Reseña escrita por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres y publicada en el cuaderno IV (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Londres-Hamburgo). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 255-265), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas de Carlyle se traducen de la versión alemana que dan los autores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Latter-Day Pamphlets [Panfletos de los últimos días], edited by Thomas Carlyle. N.º I, «The Present Time» [«El tiempo presente»]; n.º II, «Model Prisons» [«Cárceles modelo»]. Londres, 1850.1

Thomas Carlyle es el único escritor inglés sobre el que la literatura alemana ha ejercido una influencia directa y muy considerable. Aunque solo sea por cortesía, el alemán no puede dejar pasar sus escritos sin prestarles atención.

En el último escrito de Guizot (cuaderno II de la N. Rh. Z.)2 hemos visto cómo las eminencias de la burguesía van camino de su ocaso. En los dos folletos de Carlyle que tenemos delante asistimos al ocaso del genio literario ante las luchas históricas que se han agudizado y a las que trata de oponer sus inspiraciones proféticas, inmediatas e incomprendidas.

Thomas Carlyle tiene el mérito de haberse alzado literariamente contra la burguesía en una época en que sus concepciones, sus gustos y sus ideas tenían completamente sojuzgada toda la literatura inglesa oficial, y de haberlo hecho de una manera que a veces es incluso revolucionaria. Así en su historia de la Revolución francesa, en su apología de Cromwell, en el panfleto sobre el cartismo, en Past and Present.3 Pero en todos estos escritos la crítica del presente va estrechamente unida a una apoteosis extrañamente antihistórica de la Edad Media, frecuente por lo demás entre los revolucionarios ingleses, por ejemplo en Cobbett y en una parte de los cartistas.4 Mientras que en el pasado admira por lo menos las épocas clásicas de una determinada fase de la sociedad, el presente lo lleva a la desesperación y el futuro le causa horror. Allí donde reconoce la revolución, o incluso la apoteosiza, esta se le concentra en un solo individuo, un Cromwell o un Danton. A ellos les dedica el mismo culto de los héroes que predicó en sus Lectures on Heroes and Hero-Worship5 como único refugio frente a un presente preñado de desesperación, como nueva religión.

Tal las ideas, tal el estilo de Carlyle. Es una reacción directa y violenta contra el moderno estilo burgués inglés a lo Pecksniff,6 cuya flojedad afectada, prolijidad cautelosa y aburrimiento deshilvanado, moralizante y sentimental han pasado de sus inventores originales, los cockneys cultos, a toda la literatura inglesa. Frente a ella, Carlyle trató la lengua inglesa como una materia completamente en bruto que había que refundir de arriba abajo. Rescató giros y palabras anticuados e inventó otros nuevos según el modelo alemán y, en especial, según el de Jean Paul.7 El nuevo estilo era a menudo grandilocuente y de mal gusto, pero con frecuencia brillante y siempre original. También en esto los Latter-Day Pamphlets muestran un notable retroceso.

Por lo demás, es significativo que, de toda la literatura alemana, la cabeza que más influyó en Carlyle no fuera Hegel, sino el boticario literario Jean Paul.

Al culto del genio, que Carlyle comparte con Strauss,8 se le ha extraviado en los presentes folletos el genio. Queda el culto.

«The Present Time» empieza declarando que el presente es hijo del pasado y madre del futuro, pero en todo caso una nueva era.

La primera manifestación de esta nueva era es un papa reformador. Con el Evangelio en la mano, Pío IX quiso proclamar a la cristiandad, desde lo alto del Vaticano, «la ley de la verdad».9

«Hace más de trescientos años, el trono de San Pedro recibió un perentorio emplazamiento judicial, una orden auténtica, registrada en la cancillería del cielo y legible desde entonces en el corazón de todos los hombres de bien, para que se marchara, desapareciera y no nos diera más que hacer con él y con sus engaños y delirios impíos; y desde entonces siguió en pie por su cuenta y riesgo, y tendrá que pagar una exacta indemnización por cada día que ha seguido así. ¿Ley de la verdad? Lo que este papado tenía que hacer conforme a la ley de la verdad era renunciar a su vida podrida y galvanizada, esta ignominia ante Dios y los hombres, morir honradamente y dejarse enterrar. Muy lejos de esto estaba lo que emprendió el pobre papa; y sin embargo, en conjunto, en lo esencial no era más que eso… ¿Un papa reformador? Turgot y Necker no eran nada a su lado.10 Dios es grande, y cuando un escándalo ha de terminar, llama para ello a un hombre creyente que pone manos a la obra con esperanza, no con desesperación.» P. 3.

Con sus manifiestos de reforma, el papa había despertado preguntas,

«madres de torbellinos, incendios universales, terremotos… preguntas que todos los hombres oficiales deseaban, y casi siempre también esperaban, aplazar hasta el día del Juicio. El día del Juicio mismo había llegado: esa era la terrible verdad.» P. 4.

La ley de la verdad había sido proclamada. Los sicilianos

«fueron el primer pueblo que se puso a aplicar esta nueva regla sancionada por el Santo Padre: según la ley de la verdad, no pertenecemos a Nápoles ni a esos funcionarios napolitanos. Queremos, con el favor del cielo y del papa, librarnos de ellos.»

De ahí la revolución siciliana.

El pueblo francés, que se considera una «especie de pueblo mesías», el «soldado elegido de la libertad», temió que los pobres y despreciados sicilianos le arrebataran de las manos ese ramo de la industria (trade): revolución de Febrero.

«Como por efecto de simpáticas electricidades subterráneas, toda Europa estalló, sin límites, sin control; y tuvimos el año 1848, uno de los años más extraños, funestos, asombrosos y, en conjunto, humillantes que haya visto jamás el mundo europeo… Los reyes en todas partes, y las personas que gobernaban, se quedaron mirando con súbito espanto cuando la voz del mundo entero les ladró a los oídos: ¡Quitaos de en medio, imbéciles, hipócritas, histriones, que no héroes! ¡Fuera, fuera de aquí! Y lo singular, y lo que por primera vez se oyó en este año, fue que todos los reyes se apresuraron a irse, como si exclamaran: Somos pobres histriones, eso es lo que somos. ¿Queríais héroes? ¡No nos matéis, nosotros qué culpa tenemos! Ni uno solo de ellos se volvió y se mantuvo firme en su realeza como en un derecho por el que pudiera morir o arriesgar el pellejo. Esa es, lo repito, la particularidad angustiosa del momento presente. La democracia, en esta nueva ocasión, encuentra a todos los reyes conscientes de que no son otra cosa que comediantes. Huyeron precipitadamente, algunos de ellos con una ignominia, por así decir, exquisita, por miedo al presidio o a algo peor. Y el pueblo, o la chusma, se encargó en todas partes de su propio gobierno, y la abierta ausencia de reyes (kinglessness), lo que llamamos anarquía (dichosa si es anarquía más un guardia en la calle), está en todas partes a la orden del día. Tal fue la historia del Báltico al Mediterráneo, en Italia, Francia, Prusia, Austria, de un extremo a otro de Europa en aquellos días de marzo de 1848. Y así no quedó en Europa ningún rey, ningún rey salvo el arengador público (haranguer), que arenga encaramado en el barril de cerveza, en el artículo de fondo o reunido con sus semejantes en el parlamento nacional. Y durante unos cuatro meses toda Francia, y en alto grado toda Europa, agitada por toda clase de delirios, fue una chusma que subía y bajaba como el oleaje, presidida por el señor de Lamartine en el Hôtel de Ville. Espectáculo inquietante, mientras duró, para los hombres que piensan, este pobre señor de Lamartine, sin nada dentro salvo viento melodioso y blanda salivación. Bastante triste: la encarnación más elocuente y última del “caos” rehabilitado, capaz de hablar por sí mismo y de convencerse con palabras lisas de que es “cosmos”. Pero en tales casos solo hace falta esperar un poco; todos los globos han de soltar su gas bajo la presión de las cosas y desplomarse fofos y repugnantes antes de mucho.»11 Pp. 6-8.

¿Quién fue el que atizó esta revolución general, para la que, ciertamente, la materia ya estaba dispuesta?

«Estudiantes, jóvenes literatos, abogados, periodistas, entusiastas inexpertos de sangre caliente y desesperados salvajes, con razón arruinados. Nunca hasta ahora habían ejercido jóvenes y casi niños semejante mando en los asuntos humanos. ¡Qué cambio desde que se ideó por primera vez la palabra senior, seigneur o alderman12 para designar al señor o al superior, como la encontramos en las lenguas de todos los hombres!… Si miráis con más atención, veréis que el viejo ha dejado de ser venerable y ha empezado a ser despreciable, un muchacho necio todavía, pero un muchacho sin la gracia, la magnanimidad y la fuerza exuberante de los muchachos jóvenes. Este estado de cosas demencial se procurará, naturalmente, alivio dentro de poco, como ya ha empezado a hacerlo en todas partes; las necesidades ordinarias de la vida diaria no pueden coexistir con él, y estas, se deje de lado lo que se deje, siguen su camino. Probablemente pronto se hará en la mayoría de los países una reparación cualquiera de la vieja máquina bajo nuevos colores y formas cambiadas; se volverá a admitir a los viejos reyes de teatro bajo condiciones, bajo constituciones con parlamentos nacionales o accesorios de moda semejantes, y en todas partes la vieja vida diaria intentará volver a empezar desde el principio. Pero de momento no hay esperanza de que tales arreglos puedan durar. En tales oscilaciones, portadoras de maldición, arrastrada como entre remolinos que rugen sin fondo y corrientes marinas que se combaten, sin asentarse sobre cimientos firmes, la sociedad europea tendrá que seguir tambaleándose, ora tropezando sin remedio, ora levantándose de nuevo con fatiga, a intervalos cada vez más cortos, hasta que por fin salga a la luz del día la nueva base de roca y los diluvios de la rebelión y de la necesidad de la rebelión, que suben y bajan, vuelvan a retirarse.» Pp. 8-10.

Hasta aquí la historia, que tampoco en esta forma es muy consoladora para el viejo mundo. Ahora viene la moraleja:

«La democracia universal, piense uno de ella lo que quiera, es el hecho inevitable de los días en que vivimos.» P. 10.

¿Qué es la democracia? Algún sentido ha de tener, o no existiría. Todo depende, pues, de encontrar el verdadero sentido de la democracia. Si lo conseguimos, podremos hacer frente a ella; si no, estamos perdidos. La revolución de Febrero fue «una bancarrota universal del engaño; esa es su breve explicación». P. 14. La apariencia y las figuras aparentes, los shams, delusions, phantasms,13 nombres que han perdido su significado en lugar de las relaciones y cosas reales, en una palabra, la mentira en lugar de la verdad: eso es lo que ha reinado en los tiempos modernos. El divorcio individual y social de estas figuras aparentes y de estos fantasmas: esa es la tarea de la reforma, y la necesidad de que cese todo sham, todo engaño, es innegable.

«Ciertamente, esto puede parecerle extraño a más de uno; y a más de un sólido inglés de las llamadas clases cultas, que digiere su pudín con sano bienestar, le parece extraño en grado sumo, una idea disparatada e ignorante, del todo heterodoxa y preñada únicamente de ruina. A él le han acostumbrado toda su vida a formas de decoro que hace mucho perdieron su sentido, a conductas plausibles, a solemnidades que se han vuelto puramente ceremoniales —lo que vosotros, en vuestro humor iconoclasta, llamáis shams—; nunca oyó decir que hubiera en ellas mal alguno, que se pudiera avanzar sin ellas. ¿No se hilaba solo el algodón, no se engordaba el ganado, y los ultramarinos y las especias no llegaban de Oriente y de Occidente de lo más cómodamente al lado de los shams?» P. 15.

¿Llevará a cabo la democracia esta reforma necesaria, la liberación de los shams?

«La democracia, cuando está organizada por medio del sufragio universal, ¿realizará este tránsito universal y saludable de la ilusión a lo real, de lo falso a lo verdadero, y creará poco a poco un mundo bendito?» P. 17.

Carlyle lo niega. En la democracia y en el sufragio universal no ve en general más que el contagio de todos los pueblos por la superstición inglesa de la infalibilidad del gobierno parlamentario. La tripulación de aquel barco que había perdido el rumbo en torno al cabo de Hornos y que, en vez de observar el viento y el tiempo y de usar el sextante, sometía a votación el rumbo que había que tomar y declaraba infalible la decisión de la mayoría: eso es el sufragio universal que pretende dirigir el Estado. Para la sociedad, como para cada individuo, de lo único que se trata es de descubrir las verdaderas regulaciones del universo, las leyes eternas de la naturaleza con respecto a la tarea que en cada caso se tiene delante, y de obrar conforme a ellas. A quien nos revele esas leyes eternas le seguiremos, «sea el zar de Rusia o el parlamento cartista, el arzobispo de Canterbury o el Dalai Lama». Pero ¿cómo descubrimos estos preceptos eternos de Dios? En todo caso, el sufragio universal, que da a cada uno una papeleta y cuenta las cabezas, es el peor camino para ello. El universo es de naturaleza muy exclusiva y desde siempre ha comunicado sus secretos solo a unos pocos elegidos, solo a una pequeña minoría de nobles y sabios. Por eso nunca ha podido existir una nación sobre la base de la democracia. ¿Los griegos y los romanos? Hoy todo el mundo sabe que no formaban democracias, que la esclavitud era la base de sus Estados. De las diversas repúblicas francesas es del todo superfluo hablar. ¿Y la república modelo norteamericana? De los americanos ni siquiera puede decirse hasta ahora que formen una nación, un Estado. La población americana vive sin gobierno; lo que aquí se constituye es la anarquía más un guardia en la calle. Lo que hace posible esta situación son las enormes extensiones de tierra todavía sin cultivar y el respeto por la porra del guardia traído de Inglaterra. Con el crecimiento de la población también eso se acabará.

«¿Qué gran alma humana, qué gran pensamiento, qué gran causa noble, digna de adoración o de leal admiración, ha producido todavía América?» P. 25.

Ha duplicado su población cada veinte años, voilà tout.14

Así pues, a uno y otro lado del océano Atlántico la democracia es imposible para siempre. El universo mismo es una monarquía y una jerarquía. Ninguna nación en la que el deber divino y perpetuo de dirigir y controlar a los ignorantes no esté confiado al más noble, con su selecta fila de más nobles, tiene el reino de Dios ni corresponde a las leyes eternas de la naturaleza.

Ahora conocemos también el secreto, el origen y la necesidad de la democracia moderna. Consiste sencillamente en que el falso noble (sham-noble) ha sido elevado y consagrado por la tradición o por engaños de nuevo cuño.

¿Y quién ha de descubrir la verdadera piedra preciosa con todo su engaste de joyas y perlas humanas menores? Desde luego no el sufragio universal, pues solo el noble puede descubrir al noble. Y así declara Carlyle que Inglaterra posee todavía una multitud de tales nobles y «reyes», y en la p. 38 los invita a presentarse ante él.

Se ve que el «noble» Carlyle parte de una concepción completamente panteísta. Todo el proceso histórico no está condicionado por el desarrollo de las propias masas vivas, que depende, naturalmente, de presupuestos determinados y cambiantes, pero a su vez producidos históricamente; está condicionado por una ley natural eterna, inmutable para todos los tiempos, de la que hoy se aleja y a la que mañana vuelve a acercarse, y todo depende de conocerla correctamente. Este conocimiento correcto de la ley natural eterna es la verdad eterna; todo lo demás es falso. Con esta concepción, los antagonismos de clase reales, por distintos que sean en las distintas épocas, se disuelven todos en el único, grande y eterno antagonismo entre los que han desentrañado la ley natural eterna y obran conforme a ella, los sabios y nobles, y los que la entienden mal, la tergiversan y obran en contra de ella, los necios y los bribones. La diferencia de clase producida históricamente se convierte así en una diferencia natural, que hay que reconocer y venerar como parte de la propia ley natural eterna, inclinándose ante los nobles y sabios de la naturaleza: culto del genio. Toda la concepción del proceso de desarrollo histórico se aplana hasta quedar en la trivialidad chata de los iluminados y en la sabiduría francmasónica del siglo pasado, en la simple moraleja de La flauta mágica15 y en un saint-simonismo infinitamente degenerado y banalizado. Con ello vuelve, naturalmente, la vieja pregunta de quién debe propiamente gobernar, que se discute por extenso con una superficialidad de lo más trascendente y que finalmente se responde en el sentido de que deben gobernar los nobles, los sabios y los que saben, de lo que se desprende con toda naturalidad la conclusión de que hay que gobernar mucho, muchísimo, de que nunca se puede gobernar demasiado, puesto que gobernar es la revelación constante de la ley natural y su imposición frente a la masa. Pero ¿cómo se ha de descubrir a los nobles y sabios? Ningún milagro sobrenatural los revela; hay que buscarlos. Y aquí reaparecen las diferencias históricas de clase convertidas en diferencias puramente naturales. El noble es noble porque es sabio, porque sabe. Habrá que buscarlo, pues, entre las clases que tienen el monopolio de la cultura, entre las clases privilegiadas, y serán esas mismas clases las que tengan que encontrarlo en su seno y decidir sobre sus títulos al rango de noble y sabio. Con ello las clases privilegiadas se convierten en el acto, si no directamente en la clase noble y sabia, sí en la clase «articulada»; las clases oprimidas son, naturalmente, las «mudas, inarticuladas», y así queda sancionada de nuevo la dominación de clase. Toda esa indignadísima bravuconería se convierte en un reconocimiento algo encubierto de la dominación de clase existente, que solo rezonga y refunfuña porque los burgueses no asignan a sus genios incomprendidos un puesto a la cabeza de la sociedad y, por consideraciones muy prácticas, no hacen caso de las divagaciones exaltadas de estos señores. Por lo demás, Carlyle nos da ejemplos contundentes de cómo también aquí la palabrería altisonante se trueca en su contrario, de cómo el noble, el que sabe y el sabio se convierte en la práctica en el vulgar, el ignorante y el necio.

Como para él todo depende de un gobierno fuerte, arremete con la máxima indignación contra el clamor por la liberación y la emancipación:

«Seamos todos libres, el uno del otro. Libres, sin más lazo ni vínculo que el del pago al contado; un honrado salario diario por un honrado trabajo diario, fijado por contrato voluntario y por la ley de la oferta y la demanda: esto, se imagina uno, es la verdadera solución de todas las dificultades e injusticias que han surgido entre hombre y hombre. ¿Para enderezar la relación que existe entre dos hombres no hay otro método que suprimirla por completo?» P. 29.

Esta disolución completa de todos los lazos, de todas las relaciones entre los hombres, alcanza naturalmente su cúspide en la anarquía, la ley de la ausencia de ley, el estado en que el lazo de los lazos, el gobierno, está completamente cortado. Y a eso se aspira en Inglaterra como en el continente, e incluso en la «sólida Germania».

Así sigue despotricando Carlyle durante varias páginas, mezclando de un modo de lo más extraño la república roja, la fraternité, Louis Blanc, etc., con el free trade, la abolición de los aranceles del trigo, etc.16 Véanse las pp. 29-42. La destrucción de los restos del feudalismo que todavía se conservaban por tradición, la reducción del Estado a lo indispensable y a lo más barato posible, la aplicación completa de la libre competencia por los burgueses: todo eso Carlyle lo confunde y lo identifica, pues, con la abolición de esas mismas relaciones burguesas, con la supresión del antagonismo entre capital y trabajo asalariado, con el derrocamiento de la burguesía por el proletariado. ¡Brillante regreso a la «noche de lo absoluto», en la que todas las vacas son pardas!17 ¡Profunda ciencia del «que sabe», que no sabe la primera palabra de lo que pasa a su alrededor! ¡Extraña perspicacia, que cree abolidas todas las relaciones entre los hombres con la abolición del feudalismo o de la libre competencia! ¡Concienzuda indagación de la «ley natural eterna», que cree con toda seriedad que ya no nacerán niños en cuanto los padres no pasen antes por la alcaldía para «unirse» en matrimonio!

Tras este edificante ejemplo de la sabiduría que desemboca en la pura ignorancia, Carlyle nos da además la prueba de cómo la nobleza de alma que tanto se proclama se trueca en el acto en bajeza sin disfraz en cuanto desciende de su cielo de frases y sentencias al mundo de las relaciones reales.

«En todos los países europeos, y en especial en Inglaterra, se ha desarrollado ya hasta cierto punto una clase de capitanes y jefes de hombres, reconocible como el comienzo de una aristocracia nueva, real y no imaginaria: los capitanes de la industria, felizmente la clase que, antes que ninguna otra, hace falta en estos tiempos. Y, desde luego, del otro lado no faltan hombres que necesitan ser mandados: esa triste clase de hermanos nuestros que hemos descrito como los caballos emancipados de Hodge, reducidos a una miseria vagabunda; también esta clase se ha desarrollado en todos los países y se desarrolla cada vez más, en una funesta progresión geométrica, con una velocidad angustiosa. Por esta razón puede decirse con verdad que la organización del trabajo es la tarea vital universal del mundo.» Pp. 42-43.

Después de que Carlyle, en las primeras cuarenta páginas, ha desfogado una y otra vez toda su virtuosa ira contra el egoísmo, la libre competencia, la abolición de los lazos feudales entre hombre y hombre, la oferta y la demanda, el laissez faire, la hilatura del algodón, el pago al contado, etc., etc., nos encontramos ahora de repente con que los principales representantes de todos estos shams, los burgueses industriales, no solo pertenecen a los celebrados héroes y genios, sino que constituyen incluso la parte más inmediatamente necesaria de esos héroes; con que la baza final de todos sus ataques contra las relaciones y las ideas burguesas es la apoteosis de las personas burguesas. Más extraño parece que Carlyle, después de haber encontrado ya a los que mandan y a los mandados del trabajo, es decir, una determinada organización del trabajo, declare sin embargo que esa organización es un gran problema todavía por resolver. Pero no nos engañemos. No se trata de la organización de los obreros encuadrados, sino de la de los no encuadrados, de los obreros sin jefe, y esa Carlyle se la ha reservado para sí mismo. Al final de su folleto lo vemos aparecer de repente como primer ministro británico in partibus,18 convocar a los tres millones de mendigos irlandeses y de otras partes, desposeídos capaces de trabajar, nómadas o sedentarios, y a la asamblea nacional general de los indigentes británicos de fuera y de dentro del workhouse,19 y «arengarlos» en un discurso en el que primero repite a los desposeídos todo lo que ya había confiado antes al lector, y luego se dirige a la selecta concurrencia como sigue:

«¡Desposeídos e inútiles vagabundos, necios muchos de vosotros, criminales muchos de vosotros, miserables todos! Vuestra vista me llena de asombro y de desesperación. Aquí estáis cerca de tres millones, algunos de vosotros caídos en el abismo de la mendicidad directa y, terrible es decirlo, cada uno que cae carga con su peso tanto más la cadena que arrastra hacia allí a los demás. Al borde de este abismo cuelgan millones incontables, que aumentan, según me dicen, a razón de mil doscientos cada día, cayendo, cayendo uno tras otro, y la cadena se hace cada vez más pesada, y ¿quién podrá al final mantenerse en pie? ¿Qué hacer, pues, con vosotros?… Los demás, los que aún se tienen en pie, luchan con sus propios apuros, eso os lo puedo decir; pero vosotros, por falta de energía y exceso de apetito, por demasiado poco trabajo hecho y demasiada cerveza bebida, habéis demostrado que no podéis. Sabed que, sean quienes sean los hijos de la libertad, vosotros, por vuestra parte, no lo sois ni podéis serlo; sois palpablemente prisioneros, no hombres libres… Tenéis la naturaleza de esclavos o, si lo preferís, de siervos nómadas y vagabundos que no saben encontrar amo… No como gloriosos e infortunados hijos de la libertad, sino como notorios prisioneros, como desdichados hermanos caídos que piden que yo los mande y, si es preciso, los controle y los someta, podréis en adelante entrar en relación conmigo… Ante el cielo y la tierra y Dios, creador de todos nosotros, declaro un escándalo ver mantener semejante vida en vosotros con el sudor y la sangre del corazón de vuestros hermanos, y que, si no podemos enmendarlo, sería preferible la muerte… Alistaos en mis regimientos irlandeses, escoceses e ingleses de la nueva era, pobres bandidos errantes; obedeced, trabajad, sufrid, ayunad, como todos nosotros hemos tenido que hacer… Coroneles industriales, capataces, vigilantes, señores de vida y muerte, justos como Radamanto20 e inflexibles como él, eso es lo que necesitáis, y podréis encontrarlos en cuanto estéis sujetos a las ordenanzas militares… A cada uno de vosotros le diré entonces: Aquí tienes trabajo; ponte a él con valor, con obediencia viril y soldadesca y con buen ánimo, y atente a los métodos que aquí dicto: el salario te llegará sin dificultad… Niégate, retrocede ante el trabajo duro, desobedece las prescripciones, y te amonestaré y trataré de espolearte; si es en vano, te azotaré; si aun así es en vano, acabaré por fusilarte.» Pp. 46-55.

La nueva era, en la que reina el genio, se distingue, pues, de la vieja era sobre todo en que el látigo se imagina que es genial. El genio Carlyle se distingue del primer cancerbero de prisión o celador de pobres que se presente por la indignación virtuosa y la conciencia moral de que solo desuella a los indigentes para elevarlos a su altura. Vemos aquí al genio que tanto se proclama justificar y exagerar fantásticamente, en su cólera redentora del mundo, las infamias del burgués. Si la burguesía inglesa había asimilado a los indigentes a los criminales para disuadir de la indigencia, si había creado la ley de pobres de 1834,21 Carlyle acusa a los indigentes de alta traición porque la indigencia engendra la indigencia. Igual que antes la clase dominante surgida históricamente, la burguesía industrial, participaba del genio por el mero hecho de dominar, ahora toda clase oprimida, cuanto más oprimida está, tanto más excluida queda del genio, tanto más expuesta a la furia rabiosa de nuestro reformador incomprendido. Así aquí los indigentes. Pero su ira moralmente noble alcanza su cima frente a los absolutamente viles e innobles, los «bribones», es decir, los criminales. De ellos trata en el folleto sobre las cárceles modelo.

Este folleto solo se distingue del primero por una furia todavía mucho mayor, tanto más barata cuanto que se dirige contra los oficialmente expulsados de la sociedad existente, contra gente que está bajo llave y cerrojo; una furia que se despoja incluso del poco pudor que los burgueses corrientes todavía exhiben por decoro. Así como Carlyle establece en el primer panfleto una jerarquía completa de los nobles y va tras la pista del más noble de los nobles, aquí organiza una jerarquía igual de completa de los bribones y los viles y se afana en dar caza al peor de los peores, al mayor bribón de Inglaterra, para tener la voluptuosidad de ahorcarlo. Supongamos que lo atrapara y lo colgara: otro pasa a ser entonces el peor y hay que ahorcarlo a su vez, y luego a otro, hasta que por fin llega el turno a los nobles, y luego a los más nobles, y al final no queda nadie más que Carlyle, el más noble, que como perseguidor de los bribones es a la vez asesino de los nobles y ha asesinado también lo noble que había en los bribones; el más noble de los nobles, que de pronto se convierte en el más vil de los bribones y como tal tiene que ahorcarse a sí mismo. Con ello quedarían resueltas todas las cuestiones del gobierno, del Estado, de la organización del trabajo y de la jerarquía de lo noble, y la ley natural eterna se habría realizado por fin.

  1. Thomas Carlyle (1795-1881), historiador y ensayista escocés. Los Latter-Day Pamphlets aparecieron por entregas en 1850; los dos primeros, de febrero y marzo de ese año, son los que se reseñan aquí. La expresión del título alude a los «últimos días» del Apocalipsis. ↩

  2. La reseña de François Guizot, Pourquoi la révolution d'Angleterre a-t-elle réussi? (1850), publicada en el cuaderno II (febrero de 1850) de la misma revista. ↩

  3. The French Revolution: A History (1837); Oliver Cromwell's Letters and Speeches (1845); Chartism (1839); Past and Present (1843), libro que Engels había reseñado elogiosamente en 1844. ↩

  4. William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés, que oponía a la Inglaterra industrial una idealizada vieja Inglaterra campesina y católica. ↩

  5. On Heroes, Hero-Worship and the Heroic in History (1841), conferencias de Carlyle sobre los grandes hombres como motores de la historia. ↩

  6. Pecksniff, personaje de la novela de Dickens Martin Chuzzlewit (1843-1844), prototipo del hipócrita santurrón. ↩

  7. Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825), novelista alemán de estilo exuberante y digresivo, que Carlyle tradujo y divulgó en Inglaterra. ↩

  8. David Friedrich Strauss (1808-1874), teólogo y filósofo alemán, autor de La vida de Jesús (1835); en sus escritos posteriores practicó un culto del genio. ↩

  9. Pío IX, papa desde 1846, que en sus primeros años inició reformas en los Estados Pontificios y pasó por liberal, hasta la revolución romana de 1848. ↩

  10. Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781) y Jacques Necker (1732-1804), ministros de Hacienda de Luis XVI que intentaron reformas antes de la Revolución francesa. ↩

  11. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta y político, ministro de Asuntos Exteriores y figura principal del Gobierno provisional francés reunido en el Ayuntamiento de París (Hôtel de Ville) tras la revolución de febrero de 1848. ↩

  12. Senior (latín, «más viejo»), seigneur (francés, «señor») y alderman (inglés, concejal; literalmente «hombre más viejo»): palabras que designan al superior por su edad. ↩

  13. «Imposturas», «ilusiones», «fantasmas»: términos clave del vocabulario de Carlyle. ↩

  14. «Eso es todo» (en francés en el original). ↩

  15. La ópera de Mozart (1791), cuyo libreto está impregnado de simbolismo masónico. ↩

  16. Fraternité: «fraternidad», la consigna de 1848. Louis Blanc (1811-1882), socialista francés, miembro del Gobierno provisional de 1848. Free trade: el librecambio; la abolición de las leyes inglesas sobre el trigo (Corn Laws) se decidió en 1846. ↩

  17. Alusión al prólogo de la Fenomenología del espíritu de Hegel, que se burla de lo absoluto de Schelling como de «la noche en la que, como suele decirse, todas las vacas son negras». ↩

  18. In partibus infidelium, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis que no podían ocupar; de ahí, un cargo puramente nominal. ↩

  19. Casas de trabajo inglesas donde se internaba a los pobres que recibían asistencia, en condiciones deliberadamente penosas. ↩

  20. Radamanto, en la mitología griega, uno de los jueces de los muertos, símbolo de la justicia inflexible. ↩

  21. La nueva ley de pobres (Poor Law Amendment Act) de 1834, que suprimió la asistencia a domicilio y obligó a los pobres a ingresar en los workhouses. ↩