Publicado sin firma en el cuaderno 4 (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; fechado en Londres el 18 de abril de 1850. La MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels; la precisión entre corchetes del título es de sus editores. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 292-295), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
(La revista mensual tuvo que quedar fuera del cuaderno anterior por falta de espacio. De esa revista solo damos ahora, con retraso, la parte que se refiere a Inglaterra.)
Poco antes del aniversario de la revolución de Febrero, cuando Carlier1 mandó talar los árboles de la libertad, el Punch publicó el dibujo de un árbol de la libertad cuyas hojas eran bayonetas y cuyos frutos eran bombas, y frente al árbol de la libertad francés, erizado de bayonetas, una canción propia ensalza el árbol de la libertad inglés, que da los únicos frutos sólidos: pounds, shillings and pences.2 Pero esta irritante gracia de escritorio de comerciante palidece ante los desmedidos accesos de rabia con que el Times babea sobre los triunfos de la «anarquía» desde el 10 de marzo.3 El partido reaccionario de Inglaterra, como el de todos los países, siente el golpe asestado en París como si le hubiera alcanzado directamente a él.
Pero lo que de momento más amenaza el «orden» en Inglaterra no son los peligros que vienen de París, sino una consecuencia nueva y del todo directa del orden mismo, un fruto de aquel árbol de la libertad inglés: una crisis comercial.
Ya en nuestra revista de enero (cuaderno II) señalamos que la crisis se acercaba. Varias circunstancias la han acelerado. Antes de la última crisis, la de 1845, el capital sobrante encontró una salida en la especulación ferroviaria. Pero la sobreproducción y la sobreespeculación en ferrocarriles alcanzaron tal altura que el negocio ferroviario no se ha recuperado ni siquiera durante la prosperidad de 1848-1849, y aun las acciones de las empresas más sólidas de este tipo siguen extraordinariamente bajas. Los bajos precios del grano y las perspectivas de la cosecha de 1850 tampoco ofrecían ninguna oportunidad de colocar capitales, y los distintos títulos de la deuda pública estaban sujetos a un riesgo demasiado extraordinario para poder convertirse en objeto de una gran especulación. Así, el capital sobrante de la época de prosperidad encontró cerrados sus canales de salida habituales. No le quedó más que lanzarse por entero a la producción industrial y a la especulación en productos coloniales y en las materias primas decisivas de la industria, el algodón y la lana. Al afluir así directamente a la industria una gran parte del capital que de otro modo se habría empleado de otra manera, la producción industrial tenía naturalmente que crecer con rapidez extraordinaria, y con ella el atasco de los mercados, y por tanto el estallido de la crisis tenía que acelerarse considerablemente. Ya ahora aparecen los primeros síntomas de la crisis en las ramas más importantes de la industria y de la especulación. Desde hace cuatro semanas la rama industrial decisiva, la industria del algodón, está completamente deprimida, y dentro de ella sufren a su vez las ramas principales: sobre todo la hilatura y el tejido de géneros ordinarios. La caída de los precios del hilo y de los percales ordinarios se ha adelantado ya con mucho a la caída de los precios del algodón en rama. Se restringe la producción; las fábricas, casi sin excepción, trabajan ya solo jornada reducida. Se contaba con una reactivación momentánea de la actividad industrial gracias a los pedidos de primavera del continente; pero mientras los encargos dados antes para el mercado interior, para las Indias Orientales y China y para Levante se anulan en gran parte, los pedidos continentales, que siempre podían dar trabajo para dos meses, faltan casi por completo a causa de la inseguridad de la situación política. En la industria de la lana aparecen aquí y allá síntomas que dejan adivinar el próximo fin del negocio, todavía bastante «sano» por ahora. La producción de hierro también sufre. Los productores consideran inevitable una pronta bajada de precios e intentan frenar una caída demasiado rápida mediante una coalición entre ellos. Basta sobre el estado de la industria. Pasemos ahora a la especulación. Los precios del algodón caen, en parte por nuevos y mayores suministros, en parte por la depresión de la industria. Con los productos coloniales ocurre lo mismo. Los suministros aumentan, el consumo en el mercado interior disminuye. En los dos últimos meses han llegado a Liverpool 25 cargamentos de té. El consumo de productos coloniales, contenido incluso durante la prosperidad por la penuria de los distritos agrícolas, siente con tanta mayor fuerza la presión que ahora se apodera también de los distritos industriales. Una de las casas coloniales más importantes de Liverpool ha sucumbido ya a este revés.
Los efectos de la crisis comercial que ahora se desencadena serán más importantes que los de cualquiera de las anteriores. Coincide con la crisis agrícola, que empezó ya con la abolición de los aranceles sobre los cereales en Inglaterra y que creció aún con las últimas buenas cosechas. Por primera vez Inglaterra vive a la vez una crisis industrial y una crisis agrícola. Esta doble crisis inglesa se verá acelerada, extendida y hecha más inflamable por las convulsiones del continente, que se avecinan al mismo tiempo, y las revoluciones continentales adquirirán, por la repercusión de la crisis inglesa sobre el mercado mundial, un carácter socialista incomparablemente más pronunciado. Es sabido que ningún país europeo resulta alcanzado de manera tan inmediata, en tal medida y con tal intensidad por los efectos de las crisis inglesas como Alemania. La razón es sencilla: Alemania constituye el mayor mercado continental para Inglaterra, y los principales artículos de exportación alemanes, la lana y el grano, encuentran en Inglaterra con mucho su salida decisiva. La historia parece complacerse en este epigrama dirigido a los amigos del orden: al mismo tiempo, las clases trabajadoras se sublevan por falta de consumo y las clases altas quiebran por exceso de producción.
Los whigs son, naturalmente, las primeras víctimas de la crisis. Como hasta ahora, soltarán el timón del Estado en cuanto estalle la tormenta que amenaza. Y esta vez dirán adiós para siempre a las oficinas de Downing Street. Puede que al principio les siga un ministerio tory de corta vida; pero el suelo temblará bajo él, todos los partidos de la oposición se unirán en su contra, con los industriales a la cabeza. Estos no tienen para oponer a la crisis una panacea tan popular como lo fue la abolición de las leyes de cereales. Se ven obligados a avanzar por lo menos hasta la reforma parlamentaria. Es decir, asumirán el dominio político, que no se les puede escapar, en condiciones que abrirán al proletariado las puertas del Parlamento, pondrán sus reivindicaciones en el orden del día de la Cámara de los Comunes y arrojarán a Inglaterra a la revolución europea.
A estas notas sobre la crisis comercial que se desencadena, escritas hace un mes, tenemos poco que añadir. La mejora momentánea de los negocios, que se produce regularmente en primavera, se ha presentado por fin también esta vez, aunque en menor medida de lo habitual. La industria francesa, que suministra sobre todo tejidos ligeros de verano, se ha beneficiado especialmente de ella; pero también en Manchester, Glasgow y el West Riding4 han llegado más pedidos. Esta animación momentánea de la industria en primavera se produce, por lo demás, todos los años y apenas retrasa el desarrollo de la crisis.
También en las Indias Orientales se ha producido una reactivación pasajera del tráfico. La situación más favorable del cambio con Inglaterra ha permitido a los vendedores deshacerse de una parte de sus existencias por debajo de los precios anteriores, y con ello el mercado de Bombay se ha aliviado algo. También esta mejora momentánea y local de los negocios forma parte de los incidentes que, sobre todo al comienzo de cada crisis, se presentan de cuando en cuando y apenas influyen en su curso general.
En cambio, acaban de llegar noticias de América que describen aquel mercado como completamente deprimido. Y el mercado americano es el más decisivo. Con la saturación del mercado americano, con el estancamiento de los negocios y la caída de los precios en América, comienza la crisis propiamente dicha, comienza la repercusión directa, rápida e incontenible sobre Inglaterra. Basta recordar la crisis de 1837. En América solo sube sin cesar un artículo: los títulos de la deuda pública de los Estados Unidos, el único valor del Estado que ofrece un refugio seguro al capital de nuestros amigos europeos del orden.
Una vez que América ha entrado en el movimiento de retroceso provocado por la sobreproducción, podemos esperar que la crisis se desarrolle en el mes próximo algo más deprisa que hasta ahora. También los acontecimientos políticos del continente empujan cada día más hacia una decisión, y aquella coincidencia de crisis comercial y revolución de la que ya se ha hablado varias veces en esta revista se vuelve cada vez más inevitable. Que les destins s'accomplissent!5
Londres, 18 de abril de 1850
Pierre Carlier (1794-1858), prefecto de policía de París de 1849 a 1851. ↩
Libras, chelines y peniques. ↩
Las elecciones parciales del 10 de marzo de 1850 en París, en las que triunfaron los candidatos de la izquierda socialista y demócrata. ↩
El distrito occidental del condado de York, centro de la industria lanera. ↩
«¡Que se cumplan los destinos!» ↩