Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 2 de noviembre de 1852 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3625, del 29 de noviembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 383-386), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 2 de noviembre de 1852
Vamos a seguir examinando las consecuencias políticas que inevitablemente pisan los talones a la actual prosperidad industrial y comercial.1
En medio de esta atmósfera de actividad industrial general, de tráfico comercial acelerado y de indiferencia política, los partidos parlamentarios, privados de toda presión desde fuera, consuman con toda tranquilidad el proceso de su propia disolución.
«Los peelistas y los russellistas se sienten en este momento atraídos unos por otros de la manera más extraña. Como esos inevitables "estadistas", los peelistas, no son capaces de sacar nada adelante solos, desean ahora ser admitidos en el clan de la familia gobernante. Véase solo cómo su órgano, el Morning Chronicle, elogia el discurso, completamente trivial, que lord Russell pronunció en Perth.»2
Así se expresa el Morning Herald, órgano semioficial del gobierno.
Justo lo contrario es lo cierto, dice el Guardian. Escúchese solo lo que dice el ministro de Comercio Henley en la maltería de Banbury a sus amigos agrarios:3
«Este partido», declara Henley, «tenía sus propios principios y se mantuvo fiel a ellos. Librecambio o proteccionismo era una cuestión abierta y solo el difunto sir Robert Peel la convirtió en cuestión de partido. Se expresa con todo respeto sobre los peelistas y opina que ya no existe ningún obstáculo serio para la unión del gran partido conservador».
Así hay que hacerlo, se acalora el Guardian: dejar caer el proteccionismo, y el conservadurismo revive. Dicho de otro modo, el Guardian cree que los peelistas están dispuestos —dejando aparte la cuestión de las leyes de cereales— a entrar en una alianza reaccionaria con los tories. Y el Daily News da como hecho consumado que una serie de peelistas se han pasado ya al campo de Derby. Pero también se sospecha de algunos whigs el mismo delito, y no tendría nada de extraño, dado que el núcleo aristocrático de este partido consiste en una camarilla de cazadores de cargos. Ahí está, por ejemplo, lord Dalhousie. Milord fue ministro con Peel, en el periodo liberal de su gobierno. Tras la caída de Peel, Russell le ofreció un puesto en su nuevo gabinete. Junto con el duque de Newcastle, lord St. Germans y otros miembros del gobierno anterior, apoyó en la Cámara de los Lores las maniobras de los whigs, y en pago fue nombrado, cuando quedó vacante el puesto, gobernador general de la India, el más espléndido de todos los premios de la lotería oligárquica.4 Supo sacar de él las mayores ventajas económicas. Los whigs se jactaron del sacrificio «nunca visto» que habían hecho al sustraer un puesto tan codiciado a su propia camarilla más íntima. El cebo que se le tiende ahora a lord Dalhousie es el gobierno de los Cinque Ports, una sinecura que rinde miles al año.5 Al parecer, el buen hombre no ha sido bendecido de cuna con muchos bienes y dinero, y, según se dice, considera su deber patriótico proteger los Cinque Ports contra sorpresas, aunque sea bajo un ministerio Derby.
Historias así de la crónica escandalosa, anécdotas así sobre el precio al que tal o cual whig se deja comprar y se pasa a los tories, se encuentran a docenas en la prensa semanal liberal. Dan testimonio de la profunda corrupción del partido whig, pero pierden importancia ante la escisión entre los dos jefes más destacados del partido, Russell y Palmerston.6 Hace ya algún tiempo habíamos sabido de hechos ocurridos en las últimas campañas electorales en los que la intervención de lord Palmerston en favor de candidatos ministeriales parecía, como decían los periódicos liberales, irresponsable. Y luego, un buen día, el propio órgano de Palmerston, el Morning Post, sale con un editorial que se refiere al rumor según el cual Palmerston entraría en el gabinete como ministro y jefe de la Cámara de los Comunes o, en caso de una rápida disolución del ministerio Derby, formaría un nuevo gabinete con aquellos fragmentos del antiguo que quizá no se hayan vuelto aún del todo «imposibles». El Morning Post, a quien estos rumores no desagradan en absoluto, declara que habla no en nombre de lord Palmerston, sino en el suyo propio y privado. Palmerston, sin embargo, a pesar de todas las exigencias apremiantes, e incluso importunas, de la prensa whig y de los periódicos liberales, no juzga oportuno desmentir la noticia calumniosa. El Morning Chronicle de los peelistas recoge estos rumores en un tono que muestra claramente que Gladstone y compañía7 no sentirían ningún horror vacui si se llevaran a cabo amalgamas de esa clase. El Daily News, periódico de los hombres de Manchester, descubre esta circunstancia y exige indignado que los traidores de entre los whigs y los peelistas se unan abiertamente a Derby. Se ve, pues, cómo cada una de las camarillas parlamentarias que, una tras otra, han tenido en sus manos el timón político desconfía de todas las demás y también de sus propios miembros, cómo se acusan mutuamente de deserción, de corrupción, de pactismo, y cómo, sin embargo, una por una y todas juntas reconocen que, dejando aparte las leyes de cereales, a su unión con los hombres de Derby no se opone en realidad nada más que el rencor personal y la ambición personal. Ocupan respecto de Derby aproximadamente la misma posición que el año pasado, antes del 2 de diciembre, ocupaban los diversos grupos del partido del orden respecto de Bonaparte.8
Es fácil explicar que la oposición afronte con bastante pusilanimidad la próxima campaña parlamentaria.
El pequeño John Russell recibió la ciudadanía de honor de Perth en un pequeño estuche y dio las gracias, después de un banquete gigantesco, con un pequeño discurso cuya parte más importante era la siguiente declaración:
«En justicia estamos obligados, y también, creo, nos lo aconseja una política prudente, a esperar hasta que se adopten medidas por las que los intereses agrícolas, coloniales y navieros reciban las compensaciones que hasta ahora se les han negado injustamente» (risas), «excelentes medidas que han de poner fin a una larga lucha».
El único diario de que dispone todavía Russell, The Globe (un periódico de la tarde), hace a este propósito el siguiente comentario: «Toda oposición del tipo de la que se hizo en 1835 contra sir R. Peel fracasaría inevitablemente»,9 y eso a causa de la rivalidad de los jefes liberales entre sí. Por eso se ha abandonado también por completo el intento de derribar el gabinete Derby desde el comienzo de la sesión mediante un voto compacto de la oposición coaligada, y lord John Russell sigue fiel a su papel tocando el primero a retirada. Sobre las perspectivas generales de la oposición parlamentaria, su jefe Joseph Hume hace en una carta al Hull Advertiser la siguiente confesión:
«Según mi experiencia hasta ahora con los diputados irlandeses de la Cámara de los Comunes, apenas puede verse en ellos un material apto para que un jefe lo moldee y lo mantenga en posición. Los diputados irlandeses son demasiado exaltados, de sangre demasiado caliente, están demasiado penetrados de los sufrimientos y las penalidades de Irlanda. Hasta ahora, que yo sepa, no se ha emprendido nada para lograr la unión de aquellos liberales que tienen dudas sobre los actos del ministerio Derby. Y cuando tengo presentes las huecas protestas de aquellos hombres que fueron los predecesores de lord Derby» (los whigs), «y pienso cómo prefieren abandonar la partida antes que proponer a los reformadores una alianza y servir así lealmente a la causa del pueblo, no puedo tener verdadera confianza en las medidas que puedan emprender para fomentar la unión de los partidos. Me temo que hay que abandonarlos a sí mismos y a su eterna palabrería, mientras los hombres de Derby cometen en el gobierno abusos de toda clase para fomentar su propia causa y favorecer a sus propios partidarios. Y las cosas seguirán así durante bastante tiempo antes de que haya siquiera posibilidad de formar un partido popular.»
John Bright, cabeza en este momento de la escuela de Manchester, intentó, es cierto, en un discurso tras un banquete con los fabricantes de Belfast, reparar con halagos lo que Joseph Hume había estropeado con sus ataques a los irlandeses.10 Pero la cosa es así: en todo lo que toca a la disciplina parlamentaria, la autoridad la tiene «Old Joe».
Así pues, la oposición parlamentaria desespera por completo de sí misma.
Sí, la vieja oposición parlamentaria ha sobrevivido hasta tal punto a su tiempo que su Néstor, Hume, al final de su larga carrera, declara públicamente que en la Cámara de los Comunes no hay ningún «partido popular». Lo que siempre se llamó así no fue otra cosa que una «cuerda de arena».
Así que en el campo de la oposición no hay más que disolución general, debilidad e impotencia generales.
Karl Marx
Véase el artículo anterior, «Las consecuencias políticas del paroxismo comercial». ↩
Los peelistas: los conservadores librecambistas que siguieron a Robert Peel en la derogación de las leyes de cereales (1846). Los russellistas: los whigs de lord John Russell (1792-1878), primer ministro de 1846 a febrero de 1852. ↩
Joseph Warner Henley (1793-1884), presidente de la Junta de Comercio en el gobierno de Derby. Véase «Pauperismo y librecambio». ↩
James Andrew Broun-Ramsay, conde (luego marqués) de Dalhousie (1812-1860), presidente de la Junta de Comercio con Peel, gobernador general de la India desde 1848. Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle (1811-1864), y Edward Eliot, conde de St. Germans (1798-1877), peelistas. ↩
Los Cinque Ports («Cinco Puertos»), antigua confederación de puertos de la costa de Kent y Sussex; su cargo de gobernador (Lord Warden), honorífico, había quedado vacante con la muerte de Wellington. ↩
Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), ministro de Asuntos Exteriores whig, destituido por Russell en diciembre de 1851; en febrero de 1852 contribuyó a derribar al gobierno de Russell. ↩
William Ewart Gladstone (1809-1898), entonces peelista. ↩
El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. El partido del orden: la coalición de orleanistas y legitimistas en la Asamblea Nacional francesa de 1849-1851. ↩
En 1835 los whigs, los radicales y los irlandeses de O'Connell se coaligaron contra el primer gobierno de Peel y lo derribaron en abril de ese año. ↩
John Bright (1811-1889), fabricante de Rochdale y, con Cobden, jefe de la escuela de Manchester. ↩