Reseña escrita por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres y publicada en el cuaderno IV (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Londres-Hamburgo). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 265-280), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas de Chenu y La Hodde se traducen de la versión alemana que dan los autores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Les Conspirateurs [Los conspiradores], por A. Chenu, excapitán de la guardia del ciudadano Caussidière. Las sociedades secretas; la prefectura de policía bajo Caussidière; los cuerpos francos. París, 1850.1
La naissance de la République en Février 1848 [El nacimiento de la República en febrero de 1848], por Lucien de la Hodde. París, 1850.
Nada sería más deseable que el que los hombres que estuvieron a la cabeza del partido del movimiento, ya fuera antes de la revolución en las sociedades secretas o en la prensa, ya más tarde en cargos oficiales, fueran por fin retratados con los recios colores de Rembrandt, con toda su vida. Las descripciones hechas hasta ahora nunca nos pintan a estos personajes en su figura real, sino solo en la oficial, con el coturno en los pies y la aureola en torno a la cabeza. En estos cuadros a lo Rafael, endiosados, se pierde toda la verdad de la representación.
Los dos escritos que tenemos delante quitan, es cierto, el coturno y la aureola con que solían aparecer hasta ahora los «grandes hombres» de la revolución de Febrero. Penetran en la vida privada de estos personajes, nos los muestran en bata, con todo su séquito de sujetos subalternos de muy diversa especie. Pero no por eso están menos lejos de una representación real y fiel de las personas y los acontecimientos. De sus autores, uno es un mouchard confeso de Luis Felipe desde hacía muchos años;2 el otro, un viejo conspirador de profesión cuyas relaciones con la policía son también muy equívocas y cuya capacidad de comprensión queda caracterizada ya por el hecho de que entre Rheinfelden y Basilea pretende haber visto «aquella espléndida cadena de los Alpes cuyas cumbres plateadas deslumbran la vista», y entre Kehl y Karlsruhe «los Alpes renanos, cuyas lejanas cumbres se perdían en el horizonte». De gente así, sobre todo cuando además escribe para justificarse personalmente, no cabe esperar, desde luego, más que una chronique scandaleuse más o menos recargada de la revolución de Febrero.
El señor de la Hodde trata de presentarse en su folleto como el espía de la novela de Cooper.3 Asegura que prestó un servicio a la sociedad paralizando durante ocho años las sociedades secretas. Pero del espía de Cooper al señor de la Hodde hay mucha, muchísima distancia. El señor de la Hodde, colaborador del Charivari, miembro del comité central de la Société des nouvelles Saisons desde 1839, corredactor de La Réforme desde su fundación y al mismo tiempo espía a sueldo del prefecto de policía Delessert,4 no está comprometido por nadie tanto como por Chenu. Su escrito está provocado directamente por las revelaciones de Chenu, pero se guarda muy bien de responder una sola sílaba a lo que Chenu dice del propio de la Hodde. Esta parte de las memorias de Chenu es, pues, auténtica por lo menos.
«En una de mis caminatas nocturnas», cuenta Chenu, «vi a de la Hodde que iba y venía por el muelle Voltaire. Llovía a cántaros, y esta circunstancia me dio que pensar. ¿Estaría por casualidad este querido de la Hodde sacando también de la caja de los fondos secretos? Pero me acordé de sus cantos, de sus magníficas estrofas sobre Irlanda y Polonia, y sobre todo de los violentos artículos que escribía en el periódico La Réforme» (mientras que el señor de la Hodde trata de presentarse como el que apaciguaba a La Réforme). «Buenas noches, de la Hodde, ¿qué diablos haces aquí a estas horas y con este tiempo espantoso? —Estoy esperando a un sinvergüenza que me debe dinero, y como pasa por aquí todas las noches a esta hora, me pagará, o si no…, y golpeó con fuerza con su bastón el pretil del muelle.»
De la Hodde trata de librarse de él y se encamina hacia el Pont du Carrousel. Chenu se aleja en dirección contraria, pero solo para esconderse bajo las arcadas del Instituto. De la Hodde vuelve enseguida, mira con cuidado a todos lados y vuelve a pasearse arriba y abajo.
«Un cuarto de hora después vi el coche con los dos farolillos verdes que me había señalado mi exagente» (un antiguo espía que en la cárcel había revelado a Chenu un montón de secretos y señas de reconocimiento de la policía). «Se detuvo en la esquina de la Rue des Vieux-Augustins. Bajó un hombre; de la Hodde fue derecho hacia él; hablaron un momento y vi a de la Hodde hacer el gesto de alguien que se mete dinero en el bolsillo. Después de este incidente hice todo lo posible por apartar a de la Hodde de nuestras reuniones y, sobre todo, por impedir que Albert cayera en una trampa, porque él era la piedra angular de nuestro edificio. Unos días después, La Réforme rechazó un artículo del señor de la Hodde. Su vanidad literaria quedó herida. Le aconsejé que se vengara fundando otro periódico. Siguió el consejo e incluso publicó con Pilhes y Dupoty el prospecto de una hoja, Le Peuple, y durante ese tiempo casi nos vimos libres de él.» Chenu, pp. 46-48.
Ya lo vemos: el espía de Cooper se convierte en el prostituto político de la peor especie, que acecha en la calle, bajo la lluvia, el pago de su cadeau5 por parte del primer officier de paix6 que se presente. Vemos además que no era de la Hodde, como él quisiera hacer creer, sino Albert7 quien estaba a la cabeza de las sociedades secretas. Así se desprende, en general, de toda la exposición de Chenu. El mouchard «en interés del orden» se transforma aquí de pronto en el escritor ofendido que se enoja porque en La Réforme no le admiten sin más los artículos del colaborador del Charivari, y que por eso rompe con La Réforme, un verdadero órgano de partido en el que podía ser útil a la policía, para fundar una nueva hoja en la que a lo sumo podía satisfacer su vanidad de literato. Como las prostitutas mediante cierto sentimiento, el mouchard trataba de salvarse de su sucia posición mediante sus pretensiones de escritor. El odio a La Réforme, que recorre todo su panfleto, se reduce al más trivial rencor de escritor. Por último, vemos que de la Hodde, en la época más importante de las sociedades secretas, poco antes de la revolución de Febrero, fue desplazado cada vez más de ellas; y eso explica por qué, en su exposición, y en total contraste con la de Chenu, esas sociedades decaen cada vez más en ese periodo.
Llegamos ahora a la escena en que Chenu describe el desenmascaramiento de las traiciones de de la Hodde después de la revolución de Febrero. El partido de La Réforme se había reunido, a invitación de Caussidière, en el Luxemburgo, en casa de Albert. Habían acudido Monnier, Sobrier, Grandmenil, de la Hodde, Chenu, etc. Caussidière abrió la reunión y luego dijo:
«Hay un traidor entre nosotros. Vamos a constituirnos en tribunal secreto para juzgarlo. Grandmenil, como el de más edad de los presentes, fue nombrado presidente, y Tiphaine secretario. Ciudadanos, prosiguió Caussidière en calidad de acusador público, durante mucho tiempo hemos acusado a buenos patriotas. Estábamos muy lejos de sospechar qué serpiente se había deslizado entre nosotros. Hoy he descubierto al verdadero traidor: ¡es Lucien de la Hodde! Este, que hasta entonces había permanecido sentado muy tranquilo, se levantó de un salto ante esta acusación directa. Hizo un movimiento hacia la puerta. Caussidière la cerró rápidamente, sacó una pistola y gritó: ¡Si te mueves, te salto la tapa de los sesos! De la Hodde protestó con fuego su inocencia. Bien, dijo Caussidière. Aquí hay un legajo que contiene mil ochocientos informes al prefecto de policía; y dio a cada uno de nosotros los informes que le concernían a él en particular. De la Hodde negó obstinadamente que estos informes, firmados Pierre, fueran suyos, hasta que Caussidière leyó la carta publicada en sus memorias,8 una carta en la que de la Hodde ofrecía sus servicios al prefecto de policía y que había firmado con su verdadero nombre. A partir de ese momento el desdichado ya no negó más; trató de disculparse por la miseria que le había inspirado la fatal idea de echarse en brazos de la policía. Caussidière le tendió la pistola, último recurso de salvación que le quedaba. De la Hodde suplicó entonces a sus jueces, gimoteó pidiendo su clemencia, pero ellos se mantuvieron inflexibles. Bocquet, uno de los presentes, que perdió la paciencia, cogió la pistola y se la tendió tres veces diciendo: Allons, ¡levántate la tapa de los sesos, cobarde, cobarde, o te mato yo mismo! Albert se la arrancó de la mano: ¡Pero piensa que un pistoletazo, aquí en el Luxemburgo, alarmaría a todo el mundo! Es verdad, gritó Bocquet, necesitamos veneno. ¿Veneno?, dijo Caussidière, he traído veneno, y de todas clases. Cogió un vaso, lo llenó de agua, la endulzó, echó luego dentro un polvo blanco y se lo ofreció a de la Hodde, que retrocedió estremecido: ¿Queréis entonces asesinarme? Pues sí, dijo Bocquet, bebe. De la Hodde daba miedo verlo. Sus facciones se pusieron lívidas, sus cabellos, muy rizados y bien peinados, se le erizaron en la cabeza. El sudor le inundaba la cara. Suplicaba, lloraba: ¡No quiero morir! Pero Bocquet, inflexible, seguía tendiéndole el vaso. Allons, bebe de una vez, dijo Caussidière, estarás en el infierno antes de que te des cuenta. ¡No, no, no beberé! Y en su trastorno añadió con un gesto terrible: ¡Oh, me vengaré de todas estas torturas!
Cuando se vio que toda apelación al point d'honneur9 era inútil, de la Hodde fue finalmente indultado por intercesión de Albert y llevado a la prisión de la Conciergerie.» Chenu, pp. 134-136.
El supuesto espía de Cooper se vuelve cada vez más miserable. Lo vemos aquí en toda su abyección, sin saber oponer a sus adversarios más resistencia que su cobardía. Lo que le reprochamos no es que no se pegara un tiro a sí mismo, sino que no se lo pegara al primero de sus adversarios que tuviera a mano. Después trata de salvarse con un escrito en el que intenta presentar toda la revolución como una mera escroquerie.10 El título adecuado de este escrito es: El policía desengañado. Demuestra que una revolución real es exactamente lo contrario de las ideas del mouchard, que, de acuerdo con los «hombres de acción», ve en toda revolución la obra de una pequeña camarilla. Mientras que todos los movimientos provocados de forma más o menos arbitraria por camarillas no pasaron de simples motines, de la propia exposición de de la Hodde se desprende, por un lado, que los republicanos oficiales todavía desesperaban, al comienzo de las jornadas de Febrero, de conquistar la república; por otro, que la burguesía tuvo que ayudar a conquistar la república sin quererla, que, por tanto, la república de Febrero fue traída necesariamente por las circunstancias que empujaron a la calle a las masas del proletariado, ajeno a toda camarilla, y que retuvieron en casa a la mayoría de la burguesía o la obligaron a una acción común con él. Por lo demás, lo que cuenta de la Hodde es pobrísimo y se reduce a los chismes más banales. Solo hay una escena interesante: la reunión de los demócratas oficiales en el local de La Réforme la noche del 21 de febrero, en la que los jefes se pronunciaron decididamente en contra de un ataque violento. El contenido de sus discursos atestigua todavía en conjunto, para aquel día, una comprensión acertada de la situación. Lo único ridículo es la forma altisonante y la pretensión posterior de esa misma gente de haber provocado la revolución desde el principio con conciencia e intención. Lo peor que de la Hodde puede decir de ellos, por lo demás, es que lo toleraron entre ellos tanto tiempo.
Pasemos a Chenu. ¿Quién es el señor Chenu? Es un viejo conspirador, implicado desde 1832 en todos los motines y bien conocido de la policía. Llamado a filas, deserta pronto y permanece sin ser descubierto en París, a pesar de volver a participar en conspiraciones y en el motín de 1839. En 1844 se presenta en su regimiento y, cosa extraña, a pesar de sus bien conocidos antecedentes, el general de división le dispensa del consejo de guerra. Más aún: no cumple su tiempo de servicio en el regimiento, sino que puede volver a París. En 1847 está implicado en la conspiración de las bombas incendiarias;11 escapa a un intento de detención, pero no por eso deja de quedarse en París, aunque se le condena in contumaciam12 a cuatro años. Solo cuando sus compañeros de conspiración lo acusan de estar en relación con la policía se marcha a Holanda, de donde regresa el 21 de febrero de 1848. Tras la revolución de Febrero se hace capitán en la guardia de Caussidière. Caussidière pronto sospecha de él (una sospecha que tiene mucha verosimilitud) que está en relación con la policía especial de Marrast,13 y lo aleja sin mucha resistencia a Bélgica y más tarde a Alemania. El señor Chenu se deja encuadrar de bastante buena gana, sucesivamente, en los cuerpos francos belga, alemán y polaco.14 Y todo esto en un momento en que el poder de Caussidière ya empezaba a tambalearse, y aunque Chenu pretende haberlo dominado por completo; así, afirma que una vez que estuvo detenido lo obligó, con una carta amenazadora, a ponerlo inmediatamente en libertad. Basta esto en cuanto al carácter y la credibilidad de nuestro autor.
Las masas de afeite y pachulí bajo las que las prostitutas tratan de sofocar los aspectos menos atractivos de su existencia física se encuentran reproducidas literariamente en el bel esprit15 con que de la Hodde perfuma su panfleto. El carácter literario del libro de Chenu, en cambio, recuerda a menudo a Gil Blas16 por la ingenuidad y la viveza de la narración. Así como Gil Blas, en las aventuras más diversas, sigue siendo siempre un criado y lo juzga todo con la medida del criado, Chenu sigue siendo siempre, desde el motín de 1832 hasta su salida de la prefectura, el mismo conspirador subalterno, cuya estrechez de miras particular se distingue por lo demás con mucha precisión de las reflexiones chatas del faiseur literario que le asignó el Elíseo.17 Es evidente que tampoco en Chenu puede hablarse de comprensión del movimiento revolucionario. Por eso, en su escrito solo siguen teniendo interés los capítulos en los que describe, con mayor o menor desenfado, lo que vio con sus propios ojos: los conspiradores y el héroe Caussidière.
Es conocida la inclinación de los pueblos latinos a las conspiraciones y el papel que estas han desempeñado en la historia moderna de España, Italia y Francia. Tras las derrotas de los conspiradores españoles e italianos a comienzos de la década de 1820,18 Lyon y, sobre todo, París se convirtieron en los centros de las asociaciones revolucionarias. Es sabido cómo, hasta 1830, los burgueses liberales estuvieron a la cabeza de las conspiraciones contra la Restauración. Después de la revolución de Julio ocupó su lugar la burguesía republicana; el proletariado, educado en la conspiración ya bajo la Restauración, pasó a primer plano a medida que los burgueses republicanos se apartaban de las conspiraciones, escarmentados por los inútiles combates callejeros. La Société des saisons, con la que Barbès y Blanqui hicieron el motín de 1839,19 era ya exclusivamente proletaria, y lo mismo las nouvelles saisons formadas tras la derrota, a cuya cabeza se puso Albert y en las que participaron Chenu, de la Hodde, Caussidière, etc. La conspiración estaba constantemente en relación, a través de sus jefes, con los elementos pequeñoburgueses representados en La Réforme, pero siempre se mantuvo muy independiente. Estas conspiraciones nunca abarcaron, naturalmente, a la gran masa del proletariado de París. Se limitaban a un número relativamente pequeño y siempre fluctuante de miembros, compuesto en parte por viejos conspiradores estables, que cada sociedad secreta transmitía regularmente a la que la sucedía, y en parte por obreros recién reclutados.
Entre estos viejos conspiradores, Chenu describe casi exclusivamente la clase a la que él mismo pertenece: los conspiradores de profesión. Con el desarrollo de las conspiraciones proletarias surgió la necesidad de la división del trabajo; los miembros se dividieron en conspiradores ocasionales, conspirateurs d'occasion, es decir, obreros que solo se dedicaban a la conspiración junto con su ocupación habitual, que solo acudían a las reuniones y estaban dispuestos a presentarse en el punto de reunión a la orden de los jefes, y en conspiradores de profesión, que dedicaban toda su actividad a la conspiración y vivían de ella. Estos formaban la capa intermedia entre los obreros y los jefes, y a menudo se colaban incluso entre estos últimos.
La situación vital de esta clase determina ya de antemano todo su carácter. La conspiración proletaria solo les ofrece, naturalmente, unos medios de existencia muy limitados e inseguros. Por eso se ven constantemente obligados a echar mano de las cajas de la conspiración. Algunos de ellos entran también en conflicto directo con la sociedad burguesa en general y comparecen con mayor o menor decoro ante los tribunales correccionales. Su existencia vacilante, que en cada caso depende más del azar que de su actividad, su vida desordenada, cuyas únicas estaciones fijas son las tabernas de los marchands de vin —los lugares de cita de los conjurados—, sus inevitables tratos con toda clase de gente equívoca, los sitúan en ese círculo de vida que en París se llama la bohème. Estos bohemios demócratas de origen proletario —hay también una bohemia demócrata de origen burgués, los vagos demócratas y piliers d'estaminet—20 son, pues, o bien obreros que han abandonado su trabajo y con ello se han vuelto disolutos, o bien sujetos que salen del lumpenproletariado y llevan a su nueva existencia todos los hábitos disolutos de esa clase. Se comprende que, en estas circunstancias, en casi todos los procesos por conspiración aparezcan implicados un par de repris de justice.21
Toda la vida de estos conspiradores de profesión lleva el sello más marcado de la bohemia. Sargentos de reclutamiento de la conspiración, van de marchand de vin en marchand de vin, toman el pulso a los obreros, escogen a su gente, la engatusan para meterla en la conspiración y hacen que la caja de la sociedad o el nuevo amigo carguen con los gastos del inevitable consumo de litros que ello supone. El marchand de vin es, en general, su verdadero posadero. En su casa pasa el conspirador la mayor parte del tiempo; allí tiene sus citas con sus colegas, con la gente de su sección, con los que hay que reclutar; allí, en fin, se celebran las reuniones secretas de las secciones y de los jefes de sección (grupos). El conspirador, de naturaleza ya muy alegre como todos los proletarios de París, se convierte pronto en esta atmósfera ininterrumpida de taberna en el más completo bambocheur.22 El sombrío conspirador, que en las sesiones secretas hace gala de una severidad de virtud espartana, se ablanda de repente y se transforma en un parroquiano conocido en todas partes, que sabe apreciar muy bien el vino y el sexo femenino. Este humor de taberna se ve todavía acrecentado por los constantes peligros a los que está expuesto el conspirador; en cualquier momento pueden llamarlo a la barricada, y allí puede caer; a cada paso la policía le tiende trampas que pueden llevarlo a la cárcel o incluso a galeras. Esos peligros son precisamente lo que da su atractivo al oficio; cuanto mayor es la inseguridad, tanto más se apresura el conspirador a aferrarse al goce del momento. Al mismo tiempo, la costumbre del peligro lo vuelve sumamente indiferente a la vida y a la libertad. En la cárcel está como en su casa, igual que en la del marchand de vin. Cada día espera la orden de lanzarse. La temeridad desesperada que aparece en toda insurrección parisina la aportan precisamente estos viejos conspiradores de profesión, los hommes de coups de main.23 Son ellos los que levantan y mandan las primeras barricadas, los que organizan la resistencia, los que dirigen el saqueo de las armerías y la requisa de armas y municiones en las casas, y los que en plena insurrección llevan a cabo esos golpes de mano audaces que tantas veces desconciertan al partido del gobierno. En una palabra, son los oficiales de la insurrección.
Se comprende que estos conspiradores no se limiten a organizar al proletariado revolucionario en general. Su oficio consiste precisamente en adelantarse al proceso de desarrollo revolucionario, en empujarlo artificialmente a la crisis, en hacer una revolución improvisada, sin las condiciones de una revolución. Para ellos la única condición de la revolución es la organización suficiente de su conspiración. Son los alquimistas de la revolución y comparten por entero el trastorno de ideas y la estrechez de miras, aferrada a ideas fijas, de los antiguos alquimistas. Se lanzan sobre invenciones que han de obrar milagros revolucionarios: bombas incendiarias, máquinas destructoras de efecto mágico, motines que han de resultar tanto más milagrosos y sorprendentes cuanto menos fundamento racional tengan. Ocupados en semejantes proyectos, no tienen más fin que el más inmediato, el derrocamiento del gobierno existente, y desprecian profundamente la ilustración más bien teórica de los obreros sobre sus intereses de clase. De ahí su irritación, no proletaria sino plebeya, contra los habits noirs,24 la gente más o menos culta que representa ese aspecto del movimiento, de la que, sin embargo, al ser esta la representante oficial del partido, nunca pueden independizarse del todo. Los habits noirs tienen que servirles también de vez en cuando como fuente de dinero. Por lo demás, se comprende que los conspiradores tengan que seguir, de grado o por fuerza, el desarrollo del partido revolucionario.
El rasgo principal de la vida de los conspiradores es su lucha con la policía, con la que tienen exactamente la misma relación que los ladrones y las prostitutas. La policía tolera las conspiraciones, y no solo como un mal necesario: las tolera como centros fáciles de vigilar en los que se reúnen los elementos revolucionarios más violentos de la sociedad, como talleres del motín, que en Francia se ha convertido en un medio de gobierno tan necesario como la propia policía, y, por último, como lugar de reclutamiento de sus propios mouchards políticos. Igual que los cazadores de rateros más útiles, los Vidocq25 y compañía, se sacan de la clase de los granujas de alto y bajo vuelo, de los ladrones, escrocs26 y falsos quebrados, y a menudo vuelven a caer en su antiguo oficio, la baja policía política se recluta entre los conspiradores de profesión. Los conspiradores mantienen un contacto incesante con la policía, chocan con ella a cada momento; dan caza a los mouchards igual que los mouchards les dan caza a ellos. El espionaje es una de sus ocupaciones principales. No es de extrañar, pues, que el pequeño salto del conspirador de oficio al espía de policía a sueldo, facilitado por la miseria y la cárcel, por las amenazas y las promesas, se dé con tanta frecuencia. De ahí el ilimitado sistema de sospechas en las conspiraciones, que ciega por completo a sus miembros y les hace ver mouchards en sus mejores hombres y a sus hombres de mayor confianza en los verdaderos mouchards. Es evidente que estos espías reclutados entre los conspiradores se enredan con la policía casi siempre con la buena fe de que podrán engañarla, que durante un tiempo consiguen desempeñar un doble papel hasta que van cayendo cada vez más en las consecuencias de su primer paso, y que la policía es a menudo engañada de verdad por ellos. Por lo demás, que un conspirador de estos caiga en las trampas de la policía depende de circunstancias puramente casuales y de una diferencia más cuantitativa que cualitativa en la firmeza de carácter.
Estos son los conspiradores que Chenu nos presenta a menudo con mucha viveza y cuyo carácter describe, unas veces de grado y otras a su pesar. Él mismo, por lo demás, hasta en sus no del todo claras relaciones con la policía de Delessert y con la de Marrast, es la imagen más palmaria de un conspirador de oficio.
En la misma medida en que el propio proletariado de París pasó a primer plano como partido, estos conspiradores perdieron influencia dirigente, se dispersaron, encontraron una competencia peligrosa en sociedades secretas proletarias que no tenían por objeto la insurrección inmediata, sino la organización y el desarrollo del proletariado. Ya la insurrección de 1839 tuvo un carácter decididamente proletario y comunista. Pero tras ella se produjeron las escisiones de las que tanto se quejan los viejos conspiradores; escisiones que nacieron de la necesidad de los obreros de entenderse acerca de sus intereses de clase y que se manifestaron en parte en las propias conspiraciones antiguas y en parte en nuevas asociaciones de propaganda. La agitación comunista que Cabet27 emprendió con fuerza poco después de 1839 y las cuestiones en disputa que surgieron dentro del partido comunista pronto desbordaron a los conspiradores. Tanto Chenu como de la Hodde reconocen que los comunistas eran, en el momento de la revolución de Febrero, con mucho la fracción más fuerte del proletariado revolucionario. Para no perder su influencia sobre los obreros, y con ella su contrapeso frente a los habits noirs, los conspiradores tuvieron que seguir este movimiento y adoptar ideas socialistas o comunistas. Así surgió ya antes de la revolución de Febrero la oposición entre las conspiraciones obreras, representadas por Albert, y la gente de La Réforme, la misma oposición que poco después se reprodujo en el Gobierno provisional. Por lo demás, no se nos ocurre confundir a Albert con estos conspiradores. De ambos escritos se desprende que Albert supo mantener una posición personal independiente por encima de estos instrumentos suyos y que no pertenece en modo alguno a la clase de gente que practicaba la conspiración como medio de vida.
El asunto de las bombas de 1847, un asunto en el que la policía intervino directamente más que en todos los anteriores, dispersó por fin a los más obstinados y absurdos de los viejos conspiradores y lanzó a sus antiguas secciones al movimiento proletario directo.
A estos conspiradores de profesión, a la gente más violenta de sus secciones y a los détenus politiques28 de origen proletario, en su mayoría también viejos conspiradores, los volvemos a encontrar después de la revolución de Febrero como montagnards en la prefectura de policía.29 Pero los conspiradores forman el núcleo de toda la sociedad. Se comprende que esta gente, reunida aquí de golpe y armada, casi siempre en plena confianza con sus prefectos y sus oficiales, tuviera que formar un cuerpo bastante turbulento. Así como la Montaña de la Asamblea Nacional era la parodia de la antigua Montaña y demostró de la manera más palmaria con su impotencia que las viejas tradiciones revolucionarias de 1793 ya no bastan hoy, los montagnards de la prefectura de policía, reproducción de los antiguos sans-culottes, demostraron que en la revolución moderna tampoco basta ya esta parte del proletariado y que solo el proletariado en su conjunto puede llevarla a cabo.
Chenu describe con gran viveza la vida de sans-culottes de esta honorable sociedad en la prefectura. Estas escenas humorísticas, en las que el señor Chenu participó a todas luces activamente, son a veces un tanto disparatadas, pero muy explicables dado el carácter de los viejos bambocheurs conspiradores, y constituyen un contrapunto necesario e incluso sano de las orgías de la burguesía en los últimos años de Luis Felipe.
Citamos solo un ejemplo del relato de su instalación en la prefectura.
«Al despuntar el día vi llegar poco a poco a los jefes de grupo con su gente, pero casi todos desarmados. Se lo hice notar a Caussidière. Ya les conseguiré armas, dijo. Busca un sitio adecuado para acuartelarlos en la prefectura. Cumplí enseguida este encargo y los mandé a ocupar el puesto de los antiguos sargentos municipales, donde yo había sido tratado tan indignamente en otro tiempo. Un momento después los vi volver a la carrera. ¿Adónde vais?, les pregunté. El puesto está ocupado por un enjambre de sargentos municipales, me respondió Devaisse; duermen tranquilamente, y buscamos instrumentos para despertarlos y echarlos fuera. Se armaron entonces con todo lo que les cayó en las manos: baquetas, vainas de sable, correas que doblaron y palos de escoba. Luego mis muchachos, que todos tenían más o menos de qué quejarse de la insolencia y brutalidad de los durmientes, se lanzaron sobre ellos con el brazo en alto y durante más de media hora les dieron una lección tan dura que algunos estuvieron enfermos bastante tiempo. A sus gritos de angustia acudí corriendo, y solo a duras penas logré abrir la puerta, que los montagnards tenían prudentemente cerrada por dentro. Valía la pena ver entonces a los sargentos municipales precipitarse medio desnudos al patio; bajaban la escalera de un salto, y bien les vino conocer todos los recovecos de la prefectura para desaparecer de la vista de sus enemigos, que los acosaban. Una vez dueños de la plaza, cuya guarnición habían relevado con tanta cortesía, nuestros montagnards se adornaron, orgullosos de su victoria, con los despojos de los vencidos, y durante mucho tiempo se los vio pasearse arriba y abajo por el patio de la prefectura, con la espada al costado, el capote sobre el hombro y la cabeza adornada con el sombrero de tres picos, antaño tan temido por la mayoría de ellos.» Pp. 83-85.
Ya conocemos a los montagnards; llegamos a su jefe, el héroe de la epopeya de Chenu: Caussidière.30 Chenu nos lo presenta con tanta mayor frecuencia cuanto que es contra él contra quien va dirigido en realidad todo el libro.
Los principales reproches que se hicieron a Caussidière se refieren a su conducta moral, a letras de cambio de complacencia y otros pequeños intentos de procurarse dinero, como los que pueden ocurrirle, y le ocurren, a cualquier commis voyageur31 endeudado y amigo de la buena vida en París. Que las estafas, el afán de lucro, las trampas y las jugadas de bolsa sobre las que descansa todo el comercio rocen más o menos el Código Penal depende únicamente, en general, de la magnitud del capital. Sobre los golpes de bolsa y el engaño a la china que caracterizan en especial al comercio francés, véanse, por ejemplo, las picantes descripciones de Fourier en los Quatre mouvements, la Fausse industrie, el Traité de l'unité universelle y sus escritos póstumos.32 El señor Chenu ni siquiera intenta demostrar que Caussidière explotara su cargo de prefecto de policía para sus fines privados. En general, un partido puede darse por satisfecho si sus adversarios victoriosos se ven reducidos a revelar tales miserias de moral mercantil. ¡Los pequeños experimentos del commis voyageur Caussidière y los grandiosos escándalos de la burguesía en 1847,33 qué contraste! Todo el ataque solo tiene sentido en la medida en que Caussidière pertenecía al partido de La Réforme, que trataba de encubrir su falta de energía y de inteligencia revolucionarias con protestas republicanas de virtud y una sombría seriedad de convicciones.
Caussidière es, entre los jefes de la revolución de Febrero, la única figura que divierte. En su calidad de loustic34 de la revolución, era el jefe más apropiado para los viejos conspiradores de oficio. Sensual y humorista, antiguo parroquiano de cafés y tabernas de las más diversas clases, que vivía y dejaba vivir, militarmente valiente además, que ocultaba bajo una campechanía ancha de espaldas y desenvuelta una gran astucia, una reflexión ladina y una fina observación, poseía cierto tacto revolucionario y una energía revolucionaria. Caussidière era entonces un auténtico plebeyo, que odiaba por instinto a la burguesía y compartía en el más alto grado todas las pasiones plebeyas. Apenas instalado en la prefectura, ya conspira contra Le National,35 sin descuidar por ello la cocina y la bodega de su predecesor. Se organiza enseguida una fuerza militar, se asegura un periódico, lanza clubes, reparte los papeles y en general actúa en los primeros momentos con gran seguridad. En veinticuatro horas la prefectura se ha convertido en una fortaleza en la que puede desafiar a sus enemigos. Pero todos sus planes se quedan en meros proyectos o desembocan en la práctica en puras bromas plebeyas sin resultado. Cuando las contradicciones se agudizan, comparte la suerte de su partido, que se queda indeciso en el medio, entre la gente de Le National y los revolucionarios proletarios como Blanqui. Sus montagnards se dividen; los viejos bambocheurs se le van de las manos y ya no hay quien los refrene, mientras que la parte revolucionaria se pasa a Blanqui. El propio Caussidière se aburguesa cada vez más en su posición oficial de prefecto y representante; el 15 de mayo se mantiene prudentemente al margen y se justifica en la Cámara de manera irresponsable; el 23 de junio deja directamente en la estacada a la insurrección.36 En recompensa, naturalmente, se le aparta de la prefectura y poco después se le manda al exilio.
Ofrecemos a continuación algunos de los pasajes más característicos de Chenu y de de la Hodde sobre Caussidière.
Apenas instalado de la Hodde por Caussidière, la noche del 24 de febrero, como secretario general de la prefectura, este le dice:
«“Necesito aquí gente sólida. La tienda administrativa seguirá funcionando más o menos; he conservado provisionalmente a los antiguos funcionarios; en cuanto los patriotas se hayan formado, los balancearemos.37 Eso es lo de menos. Se trata de hacer de la prefectura la ciudadela de la revolución; instruid a nuestra gente en este sentido; que vengan todos aquí. Si tenemos aquí mil camaradas fornidos, tendremos cogido al gato por la cola. Ledru-Rollin, Flocon, Albert y yo nos entendemos, y espero que la cosa salga. Le National tiene que caer. Hecho esto, ya republicanizaremos el país, quiera o no quiera.”
Poco después vino a hacer una visita Garnier-Pagès, alcalde de París, bajo cuyas órdenes Le National había puesto la policía, y propuso a Caussidière que, en lugar del desagradable puesto de la prefectura, aceptara mejor el mando del palacio de Compiègne. Caussidière le respondió con la vocecita aflautada de que disponía y que contrastaba tan curiosamente con sus anchas espaldas: “¿Yo, a Compiègne? Imposible. Es necesario que me quede aquí. Tengo ahí abajo varios cientos de muchachos de buen talante que trabajan con ganas; espero otros tantos más. Si os falta buena voluntad o valor en el Hôtel de Ville, os podré ayudar. ¡Ja, ja, la révolution fera son petit bonhomme de chemin, il le faudra bien!”38 “¿La revolución? ¡Pero si ya está hecha!” “¡Bah, si todavía no ha empezado!” El pobre alcalde se quedó como un pasmarote.» De la Hodde, p. 72.
Entre las escenas más divertidas que describe Chenu figura la recepción de los comisarios de policía y de los officiers de paix por el nuevo prefecto, que estaba precisamente a la mesa cuando se los anunciaron.
«Que esperen, dijo Caussidière, el prefecto está trabajando. Siguió trabajando una buena media hora y luego dispuso la escenografía para la recepción de los señores comisarios, que entretanto aguardaban a lo largo de la escalera principal. Caussidière se sentó majestuosamente en su sillón, con su gran sable al costado. Dos montagnards feroces, con cara de caníbales, guardaban la puerta, el mosquete al pie y la pipa en la boca. Dos capitanes con el sable desenvainado estaban a cada lado de su escritorio. Además, en el salón se agrupaban todos los jefes de sección y los republicanos que formaban su estado mayor; todos armados con grandes sables y pistolas de caballería, con fusiles y escopetas de caza. Todo el mundo fumaba, y la nube de humo que llenaba el salón ensombrecía aún más los rostros y daba a esta escena una fisonomía verdaderamente aterradora. En el centro se había dejado libre un espacio para los comisarios. Todos se cubrieron, y Caussidière dio orden de hacerlos pasar. Estos pobres comisarios no deseaban otra cosa, pues estaban expuestos a las groserías y amenazas de los montagnards, que querían guisarlos en todas las salsas posibles. Banda de canallas, rugían, ¡ahora os tenemos nosotros a vosotros! ¡Ya no salís de aquí, aquí os dejáis el pellejo! Al entrar en el despacho del prefecto creyeron caer de Escila en Caribdis. El primero que puso el pie en el umbral pareció vacilar un instante. No sabía bien si avanzar o retroceder, tan sombrías eran las miradas que se dirigían a él. Por fin se atrevió, dio un paso adelante y saludó, otro paso y saludó más profundamente, otro paso más y saludó más profundamente todavía. Cada uno hizo su entrada con profundas reverencias ante el terrible prefecto, que recibía todos estos homenajes fría y silenciosamente, con la mano apoyada en la empuñadura de su sable. Los comisarios contemplaban esta extraña exhibición con ojos desorbitados. Algunos, a los que el terror turbaba y que sin duda querían hacernos la corte, encontraron el cuadro imponente, majestuoso. ¡Silencio!, ordenó un montagnard con voz sepulcral. Cuando hubieron entrado todos, Caussidière, que hasta entonces había permanecido mudo e inmóvil, rompió el silencio y dijo con su voz más terrible:
“Hace ocho días esperabais cualquier cosa menos encontrarme aquí, en este sitio, rodeado de amigos fieles. Ahora son ellos vuestros amos, estos republicanos de cartón, como antes los llamabais. Tembláis ante aquellos a los que colmasteis del trato más innoble. Usted, Vassal, fue el séide39 más vil del gobierno derrocado, el perseguidor más encarnizado de los republicanos, y ahora ha caído en manos de sus enemigos más implacables, pues no hay aquí presente nadie que haya escapado a sus persecuciones. Si quisiera escuchar las justas reclamaciones que se me dirigen, tomaría represalias; prefiero olvidar. Volved todos a vuestras funciones; pero si alguna vez me entero de que os prestáis a cualquier trapacería reaccionaria, os aplastaré como a sabandijas. ¡Idos!”
Los comisarios habían recorrido toda la escala del terror y, contentos de salir del paso con un sermón del prefecto, se largaron muy alegres. Los montagnards, que los esperaban al pie de la escalera, los acompañaron con una ruidosa cencerrada hasta el final de la Rue de Jérusalem. Apenas había desaparecido el último cuando soltamos una enorme carcajada. Caussidière estaba radiante y se reía más que todos los demás de la magnífica jugada que había hecho a sus comisarios.» Chenu, pp. 87-90.
Después del 17 de marzo,40 en el que Caussidière había tenido mucha parte, dijo a Chenu:
«Puedo levantar a las masas a mi antojo y lanzarlas contra la burguesía.» Chenu, p. 140.
En general, Caussidière nunca llegó con sus adversarios más allá de jugar a meterles miedo.
Por último, sobre la relación de Caussidière con los montagnards dice Chenu:
«Cuando le hablaba a Caussidière de los excesos a los que se entregaba su gente, suspiraba, pero tenía las manos atadas. La mayoría había compartido su vida, él había compartido su miseria y sus alegrías, varios le habían prestado servicios. Si no podía tenerlos a raya, era consecuencia de su propio pasado.» P. 97.
Recordamos a nuestros lectores que estos dos libros se escribieron en la época de la agitación por las elecciones del 10 de marzo. Cuál fue su efecto se desprende del resultado electoral: la brillante victoria de los rojos.41
Adolphe Chenu, conspirador parisino y, como luego se supo, confidente de la policía; Lucien de la Hodde (1808-1865), periodista republicano y espía de la policía de Luis Felipe, desenmascarado en 1848. Marc Caussidière (1808-1861), republicano, prefecto de policía de París de febrero a mayo de 1848; tras las jornadas de junio huyó a Inglaterra. ↩
Mouchard: soplón, espía de la policía (en francés en el original, como otras palabras que señalamos en cursiva). ↩
El espía (The Spy, 1821), novela de James Fenimore Cooper cuyo protagonista sirve a la causa de la independencia americana fingiéndose espía de los ingleses. ↩
Le Charivari, periódico satírico de París; La Réforme, diario republicano demócrata (1843-1850) de Ledru-Rollin y Flocon; la Société des nouvelles Saisons, sociedad secreta republicana formada tras el fracaso del levantamiento de 1839. Gabriel Delessert (1786-1858), prefecto de policía de París de 1836 a 1848. ↩
«Regalo», aquí: su recompensa. ↩
Oficial de policía de paz, un agente de policía. ↩
Albert (Alexandre Martin, 1815-1895), obrero mecánico, miembro de sociedades secretas y del Gobierno provisional de 1848. ↩
Marc Caussidière, Mémoires, publicadas en 1849. ↩
Pundonor. ↩
Estafa. ↩
El proceso de 1847 contra un grupo de conspiradores parisinos acusados de fabricar bombas incendiarias. ↩
En rebeldía. ↩
Armand Marrast (1801-1852), republicano moderado del diario Le National, miembro del Gobierno provisional y alcalde de París en 1848. ↩
Las legiones de emigrados belgas, alemanes y polacos que salieron de París en la primavera de 1848 para llevar la revolución a sus países. ↩
Afectación de ingenio. ↩
Historia de Gil Blas de Santillana (1715-1735), novela picaresca de Alain-René Lesage. ↩
Faiseur: aquí, el escritor a sueldo que redactó el libro. El Elíseo era la residencia del presidente Luis Bonaparte. ↩
La revolución española de 1820-1823 y los levantamientos de los carbonarios en Nápoles y el Piamonte en 1820-1821. ↩
El levantamiento de la Société des saisons en París, el 12 de mayo de 1839, dirigido por Armand Barbès (1809-1870) y Louis Auguste Blanqui (1805-1881). ↩
«Pilares de cervecería»: parroquianos asiduos de las tabernas. ↩
Personas con antecedentes penales. ↩
Juerguista, amigo de la francachela. ↩
Hombres de golpes de mano. ↩
«Fraques negros»: los intelectuales y burgueses del partido. ↩
Eugène François Vidocq (1775-1857), antiguo presidiario que fue jefe de la policía de seguridad de París. ↩
Estafadores. ↩
Étienne Cabet (1788-1856), comunista utópico francés, autor del Viaje a Icaria (1840). ↩
Presos políticos. ↩
La guardia de la prefectura de policía formada por Caussidière en 1848 con viejos conspiradores y presos políticos liberados recibió el nombre de montagnards, en recuerdo de la Montaña de la Convención de 1793. ↩
Véase la nota 1. ↩
Viajante de comercio. ↩
Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés: Théorie des quatre mouvements et des destinées générales (1808), La fausse industrie morcelée, répugnante, mensongère (1835-1836), Traité de l'association domestique-agricole (1822), reeditado en 1841-1843 como Théorie de l'unité universelle. Sus escritos póstumos se publicaron desde 1845. ↩
Los escándalos de corrupción de los últimos años de la monarquía de Julio, como el proceso de los antiguos ministros Teste y Cubières en 1847. ↩
Bromista, gracioso. ↩
Le National, diario de los republicanos burgueses moderados, cuya gente (Marrast, Garnier-Pagès y otros) dominaba el Gobierno provisional. ↩
El 15 de mayo de 1848, una manifestación popular invadió la Asamblea Nacional y fue seguida de la detención de Barbès, Blanqui y Albert; el 23 de junio comenzó la insurrección obrera de París. ↩
Es decir, los echaremos. ↩
«¡La revolución seguirá su caminito, no tendrá más remedio!» ↩
Fanático (del nombre de un personaje de la tragedia Mahomet de Voltaire). ↩
La manifestación obrera del 17 de marzo de 1848 en París, que exigió el aplazamiento de las elecciones. ↩
Las elecciones parciales del 10 de marzo de 1850 en París, en las que salieron elegidos los candidatos socialdemócratas. ↩