Escritos por Friedrich Engels en inglés y publicados en tres entregas en el semanario cartista Notes to the People, de Ernest Jones (núm. 43, del 21 de febrero; núm. 48, del 27 de marzo, y núm. 50, del 10 de abril de 1852). El texto inglés no está accesible en ninguna fuente libre, de modo que traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 221-231), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Notes to the People, núm. 43, 21 de febrero de 1852

Desde el 2 de diciembre del año pasado, todo el interés que la política exterior, o al menos la continental, es capaz de despertar se dirige solo a aquel afortunado y desaprensivo caballero de fortuna, Luis Napoleón Bonaparte. «¿Qué tiene en mente? ¿Empezará una guerra, y contra quién? ¿Invadirá Inglaterra?» Estas preguntas surgen inevitablemente dondequiera que se hable de la situación en el continente.

Y algo de asombroso tiene, en efecto, que un aventurero relativamente desconocido, a quien el azar pone en las manos el poder ejecutivo de una gran república, ocupe de la noche a la mañana todos los puestos importantes de la capital, disperse el Parlamento como paja al viento, sofoque en dos días la insurrección de París y en dos semanas los disturbios de las provincias, se imponga a todo un pueblo por medio de una elección fingida e implante de un mismo golpe una Constitución que le transfiere todo el poder del Estado. Algo así no se había visto nunca; semejante ignominia no la ha sufrido ninguna nación desde que las legiones pretorianas de la Roma en decadencia pusieron el Imperio en subasta y lo vendieron al mejor postor. Y la prensa burguesa de Inglaterra, desde el Times hasta el Weekly Dispatch, no ha dejado pasar desde las jornadas de diciembre ni la más mínima ocasión de dar rienda suelta a su virtuosa indignación contra el déspota militar, el pérfido destructor de las libertades de su país, el opresor de la prensa y demás.

Pero, con todo el desprecio que Luis Napoleón merece, opinamos que a un órgano de la clase obrera no le corresponde sumarse a ese coro de altisonantes injurias en el que los periódicos respectivos de los especuladores de Bolsa, de los lores del algodón y de la aristocracia terrateniente tratan de superarse unos a otros en insultos. A esos señores convendría más bien recordarles la verdadera situación de las cosas. Precisamente ellos tienen todos los motivos para poner el grito en el cielo. Porque, quitara Luis Napoleón lo que quitara a otros, no se lo quitó a la clase obrera, sino precisamente a aquellas clases cuyos intereses representa en Inglaterra esa parte de la prensa inglesa. No es que Luis Napoleón no hubiera robado con el mismo gusto a la clase obrera todo lo que le hubiera parecido apetecible; pero el pasado diciembre ya no se podía robar nada a los obreros, porque todo lo que valía la pena quitarles se les había quitado ya durante los tres años y medio de dominación burguesa y parlamentaria que siguieron a la gran derrota de junio de 1848. ¿Qué les quedaba, en efecto, la víspera del 2 de diciembre que se les pudiera quitar? ¿El derecho de voto? Se les había arrebatado ya con la ley electoral de mayo de 1850.1 ¿La libertad de reunión? Hacía tiempo que estaba restringida a las clases «fiables» y «bienintencionadas» de la sociedad. ¿La libertad de prensa? Bueno, la prensa verdaderamente proletaria había quedado ahogada en la sangre de los insurrectos en la gran batalla de junio, y su sombra, que todavía sobrevivió algún tiempo, hacía mucho que había desaparecido bajo la presión de las leyes mordaza, revisadas y mejoradas en cada nueva legislatura de la Asamblea Nacional. ¿Sus armas? Se había aprovechado cualquier pretexto para asegurar la exclusión de todos los obreros de la Guardia Nacional y para restringir la posesión de armas a las clases más acomodadas de la sociedad.

Así pues, en el momento del reciente coup d'état, la clase obrera tenía muy poco que perder, si es que tenía algo, en el terreno de los privilegios políticos. En cambio, al mismo tiempo, la clase media y capitalista disponía de la omnipotencia política. Suyos eran la prensa, la libertad de reunión, el derecho a llevar armas, el derecho de voto, el Parlamento. Legitimistas y orleanistas, terratenientes y tenedores de títulos de la deuda habían encontrado por fin, tras treinta años de lucha, un terreno neutral en la forma republicana de gobierno. Y para ellos fue, en efecto, un duro golpe verse despojados de todo ello en pocas horas y reducidos en un abrir y cerrar de ojos a la nulidad política a la que ellos mismos habían reducido a los obreros. Esa es la razón de que la prensa «respetable» inglesa esté tan indignada por las fechorías ilegales de Luis Napoleón. Mientras esas fechorías, por parte del poder ejecutivo o por parte del Parlamento, se dirigían contra la clase obrera, era naturalmente cosa justa y razonable; pero en cuanto semejante política se aplicaba a «la gente mejor», a «los acomodados e instruidos de la nación», ah, entonces era algo muy distinto, y a todo amante de la libertad le correspondía alzar la voz y defender «las cuestiones de principio».

Así, la lucha del 2 de diciembre fue ante todo una lucha entre la burguesía y Luis Napoleón, representante del ejército. Que Luis Napoleón lo sabía lo demostraron las órdenes que dio al ejército durante el combate del día 4 de dirigir el fuego sobre todo contra «los señores de paño fino». La gloriosa batalla de los bulevares2 es demasiado conocida; y unas cuantas descargas contra ventanas cerradas y contra burgueses desarmados bastaron de sobra para ahogar en la burguesía parisiense toda veleidad de resistencia.

Por otra parte, los obreros, aunque ya no se les podía privar de privilegios políticos directos, no eran en absoluto ajenos a toda la cuestión. Tenían, ante todo, todavía una cosa que perder: su gran oportunidad de mayo de 1852, cuando expiraría al mismo tiempo el mandato de todos los poderes del Estado3 y esperaban librar la lucha, por primera vez desde junio de 1848, en un terreno más favorable. Y como aspiraban al poder político, no podían tolerar ningún cambio violento de gobierno sin interponerse entre los partidos en pugna como árbitros supremos llamados a ello e imponerles su voluntad como ley del país. Así que no podían dejar pasar la ocasión sin mostrar a los dos ejércitos enfrentados que había en el campo un tercer poder que, aunque momentáneamente desplazado del escenario de las contiendas oficiales y parlamentarias, estaba siempre dispuesto a entrar en la lucha en cuanto el campo de batalla se desplazara, a saber, a su propio terreno de acción: la calle. No hay que olvidar, sin embargo, que incluso en ese caso el partido proletario habría tenido que luchar en gran desventaja. Si se alzaba contra el usurpador, ¿no defendía en la práctica la restauración y la dictadura de aquel mismo Parlamento que había demostrado ser su enemigo más implacable? Y si se declaraba enseguida por un gobierno revolucionario, ¿no asustaría a la burguesía, como de hecho ocurrió en las provincias, hasta empujarla a los brazos de Luis Napoleón y del ejército? Además, no hay que olvidar que precisamente el núcleo y la flor de la clase obrera revolucionaria habían muerto durante la insurrección de junio o habían sido deportados y encarcelados desde entonces con innumerables pretextos diferentes. Y, por último, había un hecho que bastaba por sí solo para asegurar a Napoleón la neutralidad de la gran mayoría de la clase obrera: los negocios marchaban de maravilla, y los ingleses saben demasiado bien que con una clase obrera plenamente ocupada y bien pagada no se puede emprender una campaña política, y mucho menos una revolución.

En Inglaterra se oye ahora muy a menudo que los franceses deben de ser una pandilla de viejas, pues de lo contrario no se dejarían tratar así. Admito de buen grado que los franceses, como nación, merecen actualmente tan honrosos epítetos. Pero todos sabemos que los franceses, en sus opiniones y en sus actos, dependen del éxito más que ninguna otra nación civilizada. En cuanto los acontecimientos de su país toman cierto giro, siguen ese giro casi sin resistencia hasta alcanzar el extremo absoluto en la dirección dada. La derrota de junio de 1848 trajo un giro contrarrevolucionario de esa clase para Francia y, con ella, para todo el continente. La actual formación del imperio napoleónico no es más que la coronación de una larga serie de victorias contrarrevolucionarias que han llenado los tres últimos años; y, una vez iniciado el descenso, era de esperar que Francia se hundiera cada vez más hasta tocar fondo. Cuán cerca del fondo está ya es difícil de decir; pero todo el mundo ha de ver que se acerca a él muy deprisa. Y si en los tiempos venideros los hechos del pueblo francés no han de desmentir la historia de Francia hasta hoy, podemos estar seguros de que cuanto más profunda sea ahora la humillación, más sorprendente y más brillante será su producto. En nuestros días los acontecimientos se suceden a un ritmo tremendamente rápido, y lo que antes una nación despachaba en todo un siglo, hoy puede superarlo fácilmente en uno o dos años. El viejo Imperio duró cuatro años;4 el águila imperial tendrá que verse extraordinariamente favorecida por la fortuna para que la reposición de aquella pieza de bravura, eso sí, con el más pobre de los atuendos, dure otros tantos meses. ¿Y después?

II

Notes to the People, núm. 48, 27 de marzo de 1852

A primera vista puede parecer que Luis Napoleón reina hoy en Francia con una omnipotencia sin trabas y que el único poder junto a él es quizá el de las camarillas de intrigantes de la corte, que lo asedian por todas partes y urden sus manejos unas contra otras para asegurarse en exclusiva el favor del autócrata francés y ganar influencia sobre él. Pero en realidad las cosas son muy distintas. Todo el secreto de su éxito consiste en que las tradiciones asociadas a su nombre han puesto a Luis Napoleón en condiciones de mantener momentáneamente el equilibrio entre las clases de la sociedad francesa que luchan por el poder. Pues bajo el manto del estado de sitio con que el despotismo militar envuelve hoy a Francia, la lucha entre las distintas clases de la sociedad prosigue de hecho tan encarnizada como siempre. Si durante los últimos cuatro años esa lucha se había librado con pólvora y plomo, ahora solo ha adoptado otra forma. Así como toda guerra larga agota y fatiga a la nación más poderosa, también la guerra abierta y sangrienta de los años pasados ha extenuado y agotado transitoriamente la fuerza militar de las distintas clases. Pero la lucha de clases no está ligada a acciones de combate efectivas; no siempre necesita barricadas y bayonetas para librarse. La lucha de clases no podrá extinguirse mientras existan las distintas clases con sus intereses y posiciones sociales opuestos y contradictorios; y hasta ahora no hemos oído que Francia, desde que el falso Napoleón asumió el poder, haya dejado de contar entre sus habitantes con grandes terratenientes y también con jornaleros del campo o aparceros,5 con grandes traficantes de dinero y también con pequeños campesinos cargados de hipotecas, con capitalistas y también con obreros.

La situación de las distintas clases en Francia es la siguiente. La revolución de Febrero había roto para siempre el poder de los grandes banqueros y especuladores de Bolsa; tras su caída, todas las demás clases de la población urbana habían ido llegando sucesivamente al timón. Primero los obreros, en los días de la primera agitación revolucionaria; luego los republicanos pequeñoburgueses de Ledru-Rollin; después la parte republicana de la burguesía, con Cavaignac, y finalmente la burguesía monárquica unida, con la difunta Asamblea Nacional.6 Ninguna de estas clases había sido capaz de conservar el poder que tuvo por poco tiempo; y últimamente, ante las diferencias siempre renovadas entre los monárquicos legitimistas, es decir, los señores de la tierra, y los monárquicos orleanistas, es decir, los señores del dinero, parecía inevitable que el poder se les escapara otra vez de las manos y pudiera volver a caer en las de la clase obrera, que entretanto habría aprendido a usarlo mejor. Pero había todavía otra clase poderosa en Francia, poderosa no en virtud de las grandes posesiones de sus miembros, sino poderosa por su número y por sus meras necesidades. Esta clase, los pequeños campesinos cargados de hipotecas, que forman por lo menos tres quintas partes de la nación francesa, se ponía difícilmente en movimiento y era también difícil de influir, como la población del campo en todas partes; se aferraba a sus viejas tradiciones, desconfiaba de la sabiduría de los apóstoles de todos los partidos de la ciudad, recordaba los tiempos del Emperador, en que había sido feliz, libre de deudas y relativamente rica, y, por medio del sufragio universal, puso el poder ejecutivo en manos de su sobrino. La activa agitación del partido socialista-demócrata y, más aún, la decepción que pronto le causaron las medidas de Luis Napoleón llevaron a una parte de esta clase campesina a las filas del partido rojo; pero en su masa se aferraba a sus tradiciones y creía que, si Luis Napoleón no había resultado hasta entonces el Mesías con el que se contaba, la culpa era de la Asamblea Nacional, que lo maniataba. Además de en la masa del campesinado, Luis Napoleón, él mismo una especie de estafador distinguido y rodeado de la flor y nata de la elegante chusma de los aventureros, encontró apoyo en la parte más degradada y licenciosa de la población urbana. A esta parte de sus partidarios la reunió en una tropa a sueldo que se llamaba «Sociedad del 10 de Diciembre».7 Así, confiando en los votos del campesinado, en las ruidosas manifestaciones de la chusma y en la disposición del ejército a derribar en cualquier momento a un gobierno de charlatanes parlamentarios que pretendían hablar en nombre de las clases trabajadoras, pudo esperar tranquilamente el momento en que las riñas del Parlamento burgués le permitieran intervenir y reclamar un dominio más o menos absoluto sobre aquellas clases, ninguna de las cuales se había mostrado, tras cuatro años de lucha sangrienta, lo bastante fuerte para hacerse con una dominación duradera. Eso es exactamente lo que hizo el año pasado, el 2 de diciembre.

La dominación de Luis Napoleón, pues, no ha abolido la lucha de clases. Solo impide durante algún tiempo los estallidos sangrientos que de cuando en cuando señalan los esfuerzos de esta o aquella clase por conquistar el poder político o por conservarlo. Ninguna de estas clases era lo bastante fuerte para arriesgar una nueva batalla con alguna perspectiva de éxito. Precisamente los antagonismos de clase favorecían, en las circunstancias de entonces, los planes de Napoleón. Derribó el Parlamento burgués y destruyó así el poder político de la burguesía. ¿Y no iban a alegrarse de ello los proletarios? ¡Desde luego no podía esperarse de los proletarios que lucharan por una Asamblea Nacional que había sido su enemiga mortal! Pero, al mismo tiempo, la usurpación de Luis Napoleón amenazaba el campo de batalla común de todas las clases y la última posición ventajosa de la clase obrera: la república. Piénsese: en cuanto los obreros se alzaron en defensa de la república, la burguesía se unió precisamente al hombre que acababa de arrebatarle el poder, porque lo que le importaba era derrotar a la clase obrera como enemigo común de la sociedad. Así ocurrió en París, así en las provincias, y el ejército venció sin mucho esfuerzo a las clases rivales y adversas. Y después de la victoria se presentaron los millones de campesinos fieles al Emperador con sus papeletas, y, aunque las falsificaciones oficiales pusieron también su parte, fueron ellos quienes instauraron el gobierno de Luis Napoleón como el del representante de una Francia casi unánime.

Sin embargo, también hoy las luchas y los intereses de clase siguen siendo el fundamento de cada acto importante de Luis Napoleón, como veremos en el próximo informe.

III

Notes to the People, núm. 50, 10 de abril de 1852

Lo repetimos: Luis Napoleón ha llegado al poder porque la guerra abierta entre las distintas clases de la sociedad francesa durante los últimos cuatro años ha agotado a esas clases y destrozado sus ejércitos, y porque en tales condiciones la lucha de estas clases solo puede proseguir, al menos transitoriamente, por vías pacíficas y legales, es decir, por medio de la competencia, de las organizaciones de oficio y de todos esos diversos medios de lucha pacífica con los que en Inglaterra se dirimen desde hace ya más de un siglo las contradicciones entre las clases. En estas circunstancias, a todas las clases en competencia les interesa en cierto modo que exista un llamado gobierno fuerte, que reprima y contenga todos esos estallidos menores, locales y dispersos de hostilidad abierta que, sin conducir a resultado alguno, estorban el desarrollo de la lucha en su nueva forma al obstaculizar la reunión de fuerzas para una nueva batalla decisiva. Esta circunstancia puede explicar en cierta medida por qué los franceses se comportan en general, innegablemente, de manera pacífica con su gobierno actual. Cuánto tiempo pasará hasta que una y otra, la clase obrera y la de los capitalistas, vuelvan a tener fuerza y confianza en sí mismas suficientes para salir a la palestra y reclamar abiertamente, cada una por su cuenta, la dictadura sobre Francia, eso naturalmente nadie puede decirlo. Pero tal como se desarrollan hoy los acontecimientos, lo más probable es que una u otra de estas clases se vea llevada inesperadamente al campo de batalla, y así podrían volver a enfrentarse pronto en la calle clase contra clase, mucho antes de que la fuerza relativa o absoluta de los partidos hiciera suponer semejante choque. Pues si el partido revolucionario francés, es decir, el partido obrero, tuviera que esperar a ser de nuevo tan fuerte como en febrero de 1848, tendría que resignarse durante unos diez años a una pasividad sumisa, y eso es seguro que no lo hará. Y al mismo tiempo, un gobierno como el de Luis Napoleón se ve obligado, como pronto veremos, a enredarse a sí mismo y a Francia en dificultades tan grandes que al final solo un gran golpe revolucionario podrá resolverlas. No queremos hablar de las posibilidades de una guerra ni de otros sucesos que podrían producirse o no; solo queremos mencionar un acontecimiento que llegará tan seguro como que el sol sale por la mañana: un vuelco general del comercio y de la industria. La mala marcha del comercio y las malas cosechas de 1846 y 1847 provocaron la revolución de 1848; y se puede apostar diez contra uno a que en 1853 el comercio de todo el mundo estará mucho más hondamente afectado y mucho más tiempo trastornado que nunca. ¿Y quién va a tener por lo bastante marinero el barco en que navega Luis Napoleón para desafiar las tormentas que entonces estallarán inevitablemente?

Pero echemos una ojeada a la situación en que se encontraba el águila bastarda la tarde del día de su victoria. Lo apoyaban el ejército, el clero y el campesinado. Se habían opuesto a su golpe la burguesía (incluidos los grandes terratenientes) y los socialistas u obreros revolucionarios. Una vez a la cabeza del gobierno, no solo tenía que conservar el favor de los partidos que lo habían llevado allí, sino también ganarse al mayor número posible de los que hasta entonces habían estado contra él, o al menos reconciliarlos con el nuevo estado de cosas. En lo que respecta al ejército, al clero, a los funcionarios del gobierno y a los miembros de aquella conspiración de cazadores de cargos de que se había rodeado desde hacía tiempo, para todos ellos solo necesitaba una cosa: soborno directo, dinero contante, saqueo descarado de los fondos públicos; y ya hemos visto qué presto andaba Luis Napoleón con el dinero en efectivo y con qué rapidez encontraba para sus amigos prebendas que les ofrecían brillantes ocasiones de enriquecerse en el acto. Así, De Morny,8 abrumado por el peso de sus deudas, entró en su cargo como un mendigo y lo dejó cuatro semanas después libre de todas sus deudas y, además, con una fortuna que hasta en el barrio de Belgrave Square9 se calificaría de magnífica garantía de una existencia independiente. Pero otra cosa muy distinta era arreglárselas con el campesinado, con los grandes terratenientes, con los tenedores de títulos de la deuda y de capitales, con los fabricantes, los armadores, los comerciantes y los tenderos y, por último, con el problema más difícil del siglo, la cuestión obrera. A pesar de todas las medidas de mordaza del gobierno, los intereses de estas distintas clases seguían tan irreconciliables como siempre, aunque ya no hubiera prensa, ni Parlamento, ni tribuna de reunión para hacer patente este enojoso estado de cosas; y así resultó que, hiciera lo que hiciera el gobierno por una clase, tenía que lesionar con ello los intereses de otra. Emprendiera lo que emprendiera Luis Napoleón, en todas partes tropezaba con una y la misma pregunta: «¿Quién paga la cuenta?», una pregunta que ha derribado más gobiernos que todas las demás juntas, como las cuestiones de la milicia, de la reforma, etcétera. Y aunque Luis Napoleón ha hecho ya contribuir en buena parte a su predecesor Luis Felipe al pago de la cuenta,10 esta sigue lejos de estar saldada.

En nuestro próximo informe empezaremos por esbozar la situación de las distintas clases de la sociedad en Francia y por examinar hasta qué punto disponía el gobierno actual de medios y caminos para mejorarla. Mostraremos al mismo tiempo lo que ese gobierno ha emprendido con este fin y lo que probablemente emprenderá todavía, y reuniremos así materiales que permitan sacar conclusiones acertadas sobre la posición y las perspectivas del hombre que hoy hace todo lo posible por desacreditar el nombre de Napoleón.

  1. La ley del 31 de mayo de 1850 exigía tres años de residencia en el mismo municipio, acreditados por la inscripción en el impuesto personal, para votar: dejó sin voto a unos tres millones de electores, sobre todo obreros. ↩

  2. El 4 de diciembre de 1851 las tropas dispararon en los bulevares de París contra transeúntes y curiosos y contra las fachadas de las casas, con centenares de muertos. ↩

  3. En mayo de 1852 terminaban a la vez el mandato de la Asamblea Legislativa y el del presidente de la República, que la Constitución de 1848 no permitía reelegir. ↩

  4. Así en la versión alemana de la MEW, la única de que disponemos; el primer Imperio duró de 1804 a 1814, diez años. ↩

  5. En el original, métayers, aparceros. ↩

  6. Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), jefe de los demócratas pequeñoburgueses de La Réforme, ministro del Interior en el Gobierno provisional de 1848; Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano que aplastó la insurrección de junio de 1848 y fue jefe del poder ejecutivo hasta diciembre de ese año. La «difunta Asamblea Nacional» es la Asamblea Legislativa (1849-1851), dominada por el «partido del orden» y disuelta por el golpe de Estado. ↩

  7. Sociedad bonapartista fundada en 1849 y llamada así por el 10 de diciembre de 1848, fecha de la elección de Luis Napoleón como presidente; Marx la describe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. ↩

  8. Charles-Auguste, conde (luego duque) de Morny (1811-1865), hermanastro de Luis Napoleón, organizador del golpe de Estado y ministro del Interior hasta enero de 1852. ↩

  9. Plaza de Londres, en el barrio aristocrático de Belgravia. ↩

  10. Por decretos del 22 de enero de 1852, Luis Napoleón confiscó los bienes de la familia de Orleans. ↩