Publicado sin firma en el cuaderno 2 (febrero de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; la primera parte está fechada en Londres el 31 de enero de 1850 y la segunda es posterior al 6 de febrero. La MEW la recoge entre los escritos de Marx y Engels; la precisión entre corchetes del título es de sus editores. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 213-225), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de los autores. Texto original en alemán.

A tout seigneur, tout honneur.1 Empecemos por Prusia.

El rey de Prusia hace todo lo posible para empujar el momento actual de tibio pacto y de compromisos insuficientes hacia una crisis. Otorga una Constitución y, tras diversos contratiempos, consigue reunir dos Cámaras que revisan esa Constitución. Para que la Constitución le parezca a la Corona bien aceptable, las Cámaras tachan todo artículo que pudiera resultarle de algún modo chocante, y creen que ahora el rey jurará la Constitución en el acto. Pero al contrario. Para dar a las Cámaras una prueba de su «escrupulosidad regia», Federico Guillermo publica un mensaje en el que hace nuevas propuestas para mejorar la Constitución, propuestas cuya aceptación quitaría al documento mencionado hasta la última apariencia de las más mínimas de las llamadas garantías burguesas constitucionales.2 El rey espera que las Cámaras rechacen estas propuestas; al contrario. Si las Cámaras se habían equivocado con la Corona, ahora procuraron que la Corona tuviera que equivocarse con ellas. Lo aceptan todo, todo, la Cámara de los pares y el tribunal de excepción, la reserva territorial y los mayorazgos, solo para que no las manden también a casa, solo para obligar por fin al rey a prestar un juramento serio, «corporal». Así se venga un ciudadano constitucional prusiano.

Al rey le va a costar inventar una humillación que estas Cámaras puedan encontrar demasiado dura. Al final se verá obligado a declarar que, «cuanto más sagrado considera el juramento que ha de prestar, tanto más se le presentan al alma los deberes que Dios le ha impuesto para con la amada patria», y tanto menos le permite su «escrupulosidad regia» jurar una Constitución que a él se lo ofrece todo y al país nada.

Los señores de la difunta «Dieta Unida»,3 que ahora vuelven a estar juntos en las Cámaras, temen tanto verse devueltos a su antigua situación de antes del 18 de marzo porque entonces volverían a tener delante la revolución, que esta vez no les traerá rosas. A esto se añade que en 1847 todavía pudieron negar el empréstito para el supuesto ferrocarril del Este, mientras que en 1849 primero concedieron de verdad al gobierno el empréstito en cuestión y luego, a toro pasado, le solicitaron humildísimamente el derecho teórico a votar los fondos.

Entretanto la burguesía, fuera de las Cámaras, se da el gusto de absolver en los jurados a los acusados políticos y de manifestar con ello su oposición al gobierno. En estos procesos se compromete luego regularmente, por un lado, el gobierno y, por otro, la democracia representada en los acusados y en el público. Recordamos el proceso del «siempre constitucional» Waldeck, el proceso de Tréveris, etc.4

A la pregunta del viejo Arndt: «¿Cuál es la patria del alemán?», Federico Guillermo IV respondió: Erfurt.5 No era tan difícil travestir la Ilíada en la guerra de las ranas y los ratones, pero hasta ahora nadie se ha atrevido a pensar en una parodia de la guerra de las ranas y los ratones.6 El plan de Erfurt consigue parodiar incluso la guerra de las ranas y los ratones de la Paulskirche. Es naturalmente del todo indiferente que la increíble asamblea de Erfurt llegue a reunirse de verdad o que el ortodoxo zar la prohíba, tan indiferente como la protesta contra su competencia, para cuya publicación el señor Vogt se pondrá sin duda de acuerdo con el señor Venedey.7 Todo el invento solo tiene interés para esos profundos políticos para cuyos editoriales la cuestión de la «gran Alemania» y de la «pequeña Alemania» era un filón tan fecundo como imprescindible, y para los burgueses prusianos que viven de la fe salvadora de que el rey de Prusia lo concederá todo en Erfurt precisamente porque lo ha negado todo en Berlín.

Si en Erfurt ha de reflejarse con mayor o menor fidelidad la «Asamblea Nacional» de Fráncfort, la vieja Dieta federal renace en el «Interim» y queda a la vez reducida a su expresión más simple, a una comisión federal austro-prusiana.8 El Interim ya ha intervenido en Wurtemberg y pronto intervendrá en Mecklemburgo y en Schleswig-Holstein.

Mientras Prusia ha ido sacando adelante su presupuesto a duras penas durante mucho tiempo con emisiones de papel moneda, con préstamos furtivos de la Seehandlung9 y con los restos del tesoro del Estado, y solo ahora se ve empujada a la vía de los empréstitos, en Austria la bancarrota del Estado está en plena floración. Un déficit de 155 millones de florines en los nueve primeros meses de 1849, que a finales de diciembre debe de haber subido a 210-220 millones; la ruina completa del crédito del Estado dentro y fuera del país tras el estrepitoso fracaso del intento de un nuevo empréstito; el agotamiento total de los recursos financieros interiores, de los impuestos ordinarios, de las contribuciones de guerra, de la emisión de papel moneda; la necesidad de imponer al país exprimido nuevos impuestos desesperados que previsiblemente no se llegarán a cobrar: estos son los rasgos principales en que se manifiesta la pálida penuria financiera de Austria. Al mismo tiempo, la putrefacción del cuerpo del Estado austriaco avanza cada vez más deprisa. En vano le opone el gobierno una centralización convulsiva; la desorganización ha alcanzado ya las extremidades más alejadas del cuerpo del Estado; para las tribus más bárbaras, los principales soportes de la vieja Austria, para los eslavos del sur de Dalmacia, Croacia y el Banato, para los mismos «fieles» guardias de la frontera militar,10 Austria se vuelve insoportable. Solo queda un golpe desesperado, que ofrece una pequeña posibilidad de salvación: una guerra exterior; y esta guerra exterior, hacia la que Austria se ve empujada sin remedio, tiene que llevar rápidamente a término su completa disolución.

Tampoco Rusia era lo bastante rica para pagar su gloria, que además tuvo que comprar con dinero contante. Pese a las tan celebradas minas de oro del Ural y del Altái, pese a los inagotables tesoros de las bóvedas de Petropávlovsk,11 pese a las compras de rentas en Londres y París que supuestamente nacían de la pura sobreabundancia de dinero, el ortodoxo zar se ve obligado no solo a retirar con toda clase de falsos pretextos 5.000.000 de rublos de plata de las reservas de metálico depositadas en Petropávlovsk para cubrir el papel moneda y a ordenar la venta de sus rentas en la Bolsa de París, sino también a pedir a la infiel City de Londres un anticipo de 30 millones de rublos de plata.

Los movimientos de los años 1848 y 1849 han enredado tan hondamente a Rusia en la política europea que tiene que llevar a cabo cuanto antes sus viejos planes sobre Turquía, sobre Constantinopla, «la llave de su casa», si no quiere que se vuelvan irrealizables para siempre. Los progresos de la contrarrevolución y el poder cada día mayor del partido revolucionario en Europa occidental, la propia situación interior de Rusia y el mal estado de sus finanzas la obligan a actuar deprisa. Hace poco hemos visto el preludio diplomático de esta nueva gran función de Estado oriental;12 dentro de pocos meses asistiremos a la función misma.

La guerra contra Turquía es necesariamente una guerra europea. Tanto mejor para la santa Rusia, que así tendrá ocasión de poner firmemente el pie en Alemania, de llevar enérgicamente a término allí la contrarrevolución, de ayudar a los prusianos a conquistar Neuchâtel13 y, en última instancia, de marchar sobre el centro de la revolución, sobre París.

En una guerra europea de este tipo Inglaterra no puede permanecer neutral. Tiene que pronunciarse contra Rusia. E Inglaterra es para Rusia el adversario más peligroso de todos. Si los ejércitos de tierra del continente tienen que debilitarse cada vez más por su dispersión cuanto más penetran en Rusia, si su avance, so pena de repetir 1812, tiene que cesar casi del todo a partir de las fronteras orientales de la antigua Polonia, Inglaterra tiene los medios para atacar a Rusia por sus flancos más vulnerables. Aparte de que puede obligar a los suecos a reconquistar Finlandia, Petersburgo y Odesa están abiertos a su flota. La flota rusa es, como se sabe, la peor del mundo, y Kronstadt y Schlüsselburg son tan expugnables como San Juan de Acre y San Juan de Ulúa.14 Y sin Petersburgo y Odesa Rusia es un gigante con las manos cortadas. A esto se añade que Rusia no puede prescindir de Inglaterra, ni para la venta de sus materias primas ni para la compra de productos industriales, ni siquiera durante seis meses, lo que ya se vio claramente en tiempos del bloqueo continental de Napoleón y ahora ocurre en grado todavía mucho mayor. El cierre del mercado inglés hundiría a Rusia en pocos meses en las más violentas convulsiones. Inglaterra, en cambio, no solo puede prescindir por algún tiempo del mercado ruso, sino también procurarse todas las materias primas rusas en otros mercados. Se ve que la temida Rusia no es en absoluto tan peligrosa. Pero al burgués alemán tiene que aparecérsele bajo una figura tan terrorífica porque domina directamente a sus príncipes y porque él presiente muy acertadamente que las hordas bárbaras de Rusia inundarán Alemania dentro de poco y desempeñarán allí en cierto modo un papel mesiánico.

Suiza se comporta con la Santa Alianza en general como las Cámaras prusianas con su rey en particular. Solo que Suiza tiene todavía detrás un chivo expiatorio al que puede devolver duplicados y triplicados todos los golpes que recibe de la Santa Alianza, un chivo expiatorio además indefenso y entregado a su merced: los refugiados alemanes. Es verdad que una parte de los suizos «radicales» de Ginebra, del país de Vaud y de Berna ha protestado contra la cobarde política del Consejo federal, cobarde tanto con la Santa Alianza como con los refugiados; pero no es menos verdad que el Consejo federal tenía razón cuando afirmaba que su política era «la de la inmensa mayoría del pueblo suizo». Entretanto, el poder central sigue llevando a cabo en el interior, con toda tranquilidad, pequeñas reformas burguesas, la centralización de las aduanas, de la moneda, de los correos, de los pesos y medidas, reformas que le aseguran el aplauso de la pequeña burguesía. Ejecutar el acuerdo de abolir las capitulaciones militares,15 eso desde luego no se atreve, y todavía hoy los hombres de los cantones primitivos van a montones cada día a Como para hacerse reclutar allí al servicio de Nápoles. Pero, pese a toda su humildad y complacencia con la Santa Alianza, a Suiza la amenaza una tormenta fatal. En la primera arrogancia tras la guerra del Sonderbund16 y, sobre todo, tras la revolución de Febrero, los suizos, por lo demás tan timoratos, se dejaron arrastrar a imprudencias. Se atrevieron a lo inaudito: quisieron por una vez ser independientes; en lugar de la Constitución de 1814 garantizada por las potencias se dieron una nueva, reconocieron la independencia de Neuchâtel en contra de los tratados. Por eso serán castigados, pese a todas las reverencias, complacencias y servicios de policía. Y, una vez enredada en la guerra europea, la situación de Suiza no será de las más agradables; si Suiza ha ofendido a los santos aliados, del otro lado ha traicionado a la revolución.

En Francia, donde la propia burguesía dirige la reacción en su propio interés y donde la forma republicana de gobierno permite a esta reacción el desarrollo más libre y consecuente, la represión de la revolución se lleva a cabo del modo más desvergonzado y violento. En el breve plazo de un mes se sucedieron golpe tras golpe el restablecimiento del impuesto sobre las bebidas, que consuma directamente la ruina de media población rural; la circular d'Hautpoul, que nombra a los gendarmes espías incluso de los funcionarios; la ley sobre los maestros, que declara a todos los maestros de primeras letras destituibles a voluntad por los prefectos; la ley de enseñanza, que entrega las escuelas a los curas; la ley de deportación, en la que la burguesía descarga toda su sed de venganza no saciada sobre los insurrectos de junio y, a falta de otro verdugo, los entrega al clima más mortífero de toda Argelia.17 De las innumerables expulsiones de extranjeros, incluso de los más inocentes, que no han cesado desde el 13 de junio,18 no queremos ni hablar.

La meta de esta violenta reacción burguesa es naturalmente la restauración de la monarquía. Pero la restauración monárquica encuentra un obstáculo considerable en los distintos pretendientes y en los partidos que tienen en el país. Los legitimistas y los orleanistas, los dos partidos monárquicos más fuertes, se compensan aproximadamente; el tercero, el bonapartista, es con mucho el más débil. Luis Napoleón, pese a sus siete millones de votos, ni siquiera tiene un verdadero partido; solo tiene una camarilla. Él, que en la gestión general de la reacción cuenta siempre con el apoyo de la mayoría de la Cámara, se ve abandonado por ella en cuanto asoman sus intereses particulares de pretendiente; abandonado no solo por la mayoría, sino también por sus ministros, que lo desmienten cada vez y le obligan por escrito a declarar, a pesar de todo, al día siguiente, que gozan de su confianza. Las desavenencias en que entra así con la mayoría, por graves que sean las consecuencias a que quizá puedan llevar, no son por eso hasta ahora más que episodios cómicos en los que el presidente de la República hace siempre el papel del burlado. Se entiende, por lo demás, que cada sección monárquica conspira por su cuenta con la Santa Alianza. La Assemblée nationale19 tiene la desvergüenza de amenazar públicamente al pueblo con los rusos; de que Luis Napoleón intriga con Nicolás hay ya ahora hechos de sobra.

En la misma medida en que avanza la reacción crecen, naturalmente, también las fuerzas del partido revolucionario. La gran masa de la población rural, arruinada por las consecuencias de la parcelación, por la carga de los impuestos y por el carácter puramente fiscal, perjudicial incluso desde el punto de vista burgués, de la mayoría de los impuestos, decepcionada por las promesas de Luis Napoleón y de los diputados reaccionarios, la masa de la población rural se ha echado en brazos del partido revolucionario y profesa un socialismo, por cierto todavía muy tosco y burgués en la mayoría de los casos. Hasta qué punto están revolucionariamente dispuestos incluso los departamentos más legitimistas lo demuestra la última elección en el departamento del Gard, centro del realismo y del «terror blanco» de 1815, donde fue elegido un rojo. La pequeña burguesía, oprimida por el gran capital, que en el comercio como en la política vuelve a ocupar exactamente la misma posición que bajo Luis Felipe, ha seguido a la población rural. El vuelco es tan enorme que incluso el traidor Marrast20 y el periódico de los tenderos, el Siècle, han tenido que declararse socialistas. La posición recíproca de las distintas clases, de la que la posición recíproca de los partidos políticos no es más que otra expresión, es casi exactamente la misma que el 22 de febrero de 1848. Solo que ahora se trata de otras cosas, que los obreros ven mucho más claro y que, sobre todo, una clase hasta ahora políticamente muerta, la de los campesinos, ha sido arrastrada al movimiento y ganada para la revolución.

De ahí la necesidad para la burguesía dominante de intentar cuanto antes la supresión del sufragio universal; y en esta necesidad está a su vez la certeza de una pronta victoria de la revolución, aun prescindiendo de las circunstancias exteriores.

Lo tensa que está en general la situación se ve ya en la cómica proposición de ley del representante del pueblo Pradié, que en unos 200 artículos intenta prevenir los golpes de Estado y las revoluciones mediante un decreto de la Asamblea Nacional. Y lo poco que la alta finanza confía, aquí como en otras capitales, en el «orden» aparentemente restablecido puede verse en que las distintas ramas de la casa Rothschild solo prorrogaron hace unos meses su contrato de sociedad por un año, un plazo de una brevedad inaudita en los anales del gran comercio.

Mientras el continente se ocupaba en los dos últimos años de revoluciones, contrarrevoluciones y del inseparable torrente de discursos, la Inglaterra industrial negociaba en un artículo completamente distinto: en prosperidad. Aquí la crisis comercial, que estalló in due course21 en el otoño de 1845, se había visto interrumpida dos veces: a comienzos de 1846 por los acuerdos librecambistas del Parlamento y a comienzos de 1848 por la revolución de Febrero. Una gran parte de las mercancías que abarrotaban los mercados de ultramar había ido encontrando entretanto salida. La revolución de Febrero eliminó además en esos mismos mercados la competencia de la industria continental, mientras que la industria inglesa no perdió en el perturbado mercado continental mucho más de lo que de todos modos habría perdido con el curso ulterior de la crisis. La revolución de Febrero, que paralizó momentáneamente casi por completo la industria continental, ayudó así a los ingleses a pasar de un modo bastante llevadero un año de crisis, contribuyó esencialmente a despejar las existencias acumuladas en los mercados de ultramar e hizo posible un nuevo auge industrial a partir de la primavera de 1849. Este auge, que por lo demás se extendió también a una gran parte de la industria continental, ha alcanzado en los tres últimos meses tal grado que los fabricantes afirman que nunca han tenido tan buenos tiempos, una afirmación que se hace cada vez en vísperas de la crisis. Las fábricas están sobrecargadas de pedidos y trabajan a velocidad acelerada; se busca cualquier medio para eludir la ley de las diez horas y ganar nuevas horas de trabajo; se construyen en masa fábricas nuevas en todas las partes de los distritos industriales y se amplían las viejas. El dinero contante se agolpa en el mercado, el capital ocioso quiere aprovechar el momento del beneficio general; el descuento alimenta la especulación, se lanza a la producción o al comercio de materias primas, y casi todos los artículos suben de precio en términos absolutos, todos en términos relativos. En una palabra, la «prosperidad» en su más bella flor colma de dicha a Inglaterra, y la única pregunta es cuánto durará esta borrachera. En todo caso, no mucho. Varios de los mayores mercados, en especial las Indias Orientales, están ya casi saturados; la exportación favorece ya ahora menos a los verdaderos grandes mercados que a los depósitos del comercio mundial, desde los que las mercancías pueden dirigirse a los mercados más favorables. Pronto, con las colosales fuerzas productivas que la industria inglesa ha añadido a las anteriores de 1843 a 1845, en los años 1846 y 1847 y sobre todo en 1849, y que sigue añadiendo cada día, los mercados que aún quedan, sobre todo los de América del Norte y del Sur y los de Australia, estarán también saturados, y con las primeras noticias de esta saturación se producirá al mismo tiempo el «pánico» en la especulación y en la producción, quizá ya hacia finales de la primavera, a más tardar en julio o en agosto. Pero esta crisis, por tener que coincidir con grandes colisiones en el continente, dará frutos muy distintos de todas las anteriores. Si hasta ahora cada crisis fue la señal de un nuevo progreso, de una nueva victoria de la burguesía industrial sobre la propiedad territorial y la burguesía financiera, esta marcará el comienzo de la revolución inglesa moderna, una revolución en la que Cobden asumirá el papel de Necker.22

Pasemos ahora a América. El hecho más importante ocurrido aquí, más importante aún que la revolución de Febrero, es el descubrimiento de las minas de oro de California. Ya ahora, apenas dieciocho meses después, puede preverse que este descubrimiento tendrá resultados mucho más grandiosos que el propio descubrimiento de América. Durante trescientos treinta años todo el comercio de Europa con el océano Pacífico se ha hecho, con la más conmovedora paciencia, dando la vuelta al cabo de Buena Esperanza o al cabo de Hornos. Todas las propuestas de abrir el istmo de Panamá fracasaron por los celos mezquinos de los pueblos comerciantes. Hace dieciocho meses que se descubrieron las minas de oro de California, y ya los yanquis han emprendido un ferrocarril, una gran carretera, un canal desde el golfo de México; ya circulan con regularidad vapores de Nueva York a Chagres y de Panamá a San Francisco; ya se concentra en Panamá el comercio del Pacífico, y el viaje alrededor del cabo de Hornos ha quedado anticuado. Una costa de 30 grados de latitud de longitud, una de las más hermosas y fértiles del mundo, hasta ahora prácticamente deshabitada, se transforma a ojos vistas en un país rico y civilizado, densamente poblado por hombres de todas las razas, desde el yanqui hasta el chino, desde el negro hasta el indio y el malayo, desde el criollo y el mestizo hasta el europeo. El oro californiano se derrama a raudales sobre América y la costa asiática del Pacífico y arrastra a los pueblos bárbaros más reacios al comercio mundial, a la civilización. Por segunda vez el comercio mundial toma una nueva dirección. Lo que en la Antigüedad fueron Tiro, Cartago y Alejandría, en la Edad Media Génova y Venecia, lo que hasta ahora han sido Londres y Liverpool, los emporios del comercio mundial, eso lo serán ahora Nueva York y San Francisco, San Juan de Nicaragua y León, Chagres y Panamá. El centro de gravedad del tráfico mundial, que en la Edad Media fue Italia y en la época moderna Inglaterra, es ahora la mitad sur de la península norteamericana. La industria y el comercio de la vieja Europa tendrán que hacer enormes esfuerzos si no quieren caer en la misma decadencia que la industria y el comercio de Italia desde el siglo XVI, si Inglaterra y Francia no han de llegar a ser lo que hoy son Venecia, Génova y Holanda. Dentro de pocos años tendremos una línea regular de vapores correo de Inglaterra a Chagres, de Chagres y San Francisco a Sídney, Cantón y Singapur. Gracias al oro californiano y a la incansable energía de los yanquis, las dos costas del Pacífico estarán pronto tan pobladas, tan abiertas al comercio y serán tan industriales como lo es ahora la costa de Boston a Nueva Orleans. Entonces el océano Pacífico desempeñará el mismo papel que ahora el Atlántico y en la Antigüedad y la Edad Media el Mediterráneo: el papel de la gran vía acuática del tráfico mundial; y el océano Atlántico quedará rebajado al papel de un mar interior, como el que ahora desempeña el Mediterráneo. La única posibilidad de que los países civilizados de Europa no caigan entonces en la misma dependencia industrial, comercial y política en que se encuentran ahora Italia, España y Portugal está en una revolución social que, mientras todavía hay tiempo, transforme el modo de producción y de intercambio de acuerdo con las necesidades de la propia producción que surgen de las fuerzas productivas modernas, y haga posible así la creación de nuevas fuerzas productivas que aseguren la superioridad de la industria europea y compensen de este modo las desventajas de la situación geográfica.

Para terminar, una curiosidad característica de China que ha traído el conocido misionero alemán Gützlaff.23 La superpoblación del país, que crecía lenta pero regularmente, hacía ya mucho tiempo que volvía muy opresivas las condiciones sociales para la gran mayoría de la nación. Llegaron entonces los ingleses y se impusieron el libre comercio con cinco puertos.24 Miles de barcos ingleses y americanos navegaron hacia China, y en poco tiempo el país estuvo inundado de baratos productos fabricados a máquina británicos y americanos. La industria china, basada en el trabajo manual, sucumbió a la competencia de la máquina. El inconmovible Imperio del Centro vivió una crisis social. Los impuestos dejaron de entrar, el Estado llegó al borde de la bancarrota, la población se hundió en masa en el pauperismo, estalló en revueltas, desconoció, maltrató y mató a los mandarines del emperador y a los bonzos de Fo.25 El país llegó al borde de la ruina y está ya amenazado por una revolución violenta. Pero aún hay algo peor. Entre la plebe amotinada aparecieron gentes que señalaban la pobreza de unos y la riqueza de otros, que exigían, y siguen exigiendo, otro reparto de la propiedad, e incluso la abolición total de la propiedad privada. Cuando el señor Gützlaff, tras veinte años de ausencia, volvió a encontrarse entre gente civilizada y europeos, oyó hablar de socialismo y preguntó qué era eso. Cuando se lo explicaron, exclamó espantado:

«¿Así que no podré librarme en ninguna parte de esta doctrina perniciosa? ¡Exactamente lo mismo predica desde hace algún tiempo mucha gente de la chusma en China!»

Puede que el socialismo chino sea al europeo lo que la filosofía china a la hegeliana. Pero no deja de ser un hecho divertido que el imperio más antiguo y más inconmovible de la tierra haya sido llevado en ocho años, por las balas de algodón de los burgueses ingleses, a la víspera de una conmoción social que en todo caso tendrá los resultados más importantes para la civilización. Cuando nuestros reaccionarios europeos, en su huida a través de Asia, que ya se acerca, lleguen por fin a la Gran Muralla china, a las puertas que conducen al baluarte de la reacción originaria y del conservadurismo originario, ¿quién sabe si no leerán sobre ellas la inscripción:

République chinoise

Liberté, Egalité, Fraternité.26

Londres, 31 de enero de 1850


Los deseos de la burguesía prusiana se han cumplido: el «hombre de honor»27 ha jurado la Constitución a condición de que «se le haga posible gobernar con esta Constitución». Y los burgueses de las Cámaras, en los pocos días transcurridos desde el 6 de febrero, ya han cumplido por completo este deseo. Antes del 6 de febrero decían: tenemos que hacer concesiones para que la Constitución llegue a jurarse; una vez prestado el juramento, podremos actuar de otra manera. Después del 6 de febrero dicen: la Constitución está jurada, tenemos todas las garantías posibles; podemos, pues, hacer concesiones con toda tranquilidad. Dieciocho millones para armamentos, para la movilización de 500.000 hombres contra un enemigo hasta ahora desconocido, se votan sin debate, sin oposición, casi por unanimidad; el presupuesto se vota en cuatro días, todos los proyectos del gobierno pasan por las Cámaras en un abrir y cerrar de ojos. Se ve que a la burguesía alemana no le faltan todavía cobardía ni pretextos para esa cobardía.

Con esta Cámara bienintencionada el rey de Prusia ha tenido ocasión de sobra para comprender qué ventajas tiene el sistema constitucional sobre el absolutista, y no solo para los gobernados, sino también para los gobernantes. Si recordamos los apuros financieros de 1842-1848, los vanos intentos de préstamo con la Seehandlung y con el Banco, las negativas de Rothschild, el empréstito denegado por la Dieta Unida, el agotamiento del tesoro del Estado y de las cajas públicas, y si comparamos todo ello con la abundancia financiera de 1850 (tres presupuestos con setenta millones de déficit cubiertos por votación de las Cámaras, certificados de préstamo y bonos del tesoro puestos en circulación en masa, el Estado en mejores términos con el Banco que nunca con la Seehandlung y, para colmo, treinta y cuatro millones de empréstitos votados en reserva), ¡qué contraste!

Según las declaraciones del ministro de la Guerra, el gobierno prusiano considera, pues, probables eventualidades que podrían obligarle a movilizar todo su ejército en interés del «orden y la tranquilidad» europeos. Con esta declaración Prusia ha proclamado bien alto y claro su renovada adhesión a la Santa Alianza. Contra qué enemigo va la nueva cruzada está claro. El centro de la anarquía y la subversión, la Babel welche,28 ha de ser aniquilado. Que Francia vaya a ser atacada directamente o que antes vayan a hacerse diversiones contra Suiza y contra Turquía dependerá a menudo solo del desarrollo de la situación en París. En todo caso, el gobierno prusiano tiene ahora los medios para elevar en dos meses sus 180.000 soldados a 500.000; 400.000 rusos están escalonados en Polonia, Volinia y Besarabia; Austria tiene en pie por lo menos 650.000 hombres. Ya solo para alimentar estas fuerzas colosales, Rusia y Austria tienen que empezar una guerra de invasión este mismo año. Y en lo que se refiere a la primera dirección de esa invasión, acaba de hacerse público un documento notable.

La Schweizerische National-Zeitung publica en uno de sus últimos números una memoria redactada supuestamente por el general austriaco Schönhals,29 que contiene un plan completo para invadir Suiza. Los puntos principales de este plan son los siguientes:

Prusia concentra unos 60.000 hombres en el Meno, cerca de los ferrocarriles; un cuerpo de hesianos, bávaros y wurtembergueses se concentra en parte en Rottweil y Tuttlingen, en parte en Kempten y Memmingen. Austria sitúa 50.000 hombres en el Vorarlberg y hacia Innsbruck y forma un segundo cuerpo en Italia entre Sesto Calende y Lecco. Entretanto se entretiene a Suiza con negociaciones diplomáticas. Cuando llega el momento del ataque, los prusianos se apresuran por ferrocarril hacia Lörrach, los pequeños contingentes hacia Donaueschingen; los austriacos se concentran más estrechamente en Bregenz y Feldkirch, el ejército de Italia en Como y Lecco. Una brigada se queda en Varese y amenaza Bellinzona. Los embajadores entregan el ultimátum y se marchan. Comienzan las operaciones: el pretexto principal es restablecer la Constitución federal de 1814 y la libertad de los cantones del Sonderbund. El ataque mismo es concéntrico sobre Lucerna. Los prusianos avanzan por Basilea hacia el Aar; los austriacos, por San Galo y Zúrich hacia el Limmat. Los primeros se sitúan de Soleura a Zurzach; los segundos, de Zurzach por Zúrich hasta Uznach. Al mismo tiempo, 15.000 austriacos destacados avanzan por Coira hacia el Splügen y se unen con el cuerpo de Italia, tras lo cual ambos avanzan por el valle del Rin Anterior hacia el San Gotardo, donde a su vez tienden la mano al cuerpo que ha avanzado por Varese y Bellinzona y sublevan los cantones primitivos. Entretanto, estos quedan separados de la Suiza occidental por el avance de los ejércitos principales, a los que se unen por Schaffhausen los contingentes menores, y por la toma de Lucerna, y así se separan las ovejas de los cabritos. Al mismo tiempo Francia, que por el «tratado secreto del 30 de enero» está obligada a situar 60.000 hombres en Lyon y Colmar, ocupa Ginebra y el Jura con el mismo pretexto con que ocupó Roma. Con esto Berna se ha vuelto insostenible, y el gobierno «revolucionario» se ve obligado o a capitular en el acto o a morirse de hambre con sus tropas en los Altos Alpes de Berna.

Se ve que el proyecto no está nada mal. Tiene en cuenta como es debido las condiciones del terreno; propone tomar primero la Suiza septentrional, más llana y más fértil, y forzar en ella con las fuerzas principales reunidas la única posición seria que hay, la que está detrás del Aar y el Limmat. Tiene la ventaja de cortar al ejército suizo su granero y dejarle de momento el terreno montañoso, más difícil. Puede, pues, ejecutarse ya a comienzos de la primavera, y cuanto antes se ejecute, más difícil será la posición de los suizos replegados en la alta montaña.

Si el documento se ha publicado contra la voluntad de sus autores o si se ha elaborado a propósito para hacerlo llegar a un periódico suizo que lo publicara, es algo que por razones meramente internas todavía es difícil decidir. En este último caso, solo podría tener la finalidad de inducir a los suizos a agotar sus cajas con levas de tropas rápidas y numerosas y a mostrarse cada vez más dóciles con la Santa Alianza, así como la de despistar a la opinión pública en general sobre las intenciones de los aliados. El alarde que se hace actualmente con los armamentos de Rusia y de Prusia y con los planes de guerra contra Suiza parece hablar en favor de ello. También una frase de la propia memoria, en la que se recomienda la mayor rapidez en todas las operaciones para conquistar el mayor territorio posible antes de que se hayan reunido en él los contingentes y se hayan puesto en marcha. En cambio, otras tantas razones internas hablan en favor de la autenticidad de la memoria como plan de invasión de Suiza realmente propuesto.

Una cosa es segura: la Santa Alianza marchará este mismo año, sea primero contra Suiza o contra Turquía, sea directamente contra Francia, y en ambos casos el Consejo federal puede ir poniendo su casa en orden. Llegue primero a Berna la Santa Alianza o la revolución, él mismo se ha buscado su ruina con su cobarde neutralidad. La contrarrevolución no puede contentarse con sus concesiones, porque su propio origen es más o menos revolucionario; la revolución no puede tolerar ni un momento un gobierno tan traidor y cobarde en el corazón de Europa, entre las tres naciones más directamente implicadas en el movimiento. La conducta del Consejo federal suizo proporciona el ejemplo más palmario, y es de esperar que el último, de lo que significa la supuesta «independencia» y «autonomía» de los Estados pequeños en medio de las grandes naciones modernas.30

  1. «A tal señor, tal honor». ↩

  2. El mensaje real del 7 de enero de 1850, que pedía nuevas modificaciones de la Constitución otorgada en diciembre de 1848 y revisada por las Cámaras. Federico Guillermo IV la juró el 6 de febrero de 1850. ↩

  3. La asamblea de las Dietas provinciales prusianas convocada en 1847, que negó al rey el empréstito para el ferrocarril del Este. ↩

  4. Benedikt Waldeck (1802-1870), jefe de la izquierda de la Asamblea Nacional prusiana, absuelto en diciembre de 1849 en un proceso montado por la policía; en Tréveris se juzgó a los participantes en el asalto al arsenal de Prüm de mayo de 1849, entre ellos Karl Grün. ↩

  5. Ernst Moritz Arndt (1769-1860), poeta patriótico, autor de la canción «¿Cuál es la patria del alemán?». En Erfurt debía reunirse en marzo de 1850 el parlamento de la Unión de Estados alemanes promovida por Prusia. ↩

  6. La Batracomiomaquia, parodia antigua de la Ilíada; en alemán la adaptó Georg Rollenhagen en el Froschmeuseler (1595). ↩

  7. Carl Vogt (1817-1895) y Jakob Venedey (1805-1871), diputados de la izquierda de la Asamblea de Fráncfort. ↩

  8. El acuerdo austro-prusiano del 30 de septiembre de 1849 sobre un poder central provisional de la Confederación Germánica, ejercido por una comisión de ambos Estados. ↩

  9. La Sociedad de Comercio Marítimo, banco del Estado prusiano. ↩

  10. Los regimientos de la frontera militar austriaca frente a Turquía, de población sobre todo croata y serbia. ↩

  11. La fortaleza de San Pedro y San Pablo de Petersburgo, donde se guardaba el tesoro del Estado. ↩

  12. Alusión al conflicto diplomático de otoño de 1849, cuando Rusia y Austria exigieron a Turquía la entrega de los refugiados húngaros y polacos. ↩

  13. Principado del rey de Prusia y a la vez cantón suizo; en 1848 se proclamó allí la república. ↩

  14. San Juan de Acre fue bombardeada por la flota inglesa en 1840; el fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz, fue tomado por la flota francesa en 1838. ↩

  15. Los convenios por los que los cantones suizos suministraban regimientos de mercenarios a potencias extranjeras, sobre todo a Nápoles. ↩

  16. La guerra civil de noviembre de 1847 contra la liga separatista (Sonderbund) de los cantones católicos conservadores, que llevó a la Constitución federal de 1848. ↩

  17. Alphonse d'Hautpoul (1789-1865), ministro de la Guerra. La ley sobre los maestros es la ley Parieu de enero de 1850; la ley de enseñanza, la ley Falloux, aprobada en marzo de 1850. ↩

  18. La manifestación del 13 de junio de 1849 en París, dispersada por las tropas, tras la cual se reforzó la represión. ↩

  19. Periódico monárquico de París. ↩

  20. Armand Marrast (1801-1852), republicano burgués, director del National y presidente de la Asamblea Constituyente en 1848. ↩

  21. A su debido tiempo. ↩

  22. Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester y jefe de los librecambistas; Jacques Necker (1732-1804), banquero ginebrino, ministro de Hacienda de Luis XVI en vísperas de la Revolución francesa. ↩

  23. Karl Gützlaff (1803-1851), misionero protestante alemán en China. ↩

  24. Por el tratado de Nankín (1842), que puso fin a la primera guerra del opio. ↩

  25. Buda. ↩

  26. «República china. Libertad, igualdad, fraternidad». ↩

  27. Federico Guillermo IV. ↩

  28. Expresión de los teutómanos para París; welsch designaba despectivamente lo latino, en especial lo francés. ↩

  29. Karl von Schönhals (1788-1857), general austriaco. ↩

  30. (Nota de los autores.) Sobre los últimos acontecimientos en Francia remitimos al apartado del artículo «1848-1849» contenido en este cuaderno [hoy capítulo III de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850]. Sobre la abolición de hecho de la ley de las diez horas en Inglaterra publicaremos un artículo aparte en el próximo cuaderno. ↩