Escrito por Friedrich Engels en Londres en el verano de 1850 y publicado por primera vez en el número doble 5-6 (mayo a octubre de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Hamburgo); reeditado por Engels, con un prólogo, en Leipzig en 1870 y, con un complemento a ese prólogo, en 1875. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960), que sigue la edición de 1875, y, para los prólogos, de los tomos 16 y 18, por la Escuela de marxismo, 2026. Los títulos de los capítulos, que faltan en las ediciones de Engels, son de los editores de la MEW. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como notas de Engels. Texto original en alemán.

Prólogo de Engels a la segunda edición de 1870

Escrito por Friedrich Engels en Manchester hacia el 11 de febrero de 1870. Publicado en Friedrich Engels, Der deutsche Bauernkrieg (segunda edición, Leipzig, 1870). Se traduce según el texto de la tercera edición (Leipzig, 1875).

El trabajo que sigue se escribió en Londres en el verano de 1850, todavía bajo la impresión inmediata de la contrarrevolución que acababa de consumarse; apareció en los cuadernos 5 y 6 de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, dirigida por Karl Marx, Hamburgo, 1850.1 Mis amigos políticos de Alemania desean que se reimprima, y accedo a su deseo porque, para pesar mío, todavía hoy es de actualidad.

No pretende aportar materiales investigados por cuenta propia. Al contrario, todo lo que se refiere a los levantamientos campesinos y a Tomás Münzer está tomado de Zimmermann.2 Su libro, aunque presenta lagunas aquí y allá, sigue siendo la mejor recopilación de los hechos. Además, el viejo Zimmermann disfrutaba con su tema. El mismo instinto revolucionario que en todo el libro le hace tomar partido por la clase oprimida lo convirtió más tarde en uno de los mejores de la extrema izquierda de Fráncfort. Aunque desde entonces, según dicen, ha envejecido un tanto.3

Si, en cambio, a la exposición de Zimmermann le falta la trabazón interna; si no logra demostrar que las controversias político-religiosas de aquella época son el reflejo de las luchas de clases contemporáneas; si en estas luchas de clases solo ve opresores y oprimidos, malos y buenos, y la victoria final de los malos; si su comprensión de las condiciones sociales que determinaron tanto el estallido como el desenlace de la lucha es sumamente deficiente, ello fue culpa de la época en que nació el libro. Al contrario, para su tiempo está escrito con mucho realismo y es una honrosa excepción entre las obras históricas idealistas alemanas.

Mi exposición, que solo esbozaba en sus contornos el curso histórico de la lucha, intentaba explicar el origen de la guerra campesina, la posición de los distintos partidos que intervienen en ella, las teorías políticas y religiosas con que esos partidos tratan de cobrar conciencia de su posición y, por último, el resultado mismo de la lucha, como algo que se seguía necesariamente de las condiciones sociales de vida de esas clases, tal como se daban históricamente; es decir, demostrar que la constitución política de la Alemania de entonces, las rebeliones contra ella y las teorías políticas y religiosas de la época no eran causas, sino resultados del grado de desarrollo en que se encontraban entonces en Alemania la agricultura, la industria, las vías de comunicación por tierra y por agua y el comercio de mercancías y de dinero. Esta concepción de la historia, la única materialista, no procede de mí, sino de Marx, y se encuentra igualmente en sus trabajos sobre la revolución francesa de 1848-1849, publicados en la misma Revue, y en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.4

El paralelo entre la revolución alemana de 1525 y la de 1848-1849 era demasiado evidente para que entonces pudiera desecharse del todo. Pero junto a la uniformidad del curso de los acontecimientos, en que un mismo ejército de los príncipes aplastaba uno tras otro los distintos levantamientos locales, y junto al parecido, a menudo ridículo, de la conducta de los burgueses de las ciudades en ambos casos, también saltaba a la vista, clara y nítida, la diferencia:

«¿Quién sacó provecho de la revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién sacó provecho de la revolución de 1848? Los grandes príncipes, Austria y Prusia. Detrás de los pequeños príncipes de 1525 estaban los pequeños filisteos, que los encadenaban a sí por medio de los impuestos; detrás de los grandes príncipes de 1850, detrás de Austria y Prusia, están los grandes burgueses modernos, que los van sometiendo rápidamente por medio de la deuda pública. Y detrás de los grandes burgueses están los proletarios.»5

Lamento tener que decir que en esta frase se hacía demasiado honor a la burguesía alemana. Tanto en Austria como en Prusia ha tenido ocasión de «someter rápidamente» a la monarquía «por medio de la deuda pública»; nunca ni en ninguna parte ha aprovechado esa ocasión.

En Austria, la guerra de 18666 le ha caído a la burguesía en el regazo como un regalo. Pero no sabe gobernar, es impotente e incapaz de todo. Solo sabe hacer una cosa: ensañarse con los obreros en cuanto se mueven. Si sigue todavía al timón es solo porque los húngaros la necesitan.7

¿Y en Prusia? Sí, ciertamente, la deuda pública ha crecido a toda velocidad, el déficit se ha declarado permanente, los gastos del Estado aumentan de año en año, los burgueses tienen la mayoría en la Cámara y sin ellos no se pueden subir los impuestos ni contratar empréstitos; pero ¿dónde está su poder sobre el Estado? Hace solo unos meses, cuando volvía a haber déficit, estaban en la mejor posición. Con un poco de constancia habrían podido arrancar bonitas concesiones. ¿Qué hacen? Consideran concesión suficiente que el gobierno les permita depositar a sus pies cerca de 9 millones, y no por un año, no, sino cada año y para siempre.

No quiero reprochar a los pobres «nacional-liberales»8 de la Cámara más de lo que merecen. Sé que los han dejado en la estacada los que están detrás de ellos, la masa de la burguesía. Esta masa no quiere gobernar. Todavía tiene metido en los huesos el año 1848.

Por qué la burguesía alemana despliega esta extraña cobardía es cosa que se verá más abajo.

Por lo demás, la frase citada se ha confirmado por completo. Desde 1850, los pequeños Estados han ido pasando cada vez más decididamente a segundo plano, sin servir ya más que de palanca para las intrigas prusianas o austriacas; las luchas entre Austria y Prusia por la hegemonía exclusiva se han hecho cada vez más violentas; y, por último, ha llegado el ajuste de cuentas por la fuerza de 1866, tras el cual Austria conserva sus propias provincias, Prusia somete directa o indirectamente todo el norte y los tres Estados del suroeste se quedan de momento en la calle.9

Para la clase obrera alemana, de toda esta aparatosa función de Estado10 solo importa lo siguiente:

Primero, que por medio del sufragio universal los obreros han conquistado el poder de hacerse representar directamente en la asamblea legislativa.

Segundo, que Prusia ha dado el buen ejemplo de tragarse otras tres coronas por la gracia de Dios.11 Que después de esta operación siga teniendo la misma corona inmaculada por la gracia de Dios que se atribuía antes, eso no se lo creen ni los nacional-liberales.

Tercero, que en Alemania ya no queda más que un adversario serio de la revolución: el gobierno prusiano.

Y cuarto, que los austroalemanes tienen que plantearse por fin de una vez qué quieren ser: ¿alemanes o austriacos? ¿Con quién prefieren estar, con Alemania o con sus apéndices extraalemanes de Transleitania?12 Que tienen que renunciar a lo uno o a lo otro era evidente desde hacía mucho, pero la democracia pequeñoburguesa siempre lo ha encubierto.

En cuanto a las demás cuestiones importantes en litigio a propósito de 1866, que desde entonces se debaten hasta la saciedad entre los «nacional-liberales», por una parte, y el «Partido Popular»,13 por otra, la historia de los próximos años bien podría demostrar que estos dos puntos de vista se combaten con tanta saña solo porque son los polos opuestos de una sola y misma estrechez de miras.

En las condiciones sociales de Alemania, el año 1866 no ha cambiado casi nada. Las cuatro reformas burguesas —unidad de pesas y medidas, libertad de residencia, libertad de industria, etc., todo dentro de los límites que convienen a la burocracia— no alcanzan siquiera lo que la burguesía de otros países de Europa occidental posee desde hace mucho, y dejan intacta la principal traba, el sistema burocrático de licencias. Para el proletariado, por lo demás, todas las leyes sobre libertad de residencia, derecho de vecindad, supresión del pasaporte y demás quedan reducidas a pura ilusión por la práctica policial al uso.

Mucho más importante que la aparatosa función de Estado de 1866 es el auge de la industria y del comercio, de los ferrocarriles, del telégrafo y de la navegación de vapor transoceánica en Alemania desde 1848. Por mucho que este progreso se quede atrás del realizado en el mismo tiempo en Inglaterra, e incluso en Francia, para Alemania es inaudito, y en veinte años ha hecho más de lo que antes hacía un siglo entero. Solo ahora ha quedado Alemania arrastrada en serio y sin vuelta atrás al comercio mundial. Los capitales de los industriales se han multiplicado rápidamente y la posición social de la burguesía se ha elevado en consecuencia. La señal más segura de la prosperidad industrial, la especulación fraudulenta,14 se ha presentado en abundancia y ha encadenado a condes y duques a su carro triunfal. El capital alemán construye ahora ferrocarriles rusos y rumanos —¡que la tierra le sea leve!—, mientras que hace apenas quince años los ferrocarriles alemanes iban mendigando a la puerta de empresarios ingleses. ¿Cómo es posible entonces que la burguesía no haya conquistado también el poder político, que se porte con tanta cobardía frente al gobierno?

La burguesía alemana tiene la desgracia de llegar tarde, según la acreditada costumbre alemana. Su época de florecimiento cae en un periodo en que la burguesía de los demás países de Europa occidental está ya en decadencia en el terreno político. En Inglaterra, la burguesía no ha podido llevar al gobierno a su verdadero representante, Bright,15 sino mediante una ampliación del derecho de voto que, en sus consecuencias, tiene que poner fin a toda la dominación burguesa. En Francia, donde la burguesía como tal, como clase en su conjunto, solo ha gobernado dos años, 1849 y 1850, bajo la república, únicamente pudo prolongar su existencia social cediendo su dominación política a Luis Bonaparte y al ejército. Y con la acción recíproca, tan enormemente acrecentada, entre los tres países más avanzados de Europa, hoy ya no es posible que la burguesía se instale cómodamente en el poder político en Alemania cuando ese poder ha caducado en Inglaterra y en Francia.

Es una peculiaridad propia de la burguesía, frente a todas las clases dominantes anteriores, que en su desarrollo hay un punto de inflexión a partir del cual todo nuevo aumento de sus medios de poder, y ante todo de sus capitales, no hace sino incapacitarla cada vez más para la dominación política. «Detrás de los grandes burgueses están los proletarios.» En la misma medida en que la burguesía desarrolla su industria, su comercio y sus medios de comunicación, produce proletariado. Y en cierto punto —que no tiene por qué llegar en todas partes al mismo tiempo ni en el mismo grado de desarrollo— empieza a notar que ese doble suyo proletario le está creciendo por encima de la cabeza. Desde ese momento pierde la fuerza para ejercer en exclusiva la dominación política; busca aliados con los que, según las circunstancias, comparte su dominación o a los que se la cede por entero.

En Alemania, ese punto de inflexión llegó para la burguesía ya en 1848. Y lo que entonces asustó a la burguesía alemana no fue tanto el proletariado alemán como el francés. La batalla de junio de 1848 en París16 le mostró lo que le esperaba; el proletariado alemán estaba lo bastante agitado como para probarle que también aquí la semilla de la misma cosecha estaba ya sembrada; y desde aquel día la acción política de la burguesía quedó despuntada. Buscó aliados, se vendió a ellos a cualquier precio, y todavía hoy no ha avanzado ni un paso.

Estos aliados son todos de naturaleza reaccionaria. Están la monarquía con su ejército y su burocracia, la gran nobleza feudal, los pequeños hidalgos rurales, y hasta los curas. Con todos ellos ha pactado y se ha avenido la burguesía, solo por salvar su querido pellejo, hasta que al final no le quedó nada que regatear. Y cuanto más se desarrollaba el proletariado, cuanto más empezaba a sentirse como clase y a actuar como clase, tanto más pusilánimes se volvían los burgueses. Cuando la estrategia asombrosamente mala de los prusianos triunfó en Sadowa17 sobre la de los austriacos, asombrosamente peor todavía, era difícil decir quién respiró más aliviado, si el burgués prusiano, que también había sido derrotado en Sadowa, o el austriaco.

Nuestros grandes burgueses actúan en 1870 exactamente igual que actuaron los burgueses medios de 1525. En cuanto a los pequeñoburgueses, los maestros artesanos y los tenderos, siempre seguirán siendo los mismos. Esperan encaramarse a la gran burguesía a fuerza de trapicheos y temen verse arrojados al proletariado. Entre el miedo y la esperanza, durante la lucha pondrán a salvo su estimable pellejo y, después de la lucha, se unirán al vencedor. Esa es su naturaleza.

Al auge de la industria desde 1848 ha acompañado, al mismo paso, la acción social y política del proletariado. El papel que hoy desempeñan los obreros alemanes en sus sindicatos, cooperativas, asociaciones políticas y asambleas, en las elecciones y en la llamada Dieta del Reich,18 basta para demostrar qué revolución ha experimentado Alemania sin que nadie lo advirtiera en los últimos veinte años. Hace el mayor honor a los obreros alemanes que solo ellos hayan conseguido enviar al parlamento obreros y representantes de los obreros, mientras que ni los franceses ni los ingleses lo han logrado hasta ahora.

Pero tampoco el proletariado ha dejado atrás todavía el paralelo con 1525. La clase que depende exclusivamente y de por vida del salario dista mucho todavía de formar la mayoría del pueblo alemán. Así pues, también ella necesita aliados. Y estos solo pueden buscarse entre los pequeñoburgueses, el lumpenproletariado de las ciudades, los pequeños campesinos y los jornaleros agrícolas.

De los pequeñoburgueses ya hemos hablado. Son sumamente poco de fiar, salvo cuando se ha vencido; entonces su griterío en las cervecerías no tiene medida. Con todo, entre ellos hay elementos muy buenos que se unen por sí mismos a los obreros.

El lumpenproletariado, esa hez de individuos degradados de todas las clases que establece su cuartel general en las grandes ciudades, es el peor de todos los aliados posibles. Esa chusma es absolutamente venal y absolutamente impertinente. Si los obreros franceses, en cada revolución, escribían en las casas Mort aux voleurs!, ¡muerte a los ladrones!, y hasta fusilaban a más de uno, no era por entusiasmo por la propiedad, sino porque comprendían con razón que ante todo había que quitarse de encima a esa banda. Todo dirigente obrero que emplea a estos desharrapados como guardia o se apoya en ellos demuestra ya con eso que es un traidor al movimiento.

Los pequeños campesinos —pues los más grandes pertenecen a la burguesía— son de distinto tipo. O bien son campesinos feudales y todavía tienen que prestar servidumbres personales al señor. Puesto que la burguesía ha dejado de hacer lo que era su deber, librar a esta gente de la servidumbre de las prestaciones, no será difícil convencerlos de que ya solo pueden esperar su liberación de la clase obrera.

O bien son arrendatarios. En este caso existe casi siempre la misma relación que en Irlanda. El arriendo se ha llevado tan arriba que, con una cosecha mediana, el campesino y su familia apenas pueden vivir, con una mala casi se mueren de hambre, no pueden pagar el arriendo y quedan así por completo a merced del terrateniente. Por esta gente la burguesía solo hace algo cuando se ve obligada. ¿De quién van a esperar la salvación sino de los obreros?

Quedan los campesinos que cultivan su propia pequeña propiedad. Estos, en su mayoría, están tan cargados de hipotecas que dependen del usurero tanto como los arrendatarios del terrateniente. También a ellos les queda solo un salario escaso y, encima, inseguro en extremo por los años buenos y malos. Son los que menos pueden esperar de la burguesía, porque son precisamente los burgueses, los capitalistas usureros, quienes los desangran. Pero suelen estar muy apegados a su propiedad, aunque en realidad no les pertenece a ellos, sino al usurero. Aun así, se les podrá hacer comprender que solo podrán librarse del usurero cuando un gobierno que dependa del pueblo convierta todas las deudas hipotecarias en una deuda con el Estado y rebaje así el tipo de interés. Y esto solo puede imponerlo la clase obrera.

Allí donde predomina la propiedad territorial mediana y grande, los jornaleros agrícolas forman la clase más numerosa del campo. Es lo que ocurre en todo el norte y el este de Alemania, y aquí encuentran los obreros industriales de las ciudades sus aliados más numerosos y naturales. Como el capitalista frente al obrero industrial, así está el terrateniente o el gran arrendatario frente al jornalero agrícola. Las mismas medidas que ayudan a uno tienen que ayudar también al otro. Los obreros industriales solo pueden liberarse si convierten el capital de los burgueses, es decir, las materias primas, las máquinas y herramientas y los medios de subsistencia necesarios para la producción, en propiedad de la sociedad, es decir, en propiedad suya, utilizada por ellos en común. Del mismo modo, los trabajadores del campo solo pueden ser rescatados de su espantosa miseria si ante todo su principal objeto de trabajo, la tierra misma, se sustrae a la propiedad privada de los grandes campesinos y de los señores feudales, más grandes todavía, se convierte en propiedad social y la cultivan cooperativas de trabajadores agrícolas por cuenta común. Y aquí llegamos a la famosa resolución del congreso obrero internacional de Basilea:19 que la sociedad tiene interés en convertir la propiedad del suelo en propiedad común, nacional. Esta resolución se adoptó pensando sobre todo en los países donde existe la gran propiedad territorial y, ligada a ella, la explotación de grandes fincas, y en estas grandes fincas un señor y muchos jornaleros. Ahora bien, esta situación sigue predominando, en conjunto, en Alemania, y por eso la resolución era, después de Inglaterra, precisamente para Alemania de suma actualidad. El proletariado agrícola, los jornaleros del campo: esa es la clase de la que se recluta la gran masa de los ejércitos de los príncipes; esa es la clase que ahora, en virtud del sufragio universal, envía al parlamento a la gran mayoría de los señores feudales y de los junkers; pero esa es también la clase más cercana a los obreros industriales de las ciudades, la que comparte con ellos las mismas condiciones de vida, la que está hundida en la miseria incluso más que ellos. Esta clase, impotente porque está fragmentada y dispersa, y cuyo poder latente conocen tan bien el gobierno y la nobleza que dejan a propósito que las escuelas se degraden para que siga siendo ignorante, darle vida y atraerla al movimiento: esa es la tarea más próxima y más urgente del movimiento obrero alemán. Desde el día en que la masa de los jornaleros del campo haya aprendido a comprender sus propios intereses, desde ese día será imposible en Alemania un gobierno reaccionario, feudal, burocrático o burgués.

Complemento de Engels de 1874 al prólogo de 1870

Escrito por Friedrich Engels en Londres el 1 de julio de 1874. Publicado en Friedrich Engels, Der deutsche Bauernkrieg (tercera edición, Leipzig, 1875).

Las líneas anteriores se escribieron hace más de cuatro años. Todavía hoy conservan su validez. Lo que era cierto después de Sadowa y de la división de Alemania se confirma también después de Sedán20 y de la fundación del Sacro Imperio Alemán de Nación Prusiana.21 Tan poco pueden cambiar la dirección del movimiento histórico las aparatosas funciones de Estado «que conmueven al mundo» de la llamada alta política.

Lo que sí pueden, en cambio, esas aparatosas funciones de Estado es acelerar la velocidad de ese movimiento. Y en este aspecto los autores de los citados «acontecimientos que conmueven al mundo» han tenido éxitos involuntarios que sin duda les resultan a ellos mismos de lo más indeseables, pero que, de buena o de mala gana, tienen que aceptar.

Ya la guerra de 1866 sacudió los cimientos de la vieja Prusia. Después de 1848 ya había costado trabajo volver a someter a la antigua disciplina el elemento industrial rebelde —tanto burgués como proletario— de las provincias occidentales; con todo, se había conseguido, y el interés de los junkers de las provincias orientales volvía a ser, después del del ejército, el que dominaba en el Estado. En 1866 casi todo el noroeste de Alemania se hizo prusiano. Aparte del daño moral irreparable que sufrió la corona prusiana por la gracia de Dios al tragarse otras tres coronas por la gracia de Dios, el centro de gravedad de la monarquía se desplazó ahora considerablemente hacia el oeste. Los 5 millones de renanos y westfalianos se vieron reforzados, primero, por los 4 millones de alemanes anexionados directamente y, luego, por los 6 millones anexionados indirectamente a través de la Confederación de Alemania del Norte.22 Y en 1870 se añadieron los 8 millones de alemanes del suroeste, de modo que en el «nuevo Imperio» se enfrentaban a los 14 millones y medio de prusianos viejos (de las seis provincias al este del Elba, entre ellos, por añadidura, 2 millones de polacos) unos 25 millones que habían dejado atrás hacía mucho el feudalismo de los junkers de la vieja Prusia. Así, precisamente las victorias del ejército prusiano desplazaron toda la base del edificio del Estado prusiano; la dominación de los junkers se fue haciendo cada vez más insoportable incluso para el propio gobierno. Pero al mismo tiempo el desarrollo industrial, vertiginosamente rápido, había sustituido la lucha entre junkers y burgueses por la lucha entre burgueses y obreros, de modo que también en el interior las bases sociales del viejo Estado experimentaron una transformación completa. La monarquía, en lenta descomposición desde 1840, había tenido como condición fundamental la lucha entre la nobleza y la burguesía, en la que mantenía el equilibrio; desde el momento en que ya no se trataba de proteger a la nobleza contra el empuje de la burguesía, sino a todas las clases poseedoras contra el empuje de la clase obrera, la vieja monarquía absoluta tenía que pasar por completo a la forma de Estado elaborada expresamente con ese fin: la monarquía bonapartista. Ya he expuesto en otro lugar este paso de Prusia al bonapartismo (Contribución al problema de la vivienda, cuaderno 2.º, págs. 26 y ss.).23 Lo que allí no tenía por qué subrayar, pero que aquí es muy esencial, es que este paso fue el mayor progreso que Prusia había hecho desde 1848: tan rezagada se había quedado Prusia respecto del desarrollo moderno. Seguía siendo, en efecto, un Estado semifeudal, y el bonapartismo es, en todo caso, una forma de Estado moderna, que presupone la eliminación del feudalismo. Prusia tiene, pues, que decidirse a acabar con sus numerosos restos feudales, a sacrificar a los junkers como tales. Naturalmente, esto se hace en la forma más suave y al son de la conocida tonadilla: ¡Siempre despacito adelante!24 Así, por ejemplo, en la tan celebrada ley de los distritos.25 Esta suprime los privilegios feudales de cada junker en su finca, pero solo para restablecerlos como prerrogativas del conjunto de los grandes terratenientes sobre todo el distrito. La cosa sigue igual; solo se la traduce del dialecto feudal al burgués. Se convierte a la fuerza al junker de la vieja Prusia en algo así como un squire inglés, y no tenía por qué resistirse tanto, porque tan tonto es el uno como el otro.

Así pues, Prusia tiene el singular destino de culminar a finales de este siglo, en la agradable forma del bonapartismo, su revolución burguesa, que empezó de 1808 a 181326 y que en 1848 llevó un trecho más adelante. Y si todo va bien y el mundo se queda bien tranquilo y todos llegamos a viejos, quizá podamos ver en el año 1900 que el gobierno de Prusia ha abolido de verdad todas las instituciones feudales, que Prusia ha llegado por fin al punto en que estaba Francia en 1792.

Abolir el feudalismo, expresado en positivo, significa establecer condiciones burguesas. En la misma medida en que caen los privilegios de la nobleza, la legislación se aburguesa. Y aquí tropezamos con el meollo de la relación entre la burguesía alemana y el gobierno. Hemos visto que el gobierno se ve obligado a introducir esas reformas lentas y mezquinas. Pero ante la burguesía presenta cada una de esas pequeñas concesiones como un sacrificio hecho a los burgueses, como una concesión arrancada a la corona a duras penas, a cambio de la cual ellos, los burgueses, tendrían que conceder a su vez algo al gobierno. Y los burgueses, aunque ven bastante claro cómo están las cosas, aceptan el engaño. De ahí ha nacido ese contrato tácito que es la base muda de todos los debates del Reichstag y de la Cámara en Berlín: por un lado, el gobierno reforma las leyes a paso de tortuga en interés de la burguesía, elimina las trabas a la industria nacidas del feudalismo y de la fragmentación en pequeños Estados, establece la unidad de moneda, pesas y medidas, la libertad de industria, etc., pone a disposición ilimitada del capital, mediante la libertad de residencia, la fuerza de trabajo de Alemania, favorece el comercio y la especulación; por otro lado, la burguesía deja al gobierno todo el poder político efectivo, vota impuestos, empréstitos y soldados y ayuda a redactar todas las nuevas leyes de reforma de modo que el viejo poder policial sobre los individuos indeseables conserve todo su vigor. La burguesía compra su gradual emancipación social con la renuncia inmediata a un poder político propio. Naturalmente, el motivo principal que hace aceptable para la burguesía semejante contrato no es el miedo al gobierno, sino el miedo al proletariado.

Ahora bien, por lamentable que sea el papel de nuestra burguesía en el terreno político, no puede negarse que en el aspecto industrial y comercial por fin cumple con su deber. El auge de la industria y del comercio al que se aludía en la introducción a la segunda edición se ha desarrollado desde entonces con energía mucho mayor todavía. Lo ocurrido en este aspecto desde 1869 en la región industrial renano-westfaliana es sencillamente inaudito para Alemania y recuerda el auge de los distritos fabriles ingleses a comienzos de este siglo. Y lo mismo sucederá en Sajonia y en la Alta Silesia, en Berlín, en Hannover y en las ciudades portuarias. Por fin tenemos un comercio mundial, una industria verdaderamente grande, una burguesía verdaderamente moderna; pero, a cambio, también hemos tenido un verdadero crac27 y hemos adquirido igualmente un verdadero y poderoso proletariado.

Para el futuro historiador, en la historia de Alemania de 1869 a 1874 el estruendo de las batallas de Spicheren, Mars-la-Tour y Sedán,28 y todo lo que va unido a ello, tendrá mucha menos importancia que el desarrollo sin pretensiones, tranquilo pero constante, del proletariado alemán. Ya en 1870 los obreros alemanes tuvieron que afrontar una dura prueba: la provocación bonapartista a la guerra y su efecto natural, el entusiasmo nacional general en Alemania. Los obreros socialistas alemanes no se dejaron confundir ni un instante. No asomó en ellos el menor impulso de chovinismo nacional. En medio de la más desatada embriaguez de la victoria permanecieron fríos, exigieron «una paz equitativa con la República Francesa y ninguna anexión», y ni siquiera el estado de sitio pudo reducirlos al silencio.29 Ninguna gloria militar, ninguna palabrería sobre la «grandeza imperial» alemana prendió en ellos; su único objetivo siguió siendo la emancipación de todo el proletariado europeo. Bien puede decirse que los obreros de ningún otro país han sido sometidos hasta ahora a una prueba tan difícil, ni la han superado tan brillantemente.

Al estado de sitio de la guerra siguieron los procesos por alta traición, por lesa majestad y por injurias a funcionarios, las vejaciones policiales, cada vez mayores, de la paz. El Volksstaat30 tenía por regla general tres o cuatro redactores a la vez en la cárcel, y los demás periódicos en proporción. Todo orador del partido mínimamente conocido tenía que comparecer al menos una vez al año ante los tribunales, donde casi siempre era condenado. Expulsiones, confiscaciones, disoluciones de asambleas se sucedían en granizada. Todo en vano. El sitio de cada detenido o expulsado lo ocupaba enseguida otro; por cada asamblea disuelta se convocaban dos nuevas, y la arbitrariedad policial se iba cansando en un lugar tras otro ante la constancia y el estricto cumplimiento de las leyes. Todas las persecuciones produjeron lo contrario de lo que se proponían; lejos de quebrar al partido obrero, o siquiera de doblegarlo, no hicieron más que aportarle sin cesar nuevos reclutas y afianzar la organización. En su lucha tanto con las autoridades como con los burgueses particulares, los obreros se mostraron en todas partes intelectual y moralmente superiores, y demostraron sobre todo en sus conflictos con los llamados «patronos» que ahora los cultos son ellos, los obreros, y los patanes son los capitalistas. Y además llevan la lucha, en general, con un humor que es la mejor prueba de lo seguros que están de su causa y de lo conscientes que son de su superioridad. Una lucha así llevada, sobre un terreno preparado por la historia, tiene que dar grandes resultados. Los éxitos de las elecciones de enero31 no tienen hasta ahora parangón en la historia del movimiento obrero moderno, y el asombro que despertaron en toda Europa estaba plenamente justificado.

Los obreros alemanes tienen dos ventajas esenciales sobre los del resto de Europa. La primera, que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado el sentido teórico que tan por completo han perdido los llamados «cultos» de Alemania. Sin la filosofía alemana que lo precedió, en particular sin Hegel, nunca habría llegado a existir el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido jamás. Sin sentido teórico entre los obreros, este socialismo científico nunca se les habría metido tanto en la carne y en la sangre como ha ocurrido. Y qué ventaja tan inmensa es esta se ve, por un lado, en la indiferencia hacia toda teoría, que es una de las causas principales por las que el movimiento obrero inglés, pese a la excelente organización de los distintos oficios, avanza tan despacio, y, por otro, en los estragos y la confusión que ha causado el proudhonismo, en su forma originaria entre los franceses y los belgas, y en su forma caricaturizada todavía más por Bakunin entre los españoles y los italianos.32

La segunda ventaja es que los alemanes han llegado al movimiento obrero, en el tiempo, prácticamente los últimos. Así como el socialismo teórico alemán no olvidará nunca que se alza sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen, tres hombres que, pese a todas sus fantasías y a todo su utopismo, figuran entre las mentes más importantes de todos los tiempos y anticiparon genialmente innumerables cosas cuya exactitud demostramos ahora científicamente, así el movimiento obrero práctico alemán no debe olvidar nunca que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y del francés, que ha podido aprovechar sin más sus experiencias, pagadas a tan alto precio, y evitar ahora los errores que entonces eran casi siempre inevitables. Sin el precedente de las trade-unions inglesas y de las luchas obreras políticas francesas, sin el impulso gigantesco que dio sobre todo la Comuna de París, ¿dónde estaríamos ahora?

Hay que reconocer a los obreros alemanes que han sabido explotar las ventajas de su situación con una inteligencia poco común. Por primera vez desde que existe un movimiento obrero, la lucha se lleva por sus tres lados —el teórico, el político y el económico práctico (la resistencia contra los capitalistas)— con armonía, con coherencia y según un plan. Precisamente en este ataque, por así decir, concéntrico reside la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Por un lado, gracias a esta posición ventajosa y, por otro, por las peculiaridades insulares del movimiento inglés y la represión violenta del francés, los obreros alemanes se han visto situados de momento en la vanguardia de la lucha proletaria. No se puede predecir cuánto tiempo les dejarán los acontecimientos este puesto de honor. Pero mientras lo ocupen, es de esperar que lo desempeñen como es debido. Para ello hacen falta esfuerzos redoblados en todos los terrenos de la lucha y de la agitación. Será deber de los dirigentes, sobre todo, ilustrarse cada vez más sobre todas las cuestiones teóricas, librarse cada vez más de la influencia de las frases heredadas, propias de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha convertido en una ciencia, exige que se lo trate como una ciencia, es decir, que se lo estudie. Lo importante será difundir con celo redoblado entre las masas obreras la comprensión así adquirida, cada vez más clara, y estrechar cada vez más firmemente la organización tanto del partido como de los sindicatos. Aunque los votos socialistas emitidos en enero representen ya un ejército respetable, distan todavía mucho de constituir la mayoría de la clase obrera alemana; y por alentadores que sean los éxitos de la propaganda entre la población rural, precisamente aquí queda todavía infinitamente por hacer. No hay, pues, que desfallecer en la lucha; hay que arrancar al enemigo una ciudad tras otra, un distrito electoral tras otro; pero, sobre todo, hay que conservar el sentido auténticamente internacional, que no deja que asome ningún chovinismo patriótico y que saluda con alegría cada nuevo paso del movimiento proletario, venga de la nación que venga. Si los obreros alemanes avanzan así, no marcharán precisamente a la cabeza del movimiento —no interesa en absoluto a este movimiento que los obreros de una sola nación cualquiera marchen a su cabeza—, pero sí ocuparán un puesto honroso en la línea de batalla; y estarán preparados cuando pruebas inesperadamente duras o acontecimientos grandiosos exijan de ellos más valor, más decisión y más energía.

Friedrich Engels

Londres, 1 de julio de 1874

La guerra campesina en Alemania (1850)

También el pueblo alemán tiene su tradición revolucionaria. Hubo un tiempo en que Alemania produjo caracteres que pueden ponerse al lado de los mejores hombres de las revoluciones de otros países; en que el pueblo alemán desplegó una tenacidad y una energía que, en una nación más centralizada, habrían producido los resultados más grandiosos; en que campesinos y plebeyos alemanes iban preñados de ideas y planes ante los que sus descendientes retroceden a menudo con espanto.

Frente al abatimiento del momento, que se deja ver casi en todas partes tras dos años de lucha, ya es hora de volver a presentar al pueblo alemán las figuras toscas, pero vigorosas y tenaces, de la gran guerra campesina. Han pasado tres siglos desde entonces, y muchas cosas han cambiado; y, sin embargo, la guerra campesina no está tan lejos de nuestras luchas de hoy, y los adversarios contra los que hay que combatir son en gran parte los mismos. Las clases y fracciones de clase que en 1848 y 1849 traicionaron en todas partes las encontraremos ya en 1525 en el papel de traidores, aunque en un grado de desarrollo más bajo. Y si el robusto vandalismo de la guerra campesina solo se impuso a trechos en el movimiento de los últimos años, en el Odenwald, en la Selva Negra, en Silesia,33 eso no es, desde luego, ningún mérito de la insurrección moderna.

I. La situación económica y la estructura social de Alemania

Volvamos primero brevemente a la situación de Alemania a comienzos del siglo XVI.

La industria alemana había tomado un auge considerable en los siglos XIV y XV. La industria local, feudal y rural, había cedido el puesto a la producción gremial de las ciudades, que producía para círculos más amplios e incluso para mercados más lejanos. La tejeduría de paños bastos de lana y de lienzo era ya una rama industrial estable y muy extendida; en Augsburgo se fabricaban incluso tejidos finos de lana y de lino y telas de seda. Junto a la tejeduría había prosperado sobre todo esa industria rayana en el arte que se alimentaba del lujo eclesiástico y profano de la Baja Edad Media: la de los orfebres y plateros, los escultores y tallistas, los grabadores en cobre y en madera, los armeros, los medallistas, los torneros, etc., etc. Una serie de inventos más o menos importantes, cuyos puntos culminantes en la historia fueron la pólvora34 y la imprenta, había contribuido de forma esencial al progreso de los oficios. El comercio iba al mismo paso que la industria. La Hansa,35 con su monopolio marítimo de un siglo, había asegurado que toda la Alemania del Norte saliera de la barbarie medieval; y aunque desde finales del siglo XV empezaba a sucumbir rápidamente ante la competencia de ingleses y holandeses, la gran ruta comercial de la India hacia el norte seguía pasando por Alemania, a pesar de los descubrimientos de Vasco da Gama,36 y Augsburgo seguía siendo la gran plaza de depósito de las sederías italianas, las especias de la India y todos los productos del Levante. Las ciudades de la Alta Alemania, sobre todo Augsburgo y Núremberg, eran el centro de una riqueza y un lujo considerables para la época. También la obtención de materias primas había progresado mucho. Los mineros alemanes eran en el siglo XV los más hábiles del mundo, y el florecimiento de las ciudades había sacado también a la agricultura de su primera rudeza medieval. No solo se habían roturado extensas superficies, sino que se cultivaban también plantas tintóreas y otras plantas importadas, cuyo cultivo, más esmerado, influía favorablemente en la agricultura en general.

Con todo, el auge de la producción nacional de Alemania no había ido al mismo paso que el de otros países. La agricultura estaba muy por detrás de la inglesa y la de los Países Bajos, la industria por detrás de la italiana, la flamenca y la inglesa, y en el comercio marítimo los ingleses y, sobre todo, los holandeses empezaban ya a desalojar a los alemanes. La población seguía siendo muy escasa. La civilización solo existía en Alemania de forma esporádica, agrupada en torno a algunos centros industriales y comerciales; los intereses de esos mismos centros divergían mucho y apenas tenían aquí y allá algún punto de contacto. El Sur tenía relaciones comerciales y mercados muy distintos de los del Norte; el Este y el Oeste casi no tenían tráfico alguno entre sí. Ninguna ciudad llegó a convertirse en el centro de gravedad industrial y comercial de todo el país, como lo era ya, por ejemplo, Londres para Inglaterra. Todo el tráfico interior se limitaba casi exclusivamente a la navegación de cabotaje y fluvial y a las pocas grandes rutas comerciales, de Augsburgo y Núremberg por Colonia hacia los Países Bajos y por Erfurt hacia el norte. Lejos de los ríos y de las rutas comerciales quedaba una serie de ciudades más pequeñas que, excluidas del gran tráfico, seguían vegetando sin sobresaltos en las condiciones de vida de la Baja Edad Media, necesitaban pocas mercancías de fuera y daban pocos productos para la exportación. De la población del campo, solo la nobleza entraba en contacto con círculos más amplios y con necesidades nuevas; la masa de los campesinos no pasaba nunca de las relaciones locales más inmediatas y del horizonte local que llevaban consigo.

Mientras que en Inglaterra y en Francia el auge del comercio y de la industria trajo consigo el encadenamiento de los intereses en todo el país y, con ello, la centralización política, Alemania solo llegó a agrupar los intereses por provincias, en torno a centros meramente locales, y con ello a la fragmentación política; una fragmentación que poco después, con la exclusión de Alemania del comercio mundial, acabó de asentarse. A medida que se descomponía el Imperio puramente feudal, se disolvía el vínculo imperial en general: los grandes feudatarios del Imperio se convertían en príncipes casi independientes, y las ciudades imperiales, por un lado, y los caballeros imperiales, por otro, cerraban alianzas, ya unos contra otros, ya contra los príncipes o el emperador. El poder imperial, desorientado él mismo sobre su posición, oscilaba sin rumbo entre los diversos elementos que componían el Imperio y perdía cada vez más autoridad; su intento de centralizar a la manera de Luis XI37 no pasó, pese a todas las intrigas y violencias, de mantener unidos los territorios hereditarios austriacos. Quienes en esta confusión, en estos innumerables conflictos entrecruzados, acabaron ganando, y tenían que ganar, fueron los representantes de la centralización dentro de la fragmentación, de la centralización local y provincial: los príncipes, junto a los cuales el propio emperador se fue convirtiendo cada vez más en un príncipe como los demás.

En estas condiciones, la posición de las clases heredadas de la Edad Media había cambiado de forma esencial, y junto a las antiguas se habían formado clases nuevas.

De la alta nobleza habían salido los príncipes. Eran ya casi del todo independientes del emperador y poseían la mayoría de los derechos de soberanía. Hacían la guerra y la paz por su cuenta, mantenían ejércitos permanentes, convocaban Dietas y establecían impuestos. Habían sometido ya a su obediencia a buena parte de la baja nobleza y de las ciudades, y empleaban sin cesar todos los medios para incorporar a sus territorios las ciudades y baronías que aún dependían directamente del Imperio. Frente a ellas centralizaban, igual que frente al poder imperial actuaban como descentralizadores. Hacia dentro, su gobierno era ya muy arbitrario. Por lo general solo convocaban a los estamentos cuando no tenían otro remedio. Establecían impuestos y tomaban dinero prestado cuando les venía en gana; el derecho de los estamentos a votar los impuestos rara vez se reconocía y aún más rara vez se ejercía. E incluso entonces el príncipe solía tener la mayoría gracias a los dos estamentos exentos de impuestos que participaban del disfrute de lo recaudado: la caballería y los prelados. Las necesidades de dinero de los príncipes crecían con el lujo y la amplitud de la corte, con los ejércitos permanentes, con los gastos crecientes del gobierno. Los impuestos eran cada vez más agobiantes. Las ciudades estaban en general protegidas contra ellos por sus privilegios; todo el peso de la carga fiscal caía sobre los campesinos, tanto sobre los campesinos de los dominios de los propios príncipes como sobre los siervos, siervos de la gleba y campesinos censatarios de los caballeros vasallos. Donde no bastaba la imposición directa, entraba la indirecta; se recurría a las maniobras más refinadas del arte financiero para llenar un fisco agujereado. Cuando nada daba resultado, cuando ya no quedaba nada que empeñar y ninguna ciudad libre imperial quería dar más crédito, se pasaba a operaciones monetarias de la peor especie: se acuñaba moneda mala, se imponían cotizaciones forzosas altas o bajas según conviniera al fisco. El tráfico de privilegios urbanos y de otro tipo, que después se revocaban por la fuerza para volver a venderlos a buen precio, el aprovechamiento de cualquier intento de oposición para imponer contribuciones de guerra y saqueos de toda clase, etc., etc., eran también fuentes de dinero lucrativas y cotidianas para los príncipes de aquella época. También la justicia era para los príncipes un artículo de comercio constante y nada despreciable. En una palabra, los súbditos de entonces, que además tenían que saciar la codicia privada de los bailíos y funcionarios de los príncipes, saborearon en toda su plenitud las bendiciones del sistema de gobierno «paternal».

De la jerarquía feudal de la Edad Media, la nobleza media había desaparecido casi por completo: o se había elevado a la independencia de pequeños príncipes o había descendido a las filas de la baja nobleza. La baja nobleza, la caballería, caminaba rápidamente hacia su decadencia. Gran parte de ella estaba ya del todo empobrecida y vivía solo del servicio a los príncipes en cargos militares o civiles; otra parte estaba en el vasallaje y la obediencia de los príncipes; la menor dependía directamente del Imperio. El desarrollo del arte de la guerra, la importancia creciente de la infantería y el perfeccionamiento de las armas de fuego acabaron con la importancia de sus servicios militares como caballería pesada y destruyeron a la vez la inexpugnabilidad de sus castillos. Exactamente igual que los artesanos de Núremberg, los caballeros se vieron hechos superfluos por el progreso de la industria. La necesidad de dinero de la caballería contribuyó mucho a su ruina. El lujo de los castillos, la rivalidad en la pompa de los torneos y las fiestas, el precio de las armas y los caballos subían con los progresos del desarrollo social, mientras que las fuentes de ingresos de los caballeros y los barones aumentaban poco o nada. Las guerras privadas,38 con su obligado saqueo y sus contribuciones forzosas, el asalto en los caminos y otras nobles ocupaciones parecidas se volvieron con el tiempo demasiado peligrosas. Los tributos y servicios de los súbditos del señorío apenas rendían más que antes. Para cubrir sus crecientes necesidades, los graciosos señores tuvieron que recurrir a los mismos medios que los príncipes. El despellejamiento de los campesinos por la nobleza se perfeccionaba de año en año. A los siervos se les chupaba hasta la última gota de sangre, a los siervos de la gleba se les cargaba con nuevos tributos y servicios bajo toda clase de pretextos y nombres. Las prestaciones personales, los censos, las rentas, los laudemios, la luctuosa, los derechos de protección, etc., se elevaban arbitrariamente a despecho de todos los antiguos contratos. La justicia se denegaba o se vendía, y cuando el caballero no podía llegar de otro modo al dinero del campesino, lo metía sin más en la torre y lo obligaba a pagar su rescate.

Con los demás estamentos, la baja nobleza tampoco estaba en buenas relaciones. La nobleza vasalla trataba de pasar a depender directamente del Imperio; la que ya dependía directamente de él, de conservar su independencia: de ahí las constantes disputas con los príncipes. Al clero, que en la forma hinchada que tenía entonces le parecía al caballero un estamento del todo superfluo, le envidiaba sus grandes bienes y sus riquezas, que el celibato y la constitución de la Iglesia mantenían reunidas. Con las ciudades andaba siempre a la greña: estaba endeudado con ellas, vivía del saqueo de su territorio, del robo a sus comerciantes, del rescate de los prisioneros que les tomaba en sus guerras privadas. Y la lucha de la caballería contra todos estos estamentos se hacía tanto más violenta cuanto más se convertía también para ella la cuestión del dinero en una cuestión de vida o muerte.

El clero, representante de la ideología del feudalismo medieval, no sentía menos la influencia del vuelco histórico. La imprenta y las necesidades de un comercio más extenso le habían arrebatado el monopolio no solo de la lectura y la escritura, sino también de la cultura superior. La división del trabajo llegaba también al terreno intelectual. El estamento de los juristas, que acababa de surgir, lo desalojaba de una serie de cargos de los más influyentes. También el clero empezaba a volverse superfluo en gran parte, y él mismo lo reconocía con su pereza y su ignorancia, siempre en aumento. Pero cuanto más superfluo se volvía, más numeroso era, gracias a sus enormes riquezas, que seguía aumentando sin cesar empleando todos los medios posibles.

En el clero había dos clases completamente distintas. La jerarquía feudal eclesiástica formaba la clase aristocrática: los obispos y arzobispos, los abades, los priores y demás prelados. Estos altos dignatarios de la Iglesia eran o bien príncipes del Imperio ellos mismos, o bien dominaban como señores feudales, bajo la soberanía de otros príncipes, grandes extensiones de tierra con numerosos siervos y siervos de la gleba. No solo explotaban a sus subordinados con la misma falta de miramientos que la nobleza y los príncipes, sino que procedían de forma todavía mucho más desvergonzada. Junto a la violencia brutal se ponían en movimiento todas las argucias de la religión; junto a los terrores de la tortura, todos los terrores de la excomunión y de la absolución denegada, todas las intrigas del confesonario, para arrancar a los súbditos el último ochavo o para acrecentar el patrimonio de la Iglesia. La falsificación de documentos era entre estos dignos varones un medio corriente y muy apreciado de estafa. Pero aunque, además de las prestaciones feudales y los censos ordinarios, cobraban también el diezmo, todos estos ingresos no bastaban todavía. Se recurrió a la fabricación de imágenes de santos y de reliquias milagrosas, a la organización de estaciones de oración que daban la salvación, al tráfico de indulgencias, para arrancar al pueblo tributos mayores, y durante mucho tiempo con el mejor de los éxitos.

Estos prelados y su innumerable gendarmería de frailes, reforzada sin cesar a medida que se extendían las agitaciones políticas y religiosas, eran los blancos en que se concentraba el odio a los curas, no solo del pueblo, sino también de la nobleza. En la medida en que dependían directamente del Imperio, estorbaban al príncipe. La vida regalada de los orondos obispos y abades y de su ejército de frailes despertaba la envidia de la nobleza e indignaba al pueblo, que tenía que pagar los gastos, tanto más cuanto más clamorosamente contradecía sus sermones.

La fracción plebeya del clero estaba formada por los predicadores del campo y de las ciudades. Estaban fuera de la jerarquía feudal de la Iglesia y no tenían parte en sus riquezas. Su trabajo estaba menos controlado y, por importante que fuera para la Iglesia, era de momento mucho menos imprescindible que los servicios de policía de los frailes acuartelados. Por eso se les pagaba mucho peor, y sus prebendas eran en general muy escasas. De origen burgués o plebeyo, estaban lo bastante cerca de las condiciones de vida de la masa como para conservar, pese a ser curas, simpatías burguesas y plebeyas. La participación en los movimientos de la época, que en los frailes era solo una excepción, en ellos era la regla. Dieron los teóricos e ideólogos del movimiento, y muchos de ellos, representantes de los plebeyos y los campesinos, murieron por ello en el cadalso. El odio popular a los curas solo se vuelve contra ellos en casos aislados.

Igual que por encima de los príncipes y la nobleza estaba el emperador, por encima de los curas altos y bajos estaba el papa. Igual que al emperador se le pagaba el «penique común»,39 los impuestos del Imperio, al papa se le pagaban los impuestos generales de la Iglesia, con los que sufragaba el lujo de la corte romana. En ningún país se recaudaban estos impuestos eclesiásticos —gracias al poder y al número de los curas— con más escrupulosidad y rigor que en Alemania. Así sucedía, en particular, con las anatas40 cuando quedaban vacantes los obispados. Con las necesidades crecientes se inventaron luego nuevos medios para procurarse dinero: el comercio de reliquias, el dinero de las indulgencias y de los jubileos, etc. Así salían cada año de Alemania hacia Roma grandes sumas, y la opresión que eso aumentaba no solo avivaba el odio a los curas, sino que excitaba también el sentimiento nacional, sobre todo de la nobleza, el estamento más nacional de entonces.

De la primitiva vecindad de las ciudades medievales habían salido, con el florecimiento del comercio y de los oficios, tres fracciones claramente separadas.

A la cabeza de la sociedad urbana estaban los linajes patricios, el llamado «patriciado».41 Eran las familias más ricas. Solo ellos se sentaban en el concejo y ocupaban todos los cargos municipales. Por eso no solo administraban los ingresos de la ciudad, sino que también se los comían. Fuertes por su riqueza y por su posición aristocrática, heredada de antiguo y reconocida por el emperador y el Imperio, explotaban de todas las maneras tanto a la comunidad urbana como a los campesinos sometidos a la ciudad. Practicaban la usura con el grano y con el dinero, se otorgaban monopolios de toda clase, quitaban a la comunidad, uno tras otro, todos los derechos al uso común de los bosques y prados de la ciudad y los aprovechaban directamente en su propio beneficio privado, imponían arbitrariamente portazgos, pontazgos y derechos de puerta y otras cargas, y traficaban con los privilegios gremiales, los derechos de maestría y de vecindad y con la justicia. Con los campesinos del término municipal no se portaban con más miramientos que la nobleza o los curas; al contrario, los bailíos y funcionarios que la ciudad tenía en las aldeas, todos ellos patricios, añadían a la dureza y la codicia aristocráticas una cierta exactitud burocrática en la recaudación. Los ingresos municipales así reunidos se administraban con la mayor arbitrariedad; la contabilidad en los libros de la ciudad, una pura formalidad, era todo lo descuidada y embrollada posible; las malversaciones y los descubiertos en caja estaban a la orden del día. Lo fácil que le resultaba entonces a una casta poco numerosa, rodeada de privilegios por todas partes y estrechamente unida por el parentesco y el interés, enriquecerse enormemente con los ingresos de la ciudad, se comprende si se piensa en las numerosas malversaciones y estafas que el año 1848 sacó a la luz en tantas administraciones municipales.

Los patricios se habían cuidado de dejar adormecer en todas partes los derechos de la comunidad urbana, sobre todo en materia de finanzas. Solo más tarde, cuando los abusos de estos señores pasaron de la raya, las comunidades volvieron a ponerse en movimiento para hacerse al menos con el control de la administración de la ciudad. En la mayoría de las ciudades recuperaron de hecho sus derechos. Pero con las eternas disputas de los gremios entre sí, con la tenacidad de los patricios y con la protección que estos hallaban en el Imperio y en los gobiernos de las ciudades aliadas suyas, los concejales patricios restablecieron muy pronto de hecho su antiguo dominio exclusivo, ya por la astucia, ya por la fuerza. A comienzos del siglo XVI la comunidad estaba de nuevo en la oposición en todas las ciudades.

La oposición urbana contra el patriciado se dividía en dos fracciones, que aparecen muy definidas en la guerra campesina.

La oposición burguesa, precursora de nuestros liberales de hoy, abarcaba a los burgueses ricos y medianos y a una parte mayor o menor, según las circunstancias locales, de los pequeños burgueses. Sus reivindicaciones se mantenían estrictamente en el terreno constitucional. Exigían el control de la administración municipal y una parte en el poder legislativo, ya fuera por medio de la asamblea de la comunidad misma, ya por medio de una representación de la comunidad (consejo grande, comité de la comunidad); además, que se limitaran el nepotismo patricio y la oligarquía de unas pocas familias, que se dejaba ver cada vez más abiertamente incluso dentro del patriciado. A lo sumo pedían además que algunos puestos del concejo se cubrieran con burgueses salidos de sus propias filas. Este partido, al que se sumaba aquí y allá la fracción descontenta y venida a menos del patriciado, tenía la gran mayoría en todas las asambleas ordinarias de la comunidad y en los gremios. Los partidarios del concejo y la oposición más radical juntos eran, con mucho, la minoría entre los verdaderos burgueses.

Veremos cómo durante el movimiento del siglo XVI esta oposición «moderada», «legal», «acomodada» e «inteligente» desempeña exactamente el mismo papel, y con exactamente el mismo éxito, que su heredero, el partido constitucional, en el movimiento de 1848 y 1849.

Por lo demás, la oposición burguesa clamaba todavía muy en serio contra los curas, cuya vida ociosa y regalada y cuyas costumbres relajadas le causaban gran escándalo. Exigía medidas contra la escandalosa conducta de estos dignos varones. Pedía que se abolieran la jurisdicción propia y la exención fiscal de los curas y que se limitara en general el número de frailes.

La oposición plebeya estaba formada por los burgueses venidos a menos y por la masa de los habitantes de la ciudad excluida del derecho de vecindad: los oficiales artesanos, los jornaleros y los numerosos embriones del lumpenproletariado que se encuentran ya incluso en los grados inferiores del desarrollo urbano. El lumpenproletariado es, en general, un fenómeno que, más o menos desarrollado, aparece en casi todas las fases de la sociedad habidas hasta hoy. La cantidad de gente sin oficio determinado ni domicilio fijo aumentó mucho precisamente entonces con la descomposición del feudalismo, en una sociedad en la que todavía cada oficio, cada esfera de la vida, estaba atrincherada tras una infinidad de privilegios. En ninguno de los países desarrollados había sido nunca tan grande el número de vagabundos como en la primera mitad del siglo XVI. Una parte de estos vagabundos se enrolaba en los ejércitos en tiempo de guerra, otra recorría el país mendigando, y la tercera, en fin, buscaba en las ciudades su mísera subsistencia con trabajos de jornalero y con todo lo que no estuviera sujeto a gremio. Las tres desempeñan un papel en la guerra campesina: la primera en los ejércitos de los príncipes, ante los que sucumbieron los campesinos; la segunda en las conjuras y las huestes campesinas, donde su influencia desmoralizadora asoma a cada momento; la tercera en las luchas de los partidos urbanos. No hay que olvidar, por lo demás, que una gran parte de esta clase, en especial la que vivía en las ciudades, conservaba todavía entonces un núcleo considerable de sana naturaleza campesina y estaba aún muy lejos de haber desarrollado la venalidad y la degradación del lumpenproletariado civilizado de hoy.

Como se ve, la oposición plebeya de las ciudades de entonces estaba formada por elementos muy mezclados. Reunía los componentes degradados de la vieja sociedad feudal y gremial con el elemento proletario, todavía sin desarrollar y apenas emergente, de la moderna sociedad burguesa que empezaba a germinar. De un lado, maestros agremiados empobrecidos, que todavía estaban ligados por el privilegio al orden burgués existente; del otro, campesinos expulsados y servidores licenciados que aún no podían convertirse en proletarios. Entre unos y otros, los oficiales, que de momento estaban fuera de la sociedad oficial y que en sus condiciones de vida se acercaban al proletariado todo lo que permitían la industria de entonces y el privilegio gremial, pero que, al mismo tiempo, eran casi todos futuros maestros burgueses, en virtud de ese mismo privilegio gremial. La posición política de esta mezcla de elementos era, por ello, necesariamente muy insegura y variaba según el lugar. Antes de la guerra campesina, la oposición plebeya no aparece en las luchas políticas como partido; aparece solo como cola turbulenta y ávida de saqueo de la oposición burguesa, que se compraba y se vendía por unos cuantos toneles de vino. Son los levantamientos de los campesinos los que la convierten en partido, y aun entonces depende casi en todas partes de los campesinos en sus reivindicaciones y en su actuación: prueba notable de lo mucho que la ciudad dependía todavía entonces del campo. En la medida en que actúa por su cuenta, exige que se restablezcan en el campo los monopolios de oficio de la ciudad y no quiere ver mermados los ingresos de la ciudad por la abolición de las cargas feudales en su término, etc.; en una palabra, en esa medida es reaccionaria, se subordina a sus propios elementos pequeñoburgueses y ofrece así un preludio característico de la tragicomedia que la pequeña burguesía moderna representa desde hace tres años bajo la razón social de la democracia.

Solo en Turingia, bajo la influencia directa de Münzer, y en algunos otros lugares, bajo la de sus discípulos, la fracción plebeya de las ciudades se vio arrastrada por la tormenta general hasta el punto de que el elemento proletario embrionario que había en ella se impuso por un momento a todas las demás fracciones del movimiento. Este episodio, que constituye el punto culminante de toda la guerra campesina y se agrupa en torno a su figura más grandiosa, Tomás Münzer, es también el más breve. Se comprende que tuviera que hundirse con la mayor rapidez, que al mismo tiempo tuviera un sello preferentemente fantástico y que la expresión de sus reivindicaciones tuviera que quedar muy imprecisa; era precisamente el que menos terreno firme encontraba en las condiciones de la época.

Por debajo de todas estas clases, con excepción de la última, estaba la gran masa explotada de la nación: los campesinos. Sobre el campesino pesaba todo el edificio de capas de la sociedad: príncipes, funcionarios, nobleza, curas, patricios y burgueses. Lo mismo si pertenecía a un príncipe que a un barón libre del Imperio, a un obispo, a un monasterio o a una ciudad, en todas partes se le trataba como a una cosa, como a una bestia de carga, y peor. Si era siervo, estaba a merced de su señor. Si era siervo de la gleba, ya las prestaciones legales, fijadas por contrato, bastaban para aplastarlo; pero esas prestaciones se aumentaban de día en día. Tenía que trabajar la mayor parte de su tiempo en las tierras del señor; de lo que ganaba en las pocas horas libres tenía que pagar diezmos, censos, rentas, pechos, dinero de hueste (impuesto de guerra), impuesto territorial e impuesto imperial. No podía casarse ni morirse sin que hubiera que pagar al señor. Además de las prestaciones personales ordinarias, tenía que recoger para el gracioso señor broza para la cama del ganado, recoger fresas, recoger arándanos, recoger conchas de caracol, ojear la caza, cortar leña, etc. La pesca y la caza pertenecían al señor, y el campesino tenía que mirar tranquilamente cómo la caza le destrozaba la cosecha. Los pastos y bosques comunales de los campesinos se los habían arrebatado los señores por la fuerza casi en todas partes. Y lo mismo que de la propiedad, el señor disponía a su antojo de la persona del campesino y de la de su mujer y sus hijas. Tenía el derecho de pernada. Lo metía en la torre cuando le venía en gana, y allí le esperaba entonces la tortura con la misma seguridad con que hoy le espera el juez de instrucción. Lo mataba a golpes o lo hacía decapitar cuando le venía en gana. De aquellos edificantes capítulos de la Carolina42 que tratan «de cortar las orejas», «de cortar la nariz», «de sacar los ojos», «de cortar los dedos y las manos», «de decapitar», «de la rueda», «de la hoguera», «de atenazar con tenazas al rojo», «de descuartizar», etc., no hay uno solo que el gracioso señor, dueño o protector, no aplicara a su antojo contra sus campesinos. ¿Quién iba a protegerlo? En los tribunales se sentaban barones, curas, patricios o juristas que sabían muy bien por qué se les pagaba. Al fin y al cabo, todos los estamentos oficiales del Imperio vivían de exprimir a los campesinos.

Los campesinos, aunque rechinaban los dientes bajo aquella opresión terrible, eran sin embargo difíciles de llevar a la insurrección. Su dispersión dificultaba en grado sumo cualquier acuerdo común. La larga costumbre de la sumisión, transmitida de generación en generación, la falta de hábito en el uso de las armas en muchas regiones y la dureza de la explotación, que disminuía o aumentaba según la personalidad de los señores, contribuían a mantener tranquilos a los campesinos. Por eso encontramos en la Edad Media insurrecciones locales de campesinos en abundancia, pero, al menos en Alemania, ni un solo levantamiento campesino general y nacional antes de la guerra campesina. Además, los campesinos solos no estaban en condiciones de hacer una revolución mientras tuvieran enfrente, aliado y compacto, el poder organizado de los príncipes, la nobleza y las ciudades. Solo mediante una alianza con otros estamentos podían tener alguna posibilidad de vencer; pero ¿cómo iban a aliarse con otros estamentos, si todos los explotaban por igual?

Como vemos, los distintos estamentos del Imperio —príncipes, nobleza, prelados, patricios, burgueses, plebeyos y campesinos— formaban a comienzos del siglo XVI una masa sumamente confusa, con las necesidades más diversas, que se entrecruzaban en todas direcciones. Cada estamento estorbaba al otro y estaba en lucha continua, ya abierta, ya encubierta, con todos los demás. Aquella división de toda la nación en dos grandes campos, tal como existía al estallar la primera revolución en Francia y tal como existe hoy, en un grado de desarrollo superior, en los países más avanzados, era en estas circunstancias sencillamente imposible; solo podía producirse, siquiera de forma aproximada, si se levantaba la capa más baja de la nación, explotada por todos los demás estamentos: los campesinos y los plebeyos. Se comprenderá fácilmente la maraña de intereses, opiniones y aspiraciones de aquella época si se recuerda la confusión que ha producido en los dos últimos años la composición actual de la nación alemana, mucho menos complicada, en nobleza feudal, burguesía, pequeña burguesía, campesinos y proletariado.

II. Los grandes grupos de oposición y sus ideologías: Lutero y Münzer

La agrupación en conjuntos más amplios de los estamentos, tan variados entonces, la hacían ya casi imposible la descentralización y la autonomía local y provincial, el aislamiento industrial y comercial de las provincias entre sí y las malas comunicaciones. Esa agrupación no se forma hasta que se difunden por todas partes, con la Reforma, unas ideas religioso-políticas revolucionarias. Los distintos estamentos que se suman a esas ideas o se les oponen concentran a la nación, muy trabajosamente, eso sí, y solo de forma aproximada, en tres grandes campos: el católico o reaccionario, el luterano burgués-reformista y el revolucionario. Si en esta gran escisión de la nación descubrimos poca coherencia, si en los dos primeros campos encontramos en parte los mismos elementos, ello se explica por el estado de descomposición en que se hallaba la mayoría de los estamentos oficiales heredados de la Edad Media, y por la descentralización, que en lugares distintos señalaba momentáneamente a esos mismos estamentos direcciones opuestas. En los últimos años hemos tenido ocasión de ver en Alemania con tanta frecuencia hechos muy parecidos que no puede extrañarnos semejante revoltijo aparente de estamentos y clases en las condiciones, mucho más enrevesadas, del siglo XVI.

La ideología alemana, pese a las experiencias más recientes, sigue sin ver en las luchas que acabaron con la Edad Media otra cosa que violentas querellas teológicas. Si las gentes de aquella época se hubieran puesto de acuerdo sobre las cosas del cielo, no habría habido, en opinión de nuestros patrios entendidos en historia y sabios de la política, motivo alguno para pelearse por las cosas de este mundo. Estos ideólogos son lo bastante crédulos para tomar por moneda de ley todas las ilusiones que una época se hace sobre sí misma o que los ideólogos de un tiempo se hacen sobre ese tiempo. La misma clase de gente ve, por ejemplo, en la revolución de 1789 solo un debate algo acalorado sobre las ventajas de la monarquía constitucional frente a la absoluta; en la revolución de julio, una controversia práctica sobre la insostenibilidad del derecho «por la gracia de Dios»; en la revolución de febrero, el intento de resolver la cuestión de «¿república o monarquía?», etcétera.43 De las luchas de clases que se libran en esas sacudidas, y cuya mera expresión es la frase política escrita cada vez en la bandera, de esas luchas de clases nuestros ideólogos apenas tienen idea todavía hoy, aunque la noticia llega con claridad suficiente no solo del extranjero, sino también del murmullo y el rencor sordo de muchos miles de proletarios del país.

También en las llamadas guerras de religión del siglo XVI se trataba ante todo de intereses materiales de clase muy positivos, y esas guerras eran luchas de clases ni más ni menos que las colisiones internas posteriores en Inglaterra y en Francia. Que aquellas luchas de clases llevaran entonces santo y seña religiosos,44 que los intereses, necesidades y reivindicaciones de las distintas clases se ocultaran bajo un manto religioso, no cambia nada el fondo del asunto y se explica fácilmente por las condiciones de la época.

La Edad Media se había desarrollado enteramente a partir de lo tosco y primitivo. Había hecho tabla rasa de la antigua civilización, de la antigua filosofía, la política y la jurisprudencia, para empezar en todo de nuevo desde el principio. Lo único que había tomado del mundo antiguo desaparecido era el cristianismo y un puñado de ciudades medio destruidas y despojadas de toda su civilización. La consecuencia fue que, como en todas las fases primitivas de desarrollo, los curas obtuvieron el monopolio de la cultura intelectual, y con ello la cultura misma adquirió un carácter esencialmente teológico. En manos de los curas, la política y la jurisprudencia, como todas las demás ciencias, siguieron siendo meras ramas de la teología y se trataron según los mismos principios que regían en esta. Los dogmas de la Iglesia eran al mismo tiempo axiomas políticos, y los pasajes de la Biblia tenían fuerza de ley ante cualquier tribunal. Incluso cuando se formó un estamento propio de juristas, la jurisprudencia permaneció mucho tiempo bajo la tutela de la teología. Y esta supremacía de la teología en todo el campo de la actividad intelectual era a la vez la consecuencia necesaria de la posición de la Iglesia como síntesis más general y sanción del dominio feudal existente.

Está claro que, en esas condiciones, todos los ataques formulados en términos generales contra el feudalismo, y ante todo los ataques contra la Iglesia, todas las doctrinas revolucionarias, sociales y políticas, tenían que ser al mismo tiempo, y sobre todo, herejías teológicas. Para que pudieran tocarse las relaciones sociales existentes, había que despojarlas de su aureola de santidad.

La oposición revolucionaria contra el feudalismo recorre toda la Edad Media. Aparece, según las circunstancias de la época, como mística, como herejía abierta, como insurrección armada. En cuanto a la mística, ya se sabe cuánto dependieron de ella los reformadores del siglo XVI; también Münzer tomó mucho de ella. Las herejías eran, en parte, expresión de la reacción de los pastores patriarcales de los Alpes contra el feudalismo que avanzaba hacia ellos (los valdenses);45 en parte, de la oposición contra el feudalismo de las ciudades que habían crecido más allá de él (los albigenses,46 Arnaldo de Brescia,47 etc.); en parte, de insurrecciones directas de los campesinos (John Ball, el Maestro de Hungría en Picardía, etc.).48 La herejía patriarcal de los valdenses podemos dejarla aquí de lado, igual que la insurrección de los suizos, como un intento, reaccionario por su forma y por su contenido, de aislarse del movimiento histórico, y de alcance solo local. En las otras dos formas de la herejía medieval encontramos ya en el siglo XII los precursores de la gran oposición entre la oposición burguesa y la campesino-plebeya, que fue la ruina de la guerra campesina. Esa oposición atraviesa toda la Baja Edad Media.

La herejía de las ciudades, que es la herejía propiamente oficial de la Edad Media, se dirigía sobre todo contra los curas, cuyas riquezas y cuya posición política atacaba. Así como hoy la burguesía reclama un gouvernement à bon marché, un gobierno barato, los burgueses medievales exigían ante todo una église à bon marché, una Iglesia barata. Reaccionaria por su forma, como toda herejía, que en el desarrollo ulterior de la Iglesia y de los dogmas solo puede ver una degeneración, la herejía burguesa exigía el restablecimiento de la sencilla constitución eclesiástica del cristianismo primitivo y la abolición del sacerdocio como estamento exclusivo. Esta institución barata eliminaba a los monjes, a los prelados, a la corte romana; en una palabra, todo lo que en la Iglesia resultaba costoso. Las ciudades, repúblicas ellas mismas aunque fuera bajo la protección de monarcas, expresaron por primera vez en forma general, con sus ataques contra el papado, que la forma normal del dominio de la burguesía es la república. Su hostilidad contra toda una serie de dogmas y de leyes eclesiásticas se explica en parte por lo dicho y en parte por sus demás condiciones de vida. Por qué, por ejemplo, se alzaban con tanta violencia contra el celibato, nadie lo explica mejor que Boccaccio.49 Arnaldo de Brescia en Italia y en Alemania, los albigenses en el sur de Francia, John Wyclif en Inglaterra, Hus y los calixtinos en Bohemia fueron los principales representantes de esta corriente.50 Que la oposición al feudalismo aparezca aquí solo como oposición al feudalismo eclesiástico se explica muy sencillamente porque las ciudades eran ya en todas partes un estamento reconocido y podían combatir bastante bien al feudalismo laico y sus privilegios con las armas o en las asambleas de los estamentos.

También aquí vemos ya, tanto en el sur de Francia como en Inglaterra y en Bohemia, que la mayor parte de la baja nobleza se une a las ciudades en la lucha contra los curas y en la herejía; un fenómeno que se explica por la dependencia de la baja nobleza respecto de las ciudades y por la comunidad de intereses de ambas frente a los príncipes y los prelados, y que volveremos a encontrar en la guerra campesina.

Muy distinto carácter tenía la herejía que era expresión directa de las necesidades campesinas y plebeyas y que casi siempre iba unida a una insurrección. Compartía, ciertamente, todas las reivindicaciones de la herejía burguesa respecto de los curas, del papado y del restablecimiento de la constitución eclesiástica del cristianismo primitivo, pero iba a la vez infinitamente más lejos. Exigía que se restableciera la igualdad del cristianismo primitivo entre los miembros de la comunidad y que se reconociera como norma también para el mundo civil. De la «igualdad de los hijos de Dios» deducía la igualdad civil, y en parte incluso, ya entonces, la igualdad de bienes. Igualar a la nobleza con los campesinos, a los patricios y burgueses privilegiados con los plebeyos, abolir las prestaciones personales, los censos sobre la tierra, los impuestos, los privilegios y por lo menos las diferencias de fortuna más escandalosas: tales eran las reivindicaciones que se planteaban con mayor o menor precisión y se sostenían como consecuencias necesarias de la doctrina del cristianismo primitivo. Esta herejía campesino-plebeya, que en el apogeo del feudalismo, por ejemplo entre los albigenses, apenas se distingue todavía de la burguesa, se convierte en los siglos XIV y XV en una concepción de partido netamente diferenciada, que aparece por lo común con plena autonomía junto a la herejía burguesa. Así John Ball, el predicador de la insurrección de Wat Tyler en Inglaterra, junto al movimiento de Wyclif; así los taboritas junto a los calixtinos en Bohemia.51 En los taboritas asoma incluso ya, bajo un ropaje teocrático, la tendencia republicana que a fines del siglo XV y comienzos del XVI desarrollaron más los representantes de los plebeyos en Alemania.

A esta forma de la herejía se une el fanatismo de sectas de tinte místico, los flagelantes, los lolardos,52 etc., que en tiempos de opresión transmiten la tradición revolucionaria.

Los plebeyos eran entonces la única clase que se hallaba enteramente fuera de la sociedad oficialmente constituida. Esa clase estaba fuera de la trama feudal y fuera de la trama burguesa. No tenía privilegios ni propiedad; ni siquiera tenía, como los campesinos y los pequeñoburgueses, unos bienes cargados de gravámenes agobiantes. Carecía en todos los sentidos de bienes y de derechos; sus condiciones de vida ni siquiera entraban en contacto directo con las instituciones existentes, que la ignoraban por completo. Era el síntoma vivo de la descomposición de la sociedad feudal y gremial-burguesa y, a la vez, el primer precursor de la sociedad burguesa moderna.

Esa posición explica por qué la fracción plebeya no podía ya entonces quedarse en la mera lucha contra el feudalismo y contra los privilegiados burgueses de las ciudades;53 por qué tenía que ir, al menos en la fantasía, más allá incluso de la sociedad burguesa moderna que apenas despuntaba; por qué ella, la fracción absolutamente desposeída, tenía que poner ya en cuestión instituciones, concepciones e ideas comunes a todas las formas de sociedad basadas en antagonismos de clase. Las exaltaciones quiliásticas del cristianismo primitivo ofrecían para ello un cómodo punto de apoyo. Pero, al mismo tiempo, ese ir más allá no solo del presente, sino incluso del porvenir, solo podía ser violento y fantástico, y al primer intento de aplicación práctica tenía que recaer en los estrechos límites que eran los únicos que admitían las condiciones de entonces. El ataque a la propiedad privada, la reivindicación de la comunidad de bienes, tenía que disolverse en una tosca organización de la beneficencia; la vaga igualdad cristiana podía desembocar, a lo sumo, en la «igualdad ante la ley» burguesa; la supresión de toda autoridad se transforma al final en el establecimiento de gobiernos republicanos elegidos por el pueblo. La anticipación del comunismo en la fantasía se convertía, en la realidad, en una anticipación de las relaciones burguesas modernas.

Esta anticipación de la historia posterior, violenta pero muy explicable por la situación vital de la fracción plebeya, la encontramos por primera vez en Alemania, en Tomás Münzer y su partido. Entre los taboritas había existido, es cierto, una especie de comunidad de bienes quiliástica, pero solo como medida puramente militar. Solo en Münzer esas resonancias comunistas son expresión de las aspiraciones de una fracción real de la sociedad; solo en él se formulan con cierta precisión, y desde él las encontramos de nuevo en toda gran conmoción popular, hasta que poco a poco confluyen con el movimiento proletario moderno; exactamente igual que en la Edad Media las luchas de los campesinos libres contra el dominio feudal, que los iba envolviendo cada vez más en sus redes, confluyeron con las luchas de los siervos y de los siervos de la gleba por romper por completo el dominio feudal.

Mientras que en el primero de los tres grandes campos, el conservador-católico, se reunían todos los elementos interesados en conservar lo existente, es decir, el poder imperial, los príncipes eclesiásticos y una parte de los laicos, la nobleza más rica, los prelados y el patriciado urbano, en torno a la bandera de la reforma luterana, burguesa y moderada se agrupan los elementos poseedores de la oposición: la masa de la baja nobleza, la burguesía e incluso una parte de los príncipes laicos, que esperaba enriquecerse con la confiscación de los bienes eclesiásticos y quería aprovechar la ocasión para conquistar mayor independencia respecto del Imperio. Los campesinos y los plebeyos, por último, se unieron en el partido revolucionario, cuyas reivindicaciones y doctrinas expresó con la mayor nitidez Münzer.

Lutero y Münzer representan cada uno plenamente a su partido, tanto por su doctrina como por su carácter y su manera de actuar.

Lutero pasó en los años de 1517 a 1525 exactamente por las mismas transformaciones por las que pasaron los constitucionalistas alemanes modernos de 1846 a 1849, y por las que pasa todo partido burgués que, puesto por un momento a la cabeza del movimiento, se ve desbordado dentro de ese mismo movimiento por el partido plebeyo o proletario que tiene detrás.

Cuando Lutero se alzó en 1517 por primera vez contra los dogmas y la constitución de la Iglesia católica,54 su oposición no tenía todavía en absoluto un carácter definido. Sin ir más allá de las reivindicaciones de la anterior herejía burguesa, no excluía ninguna tendencia más avanzada, ni podía hacerlo. En el primer momento había que unir a todos los elementos de oposición, había que emplear la más resuelta energía revolucionaria, había que representar al conjunto de la herejía anterior frente a la ortodoxia católica. Exactamente igual, todavía en 1847 nuestros burgueses liberales eran revolucionarios, se llamaban socialistas y comunistas y se entusiasmaban con la emancipación de la clase obrera. La recia naturaleza campesina de Lutero se desahogó en este primer periodo de su actuación de la manera más impetuosa.

«Si su rabioso furor» (el de los curas romanos) «hubiera de seguir adelante, paréceme que no habría mejor consejo ni remedio para atajarlo sino que reyes y príncipes pusieran mano en ello por la fuerza, se armasen y acometiesen a esa gente dañina que emponzoña al mundo entero, y acabasen de una vez con el juego, con armas, no con palabras. Pues si al ladrón castigamos con la espada, al asesino con la soga y al hereje con el fuego, ¿por qué no acometemos más bien a esos dañinos maestros de perdición, como papas, cardenales, obispos y todo el enjambre de la Sodoma romana, con toda suerte de armas, y nos lavamos las manos en su sangre?»55

Pero este primer fervor revolucionario no duró mucho. El rayo que Lutero había lanzado dio en el blanco. Todo el pueblo alemán se puso en movimiento. De un lado, campesinos y plebeyos vieron en sus llamamientos contra los curas, en su predicación de la libertad cristiana, la señal para alzarse; del otro, se le unieron los burgueses más moderados y gran parte de la baja nobleza, y hasta príncipes se dejaron arrastrar por la corriente. Los unos creyeron llegado el día de ajustar cuentas con todos sus opresores; los otros solo querían quebrar el poder de los curas, la dependencia de Roma, la jerarquía católica, y enriquecerse con la confiscación de los bienes de la Iglesia. Los partidos se separaron y encontraron sus representantes. Lutero tuvo que elegir entre ellos. Él, el protegido del elector de Sajonia, el prestigioso profesor de Wittenberg, el gran hombre que se había hecho de la noche a la mañana poderoso y famoso, rodeado de un círculo de criaturas dependientes y aduladores, no vaciló ni un instante. Dejó caer a los elementos populares del movimiento y se pasó al lado burgués, nobiliario y principesco. Enmudecieron los llamamientos a la guerra de exterminio contra Roma; Lutero predicaba ahora el desarrollo pacífico y la resistencia pasiva (véase, por ejemplo, A la nobleza de la nación alemana, 1520, etc.).56 A la invitación de Hutten a reunirse con él y con Sickingen en el Ebernburg,57 centro de la conjura de la nobleza contra curas y príncipes, Lutero respondió:

«No quisiera que se defendiese el Evangelio con violencia y derramamiento de sangre. Por la palabra fue vencido el mundo, por la palabra se ha conservado la Iglesia, por la palabra volverá también a su buen estado; y el Anticristo, así como obtuvo lo suyo sin violencia, sin violencia caerá.»58

Con este giro, o más bien con esta fijación más precisa de la orientación de Lutero, empezó aquel regateo y chalaneo sobre las instituciones y los dogmas que había que conservar o reformar, aquel repugnante juego de diplomacia, concesiones, intrigas y componendas cuyo resultado fue la Confesión de Augsburgo,59 la constitución, por fin negociada, de la Iglesia burguesa reformada. Es exactamente el mismo chalaneo que en tiempos recientes se ha repetido hasta la náusea, en forma política, en las asambleas nacionales alemanas, asambleas de pacto, cámaras de revisión y parlamentos de Erfurt.60 El carácter filisteo de la Reforma oficial salió a relucir con toda claridad en esas negociaciones.

Que Lutero, ya declarado representante de la reforma burguesa, predicase el progreso dentro de la legalidad tenía sus buenas razones. La masa de las ciudades se había decantado por la reforma moderada; la baja nobleza se sumaba a ella cada vez más; una parte de los príncipes se pasó a su lado, otra vacilaba. Su éxito estaba poco menos que asegurado, al menos en gran parte de Alemania. Si el desarrollo pacífico continuaba, las demás regiones no podrían resistir a la larga el empuje de la oposición moderada. Pero toda sacudida violenta tenía que poner al partido moderado en conflicto con el extremo, el partido plebeyo y campesino; tenía que apartar del movimiento a los príncipes, a la nobleza y a muchas ciudades, y no dejaba más alternativa que el desbordamiento del partido burgués por los campesinos y los plebeyos o el aplastamiento de todos los partidos del movimiento por la restauración católica. Y de cómo los partidos burgueses, en cuanto han obtenido la más mínima victoria, procuran navegar con el progreso legal entre la Escila de la revolución y la Caribdis de la restauración, de eso hemos tenido en los últimos tiempos ejemplos de sobra.

Así como, en las condiciones sociales y políticas generales de aquella época, los resultados de cualquier cambio tenían que redundar necesariamente en beneficio de los príncipes y acrecentar su poder, así también la reforma burguesa, cuanto más tajantemente se separaba de los elementos plebeyos y campesinos, más tenía que caer bajo el control de los príncipes reformados. El propio Lutero se convirtió cada vez más en su siervo, y el pueblo sabía muy bien lo que hacía cuando decía que se había vuelto un lacayo de los príncipes como los demás, y cuando lo persiguió a pedradas en Orlamünde.61

Cuando estalló la guerra campesina, y precisamente en regiones donde los príncipes y la nobleza eran en su mayoría católicos, Lutero trató de adoptar una postura mediadora. Atacó resueltamente a los gobiernos. Ellos tenían la culpa del levantamiento por sus opresiones; no eran los campesinos quienes se alzaban contra ellos, sino Dios mismo. Por otro lado, decía, el levantamiento era también, desde luego, impío y contrario al Evangelio. Al final aconsejaba a ambas partes que cedieran y llegaran a un arreglo amistoso.62

Pero el levantamiento, pese a estas bienintencionadas propuestas de mediación, se extendió rápidamente, alcanzó incluso a regiones protestantes, dominadas por príncipes, señores y ciudades luteranos, y desbordó enseguida a la reforma burguesa, «sensata». En la vecindad inmediata de Lutero, en Turingia, la fracción más resuelta de los insurrectos, a las órdenes de Münzer, estableció su cuartel general. Un par de éxitos más, y toda Alemania estaba en llamas, Lutero quedaba cercado, quizá le hacían pasar por las picas como traidor, y la reforma burguesa era barrida por la marea de la revolución campesino-plebeya. Ya no cabía vacilar. Frente a la revolución se olvidaron todas las viejas enemistades; comparados con las hordas campesinas, los servidores de la Sodoma romana eran inocentes corderos, mansos hijos de Dios; y burgueses y príncipes, nobles y curas, Lutero y el papa se aliaron «contra las hordas asesinas y ladronas de los campesinos».63

«¡Hay que hacerlos pedazos, degollarlos y acuchillarlos, a escondidas y a la vista de todos, quien pueda, como se ha de matar a un perro rabioso!», gritaba Lutero. «Por eso, queridos señores, librad aquí, salvad allá, acuchille, golpee, degüelle quien pueda; si en ello mueres, dichoso de ti, que muerte más bienaventurada no podrás alcanzar jamás.»

No había que tener falsa misericordia con los campesinos. Se mezclan ellos mismos con los sediciosos quienes se apiadan de aquellos de quienes Dios no se apiada, sino que quiere verlos castigados y destruidos. Después, los propios campesinos aprenderán a dar gracias a Dios cuando tengan que entregar una vaca para poder disfrutar en paz de la otra; y los príncipes conocerán por la sedición de qué espíritu es el populacho, al que solo cabe gobernar por la fuerza.

«Dice el sabio: Cibus, onus et virga asino, al asno, pienso, carga y palo;64 al campesino, paja de avena; no oyen la palabra y están fuera de sí, así que han de oír la vara, el arcabuz, y bien merecido lo tienen. Hemos de rogar por ellos para que obedezcan; si no, no hay aquí lugar para mucha misericordia. Dejad que silben entre ellos los arcabuces, que, si no, lo harán mil veces peor.»65

Exactamente así hablaban nuestros burgueses, antaño socialistas y filántropos, cuando, después de las jornadas de marzo, el proletariado vino a reclamar su parte en los frutos de la victoria.

Lutero había puesto en manos del movimiento plebeyo un arma poderosa con la traducción de la Biblia.66 En la Biblia había opuesto al cristianismo feudalizado de su tiempo el cristianismo modesto de los primeros siglos, y a la sociedad feudal en descomposición la imagen de una sociedad que no sabía nada de la vasta y artificiosa jerarquía feudal. Los campesinos se habían servido de esta arma en todas direcciones, contra los príncipes, la nobleza y los curas. Ahora Lutero la volvió contra ellos y compuso con la Biblia un verdadero ditirambo a la autoridad instituida por Dios como no lo ha logrado nunca ningún lameplatos de la monarquía absoluta. El poder de los príncipes por la gracia de Dios, la obediencia pasiva y hasta la servidumbre personal quedaron sancionados con la Biblia. Con ello no solo se renegaba del levantamiento campesino, sino de toda la rebelión del propio Lutero contra la autoridad eclesiástica y secular; no solo se traicionaba ante los príncipes al movimiento popular, sino también al burgués.

¿Hace falta nombrar a los burgueses que también de esta negación de su propio pasado nos han dado hace poco nuevos ejemplos?

Opongamos ahora al reformador burgués Lutero el revolucionario plebeyo Münzer.

Tomás Münzer nació en Stolberg, en el Harz, hacia el año 1498.67 Se dice que su padre murió en la horca, víctima de la arbitrariedad de los condes de Stolberg. Con solo quince años, Münzer fundó ya en la escuela de Halle una liga secreta contra el arzobispo de Magdeburgo y contra la Iglesia romana en general. Su erudición en la teología de la época le valió pronto el grado de doctor y una plaza de capellán en un convento de monjas de Halle. Allí trataba ya los dogmas y el rito de la Iglesia con el mayor desprecio; en la misa omitía por completo las palabras de la consagración y, según cuenta Lutero de él, se comía los Señores Dioses sin consagrar.68 Su estudio principal eran los místicos medievales, en especial los escritos quiliásticos de Joaquín el Calabrés.69 El reino milenario, el juicio sobre la Iglesia degenerada y el mundo corrompido que este anunciaba y pintaba, le parecieron a Münzer muy cercanos con la Reforma y la agitación general de la época. Predicaba en los alrededores con gran éxito. En 1520 fue a Zwickau como primer predicador evangélico. Allí encontró una de aquellas sectas quiliásticas exaltadas que seguían existiendo calladamente en muchas regiones, tras cuya humildad y retraimiento momentáneos se había ocultado la oposición siempre creciente de las capas más bajas de la sociedad contra el orden existente, y que ahora, con la agitación en aumento, salían a la luz de forma cada vez más abierta y tenaz. Era la secta de los anabaptistas, a cuya cabeza estaba Niklas Storch.70 Predicaban la proximidad del Juicio Final y del reino milenario; tenían «visiones, éxtasis y el espíritu de profecía». Pronto entraron en conflicto con el concejo de Zwickau; Münzer los defendió, aunque nunca se unió a ellos sin reservas, sino que más bien los atrajo a su influencia. El concejo actuó contra ellos con energía; tuvieron que abandonar la ciudad, y Münzer con ellos. Era a finales de 1521.

Fue a Praga e intentó ganar allí terreno enlazando con los restos del movimiento husita; pero su proclama solo consiguió que tuviera que huir también de Bohemia.71 En 1522 se hizo predicador en Allstedt, en Turingia.72 Allí empezó por reformar el culto. Antes aún de que Lutero se atreviera a llegar tan lejos, suprimió por completo el latín e hizo leer la Biblia entera, no solo los evangelios y epístolas prescritos para los domingos. Al mismo tiempo organizó la propaganda en los alrededores. El pueblo acudía a él de todas partes, y pronto Allstedt se convirtió en el centro del movimiento popular contra los curas de toda Turingia.

Münzer era todavía ante todo un teólogo; todavía dirigía sus ataques casi exclusivamente contra los curas. Pero no predicaba, como ya hacía entonces Lutero, el debate tranquilo y el progreso pacífico, sino que continuaba los violentos sermones anteriores de Lutero y llamaba a los príncipes sajones y al pueblo a intervenir con las armas contra los curas romanos.

«Pues dice Cristo: No he venido a traer la paz, sino la espada.73 ¿Y qué habéis de hacer con ella» (los príncipes sajones)? «No otra cosa sino quitar de en medio y apartar a los malvados que estorban el Evangelio, si queréis ser siervos de Dios. Cristo mandó con gran severidad, en Lucas 19, 27: Tomad a mis enemigos y degolladlos delante de mí… No nos vengáis con pamplinas, diciendo que la fuerza de Dios lo ha de hacer sin que vosotros pongáis la espada, no sea que se os enmohezca en la vaina. A los que son contrarios a la revelación de Dios se les ha de quitar de en medio sin merced alguna, como Ezequías, Ciro, Josías, Daniel y Elías destruyeron a los sacerdotes de Baal; de otro modo no podrá la Iglesia cristiana volver a su origen. Hay que arrancar la cizaña de la viña de Dios en el tiempo de la siega. Dios dijo en el Deuteronomio, capítulo 7: No tendréis piedad de los idólatras; derribad sus altares, quebrad sus imágenes y quemadlas, para que no me encienda en ira contra vosotros.»74

Pero estas exhortaciones a los príncipes no surtieron efecto, mientras que entre el pueblo la agitación revolucionaria crecía de día en día. Münzer, cuyas ideas se perfilaban cada vez con más nitidez y se volvían cada vez más audaces, rompió entonces resueltamente con la Reforma burguesa y desde ese momento actuó a la vez directamente como agitador político.

Su doctrina teológico-filosófica atacaba todos los puntos capitales no solo del catolicismo, sino del cristianismo en general. Bajo formas cristianas enseñaba un panteísmo que guarda un parecido notable con la concepción especulativa moderna y que en algunos pasajes roza incluso el ateísmo. Rechazaba la Biblia como revelación exclusiva e infalible. La verdadera revelación, la revelación viva, era la razón, una revelación que había existido y existía todavía en todos los tiempos y entre todos los pueblos. Oponer la Biblia a la razón era matar el espíritu con la letra. Porque el Espíritu Santo del que habla la Biblia no era algo que existiera fuera de nosotros; el Espíritu Santo era precisamente la razón. La fe no era otra cosa que la razón que cobra vida en el hombre, y por eso también los paganos podían tener fe. Por esta fe, por la razón hecha vida, el hombre se divinizaba y alcanzaba la bienaventuranza. El cielo no era, por tanto, nada del más allá; había que buscarlo en esta vida, y la vocación de los creyentes era establecer ese cielo, el reino de Dios, aquí en la tierra. Así como no había un cielo en el más allá, tampoco había un infierno ni una condenación en el más allá. Tampoco había más diablo que los malos deseos y apetitos de los hombres. Cristo había sido un hombre como nosotros, un profeta y maestro, y su cena era una simple comida en memoria suya en la que se tomaban pan y vino sin ningún añadido místico.

Münzer predicaba estas doctrinas casi siempre encubiertas bajo los mismos giros cristianos tras los que la filosofía moderna tuvo que ocultarse durante algún tiempo. Pero la idea fundamental, archiherética, asoma por todas partes en sus escritos, y se ve que se tomaba el manto bíblico mucho menos en serio que más de un discípulo de Hegel en tiempos recientes. Y sin embargo, entre Münzer y la filosofía moderna median trescientos años.

Su doctrina política se ajustaba exactamente a esta concepción religiosa revolucionaria y desbordaba las condiciones sociales y políticas inmediatas tanto como su teología desbordaba las ideas vigentes en su tiempo. Así como la filosofía de la religión de Münzer rozaba el ateísmo, su programa político rozaba el comunismo, y más de una secta comunista moderna no disponía todavía, en vísperas de la revolución de febrero, de un arsenal teórico más rico que el de los «münzerianos» del siglo XVI. Este programa, menos el compendio de las reivindicaciones de los plebeyos de entonces que la genial anticipación de las condiciones de emancipación de los elementos proletarios, apenas en desarrollo, que había entre esos plebeyos, este programa exigía el establecimiento inmediato del reino de Dios, del reino milenario profetizado, en la tierra, mediante el retorno de la Iglesia a su origen y la supresión de todas las instituciones que estuvieran en contradicción con esa Iglesia, supuestamente del cristianismo primitivo, pero en realidad muy nueva. Ahora bien, por reino de Dios Münzer no entendía otra cosa que un estado de la sociedad en el que ya no hubiera diferencias de clase, ni propiedad privada, ni un poder del Estado independiente y ajeno frente a los miembros de la sociedad. Todos los poderes existentes, en la medida en que no quisieran someterse y unirse a la revolución, debían ser derribados; todos los trabajos y todos los bienes, ser comunes, y debía implantarse la igualdad más completa. Para llevarlo a cabo había que fundar una liga, no solo en toda Alemania, sino en toda la cristiandad; se invitaría a príncipes y señores a sumarse a ella; si no, la liga los derribaría o les daría muerte, armas en mano, a la primera ocasión.

Münzer se puso enseguida a organizar esa liga. Sus sermones adquirieron un carácter todavía más violento y revolucionario; junto a los ataques contra los curas, tronaba con la misma pasión contra los príncipes, la nobleza y el patriciado, pintaba con colores encendidos la opresión existente y le oponía su imagen fantástica del reino milenario de la igualdad social-republicana. Al mismo tiempo publicaba un panfleto revolucionario tras otro y enviaba emisarios en todas direcciones, mientras él mismo organizaba la liga en Allstedt y sus alrededores.

El primer fruto de esta propaganda fue la destrucción de la capilla de la Virgen de Mellerbach, cerca de Allstedt,75 conforme al mandamiento: «Derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y quemaréis a fuego sus ídolos, porque sois un pueblo santo» (Deuteronomio 7, 6). Los príncipes sajones acudieron en persona a Allstedt para sofocar el tumulto e hicieron llamar a Münzer al castillo. Allí pronunció un sermón como no estaban acostumbrados a oírlos de Lutero, «la carne de vida regalada de Wittenberg», como lo llamaba Münzer.76 Insistió en que había que dar muerte a los gobernantes impíos, sobre todo a los curas y frailes que tratan el Evangelio como herejía, y para ello invocó el Nuevo Testamento. Los impíos no tenían derecho a vivir, salvo por la gracia de los elegidos. Si los príncipes no exterminaban a los impíos, Dios les quitaría la espada, pues el poder de la espada correspondía a toda la comunidad. Los príncipes y señores eran el fondo y las heces de la usura, del latrocinio y el robo; tomaban como propiedad suya a todas las criaturas, los peces del agua, las aves del aire, las plantas de la tierra. Y encima predicaban a los pobres el mandamiento: No robarás; pero ellos mismos tomaban donde encontraban, desollaban y raspaban al campesino y al artesano; y si este cometía la más mínima falta, tenía que ir a la horca, y a todo ello decía luego el doctor Mentiras: amén.77

«Los señores mismos hacen que el pobre se les vuelva enemigo. No quieren quitar la causa de la sedición; ¿cómo puede eso acabar bien a la larga? ¡Ay, queridos señores, qué lindamente arremeterá el Señor contra los cacharros viejos con una barra de hierro! Por decir esto me tendrán por sedicioso. ¡Sea!» (Véase Zimmermann, Guerra campesina, II, p. 75.)78

Münzer hizo imprimir el sermón; en castigo, el duque Juan de Sajonia obligó a su impresor de Allstedt a abandonar el país, y a él mismo se le impuso la censura del gobierno ducal de Weimar para todos sus escritos. Pero no hizo caso de esta orden. Poco después hizo imprimir en la ciudad imperial de Mühlhausen79 un escrito sumamente incendiario en el que exhortaba al pueblo

«a ensanchar el agujero, para que todo el mundo pueda ver y palpar quiénes son nuestros grandes señorones, que tan blasfemamente han hecho de Dios un monigote pintado», y que terminaba con estas palabras: «El mundo entero ha de soportar una gran sacudida; se armará tal juego que los impíos serán derribados de su silla y los humildes ensalzados».80

Como lema, «Tomás Münzer, el del martillo» escribió en la portada:

«Mira, he puesto mis palabras en tu boca; hoy te he puesto sobre las gentes y sobre los reinos, para que desarraigues, quebrantes, disperses y derribes, y para que edifiques y plantes. Un muro de hierro se ha levantado contra los reyes, los príncipes, los curas y contra el pueblo. Que peleen; la victoria será prodigiosa, para ruina de los fuertes tiranos impíos.»81

La ruptura de Münzer con Lutero y su partido existía desde hacía tiempo. Lutero había tenido que aceptar él mismo algunas reformas eclesiásticas que Münzer había introducido sin consultarle. Observaba la actividad de Münzer con la desconfianza irritada del reformador moderado hacia el partido más enérgico, que empuja más allá. Ya en la primavera de 1524 Münzer había escrito a Melanchthon, ese prototipo del erudito de gabinete filisteo y tísico, que él y Lutero no entendían en absoluto el movimiento. Pretendían ahogarlo en la fe literal en la Biblia; toda su doctrina estaba carcomida.82

«Queridos hermanos, dejad vuestro esperar y titubear; es tiempo, el verano está a la puerta. No queráis tener amistad con los impíos, que estorban que la palabra obre con toda su fuerza. No aduléis a vuestros príncipes, o pereceréis vosotros mismos con ellos. Vosotros, delicados doctores de la Escritura, no os enojéis; no puedo hacerlo de otra manera.»

Lutero desafió más de una vez a Münzer a una disputa; pero este, dispuesto en todo momento a aceptar el combate ante el pueblo, no tenía el menor deseo de enzarzarse en una querella teológica ante el público parcial de la Universidad de Wittenberg. No quería «llevar el testimonio del espíritu exclusivamente a la universidad». Si Lutero era sincero, que empleara su influencia en que cesaran las vejaciones contra el impresor de Münzer y la orden de censura, para que la lucha pudiera librarse sin trabas en la prensa.

Ahora, tras el folleto revolucionario de Münzer antes mencionado, Lutero se presentó públicamente como su delator. En su Carta a los príncipes de Sajonia contra el espíritu sedicioso, que dio a la imprenta,83 declaraba a Münzer instrumento de Satanás y exhortaba a los príncipes a intervenir y a echar del país a los instigadores de la sedición, ya que no se contentaban con predicar sus perversas doctrinas, sino que llamaban a la insurrección y a la resistencia violenta contra la autoridad.

El 1 de agosto Münzer tuvo que responder ante los príncipes, en el castillo de Weimar, de la acusación de manejos sediciosos.84 Había contra él hechos sumamente comprometedores: se había descubierto el rastro de su liga secreta, se había descubierto su mano en las asociaciones de los mineros y los campesinos. Se le amenazó con el destierro. Apenas de vuelta en Allstedt, supo que el duque Jorge de Sajonia exigía su entrega; se habían interceptado cartas de la liga, de su puño y letra, en las que exhortaba a los súbditos de Jorge a la resistencia armada contra los enemigos del Evangelio. El concejo lo habría entregado si él no hubiera abandonado la ciudad.

Entre tanto, la creciente agitación entre campesinos y plebeyos había facilitado extraordinariamente la propaganda de Münzer. Para esta propaganda había ganado en los anabaptistas unos agentes de valor incalculable. Esta secta, sin dogmas positivos definidos, unida solo por su oposición común contra todas las clases dominantes y por el símbolo común del segundo bautismo, de vida austera y ascética, infatigable, fanática e intrépida en la agitación, se había ido agrupando cada vez más en torno a Münzer. Excluidos por las persecuciones de toda residencia fija, sus miembros recorrían Alemania entera y anunciaban en todas partes la nueva doctrina, en la que Münzer les había aclarado sus propias necesidades y deseos. Innumerables fueron torturados, quemados o ajusticiados de otro modo, pero el valor y la constancia de estos emisarios eran inquebrantables, y el éxito de su actividad, con la agitación del pueblo creciendo rápidamente, fue inmenso. Por eso Münzer, en su huida de Turingia, encontró el terreno preparado en todas partes, fuera adonde fuese.

Cerca de Núremberg, adonde fue Münzer primero, se había ahogado en germen apenas un mes antes un levantamiento campesino. Münzer hizo allí agitación en silencio; pronto apareció gente que defendía sus tesis teológicas más audaces sobre el carácter no vinculante de la Biblia y la nulidad de los sacramentos, y declaraba a Cristo un simple hombre y el poder de la autoridad secular contrario a Dios. «¡Ahí se ve a Satanás rondando, el espíritu de Allstedt!», exclamó Lutero. Aquí, en Núremberg, hizo imprimir Münzer su respuesta a Lutero.85 Lo acusaba abiertamente de adular a los príncipes y de apoyar con sus medias tintas al partido reaccionario. Pero el pueblo se liberaría a pesar de todo, y al doctor Lutero le iría entonces como a un zorro cogido en la trampa. El concejo mandó confiscar el escrito, y Münzer tuvo que abandonar Núremberg.

Fue entonces por Suabia a Alsacia y a Suiza, y volvió a la parte alta de la Selva Negra, donde desde hacía algunos meses había estallado ya el levantamiento, acelerado en gran parte por sus emisarios anabaptistas. Este viaje de propaganda de Münzer contribuyó a todas luces de manera esencial a la organización del partido popular, a la fijación clara de sus reivindicaciones y al estallido general final del levantamiento en abril de 1525. La doble actuación de Münzer, por un lado ante el pueblo, al que hablaba en el único lenguaje que entonces entendía, el del profetismo religioso, y por otro ante los iniciados, con quienes podía expresarse abiertamente sobre su objetivo último, se ve aquí con especial claridad. Si ya antes había reunido en Turingia en torno a sí un círculo de los hombres más resueltos, no solo del pueblo, sino también del bajo clero, y lo había puesto a la cabeza de la asociación secreta, aquí se convierte en el centro de todo el movimiento revolucionario del suroeste de Alemania, organiza la conexión desde Sajonia y Turingia, a través de Franconia y Suabia, hasta Alsacia y la frontera suiza, y cuenta entre sus discípulos y entre los jefes de la liga a los agitadores del sur de Alemania, como Hubmaier en Waldshut, Konrad Grebel de Zúrich, Franz Rabmann en Grießen, Schappeler en Memmingen, Jakob Wehe en Leipheim y el doctor Mantel en Stuttgart, curas revolucionarios en su mayoría.86 Él mismo residía sobre todo en Grießen, en la frontera de Schaffhausen, y desde allí recorría el Hegau, el Klettgau, etc. Las sangrientas persecuciones que los inquietos príncipes y señores emprendieron por todas partes contra esta nueva herejía plebeya contribuyeron no poco a atizar el espíritu de rebeldía y a cerrar las filas de la asociación. Así hizo Münzer agitación durante unos cinco meses en la Alta Alemania, y hacia el momento en que se acercaba el estallido de la conjura volvió a Turingia, donde quería dirigir él mismo el levantamiento y donde volveremos a encontrarlo.

Veremos con qué fidelidad el carácter y la actuación de los dos jefes de partido reflejan la actitud de sus propios partidos; cómo la indecisión, el miedo al movimiento mismo cuando este se volvía serio y el cobarde servilismo de Lutero hacia los príncipes correspondían por entero a la política vacilante y ambigua de la burguesía, y cómo la energía y la resolución revolucionarias de Münzer se reproducen en la fracción más desarrollada de los plebeyos y los campesinos. La diferencia es solo que, mientras Lutero se contentaba con expresar las ideas y los deseos de la mayoría de su clase y ganarse así entre ella una popularidad baratísima, Münzer, por el contrario, iba mucho más allá de las ideas y aspiraciones inmediatas de los plebeyos y campesinos, y formó primero, con la élite de los elementos revolucionarios que encontró, un partido que, por lo demás, en la medida en que estaba a la altura de sus ideas y compartía su energía, nunca fue más que una pequeña minoría de la masa insurrecta.

III. Precursores de la gran guerra campesina entre 1476 y 1517

Unos cincuenta años después de que fuera aplastado el movimiento husita aparecieron los primeros síntomas del espíritu revolucionario que germinaba entre los campesinos alemanes.87

En el obispado de Wurzburgo, una tierra empobrecida ya de antes por las guerras husitas, «por el mal gobierno, por múltiples impuestos, tributos, banderías, enemistades, guerras, incendios, asesinatos, prisiones y otras cosas semejantes», y saqueada sin descanso y sin vergüenza por obispos, curas y nobles, surgió en 1476 la primera conjura campesina. Un joven pastor y músico, Hans Böheim de Niklashausen, a quien llamaban también el Timbalero y el Tamborilero, apareció de pronto como profeta en el valle del Tauber.88 Contaba que se le había aparecido la Virgen María y le había mandado quemar su tambor, dejar de servir al baile y a los placeres pecaminosos y exhortar en cambio al pueblo a la penitencia. Así pues, cada cual debía apartarse de sus pecados y de los vanos placeres de este mundo, despojarse de todo adorno y gala e ir en peregrinación a la Madre de Dios de Niklashausen para alcanzar el perdón de sus pecados.

Ya aquí, en el primer precursor del movimiento, encontramos ese ascetismo que hallamos en todos los levantamientos medievales de tinte religioso y, en la época moderna, en los comienzos de todo movimiento proletario. Esta austeridad ascética de las costumbres, esta exigencia de renunciar a todos los goces y placeres de la vida, opone por un lado a las clases dominantes el principio de la igualdad espartana y es, por otro, una fase de tránsito necesaria, sin la cual la capa más baja de la sociedad no puede nunca ponerse en movimiento. Para desarrollar su energía revolucionaria, para cobrar conciencia clara de su posición hostil frente a todos los demás elementos de la sociedad, para concentrarse como clase, tiene que empezar por despojarse de todo lo que todavía podría reconciliarla con el orden social existente, tiene que renunciar a los pocos goces que aún le hacen soportable por un momento su existencia oprimida y que ni la opresión más dura puede arrebatarle. Este ascetismo plebeyo y proletario se distingue por completo, tanto por su forma salvaje y fanática como por su contenido, del ascetismo burgués que predicaban la moral burguesa luterana y los puritanos ingleses (a diferencia de los independientes y de las sectas más avanzadas),89 y cuyo secreto entero es el ahorro burgués. Por lo demás, se comprende que este ascetismo plebeyo-proletario pierde su carácter revolucionario en la misma medida en que, por un lado, el desarrollo de las fuerzas productivas modernas multiplica hasta el infinito los medios de disfrute y vuelve así superflua la igualdad espartana, y, por otro, la situación vital del proletariado, y con ella el proletariado mismo, se hace cada vez más revolucionaria. Entonces desaparece poco a poco de la masa y, entre los sectarios que se aferran a él, desemboca o bien directamente en la cicatería burguesa, o bien en una altisonante caballería de la virtud que en la práctica viene a parar igualmente en una mezquina economía de filisteo o de maestro artesano agremiado. A la masa del proletariado tanto menos hace falta predicarle la renuncia cuanto que ya casi no tiene nada a lo que pueda renunciar.

El sermón penitencial del Tamborilero tuvo un gran eco; todos los profetas de la insurrección empezaron por ahí, y, en efecto, solo un esfuerzo violento, una ruptura repentina con todo el modo de vida acostumbrado, podía poner en movimiento a aquel campesinado disperso, desperdigado en grandes extensiones, criado en la sumisión ciega. Comenzaron las peregrinaciones a Niklashausen y se multiplicaron rápidamente; y cuanto más numeroso acudía el pueblo, con más franqueza exponía el joven rebelde sus planes. La Madre de Dios de Niklashausen le había anunciado, predicaba, que en adelante no habría ya emperador ni príncipe, ni papa ni otra autoridad eclesiástica o seglar; cada uno sería hermano del otro, ganaría su pan con el trabajo de sus manos y nadie tendría más que el otro. Todos los censos, rentas, prestaciones personales, peajes, impuestos y demás tributos y servicios quedarían abolidos para siempre, y el bosque, el agua y los pastos serían libres en todas partes.

El pueblo acogió con júbilo este nuevo evangelio. La fama del profeta, el «mensaje de Nuestra Señora», se difundió rápidamente a lo lejos; del Odenwald, del Meno, del Kocher y del Jagst, y aun de Baviera, de Suabia y del Rin, acudían a él huestes de peregrinos. Se contaban los milagros que supuestamente había hecho; la gente caía de rodillas ante él y lo adoraba como a un santo; se disputaban los flecos de su gorro como si fueran reliquias y amuletos. En vano se alzaron los curas contra él, presentando sus visiones como engaños del diablo y sus milagros como imposturas del infierno. La masa de los creyentes crecía vertiginosamente, la secta revolucionaria empezaba a formarse, y los sermones dominicales del pastor rebelde congregaban en Niklashausen asambleas de 40.000 personas y más.

Durante varios meses predicó el Tamborilero ante las masas. Pero no tenía intención de quedarse en la prédica. Mantenía tratos secretos con el párroco de Niklashausen y con dos caballeros, Kunz von Thunfeld y su hijo, que se adherían a la nueva doctrina y debían ser los jefes militares de la insurrección proyectada. Por fin, el domingo anterior a San Kilián, cuando su poder pareció lo bastante grande, dio la señal.90

«Y ahora», concluyó su sermón, «volved a casa y meditad lo que os ha anunciado la santísima Madre de Dios; y el próximo sábado dejad en casa a las mujeres, a los niños y a los ancianos, pero vosotros, los hombres, volved aquí, a Niklashausen, el día de Santa Margarita, que es el sábado próximo, y traed a vuestros hermanos y amigos, cuantos sean. Pero no vengáis con el bordón de peregrino, sino provistos de armas, en una mano el cirio de la romería y en la otra la espada y la pica o la alabarda; y la Santa Virgen os anunciará entonces cuál es su voluntad, lo que habéis de hacer.»

Pero antes de que los campesinos llegaran en masa, los jinetes del obispo habían prendido de noche al profeta de la sedición y lo habían llevado al castillo de Wurzburgo. El día fijado acudieron unos 34.000 campesinos armados, pero la noticia los desanimó. La mayor parte se dispersó; los más iniciados mantuvieron juntos a unos 16.000 y marcharon con ellos ante el castillo, mandados por Kunz von Thunfeld y por Michael, su hijo. El obispo los hizo retirarse con promesas; pero apenas habían empezado a dispersarse, los jinetes del obispo cayeron sobre ellos e hicieron varios prisioneros. Dos fueron decapitados; el propio Tamborilero fue quemado. Kunz von Thunfeld huyó y solo fue readmitido a cambio de ceder todos sus bienes al obispado. Las peregrinaciones a Niklashausen continuaron todavía algún tiempo, pero al final también fueron reprimidas.

Tras este primer intento, Alemania volvió a quedar tranquila durante bastante tiempo. Solo a finales de la década de 1490 empezaron nuevos levantamientos y conjuras de los campesinos.

Pasamos por alto la sublevación campesina de Holanda de 1491 y 1492, que el duque Alberto de Sajonia no logró aplastar hasta la batalla de Heemskerk; la sublevación simultánea de los campesinos de la abadía de Kempten, en la Alta Suabia, y la sublevación frisona de Syaard Aylva hacia 1497, aplastada también por Alberto de Sajonia. Estas sublevaciones quedan en parte demasiado lejos del escenario de la guerra campesina propiamente dicha y son en parte luchas de campesinos hasta entonces libres contra el intento de imponerles el feudalismo. Pasamos directamente a las dos grandes conjuras que prepararon la guerra campesina: el Bundschuh91 y el «Pobre Conrado».92

La misma carestía que había provocado la sublevación de los campesinos en los Países Bajos dio origen en 1493, en Alsacia, a una liga secreta de campesinos y plebeyos, en la que participaron también gentes de la oposición puramente burguesa y con la que simpatizaba más o menos incluso una parte de la baja nobleza. La sede de la liga era la comarca de Schlettstadt, Sulz, Dambach, Rosheim, Scherweiler, etc., etc. Los conjurados exigían el saqueo y el exterminio de los judíos, cuya usura chupaba ya entonces, igual que ahora, la sangre de los campesinos alsacianos; la introducción de un año jubilar en el que prescribieran todas las deudas;93 la abolición de los peajes, de la sisa y de otras cargas; la supresión del tribunal eclesiástico y del de Rottweil (el tribunal imperial);94 el derecho a votar los impuestos; la limitación de los curas a un solo beneficio de 50 a 60 florines cada uno; la abolición de la confesión auricular y tribunales propios para cada comunidad, elegidos por ella misma. El plan de los conjurados era, en cuanto fueran lo bastante fuertes, tomar por sorpresa la plaza fuerte de Schlettstadt, incautarse de las cajas de los conventos y de la ciudad y sublevar desde allí toda Alsacia. La bandera de la liga, que debía desplegarse en el momento del alzamiento, llevaba un zapato campesino con largas correas, el llamado Bundschuh, que desde entonces dio símbolo y nombre a las conjuras campesinas de los veinte años siguientes.

Los conjurados solían celebrar sus reuniones de noche en el solitario Hungerberg. El ingreso en la liga iba acompañado de las ceremonias más misteriosas y de las más duras amenazas de castigo contra los traidores. Pero, a pesar de todo, el asunto se descubrió, justo cuando iba a darse el golpe contra Schlettstadt, hacia la Semana Santa de 1493. Las autoridades intervinieron sin demora; muchos de los conjurados fueron detenidos y torturados, y unos fueron descuartizados o decapitados, otros mutilados en las manos y los dedos y desterrados. Un gran número huyó a Suiza.

Pero con esta primera desarticulación el Bundschuh no quedó aniquilado, ni mucho menos. Al contrario, siguió existiendo en secreto, y los numerosos fugitivos dispersos por Suiza y el sur de Alemania se convirtieron en otros tantos emisarios que, encontrando por doquier, bajo la misma opresión, la misma inclinación a la revuelta, extendieron el Bundschuh por todo el territorio de la actual Baden. La tenacidad y la constancia con que los campesinos de la Alta Alemania conspiraron durante treinta años a partir de 1493, con que superaron todos los obstáculos que su modo de vida rural y disperso oponía a una organización más amplia y centralizada, y con que, tras innumerables desarticulaciones, derrotas y ejecuciones de sus jefes, volvieron a conspirar una y otra vez, hasta que por fin llegó la ocasión de la sublevación en masa: esta obstinación es verdaderamente admirable.

En 1502 aparecieron en el obispado de Espira, que entonces comprendía también la comarca de Bruchsal, señales de un movimiento secreto entre los campesinos. El Bundschuh se había reorganizado aquí, en efecto, con un éxito considerable. Unos 7.000 hombres formaban parte de la organización, cuyo centro estaba en Untergrombach, entre Bruchsal y Weingarten, y cuyas ramificaciones se extendían Rin abajo hasta el Meno y Rin arriba hasta más allá del margraviato de Baden. Sus artículos decían: no se pagaría ya censo ni diezmo, impuesto ni peaje a los príncipes, los nobles y los curas; la servidumbre quedaría abolida, los conventos y demás bienes eclesiásticos serían confiscados y repartidos entre el pueblo, y no se reconocería otro señor que el emperador.

Encontramos aquí formuladas por primera vez entre los campesinos las dos reivindicaciones de la secularización de los bienes eclesiásticos en beneficio del pueblo y de la monarquía alemana una e indivisible; dos reivindicaciones que desde entonces reaparecen con regularidad en la fracción más desarrollada de los campesinos y plebeyos, hasta que Tomás Münzer transforma el reparto de los bienes eclesiásticos en su confiscación en beneficio de la comunidad de bienes, y el Imperio alemán unido en la república una e indivisible.

El Bundschuh renovado tenía, como el antiguo, su lugar secreto de reunión, su juramento de silencio, sus ceremonias de ingreso y su bandera del Bundschuh con la inscripción: «¡Nada más que la justicia de Dios!». El plan de acción se parecía al de los alsacianos: tomar por sorpresa Bruchsal, donde la mayoría de los habitantes pertenecía a la liga, organizar allí un ejército de la liga y enviarlo a los principados vecinos como centro móvil de reunión.

El plan lo delató un sacerdote al que uno de los conjurados se lo había confesado. Los gobiernos tomaron de inmediato contramedidas. Hasta dónde llegaban las ramificaciones de la liga lo muestra el terror que se apoderó de los diversos estados imperiales de Alsacia y de la Liga Suaba. Se concentraron tropas y se practicaron detenciones en masa. El emperador Maximiliano, «el último caballero»,95 promulgó las ordenanzas penales más sanguinarias contra la inaudita empresa de los campesinos. Aquí y allá hubo tumultos y resistencia armada; pero las huestes campesinas aisladas no se sostuvieron mucho tiempo. Algunos de los conjurados fueron ejecutados, otros huyeron; pero el secreto se guardó tan bien que la mayoría, incluso de los jefes, pudieron quedarse sin que nadie los molestara en sus propias localidades o, por lo menos, en las tierras de señores vecinos.

Tras esta nueva derrota volvió a haber en las luchas de clases una calma aparente bastante larga. Pero bajo cuerda se seguía trabajando. En Suabia se formó, evidentemente en relación con los miembros dispersos del Bundschuh, ya en los primeros años del siglo XVI, el Pobre Conrado; en la Selva Negra el Bundschuh siguió existiendo en algunos círculos pequeños y aislados, hasta que, al cabo de diez años, un enérgico jefe campesino logró anudar de nuevo los hilos sueltos en una gran conjura. Ambas conjuras salieron a la luz pública la una poco después de la otra y caen en los agitados años de 1513 a 1515, en los que, al mismo tiempo, los campesinos suizos, húngaros y eslovenos protagonizan una serie de insurrecciones importantes.

El restaurador del Bundschuh del alto Rin fue Joß Fritz, de Untergrombach, fugitivo de la conjura de 1502, antiguo soldado y un carácter sobresaliente en todos los sentidos. Desde su huida había vivido en diversos lugares entre el lago de Constanza y la Selva Negra y por último se había establecido en Lehen, cerca de Friburgo de Brisgovia, donde había llegado incluso a guarda de campo. Cómo reorganizó desde allí la liga, con qué habilidad supo atraer a ella a las gentes más diversas: sobre todo esto contienen los autos del proceso los detalles más interesantes. El talento diplomático y la incansable constancia de este conspirador modelo consiguieron enredar en la liga a un número extraordinario de personas de las más diversas clases: caballeros, curas, burgueses, plebeyos y campesinos; y parece bastante seguro que llegó a organizar incluso varios grados de la conjura, separados con mayor o menor nitidez. Todos los elementos aprovechables se utilizaron con la mayor prudencia y habilidad. Además de los emisarios más iniciados, que recorrían el país con los disfraces más variados, se empleaba a los vagabundos y mendigos para las misiones subalternas. Joß estaba en trato directo con los reyes de los mendigos y por medio de ellos tenía bajo su mano a toda la numerosa población vagabunda. Estos reyes de los mendigos desempeñan en su conjura un papel importante. Eran figuras de lo más originales: uno andaba por ahí con una muchacha por cuyos pies, supuestamente llagados, pedía limosna; llevaba en el sombrero más de ocho insignias, los catorce santos auxiliadores, santa Odilia, Nuestra Señora y otras, y además una larga barba roja y un gran bastón nudoso con daga y pincho; otro, que pedía en nombre de san Valentín, vendía especias y simiente contra las lombrices, vestía un largo sayo color de hierro y un birrete rojo con el Niño de Trento prendido en él,96 una espada al costado y muchos cuchillos y una daga al cinto; otros tenían llagas mantenidas abiertas artificialmente y trajes igual de estrafalarios. Eran por lo menos diez; a cambio de una recompensa de 2.000 florines, debían prender fuego al mismo tiempo en Alsacia, en el margraviato de Baden y en Brisgovia, y presentarse con al menos 2.000 de los suyos, el día de la fiesta parroquial de Zabern, en Rosen, a las órdenes de Georg Schneider, antiguo capitán de lansquenetes, para tomar la ciudad. Entre los miembros de la liga propiamente dichos se estableció un servicio de estafetas de estación en estación, y Joß Fritz y su principal emisario, Stoffel de Friburgo, cabalgaban sin cesar de un lugar a otro y pasaban revista de noche a los nuevos reclutas. De la extensión de la liga por el alto Rin y la Selva Negra dan testimonio suficiente los autos del proceso: contienen innumerables nombres de afiliados, con sus señas personales, de los lugares más diversos de aquella región. La mayoría son oficiales artesanos; después, campesinos y taberneros, algunos nobles, curas (como el mismo de Lehen) y lansquenetes sin sustento. Ya por esta composición se ve el carácter mucho más desarrollado que había tomado el Bundschuh con Joß Fritz: el elemento plebeyo de las ciudades empezaba a hacerse valer cada vez más. Las ramificaciones de la conjura se extendían por toda Alsacia y la actual Baden, hasta Wurtemberg y el Meno. De vez en cuando se celebraban asambleas más numerosas en montes apartados, en el Kniebis, etc., etc., y se deliberaba sobre los asuntos de la liga. Las reuniones de los jefes, a las que asistían a menudo los afiliados del lugar y delegados de las localidades más alejadas, tenían lugar en la Hartmatte, cerca de Lehen, y allí se aprobaron también los catorce artículos de la liga. Ningún señor más que el emperador y (según algunos) el papa; abolición del tribunal de Rottweil y limitación del tribunal eclesiástico a los asuntos eclesiásticos; abolición de todos los censos que se hubieran pagado tanto tiempo que igualasen ya el capital; el cinco por ciento como interés máximo permitido; libertad de caza, de pesca, de pastos y de leña; limitación de los curas a un solo beneficio cada uno; confiscación de los bienes eclesiásticos y de las joyas de los conventos para la caja de guerra de la liga; abolición de todos los impuestos y peajes injustos; paz perpetua en toda la cristiandad; actuación enérgica contra todos los adversarios de la liga; un impuesto de la liga; toma de una ciudad fortificada —Friburgo— que sirviera de centro a la liga; apertura de negociaciones con el emperador en cuanto estuvieran reunidas las huestes de la liga, y con Suiza si el emperador se negaba: esos son los puntos en que se pusieron de acuerdo. Por ellos se ve cómo, por un lado, las reivindicaciones de los campesinos y plebeyos adquirían una forma cada vez más definida y firme y, por otro, en la misma medida había que hacer concesiones a los moderados y a los timoratos.

El golpe debía darse hacia el otoño de 1513. Solo faltaba la bandera de la liga, y Joß Fritz fue a Heilbronn a hacerla pintar. Llevaba, junto a toda clase de emblemas e imágenes, el Bundschuh y la inscripción: «Señor, asiste a tu divina justicia». Pero mientras él estaba fuera se hizo un intento precipitado de tomar Friburgo por sorpresa, que se descubrió antes de tiempo; algunas indiscreciones en la propaganda pusieron al Consejo de Friburgo y al margrave de Baden sobre la pista, y la traición de dos conjurados completó la serie de revelaciones. Al punto el margrave, el Consejo de Friburgo y el gobierno imperial de Ensisheim97 enviaron a sus esbirros y soldados; cierto número de miembros del Bundschuh fueron detenidos, torturados y ejecutados; pero también esta vez escapó la mayoría, y en particular Joß Fritz. Los gobiernos suizos persiguieron esta vez a los fugitivos con gran saña y llegaron a ejecutar a varios; pero, igual que sus vecinos, no pudieron impedir que la mayor parte de los fugitivos siguiera en las cercanías de sus lugares de residencia y hasta fuera regresando poco a poco. El que más se ensañó fue el gobierno alsaciano de Ensisheim: por orden suya, muchísimos fueron decapitados, enrodados y descuartizados. Joß Fritz se mantenía casi siempre en la orilla suiza del Rin, pero pasaba a menudo a la Selva Negra sin que nunca lograran echarle mano.

Por qué los suizos se aliaron esta vez con los gobiernos vecinos contra los del Bundschuh lo muestra la sublevación campesina que estalló al año siguiente, 1514, en Berna, Soleura y Lucerna, y que trajo consigo una depuración de los gobiernos aristocráticos y del patriciado en general. Los campesinos consiguieron además algunos privilegios para sí. Si estas sublevaciones locales suizas triunfaron, se debió sencillamente a que en Suiza había todavía mucha menos centralización que en Alemania. Con sus señores locales los campesinos acabaron también en todas partes en 1525, pero sucumbieron ante las masas de tropas organizadas de los príncipes, y eran precisamente estas las que no existían en Suiza.

Al mismo tiempo que el Bundschuh en Baden, y evidentemente en relación directa con él, se había formado en Wurtemberg una segunda conjura. Según los documentos, existía ya desde 1503, y como el nombre de Bundschuh se había vuelto demasiado peligroso desde la desarticulación de los de Untergrombach, adoptó el de Pobre Conrado. Su sede principal era el valle del Rems, al pie del monte Hohenstaufen. Al menos entre el pueblo, su existencia hacía tiempo que no era ningún secreto. La desvergonzada opresión del gobierno de Ulrico98 y una serie de años de hambre, que contribuyeron poderosamente al estallido de los movimientos de 1513 y 1514, habían aumentado el número de los conjurados; los nuevos impuestos sobre el vino, la carne y el pan, así como un impuesto sobre el capital de un pfennig anual por cada florín, hicieron estallar la revuelta. La ciudad de Schorndorf, donde los cabecillas del complot se reunían en casa del cuchillero Kaspar Pregizer, había de ser tomada en primer lugar. En la primavera de 1514 estalló la sublevación. Tres mil campesinos, o cinco mil según otros, se presentaron ante la ciudad, pero las buenas promesas de los funcionarios del duque los movieron a retirarse: el duque Ulrico acudió con ochenta jinetes después de haber prometido la abolición de los nuevos impuestos, y gracias a esta promesa lo encontró todo en calma. Prometió convocar una Dieta para que allí se examinaran todas las quejas. Pero los jefes de la organización sabían muy bien que Ulrico no se proponía otra cosa que mantener tranquilo al pueblo hasta haber reclutado y reunido tropas suficientes para poder faltar a su palabra y cobrar los impuestos por la fuerza. Así pues, desde la casa de Kaspar Pregizer, «la cancillería del Pobre Conrado», hicieron circular convocatorias a un congreso de la liga, que los emisarios respaldaron en todas direcciones. El éxito del primer alzamiento en el valle del Rems había levantado los ánimos del pueblo en todas partes; los escritos y los emisarios encontraron por doquier un terreno favorable, y así el congreso celebrado el 28 de mayo en Untertürkheim contó con numerosos delegados de todas las regiones de Wurtemberg. Se acordó proseguir con rapidez la agitación y, a la primera ocasión, dar el golpe en el valle del Rems para extender desde allí la sublevación. Mientras Bantelhans de Dettingen, antiguo soldado, y Singerhans de Würtingen, un campesino respetado, ganaban para la liga el Jura de Suabia, la sublevación estallaba ya por todas partes. Singerhans fue sorprendido y apresado, es cierto, pero las ciudades de Backnang, Winnenden y Markgröningen cayeron en manos de los campesinos aliados con los plebeyos, y todo el país, desde Weinsberg hasta Blaubeuren y desde allí hasta la frontera de Baden, estaba en abierta insurrección; Ulrico tuvo que ceder. Pero, al mismo tiempo que convocaba la Dieta para el 25 de junio, escribía a los príncipes y ciudades libres vecinos pidiendo ayuda contra la sublevación, que ponía en peligro a todos los príncipes, autoridades y patriciado del Imperio y «tenía un extraño aire de Bundschuh».

Entretanto, la Dieta, es decir, los diputados de las ciudades y muchos delegados de los campesinos, que también reclamaban asiento en ella, se reunió ya el 18 de junio en Stuttgart. Los prelados no habían llegado todavía; a los caballeros ni siquiera se los había convocado. La oposición urbana de Stuttgart y dos huestes campesinas cercanas y amenazadoras, en Leonberg y en el valle del Rems, apoyaban las reivindicaciones de los campesinos. Sus delegados fueron admitidos, y se acordó destituir y castigar a los tres odiados consejeros del duque, Lamparter, Thumb y Lorcher; poner junto al duque un consejo de cuatro caballeros, cuatro burgueses y cuatro campesinos; asignarle una lista civil fija y confiscar los conventos y fundaciones eclesiásticas en beneficio del tesoro del Estado.

El duque Ulrico respondió a estos acuerdos revolucionarios con un golpe de Estado. El 21 de junio se fue a caballo con sus caballeros y consejeros a Tubinga, adonde lo siguieron los prelados; ordenó a los burgueses que acudieran también allí, lo que hicieron, y continuó en esa ciudad la Dieta sin los campesinos. Allí los burgueses, sometidos al terrorismo militar, traicionaron a sus aliados, los campesinos. El 8 de julio se concluyó el Tratado de Tubinga, que cargó al país con casi un millón de deudas del duque, impuso a este algunas limitaciones que nunca respetó y despachó a los campesinos con unas cuantas frases generales y vacías y con una ley penal muy concreta contra la sedición y las asociaciones. De representación de los campesinos en la Dieta, naturalmente, ya no se volvió a hablar. La población rural clamó contra la traición; pero como el duque, desde que los estados se habían hecho cargo de sus deudas, volvía a tener crédito, reunió pronto tropas, y también sus vecinos, en especial el elector palatino, le enviaron tropas auxiliares. Así, a finales de julio todo el país había aceptado el Tratado de Tubinga y prestado el nuevo juramento de fidelidad. Solo en el valle del Rems resistió el Pobre Conrado; el duque, que volvió a ir allí en persona, estuvo a punto de ser asesinado, y se formó un campamento campesino en el Kappelberg. Pero como el asunto se alargaba, la mayoría de los insurrectos se dispersó por falta de víveres, y el resto volvió también a casa a raíz de un acuerdo ambiguo con algunos diputados de la Dieta. Ulrico, cuyo ejército se había reforzado entretanto con las compañías que le proporcionaron de buen grado las ciudades, que, una vez obtenidas sus reivindicaciones, se volvían ahora con fanatismo contra los campesinos, Ulrico cayó entonces, a pesar del acuerdo, sobre el valle del Rems, cuyas ciudades y aldeas fueron saqueadas. Fueron detenidos 1.600 campesinos; 16 de ellos fueron decapitados en el acto, y los demás, condenados en su mayoría a fuertes multas en beneficio de las arcas de Ulrico. Muchos pasaron largo tiempo en prisión. Se promulgaron severas leyes penales contra la renovación de la liga y contra toda reunión de campesinos, y la nobleza suaba formó una liga especial para reprimir todo intento de sublevación. —Los principales jefes del Pobre Conrado, entretanto, habían logrado escapar a Suiza, y desde allí, al cabo de algunos años, volvieron a casa, en su mayoría uno a uno.

Al mismo tiempo que el movimiento de Wurtemberg aparecieron en Brisgovia y en el margraviato de Baden síntomas de nuevas maquinaciones del Bundschuh. En junio se hizo en Bühl un intento de sublevación, pero el margrave Felipe lo desbarató enseguida, y su jefe, Gugel-Bastian, fue detenido en Friburgo y decapitado.

En ese mismo año de 1514, también en primavera, estalló en Hungría una guerra campesina general. Se predicó una cruzada contra los turcos y, como de costumbre, se prometió la libertad a los siervos de cuerpo y de la gleba que se unieran a ella. Se reunieron unos 60.000, a los que se puso bajo el mando de Jorge Dózsa, un székely99 que se había distinguido ya en anteriores guerras contra los turcos y había obtenido la nobleza. Pero los caballeros y magnates húngaros veían con malos ojos esta cruzada, que amenazaba con quitarles su propiedad, sus siervos. Corrieron tras las huestes campesinas aisladas y se llevaron de vuelta a sus siervos por la fuerza y entre malos tratos. Cuando esto se supo en el ejército cruzado, estalló la furia de los campesinos oprimidos. Dos de los más fervorosos predicadores de la cruzada, Lorenzo y Bernabé, atizaron aún más en el ejército el odio contra la nobleza con sus discursos revolucionarios. El propio Dózsa compartía la cólera de sus tropas contra la nobleza traidora; el ejército cruzado se convirtió en un ejército revolucionario, y él se puso a la cabeza de este nuevo movimiento.

Acampó con sus campesinos en el campo de Rákos, cerca de Pest. Las hostilidades se abrieron con altercados con las gentes del partido de la nobleza en las aldeas de los alrededores y en los arrabales de Pest; pronto se llegó a las escaramuzas y, por último, a unas Vísperas Sicilianas100 para todos los nobles que caían en manos de los campesinos, y al incendio de todos los castillos de los alrededores. La corte amenazó, pero en vano. Cumplida bajo los muros de la capital la primera justicia popular contra la nobleza, Dózsa pasó a nuevas operaciones. Dividió su ejército en cinco columnas. Dos fueron enviadas a las montañas de la Alta Hungría para sublevarlo todo allí y exterminar a la nobleza. La tercera, al mando de Ambrosio Száleresi, un burgués de Pest, se quedó en el Rákos para vigilar la capital; la cuarta y la quinta las condujeron Dózsa y su hermano Gregorio contra Szeged.

Entretanto, la nobleza se reunió en Pest y llamó en su ayuda al voivoda de Transilvania, Juan Zápolya.101 La nobleza, junto con los burgueses de Budapest, batió y aniquiló el cuerpo acampado en el Rákos, después de que Száleresi se pasara al enemigo con los elementos burgueses del ejército campesino. Gran número de prisioneros fueron ejecutados de la manera más cruel; al resto se lo mandó a casa con la nariz y las orejas cortadas.

Dózsa fracasó ante Szeged y marchó contra Csanád, que conquistó tras derrotar a un ejército de la nobleza al mando de István Bátori y del obispo Csáky y tomar en los prisioneros, entre ellos el obispo y el tesorero real Teleki, sangrientas represalias por las crueldades del Rákos. En Csanád proclamó la república, la abolición de la nobleza, la igualdad general y la soberanía del pueblo, y marchó luego contra Temesvár, donde se había encerrado Bátori. Pero mientras sitiaba esta fortaleza durante dos meses y recibía el refuerzo de un nuevo ejército al mando de Antonio Hosszu, las dos huestes de la Alta Hungría sucumbieron ante la nobleza en varias batallas, y Juan Zápolya avanzó contra él con el ejército de Transilvania. Zápolya cayó por sorpresa sobre los campesinos y los dispersó; el propio Dózsa fue apresado, asado en un trono al rojo vivo y comido vivo por sus propios hombres, a quienes solo con esa condición se les perdonó la vida. Los campesinos dispersos, reagrupados por Lorenzo y Hosszu, fueron derrotados una vez más, y todos los que caían en manos de los enemigos eran empalados o ahorcados. Por millares colgaban los cadáveres de campesinos a lo largo de los caminos o a la entrada de las aldeas incendiadas. Se dice que unos 60.000 murieron en combate o fueron asesinados. La nobleza, por su parte, se cuidó de que en la Dieta siguiente se reconociera de nuevo la servidumbre de los campesinos como ley del país.

La sublevación campesina de la «Marca Víndica», es decir, de Carintia, Carniola y Estiria, que estalló por la misma época, se basaba en una conjura del tipo del Bundschuh que ya en 1503 se había formado en aquella región, esquilmada por la nobleza y los funcionarios imperiales, asolada por las incursiones turcas y castigada por el hambre, y que había provocado una sublevación. Los campesinos eslovenos de la región, lo mismo que los alemanes, volvieron a alzar ya en 1513 la bandera de guerra de la stara prawa (el derecho antiguo);102 y si ese año se dejaron apaciguar una vez más, y si en 1514, cuando se amotinaron en número aún mayor, la promesa expresa del emperador Maximiliano de restablecer el derecho antiguo los indujo a dispersarse, en la primavera de 1515 estalló con tanta mayor violencia la guerra de venganza del pueblo, engañado una y otra vez. Como en Hungría, por todas partes se destruyeron castillos y conventos, y los nobles prisioneros fueron juzgados por jurados campesinos y decapitados. En Estiria y Carintia el capitán imperial Dietrichstein logró sofocar pronto la sublevación; en Carniola solo fue aplastada con el asalto por sorpresa de Rain (otoño de 1516) y con las innumerables crueldades austriacas que siguieron, dignas compañeras de las infamias de la nobleza húngara.

Se comprende que, tras una serie de derrotas tan decisivas y tras estas crueldades en masa de la nobleza, los campesinos de Alemania permanecieran tranquilos durante bastante tiempo. Y, sin embargo, ni las conjuras ni las sublevaciones locales cesaron del todo. Ya en 1516 la mayoría de los fugitivos del Bundschuh y del Pobre Conrado regresaron a Suabia y al alto Rin, y en 1517 el Bundschuh volvía a estar en plena actividad en la Selva Negra. El propio Joß Fritz, que seguía llevando consigo, escondida en el pecho, la vieja bandera del Bundschuh de 1513, recorría otra vez la Selva Negra y desplegaba una gran actividad. La conjura se organizó de nuevo. Como cuatro años antes, se convocaron otra vez reuniones en el Kniebis. Pero el secreto no se guardó; los gobiernos se enteraron del asunto e intervinieron. Varios fueron apresados y ejecutados; los miembros más activos e inteligentes tuvieron que huir, entre ellos Joß Fritz, al que tampoco esta vez lograron echar mano, pero que parece haber muerto poco después en Suiza, pues desde entonces no vuelve a mencionársele en ninguna parte.

IV. La insurrección de la nobleza

Por la misma época en que se aplastaba en la Selva Negra la cuarta conjura del Bundschuh, Lutero dio en Wittenberg la señal del movimiento que iba a arrastrar a todos los estamentos a su torbellino y a sacudir todo el Imperio. Las tesis del agustino turingio prendieron como un rayo en un polvorín. Las aspiraciones múltiples y entrecruzadas de los caballeros y de los burgueses, de los campesinos y de los plebeyos, de los príncipes ávidos de soberanía y del bajo clero, de las sectas místicas ocultas y de la oposición literaria, erudita y satírico-burlesca, encontraron en ellas una expresión general, común por el momento, en torno a la cual se agruparon con sorprendente rapidez. Esta alianza de todos los elementos de oposición, formada de la noche a la mañana, por breve que fuera su duración, reveló de golpe el enorme poder del movimiento y lo impulsó hacia delante con tanta mayor rapidez.

Pero precisamente este rápido desarrollo del movimiento tenía que hacer brotar también muy pronto los gérmenes de discordia que encerraba; tenía, por lo menos, que separar de nuevo a los componentes de la masa en efervescencia que, por toda su situación vital, se oponían directamente entre sí, y devolverlos a su posición normal de hostilidad. Esta polarización de la abigarrada masa de la oposición en torno a dos centros de atracción se manifestó ya en los primeros años de la Reforma: la nobleza y los burgueses se agruparon incondicionalmente en torno a Lutero; los campesinos y plebeyos, sin ver todavía en Lutero un enemigo directo, formaron como antes un partido de oposición aparte, revolucionario. Solo que ahora el movimiento era mucho más general y llegaba mucho más hondo que antes de Lutero, y con ello venía dada la necesidad de una oposición tajante, de la lucha directa entre ambos partidos. Esta oposición directa no tardó en llegar: Lutero y Münzer se combatieron en la prensa y desde el púlpito, igual que los ejércitos de los príncipes, de los caballeros y de las ciudades, formados en su mayor parte por fuerzas luteranas o al menos inclinadas al luteranismo, dispersaron las huestes de los campesinos y plebeyos.

Hasta qué punto divergían los intereses y las necesidades de los diversos elementos que habían abrazado la Reforma lo muestra ya, antes de la guerra campesina, el intento de la nobleza de imponer sus reivindicaciones frente a los príncipes y los curas.

Ya hemos visto más arriba qué posición ocupaba la nobleza alemana a comienzos del siglo XVI. Estaba a punto de perder su independencia en favor de los príncipes seglares y eclesiásticos, cada vez más poderosos. Veía al mismo tiempo que, en la misma medida en que ella se hundía, se hundía también el poder imperial y el Imperio se disolvía en una serie de principados soberanos. Su ruina tenía que coincidir, para ella, con la ruina de los alemanes como nación. A esto se añadía que la nobleza, sobre todo la nobleza inmediata del Imperio,103 era el estamento que, tanto por su oficio militar como por su posición frente a los príncipes, representaba de manera especial al Imperio y al poder imperial. Era el estamento más nacional, y cuanto más poderoso era el poder imperial, cuanto más débiles y menos numerosos los príncipes, cuanto más unida Alemania, tanto más poderosa era ella. De ahí el descontento general de la caballería por la miserable situación política de Alemania, por la impotencia del Imperio hacia fuera, que crecía en la misma medida en que la casa imperial iba añadiendo al Imperio, por herencia, una provincia tras otra; por las intrigas de potencias extranjeras en el interior de Alemania y los complots de príncipes alemanes con el extranjero contra el poder imperial. Las reivindicaciones de la nobleza tenían que resumirse, pues, ante todo en la exigencia de una reforma del Imperio cuyas víctimas habían de ser los príncipes y el alto clero. De resumirlas se encargó Ulrich von Hutten,104 el representante teórico de la nobleza alemana, junto con Franz von Sickingen,105 su representante militar y político.

Hutten formuló de manera muy precisa y concibió de manera muy radical la reforma del Imperio que exigía en nombre de la nobleza. No se trataba de nada menos que de la eliminación de todos los príncipes, la secularización de todos los principados y bienes eclesiásticos y el establecimiento de una democracia nobiliaria con un monarca a la cabeza, más o menos como la que existió en los mejores días de la difunta república de Polonia.106 Restableciendo el dominio de la nobleza, la clase militar por excelencia, eliminando a los príncipes, portadores de la fragmentación, aniquilando el poder de los curas y arrancando a Alemania de la dominación eclesiástica de Roma, creían Hutten y Sickingen que harían de nuevo el Imperio unido, libre y poderoso.

La democracia nobiliaria basada en la servidumbre, tal como existió en Polonia y, en forma algo modificada, en los primeros siglos de los reinos conquistados por los germanos, es una de las formas sociales más toscas y evoluciona con toda normalidad hacia la jerarquía feudal desarrollada, que es ya una fase considerablemente superior. Esta democracia nobiliaria pura era, pues, imposible en el siglo XVI. Era imposible ya por el mero hecho de que en Alemania existían ciudades importantes y poderosas. Pero, por otro lado, también era imposible aquella alianza de la baja nobleza y las ciudades que en Inglaterra llevó a cabo la transformación de la monarquía feudal-estamental en monarquía burguesa constitucional. En Alemania se había conservado la vieja nobleza; en Inglaterra, la guerra de las Dos Rosas la había exterminado hasta dejar solo 28 familias, y había sido sustituida por una nueva nobleza de origen burgués y de tendencias burguesas; en Alemania seguía existiendo la servidumbre y la nobleza tenía fuentes de ingresos feudales; en Inglaterra la servidumbre estaba casi del todo abolida, y la nobleza era un simple terrateniente burgués con la fuente de ingresos burguesa: la renta de la tierra. Por último, la centralización de la monarquía absoluta, que en Francia existía desde Luis XI gracias a la oposición entre la nobleza y la burguesía y que no dejaba de desarrollarse, era imposible en Alemania ya por la sencilla razón de que aquí las condiciones de la centralización nacional no existían en absoluto o solo existían sin desarrollar.

Cuanto más se adentraba Hutten, en estas circunstancias, en la realización práctica de su ideal, más concesiones tenía que hacer y más vagos tenían que volverse los contornos de su reforma del Imperio. La nobleza sola no era lo bastante poderosa para llevar a cabo la empresa; lo demostraba su creciente debilidad frente a los príncipes. Hacían falta aliados, y los únicos posibles eran las ciudades, los campesinos y los influyentes teóricos del movimiento de la Reforma. Pero las ciudades conocían de sobra a la nobleza para no fiarse de ella y rechazaban toda alianza con ella. Los campesinos veían con toda razón en la nobleza, que los esquilmaba y maltrataba, a su enemigo más encarnizado. Y los teóricos estaban o con los burgueses, o con los príncipes, o con los campesinos. ¿Qué podía prometer, además, de positivo la nobleza a burgueses y campesinos con una reforma del Imperio cuyo fin principal era siempre elevar a la nobleza? En estas circunstancias, a Hutten no le quedó otro remedio que decir poco o nada en sus escritos de propaganda sobre la posición recíproca futura de la nobleza, las ciudades y los campesinos, echar todos los males a los príncipes, a los curas y a la dependencia de Roma, y demostrar a los burgueses que su interés les mandaba mantenerse por lo menos neutrales en la lucha inminente entre los príncipes y la nobleza. De la abolición de la servidumbre y de las cargas que el campesino debía a la nobleza no se habla en Hutten en ninguna parte.

La posición de la nobleza alemana frente a los campesinos era entonces exactamente la misma que la de la nobleza polaca frente a sus campesinos en las insurrecciones de 1830 a 1846.107 Como en los modernos levantamientos polacos, en la Alemania de entonces el movimiento solo podía llevarse adelante mediante una alianza de todos los partidos de oposición, y en particular de la nobleza con los campesinos. Pero precisamente esa alianza era imposible en ambos casos. Ni la nobleza se veía en la necesidad de renunciar a sus privilegios políticos y a sus derechos feudales sobre los campesinos, ni los campesinos revolucionarios podían entrar, por unas perspectivas generales y vagas, en una alianza con la nobleza, con el estamento que precisamente más los oprimía. Como en Polonia en 1830, tampoco en Alemania en 1522 pudo ya la nobleza ganarse a los campesinos. Solo la abolición completa de la servidumbre personal y de la gleba, la renuncia a todos los privilegios nobiliarios, habría podido unir a la población rural con la nobleza; pero la nobleza, como todo estamento privilegiado, no tenía las menores ganas de renunciar voluntariamente a sus prerrogativas, a toda su posición excepcional y a la mayor parte de sus fuentes de ingresos.

Así pues, cuando llegó la hora de la lucha, la nobleza se encontró al final sola frente a los príncipes. Era de prever que los príncipes, que desde hacía dos siglos le venían ganando terreno sin cesar, la aplastarían también esta vez sin gran esfuerzo.

El curso de la lucha misma es conocido. Hutten y Sickingen, a quien ya se reconocía como jefe político y militar de la nobleza de la Alemania central, formaron en 1522 en Landau una liga de la nobleza renana, suaba y franconia por seis años, supuestamente para su propia defensa;108 Sickingen reunió un ejército, en parte con sus propios medios y en parte en unión con los caballeros vecinos, organizó levas y refuerzos en Franconia, en el bajo Rin, en los Países Bajos y en Westfalia, y en septiembre de 1522 abrió las hostilidades con una declaración de guerra al príncipe elector y arzobispo de Tréveris.109 Pero mientras estaba ante Tréveris, la rápida intervención de los príncipes le cortó los refuerzos; el landgrave de Hesse y el elector palatino acudieron en ayuda de los de Tréveris, y Sickingen tuvo que encerrarse en su castillo de Landstuhl. A pesar de todos los esfuerzos de Hutten y de sus demás amigos, la nobleza aliada, intimidada por la acción concentrada y rápida de los príncipes, lo dejó allí en la estacada; él mismo fue herido de muerte, entregó entonces Landstuhl y murió poco después. Hutten tuvo que huir a Suiza y murió pocos meses más tarde en la isla de Ufenau, en el lago de Zúrich.

Con esta derrota y la muerte de ambos jefes quedó rota la fuerza de la nobleza como corporación independiente de los príncipes. A partir de entonces la nobleza solo aparece al servicio y bajo la dirección de los príncipes. La guerra campesina, que estalló inmediatamente después, la obligó todavía más a ponerse directa o indirectamente bajo la protección de los príncipes, y demostró al mismo tiempo que la nobleza alemana prefería seguir explotando a los campesinos bajo la soberanía de los príncipes antes que derribar a los príncipes y a los curas mediante una alianza abierta con los campesinos emancipados.

V. La guerra campesina de Suabia y Franconia

Desde el momento en que la declaración de guerra de Lutero a la jerarquía católica puso en movimiento a todos los elementos de oposición de Alemania, no pasó un año sin que también los campesinos volvieran a presentarse con sus reivindicaciones. De 1518 a 1523 se sucedieron uno tras otro los levantamientos campesinos locales en la Selva Negra y en la Alta Suabia. Desde la primavera de 1524 estos levantamientos adquirieron un carácter sistemático. En abril de ese año, los campesinos de la abadía de Marchthal se negaron a prestar las corveas y demás servicios; en mayo, los campesinos de San Blas se negaron a pagar los tributos de la servidumbre; en junio, los campesinos de Steinheim, cerca de Memmingen, declararon que no pagarían ni diezmos ni ningún otro tributo; en julio y agosto se alzaron los campesinos de Turgovia, a los que se redujo de nuevo a la calma, en parte por la mediación de los de Zúrich y en parte por la brutalidad de la Confederación, que hizo ejecutar a varios. Por último estalló en el landgraviato de Stühlingen un levantamiento más resuelto, que puede considerarse el comienzo inmediato de la guerra campesina.

Los campesinos de Stühlingen se negaron de pronto a prestar los servicios debidos al landgrave, se juntaron en huestes numerosas y, al mando de Hans Müller von Bulgenbach, marcharon el 24 de agosto de 1524 sobre Waldshut.110 Allí fundaron, junto con los vecinos de la ciudad, una hermandad evangélica. Los vecinos se adhirieron a la alianza con tanto mayor motivo cuanto que, al mismo tiempo, estaban en conflicto con el gobierno de la Austria Anterior a causa de las persecuciones religiosas contra Balthasar Hubmaier, su predicador, amigo y discípulo de Tomás Münzer. Se impuso, pues, una contribución a la liga de tres cruceros semanales —una suma enorme para el valor que tenía entonces el dinero—, se enviaron emisarios a Alsacia, al Mosela, a todo el alto Rin y a Franconia para atraer a la liga a los campesinos de todas partes, y se proclamó como fin de la liga la abolición del dominio feudal, la destrucción de todos los castillos y monasterios y la supresión de todos los señores, salvo el emperador. La bandera de la liga era la tricolor alemana.111

El levantamiento ganó terreno rápidamente en todo lo que hoy es la parte alta de Baden. Un terror pánico se apoderó de la nobleza de la Alta Suabia, cuyas fuerzas militares estaban casi todas ocupadas en Italia, en la guerra contra Francisco I de Francia. No le quedó más remedio que dar largas al asunto con negociaciones y, entretanto, reunir dinero y reclutar tropas, hasta ser lo bastante fuerte para castigar a los campesinos por su osadía «a sangre y fuego, con saqueo y matanza». A partir de entonces comenzó aquella traición sistemática, aquel continuo faltar a la palabra dada y aquella perfidia por las que se distinguieron la nobleza y los príncipes durante toda la guerra campesina, y que fueron su arma más fuerte frente a unos campesinos dispersos y difíciles de organizar. La Liga Suaba, que agrupaba a los príncipes, la nobleza y las ciudades imperiales del suroeste de Alemania, se interpuso, pero sin garantizar a los campesinos ninguna concesión positiva. Estos siguieron en movimiento. Hans Müller von Bulgenbach recorrió del 30 de septiembre a mediados de octubre la Selva Negra hasta Urach y Furtwangen, elevó su hueste a 3.500 hombres y tomó posiciones con ella junto a Ewattingen (no lejos de Stühlingen). La nobleza no disponía de más de 1.700 hombres, y además dispersos. Se vio obligada a aceptar un armisticio, que en efecto se concluyó en el campamento de Ewattingen. Se prometió a los campesinos un arreglo amistoso, ya directamente entre las partes, ya por medio de árbitros, y el examen de sus agravios por el tribunal territorial de Stockach. Tanto las tropas de la nobleza como los campesinos se dispersaron.

Los campesinos se pusieron de acuerdo en dieciséis artículos, cuya aprobación habían de pedir al tribunal de Stockach. Eran muy moderados. Abolición del derecho de caza, de las corveas, de los impuestos opresivos y, en general, de los privilegios señoriales; protección contra la detención arbitraria y contra los tribunales parciales que juzgaban a su antojo: no pedían nada más.

La nobleza, en cambio, en cuanto los campesinos se volvieron a sus casas, exigió de inmediato todos los servicios en litigio hasta que el tribunal hubiera decidido. Los campesinos, naturalmente, se negaron y remitieron a los señores al tribunal. La disputa estalló de nuevo; los campesinos volvieron a reunirse, los príncipes y señores concentraron sus tropas. Esta vez el movimiento fue todavía más lejos, más allá de Brisgovia y muy adentro de Wurtemberg. Las tropas al mando de Jorge Truchsess de Waldburg,112 el Alba de la guerra campesina, los vigilaban, batían a algunos refuerzos sueltos, pero no se atrevían a atacar al grueso. Jorge Truchsess negociaba con los jefes campesinos y aquí y allá conseguía cerrar tratados.

A finales de diciembre comenzaron las negociaciones ante el tribunal territorial de Stockach. Los campesinos protestaron porque el tribunal se componía solo de nobles. Por toda respuesta se les leyó una carta de nombramiento del emperador. Las negociaciones se alargaron, y entretanto se armaban la nobleza, los príncipes y las autoridades de la Liga Suaba. El archiduque Fernando, que además de los territorios hereditarios que aún hoy son austriacos dominaba también Wurtemberg, la Selva Negra badense y el sur de Alsacia, ordenó proceder con la mayor dureza contra los campesinos rebeldes. Había que prenderlos, torturarlos y matarlos sin piedad; había que arruinarlos del modo que resultara más cómodo, quemar y asolar sus bienes y haciendas y expulsar del país a sus mujeres e hijos. Ya se ve cómo guardaban el armisticio los príncipes y señores, y qué entendían por mediación amistosa y examen de los agravios. El archiduque Fernando, a quien la casa Welser de Augsburgo113 había adelantado dinero, se armó a toda prisa; la Liga Suaba decretó un contingente de dinero y de tropas que había que aportar en tres plazos.

Estos levantamientos coinciden con los cinco meses que Tomás Münzer pasó en la Alta Alemania. De la influencia que tuvo en el estallido y en la marcha del movimiento no hay, ciertamente, pruebas directas, pero indirectamente está del todo comprobada. Los revolucionarios más resueltos entre los campesinos son en su mayoría discípulos suyos y defienden sus ideas. Todos los contemporáneos le atribuyen tanto los Doce Artículos114 como la Carta de los Artículos de los campesinos de la Alta Alemania, aunque lo cierto es que al menos los primeros no los redactó él. Todavía en su viaje de regreso a Turingia dirigió a los campesinos insurrectos un escrito resueltamente revolucionario.

Al mismo tiempo, el duque Ulrico, expulsado de Wurtemberg desde 1519, intrigaba para recuperar su país con ayuda de los campesinos. Es un hecho que desde su expulsión intentó servirse del partido revolucionario y que lo apoyó constantemente. Su nombre aparece mezclado en la mayoría de los disturbios locales ocurridos de 1520 a 1524 en la Selva Negra y en Wurtemberg, y ahora preparaba directamente una invasión de Wurtemberg desde su castillo de Hohentwiel. Pero los campesinos no hicieron más que servirse de él; nunca tuvo influencia sobre ellos, y menos aún su confianza.

Así pasó el invierno sin que ninguno de los dos bandos llegara a nada decisivo. Los señores principescos se escondían; el levantamiento campesino se extendía. En enero de 1525 todo el país entre el Danubio, el Rin y el Lech estaba en plena efervescencia, y en febrero estalló la tormenta.

Mientras la hueste de la Selva Negra y el Hegau, al mando de Hans Müller von Bulgenbach, conspiraba con Ulrico de Wurtemberg y tomaba parte en su inútil campaña sobre Stuttgart (febrero y marzo de 1525), los campesinos del Ried, aguas arriba de Ulm, se alzaron el 9 de febrero, se reunieron en un campamento protegido por pantanos junto a Baltringen, enarbolaron la bandera roja y formaron, bajo la dirección de Ulrich Schmid, la hueste de Baltringen. Eran de 10.000 a 12.000 hombres.

El 25 de febrero se reunió junto al Schussen la hueste del Alto Allgäu, de 7.000 hombres, al correr el rumor de que las tropas avanzaban contra los descontentos, que también allí habían aparecido. Los de Kempten, que habían pasado todo el invierno en pleito con su arzobispo, se reunieron el 26 y se unieron a ellos. Las ciudades de Memmingen y Kaufbeuren se sumaron al movimiento con condiciones; pero ya aquí se puso de manifiesto la ambigüedad de la posición que las ciudades adoptaron en esta lucha. El 7 de marzo se aprobaron en Memmingen los doce artículos de Memmingen para todos los campesinos del Alto Allgäu.

A instancias de los del Allgäu se formó junto al lago de Constanza, al mando de Eitel Hans, la hueste del Lago. También esta hueste creció rápidamente. Su cuartel general estaba en Bermatingen.

Del mismo modo se alzaron los campesinos en el Bajo Allgäu, en la comarca de Ochsenhausen y Schellenberg, en los dominios de Zeil y de Waldburg, señoríos del Truchsess, y ello ya en los primeros días de marzo. Esta hueste del Bajo Allgäu, de 7.000 hombres, acampó junto a Wurzach.

Estas cuatro huestes adoptaron todas ellas los artículos de Memmingen, que, por lo demás, eran todavía mucho más moderados que los del Hegau y que, también en los puntos referentes a la conducta de las huestes armadas para con la nobleza y los gobiernos, mostraban una notable falta de resolución. La resolución, donde llegó, llegó solo en el curso de la guerra, cuando los campesinos conocieron por experiencia el modo de proceder de sus enemigos.

Al mismo tiempo que estas huestes se formó una sexta en el Danubio. De toda la comarca entre Ulm y Donauwörth, de los valles del Iller, el Roth y el Biber, acudieron los campesinos a Leipheim y montaron allí un campamento. De 15 localidades había acudido todo hombre capaz de llevar armas; de 117, refuerzos. El jefe de la hueste de Leipheim era Ulrich Schön; su predicador, Jakob Wehe, el párroco de Leipheim.

Así, a comienzos de marzo, había en armas, en seis campamentos, de 30.000 a 40.000 campesinos insurrectos de la Alta Suabia. El carácter de estas huestes campesinas era muy heterogéneo. El partido revolucionario —el de Münzer— estaba en minoría en todas partes. Sin embargo, constituía en todas partes el núcleo y el sostén de los campamentos campesinos. La masa de los campesinos estaba siempre dispuesta a avenirse con los señores con tal de que se le aseguraran las concesiones que esperaba arrancar con su actitud amenazadora. Además, cuando el asunto se alargó y se acercaron los ejércitos de los príncipes, se cansó de hacer la guerra, y los que aún tenían algo que perder se volvieron en su mayoría a casa. A esto se añadía que a las huestes se había sumado en masa el lumpenproletariado vagabundo, que dificultaba la disciplina, desmoralizaba a los campesinos y también iba y venía con frecuencia. Ya esto basta para explicar por qué las huestes campesinas se mantuvieron al principio a la defensiva en todas partes, se desmoralizaron en los campamentos y, aun prescindiendo de su insuficiencia táctica y de la escasez de buenos jefes, no estaban en modo alguno a la altura de los ejércitos de los príncipes.

Cuando las huestes todavía se estaban reuniendo, el duque Ulrico, con tropas reclutadas y algunos campesinos del Hegau, invadió Wurtemberg desde Hohentwiel. La Liga Suaba estaba perdida si los campesinos avanzaban entonces desde el otro lado contra las tropas del Truchsess de Waldburg. Pero, dada la actitud puramente defensiva de las huestes, el Truchsess consiguió pronto concluir un armisticio con los campesinos de Baltringen, del Allgäu y del Lago, entablar negociaciones y fijar para el domingo de Judica (2 de abril)115 una fecha para resolver el asunto. Entretanto pudo marchar contra el duque Ulrico, ocupar Stuttgart y obligarle a abandonar de nuevo Wurtemberg ya el 17 de marzo. Luego se volvió contra los campesinos; pero en su propio ejército se amotinaron los lansquenetes y se negaron a marchar contra ellos. El Truchsess logró apaciguar a los amotinados y marchó entonces sobre Ulm, donde se reunían nuevos refuerzos. Junto a Kirchheim unter Teck había dejado un campamento de observación.

La Liga Suaba, que por fin tenía las manos libres y había reunido sus primeros contingentes, se quitó entonces la máscara y declaró que estaba «resuelta a impedir con las armas y con la ayuda de Dios lo que los campesinos han emprendido por su propia voluntad».

Los campesinos, entretanto, habían respetado estrictamente el armisticio. Para la negociación del domingo de Judica habían redactado sus reivindicaciones, los célebres Doce Artículos. Pedían que las comunidades eligieran a sus párrocos y pudieran destituirlos; la abolición del diezmo menor y el empleo del diezmo mayor en fines públicos, una vez deducido el sustento del cura; la abolición de la servidumbre personal, de los derechos de pesca y de caza y de la luctuosa; la limitación de las corveas, impuestos y censos excesivos; la restitución de los bosques, pastos y privilegios arrebatados por la fuerza a las comunidades y a los particulares, y el fin de la arbitrariedad en la justicia y en la administración. Como se ve, el partido moderado y conciliador predominaba todavía con mucho en las huestes campesinas. El partido revolucionario había formulado ya antes su programa en la Carta de los Artículos. Esta carta abierta a todos los campesinados los exhorta a entrar en la «unión y hermandad cristiana» para suprimir todas las cargas, ya por las buenas, «lo que difícilmente podrá ser», ya por la fuerza, y amenaza a todos los que se nieguen con la «excomunión secular», es decir, con la expulsión de la sociedad y de todo trato con los miembros de la liga. Todos los castillos, monasterios y fundaciones de curas han de ser sometidos igualmente a la excomunión secular, a menos que nobles, curas y frailes los abandonen voluntariamente, se vayan a vivir a casas corrientes como las demás gentes y se adhieran a la unión cristiana. En este manifiesto radical, redactado evidentemente antes del levantamiento de la primavera de 1525, se trata, pues, ante todo de la revolución, de la derrota completa de las clases todavía dominantes, y la «excomunión secular» designa solo a los opresores y traidores, a los que hay que matar; a los castillos, que hay que incendiar; a los monasterios y fundaciones, cuyos bienes hay que confiscar y cuyos tesoros hay que convertir en dinero.

Pero antes de que los campesinos llegaran a presentar sus Doce Artículos a los árbitros designados, les llegó la noticia de que la Liga Suaba había roto el tratado y de que las tropas se acercaban. Tomaron enseguida sus medidas. En Gaisbeuren se celebró una asamblea general de los campesinos del Allgäu, de Baltringen y del Lago. Las cuatro huestes se mezclaron y con ellas se organizaron cuatro columnas nuevas; se acordó la confiscación de los bienes eclesiásticos, la venta de sus joyas en beneficio de la caja de guerra y el incendio de los castillos. Así, junto a los Doce Artículos oficiales, la Carta de los Artículos se convirtió en la norma de su manera de hacer la guerra, y el domingo de Judica, el día fijado para concluir la paz, en la fecha del levantamiento general.

La agitación, que crecía por todas partes, los continuos conflictos locales de los campesinos con la nobleza y la noticia del levantamiento de la Selva Negra, que llevaba seis meses creciendo sin cesar, y de su propagación hasta el Danubio y el Lech bastan, ciertamente, para explicar la rápida sucesión de levantamientos campesinos en dos tercios de Alemania. Pero que a la cabeza del movimiento había hombres que lo habían organizado por medio de emisarios anabaptistas y de otra clase lo demuestra el hecho de que todos los levantamientos particulares fueran simultáneos. En la segunda quincena de marzo habían estallado ya disturbios en Wurtemberg, en el bajo Neckar, en el Odenwald y en la Baja y la Media Franconia; pero en todas partes se había señalado de antemano el 2 de abril, el domingo de Judica, como día del alzamiento general, y en todas partes se asestó el golpe decisivo, el levantamiento en masa, en la primera semana de abril. También los campesinos del Allgäu, del Hegau y del Lago llamaron al campamento el 1 de abril, tocando a rebato y con asambleas multitudinarias, a todos los hombres capaces de llevar armas, y abrieron las hostilidades contra los castillos y monasterios al mismo tiempo que los de Baltringen.

En Franconia, donde el movimiento se agrupó en torno a seis centros, el levantamiento estalló en todas partes en los primeros días de abril. Junto a Nördlingen se formaron por entonces dos campamentos campesinos, con cuya ayuda el partido revolucionario de la ciudad, cuyo jefe era Anton Forner, se impuso y logró que Forner fuera nombrado burgomaestre y que la ciudad se uniera a los campesinos. En el territorio de Ansbach los campesinos se alzaron en todas partes del 1 al 7 de abril, y el levantamiento se propagó desde allí hasta Baviera. En el territorio de Rothenburg los campesinos estaban en armas ya desde el 22 de marzo; en la ciudad de Rothenburg, el 27 de marzo, los pequeñoburgueses y los plebeyos, dirigidos por Stephan von Menzingen, derribaron el dominio del patriciado; pero como precisamente los tributos de los campesinos eran aquí los principales ingresos de la ciudad, también el nuevo gobierno mantuvo una actitud muy vacilante y ambigua frente a ellos. En el obispado de Wurzburgo se alzaron de forma general a principios de abril los campesinos y las pequeñas ciudades, y en el obispado de Bamberg la insurrección general obligó al obispo a ceder en cinco días. Por último, en el norte, en la frontera de Turingia, se concentró el fuerte campamento campesino de Bildhausen.

En el Odenwald, donde estaban a la cabeza del partido revolucionario Wendel Hipler,116 noble y antiguo canciller de los condes de Hohenlohe, y Georg Metzler, posadero de Ballenberg, cerca de Krautheim, la tormenta estalló ya el 26 de marzo. Los campesinos marcharon desde todas partes hacia el Tauber. También se les unieron 2.000 hombres del campamento que había ante Rothenburg. Georg Metzler tomó el mando y, una vez llegados todos los refuerzos, marchó el 4 de abril al monasterio de Schöntal, en el Jagst, donde se le unieron los campesinos del valle del Neckar. Estos, dirigidos por Jäcklein Rohrbach, posadero de Böckingen, cerca de Heilbronn, habían proclamado la insurrección el domingo de Judica en Flein, Sontheim y otros lugares, mientras Wendel Hipler, al mismo tiempo, con unos cuantos conjurados, había tomado por sorpresa Öhringen y arrastrado al movimiento a los campesinos de los alrededores. En Schöntal, las dos columnas campesinas, reunidas en la Hueste Clara, aprobaron los Doce Artículos y organizaron correrías contra castillos y monasterios. La Hueste Clara contaba unos 8.000 hombres y tenía cañones y 3.000 arcabuces. También se le unió Florian Geyer,117 un caballero franconio, que formó la Banda Negra, un cuerpo de élite reclutado sobre todo entre las milicias de Rothenburg y de Öhringen.

El baile de Wurtemberg en Neckarsulm, el conde Ludwig von Helfenstein, abrió las hostilidades. Hizo matar sin más a todos los campesinos que cayeron en sus manos. La Hueste Clara marchó a su encuentro. Estas matanzas, así como la noticia, recién llegada, de la derrota de la hueste de Leipheim, de la ejecución de Jakob Wehe y de las crueldades del Truchsess, enfurecieron a los campesinos. El de Helfenstein, que se había refugiado en Weinsberg, fue atacado allí. Florian Geyer tomó al asalto el castillo, la ciudad fue conquistada tras un combate bastante largo, y el conde Ludwig fue hecho prisionero junto con varios caballeros. Al día siguiente, el 17 de abril, Jäcklein Rohrbach, con los hombres más resueltos de la hueste, juzgó a los prisioneros e hizo pasar a catorce de ellos, con el de Helfenstein a la cabeza, por las picas: la muerte más infamante que podía hacerles sufrir.118 La toma de Weinsberg y la venganza terrorista de Jäcklein sobre el de Helfenstein no dejaron de surtir efecto en la nobleza. Los condes de Löwenstein se adhirieron a la liga campesina; los de Hohenlohe, que se habían adherido ya antes pero todavía no habían prestado ninguna ayuda, enviaron enseguida la artillería y la pólvora que se les pedían.

Los capitanes deliberaron si no convendría tomar como capitán a Götz von Berlichingen,119 «ya que este podría atraer a la nobleza a su lado». La propuesta fue bien acogida; pero Florian Geyer, que veía en esta disposición de los campesinos y de los capitanes el comienzo de una reacción, se separó entonces de la hueste con su Banda Negra y recorrió por su cuenta primero la comarca del Neckar y luego el territorio de Wurzburgo, destruyendo por todas partes los castillos y los nidos de curas.

El resto de la hueste marchó entonces primero contra Heilbronn. En esta poderosa ciudad libre imperial, como en casi todas partes, frente al patriciado había una oposición burguesa y otra revolucionaria. Esta última, de acuerdo en secreto con los campesinos, abrió las puertas a Georg Metzler y a Jäcklein Rohrbach, durante un tumulto, ya el 17 de abril. Los jefes campesinos tomaron posesión de la ciudad con su gente; la ciudad fue admitida en la hermandad y aportó 1.200 florines en dinero y una compañía de voluntarios. Solo se impusieron contribuciones al clero y a las posesiones de los caballeros de la Orden Teutónica. El 22 los campesinos volvieron a partir, dejando una pequeña guarnición. Heilbronn había de convertirse en el centro de las distintas huestes, que en efecto enviaron allí delegados y deliberaron sobre la acción común y las reivindicaciones comunes de los campesinados. Pero la oposición burguesa y el patriciado, aliado con ella desde la entrada de los campesinos, volvían a dominar ahora la ciudad, impedían todo paso enérgico y solo esperaban la llegada de los ejércitos de los príncipes para traicionar definitivamente a los campesinos.

Los campesinos se dirigieron hacia el Odenwald. El 24 de abril, Götz von Berlichingen, que pocos días antes se había ofrecido primero al elector palatino, luego a los campesinos y luego otra vez al elector, tuvo que entrar en la hermandad evangélica y asumir el mando supremo de la Hueste Clara, luminosa (por oposición a la hueste negra de Florian Geyer). Pero al mismo tiempo era prisionero de los campesinos, que lo vigilaban con desconfianza y lo ataban al consejo de los capitanes, sin los cuales no podía hacer nada. Götz y Metzler marcharon entonces con el grueso de los campesinos, por Buchen, a Amorbach, donde permanecieron del 30 de abril al 5 de mayo y sublevaron todo el territorio de Maguncia. En todas partes se obligó a la nobleza a adherirse, y con ello se respetaron sus castillos; solo se quemaron y saquearon los monasterios. La hueste se había desmoralizado a ojos vistas; los hombres más enérgicos se habían marchado con Florian Geyer o con Jäcklein Rohrbach, pues también este se había separado tras la toma de Heilbronn, evidentemente porque él, el juez del conde de Helfenstein, no podía seguir en una hueste que quería entenderse con la nobleza. Este empeño en llegar a un acuerdo con la nobleza era ya de por sí un signo de desmoralización. Poco después, Wendel Hipler propuso una reorganización muy oportuna de la hueste: había que tomar a sueldo a los lansquenetes que se ofrecían a diario, y en lugar de renovar la hueste cada mes, como hasta entonces, llamando contingentes nuevos y licenciando los antiguos, conservar a la tropa que ya estaba en armas y tenía alguna instrucción. Pero la asamblea de la comunidad rechazó ambas propuestas; los campesinos se habían vuelto ya arrogantes y veían toda la guerra como una expedición de botín, en la que no podía convenirles la competencia de los lansquenetes y en la que habían de tener libertad para volverse a casa en cuanto tuvieran los bolsillos llenos. En Amorbach se llegó incluso a que el concejal de Heilbronn Hans Berlin consiguiera que los capitanes y consejeros de la hueste aceptaran la «Declaración de los Doce Artículos», un documento en el que se quitaba a los Doce Artículos hasta su último filo y se ponía en boca de los campesinos un lenguaje humildemente suplicante. Esta vez fue demasiado para los campesinos; rechazaron la Declaración con gran alboroto y se mantuvieron en los artículos originales.

Entretanto, en el territorio de Wurzburgo se había producido un giro decisivo. El obispo, que con el primer levantamiento campesino, a principios de abril, se había retirado a la fortaleza del Frauenberg, junto a Wurzburgo, y había escrito a todas partes pidiendo ayuda, aunque en vano, se había visto obligado por fin a ceder momentáneamente. El 2 de mayo se abrió una Dieta en la que estaban representados también los campesinos. Pero antes de que pudiera obtenerse resultado alguno se interceptaron unas cartas que demostraban los manejos traicioneros del obispo. La Dieta se disolvió enseguida y comenzaron las hostilidades entre los vecinos de las ciudades y los campesinos insurrectos, por un lado, y la gente del obispo, por otro. El propio obispo huyó el 5 de mayo a Heidelberg; ya al día siguiente llegaron a Wurzburgo Florian Geyer y la Banda Negra, y con él la hueste franconia del Tauber, formada por campesinos de Mergentheim, de Rothenburg y de Ansbach. El 7 de mayo entró también Götz von Berlichingen con la Hueste Clara y comenzó el asedio del Frauenberg.

En el territorio de Limpurg y en la comarca de Ellwangen y de Hall se formó ya a finales de marzo y principios de abril otra hueste, la de Gaildorf o Hueste Clara Común. Actuó con gran violencia, sublevó toda la comarca, quemó muchos monasterios y castillos, entre ellos el castillo de Hohenstaufen, obligó a todos los campesinos a marchar con ella y a todos los nobles, incluso a los coperos de Limpurg, a entrar en la hermandad cristiana. A principios de mayo hizo una incursión en Wurtemberg, pero se la persuadió de que se retirara. El particularismo de los pequeños Estados alemanes no permitía entonces, como tampoco en 1848, que los revolucionarios de territorios distintos actuaran en común. Los de Gaildorf, limitados a un terreno pequeño, se deshicieron por fuerza una vez vencida toda resistencia en ese terreno. Llegaron a un acuerdo con la ciudad de Gmünd y se disolvieron, dejando solo 500 hombres armados.

En el Palatinado se habían formado a finales de abril huestes campesinas en las dos orillas del Rin. Destruyeron muchos castillos y monasterios y el 1 de mayo tomaron Neustadt an der Haardt, después de que los del Bruchrain, que habían cruzado el río, obligaran ya la víspera a Espira a firmar un tratado. El mariscal von Habern no pudo hacer nada contra ellos con las pocas tropas del elector, y el 10 de mayo el elector tuvo que concluir con los campesinos insurrectos un tratado en el que les garantizaba la reparación de sus agravios en una Dieta.

En Wurtemberg, por último, el levantamiento había estallado ya pronto en algunas comarcas. En el Alb de Urach los campesinos habían formado ya en febrero una liga contra los curas y los señores, y a finales de marzo se alzaron los campesinos de Blaubeuren, Urach, Münsingen, Balingen y Rosenfeld. Los de Gaildorf por Göppingen, Jäcklein Rohrbach por Brackenheim y los restos de la derrotada hueste de Leipheim por Pfullingen invadieron el territorio de Wurtemberg y sublevaron a la población del campo. También en otras comarcas estallaron disturbios serios. Ya el 6 de abril Pfullingen tuvo que capitular ante los campesinos. El gobierno del archiduque austriaco se encontraba en el mayor de los apuros. No tenía nada de dinero y muy pocas tropas. Las ciudades y castillos estaban en el peor estado y no tenían ni guarnición ni municiones. Hasta el Asperg estaba casi indefenso.

El intento del gobierno de concentrar contra los campesinos las milicias de las ciudades decidió su derrota momentánea. El 16 de abril, la milicia de Bottwar se negó a marchar y, en lugar de ir a Stuttgart, se dirigió al Wunnenstein, cerca de Bottwar, donde formó el núcleo de un campamento de vecinos y campesinos que creció rápidamente. Ese mismo día estalló el levantamiento en el Zabergäu; el monasterio de Maulbronn fue saqueado y unos cuantos monasterios y castillos quedaron completamente asolados. Del vecino Bruchrain llegaron refuerzos a los campesinos del Gäu.

A la cabeza de la hueste del Wunnenstein se puso Matern Feuerbacher, concejal de Bottwar, uno de los jefes de la oposición burguesa, pero lo bastante comprometido como para tener que ir con los campesinos. Sin embargo, se mantuvo siempre muy moderado, impidió que se aplicara a los castillos la Carta de los Artículos y procuró en todas partes mediar entre los campesinos y la burguesía moderada. Impidió la unión de los de Wurtemberg con la Hueste Clara y más tarde convenció igualmente a los de Gaildorf para que se retiraran de Wurtemberg. Por sus tendencias burguesas fue destituido el 19 de abril, pero ya al día siguiente se le nombró de nuevo capitán. Era indispensable, e incluso cuando Jäcklein Rohrbach se unió el 22 a los de Wurtemberg con 200 hombres resueltos, no le quedó más remedio que dejarle en su puesto y limitarse a vigilar estrechamente sus actos.

El 18 de abril el gobierno intentó negociar con los campesinos del Wunnenstein. Los campesinos insistieron en que el gobierno aceptara los Doce Artículos, y esto, naturalmente, no podían hacerlo los plenipotenciarios. La hueste se puso entonces en marcha. El 20 estaba en Lauffen, donde los enviados del gobierno fueron rechazados por última vez. El 22 se hallaba, con 6.000 hombres, en Bietigheim y amenazaba Stuttgart. Allí el concejo había huido en su mayor parte y se había puesto al frente de la administración un comité de vecinos. Entre los vecinos existían las mismas divisiones de partido que en todas partes, entre patriciado, oposición burguesa y plebeyos revolucionarios. Estos últimos abrieron las puertas a los campesinos el 25 de abril, y Stuttgart fue ocupada enseguida. Allí se completó la organización de la Hueste Clara Cristiana, como se llamaban ahora los insurrectos de Wurtemberg, y se sometieron a reglas fijas la soldada, el reparto del botín, el avituallamiento, etc. Se les unió una compañía de Stuttgart al mando de Theus Gerber.

El 29 de abril, Feuerbacher marchó con toda la hueste contra los de Gaildorf, que habían invadido Wurtemberg por Schorndorf, incorporó a la liga toda la comarca y con ello movió a los de Gaildorf a retirarse. Impidió así que, al mezclarse con los implacables de Gaildorf, el elemento revolucionario de su hueste, a cuya cabeza estaba Rohrbach, recibiera un refuerzo peligroso. Al saber que se acercaba el Truchsess, marchó desde Schorndorf a su encuentro y acampó el 1 de mayo junto a Kirchheim unter Teck.

Con esto hemos descrito el nacimiento y el desarrollo del levantamiento en aquella parte de Alemania que debemos considerar como el terreno del primer grupo de huestes campesinas. Antes de pasar a los demás grupos (Turingia y Hesse, Alsacia, Austria y los Alpes), tenemos que relatar la campaña del Truchsess, en la que, primero solo y después apoyado por distintos príncipes y ciudades, aniquiló a este primer grupo de insurrectos.

Habíamos dejado al Truchsess en Ulm, adonde se dirigió a finales de marzo, tras dejar junto a Kirchheim unter Teck un cuerpo de observación al mando de Dietrich Spät. El cuerpo del Truchsess, que, una vez incorporados los refuerzos de la Liga concentrados en Ulm, no llegaba a los 10.000 hombres, de ellos 7.200 de infantería, era el único ejército disponible para una guerra ofensiva contra los campesinos. Los refuerzos se reunían en Ulm con gran lentitud, en parte por la dificultad de reclutar en países sublevados, en parte por la falta de dinero de los gobiernos y en parte porque en todas partes las pocas tropas eran más que indispensables para guarnecer las fortalezas y los castillos. Ya hemos visto de qué pocas tropas disponían los príncipes y las ciudades que no pertenecían a la Liga Suaba. Todo dependía, pues, de los éxitos que Jorge Truchsess consiguiera con su ejército de la Liga.

El Truchsess se dirigió primero contra la hueste de Baltringen, que entretanto había empezado a asolar castillos y monasterios en los alrededores del Ried. Los campesinos, que se habían retirado al acercarse las tropas de la Liga, fueron desalojados de los pantanos mediante un movimiento envolvente, cruzaron el Danubio y se metieron en los barrancos y bosques del Jura de Suabia. Allí, donde nada podían contra ellos la caballería y la artillería, la principal fuerza del ejército de la Liga, el Truchsess no siguió persiguiéndolos. Marchó contra los de Leipheim, que estaban con 5.000 hombres junto a Leipheim, con 4.000 en el valle del Mindel y con 6.000 junto a Illertissen, sublevaban toda la comarca, destruían monasterios y castillos y se preparaban para marchar con las tres columnas sobre Ulm. También aquí parece que se había extendido ya cierta desmoralización entre los campesinos y que había acabado con la solidez militar de la hueste, pues Jakob Wehe intentó desde el principio negociar con el Truchsess. Pero este, que tenía ahora tras de sí fuerzas suficientes, no aceptó nada, sino que el 4 de abril atacó a la hueste principal junto a Leipheim y la dispersó por completo. Jakob Wehe y Ulrich Schön, así como otros dos jefes campesinos, fueron hechos prisioneros y decapitados; Leipheim capituló, y con unas cuantas correrías por los alrededores quedó sometido todo el distrito.

Una nueva rebelión de los lansquenetes, provocada por su afán de saqueo y por la exigencia de una paga extraordinaria, volvió a detener al Truchsess hasta el 10 de abril. Luego marchó hacia el suroeste, contra los de Baltringen, que entretanto habían invadido sus señoríos de Waldburg, Zeil y Wolfegg y asediaban sus castillos. También aquí encontró a los campesinos dispersos y los batió el 11 y el 12 de abril, uno tras otro, en combates aislados que disolvieron igualmente por completo la hueste de Baltringen. El resto se replegó, al mando del cura Florian, sobre la hueste del Lago. Contra esta se volvió entonces el Truchsess. La hueste del Lago, que entretanto no solo había hecho correrías, sino que también había incorporado a la hermandad las ciudades de Buchhorn (Friedrichshafen) y Wollmatingen, celebró el 13 un gran consejo de guerra en el monasterio de Salem y decidió salir al encuentro del Truchsess. Enseguida se tocó a rebato por todas partes, y 10.000 hombres, a los que se sumaron además los derrotados de Baltringen, se reunieron en el campamento de Bermatingen. El 15 de abril sostuvieron un combate favorable con el Truchsess, que no quiso arriesgar aquí su ejército en una batalla decisiva y prefirió negociar, tanto más cuanto que supo que también se acercaban los del Allgäu y del Hegau. Concluyó, pues, el 17 de abril en Weingarten con los campesinos del Lago y de Baltringen un tratado en apariencia bastante favorable para ellos, que los campesinos aceptaron sin reparos. Consiguió además que los delegados del Alto y del Bajo Allgäu aceptaran también el tratado, y luego se marchó a Wurtemberg.

La astucia del Truchsess le salvó aquí de una ruina segura. Si no hubiera sabido embaucar a aquellos campesinos débiles, cortos de miras y en su mayoría ya desmoralizados, y a sus jefes, casi todos incapaces, timoratos y sobornables, habría quedado encerrado con su pequeño ejército entre cuatro columnas que sumaban por lo menos de 25.000 a 30.000 hombres, y estaba irremisiblemente perdido. Pero la estrechez de miras de sus enemigos, siempre inevitable en las masas campesinas, le permitió librarse de ellos precisamente en el momento en que podían haber terminado de un golpe toda la guerra, al menos en Suabia y en Franconia. Los campesinos del Lago cumplieron el tratado, con el que naturalmente acabaron siendo estafados, con tanta exactitud que más tarde tomaron las armas contra sus propios aliados, los del Hegau; los del Allgäu, a quienes sus jefes habían enredado en la traición, renegaron de él enseguida, pero entretanto el Truchsess ya estaba fuera de peligro.

Los del Hegau, aunque no estaban incluidos en el tratado de Weingarten, dieron poco después una nueva prueba de la ilimitada estrechez localista y del obstinado provincianismo que arruinaron toda la guerra campesina. Después de que el Truchsess negociara en vano con ellos y partiera hacia Wurtemberg, le siguieron y no dejaron de amenazar su flanco; pero no se les ocurrió unirse con la Hueste Clara Cristiana de Wurtemberg, y ello porque los de Wurtemberg y del valle del Neckar también les habían negado ayuda en una ocasión. Por eso, cuando el Truchsess se hubo alejado lo bastante de su tierra, se volvieron tranquilamente y marcharon contra Friburgo.

Habíamos dejado a los de Wurtemberg, al mando de Matern Feuerbacher, junto a Kirchheim unter Teck, de donde el cuerpo de observación que había dejado el Truchsess al mando de Dietrich Spät se había retirado a Urach. Tras un intento fallido sobre Urach, Feuerbacher se dirigió a Nürtingen y escribió a todas las huestes insurrectas vecinas pidiendo refuerzos para la batalla decisiva. Llegaron, en efecto, refuerzos considerables tanto de la Baja Wurtemberg como del Gäu. Sobre todo los campesinos del Gäu, que se habían agrupado en torno a los restos de los de Leipheim, replegados hasta el oeste de Wurtemberg, y habían sublevado todo el valle alto del Neckar y el del Nagold hasta Böblingen y Leonberg, avanzaron en dos fuertes huestes y se unieron el 5 de mayo en Nürtingen con Feuerbacher. Junto a Böblingen el Truchsess dio con las huestes unidas. Su número, su artillería y su posición le hicieron vacilar; según su método habitual, entabló enseguida negociaciones y concluyó un armisticio con los campesinos. Apenas los hubo confiado con ello, los atacó por sorpresa el 12 de mayo, durante el armisticio, y los obligó a una batalla decisiva.120 Los campesinos opusieron una resistencia larga y valerosa, hasta que por fin Böblingen fue entregada al Truchsess por la traición de sus vecinos. El ala izquierda de los campesinos quedó así privada de su punto de apoyo, fue arrollada y envuelta. Con ello quedó decidida la batalla. Los campesinos, indisciplinados, se desordenaron y pronto huyeron en desbandada; los que no fueron muertos o hechos prisioneros por los jinetes de la Liga arrojaron las armas y corrieron a sus casas. La «Hueste Clara Cristiana», y con ella toda la insurrección de Wurtemberg, quedó completamente deshecha. Theus Gerber escapó a Esslingen, Feuerbacher huyó a Suiza, Jäcklein Rohrbach fue hecho prisionero y arrastrado encadenado hasta Neckargartach, donde el Truchsess lo hizo encadenar a un poste, apilar leña alrededor y asar vivo a fuego lento, mientras él, bebiendo con sus caballeros, se recreaba en este caballeresco espectáculo.

Desde Neckargartach, el Truchsess apoyó las operaciones del elector palatino con una incursión en el Kraichgau. Este, que entretanto había reunido tropas, al tener noticia de los éxitos del Truchsess rompió enseguida el tratado con los campesinos, cayó el 23 de mayo sobre el Bruchrain, tomó e incendió Malsch tras una violenta resistencia, saqueó unos cuantos pueblos y ocupó Bruchsal. Al mismo tiempo, el Truchsess cayó sobre Eppingen y apresó al jefe del movimiento en aquel lugar, Anton Eisenhut, a quien el elector hizo ejecutar enseguida junto con una docena de otros jefes campesinos. Con esto quedaron pacificados el Bruchrain y el Kraichgau, que tuvieron que pagar unos 40.000 florines de contribución de guerra. Los dos ejércitos, el del Truchsess —reducido a 6.000 hombres por las batallas libradas hasta entonces— y el del elector (6.500 hombres), se unieron entonces y marcharon contra los del Odenwald.

La noticia de la derrota de Böblingen había sembrado el terror entre los insurrectos en todas partes. Las ciudades libres imperiales, en la medida en que habían caído bajo la mano opresora de los campesinos, respiraron de pronto aliviadas. Heilbronn fue la primera en dar pasos hacia la reconciliación con la Liga Suaba. En Heilbronn tenían su sede la cancillería campesina y los delegados de las distintas huestes, para deliberar sobre las propuestas que habían de presentarse al emperador y al Imperio en nombre de todos los campesinos insurrectos. En estas negociaciones, que debían dar un resultado general, válido para toda Alemania, se puso de manifiesto una vez más que ningún estamento por separado, ni siquiera el campesino, estaba lo bastante desarrollado para transformar desde su propio punto de vista el conjunto de la situación alemana. Enseguida se vio que para ello había que ganarse a la nobleza y muy especialmente a la burguesía. Con esto, Wendel Hipler tomó en sus manos la dirección de las negociaciones.121 De todos los jefes del movimiento, Wendel Hipler era el que mejor comprendía la situación existente. No era un revolucionario de largo alcance como Münzer, ni un representante de los campesinos como Metzler o Rohrbach. Su experiencia variada, su conocimiento práctico de la posición de los distintos estamentos entre sí, le impedían representar exclusivamente a uno de los estamentos implicados en el movimiento frente a los demás. Así como Münzer, como representante de la clase que estaba completamente fuera de la asociación social oficial existente hasta entonces, de los comienzos del proletariado, se vio llevado a presentir el comunismo, así también Wendel Hipler, representante, por así decir, del término medio de todos los elementos progresistas de la nación, llegó a presentir la moderna sociedad burguesa. Los principios que defendía y las reivindicaciones que planteaba no eran ciertamente lo inmediatamente posible, pero sí el resultado necesario, algo idealizado, de la disolución en curso de la sociedad feudal; y los campesinos, en cuanto se pusieron a hacer proyectos de ley para todo el Imperio, se vieron obligados a aceptarlos. Así, la centralización que exigían los campesinos adoptó aquí, en Heilbronn, una forma más positiva, una forma que, sin embargo, distaba muchísimo de la idea que de ella tenían los campesinos. Se concretó, por ejemplo, en el establecimiento de la unidad de moneda, pesos y medidas, en la supresión de las aduanas interiores, etc.; en una palabra, en reivindicaciones que respondían mucho más al interés de los vecinos de las ciudades que al de los campesinos. Así, se hicieron a la nobleza concesiones que se acercan considerablemente a las redenciones modernas122 y que venían a parar en la transformación final de la propiedad feudal de la tierra en propiedad burguesa. En una palabra, en cuanto las reivindicaciones de los campesinos se resumieron en una «reforma del Imperio», tuvieron que subordinarse, no a las reivindicaciones momentáneas, pero sí a los intereses definitivos de los burgueses.

Mientras aún se debatía en Heilbronn esta reforma del Imperio, el autor de la «Declaración de los Doce Artículos», Hans Berlin, había salido ya al encuentro del Truchsess para negociar en nombre del patriciado y de la burguesía la entrega de la ciudad. Movimientos reaccionarios dentro de la ciudad apoyaron la traición, y Wendel Hipler tuvo que huir con los campesinos. Se fue a Weinsberg, donde intentó reunir los restos de los de Wurtemberg y la poca gente movilizable de los de Gaildorf. Pero la llegada del elector palatino y del Truchsess le expulsó también de allí, y tuvo que ir a Wurzburgo para poner en movimiento a la Hueste Clara. Entretanto, las tropas de la Liga y del elector sometieron toda la comarca del Neckar, obligaron a los campesinos a prestar de nuevo homenaje, quemaron muchos pueblos y acuchillaron o ahorcaron a todos los campesinos fugitivos de los que pudieron apoderarse. Weinsberg fue incendiada en venganza por la ejecución del de Helfenstein.

Las huestes reunidas ante Wurzburgo habían asediado entretanto el Frauenberg y el 15 de mayo, antes incluso de que se hubiera abierto brecha, habían intentado un asalto valeroso, pero inútil, contra la fortaleza. Cuatrocientos de los mejores hombres, la mayoría de la banda de Florian Geyer, quedaron muertos o heridos en los fosos. Dos días después, el 17, llegó Wendel Hipler e hizo celebrar un consejo de guerra. Propuso dejar solo 4.000 hombres ante el Frauenberg y establecer con todo el grueso de las fuerzas, unos 20.000 hombres, un campamento junto a Krautheim, en el Jagst, a la vista del Truchsess, en el que pudieran concentrarse todos los refuerzos. El plan era excelente; solo manteniendo unidas las masas y con la superioridad numérica se podía esperar batir al ejército de los príncipes, que contaba ahora unos 13.000 hombres. Pero la desmoralización y el desánimo de los campesinos eran ya demasiado grandes para permitir todavía ninguna acción enérgica. Götz von Berlichingen, que poco después se mostró abiertamente como traidor, puede que contribuyera también a entretener a la hueste, y así el plan de Hipler no se llevó nunca a cabo. En lugar de ello, las huestes se dispersaron, como siempre. Hasta el 23 de mayo no se puso en movimiento la Hueste Clara, después de que los de Franconia prometieran seguirla a toda prisa. El 26, las compañías del margraviato de Ansbach acampadas en Wurzburgo fueron llamadas a casa por la noticia de que el margrave había abierto las hostilidades contra los campesinos. El resto del ejército sitiador, junto con la Banda Negra de Florian Geyer, tomó posiciones junto a Heidingsfeld, no lejos de Wurzburgo.

La Hueste Clara llegó a Krautheim el 24 de mayo en un estado poco apto para el combate. Allí muchos se enteraron de que sus pueblos habían prestado entretanto homenaje al Truchsess y lo tomaron como pretexto para volverse a casa. La hueste siguió hasta Neckarsulm y el 28 negoció con el Truchsess. Al mismo tiempo se enviaron mensajeros a los de Franconia, de Alsacia y de la Selva Negra y el Hegau pidiéndoles que acudieran a toda prisa. Desde Neckarsulm, Götz volvió a marchar sobre Öhringen. La hueste se reducía de día en día; también Götz von Berlichingen desapareció durante la marcha: se había vuelto a su casa a caballo, después de haber negociado ya antes su paso al otro bando con el Truchsess por medio de su antiguo compañero de armas Dietrich Spät. Junto a Öhringen, a raíz de noticias falsas sobre la llegada del enemigo, un terror pánico se apoderó de pronto de la masa, desorientada y desanimada; la hueste se desbandó en completo desorden, y solo a duras penas pudieron Metzler y Wendel Hipler mantener unidos a unos 2.000 hombres, a los que llevaron de nuevo a Krautheim. Entretanto había llegado la leva de Franconia, de 5.000 hombres, pero, por una marcha lateral por Löwenstein hacia Öhringen ordenada por Götz con evidente intención traidora, no encontró a la Hueste Clara y marchó sobre Neckarsulm. Esta pequeña ciudad, ocupada por algunas compañías de la Hueste Clara, estaba sitiada por el Truchsess. Los de Franconia llegaron de noche y vieron las hogueras del campamento de la Liga; pero sus jefes no tuvieron valor para arriesgar un ataque por sorpresa y se retiraron a Krautheim, donde por fin encontraron el resto de la Hueste Clara. Neckarsulm, como no llegaba socorro, se rindió el 29 a los de la Liga; el Truchsess hizo ejecutar enseguida a trece campesinos y luego marchó contra las huestes a sangre y fuego, saqueando y matando. En todo el valle del Neckar, del Kocher y del Jagst, montones de escombros y campesinos colgados de los árboles señalaban su camino.

Junto a Krautheim, el ejército de la Liga dio con los campesinos, que, obligados por un movimiento de flanco del Truchsess, se habían retirado hacia Königshofen, en el Tauber. Allí tomaron posiciones, 8.000 hombres con 32 cañones. El Truchsess se les acercó oculto tras colinas y bosques, hizo avanzar columnas envolventes y el 2 de junio los atacó con tal superioridad y energía que, pese a la tenacísima resistencia de varias columnas, prolongada hasta la noche, fueron completamente derrotados y deshechos.123 Como siempre, también aquí la caballería de la Liga, «la muerte de los campesinos», contribuyó de manera principal a aniquilar al ejército insurrecto, lanzándose sobre los campesinos, quebrantados ya por la artillería, el fuego de arcabuz y las cargas de lanza, dispersándolos por completo y matándolos uno a uno. Qué clase de guerra hacía el Truchsess con sus jinetes lo demuestra la suerte de los 300 vecinos de Königshofen que estaban en el ejército campesino. Durante la batalla fueron pasados a cuchillo todos menos quince, y de estos quince todavía fueron decapitados cuatro después.

Una vez acabado así con los del Odenwald, del valle del Neckar y de la Baja Franconia, el Truchsess pacificó toda la comarca con correrías, incendios de pueblos enteros e innumerables ejecuciones, y marchó luego contra Wurzburgo. Por el camino supo que la segunda hueste franconia, al mando de Florian Geyer y Gregor von Burgbernheim, se hallaba junto a Sulzdorf, y se volvió enseguida contra ella.

Florian Geyer, que desde el inútil asalto al Frauenberg se había dedicado sobre todo a negociar con los príncipes y las ciudades, en particular con Rothenburg y con el margrave Casimiro de Ansbach, su adhesión a la hermandad campesina, fue llamado de pronto por la noticia de la derrota de Königshofen. A su hueste se unió la de Ansbach, al mando de Gregor von Burgbernheim. Esta hueste se había formado hacía poco. El margrave Casimiro, a la manera genuina de los Hohenzollern, había sabido tener en jaque el levantamiento campesino en su territorio, en parte con promesas, en parte con amenazadoras masas de tropas. Guardaba completa neutralidad frente a todas las huestes ajenas mientras no atrajeran a súbditos de Ansbach. Procuraba dirigir el odio de los campesinos sobre todo contra las fundaciones eclesiásticas, con cuya confiscación final pensaba enriquecerse. Entretanto se armaba sin descanso y esperaba los acontecimientos. Apenas llegó la noticia de la batalla de Böblingen, abrió enseguida las hostilidades contra sus campesinos rebeldes, les saqueó y quemó los pueblos e hizo ahorcar y matar a muchos de ellos. Pero los campesinos se reunieron rápidamente y, al mando de Gregor von Burgbernheim, lo batieron el 29 de mayo junto a Windsheim. Cuando aún lo perseguían les llegó la llamada de los del Odenwald, que se veían en apuros, y enseguida se dirigieron a Heidingsfeld y de allí, con Florian Geyer, de nuevo a Wurzburgo (2 de junio). Allí dejaron, siempre sin noticias de los del Odenwald, 5.000 campesinos y con 4.000 hombres —el resto se había dispersado— siguieron a los demás. Confiados por noticias falsas sobre el resultado de la batalla de Königshofen, fueron sorprendidos por el Truchsess junto a Sulzdorf y derrotados por completo. Como de costumbre, los jinetes y la soldadesca del Truchsess hicieron una horrible carnicería. Florian Geyer mantuvo unido el resto de su Banda Negra, 600 hombres, y se abrió paso hasta el pueblo de Ingolstadt. Doscientos hombres ocuparon la iglesia y el cementerio; cuatrocientos, el castillo. Los del Palatinado le habían perseguido; una columna de 1.200 hombres tomó el pueblo y prendió fuego a la iglesia; los que no perecieron en las llamas fueron pasados a cuchillo. Luego los del Palatinado abrieron brecha en la muralla ruinosa del castillo e intentaron el asalto. Rechazados dos veces por los campesinos, que estaban a cubierto tras una muralla interior, derribaron a cañonazos también esta segunda muralla e intentaron entonces el tercer asalto, que esta vez tuvo éxito. La mitad de los hombres de Geyer fue pasada a cuchillo; él logró escapar con los últimos doscientos. Pero su refugio fue descubierto ya al día siguiente (lunes de Pentecostés); los del Palatinado rodearon el bosque en que se ocultaba y degollaron a toda la hueste. En esos dos días solo se hicieron 17 prisioneros. Florian Geyer se había abierto paso una vez más con unos pocos de los más resueltos y se dirigió entonces a los de Gaildorf, que habían vuelto a reunirse en número de unos 7.000 hombres. Pero cuando llegó los encontró de nuevo dispersos en su mayor parte, a consecuencia de las noticias desalentadoras que llegaban de todas partes. Intentó todavía reunir a los dispersos en los bosques, pero el 9 de junio fue sorprendido por unas tropas junto a Hall y cayó combatiendo.

El Truchsess, que inmediatamente después de la victoria de Königshofen había enviado aviso a los sitiados del Frauenberg, avanzó entonces sobre Wurzburgo. El concejo se puso en secreto de acuerdo con él, de modo que el ejército de la Liga pudo cercar en la noche del 7 de junio la ciudad, junto con los 5.000 campesinos que había en ella, y a la mañana siguiente entrar sin dar un golpe por las puertas que abrió el concejo. Con esta traición del «patriciado» de Wurzburgo quedó desarmada la última hueste campesina de Franconia, y presos todos sus jefes. El Truchsess hizo decapitar enseguida a 81. Aquí, en Wurzburgo, fueron llegando uno tras otro los distintos príncipes de Franconia: el propio obispo de Wurzburgo, el de Bamberg y el margrave de Brandeburgo-Ansbach. Los graciosos señores se repartieron los papeles. El Truchsess partió con el obispo de Bamberg, que enseguida rompió el tratado que había concluido con sus campesinos y entregó su país a las furiosas hordas de asesinos e incendiarios del ejército de la Liga. El margrave Casimiro asoló su propio país. Deiningen fue incendiado; innumerables pueblos fueron saqueados o pasto de las llamas; además, el margrave celebraba en cada ciudad un tribunal de sangre. En Neustadt an der Aisch hizo decapitar a dieciocho rebeldes, en Bergel a cuarenta y tres. De allí marchó a Rothenburg, donde el patriciado ya había hecho una contrarrevolución y detenido a Stephan von Menzingen. Los pequeñoburgueses y los plebeyos de Rothenburg tuvieron que pagar caro entonces haberse comportado de modo tan ambiguo con los campesinos, haberles negado toda ayuda hasta el último momento, haber insistido, en su egoísmo de cortas miras localistas, en la supresión de los oficios rurales en provecho de los gremios de la ciudad y haber renunciado solo a regañadientes a los ingresos urbanos que procedían de las cargas feudales de los campesinos. El margrave hizo decapitar a dieciséis de ellos, con Menzingen, naturalmente, a la cabeza. El obispo de Wurzburgo recorrió del mismo modo su territorio, saqueando, asolando e incendiando por todas partes. En su marcha triunfal hizo ejecutar a 256 rebeldes y coronó su obra, a su regreso a Wurzburgo, decapitando a otros trece vecinos de la ciudad.

En el territorio de Maguncia, el lugarteniente, el obispo Guillermo de Estrasburgo, restableció la calma sin resistencia. Solo hizo ejecutar a cuatro. El Rheingau, que también había estado agitado, pero donde hacía mucho que todos se habían vuelto a casa, fue asaltado después por Frowin von Hutten, primo de Ulrich, y quedó del todo «apaciguado» con la ejecución de doce cabecillas. Fráncfort, que también había conocido importantes movimientos revolucionarios, había sido mantenida a raya, al principio por las concesiones del concejo y más tarde con tropas reclutadas. En el Palatinado del Rin se habían vuelto a juntar, desde que el elector rompiera el tratado, unos 8.000 campesinos, que habían vuelto a quemar monasterios y castillos; pero el arzobispo de Tréveris llamó en su ayuda al mariscal von Habern y los batió ya el 23 de mayo junto a Pfeddersheim. Una serie de crueldades (solo en Pfeddersheim fueron ejecutados 82) y la toma de Weißenberg el 7 de julio pusieron fin aquí al levantamiento.

De todas las huestes quedaban ya solo dos por vencer: la del Hegau y la Selva Negra y la del Allgäu. Con ambas había intrigado el archiduque Fernando. Así como el margrave Casimiro y otros príncipes intentaban aprovechar el levantamiento para apropiarse de las tierras y principados eclesiásticos, él intentaba aprovecharlo para engrandecer el poder dinástico de Austria. Había negociado con el capitán del Allgäu, Walter Bach, y con el del Hegau, Hans Müller von Bulgenbach, para llevar a los campesinos a declararse por la anexión a Austria; pero, aunque ambos jefes eran venales, no pudieron conseguir de sus huestes más que los del Allgäu concluyeran un armisticio con el archiduque y observaran la neutralidad frente a Austria.

Los del Hegau, en su retirada de Wurtemberg, habían destruido unos cuantos castillos y atraído refuerzos de las tierras del margraviato de Baden. El 13 de mayo marcharon contra Friburgo, la bombardearon a partir del 18 y el 23, tras capitular la ciudad, entraron en ella con banderas desplegadas. De allí marcharon contra Stockach y Radolfzell y sostuvieron durante mucho tiempo una pequeña guerra sin éxito contra las guarniciones de estas ciudades. Estas, así como la nobleza y las ciudades de los alrededores, pidieron ayuda a los campesinos del Lago en virtud del tratado de Weingarten, y los antiguos rebeldes de la hueste del Lago se alzaron, 5.000 hombres, contra sus aliados. Tan grande era la estrechez localista de estos campesinos. Solo 600 se negaron, quisieron unirse a los del Hegau y fueron degollados. Pero los del Hegau, a instancias de Hans Müller von Bulgenbach, que se había vendido, habían levantado ya el asedio y, al huir Hans Müller poco después, se habían dispersado en su mayoría. El resto se atrincheró en la cuesta de Hilzingen, donde el 16 de julio fue batido y aniquilado por las tropas que entretanto habían quedado disponibles. Las ciudades suizas mediaron en un tratado para los del Hegau, lo cual no impidió que Hans Müller, pese a su traición, fuera detenido en Laufenburg y decapitado. En Brisgovia, también Friburgo (17 de julio) abandonó entonces la liga de los campesinos y envió tropas contra ellos; pero también aquí, por la debilidad de las fuerzas de los príncipes, se llegó el 18 de septiembre a un tratado en Offenburg, en el que se incluyó también el Sundgau. Las ocho mancomunidades de la Selva Negra y los del Klettgau, que todavía no habían sido desarmados, fueron empujados de nuevo a la sublevación por la tiranía del conde de Sulz y derrotados en octubre. El 13 de noviembre se obligó a los de la Selva Negra a aceptar un tratado, y el 6 de diciembre cayó Waldshut, el último baluarte de la insurrección en el alto Rin.

Los del Allgäu, desde la partida del Truchsess, habían reanudado su campaña contra monasterios y castillos y habían tomado enérgicas represalias por los estragos de los de la Liga. Tenían frente a sí pocas tropas, que solo emprendían pequeños ataques aislados, pero nunca podían seguirles a los bosques. En junio estalló en Memmingen, que se había mantenido bastante neutral, un movimiento contra el patriciado, que solo pudo ser sofocado por la presencia casual, en las cercanías, de algunas tropas de la Liga que todavía llegaron a tiempo de socorrer al patriciado. Schappeler, el predicador y jefe del movimiento plebeyo, escapó a San Galo. Los campesinos se presentaron entonces ante la ciudad y estaban a punto de empezar a abrir brecha cuando supieron que el Truchsess se acercaba desde Wurzburgo. El 27 de julio marcharon a su encuentro en dos columnas, por Babenhausen y Obergünzburg. El archiduque Fernando intentó una vez más ganar a los campesinos para la casa de Austria. Apoyándose en el armisticio que había concluido con ellos, instó al Truchsess a no seguir avanzando contra ellos. La Liga Suaba, sin embargo, le ordenó atacarlos y abstenerse solo de quemar e incendiar; pero el Truchsess era demasiado listo para renunciar a su primer y más decisivo medio de guerra, aun cuando le hubiera sido posible tener a raya a unos lansquenetes a los que había llevado de exceso en exceso desde el lago de Constanza hasta el Meno. Los campesinos tomaron posiciones detrás del Iller y del Leubas, unos 23.000 hombres. El Truchsess estaba frente a ellos con 11.000. Las posiciones de ambos ejércitos eran fuertes; la caballería no podía actuar en aquel terreno, y si los lansquenetes del Truchsess eran superiores a los campesinos en organización, recursos militares y disciplina, los del Allgäu contaban en sus filas con muchos soldados veteranos y capitanes experimentados y tenían una artillería numerosa y bien servida. El 19 de julio los de la Liga abrieron un cañoneo que ambas partes continuaron el 20, aunque sin resultado. El 21 se unió al Truchsess Georg von Frundsberg124 con 3.000 lansquenetes. Conocía a muchos de los capitanes campesinos, que habían servido a sus órdenes en las campañas de Italia, y entabló negociaciones con ellos. La traición logró lo que no alcanzaban los recursos militares. Walter Bach y varios otros capitanes y maestros artilleros se dejaron comprar. Hicieron prender fuego a toda la provisión de pólvora de los campesinos y movieron a la hueste a intentar un movimiento envolvente. Pero apenas salieron los campesinos de su fuerte posición, cayeron en la emboscada que el Truchsess les había tendido de acuerdo con Bach y los demás traidores. Pudieron defenderse tanto menos cuanto que sus capitanes, los traidores, los habían abandonado con el pretexto de un reconocimiento y estaban ya camino de Suiza. Dos de las columnas campesinas quedaron así completamente dispersadas; la tercera, al mando del Knopf de Leubas, pudo aún retirarse en orden. Volvió a hacerse fuerte en el Kollenberg, cerca de Kempten, donde el Truchsess la cercó. Tampoco aquí se atrevió a atacarla; le cortó los suministros y trató de desmoralizarla haciendo incendiar unos 200 pueblos de los alrededores. El hambre y la vista de sus casas en llamas llevaron por fin a los campesinos a rendirse (25 de julio). Más de veinte fueron ejecutados enseguida. El Knopf de Leubas, el único jefe de esta hueste que no había traicionado su bandera, escapó a Bregenz; pero allí fue detenido y, tras un largo encarcelamiento, ahorcado.

Así terminó la guerra campesina de Suabia y Franconia.

VI. La guerra campesina de Turingia, Alsacia y Austria

En cuanto estallaron los primeros movimientos en Suabia, Tomás Münzer había vuelto a toda prisa a Turingia y desde finales de febrero o comienzos de marzo había fijado su residencia en la ciudad libre imperial de Mühlhausen, donde su partido era más fuerte.125 Tenía en sus manos los hilos de todo el movimiento; sabía qué tempestad general estaba a punto de estallar en el sur de Alemania, y se había encargado de convertir Turingia en el centro del movimiento para el norte de Alemania. Encontró un terreno de lo más fértil. La propia Turingia, sede principal del movimiento de la Reforma, estaba agitadísima; y la miseria material de los campesinos oprimidos, no menos que las doctrinas revolucionarias, religiosas y políticas que circulaban, habían preparado también para un levantamiento general a los países vecinos, Hesse, Sajonia y la comarca del Harz. En Mühlhausen, sobre todo, toda la masa de la pequeña burguesía había sido ganada para la tendencia extrema, la de Münzer, y apenas podía esperar el momento de hacer valer su superioridad numérica frente al altivo patriciado. El propio Münzer, para no adelantarse al momento oportuno, tuvo que mostrarse apaciguador; pero su discípulo Pfeiffer,126 que dirigía aquí el movimiento, se había comprometido ya tanto que no pudo contener el estallido, y ya el 17 de marzo de 1525, antes aún del levantamiento general en el sur de Alemania, Mühlhausen hizo su revolución. El viejo consejo patricio fue derribado y el gobierno pasó a manos del recién elegido «Consejo Eterno», cuyo presidente era Münzer.127

Lo peor que le puede ocurrir al jefe de un partido extremo es verse obligado a hacerse cargo del gobierno en una época en que el movimiento no está todavía maduro para la dominación de la clase que representa ni para la aplicación de las medidas que exige la dominación de esa clase. Lo que puede hacer no depende de su voluntad, sino del punto al que ha llegado el antagonismo entre las diversas clases y del grado de desarrollo de las condiciones materiales de existencia, de las relaciones de producción y de intercambio, en el que descansa en cada momento el grado de desarrollo de los antagonismos de clase. Lo que debe hacer, lo que le exige su propio partido, tampoco depende de él, pero tampoco del grado de desarrollo de la lucha de clases y de sus condiciones; está atado a las doctrinas y reivindicaciones que ha sostenido hasta entonces, que a su vez no nacen de la posición momentánea de las clases sociales unas frente a otras ni del estado momentáneo, más o menos fortuito, de las relaciones de producción y de intercambio, sino de su comprensión mayor o menor de los resultados generales del movimiento social y político. Se encuentra así, necesariamente, ante un dilema insoluble: lo que puede hacer contradice toda su actuación anterior, sus principios y los intereses inmediatos de su partido; y lo que debe hacer es irrealizable. En una palabra, se ve obligado a representar no a su partido, a su clase, sino a la clase para cuya dominación está maduro precisamente el movimiento. En interés del movimiento mismo tiene que hacer valer los intereses de una clase que le es ajena y despachar a su propia clase con frases y promesas, asegurándole que los intereses de aquella clase ajena son sus propios intereses. Quien cae en esta falsa posición está irremediablemente perdido. Hace muy poco hemos visto ejemplos de ello; baste recordar la posición que ocuparon en el último gobierno provisional francés los representantes del proletariado, aunque ellos mismos solo representaban una fase muy inferior del desarrollo del proletariado.128 Quien, después de la experiencia del gobierno de febrero —por no hablar de nuestros nobles gobiernos provisionales alemanes y de nuestras regencias del Imperio—,129 todavía es capaz de aspirar a cargos oficiales, o es obtuso sin medida o no pertenece al partido revolucionario extremo más que de palabra.

Con todo, la posición de Münzer al frente del Consejo Eterno de Mühlhausen era mucho más arriesgada aún que la de cualquier gobernante revolucionario moderno. Ni el movimiento de entonces ni siquiera todo su siglo estaban maduros para la realización de las ideas que él mismo apenas había empezado a vislumbrar oscuramente. La clase a la que representaba, lejos de estar plenamente desarrollada y en condiciones de someter y transformar toda la sociedad, estaba apenas naciendo. La transformación social que flotaba ante su imaginación tenía tan poco fundamento en las condiciones materiales existentes que estas preparaban incluso un orden social que era exactamente lo contrario del que él soñaba. Pero, a la vez, seguía atado a sus sermones anteriores sobre la igualdad cristiana y la comunidad evangélica de bienes; tenía que intentar al menos llevarlos a la práctica. Se proclamaron la comunidad de todos los bienes, la obligación igual de todos de trabajar y la abolición de toda autoridad. Pero en realidad Mühlhausen siguió siendo una ciudad imperial republicana con una constitución algo democratizada, con un senado salido del sufragio universal y sometido al control de la asamblea del pueblo, y con un abastecimiento en especie de los pobres improvisado a toda prisa. La subversión social que tanto horrorizaba a los contemporáneos burgueses protestantes no pasó nunca, en realidad, de un intento débil e inconsciente de instaurar precipitadamente la sociedad burguesa posterior.

El propio Münzer parece haber sentido el hondo abismo que mediaba entre sus teorías y la realidad inmediata, un abismo que se le podía ocultar tanto menos cuanto más deformadas tenían que reflejarse sus geniales concepciones en las cabezas toscas de la masa de sus partidarios. Se entregó, con un celo inaudito incluso en él, a la extensión y organización del movimiento; escribió cartas y envió mensajeros y emisarios en todas direcciones. Sus escritos y sus sermones respiran un fanatismo revolucionario que asombra incluso a quien conoce sus escritos anteriores. El humor ingenuo y juvenil de los panfletos revolucionarios de Münzer ha desaparecido por completo; el lenguaje sereno y razonador del pensador, que antes no le era ajeno, ya no aparece. Münzer es ahora por entero profeta de la revolución; atiza sin cesar el odio contra las clases dominantes, excita las pasiones más salvajes y ya solo habla con los giros violentos que el delirio religioso y nacional ponía en boca de los profetas del Antiguo Testamento. Por el estilo en el que ahora tenía que ejercitarse se ve en qué grado de cultura estaba el público sobre el que tenía que actuar.

El ejemplo de Mühlhausen y la agitación de Münzer actuaron pronto a gran distancia. En Turingia, en el Eichsfeld, en el Harz, en los ducados sajones, en Hesse y Fulda, en la Alta Franconia y en el Vogtland se alzaron por todas partes los campesinos, se reunieron en huestes y quemaron castillos y conventos. Münzer era reconocido, más o menos, como jefe de todo el movimiento, y Mühlhausen siguió siendo su centro, mientras que en Erfurt triunfó un movimiento puramente burgués y el partido que allí dominaba mantuvo continuamente una actitud equívoca hacia los campesinos.

Al principio, los príncipes estaban en Turingia tan desconcertados e impotentes frente a los campesinos como en Franconia y en Suabia. Solo en los últimos días de abril consiguió el landgrave de Hesse reunir un cuerpo de tropas; el mismo landgrave Felipe de cuya piedad tanto saben alabar las historias protestantes y burguesas de la Reforma, y de cuyas infamias contra los campesinos vamos a oír enseguida unas palabritas. El landgrave Felipe, con un par de marchas rápidas y una actitud resuelta, sometió pronto la mayor parte de su país, reunió nuevas levas y se volvió luego hacia el territorio del abad de Fulda, que hasta entonces había sido su señor feudal. El 3 de mayo derrotó a la hueste campesina de Fulda en el Frauenberg, sometió todo el país y aprovechó la ocasión no solo para librarse de la soberanía del abad, sino incluso para convertir la abadía de Fulda en un feudo de Hesse, a reserva, naturalmente, de secularizarla más adelante. Tomó después Eisenach y Langensalza y, unido a las tropas de los duques de Sajonia, marchó contra el foco principal de la rebelión, contra Mühlhausen. Münzer concentró sus fuerzas, unos 8.000 hombres con algo de artillería, junto a Frankenhausen. La hueste de Turingia estaba muy lejos de tener la capacidad de combate que una parte de las huestes de la Alta Suabia y de Franconia había desplegado frente al Truchsess; estaba mal armada y mal disciplinada, contaba con pocos soldados veteranos y carecía de jefes. El propio Münzer no poseía, evidentemente, ni los más mínimos conocimientos militares. Sin embargo, los príncipes juzgaron oportuno aplicar también aquí la táctica que tantas veces había dado la victoria al Truchsess: faltar a la palabra dada. El 16 de mayo entablaron negociaciones, concertaron un armisticio y luego cayeron de improviso sobre los campesinos antes de que expirase la tregua.130

Münzer estaba con los suyos en el monte que todavía hoy se llama Schlachtberg (monte de la Batalla), atrincherado tras un parapeto de carros. El desánimo crecía ya mucho en la hueste. Los príncipes prometieron una amnistía si la hueste les entregaba vivo a Münzer. Münzer hizo formar un círculo y someter a debate las propuestas de los príncipes. Un caballero y un cura se pronunciaron por la capitulación; Münzer los hizo llevar inmediatamente a ambos al centro del círculo y decapitarlos. Este acto de energía terrorista, acogido con júbilo por los revolucionarios resueltos, devolvió cierta firmeza a la hueste; pero al final esta se habría dispersado en su mayor parte sin resistencia si no se hubiera advertido que los lansquenetes de los príncipes, tras rodear todo el monte, avanzaban en columnas cerradas pese a la tregua. A toda prisa se formó el frente tras los carros, pero ya las balas de cañón y de arcabuz caían sobre los campesinos, medio indefensos y desacostumbrados al combate; ya habían llegado los lansquenetes al parapeto de carros. Tras una breve resistencia quedó rota la línea de carros, conquistados los cañones de los campesinos y estos dispersados. Huyeron en salvaje desorden, para caer con tanta mayor seguridad en manos de las columnas que los envolvían y de la caballería, que hicieron entre ellos una matanza inaudita. De ocho mil campesinos, más de cinco mil fueron muertos; el resto entró en Frankenhausen y, al mismo tiempo que él, los jinetes de los príncipes. La ciudad quedó tomada. Münzer, herido en la cabeza, fue descubierto en una casa y hecho prisionero. El 25 de mayo se rindió también Mühlhausen; Pfeiffer, que se había quedado allí, escapó, pero fue detenido en territorio de Eisenach.

Münzer fue sometido a tortura en presencia de los príncipes y luego decapitado.131 Fue al patíbulo con el mismo valor con que había vivido. Tenía a lo sumo veintiocho años cuando fue ejecutado.132 También Pfeiffer fue decapitado, y además de ellos dos, otros incontables. En Fulda, el hombre de Dios, Felipe de Hesse, había empezado su justicia sangrienta; él y los príncipes sajones hicieron pasar por la espada, entre otros, a 24 rebeldes en Eisenach, a 41 en Langensalza, a 300 después de la batalla de Frankenhausen, a más de 100 en Mühlhausen, a 26 en Görmar, a 50 en Tüngeda, a 12 en Sangerhausen, a 8 en Leipzig, por no hablar de las mutilaciones y otros medios más suaves, ni de los saqueos e incendios de pueblos y ciudades.

Mühlhausen tuvo que renunciar a su libertad imperial y fue incorporada a los territorios sajones, igual que la abadía de Fulda al landgraviato de Hesse.

Los príncipes atravesaron entonces el Bosque de Turingia, donde campesinos de Franconia procedentes del campamento de Bildhausen se habían unido a los de Turingia y habían quemado muchos castillos. Delante de Meiningen se libró un combate; los campesinos fueron derrotados y se replegaron sobre la ciudad. Esta les cerró de repente las puertas y amenazó con atacarlos por la espalda. La hueste, puesta en apuros por esta traición de sus aliados, capituló ante los príncipes y se dispersó mientras aún se negociaba. El campamento de Bildhausen se había deshecho hacía tiempo, y así, con la dispersión de esta hueste, quedó aniquilado el último resto de los insurrectos de Sajonia, Hesse, Turingia y la Alta Franconia.

En Alsacia el levantamiento había estallado más tarde que en la orilla derecha del Rin. Solo hacia mediados de abril se alzaron los campesinos del obispado de Estrasburgo, y poco después de ellos los de la Alta Alsacia y los del Sundgau. El 18 de abril una hueste campesina de la Baja Alsacia saqueó el convento de Altdorf; se formaron otras huestes junto a Ebersheim y Barr, así como en el valle de Willer y en el de Urbis. Pronto se concentraron en la gran hueste de la Baja Alsacia y organizaron la toma de las ciudades y villas y la destrucción de los conventos. En todas partes se exigía a uno de cada tres hombres para el ejército. Los doce artículos de esta hueste son mucho más radicales que los de Suabia y Franconia.

Mientras una columna de los de la Baja Alsacia se concentraba a principios de mayo junto a St. Hippolyte y, tras un intento inútil de ganar esta ciudad, se adueñaba el 10 de mayo de Bercken, el 13 de Rappoltsweiler y el 14 de Reichenweier por acuerdo con los vecinos, una segunda columna salió al mando de Erasmus Gerber para tomar Estrasburgo por sorpresa. El intento fracasó; la columna se volvió entonces hacia los Vosgos, destruyó el convento de Maursmünster y sitió Zabern,133 que se rindió el 13 de mayo. Desde allí marchó hacia la frontera de Lorena y sublevó la parte colindante del ducado, a la vez que atrincheraba los pasos de montaña. Junto a Herbitzheim, en el Sarre, y junto a Neuburg se formaron grandes campamentos; junto a Saargemünd se atrincheraron 4.000 campesinos de la Lorena alemana; por último, dos huestes avanzadas, la llamada Kolbenhaufen en los Vosgos, junto a Stürzelbronn, y la hueste de Kleeburg, junto a Weißenburg, cubrían el frente y el flanco derecho, mientras el flanco izquierdo se apoyaba en los de la Alta Alsacia.

Estos, en movimiento desde el 20 de abril, habían obligado a entrar en la hermandad campesina a Sulz el 10 de mayo, a Gebweiler el 12 y a Sennheim y sus alrededores el 15. El gobierno austriaco y las ciudades imperiales de los alrededores se aliaron enseguida contra ellos, es cierto, pero eran demasiado débiles para oponerles una resistencia seria, y no digamos para atacarlos. Así, a mediados de mayo, toda Alsacia, con excepción de unas pocas ciudades, estaba en manos de los insurrectos.

Pero ya se acercaba el ejército que había de quebrantar la criminal osadía de los campesinos alsacianos. Fueron franceses los que llevaron a cabo aquí la restauración del dominio de la nobleza. El duque Antonio de Lorena134 se puso en marcha ya el 6 de mayo con un ejército de 30.000 hombres, entre los que estaba la flor de la nobleza francesa, y con tropas auxiliares españolas, piamontesas, lombardas, griegas y albanesas. El 16 de mayo se topó junto a Lützelstein con 4.000 campesinos, a los que derrotó sin esfuerzo, y ya el 17 obligó a capitular a Zabern, ocupada por los campesinos. Pero mientras los loreneses aún entraban en la ciudad y desarmaban a los campesinos, se rompió la capitulación; los lansquenetes cayeron sobre los campesinos indefensos y los degollaron en su mayor parte. Las demás columnas de la Baja Alsacia se dispersaron, y el duque Antonio marchó entonces al encuentro de los de la Alta Alsacia. Estos, que se habían negado a acudir a Zabern en ayuda de los de la Baja Alsacia, fueron atacados entonces junto a Scherweiler por todo el poder de los loreneses. Se defendieron con gran valentía, pero la enorme superioridad numérica —30.000 contra 7.000— y la traición de cierto número de caballeros, sobre todo del bailío de Reichenweier, hicieron inútil toda su bravura. Fueron completamente derrotados y dispersados. El duque pacificó entonces toda Alsacia con la crueldad acostumbrada. Solo el Sundgau se libró de su presencia. Allí el gobierno austriaco, con la amenaza de llamarlo al país, llevó a sus campesinos a principios de junio a firmar el tratado de Ensisheim. Pero él mismo rompió enseguida este tratado e hizo ahorcar en masa a los predicadores y jefes del movimiento. Los campesinos se levantaron de nuevo, y el levantamiento terminó por fin con la inclusión de los campesinos del Sundgau en el tratado de Offenburg (18 de septiembre).

Solo nos queda por relatar la guerra campesina de los países alpinos austriacos. Estas comarcas, así como el vecino arzobispado de Salzburgo, estaban en oposición continua contra el gobierno y la nobleza desde la stara prawa, y también aquí las doctrinas reformadas habían encontrado un terreno favorable. Las persecuciones religiosas y los abusos arbitrarios en los impuestos hicieron estallar el levantamiento.

La ciudad de Salzburgo, apoyada por los campesinos y los mineros, estaba en conflicto con el arzobispo desde 1522 por sus privilegios urbanos y por el ejercicio de la religión.135 A finales de 1524 el arzobispo cayó sobre la ciudad con lansquenetes reclutados, la aterrorizó con los cañones del castillo y persiguió a los predicadores herejes. Al mismo tiempo impuso nuevos y gravosos tributos, con lo que exasperó al extremo a toda la población. En la primavera de 1525, a la vez que la insurrección de Suabia y Franconia y la de Turingia, se alzaron de repente los campesinos y los mineros de todo el país, se organizaron en huestes bajo los capitanes Praßler y Weitmoser, liberaron la ciudad y pusieron sitio al castillo de Salzburgo. Como los campesinos de Alemania occidental, concertaron una liga cristiana y resumieron sus reivindicaciones en artículos, que aquí eran catorce.

También en Estiria, en la Alta Austria, en Carintia y en Carniola, donde nuevos impuestos, aduanas y ordenanzas ilegales habían lesionado gravemente al pueblo en sus intereses más inmediatos, se alzaron los campesinos en la primavera de 1525. Tomaron cierto número de castillos y derrotaron junto a Gryß al vencedor de la stara prawa, el viejo capitán general Dietrichstein.136 Aunque las falsas promesas del gobierno consiguieron apaciguar a una parte de los insurrectos, la masa se mantuvo unida y se juntó con los de Salzburgo, de modo que todo el territorio de Salzburgo y la mayor parte de la Alta Austria, Estiria, Carintia y Carniola quedaron en manos de los campesinos y los mineros.

En el Tirol las doctrinas reformadas habían encontrado igualmente muchos partidarios; aquí incluso, más aún que en los demás países alpinos austriacos, habían actuado con éxito emisarios de Münzer. El archiduque Fernando persiguió también aquí a los predicadores de la nueva doctrina y atentó igualmente contra los privilegios de la población con nuevas disposiciones financieras arbitrarias. La consecuencia fue, como en todas partes, el levantamiento en la primavera de ese mismo año de 1525. Los insurrectos, cuyo capitán supremo era un partidario de Münzer, Gaismair,137 el único talento militar importante entre todos los jefes campesinos, tomaron gran número de castillos y procedieron con gran energía contra los curas, sobre todo en el sur, en la región del Adigio. También se alzaron los del Vorarlberg, que se unieron a los del Allgäu.

El archiduque, acosado por todas partes, hizo concesión tras concesión a los rebeldes a los que muy poco antes había querido exterminar a sangre y fuego, con saqueos y matanzas. Convocó las Dietas de los países hereditarios y, hasta que se reunieran, concertó un armisticio con los campesinos. Entretanto se armaba cuanto podía para poder hablar cuanto antes en otro tono a los sediciosos.

El armisticio, naturalmente, no se respetó mucho tiempo. En los ducados, Dietrichstein, a quien se le acababa el dinero, empezó a imponer contribuciones de guerra. Sus tropas eslavas y magiares se permitieron además las crueldades más desvergonzadas contra la población. Los estirios se alzaron, pues, de nuevo; en la noche del 2 al 3 de julio sorprendieron al capitán general Dietrichstein en Schladming y pasaron a cuchillo a todos los que no hablaban alemán. El propio Dietrichstein cayó prisionero; en la mañana del 3, los campesinos constituyeron un tribunal de jurados, que condenó a muerte a 40 nobles checos y croatas de entre los prisioneros. Fueron decapitados en el acto. Aquello surtió efecto: el archiduque aprobó inmediatamente todas las reivindicaciones de los estados de los cinco ducados (Alta y Baja Austria, Estiria, Carintia y Carniola).

También en el Tirol se concedieron las reivindicaciones de la Dieta, y con ello quedó pacificado el norte. Pero el sur, que se mantenía en sus reivindicaciones primitivas frente a los acuerdos atenuados de la Dieta, siguió en armas. Solo en diciembre pudo el archiduque restablecer aquí el orden por la fuerza. No dejó de hacer ejecutar a gran número de instigadores y jefes de la revuelta que habían caído en sus manos.

Contra Salzburgo marcharon entonces en agosto 10.000 bávaros al mando de Georg von Frundsberg. Esta imponente fuerza militar, junto con las disensiones que habían estallado entre los campesinos, movió a los de Salzburgo a concertar con el arzobispo un tratado, que se firmó el 1 de septiembre y que también aceptó el archiduque. Pero los dos príncipes, que entretanto habían reforzado suficientemente sus tropas, rompieron muy pronto este tratado, empujando así a los campesinos de Salzburgo a un nuevo levantamiento. Los insurrectos resistieron todo el invierno; en la primavera llegó Gaismair a unirse a ellos y abrió una brillante campaña contra las tropas que avanzaban desde todas partes. En una serie de combates brillantes derrotó —en mayo y junio de 1526— sucesivamente a bávaros, austriacos, tropas de la Liga Suaba y lansquenetes del arzobispo de Salzburgo, e impidió durante mucho tiempo que los distintos cuerpos se reunieran. Entre tanto aún encontró tiempo para sitiar Radstadt. Rodeado al fin por todas partes por fuerzas muy superiores, tuvo que retirarse; se abrió paso y condujo las tropas de su cuerpo a través de los Alpes austriacos hasta territorio veneciano. La República de Venecia y Suiza ofrecieron al infatigable jefe campesino puntos de apoyo para nuevas intrigas; durante un año más intentó arrastrarlas a una guerra contra Austria, que debía darle ocasión para un nuevo levantamiento campesino. Pero durante estas negociaciones le alcanzó la mano de un asesino; el archiduque Fernando y el arzobispo de Salzburgo no estaban tranquilos mientras Gaismair siguiera con vida: pagaron a un bandido, y este consiguió quitar de en medio al peligroso rebelde en 1527.138

VII. Las consecuencias de la guerra campesina

Con la retirada de Gaismair a territorio veneciano había llegado a su fin el último epílogo de la guerra campesina. Los campesinos habían vuelto a quedar por todas partes bajo la sujeción de sus señores eclesiásticos, nobles o patricios; los tratados que aquí y allá se habían concertado con ellos fueron rotos, y las cargas que ya pesaban sobre ellos se vieron aumentadas por las enormes contribuciones de guerra que los vencedores impusieron a los vencidos. La más grandiosa tentativa revolucionaria del pueblo alemán terminó en una derrota ignominiosa y en una opresión momentáneamente redoblada. A la larga, sin embargo, la situación de la clase campesina no empeoró por la represión del levantamiento. Lo que la nobleza, los príncipes y los curas podían sacarles año tras año, ya se lo sacaban sin falta antes de la guerra; el campesino alemán de entonces tenía en común con el proletario moderno que su parte en los productos de su trabajo se reducía al mínimo de medios de subsistencia necesario para su sustento y para la reproducción de la raza campesina. Por término medio, pues, ya no había nada más que quitar. Es verdad que muchos campesinos medios acomodados quedaron arruinados, que una multitud de siervos de la gleba fue empujada a la fuerza a la servidumbre personal, que se confiscaron extensiones enteras de tierras comunales, que un gran número de campesinos, por la destrucción de sus casas y la devastación de sus campos, así como por el desorden general, fueron arrojados al vagabundeo o a las filas de los plebeyos de las ciudades. Pero las guerras y las devastaciones formaban parte de los fenómenos cotidianos de aquella época, y, en general, la clase campesina estaba ya demasiado abajo para que un aumento de los impuestos empeorase su situación de un modo duradero. Las guerras de religión que siguieron, y por último la guerra de los Treinta Años, con sus devastaciones y despoblaciones en masa repetidas una y otra vez, golpearon a los campesinos mucho más duramente que la guerra campesina; la guerra de los Treinta Años, sobre todo, aniquiló la parte más importante de las fuerzas productivas empleadas en la agricultura y, por eso y por la destrucción simultánea de muchas ciudades, hundió por mucho tiempo a los campesinos, a los plebeyos y a los burgueses arruinados en una miseria como la irlandesa en su forma más atroz.

Quien más sufrió las consecuencias de la guerra campesina fue el clero. Sus conventos y fundaciones habían sido quemados; sus objetos preciosos, saqueados, vendidos en el extranjero o fundidos; sus provisiones, consumidas. Era el que en todas partes menos resistencia había podido oponer, y a la vez sobre él había caído con más fuerza todo el peso del odio popular. Los demás estamentos, príncipes, nobleza y burguesía, sentían incluso una secreta alegría ante la desgracia de los odiados prelados. La guerra campesina había hecho popular la secularización de los bienes eclesiásticos en beneficio de los campesinos; los príncipes seculares y en parte las ciudades se dedicaron a llevar a cabo esa secularización en su propio provecho, y pronto, en los países protestantes, las posesiones de los prelados estuvieron en manos de los príncipes o del patriciado. Pero también se había atentado contra el dominio de los príncipes eclesiásticos, y los príncipes seculares supieron explotar en ese sentido el odio popular. Así hemos visto cómo el abad de Fulda quedó degradado de señor feudal a vasallo de Felipe de Hesse. Así obligó la ciudad de Kempten al príncipe abad a venderle a precio irrisorio una serie de valiosos privilegios que tenía en la ciudad.

También la nobleza había sufrido considerablemente. La mayoría de sus castillos había sido destruida, cierto número de los linajes más prestigiosos estaba arruinado y solo podía encontrar medios de vida al servicio de los príncipes. Su impotencia frente a los campesinos había quedado demostrada; había sido derrotada en todas partes y obligada a capitular; solo los ejércitos de los príncipes la habían salvado. Tenía que ir perdiendo cada vez más su importancia como estamento dependiente directamente del Imperio y caer bajo la sujeción de los príncipes.

Tampoco las ciudades, en conjunto, sacaron ventaja alguna de la guerra campesina. El dominio del patriciado volvió a afianzarse casi en todas partes; la oposición de la burguesía quedó quebrantada por mucho tiempo. La vieja rutina patricia siguió arrastrándose así, encadenando el comercio y la industria por todos lados, hasta la Revolución francesa. Además, los príncipes hicieron responsables a las ciudades de los éxitos momentáneos que el partido burgués o el plebeyo había conseguido en su seno durante la lucha. Las ciudades que ya pertenecían antes a los territorios de los príncipes fueron sometidas a duras contribuciones de guerra, despojadas de sus privilegios y sojuzgadas sin protección alguna a la codiciosa arbitrariedad de los príncipes (Frankenhausen, Arnstadt, Schmalkalden, Wurzburgo, etc., etc.); las ciudades imperiales fueron incorporadas a territorios de príncipes (por ejemplo, Mühlhausen) o al menos puestas en dependencia moral de los príncipes vecinos, como muchas ciudades imperiales de Franconia.

En estas circunstancias, los únicos que sacaron provecho del desenlace de la guerra campesina fueron los príncipes. Ya al comienzo de nuestra exposición vimos cómo el escaso desarrollo industrial, comercial y agrícola de Alemania hacía imposible toda centralización de los alemanes en una nación, cómo solo permitía una centralización local y provincial, y cómo, por eso, los representantes de esta centralización dentro de la fragmentación, los príncipes, constituían el único estamento al que tenía que favorecer cualquier cambio de las relaciones sociales y políticas existentes. El grado de desarrollo de la Alemania de entonces era tan bajo y a la vez tan desigual en las distintas provincias que, junto a los principados seculares, podían subsistir todavía soberanías eclesiásticas, repúblicas urbanas y condes y barones soberanos; pero, al mismo tiempo, ese desarrollo empujaba sin cesar, aunque de un modo muy lento y débil, hacia la centralización provincial, es decir, hacia la subordinación de los demás estados del Imperio a los príncipes.139 Por eso, al final de la guerra campesina solo podían haber ganado los príncipes. Y así fue, en efecto. No solo ganaron en términos relativos, al quedar debilitados sus competidores, el clero, la nobleza y las ciudades; ganaron también en términos absolutos, al llevarse los spolia opima (el botín principal) de todos los demás estamentos. Los bienes eclesiásticos fueron secularizados en su provecho; una parte de la nobleza, medio arruinada o arruinada del todo, tuvo que ir sometiéndose poco a poco a su soberanía; el dinero de las contribuciones de guerra de las ciudades y de las comunidades campesinas fue a parar a su fisco, que además, con la supresión de tantos privilegios urbanos, ganó un campo mucho más libre para sus queridas operaciones financieras.

La fragmentación de Alemania, cuya agravación y consolidación fue el resultado principal de la guerra campesina, fue también al mismo tiempo la causa de su fracaso.

Hemos visto cómo Alemania estaba fragmentada no solo en innumerables provincias independientes, casi totalmente ajenas unas a otras, sino también cómo, en cada una de esas provincias, la nación se descomponía en una múltiple articulación de estamentos y fracciones de estamentos. Además de los príncipes y los curas, encontramos en el campo a la nobleza y a los campesinos, y en las ciudades a los patricios, los burgueses y los plebeyos, todos ellos estamentos cuyos intereses eran totalmente ajenos entre sí cuando no se entrecruzaban y se contrariaban. Por encima de todos estos complicados intereses estaban, por si fuera poco, los del emperador y los del papa. Hemos visto con qué torpeza, de qué modo incompleto y desigual según las localidades, se agruparon finalmente estos diversos intereses en tres grandes bloques; cómo, pese a esa trabajosa agrupación, cada estamento se oponía a la dirección que las circunstancias marcaban al desarrollo nacional, hacía su movimiento por su cuenta y, con ello, entraba en colisión no solo con todos los estamentos conservadores, sino también con todos los demás estamentos de oposición, y al final tenía que sucumbir. Así le ocurrió a la nobleza en el levantamiento de Sickingen, a los campesinos en la guerra campesina y a los burgueses en toda su mansa Reforma. Así, incluso los campesinos y los plebeyos, en la mayoría de las regiones de Alemania, no llegaron a una acción común y se estorbaron mutuamente. También hemos visto por qué causas se produjo esta fragmentación de la lucha de clases y, con ella, la derrota completa del movimiento revolucionario y la media derrota del movimiento burgués.

Cómo la fragmentación local y provincial, y la estrechez de miras local y provincial que de ella se derivaba necesariamente, arruinaron todo el movimiento; cómo ni los burgueses, ni los campesinos, ni los plebeyos llegaron a una actuación concentrada y nacional; cómo los campesinos, por ejemplo, actuaban por su cuenta en cada provincia, negaban siempre ayuda a los campesinos sublevados de las provincias vecinas y por eso fueron aplastados uno tras otro, en combates aislados, por ejércitos que en su mayoría no llegaban a la décima parte de la masa total de los sublevados: eso estará claro para todos, sin duda, por la exposición precedente. Los distintos armisticios y tratados de las diversas huestes con sus adversarios constituyen otros tantos actos de traición a la causa común, y la única agrupación posible de las diversas huestes, no según el mayor o menor carácter común de su propia acción, sino según el adversario particular común ante el que sucumbieron, es la prueba más contundente del grado de extrañeza mutua entre los campesinos de las distintas provincias.

También aquí se ofrece por sí misma la analogía con el movimiento de 1848-1850. También en 1848 chocaron entre sí los intereses de las clases de oposición y cada una actuó por su cuenta. La burguesía, demasiado desarrollada para seguir soportando el absolutismo feudal-burocrático, no era todavía lo bastante poderosa para subordinar de inmediato a las suyas las pretensiones de las otras clases. El proletariado, demasiado débil para poder contar con saltarse rápidamente el periodo burgués y con conquistar él mismo pronto el poder, había conocido ya demasiado bien, bajo el absolutismo, las dulzuras del régimen burgués, y estaba en general demasiado desarrollado para ver, aunque fuera un solo momento, su propia emancipación en la emancipación de la burguesía. La masa de la nación, pequeñoburgueses, gentes afines a la pequeña burguesía (artesanos) y campesinos, fue abandonada por la burguesía, su aliada natural todavía por el momento, por demasiado revolucionaria ya, y aquí y allá por el proletariado, por no estar aún lo bastante avanzada; dividida a su vez en su seno, tampoco ella consiguió nada, y se opuso a derecha e izquierda a sus compañeros de oposición. Por último, la estrechez de miras local no puede haber sido mayor entre los campesinos de 1525 que entre todas las clases que participaron en el movimiento de 1848. Las cien revoluciones locales, las cien reacciones locales que las siguieron y que se llevaron a cabo con la misma facilidad, el mantenimiento de la división en pequeños Estados, etc., etc., son pruebas que hablan, en verdad, con bastante claridad. Quien, después de las dos revoluciones alemanas de 1525 y 1848 y de sus resultados, todavía es capaz de desbarrar sobre la república federal, no merece otro sitio que el manicomio.140

Pero las dos revoluciones, la del siglo XVI y la de 1848-1850, pese a todas las analogías, difieren muy esencialmente. La revolución de 1848 demuestra, si no el progreso de Alemania, sí el de Europa.

¿Quién sacó provecho de la revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién sacó provecho de la revolución de 1848? Los grandes príncipes, Austria y Prusia. Detrás de los pequeños príncipes de 1525 estaban los pequeños filisteos, que los encadenaban a sí con el impuesto; detrás de los grandes príncipes de 1850, detrás de Austria y Prusia, están los grandes burgueses modernos, que los van sojuzgando rápidamente con la deuda pública. Y detrás de los grandes burgueses están los proletarios.

La revolución de 1525 fue un asunto local alemán. Los ingleses, los franceses, los bohemios y los húngaros ya habían pasado por sus guerras campesinas cuando los alemanes hicieron la suya.141 Si Alemania estaba fragmentada, Europa lo estaba mucho más todavía. La revolución de 1848 no fue un asunto local alemán: fue una pieza de un gran acontecimiento europeo. Sus causas motrices, a lo largo de todo su curso, no se reducen al estrecho espacio de un solo país, ni siquiera al de un solo continente. Más aún: los países que fueron escenario de esta revolución son precisamente los que menos han intervenido en engendrarla. Son materias primas más o menos inconscientes y carentes de voluntad, que se transforman en el curso de un movimiento en el que hoy participa el mundo entero, un movimiento que, bajo las relaciones sociales existentes, ciertamente solo puede aparecérsenos como un poder ajeno, aunque en definitiva no es sino nuestro propio movimiento. Por eso la revolución de 1848-1850 no puede terminar como la de 1525.

  1. Revista de Marx y Engels, continuación de la Neue Rheinische Zeitung (Colonia, 1848-1849); se publicaron seis números entre enero y noviembre de 1850, el último doble (5-6), impresos en Hamburgo. ↩

  2. Wilhelm Zimmermann (1807-1878), historiador y pastor protestante suabo, autor de una Historia general de la gran guerra campesina (Allgemeine Geschichte des großen Bauernkrieges, Stuttgart, 1841-1843). Fue diputado de la extrema izquierda en la Asamblea Nacional de Fráncfort (1848-1849). ↩

  3. Esta frase se añadió en la tercera edición (1875). ↩

  4. Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, publicadas en la misma revista en 1850, y El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (Nueva York, 1852). ↩

  5. Cita del último párrafo del capítulo VII de esta obra. ↩

  6. La guerra entre Prusia y Austria (junio-agosto de 1866), que terminó con la exclusión de Austria de los asuntos alemanes, la disolución de la Confederación Germánica y la hegemonía prusiana en el norte. Tras la derrota se instauró en la parte austriaca de la monarquía un régimen constitucional con ministerios de la burguesía liberal alemana. ↩

  7. Por el Compromiso de 1867, el Imperio de los Habsburgo se convirtió en la monarquía dual de Austria-Hungría; a la nobleza húngara, dueña de su mitad, le convenía en la otra mitad un gobierno liberal alemán favorable a ese reparto. ↩

  8. El Partido Nacional-Liberal, formado en 1866-1867 por los antiguos progresistas que se pusieron del lado de Bismarck tras la victoria sobre Austria; representaba a la gran burguesía. ↩

  9. Baviera, Wurtemberg y Baden, que en 1866 quedaron fuera de la Confederación de Alemania del Norte dirigida por Prusia; Hesse-Darmstadt solo entró en ella con sus territorios al norte del Meno. ↩

  10. «Haupt- und Staatsaktion»: nombre que se daba en el siglo XVIII a las piezas teatrales ampulosas de asunto histórico y político; Engels lo usa irónicamente para los grandes acontecimientos de la política de gabinetes. ↩

  11. En 1866 Prusia se anexionó el reino de Hannover, el electorado de Hesse-Kassel y el ducado de Nassau, además de la ciudad libre de Fráncfort y de Schleswig-Holstein. ↩

  12. Transleitania: los territorios de la corona húngara, al otro lado del río Leitha, que marcaba la frontera con la parte austriaca de la monarquía. ↩

  13. El Partido Popular alemán (Deutsche Volkspartei), partido democrático pequeñoburgués con base sobre todo en el suroeste, contrario a la hegemonía prusiana y partidario de una Alemania federal. ↩

  14. «Schwindel» en el original: la especulación desenfrenada, con fundación de sociedades por acciones de dudosa solidez. ↩

  15. John Bright (1811-1889), fabricante y uno de los jefes de la Liga contra las Leyes de Cereales; entró como ministro de Comercio en el gobierno de Gladstone en 1868, después de la reforma electoral de 1867, que dio el voto a una parte de los obreros de las ciudades. ↩

  16. La insurrección de los obreros de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac. ↩

  17. La batalla de Sadowa o de Königgrätz (3 de julio de 1866), victoria decisiva de Prusia sobre Austria. ↩

  18. El Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte, elegido por sufragio universal masculino desde 1867. Engels dice «llamada» porque carecía de verdadero poder frente al gobierno. Entre sus diputados figuraban August Bebel y Wilhelm Liebknecht. ↩

  19. El IV Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrado en Basilea en septiembre de 1869, aprobó que la sociedad tenía derecho a abolir la propiedad privada de la tierra y a convertirla en propiedad común. ↩

  20. En Sedán capituló el 2 de septiembre de 1870 el ejército francés con Napoleón III; dos días después se proclamó la república en París. ↩

  21. Juego con el nombre oficial del viejo Imperio, «Sacro Imperio Romano de Nación Alemana». El nuevo Imperio alemán, bajo el rey de Prusia como emperador, se proclamó en Versalles el 18 de enero de 1871. ↩

  22. La Confederación de Alemania del Norte (1867-1871), formada bajo la dirección de Prusia por los Estados alemanes al norte del Meno. ↩

  23. Friedrich Engels, Zur Wohnungsfrage (Leipzig, 1872-1873), segunda parte, «Cómo resuelve la burguesía el problema de la vivienda». ↩

  24. «Immer langsam voran!», estribillo de una canción satírica alemana sobre la milicia de Krähwinkel, prototipo de villorrio atrasado. ↩

  25. La ley prusiana de organización de los distritos (Kreisordnung) de 13 de diciembre de 1872, que suprimió la policía señorial de los propietarios de fincas en las provincias orientales. ↩

  26. Las reformas de Stein y Hardenberg tras la derrota de Prusia ante Napoleón (1806): abolición de la servidumbre personal de los campesinos, autonomía de las ciudades, reforma del ejército. ↩

  27. La crisis financiera de 1873, que acabó con la fiebre especulativa de los «años fundacionales» posteriores a la guerra franco-prusiana. ↩

  28. Batallas de la guerra franco-prusiana: Spicheren (6 de agosto de 1870), Mars-la-Tour (16 de agosto) y Sedán (1 de septiembre). ↩

  29. En julio de 1870 Bebel y Liebknecht se abstuvieron en la votación de los créditos de guerra en el Reichstag, y en noviembre votaron en contra; el comité de Brunswick del Partido Obrero Socialdemócrata, que en septiembre se había pronunciado contra la anexión de Alsacia y Lorena, fue detenido por ello. ↩

  30. Der Volksstaat, órgano central del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenachianos»), publicado en Leipzig de 1869 a 1876 bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht. ↩

  31. En las elecciones al Reichstag del 10 de enero de 1874, los dos partidos obreros alemanes, eisenachianos y lassalleanos, obtuvieron en conjunto unos 350.000 votos y nueve diputados. ↩

  32. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), socialista francés, teórico del mutualismo y del crédito gratuito. Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, jefe de la corriente anarquista expulsada de la Internacional en 1872; su influencia fue grande en España e Italia. ↩

  33. En la primavera de 1848 los campesinos del Odenwald y de la Selva Negra se alzaron contra los señores, asaltaron castillos y quemaron los registros de las cargas señoriales; en Silesia hubo por las mismas fechas levantamientos campesinos parecidos. ↩

  34. (Nota de Engels de 1875.) La pólvora, como se ha demostrado ya sin lugar a dudas, pasó de China, a través de la India, a los árabes, y de estos, junto con las armas de fuego, llegó a Europa a través de España. ↩

  35. Liga de ciudades comerciales del norte de Alemania (Lübeck, Hamburgo, Bremen y otras) que dominó el comercio del mar del Norte y del Báltico entre los siglos XIII y XV. ↩

  36. Navegante portugués que en 1497-1499 abrió la ruta marítima de Europa a la India por el cabo de Buena Esperanza. ↩

  37. Luis XI, rey de Francia de 1461 a 1483, sometió a los grandes feudatarios y reforzó el poder central de la corona. ↩

  38. Fehde: la guerra privada entre señores, reconocida como derecho en la Edad Media y prohibida por la Paz Perpetua del Imperio (Ewiger Landfriede) de 1495. ↩

  39. Gemeiner Pfennig: impuesto general del Imperio acordado en la Dieta de Worms de 1495. ↩

  40. Las rentas del primer año de un beneficio eclesiástico que el nuevo titular debía pagar a la curia romana. ↩

  41. Ehrbarkeit, literalmente «honorabilidad»: nombre que se daba en las ciudades alemanas a las familias patricias que las gobernaban. ↩

  42. La Constitutio Criminalis Carolina, ordenanza penal de Carlos V aprobada por la Dieta de Ratisbona de 1532. ↩

  43. La revolución de julio de 1830 en Francia derribó a Carlos X y llevó al trono a Luis Felipe de Orleans; la revolución de febrero de 1848 derribó a este y proclamó la Segunda República. ↩

  44. En el original, «Schibboleths»: santo y seña, contraseña. Alude al episodio bíblico (Jueces 12, 5-6) en que los galaaditas reconocían a los efraimitas porque no sabían pronunciar la palabra shibbólet. ↩

  45. Los valdenses, seguidores de Pedro Valdo, mercader de Lyon de finales del siglo XII que predicaba la pobreza evangélica; perseguidos como herejes, se mantuvieron sobre todo en los valles alpinos del Piamonte y del Delfinado. ↩

  46. Los albigenses (por la ciudad de Albi), cátaros del sur de Francia, contra los que el papado lanzó una cruzada (1209-1229) que acabó con la independencia del Languedoc. ↩

  47. Arnaldo de Brescia (h. 1090-1155), canónigo que predicó contra la riqueza y el poder temporal del clero y encabezó la comuna de Roma frente al papa; fue ahorcado y quemado en 1155. ↩

  48. John Ball, sacerdote inglés, uno de los predicadores del levantamiento campesino de 1381 encabezado por Wat Tyler; fue ejecutado ese mismo año. El «Maestro de Hungría» dirigió en 1251 la llamada cruzada de los pastorcillos (pastoureaux), movimiento de campesinos y pobres del norte de Francia que se volvió contra el clero y fue aplastado. ↩

  49. Las novelas del Decamerón (h. 1350) de Giovanni Boccaccio abundan en burlas de frailes, curas y monjas incontinentes. ↩

  50. John Wyclif (h. 1330-1384), teólogo de Oxford, crítico de la riqueza y la jerarquía de la Iglesia y traductor de la Biblia al inglés. Jan Hus (h. 1370-1415), reformador checo, quemado en el concilio de Constanza. Los calixtinos o utraquistas, ala moderada del movimiento husita, apoyada en la nobleza y la burguesía de Praga, reclamaban sobre todo la comunión bajo las dos especies (con el cáliz, de ahí su nombre). ↩

  51. Los taboritas, ala radical, campesina y plebeya del movimiento husita, llamada así por su centro, la ciudad de Tábor, en Bohemia; fueron derrotados en Lipany (1434) por los calixtinos aliados con los católicos. ↩

  52. Los flagelantes, cofradías de penitentes que recorrían Europa azotándose en público, sobre todo en tiempos de la peste negra (1348-1349). Los lolardos, en Inglaterra, los seguidores de Wyclif. ↩

  53. En el original, «Pfahlbürgerei». Los Pfahlbürger eran propiamente los vecinos con derecho de ciudadanía que vivían fuera de las murallas; Engels usa la palabra, despectivamente, por la burguesía privilegiada de las ciudades. ↩

  54. El 31 de octubre de 1517 Lutero hizo públicas en Wittenberg sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias. ↩

  55. Del comentario de Lutero a la Epitoma del dominico Silvestro Prierias, que publicó con sus glosas en 1520. ↩

  56. A la nobleza cristiana de la nación alemana sobre el mejoramiento del estado cristiano (1520). ↩

  57. El Ebernburg, castillo de Franz von Sickingen cerca de Kreuznach, refugio de Hutten y otros partidarios de la Reforma. Sickingen y Hutten encabezaron en 1522-1523 el levantamiento de la caballería contra el arzobispo de Tréveris, que terminó con la derrota y la muerte de Sickingen (1523); Hutten murió ese mismo año en Suiza. ↩

  58. De una carta de Lutero a Spalatin de enero de 1521, en la que se refería a los planes de Hutten. ↩

  59. La Confesión de Augsburgo, redactada por Melanchthon y presentada por los príncipes y ciudades protestantes al emperador Carlos V en la Dieta de Augsburgo de 1530, fue la profesión de fe oficial de la Iglesia luterana. ↩

  60. Alusión a la Asamblea Nacional de Fráncfort (1848-1849); a la Asamblea Nacional prusiana de 1848, convocada para «pactar» (vereinbaren) una constitución con la corona; a las cámaras prusianas de 1849-1850, que revisaron la constitución otorgada en diciembre de 1848; y al Parlamento de Erfurt (marzo-abril de 1850), convocado por Prusia para crear una unión de Estados alemanes bajo su dirección. ↩

  61. Orlamünde, pequeña ciudad de Turingia, era la parroquia de Andreas Bodenstein von Karlstadt (1486-1541), antiguo colega de Lutero en Wittenberg que se había apartado de él por la izquierda. Lutero fue allí en agosto de 1524 y fue recibido con hostilidad por los vecinos. ↩

  62. Exhortación a la paz a propósito de los Doce Artículos del campesinado de Suabia (abril de 1525). ↩

  63. Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos (mayo de 1525), de donde procede también la cita siguiente. ↩

  64. En latín en el original. Cf. Eclesiástico 33, 25 (Vulgata). ↩

  65. De la Carta abierta sobre el duro librito contra los campesinos (julio de 1525), en la que Lutero defendió su escrito anterior. ↩

  66. Lutero publicó su traducción del Nuevo Testamento en 1522 y la de la Biblia completa en 1534. ↩

  67. Engels sigue la fecha de Zimmermann; la investigación posterior sitúa el nacimiento de Münzer hacia 1489. ↩

  68. Es decir, las hostias, llamadas así con burla. ↩

  69. Joaquín de Fiore (h. 1135-1202), abad cisterciense de Calabria, que anunciaba una tercera edad, la del Espíritu Santo, sucesora de las del Padre y del Hijo; sus ideas inspiraron a muchos movimientos milenaristas. ↩

  70. Niklas Storch, tejedor de Zwickau, el principal de los llamados «profetas de Zwickau», que a finales de 1521 se presentaron también en Wittenberg. Los historiadores del siglo XIX los contaban ya entre los anabaptistas. ↩

  71. El llamado Manifiesto de Praga (noviembre de 1521). ↩

  72. Allstedt, pequeña ciudad del electorado de Sajonia, en el límite de Turingia. Münzer fue predicador allí desde la Pascua de 1523 hasta agosto de 1524. ↩

  73. Mateo 10, 34. ↩

  74. Del Sermón ante los príncipes (Explicación del segundo capítulo de Daniel), predicado por Münzer en el castillo de Allstedt en julio de 1524 ante el duque Juan de Sajonia y su hijo. Las referencias bíblicas: Lucas 19, 27; Mateo 13, 24-30; Deuteronomio 7, 5. ↩

  75. La capilla de Mallerbach, lugar de peregrinación cercano a Allstedt, incendiada en 1524. ↩

  76. La expresión está tomada del título de la respuesta de Münzer a Lutero, la Apología muy fundada y respuesta contra la carne sin espíritu y de vida regalada de Wittenberg (Hochverursachte Schutzrede, 1524). ↩

  77. Juego de palabras con Luther y Lügner, «mentiroso». Estas frases sobre los señores proceden, más que del sermón ante los príncipes, de esa misma respuesta de Münzer a Lutero. ↩

  78. Wilhelm Zimmermann, Allgemeine Geschichte des großen Bauernkrieges, tomo II. ↩

  79. Mühlhausen, ciudad imperial de Turingia, donde Münzer actuó junto a Heinrich Pfeiffer en 1524 y de nuevo en 1525, durante la guerra campesina. ↩

  80. De la Denuncia expresa de la falsa fe (Ausgedrückte Entblößung des falschen Glaubens, 1524). ↩

  81. El comienzo parafrasea Jeremías 1, 9-10 y 1, 18. ↩

  82. Felipe Melanchthon (1497-1560), profesor de griego en Wittenberg, el principal colaborador de Lutero y redactor de la Confesión de Augsburgo. ↩

  83. Carta a los príncipes de Sajonia sobre el espíritu sedicioso (julio de 1524). ↩

  84. El 1 de agosto de 1524. Pocos días después Münzer huyó de Allstedt. ↩

  85. La Apología muy fundada (Hochverursachte Schutzrede, 1524), citada más arriba. ↩

  86. Balthasar Hubmaier (h. 1480-1528), predicador de Waldshut y luego jefe anabaptista, quemado en Viena. Konrad Grebel (h. 1498-1526), fundador de los anabaptistas de Zúrich. Christoph Schappeler, predicador de Memmingen, a quien se atribuye una parte en la redacción de los Doce Artículos. Jakob Wehe, predicador de Leipheim, ejecutado en 1525 tras la derrota de los campesinos en esa ciudad. ↩

  87. (Nota de Engels de 1850.) En las fechas seguimos los datos de Zimmermann, a los que, a falta de fuentes suficientes en el extranjero, tenemos que atenernos, y que para el propósito de este artículo bastan por completo. ↩

  88. Hans Böheim, pastor y músico de fiestas que tocaba el tambor y el pífano (de ahí los apodos alemanes Pauker, «timbalero», y Pfeiferhänslein, algo así como «Juanito el del pífano»), predicó en 1476 en Niklashausen, en el valle del Tauber. Detenido por orden del obispo de Wurzburgo, murió quemado como hereje ese mismo año. ↩

  89. Los independientes, ala radical del puritanismo durante la revolución inglesa del siglo XVII, defendían la autonomía de cada congregación frente a toda Iglesia de Estado; Cromwell se apoyó en ellos. ↩

  90. La fiesta de San Kilián, patrón de Wurzburgo, cae el 8 de julio; la de Santa Margarita, citada en el párrafo siguiente, se celebraba en las diócesis alemanas el 13 de julio. ↩

  91. Bundschuh, «zapato atado»: la abarca campesina atada con largas correas, por oposición a la bota del caballero; fue la enseña de las conjuras campesinas del alto Rin. ↩

  92. Liga campesina de Wurtemberg, que se alzó en 1514. «Konrad» (Kunz) era un nombre corriente entre los campesinos y servía para designar al campesino pobre. ↩

  93. Según la ley mosaica (Levítico, 25), cada cincuenta años debían devolverse las tierras enajenadas y liberarse los esclavos; la tradición extendía el jubileo a la remisión de las deudas. ↩

  94. El tribunal de la corte imperial (Hofgericht) de Rottweil, en Suabia, cuya jurisdicción alcanzaba buena parte del suroeste del Imperio. ↩

  95. Maximiliano I (1459-1519), emperador desde 1508, llamado «el último caballero» por su afición a la caballería y a los torneos. ↩

  96. Simón de Trento, niño hallado muerto en 1475; su muerte se imputó falsamente a los judíos de la ciudad, que fueron ejecutados, y el niño fue venerado como mártir hasta que la Iglesia suprimió su culto en 1965. ↩

  97. Ensisheim, en la Alta Alsacia, era la sede del gobierno de los Habsburgo para sus posesiones del alto Rin (la llamada Austria Anterior). ↩

  98. El duque Ulrico de Wurtemberg (1487-1550), que gobernó desde 1498 hasta su expulsión por la Liga Suaba en 1519 y de nuevo desde 1534. ↩

  99. Jorge Dózsa (Dózsa György, h. 1470-1514), jefe de la gran sublevación campesina húngara de 1514. Los székely (sículos) son una población de lengua húngara del este de Transilvania. ↩

  100. Levantamiento de Palermo contra la dominación francesa de Carlos de Anjou, que comenzó a la hora de vísperas del lunes de Pascua de 1282 y acabó en una matanza de los franceses de la isla. ↩

  101. Juan Zápolya (1487-1540), voivoda de Transilvania desde 1511 y rey de Hungría desde 1526. ↩

  102. Windisch era el nombre alemán antiguo de los eslovenos. Stara prawa es la grafía de Engels; en esloveno, stara pravda, «el derecho antiguo». ↩

  103. Reichsunmittelbar: sometida directamente al emperador, sin ningún príncipe territorial por medio. ↩

  104. Ulrich von Hutten (1488-1523), caballero franconio, poeta humanista y panfletista, autor de sátiras y libelos contra Roma. Tras la derrota de Sickingen huyó a Suiza, donde Zuinglio le dio refugio en la isla de Ufenau; allí murió en agosto de 1523. ↩

  105. Franz von Sickingen (1481-1523), caballero imperial del Palatinado, jefe militar a sueldo de príncipes y protector de Hutten y de los reformadores. Murió el 7 de mayo de 1523, tras rendir su castillo de Landstuhl. ↩

  106. La república de las Dos Naciones (Polonia-Lituania), monarquía electiva dominada por la nobleza, repartida entre Rusia, Prusia y Austria entre 1772 y 1795. ↩

  107. La insurrección polaca de noviembre de 1830 contra Rusia, aplastada en 1831, y el levantamiento de Cracovia de 1846, durante el cual los campesinos de Galitzia se volvieron contra los nobles insurrectos. ↩

  108. La «unión fraterna» de la caballería del alto Rin, sellada en Landau en agosto de 1522, que eligió a Sickingen como su capitán. ↩

  109. Richard von Greiffenklau (1467-1531), arzobispo y elector de Tréveris. Sickingen tuvo que levantar el asedio de la ciudad al cabo de una semana; en la primavera de 1523 el arzobispo, el elector palatino Luis V y el landgrave Felipe de Hesse lo cercaron en Landstuhl. ↩

  110. Así en la edición de las Marx-Engels-Werke (MEW). Las ediciones de 1850 y de 1875 decían que los campesinos de Stühlingen marcharon sobre Waldshut en «octubre» de 1524. ↩

  111. En el original, «die deutsche Trikolore»: la bandera negra, roja y oro, colores del movimiento democrático y nacional alemán y de la revolución de 1848. ↩

  112. Jorge Truchsess de Waldburg (1488-1531), jefe del ejército de la Liga Suaba en la guerra campesina. «Truchsess» (senescal) era un cargo cortesano que su casa tenía por herencia y que se usaba como título. El duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo, 1507-1582), gobernador de los Países Bajos de 1567 a 1573, se hizo proverbial por la dureza de su represión. ↩

  113. Los Welser, casa de comerciantes y banqueros de Augsburgo, prestamistas de los Habsburgo. ↩

  114. Los Doce Artículos, programa de los campesinos de la Alta Suabia redactado en Memmingen en marzo de 1525 y atribuido a Sebastian Lotzer y al predicador Christoph Schappeler; se imprimió en numerosas ediciones y circuló por toda Alemania. ↩

  115. Quinto domingo de Cuaresma, llamado así por las primeras palabras del introito de la misa, Iudica me, Deus («Júzgame, oh Dios»). En 1525 cayó el 2 de abril. ↩

  116. Wendel Hipler (h. 1465-1526), antiguo canciller de los condes de Hohenlohe; tras la derrota fue apresado y murió en la cárcel en Heidelberg. ↩

  117. Florian Geyer (h. 1490-1525), caballero franconio, jefe de la Banda Negra. Según la investigación posterior, fue asesinado en la noche del 9 al 10 de junio de 1525 en el bosque de Gramschatz, cerca de Wurzburgo. ↩

  118. La toma de Weinsberg y la muerte del conde Ludwig von Helfenstein, yerno del emperador Maximiliano I, se sitúan por lo común el domingo de Pascua, 16 de abril de 1525. Fue el episodio de la guerra que más explotaron los adversarios de los campesinos. ↩

  119. Götz von Berlichingen (1480-1562), caballero franconio, «el de la mano de hierro»; tras la guerra fue juzgado y confinado durante años en su castillo. Goethe hizo de él el protagonista de su drama Götz von Berlichingen (1773). ↩

  120. La batalla de Böblingen, librada entre Böblingen y Sindelfingen, al suroeste de Stuttgart, acabó con el levantamiento campesino de Wurtemberg. ↩

  121. El llamado programa de Heilbronn: proyecto de reforma del Imperio preparado por Hipler y por Friedrich Weigandt para la asamblea de delegados de las huestes que debía reunirse en Heilbronn en mayo de 1525. ↩

  122. En alemán, «Ablösungen»: la redención de las cargas feudales mediante indemnización a los señores, con la que se liquidaron en Alemania, en el siglo XIX, los derechos señoriales sobre los campesinos. ↩

  123. La batalla de Königshofen, en el Tauber (2 de junio de 1525), deshizo a la hueste del Odenwald y del valle del Neckar. ↩

  124. Georg von Frundsberg (1473-1528), jefe de lansquenetes al servicio de los Habsburgo, célebre por sus campañas en Italia. ↩

  125. Mühlhausen, ciudad imperial de Turingia. Münzer había predicado allí en agosto y septiembre de 1524, hasta su expulsión, y volvió a finales de febrero de 1525. ↩

  126. Heinrich Pfeiffer (Engels escribe «Pfeifer»), antiguo monje y predicador en Mühlhausen desde 1523, cabeza del movimiento de la ciudad junto a Münzer. Fue ejecutado con él el 27 de mayo de 1525. ↩

  127. Según la investigación posterior, Münzer no formó parte del Consejo Eterno, aunque influía mucho en él como predicador. ↩

  128. Louis Blanc y el obrero Albert, miembros del Gobierno provisional surgido de la revolución de febrero de 1848 en París. ↩

  129. Los gobiernos provisionales de Baden y del Palatinado durante la campaña por la Constitución del Imperio (mayo-junio de 1849), y la Regencia del Imperio que eligió el resto de la Asamblea Nacional de Fráncfort, trasladado a Stuttgart, en junio de 1849. ↩

  130. La batalla de Frankenhausen se libró el 15 de mayo de 1525. ↩

  131. Münzer fue decapitado el 27 de mayo de 1525 en el campamento de los príncipes, ante Mühlhausen. ↩

  132. Engels sigue a Zimmermann. Hoy se sitúa el nacimiento de Münzer hacia 1489, con lo que tendría unos treinta y cinco años al morir. ↩

  133. Zabern, hoy Saverne (Bajo Rin), residencia de los obispos de Estrasburgo. ↩

  134. Antonio, duque de Lorena (1489-1544). Tras la matanza de Zabern derrotó a los campesinos de la Alta Alsacia en Scherweiler (Scherwiller) el 20 de mayo de 1525. ↩

  135. El arzobispo de Salzburgo era entonces Matthäus Lang von Wellenburg (1519-1540). El castillo es la fortaleza de Hohensalzburg. ↩

  136. Siegmund von Dietrichstein (1484-1533), capitán general de Estiria. ↩

  137. Michael Gaismair (h. 1490-1532; Engels escribe «Geismaier»), antiguo secretario del obispo de Brixen, jefe de los campesinos del Tirol y autor de un proyecto de constitución para una república campesina tirolesa (1526). ↩

  138. Engels sigue a Zimmermann. Gaismair fue asesinado en Padua en abril de 1532. ↩

  139. Así en la edición de 1850; la de 1875 dice por errata «Reichsstädte» (ciudades imperiales). ↩

  140. Alusión a los demócratas pequeñoburgueses que en 1848-1849 reclamaban para Alemania una república federal según el modelo suizo o norteamericano, como Gustav Struve en el Preparlamento de Fráncfort (marzo-abril de 1848). ↩

  141. En Inglaterra, el levantamiento de 1381 (Wat Tyler); en Francia, la Jacquerie de 1358; en Bohemia, las guerras husitas (1419-1434); en Hungría, la rebelión campesina de György Dózsa (1514). ↩