Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres entre mayo y junio de 1852. El manuscrito no se publicó en vida de los autores; apareció por primera vez en ruso en 1930, en el tomo V del Marx-Engels-Archiv de Moscú. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 233-335), que sigue el manuscrito, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre llaves {…}, los pasajes tachados en el manuscrito; entre corchetes, las palabras añadidas por los editores de la MEW. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de Marx y Engels. Texto original en alemán.

I

«Canta, alma inmortal,
la redención de los hombres pecadores»1
por Gottfried Kinkel

Gottfried Kinkel2 nació hace unos cuarenta años. Tenemos su vida ante nosotros en una autobiografía: Gottfried Kinkel. Verdad sin poesía. Cuaderno de apuntes biográficos, editado por Adolph Strodtmann3 (Hamburgo, Hoffmann & Campe, 1850, en octavo).4

Gottfried es el héroe del periodo Siegwart5 de la democracia, que tanta melancolía patriótica sin fin y tanto lamento lacrimoso ha producido en Alemania. Debutó como un vulgar Siegwart lírico.

La inconexión de diario íntimo con que se presenta al lector su peregrinar terreno corre por cuenta, igual que la indiscreción importuna de estas revelaciones, del apóstol Strodtmann, cuya «exposición compilatoria» seguimos.

«Bonn. Febrero-septiembre de 1834»

«El joven Gottfried estudiaba, como su amigo Paul Zeller, teología evangélica y, por su aplicación y su piedad, se había ganado el respeto de sus célebres maestros» (Sack, Nitzsch y Bleek)6 (pág. 5).

Aparece desde el principio «visiblemente sumido en meditaciones más graves» (pág. 4), «malhumorado y sombrío» (pág. 5), tal como corresponde a un grand homme en herbe.7 «El ojo castaño, de llama sombría, de Gottfried» «seguía» a unos estudiantes «de frac castaño y levita azul claro»; Gottfried adivina en el acto que esos estudiantes «querían suplir con el brillo exterior el vacío interior» (pág. 6). Su indignación moral se explica porque Gottfried «había defendido a Hegel y a Marheineke»8 cuando aquellos estudiantes llamaron a Marheineke «cabeza hueca»; más tarde, cuando el candidato va a Berlín a estudiar y ha de aprender algo del propio Marheineke, anota sobre él en su diario la sentencia literaria (pág. 61):

«Un tipo que especula
es como una bestia en el páramo yermo
a la que un mal espíritu hace dar vueltas en círculo,
y alrededor hay hermosos pastos verdes».9

Gottfried olvida aquí la otra sentencia con que Mefistófeles se burla del estudiante ávido de saber:

«¡Desprecia, sí, el entendimiento y la ciencia!»

Toda esta escena estudiantil moralizante no sirve, sin embargo, más que de introducción para dar ocasión al futuro libertador del mundo de la siguiente revelación (pág. 6).

Gottfried dice:

«Esta generación no pasará si no viene una guerra... ¡Solo remedios enérgicos pueden volver a levantar nuestra época encenagada!»

«¡Un nuevo diluvio, y tú de Noé en segunda edición corregida!», replicó su amigo.

Las levitas castaño claro han ayudado a Gottfried a desarrollarse hasta el punto de anunciarse como «Noé en un nuevo diluvio». Su amigo hace al respecto la siguiente observación, que podría haberse puesto como lema a la biografía misma:

«¡Muchas veces mi padre y yo nos hemos sonreído en silencio de tu entusiasmo por conceptos oscuros!»

En todas estas confesiones de un alma bella10 se repite un único «concepto claro»: que Kinkel fue un gran hombre desde el embrión. Las cosas más triviales, tal como les ocurren a todas las personas triviales, se convierten en acontecimientos llenos de significado; las pequeñas penas y alegrías que todo candidato a teólogo vive en una forma más interesante, los conflictos con las condiciones burguesas que en Alemania se encuentran por docenas en cada seminario y en cada consistorio, se vuelven aquí acontecimientos fatales de alcance universal, con los que Gottfried, entre sentimientos de dolor del mundo, representa sin cesar una comedia. {Por eso encontramos en estas confesiones de principio a fin un doble carácter: la comedia, la manera divertida con que Gottfried se apodera de las menores naderías para proclamar su presentimiento de futura grandeza y ponerse de relieve por anticipado, y la fanfarronería, el modo mendaz con que, a posteriori, mete toda su vanité11 en cada mezquino suceso de su pasado lírico-teológico. Siguiendo estos dos rasgos fundamentales, seguiremos ahora el resto de la historia de Gottfried.}12

La familia {del «amigo Paul» deja Bonn y} vuelve a Wurtemberg. Gottfried pone en escena este acontecimiento de la siguiente manera.

Gottfried ama a la hermana de Paul y declara en esta ocasión que «ya ha amado dos veces». Pero el amor de ahora no es un amor vulgar, sino «ferviente y verdadera adoración de Dios» (pág. 13). Gottfried sube con el amigo Paul al Drachenfels13 y en este caballete romántico prorrumpe en el siguiente ditirambo:

«¡Que se vaya la amistad! Encuentro un hermano en el Salvador; que se vaya el amor: ¡sea la fe mi novia!; que se vaya la fidelidad de la hermana: ¡he venido a la congregación de muchos miles de justos! ¡Adelante, pues, mi joven corazón; aprende a estar solo con tu Dios y lucha con él hasta que lo venzas y te dé un nombre nuevo, el santo Israel,14 que nadie conoce sino el que lo recibe! ¡Salve, espléndido sol de la mañana, imagen de mi alma que despierta!» (pág. 17).

La despedida del amigo se convierte así para Gottfried en ocasión de entonar un himno extático a su propia alma. Y no basta con eso: también el amigo tiene que entonar un himno. Pues mientras Gottfried se derrama en aquel éxtasis, habla «con voz elevada y rostro ardiente», «olvida la presencia de su amigo», «su ojo está transfigurado», «sus exclamaciones son inspiradas», etc. (pág. 17); en suma, toda la aparición testamentaria del profeta Elías.

«Sonriendo con melancolía, Paul lo miró con sus ojos leales y dijo: “Tienes en el pecho un corazón más fuerte que el mío y seguramente me superarás; pero déjame ser tu amigo, también en la distancia”. Gottfried estrechó alegremente la mano que se le tendía y renovó la vieja alianza» (pág. 18).

Gottfried ha conseguido en esta escena de transfiguración en el monte lo que quería. El amigo Paul, que hace un momento se reía del «entusiasmo de Gottfried por conceptos oscuros», se humilla ante el nombre del «santo Israel» y reconoce la superioridad y la grandeza futura de Gottfried. Gottfried se pone contentísimo y renueva con amable condescendencia la vieja alianza.

*

Cambio de escena. Cumpleaños de la madre de Kinkel, esposa del pastor Kinkel de Oberkassel. Esta fiesta familiar se aprovecha para anunciar que «la matrona se llamaba María, como la madre del Salvador» (pág. 20): indicio seguro de que también Gottfried estaba llamado a ser salvador y redentor del mundo. Así, en las primeras veinte páginas, el estudiante de teología se nos ha presentado, a propósito de los acontecimientos más insignificantes, como Noé, como santo Israel, como Elías y, finalmente, como Cristo.

*

Gottfried, que en conjunto no vive absolutamente nada, vuelve naturalmente una y otra vez en sus vivencias a sus sentimientos interiores. El pietismo que se le pega como hijo de predicador y futuro docto en teología corresponde a su innata debilidad de ánimo y a la coqueta ocupación consigo mismo. Nos enteramos de que la madre y la hermana eran estrictamente pietistas y de que Gottfried tenía una fuerte conciencia del pecado; el conflicto de esta piadosa visión del pecado con el «alegre y sociable disfrute de la vida» de los estudiantes corrientes aparece en Gottfried, conforme a su vocación histórico-universal, como una lucha de la religión con la poesía: el chato de cerveza que el hijo del pastor de Oberkassel bebe con otros estudiantes se convierte en el cáliz fatal en el que luchan las dos almas de Fausto. En la descripción de su vida familiar pietista vemos a la «madre María» combatir como pecaminosa la «inclinación de Gottfried por el teatro» (pág. 28), discordia cargada de sentido que ha de anunciar de nuevo al futuro poeta, pero que en realidad no hace más que exhibir la predilección de Gottfried por la farándula. De su hermana Johanna se cuenta, como muestra de arpía pietista, que abofeteó a una niña de cinco años por distraerse en la iglesia: sucio chisme familiar cuyas revelaciones no se entenderían si al final del libro esa hermana Johanna no apareciera como la más encarnizada adversaria del matrimonio de Gottfried con madame Mockel.

Como acontecimiento se menciona que Gottfried pronunció en Seelscheid «un magnífico sermón sobre el grano de trigo que muere».

*

La familia Zeller y la «amada Elise» parten por fin. Nos enteramos de que Gottfried «estrechó ardientemente la mano de la muchacha» y le susurró este saludo: «¡Elise, adiós! No puedo decir más». A esta interesante historia sigue el primer lamento a lo Siegwart.

«¡Aniquilado!» «Sin habla.» «¡Desgarramiento más desconsolado! «Frente ardiente.» «Profundísimos suspiros.» «El dolor más salvaje le atravesó el cerebro», etc. (pág. 37).

Toda la escena de Elías se convierte así en pura comedia, representada para el «amigo Paul» y para sí mismo. Paul vuelve a aparecer para susurrar al oído de Siegwart, que está allí sentado lamentándose en soledad: «Este beso para mi Gottfried» (pág. 38).

Gottfried vuelve a ponerse contento.

«Más firme que nunca está mi plan de volver a ver a mi dulce amor dignamente y no sin nombre» (pág. 38).

La reflexión sobre el nombre que se espera, el alarde de coronas de laurel recibidas por adelantado, no falta tampoco en la pena de amor. Gottfried aprovecha el intermedio para poner por escrito su amor con fanfarronería desbordante, para que tampoco los sentimientos de su diario se pierdan para el mundo. Pero la escena no ha alcanzado todavía su golpe final. El fiel Paul tiene que advertir al maestro que ha de asaltar el mundo que Elise quizá más adelante, si ella se quedaba parada mientras él seguía desarrollándose, ya no le bastaría.

«¡Oh, no!», dijo Gottfried. «Esta flor celestial, que apenas ha abierto sus primeros pétalos, ya exhala un perfume tan dulce. ¡Qué será cuando... el rayo ardiente del verano de la fuerza viril despliegue sus pétalos interiores!» (pág. 40).

Paul se ve obligado a responder a esta imagen sucia que contra un poeta de nada sirven las razones.

«Y toda vuestra sabiduría os protege tan poco contra los caprichos de la vida como nuestra amable locura», replicó Gottfried sonriendo» (pág. 40).

¡Conmovedora estampa, Narciso sonriéndose a sí mismo! El torpe candidato aparece de pronto como amable loco, Paul se convierte en el Wagner15 que admira al gran hombre, y el gran hombre «sonríe», «sí, sonríe dulce y amablemente». El golpe final está salvado.

*

Gottfried consigue por fin dejar Bonn. Él mismo resume así la altura alcanzada allí por su formación científica:

«Por desgracia me voy apartando cada vez más del hegelianismo; ser racionalista es mi mayor deseo, pero al mismo tiempo soy sobrenaturalista y místico y, en caso necesario, incluso pietista» (pág. 45).

A este autorretrato no hay nada que añadir.

*

«Berlín. Octubre de 1834-agosto de 1835»

De la pequeña miseria familiar y estudiantil Gottfried pasa a Berlín. De una influencia de las condiciones de la gran ciudad, que lo era al menos en comparación con Bonn, de una participación en el movimiento científico de entonces, no encontramos rastro; el diario de Gottfried se limita a las emociones que vive con un nuevo compagnon d'aventure,16 Hugo Dünweg, de Barmen, y a las pequeñas penas del pobre teólogo: apuros de dinero, fracs raídos, un empleo de reseñista, etc. Su vida no guarda relación alguna con la vida pública de la ciudad, sino que se ciñe a la familia Schlössing, en la que Dünweg pasa en silencio por maese Wolfram y Gottfried por maese Gottfried de Estrasburgo17 (pág. 67). Elise se le va borrando del corazón, siente un nuevo cosquilleo por la señorita Maria Schlössing, se entera para colmo de desgracias del compromiso de Elise con otro y resume por último sus sentimientos y aspiraciones berlinesas en el «oscuro anhelo de un ser femenino que pudiera [llamar] enteramente suyo».

Pero no se puede dejar Berlín sin el inevitable golpe final:

«Antes de que dejara Berlín, el viejo» (director de escena) «Weiß lo llevó una vez más al interior del Teatro Real. Un extraño sentimiento recorrió al joven cuando el amable anciano, en la gran sala en que están expuestos los bustos de los dramaturgos alemanes, señalando algunos nichos vacíos, dijo con tono significativo:

“Aún quedan sitios libres”»

El sitio para el platénida18 Gottfried, que se deja servir tan en serio por un viejo farsante el sumo deleite de la «inmortalidad futura», ese sitio sigue, en efecto, libre.

*

«Bonn. Otoño de 1835-otoño de 1837»

«En perpetua oscilación, indeciso entre el arte, la vida y la ciencia, activo en las tres sin un fin fijo, pensaba aprender, ganar y crear él mismo en todas ellas tanto como su indecisión le permitiera» (pág. 89).

Con este conocimiento del diletante indeciso regresa Gottfried a Bonn. El sentimiento de diletantismo no le impide, naturalmente, hacer su examen de licenciado y hacerse Privatdozent19 en la Universidad de Bonn.

«Ni Chamisso ni Knapp habían recogido en sus almanaques los poemas que les había enviado, y eso le dolió mucho» (pág. 99).20

Ese es el debut del gran hombre, que en los círculos privados vive siempre de un crédito espiritual a cuenta de su importancia futura, en sus primeros intentos públicos. A partir de ese momento se convierte definitivamente en dudosa celebridad local de los círculos literarios estudiantiles, hasta que un rozón de bala en Baden lo convierte de golpe en héroe del filisteísmo alemán.21

«En cambio, en el pecho de Kinkel despertaba cada vez más el anhelo de un amor firme y fiel, que no se dejaba desplazar por ningún trabajo» (pág. 103).

La primera víctima de este anhelo es una tal Minna. Gottfried coquetea con Minna y, para variar, hace de compasivo Mahadöh,22 que se deja adorar por la doncella mientras reflexiona sobre su estado de salud.

«Kinkel habría podido amarla si le hubiera sido posible engañarse sobre su estado; pero su amor habría matado aún más deprisa a la rosa que se marchitaba. Minna era la primera muchacha que podía comprenderlo; pero ella, segunda Hécuba, no le habría dado hijos sino antorchas, y el ardor de los padres habría quemado por ella la propia casa, como la Troya de Príamo.23 Sin embargo, no podía separarse de ella, por ella le sangraba el corazón, era desdichado no por amor, sino por compasión».

El divino héroe, cuyo amor ha de matar como la contemplación de Júpiter, no es más que el vulgar petimetre que reflexiona siempre sobre sí mismo y que, en sus estudios matrimoniales, ensaya por primera vez el papel de rompecorazones. La repugnante consideración sobre el estado de enfermedad y sus consecuencias para los hijos que eventualmente pudieran obtenerse se convierte además en especulación vil por el hecho de que prolonga la relación para su íntima autosatisfacción y no la rompe hasta que le brinda ocasión para una nueva escena melodramática.

Gottfried viaja a casa de un tío cuyo hijo acaba de morir; junto al cadáver expuesto, en la pavorosa hora de la medianoche, prepara con su prima, mademoiselle Elise II, una escena de ópera de Bellini, se promete con ella «en presencia del muerto» y a la mañana siguiente el tío lo acepta felizmente como futuro yerno.

«A menudo pensaba también en Minna y en el momento en que tendría que volver a verla, puesto que ahora estaba perdido para ella para siempre; pero no temía ese momento, porque ella no podía alegar derechos sobre un corazón que ya estaba comprometido» (pág. 117).

El nuevo compromiso no tiene otro significado que llevar la relación con Minna a una colisión dramática en la que se enfrentan «el deber y la pasión». Esta colisión misma se provoca con la canallería más filistea, pues el hombre de bien se niega a sí mismo los derechos de Minna sobre su corazón, que ya estaría comprometido; al hombre virtuoso, naturalmente, no le importa nada salvar incluso esa cobarde mentira a sí mismo invirtiendo a posteriori el orden temporal en el «corazón comprometido».

Gottfried se ha precipitado en la interesante necesidad de tener que romper un «pobre gran corazón»:

«Tras una pausa, Gottfried prosiguió: “Al mismo tiempo creo tener que pedirle perdón, querida Minna, por una falta; quizá he pecado contra usted. Minna, esta mano que ayer le dejé con tanta amabilidad, esta mano ya no está libre: ¡estoy prometido!”» (pág. 123).

El melodramático candidato se guarda muy bien de decirle que ese compromiso tuvo lugar un par de horas después de haberle dejado «con tanta amabilidad» su mano.

«¡Oh, Dios! Minna, ¿puede usted perdonarme?» (loc. cit.)

«Soy un hombre y he de ser fiel a mi deber: ¡no puedo amarla! Pero no la he engañado» (pág. 124).

Tras este deber virtuoso arreglado a posteriori, solo falta provocar lo increíble, una inversión efectista de toda la relación en la que no es Minna quien le perdona a él, sino el cura moralizante quien perdona a la engañada. Con este fin se imagina la posibilidad de que Minna «pueda odiarle en la distancia», y a esta suposición se anuda la siguiente moraleja final:

«“Eso se lo perdono de buen grado y, si llega el caso, puede usted estar segura de antemano de mi perdón. Y ahora adiós, mi deber me llama, ¡he de dejarla!” Luego salió a pasos lentos del cenador... Desde aquella hora Gottfried se sintió desdichado» (pág. 124).

El comediante y amante imaginario se transforma en el cura hipócrita que sale del paso con una bendición untuosa; Siegwart, gracias a los conflictos amorosos inventados, ha llegado al feliz resultado de poder creerse desdichado en su imaginación.

Al final sale a la luz que todas estas historias de amor arregladas no eran más que un coqueteo de Gottfried consigo mismo. Toda la historia se reduce a que el cura que sueña con su futura inmortalidad representa historias del Antiguo Testamento y fantasías modernas de biblioteca de préstamo a lo Spiess, Clauren y Cramer,24 y así se goza en la imaginación como héroe romántico.

«Mientras revolvía entre sus libros, le vino a las manos el Ofterdingen de Novalis,25 que todavía un año antes lo había inflamado tantas veces para la poesía. Ya cuando iba al instituto y fundó con algunos amigos, con el nombre de “Teutonia”, una sociedad que se proponía abrirse mutuamente la comprensión de la historia y la literatura alemanas, había adoptado el nombre de Enrique de Ofterdingen... Ahora se le hizo claro el significado de ese nombre. Se creyó él mismo aquel Enrique en la graciosa ciudad al pie del Wartburg, y el anhelo de la “flor azul” se apoderó de él con fuerza irresistible. Minna no podía ser la luminosa flor de cuento, ni tampoco su novia, por mucho que interrogara a su corazón. Soñando, siguió leyendo y leyendo, el loco mundo mágico lo envolvió y al fin se arrojó llorando en un sillón, pensando en la “flor azul”».

Gottfried revela aquí toda la mentira romántica con la que se ha disfrazado; la vocación carnavalesca de disfrazarse de personajes ajenos es su verdadero «ser interior». Igual que antes se llamaba Gottfried de Estrasburgo, ahora aparece como Enrique de Ofterdingen, y lo que busca no es la «flor azul», sino una mujer que lo reconozca como Enrique de Ofterdingen. Esa «flor azul» la encontró finalmente, en forma algo marchita, en una mujer que, en interés de él y de ella, representó con él la ansiada comedia.

El romanticismo mentido, la parodia y caricatura de viejas historias y aventuras que Gottfried, a falta de fondo propio, revive a imitación de otros, toda esta estafa sentimental de colisiones vacías con Marías, Minnas y Elises I y II, lo han llevado tan lejos que se cree llegado a la altura de las vivencias de Goethe. Como Goethe, tras sus tormentas amorosas, parte de pronto para Italia y escribe allí sus Elegías, Gottfried, tras sus imaginarios embelesos amorosos, cree tener ahora también derecho a su expedición a Roma. Goethe presintió a Gottfried:

Si la ballena tiene su piojo,
también yo puedo tener el mío.26

*

«Italia. Octubre de 1837-marzo de 1838»

La expedición a Roma se abre en los diarios de Gottfried con una descripción de pliegos enteros del viaje de Bonn a Coblenza. Esta nueva época empieza de nuevo, como terminó la anterior, con la aplicación cargada de alusiones de vivencias ajenas. Gottfried recuerda en el vapor el «excelente rasgo de Hoffmann» que hace «crear al maestro Johannes Wacht una obra muy artística precisamente después del dolor más violento»;27 para confirmar este «excelente rasgo», Gottfried, tras el «dolor violento» por Minna, se pone a «meditar» «sobre la ejecución, proyectada desde hacía tiempo, de una tragedia» (pág. 140).

En el viaje de Kinkel de Coblenza a Roma ocurre lo siguiente.

«Las cartas amables de su novia, que recibía a menudo y contestaba casi siempre en el acto, ahuyentaban los pensamientos sombríos» (pág. 144).

«Su amor a la hermosa Elise II echaba hondas raíces en el anhelante pecho juvenil» (pág. 146).

En Roma ocurre lo siguiente:

«A su llegada a Roma, Kinkel había encontrado una carta de su novia que aumentó aún más su amor por ella e hizo retroceder cada vez más la imagen de Minna. Su corazón le decía que Elise podía hacerlo feliz, y se entregó con el más puro ardor a este sentimiento... Solo ahora había aprendido a amar» (pág. 151).

Minna, a la que antes solo había amado por compasión, ha vuelto a surgir, pues, en el escenario sentimental. En la relación con Elise sueña que Elise puede hacerlo feliz a él, no que él pueda hacerla feliz a ella. Y sin embargo, en la fantasía de la «flor azul» ya había declarado antes que la flor de cuento por la que siente tan poético cosquilleo no podía ser ni Elise ni Minna. Los sentimientos recién despertados por estas dos muchachas sirven, sin embargo, de agrupación escénica para arreglar un nuevo conflicto.

«La poesía de Kinkel dormía aparentemente en Italia» (pág. 151).

¿Por qué?

«Porque le faltaba aún la forma» (pág. 152).

Más tarde nos enteramos de que, como resultado de una estancia de seis meses en Italia, se trajo a Alemania la «forma» bien empaquetada. Como Goethe compuso en Roma sus Elegías, Gottfried discurre igualmente una elegía, «El despertar de Roma» (pág. 153).

La criada de Kinkel le entrega en su alojamiento una carta de su novia. La abre con alegría

«y se desplomó con un grito sobre su lecho. Elise le comunicaba que un hombre acomodado, un tal doctor D., que tenía una clientela extensa y hasta un caballo de silla, había pedido su mano; como iba a pasar todavía mucho tiempo antes de que él, Kinkel, el pobre teólogo, se hubiera hecho una posición segura, le rogaba que deshiciera el lazo que la unía a él».

Reminiscencia completa de Misantropía y arrepentimiento.28

Gottfried «aniquilado», «horrible petrificación», «ojo seco», «sentimiento de venganza», «puñal», «pecho del rival», «sangre del corazón del adversario», «frialdad de hielo», «dolor demencial», etc. (págs. 156 y 157).

Lo que en estas «penas y alegrías del pobre teólogo» ofende principalmente al desdichado candidato es la idea de que ella lo haya «desdeñado por la posesión incierta de bienes terrenales» (pág. 157). Tras los sentimientos prescritos por las reglas de la escena que se apoderan de él, se eleva por fin al siguiente consuelo:

«No era digna de ti, ¡y a ti te queda el ala del genio, que te llevará muy alto por encima de este oscuro dolor! ¡Y cuando un día tu fama vuele por el orbe, que la pérfida reconozca en su propio pecho el juicio que la castiga! ¿Quién sabe, además, si sus hijos no me buscarán al cabo de los años para implorar mi ayuda? Y a eso no quisiera sustraerme precipitadamente» (pág. 157).

Tras el inevitable deleite anticipado de la «fama futura que vuela por el orbe», asoma aquí el vulgar filisteo clerical. Especula con que los hijos de Elise podrían quizá más adelante, en la miseria, implorar limosna al gran poeta: «a eso no quisiera sustraerse precipitadamente». ¿Y por qué? Porque Elise prefiere un «caballo de silla» a la «fama futura» con la que Gottfried sueña constantemente; porque a la comedia de monos que él piensa representar con el nombre de Enrique de Ofterdingen prefiere los «bienes terrenales». Ya el viejo Hegel observó con razón que la conciencia noble se trueca siempre en la vil.29

*

«Bonn. Verano de 1838-verano de 1843»

(Intriga y amor)

Después de haber caricaturizado a Goethe en Italia, Gottfried se propone a su regreso representar Intriga y amor de Schiller.

A pesar del pecho desgarrado por el dolor del mundo, Gottfried se encuentra físicamente «mejor que nunca» (pág. 167). Se propone «fundar una reputación literaria con trabajos» (pág. 169), lo cual, sin embargo, no le impide más tarde, cuando los «trabajos» no logran fundar la reputación literaria, procurarse una reputación más barata sin trabajos.

El «oscuro anhelo» con que Gottfried persigue siempre a un «ser femenino» se manifiesta en una sucesión notablemente rápida de promesas de matrimonio y compromisos. La promesa de matrimonio es la forma clásica con que el hombre fuerte y espíritu «futuro» superior trata en la realidad de conquistar a sus amadas y atarlas a sí. En cuanto cree ver una florecilla azul que podría ayudarle al papel de Enrique de Ofterdingen, el blando y nebuloso embeleso sentimental del poeta se condensa en la muy nítida visión del candidato de completar la afinidad electiva ideal con un lazo del «deber». Esta cacería burguesa, en la que los compromisos vuelan à tort et à travers30 tras los primeros saludos hacia todas las florecillas de campo y de agua, hace aparecer tanto más repugnante la floja coquetería de corderillo que menea el rabo con la que Gottfried abre sin cesar el pecho para dejar constancia de su «gran dolor de poeta».

Por eso, a su regreso de Italia, Gottfried tiene naturalmente que volver a «prometerse»; esta vez el objeto de su anhelo se lo señala directamente su hermana, aquella dama Johanna cuyo fanatismo pietista ya había quedado inmortalizado antes por las exclamaciones del diario de Gottfried.

«Bögehold había anunciado por aquellos días su compromiso con la señorita Kinkel, y Johanna, que ahora se entrometía más que nunca en los asuntos del corazón de su hermano, deseaba, por diversas razones y consideraciones familiares que es mejor callar al mundo, que Gottfried llevara ahora a su vez al altar, en reciprocidad, a la hermana de su novio, la señorita Sophie Bögehold» (pág. 172). «Kinkel» —eso se entiende por sí solo— «tenía que sentirse necesariamente atraído por una muchacha dulce... Esta era una muchacha amable e inocente» (pág. 173). «De la manera más delicada» —eso se entiende por sí solo— «pidió Kinkel su mano, que los padres, felices, le prometieron con alegría en cuanto» —eso se entiende por sí solo— «se hubiera ganado una posición segura y pudiera llevar a su novia al altar» —eso se entiende por sí solo— «como profesor o como dueño de una tranquila casa parroquial».

La tendencia al matrimonio que recorre todas las aventuras del ardoroso candidato la puso en esta ocasión por escrito en los siguientes versitos primorosos:

De nada más tengo deseo
¡que de una blanca mano!

Todo lo demás, ojos, labios, rizos, lo declara «fruslería».

Todo eso no excita su deseo,
¡sino solo la pequeña mano blanca! (pág. 174).

El galanteo que entabla con la señorita Sophie Bögehold por orden de la «hermana Johanna, más entrometida que nunca» y por un deseo siempre cosquilleante de una «mano», lo llama a la vez «profundo, firme y callado» (pág. 175), y sobre todo «el elemento religioso desempeñaba un gran papel en este nuevo amor» (pág. 176).

El elemento religioso sustituye, en efecto, en las historias de amor de Gottfried, alternativamente al elemento novelesco y al teatral. Donde no puede meterse a fuerza de mentiras en nuevas situaciones a lo Siegwart mediante efectos de comedia, se emplean sentimientos religiosos para dar a estas historias vulgares un significado superior. Siegwart se convierte en el piadoso Jung-Stilling,31 a quien Dios fortaleció de modo igualmente maravilloso, pues vio a tres mujeres sucumbir bajo su pecho viril y aun así pudo «llevar al altar» una y otra vez a un nuevo amor.

*

Llegamos por fin a la catástrofe fatal de esta biografía tan rica en hechos: al conocimiento de Stilling con Johanna Mockel,32 divorciada Mathieux. Aquí encontró Gottfried un Kinkel femenino, su alter ego romántico, solo que más duro, más listo, menos difuso y, por su edad madura, más allá de las primeras ilusiones.

La Mockel tenía en común con Kinkel el verse incomprendida por el mundo. Era repelente, de apariencia vulgar; en su primer matrimonio había sido desdichada. Tenía talento musical, pero no lo bastante para hacer época con sus composiciones o su destreza técnica; en Berlín había fracasado en el intento de copiar las niñerías trasnochadas de Bettina.33 Las experiencias le habían agriado el carácter. Aunque compartía con Kinkel la afectación de dar a los sucesos corrientes de su vida una «consagración superior» mediante añadidos desmesurados, en ella, a consecuencia de la edad avanzada, la necesidad (según Strodtmann) del amor era más apremiante que sus devaneos poéticos. Lo que en Kinkel era afeminado en este aspecto, en la Mockel se volvía hombruno. Nada más natural, pues, que una figura así aceptara con alegría representar con Kinkel la comedia de las almas bellas incomprendidas hasta una solución mutuamente satisfactoria, reconocer a Siegwart en su papel de Enrique de Ofterdingen y dejarse encontrar por él como «flor azul».

Cuando Kinkel acaba de llegar, con ayuda de su hermana, a una tercera o cuarta prometida, la Mockel lo conduce ahora a un nuevo laberinto amoroso.

Gottfried se encuentra en la «ola de la sociedad» (pág. 190), uno de esos pequeños círculos de profesores o de «notables» de las ciudadelas universitarias alemanas que solo en la vida de los candidatos cristiano-germánicos pueden hacer época. La Mockel canta y es aplaudida. En la mesa se arregla que Gottfried venga a sentarse a su lado, y aquí se desarrolla la escena siguiente:

«“Debe de ser un sentimiento magnífico”, opinó Gottfried, “flotar así, admirado por todos, sobre el ala del genio por el mundo alegre”. “Eso cree usted”, repuso la Mockel conmovida. “Oigo que tiene usted un hermoso talento para la poesía. Quizá entonces le quemen también a usted incienso... y entonces le preguntaré si es feliz, si no...” “¿Si no?”, preguntó Gottfried a la que se interrumpía» (pág. 188).

El cebo estaba echado para el torpe candidato lírico.

La Mockel le comunica luego que hacía poco lo había

«oído predicar sobre la nostalgia de los cristianos y había pensado cuánto debía de haber renunciado al mundo el hermoso joven que también en ella había despertado un leve anhelo del inocente sueño infantil en que la envolvía en otro tiempo el perdido son de la fe» (pág. 189).

Gottfried quedó «hechizado» (pág. 189) por esta cortesía. Le resultó enormemente agradable descubrir «que la Mockel no era feliz» (loc. cit.). Decide en el acto «con su cálido entusiasmo por la fe en la redención por Jesucristo» «recuperar también esta afligida alma humana...» (loc. cit.). Como la Mockel es católica, la relación se entabla con el motivo imaginario de ganar un alma «al servicio del Todopoderoso», comedia en la que la Mockel también entra.

*

«En el curso del año 1840, Kinkel obtuvo también el empleo de candidato auxiliar de la comunidad evangélica de Colonia, adonde iba cada domingo por la mañana a predicar» (pág. 193).

La observación del biógrafo nos lleva a detenernos en unas pocas palabras en la posición de Kinkel como teólogo. «En el curso del año 1840», la crítica había descompuesto ya en la forma más despiadada el contenido del cristianismo, la [...]34 científica había entrado con Bruno Bauer en conflicto abierto con el Estado.35 Kinkel aparece en esta época como predicador, pero, por un lado, sin la energía de la ortodoxia y, por otro, sin la inteligencia para captar objetivamente la teología, se las arregla con el cristianismo de manera sentimental, lírico-declamatoria, a lo Krummacher,36 presentando a Cristo como «amigo y guía», tratando de despojar la forma del cristianismo de lo «feo» y sustituyendo el contenido por una fraseología hueca. Esta manera, que quiere sustituir el contenido por la forma y el pensamiento por la frase, ha sacado a la luz en Alemania una serie de curas declamadores cuyas últimas derivaciones tenían que desembocar naturalmente en la democracia. Si en la teología hacía falta todavía aquí y allá al menos un saber superficial, la fraseología vacía encontró en cambio su plena aplicación en la democracia, donde la declamación hueca y altisonante, la nullité sonore,37 hace del todo superfluos el espíritu y la comprensión de las condiciones. Kinkel, cuyos estudios teológicos no conducen más que a extractos sentimentales del cristianismo en el estilo de Clauren, fue en discursos y escritos la expresión de esta charlatanería de púlpito que antes se llamaba también «prosa poética» y que ahora, cómicamente, convirtió en pretexto de su «vocación de poeta». Su condición de poeta tampoco consiste en plantar laureles verdaderos, sino en plantar alquequenjes rojos con los que adorna la trivial carretera. La misma debilidad de ánimo que supera las colisiones no por su contenido sino mediante una forma cómoda se muestra también en su posición de profesor en la universidad. A la lucha contra la vieja pedantería de las disciplinas se la esquiva mediante una relación «de camaradería estudiantil» que convierte al profesor en estudiante y eleva al estudiante a Privatdozent. De esta escuela salió también toda una generación de Strodtmanns, Schurzes38 y sujetos parecidos que, a la postre, solo pudieron aplicar en la democracia su fraseología, sus conocimientos y su ligera «alta vocación».

*

La nueva relación amorosa se convierte ahora en la historia de Gockel, Hinkel y Gackeleia.39

El año 1840 marcó un punto de inflexión en la historia alemana. Por un lado, la aplicación crítica de la filosofía hegeliana a la teología y a la política había revolucionado la ciencia; por otro, con la subida al trono de Federico Guillermo IV empezó el movimiento de la burguesía, cuyas aspiraciones constitucionalistas tenían todavía una apariencia completamente radical: desde la «poesía política» de entonces, que flotaba en lo vago, hasta el fenómeno nuevo de un poder revolucionario de la prensa diaria.

¿Qué hizo Gottfried en esa época? La Mockel fundó con él El Abejorro, revista para no filisteos (pág. 209) y la Asociación del Abejorro.40 La hoja tenía, en efecto, solamente

«el fin de procurar a un círculo estrecho de amigos una velada alegre y placentera a la semana y de dar a los participantes ocasión de someter sus producciones a la crítica de un círculo benévolo y amante del arte» (págs. 209-210).

La verdadera tendencia de la Asociación del Abejorro era la solución del enigma de la flor azul. Las sesiones se celebraban en casa de la Mockel y tenían por objeto glorificar, en un círculo de estudiantes literatos insignificantes, a la Mockel como «reina» (pág. 210) y a Kinkel como «ministro» (pág. 255). Las dos almas bellas incomprendidas encontraban ocasión de resarcirse en la Asociación del Abejorro de la «injusticia que les infligía el mundo malvado» (pág. 296); podían reconocerse mutuamente en sus papeles de Enrique de Ofterdingen y de flor azul; Gottfried, para quien imitar papeles ajenos se había convertido en una segunda naturaleza, tenía que sentirse feliz de haber llegado por fin a un verdadero «teatro de aficionados» (pág. 254). La comedia de monos servía al mismo tiempo de preludio al desarrollo práctico:

«Estas veladas le dieron ocasión de visitar a la Mockel también fuera de ellas, en casa de sus padres» (pág. 212).

A esto se añadía que la Asociación del Abejorro imitaba como un mono la Liga del Bosque de Gotinga,41 con la sola diferencia de que esta señala una época del desarrollo de la literatura alemana, mientras que la Asociación del Abejorro siguió siendo una caricatura local sin importancia. Los «alegres abejorros» (pág. 254), como Sebastian Longard, Leo Hasse, C. A. Schlönbach, etc., eran, según confesión del propio biógrafo apologético, unos mozos pálidos, sosos, perezosos e insignificantes (págs. 211 y 298).

*

Gottfried pronto estableció, naturalmente, «consideraciones comparativas» (pág. 221) entre la Mockel y su novia, pero «hasta entonces no había tenido tiempo para la» —por lo demás muy familiar para él— «consideración cotidiana de la boda y del estado matrimonial» (pág. 219). Estaba, en una palabra, como el asno de Buridán, indeciso entre los dos haces de heno. Pero la Mockel, con experiencia madura y tendencia muy práctica, «vio claramente el lazo invisible» (pág. 225); decidió echar una mano «al azar o a una disposición divina» (pág. 229).

«A una hora del día en que Gottfried solía estar apartado de la Mockel por sus trabajos científicos de docencia, se dirigió una vez a su casa y, al acercarse sin ruido a su habitación, oyó llegar a su oído un canto quejumbroso. Escuchando, percibió la canción:

¡Te acercas! Y como la aurora
tiembla sobre mis mejillas, etc., etc.
Muchos dolores sin nombre:
¡ay, tú no lo sientes!

Un acorde melancólico largamente sostenido cerró su canto y se extinguió poco a poco en los aires» (págs. 230 y 231).

Gottfried cree retirarse sin ser notado, en casa encuentra la situación muy interesante y escribe sonetos desesperados en los que compara a la Mockel con Loreley (pág. 233). Para escapar de Loreley y seguir siendo fiel a la señorita Sophie Bögehold, busca un puesto de profesor en Wiesbaden, pero se lo niegan. Al azar antes mencionado se sumó otra disposición que fue decisiva. No solo «el sol pugnaba por salir del signo de Virgo» (pág. 236), sino que Gottfried y la Mockel hacen además una excursión en barca por el Rin; un vapor que se acerca vuelca la barca y Gottfried lleva a nado a la Mockel a tierra.

«Cuando a continuación llevaba a la rescatada a tierra, nadando corazón contra corazón, lo traspasó por primera vez el sentimiento de que solo esta mujer podía hacerlo dichoso» (pág. 238).

Esta vez, por fin, Gottfried no ha vivido una escena de novela imaginaria, sino real, sacada de Las afinidades electivas.42 Con eso queda decidido el asunto; se separa de Sophie Bögehold.

*

Tras el amor, ahora la intriga. El pastor Engels hace ver a Gottfried, en nombre del presbiterio, que la unión con una mujer divorciada y católica resulta escandalosa en un predicador protestante como Gottfried. Gottfried hace valer los eternos derechos humanos, demostrando con mucha unción los puntos siguientes:

  1. «No es un crimen que haya tomado café con aquella dama en el Hirzekümpchen» (pág. 249).
  1. «El asunto está in ambiguo, pues hasta ahora no ha declarado públicamente ni que quiera casarse con dicha dama ni lo contrario» (pág. 251).
  1. «En lo que toca a la fe, no se puede saber lo que traerá el futuro» (pág. 250).

«Y ahora le ruego que pase a mi casa y tome una taza de café» (pág. 251).

Con esta frase de efecto, Gottfried y el pastor Engels, que no puede resistirse a la invitación, abandonan la escena. Tan poderosa y tan suavemente supo Gottfried superar la colisión con las condiciones existentes.

*

Para caracterizar cómo tenía que influir en Gottfried la Asociación del Abejorro, sirve lo siguiente:

«Era el 29 de junio de 1841. Aquel día debía celebrarse la primera gran fiesta fundacional de la Asociación del Abejorro» (pág. 253). «Solo se oyó una voz cuando hubo que decidir el premio. Gottfried dobló modestamente la rodilla ante la reina, que le ciñó a la frente ardiente la inevitable corona de laurel, mientras el arrebol del atardecer arrojaba sus rayos más ardientes sobre el rostro transfigurado del poeta» (pág. 285).

A esta solemne consagración de la imaginaria fama poética de Enrique de Ofterdingen une ahora también la flor azul sus sentimientos y deseos. La Mockel interpretó aquella tarde un himno nacional del Abejorro compuesto por ella, que termina con la siguiente estrofa, resumen de toda la tendencia:

¿Y qué se aprende de la historia?
¡Vuela, abejorro!
Quien es viejo ya no encuentra mujercita,
así que escucha, ¡no lo pienses demasiado!
¡Vuela, abejorro!

El inocente biógrafo observa que «la invitación al matrimonio contenida en ella carecía por completo de intención» (pág. 255). Gottfried entendió la intención, «pero no quiso sustraerse precipitadamente», se dejó coronar todavía dos años ante la Asociación del Abejorro y requebrar como objeto de anhelo, y se casó con la Mockel el 22 de mayo de 1843, una vez que ella, pese a su incredulidad, se había pasado a la Iglesia protestante con el insulso pretexto de «que en la Iglesia protestante no importan tanto las fórmulas de fe determinadas como el concepto ético» (pág. 315).

Y esto es lo que se aprende de la historia:
¡no te fíes de ninguna flor azul!

*

Gottfried entabló la relación con la Mockel con el pretexto de llevarla de su incredulidad a la Iglesia protestante. Ahora la Mockel pide la Vida de Jesús de Strauss,43 recae en su incredulidad

«y con el corazón oprimido él la siguió por los caminos de la duda a los abismos de la negación. Se abrió paso con ella a través del intrincado laberinto de la filosofía moderna» (pág. 308).

No es el desarrollo de la filosofía, que ya entonces influía en la masa, sino la interposición de una relación sentimental fortuita lo que lo empuja a la negación.

Lo que sacó de ese laberinto de la filosofía lo muestran sus propios diarios:

«¡Quiero ver si la poderosa corriente que va de Kant a Feuerbach me arrastra hasta el... panteísmo!!» (pág. 308).

¡Como si esa corriente no arrastrara precisamente más allá del panteísmo, y como si Feuerbach fuera la última palabra de la filosofía alemana!

«La piedra angular de mi vida», prosigue el diario, «no es el conocimiento histórico, sino un sistema firme, y el núcleo de la teología no es la historia de la Iglesia, sino la dogmática» (ibidem).

¡Como si la filosofía alemana no disolviera precisamente los sistemas firmes en conocimientos históricos y los núcleos dogmáticos en historia de la Iglesia! En estas confesiones se dibuja todo el demócrata contrarrevolucionario, para quien el movimiento mismo no es más que un medio para llegar a unas cuantas verdades eternas inconmovibles como puntos de reposo perezoso.

Pero que el lector juzgue ahora por sí mismo, a partir de esta contabilidad apologética de Gottfried sobre toda su evolución, qué elemento revolucionario se escondía en este teólogo comediante y melodramático.

II

Así termina el primer acto de la vida de Kinkel, y hasta el estallido de la revolución de febrero no ocurre nada digno de mención. La librería Cotta44 editó sus poesías sin pagarle honorarios y guardó en el almacén el grueso de la tirada hasta que el consabido rozón de bala en Baden dio al autor la consagración poética y a sus productos un mercado.

Por lo demás, el biógrafo calla un hecho característico. La meta confesada de los deseos de Kinkel era morir como viejo director de compañía teatral; flotaba ante él como ideal un tal Eisenhut, que solía recorrer el Rin arriba y abajo con su compañía como bufón ambulante y que después se volvió loco.

Además de sus lecciones de elocuencia de púlpito en Bonn, Gottfried ofrecía también de vez en cuando en Colonia una serie de representaciones artísticas teológicas y estéticas. Las cerró, al estallar la revolución de febrero, con la siguiente profecía:

«El trueno de la batalla que nos llega retumbando desde París abre también para Alemania y para todo el continente europeo una época nueva y magnífica; al rugido de la tormenta sigue el soplo de céfiro beatífico de la libertad, y desde ahora se abre la grande, la bienhechora era de la... ¡monarquía constitucional!».

La monarquía constitucional agradeció a Kinkel este cumplido nombrándolo profesor extraordinario. Pero este reconocimiento no podía bastar al grand homme en herbe; la monarquía constitucional no parecía tener ninguna prisa en hacer «volar su fama por el orbe». A esto se añadía que los laureles de los recientes poemas políticos de Freiligrath45 no dejaban dormir al coronado poeta del Abejorro. Enrique de Ofterdingen hizo, pues, un giro a la izquierda y se hizo primero demócrata constitucional y luego demócrata republicano (honnête et modéré).46 Apuntó a un escaño de diputado, pero con las elecciones de mayo no llegó ni a Berlín ni a Fráncfort.47 Tras este primer fracaso, sin embargo, persiguió su objetivo sin desanimarse, y realmente puede decirse que no se ahorró fatigas. Con sabia limitación, se atuvo primero a su pequeño círculo local. Fundó la Bonner Zeitung, modesta florecilla local que solo se distingue por una peculiar languidez de la declamación democrática y por la ingenuidad de una ignorancia salvadora de la patria. Elevó la Asociación del Abejorro a club estudiantil democrático, del que pronto salió aquella hueste de discípulos que llevó la fama del maestro a todos los pueblos del distrito de Bonn e impuso al señor profesor Kinkel en todas las asambleas. Él mismo politiqueaba de café con los especieros del Casino, estrechaba fraternalmente la mano a los honrados maestros de oficio y llevaba de puerta en puerta su cálido aliento de libertad hasta los campesinos de Kindenich y Seelscheid. Pero dedicó muy especialmente su simpatía al honorable estamento de los maestros artesanos. Con ellos lloraba la decadencia del artesanado, los crueles efectos de la libre competencia, el dominio moderno del capital y de las máquinas. Con ellos trazaba planes para restablecer el régimen gremial y extirpar a los chapuceros sin gremio,48 y, para hacer todo lo que estaba en su mano, resumió el resultado de sus deliberaciones de Casino con los pequeños maestros en el escrito ¡Artesanado, sálvate!49

Para que todos supieran enseguida adónde pertenecía realmente el señor Kinkel y qué importancia nacional-francfortesa tenía su obrita, la dedicó a los «treinta miembros de la Comisión de Economía de la Asamblea Nacional de Fráncfort».

Las investigaciones de Enrique de Ofterdingen sobre lo «bello» en el estamento artesano le llevan en seguida al resultado de que «una grieta se abre ahora precisamente en medio del estamento artesano» (pág. 5). Esa grieta consiste, en efecto, en que algunos artesanos «frecuentan los casinos de los especieros y los funcionarios» (¡qué conquista!), y otros no, y además en que algunos artesanos son cultos y otros incultos. Pese a esta grieta, el autor reconoce, sin embargo, un síntoma alentador en las asociaciones y asambleas de artesanos que se abren por todas partes en la querida patria y en la agitación por la elevación del estamento artesano (recuérdense las winkelblechiadas del año 1848).50 Para aportar también a este benéfico movimiento el óbolo de su buen consejo, traza su programa de redención.

Primero el autor investiga cómo se podría remediar mediante limitaciones los males de la libre competencia, pero sin abolirla del todo. Llega con ello a los siguientes resultados:

«La legislación tiene que hacer imposible que el joven pueda llegar a maestro sin la aptitud y la madurez necesarias», pág. 20.

«Cada maestro solo puede tener un aprendiz», pág. 29.

«También para la enseñanza del oficio debe establecerse un examen», pág. 30.

«El maestro del examinando debe estar presente sin falta en el examen», pág. 31.

«En cuanto a la madurez, pedimos a la legislación que en lo sucesivo nadie pueda ser maestro antes de cumplir los veinticinco años», pág. 42.

«En cuanto a la aptitud, exigimos que en lo sucesivo todo maestro que se establezca pase su examen, y además en público», pág. 43.

«Lo principal en esto es que el examen sea absolutamente gratuito», pág. 44. A estos exámenes «tienen que someterse igualmente todos los maestros rurales del mismo gremio», pág. 55.

El amigo Gottfried, que también practica la venta ambulante política, quiere abolir por deshonesto «el comercio ambulante o de buhonería» en otros artículos, profanos, pág. 60.

«Un fabricante de productos artesanos quiere retirar del negocio su patrimonio con ventaja para sí y con fraude para sus acreedores. Esto se designa, como todo lo equívoco, con un nombre extranjero: se lo llama quebrar. Por eso lanza rápidamente sus productos acabados a las localidades vecinas y los remata allí a la vez al mejor postor», pág. 64. Estas subastas, «en realidad solo una especie de barreduras que nuestro querido vecino, el estamento mercantil, echa en el jardín del artesanado», tienen que abolirse. (¿No sería mucho más sencillo, amigo Gottfried, coger el asunto por la raíz y abolir directamente la quiebra misma?)

«Con las ferias pasa, desde luego, una cosa particular», pág. 65. «En estas circunstancias, la legislación tendrá que dejar a cada localidad que decida, en una deliberación de toda la ciudadanía, que habría que reunir a tal efecto, por mayoría de votos (!) a favor de la conservación o de la abolición de las ferias fijas», pág. 68.

Gottfried llega ahora a la difícil «cuestión disputada» de la relación entre el artesanado y el trabajo a máquina, y saca aquí a la luz lo siguiente:

«Que todo el que vende productos fabricados tenga solo lo que puede dejar acabado con su propia mano», pág. 80. «Porque las máquinas y el artesanado se han separado, por eso ambos se han degradado y extraviado», pág. 84.

Quiere unirlos haciendo que los artesanos, por ejemplo los encuadernadores de una ciudad, se asocien y tengan juntos una máquina.

«Como solo emplean la máquina para sí y solo por encargo, pueden trabajar más barato que el comerciante dueño de una fábrica», pág. 85. «Al capital se le rompe con la asociación», pág. 84. (Y a la asociación se la rompe con el capital.)

Sus ideas «sobre la compra de una máquina de rayar, de cortar y de cortar cartón» (pág. 85) por los encuadernadores examinados y unidos de Bonn las generaliza luego en una «cámara de máquinas».

«Es preciso crear por todas partes, mediante una liga de los maestros de los gremios correspondientes, establecimientos parecidos en pequeño a las fábricas de comerciantes particulares, que trabajen solo por encargo para los maestros del lugar y no acepten encargos de otros patronos», pág. 86. Lo peculiar de esta cámara de máquinas es que «una gestión comercial» solo «es necesaria al principio» (ibidem). «Todo pensamiento tan nuevo como este», exclama Gottfried «arrobado», «requiere antes de su ejecución la más tranquila reflexión práctica hasta en sus detalles. ¡Esta reflexión» ruega «que la emprenda cada oficio por su cuenta»!, págs. 87, 88.

A esto sigue una polémica contra la competencia del Estado mediante el trabajo de los presos, reminiscencias sobre una colonia de delincuentes («creación de una Siberia humana», pág. 102) y, por último, contra «las llamadas compañías de artesanos y comisiones de oficios» del ejército. Se trata, en efecto, de aliviar al estamento artesano de la carga militar haciendo que el Estado encargue a los maestros artesanos la confección del material más cara de lo que él mismo podría producirlo.

«Las cuestiones de la competencia quedan con esto resueltas», pág. 109.

El segundo punto principal al que llega ahora Gottfried es la ayuda material que el Estado debe prestar al estamento artesano. Gottfried, que solo mira el Estado desde el punto de vista del funcionario, opina que lo más sencillo es, sin duda, ayudar al artesano mediante anticipos de la gran caja del Estado para crear lonjas de oficios, cajas de préstamos, etc. De dónde han de venir los fondos para ello a la caja del Estado, eso, como lado «feo» de la cuestión, no debe investigarse aquí, naturalmente.

Por último, no puede faltar que nuestro teólogo recaiga en el papel de predicador de moral y dé al estamento artesano una lección moral sobre cómo puede ayudarse a sí mismo. Primero, «quejas sobre el largo crédito y las rebajas en las cuentas», pág. 136, con lo cual, sin embargo, se plantea también al artesano la pregunta de conciencia: «¿Tienes tú, amigo mío, para cada trabajo que haces, una tarifa igual y del todo invariable?», pág. 132, ocasión en la que se le advierte sobre todo que no pida demasiado a los «ingleses ricos». «La raíz de todo el mal», ha cavilado Gottfried, «son las cuentas anuales», pág. 139. Luego, jeremiadas sobre el afán de lujo de las mujeres de los artesanos y la vida de taberna de los hombres del oficio, págs. 140 y siguientes.

Los medios con que el estamento artesano puede elevarse por sí mismo son «el gremio, la caja de enfermedad y el tribunal arbitral de artesanos», pág. 146; finalmente, las asociaciones culturales obreras, pág. 153. Como última palabra de estas asociaciones culturales se pronuncia lo siguiente:

«Por último, el canto, unido a la declamación, tiende el puente a la representación dramática y al teatro de artesanos, que siempre hay que tener a la vista como meta final de estas aspiraciones estéticas. Solo cuando las clases trabajadoras vuelvan a aprender a moverse en el escenario estará completa su educación artística», págs. 174-175.

Así ha convertido felizmente Gottfried al artesano en comediante y ha vuelto con ello a sí mismo.

Todos estos melindres con los apetitos gremiales de los maestros artesanos de Bonn tuvieron, sin embargo, su resultado práctico. A cambio de la promesa solemne de proponer el restablecimiento de los gremios, se impuso la elección del amigo Gottfried como diputado por Bonn para la segunda Cámara otorgada.51 «Desde aquella hora Gottfried se sintió» feliz.

Fue en seguida a Berlín y, como creía que el Gobierno quería procurarse en la segunda Cámara un «gremio» firme de maestros legisladores aprobados, se instaló allí como para toda la vida y decidió hacer venir a su mujer y a sus hijos. Pero entonces la Cámara fue disuelta, y el amigo Gottfried, tras un breve deleite parlamentario, volvió dolorosamente desengañado junto a la Mockel.

Poco después estalló el conflicto entre los Gobiernos y la Asamblea de Fráncfort, y con él los movimientos del sur de Alemania y del Rin. La patria llamó y Gottfried acudió. Siegburg tenía un arsenal de la Landwehr,52 y Siegburg era el lugar donde Gottfried, después de Bonn, había esparcido con más frecuencia la semilla de la libertad. Se unió, pues, con su amigo el ex teniente Anneke53 y convocó a todos sus fieles para marchar sobre Siegburg. El punto de cita era el puente volante. Debían acudir más de cien, pero cuando, tras una larga espera, Gottfried contó las cabezas de sus seres queridos,54 apenas eran treinta, y entre ellos —dicho sea para eterna vergüenza de la Asociación del Abejorro— ¡solo tres estudiantes! Sin arredrarse, Gottfried cruza el Rin con su puñado de hombres y marcha sobre Siegburg. La noche era oscura y lluviosa. De pronto suena detrás de los valientes un trote de caballos. Se esconden a un lado del camino; una patrulla de lanciers pasa al trote: unos miserables bribones habían ido con el cuento; las autoridades estaban avisadas, la marcha había fracasado y hubo que dar media vuelta. El dolor que traspasó el pecho de Gottfried aquella noche solo puede compararse con el que sintió cuando tanto Knapp como Chamisso rehusaron acoger en sus almanaques de las musas sus primeras flores poéticas.

Después de esto ya no podía quedarse en Bonn; pero ¿no ofrecía el Palatinado un amplio campo a su actividad? Fue a Kaiserslautern y, como tenía que tener un puesto, obtuvo una sinecura en la oficina de guerra (según se dice, la dirección de los asuntos de marina);55 se ganaba, sin embargo, el pan con la ya conocida venta ambulante de libertad y felicidad del pueblo entre los campesinos de los alrededores, y se dice que en esta ocasión, en algunos distritos reaccionarios, no le trataron con mucha amabilidad. Pese a estos pequeños contratiempos, a Kinkel se le veía en todas las carreteras, caminando con brío, con la bolsa de viaje al hombro, y desde entonces aparece en todos los periódicos con el atributo fijo de la bolsa de viaje.

Pero el movimiento del Palatinado tuvo un fin rápido, y volvemos a encontrar a Kinkel en Karlsruhe, llevando en lugar de la bolsa de viaje el mosquete, que se convierte desde entonces en su emblema permanente. Este mosquete debió de tener un lado muy bello, a saber, culata y caja de caoba, y era en todo caso un mosquete estético, artístico; el lado feo era, desde luego, que el amigo Gottfried no sabía ni cargar, ni ver, ni disparar, ni marchar. Por eso un amigo le preguntó por qué quería ir al combate, a lo que Gottfried respondió: «Pues a Bonn no puedo volver, ¡y de algo tengo que vivir!».

Así entró Gottfried en las filas de los guerreros, en el cuerpo del caballeresco Willich.56 Según nos han asegurado de manera fidedigna varios de sus compañeros de armas, Gottfried compartió desde entonces todas las vicisitudes de esta unidad, humilde y en figura de simple francotirador, afable y amistoso en las malas como en las buenas, pero casi siempre en el carro de los rezagados. Mas junto a Rastatt este testigo íntegro de la verdad y del derecho había de pasar aquella prueba de la que salió desde entonces sin mancha como mártir entre la admiración de todo el pueblo alemán. Las circunstancias concretas de este suceso todavía no se han establecido con exactitud; solo se asegura que, cuando una tropa de francotiradores se extravió en una escaramuza de guerrillas, les llegaron algunos disparos por el flanco, que una bala rozó levemente la cabeza de nuestro Gottfried y que él cayó exclamando: «¡Estoy muerto!»; que no estaba muerto, pero no pudo seguir a los demás en la retirada y fue conducido a una casa de campesinos, donde se dirigió a los honrados habitantes de la Selva Negra con estas palabras: «¡Salvadme, soy el Kinkel!»; y finalmente, que allí lo encontraron los prusianos y lo llevaron al cautiverio de Babilonia.

III

Con el apresamiento se abrió para Kinkel una nueva etapa de su vida, que hace época al mismo tiempo en la historia del desarrollo del filisteísmo pequeñoburgués alemán. Apenas supo la Asociación del Abejorro que Kinkel estaba preso, escribió a todos los periódicos alemanes que Kinkel, el gran poeta, corría peligro de ser fusilado por la ley marcial, y que el pueblo alemán, en especial las personas cultas, pero muy especialmente las mujeres y las doncellas, estaban obligados a movilizarlo todo para salvar la vida del poeta prisionero. Él mismo, según se asegura, hizo por entonces un poema en el que se comparaba con «su amigo y maestro Cristo» y decía también de sí mismo: «Mi sangre será derramada por vosotros». Desde entonces recibió el atributo de la lira. Así se enteró Alemania de pronto de que Kinkel era un poeta, un gran poeta, y desde ese momento la masa del filisteísmo alemán y de los pazguatos estéticos tomó parte durante un tiempo en la comedia de la flor azul de nuestro Enrique de Ofterdingen.

Entretanto, los prusianos lo llevaron ante un consejo de guerra.57 Esto le dio ocasión de ensayar por primera vez desde hacía mucho tiempo uno de aquellos conmovedores llamamientos a las glándulas lacrimales de su auditorio en los que ya antes, como predicador auxiliar en Colonia, había tenido tanto éxito —teste58 la Mockel—, igual que Colonia estaba destinada a admirar poco después su más brillante actuación en este género. Pronunció ante el consejo de guerra un discurso de defensa que más tarde, por indiscreción de un amigo, se puso por desgracia también ante el gran público en la Abend-Post de Berlín.59 En este discurso Kinkel «protesta»

«contra toda unión de su obra con la suciedad y el fango que, lo sé, por desgracia se ha pegado al final a esta revolución».

Tras este discurso sumamente revolucionario, Kinkel fue condenado a veinte años de fortaleza, que, sin embargo, por vía de gracia se convirtieron en pena de presidio. Fue conducido entonces a Naugard, donde, según se dice, lo emplearon en hilar lana, y así aparece, como antes con la bolsa de viaje, luego con el mosquete, luego con la lira, ahora con el atributo de la rueca. Más adelante lo veremos cruzar el océano con el atributo de la faja de dinero.

Entretanto ocurrió en Alemania un acontecimiento extraño. El filisteo alemán, como es sabido un alma bella por naturaleza, había quedado cruelmente desengañado en sus más dulces ilusiones por los duros golpes del año 1849. Ninguna esperanza se había hecho realidad, y hasta el pecho palpitante del joven empezaba a desesperar ante los destinos de la patria. Una lasitud melancólica ablandó todos los corazones, y se manifestó por doquier la necesidad de un Cristo democrático, de un mártir real o imaginario que, en sus padecimientos, cargara con mansedumbre de cordero los pecados del mundo filisteo y en cuyos dolores la floja melancolía crónica de todo el filisteísmo se condensara, por así decir, en forma aguda. Para satisfacer esta necesidad sentida por todos se puso en movimiento la Asociación del Abejorro, con la Mockel a la cabeza. ¿Y quién, en efecto, era más adecuado para llevar a cabo esta gran comedia de la Pasión que la prisionera pasiflora Kinkel ante la rueca, esa esponja inagotable de lágrimas de la sensibilidad más conmovida, que además era en una sola persona predicador de púlpito, profesor de bellas artes, diputado, buhonero político, mosquetero, poeta recién descubierto y viejo director de compañía teatral? Kinkel era el hombre del momento, y como tal fue aceptado en el acto por el filisteísmo alemán. Todos los periódicos rebosaban de anécdotas, rasgos de carácter, poemas y recuerdos del poeta prisionero; sus sufrimientos en la cárcel se pintaban hasta lo monstruoso, hasta lo fabuloso; sus cabellos encanecían en los periódicos una vez al mes; en todos los casinos burgueses y tertulias de té se le recordaba con aflicción; las hijas de los estamentos cultos suspiraban sobre sus poemas, y viejas solteronas que conocían el anhelo60 lloraban en las más diversas ciudades de la patria por su virilidad quebrantada. Todas las demás víctimas profanas del movimiento, fusilados, caídos, presos, desaparecían ante el único cordero sacrificial, ante el hombre según el corazón del filisteísmo masculino y femenino, y solo por él corrían los arroyos de lágrimas, que, desde luego, solo él era capaz también de corresponder. En suma, era el completo periodo Siegwart democrático, que no cedía ni un pelo al periodo Siegwart literario del siglo pasado, y Siegwart-Kinkel nunca se sintió más a gusto en un papel que en este, en el que aparecía grande no por lo que hacía, sino por lo que no hacía; grande no por la fuerza y la resistencia, sino por la debilidad y el flojo desmoronarse, y en el que su única tarea era sufrir con decoro y sentimiento. Pero la Mockel, con su experiencia madura, supo sacar a esta blandura de corazón del público el lado práctico y organizó sin demora una industria de lo más activa. Hizo reeditar todas las obras impresas e inéditas de Gottfried, que de pronto cobraron valor y se pusieron en vogue, y les dio bombo en público; aprovechó la ocasión para colocar sus propias experiencias del mundo de los insectos, por ejemplo la Historia de una luciérnaga; hizo prostituir ante el público por el abejorro Strodtmann, a cambio de un buen pico, los sentimientos más secretos del diario de Gottfried; organizó colectas de toda clase y, en general, supo convertir en duros táleros, con innegable habilidad industrial y gran perseverancia, los sentimientos del mundo culto. Y además tenía la satisfacción de que

«en su pequeña habitación veía reunidos a diario en torno a ella a los hombres más grandes de Alemania, por ejemplo a Adolf Stahr».61

Pero esta manía siegwartiana había de alcanzar su punto culminante en la vista del jurado de Colonia, en la que Gottfried hizo una actuación como artista invitado en la primavera de 1850. Se ventilaba allí el proceso por el atentado de Siegburg, y llevaron a Kinkel a Colonia.62 Como en este bosquejo los diarios de Gottfried desempeñan un papel tan grande, estará en su lugar que también nosotros intercalemos aquí un pasaje del diario de un testigo presencial.

«La mujer de Kinkel lo visitó en la cárcel. Lo recibió detrás de la reja con versos; él contestó, creo, en hexámetros; luego se arrodillaron el uno ante el otro, y el inspector de la cárcel, un viejo sargento que estaba al lado, no sabía si tenía delante a locos o a comediantes. Cuando el fiscal le interrogó después sobre el contenido de la conversación, le declaró que, aunque los dos habían hablado en alemán, él no había podido entender una palabra, a lo que se dice que la señora Kinkel replicó que, desde luego, no había que nombrar inspector a un hombre totalmente inculto en literatura y arte».

Ante los jurados, Kinkel se salvó a fuerza de ser una pura prensa de lágrimas, un literato del periodo Siegwart del año de Las penas de Werther.

«“Señores del tribunal, señores jurados... ojos de aurícula de mis hijos... agua verde del Rin... no envilece estrechar la mano al proletario... labios pálidos del hombre preso... dulce aire de la patria” y basura parecida: ese fue todo el famoso discurso, y el público, los jurados, el ministerio público y hasta los gendarmes lloraron sus amargas lágrimas, y la vista terminó con absolución unánime y lloriqueo y sollozos unánimes. Kinkel es sin duda un hombre bueno y amable, pero, por lo demás, una repugnante mezcolanza de reminiscencias religiosas, políticas y literarias».

Era como para que a uno se le revolviera el hígado.

Por fortuna, este periodo de lamentos llegó muy pronto a su fin con la liberación romántica de Kinkel del presidio de Spandau. En esta liberación se volvió a representar la historia de Ricardo Corazón de León y Blondel,63 solo que esta vez Blondel estaba en la cárcel mientras Corazón de León tocaba fuera el organillo, y que Blondel era un vulgar cantor de feria y Corazón de León, en el fondo, tampoco mucho más que un gallina. Corazón de León era, en efecto, el estudiante Schurz, de la Asociación del Abejorro, un hombrecillo intrigante de gran ambición y escasos logros, pero lo bastante listo para no hacerse ilusiones sobre el «Lamartine alemán».64 El estudiante Schurz declaró en París, no mucho después de la historia de la liberación, que sabía muy bien que Kinkel, del que se servía, no era ningún lumen mundi,65 mientras que él, Schurz, y nadie más estaba destinado a ser el futuro presidente de la república alemana. Este hombrecillo, uno de aquellos estudiantes «de frac castaño y levitas azul claro» que ya en otro tiempo había seguido el ojo de llama sombría de Gottfried, consiguió la liberación de Kinkel sacrificando a un pobre diablo de carcelero, que ahora cumple condena por ello con el sublime sentimiento de ser mártir de la libertad... de Gottfried Kinkel.66

IV

En Londres volvemos a encontrar a Kinkel, y esta vez, gracias a su fama carcelaria y a la lloriquería de la pequeña burguesía alemana, como el hombre más grande de Alemania. El amigo Gottfried, consciente de su sublime misión, supo aprovechar todas las ventajas del momento. La liberación romántica dio un nuevo impulso al entusiasmo por Kinkel en la patria, que, dirigido con mucha habilidad por el buen camino, no quedó sin resultados materiales. Pero al mismo tiempo la metrópoli mundial abrió al festejado un terreno nuevo y vasto para dejarse festejar de nuevo. Lo tenía claro: tenía que ser el león de la season.67 Con este fin hizo abstracción por el momento de toda actividad política y, ante todo, se dejó crecer otra vez la barba en el retiro doméstico, sin la cual ningún profeta es nada. Luego fue a ver a Dickens, a los periódicos liberales ingleses, a los comerciantes alemanes de la City, en especial a los judíos estetas de allí; fue todo para todos: para uno, poeta; para otro, patriota en general; para el tercero, profesor de bellas artes; para el cuarto, cristiano; para el quinto, el magnífico sufridor Ulises; pero para todos, el dulce, artístico, benévolo y filantrópico Gottfried. No descansó hasta que Dickens lo celebró en Household Words68 y las Illustrated News publicaron su retrato; puso en movimiento a los pocos alemanes de Londres que también a distancia habían participado de la resaca kinkeliana para que, en apariencia, le invitaran a dar conferencias sobre el drama moderno, cuyas entradas volaban luego a montones a las casas de los comerciantes alemanes. No se desdeñó ninguna carrera, ningún bombo, ningún charlatanismo, ninguna importunidad, ninguna humillación ante este público; pero tampoco faltó el éxito. Gottfried se miraba complacido en su propia fama y en el espejo gigante del Palacio de Cristal mundial,69 y puede decirse que ahora se sentía enormemente a gusto.

El reconocimiento de sus conferencias no se hizo esperar (véase Kosmos):70

Kosmos. «Las conferencias de Kinkel».

«Ante las imágenes nebulosas de Döbler71 me sorprendió una vez la ocurrencia graciosa de si tales creaciones caóticas podrían producirse con la “palabra”, si se podrían hablar imágenes nebulosas. Es desagradable, sin duda, tener que confesar ya de entrada como crítico que en este caso la independencia crítica vibra en los nervios galvanizados de una reminiscencia estimulada, como el son que se apaga de una nota moribunda sigue temblando en las cuerdas. Pero prefiero renunciar al análisis apelucado y aburrido de la insensibilidad erudita antes que negar aquel tono que la encantadora musa del refugiado alemán hizo resonar en el juego de ideas de mi receptividad. Este tono fundamental de los cuadros de Kinkel, esta caja de resonancia de sus acordes, es la “palabra” sonora, creadora, formadora, que poco a poco da forma: “el pensamiento moderno”. El “juicio” humano de este pensamiento rapta la verdad del caos de las tradiciones mentirosas y la pone, como propiedad intangible de la colectividad, bajo la protección de las minorías lógicas movidas por el espíritu, que la educan desde la ignorancia crédula hasta una ciencia más incrédula. A la ciencia de la incredulidad le corresponde profanar el misticismo del piadoso engaño, socavar el absolutismo de la costumbre embrutecida; decapitar las autoridades mediante el escepticismo, esa guillotina de la filosofía que trabaja sin descanso, y conducir a los pueblos, desde el amontonamiento de nubes de la teocracia y por medio de la revolución, a los campos floridos de la democracia» (del disparate). «La investigación perseverante y tenaz en los anales de la humanidad, como la explicación del hombre mismo, es la gran tarea de todos los hombres de la subversión, y así lo reconoció aquel respetado poeta rebelde que en las veladas de los tres últimos lunes pronunció ante un público burgués, a propósito de la historia del teatro moderno, sus dissolving views».72

«Un obrero»

Se afirma generalmente que un pariente muy cercano de Kinkel —la Mockel— es ese obrero, aunque solo sea por la «caja de resonancia», el «son que se apaga», los «acordes» y los «nervios galvanizados».

Pero tampoco este periodo de goce de sí mismo tan duramente ganado había de durar eternamente. El día del juicio final del orden mundial existente, el juicio universal democrático, el famosísimo mayo de 1852,73 se acercaba cada vez más. Para estar dispuesto para ese gran día, con botas y espuelas, Gottfried Kinkel tenía que volver a sacar la piel de león política, tenía que ponerse en relación con la «emigración».

Llegamos así a la «emigración» de Londres, esa mescolanza de ex miembros del Parlamento de Fráncfort, de la Asamblea Nacional de Berlín y de la Cámara de Diputados, de señores de la campaña de Baden, gigantes de la comedia de la Constitución del Imperio, literatos sin público, voceadores de los clubes y congresos democráticos, plumíferos de duodécima fila y gente por el estilo.

Los grandes hombres de la Alemania de 1848 estaban a punto de tener un final mezquino cuando la victoria de los «tiranos» los puso a salvo, los arrojó al extranjero y los convirtió en mártires y santos. La contrarrevolución los salvó. El desarrollo de la política continental llevó a la mayoría de ellos a Londres, que se convirtió así en su punto central europeo. En esta situación, se entendía por sí solo que había que hacer algo, que había que mover algo para recordar cada día de nuevo al público la existencia de estos libertadores del mundo; había que impedir a toda costa la apariencia de que la historia universal avanzaba también sin la intervención de estos poderosos. Cuanto más incapaz era esta basura humana, por su propia impotencia y por las condiciones existentes, de hacer algo real, con tanto más celo había que practicar aquella actividad aparente y sin resultados cuyas acciones imaginarias, partidos imaginarios, luchas imaginarias e intereses imaginarios han pregonado a bombo y platillo los interesados. Cuanto más impotentes eran para provocar realmente una nueva revolución, tanto más tenían que descontar en espíritu esta eventualidad futura, repartirse de antemano los cargos y regodearse en el goce anticipado del poder. La forma en que apareció esta actividad presuntuosa fue la de una sociedad de seguros mutuos de la grandeza y de garantía recíproca de los futuros cargos de gobierno.

V

El primer intento de semejante «organización» se hizo ya en la primavera de 1850: circulaba entonces por Londres un ampuloso «Proyecto de circular a los demócratas alemanes, impreso como manuscrito», junto con una «Carta adjunta a los dirigentes». En esta circular y en la carta adjunta se invita a crear una Iglesia democrática universal. El fin inmediato era formar una oficina central para los asuntos de la emigración alemana, para la administración común de los asuntos de los refugiados, montar una imprenta en Londres, unir a todos los patriotas contra el enemigo común, etc. La emigración había de volver a ser luego el centro del movimiento del interior, la organización de la emigración había de ser el comienzo de una organización general de la democracia, y a los que carecían de medios entre las personalidades eminentes había que pagarles un sueldo, como miembros de la oficina central, haciendo tributario al pueblo alemán. Esta tributación parecía tanto más adecuada cuanto que «la emigración alemana no solo llegó al extranjero sin un héroe de cierta talla, sino, lo que era peor, también sin un fondo común». No se oculta que los comités húngaro, polaco y francés ya existentes sirven de modelo a esta «organización», y cierta envidia de la posición privilegiada de estos eminentes aliados asoma en todo el documento.

La circular era producto común de los señores Rudolph Schramm y Gustav Struve, tras los cuales se escondía como miembro correspondiente la alegre figura del señor Arnold Ruge, que vivía entonces en Ostende.

El señor Rudolph Schramm74: un mannequin75 pendenciero, charlatán y sumamente confuso, que ha elegido como lema de su vida el pasaje de El sobrino de Rameau:76

«Prefiero ser un charlatán impertinente a no ser nada».

El señor Camphausen,77 en la flor de su poder, habría dado de buen grado al joven y atrevido crefeldés un cargo importante, si hubiera sido compatible con el decoro elevar así a un simple pasante de juzgado. Gracias a la etiqueta burocrática, al señor Schramm solo le quedó abierta la carrera democrática. En ella llegó realmente una vez a presidente del club democrático de Berlín y más tarde, por mediación de algunos diputados de la izquierda, a diputado por Striegau en la Asamblea Nacional de Berlín. Aquí el Schramm, de ordinario tan locuaz, se distinguió por un silencio tenaz, aunque acompañado de un gruñido ininterrumpido. Tras la disolución de la Constituyente, el demócrata hombre del pueblo escribió un folleto monárquico-constitucional, pero sin conseguir que lo reeligieran. Más tarde, en el tiempo del Gobierno de Brentano,78 apareció un momento en Baden e hizo allí, en el «Club del Progreso Resuelto», el conocimiento de Struve. Llegado a Londres, declaró que quería retirarse de toda actividad política, por lo cual lanzó en el acto la circular citada. Burócrata frustrado en el fondo, el señor Schramm, en vista de sus relaciones familiares, se figuraba representar en la emigración el elemento de la burguesía radical, como, en efecto, caricaturiza no sin cierta fortuna al burgués radical.

Gustav Struve79 figura entre las personalidades más importantes de la emigración. Su aspecto de tafilete, su ojo saltón entre tonto y pícaro, su calva de suave brillo, sus rasgos eslavo-calmucos delatan a primera vista al hombre fuera de lo común, y la impresión aumenta aún por la apagada voz de laringe, por la sentimental unción de su discurso y la solemne importancia de sus maneras. Por lo demás, para hacer honor a la verdad, nuestro Gustav, dada la dificultad hoy tan acrecentada para todos de distinguirse, trató de diferenciarse de sus conciudadanos al menos convirtiendo en su ocupación principal, mitad profeta, mitad caballero de industria, mitad callista, toda clase de extrañas cosas accesorias y haciendo propaganda de las más diversas extravagancias. Así se le ocurrió de pronto, siendo ruso de nacimiento, entusiasmarse por la libertad alemana, después de haber prestado no sé qué servicios de supernumerario en la legación rusa ante la Dieta Federal y escrito un folletito en interés de la Dieta. Como tomaba su propio cráneo por el cráneo humano normal, se lanzó a la craneoscopia, y desde entonces no se fiaba de nadie cuyo cráneo no hubiera palpado y examinado antes. También dejó de comer carne y predicó el evangelio de la alimentación exclusivamente vegetal; además era profeta del tiempo, clamaba contra el tabaco y agitaba considerablemente en favor de la moral del catolicismo alemán80 y de la cura de agua. Con su odio radical a todo saber positivo, se entusiasmaba naturalmente por las universidades libres, en las que, en lugar de las cuatro facultades, habían de cultivarse la craneoscopia, la fisiognómica, la quiromancia y la nigromancia. Y estaba muy en su papel que se empeñara con la máxima tenacidad en ser un gran escritor, precisamente porque su manera de escribir es exactamente lo contrario de todo lo que puede pasar por estilo.

Gustav había inventado ya a comienzos de los años cuarenta el Deutscher Zuschauer,81 una hojita que editaba en Mannheim, que patentó y que lo perseguía por todas partes como idea fija. También descubrió ya entonces que los dos libros que son su Antiguo y su Nuevo Testamento, la Historia universal de Rotteck y el Staats-Lexikon de Rotteck y Welcker,82 ya no estaban a la altura de los tiempos y necesitaban una nueva edición democrática. Esta refundición, que Gustav emprendió en el acto y de la que hizo imprimir por adelantado un extracto con el título de Principios de la ciencia del Estado, se convirtió, sin embargo, en «una necesidad ineludible desde 1848, pues el difunto Rotteck no había vivido las experiencias de los últimos años».

Entretanto estallaron una tras otra aquellas tres «sublevaciones populares» de Baden que el propio Gustav nos ha descrito históricamente como el centro de todo el movimiento mundial moderno.83 Arrojado al exilio ya por la primera sublevación, la de Hecker, y ocupado precisamente en volver a editar su Deutscher Zuschauer en Basilea, le alcanzó el duro golpe de que el editor de Mannheim siguiera publicando allí el Deutscher Zuschauer con otra redacción. La lucha entre el verdadero y el falso Deutscher Zuschauer fue tan encarnizada que ninguno de los dos la sobrevivió. En cambio, Gustav redactó una Constitución para la república federativa alemana, según la cual Alemania quedaba dividida en veinticuatro repúblicas, cada una con un presidente y dos cámaras; llevaba cosido un primoroso mapa en el que se veía con exactitud toda la división. En septiembre de 1848 empezó la segunda insurrección, de la que nuestro Gustav fue en una sola persona César y Sócrates. Aprovechó el tiempo en que le fue dado volver a pisar suelo alemán para hacer a los campesinos de la Selva Negra apremiantes advertencias sobre los inconvenientes de fumar tabaco. En Lörrach editó su Moniteur84 con el título de Regierungsblatt — Deutscher Freistaat — Freiheit, Wohlstand, Bildung.85 Este órgano publicó, entre otras cosas, el siguiente decreto:

«Artículo 1. Queda suprimido el recargo aduanero del 10 por ciento introducido por etc., etc., sobre las mercancías procedentes de Suiza. Artículo 2. Se encarga de la ejecución de este acuerdo al administrador de la aduana, Christian Müller».

Su fiel Amalie86 compartió todas sus fatigas y las describió después románticamente. También intervino en la jura de los gendarmes prisioneros, atando a cada uno que había jurado lealtad al Estado libre alemán una cinta roja en el brazo y abrazándolo a continuación. Por desgracia, Gustav y Amalie fueron hechos prisioneros y languidecieron en la mazmorra, donde el infatigable Gustav reanudó en el acto su traducción republicana de la Historia universal de Rotteck, hasta que por fin la tercera insurrección lo liberó. Ahora Gustav era miembro de un verdadero gobierno provisional, y desde entonces a sus demás ideas fijas se suma la manía del gobierno provisional. Como presidente del Senado de Guerra, se apresuró a llevar la mayor confusión posible a los asuntos de su departamento y a recomendar como ministro de la Guerra al «traidor» Mayerhofer (Goegg, Rückblick etc., París, 1850).87 Más tarde aspiró en vano a que lo nombraran ministro de Asuntos Exteriores y a recibir 60.000 florines a su disposición. El señor Brentano liberó pronto a nuestro Gustav de la carga del gobierno, y Gustav se puso entonces a la cabeza de la oposición en el «Club del Progreso Resuelto». Dirigía con preferencia esta oposición contra aquellas medidas de Brentano a las que él mismo había dado su aprobación. Aunque este club fue disuelto y Gustav tuvo que marchar como refugiado al Palatinado, esta desgracia tuvo al menos el lado bueno de que en Neustadt an der Haardt pudo aparecer de nuevo, en un número suelto, el inevitable Deutscher Zuschauer, lo que compensó a Gustav de muchos sufrimientos inmerecidos. Otra satisfacción fue que, en una elección parcial en algún rincón apartado del Oberland, lo nombraron miembro de la Constituyente de Baden y pudo volver así en calidad oficial. En esta asamblea Gustav solo se distinguió por las tres mociones siguientes, presentadas en Friburgo: 1.ª, el 28 de junio: declarar traidor a todo el que quisiera negociar con el enemigo; 2.ª, el 30 de junio: nombrar un nuevo gobierno provisional en el que Struve tuviera asiento y voto; 3.ª, tras el rechazo de esta última moción, el mismo día: que, puesto que el combate perdido junto a Rastatt había vuelto inútil toda resistencia, había que ahorrar al Oberland los horrores de la guerra, y que con este fin se pagara a cada funcionario y soldado la soldada de diez días, y a los miembros de la Constituyente diez días de dietas más los gastos de viaje, y que luego se pasara a Suiza al son de tambores y trompetas. Rechazada también esta moción, Gustav se fue en el acto a Suiza por su cuenta y, expulsado de allí por el bastón de James Fazy,88 a Londres, donde se presentó con un nuevo descubrimiento: las seis plagas de la humanidad. Estas seis plagas eran: los príncipes, la nobleza, los curas, la burocracia, el ejército permanente, el saco del dinero y las chinches. Con qué espíritu reelaboraba Gustav al difunto Rotteck puede verse por su nuevo descubrimiento de que el saco del dinero era un invento de Luis Felipe. Estas seis plagas las predica Gustav en la Deutsche Londoner Zeitung del ex duque de Brunswick,89 por lo que recibió honorarios bastante buenos y aceptó luego también con agradecimiento la censura del señor duque. Valga esto como aclaración sobre la relación de Gustav con la primera plaga, los príncipes. En cuanto a su relación con la segunda, la nobleza, nuestro republicano moral y religioso se hizo grabar tarjetas de visita en las que figuraba como «barón de Struve». Si con las demás plagas no entabló relaciones igual de amistosas, no puede ser culpa suya. Luego Gustav aprovechó su ocio en Londres para confeccionar un calendario republicano en el que, en lugar de los santos, lucen solo nombres de hombres de convicciones, y con especial frecuencia «Gustav» y «Amalie»; los meses recibieron nombres alemanes imitados del calendario republicano francés, y otras cosillas de utilidad común y de lugar común por el estilo. Por lo demás, también en Londres volvieron a aflorar las queridas ideas fijas: resucitar el Deutscher Zuschauer, resucitar el Club del Progreso Resuelto y formar un gobierno provisional. En todos estos puntos coincidió con Schramm, y así nació la circular.

El tercero de la liga, el gran Arnold Ruge,90 brilla por delante de toda la emigración con su figura de sargento de caballería que aún espera un destino civil.91 No puede decirse que este noble varón se recomiende por un exterior especialmente agradable; sus conocidos de París solían calificar sus rasgos eslavo-pomeranos de cara de garduña (figure de fouine). Arnold Ruge, hijo de campesinos de Rügen y durante siete años mártir en las cárceles prusianas por manejos demagógicos,92 se arrojó con ímpetu en brazos de la filosofía hegeliana en cuanto descubrió que bastaba hojear la Enciclopedia de Hegel para quedar dispensado del estudio de todas las demás ciencias. Tenía además el principio (que expuso también en una novela y trató de hacer valer entre sus amigos —el desdichado Herwegh93 puede contar algo de ello—), el principio de sacar provecho también del matrimonio, y por eso se casó pronto con un «suelo sustancial».94

Con ayuda de sus frases hegelianas y de su suelo sustancial solo llegó a portero de la filosofía alemana, condición en la que tenía que anunciar y pregonar en los Hallische y Deutsche Jahrbücher95 a las grandezas emergentes, explotándolas literariamente de paso con cierta habilidad. Por desgracia llegó muy pronto el periodo de la anarquía filosófica, el periodo en que la ciencia ya no tenía ningún rey reconocido, en que Strauss, B. Bauer y Feuerbach se hacían la guerra unos a otros, y en que los elementos extraños más diversos empezaron a enturbiar la simplicidad de la doctrina clásica. Entonces nuestro Ruge quedó desorientado, ya no veía su camino delante de sí, sus categorías hegelianas, de suyo inconexas, corrían revueltas unas con otras, y sintió de repente una gran nostalgia de un movimiento poderoso en el que ya no se mirara tanto el pensar y el escribir.

En los Hallische Jahrbücher desempeñó Ruge el mismo papel que en la vieja Berliner Monatsschrift el difunto librero Nicolai.96 Como este, buscaba su mérito principal en imprimir los trabajos de otros y sacar de ellos provecho material y materia literaria para sus propias efusiones del espíritu. Solo que nuestro Ruge supo elevar a una potencia mucho más alta que su modelo esa reescritura de los artículos de sus colaboradores, ese proceso de digestión literaria hasta su inevitable resultado final. Además, Ruge no era el portero de la Ilustración alemana, sino el Nicolai de la filosofía alemana moderna, y podía ocultar la natural chatura de su genio tras el espeso bosque de espinos de los giros especulativos. Como Nicolai, luchó valientemente contra el romanticismo, precisamente porque Hegel en su Estética y Heine en La escuela romántica ya lo habían liquidado hacía tiempo, el uno críticamente, el otro literariamente. Pero, a diferencia de Hegel, coincidía con Nicolai en creerse con derecho, como antirromántico, a presentar como ideal acabado la vulgar filistería y, sobre todo, su propia figura de filisteo. Con este fin, y para combatir al enemigo en su terreno más propio, Ruge hacía también versos, cuya sobria insipidez, no alcanzada por ningún holandés, se arrojaba desafiante a la cara de los románticos como guante de desafío.

Por lo demás, nuestro pensador pomerano no se sentía muy a gusto en la filosofía hegeliana. Si era fuerte en percibir contradicciones, tenía en cambio una incapacidad tanto mayor para resolverlas y sentía un horror muy explicable por la dialéctica. Así sucedía que en su cerebro dogmático las contradicciones más groseras se alojaban pacíficamente bajo un mismo techo, y que su facultad de comprensión, de suyo pesadísima, en ninguna parte se encontraba más a gusto que en tan mezclada compañía. Le ocurría a veces que digería a su manera al mismo tiempo dos artículos de escritores distintos y los fundía en un producto nuevo, sin notar que ambos estaban escritos desde puntos de vista totalmente opuestos. Atascado siempre entre sus contradicciones, se las arreglaba presentando ante los teóricos su pensamiento deficiente como práctico y ante los prácticos, en cambio, su torpeza práctica y su inconsecuencia como la más alta conquista teórica, y declarando por último que precisamente este empantanarse en contradicciones inconmovibles, esta fe acrítica y caótica en la quintaesencia de todas las frases populares del día, era la «convicción».

Antes de seguir a nuestro Mauricio de Sajonia, como solía llamarse en círculos íntimos, en sus ulteriores destinos, señalaremos aún dos cualidades que se manifestaron ya en los Jahrbücher. La primera es la manía de los manifiestos. En cuanto alguien había urdido un punto de vista nuevo cualquiera al que Ruge le veía cierto futuro, lanzaba un manifiesto. Como nadie le reprocha haber sido culpable jamás de un pensamiento original, un manifiesto así era siempre ocasión adecuada para reivindicar como propiedad suya, de manera más o menos declamatoria, lo que era nuevo para él e intentar al mismo tiempo, sobre esa base, formar un partido, una fracción, una «masa» que estuviera detrás de él y en la que pudiera hacer de sargento. Más adelante veremos a qué increíble perfección ha llevado Ruge esta fabricación de manifiestos, proclamas y pronunciamientos. La segunda cualidad es el tipo especial de aplicación en que sobresale Arnold. Como no le gusta estudiar mucho o, como dice él, «escribir de una biblioteca a otra», prefiere «beber de la vida fresca», es decir, anotar cada noche con estricta escrupulosidad todas las ocurrencias, «chascarrillos», ideas nuevas y demás comunicaciones que ha oído, leído y pescado en el curso del día. Estos materiales se emplean luego, según la ocasión, en la tarea que Ruge despacha a diario con la misma escrupulosidad que sus demás necesidades corporales. Por eso sus admiradores suelen decir de él que no puede retener la tinta. De qué trata la producción literaria diaria es del todo indiferente; lo principal es que Ruge derrame sobre el tema que sea esa maravillosa salsa de estilo que sirve para todo, igual que los ingleses toman su Soyer's relish o su Warwickshire sauce con el mismo gusto en el pescado, en las aves, en las chuletas o en cualquier otra cosa. Esta diarrea estilística diaria la llama Ruge con predilección «la bella forma que se abre paso»,97 y vio en ello razón suficiente para hacerse pasar por «artista».

Por contento que estuviera Ruge con su puesto de portero de la filosofía alemana, un gusano le roía en silencio lo más íntimo de su vida. No había escrito todavía ni un solo libro gordo y envidiaba a diario al afortunado Bruno Bauer, que ya en su juventud había publicado dieciocho pesados volúmenes. Para remediar esta desproporción, Ruge hizo imprimir un mismo artículo tres veces con títulos distintos en un mismo tomo, y luego volvió a sacar ese tomo en los formatos más diversos. Así nacieron las Obras completas de Arnold Ruge, que el autor, primorosamente encuadernadas, todavía hoy cuenta cada mañana tomo por tomo en su biblioteca, exclamando luego satisfecho: «¡Bruno Bauer sí que no tiene convicciones!».

Si Arnold no logró comprender la filosofía hegeliana, en cambio realizó en su propia persona una categoría hegeliana. Representó «la conciencia honrada» con asombrosa fidelidad, y se afirmó aún más en ello cuando en la Fenomenología, que por lo demás siguió siendo para él un libro con siete sellos, hizo el agradable descubrimiento de que la conciencia honrada «siempre experimenta alegría de sí misma».98 La conciencia honrada oculta bajo una importuna rectitud todas las pequeñas tretas y argucias falsas del filisteo; tiene derecho a permitirse cualquier vileza, porque sabe que es vil por honradez; la estupidez misma se convierte en un mérito, porque es una prueba contundente de solidez de convicciones. Detrás de cada segunda intención lleva la convicción de su rectitud interior, y cuanto más trama alguna falsedad, alguna mezquina porquería, tanto más franca y confiada puede presentarse. Todas las pequeñas mezquindades del burgués se transforman bajo la aureola de la intención honrada en otras tantas virtudes; el sórdido egoísmo aparece lavado y limpio bajo la figura de un supuesto sacrificio; la cobardía se presenta como valor en un sentido superior, la canallada se vuelve generosidad, y los modales groseros e importunos de campesino se ennoblecen y transfiguran en síntomas de bravura y buen humor. Albañal en el que confluyen extrañamente todas las contradicciones de la filosofía, de la democracia y de la palabrería en general; por lo demás, un tipo ricamente dotado de todos los vicios, vilezas y mezquindades, de la malicia y la estupidez, de la avaricia y la torpeza, del servilismo y la arrogancia, de la falsedad y la bonhomie del siervo emancipado, del campesino; filisteo e ideólogo, ateo y creyente en frases, ignorante absoluto y filósofo absoluto en una sola persona: ese es nuestro Arnold Ruge, tal como Hegel lo profetizó en 1806.

Tras la supresión de los Deutsche Jahrbücher, Ruge transportó a su familia a París en un carro construido expresamente para ello. Su mala estrella lo puso aquí en contacto con Heine, que veneraba en él al hombre «que había traducido a Hegel al pomerano». Heine le preguntó si Prutz99 no era un seudónimo suyo, contra lo que Ruge protestó escrupulosamente, pero no hubo manera de apartar a Heine de la opinión de que nuestro Arnold era el autor de los poemas de Prutz. Por lo demás, Heine descubrió muy pronto que, aunque Ruge no tenía talento, llevaba con éxito la máscara del carácter, y así ocurrió que el amigo Arnold dio al poeta la idea de su Atta Troll.100 Si Ruge no inmortalizó su estancia en París con ninguna gran obra, le corresponde al menos el mérito de que Heine lo hiciera por él. En agradecimiento, el poeta le dedicó el conocido epitafio:

Atta Troll, oso de tendencia; moral,
religioso; como esposo, ardoroso;
seducido por el espíritu del tiempo,
sans-culotte nacido del bosque;

bailarín pésimo, pero portador
de convicciones en su alto pecho velludo;
a veces también apestoso;
¡sin talento, pero con carácter!

En París le ocurrió a nuestro Arnold que se mezcló con los comunistas e hizo imprimir en los Deutsch-Französische Jahrbücher artículos de Marx y Engels que decían exactamente lo contrario de lo que él mismo anunciaba en el prólogo, accidente sobre el que le llamó la atención la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, pero que él soportó con resignación filosófica.

Para remediar una torpeza social innata, nuestro Ruge se ha aprendido un pequeño número de anécdotas peregrinas para contarlas a discreción, que él llama chascarrillos. Una larga ocupación con estos chascarrillos trajo consigo que poco a poco todos los acontecimientos, situaciones y relaciones se le convirtieran en puros chascarrillos agradables o desagradables, buenos o malos, importantes o insignificantes, interesantes o aburridos. El tumulto de París, las muchas impresiones nuevas, el socialismo, la política, el Palais-Royal, las ostras baratas, todo eso abrumó entonces tanto al desdichado que su cabeza cayó en un permanente e incurable runrún de chascarrillos y París se le convirtió en un almacén ilimitado de chascarrillos.101 Él mismo dio entonces, entre otros, en el chascarrillo de querer fabricar chaquetas de serrín para el proletariado, pues tiene en general debilidad por los chascarrillos industriales, para los que busca siempre en vano accionistas.

Cuando los alemanes políticamente más conocidos fueron expulsados de Francia,102 Ruge se salvó de la desgracia haciéndose presentar al ministro Duchâtel como savant sérieux.103 Seguramente pensaba en el «sabio» de L'Amant de la lune de Paul de Kock, que acreditaba su condición de savant con una manera original de hacer saltar tapones por el aire. Poco después Arnold se fue a Suiza, donde se encontró con el ex suboficial holandés, escritor local de Colonia y recaudador auxiliar de impuestos prusiano Heinzen.104 Pronto los unió a ambos un lazo de la más íntima amistad. Heinzen aprendió de Ruge filosofía; Ruge de Heinzen, política. Desde entonces se desarrolla en Ruge la necesidad de presentarse como filósofo por excelencia solo ante los elementos más toscos del movimiento alemán, destino que lo llevó cada vez más abajo, hasta que finalmente solo pasaba por filósofo ante pastores de los Amigos de la Luz (Dulon), ante curas del catolicismo alemán (Ronge) y ante Fanny Lewald.105 Al mismo tiempo, la anarquía crecía día a día en la filosofía alemana. El Único de Stirner, el «socialismo», el «comunismo», etc., todos ellos nuevos intrusos, aumentaron el runrún de chascarrillos en la cabeza de Ruge hasta lo insoportable; había que arriesgar un gran salto. Entonces Ruge se salvó tras el humanismo, esa frase con la que todos los confusionarios de Alemania, desde Reuchlin hasta Herder, han encubierto su perplejidad. La frase parecía tanto más oportuna cuanto que Feuerbach acababa de «redescubrir al hombre», y Arnold se aferró a ella con tal desesperación que hasta el día de hoy no la suelta. Pero Arnold hace en Suiza un descubrimiento aún incomparablemente más importante, a saber, que «el yo se acredita como carácter mediante su aparición repetida ante el público». Desde entonces empezó para Arnold una nueva actividad. Elevó a principio la impertinencia y la importunidad más desvergonzadas. Ruge tenía que participar en todo, meter la nariz en todo. Ninguna gallina podía poner un huevo sin que Ruge «redactara la razón» de este «acontecimiento». En cualesquiera circunstancias había que mantener la relación con alguna hojita de rincón donde pudiera producirse la aparición repetida. Ya no escribía ningún artículo de periódico sin firmarlo con su nombre y, a ser posible, hablar en él de sí mismo. El principio de la aparición repetida había de extenderse a cada artículo: primero había que colocarlo en forma de carta en periódicos europeos y (desde la emigración de Heinzen a Nueva York) americanos, luego imprimirlo como folleto y, por último, repetirlo otra vez en las obras completas.

Así pertrechado, nuestro Ruge pudo volver a Leipzig para hacerse reconocer definitivamente como carácter. Pero tampoco aquí todo era de color de rosa. Su viejo amigo, el librero Wigand,106 lo había sustituido con mucha fortuna en el papel de Nicolai, y como no había ningún puesto vacante, Ruge se hundió en una sombría meditación sobre la caducidad de todos los chascarrillos, cuando estalló la revolución alemana.

Con esto también nuestro Arnold se vio socorrido de pronto. El poderoso movimiento en el que hasta el más torpe se deja llevar fácilmente por la corriente había llegado por fin, y Ruge se dirigió en el acto a Berlín, donde pensaba pescar en río revuelto. Como acababa de estallar una revolución, le pareció lo más oportuno presentarse con una reforma. Fundó la hojita de ese nombre. La Réforme prerrevolucionaria de París107 era el periódico más falto de talento, más inculto y más aburrido de Francia. La Reform de Berlín dio la prueba de que se podía superar todavía a su modelo de París y ofrecer sin reparo al público alemán, incluso en la «metrópoli de la inteligencia», un periódico tan increíble. Con la garantía de que precisamente la torpeza retórica de Ruge era la mejor prenda del profundo contenido que se escondía tras ella, Arnold fue elegido por Breslau para el Parlamento de Fráncfort. Allí encontró en seguida ocasión de presentarse, como redactor de la izquierda democrática, con un absurdo manifiesto. Por lo demás, solo se distinguió por su entusiasmo por los manifiestos de congresos de los pueblos europeos y se sumó con celo al deseo general de que Prusia se disolviera en Alemania. Más tarde, de vuelta en Berlín, pidió que Alemania se disolviera en Prusia y Fráncfort en Berlín, y cuando por último se le ocurrió hacerse par de Sajonia, pretendió que Alemania y Prusia se disolvieran en Dresde.

Su actividad parlamentaria no le valió otros laureles que el que su propio partido desesperara de su torpe incapacidad. Pero al mismo tiempo su Reform iba cada vez peor, mal al que creía poder poner remedio solo con su presencia personal en Berlín. Como «conciencia honrada», encontró, por supuesto, un pretexto altamente político para esta retirada y pretendió que toda la izquierda se retirara con él. Esto, naturalmente, no ocurrió, y Ruge se fue solo a Berlín. En Berlín descubrió que las colisiones modernas se resuelven mejor en la «forma Dessau», como bautizó al pequeño Estado modelo democrático-constitucional.108 Luego, durante el asedio, redactó otra vez un manifiesto en el que se exhorta al general Wrangel a marchar contra Windischgrätz para liberar Viena.109 La sanción del Congreso Democrático para este curioso documento la obtuvo con el pretexto de que ya estaba compuesto e impreso con la firma. Finalmente, cuando la propia Berlín fue declarada en estado de sitio, el señor Ruge fue a ver a Manteuffel110 y le hizo propuestas sobre la Reform, que, sin embargo, fueron rechazadas. Manteuffel le declaró que desearía que todos los periódicos de oposición fueran como la Reform, que la Neue Preußische Zeitung era mucho más peligrosa: comentario que el ingenuo Ruge se apresuró a difundir por toda Alemania con orgullo triunfal. Arnold se entusiasmó al mismo tiempo por la resistencia pasiva, que él mismo practicó abandonando el periódico, los redactores y todo lo demás y saliendo corriendo a toda prisa. La huida activa es evidentemente la forma más resuelta de la resistencia pasiva. La contrarrevolución había llegado, y Ruge corrió delante de ella sin interrupción de Berlín a Londres.

Durante la insurrección de mayo de Dresde,111 Arnold, junto con su amigo Otto Wigand y el concejo municipal, se puso a la cabeza del movimiento en Leipzig. Con estos camaradas lanzó un enérgico manifiesto a los de Dresde: que lucharan con valor, que en Leipzig estaban Ruge, Wigand y los padres de la ciudad y velaban, y que a quien no se abandona a sí mismo tampoco lo abandona el cielo. Pero apenas se había publicado este manifiesto cuando nuestro valiente Arnold se puso a toda prisa en camino hacia Karlsruhe.

En Karlsruhe se sentía inseguro, aunque los badenses estaban en el Neckar y las hostilidades estaban todavía lejos de empezar. Pidió a Brentano que lo enviara como embajador a París. Brentano se permitió la broma de darle ese puesto por doce horas y a la mañana siguiente, cuando Ruge iba a partir, retiró el nombramiento. Ruge marchó no obstante a París con los representantes realmente nombrados del Gobierno de Brentano, Schütz y Blind,112 y se comportó de manera tan extraña que su propio antiguo redactor, Oppenheim,113 declaró en la oficial Karlsruher Zeitung que el señor Ruge no había ido en absoluto a París en ninguna calidad oficial, sino completamente «por su cuenta». Llevado una vez por Schütz y Blind a casa de Ledru-Rollin,114 Ruge interrumpió de pronto las negociaciones diplomáticas poniéndose a despotricar terriblemente contra los alemanes delante del francés, de modo que a sus compañeros no les quedó más remedio que retirarse consternados y comprometidos. Llegó el 13 de junio115 y le dio a nuestro Arnold tal susto en las piernas que, sin motivo alguno, puso pies en polvorosa y no volvió a tomar aliento hasta Londres, en libre suelo británico. En vista de esta huida, se comparó más tarde con Demóstenes.116

En Londres, Ruge intentó primero hacerse anunciar como enviado provisional de Baden. Luego trató de presentarse ante la prensa inglesa como gran pensador y escritor alemán, pero en todas partes lo rechazaron con el comentario de que los ingleses eran demasiado materiales para comprender la filosofía alemana. También le preguntaban por sus obras, a lo que Ruge solo podía responder con un suspiro, mientras Bruno Bauer volvía a aparecérsele vivamente en el alma. Pues hasta sus «obras completas», ¿qué eran sino folletos reimpresos muchas veces? Y ni siquiera folletos, sino artículos de periódico en rústica; y en el fondo ni siquiera artículos de periódico, sino enrevesados frutos de lecturas. Aquí había que volver a hacer algo, y Ruge escribió dos artículos en el Leader117 en los que, con el pretexto de describir la democracia alemana, declaraba que en Alemania estaba ahora al orden del día el «humanismo», representado por Ludwig Feuerbach y Arnold Ruge, autor de las obras siguientes: 1. La religión de nuestro tiempo; 2. La democracia y el socialismo; 3. La filosofía y la revolución. Estas tres obras que hacen época, que hasta ahora no se encuentran en ninguna librería, no son, como se comprende, más que títulos nuevos, aún inéditos, para viejos artículos cualesquiera de Ruge. Al mismo tiempo, Arnold reanudó sus tareas diarias retraduciendo al alemán, para su propia instrucción, para provecho del público alemán y para gran espanto del señor Brüggemann,118 artículos que de la Kölnische Zeitung habían ido a parar al Morning Advertiser. No precisamente cubierto de laureles, se retiró a Ostende, donde encontró el ocio debido para prepararse al papel del sabio Confusio119 de la emigración alemana.

Como Gustav representa la verdura y Gottfried la ternura,120 Arnold representa el entendimiento, o más bien el desatino, del filisteísmo pequeñoburgués alemán. No abre, como Arnold Winkelried, un paso a la libertad: él es en persona «un paso de aguas sucias para la libertad»;121 Ruge está en la revolución alemana como el cartel de las esquinas de ciertas calles: «Aquí se permite orinar».

Volvemos por fin a nuestra circular y carta adjunta. Cayó al suelo de plano, y del primer intento de Iglesia democrática universal no salió nada. Schramm y Gustav declararon más tarde que la culpa la tenía solo la circunstancia de que Ruge no sabía ni hablar francés ni escribir alemán. Pero luego los grandes hombres volvieron a ponerse en actividad,

Chè ciascun oltra moda era possente,
Come udirete nel canto seguente.122

VI

Al mismo tiempo que Gustav había llegado de Suiza a Londres Rodomonte123 K. Heinzen. K. Heinzen, que durante años había vivido de la amenaza de extirpar la «tiranía» en Alemania, se atrevió, tras el estallido de la revolución de febrero, a la inaudita audacia de inspeccionar de nuevo el suelo alemán en la Schusterinsel,124 se fue luego a Suiza, desde donde, en la segura Ginebra, volvió a fulminar a «los tiranos y opresores del pueblo» y aprovechó la ocasión para declarar: «Kossuth125 es un gran hombre, pero Kossuth se ha olvidado de la plata fulminante». Heinzen se había convertido en alquimista de la revolución por horror al derramamiento de sangre. Soñaba con una fuerza explosiva que en un instante hiciera saltar por los aires toda la reacción europea sin que quien la empleara tuviera que quemarse los dedos. Tenía una peculiar aversión a pasearse bajo una lluvia de balas, a la vulgar conducción de la guerra, donde las convicciones no lo hacen a uno a prueba de balas. Durante el Gobierno del señor Brentano llegó a arriesgar incluso un viaje revolucionario a Karlsruhe. Como no encontró aquí la recompensa esperada de sus altas hazañas, decidió primero redactar el Moniteur del «traidor» Brentano. Pero cuando avanzaron los prusianos, declaró que Heinzen «no se dejaría matar a tiros» por el traidor Brentano y, con el pretexto de formar un cuerpo de élite en el que las convicciones políticas y la organización militar se completaran mutuamente, es decir, en el que la cobardía militar pasara por valor político, hizo, en perpetua persecución del cuerpo franco como debe ser, un movimiento retrógrado hasta llegar de nuevo al conocido suelo de Suiza. El viaje de Sofía de Memel a Sajonia126 resultó más sangriento que el viaje revolucionario de Rodomonte. Llegado a Suiza, declaró que en Alemania ya no había hombres, que la verdadera plata fulminante no se había descubierto aún, que la guerra no se hacía todavía con convicciones revolucionarias, sino de la manera corriente, con pólvora y plomo, y que ahora iba a revolucionar Suiza, ya que daba Alemania por perdida. En la Suiza idílicamente apartada y con la jerga estrafalaria que allí se habla, Rodomonte podía pasar por escritor alemán y hasta por hombre peligroso. Consiguió lo que quería. Lo expulsaron y lo despacharon a Londres a costa de la Confederación. Rodomonte Heinzen no había tomado parte directa en la revolución europea, pero innegablemente se había movido mucho por ella. Cuando estalló la revolución de febrero, reunió en Nueva York «fondos revolucionarios» para acudir en ayuda de la patria y avanzó hasta la frontera suiza. Cuando fracasó la revolución de la Asociación de Marzo,127 se retiró de Suiza al otro lado del Canal por cuenta del Consejo Federal suizo. Tuvo la satisfacción de hacer tributaria a la revolución de su avance y a la contrarrevolución de su retirada.

En las epopeyas caballerescas italianas aparecen a cada momento gigantes enormes y anchos de hombros, armados con garrotes colosales, que en el combate, pese a sus golpes bárbaros a diestro y siniestro y a su estruendo espantoso, nunca dan al adversario, sino siempre a los árboles de alrededor. Un gigante ariostesco de esos en la literatura política es el señor Heinzen. Dotado por la naturaleza de una figura zafia y de una gran masa de carne, vio en ello la vocación de ser un gran hombre. Esta pesada corporeidad domina toda su actuación literaria, que es corporal de punta a cabo. Sus adversarios son siempre pequeños, enanos que no le llegan a los tobillos y a los que mira por encima de la rodilla. Donde hay que actuar con el cuerpo, en cambio, el uomo membruto128 se refugia en la literatura o en los tribunales. Así, apenas a salvo en suelo inglés, escribió un tratado sobre el valor moral. Así, el gigante se dejó apalear en Nueva York por un tal señor Richter tantas veces y durante tanto tiempo que el juez de policía, que al principio solo imponía multas insignificantes, acabó, en reconocimiento de su constancia, condenando al enano Richter a pagar 200 dólares de indemnización. La complementación natural de esta gran corporeidad, en la que todo está sano, es el sano sentido común, que el señor Heinzen se atribuye en grado sumo. A este sano sentido común corresponde que Heinzen, como genio «natural», no haya aprendido nada y sea literaria y científicamente un completo bruto. En virtud del sano sentido común, al que también llama su «propia agudeza» y con el que aseguró a Kossuth «haber avanzado hasta el límite extremo de las ideas», solo aprende de oídas o en los periódicos, por lo que va siempre a la zaga del tiempo y lleva siempre la chaqueta que la literatura se quitó unos años antes, mientras declara inmoral y reprobable la ropa nueva, moderna, a la que todavía no se acostumbra. Pero lo que una vez ha asimilado, en eso cree con la mayor inquebrantabilidad posible; eso se le convierte en algo surgido de manera natural, evidente, que todo el mundo tiene que entender y que solo la mala voluntad, la estupidez o la sofistería son capaces de no querer comprender. Un cuerpo tan robusto y un sano sentido común así tienen que tener también unas convicciones recias y valientes, y le sienta muy bien llevar el alarde de convicciones hasta el extremo. Heinzen no cede a nadie en esta especialidad. En cada ocasión se golpea el pecho con las convicciones, a cada argumento se le oponen las convicciones, y a todo el que no lo entiende, o al que él no entiende, se le despacha diciendo que no tiene convicciones, que niega la luz del día clara como el sol por mala intención y pura voluntad perversa. Contra estos réprobos secuaces de Ahrimán129 invoca a su musa, la indignación; insulta, vocifera, fanfarronea, predica moral, escupe los sermones capuchinos más tragicómicos.130 Demuestra adónde puede llegar la literatura de insultos cuando cae en manos de un hombre al que el ingenio de Börne131 y la cultura literaria le son igual de ajenos. Como la musa, así su estilo. Eterno «¡garrote, sal del saco!»,132 pero un garrote de todos los días, en el que ni siquiera los nudos son originales y punzantes. Solo cuando se le presenta algo científico se detiene un instante. Le pasa como a la pescadera de Billingsgate con la que O'Connell133 se enzarzó en un duelo de insultos y a la que hizo callar cuando, a una larga retahíla de improperios, replicó: «Sois todo eso y mucho más: ¡sois un triangulus isosceles, sois un parallelepipedon!».134

De las vivencias anteriores del señor Heinzen hay que decir que en las colonias holandesas, si no llegó a general, ascendió al menos a suboficial, postergación por la que trató siempre después a los holandeses como una nación sin convicciones. Más tarde lo volvemos a encontrar en Colonia como recaudador auxiliar de impuestos, en cuya calidad escribió una comedia en la que su sano sentido común se esforzaba en vano por burlarse de la filosofía hegeliana. Más a gusto se encontraba en los chismes locales de la Kölnische Zeitung, en el folletín, donde pronunciaba palabras de peso sobre las disensiones de la Sociedad del Carnaval de Colonia, aquella institución de la que han salido todos los grandes hombres de Colonia. Sus propias penas y las de su padre, el guardabosques Heinzen, en la lucha contra los superiores se elevaron para él, como le ocurre al sano sentido común en todos los pequeños conflictos personales, al rango de acontecimientos mundiales; las describió en su Burocracia prusiana,135 libro que está muy por debajo del de Venedey136 y no contiene más que querellas del funcionario subalterno contra las autoridades superiores. Este libro le valió un proceso de prensa; aunque a lo sumo podían caerle seis meses de cárcel, vio su cabeza en peligro y se refugió en Bruselas. Desde aquí exigió que el Gobierno prusiano no solo le diera salvoconducto, sino que también suprimiera en su favor todo el procedimiento judicial francés137 y lo llevara ante el jurado por un simple delito. El Gobierno prusiano dictó contra él una orden de busca y captura; él respondió con una «orden de busca y captura» contra el Gobierno prusiano, en la que, entre otras cosas, predicaba la resistencia moral y la monarquía constitucional y declaraba la revolución inmoral y jesuítica. De Bruselas fue a Suiza. En Suiza encontró, como ya vimos más arriba, al amigo Arnold, y aprendió de él, además de su filosofía, un método muy útil de enriquecerse. Igual que Arnold trataba de apropiarse las ideas de sus adversarios durante la polémica con ellos, Heinzen aprendió ahora a apropiarse a fuerza de insultos esos pensamientos nuevos para él, combatiéndolos.138 Apenas hecho ateo, empezó en el acto, con verdadero celo de neófito, una furiosa polémica contra el pobre viejo Follen,139 porque este no se veía movido, sin motivo alguno, a hacerse también ateo a su edad. La república federal suiza, con la que ahora se dio de narices, desarrolló su sano sentido común hasta el punto de querer introducir también esa república federal en Alemania. El mismo sano sentido común llegó a la conclusión de que eso no era posible sin revolución, y así Heinzen se hizo revolucionario. Empezó entonces un comercio de panfletos que, en el más tosco tono de campesino suizo, predicaban «arremeter» en seguida y muerte a los príncipes, de quienes provenía toda la miseria del mundo. Buscó comités en Alemania para procurar los gastos de impresión y la difusión de estas hojas volantes, a lo que se unió con toda naturalidad una vasta industria del sablazo en la que a la gente del partido primero se la explotaba y luego se la insultaba. Más detalles puede dar el viejo Itzstein.140 Con estos panfletos Heinzen se ganó una gran fama entre los viajantes de vinos alemanes, que lo pregonaban por todas partes como valiente «repartidor de palos».

De Suiza se fue a América, donde, a pesar de pasar allí por un verdadero poeta en virtud de su estilo de campesino suizo, logró reventar en poco tiempo la Schnellpost141 de Nueva York.

De vuelta a Europa a raíz de la revolución de febrero, escribió a la Mannheimer Abendzeitung despachos sobre la llegada del gran Heinzen y publicó un folleto contra Lamartine en venganza por que este, como todo el Gobierno, lo había ignorado a pesar de un mandato como representante de los alemanes de América. No quería volver a Prusia porque, pese a la revolución de marzo y la amnistía, seguía viendo allí su cabeza en peligro. El pueblo tenía que llamarlo. Como no lo hizo, quiso hacerse elegir desde lejos en Hamburgo para el Parlamento de Fráncfort: como era mal orador, votaría tanto más alto; pero lo derrotaron.

Cuando, tras el fin de la sublevación de Baden, llegó a Londres, se indignó mucho contra los jóvenes por encima de los cuales y por obra de los cuales se olvidaba al gran hombre de antes de la revolución y de después de la revolución. Siempre había sido solo l'homme de la veille o l'homme du lendemain, nunca l'homme du jour ni menos aún de la journée.142 Como la verdadera plata fulminante seguía sin inventarse, había que dar con nuevos medios contra la reacción. Exigió, pues, dos millones de cabezas, para poder vadear como dictador, con la sangre hasta los tobillos, la sangre que habían de derramar otros. En el fondo, solo se trataba de armar escándalo; la reacción lo había despachado a su costa hasta Londres, y ahora, mediante una expulsión de Inglaterra, debía despacharlo además gratis hasta Nueva York. El golpe fracasó y no tuvo más consecuencias que la de que los periódicos radicales franceses lo declararan un loco que pedía dos millones de cabezas porque nunca había arriesgado la suya. Pero, para coronar la cosa, había publicado todo este artículo sanguinario y vadeador de sangre... en la Deutsche Londoner Zeitung del ex duque de Brunswick, contra pago al contado, se entiende.

Gustav y Heinzen se estimaban desde hacía bastante tiempo. Heinzen hacía pasar a Gustav por un sabio, y Gustav a Heinzen por un repartidor de palos. Heinzen apenas había podido esperar al final de la revolución europea para poner fin a la «funesta desunión de la emigración democrática alemana» y reabrir su negocio de antes de marzo. Dio a conocer, como proyecto y propuesta para la discusión, un programa del partido revolucionario teutón. El programa se distinguía por la invención de un ministerio especial para «la rama, a ninguna otra inferior en importancia, de los lugares públicos de recreo, palestras» (sin lluvia de balas) «y jardines», y por el decreto de que «se abolirán los privilegios del sexo masculino, en particular en el matrimonio» (y especialmente también en la táctica de choque en la guerra; véase Clausewitz). Este programa, en realidad solo una nota diplomática de Heinzen a Gustav, ya que de lo contrario nadie se habría dignado mirarlo, provocó, en lugar de la unión, la separación inmediata de los dos capones: Heinzen pedía para el «periodo revolucionario de transición» un solo dictador, que además tenía que ser prusiano, y, añadía, para que no fuera posible ningún malentendido: «A la dictadura no puede ser llamado ningún soldado». Gustav, en cambio, pedía una dictadura de tres hombres, en la que, además de él, tenía que haber al menos dos badenses. Además, Gustav creyó descubrir que Heinzen le había robado una «idea» en el programa publicado precipitadamente. Así se malogró este segundo intento de unión, y Heinzen, completamente incomprendido por el mundo, se retiró a su oscuridad hasta que encontró insostenible el suelo inglés y zarpó en otoño de 1850 hacia Nueva York.

VII

Gustav y la colonia de la renuncia

Después de que el infatigable Gustav hubo hecho todavía el vano intento de formar un Comité Central de Refugiados con Friedrich Bobzin, Habbegg, Oswald, Rosenblum, Cohnheim, Grunich y otros hombres «eminentes», tomó el camino de Yorkshire. Allí había de florecer, en efecto, un jardín encantado en el que no reinara, como en el de Alcina,143 el vicio, sino la virtud. Un viejo inglés humorista al que nuestro Gustav aburría con sus teorías lo había tomado, en efecto, al pie de la letra y le asignó en Yorkshire unas cuantas yugadas de terreno pantanoso, con la condición expresa de fundar allí la «colonia de la renuncia», una colonia en la que estuviera prohibido con la máxima severidad todo consumo de carne, tabaco y bebidas espirituosas, solo se tolerara la alimentación vegetal y cada colono estuviera obligado a leer, como oración matutina, un capítulo del Derecho público de Struve. Además, la colonia había de mantenerse con su propio trabajo. Acompañado de su Amalie, del alhelí suabo Schnauffer144 y de algunos otros fieles, Gustav partió resignado a la voluntad de Dios y fundó la «colonia de la renuncia». De esta colonia hay que decir que en ella reinaba poco «bienestar», mucha cultura y plena «libertad» para aburrirse y enflaquecer. Una hermosa mañana nuestro Gustav descubrió un tremendo complot. Sus acompañantes, que no compartían su constitución de rumiante y a quienes repugnaba la alimentación vegetal, habían decidido degollar a sus espaldas la única vaca vieja, cuya leche constituía la principal fuente de ingresos de la «colonia de la renuncia». Gustav se llevó las manos a la cabeza, lloró amargas lágrimas por esta perfidia contra una criatura hermana, declaró indignado disuelta la colonia y decidió hacerse cuáquero mojado, a no ser que esta vez lograra en Londres resucitar el Deutscher Zuschauer o fundar un «gobierno provisional».

VIII

Arnold, a quien el retiro de Ostende no le agradaba en absoluto y a quien le urgía una «aparición repetida» ante el público, se enteró del percance de Gustav. Decidió volver en seguida a Inglaterra y, apoyándose en los hombros de Gustav, encumbrarse a pentarca de la democracia europea. Entretanto, en efecto, se había formado el Comité Central Europeo, compuesto por Mazzini, Ledru-Rollin y Darasz, cuya alma era Mazzini.145 Ruge olfateó aquí un puesto vacante. Mazzini podía presentar en su Proscrit146 como colaborador alemán al general Ernst Haug,147 inventado por él mismo, pero, por su total falta de nombre, no podía decorosamente nombrarlo miembro de su Comité Central. Nuestro Ruge no ignoraba que Gustav estaba en relación con Mazzini desde Suiza. Él, por su parte, conocía a Ledru-Rollin, pero tenía la desgracia de no ser conocido por él. Arnold fijó, pues, su residencia en Brighton, mimó y acarició al cándido Gustav, le prometió fundar con él un Deutscher Zuschauer en Londres e incluso emprender en común y a su costa la edición democrática del Staats-Lexikon de Rotteck y Welcker. Al mismo tiempo, en la hojita local alemana que, según su principio, tenía siempre a mano (esta vez le tocó en suerte a la Bremer Tages-Chronik del cura Amigo de la Luz Dulon), presentó a nuestro Gustav como gran hombre y como colaborador. Una mano lava la otra. Gustav presentó a Arnold a Mazzini. Como Arnold habla un francés del todo incomprensible, nadie podía impedirle presentarse ante Mazzini como el hombre más grande y especialmente como el «pensador» de Alemania. El taimado visionario italiano reconoció a primera vista en Arnold al hombre que necesitaba, el homme sans conséquence148 al que podía confiar la contrafirma alemana de sus bulas antipapales. Así, Arnold Ruge se convirtió en la quinta rueda del carro del Estado de la democracia central europea. Cuando un alsaciano le preguntó a Ledru cómo se le había ocurrido aliarse con semejante bête, Ledru respondió secamente: «C'est l'homme de Mazzini».149 Cuando le preguntaron a Mazzini por qué se había juntado con Ledru, un hombre sin ninguna idea, respondió astutamente: «C'est précisément pour quoi je l'ai pris».150 Mazzini tenía todos los motivos para quitarse de encima a la gente con ideas. Pero Arnold Ruge se vio superado en su propio ideal y olvidó por un momento incluso a Bruno Bauer.

Cuando tuvo que firmar el primer manifiesto de Mazzini, recordó con melancolía los tiempos en que ante el profesor Leo151 en Halle y el viejo Follen en Suiza se había presentado una vez como creyente en la Trinidad y la otra como ateo humanista. Esta vez se trataba de declararse con Mazzini por Dios contra los príncipes. Sin embargo, la conciencia filosófica de nuestro Arnold se había desmoralizado ya considerablemente con su relación con Dulon y otros pastores ante quienes pasaba por filósofo. Una cierta debilidad por la religión en general no había podido quitársela nuestro Arnold ni en sus mejores tiempos y, además, su «conciencia honrada» le susurraba: ¡Firma, Arnold! Paris vaut bien une messe.152 No se llega gratis a quinta rueda del carro del gobierno provisional de Europa in partibus.153 ¡Piénsalo, Arnold! Firmar un manifiesto cada catorce días, y además como membre du parlement allemand,154 en compañía de los hombres más grandes de Europa. Y, bañado en sudor, Arnold firma. Curioso chascarrillo, murmura. Ce n'est que le premier pas qui coûte.155 Esta última frase la había anotado la noche anterior en su cuaderno. Pero Arnold no había llegado todavía al final de sus pruebas. Después de que el Comité Central Europeo hubo lanzado una serie de manifiestos a Europa, a los franceses, a los italianos, a los polacos de Silesia156 y a los valacos, le llegó ahora el turno a Alemania, pues acababa de producirse la gran batalla de Bronzell.157 Mazzini, en su proyecto, atacaba a los alemanes por falta de cosmopolitismo y, en especial, por su arrogancia con los vendedores italianos de salami, organilleros, confiteros, domadores de marmotas y vendedores de ratoneras. Arnold lo reconoció consternado. Más aún. Se declaró dispuesto a ceder a Mazzini el Tirol italiano e Istria. Pero eso no bastaba. No solo había que hablar a la conciencia de la nación alemana, había que cogerla también por su punto débil. Arnold recibió la orden de tener esta vez una opinión, puesto que representaba el elemento alemán. Se sentía como el candidato Jobs.158 Se rascó pensativo detrás de la oreja y, tras largas cavilaciones, balbuceó: «Desde los tiempos de Tácito, los bardos alemanes entonan el barítono159 y en invierno encienden fuegos en todos los montes para calentarse los pies en ellos». ¡Los bardos, el barítono y los fuegos en todos los montes! ¡Si eso no pone en pie a la libertad alemana...!, sonrió Mazzini. Los bardos, el barítono, los fuegos en todos los montes y la libertad alemana entraron en el manifiesto como douceur160 para la nación alemana. Arnold Ruge, para su asombro, había aprobado el examen y comprendió por primera vez con qué poca sabiduría se gobierna el mundo. Desde ese momento despreció más que nunca a Bruno Bauer, que ya en su juventud había escrito dieciocho pesados volúmenes.

Mientras Arnold, en el séquito del Comité Central Europeo, firmaba con Dios por Mazzini y contra los príncipes manifiestos guerreros, el movimiento por la paz, bajo la égida de Cobden,161 no solo se extendía en Inglaterra, sino que hacía estragos incluso al otro lado del mar del Norte, de modo que en Fráncfort del Meno el estafador yanqui Elihu Burritt pudo celebrar un congreso de la paz con Cobden, Jaup y Girardin y el indio Ka-gi-ga-gi-wa-wa-be-ta.162 A nuestro Arnold le picaban todos los miembros por hacer también en esta ocasión su «aparición repetida» y soltar un manifiesto. Se nombró, pues, a sí mismo miembro correspondiente de la asamblea de Fráncfort y le envió un confusísimo manifiesto de paz que había apuntado de los discursos de Cobden traduciéndolo a su pomerano especulativo. Varios alemanes llamaron la atención de Arnold sobre la contradicción entre su actitud guerrera en el Comité Central y su cuaquerismo de manifiestos de paz. Solía responder: «Esas son precisamente las contradicciones. Esa es la dialéctica. Estudié a Hegel en mi juventud». Pero su «conciencia honrada» lo tranquilizaba diciéndole que Mazzini no entendía alemán y que por eso era fácil darle gato por liebre.

Lo que además prometía consolidar la relación de Arnold con Mazzini era la protección de Harro Harring,163 que acababa de desembarcar en Hull. Con él sale a escena un carácter nuevo y sumamente característico.

IX

Al gran drama democrático de la emigración de 1849-1852 le había precedido ya hace dieciocho años un preludio: la emigración demagógica de 1830-1831.164 Aunque el largo tiempo transcurrido había bastado para desplazar de la escena a la mayor parte de esta primera emigración, quedaban siempre algunos restos dignos que, con estoica despreocupación por la marcha del mundo como por el éxito, proseguían su oficio de agitadores, trazaban planes que abarcaban el mundo, formaban gobiernos provisionales y lanzaban proclamas al mundo a diestro y siniestro. Está claro que estos embaucadores experimentados tenían que ser infinitamente superiores a la generación más joven en conocimiento del negocio. Precisamente este conocimiento del negocio, adquirido en dieciocho años de práctica en conspirar, combinar, intrigar, proclamar, engañar, exhibirse y abrirse paso a codazos, dio al señor Mazzini el descaro y el aplomo con que, con tres hombres de paja menos versados en tales cosas detrás de él, pudo instalarse como Comité Central de la Democracia Europea.

Nadie fue colocado por las circunstancias en una situación más favorable para convertirse en el tipo del agitador emigrado que nuestro amigo Harro Harring. Y, en efecto, se ha convertido en el modelo originario al que todos nuestros grandes hombres del exilio, todos los Arnolds, los Gustavs, los Gottfrieds, emulan con mayor o menor conciencia y con mayor o menor fortuna, y al que quizá alcancen, si no se interponen circunstancias desfavorables, pero difícilmente superarán.

Harro, que como César ha descrito él mismo sus grandes hazañas (Londres, 1852), «nació en la península címbrica165 y pertenece a aquella clarividente raza norfrisona que ya ha hecho demostrar por el doctor Clement166 que todas las grandes naciones del mundo descienden de ella».

«Ya en su temprana juventud» trató de «acreditar con hechos su entusiasmo por la causa de los pueblos» yéndose en 1821 a Grecia.167 Se ve cómo el amigo Harro presentía ya temprano en sí la vocación de estar presente en todas partes donde hubiera alguna confusión. Más tarde había sido

«llevado por un extraño destino a la fuente del absolutismo, a la cercanía del zar, y había penetrado el jesuitismo de la monarquía constitucional, en Polonia».

Así que también en Polonia luchó Harro por la libertad. Pero «la crisis de la historia de Europa tras la caída de Varsovia168 lo llevó a una profunda meditación», y esta meditación lo llevó a la idea de «la democracia de la nacionalidad», que en el acto «documentó en el escrito Los pueblos, Estrasburgo, marzo de 1832». De este escrito hay que mencionar que casi llegó a citarse en la Fiesta de Hambach.169 Al mismo tiempo publicó sus «poemas republicanos: Gotas de sangre; La historia del rey Saúl o la monarquía; Voz de hombre por la unidad de Alemania», y redactó la revista Deutschland en Estrasburgo. Todos estos escritos, y hasta sus escritos futuros, tuvieron el 4 de noviembre de 1831 la inesperada fortuna de ser prohibidos por la Dieta Federal. Solo eso le faltaba al valiente combatiente; solo ahora adquirió la importancia merecida y, al mismo tiempo, la consagración de mártir. Así pudo exclamar:

«Mis escritos encontraron gran difusión y un eco sonoro en el corazón del pueblo. Se repartían casi siempre gratis. De algunos nunca me reembolsaron los gastos de impresión».

Pero le aguardaban nuevos honores. Ya en noviembre de 1831 el señor Welcker había intentado en vano, con una larga carta, «convertirlo al horizonte vertical del constitucionalismo». Ahora, en enero de 1832, vino a verle el señor Malten, conocido agente prusiano en el extranjero, y le ofreció entrar al servicio de Prusia. ¡Qué doble reconocimiento, hasta por parte del adversario! En suma, con la propuesta de Malten despertó en él

«involuntariamente la idea de dar vida, frente a esta traición dinástica, a la idea de la nacionalidad escandinava», y «desde aquel tiempo volvió al menos a la vida la palabra Escandinavia, que parecía perdida desde hacía siglos».

De este modo nuestro norfrisón de Söderjylland,170 que ni él mismo sabía si era alemán o danés, llegó al menos a una nacionalidad fantástica, cuyo primer resultado fue que los de Hambach no quisieron saber nada de él.

Tras estos acontecimientos, Harro era un hombre hecho. Veterano de la libertad desde Grecia y Polonia, inventor de la «democracia de la nacionalidad», redescubridor «de la palabra Escandinavia», poeta, pensador y periodista reconocido por la prohibición de la Dieta Federal, mártir y gran hombre apreciado incluso por el enemigo, cuya posesión se disputaban constitucionales, absolutistas y republicanos, y además lo bastante cabeza hueca y confuso para creer en su propia grandeza: ¿qué faltaba aún a su dicha? Pero con su fama crecían también las exigencias que Harro, como hombre severo, se imponía a sí mismo. Faltaba una gran obra que resumiera artísticamente, en forma amena y popular, las grandes doctrinas de la libertad, la idea de la democracia, de la nacionalidad, todas las sublimes aspiraciones de libertad de la joven Europa que amanecía ante él. Solo un poeta y pensador de primer rango podía dar una obra así, y solo Harro podía ser ese hombre. Así nacieron las tres primeras piezas del «ciclo dramático El pueblo, en total doce piezas, una de ellas en lengua danesa», trabajo al que el autor dedicó diez años de su vida. Por desgracia, de estas doce piezas once son «hasta ahora manuscrito».

Pero no duró mucho el dulce trato con las musas.

«En el invierno de 1832-1833 se preparaba un movimiento en Alemania, que se frustró con el trágico motín de Fráncfort.171 Se me había encargado tomar en la noche del 6 al 7 de abril la fortaleza (?) de Kehl. Los hombres y las armas estaban preparados».

Por desgracia, la cosa no salió, y Harro tuvo que irse al interior de Francia, donde escribió sus «Palabras de un hombre». De allí lo llamaron a Suiza los polacos que se preparaban para la expedición de Saboya, y allí se convirtió en «aliado de su estado mayor», escribió otras dos piezas del ciclo dramático El pueblo y conoció a Mazzini en Ginebra. Toda la banda de aventureros polacos, franceses, alemanes, italianos y suizos al mando del noble Ramorino hizo luego la conocida incursión en Saboya.172 En esta campaña nuestro Harro sintió «el valor de su vida y de su energía». Pero como los demás combatientes de la libertad sentían «el valor de su vida» tan bien como Harro y probablemente se hacían muy pocas ilusiones sobre su «energía», la cosa acabó mal, y volvieron a Suiza molidos, desgarrados y dispersos.

Esta campaña era lo único que faltaba para dar a la hueste caballeresca emigrada la plena conciencia de lo temible que era para los tiranos. Mientras los efectos de la revolución de julio estallaban todavía en insurrecciones aisladas en Francia, Alemania o Italia, mientras todavía había alguien detrás de ellos, nuestros héroes emigrados se sentían solo átomos en la masa en movimiento: átomos más o menos privilegiados, dirigentes, pero, al fin y al cabo, solo átomos. Pero a medida que estas insurrecciones perdían fuerza, que la gran masa de los «cobardes», los «tibios», los «hombres de poca fe» se retiraba del engaño de las intentonas, que nuestros caballeros se sentían solos, en esa medida crecía también su amor propio. Si toda Europa se volvía cobarde, estúpida y egoísta, ¡cuánto tenían que crecer en su propia estima aquellos fieles que alimentaban sacerdotalmente en su pecho el fuego sagrado del odio a los tiranos y conservaban para una generación más vigorosa las tradiciones de una gran época de virtud y amor a la libertad! Si también ellos se volvían infieles, los tiranos estaban a salvo para siempre. Así sacaban, exactamente como los demócratas de 1848, de cada derrota una nueva certeza de victoria, y se convertían cada vez más en Quijotes errantes con fuentes de ingresos equívocas. Llegados a este punto, pudieron emprender su mayor hazaña, a saber, la fundación de la «Joven Europa», cuya acta de fraternidad, redactada por Mazzini, se firmó en Berna el 15 de abril de 1834.173 Harro entró en ella como

«iniciador del Comité Central, miembro adoptivo de la Joven Alemania y de la Joven Italia y, al mismo tiempo, representante de la rama escandinava», que «todavía hoy representa».

Esta fecha del acta de fraternidad constituye para nuestro Harro la gran era a partir de la cual se cuenta hacia atrás y hacia adelante como hasta ahora desde el nacimiento de Cristo. Señala el punto culminante de su vida. Era codictador de Europa in partibus y, aunque desconocido para el mundo, uno de los hombres más peligrosos del mundo. Nadie estaba detrás de él, salvo sus numerosas obras inéditas, algunos artesanos alemanes en Suiza y una docena de caballeros de industria políticos de vida desordenada; pero precisamente por eso podía decir que todos los pueblos estaban con él. Esa es justamente la esencia de todos los grandes hombres: que el presente los desconoce y que, precisamente por eso, el futuro les pertenece. Y ese futuro, nuestro Harro lo llevaba negro sobre blanco en la mochila, en el acta de fraternidad.

Pero ahora empezó la decadencia de Harro. Su primera pena fue que «la Joven Alemania se separó en 1836 de la Joven Europa». Pero Alemania ha sido castigada por ello. A consecuencia de esta separación, en efecto, «en la primavera de 1848 no había nada preparado en Alemania en cuanto a un movimiento nacional», y por eso todo terminó tan lamentablemente.

Pero un dolor mucho más grave le vino a nuestro Harro del comunismo que ahora surgía. Aquí nos enteramos de que el inventor del comunismo no fue otro que

«el cínico Johannes Müller, de Berlín, autor de un folleto muy interesante sobre la política de Prusia, Altenburgo, 1831», que se fue a Inglaterra, donde «no le quedó otra cosa que guardar los cerdos de madrugada en Smithfield Market».

El comunismo empezó pronto a hacer estragos entre los artesanos alemanes de Francia y Suiza, y se convirtió para nuestro Harro en un enemigo muy peligroso, pues con ello se le cegó la única salida para sus escritos. Esta es «la censura indirecta de los comunistas», bajo la que el pobre Harro sigue sufriendo todavía hoy, y ahora precisamente más que nunca, como confiesa con melancolía y «como puede probar el destino de su drama La dinastía».

Esta censura indirecta de los comunistas logró incluso echar a nuestro Harro de Europa, y así se fue a Río de Janeiro (1840), donde vivió un tiempo como pintor. «Siguiendo concienzudamente su tiempo en todas partes», hizo imprimir aquí una obra:

«Poesía de un escandinavo (2.000 ejemplares), que desde entonces, por su difusión entre los marinos, se ha convertido, por así decir, en la lectura del océano».

Pero, «por un escrupuloso sentimiento del deber para con la Joven Europa», vuelve por desgracia pronto a Europa,

«corrió a Londres a ver a Mazzini y penetró muy pronto el peligro que amenazaba a la causa de los pueblos de Europa en el comunismo».

Le aguardaban nuevas hazañas. Los Bandiera preparaban su expedición a Italia.174 Para apoyarla y enredar al despotismo en una diversión, Harro se fue

«de vuelta a Sudamérica, para promover con todas sus fuerzas, en relación con Garibaldi,175 la idea del futuro de los pueblos para la fundación de los Estados Unidos de Sudamérica».

Pero los déspotas habían presentido de antemano su misión, y Harro puso pies en polvorosa. Zarpó hacia Nueva York.

«En el océano tuve gran actividad intelectual y escribí, entre otras cosas, el drama El poder de la idea, perteneciente al ciclo dramático El pueblo: ¡también, hasta ahora, manuscrito!».

A Nueva York trajo de Sudamérica un mandato de una supuesta asociación de allí, la «Humanidad».

La noticia de la revolución de febrero lo inspiró para un escrito en francés: La France réveillée,176 y, durante el embarque hacia Europa,

«documenté de nuevo mi amor a la patria en algunos poemas, Escandinavia».

Llegó a Schleswig-Holstein. Allí encontró,

«tras veintisiete años de ausencia, una confusión sin ejemplo de los conceptos sobre el derecho de gentes, la democracia, la república, el socialismo y el comunismo, que yacían como heno y paja podridos en el establo de Augías del furor partidista y del odio nacional».

No es de extrañar, pues sus

«escritos políticos, como todos mis esfuerzos y toda mi actividad desde 1831, habían permanecido extraños y desconocidos en aquellas provincias fronterizas de mi patria».

El partido de Augustenburgo177 lo había aplastado durante dieciocho años bajo una conspiration du silence.178 Para remediar este mal, se colgó un sable, una escopeta, cuatro pistolas y seis puñales, y así pertrechado llamó a formar un cuerpo franco, pero en vano. Tras diversas aventuras desembarcó por fin en Hull. Aquí se apresuró a lanzar dos misivas, a los schleswig-holsteineses y a los escandinavos y los alemanes, y envió, según se dice, a dos comunistas de Londres un mensaje de este tenor:

«Quince mil obreros de Noruega os tienden por mi medio la mano fraternal».

Pese a este extraño llamamiento, pronto volvió a ser, en virtud del acta de fraternidad, socio tácito del Comité Central Europeo y

«sereno y criado de alquiler en Gravesend, en el Támesis, donde, para una joven firma de corredores, debía cazar capitanes de barco en nueve lenguas distintas, hasta que se me propuso cometer un fraude, lo que al menos no le ocurrió al filósofo Johannes Müller como porquero».

Harro resume su vida tan rica en hechos en el siguiente balance:

«Sería fácil calcular que, aparte de mis poemas, he entregado al movimiento democrático más de 18.000 ejemplares de mis escritos en lengua alemana (con un precio de venta de 10 chelines a 3 marcos corrientes de Hamburgo, por tanto unos 25.000 marcos en valor de libros), cuyos gastos de impresión nunca me fueron reembolsados, y no digamos obtener de ellos un rendimiento para mi existencia».

Con esto concluimos las aventuras de nuestro hidalgo demagógico de la Mancha sudjutlandesa. En Grecia como en Brasil, en el Vístula como en el Plata, en Schleswig-Holstein como en Nueva York, en Londres como en Suiza; representante unas veces de la Joven Europa, otras de la «Humanidad» sudamericana; unas veces pintor, otras sereno y criado de alquiler, otras buhonero de sus propios escritos; hoy entre polacos de Silesia, mañana entre gauchos, pasado mañana entre capitanes de barco; desconocido, abandonado, ignorado, pero en todas partes caballero andante de la libertad que siente un profundo desprecio por el vulgar lucro burgués, nuestro héroe sigue siendo igual a sí mismo en todos los tiempos, en todos los países y en todas las circunstancias en confusión, en importunidad demasiado pretenciosa, en fe en sí mismo, y dirá, escribirá e imprimirá de sí mismo, a despecho de todo el mundo, que desde 1831 ha sido la rueda motriz principal de la historia universal.

X

Pese a sus inesperados éxitos hasta entonces, Arnold no había llegado todavía a la meta de sus fatigas. Representante de Alemania por la gracia de Mazzini, tenía la obligación, por un lado, de hacerse confirmar en esa calidad al menos por la emigración alemana y, por otro, de presentar al Comité Central gente que se sometiera a su dirección. Afirmaba, es cierto, que en Alemania «una parte del pueblo claramente delimitada estaba detrás de él», pero esa parte trasera no podía inspirar confianza a Mazzini y a Ledru mientras solo vieran la parte delantera de Ruge. En suma, Arnold tenía que buscarse en la emigración una cola «claramente delimitada».

Por entonces llegó Gottfried Kinkel a Londres, y con él o poco después un buen número de otros exiliados, en parte de Francia, en parte de Suiza y Bélgica: Schurz, Strodtmann, Oppenheim, Schimmelpfennig, Techow,179 etc. Estos recién llegados, algunos de los cuales ya se habían ensayado en Suiza en la formación de gobiernos provisionales, trajeron nueva vida a la emigración de Londres, y el momento parecía para nuestro Arnold más favorable que nunca. Al mismo tiempo, Heinzen volvió a hacerse cargo de la Schnellpost en Nueva York, y así Arnold pudo ahora exhibir su «aparición repetida», además de en la hojita de Bremen, también al otro lado del océano. Si alguna vez Arnold encontrara también a su Strodtmann, este declararía material inapreciable las colecciones mensuales de la Schnellpost desde comienzos de 1851. De este parloteo tan infinitamente soso, de esta estupidez y vileza y de la importancia de hormiga laboriosa con que Arnold deposita su guano, hay que convencerse viéndolo con los propios ojos. Mientras Heinzen lo presenta como gran potencia europea, Arnold trata a su Heinzen como oráculo periodístico americano. Le comunica los secretos de la diplomacia europea, en especial los giros más recientes de cada día de la historia universal de la emigración. Arnold aparece a veces como corresponsal anónimo en Londres y en París para comunicar al público americano algunos fashionable movements180 del gran Arnold.

«Arnold Ruge vuelve a tener a los comunistas bajo el cuchillo». «Arnold Ruge hizo ayer» (fechado en París, donde la cronología delata al viejo bufón) «una excursión de Brighton a Londres». Y luego otra vez: «Arnold Ruge a Karl Heinzen: Querido amigo y redactor... Mazzini te manda saludos... Ledru-Rollin te permite traducir su escrito sobre el 13 de junio», y cosas así.

Una carta de América observa al respecto:

«Según noto por las cartas de Ruge (en la Schnellpost), Heinzen le escribe a Ruge (en privado) toda clase de historias graciosas sobre la importancia americana de su periódico, mientras Ruge se comporta ante él como un gran gobierno europeo. Cada vez que Ruge transmite a Heinzen una nueva cosa importante, nunca deja de añadir: Puedes invitar a los demás periódicos de la Unión a reproducirlo. Como si estos, si les pareciera que vale la pena, fueran a esperar mucho a la autorización de Ruge. Dicho sea de paso, nunca he visto reproducidas en ninguna parte esas cosas importantes, pese al consejo y la autorización del señor Ruge».

Papá Ruge se servía de esta hojita y, al mismo tiempo, de la Bremer Tages-Chronik para cazar con lisonjas a los recién llegados de la emigración: Kinkel está ahora aquí, el genial poeta y patriota; Strodtmann, un gran escritor; Schurz, un joven tan amable como audaz; además, varios destacados generales de la revolución, etc.

Entretanto se había formado, en oposición al de Mazzini, un comité europeo plebeyo, detrás del cual estaba la «baja refugiaduría» y la chusma emigrada de las más diversas naciones europeas. En tiempos de la batalla de Bronzell había lanzado un manifiesto firmado, entre otros, por los siguientes alemanes eminentes: Gebert, Majer, Dietz, Schärttner, Schapper, Willich.181 Este documento, redactado en un francés peregrino, comunica como última novedad que la Santa Alianza de los tiranos ha reunido en ese momento (10 de noviembre de 1850) un millón trescientos treinta mil soldados, detrás de los cuales hay todavía de reserva setecientos mil esbirros armados de los príncipes; que «los periódicos alemanes y las propias relaciones del comité» le han comunicado los propósitos secretos de las conferencias de Varsovia,182 que consisten en masacrar a todos los republicanos de Europa; a lo cual sigue el inevitable llamamiento a las armas. Este manifeste Fanon-Caperon-Gouté, como lo llamó la Patrie,183 a la que lo enviaron, tuvo que sufrir las amargas burlas de la prensa contrarrevolucionaria. La Patrie lo llamó

«el manifiesto de los dii minorum gentium,184 escrito sin chic, sin estilo, sin disponer más que de las más pobres flores retóricas de serpents y sicaires y égorgements».185

La Indépendance Belge cuenta que lo habían redactado les soldats les plus obscurs de la démocratie186 y que esos pobres diablos lo habían enviado a su corresponsal en Londres pese a que el periódico era conservador. Tanto ansiaban verse impresos; como castigo, el periódico no quería dar los nombres de los firmantes. Pese a todos sus ruegos a la reacción, aquellos nobles varones no lograron que se les reconociera como conspiradores y como peligrosos.

Este nuevo establecimiento de la competencia espoleó a Arnold a redoblar su actividad. Intentó, pues, fundar con Struve, Kinkel, R. Schramm, Bucher,187 etc., un Volksfreund o, si Gustav insistía en ello, un Deutscher Zuschauer. Pero la cosa fracasó. En parte los demás se resistían al protectorado de Arnold; en parte el «bonachón» Gottfried exigía pago al contado, mientras que Arnold era de la opinión de Hansemann de que en cuestiones de dinero se acaba la bonhomía.188 Para Arnold se trataba además, en esta empresa, de imponer contribución a la Sociedad de Lectura, un club de relojeros alemanes, obreros bien pagados y pequeños burgueses, lo que también se impidió.

Pero pronto se ofreció una nueva ocasión para la «aparición repetida» de Arnold. Ledru y sus partidarios entre la emigración francesa no podían dejar pasar el 24 de febrero (de 1851) sin celebrar una «fiesta de fraternidad» de las naciones europeas, a la que, por lo demás, solo acudieron franceses y alemanes. Mazzini no vino y se excusó con una carta; Gottfried, que estaba presente, se fue indignado a casa porque su aparición sin palabras no tuvo el efecto mágico esperado; Arnold tuvo que ver cómo su amigo Ledru hacía como si no lo conociera, y en la tribuna se turbó tanto que se guardó en el bolsillo su discurso en francés aprobado por instancias superiores, solo balbuceó unas palabras en alemán y se retiró a toda prisa con la exclamación: «À la restauration de la révolution!»,189 entre un menear de cabezas general.

El mismo día se celebró un banquete rival bajo la bandera del comité competidor arriba mencionado. Por despecho de que el comité de Mazzini y Ledru no le hubiera llamado desde el principio, Louis Blanc190 se unió a la chusma de refugiados con la declaración de que «también hay que abolir la aristocracia del talento». Toda la baja emigración estaba reunida. El caballeresco Willich presidía. La sala estaba decorada con banderas, y en las paredes lucían los nombres de los más grandes hombres del pueblo: Waldeck entre Garibaldi y Kossuth, Jacoby entre Blanqui y Cabet, Robert Blum entre Barbès y Robespierre.191 El coqueto monito presumido Louis Blanc leyó gimoteando un mensaje de sus viejos compadres del sí,192 los futuros pares de la república social, los délégués du Luxembourg de 1848.193 Willich leyó un mensaje de Suiza cuyas firmas se habían reunido en parte con engaños y cuya publicación jactanciosa e indiscreta tuvo luego por consecuencia expulsiones masivas de los firmantes. De Alemania no había ningún mensaje. Luego, discursos. Pese a la fraternidad infinita, la sombra del aburrimiento cubría todos los rostros.

Este banquete dio lugar a un escándalo sumamente edificante que, como todas las hazañas del Comité Central europeo de la chusma, se desarrolló en la prensa contrarrevolucionaria. Ya se había encontrado muy extraño que un tal Barthélemy194 pronunciara en este banquete, en presencia de Louis Blanc, un pomposo elogio de Blanqui. Ahora se aclaró la cosa. La Patrie publicó un brindis que Blanqui, a petición del orador de la fiesta, le había enviado desde Belle-Île.195 En él atacaba con dureza y contundencia a todo el Gobierno provisional de 1848, y en especial al señor Louis Blanc. La Patrie fingió asombro de que este brindis se hubiera escamoteado durante el banquete. En el acto Louis Blanc declaró en el Times que Blanqui era un intrigante abominable y que nunca había enviado semejante brindis al comité de la fiesta. El comité de la fiesta, compuesto por los señores Blanc, Willich, Landolphe, Schapper, Barthélemy y Vidil, declaró al mismo tiempo en la Patrie que nunca había recibido el brindis. Pero la Patrie no publicó la declaración hasta haberse informado ante el señor Antoine, cuñado de Blanqui, que le había comunicado el brindis. Debajo de la declaración del comité de la fiesta imprimió la respuesta del señor Antoine: había enviado el brindis a uno de los firmantes de la declaración, Barthélemy, y había recibido de él acuse de recibo. Con esto el señor Barthélemy se vio obligado a declarar que era verdad, que había mentido; que había recibido realmente el brindis, pero lo había dejado de lado por inoportuno sin dar aviso de ello al comité. Pero ya antes, a espaldas de Barthélemy, el ex capitán francés Vidil, también firmante, había escrito a la Patrie que su sentimiento del honor militar y su instinto de la verdad le arrancaban la confesión de que él mismo, Louis Blanc, Willich y todos los demás habían mentido en la primera declaración del comité. El comité no había constado de seis, sino de trece miembros. A todos ellos se les había presentado el brindis de Blanqui, todos lo habían discutido y, tras un largo debate, la mayoría lo había suprimido por siete votos contra seis. Él se había contado entre los seis que votaron por que se leyera.

Se comprende el júbilo de la Patrie cuando, tras la carta de Vidil, recibió la declaración del señor Barthélemy. La publicó con el siguiente preámbulo:

«Nos hemos preguntado a menudo, y la pregunta es difícil de responder, qué es mayor en los demagogos, su jactancia o su estupidez. Una cuarta carta de Londres aumenta todavía nuestra perplejidad. Ahí están no sabemos cuántos pobres diablos, martirizados hasta tal punto por la furia de escribir y de ver sus nombres citados en los periódicos reaccionarios, que no retroceden ni ante una vergüenza y una autohumillación sin límites. ¿Qué les importan las risas y la indignación del público? El Journal des Débats, la Assemblée nationale, la Patrie imprimirán sus ejercicios de estilo; para alcanzar esta dicha, ningún precio es demasiado alto para la democracia cosmopolita... En nombre de la conmiseración literaria, acogemos, pues, la siguiente carta del “ciudadano” Barthélemy: es una prueba nueva, y esperamos que la última, de la autenticidad del demasiado famoso brindis de Blanqui, que primero todos negaron y por cuya afirmación ahora se tiran de los pelos entre ellos».

XI

«La fuerza del verdadero curso», para hablar en una de las formas bellas que se abren paso de nuestro Arnold, discurrió entonces como sigue. Ruge se había comprometido a sí mismo y a la emigración alemana el 24 de febrero ante el extranjero. Los pocos emigrados que todavía tenían acaso ganas de ir con él se sentían así inseguros y sin respaldo. Arnold echó toda la culpa a las escisiones de la emigración e insistió más que nunca en la unificación. Comprometido como estaba, buscaba ávidamente una ocasión para comprometerse de nuevo.

Se aprovechó, pues, el aniversario de la revolución de marzo de Viena para organizar un banquete alemán. El caballeresco Willich declinó la invitación; como él pertenecía al «ciudadano» Louis Blanc, no podía ir con el «ciudadano» Ruge, que pertenecía al «ciudadano» Ledru. También los ex diputados Reichenbach,196 Schramm, Bucher, etc., huyeron de la cercanía de Arnold. Comparecieron Mazzini, Ruge, Struve, Tausenau,197 Haug, Ronge y Kinkel, que hablaron todos, sin contar a los invitados mudos.

Ruge se presentó como el «infinitamente tonto», según afirman incluso sus amigos. Pero el público alemán presente había de vivir cosas aún mayores. Las arlequinadas de Tausenau, los graznidos de Struve, los desvaríos de Haug, las letanías de Ronge petrificaron al auditorio, de modo que la mayor parte se marchó antes de que tomara la palabra la flor retórica reservada para el postre, Jeremías Kinkel. Gottfried pronunció como mártir, «en nombre de los mártires», por los mártires, una melancólica palabra de reconciliación a todos, «desde el simple luchador por la Constitución hasta el republicano rojo». Mientras volvían a gemir todos como republicanos y, en algún caso, como Kinkel, incluso como republicanos rojos, se arrastraban al mismo tiempo en humilde admiración ante la Constitución inglesa, contradicción sobre la que el Morning Chronicle se dignó llamarles la atención a la mañana siguiente.

Sin embargo, aquella misma noche Ruge alcanzó la meta de sus deseos, como se desprende de un llamamiento cuyos pasajes más brillantes siguen aquí:

«¡A los alemanes!

¡Hermanos y amigos de la patria! Nosotros, los abajo firmantes, formamos actualmente, y hasta que decidáis otra cosa, la Comisión para los asuntos alemanes» (no importa cuáles).

«El Comité Central de la democracia europea nos ha enviado a Arnold Ruge; la revolución de Baden, a Gustav Struve; la revolución de Viena, a Ernst Haug; el movimiento religioso, a Johannes Ronge; la cárcel nos ha enviado a Gottfried Kinkel; hemos invitado a los obreros socialdemócratas a enviar un representante a nuestro seno.

¡Hermanos alemanes! Los acontecimientos os han privado de la libertad... sabemos que no sois capaces de dar vuestra libertad por perdida para siempre, y nosotros mismos no hemos dejado de hacer nada» (en materia de comités y manifiestos) (teste Arnold) «para acelerar su reconquista.

Cuando... cuando dimos nuestro apoyo y nuestra garantía al empréstito de Mazzini,198 cuando... cuando... iniciamos la santa alianza de los pueblos contra la impía alianza de sus opresores, no hicimos, lo sabemos, más que lo que vosotros deseabais con toda el alma ver hecho... El gran proceso de la libertad contra los tiranos está pendiente ante el tribunal universal de la humanidad» (mientras Arnold sea el fiscal, los «tiranos» pueden dormir tranquilos) «... El incendio, el asesinato, la devastación, el hambre y la bancarrota serán en breve una conquista alemana general.

Desde donde estáis, mirad a Francia: la rabia la abrasa, está más unida que nunca para liberarse» (¡quién diablos podía prever el 2 de diciembre!) «; mirad a Hungría, hasta los croatas se han convertido» (por el Deutscher Zuschauer y las chaquetas de serrín de Ruge) «; y creednos, porque lo sabemos: Polonia es inmortal». (Esto se lo ha confiado el señor Darasz bajo secreto.)

«La fuerza contra la fuerza, eso es la justicia, y se está preparando. Y no queremos dejar de hacer nada para traer un gobierno provisional más eficaz» (¡ajá!) «que el Preparlamento199 y un poder popular más poderoso que la Asamblea Nacional» (véase más abajo lo que trajeron estos señores pensando llevarse unos a otros de la nariz).

«Nuestros proyectos sobre las finanzas y la prensa» (decretos n.º 1 y 2 del gobierno provisional fuerte: se encarga de la ejecución de este acuerdo al administrador de la aduana, Christian Müller) «os los presentaremos aparte. Tienen un interés más bien comercial. Para el público, solo esto: que toda compra del empréstito italiano redunda directamente en beneficio de nuestra Comisión y de nuestra causa, y que por el momento podéis actuar en la práctica sobre todo mediante la abundante afluencia de recursos pecuniarios. Después sabremos traducir el dinero en opinión pública y en poder público» (Arnold se ofrece como traductor) «... os decimos: ¡Suscribid diez millones de francos y liberaremos el continente!

Alemanes, recordad...» (que cantáis el barítono y encendéis fuegos en los montes) «... ¡prestad vuestros pensamientos» (de eso hay ahora mismo muchísima demanda, casi tanta como de dinero) «, vuestra bolsa» (no la olvidéis) «y vuestro brazo! Esperamos que vuestro celo crezca con vuestra opresión y que la Comisión quede suficientemente fortalecida para la hora de la decisión por vuestra cooperación presente» (de lo contrario habría que recurrir a las bebidas espirituosas, lo que iría contra la conciencia de Gustav).

«Se encarga a todos los demócratas la difusión de nuestro llamamiento» (el administrador de la aduana, Christian Müller, hará lo demás).

«Londres, 13 de marzo de 1851

La Comisión para los asuntos alemanes
Arnold Ruge, Gustav Struve, Ernst Haug,
Johannes Ronge, Gottfried Kinkel
».

Nuestros lectores conocen a Gottfried, conocen a Gustav; la «aparición repetida» de Arnold se ha repetido también ya bastantes veces. Quedan, pues, por considerar solo dos miembros del «gobierno provisional eficaz».

Johannes Ronge,200 o, como le gusta llamarse en el círculo íntimo, Johannes Kurzweg,201 no ha escrito en todo caso el Apocalipsis. No hay nada misterioso en él; es chato, de lugares comunes, soso como el agua, sobre todo como el agua tibia de fregar. Johannes se hizo, como es sabido, un hombre famoso porque no quiso que la sagrada túnica de Tréveris intercediera por él,202 aunque, a decir verdad, da exactamente igual quién interceda por Johannes. Cuando apareció Johannes, el viejo Paulus lamentó que Hegel hubiera muerto, pues ahora ya no podría declararlo superficial, y el difunto Krug se alegró de haber muerto y haberse librado así del peligro de adquirir fama de profundo.203 Johannes pertenece a esos fenómenos frecuentes en la historia que, varios siglos después de que un movimiento haya surgido y vuelto a morir, presentan como lo más nuevo el contenido de ese movimiento, de la manera más pálida y apagada, a cierta variedad del filisteísmo y a niños de ocho años. Semejante oficio no dura mucho, naturalmente, y así nuestro Johannes se encontró muy pronto en Alemania en una situación cada día más desagradable. Su somera agua de fregar de la ilustración-basura alemana204 dejó de tener demanda, y Johannes peregrinó a Inglaterra, donde lo vemos presentarse sin especial fortuna como competidor del padre Gavazzi.205 El torpe, pálido y aburrido cura de pueblo palideció naturalmente ante el fogoso fraile italiano, que arrancaba los bastidores, y los ingleses apostaban grandes sumas a que este ennuyant206 Johannes no podía ser el hombre que había puesto en movimiento a la profunda nación alemana. En cambio, lo consoló Arnold Ruge, que descubrió en el catolicismo alemán de nuestro Johannes un sorprendente parecido de familia con su propio ateísmo.

Ludwig von Hauck, antiguo capitán de ingenieros imperial austriaco, luego, en 1848, corredactor de la Constitution de Viena, después jefe de batallón de la Guardia Nacional vienesa, defendió con valor de león la Puerta del Palacio (Burgtor) el 30 de octubre contra las tropas imperiales y no abandonó el puesto hasta que todo estuvo perdido. Se salvó en Hungría, pasó al ejército de Bem en Transilvania, donde por su bravura ascendió hasta coronel del estado mayor. Tras la capitulación de Görgey en Világos,207 Ludwig Hauck cayó prisionero y murió como un héroe en una de las horcas que los austriacos levantaron en tan gran número en Hungría como venganza por sus repetidas derrotas y por rabia ante la protección rusa que se les había hecho insoportable. Haug pasó mucho tiempo en Londres por el prisionero Hauck (oficial que se distinguió gloriosamente en la campaña de Hungría). Ahora parece establecido que no es el difunto Hauck. Igual que tuvo que dejar que Mazzini lo hiciera general tras la caída de Roma, no pudo evitar que Arnold lo improvisara como representante de la revolución de Viena y miembro del gobierno provisional fuerte. Más tarde dio conferencias estéticas sobre el fundamento económico de la cosmogonía histórico-universal desde el punto de vista geológico y con acompañamiento musical. Entre la emigración, a este hombre melancólico se le conoce por el apodo de «el pobre animal» o, como dicen los franceses, la bonne bête.

Arnold vio superados sus deseos. Un manifiesto, un gobierno provisional fuerte, un empréstito de diez millones de francos y, además, un homúnculo de semanario con el modesto título de Kosmos, redactado por el general Haug.

El manifiesto pasó sin dejar rastro y sin que nadie lo leyera. El Kosmos murió de consunción en el tercer número, el dinero no llegó, el gobierno provisional fuerte volvió a disolverse en sus elementos.

El Kosmos contenía ante todo anuncios de las conferencias de Kinkel, de las colectas del valiente Willich para los refugiados de Schleswig-Holstein y de la cervecería de Göhringer.208 Contenía además, entre otras cosas, un pasquín de Arnold. El viejo bufón se inventa a un tal anfitrión Müller en Alemania, ante el cual se presenta como su Schulze. Müller se asombra de todo lo que lee en los periódicos sobre la hospitalidad inglesa y teme que este «sibaritismo» impida a Schulze atender a sus «asuntos de Estado»; pero que se lo merece, pues Schulze, a su regreso a Alemania, tendrá que renunciar, de tanto asunto de Estado, al disfrute de la hospitalidad de Müller. Por último, Müller exclama:

«¿No fueron invitados a Windsor, en lugar del traidor Radowitz,209 Mazzini, Ledru-Rollin, el ciudadano Willich, Kinkel y usted mismo?» (Arnold Ruge).

Si el Kosmos se durmió después en el tercer número, no fue ciertamente por la difusión, pues en cualquier mitin inglés se les pasaba a los oradores con el ruego de que lo recomendaran, ya que representaba muy especialmente sus principios.

Apenas se había publicado la invitación al empréstito de diez millones cuando de pronto corrió el rumor de que en la City circulaba una lista de suscripción para enviar a Struve (con Amalie) a América.

«Cuando el comité decidió sacar un semanario teutón y dar la redacción a Haug, Struve, que quería tener él mismo la redacción y llamar a la hoja Deutscher Zuschauer, protestó y decidió acto seguido irse a América».

Así lo cuenta la Deutsche Schnellpost de Nueva York. Calla, y Heinzen tenía sus razones, que Mazzini había borrado a nuestro Gustav de la lista del comité alemán por colaborar en la ducal-brunswiquesa Deutsche Londoner Zeitung. Gustav aclimató en el acto su Deutscher Zuschauer en Nueva York. Pero poco después llegó el telegrama a través del océano: «El Zuschauer de Gustav ha muerto». No, según dice, por falta de abonados que suscribieran, ni tampoco porque no tuviera tiempo para escribir, sino únicamente por falta de abonados que pagaran; pero que ahora la refundición democrática de la Historia universal de Rotteck era una necesidad que no admitía más demora, y que, como la había empezado ya hacía quince años, quería entregar a los abonados el número correspondiente de pliegos, en lugar de en Deutsche Zuschauer, en Historia universal; pero que tenía que pedir el pago por adelantado, cosa que en estas circunstancias no se le podía tomar a mal. Mientras Gustav estuvo a este lado del océano, Heinzen lo presentaba junto con Ruge como el hombre más grande de Europa. Apenas hubo cruzado, se armó entre los dos un tremendo escándalo.

Gustav escribe:

«Cuando Heinzen vio en Karlsruhe, el 6 de junio, que se emplazaban cañones, huyó en compañía femenina a Estrasburgo».

Heinzen declara a Gustav «adivino».

El Kosmos se hundía precisamente cuando Arnold lo pregonaba con énfasis en el periódico del muy crédulo Heinzen, y el gobierno provisional fuerte se disolvió en el mismo momento en que Rodomonte Heinzen le anunciaba en su periódico «obediencia militar». Ya se conoce la predilección de Heinzen por la carrera militar en tiempos de paz.

«Poco después de la partida de Struve, también Kinkel salió del comité, que con ello quedó sin efecto» (Deutsche Schnellpost de Nueva York, n.º 23).

Así, el gobierno provisional fuerte quedó reducido a los señores Ruge, Ronge y Haug. Hasta Arnold comprendió que con esta trinidad no solo no había mundo que crear, sino nada en absoluto; sin embargo, en todas las permutaciones, variaciones y combinaciones siguió siendo el núcleo de sus posteriores formaciones de comités. El infatigable no daba todavía en absoluto su juego por perdido; para él se trataba solo de que se hiciera y se moviera algo, lo que fuera, que le diera la apariencia de actividad, de profundas combinaciones políticas y, sobre todo, materia para hablar de acá para allá dándose importancia, para la aparición repetida y para el chisme complaciente.

En cuanto a Gottfried, por un lado sus conferencias dramáticas para respetables city-merchants no le permitían en absoluto comprometerse. Por otro, era demasiado evidente que el manifiesto del 13 de marzo no tenía otro fin que dar un respaldo a la posición usurpada del señor Arnold en el Comité Central Europeo. Hasta Gottfried tuvo que descubrirlo a posteriori; pero semejante reconocimiento no estaba en absoluto en su interés. Así ocurrió que, poco después de la publicación del manifiesto, la Kölnische Zeitung publicó una declaración de la dama acerba210 Mockel: su marido no había firmado el llamamiento, no pensaba en absoluto en empréstitos públicos y había vuelto a salir del comité recién formado. Arnold chismorreó entonces en la Schnellpost de Nueva York que Kinkel, impedido por enfermedad, no había firmado el manifiesto, pero lo había aprobado; que el plan se había redactado en su habitación, que él mismo se había encargado de enviar cierto número de ejemplares a Alemania y que había salido del comité porque este había nombrado presidente al general Haug y no a él. Arnold acompañó esta declaración con ataques despechados contra la vanidad de Kinkel, «el mártir absoluto», el «Beckerath democrático»,211 y con insinuaciones contra la señora Johanna Kinkel, que tenía a su disposición periódicos tan mal vistos como la Kölnische Zeitung.

Sin embargo, la semilla de Arnold no había caído en terreno pedregoso. El «alma bella» de Gottfried decidió engañar a los rivales y desenterrar él solo el tesoro de la revolución. Apenas había desautorizado Johanna en la Kölnische Zeitung la ridícula empresa cuando nuestro Gottfried, por su cuenta, llamó en los periódicos transatlánticos a un empréstito, con la indicación de que había que enviar el dinero al hombre «que gozara de más confianza». ¿Quién otro podía ser ese hombre sino Gottfried Kinkel? De momento pedía un pago a cuenta de 500 libras esterlinas para fabricar el papel moneda revolucionario. Ruge, ni corto ni perezoso, hace declarar por la Schnellpost que él es el cajero del Comité Central Democrático y que en su casa pueden comprarse billetes de Mazzini ya hechos. Así que quien quisiera perder 500 libras haría mejor, en todo caso, en tomar los billetes ya hechos que en especular con otros que ni siquiera existían. Y Rodomonte Heinzen rugió que, si el señor Kinkel no desistía de sus maniobras, se le trataría abiertamente como «enemigo de la revolución». Gottfried hizo escribir artículos de réplica en la New-Yorker Staatszeitung, antagonista directa de la Schnellpost. Así, al otro lado del océano Atlántico la guerra se hacía ya en todas las formas cuando a este lado todavía se intercambiaban besos de Judas.

Entretanto, Gottfried había escandalizado un tanto, según notó pronto, a los honrados demócratas al imponer sin más un empréstito nacional en su propio nombre. Para reparar el paso en falso, hizo declarar ahora

«que este llamamiento a la contribución pecuniaria, para el inicio de un empréstito nacional alemán, no había partido en absoluto de él y que probablemente unos amigos demasiado serviciales de América habían usado su nombre para ello».

Esta declaración provocó la siguiente respuesta del doctor Wiss212 en la Schnellpost de Nueva York:

«Aquel llamamiento a la agitación por un empréstito alemán me lo envió Gottfried Kinkel, como es generalmente sabido, con el ruego apremiante de difundirlo en todos los periódicos alemanes, y estoy dispuesto a mostrar esa carta a cualquiera que lo dude. Si Kinkel ha hecho realmente aquella manifestación, es para él cuestión de honor retractarla públicamente y dar a conocer mi correspondencia con él, para mostrar al partido con cuánta independencia, y ciertamente no “demasiado servicial”, he actuado frente a él. En el caso contrario, es deber de Kinkel calificar públicamente al honorable informante de aquella manifestación de calumniador malvado o, si ha habido un malentendido, de charlatán ligero y sin conciencia. Por mi parte, no puedo creer en una perfidia tan abismal de Kinkel. Dr. G. Wiss» (Semanario de la Deutsche Schnellpost de Nueva York).

¿Qué iba a hacer Gottfried? Volvió a poner por delante a la aspra donzella, declaró a la Mockel el «charlatán ligero y sin conciencia», afirmó que su esposa había promovido el empréstito a sus espaldas. Esta táctica era sin duda muy «estética».

Tan vacilante era nuestro Gottfried como una caña, ora adelantándose, ora retirándose, ora metiéndose en una empresa, ora desautorizándola, según creía que soplaba el viento popular. Mientras en Londres se dejaba agasajar y festejar oficialmente por la burguesía estética como mártir de la revolución, mantenía ya entonces, a espaldas de ella, trato prohibido con la chusma de la emigración representada por Willich. Mientras vivía en unas condiciones que, comparadas con su modesta situación en Bonn, podían llamarse brillantes, escribía al mismo tiempo a Saint Louis que vivía y se alojaba como corresponde «al representante de la pobreza». Así cumplía la etiqueta prescrita ante la burguesía y hacía al mismo tiempo la debida reverencia ante el proletariado. Sin embargo, como hombre en quien la imaginación prevalece con mucho sobre el entendimiento, no pudo evitar caer en los malos modos y las pretensiones del advenedizo, lo que le ha enajenado a más de un tieso hombre de bien de la emigración. Muy característico de él fue su artículo en el Kosmos sobre la Exposición Industrial. Nada admiraba más que el espejo monstruo expuesto en el Palacio de Cristal. El mundo objetivo se le disuelve en un espejo; el subjetivo, en una frase. Con el pretexto de captar el lado bello de todas las cosas, hace melindres con todas las cosas, y a estos melindres los llama poesía, sacrificio, religión, según convenga. En el fondo, todo le sirve para hacer melindres consigo mismo. No puede evitar con ello sacar en la práctica el lado feo, pues la imaginación se trueca directamente en mentira y la exaltación en vileza. Por lo demás, a nuestro Gottfried se le podía predecir que pronto dejaría la piel de león en cuanto cayera en manos de arlequines tan curtidos como Gustav y Arnold.

XII

La Exposición Industrial hizo época para la emigración. La gran corriente de filisteos alemanes que inundó Londres durante el verano se sentía desamparada en el gran Palacio de Cristal zumbante y en el todavía mucho más grande Londres, que traqueteaba, alborotaba y gritaba, y cuando la carga y el trabajo del día, la obligada visita a la exposición y a las demás curiosidades, quedaban cumplidos con el sudor de la frente, el filisteo alemán se reponía en casa del tabernero de Hanau Schärttner213 o en la del tabernero de la Estrella, Göhringer, donde todo era cerveza y bonhomía, humareda de tabaco y política de taberna. Aquí «se tenía reunida toda la patria» y, además, se podía ver gratis a los hombres más grandes de Alemania. Allí estaban sentados los miembros del Parlamento, los diputados de las Cámaras, los generales, los oradores de club de los hermosos tiempos de 1848 y 1849, fumaban su pipa como cualquier otro ser humano y discutían coram publico,214 día tras día, con dignidad inconmovible, los más altos intereses de la patria. Ese era el lugar donde el burgués alemán, si no le importaban unas cuantas botellas de vino baratísimo, podía enterarse con todo detalle de lo que pasaba en las deliberaciones más secretas de los gabinetes europeos. Aquí se le podía decir al minuto cuándo iba a «estallar». Y entretanto estallaba un tapón tras otro, y todos los partidos se iban a casa, tambaleándose, eso sí, pero con la reconfortante conciencia de haber contribuido con lo suyo a salvar la patria. Nunca bebió la emigración más ni más barato que durante esta presencia masiva de un filisteísmo solvente.

La verdadera organización de la emigración era precisamente esta organización de taberna suya, que con la exposición alcanzó su más alta floración bajo la égida de Sileno-Schärttner en Long Acre. Aquí tenía su sede permanente el verdadero Comité Central. Todos los demás comités, organizaciones y formaciones de partido eran puro cuento, arabesco patriótico de esta tertulia de parroquianos holgazanes alemana hasta la médula.

Además, la emigración se reforzó por entonces con la llegada de los señores Meyen, Faucher, Sigel, Goegg, Fickler, etc.

Meyen,215 ese pequeño erizo que vino al mundo por descuido sin púas, ya había sido retratado antes por Goethe, con el nombre de Poinsinet,216 de la siguiente manera:

«Hay en la literatura, como en la sociedad, esas figuritas pequeñas, extrañas, saltarinas, que, dotadas de cierto talentillo, son muy importunas y entrometidas y que, como cualquiera las pasa fácilmente por alto, dan ocasión a toda clase de diversiones. Sin embargo, estas personas siempre sacan bastante provecho. Viven, actúan, se las nombra y no les falta buena acogida. Lo que les sale mal no las desconcierta; lo ven como un caso aislado y esperan del futuro los mejores éxitos. Una figura así es Poinsinet en el mundo literario francés. Llega a lo increíble lo que se ha hecho con él, a lo que se le ha inducido, cómo se le ha mistificado, y ni siquiera su triste muerte, ahogado en España, quita nada a la impresión ridícula que causó su vida, del mismo modo que el buscapiés del pirotécnico no alcanza ninguna dignidad por terminar, tras chisporrotear bastante tiempo, con un estallido más fuerte».217

En cambio, escritores contemporáneos dan de él la siguiente noticia: Eduard Meyen pertenecía a los «resueltos» que representaban la inteligencia berlinesa frente a la estupidez masiva del resto de Alemania. Con sus amigos Mügge, Klein, Zabel, Buhl218 y otros tenía también en Berlín una Asociación del Abejorro Meyen.219 Cada uno de estos abejorros se posaba en su propia hojita; Eduard Meyen, en la hojita vespertina de Mannheim,220 en la que, con grandes esfuerzos, depositaba una vez por semana una salchichita verde de correspondencia. El abejorro Meyen consiguió realmente que en 1845 fuera a editar una revista mensual; llegaron trabajos de diversos lados, el editor esperaba, pero toda la empresa fracasó porque Eduard, tras ocho meses de sudores de angustia, declaró que no podía terminar el prospecto. Como nuestro Eduard se toma en serio todas las niñerías que hace, tras la revolución de marzo pasó en Berlín por un hombre que se tomaba en serio el movimiento. En Londres trabajó, junto con Faucher, bajo la redacción y la censura de una anciana que hacía veinte años había entendido algo de alemán, en la edición alemana de las Illustrated London News, pero lo apartaron por inútil, pues intentaba con gran tenacidad exhibir sus profundos artículos sobre escultura impresos ya hacía diez años en Berlín. Pero cuando más tarde la emigración de Kinkel lo nombró su secretario, comprendió que era un homme d'état221 práctico y anunció en una circular litografiada que había llegado a la «calma de un punto de vista». A su muerte se encontrará en el legado del abejorro Meyen una masa de títulos de trabajos proyectados.

A Meyen se une necesariamente su corredactor y cosecretario Oppenheim. De Oppenheim se afirma que no es un ser humano, sino una figura alegórica: la diosa del aburrimiento habría dado a luz en Fráncfort del Meno en la figura del hijo de un joyero judío. Cuando Voltaire escribió: «Tous les genres sont bons, excepté le genre ennuyeux»,222 presentía a nuestro Heinrich Bernhard Oppenheim. Preferimos en Oppenheim el escritor al orador. De sus escritos uno puede salvarse, pero de su exposición oral, c'est impossible.223 La transmigración pitagórica de las almas puede ser cierta, pero el nombre que Heinrich Bernhard Oppenheim llevó en siglos anteriores no puede redescubrirse, porque en ningún siglo se ha hecho nombre ningún hombre por su insoportable charlatanería. Su vida se resume en tres puntos brillantes: redactor de Arnold Ruge, redactor de Brentano, redactor de Kinkel.

El tercero de la liga es el señor Julius Faucher.224 Pertenece a esos hugonotes de la colonia berlinesa que saben explotar su pequeño talento con gran habilidad industrial. Apareció por primera vez en público como alférez Pistola225 del partido librecambista, en cuya calidad lo contrataron los comerciantes de Hamburgo para la propaganda. Le permitieron, durante la agitación revolucionaria, predicar la libertad de comercio bajo la forma de aspecto salvaje de la anarquía. Cuando esto dejó de ser oportuno, lo despidieron y asumió con Meyen la redacción de la Abendpost de Berlín. Con el pretexto de que había que abolir el Estado en general e introducir la anarquía, se sustrajo aquí a la peligrosa oposición contra el Gobierno existente, y cuando más tarde la hojita sucumbió por la fianza,226 la Neue Preußische Zeitung lamentó la suerte de Faucher, el único escritor digno entre los demócratas. Esta relación cordial con la Neue Preußische Zeitung se hizo pronto tan íntima que nuestro Faucher empezó en Londres a escribir correspondencias para esa hojita. La actividad de Faucher en la política de la emigración no fue duradera; su librecambio lo remitió a la industria como su vocación, a la que volvió con todo afán y en la que realizó una hazaña hasta ahora no igualada: una lista de precios que tasa sus artículos según una escala móvil completa. La indiscreción de la Breslauer Zeitung ha dado a conocer, como es sabido, este documento también al gran público.

A esta tríada de la inteligencia berlinesa se opone ahora la tríada de las convicciones medulares del sur de Alemania: Sigel, Fickler, Goegg.

Franz Sigel,227 ese «hombre pequeño, lampiño, que en todo su ser recuerda a Napoleón», como lo llama su amigo Goegg, es, según declaración del mismo Goegg, «un héroe», «un hombre del futuro», «ante todo genial, productivo de espíritu, ocupado sin descanso en nuevos planes».

Dicho sea entre nosotros, el general Sigel es un joven teniente badense con convicciones y ambición. De las campañas de la Revolución francesa sacó en limpio que el salto de subteniente a general en jefe es puro juego de niños, y desde ese momento fue cosa decidida para el hombrecillo lampiño que Franz Sigel tenía que llegar a general en jefe de algún ejército revolucionario. Una popularidad en el ejército basada en una confusión de nombres228 y la insurrección de Baden de 1849 cumplieron su deseo. Las batallas que libró en el Neckar y que no libró en la Selva Negra son conocidas; su retirada a Suiza la alaban hasta sus enemigos como una maniobra oportuna y acertada. Sus planes militares prueban aquí su estudio de las guerras revolucionarias. Para ser fiel a la tradición revolucionaria, el héroe Sigel, sin preocuparse del enemigo, de las líneas de operaciones y de retirada y de otras pequeñeces por el estilo, pasó concienzudamente de una posición de Moreau229 a otra, y si a pesar de todo no logró parodiar las campañas de Moreau en todos sus detalles, si en lugar de cruzar el Rin por Paradies lo cruzó por Eglisau, hay que atribuirlo a la estrechez de miras del enemigo, que no supo apreciar una maniobra tan docta. En sus órdenes del día e instrucciones, Sigel aparece como predicador y despliega, es cierto, menos estilo, pero más convicciones que Napoleón. Más tarde se ocupó de elaborar un manual para oficiales revolucionarios de todas las armas, del que estamos en condiciones de dar la siguiente comunicación importante:

«Un oficial revolucionario debe llevar consigo reglamentariamente: 1 prenda de cabeza más gorra, 1 sable con tahalí, 1 faja negro-rojo-gualda de pelo de camello, 2 pares de guantes de cuero negro, 2 guerreras, 1 capote, 1 pantalón de paño, 1 corbatín, 2 pares de botas o zapatos, 1 bolsa de viaje de cuero negro —de 12 pulgadas de ancho, 10 de alto y 4 de grueso—, 6 camisas, 3 calzoncillos, 8 pares de medias, 6 pañuelos de nariz, 2 toallas, 1 neceser de lavarse y afeitarse, 1 recado de escribir, 1 tablilla de escribir con patente, 1 cepillo de ropa, 1 reglamento del servicio de campaña».

Joseph Fickler:230

«el modelo de un hombre del pueblo honrado, resuelto, de inquebrantable perseverancia, que tenía a todo el Oberland de Baden y al distrito del Lago como un solo hombre en su apoyo y, por sus largas luchas y sufrimientos, una popularidad cercana a la de Brentano» (según la descripción de su amigo Goegg).

Joseph Fickler tiene, como corresponde a un hombre del pueblo honrado, resuelto e inquebrantable, una cara mofletuda de luna llena, una gruesa papada y la correspondiente circunferencia de panza. De su vida anterior solo se sabe que con una talla artística del siglo XV y con reliquias relativas al Concilio de Constanza se ganaba un livelihood,231 pues los viajeros y los aficionados al arte extranjeros contemplaban por dinero aquellas curiosidades y compraban además recuerdos «antiguos» que Fickler, como cuenta con notable regodeo, mandaba fabricar «antiguos» una y otra vez.

Sus únicas hazañas durante la revolución fueron, primero, su detención por Mathy232 tras el Preparlamento y, segundo, su detención por Römer233 en Stuttgart en junio de 1849; gracias a estas detenciones pasó felizmente de largo ante el peligro de comprometerse. Los demócratas de Wurtemberg depositaron más tarde por él una fianza de 1.000 florines, tras lo cual Fickler se fue de incógnito a Turgovia y, para gran pesar de los fiadores, no volvió a dar noticias de sí. No puede negarse que en los Seeblätter234 tradujo con fortuna a tinta de imprenta los sentimientos y opiniones de los campesinos del Lago; por lo demás, a la vista de su amigo Ruge, es de la opinión de que estudiar mucho vuelve tonto, por lo que advirtió a su amigo Goegg que no visitara la biblioteca del Museo Británico.

Amandus Goegg, amable como ya indica su nombre,235 no es, desde luego, un gran orador, «pero sí un sencillo ciudadano cuyo comportamiento noble y modesto le gana amigos en todas partes» (Westamerikanische Blätter). Por nobleza Goegg se hizo miembro del Gobierno provisional de Baden, donde, según confesión propia, no pudo hacer nada contra Brentano, y por modestia se dejó dar el título de señor dictador. Nadie niega que sus logros como ministro de Hacienda fueron modestos. Por modestia proclamó el último día antes de la retirada general a Suiza, ya ordenada, la «República socialdemócrata» en Donaueschingen. Por modestia declaró más tarde (véase el Janus de Heinzen, 1852) que el proletariado de París había perdido el 2 de diciembre porque no poseía su visión democrática badense-francesa y la que por lo demás corre en el sur de Alemania francés. Quien desee más pruebas de la modestia de Goegg y de la existencia de un «partido de Goegg» las encontrará en el escrito Rückblick auf die badische Revolution etc.,236 París, 1850, escrito por él mismo. Puso la corona a su modestia cuando declaró en un mitin público en Cincinnati:

«Hombres de prestigio habían ido a verle a Zúrich tras la bancarrota de la revolución de Baden y le habían declarado: En la revolución de Baden habían tomado parte hombres de todas las estirpes alemanas; por eso había que considerarla una causa alemana, como la revolución romana una causa italiana. Él había sido el hombre que había resistido hasta el final; tenía, pues, que convertirse en el Mazzini alemán. Por modestia lo había rechazado».

¿Por qué? Quien ya ha sido una vez señor «dictador» y sigue siendo amigo del alma del «Napoleón» Sigel podía también «convertirse en el Mazzini alemán».

Después de que, con estos y otros recién llegados menos eminentes, la emigración estuvo au grand complet,237 pudo pasar a las tremendas luchas que en el canto siguiente se presentan al lector.

XIII

Chi mi darà la voce e le parole,
E un proferir magnanimo e profondo!
Che mai cosa piu fiera sotto il sole
Non fu veduta in tutto quanto il mondo;
L'altre battaglie fur rose e viole,
Al raccontar di questa mi confondo;
Perchè il valor, e'l pregio della terra
A fronte son condotti in questa guerra.
(Boiardo, Orlando innamorato, canto 27)238

¿Quién me dará las palabras y la voz
para contar lo más grande con grandeza y dignidad?
Pues lucha más altiva, con saña más feroz,
no se vio desde que el mundo empezó a rodar;
las otras batallas, por atroces que sean,
son solo violetas y rosas, y mi canto
me falla allí donde bravura y gloria
brillan por igual en la historia de esta lucha.239

Con la llegada de los últimos fashionable arrivals240 que completaron la emigración había llegado el momento en que esta tenía que intentar «organizarse» en grande, constituirse en una docena completa. Era de esperar que estos intentos se trocaran ahora en una enemistad encarnizada. La guerra de plumas en los periódicos transatlánticos alcanzó entonces su punto culminante. Miserias personales, intrigas, maquinaciones, fanfarronadas: en estas bajezas se agotaban los grandes hombres. Pero la emigración había ganado una cosa: una historia propia, que está fuera de la historia universal, su política de rincón junto a la política pública; y de su propia lucha mutua sacaba el sentimiento de su importancia mutua. Como en el trasfondo de todas estas aspiraciones y luchas está la especulación con los fondos democráticos del partido, «con el santo Grial», la rivalidad trascendental, la disputa por las barbas del emperador Barbarroja,241 se convierte muy pronto en la vulgar competencia de los locos. Quien quiera estudiar en las fuentes esta gran batracomiomaquia242 encontrará todos los documentos pertinentes en la Schnellpost de Nueva York, la New-Yorker Deutsche Zeitung, la Allgemeine Deutsche Zeitung y la Staatszeitung, en el Correspondent de Baltimore, en el Wecker y en otros periódicos germanoamericanos. Sin embargo, estos melindres con supuestas relaciones y conspiraciones mentidas, todo este estrépito de la emigración, no dejaba de tener su lado serio. Daba a los Gobiernos el pretexto deseado para detener a mucha gente en Alemania, para poner trabas por doquier al movimiento interior y para alzar a estos pobres espantajos de paja de Londres como espantapájaros ante el burgués alemán. Lejos de ser en modo alguno peligrosos para la situación existente, estos héroes de la emigración solo desean ardientemente una cosa: que en Alemania se haga un silencio de muerte, para que se oiga tanto mejor su voz, y que el nivel del espíritu público baje lo bastante para que incluso gente de su estatura parezca de grandeza eminente.

Los honrados sureños recién llegados se encontraron en Londres, sin compromisos con ningún lado, en la situación más excelente para iniciar una reconciliación entre las diversas camarillas y, al mismo tiempo, reunir a la masa de la emigración como coro en torno a los eminentes. Su recto sentido del deber les ordenaba no dejar escapar esta ocasión.

Pero al mismo tiempo veían ya a Ledru-Rollin, coincidiendo en esto con él, en el sillón presidencial de la República Francesa. A ellos, los vecinos fronterizos más próximos de Francia, les importaba ser reconocidos por el Gobierno provisional de Francia como presidentes provisionales de Alemania. A Sigel, sobre todo, le importaba que Ledru le garantizara su mando supremo. Pero el camino hacia Ledru pasaba solo por encima del cadáver de Arnold. Además, la máscara de carácter de Arnold todavía les impresionaba entonces, y como aurora boreal filosófica había de iluminar su crepúsculo sureño. Así que se dirigieron primero a Ruge.

Del otro lado estaba, en primer lugar, Kinkel con su entorno más próximo: Schurz, Strodtmann, Schimmelpfennig, Techow, etc.; luego, los ex diputados del Parlamento y de las Cámaras, con Reichenbach a la cabeza y Meyen y Oppenheim como representantes literarios; por último, Willich con su hueste, que, sin embargo, se queda en segundo plano. Los papeles estaban aquí repartidos así: Kinkel, como pasionaria, representa al filisteísmo alemán en general; Reichenbach, como conde, representa a la burguesía; Willich, como Willich, representa al proletariado.

De August Willich hay que decir ante todo que Gustav albergaba siempre una secreta desconfianza hacia él a causa de su cráneo puntiagudo, en el que el órgano de la autoestima comprime todas las demás facultades con su anormal proliferación.243

Un filisteo alemán que vio al ex teniente Willich en una cervecería de Londres agarró asustado el sombrero y salió corriendo exclamando: ¡Por Dios, cómo se parece ese hombre a Nuestro Señor Jesucristo! Para cultivar aún más este parecido, Willich se hizo carpintero por un tiempo poco antes de la revolución. Más tarde apareció en la campaña de Baden y el Palatinado como jefe de partidas.

El jefe de partidas, este descendiente de los antiguos condottieri italianos, es un fenómeno peculiar de las guerras modernas, sobre todo en Alemania. El jefe de partidas, acostumbrado a actuar por su cuenta, se resiste a todo mando supremo general. Sus hombres dependen solo de él, pero él también depende por completo de ellos. La disciplina en un cuerpo franco es por eso cosa aparte: según las circunstancias, unas veces bárbaramente severa y otras, las más, laxa en grado sumo. El jefe de partidas no siempre puede presentarse autoritario y mandón; a menudo tiene que halagar a sus hombres, ganárselos uno por uno, hombre por hombre, con caricias corporales; las cualidades militares corrientes sirven aquí de poco, y a la temeridad tienen que venir en ayuda otras cualidades para mantener en el respeto a los subordinados. Si no es noble, tiene al menos que tener una conciencia noble, que, como siempre, se completa con la astucia, la intriga al acecho y la vileza práctica encubierta. Así no solo se gana uno a sus soldados: soborna también a los habitantes, sorprende al enemigo y es reconocido como carácter personal, sobre todo por los adversarios. Pero todo eso no basta para mantener unido un cuerpo franco cuya masa o bien consta desde el principio del lumpenproletariado o bien se asimila pronto a él. Para ello hace falta una idea superior. El jefe de francotiradores tiene, pues, que tener un núcleo de ideas fijas, tiene que ser un hombre de principios, al que su vocación de redentor del mundo se le aparezca sin cesar. Tiene que inculcar a sus soldados, predicando ante la tropa formada y mediante una propaganda instructiva continuada con cada uno, la conciencia de esa idea superior, y convertir así a todo el cuerpo en sus hijos en la fe. Si esta idea superior tiene un barniz especulativo, místico, que vaya más allá del entendimiento corriente, si es, por ejemplo, de naturaleza hegeliana, como la que el general Willisen244 trató de inculcar al ejército prusiano, tanto mejor: así se infunde la conciencia noble a cada francotirador, y las hazañas de toda la hueste reciben con ello una consagración especulativa que las eleva muy por encima del carácter del coraje corriente e irreflexivo, del mismo modo que la fama de un cuerpo así no proviene tanto de sus logros como de su misión mesiánica. Solo puede aumentar la cohesión del cuerpo hacer jurar a todos los guerreros que no sobrevivirán a la causa por la que luchan y que prefieren dejarse masacrar hasta el último hombre bajo el último manzano de la frontera cantando un himno religioso. Un cuerpo así y un jefe así tienen que sentirse naturalmente mancillados por la compañía de los guerreros corrientes y profanos y buscar toda ocasión o bien para alejarse del ejército o bien para sacudirse en seguida la compañía de los incircuncisos; y nada tienen que odiar más que un cuerpo de ejército grande y la gran guerra, donde la astucia apoyada en el vuelo superior consigue poco si desprecia las reglas corrientes de la conducción de la guerra. Así, el jefe de partidas tiene que ser cruzado en el pleno sentido de la palabra; tiene que ser Pedro el Ermitaño y Gualterio sin Haber245 en una sola persona. Frente a los elementos mezclados y al modo de vida desenfadado de su cuerpo, tiene que ser un hombre virtuoso; no ha de poder tumbársele bebiendo, y él mismo tiene que preferir beberse su botella a escondidas, por ejemplo de noche en la cama. Si le ocurriera, humanamente, volver al cuartel de noche a una hora antirreglamentaria, tras un disfrute excesivo de los placeres mundanos, no entrará [precisamente] por el portón principal, sino que volverá dando un rodeo para trepar sin ser visto [por] los muros y no dar escándalo; los encantos femeninos tienen que dejarlo frío, mientras que causa buen efecto que, como Cromwell con sus suboficiales, se lleve de vez en cuando a la cama a un oficial de sastre; en general, nunca puede llevar demasiado lejos la severidad ascética de su conducta. Como los cavalieri del dente246 de su cuerpo, que están detrás del cavaliere della ventura,247 viven casi siempre de requisas y de alojamiento gratuito, en lo que Gualterio sin Haber no siempre puede mirar con tanto cuidado, también por eso Pedro el Ermitaño tiene que estar siempre a mano con el consuelo de que tales medidas desagradables se aplican solo para salvar la patria y, por tanto, en interés propio de los afectados.

Todas estas cualidades del jefe de partidas en la guerra reaparecen en tiempos de paz en una forma no precisamente modificada a su favor. Ante todo, tiene que mantener unido el cuadro del regimiento para un nuevo cuerpo y poner en movimiento sin cesar a suboficiales de reclutamiento. El cuadro, formado por los restos del cuerpo franco y la chusma de la emigración en general, se acuartela, sea a costa del Gobierno (por ejemplo en Besanzón)248 o de otro modo. No debe faltar a la vida de cuartel la consagración ideal; se la procura el comunismo de cuartel, con el que el desprecio de la vulgar actividad burguesa adquiere un significado superior. Pero como este cuartel comunista ya no está bajo las ordenanzas militares, sino solo bajo la autoridad moral y el mandato del sacrificio, no puede faltar que de vez en cuando se armen peleas por la caja común, de las que la autoridad moral no siempre sale sin un ojo morado. Si en alguna parte cerca hay una asociación de artesanos, puede utilizarse como centro de reclutamiento para el cuerpo que se trata de crear, y abrir a los artesanos, como compensación por su duro trabajo presente, la perspectiva de una futura vida alegre y de aventuras de francotirador. Quizá pueda arreglarse también que, en vista del significado superior de principio que el cuartel tiene para el futuro del proletariado, la asociación aporte dinero al rancho. En el cuartel como en la asociación, la prédica y la manera patriarcal y cariñosa del trato personal no dejarán de surtir efecto. El partisano no pierde tampoco en la paz su indispensable confianza, y así como antes, tras cada descalabro, anunciaba siempre la victoria para el día siguiente, ahora anuncia siempre la certeza moral y la necesidad filosófica de que dentro de catorce días «va a estallar», a saber, ello. Como no le puede faltar un enemigo y al noble se le oponen necesariamente los innobles, descubrirá en estos una enemistad furiosa contra él; creerá que los innobles, ya solo por odio a su merecida popularidad, quieren envenenarlo o apuñalarlo, por lo que guardará siempre un cuchillo largo bajo la almohada. Igual que el jefe de partidas no consigue nada en la guerra si no presupone que los habitantes del país lo adoran, tampoco en la paz llegará a ninguna relación política real, pero la presupondrá o se la imaginará siempre, de lo que a veces pueden salir extrañas mistificaciones. El talento para la requisa y para el alojamiento gratuito reaparece en la forma de un gorroneo bonachón. En cambio, el ascetismo de costumbres severas de nuestro Orlando sufre en tiempos de paz, como todo lo noble y grande, duras tentaciones. Boiardo dice en el canto 24:

Turpín afirma que el conde de Brava
fue virgen toda su vida, y casto.
Creed de esto lo que os plazca, señores...249

Pero también se sabe que el conde de Brava perdió más tarde el juicio por los ojos de la bella Angélica y que Astolfo tuvo que ir a buscárselo a la Luna, como lo ha descrito con tanta gracia el maestro Ludovico Ariosto. Pero nuestro Orlando moderno se confundió con el propio poeta, que contaba que también él había perdido el juicio por amor, pero que lo había buscado con los labios y las manos en el seno de su Angélica,250 con lo que, sin embargo, le ocurrió que, en agradecimiento, lo echaron de la casa.

En la política, el jefe de partidas mostrará su superioridad en todos los medios de la pequeña guerra. Conforme al concepto del partisano, pasará de un partido a otro. La intriga mezquina, las triquiñuelas rastreras, la mentira ocasional, la perfidia moralmente indignada aparecerán aquí como síntomas naturales de la conciencia noble, y él, en la fe en su misión y en el sentido superior de sus palabras y actos, declarará con firmeza: «¡Yo nunca miento!». Las ideas fijas serán un excelente manto para la perfidia encubierta y llevarán a los zopencos de la emigración sin ninguna idea a pensar que él, el hombre de las ideas fijas, es un simple loco, lo que a un hombre de bien tan taimado no puede sino convenirle.

Don Quijote y Sancho Panza en una sola persona, tan enamorado del morral como de sus ideas fijas, admirando en la caballería andante no menos el comer gratis que la gloria, el hombre de la guerra de bolsillo y de la intriga mínima, que tapa su astucia bajo la máscara del carácter: el verdadero futuro de Willich está en las praderas del Río Grande del Norte.

Sobre las relaciones entre los dos elementos de la emigración descritos más arriba da explicación el señor Goegg en una carta a la Deutsche Schnellpost de Nueva York:

«Ellos» (los sureños) «habían decidido, para restablecer el prestigio del agonizante Comité Central, intentar una unión con las demás fracciones. Pero había pocas perspectivas para esta obra bienintencionada. Kinkel seguía intrigando; había formado un comité con su salvador, su biógrafo y algunos tenientes prusianos, que debía actuar en secreto, extenderse, atraer a ser posible los fondos democráticos y luego salir de pronto a la luz del día como poderoso partido Kinkel. ¡Eso no era ni honrado, ni justo, ni sensato!».

La intención «honrada» de los elementos sureños en estos intentos de entendimiento se desprende de la siguiente carta del señor Sigel al mismo periódico:

«Si nosotros, los pocos hombres que lo hemos querido sinceramente, hemos recurrido también en parte a la conspiración, ha sido para protegernos contra las miserables perfidias y pretensiones de Kinkel y compañía y mostrarles que no han nacido para mandar. Nuestro fin principal era arrastrar por la fuerza a Kinkel a una gran asamblea para demostrarle a él y a sus amigos políticos más próximos, como él dice, que no es oro todo lo que reluce. Al diablo primero el instrumento» (Schurz) «, ¡al diablo después el cantor!» (Kinkel) (Wochenblatt der New-Yorker Deutschen Zeitung, 24 de septiembre de 1851).

Lo singulares que eran los dos bandos, que se insultaban de «sureños» y «norteños», se desprende ya de que a la cabeza de los elementos sureños estaba el «entendimiento» de Ruge y a la cabeza de los norteños el «sentimiento» de Kinkel.

Para entender la gran lucha que sigue ahora, tenemos que decir dos palabras sobre la diplomacia de estos dos partidos que hacen temblar el mundo.

A Arnold (y por tanto también a sus compinches) le importaba ante todo formar un «club cerrado» con la apariencia oficial de una «actividad revolucionaria». De este club había de salir su querida «Comisión para los asuntos alemanes», y de esta comisión había de ser excluido a su vez el propio Ruge, hacia el Comité Central Europeo. Arnold perseguía ya este objetivo sin desanimarse desde el verano de 1850. En los sureños esperaba «haber encontrado el hermoso elemento intermedio donde pudiera reinar a sus anchas como soberano». La constitución oficial de la emigración, la formación de comités, era, pues, la política necesaria de Arnold y de sus aliados.

Kinkel y consortes, por su parte, tenían que tratar de impedir todo lo que pudiera legitimar la posición usurpada de Ruge en el Comité Central Europeo. Kinkel había recibido de Nueva Orleans, en respuesta a su llamamiento a suscribir provisionalmente 500 libras esterlinas, la promesa de un envío de dinero, y había formado ya en vista de ello, con Willich, Schimmelpfennig, Reichenbach, Techow, Schurz, etc., un comité financiero secreto. Pensaban: Si tenemos el dinero, tenemos también la emigración; si tenemos la emigración, tenemos también el gobierno en Alemania. Se trataba, pues, para ellos ante todo de ocupar a toda la emigración con reuniones formales, pero de impedir toda constitución oficial de la misma que fuera más allá de una «sociedad suelta», y sobre todo toda formación de comités, para entretener a la fracción enemiga, impedirle hacer nada y poder maniobrar a sus espaldas.

Las dos fracciones, es decir, «los hombres de nombre», tenían en común que el grueso de la emigración había de ser llevado de la nariz sin ser iniciado en los fines últimos, servir solo de comparsa y ser dejado caer en cuanto se alcanzara el fin.

Veamos ahora a estos Maquiavelos, Talleyrands y Metternichs de la democracia en su actuación recíproca.

Primera escena. 4 de julio de 1851. Después de que «fracasara un entendimiento privado con Kinkel para una actuación común», Ruge, Goegg, Sigel, Fickler y Ronge invitan a los hombres de nombre de todas las fracciones a una reunión en casa de Fickler para el 14 de julio. Comparecen 26 hombres. Fickler propone formar un «círculo cerrado» de refugiados alemanes y hacer salir de él una «comisión ejecutiva para el fomento de fines revolucionarios». Lo combaten principalmente Kinkel y seis de sus partidarios. Tras un violento debate de varias horas se aprueba la moción de Fickler (16 contra 10). Kinkel y la minoría declaran que no pueden tomar parte en este asunto y se retiran.

Segunda escena. 20 de julio. La mayoría citada se constituye en asociación. Entran como nuevos, entre otros, Tausenau, presentado por Fickler.

Como Ronge es el Lutero y Kinkel el Melanchthon, el señor Tausenau es el Abraham a Sancta Clara251 de la democracia alemana. Si los dos arúspices de Cicerón no podían mirarse sin reírse,252 el señor Tausenau no puede mirar su propia cara de seriedad fingida en el espejo sin echarse a reír. Si Ruge había conseguido encontrar en los badenses gente a la que él impresionaba, el destino se vengó de ello trayéndole en el austriaco Tausenau al hombre que lo impresiona [a él].

A moción de Goegg y Tausenau se aplazan las deliberaciones para intentar una vez más la unión con la fracción de Kinkel.

Tercera escena. 27 de julio. Sesión en el Cranbourne Hotel. La emigración «de nombre» au grand complet. Comparece la fracción de Kinkel, pero no con la intención de unirse a la asociación ya existente; insiste más bien en formar un «club de discusión abierto, sin comisión ejecutiva y sin persecución de fines determinados». Schurz, que en todas estas negociaciones parlamentarias aparece como el Mentor del joven Kinkel,253 propone:

«La presente sociedad se constituye en asociación política cerrada con el nombre de Club de la Emigración Alemana y admite, a propuesta de un miembro, por acuerdo de la mayoría, a otros ciudadanos de entre los refugiados alemanes».

Aprobada por unanimidad. El club decidió reunirse todos los viernes.

«La aprobación de esta moción fue saludada con aplauso general y con el grito: “¡¡¡Viva la república alemana!!!”. Se tenía el sentimiento de haber cumplido con su deber mediante la buena disposición general y de haber creado algo bueno en interés de la revolución» (Goegg, Wochenblatt der Schnellpost, 20 de agosto de 1851).

Eduard Meyen quedó tan encantado con este éxito que exclamó en su correspondencia litografiada:

«Toda la emigración forma ahora una falange cerrada, hasta Bucher, con la única excepción de la incorregible camarilla de Marx».

La misma noticia de Meyen se encuentra en la correspondencia ministerial litografiada de Berlín.

Así nació, entre la buena disposición general y el viva a la república alemana, el gran Club de la Emigración, que había de celebrar sesiones tan edificantes y disolverse en la nada un par de semanas después de la partida de Kinkel a América; lo que, sin embargo, no impide que en América siga desempeñando su papel como ser vivo.

Cuarta escena. 1 de agosto. Segunda sesión en el Cranbourne Hotel.

«Por desgracia, tenemos ya hoy que informar de que nos engañamos en las expectativas sobre el éxito de este club» (Goegg, ibidem, del 27 de agosto).

Kinkel introduce, sin previo acuerdo de la mayoría, a seis refugiados prusianos y a seis visitantes prusianos de la Exposición Industrial. El Damm254 (presidente, ex presidente de la Constituyente de Baden) expresa su extrañeza por esta violación alevosa de los estatutos.

Kinkel declara:

«El club no es más que una sociedad suelta, sin otro fin que conocerse personalmente unos a otros y mantener conversaciones que cualquiera pueda oír. Por eso es deseable que la sociedad sea visitada por muchos de fuera».

El estudiante Schurz trata de cubrir rápidamente la falta de tacto de su profesor con una enmienda para admitir visitantes. Aprobada. Abraham a Sancta Clara Tausenau se levanta y presenta las dos mociones serias siguientes, sin reírse al hacerlo:

«1.ª Nombramiento de una comisión» (la comisión) «que cada ocho días dé un informe exacto sobre la política corriente, en especial la de Alemania, informes que se depositarán en el archivo de la asociación y se publicarán en su momento; 2.ª Comisión» (la comisión) «para depositar en el archivo de la asociación todos los detalles posibles sobre las violaciones del derecho y las crueldades que los servidores de la reacción han cometido y siguen cometiendo contra los partidarios de la democracia desde hace tres años».

En contra, con violencia, Reichenbach: «Ve en las inocentes mociones segundas intenciones sospechosas y el afán de dar a la asamblea, con la elección de estas comisiones, un barniz oficial que él y sus amigos no desean».

Schimmelpfennig y Schurz: «Estas comisiones podrían arrogarse atribuciones de carácter conspirativo y conducir poco a poco a un comité oficial».

Meyen: «Desea palabras, no hechos».

La mayoría, según afirma Goegg, parecía inclinada a aprobar las mociones; Maquiavelo Schurz propone el aplazamiento. Abraham a Sancta Clara Tausenau se suma por bonhomía a esta moción. Kinkel opinaba que había que aplazar la votación a la próxima sesión principalmente porque esa noche su fracción le parecía estar en minoría y él y sus amigos no podían considerar una votación en estas circunstancias «vinculante para su conciencia». Se acuerda el aplazamiento.

Quinta escena. 8 de agosto. Tercera sesión en el Cranbourne Hotel. Discusión de las mociones de Tausenau. Kinkel-Willich, contra lo convenido, han traído a la «baja refugiaduría», le menu peuple,255 para «vincular esta vez su conciencia». Schurz propone como enmienda conferencias voluntarias sobre política del día y, según lo amañado, se ofrecen en el acto Meyen para Prusia, Schurz para Francia, Oppenheim para Inglaterra, Kinkel para América y el futuro (porque su futuro más próximo estaba en América). Las mociones de Tausenau son rechazadas. Él declara conmovido que sacrifica su justa cólera en el altar de la patria y que quiere seguir en el seno de los aliados. Pero en el acto la fracción Ruge-Fickler adopta la actitud irritada de almas bellas estafadas.

Intermedio. Kinkel había recibido por fin 160 libras esterlinas de Nueva Orleans, que debía hacer rentables para la revolución con el concurso de otras grandezas de nombre. La fracción Ruge-Fickler, ya exasperada por la última votación, se enteró de ello. Ahora no había tiempo que perder: había que actuar. Se formó un nuevo pantano de la emigración, que adornó su existencia de agua estancada y podrida con el nombre de «Asociación de Agitación». Eran miembros Tausenau, Frank, Goegg, Sigel, Hertle, Ronge, Haug, Fickler y Ruge. La asociación declaró en seguida en los periódicos ingleses:

«Que no era una asociación de discusión, sino esencialmente de trabajo, que no daría words sino works256 y que, ante todo, invitaba a los correligionarios a dar dinero. La Asociación de Agitación nombraba a Tausenau su poder ejecutivo y su ministro corresponsal de Asuntos Exteriores, y reconocía al mismo tiempo la posición de Ruge en el Comité Central Europeo» (como regente del Imperio)257 «, su actividad hasta la fecha y su representación del pueblo teutón en el sentido del pueblo teutón».

En la nueva combinación se reconoce en seguida la forma originaria: Ruge, Ronge, Haug. Así, Arnold había alcanzado por fin, tras años de lucha y fatigas, lo que quería: estaba reconocido como quinta rueda del carro central democrático y tenía detrás de sí una parte del pueblo claramente delimitada, por desgracia demasiado claramente, de ocho hombres en total. Pero también este goce le fue amargado, pues su reconocimiento iba unido a su destitución indirecta y solo pasó con la condición, puesta por el patán Fickler, de que Ruge dejara de una vez «de escribir sus tonterías al mundo». El grosero Fickler solo tenía por «sólidos» los escritos de Arnold que no había leído ni necesitaba leer.

Sexta escena. 22 de agosto. Cranbourne Hotel. Primero, «obra maestra diplomática» (véase Goegg) de Schurz: moción para formar un comité general de refugiados de seis miembros de las diversas fracciones, con la incorporación de los cinco miembros del comité de refugiados ya existente de la Asociación de Artesanos de Willich. (La fracción Kinkel-Willich habría tenido así siempre la mayoría.) Aprobada. Se hicieron las elecciones, pero los miembros de la parte del Estado de Ruge las rechazaron, con lo que la obra maestra diplomática cayó al suelo de plano. Por lo demás, lo en serio que iba este comité de refugiados se desprende de que Willich, cuatro días después, salió del comité de artesanos y refugiados, que hacía tiempo solo existía nominalmente, después de que repetidas revueltas, nada respetables, de la «baja refugiaduría» hubieran hecho inevitable desde hacía bastante tiempo la disolución del comité. Interpelación sobre la actuación pública de la Asociación de Agitación. Moción de que el Club de la Emigración no tiene nada que ver con la Asociación de Agitación y desautoriza públicamente todos sus pasos. Ataques furiosos contra los «agitadores» presentes, Goegg y Sigel junior (es decir, senior, véase más abajo). Rudolf Schramm declara a su viejo amigo Ruge criado de Mazzini y «vieja chismosa». ¡Tú también, Bruto! Goegg responde, no como gran orador, pero sí como sencillo ciudadano, y ataca con amargura al equívoco, flojo y pérfido, untuoso y clerical Kinkel:

«es irresponsable quitar la ocasión a los que quieren trabajar, pero esta gente quiere una unión aparente e inactiva, para poder actuar bajo esa capa como camarilla con ciertos fines».

Cuando Goegg llegó a la declaración pública de la Asociación de Agitación en los periódicos ingleses, Kinkel se levantó majestuosamente y dijo:

«Él dominaba ya toda la prensa americana, y se habían tomado las disposiciones para someter también a su dominio la prensa francesa».

La moción de la fracción teutona fue aprobada y tuvo por consecuencia la declaración de los «agitadores» de que los miembros de su asociación ya no podían pertenecer al Club de la Emigración.

Así nació la tremenda grieta entre el Club de la Emigración y la Asociación de Agitación que atraviesa bostezando toda la historia universal moderna. Lo más extraño es que ambas criaturas solo existieron hasta su separación y siguen vegetando todavía en la batalla de los espíritus paganos de Kaulbach,258 que se prosigue en los mítines y periódicos germanoamericanos, al parecer hasta el fin de los tiempos.

Toda la sesión fue tanto más tormentosa cuanto que el indisciplinado Schramm atacó además a Willich y afirmó que el Club de la Emigración se ponía en ridículo con la relación con este caballero. El presidente, esta vez el miedoso Meyen, había soltado ya varias veces el timón desesperado. Pero el debate sobre la Asociación de Agitación y la salida de sus miembros llevó el tumulto al colmo. Entre gritos, tamborileos, estrépito, amenazas y furia, la edificante sesión se prolongó hasta cerca de las dos de la madrugada, cuando por fin el dueño, cerrando la llave del gas, sumió a los acalorados partidos en noche profunda y puso a la salvación de la patria un final espantoso.

A finales de agosto, el caballeresco Willich y el bonachón Kinkel intentaron hacer saltar la Asociación de Agitación haciendo al honrado Fickler la propuesta siguiente:

«Que formara con ellos y con sus amigos políticos más próximos, para administrar el dinero llegado de Nueva Orleans, un comité financiero que funcionara hasta que pudiera reunirse un comité financiero público de la revolución, a cambio de que, con la sola aprobación de esta propuesta, se disolvieran todas las sociedades revolucionarias y de agitación alemanas existentes hasta entonces».

El buen Fickler se indignó contra el «comité otorgado, secreto e irresponsable».

«¿Cómo va», exclamó, «un mero comité financiero a agrupar concéntricamente en torno a sí a todos los partidos revolucionarios? El dinero que ha de llegar y el ya llegado nunca pueden ser por sí mismos una base sobre la que las tendencias divergentes de la democracia sacrifiquen su independencia».

Así, en lugar de provocar la ruptura deseada, este intento de inducción a la deserción tuvo el resultado contrario de que Tausenau pudo declarar que la ruptura entre los dos poderosos partidos, la Emigración y la Agitación, se había vuelto ahora irremediable.

XIV

Para mostrar de qué agradable manera se llevaba la guerra entre la Agitación y la Emigración, siguen aquí algunos extractos de periódicos germanoamericanos.

Agitación.

Ruge declara a Kinkel «agente del príncipe de Prusia».259

Otro agitador descubre que los hombres eminentes del Club de la Emigración constaban,

«además del pastor Kinkel, de tres tenientes prusianos, dos insulsos literatos berlineses y un estudiante».

Sigel escribe:

«No se puede negar que Willich se ha ganado algunos partidarios. Pero si se es predicador durante tres años y no se le dice a la gente más que lo que le resulta agradable, habría que ser muy tonto para que esa gente no se volviera adicta. De estos partidarios trata de apoderarse la kinkelería. Los partidarios de Willich fornican con los partidarios de Kinkel».

Un cuarto agitador declara a los partidarios de Kinkel «idólatras».

Tausenau caracteriza así al Club de la Emigración:

«Intereses separados bajo la máscara de la conciliación, captación sistemática de mayorías por subrepción, aparición de grandezas desconocidas como jefes de partido organizadores, intentos de imponer un comité financiero secreto, y como quiera que se llamen todas las triquiñuelas y escapatorias de rincón con que políticos inmaduros han pretendido en todo tiempo dirigir los destinos de su país desde el exilio, mientras ya el primer calor ardiente de las revoluciones volatilizaba tales vanidades en vapor vacío».

Por último, Rodomonte Heinzen declara: Ruge, Goegg, Fickler y Sigel son los únicos refugiados respetables de Inglaterra que él conoce personalmente; los miembros del Club de la Emigración son «egoístas, realistas y comunistas»; Kinkel es «un loco incurable de vanidad y aristócrata especulador»; Meyen, Oppenheim, Wulich,260 etc., son gente a la que él, Heinzen, «mira por encima de la rodilla y que no le llega a Ruge a los tobillos» (Schnellpost de Nueva York, New-Yorker Deutsche Zeitung, Wecker, etc., 1851).

Emigración.

«¿Qué pretende un comité otorgado que está en el aire, que se autoriza a sí mismo sin haber trabajado antes, sin haber sido elegido, sin preguntar a aquellos a quienes pretende representar si quieren ser representados por esas personas?». «Quien conoce a Ruge sabe que la manía de las proclamas es su enfermedad incurable». «Ruge no pudo alcanzar en el Parlamento ni siquiera la influencia de un Raveaux o de un Simon de Tréveris».261 «Donde se trata de energía revolucionaria en la acción, de trabajo organizativo, de discreción o de silencio, Ruge es peligroso, porque no puede contener la boca, no puede retener la tinta y quiere siempre representar al mundo entero. Ruge se reúne con Mazzini y Ledru-Rollin, lo que quiere decir, traducido al lenguaje de Ruge e impreso en todos los periódicos: Alemania, Francia e Italia se han hermanado solidariamente para la revolución». «Esta pretenciosa imposición de un comité, esta inactividad fanfarrona, decidió a los amigos más íntimos e inteligentes de Ruge, como Oppenheim, Meyen y Schramm, a unirse con otros hombres para una actividad común». «Detrás de Ruge no hay ninguna parte del pueblo claramente delimitada, sino una coleta de la paz claramente delimitada».262 «Cuántos cientos preguntan a diario quién es ese Tausenau, y nadie, nadie puede responder. Aquí y allá asegura algún vienés que fue uno de aquellos demócratas de Viena que la reacción echaba siempre en cara a la democracia vienesa para dejarla en mal lugar. Pero de eso tienen que responder esos vieneses. En todo caso, esta grandeza es desconocida; pero si es una grandeza, eso es todavía más desconocido». «Veamos de nuevo quiénes son estos hombres sólidos ante quienes todos los demás parecen políticos inmaduros. El general en jefe Sigel. Cuando un día se pregunte a la musa de la historia cómo llegó esta pálida insignificancia al mando supremo, se verá en el mayor de los apuros. Sigel no es más que el hermano de su hermano. Su hermano se convirtió en un oficial popular por sus manifestaciones desfavorables al Gobierno, provocadas por los frecuentes arrestos que tenía que sufrir por banal libertinaje. El joven Sigel creyó que esto era razón suficiente para proclamarse, en la primera confusión del levantamiento revolucionario, general en jefe y ministro de la Guerra. La artillería de Baden, que tantas veces había demostrado sus excelencias, tenía bastantes oficiales más antiguos y más sólidos ante los cuales el joven y escolar teniente Sigel tenía que retroceder, y a quienes indignó no poco tener que obedecer a un joven desconocido, tan inexperto como falto de talento. Pero había un Brentano, lo bastante débil de cabeza y traidor para dejar que ocurriera todo lo que tenía que arruinar la revolución... La total incapacidad que Sigel ha demostrado en toda la campaña de Baden... Es notable, en todo caso, que Sigel abandonara a los soldados más valientes del ejército republicano en Rastatt y en la Selva Negra sin las tropas auxiliares prometidas, mientras él mismo se paseaba por Zúrich con las charreteras y el cabriolé del príncipe de Fürstenberg y se exhibía como interesante general en jefe desdichado. Esa es la conocida grandeza del político maduro que, con el legítimo amor propio de sus antiguas hazañas, se ha impuesto por segunda vez como general en jefe a la Asociación de Agitación. Ese es el gran conocido, el hermano de su hermano».

«Es realmente gracioso que gente así» (como la Asociación de Agitación) «reproche a otros sus medias tintas, nulidades políticas que no son nada, ni a medias ni del todo». «La ambición personal es todo el secreto de su base de principios». «La Asociación de Agitación como asociación solo tiene una importancia privada, como, por ejemplo, una tertulia literaria o un club de billar, y por tanto no tiene derecho a que se la tenga en cuenta ni a dar ningún mandato». «¡Vosotros mismos habéis echado los dados! Que se inicie a los no iniciados para que juzguen por sí mismos de qué espíritu sois hijos» (Correspondent de Baltimore).

Hay que decir aquí que estos señores, en su conciencia recíproca el uno del otro, casi han llegado a la autoconciencia.

XV

Entretanto, el comité financiero secreto de la «Emigración» había elegido su comité administrativo, compuesto por Kinkel, Willich y Reichenbach, y decidió entonces tomarse en serio el empréstito alemán. El estudiante Schurz fue enviado (como comunican la Schnellpost de Nueva York, la New-Yorker Deutsche Zeitung y el Correspondent de Baltimore a finales de 1851) a Francia, Bélgica y Suiza, y buscó allí a todos los viejos parlamentarios, regentes del Imperio,263 diputados de las Cámaras y demás hombres de nombre desaparecidos, olvidados y perdidos, hasta el difunto Raveaux, para que garantizaran el empréstito. Estos desdichados olvidados se apresuraron a dar su garantía a la empresa. ¿No era acaso la garantía del empréstito, si algo era, una garantía mutua de los cargos de gobierno in partibus, del mismo modo que los señores Kinkel, Willich y Reichenbach veían así garantizadas sus perspectivas para el futuro? ¿Y no estaban estos afligidos hombres de bien de Suiza tan empeñados en «organizar» y garantizar cargos, que desde hacía ya bastante tiempo habían regulado entre ellos por números la futura antigüedad para los puestos de gobierno, con lo que se armó un escándalo enojoso sobre quién había de tener los números 1, 2 y 3? En suma, el estudiante Schurz se trajo la garantía en el bolsillo, y se puso manos a la obra. Kinkel, es cierto, había prometido unos días antes, en una nueva reunión con la «Agitación», no promover un empréstito unilateral de la «Emigración»; pero precisamente por eso partió con las firmas de garantía y el poder de Reichenbach y Willich, supuestamente para colocar sus conferencias estéticas en el norte de Inglaterra, pero en realidad para embarcarse en Liverpool hacia Nueva York y conseguir en América, como Parsifal, el santo Grial, el oro democrático del partido.

Y ahora empieza la dulce, maravillosa, altisonante, inaudita, verídica y aventurera historia de las grandes luchas que la Emigración y la Agitación libraron a uno y otro lado del océano con encarnizamiento renovado y perseverancia indestructible, aquella cruzada de Gottfried en la que rivalizó con Kossuth264 y de la que, tras duras fatigas e innombrables tribulaciones, regresó por fin a su morada patria con el Grial en el saco.

Or, bei signori, io vi lascio al presente,
E se voi tornerete in questo loco,
Diró questa battaglia dov'io lasso
Ch'un'altra non fu mai di tal fracasso.
(Boiardo, canto 26)265

  1. Comienzo de El Mesías (1748-1773), epopeya religiosa de Friedrich Gottlieb Klopstock: «Canta, alma inmortal, la redención de los hombres pecadores». El añadido «por Gottfried Kinkel» es de Marx y Engels. ↩

  2. Gottfried Kinkel (1815-1882), teólogo protestante, poeta y profesor de historia del arte en Bonn; demócrata en 1848, combatió en la campaña por la Constitución del Imperio, fue herido y apresado en el Murg en junio de 1849 y condenado a prisión; Carl Schurz lo liberó de la fortaleza de Spandau en noviembre de 1850 y huyó a Londres, donde fue una de las figuras de la emigración pequeñoburguesa. ↩

  3. Adolf Strodtmann (1829-1879), escritor, discípulo de Kinkel en Bonn; participó en 1848 y emigró luego a Estados Unidos. ↩

  4. El título, Wahrheit ohne Dichtung, invierte el de la autobiografía de Goethe, Dichtung und Wahrheit («Poesía y verdad»). ↩

  5. Por Siegwart. Una historia de convento (1776), novela sentimental de Johann Martin Miller cuyo héroe, enfermo de amor, se convirtió en tipo del joven lacrimoso y exaltado. ↩

  6. Karl Heinrich Sack, Karl Immanuel Nitzsch y Friedrich Bleek, profesores de teología protestante en Bonn. ↩

  7. «Gran hombre en ciernes». ↩

  8. Philipp Konrad Marheineke (1780-1846), teólogo protestante de Berlín, hegeliano de derechas. ↩

  9. Goethe, Fausto, primera parte, escena «Gabinete de estudio». El verso que sigue en el párrafo siguiente es de la misma escena. ↩

  10. Alusión a las «Confesiones de un alma bella», libro VI de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe. ↩

  11. «Vanidad». ↩

  12. Las llaves {…} encierran, aquí y en adelante, pasajes tachados en el manuscrito. ↩

  13. Monte de las Siete Montañas, sobre el Rin, frente a Bonn. ↩

  14. Alusión a Génesis 32, 24-28: Jacob lucha con Dios hasta el alba y recibe el nombre de Israel. ↩

  15. El fámulo pedante y admirativo de Fausto en la tragedia de Goethe. ↩

  16. «Compañero de aventuras». ↩

  17. Wolfram von Eschenbach y Gottfried von Straßburg, los dos grandes poetas épicos alemanes de hacia 1200, autores de Parzival y Tristán. ↩

  18. Por el poeta August von Platen (1796-1835), cultivador de las formas clásicas y celoso de su gloria. ↩

  19. Profesor universitario sin plaza, que enseña con la habilitación y cobra de los derechos de matrícula. ↩

  20. Adelbert von Chamisso dirigía el Deutscher Musenalmanach; el poeta pietista Albert Knapp, el almanaque Christoterpe. ↩

  21. En el combate del Murg (29 de junio de 1849), donde Kinkel cayó prisionero con una herida leve en la cabeza. ↩

  22. El dios de la balada de Goethe «El dios y la bayadera» (1797), que baja a la tierra y se deja amar por una bayadera. ↩

  23. Hécuba, embarazada de Paris, soñó que daba a luz una antorcha que incendiaba Troya. ↩

  24. Christian Heinrich Spiess, Heinrich Clauren (seudónimo de Carl Heun) y Carl Gottlob Cramer, autores de novelas de caballerías, de fantasmas y sentimentales muy leídas a finales del siglo XVIII y principios del XIX. ↩

  25. Heinrich von Ofterdingen (1802), novela inacabada de Novalis, cuyo héroe, un trovador medieval, busca la «flor azul», símbolo del anhelo romántico. ↩

  26. Goethe, Xenias mansas. ↩

  27. «Meister Johannes Wacht», relato de E. T. A. Hoffmann. ↩

  28. Menschenhaß und Reue (1789), drama sentimental de August von Kotzebue. ↩

  29. Hegel, Fenomenología del espíritu, capítulo VI («El espíritu extrañado de sí mismo. La cultura»), sobre la conciencia noble y la conciencia vil. ↩

  30. «A tontas y a locas». ↩

  31. Johann Heinrich Jung, llamado Jung-Stilling (1740-1817), escritor pietista, autor de una célebre autobiografía; se casó tres veces. ↩

  32. Johanna Kinkel, de soltera Mockel (1810-1858), compositora y escritora; divorciada de su primer marido, el librero Mathieux, se casó con Kinkel en 1843. ↩

  33. Bettina von Arnim (1785-1859), escritora romántica, conocida por su libro de cartas Correspondencia de Goethe con una niña. ↩

  34. Aquí falta una palabra, ilegible por haberse tachado en el manuscrito. ↩

  35. En 1842 el Gobierno prusiano retiró a Bruno Bauer la licencia para enseñar teología en Bonn por su crítica de los Evangelios. ↩

  36. Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), predicador calvinista de Elberfeld, famoso por su elocuencia efectista. ↩

  37. «Nulidad sonora». ↩

  38. Carl Schurz (1829-1906), estudiante de Kinkel en Bonn, combatiente en Baden en 1849; en 1850 liberó a Kinkel de Spandau. Emigró en 1852 a Estados Unidos, donde fue general en la guerra civil, senador y ministro. ↩

  39. Gockel, Hinkel und Gackeleia, cuento de Clemens Brentano; Gockel es el gallo; Hinkel, la gallina; Gackeleia, su hija. Juego de palabras entre «Hinkel» y Kinkel. ↩

  40. Der Maikäfer, eine Zeitschrift für Nicht-Philister, hoja manuscrita del círculo literario fundado en Bonn en 1840 por Johanna Mockel y Kinkel, el Maikäferbund. Maikäfer es el escarabajo sanjuanero o abejorro de mayo. ↩

  41. El Göttinger Hainbund, sociedad de jóvenes poetas fundada en Gotinga en 1772 (Voss, Hölty, los Stolberg), vinculada al Sturm und Drang. ↩

  42. Novela de Goethe (1809). ↩

  43. Das Leben Jesu (1835-1836), de David Friedrich Strauss, punto de partida de la crítica de la religión de los jóvenes hegelianos. ↩

  44. La editorial J. G. Cotta, de Stuttgart y Tubinga, la de Goethe y Schiller; publicó las Gedichte de Kinkel en 1843. ↩

  45. Ferdinand Freiligrath (1810-1876), el poeta más popular de la revolución de 1848, redactor de la Neue Rheinische Zeitung; su libro Ça ira! (1846) y sus poemas de 1848-1849 le dieron fama de poeta revolucionario. ↩

  46. «Honrado y moderado». ↩

  47. Las elecciones de mayo de 1848 a la Asamblea Nacional prusiana de Berlín y a la Asamblea Nacional alemana de Fráncfort. ↩

  48. Böhnhasen: artesanos que trabajaban por su cuenta sin pertenecer al gremio. ↩

  49. Handwerk, errette dich! oder Was soll der deutsche Handwerker fordern und thun, um seinen Stand zu bessern? (Bonn, 1848). ↩

  50. Karl Georg Winkelblech (1810-1865), economista, que con el seudónimo de Karl Marlo defendía una organización gremial del trabajo; inspiró el congreso de maestros artesanos de Fráncfort del verano de 1848. ↩

  51. La Cámara baja elegida en febrero de 1849 conforme a la Constitución prusiana otorgada por el rey el 5 de diciembre de 1848; fue disuelta el 27 de abril de 1849. ↩

  52. Milicia territorial prusiana, formada por los reservistas. ↩

  53. Friedrich (Fritz) Anneke (1818-1872), ex teniente prusiano, miembro de la Liga de los Comunistas; en 1849 jefe de la artillería del Palatinado y de Baden; emigró luego a Estados Unidos. ↩

  54. Eco de un verso de La canción de la campana de Schiller: «Cuenta las cabezas de sus seres queridos». ↩

  55. Chiste: el Palatinado no tenía costa. ↩

  56. August Willich (1810-1878), ex teniente prusiano, jefe de un cuerpo de voluntarios en la campaña de Baden y el Palatinado de 1849, en el que Engels fue su ayudante; en 1850, con Schapper, dirigió la fracción que se escindió de la Liga de los Comunistas. Emigró en 1853 a Estados Unidos, donde fue general en la guerra civil. ↩

  57. El consejo de guerra de Rastatt, en agosto de 1849. ↩

  58. «Testigo». ↩

  59. La Abend-Post, diario democrático de Berlín, publicó el discurso en abril de 1850. ↩

  60. Eco de la canción de Mignon en Wilhelm Meister de Goethe: «Solo quien conoce el anhelo sabe lo que sufro». ↩

  61. Adolf Stahr (1805-1876), escritor y crítico liberal, autor de libros de viaje y de historia del arte. ↩

  62. El proceso ante el jurado de Colonia por el asalto al arsenal de Siegburg (mayo de 1849) se celebró a finales de abril y principios de mayo de 1850 y terminó con la absolución de Kinkel y de los demás acusados. ↩

  63. Según la leyenda, el trovador Blondel encontró al rey Ricardo Corazón de León, preso en Austria a su regreso de la tercera cruzada, cantando bajo las torres una canción que solo ellos dos conocían. ↩

  64. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta romántico francés, miembro del Gobierno provisional de febrero de 1848 y ministro de Asuntos Exteriores; tipo del poeta político declamador. ↩

  65. «Lumbrera del mundo». ↩

  66. La fuga se produjo en la noche del 6 al 7 de noviembre de 1850 con ayuda del carcelero Georg Brune, que fue condenado por ello. ↩

  67. La temporada de la alta sociedad londinense. ↩

  68. El semanario que dirigía Charles Dickens (1850-1859). ↩

  69. El edificio de hierro y cristal de la Exposición Universal de Londres de 1851. ↩

  70. Semanario de la emigración alemana de Londres (1851). ↩

  71. Ludwig Döbler (1801-1864), prestidigitador vienés célebre por sus proyecciones de «imágenes nebulosas» (dissolving views) con la linterna mágica. ↩

  72. Proyecciones de linterna mágica en que una imagen se funde en otra. ↩

  73. En mayo de 1852 expiraban en Francia los poderes del presidente Luis Bonaparte y debían elegirse un nuevo presidente y una nueva Asamblea; la democracia europea esperaba de esa fecha el estallido de la revolución. El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 frustró esas esperanzas. ↩

  74. Rudolph Schramm (1813-1882), publicista de Crefeld, presidente del club democrático de Berlín y diputado en la Asamblea Nacional prusiana en 1848; emigró a Londres y en los años sesenta se hizo partidario de Bismarck. No confundir con Konrad Schramm, miembro de la Liga de los Comunistas. ↩

  75. «Maniquí». ↩

  76. Diálogo de Diderot, que Goethe tradujo al alemán en 1805. ↩

  77. Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, jefe del Gobierno prusiano de marzo a junio de 1848. ↩

  78. Lorenz Brentano (1813-1891), abogado de Mannheim, jefe del Gobierno provisional de Baden en mayo-junio de 1849; emigró a Estados Unidos. ↩

  79. Gustav von Struve (1805-1870), abogado y publicista de Mannheim, uno de los jefes de las sublevaciones republicanas de Baden de abril y septiembre de 1848 y de 1849; emigró a Inglaterra y en 1851 a Estados Unidos. ↩

  80. Movimiento religioso surgido en 1844 que rompió con Roma y predicaba un cristianismo racionalista; su principal figura fue Johannes Ronge. ↩

  81. «El Espectador Alemán», semanario de Struve en Mannheim. ↩

  82. Karl von Rotteck (1775-1840), historiador liberal de Friburgo, autor de una Allgemeine Geschichte muy leída; con Karl Theodor Welcker editó el Staats-Lexikon, enciclopedia política del liberalismo del sur de Alemania. ↩

  83. Struve, Geschichte der drei Volkserhebungen in Baden (Berna, 1849). Las tres sublevaciones fueron la de Hecker en abril de 1848, la de Struve en septiembre de 1848 y la de mayo de 1849. ↩

  84. Le Moniteur universel, diario oficial francés. ↩

  85. «Boletín del Gobierno — Estado Libre Alemán — Libertad, bienestar, cultura». ↩

  86. Amalie Struve (1824-1862), mujer de Gustav, escritora; acompañó a su marido en las insurrecciones y escribió Erinnerungen aus den badischen Freiheitskämpfen (1850). ↩

  87. Amand Goegg (1820-1897), ministro de Finanzas del Gobierno provisional de Baden en 1849, emigrado luego a Londres. ↩

  88. James Fazy (1794-1878), jefe radical del Gobierno de Ginebra, que en 1849-1850 expulsó a muchos refugiados alemanes. ↩

  89. Carlos II de Brunswick (1804-1873), depuesto en 1830, vivía en Londres y financiaba la Deutsche Londoner Zeitung. ↩

  90. Arnold Ruge (1802-1880), joven hegeliano, editor de los Hallische Jahrbücher y los Deutsche Jahrbücher y, con Marx, de los Deutsch-Französische Jahrbücher (1844); diputado de la izquierda en el Parlamento de Fráncfort en 1848; emigrado en Londres desde 1849 y, más tarde, partidario de Bismarck. ↩

  91. En Prusia, los suboficiales con largos años de servicio tenían derecho a un empleo civil. ↩

  92. Ruge, miembro de las asociaciones estudiantiles (Burschenschaften), estuvo preso de 1824 a 1830 en Köpenick y Kolberg. ↩

  93. Georg Herwegh (1817-1875), poeta político, cuya mujer, Emma Siegmund, era hija de un rico banquero. ↩

  94. Juego con la jerga hegeliana: Ruge se casó con una mujer adinerada. ↩

  95. Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst (1838-1841) y, tras su traslado a Sajonia, Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft und Kunst (1841-1843), principal órgano de los jóvenes hegelianos; prohibidos en 1843. ↩

  96. Friedrich Nicolai (1733-1811), librero y escritor de la Ilustración berlinesa, campeón de un racionalismo chato, ridiculizado por Goethe y Schiller y por los románticos. ↩

  97. Juego entre Durchfall (diarrea) y durchschlagend («que se abre paso», «contundente»). ↩

  98. Hegel, Fenomenología del espíritu, capítulo V, apartado «El reino animal del espíritu y el engaño, o la cosa misma». ↩

  99. Robert Prutz (1816-1872), poeta y publicista liberal, colaborador de los Hallische Jahrbücher. ↩

  100. Atta Troll. Ein Sommernachtstraum (1843-1847), poema satírico de Heine contra la poesía de tendencia; el oso Atta Troll encarna al radical alemán bienpensante. Los versos que siguen son el epitafio del oso (capítulo XXIV). ↩

  101. Juego con Schnurre (chascarrillo) y schnurren (ronronear, zumbar). ↩

  102. En enero de 1845, el Gobierno de Guizot expulsó de Francia, a instancias de Prusia, a Marx y a otros colaboradores del Vorwärts! ↩

  103. «Sabio serio». Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior francés de 1840 a 1848. ↩

  104. Karl Heinzen (1809-1880), publicista radical, en su juventud soldado en las colonias holandesas y luego funcionario de Hacienda prusiano; adversario encarnizado de los comunistas, emigró en 1848 a Estados Unidos. ↩

  105. Rudolph Dulon (1807-1870), pastor de Bremen de los Amigos de la Luz (Lichtfreunde), corriente protestante racionalista; Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote fundador del catolicismo alemán; Fanny Lewald (1811-1889), novelista. ↩

  106. Otto Wigand (1795-1870), editor de Leipzig de los jóvenes hegelianos y del propio Ruge. ↩

  107. Diario de los demócratas pequeñoburgueses de París (1843-1850), dirigido por Ledru-Rollin y Flocon. ↩

  108. El pequeño ducado de Anhalt-Dessau se había dado en 1848 una Constitución democrática. ↩

  109. En octubre-noviembre de 1848, durante el asedio de la Viena insurrecta por las tropas de Windischgrätz. El general prusiano Friedrich von Wrangel ocupó Berlín el 10 de noviembre de 1848. ↩

  110. Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior prusiano desde noviembre de 1848 y jefe del Gobierno de 1850 a 1858. ↩

  111. Del 3 al 9 de mayo de 1849. ↩

  112. Friedrich Schütz, diputado del Parlamento de Fráncfort, y Karl Blind (1826-1907), publicista demócrata de Baden, enviados por el Gobierno de Brentano a París en junio de 1849. ↩

  113. Heinrich Bernhard Oppenheim (1819-1880), publicista demócrata, coeditor de la Reform de Berlín en 1848. ↩

  114. Alexandre Auguste Ledru-Rollin (1807-1874), jefe de la Montaña pequeñoburguesa en Francia; tras el fracaso del 13 de junio de 1849 huyó a Londres. ↩

  115. El 13 de junio de 1849, la Montaña convocó en París una manifestación contra la expedición francesa contra la República romana; disuelta por el ejército, sus jefes huyeron o fueron detenidos. ↩

  116. Según la tradición, Demóstenes arrojó el escudo y huyó en la batalla de Queronea (338 a. C.). ↩

  117. Semanario radical de Londres (1850-1860). ↩

  118. Karl Heinrich Brüggemann (1810-1887), redactor jefe de la Kölnische Zeitung de 1845 a 1855. ↩

  119. En el original Konfusius: Confucio y confusión. ↩

  120. En el original: «Wie Gustav das Gemüse, wie Gottfried das Gemüt», juego entre Gemüse (verdura) y Gemüt (ánimo, sentimiento). ↩

  121. Arnold von Winkelried, héroe legendario de la batalla de Sempach (1386), que se arrojó sobre las lanzas austriacas gritando: «Abriré un camino a la libertad» (der Freiheit eine Gasse). El original juega entre Gasse (calle, paso) y Gosse (arroyo, albañal). ↩

  122. «Pues cada uno era poderoso sin medida, / como oiréis en el canto siguiente». Boiardo, Orlando enamorado, canto XVII. ↩

  123. Rey sarraceno, tipo del fanfarrón, en el Orlando enamorado de Boiardo y el Orlando furioso de Ariosto; de él viene «rodomontada». ↩

  124. Isla del Rin cerca de Basilea. ↩

  125. Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849 y gobernador de Hungría en 1849; emigró y recorrió Inglaterra y Estados Unidos en 1851-1852 en busca de apoyos y dinero. ↩

  126. Sophiens Reise von Memel nach Sachsen (1769-1773), larguísima novela moralizante de Johann Timotheus Hermes. ↩

  127. La Asociación Central de Marzo (Märzverein), organización de los demócratas pequeñoburgueses fundada en Fráncfort en noviembre de 1848; la «revolución» alude a la campaña por la Constitución del Imperio de mayo-julio de 1849. ↩

  128. «Hombre membrudo», en italiano. ↩

  129. El principio del mal en la religión de Zoroastro. ↩

  130. Por el sermón del capuchino en El campamento de Wallenstein de Schiller, modelado sobre las prédicas de Abraham a Sancta Clara. ↩

  131. Ludwig Börne (1786-1837), publicista radical, maestro de la polémica política en prosa. ↩

  132. Del cuento de los hermanos Grimm «La mesa, el asno y el garrote» (Tischchen deck dich, Goldesel und Knüppel aus dem Sack), en el que un garrote mágico sale del saco y apalea a quien su dueño quiere. ↩

  133. Daniel O'Connell (1775-1847), abogado y caudillo del movimiento nacional irlandés. Billingsgate era el mercado de pescado de Londres, proverbial por el lenguaje de sus pescaderas. ↩

  134. «Triángulo isósceles», «paralelepípedo». ↩

  135. Die preußische Büreaukratie (Darmstadt, 1845). ↩

  136. Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal, autor de Preußen und Preußenthum (1839); diputado de Fráncfort en 1848. ↩

  137. En la Renania prusiana regía el derecho francés, con jurado para los delitos graves. ↩

  138. Juego con aneignen (apropiarse) y anschimpfen (insultar). ↩

  139. August Adolf Ludwig Follen (1794-1855), poeta y publicista, antiguo dirigente de las asociaciones estudiantiles, residente en Suiza desde 1821. ↩

  140. Johann Adam von Itzstein (1775-1855), jefe de la oposición liberal en la Cámara de Baden y diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩

  141. Deutsche Schnellpost, periódico alemán de Nueva York, que Heinzen dirigió a comienzos de 1848. ↩

  142. «El hombre de la víspera» o «el hombre del día siguiente», nunca «el hombre del día» ni menos aún «de la jornada» (en el sentido de jornada revolucionaria). ↩

  143. La maga del Orlando furioso de Ariosto, cuyo jardín encantado es lugar de placeres. ↩

  144. Karl Heinrich Schnauffer (1823-1854), poeta suabo, combatiente en Baden en 1849; emigró a Estados Unidos. Gelbveiglein, nombre suabo del alhelí amarillo. ↩

  145. Comité Central Democrático Europeo, fundado en Londres en junio de 1850 por Giuseppe Mazzini (1805-1872), jefe de los republicanos italianos, el francés Ledru-Rollin y el polaco Albert Darasz (1808-1852). Ruge se unió a él como representante alemán. ↩

  146. Le Proscrit. Journal de la République universelle, revista del Comité Central Europeo publicada en París en 1850. ↩

  147. Ernst Haug, ex oficial austriaco, que combatió en 1849 en la defensa de la República romana; emigrado en Londres. ↩

  148. «Hombre sin importancia». ↩

  149. Bête: «animal», «bestia». «Es el hombre de Mazzini». ↩

  150. «Precisamente por eso lo he cogido». ↩

  151. Heinrich Leo (1799-1878), historiador conservador de Halle, adversario de los jóvenes hegelianos. ↩

  152. «París bien vale una misa», frase atribuida a Enrique IV de Francia al convertirse al catolicismo. ↩

  153. In partibus infidelium, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos con título de diócesis situadas en países no cristianos, sin feligreses ni jurisdicción real. ↩

  154. «Miembro del Parlamento alemán». ↩

  155. «Solo cuesta el primer paso». ↩

  156. En el original Wasserpolacken, nombre despectivo de los polacos de la Alta Silesia. ↩

  157. Escaramuza del 8 de noviembre de 1850 en Bronzell (Hesse) entre tropas prusianas y bávaro-austriacas, durante el conflicto por el Electorado de Hesse; fue casi incruenta. ↩

  158. Hieronimus Jobs, héroe de la Jobsiade (1784) de Karl Arnold Kortum, poema cómico en el que el candidato a teólogo Jobs fracasa en el examen con respuestas disparatadas. ↩

  159. Probablemente por el baritus o barditus, el canto de guerra de los antiguos germanos según Tácito (Germania, 3). ↩

  160. «Golosina». ↩

  161. Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester, jefe del librecambismo y del movimiento por la paz. ↩

  162. El Congreso de la Paz de Fráncfort (agosto de 1850). Elihu Burritt (1810-1879), pacifista estadounidense; Heinrich Karl Jaup (1781-1860), político liberal de Hesse, presidente del congreso; Émile de Girardin (1806-1881), periodista francés; Ka-gi-ga-gi-wa-wa-be-ta (Kahgegagahbowh, llamado George Copway), predicador ojibwa que asistió al congreso. ↩

  163. Harro Harring (1798-1870), escritor y revolucionario errante nacido en la Frisia del Norte. ↩

  164. La emigración política alemana que siguió a la revolución de julio de 1830 y a las persecuciones de los «demagogos» tras la Fiesta de Hambach (1832) y el asalto a la guardia de Fráncfort (1833). ↩

  165. La península de Jutlandia, antigua patria de los cimbrios. ↩

  166. Knut Jungbohn Clement (1803-1873), historiador y lingüista frisón. ↩

  167. Para combatir en la guerra de independencia griega contra los turcos. ↩

  168. La toma de Varsovia por los rusos el 8 de septiembre de 1831, que puso fin a la insurrección polaca de 1830-1831. ↩

  169. Gran manifestación democrática y nacional celebrada del 27 al 30 de mayo de 1832 en el castillo de Hambach, en el Palatinado. ↩

  170. El sur de Jutlandia, es decir, el ducado de Schleswig. ↩

  171. El asalto a la guardia principal de Fráncfort del 3 de abril de 1833, intentona de estudiantes y conspiradores para desencadenar una insurrección. ↩

  172. La expedición de emigrados de febrero de 1834, organizada por Mazzini y mandada por el general Gerolamo Ramorino, que intentó sublevar la Saboya contra el rey de Cerdeña y fracasó en pocos días. ↩

  173. La «Joven Europa», asociación de las organizaciones nacionales republicanas (Joven Italia, Joven Alemania, Joven Polonia), fundada por Mazzini en Berna. ↩

  174. Los hermanos Attilio y Emilio Bandiera, oficiales venecianos de la marina austriaca, desembarcaron en Calabria en junio de 1844 para provocar una insurrección y fueron fusilados. ↩

  175. Giuseppe Garibaldi (1807-1882) combatió de 1836 a 1848 en Sudamérica, en Río Grande del Sur y en Uruguay. ↩

  176. «Francia despertada». ↩

  177. Los partidarios de la casa de Augustenburgo, pretendiente a los ducados de Schleswig y Holstein, que dirigían el movimiento nacional alemán en los ducados. ↩

  178. «Conspiración del silencio». ↩

  179. Alexander Schimmelpfennig (1824-1865), ex oficial prusiano, combatiente en el Palatinado y en Baden en 1849; Gustav Adolph Techow (1813-1890), ex teniente prusiano, jefe del estado mayor del ejército del Palatinado en 1849. Ambos emigraron más tarde a Estados Unidos y Australia, respectivamente. ↩

  180. «Movimientos mundanos», como en las crónicas de sociedad de la prensa inglesa. ↩

  181. Karl Schapper (1812-1870) y August Willich dirigían desde septiembre de 1850 la fracción escindida de la Liga de los Comunistas; Oswald Dietz, August Gebert y los demás eran miembros de ella. ↩

  182. Las conferencias de octubre de 1850 en Varsovia entre el zar y representantes de Austria y Prusia sobre la cuestión alemana. ↩

  183. Diario bonapartista de París. Fanon, Caperon y Gouté eran firmantes franceses del manifiesto. ↩

  184. «Dioses de las familias menores», es decir, de segundo orden. ↩

  185. «Serpientes», «sicarios», «degüellos». ↩

  186. «Los soldados más oscuros de la democracia». ↩

  187. Lothar Bucher (1817-1892), diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana en 1848, emigrado en Londres; más tarde colaborador de Bismarck. ↩

  188. David Hansemann (1790-1864), banquero de Aquisgrán, ministro de Hacienda prusiano en 1848, autor de la frase «en cuestiones de dinero se acaba la bonhomía» (bei Geldfragen hört die Gemütlichkeit auf). ↩

  189. «¡Por la restauración de la revolución!». ↩

  190. Louis Blanc (1811-1882), socialista pequeñoburgués francés, miembro del Gobierno provisional de 1848 y presidente de la Comisión del Luxemburgo; emigrado en Londres desde 1848. ↩

  191. Benedikt Waldeck (1802-1870) y Johann Jacoby (1805-1877), jefes de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana de 1848; Robert Blum (1807-1848), jefe de la izquierda del Parlamento de Fráncfort, fusilado en Viena; Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), Étienne Cabet (1788-1856) y Armand Barbès (1809-1870), revolucionarios y comunistas franceses. ↩

  192. En el original Ia-brüder: juego entre ja («sí») e ia, el rebuzno del asno. ↩

  193. Los delegados obreros de la Comisión del Luxemburgo, la comisión gubernamental «para los trabajadores» que presidió Louis Blanc de marzo a mayo de 1848. ↩

  194. Emmanuel Barthélemy (1820-1855), obrero blanquista, emigrado en Londres; partidario de Willich y Schapper; fue ahorcado en Londres en 1855 por un doble homicidio. ↩

  195. La prisión de Belle-Île-en-Mer, donde estaba preso Blanqui. El brindis, conocido como «Advertencia al pueblo», fue publicado por Marx y Engels en alemán y en inglés. ↩

  196. El conde Eduard von Reichenbach (1812-1869), demócrata silesio, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana en 1848; emigró a Londres y luego a Estados Unidos. ↩

  197. Karl Tausenau (1808-1873), demócrata vienés, jefe del Comité Central de las asociaciones democráticas de Viena en 1848; emigrado en Londres. ↩

  198. El «empréstito nacional italiano» de diez millones de francos lanzado por Mazzini en 1850 para financiar la revolución en Italia. ↩

  199. La asamblea de notables liberales y demócratas reunida en Fráncfort del 31 de marzo al 4 de abril de 1848, que preparó la elección del Parlamento de Fráncfort. ↩

  200. Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote católico silesio, fundador del catolicismo alemán; emigrado en Londres desde 1849. ↩

  201. Literalmente, «camino corto». ↩

  202. En 1844 Ronge publicó una carta abierta contra la peregrinación a la «túnica sagrada» de Cristo que se exhibía en Tréveris, que le valió la excomunión y una enorme popularidad. ↩

  203. Heinrich Eberhard Gottlob Paulus (1761-1851), teólogo racionalista de Heidelberg, y Wilhelm Traugott Krug (1770-1842), filósofo kantiano de Leipzig, ambos blanco de las burlas de Hegel por su chatura. ↩

  204. En el original Aufkläricht, cruce de Aufklärung (Ilustración) y Kehricht (basura), y Abspülicht, agua de fregar. ↩

  205. Alessandro Gavazzi (1809-1889), fraile barnabita, capellán de los voluntarios en 1848, predicador antipapal que arrastraba multitudes en Londres en 1851. ↩

  206. «Aburrido». ↩

  207. El ejército húngaro de Görgey capituló ante los rusos en Világos el 13 de agosto de 1849. Józef Bem (1794-1850), general polaco, mandó el ejército revolucionario húngaro en Transilvania. ↩

  208. Carl Göhringer, emigrado de Baden y partidario de Willich, tenía una taberna en Londres. ↩

  209. Joseph Maria von Radowitz (1797-1853), general y ministro prusiano, inspirador de la política de unión alemana de Prusia en 1849-1850. ↩

  210. «Dama áspera», en italiano; más abajo, con el mismo sentido, aspra donzella, «doncella áspera». ↩

  211. Hermann von Beckerath (1801-1870), banquero de Crefeld, liberal, ministro de Hacienda del Imperio en 1848. ↩

  212. Georg Wiss, médico y publicista alemán emigrado en Estados Unidos. ↩

  213. August Schärttner, de Hanau, combatiente en Baden en 1849, tenía en Londres una taberna en Long Acre, lugar de reunión de la fracción de Willich y Schapper. ↩

  214. «En público». ↩

  215. Eduard Meyen (1812-1870), publicista berlinés del círculo de los jóvenes hegelianos «Libres» de Berlín; tras 1848 emigró a Londres. ↩

  216. Antoine-Alexandre-Henri Poinsinet (1735-1769), dramaturgo francés, blanco de innumerables burlas por su credulidad; se ahogó en el Guadalquivir. ↩

  217. Goethe, notas a su traducción de El sobrino de Rameau de Diderot («Anmerkungen über Personen und Gegenstände, deren in dem Dialog Rameaus Neffe erwähnt wird»). ↩

  218. Theodor Mügge, Gustav Adolph Klein, Friedrich Zabel y Ludwig Buhl, literatos y periodistas berlineses del círculo de los «Libres». ↩

  219. En el original Meyenkäferverein, juego entre el nombre de Meyen y Maikäfer (abejorro); compárese con la Asociación del Abejorro de Kinkel (capítulo I). ↩

  220. La Mannheimer Abendzeitung. ↩

  221. «Hombre de Estado». ↩

  222. «Todos los géneros son buenos, salvo el aburrido». Voltaire, prefacio de L'Enfant prodigue. ↩

  223. «Es imposible». ↩

  224. Julius Faucher (1820-1878), publicista librecambista berlinés, de familia hugonote; emigrado en Londres de 1850 a 1861; luego diputado liberal en Prusia. ↩

  225. Personaje fanfarrón de Enrique IV y Enrique V de Shakespeare. ↩

  226. En Prusia, la ley de prensa obligaba a los periódicos políticos a depositar una fianza. ↩

  227. Franz Sigel (1824-1902), ex teniente de Baden, comandante en jefe y ministro de la Guerra de la revolución de Baden en 1849; emigró en 1852 a Estados Unidos, donde fue general en la guerra civil. ↩

  228. Véase el capítulo XIII. ↩

  229. Jean Victor Moreau (1763-1813), general de la Revolución francesa, que cruzó el Rin y combatió en la Selva Negra en las campañas de 1796 y 1800. ↩

  230. Joseph Fickler (1808-1865), periodista demócrata de Constanza, miembro del Gobierno provisional de Baden en 1849; emigró a Suiza, Inglaterra y Estados Unidos. ↩

  231. «Sustento». ↩

  232. Karl Mathy (1807-1868), liberal de Baden, que en abril de 1848 hizo detener a Fickler en la estación de Karlsruhe. ↩

  233. Friedrich Römer (1794-1864), jefe del Gobierno de Wurtemberg en 1848-1849, que en junio de 1849 dispersó con tropas el Parlamento de Stuttgart. ↩

  234. Periódico de Fickler en Constanza. ↩

  235. Amandus, en latín, «digno de ser amado». ↩

  236. «Mirada retrospectiva sobre la revolución de Baden». ↩

  237. «Al completo». ↩

  238. «¿Quién me dará la voz y las palabras / y un decir magnánimo y profundo? / Pues nunca cosa más fiera bajo el sol / se vio en todo el mundo entero; / las otras batallas fueron rosas y violetas, / al contar esta me confundo; / porque el valor y la gloria de la tierra / se enfrentan cara a cara en esta guerra». Matteo Maria Boiardo, Orlando enamorado. ↩

  239. La versión alemana de la estrofa figura en el texto de la MEW sin indicación de traductor. ↩

  240. «Llegadas distinguidas», como en las crónicas de sociedad de la prensa inglesa. ↩

  241. La disputa por las barbas del emperador (um des Kaisers Bart) es en alemán una disputa por una nadería. ↩

  242. La Batracomiomaquia, «guerra de las ranas y los ratones», parodia de la Ilíada; en el original Froschmäuslerkrieg, por el Froschmeuseler (1595) de Georg Rollenhagen. ↩

  243. Según la frenología de Gall, a cuyas doctrinas era aficionado Struve. ↩

  244. Wilhelm von Willisen (1790-1879), general prusiano y teórico militar de inspiración hegeliana; mandó en 1850 el ejército de Schleswig-Holstein. ↩

  245. Pedro el Ermitaño y Gualterio sin Haber (Gautier Sans-Avoir), jefes de la cruzada popular de 1096. ↩

  246. «Caballeros del diente», es decir, del morral. ↩

  247. «Caballero de fortuna». ↩

  248. En 1849-1850 el Gobierno francés acuarteló en Besanzón a refugiados alemanes, entre ellos parte del cuerpo franco de Willich. ↩

  249. Turpín, arzobispo legendario de Reims, a quien los poemas caballerescos italianos citan como fuente de sus historias. El conde de Brava es Orlando. ↩

  250. Ariosto, Orlando furioso, canto XXXV, estrofas 1-2. ↩

  251. Abraham a Sancta Clara (1644-1709), predicador agustino vienés, famoso por sus sermones burlescos y llenos de juegos de palabras. ↩

  252. Cicerón, De divinatione, II, 24, 51, recoge el dicho de Catón: se extrañaba de que un arúspice no se riera al ver a otro arúspice. ↩

  253. Mentor, en la Odisea, es el consejero de Telémaco, el joven hijo de Ulises. ↩

  254. (Nota de Marx y Engels.) «¡Ha llegado el Damm!»
    «¿Quién ha llegado?»
    «¡Ha llegado el Damm!»
    «¿Quién?»
    «El Damm, el Damm, ¿no conoce usted al Damm?» ↩

  255. «El pueblo menudo». ↩

  256. «Palabras», «obras». ↩

  257. Alusión al archiduque Juan, regente del Imperio (Reichsverweser) nombrado por el Parlamento de Fráncfort en 1848. ↩

  258. La batalla de los hunos (1834-1837), cuadro de Wilhelm von Kaulbach que representa la leyenda según la cual los espíritus de los caídos en la batalla de los Campos Cataláunicos siguieron combatiendo en el aire. ↩

  259. Guillermo de Prusia (1797-1888), hermano y heredero de Federico Guillermo IV, odiado por los demócratas como «príncipe de la metralla» por su papel en marzo de 1848 y en la represión de Baden en 1849; luego rey de Prusia y, desde 1871, emperador alemán. ↩

  260. Así en la MEW; probablemente errata por Willich. ↩

  261. Franz Raveaux (1810-1851), demócrata de Colonia, y Ludwig Simon (1819-1872), de Tréveris, diputados de la izquierda en el Parlamento de Fráncfort; Raveaux fue uno de los cinco regentes del Imperio elegidos por el Parlamento de Stuttgart en junio de 1849. ↩

  262. Alusión al manifiesto de paz de Ruge (capítulo VIII); la coleta (Zopf) es en alemán símbolo del espíritu retrógrado. ↩

  263. Los miembros de la regencia del Imperio que el Parlamento residual de Stuttgart eligió en junio de 1849. ↩

  264. En el invierno de 1851-1852, Kinkel y Kossuth recorrieron al mismo tiempo Estados Unidos para recaudar fondos para sus respectivos empréstitos revolucionarios. ↩

  265. «Ahora, buenos señores, os dejo por el momento, / y si volvéis a este lugar / os contaré esta batalla donde lo dejo, / que nunca hubo otra de tal estruendo». Boiardo, Orlando enamorado. ↩