Publicado con la firma de Friedrich Engels en el cuaderno 4 (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 233-243), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los obreros ingleses han sufrido una derrota importante, y por el lado del que menos la esperaban. El Court of Exchequer,1 uno de los cuatro tribunales supremos de Inglaterra, dictó hace unas semanas una sentencia por la que quedan prácticamente abolidas las disposiciones principales de la ley de las diez horas promulgada en 1847.

La historia de la ley de las diez horas ofrece un ejemplo llamativo del modo peculiar en que se desarrollan los antagonismos de clase en Inglaterra, y merece por eso que nos detengamos en ella.

Ya se sabe cómo, con el surgimiento de la gran industria, apareció una explotación completamente nueva y desvergonzada sin límites de la clase obrera por los propietarios de las fábricas. Las nuevas máquinas hacían superfluo el trabajo de los hombres adultos; para su vigilancia requerían mujeres y niños, que eran mucho más aptos para esta tarea y a la vez más baratos que los hombres. La explotación industrial se apoderó, pues, inmediatamente de toda la familia obrera y la encerró en la fábrica; mujeres y niños tenían que trabajar día y noche sin parar, hasta que el más completo agotamiento físico los derribaba. Con la creciente demanda de niños, los niños pobres de los workhouses2 se convirtieron en un completo artículo de comercio; desde los cuatro años, e incluso desde los tres, se subastaban por docenas, en forma de contratos de aprendizaje, al fabricante que más ofrecía. El recuerdo de la explotación desvergonzada y brutal de niños y mujeres en aquella época, una explotación que no cedía mientras quedara un músculo, un tendón, una gota de sangre que exprimir, está todavía muy vivo en la generación obrera más vieja de Inglaterra, y más de uno lleva ese recuerdo en forma de una columna desviada o de un miembro mutilado; todos llevan consigo su salud arruinada de arriba abajo. La suerte de los esclavos en las peores plantaciones americanas era de oro comparada con la de los obreros ingleses de aquella época.

Ya pronto hubo que tomar medidas desde el Estado para refrenar el furor de explotación de los fabricantes, completamente desconsiderado, que pisoteaba todas las condiciones de la sociedad civilizada. Estas primeras limitaciones legales fueron, sin embargo, sumamente insuficientes y pronto se eludieron. Solo medio siglo después de la introducción de la gran industria, cuando la corriente del desarrollo industrial había encontrado un cauce regular, solo en 1833, fue posible sacar adelante una ley eficaz que pusiera algún freno al menos a los excesos más clamorosos.

Ya desde comienzos de este siglo se había formado, bajo la dirección de algunos filántropos, un partido que exigía la limitación legal de la jornada en las fábricas a diez horas diarias. Este partido, que en los años veinte bajo la dirección de Sadler y, tras su muerte, bajo la de lord Ashley y R. Oastler3 prosiguió su agitación hasta la aprobación efectiva de la ley de las diez horas, fue reuniendo bajo su bandera, además de a los propios obreros, a la aristocracia y a todas las fracciones de la burguesía hostiles a los fabricantes. Esta asociación de los obreros con los elementos más heterogéneos y más reaccionarios de la sociedad inglesa hizo necesario que la agitación por las diez horas se llevara del todo al margen de la agitación obrera revolucionaria. Los cartistas estaban, hasta el último hombre, a favor de la ley de las diez horas; formaban la masa, el coro, en todos los mítines por las diez horas; ponían su prensa a disposición del comité de las diez horas. Pero ni un solo cartista hacía agitación en comunidad oficial con los partidarios aristocráticos y burgueses de las diez horas ni formaba parte del comité de las diez horas (Short-Time Committee) de Manchester. Este comité estaba compuesto exclusivamente por obreros y capataces de fábrica. Pero estos obreros eran caracteres completamente quebrantados, agotados por el trabajo, gente callada, piadosa y respetable, que sentía un santo horror por el cartismo y el socialismo, tenía al trono y al altar en el debido respeto y que, demasiado cansada para odiar a la burguesía industrial, solo era ya capaz de la humilde veneración de la aristocracia, que al menos se dignaba interesarse por su miseria. El torismo obrero de estos hombres de las diez horas era el eco de aquella primera oposición de los obreros al progreso industrial que buscaba restablecer el viejo estado patriarcal y cuya manifestación más enérgica no fue más allá de romper máquinas. Tan reaccionarios como estos obreros eran los jefes burgueses y aristocráticos del partido de las diez horas. Eran sin excepción tories sentimentales, en su mayoría ideólogos exaltados que se deleitaban en el recuerdo de la perdida explotación patriarcal de rincón, con su séquito de piedad, vida hogareña, virtud y estrechez de miras, con sus situaciones estables, heredadas por tradición. Su estrecho cráneo era presa del vértigo a la vista del torbellino revolucionario industrial. Su ánimo pequeñoburgués se espantaba ante las nuevas fuerzas productivas, que crecían de golpe, como por encanto, y que en pocos años barrían las clases más venerables, más intangibles y más esenciales de la sociedad anterior y las sustituían por clases nuevas, hasta entonces desconocidas, por clases cuyos intereses, cuyas simpatías, cuyo modo entero de vivir y de pensar estaban en contradicción con las instituciones de la vieja sociedad inglesa. Estos ideólogos de corazón blando no dejaron de salir a campaña, desde el punto de vista de la moral, la humanidad y la compasión, contra la dureza y la desconsideración despiadadas con que se imponía este proceso de transformación social, ni de oponer a este proceso de transformación, como ideal de sociedad, la estabilidad, el tranquilo bienestar y la decencia del patriarcalismo moribundo.

A estos elementos se unían, en las épocas en que la cuestión de las diez horas atraía la atención pública, todas las fracciones de la sociedad cuyos intereses lesionaba y cuya existencia amenazaba la transformación industrial. Los banqueros, los stockjobbers,4 los armadores y los comerciantes, la aristocracia terrateniente, los grandes propietarios de las Indias Occidentales, la pequeña burguesía se reunían en esas épocas cada vez más bajo la dirección de los agitadores de las diez horas.

La ley de las diez horas ofrecía a estas clases y fracciones reaccionarias un terreno excelente para aliarse en él con el proletariado contra la burguesía industrial. Mientras frenaba considerablemente el rápido desarrollo de la riqueza, de la influencia, del poder social y político de los fabricantes, daba a los obreros una ventaja solo material, incluso exclusivamente física. Los protegía de la ruina demasiado rápida de su salud. Pero no les daba nada con lo que pudieran volverse peligrosos para sus aliados reaccionarios; no les daba poder político ni cambiaba su posición social de obreros asalariados. Al contrario, la agitación por las diez horas mantenía constantemente a los obreros bajo la influencia y en parte incluso bajo la dirección de estos aliados suyos poseedores, de la que desde la ley de reforma y el surgimiento de la agitación cartista intentaban sustraerse cada vez más. Era muy natural, sobre todo al comienzo de la transformación industrial, que los obreros, en lucha directa solo con los burgueses industriales, se unieran a la aristocracia y a las demás fracciones de la burguesía, que no los explotaban directamente y que combatían también a los burgueses industriales. Pero esta alianza adulteró el movimiento obrero con una fuerte mezcla reaccionaria, que solo se va perdiendo poco a poco; dio al elemento reaccionario del movimiento obrero, a aquellos obreros cuya rama de trabajo pertenece todavía a la manufactura y por eso está amenazada por el propio progreso industrial, como, por ejemplo, los tejedores a mano, un refuerzo considerable.

Fue por eso una suerte para los obreros que en aquella época confusa de 1847, en que todos los viejos partidos parlamentarios se habían disuelto y los nuevos todavía no se habían formado en absoluto, la ley de las diez horas saliera por fin adelante. Pasó en una serie de votaciones de lo más embrolladas, regidas al parecer solo por el azar, en las que, salvo los fabricantes resueltamente librecambistas de un lado y los terratenientes furiosamente proteccionistas del otro, ningún partido votó de forma cerrada y consecuente. Pasó como una zancadilla que la aristocracia, una parte de los peelistas5 y de los whigs pusieron a los fabricantes para tomarse la revancha por la gran victoria que estos habían obtenido con la abolición de las leyes de cereales.

La ley de las diez horas no solo dio a los obreros la satisfacción de una necesidad física ineludible, al proteger en alguna medida su salud del furor de explotación de los fabricantes; liberó también a los obreros de la compañía de los soñadores sentimentales, de la solidaridad con todas las clases reaccionarias de Inglaterra. Las divagaciones patriarcales de un Oastler, las conmovedoras protestas de simpatía de un lord Ashley ya no encontraron oyentes desde que la ley de las diez horas dejó de ser el remate de estas tiradas. Solo ahora el movimiento obrero se concentró por entero en la conquista del dominio político del proletariado como primer medio para transformar toda la sociedad existente. Y aquí la aristocracia y las fracciones reaccionarias de la burguesía, hacía un momento aliadas de los obreros, se le opusieron como otros tantos enemigos furiosos, como otros tantos aliados de la burguesía industrial.

Con la revolución industrial, la industria, gracias a la cual Inglaterra había conquistado el mercado mundial y lo tenía sometido, se había convertido en la rama de producción decisiva para Inglaterra. Inglaterra se sostenía o caía con la industria, subía y bajaba con sus fluctuaciones. Con la influencia decisiva de la industria, los burgueses industriales, los fabricantes, se convirtieron en la clase decisiva de la sociedad inglesa, y se volvió una necesidad el dominio político de los industriales, la eliminación de todas las instituciones sociales y políticas que se interponían en el desarrollo de la gran industria. La burguesía industrial puso manos a la obra. La historia de Inglaterra desde 1830 hasta hoy es la historia de las victorias que ha ido obteniendo una tras otra sobre sus adversarios reaccionarios coaligados.

Mientras que en Francia la revolución de Julio llevó al poder a la aristocracia financiera, la ley de reforma en Inglaterra, aprobada justo después, en 1832, fue precisamente la caída de la aristocracia financiera. El Banco, los acreedores del Estado y los especuladores de Bolsa, en una palabra, los traficantes de dinero, con los que la aristocracia estaba profundamente endeudada, habían dominado hasta entonces Inglaterra casi en exclusiva bajo el abigarrado manto del monopolio electoral. Cuanto más se desarrollaban la gran industria y el comercio mundial, más insoportable se hacía su dominio, pese a algunas concesiones. La alianza de todas las demás fracciones de la burguesía con el proletariado inglés y con los campesinos irlandeses lo derribó. El pueblo amenazaba con una revolución; la burguesía devolvió en masa sus billetes al Banco y lo llevó al borde de la bancarrota. La aristocracia financiera cedió a tiempo; su condescendencia le ahorró a Inglaterra una revolución de Febrero.

La ley de reforma dio participación en el poder político a todas las clases poseedoras del país, hasta el más pequeño tendero. Con ello se dio a todas las fracciones de la burguesía un terreno legal en el que podían hacer valer sus pretensiones y su poder. Las mismas luchas de las distintas fracciones de la burguesía entre sí que en Francia se libran bajo la república desde la victoria de junio de 1848 se han librado en Inglaterra desde la ley de reforma en el Parlamento. Se entiende que, con circunstancias completamente distintas, también los resultados sean distintos en ambos países.

La burguesía industrial, una vez conquistado con la ley de reforma el terreno para la lucha parlamentaria, no podía sino obtener victoria tras victoria. Con la limitación de las sinecuras se le sacrificó la cola aristocrática de los financieros; con la ley de pobres de 1833, los pobres;6 con la rebaja del arancel y la introducción del impuesto sobre la renta, la exención fiscal de financieros y terratenientes. Con las victorias de los industriales se multiplicó el número de sus vasallos. El comercio al por mayor y al por menor se volvió tributario suyo. Londres y Liverpool cayeron de rodillas ante el librecambio, el Mesías de los industriales. Pero con sus victorias crecían sus necesidades, sus pretensiones.

La gran industria moderna solo puede existir a condición de expandirse continuamente, de conquistar continuamente nuevos mercados. A ello la obligan la infinita facilidad de la producción más masiva, el incesante perfeccionamiento y desarrollo de la maquinaria, el consiguiente desplazamiento ininterrumpido de capitales y fuerzas de trabajo. Cualquier estancamiento es aquí solo el comienzo de la ruina. Pero la expansión de la industria está condicionada por la expansión de los mercados. Y como la industria, en su actual altura de desarrollo, multiplica sus fuerzas productivas de modo desproporcionadamente más rápido de lo que puede multiplicar sus mercados, surgen esas crisis periódicas en las que, por la sobreabundancia de medios de producción y de productos, la circulación en el cuerpo comercial se atasca de pronto y la industria y el comercio se paralizan casi por completo, hasta que el exceso de productos ha encontrado salida por nuevos canales. Inglaterra es el foco de estas crisis, cuyo efecto paralizante alcanza infaliblemente los rincones más remotos y escondidos del mercado mundial y arrastra en todas partes a la ruina a una parte considerable de la burguesía industrial y comercial. En estas crisis, que por lo demás hacen palpable a todas las partes de la sociedad inglesa su dependencia de los fabricantes, solo hay un remedio: la expansión de los mercados, ya sea conquistando otros nuevos, ya sea explotando más a fondo los viejos. Aparte de los pocos casos excepcionales en que, como en 1842 en China, un mercado hasta entonces tenazmente cerrado se abre por la fuerza de las armas, no hay más que un medio de abrirse nuevos mercados por la vía industrial y de explotar más a fondo los viejos: precios más baratos, es decir, la reducción de los costes de producción. Los costes de producción se reducen mediante modos de producción nuevos y más perfectos, mediante la disminución del beneficio o mediante la disminución del salario. Pero la introducción de modos de producción perfeccionados no puede sacar de la crisis, porque aumenta la producción y, por tanto, hace necesarios a su vez nuevos mercados. De la reducción del beneficio no puede hablarse en la crisis, cuando todo el mundo se alegra de vender aunque sea con pérdida. Lo mismo ocurre con el salario, que además, como el beneficio, se determina según leyes independientes del querer o el opinar de los fabricantes. Y, sin embargo, el salario es el componente principal de los costes de producción, y su rebaja duradera es el único medio para la expansión de los mercados y para salir de la crisis. Pero el salario bajará cuando los medios de vida del obrero se produzcan más baratos. Y los medios de vida del obrero estaban encarecidos en Inglaterra por los aranceles protectores sobre los cereales, los productos coloniales ingleses, etc., y por los impuestos indirectos.

De ahí la agitación tenaz, violenta y general de los industriales por el librecambio y en especial por la abolición de los aranceles sobre los cereales. De ahí el hecho significativo de que desde 1842 cada crisis comercial e industrial les trajera una nueva victoria. Con la abolición de los aranceles sobre los cereales se les sacrificaron los terratenientes ingleses; con la abolición de los aranceles diferenciales sobre el azúcar, etc., los terratenientes de las colonias; con la abolición de las leyes de navegación, los armadores. En este momento hacen agitación por la limitación de los gastos del Estado y la reducción de los impuestos, así como por la admisión al sufragio de la parte de los obreros que ofrece más garantías. Quieren llevar al Parlamento nuevos aliados para conquistar tanto más deprisa el dominio político directo, el único con el que pueden acabar con los apéndices tradicionales, absurdos pero muy costosos, de la maquinaria del Estado inglés: con la aristocracia, la Iglesia, las sinecuras, la jurisprudencia semifeudal. Es indudable que la nueva crisis comercial, que precisamente ahora está muy próxima y que según todas las apariencias coincidirá con nuevas y grandiosas colisiones en el continente, traerá por lo menos este progreso en el desarrollo inglés.

En medio de estas victorias ininterrumpidas de la burguesía industrial, las fracciones reaccionarias consiguieron ponerle el grillete de la ley de las diez horas. La ley de las diez horas salió adelante en un momento que no era ni de prosperidad ni de crisis, en una de esas épocas intermedias en que la industria todavía sufre lo bastante las consecuencias de la sobreproducción como para poder poner en movimiento solo una parte de sus recursos, en que, por tanto, los propios fabricantes no hacen trabajar la jornada completa. En un momento así, en que la ley de las diez horas limitaba la competencia entre los propios fabricantes, solo en un momento así era soportable. Pero ese momento dejó pronto paso a una prosperidad renovada. Los mercados vaciados por las compras pedían nuevos suministros; la especulación se levantó de nuevo y duplicó la demanda; los fabricantes no daban abasto. Ahora la ley de las diez horas se volvió un grillete insoportable para una industria que más que nunca necesitaba la más plena independencia, la disposición más ilimitada sobre todos sus recursos. ¿Qué sería de los industriales durante la próxima crisis si no se les permitía explotar con todas sus fuerzas el breve periodo de prosperidad? La ley de las diez horas tenía que caer. Si todavía no se era lo bastante fuerte para hacerla revocar en el Parlamento, había que intentar eludirla.

La ley de las diez horas limitaba a diez horas diarias la jornada de los jóvenes menores de 18 años y de todas las obreras. Como estos y los niños son la clase decisiva de obreros en las fábricas, la consecuencia necesaria era que las fábricas en general solo podían trabajar diez horas diarias. Pero los fabricantes, cuando la prosperidad les hizo necesario aumentar las horas de trabajo, encontraron una salida. Como hasta entonces con los niños menores de 14 años, cuya jornada está todavía más limitada, contrataron unas cuantas mujeres y jóvenes más que antes como ayuda y relevo. Así pudieron hacer trabajar a sus fábricas y a sus obreros adultos trece, catorce, quince horas, sin que ni uno solo de los individuos sujetos a la ley de las diez horas hubiera trabajado más de diez horas diarias. Esto iba en parte contra la letra, pero mucho más contra todo el espíritu de la ley y la intención de los legisladores; los inspectores de fábricas se quejaron, los jueces de paz estaban divididos y fallaban de forma distinta. Cuanto más subía la prosperidad, más alto protestaban los industriales contra la ley de las diez horas y contra las intromisiones de los inspectores de fábricas. El ministro del Interior, sir G. Grey,7 ordenó a los inspectores tolerar el sistema de relevos (relay o shift system). Pero muchos de ellos, apoyándose en la ley, no se dejaron perturbar por ello. Por fin se llevó un caso flagrante hasta el Court of Exchequer, y este se pronunció a favor de los fabricantes. Con esta sentencia la ley de las diez horas queda abolida de hecho, y los fabricantes han vuelto a ser por completo los amos de sus fábricas; pueden hacer trabajar en la crisis dos, tres o seis horas, en la prosperidad de trece a quince, y el inspector de fábricas ya no puede intervenir.

Si la ley de las diez horas había sido defendida principalmente por reaccionarios e impuesta exclusivamente por clases reaccionarias, vemos aquí que, tal como se impuso, era una medida enteramente reaccionaria. Todo el desarrollo social de Inglaterra está ligado al desarrollo, al progreso de la industria. Todas las instituciones que frenan este progreso, que quieren limitarlo o regularlo y dominarlo según criterios ajenos a él, son reaccionarias, son insostenibles y tienen que sucumbir ante él. La fuerza revolucionaria que con tanta facilidad ha acabado con toda la sociedad patriarcal de la vieja Inglaterra, con la aristocracia y con la burguesía financiera, no se dejará encerrar, desde luego, en el cauce moderado de la ley de las diez horas. Todos los intentos de lord Ashley y sus compañeros de restablecer la ley caída mediante una interpretación auténtica serán estériles o, en el caso más favorable, solo conseguirán un resultado aparente y efímero.

Y, sin embargo, para los obreros la ley de las diez horas es indispensable. Es para ellos una necesidad física. Sin la ley de las diez horas toda la generación obrera inglesa perece físicamente. Pero entre la ley de las diez horas que los obreros exigen hoy y la ley de las diez horas que propagaron Sadler, Oastler y Ashley e impuso en 1847 la coalición reaccionaria hay una diferencia enorme. Los obreros han aprendido, por la corta vida de la ley, por la facilidad con que fue aniquilada (bastó un simple fallo judicial, ni siquiera una ley del Parlamento, para anularla) y por la conducta posterior de sus antiguos aliados reaccionarios, qué valor tiene una alianza con la reacción. Han aprendido de qué les sirve imponer medidas sueltas de detalle contra los burgueses industriales. Han aprendido que los burgueses industriales son todavía, por ahora, la única clase capaz de ponerse en el momento actual a la cabeza del movimiento, y que sería inútil oponerse a ellos en esta misión progresista. Pese a su enemistad directa, y en absoluto adormecida, contra los industriales, los obreros están por eso ahora mucho más dispuestos a apoyarlos en su agitación por la aplicación completa del librecambio, la reforma financiera y la ampliación del sufragio que a dejarse atraer otra vez, con espejismos filantrópicos, bajo la bandera de los reaccionarios coaligados. Sienten que su hora solo puede llegar cuando los industriales se hayan desgastado, y por eso tienen el instinto acertado de acelerar el proceso de desarrollo que ha de dar a estos el poder y preparar con ello su caída. Pero no olvidan por eso que con los industriales llevan al poder a sus enemigos más propios y más directos, y que solo mediante la caída de los industriales, mediante la conquista del poder político para sí mismos, pueden llegar a su propia liberación. La anulación de la ley de las diez horas se lo ha vuelto a demostrar del modo más contundente. El restablecimiento de esta ley solo tiene sentido ya bajo el régimen del sufragio universal, y el sufragio universal, en una Inglaterra habitada en sus dos terceras partes por proletarios industriales, es el dominio político exclusivo de la clase obrera, con todos los cambios revolucionarios de las condiciones sociales que son inseparables de él. La ley de las diez horas que los obreros exigen hoy es, por tanto, completamente distinta de la que acaba de anular el Court of Exchequer. Ya no es un intento aislado de paralizar el desarrollo industrial; es un eslabón de una larga cadena de medidas que transformarán toda la forma actual de la sociedad y aniquilarán poco a poco los antagonismos de clase existentes; no es una medida reaccionaria, sino revolucionaria.

La anulación de hecho de la ley de las diez horas, primero por los fabricantes por su cuenta y después por el Court of Exchequer, ha contribuido sobre todo a acortar la época de prosperidad y a acelerar la crisis. Pero lo que acelera las crisis acelera a la vez la marcha del desarrollo inglés y su meta más próxima, la caída de la burguesía industrial a manos del proletariado industrial. Los medios de que disponen los industriales para extender los mercados y eliminar las crisis son muy limitados. La reducción de los gastos del Estado a lo Cobden es o bien un simple lenguaje de whig o bien, si ha de ayudar aunque solo sea momentáneamente, equivale a una revolución completa. Y si se lleva a cabo del modo más amplio y revolucionario, en la medida en que los industriales ingleses pueden ser revolucionarios, ¿cómo se hará frente a la crisis siguiente? Es evidente: los industriales ingleses, cuyos medios de producción tienen una fuerza de expansión incomparablemente mayor que sus salidas, avanzan a pasos rápidos hacia el punto en que sus recursos se agotan, en que el periodo de prosperidad, que todavía separa cada crisis de la siguiente, desaparece por completo bajo el peso de las fuerzas productivas que empujan y han crecido en exceso, en que las crisis solo están ya separadas por breves periodos de una actividad industrial débil y medio adormecida, y en que la industria, el comercio y toda la sociedad moderna tendrían que perecer por un lado de sobreabundancia de fuerza vital inutilizable y por otro de consunción total, si este estado anormal no llevara en sí su propio remedio y si el desarrollo industrial no hubiera engendrado al mismo tiempo la clase que entonces será la única capaz de tomar la dirección de la sociedad: el proletariado. La revolución proletaria será entonces inevitable, y su victoria, segura.

Este es el curso normal y regular de los acontecimientos tal como resulta con necesidad ineludible de todas las condiciones sociales actuales de Inglaterra. Hasta qué punto puede acortarse este curso normal en Inglaterra por colisiones continentales y precipitaciones revolucionarias, pronto se verá.

¿Y la ley de las diez horas?

Desde el momento en que los límites del mercado mundial se hacen demasiado estrechos incluso para el pleno despliegue de todos los recursos de la industria moderna, en que esta necesita una revolución social para recobrar libre campo para sus fuerzas, desde ese momento la limitación de la jornada deja de ser reaccionaria, deja de ser un estorbo para la industria. Al contrario, se impone por sí sola. La primera consecuencia de la revolución proletaria en Inglaterra será la centralización de la gran industria en manos del Estado, es decir, del proletariado dominante, y con la centralización de la industria desaparecen todas esas relaciones de competencia que hoy ponen en conflicto la regulación de la jornada con el progreso de la industria. Y así la única solución de la cuestión de las diez horas, como de todas las cuestiones que descansan en el antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado, está en la revolución proletaria.

Friedrich Engels

  1. Tribunal de Hacienda, uno de los tribunales superiores de common law ingleses. Su sentencia de febrero de 1850 declaró lícito el sistema de relevos. ↩

  2. Los asilos de pobres ingleses, donde se recluía a los indigentes que pedían asistencia. ↩

  3. Michael Thomas Sadler (1780-1835), diputado tory y filántropo; lord Ashley, más tarde conde de Shaftesbury (1801-1885), aristócrata tory, portavoz parlamentario de la legislación fabril; Richard Oastler (1789-1861), agitador tory por la jornada de diez horas. ↩

  4. Especuladores de Bolsa. ↩

  5. Los conservadores partidarios de Robert Peel, que se separaron del partido tory tras la abolición de las leyes de cereales en 1846. ↩

  6. La nueva ley de pobres, aprobada en 1834, que suprimió los socorros a domicilio y llevó a los indigentes a los workhouses. ↩

  7. Sir George Grey (1799-1882), whig, ministro del Interior de 1846 a 1852. ↩