 10 de marzo de 1850. No solo empieza el juego regular de las instituciones constitucionales, que tanto admira Guizot, la gresca entre el poder ejecutivo y el legislativo. Frente a las ansias de restauración de los orleanistas y los legitimistas unidos, Bonaparte defiende el título de su poder efectivo, la república; frente a las ansias de restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende el título de su dominación común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, defienden el statu quo, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene in petto su propio rey y su propia restauración, hacen valer recíprocamente, frente a las ansias de usurpación y de encumbramiento de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma en que las pretensiones particulares quedan neutralizadas y en reserva: la república.
Así como Kant hace de la república, única forma racional de Estado, un postulado de la razón práctica, cuya realización nunca se alcanza, pero cuyo logro ha de perseguirse siempre como meta y mantenerse en el ánimo, así hacen estos realistas con la monarquía.
De este modo, la república constitucional, salida de manos de los republicanos burgueses como una fórmula ideológica hueca, se convirtió en manos de los realistas coaligados en una forma viva y llena de contenido. Y Thiers decía más verdad de lo que sospechaba cuando afirmaba: «Nosotros, los realistas, somos los verdaderos pilares de la república constitucional».
La caída del ministerio de la coalición y la aparición del ministerio de los dependientes tienen un segundo significado. Su ministro de Hacienda se llamaba Fould.157 Fould ministro de Hacienda: eso es la entrega oficial de la riqueza nacional francesa a la Bolsa, la administración del patrimonio del Estado por la Bolsa y en interés de la Bolsa. Con el nombramiento de Fould, la aristocracia financiera anunciaba su restauración en el Moniteur. Esta restauración completaba necesariamente las demás restauraciones, que forman otros tantos eslabones de la cadena de la república constitucional.
Luis Felipe nunca se había atrevido a hacer ministro de Hacienda a un verdadero lobo de la Bolsa (loup-cervier). Así como su monarquía era el nombre ideal de la dominación de la alta burguesía, en sus ministerios los intereses privilegiados tenían que llevar nombres ideológicamente desinteresados. La república burguesa sacaba en todas partes al primer plano lo que las diversas monarquías, la legitimista y la orleanista, mantenían escondido en el trasfondo. Hacía terrenal lo que aquellas habían elevado al cielo. En lugar de los nombres de santos, ponía los nombres propios burgueses de los intereses de clase dominantes.
Toda nuestra exposición ha mostrado cómo la república, desde el primer día de su existencia, no derribó a la aristocracia financiera, sino que la consolidó. Pero las concesiones que se le hacían eran un destino al que uno se sometía sin querer provocarlo. Con Fould, la iniciativa gubernamental volvió a la aristocracia financiera.
Se preguntará cómo pudo la burguesía coaligada soportar y tolerar la dominación de las finanzas, que bajo Luis Felipe se basaba en la exclusión o en la subordinación de las demás fracciones burguesas.
La respuesta es sencilla.
En primer lugar, la propia aristocracia financiera forma una parte de peso decisivo de la coalición realista, cuyo poder de gobierno común se llama república. ¿No son los portavoces y las eminencias de los orleanistas los viejos aliados y cómplices de la aristocracia financiera? ¿No es ella misma la falange dorada del orleanismo? En cuanto a los legitimistas, ya bajo Luis Felipe habían participado en la práctica en todas las orgías de la especulación en Bolsa, en minas y en ferrocarriles. En general, la unión de la gran propiedad territorial con la alta finanza es un hecho normal. Prueba de ello, Inglaterra; prueba de ello, incluso Austria.
En un país como Francia, donde el volumen de la producción nacional guarda una proporción desmesuradamente inferior al volumen de la deuda nacional, donde la renta del Estado constituye el principal objeto de especulación y la Bolsa el mercado principal para la inversión del capital que quiere valorizarse de un modo improductivo, en un país así, una masa innumerable de gente de todas las clases burguesas o semiburguesas tiene que participar en la deuda pública, en el juego de Bolsa, en las finanzas. ¿No encuentran todos estos participantes subalternos sus apoyos y sus jefes naturales en la fracción que representa ese interés en sus contornos más colosales, que lo representa en su conjunto?
¿De qué depende que el patrimonio del Estado vaya a parar a la alta finanza? Del endeudamiento constantemente creciente del Estado. ¿Y el endeudamiento del Estado? Del constante exceso de sus gastos sobre sus ingresos, desproporción que es a la vez causa y efecto del sistema de empréstitos públicos.
Para escapar a este endeudamiento, el Estado tiene que reducir sus gastos, es decir, simplificar y recortar el organismo gubernamental, gobernar lo menos posible, emplear el menor personal posible, entrar lo menos posible en relación con la sociedad burguesa. Este camino era imposible para el partido del orden, cuyos medios de represión, cuya intervención oficial por razón de Estado, cuya presencia universal a través de los órganos del Estado tenían que aumentar en la misma medida en que su dominación y las condiciones de vida de su clase estaban amenazadas por más lados. No se puede reducir la gendarmería a medida que aumentan los atentados contra las personas y la propiedad.
O bien el Estado tiene que intentar eludir las deudas y conseguir un equilibrio presupuestario momentáneo, pero pasajero, echando impuestos extraordinarios sobre los hombros de las clases más ricas. Para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la Bolsa, ¿iba el partido del orden a sacrificar su propia riqueza en el altar de la patria? ¡No es tan tonto!158
Así pues, sin una transformación completa del Estado francés, no hay transformación de la hacienda pública francesa. Con esta hacienda pública, necesariamente el endeudamiento del Estado, y con el endeudamiento del Estado, necesariamente la dominación del comercio de la deuda pública, de los acreedores del Estado, de los banqueros, de los traficantes de dinero, de los lobos de la Bolsa. Solo una fracción del partido del orden estaba directamente interesada en el derrocamiento de la aristocracia financiera: los fabricantes. No hablamos de los industriales medianos y pequeños; hablamos de los regentes del interés fabril, que bajo Luis Felipe habían formado la amplia base de la oposición dinástica. Su interés es, sin duda, la reducción de los costes de producción y, por tanto, la reducción de los impuestos que entran en la producción y, por tanto, la reducción de las deudas del Estado, cuyos intereses entran en los impuestos y, por tanto, el derrocamiento de la aristocracia financiera.
En Inglaterra (y los mayores fabricantes franceses son pequeños burgueses al lado de sus rivales ingleses) encontramos efectivamente a los fabricantes, un Cobden, un Bright,159 a la cabeza de la cruzada contra el Banco y la aristocracia de la Bolsa. ¿Por qué no en Francia? En Inglaterra predomina la industria; en Francia, la agricultura. En Inglaterra la industria necesita el librecambio; en Francia, el proteccionismo, el monopolio nacional junto a los demás monopolios. La industria francesa no domina la producción francesa; por eso los industriales franceses no dominan la burguesía francesa. Para hacer valer su interés frente a las demás fracciones de la burguesía, no pueden, como los ingleses, ponerse a la cabeza del movimiento y llevar al mismo tiempo su interés de clase hasta el extremo; tienen que ponerse al servicio de la revolución y servir a intereses opuestos a los intereses generales de su clase. En febrero no habían comprendido su posición; febrero los hizo escarmentar. ¿Y quién está más directamente amenazado por los obreros que el patrono, el capitalista industrial? Por eso el fabricante se convirtió necesariamente en Francia en el miembro más fanático del partido del orden. La merma de su ganancia por obra de las finanzas, ¿qué es al lado de la abolición de la ganancia por obra del proletariado?
En Francia, el pequeño burgués hace lo que normalmente tendría que hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que normalmente sería la tarea del pequeño burgués; y la tarea del obrero, ¿quién la cumple? Nadie. No se cumple en Francia; en Francia se proclama. No se cumple en ninguna parte dentro de las paredes nacionales; la guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convierte en una guerra mundial en que las naciones se enfrentan. La solución solo empieza en el momento en que la guerra mundial empuja al proletariado a la cabeza del pueblo que domina el mercado mundial, a la cabeza de Inglaterra. La revolución, que no encuentra aquí su fin, sino su comienzo organizativo, no es una revolución de corto aliento. La generación actual se parece a los judíos que Moisés conduce por el desierto. No solo tiene que conquistar un mundo nuevo: tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que estén a la altura de un mundo nuevo.
Volvamos a Fould.
El 14 de noviembre de 1849, Fould subió a la tribuna de la Asamblea Nacional y expuso su sistema financiero: ¡apología del viejo sistema tributario!, ¡mantenimiento del impuesto sobre el vino!, ¡retirada del impuesto sobre la renta de Passy!
Tampoco Passy era un revolucionario; era un antiguo ministro de Luis Felipe. Pertenecía a los puritanos del calibre de Dufaure160 y a los confidentes más íntimos de Teste, el chivo expiatorio de la monarquía de Julio.161 También Passy había alabado el viejo sistema tributario y recomendado el mantenimiento del impuesto sobre el vino, pero al mismo tiempo había arrancado el velo que cubría el déficit del Estado. Había declarado la necesidad de un nuevo impuesto, el impuesto sobre la renta, si no se quería la bancarrota del Estado. Fould, que había recomendado a Ledru-Rollin la bancarrota del Estado, recomendó a la Legislativa el déficit del Estado. Prometió economías cuyo secreto se reveló más tarde: los gastos, por ejemplo, disminuían en 60 millones y la deuda flotante aumentaba en 200 millones; juegos de manos en la agrupación de las cifras, en la presentación de las cuentas, que en definitiva desembocaban todos en nuevos empréstitos.
Bajo Fould, la aristocracia financiera, junto a las demás fracciones burguesas, celosas, no se presentó, naturalmente, con la desvergonzada corrupción de los tiempos de Luis Felipe. Pero, en primer lugar, el sistema era el mismo: aumento constante de las deudas, disimulo del déficit. Y con el tiempo la vieja estafa bursátil salió a la luz con menos disimulo. Prueba de ello: la ley sobre el ferrocarril de Aviñón, las misteriosas oscilaciones de los títulos de la deuda, que fueron por un momento la comidilla de todo París, y por último las especulaciones fallidas de Fould y Bonaparte con las elecciones del 10 de marzo.
Con la restauración oficial de la aristocracia financiera, el pueblo francés tenía que llegar pronto de nuevo ante un 24 de febrero.
La Constituyente, en un acceso de misantropía contra su heredera, había abolido el impuesto sobre el vino para el año del Señor de 1850. Con la abolición de viejos impuestos no se podían pagar nuevas deudas. Creton, un cretino del partido del orden,162 había propuesto el mantenimiento del impuesto sobre el vino ya antes del aplazamiento de la Asamblea Legislativa. Fould retomó esta propuesta en nombre del ministerio bonapartista, y el 20 de diciembre de 1849, aniversario de la proclamación de Bonaparte como presidente, la Asamblea Nacional decretó la restauración del impuesto sobre el vino.
El abogado de esta restauración no fue un financiero, sino el jefe de los jesuitas, Montalembert.163 Su deducción era de una sencillez contundente: el impuesto es el pecho materno del que se amamanta el gobierno. El gobierno son los instrumentos de la represión, son los órganos de la autoridad, es el ejército, es la policía, son los funcionarios, los jueces, los ministros, son los sacerdotes. El ataque al impuesto es el ataque de los anarquistas a los centinelas del orden, que protegen la producción material y espiritual de la sociedad burguesa de las agresiones de los vándalos proletarios. El impuesto es el quinto dios, junto a la propiedad, la familia, el orden y la religión. Y el impuesto sobre el vino es indiscutiblemente un impuesto, y además no uno cualquiera, sino un impuesto tradicional, de sentimientos monárquicos, respetable. ¡Viva el impuesto sobre las bebidas! ¡Tres hurras, y uno más!164
El campesino francés, cuando se pinta al diablo, lo pinta con la figura del recaudador de impuestos. Desde el momento en que Montalembert elevó el impuesto a la categoría de dios, el campesino se volvió impío, ateo, y se echó en brazos del diablo, del socialismo. La religión del orden lo había perdido, los jesuitas lo habían perdido, Bonaparte lo había perdido. El 20 de diciembre de 1849 había comprometido irremisiblemente el 20 de diciembre de 1848. El «sobrino de su tío» no era el primero de su familia al que derrotaba el impuesto sobre el vino, ese impuesto que, según la expresión de Montalembert, olfatea la tormenta revolucionaria. El verdadero, el gran Napoleón declaró en Santa Elena que el restablecimiento del impuesto sobre el vino había contribuido a su caída más que ninguna otra cosa, porque le había enajenado a los campesinos del sur de Francia. Ya bajo Luis XIV el blanco preferido del odio popular (véanse los escritos de Boisguillebert y de Vauban),165 abolido por la primera revolución, Napoleón lo había restablecido en 1808 en forma modificada. Cuando la Restauración entró en Francia, no solo trotaban delante de ella los cosacos, sino también las promesas de abolir el impuesto sobre el vino. Naturalmente, aquella dama de alcurnia no tenía por qué cumplir su palabra a la gente pechera a merced y misericordia.166 El año 1830 prometió la abolición del impuesto sobre el vino. No era su costumbre hacer lo que decía ni decir lo que hacía. El año 1848 prometió la abolición del impuesto sobre el vino, como lo prometió todo. La Constituyente, por último, que no prometió nada, hizo, como ya se ha dicho, una disposición testamentaria según la cual el impuesto sobre el vino debía desaparecer el 1 de enero de 1850. Y justamente diez días antes del 1 de enero de 1850, la Legislativa volvió a implantarlo, de modo que el pueblo francés lo perseguía sin descanso y, cuando lo había echado por la puerta, lo veía volver a entrar por la ventana.
El odio popular al impuesto sobre el vino se explica porque reúne en sí todas las odiosidades del sistema tributario francés. Su modo de recaudación es odioso; su modo de reparto, aristocrático, pues los porcentajes del impuesto son los mismos para los vinos más corrientes que para los más caros. Aumenta, pues, en proporción geométrica a medida que disminuye la fortuna de los consumidores: es un impuesto progresivo a la inversa. Provoca así directamente el envenenamiento de las clases trabajadoras, como prima a los vinos adulterados y falsificados. Reduce el consumo, porque instala fielatos167 a las puertas de todas las ciudades de más de 4.000 habitantes y convierte cada ciudad en un país extranjero con aranceles protectores contra el vino francés. Los grandes comerciantes de vino, pero más aún los pequeños, los marchands de vins, los taberneros, cuyo sustento depende directamente del consumo de vino, son otros tantos enemigos declarados del impuesto sobre el vino. Y, por último, al reducir el consumo, el impuesto sobre el vino le corta a la producción su mercado. Mientras incapacita a los obreros de las ciudades para pagar el vino, incapacita a los viticultores para venderlo. Y Francia cuenta con una población vitícola de unos 12 millones de personas. Se comprende, pues, el odio del pueblo en general; se comprende sobre todo el fanatismo de los campesinos contra el impuesto sobre el vino. Y, además, no veían en su restauración un acontecimiento aislado, más o menos casual. Los campesinos tienen su propio tipo de tradición histórica, que se hereda de padres a hijos, y en esa escuela histórica se murmuraba que todo gobierno, mientras quiere engañar a los campesinos, promete la abolición del impuesto sobre el vino y, en cuanto los ha engañado, mantiene o restablece el impuesto sobre el vino. En el impuesto sobre el vino cata el campesino el buqué del gobierno, su tendencia. La restauración del impuesto sobre el vino el 20 de diciembre significaba: Luis Bonaparte es como los demás; pero él no era como los demás, era una invención campesina, y en las peticiones contra el impuesto sobre el vino, que reunieron millones de firmas, los campesinos retiraban los votos que un año antes habían dado al «sobrino de su tío».
La población rural, más de dos tercios de la población total de Francia, se compone en su mayor parte de los llamados propietarios libres de la tierra. La primera generación, liberada gratuitamente de las cargas feudales por la revolución de 1789, no había pagado ningún precio por la tierra. Pero las generaciones siguientes pagaron bajo la forma de precio del suelo lo que sus antepasados semisiervos habían pagado bajo la forma de renta, diezmos, prestaciones personales, etc. Cuanto más crecía, por un lado, la población y cuanto más aumentaba, por otro, la división de la tierra, tanto más caro se volvía el precio de la parcela, pues con su pequeñez aumentaba el volumen de la demanda. Pero en la misma proporción en que subía el precio que el campesino pagaba por la parcela, ya la comprara directamente, ya se la hiciera cargar en cuenta como capital por sus coherederos, aumentaba necesariamente el endeudamiento del campesino, es decir, la hipoteca. El título de deuda que grava la tierra se llama, en efecto, hipoteca, prenda sobre la tierra. Así como sobre la finca medieval se acumulaban los privilegios, sobre la parcela moderna se acumulan las hipotecas. Por otra parte, en el régimen de la parcelación la tierra es para su propietario un mero instrumento de producción. Ahora bien, a medida que se divide la tierra disminuye su fertilidad. La aplicación de la maquinaria a la tierra, la división del trabajo, los grandes medios de mejora del suelo, como la construcción de canales de drenaje y de riego y otros semejantes, se hacen cada vez más imposibles, mientras que los falsos gastos del cultivo crecen en la misma proporción que la división del propio instrumento de producción. Todo esto, con independencia de que el dueño de la parcela posea o no capital. Pero cuanto más aumenta la división, tanto más constituye la finca, con el más mísero de los aperos, todo el capital del campesino parcelario, tanto más desaparece la inversión de capital en la tierra, tanto más le faltan al pequeño labriego tierra, dinero y formación para aplicar los progresos de la agronomía, tanto más retrocede el cultivo del suelo. Por último, el producto neto disminuye en la misma proporción en que crece el consumo bruto, en que toda la familia del campesino se ve apartada de otras ocupaciones por su propiedad y, sin embargo, no puede vivir de ella.
Así pues, en la misma medida en que aumenta la población y, con ella, la división de la tierra, se encarece el instrumento de producción, la tierra, y disminuye su fertilidad, y en la misma medida decae la agricultura y se endeuda el campesino. Y lo que era efecto se convierte a su vez en causa. Cada generación deja a la siguiente más endeudada; cada nueva generación empieza en condiciones más desfavorables y más gravosas; la hipoteca engendra la hipoteca, y cuando al campesino le resulta imposible ofrecer su parcela como garantía de nuevas deudas, es decir, gravarla con nuevas hipotecas, cae directamente en manos de la usura, y tanto más enormes se vuelven los intereses usurarios.
Así sucedió que el campesino francés, bajo la forma de intereses por las hipotecas que gravan la tierra, bajo la forma de intereses por los anticipos no hipotecarios de la usura, no solo cede al capitalista una renta del suelo, no solo la ganancia industrial, en una palabra, no solo todo el beneficio neto, sino incluso una parte del salario; que descendió, pues, al nivel del arrendatario irlandés, y todo ello con el pretexto de ser propietario privado.
Este proceso se aceleró en Francia por la carga fiscal cada vez mayor y por las costas judiciales, provocadas en parte directamente por las propias formalidades con que la legislación francesa rodea la propiedad de la tierra, en parte por los innumerables conflictos entre parcelas que lindan y se entrecruzan por todas partes, y en parte por la manía pleiteadora de los campesinos, cuyo disfrute de la propiedad se limita a hacer valer fanáticamente la propiedad imaginaria, el derecho de propiedad.
Según un cuadro estadístico de 1840, el producto bruto de la tierra francesa ascendía a 5.237.178.000 francos. De ellos hay que restar 3.552.000.000 de francos por gastos de cultivo, incluido el consumo de las personas que trabajan. Queda un producto neto de 1.685.178.000 francos, del que hay que deducir 550 millones por intereses hipotecarios, 100 millones por funcionarios judiciales, 350 millones por impuestos y 107 millones por derechos de registro, de timbre, de hipoteca, etc. Queda la tercera parte del producto neto, 538 millones; repartida por cabeza de población, ni siquiera 25 francos de producto neto. En este cálculo no figuran, naturalmente, ni la usura extrahipotecaria ni los gastos de abogados, etc.
Se comprende la situación de los campesinos franceses cuando la república añadió nuevas cargas a las antiguas. Se ve que su explotación solo se distingue por la forma de la explotación del proletariado industrial. El explotador es el mismo: el capital. Los capitalistas individuales explotan a los campesinos individuales mediante la hipoteca y la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina mediante el impuesto del Estado. El título de propiedad de los campesinos es el talismán con el que el capital tenía hasta ahora hechizado al campesino, el pretexto con el que lo azuzaba contra el proletariado industrial. Solo la caída del capital puede hacer subir al campesino; solo un gobierno anticapitalista, proletario, puede romper su miseria económica, su degradación social. La república constitucional es la dictadura de sus explotadores unidos; la socialdemócrata, la roja, es la dictadura de sus aliados. Y la balanza sube o baja según los votos que el campesino echa en la urna. Él mismo ha de decidir su destino. Así hablaban los socialistas en panfletos, en almanaques, en calendarios, en octavillas de toda clase. Este lenguaje se le hizo más comprensible por las réplicas del partido del orden, que por su parte se dirigía a él y que, con su burda exageración, con su modo brutal de concebir y presentar los propósitos y las ideas de los socialistas, dio con el verdadero tono campesino y le excitó aún más el apetito del fruto prohibido. Pero lo que habló con más claridad fueron las propias experiencias que la clase campesina había hecho con el uso del derecho de voto y los desengaños que, con prisa revolucionaria, se le venían encima uno tras otro. Las revoluciones son las locomotoras de la historia.
La transformación paulatina de los campesinos se manifestó en diversos síntomas. Se mostró ya en las elecciones a la Asamblea Legislativa; se mostró en el estado de sitio de los cinco departamentos que lindan con Lyon; se mostró, unos meses después del 13 de junio, en la elección por el departamento de la Gironda de un montañés en lugar del antiguo presidente de la Chambre introuvable;168 se mostró el 20 de diciembre de 1849 en la elección de un rojo en lugar de un diputado legitimista fallecido en el departamento del Gard, esa tierra prometida de los legitimistas, escenario de las más terribles infamias contra los republicanos en 1794 y 1795, sede central del terror blanco de 1815, en el que se asesinó públicamente a liberales y protestantes. Esta revolucionarización de la clase más inmóvil se manifiesta con la mayor evidencia tras el restablecimiento del impuesto sobre el vino. Las medidas de gobierno y las leyes de enero y febrero de 1850 se dirigen casi exclusivamente contra los departamentos y los campesinos. Prueba contundente de su avance.
La circular de Hautpoul, que nombraba al gendarme inquisidor del prefecto, del subprefecto y sobre todo del alcalde, y que organizaba el espionaje hasta en los rincones del más apartado municipio rural; la ley contra los maestros de escuela, que sometía a la arbitrariedad de los prefectos a los maestros, las eminencias, los portavoces, los educadores y los intérpretes de la clase campesina, y que los perseguía como a caza acosada de un municipio a otro, a ellos, los proletarios de la clase culta; el proyecto de ley contra los alcaldes, que suspendía sobre sus cabezas la espada de Damocles de la destitución y los enfrentaba a cada momento, a ellos, los presidentes de los municipios campesinos, con el presidente de la república y con el partido del orden; la ordenanza que convertía las 17 divisiones militares de Francia en cuatro bajalatos169 e imponía a los franceses el cuartel y el vivac como salón nacional; la ley de enseñanza, con la que el partido del orden proclamaba la inconsciencia y el embrutecimiento forzoso de Francia como condición de su existencia bajo el régimen del sufragio universal: ¿qué eran todas estas leyes y medidas? Intentos desesperados de reconquistar para el partido del orden los departamentos y los campesinos de los departamentos.
Consideradas como represión, eran medios lamentables que retorcían el cuello a su propio fin. Las grandes medidas, como el mantenimiento del impuesto sobre el vino y del impuesto de los 45 céntimos, el rechazo burlón de las peticiones campesinas de devolución del millardo,170 etc., todos estos rayos legislativos golpeaban a la clase campesina solo una vez, en bloque, desde la sede central; las leyes y medidas citadas hacían general el ataque y la resistencia, la comidilla de cada choza; inoculaban la revolución en cada aldea; localizaban y campesinizaban la revolución.
Por otra parte, ¿no prueban estas propuestas de Bonaparte y su aprobación por la Asamblea Nacional la unidad de los dos poderes de la república constitucional cuando se trata de reprimir la anarquía, es decir, a todas las clases que se rebelan contra la dictadura burguesa? ¿No había asegurado Soulouque,171 inmediatamente después de su brusco mensaje, a la Legislativa su devoción al orden con el mensaje de Carlier que siguió en el acto, de ese Carlier, caricatura sucia y vil de Fouché,172 como el propio Luis Bonaparte era la caricatura aplastada de Napoleón?
La ley de enseñanza nos muestra la alianza de los jóvenes católicos y los viejos volterianos. La dominación de los burgueses unidos, ¿podía ser otra cosa que el despotismo coaligado de la Restauración amiga de los jesuitas y de la monarquía de Julio que se las daba de librepensadora? Las armas que una fracción burguesa había repartido entre el pueblo contra la otra en su lucha recíproca por la supremacía, ¿no había que arrebatárselas de nuevo al pueblo desde que este se enfrentaba a su dictadura unida? Nada indignó tanto al tendero de París como esta coqueta exhibición de jesuitismo, ni siquiera el rechazo de los concordats à l'amiable.173
Entretanto continuaban las colisiones entre las distintas fracciones del partido del orden, así como entre la Asamblea Nacional y Bonaparte. A la Asamblea Nacional le gustó poco que Bonaparte, inmediatamente después de su golpe de Estado, de haberse procurado un ministerio bonapartista propio, convocara ante sí a los inválidos de la monarquía recién nombrados prefectos y les impusiera como condición de su cargo una agitación anticonstitucional en favor de su reelección como presidente; que Carlier celebrara su toma de posesión con la clausura de un club legitimista; que Bonaparte fundara un periódico propio, Le Napoléon, que revelaba al público los deseos secretos del presidente, mientras sus ministros tenían que negarlos en el escenario de la Legislativa; le gustó poco que mantuviera desafiante al ministerio pese a sus diversos votos de censura; poco, el intento de ganarse el favor de los suboficiales con un plus diario de cuatro sueldos y el favor del proletariado con un plagio de Los misterios de París de Eugène Sue,174 con un banco de préstamos de honor; poco, por último, la desvergüenza con que se hizo que los ministros propusieran la deportación a Argelia de los insurrectos de junio que quedaban, para cargar a la Legislativa con la impopularidad al por mayor, mientras el presidente se reservaba la popularidad al por menor mediante indultos individuales. Thiers dejó caer amenazadoras palabras sobre «golpes de Estado» y «golpes de cabeza»,175 y la Legislativa se vengó de Bonaparte rechazando todo proyecto de ley que presentaba en su propio provecho y examinando con ruidosa desconfianza todo el que proponía en interés común, por si al aumentar el poder ejecutivo pretendía beneficiar el poder personal de Bonaparte. En una palabra, se vengó con la conspiración del desprecio.
El partido legitimista, por su parte, veía con disgusto cómo los orleanistas, más capaces, volvían a apoderarse de casi todos los puestos y cómo crecía la centralización, mientras que él buscaba por principio su salvación en la descentralización. Y, en efecto, la contrarrevolución centralizaba por la fuerza, es decir, preparaba el mecanismo de la revolución. Centralizó incluso, mediante el curso forzoso de los billetes, el oro y la plata de Francia en el banco de París, y creó así el tesoro de guerra ya dispuesto de la revolución.
Los orleanistas, por último, veían con disgusto cómo se oponía a su principio bastardo el principio emergente de la legitimidad y cómo ellos mismos eran a cada momento postergados y maltratados por el cónyuge noble, como una mésalliance burguesa.
Poco a poco hemos visto a los campesinos, a los pequeños burgueses, a las capas medias en general, ponerse al lado del proletariado, empujados a un antagonismo abierto con la república oficial, tratados por ella como adversarios. Rebelión contra la dictadura burguesa, necesidad de un cambio de la sociedad, defensa de las instituciones democrático-republicanas como órganos de su movimiento, agrupación en torno al proletariado como la fuerza revolucionaria decisiva: estos son los rasgos comunes del llamado partido de la socialdemocracia, del partido de la república roja. Este partido de la anarquía, como lo bautizan sus adversarios, no es menos que el partido del orden una coalición de intereses diversos. Desde la más pequeña reforma del viejo desorden social hasta la subversión del viejo orden social, desde el liberalismo burgués hasta el terrorismo revolucionario: así de separados están los extremos que forman el punto de partida y el punto de llegada del partido de la «anarquía».
¡Abolición de los aranceles protectores: socialismo!, porque ataca el monopolio de la fracción industrial del partido del orden. ¡Saneamiento de la hacienda pública: socialismo!, porque ataca el monopolio de la fracción financiera del partido del orden. ¡Libre entrada de carne y de cereales extranjeros: socialismo!, porque ataca el monopolio de la tercera fracción del partido del orden, la de la gran propiedad territorial. Las reivindicaciones del partido librecambista, es decir, del partido burgués inglés más avanzado, aparecen en Francia como otras tantas reivindicaciones socialistas. ¡Volterianismo: socialismo!, porque ataca a una cuarta fracción del partido del orden, la católica. ¡Libertad de prensa, derecho de asociación, instrucción pública general: socialismo, socialismo! Atacan el monopolio de conjunto del partido del orden.
Tan deprisa había hecho madurar la marcha de la revolución las circunstancias que los partidarios de reformas de todos los matices, que las reivindicaciones más modestas de las clases medias, se veían obligados a agruparse en torno a la bandera del partido más extremo de la subversión, en torno a la bandera roja.
Sin embargo, por diverso que fuera el socialismo de los distintos grandes miembros del partido de la anarquía, según las condiciones económicas y las necesidades revolucionarias de conjunto que de ellas se derivaban para su clase o fracción de clase, en un punto coincide: en proclamarse medio de la emancipación del proletariado y en proclamar la emancipación de este como su fin. Engaño deliberado de unos, autoengaño de otros, que hacen pasar el mundo transformado según sus necesidades por el mejor de los mundos para todos, por la realización de todas las reivindicaciones revolucionarias y la supresión de todas las colisiones revolucionarias.
Bajo las frases socialistas generales, bastante uniformes, del «partido de la anarquía» se esconde el socialismo de Le National, de La Presse y de Le Siècle, que quiere, con más o menos coherencia, derribar la dominación de la aristocracia financiera y liberar la industria y el comercio de sus trabas anteriores. Es el socialismo de la industria, del comercio y de la agricultura, cuyos regentes en el partido del orden reniegan de estos intereses en la medida en que ya no coinciden con sus monopolios privados. De este socialismo burgués, que, como todas las variedades del socialismo, atrae naturalmente a una parte de los obreros y de los pequeños burgueses, se distingue el socialismo propiamente dicho, el socialismo pequeñoburgués, el socialismo por excelencia. El capital acosa a esta clase sobre todo como acreedor: ella exige instituciones de crédito; la aplasta con la competencia: ella exige asociaciones apoyadas por el Estado; la avasalla con la concentración: ella exige impuestos progresivos, limitaciones de la herencia, que el Estado asuma las grandes obras y otras medidas que frenen por la fuerza el crecimiento del capital. Como sueña con la realización pacífica de su socialismo (salvo, quizá, una segunda revolución de febrero de pocos días), el proceso histórico venidero se le aparece naturalmente como la aplicación de sistemas que los pensadores de la sociedad, ya sea en compañía, ya como inventores individuales, idean o han ideado. Así se convierten en eclécticos o adeptos de los sistemas socialistas existentes, del socialismo doctrinario, que solo fue la expresión teórica del proletariado mientras este no se había desarrollado aún hasta llegar a su libre movimiento histórico propio.
Mientras la utopía, el socialismo doctrinario, que subordina el movimiento de conjunto a uno de sus momentos, que pone en lugar de la producción común, social, la actividad cerebral de un pedante individual y que, sobre todo, elimina con la fantasía la lucha revolucionaria de las clases y sus necesidades mediante pequeños artificios o grandes sentimentalismos; mientras este socialismo doctrinario, que en el fondo no hace más que idealizar la sociedad actual, toma de ella una imagen sin sombras y quiere imponer su ideal frente a la realidad de esa sociedad; mientras este socialismo es cedido por el proletariado a la pequeña burguesía; mientras la lucha de los distintos jefes socialistas entre sí pone de manifiesto que cada uno de los llamados sistemas se aferra con pretensiones a uno de los puntos de tránsito de la transformación social frente a los demás, el proletariado se agrupa cada vez más en torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo, para el que la propia burguesía ha inventado el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto de transición necesario para la abolición de las diferencias de clase en general, para la abolición de todas las relaciones de producción en que estas descansan, para la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la transformación de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales.
El espacio de esta exposición no permite desarrollar más este tema.
Lo hemos visto: así como en el partido del orden la aristocracia financiera se puso necesariamente a la cabeza, en el partido de la «anarquía» se puso el proletariado. Mientras las distintas clases unidas en una liga revolucionaria se agrupaban en torno al proletariado, mientras los departamentos se volvían cada vez menos seguros y la propia Asamblea Legislativa se mostraba cada vez más hosca ante las pretensiones del Soulouque francés, se acercaban las elecciones complementarias, largo tiempo aplazadas y demoradas, para cubrir los puestos de los montañeses proscritos del 13 de junio.
El gobierno, despreciado por sus enemigos, maltratado y humillado a diario por sus supuestos amigos, no veía más que un medio para salir de aquella situación odiosa e insostenible: el motín. Un motín en París habría permitido declarar el estado de sitio en París y en los departamentos y dirigir así las elecciones. Por otra parte, los amigos del orden se habrían visto obligados a hacer concesiones a un gobierno que hubiera conquistado la victoria sobre la anarquía, si no querían aparecer ellos mismos como anarquistas.
El gobierno puso manos a la obra. A principios de febrero de 1850, provocaciones al pueblo talando los árboles de la libertad.176 En vano. Si los árboles de la libertad perdieron su sitio, el gobierno perdió la cabeza y retrocedió asustado ante su propia provocación. La Asamblea Nacional, por su parte, acogió con glacial desconfianza este torpe intento de emancipación de Bonaparte. No tuvo más éxito la retirada de las coronas de siemprevivas de la columna de Julio.177 Dio ocasión a una parte del ejército para manifestaciones revolucionarias y a la Asamblea Nacional para un voto de censura más o menos encubierto contra el ministerio. En vano las amenazas de la prensa gubernamental con la abolición del sufragio universal, con la invasión de los cosacos. En vano la invitación directa de d'Hautpoul a la izquierda, en plena Legislativa, a echarse a la calle, y su declaración de que el gobierno estaba dispuesto a recibirla. Hautpoul no recibió más que una llamada al orden del presidente, y el partido del orden, con callada alegría por el mal ajeno, dejó que un diputado de la izquierda se burlara de las ansias usurpadoras de Bonaparte. En vano, por último, la profecía de una revolución para el 24 de febrero. El gobierno consiguió que el pueblo hiciera caso omiso del 24 de febrero.
El proletariado no se dejó provocar a ningún motín porque estaba a punto de hacer una revolución.
Sin dejarse estorbar por las provocaciones del gobierno, que no hacían más que aumentar la irritación general contra el estado de cosas existente, el comité electoral, enteramente bajo la influencia de los obreros, presentó tres candidatos por París: De Flotte, Vidal y Carnot. De Flotte era un deportado de junio, amnistiado por uno de los caprichos de popularidad de Bonaparte; era amigo de Blanqui y había participado en el atentado del 15 de mayo. Vidal, conocido como escritor comunista por su libro De la distribución de la riqueza, había sido secretario de Louis Blanc en la Comisión del Luxemburgo; Carnot, hijo del convencional que había organizado la victoria, el miembro menos comprometido del partido de Le National, ministro de Instrucción Pública en el Gobierno provisional y en la Comisión Ejecutiva, era, por su proyecto de ley democrático sobre la instrucción popular, una protesta viva contra la ley de enseñanza de los jesuitas.178 Estos tres candidatos representaban a las tres clases aliadas: a la cabeza, el insurrecto de junio, representante del proletariado revolucionario; a su lado, el socialista doctrinario, representante de la pequeña burguesía socialista; y el tercero, por último, representante del partido burgués republicano, cuyas fórmulas democráticas habían adquirido un sentido socialista frente al partido del orden y hacía tiempo que habían perdido su sentido propio. Era una coalición general contra la burguesía y el gobierno, como en febrero. Pero esta vez el proletariado era la cabeza de la liga revolucionaria.
A pesar de todos los esfuerzos, vencieron los candidatos socialistas. El propio ejército votó por el insurrecto de junio contra su propio ministro de la Guerra, La Hitte.179 El partido del orden se quedó como fulminado. Las elecciones de los departamentos no lo consolaron: dieron una mayoría de montañeses.
¡La elección del 10 de marzo de 1850! Era la revocación de junio de 1848: los verdugos y deportadores de los insurrectos de junio volvían a la Asamblea Nacional, pero encorvados, en el séquito de los deportados y con los principios de estos en los labios. Era la revocación del 13 de junio de 1849: la Montaña proscrita por la Asamblea Nacional volvía a la Asamblea Nacional, pero como trompeteros de avanzada de la revolución, ya no como sus comandantes. Era la revocación del 10 de diciembre: Napoleón había fracasado con su ministro La Hitte. La historia parlamentaria de Francia solo conoce un caso análogo: la derrota de D'Haussez, ministro de Carlos X, en 1830.180 La elección del 10 de marzo de 1850 era, en fin, la anulación de la elección del 13 de mayo, que había dado la mayoría al partido del orden. La elección del 10 de marzo protestaba contra la mayoría del 13 de mayo. El 10 de marzo era una revolución. Detrás de las papeletas están los adoquines.
«El voto del 10 de marzo es la guerra», exclamó Ségur d'Aguesseau, uno de los miembros más avanzados del partido del orden.
Con el 10 de marzo de 1850, la república constitucional entra en una nueva fase, en la fase de su disolución. Las diversas fracciones de la mayoría vuelven a estar unidas entre sí y con Bonaparte; vuelven a ser los salvadores del orden, y él de nuevo su hombre neutral. Si recuerdan que son realistas, ya solo es por desesperar de la posibilidad de la república burguesa; si él recuerda que es pretendiente, ya solo es porque desespera de seguir siendo presidente.
A la elección de De Flotte, el insurrecto de junio, responde Bonaparte, a la voz de mando del partido del orden, con el nombramiento de Baroche como ministro del Interior, Baroche, el acusador de Blanqui y Barbès, de Ledru-Rollin y Guinard.181 A la elección de Carnot responde la Legislativa con la aprobación de la ley de enseñanza; a la de Vidal, con la supresión de la prensa socialista. Con el toque de trompeta de su prensa intenta el partido del orden ahuyentar su propio miedo. «La espada es sagrada», grita uno de sus órganos; «los defensores del orden deben tomar la ofensiva contra el partido rojo», otro; «entre el socialismo y la sociedad hay un duelo a muerte, una guerra sin tregua ni piedad; en este duelo desesperado, uno de los dos tiene que perecer; si la sociedad no aniquila al socialismo, el socialismo aniquilará a la sociedad», cacarea un tercer gallo del orden. ¡Levantad las barricadas del orden, las barricadas de la religión, las barricadas de la familia! ¡Hay que acabar con los 127.000 electores de París! ¡Una noche de San Bartolomé de los socialistas!182 Y el partido del orden cree por un momento en su propia certeza de la victoria.
Con el mayor fanatismo se desatan sus órganos contra los «tenderos de París». ¡El insurrecto de junio de París elegido representante por los tenderos de París! Es decir, un segundo junio de 1848 es imposible; es decir, un segundo 13 de junio de 1849 es imposible; es decir, la influencia moral del capital está rota; es decir, la asamblea burguesa ya no representa más que a la burguesía; es decir, la gran propiedad está perdida, porque su vasalla, la pequeña, busca su salvación en el campo de los desposeídos.
El partido del orden vuelve, naturalmente, a su inevitable lugar común. «¡Más represión!», grita, «¡represión decuplicada!»; pero su fuerza de represión ha disminuido diez veces, mientras que la resistencia se ha centuplicado. El instrumento principal de la represión, el ejército, ¿no hay que reprimirlo a él mismo? Y el partido del orden pronuncia su última palabra: «Hay que romper el anillo de hierro de una legalidad asfixiante. La república constitucional es imposible. Tenemos que luchar con nuestras verdaderas armas; desde febrero de 1848 hemos combatido a la revolución con sus armas y en su terreno, hemos aceptado sus instituciones; ¡la Constitución es una fortaleza que solo protege a los sitiadores, no a los sitiados! Al introducirnos en la sagrada Ilión dentro del vientre del caballo de Troya, a diferencia de nuestros antepasados, los Grecs,183 no hemos conquistado la ciudad enemiga, sino que nos hemos hecho prisioneros a nosotros mismos».
Pero el fundamento de la Constitución es el sufragio universal. La aniquilación del sufragio universal: esa es la última palabra del partido del orden, de la dictadura burguesa.
El sufragio universal les dio la razón el 4 de mayo de 1848, el 20 de diciembre de 1848, el 13 de mayo de 1849 y el 8 de julio de 1849. El sufragio universal se quitó la razón a sí mismo el 10 de marzo de 1850. La dominación burguesa como emanación y resultado del sufragio universal, como acto expreso de la voluntad soberana del pueblo: ese es el sentido de la Constitución burguesa. Pero desde el momento en que el contenido de ese derecho de voto, de esa voluntad soberana, ya no es la dominación burguesa, ¿tiene todavía sentido la Constitución? ¿No es deber de la burguesía regular el derecho de voto de manera que quiera lo razonable, su dominación? El sufragio universal, al abolir constantemente el poder del Estado existente y crearlo de nuevo a partir de sí mismo, ¿no suprime toda estabilidad, no pone en cuestión a cada momento todos los poderes existentes, no aniquila la autoridad, no amenaza con elevar a la anarquía misma a la condición de autoridad? Después del 10 de marzo de 1850, ¿quién podía dudarlo aún?
La burguesía, al rechazar el sufragio universal, con el que hasta entonces se había revestido y del que extraía su omnipotencia, confiesa sin disimulo: «Nuestra dictadura ha existido hasta ahora por la voluntad del pueblo; ahora hay que consolidarla contra la voluntad del pueblo». Y, consecuentemente, ya no busca sus apoyos en Francia, sino fuera, en el extranjero, en la invasión.
Con la invasión, ella, una segunda Coblenza184 que ha establecido su sede en la propia Francia, despierta contra sí todas las pasiones nacionales. Con el ataque al sufragio universal da a la nueva revolución un pretexto general, y la revolución necesita un pretexto así. Todo pretexto particular separaría a las fracciones de la liga revolucionaria y haría resaltar sus diferencias. El pretexto general aturde a las clases semirrevolucionarias, les permite engañarse a sí mismas sobre el carácter determinado de la revolución venidera, sobre las consecuencias de su propio acto. Toda revolución necesita una cuestión de los banquetes.185 El sufragio universal es la cuestión de los banquetes de la nueva revolución.
Pero las fracciones burguesas coaligadas ya están condenadas desde el momento en que huyen de la única forma posible de su poder unido, de la forma más poderosa y más completa de su dominación de clase, la república constitucional, para refugiarse en la forma subordinada, incompleta y más débil de la monarquía. Se parecen a aquel anciano que, para recobrar su vigor juvenil, sacó sus galas de niño e intentó embutir en ellas sus miembros marchitos. Su república solo tenía un mérito: el de ser el invernadero de la revolución.
El 10 de marzo de 1850 lleva la inscripción:
Après moi le déluge, ¡después de mí, el diluvio!186
IV. La abolición del sufragio universal en 1850
(La continuación de los tres capítulos anteriores se encuentra en la «Revista» del último número publicado, el quinto y sexto número doble, de la Neue Rheinische Zeitung. Después de describir allí la gran crisis comercial que estalló en Inglaterra en 1847 y de explicar por sus repercusiones en el continente europeo cómo las complicaciones políticas de este se agudizaron hasta desembocar en las revoluciones de febrero y marzo de 1848, se expone cómo la prosperidad del comercio y de la industria, que volvió a presentarse en el curso de 1848 y creció todavía más en 1849, paralizó el impulso revolucionario e hizo posibles las victorias simultáneas de la reacción. Sobre Francia en particular se dice a continuación:)187
Los mismos síntomas se manifestaron en Francia desde 1849, y sobre todo desde comienzos de 1850. Las industrias de París trabajan a pleno rendimiento, y también las fábricas de algodón de Ruán y de Mulhouse marchan bastante bien, aunque aquí, como en Inglaterra, los altos precios de la materia prima han ejercido una influencia desfavorable. El desarrollo de la prosperidad en Francia se vio favorecido además, en especial, por la amplia reforma arancelaria de España y por la rebaja de los aranceles sobre diversos artículos de lujo en México; la exportación de mercancías francesas a ambos mercados ha aumentado considerablemente. El aumento de los capitales llevó en Francia a una serie de especulaciones, a las que sirvió de pretexto la explotación en gran escala de las minas de oro de California. Surgió una multitud de sociedades cuyas acciones de bajo importe y cuyos prospectos de tinte socialista apelan directamente al bolsillo de los pequeños burgueses y de los obreros, pero que, todas sin excepción, se reducen a esa pura estafa que solo es propia de los franceses y de los chinos. Una de estas sociedades goza incluso de la protección directa del gobierno. Los derechos de importación en Francia ascendieron, en los nueve primeros meses, a 63 millones de francos en 1848, a 95 millones en 1849 y a 93 millones en 1850. Por lo demás, en el mes de septiembre de 1850 volvieron a subir en más de un millón respecto al mismo mes de 1849. También la exportación aumentó en 1849, y todavía más en 1850. La prueba más contundente de la prosperidad restablecida es la reanudación de los pagos en metálico del Banco mediante la ley del 6 de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848 se había autorizado al Banco a suspender sus pagos en metálico. Su circulación de billetes, incluidos los bancos de provincias, ascendía entonces a 373 millones de francos (14.920.000 libras esterlinas). El 2 de noviembre de 1849 esta circulación ascendía a 482 millones de francos, o 19.280.000 libras, un aumento de 4.360.000 libras, y el 2 de septiembre de 1850, a 496 millones de francos, o 19.840.000 libras, un aumento de unos 5 millones de libras. Con ello no se produjo ninguna depreciación de los billetes; al contrario, el aumento de la circulación de billetes fue acompañado de una acumulación cada vez mayor de oro y plata en los sótanos del Banco, de modo que en el verano de 1850 la reserva metálica ascendía a unos 14 millones de libras, una suma inaudita en Francia. Que el Banco se viera así en condiciones de aumentar su circulación, y con ella su capital activo, en 123 millones de francos, o 5 millones de libras, demuestra de manera contundente cuánta razón teníamos cuando afirmamos en un número anterior que la revolución no solo no había derribado a la aristocracia financiera, sino que incluso la había fortalecido. Este resultado se hace todavía más evidente con el siguiente resumen de la legislación bancaria francesa de los últimos años. El 10 de junio de 1847 se autorizó al Banco a emitir billetes de 200 francos; hasta entonces el billete más pequeño era de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo de 1848 declaró los billetes del Banco de Francia moneda de curso legal y dispensó al Banco de la obligación de cambiarlos por metálico. Su emisión de billetes se limitó a 350 millones de francos. Al mismo tiempo se le autorizó a emitir billetes de 100 francos. Un decreto del 27 de abril dispuso la fusión de los bancos departamentales con el Banco de Francia; otro decreto, del 2 de mayo de 1848, elevó su emisión de billetes a 452 millones de francos. Un decreto del 22 de diciembre de 1849 elevó el máximo de la emisión de billetes a 525 millones de francos. Por último, la ley del 6 de agosto de 1850 restableció la convertibilidad de los billetes en dinero. Estos hechos, el aumento continuo de la circulación, la concentración de todo el crédito francés en manos del Banco y la acumulación de todo el oro y la plata de Francia en sus cámaras acorazadas, llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que el Banco debía ahora mudar su vieja piel de serpiente y metamorfosearse en un banco del pueblo proudhoniano.188 No le hacía falta siquiera conocer la historia de la restricción bancaria inglesa de 1797-1819;189 le bastaba con dirigir la mirada al otro lado del canal para ver que este hecho, para él inaudito en la historia de la sociedad burguesa, no era más que un acontecimiento burgués perfectamente normal, que ahora se producía en Francia por primera vez. Se ve que los presuntos teóricos revolucionarios que, después del Gobierno provisional, llevaban la voz cantante en París ignoraban la naturaleza y los resultados de las medidas adoptadas tanto como los propios señores del Gobierno provisional.
A pesar de la prosperidad industrial y comercial de que disfruta Francia en este momento, la masa de la población, los 25 millones de campesinos, sufre una gran depresión. Las buenas cosechas de los últimos años han hecho bajar los precios del grano en Francia mucho más todavía que en Inglaterra, y la situación de unos campesinos endeudados, desangrados por la usura y agobiados por los impuestos no puede ser, en estas condiciones, nada brillante. Sin embargo, la historia de los tres últimos años ha demostrado de sobra que esta clase de la población es absolutamente incapaz de toda iniciativa revolucionaria.
Así como el periodo de crisis llega al continente más tarde que a Inglaterra, también llega más tarde el de prosperidad. Es en Inglaterra donde se produce siempre el proceso originario; Inglaterra es el demiurgo del cosmos burgués. En el continente, las distintas fases del ciclo que la sociedad burguesa recorre una y otra vez se presentan en forma secundaria y terciaria. En primer lugar, el continente exportaba a Inglaterra desproporcionadamente más que a cualquier otro país. Pero esta exportación a Inglaterra depende a su vez de la situación de Inglaterra, sobre todo respecto al mercado de ultramar. Además, Inglaterra exporta a los países de ultramar desproporcionadamente más que todo el continente junto, de modo que el volumen de la exportación continental a esos países depende siempre de la exportación inglesa a ultramar en cada momento. Por eso, aunque las crisis produzcan revoluciones primero en el continente, su causa se encuentra siempre en Inglaterra. Es natural que en las extremidades del cuerpo burgués se produzcan estallidos violentos antes que en su corazón, porque en este la posibilidad de compensación es mayor que en aquellas. Por otra parte, el grado en que las revoluciones continentales repercuten en Inglaterra es al mismo tiempo el termómetro que indica hasta qué punto esas revoluciones ponen realmente en cuestión las condiciones de vida burguesas, o hasta qué punto afectan solo a sus formaciones políticas.
Con esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la exuberancia que permiten las relaciones burguesas, no puede hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución solo es posible en los periodos en que estos dos factores, las fuerzas productivas modernas y las formas burguesas de producción, entran en contradicción entre sí. Las distintas riñas en que se enzarzan ahora los representantes de las diversas fracciones del partido del orden continental, y con las que se comprometen unos a otros, lejos de dar ocasión a nuevas revoluciones, solo son posibles, por el contrario, porque la base de las relaciones es de momento tan segura y, cosa que la reacción no sabe, tan burguesa. En ella se estrellarán todos los intentos de la reacción por frenar el desarrollo burgués, igual que toda la indignación moral y todas las entusiastas proclamas de los demócratas. Una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como esta.
Pasemos ahora a Francia.
La victoria que el pueblo, unido a los pequeños burgueses, había conseguido en las elecciones del 10 de marzo la anuló él mismo al provocar la nueva elección del 28 de abril. Vidal había sido elegido, además de en París, en el Bajo Rin. El comité de París, en el que la Montaña y la pequeña burguesía estaban fuertemente representadas, le indujo a aceptar el acta del Bajo Rin. La victoria del 10 de marzo dejó de ser decisiva; el plazo de la decisión volvió a aplazarse, la tensión del pueblo se aflojó y se le acostumbró a los triunfos legales en vez de a los revolucionarios. El sentido revolucionario del 10 de marzo, la rehabilitación de la insurrección de junio, quedó por fin completamente aniquilado con la candidatura de Eugène Sue,190 el fantasioso social y sentimental de la pequeña burguesía, que el proletariado podía aceptar a lo sumo como una broma para dar gusto a las modistillas. Frente a esta candidatura bienintencionada, el partido del orden, envalentonado por la política vacilante de sus adversarios, presentó un candidato que debía representar la victoria de junio. Este cómico candidato fue el espartano padre de familia Leclerc,191 a quien, sin embargo, la prensa arrancó pieza a pieza la heroica armadura y que sufrió además en la elección una brillante derrota. La nueva victoria electoral del 28 de abril envalentonó a la Montaña y a la pequeña burguesía. Se regocijaban ya con la idea de poder alcanzar la meta de sus deseos por la vía puramente legal y sin empujar de nuevo al proletariado a primer plano mediante una nueva revolución; contaban firmemente con llevar, en las nuevas elecciones de 1852, por medio del sufragio universal, al señor Ledru-Rollin al sillón presidencial y una mayoría de montañeses a la Asamblea. El partido del orden, plenamente seguro, por la repetición de la elección, por la candidatura de Sue y por el estado de ánimo de la Montaña y de la pequeña burguesía, de que estas estaban decididas a permanecer tranquilas en cualquier circunstancia, respondió a las dos victorias electorales con la ley electoral que abolía el sufragio universal.
El gobierno se guardó muy bien de presentar este proyecto de ley bajo su propia responsabilidad. Hizo a la mayoría una concesión aparente al encargar su elaboración a los grandes dignatarios de esa mayoría, los diecisiete burgraves.192 No fue, pues, el gobierno quien propuso a la Asamblea la abolición del sufragio universal: fue la mayoría de la Asamblea la que se la propuso a sí misma.
El 8 de mayo se presentó el proyecto en la Cámara. Toda la prensa socialdemócrata se alzó como un solo hombre para predicar al pueblo una actitud digna, calme majestueux,193 pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo de esos periódicos era una confesión de que una revolución tenía que aniquilar ante todo a la llamada prensa revolucionaria y de que, por tanto, se trataba ahora de su propia conservación. La presunta prensa revolucionaria revelaba todo su secreto. Firmaba su propia sentencia de muerte.
El 21 de mayo la Montaña puso a debate la cuestión previa y propuso rechazar todo el proyecto porque violaba la Constitución. El partido del orden respondió que se violaría la Constitución si fuera necesario, pero que de momento no hacía falta, porque la Constitución admitía cualquier interpretación y la mayoría era la única competente para decidir cuál era la interpretación correcta. A los ataques desenfrenados y feroces de Thiers y de Montalembert la Montaña opuso un humanismo decente y culto. Invocaba el terreno del derecho; el partido del orden la remitió al terreno en el que crece el derecho, a la propiedad burguesa. La Montaña gimoteaba: ¿es que se quería a toda costa provocar revoluciones? El partido del orden replicó: se las esperaría.
El 22 de mayo la cuestión previa quedó despachada por 462 votos contra 227. Los mismos hombres que habían demostrado con tan solemne minuciosidad que la Asamblea Nacional y cada diputado en particular abdicaban si abdicaban al pueblo, su mandante, se quedaron en sus escaños, pretendieron de pronto que en su lugar actuara el país, y además mediante peticiones, y seguían allí sentados, impasibles, cuando el 31 de mayo la ley se aprobó brillantemente. Intentaron vengarse con una protesta en la que hacían constar en acta su inocencia en la violación de la Constitución, una protesta que ni siquiera presentaron abiertamente, sino que deslizaron a escondidas en el bolsillo del presidente.
Un ejército de 150.000 hombres en París, el largo aplazamiento de la decisión, las llamadas a la calma de la prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los representantes recién elegidos, la majestuosa tranquilidad de los pequeños burgueses y, sobre todo, la prosperidad comercial e industrial impidieron todo intento revolucionario por parte del proletariado.
El sufragio universal había cumplido su misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela de desarrollo, que es lo único para lo que puede servir el sufragio universal en una época revolucionaria. Tenía que ser eliminado, por una revolución o por la reacción.
Un despliegue de energía todavía mayor lo hizo la Montaña en una ocasión que se presentó poco después. El ministro de la Guerra, d'Hautpoul,194 había llamado desde la tribuna a la revolución de febrero una catástrofe funesta. A los oradores de la Montaña, que, como siempre, se distinguieron por su alboroto de indignación moral, el presidente Dupin no les concedió la palabra. Girardin propuso a la Montaña retirarse en el acto en bloque. Resultado: la Montaña se quedó sentada, pero a Girardin lo expulsaron de su seno por indigno.
La ley electoral necesitaba todavía un complemento: una nueva ley de prensa. No se hizo esperar mucho. Un proyecto del gobierno, endurecido de muchas maneras por enmiendas del partido del orden, elevó las fianzas, impuso un timbre especial a las novelas de folletín (respuesta a la elección de Eugène Sue), gravó con un impuesto todas las publicaciones que aparecían en entregas semanales o mensuales hasta un determinado número de pliegos y dispuso, por último, que todo artículo de periódico debía llevar la firma de su autor. Las disposiciones sobre la fianza mataron a la llamada prensa revolucionaria; el pueblo vio en su desaparición una satisfacción por la abolición del sufragio universal. Sin embargo, ni la tendencia ni el efecto de la nueva ley se limitaban a esta parte de la prensa. Mientras la prensa periódica era anónima, aparecía como el órgano de la opinión pública, sin número y sin nombre; era el tercer poder del Estado. Con la firma de cada artículo, un periódico se convertía en una mera colección de contribuciones literarias de individuos más o menos conocidos. Cada artículo descendía al nivel de un anuncio. Hasta entonces los periódicos habían circulado como el papel moneda de la opinión pública; ahora se disolvían en pagarés más o menos malos, cuyo valor y cuya circulación dependían del crédito no solo del librador, sino también del endosante. La prensa del partido del orden había incitado tanto a la abolición del sufragio universal como a las medidas más extremas contra la mala prensa. Pero la buena prensa misma, con su inquietante anonimato, resultaba molesta al partido del orden, y más todavía a cada uno de sus representantes de provincias. El partido del orden ya solo quería tener frente a sí al escritor a sueldo, con su nombre, su domicilio y sus señas personales. En vano se lamentó la buena prensa de la ingratitud con que se recompensaban sus servicios. La ley se aprobó, y la obligación de dar el nombre la alcanzó sobre todo a ella. Los nombres de los periodistas republicanos eran bastante conocidos; pero las respetables firmas del Journal des Débats, de L'Assemblée Nationale, del Constitutionnel, etc., etc., hicieron un papel lamentable con su sabiduría política tan solemnemente proclamada cuando la misteriosa compañía se descompuso de golpe en venales penny-a-liners195 con larga práctica, que por dinero contante habían defendido todas las causas posibles, como Granier de Cassagnac,196 o en viejos trapos que se llamaban a sí mismos hombres de Estado, como Capefigue,197 o en cascanueces coquetos, como el señor Lemoinne,198 del Débats.
En el debate sobre la ley de prensa, la Montaña había caído ya en tal grado de degradación moral que tuvo que limitarse a aplaudir las brillantes tiradas de una vieja notabilidad de la época de Luis Felipe, el señor Victor Hugo.
Con la ley electoral y la ley de prensa, el partido revolucionario y demócrata abandona el escenario oficial. Antes de marcharse a casa, poco después de clausurarse la sesión, las dos fracciones de la Montaña, los demócratas socialistas y los socialistas demócratas, publicaron dos manifiestos, dos testimonia paupertatis,199 en los que demostraban que, aunque la fuerza y el éxito nunca hubieran estado de su parte, ellos sí habían estado siempre de parte del derecho eterno y de todas las demás verdades eternas.
Veamos ahora el partido del orden. La Neue Rheinische Zeitung decía en el número 3, página 16:200 «Frente a las ansias de restauración de los orleanistas y los legitimistas unidos, Bonaparte defiende el título de su poder efectivo, la república; frente a las ansias de restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende el título de su dominación común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, defienden el statu quo, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene in petto su propio rey y su propia restauración, hacen valer recíprocamente, frente a las ansias de usurpación y de encumbramiento de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma en que las pretensiones particulares quedan neutralizadas y en reserva: la república… Y Thiers decía más verdad de lo que sospechaba cuando afirmaba: “Nosotros, los realistas, somos los verdaderos pilares de la república constitucional”».
Esta comedia de los républicains malgré eux,201 la repugnancia por el statu quo y su constante consolidación; los incesantes roces entre Bonaparte y la Asamblea Nacional; la amenaza, siempre renovada, del partido del orden de descomponerse en sus distintos elementos, y la unión, siempre repetida, de sus fracciones; el intento de cada fracción de convertir cada victoria sobre el enemigo común en una derrota de sus aliados del momento; los celos mutuos, los rencores, las intrigas, el incansable desenvainar de espadas que termina siempre con un nuevo baiser Lamourette:202 toda esta enojosa comedia de enredos nunca se desarrolló de manera tan clásica como en los últimos seis meses.
El partido del orden consideró la ley electoral al mismo tiempo como una victoria sobre Bonaparte. ¿No había abdicado el gobierno al dejar en manos de la comisión de los Diecisiete la redacción y la responsabilidad de su propio proyecto? ¿Y no descansaba la fuerza principal de Bonaparte frente a la Asamblea en que era el elegido de seis millones? Bonaparte, por su parte, trató la ley electoral como una concesión a la Asamblea, con la que había comprado la armonía del poder legislativo con el ejecutivo. Como recompensa, el vulgar aventurero exigió un aumento de tres millones en su lista civil. ¿Podía la Asamblea Nacional entrar en conflicto con el ejecutivo en un momento en que había proscrito a la gran mayoría de los franceses? Montó en cólera, pareció dispuesta a llevar las cosas al extremo, su comisión rechazó la propuesta, la prensa bonapartista amenazó y señaló al pueblo desheredado, despojado de su derecho de voto, hubo una multitud de ruidosos intentos de transacción, y la Asamblea acabó cediendo en el fondo, pero vengándose a la vez en el principio. En lugar del aumento anual, por principio, de la lista civil en tres millones, le concedió una ayuda de 2.160.000 francos. No contenta con esto, solo hizo esta concesión después de que la apoyara Changarnier, el general del partido del orden y el protector impuesto a Bonaparte. Así pues, en realidad no concedió los dos millones a Bonaparte, sino a Changarnier.
Este regalo, arrojado de mauvaise grâce,203 Bonaparte lo acogió exactamente con el espíritu con que se lo hacían. La prensa bonapartista volvió a tronar contra la Asamblea Nacional. Cuando después, en el debate sobre la ley de prensa, se presentó la enmienda sobre la firma de los artículos, que iba dirigida a su vez especialmente contra los periódicos subalternos, los representantes de los intereses privados de Bonaparte, el principal periódico bonapartista, Le Pouvoir,204 publicó un ataque abierto y violento contra la Asamblea Nacional. Los ministros tuvieron que desautorizar el periódico ante la Asamblea; el gerente del Pouvoir fue citado ante la Asamblea Nacional y condenado a la multa más alta, 5.000 francos. Al día siguiente el Pouvoir publicó un artículo todavía mucho más insolente contra la Asamblea y, como desquite del gobierno, la fiscalía persiguió en el acto a varios periódicos legitimistas por violación de la Constitución.
Por fin se llegó a la cuestión del aplazamiento de la Cámara. Bonaparte lo deseaba para poder operar sin trabas por parte de la Asamblea. El partido del orden lo deseaba, en parte para llevar adelante sus intrigas de fracción, en parte para atender los intereses privados de cada diputado. Ambos lo necesitaban para consolidar y extender en las provincias las victorias de la reacción. Así pues, la Asamblea suspendió sus sesiones del 11 de agosto al 11 de noviembre. Pero como Bonaparte no ocultaba en absoluto que solo le importaba librarse de la molesta vigilancia de la Asamblea Nacional, la Asamblea imprimió al propio voto de confianza el sello de la desconfianza hacia el presidente. De la comisión permanente de 28 miembros que se quedaron durante las vacaciones como guardianes de la virtud de la república se mantuvo apartados a todos los bonapartistas. En su lugar se eligió incluso a algunos republicanos del Siècle y del National, para demostrar al presidente el apego de la mayoría a la república constitucional.
Poco antes y, sobre todo, inmediatamente después del aplazamiento de la Cámara, las dos grandes fracciones del partido del orden, los orleanistas y los legitimistas, parecieron querer reconciliarse, y precisamente mediante una fusión de las dos casas reales bajo cuyas banderas combaten. Los periódicos estaban llenos de propuestas de reconciliación que, al parecer, se habían discutido junto al lecho de enfermo de Luis Felipe en St. Leonards, cuando la muerte de Luis Felipe simplificó de pronto la situación.205 Luis Felipe era el usurpador; Enrique V, el despojado; el conde de París, en cambio, dado que Enrique V no tenía hijos, su legítimo heredero al trono. Ahora desaparecía todo pretexto contra la fusión de los dos intereses dinásticos. Pero justamente entonces descubrieron las dos fracciones de la burguesía que lo que las separaba no era el fervor por una determinada casa real, sino que eran más bien sus intereses de clase separados los que mantenían apartadas a las dos dinastías. Los legitimistas, que habían peregrinado a la corte de Enrique V en Wiesbaden, igual que sus competidores a St. Leonards, recibieron allí la noticia de la muerte de Luis Felipe. Formaron en el acto un ministerio in partibus infidelium,206 compuesto en su mayoría por miembros de aquella comisión de guardianes de la virtud de la república, que, con ocasión de una disputa surgida en el seno del partido, se presentó con la proclamación más desembozada del derecho divino. Los orleanistas se alegraron del escándalo comprometedor que este manifiesto provocó en la prensa y no ocultaron ni un instante su abierta hostilidad hacia los legitimistas.
Durante el aplazamiento de la Asamblea Nacional se reunieron los consejos generales de los departamentos. Su mayoría se pronunció por una revisión de la Constitución, con más o menos cláusulas y reservas; es decir, se pronunció por una restauración monárquica no determinada con más precisión, por una «solución», y confesó al mismo tiempo que era demasiado incompetente y demasiado cobarde para encontrar esa solución. La fracción bonapartista interpretó en el acto este deseo de revisión en el sentido de una prórroga de la presidencia de Bonaparte.
La solución constitucional, la renuncia de Bonaparte en mayo de 1852, la elección simultánea de un nuevo presidente por todos los electores del país y la revisión de la Constitución por una cámara de revisión en los primeros meses de la nueva presidencia, es absolutamente inadmisible para la clase dominante. El día de la nueva elección presidencial sería el día de la cita de todos los partidos enemigos: legitimistas, orleanistas, republicanos burgueses, revolucionarios. Se llegaría necesariamente a una decisión violenta entre las diferentes fracciones. Aun en el caso de que el partido del orden consiguiera ponerse de acuerdo sobre la candidatura de un hombre neutral ajeno a las familias dinásticas, Bonaparte volvería a alzarse frente a él. En su lucha contra el pueblo, el partido del orden se ve obligado a aumentar constantemente el poder del ejecutivo. Todo aumento del poder del ejecutivo aumenta el poder de quien lo ejerce, Bonaparte. Por eso, en la misma medida en que el partido del orden refuerza su poder común, refuerza los medios de lucha de las pretensiones dinásticas de Bonaparte, refuerza sus probabilidades de frustrar por la fuerza la solución constitucional el día de la decisión. Frente al partido del orden, él no tropezará entonces con uno de los pilares de la Constitución, como tampoco tropezó el partido del orden con el otro frente al pueblo, al hacer la ley electoral. Incluso apelaría, en apariencia, al sufragio universal frente a la Asamblea. En una palabra, la solución constitucional pone en cuestión todo el statu quo político, y detrás de la amenaza al statu quo el burgués ve el caos, la anarquía, la guerra civil. Ve puestas en cuestión, para el primer domingo de mayo de 1852, sus compras y sus ventas, sus letras de cambio, sus matrimonios, sus contratos ante notario, sus hipotecas, sus rentas del suelo, sus alquileres, sus ganancias, todos sus contratos y todas sus fuentes de ingresos, y no puede exponerse a semejante riesgo. Detrás de la amenaza al statu quo político se esconde el peligro de que se derrumbe toda la sociedad burguesa. La única solución posible en el sentido de la burguesía es aplazar la solución. Solo puede salvar la república constitucional violando la Constitución, prorrogando el poder del presidente. Esta es también la última palabra de la prensa del orden tras los largos y profundos debates sobre las «soluciones» a los que se entregó después de la sesión de los consejos generales. El poderosísimo partido del orden se ve así obligado, para su vergüenza, a tomar en serio la ridícula, vulgar y odiada persona del pseudo-Bonaparte.
Este sucio personaje se equivocaba también sobre las causas que lo revestían cada vez más del carácter de hombre necesario. Mientras su partido tenía bastante perspicacia para atribuir a las circunstancias la creciente importancia de Bonaparte, él creía deberla únicamente al poder mágico de su nombre y a su ininterrumpida caricatura de Napoleón. Se volvía cada día más emprendedor. A las peregrinaciones a St. Leonards y a Wiesbaden opuso sus giras por Francia. Los bonapartistas tenían tan poca confianza en el efecto mágico de su personalidad que le enviaban a todas partes, como claque, a gente de la Sociedad del 10 de Diciembre, esa organización del lumpenproletariado de París, embalada en masa en trenes y en sillas de posta. Ponían en boca de su marioneta discursos que, según el recibimiento en cada ciudad, proclamaban como divisa de la política presidencial la resignación republicana o la tenacidad perseverante. A pesar de todas las maniobras, estos viajes fueron cualquier cosa menos marchas triunfales.
Cuando Bonaparte creyó haber entusiasmado así al pueblo, se puso en marcha para ganarse al ejército. Hizo celebrar en la llanura de Satory, cerca de Versalles, grandes revistas militares, en las que intentó comprar a los soldados con salchichón al ajo, champán y cigarros. Si el verdadero Napoleón, en las fatigas de sus campañas de conquista, sabía animar a sus soldados extenuados con una familiaridad patriarcal momentánea, el pseudo-Napoleón creía que las tropas le gritaban en agradecimiento: «¡Viva Napoleón, viva el salchichón!», es decir: «¡Viva el salchichón, viva el bufón!».207
Estas revistas hicieron estallar la discordia, largo tiempo contenida, entre Bonaparte y su ministro de la Guerra, d'Hautpoul, por un lado, y Changarnier, por otro. En Changarnier el partido del orden había encontrado a su verdadero hombre neutral, en el que no cabía hablar de pretensiones dinásticas propias. Lo había destinado a suceder a Bonaparte. Además, por su actuación del 29 de enero y del 13 de junio de 1849, Changarnier se había convertido en el gran caudillo del partido del orden, en el moderno Alejandro cuya brutal intervención había cortado, a los ojos del burgués timorato, el nudo gordiano de la revolución. En el fondo tan ridículo como Bonaparte, se había convertido así, de la manera más barata, en una potencia, y la Asamblea Nacional lo había colocado frente al presidente para vigilarlo. Él mismo coqueteaba, por ejemplo en la cuestión de la dotación, con la protección que dispensaba a Bonaparte, y se mostraba cada vez más prepotente frente a él y a los ministros. Cuando, con ocasión de la ley electoral, se esperaba una insurrección, prohibió a sus oficiales aceptar órdenes de ninguna clase del ministro de la Guerra o del presidente. La prensa contribuyó además a agrandar la figura de Changarnier. Ante la total falta de grandes personalidades, el partido del orden se vio naturalmente impulsado a atribuir a un solo individuo la fuerza de que carecía toda su clase y a hincharlo así hasta lo monstruoso. Así nació el mito de Changarnier, el «baluarte de la sociedad». La arrogante charlatanería, la misteriosa fanfarronería con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus hombros, contrastan del modo más ridículo con los acontecimientos ocurridos durante la revista de Satory y después de ella, que demostraron irrefutablemente que bastaba un plumazo de Bonaparte, el infinitamente pequeño, para reducir a las dimensiones de la mediocridad esa fantástica criatura del miedo burgués, el coloso Changarnier, y para convertirlo a él, el héroe salvador de la sociedad, en un general retirado.
Bonaparte se venía vengando desde hacía tiempo de Changarnier incitando al ministro de la Guerra a provocar conflictos disciplinarios con el incómodo protector. La última revista de Satory hizo por fin estallar el viejo rencor. La indignación constitucional de Changarnier ya no conoció límites cuando vio desfilar a los regimientos de caballería al grito anticonstitucional de «¡Viva el emperador!». Para adelantarse a todos los debates desagradables sobre este grito en la inminente sesión de la Cámara, Bonaparte apartó al ministro de la Guerra, d'Hautpoul, nombrándolo gobernador de Argel. En su lugar puso a un viejo general de confianza de los tiempos del Imperio, que estaba en brutalidad a la altura de Changarnier.208 Pero, para que la destitución de d'Hautpoul no pareciera una concesión a Changarnier, trasladó al mismo tiempo de París a Nantes al brazo derecho del gran salvador de la sociedad, el general Neumayer. Había sido Neumayer quien, en la última revista, había movido a toda la infantería a desfilar en un silencio glacial ante el sucesor de Napoleón. Changarnier, herido en la persona de Neumayer, protestó y amenazó. En vano. Tras dos días de negociaciones apareció en el Moniteur el decreto de traslado de Neumayer, y al héroe del orden no le quedó más remedio que someterse a la disciplina o dimitir.
La lucha de Bonaparte con Changarnier es la continuación de su lucha con el partido del orden. La reapertura de la Asamblea Nacional el 11 de noviembre se produce, por tanto, bajo auspicios amenazadores. Será una tempestad en un vaso de agua. En lo esencial, el viejo juego tiene que continuar. Pese a los gritos de los caballeros de los principios de sus distintas fracciones, la mayoría del partido del orden se verá obligada, sin embargo, a prorrogar el poder del presidente. Del mismo modo, Bonaparte, pese a todas sus protestas provisionales, doblegado ya por la falta de dinero, aceptará esta prórroga del poder como simple delegación de manos de la Asamblea Nacional. Así se aplaza la solución, se mantiene el statu quo, una fracción del partido del orden compromete a la otra, la debilita, la hace imposible, y la represión contra el enemigo común, la masa de la nación, se extiende y se agota, hasta que las propias condiciones económicas hayan alcanzado de nuevo el punto de desarrollo en que una nueva explosión haga saltar por los aires a todos estos partidos en discordia junto con su república constitucional.
Para tranquilidad del burgués hay que decir, por lo demás, que el escándalo entre Bonaparte y el partido del orden tiene como resultado arruinar en la Bolsa a una multitud de pequeños capitalistas y hacer pasar sus fortunas a los bolsillos de los grandes lobos de la Bolsa.
Traducimos el texto íntegro de Engels según las galeradas de 1895. Mientras se preparaba la edición, el gobierno alemán había presentado al Reichstag (diciembre de 1894) un proyecto de ley contra la subversión, la Umsturzvorlage, que fue rechazado en mayo de 1895. Ante el temor de que la introducción sirviera de pretexto para aprobar esa ley o endurecerla, la dirección del Partido Socialdemócrata, por medio de Richard Fischer, pidió a Engels que suprimiera o suavizara algunos pasajes, y Engels aceptó buena parte de los cambios, aunque en una carta a Fischer de marzo de 1895 se quejó de los «escrúpulos temerosos de la ley contra la subversión» de la dirección. En la edición de 1895 se suprimieron así los pasajes sobre el papel futuro de la lucha callejera y sobre la respuesta de la socialdemocracia a una ruptura de la Constitución, y se cambiaron algunas palabras; los señalamos uno por uno en las notas. Además, el Vorwärts publicó a finales de marzo de 1895, sin conocimiento de Engels, unos extractos de la introducción, y Engels protestó en cartas a Kautsky y a Lafargue porque, así recortada, lo presentaban como un partidario de la legalidad a toda costa. El texto completo no se publicó hasta mucho después de su muerte. ↩
La Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie, el diario que Marx dirigió en Colonia del 1 de junio de 1848 al 19 de mayo de 1849. ↩
El Sachsenwald, gran finca forestal cerca de Hamburgo, fue donado por el emperador Guillermo I a Bismarck en 1871. ↩
In partibus infidelium, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis que solo existían de nombre. Aquí, los gobiernos que los demócratas emigrados en Londres se repartían de antemano para el día de la revolución. ↩
Los legitimistas, partidarios de los Borbones, y los orleanistas, partidarios de la casa de Orleans. ↩
Las guerras de Napoleón III: la de Crimea (1853-1856), la de Italia contra Austria (1859), tras la cual Francia se anexionó Saboya y Niza (1860), y la expedición a México (1862-1867). ↩
La Cámara de Diputados prusiana, que desde 1862 negaba al gobierno de Bismarck los créditos para la reforma del ejército (el llamado conflicto constitucional) y a la que Bismarck gobernó sin presupuesto aprobado hasta 1866. ↩
El Imperio alemán proclamado en Versalles el 18 de enero de 1871, sin Austria: la solución «pequeñoalemana» de la unidad. ↩
Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), mariscal, mandó el ejército de Versalles que aplastó la Comuna en mayo de 1871; presidente de la República de 1873 a 1879. ↩
La indemnización de guerra de cinco mil millones de francos que Francia tuvo que pagar a Alemania por el tratado de Fráncfort (1871). ↩
Bismarck anunció en 1866 el sufragio universal masculino para el parlamento de la Confederación de Alemania del Norte, que se eligió así en 1867; el Imperio lo mantuvo para el Reichstag desde 1871. ↩
La «ley contra las aspiraciones socialdemócratas peligrosas para la comunidad», vigente de octubre de 1878 a septiembre de 1890, que prohibió las organizaciones, la prensa y las reuniones socialistas, aunque no la presentación de candidatos. ↩
En España el sufragio universal masculino se estableció en 1869, se suprimió en 1878 y se restableció en 1890. La república es la Primera República (1873-1874). ↩
Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador en 1863 de la Asociación General de Obreros Alemanes, que hizo del sufragio universal su reivindicación central. ↩
August Bebel (1840-1913), tornero, dirigente de la socialdemocracia alemana, elegido en 1867 para el Reichstag constituyente de la Confederación de Alemania del Norte. ↩
En francés en el original: «transformé, de moyen de duperie qu'il a été jusqu'ici, en instrument d'émancipation». Es una frase del preámbulo del programa del Partido Obrero francés (1880), que redactó Marx. ↩
La lucha de barricadas de Berlín del 18 y 19 de marzo de 1848, tras la cual el rey retiró las tropas de la ciudad. ↩
Esta última frase se suprimió en la edición de 1895. ↩
En la edición de 1895: «Las posibilidades eran, por lo demás, ya bastante malas en 1849». ↩
Teiler: los que querrían «repartir» la propiedad; era un insulto corriente contra socialistas y comunistas. ↩
En la edición de 1895: «Si además hubiera del lado de los sublevados más soldados con servicio militar…». ↩
El 4 de septiembre de 1870, tras la derrota de Sedán, la multitud invadió el Cuerpo Legislativo y se proclamó la república; el 31 de octubre, blanquistas y otros revolucionarios ocuparon por unas horas el Ayuntamiento de París contra el Gobierno de la Defensa Nacional. ↩
Todo este párrafo se suprimió en la edición de 1895. ↩
En la edición de 1895: «las clases dominantes». ↩
Federico II de Prusia (1712-1786), «el viejo Fritz». ↩
Batallas de Wagram (1809), ganada por Napoleón a los austriacos, y de Waterloo (1815), en que fue derrotado definitivamente. ↩
En la edición de 1895: «por qué deben intervenir». ↩
El final de la frase, desde «en todas partes ha pasado», se suprimió en la edición de 1895. ↩
En las elecciones de 1893 entraron en la Cámara francesa unos cincuenta diputados socialistas. El presidente de la República Jean Casimir-Perier dimitió en enero de 1895. ↩
En 1893, tras una huelga general, el Partido Obrero Belga arrancó el sufragio universal masculino, aunque con voto plural; en las elecciones de 1894 obtuvo 28 diputados. ↩
El Zemski Sobor, antigua asamblea de los estamentos rusos, que los liberales querían resucitar como asamblea representativa. En enero de 1895 el nuevo zar Nicolás II (1868-1918) calificó de «sueños insensatos» las peticiones de representación popular. ↩
El «Pacto sucesorio constitucional» (Landesgrundgesetzlicher Erbvergleich) de 1755, que puso fin a la larga lucha entre los duques de Mecklemburgo y la nobleza y consagró los privilegios de esta; siguió siendo la base constitucional del país hasta 1918. ↩
Albert von Boguslawski (1834-1905), general prusiano y escritor militar. ↩
Gewalthaufen: en los ejércitos de lansquenetes de los siglos XV y XVI, el cuerpo principal de la tropa, que decidía la batalla. ↩
En la edición de 1895: «al sistema de gobierno dominante». ↩
Las palabras «no desgastar en escaramuzas de vanguardia este “grueso” que se refuerza día a día, sino conservarlo intacto hasta el día decisivo» se suprimieron en la edición de 1895. ↩
Las palabras «el “grueso” quizá no estaría disponible en el momento crítico» se suprimieron en la edición de 1895. ↩
En la edición de 1895: «la decisión». ↩
En francés en el original. La frase se atribuye a Odilon Barrot (1791-1873), presidente del consejo de ministros en 1849. ↩
La Umsturzvorlage (véase la nota 1). ↩
En la guerra de 1866 Prusia derrotó a Austria y a sus aliados alemanes, disolvió la Confederación Germánica y se anexionó el reino de Hannover, el principado electoral de Hesse-Kassel, el ducado de Nassau y la ciudad libre de Fráncfort. ↩
En latín en el original: «Quis tulerit Gracchos de seditione querentes?» (Juvenal, Sátiras, II, 24). ↩
En la edición de 1895: «a la que precisamente ahora le sienta tan bien respetar las leyes». ↩
Constantin Rössler (1820-1896), publicista, jefe de la oficina de prensa del gobierno prusiano (Literarisches Bureau). Sobre Boguslawski, véase la nota 33. ↩
En latín en el original: «regis voluntas suprema lex». ↩
Proverbio alemán: «Hier hilft kein Mundspitzen, hier muss gepfiffen sein», es decir, no basta con amagar, hay que actuar. ↩
Las tres últimas frases de este párrafo, desde «Como tan bien nos enseñó Bismarck», se suprimieron en la edición de 1895. ↩
Ernst Matthias von Köller (1841-1928), ministro del Interior de Prusia en 1894-1895, uno de los promotores de la ley contra la subversión. ↩
«Compadre», y también cómplice. Jacques Laffitte (1767-1844), banquero, uno de los artífices de la subida al trono del duque de Orleans, Luis Felipe, tras la revolución de julio de 1830; presidente del consejo de ministros de 1830 a 1831. ↩
La insurrección republicana de París de junio de 1832; las insurrecciones de Lyon y París de abril de 1834; el levantamiento de la Sociedad de las Estaciones, dirigido por Blanqui y Barbès, en París, en mayo de 1839. ↩
François Guizot (1787-1874), historiador y político orleanista, jefe efectivo del gobierno de Luis Felipe de 1840 a 1848. ↩
Léon Faucher (1803-1854), economista liberal, ministro del Interior de diciembre de 1848 a mayo de 1849. Frédéric Bastiat (1801-1850), economista librecambista. ↩
«País legal»: el conjunto de los ciudadanos con derecho de voto bajo el sufragio censitario de la monarquía de Julio. ↩
Bajo la monarquía de Julio se llamaba «capacidades» a las personas con título o profesión liberal (abogados, médicos, profesores) a las que la oposición quería dar el voto aunque no alcanzasen el censo. ↩
Personaje de estafador desvergonzado creado por el actor Frédérick Lemaître en el melodrama L'Auberge des Adrets y popularizado por las caricaturas de Daumier como símbolo de la especulación y el fraude bajo Luis Felipe. ↩
Literalmente, «café tuerto»: tabernucho de mala fama. ↩
«Crapuloso», encanallado. ↩
À bas les grands voleurs! À bas les assassins! En 1847 estallaron el proceso por corrupción contra el exministro Teste y el general Cubières (véase la nota 161, de Engels) y el asesinato de la duquesa de Praslin por su marido, par de Francia. ↩
«La dinastía Rothschild», «Los judíos, reyes de la época». El segundo es de Alphonse Toussenel (1845). ↩
Rien pour la gloire!, La paix partout et toujours! El tres y el cuatro por ciento: los títulos de la deuda pública francesa según su interés. ↩
(Nota de Engels.) Anexión de Cracovia por Austria, de acuerdo con Rusia y Prusia, el 11 de noviembre de 1846. Guerra suiza del Sonderbund, del 4 al 28 de noviembre de 1847. Insurrección de Palermo, el 12 de enero de 1848; a finales de enero, bombardeo de la ciudad por los napolitanos durante nueve días. ↩
En Buzançais (Indre), un motín del hambre en enero de 1847 acabó con la muerte de un propietario; tres amotinados fueron condenados a muerte y ejecutados el 16 de abril de 1847. ↩
Las leyes cerealistas (Corn Laws) inglesas, abolidas en 1846. ↩
La campaña de banquetes de 1847-1848 por la reforma electoral; la prohibición del banquete de París del 22 de febrero de 1848 desencadenó la revolución. ↩
Alexandre Auguste Ledru-Rollin (1807-1874), jefe de los demócratas pequeñoburgueses, ministro del Interior en el Gobierno provisional. Ferdinand Flocon (1800-1866), redactor del periódico demócrata La Réforme. Adolphe Crémieux (1796-1880), abogado, ministro de Justicia. Jacques-Charles Dupont de l'Eure (1767-1855), presidente del Gobierno provisional. ↩
Louis Blanc (1811-1882), socialista reformista, autor de Organisation du travail (1839). Albert (Alexandre Martin, 1815-1895), obrero mecánico. ↩
François-Vincent Raspail (1794-1878), químico y médico, republicano revolucionario. ↩
Gazette de France: diario legitimista. Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), diputado legitimista. ↩
El 25 de febrero de 1848, Lamartine convenció a los obreros que exigían la bandera roja de que aceptaran la tricolor como bandera de la república. ↩
Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés. ↩
«Un gouvernement qui suspende ce malentendu terrible qui existe entre les différentes classes». ↩
Marc Caussidière (1808-1861), prefecto de policía de París tras la revolución de febrero, formó una guardia propia con combatientes de las barricadas. ↩
Apodo tradicional, burlón, del campesino francés. ↩
Decreto del 16 de marzo de 1848. Los cuatro impuestos directos eran la contribución territorial, la personal y mobiliaria, la de puertas y ventanas y la patente. ↩
La ley de 1825 que indemnizó con unos mil millones de francos a los emigrados de la Revolución cuyas tierras habían sido confiscadas. ↩
Achille Fould (1800-1867), banquero orleanista, ministro de Hacienda de Luis Bonaparte, con interrupciones, de octubre de 1849 a enero de 1852. ↩
Literalmente, «gente sin hogar ni señor»: fórmula del Antiguo Régimen para los vagabundos sin domicilio ni amo que respondiera de ellos. ↩
Nombre que se daba al lumpenproletariado de Nápoles. ↩
Alexandre-Thomas Marie (1795-1870), republicano de Le National, ministro de Obras Públicas del Gobierno provisional. ↩
El sueldo (sou) valía cinco céntimos de franco. ↩
Las casas de trabajo para pobres establecidas en Inglaterra por la ley de pobres de 1834, de régimen casi carcelario. ↩
Los «talleres sociales» que Louis Blanc proponía en Organisation du travail, cooperativas de producción financiadas por el Estado. ↩
El 16 de marzo de 1848 se manifestaron las compañías de élite de la Guardia Nacional (los «gorros de piel»), disueltas por el gobierno; al día siguiente, una gran manifestación obrera respondió en apoyo del Gobierno provisional. ↩
El 16 de abril de 1848 la Guardia Nacional, movilizada contra una supuesta conjura comunista, recibió a la manifestación obrera del Campo de Marte a los gritos de «¡Abajo los comunistas!». ↩
Ulysse Trélat (1795-1879), médico, ministro de Obras Públicas de mayo a junio de 1848. ↩
El 15 de mayo de 1848, una manifestación en favor de Polonia invadió la Asamblea Constituyente y declaró su disolución; fue dispersada y sus dirigentes, entre ellos Blanqui, Barbès, Albert y Raspail, detenidos. ↩
Horace Sébastiani (1772-1851), ministro de Asuntos Exteriores, anunció en septiembre de 1831 en la Cámara, tras la toma de Varsovia por los rusos: «El orden reina en Varsovia». ↩
Del artículo de Marx «La revolución de junio». Sobre el periódico, véase la nota 2. ↩
Eco de la fórmula monárquica «Le roi est mort, vive le roi!». ↩
La Réforme: diario republicano radical de París (1843-1850), órgano de Ledru-Rollin y de los demócratas pequeñoburgueses. ↩
En alemán, Haupt- und Staatsaktion: nombre que se daba a las piezas de aparato, de asunto histórico y pomposo, de los teatros ambulantes alemanes del siglo XVIII. ↩
«Nulidad solemne». ↩
«Vinateros», taberneros. ↩
«Convenios amistosos»: arreglos entre acreedores y deudores que habrían permitido a los comerciantes arruinados por la crisis aplazar o reducir sus pagos. La Asamblea los rechazó el 22 de agosto de 1848. ↩
Véase la nota 76. ↩
Nombre que se daba en París a las mujeres mantenidas, por el barrio de Notre-Dame-de-Lorette, donde vivían muchas de ellas. ↩
Carthaginem esse delendam: la frase con que, según la tradición, Catón el Viejo terminaba todos sus discursos en el Senado romano. ↩
Jules Bastide (1800-1879), republicano de Le National, ministro de Asuntos Exteriores de mayo a diciembre de 1848. ↩
«Sin más», sin adornos. ↩
Jules-Armand Dufaure (1798-1881), ministro del Interior en 1848 (octubre-diciembre) y en 1849 (junio-octubre), y Alexandre-François Vivien (1799-1854), ministro de Obras Públicas de octubre a diciembre de 1848; ambos habían sido ministros bajo Luis Felipe. ↩
Alusión a 1 Samuel 18, 7: «Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles». En la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848, Cavaignac obtuvo cerca de un millón y medio de votos y Luis Bonaparte unos cinco millones y medio. ↩
En alemán, Eulenspiegelei, «travesura de Till Eulenspiegel», el pícaro de los cuentos populares alemanes. ↩
La flor de lis era el emblema de los Borbones y de los Orleans; la violeta, el de los bonapartistas. ↩
El senadoconsulto del 18 de mayo de 1804, que proclamó a Napoleón Bonaparte emperador de los franceses. ↩
El 24 de febrero de 1848, ya estallada la revolución, Luis Felipe encargó a Odilon Barrot formar gobierno, pocas horas antes de abdicar. ↩
Faustin Soulouque (1782-1867), presidente de Haití desde 1847, se proclamó emperador en agosto de 1849 con el nombre de Faustino I; la prensa francesa lo usaba como caricatura de Luis Bonaparte. Toussaint-Louverture (1743-1803) dirigió la revolución de los esclavos de Haití. ↩
Thomas-Robert Bugeaud (1784-1849), mariscal, conquistador de Argelia, que en 1834 había reprimido la insurrección de París. ↩
Jean-Pierre Lamotte-Rateau (1800-1887), abogado, diputado monárquico de la Constituyente. ↩
George Monck (1608-1670), general inglés que en 1660 hizo posible la restauración de los Estuardo con Carlos II. ↩
Eugène Lerminier (1803-1857), jurista y profesor del Collège de France, que se había hecho impopular entre los estudiantes al pasarse al campo del gobierno bajo Luis Felipe. ↩
Philippe-Antoine Mathieu, llamado Mathieu de la Drôme (1808-1865), diputado de la Montaña. ↩
Laurent-Antoine Pagnerre (1805-1854), editor, y Charles-Théodore-Eugène Duclerc (1812-1888), ministro de Hacienda en 1848, republicanos moderados. ↩
Véase la nota 65. ↩
Alusión a la campaña de Italia de Napoleón Bonaparte en 1796-1797. ↩
Pío IX había huido de Roma a Gaeta, en el reino de Nápoles, el 24 de noviembre de 1848; en febrero de 1849 se proclamó la república romana. ↩
Carlos Alberto (1798-1849), rey de Cerdeña, abdicó tras la derrota de su ejército ante los austriacos en Novara, el 23 de marzo de 1849. ↩
Nicolas Charles Victor Oudinot (1791-1863), general, jefe del cuerpo expedicionario francés contra la república romana. ↩
Mateo 8, 10. ↩
Alusión a El rey Juan de Shakespeare (acto III, escena 1), donde Constanza reprocha al duque de Austria que lleve una piel de león y le dice que se cuelgue mejor una piel de becerro. ↩
La monarquía blanca, la de los Borbones (legitimista); la azul, la de los Orleans. ↩
El proceso de los acusados del 15 de mayo de 1848 (Blanqui, Barbès, Albert, Raspail y otros), celebrado ante el Alto Tribunal de Bourges en marzo y abril de 1849. ↩
El general Jean-Baptiste Bréa, muerto por los insurrectos el 25 de junio de 1848; dos de los acusados fueron ejecutados en marzo de 1849. ↩
Véase la nota 75. ↩
Le petit caporal, apodo popular de Napoleón I entre sus soldados. ↩
Claude-Adrien Helvétius (1715-1771), filósofo materialista francés. ↩
El 20 de diciembre de 1848, Luis Bonaparte, elegido el 10 de diciembre, juró la Constitución como presidente de la república. El 28 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa, elegida el 13 de mayo. Jano: dios romano de dos caras. ↩
En junio de 1849 el ejército ruso entró en Hungría en ayuda de Austria contra la revolución húngara. Las tropas prusianas aplastaron en junio y julio de 1849 la insurrección de Baden y el Palatinado, que defendía la Constitución del Imperio votada por la Asamblea Nacional de Fráncfort. Sobre Oudinot, véase la nota 117. ↩
Alusión al título de la obra de Kant La religión dentro de los límites de la mera razón (1793). ↩
La Convención Nacional (1792-1795), asamblea de la primera república francesa. La «antigua» Montaña era la de los jacobinos, que el 31 de mayo y el 2 de junio de 1793, con el apoyo de las secciones de París, expulsó de la Convención a los girondinos, hasta entonces mayoritarios. ↩
La Démocratie pacifique: diario fourierista de París (1843-1851), dirigido por Victor Considerant. ↩
En la mitología griega, el gigante Anteo, hijo de Gea, la Tierra, era invencible mientras tocaba el suelo; Heracles lo venció levantándolo en el aire. ↩
Alusión a la montaña que estaba de parto y parió un ratón (Horacio, Arte poética, 139: Parturient montes, nascetur ridiculus mus). ↩
El 15 de junio de 1849 los obreros de Lyon se levantaron al conocer los sucesos de París; la insurrección fue aplastada por el ejército. ↩
El Comité de Salvación Pública, órgano de gobierno de la Convención en 1793-1795, en tiempos del Terror. ↩
El Alto Tribunal de Justicia (haute cour), que juzgó en Versalles, en octubre y noviembre de 1849, a los acusados del 13 de junio y los condenó a deportación. ↩
Véase la nota 70. ↩
La Guardia Municipal de París, cuerpo de policía armada de la monarquía de Julio, que combatió a los insurrectos en febrero de 1848 y fue disuelta tras la revolución. ↩
Fernando Felipe, duque de Orleans (1810-1842), primogénito y heredero de Luis Felipe. La plaza del Carrusel, junto a las Tullerías. ↩
Achille Baraguey d'Hilliers (1795-1878), general, diputado del partido del orden. El terror blanco: la persecución de los revolucionarios y bonapartistas por los realistas en 1815. ↩
La alianza de Rusia, Austria y Prusia concluida en 1815, tras la caída de Napoleón, contra los movimientos revolucionarios y nacionales. ↩
Los cardenales, por el color de su vestimenta. La comisión de tres cardenales que restableció el poder del papa en Roma tras su toma por los franceses el 3 de julio de 1849. ↩
Le Siècle: diario de París fundado en 1836, cercano a la oposición dinástica de la monarquía de Julio. La Presse: diario fundado en 1836 por Émile de Girardin. ↩
Julius Jakob von Haynau (1786-1853), general austriaco, tristemente célebre por la brutalidad de la represión en Italia y en Hungría en 1848-1849. ↩
En francés en el original: À chaque capacité selon ses œuvres, parte de la fórmula de los saintsimonianos «a cada cual según su capacidad, a cada capacidad según sus obras». ↩
Enrique, conde de Chambord (1820-1883), nieto de Carlos X, pretendiente legitimista con el nombre de Enrique V, que pasó el verano de 1849 en Ems, balneario alemán. San Luis: Luis IX, rey de Francia (1226-1270), de quien descendían los Borbones. ↩
Génesis 39: José, esclavo en casa del egipcio Putifar, rechazó las insinuaciones de su mujer. ↩
En latín en el original: tantum mutatus ab illo, variación de Virgilio, Eneida, II, 274: quantum mutatus ab illo, «¡cuán distinto de aquel!». ↩
Hippolyte Passy (1793-1880), economista, ministro de Hacienda de diciembre de 1848 a octubre de 1849. ↩
Helena de Mecklemburgo-Schwerin (1814-1858), viuda del primogénito de Luis Felipe. ↩
Variación de Aut Caesar aut nihil, «o César o nada», lema atribuido a César Borgia. Clichy: la cárcel por deudas de París. ↩
Edgar Ney (1812-1882), militar, ayudante de campo de Luis Bonaparte; la carta es de agosto de 1849. Motu proprio, «por propia iniciativa»: el documento con el que el papa Pío IX anunció en septiembre de 1849 sus disposiciones para los Estados Pontificios restaurados. ↩
En francés en el original: Allons donc! ↩
Napoleón José Carlos Pablo Bonaparte (1822-1891), hijo de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia de 1807 a 1813; diputado en la Legislativa. ↩
Pierre-Antoine Berryer (1790-1868), abogado, principal orador de los legitimistas. ↩
Alphonse Henri d'Hautpoul (1789-1865), general, ministro de la Guerra de octubre de 1849 a octubre de 1850; dio nombre al gabinete formado el 31 de octubre de 1849. ↩
En alemán, Kommis: dependientes, empleados de comercio. ↩
Véase la nota 76. ↩
En francés en el original: Pas si bête! ↩
Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), fabricantes ingleses, dirigentes de la Liga contra las Leyes de Cereales y del librecambismo. ↩
Véase la nota 100. ↩
(Nota de Engels.) El 8 de julio de 1847 empezó ante la Cámara de los Pares, en París, el proceso contra Parmentier y el general Cubières por soborno de funcionarios para obtener una concesión de salinas, y contra el entonces ministro de Obras Públicas, Teste, por haber aceptado esos sobornos. Este último intentó suicidarse durante el proceso. Todos fueron condenados a fuertes multas; Teste, además, a tres años de cárcel. ↩
Nicolas-Joseph Creton (1798-1864), diputado orleanista. Marx juega con su apellido y la palabra alemana Kretin, «cretino». ↩
Charles Forbes, conde de Montalembert (1810-1870), jefe del partido católico. ↩
En francés y en inglés en el original: Vive l'impôt des boissons! Three cheers and one cheer more! ↩
Pierre Le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), economista, y Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal e ingeniero militar, criticaron el sistema fiscal de Luis XIV y la miseria de los campesinos. ↩
En francés en el original: gent taillable à merci et miséricorde, la gente sujeta a la talla (el impuesto directo del Antiguo Régimen) a merced del señor. «Dama de alcurnia» traduce el femenino de gentilhomme que Marx aplica a la Restauración. ↩
Los octrois, consumos o arbitrios municipales que se cobraban a la entrada de las ciudades. ↩
(Nota de Engels.) Así se llama en la historia a la Cámara de Diputados, fanáticamente ultrarrealista y reaccionaria, elegida inmediatamente después de la segunda caída de Napoleón en 1815. ↩
Provincias del Imperio otomano gobernadas por un bajá. Las cuatro grandes comandancias militares se crearon en enero de 1850. ↩
Véase la nota 75. ↩
Véase la nota 106. ↩
Pierre Carlier (1794-1858), prefecto de policía de París de 1849 a 1851. Joseph Fouché (1759-1820), ministro de la Policía bajo el Directorio y bajo Napoleón. ↩
Los convenios amistosos entre deudores y acreedores, que la Constituyente había rechazado en agosto de 1848. ↩
Eugène Sue (1804-1857), autor de la novela por entregas Los misterios de París (1842-1843), en la que el príncipe Rodolfo funda un «banco de los pobres» que presta sin interés, con la palabra de honor como garantía, a obreros sin trabajo. ↩
En francés en el original: coups d'état y coups de tête, golpes de Estado y arrebatos temerarios. ↩
Los árboles de la libertad se habían plantado en París y en toda Francia tras la revolución de febrero de 1848. ↩
La columna de Julio, en la plaza de la Bastilla, levantada en memoria de los caídos en la revolución de julio de 1830. ↩
Paul de Flotte (1817-1860), oficial de marina, socialista, deportado tras la insurrección de junio de 1848. François Vidal (1814-1872), economista socialista, autor de De la répartition des richesses (1846). Hippolyte Carnot (1801-1888), hijo de Lazare Carnot (1753-1823), el miembro del Comité de Salvación Pública llamado «organizador de la victoria». Sobre el 15 de mayo de 1848, véase la nota 86. ↩
Jean-Ernest Ducos, vizconde de La Hitte (1789-1878), general, candidato del partido del orden en París. No era ministro de la Guerra, como dice Marx, sino de Asuntos Exteriores (noviembre de 1849 a enero de 1851); el de la Guerra era d'Hautpoul. ↩
Charles Lemercier de Longpré, barón d'Haussez (1778-1854), ministro de Marina de Carlos X, derrotado en las elecciones de 1830, poco antes de la revolución de julio. ↩
Pierre Jules Baroche (1802-1870), fiscal general en los procesos de Bourges (1849) contra los acusados del 15 de mayo de 1848 y de Versalles contra los del 13 de junio de 1849. Joseph Guinard (1799-1874), jefe de la artillería de la Guardia Nacional de París, condenado tras el 13 de junio. ↩
La matanza de hugonotes del 24 de agosto de 1572 en París. ↩
(Nota de Engels.) Grecs: juego de palabras; «griegos», pero también «tahúres profesionales». ↩
Coblenza, en Renania, fue en 1791-1792 el centro de la emigración aristocrática francesa que preparaba con las potencias extranjeras la invasión de Francia contra la Revolución. ↩
Véase la nota 64. ↩
Frase atribuida a Luis XV o a su favorita, madame de Pompadour. ↩
Este párrafo entre paréntesis lo escribió Engels para la edición de 1895. El capítulo procede de la «Revista» (Revue) de mayo a octubre de 1850, publicada en el número doble 5-6 de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Hamburgo, 1850). ↩
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) fundó a comienzos de 1849 un «Banco del Pueblo» que debía organizar el crédito gratuito entre los productores; fracasó a los pocos meses. ↩
En 1797 el gobierno británico autorizó al Banco de Inglaterra a suspender el cambio de sus billetes por oro; la convertibilidad se restableció por una ley de 1819. ↩
Véase la nota 174. Sue fue elegido diputado por París el 28 de abril de 1850. ↩
Leclerc, candidato del partido del orden en París, presentado por su prensa como un padre de familia que había combatido contra la insurrección de junio de 1848. ↩
Los diecisiete jefes de la mayoría monárquica encargados de preparar la ley electoral, llamados así por Les Burgraves (1843), drama de Victor Hugo. ↩
«Calma majestuosa». ↩
Véase la nota 155. ↩
«Plumíferos a tanto la línea», en inglés en el original. ↩
Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista sin escrúpulos, orleanista y después bonapartista. ↩
Jean-Baptiste Capefigue (1801-1872), historiador y periodista monárquico. ↩
John Lemoinne (1815-1892), periodista del Journal des Débats. ↩
«Certificados de pobreza», es decir, pruebas de su propia indigencia. ↩
En el capítulo III de la presente obra. ↩
«Republicanos a su pesar», en francés en el original; eco del título de la comedia de Molière Le Médecin malgré lui («El médico a su pesar»). ↩
«Beso de Lamourette»: el 7 de julio de 1792 el diputado Adrien Lamourette, obispo constitucional de Lyon, propuso en la Asamblea Legislativa olvidar las disensiones, y los diputados de todas las tendencias se abrazaron; la reconciliación duró unos días. ↩
«De mala gana». ↩
Le Pouvoir: diario bonapartista de París. ↩
Luis Felipe murió el 26 de agosto de 1850 en Claremont, cerca de Londres, donde residía la familia de Orleans en el exilio. ↩
Véase la nota 4. ↩
En el original: «Vive Napoléon, vive le saucisson!», y la glosa alemana de Marx, «Es lebe die Wurst, es lebe der Hanswurst!», juega con Wurst («salchicha») y Hanswurst, el bufón de la comedia popular alemana. ↩
El general Jean-Paul-Adam Schramm (1789-1884), ministro de la Guerra de octubre de 1850 a enero de 1851. ↩