Escrito por Karl Marx en inglés en Londres el 27 de agosto de 1852 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3558, del 11 de septiembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 358-363), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 27 de agosto de 1852

Voy a examinar ahora el resultado de las últimas elecciones generales.1

Si reunimos bajo el concepto de oposición a whigs, librecambistas y peelitas y los contraponemos en conjunto a los tories, vemos que el nuevo Parlamento expresa claramente, en términos puramente estadísticos, el gran antagonismo entre ciudad y campo que ya señalamos antes.

En Inglaterra fueron elegidos en los distritos urbanos 104 ministeriales y 215 opositores, pero en los rurales 109 ministeriales y solo 32 opositores. De los distritos rurales, baluarte de los tories, hay que descontar los más ricos e influyentes: el West Riding de Yorkshire, el sur de Lancashire, Middlesex, el este de Surrey y otros, a los que corresponden cuatro de los diez millones de población rural en total, aparte de las ciudades de esos distritos que envían diputados al Parlamento.

En Gales el resultado de las elecciones en las ciudades es directamente opuesto al del campo: las ciudades eligieron 10 opositores y 3 ministeriales; el campo, 11 ministeriales y 3 opositores.

En Escocia la diferencia se manifiesta con la mayor claridad. Frente a los 25 opositores elegidos por las ciudades no hay ni un solo ministerial. El campo envió 14 ministeriales y 13 opositores.

En Irlanda la proporción es distinta que en el resto de Gran Bretaña. En Irlanda el partido nacional es más fuerte en el campo, donde la población está más directamente bajo la influencia del clero católico, mientras que en las ciudades del norte predominan los elementos ingleses y protestantes. La verdadera sede de la oposición está allí, por tanto, en el campo, aunque con el actual sistema electoral esto no pueda manifestarse de un modo tan llamativo. En Irlanda las ciudades enviaron al Parlamento 14 ministeriales y 25 opositores; el campo, 24 ministeriales y 35 opositores.

Si se me pregunta ahora qué partido ganó en realidad las elecciones, la respuesta es que, en realidad, todos ellos derrotaron a los tories, pues los tories, a pesar del soborno y la intimidación, a pesar del apoyo del gobierno, están a todas luces en minoría. Los datos más fiables dan 290 ministeriales, 337 liberales u opositores unidos y 27 resultados dudosos. Aun sumando estos 27 dudosos a los ministeriales, les queda a los liberales una mayoría de 20. Y eso que los tories contaban con una mayoría de por lo menos 336. Pero, aun prescindiendo de la minoría numérica, los tories sufrieron una derrota por el mero hecho de que sus hombres principales se vieron obligados a renegar de sus propios principios proteccionistas. De los 290 partidarios de Derby,2 20 se pronunciaron contra toda protección arancelaria, y de los 270 restantes, muchos, incluso el propio Disraeli,3 contra los aranceles sobre los cereales.

Lord Derby había asegurado en sus declaraciones parlamentarias que solo emprendería otra política comercial si podía apoyarse en una gran mayoría. Tan poco preparado estaba para encontrarse en minoría. Así pues, si el resultado electoral está muy lejos de responder a las optimistas esperanzas de los tories, les ha sido, en cambio, mucho más favorable de lo que la oposición esperaba.

Ningún partido ha sufrido una derrota tan seria como los whigs, y precisamente donde reside la verdadera fuerza de este partido: en sus antiguos ministros. La masa de los whigs comparte en parte las opiniones de los librecambistas y en parte las de los peelitas. Pero lo que de verdad determina la vida del partido whig inglés es su jefe oficial. Ahora bien, el jefe del último ministerio whig, lord John Russell, ha sido reelegido en la City de Londres; pero en la elección de la City de 1847 el señor Masterman (tory) obtuvo 415 votos menos que lord Russell. En 1852 obtuvo 819 votos más que lord Russell y tiene, en total, el mayor número de votos. Once miembros del antiguo gobierno whig han sido expulsados de su escaño en el Parlamento, a saber: sir W. G. Craig, lord del Tesoro; R. M. Bellew, lord del Tesoro; sir D. Dundas, abogado general de Escocia; sir G. Grey, ministro del Interior; J. Hatchell, fiscal de la Corona para Irlanda; J. Cornewall Lewis, secretario del Tesoro; lord C. E. Paget, secretario del jefe de Artillería; J. Parker, secretario del Almirantazgo; sir W. Somerville, secretario de Estado para Irlanda; el almirante Stewart, lord del Almirantazgo; y a estos se añade todavía el señor Bernal, hasta ahora presidente de las comisiones. En una palabra, desde la promulgación de la ley de reforma4 nunca habían sido derrotados los whigs de manera tan aplastante.

Los peelitas, que ya en el Parlamento anterior estaban representados en número muy escaso, se han reducido a un grupo todavía más insignificante, y algunos de sus hombres más importantes han perdido sus escaños, como, por ejemplo, Cardwell, Ewart (ambos por Liverpool), Greene (por Lanark), lord Mahon (por Hertford), Roundell Palmer (por Plymouth), etc. La mayor sensación la causó la derrota de Cardwell, no solo por la importancia de la ciudad que representaba, sino también por sus relaciones personales con el difunto sir R. Peel, de quien es albacea literario junto con lord Mahon. Cardwell perdió porque apoyó la abolición de las Leyes de Navegación5 y no se sumó al grito de «No Popery!».6 Y en Liverpool los partidarios de la Iglesia oficial y del gobierno influyeron extraordinariamente en las elecciones.

«Esta comunidad tan atareada y tan ávida de hacer dinero», observó con este motivo un periódico librecambista, «tiene poco tiempo para cultivar sentimientos religiosos; por eso tiene que confiar en el clero y se convierte así en instrumento en sus manos.»

A ello se suma que los electores de Liverpool no son, como los de Manchester, simplemente «hombres», sino gentlemen, y es característico de la vieja tendencia ortodoxa que para ella no exista un gentleman sin religión.

Los librecambistas, por último, también han perdido en estas elecciones algunos de sus nombres más conocidos: en Bradford, el coronel Thompson7 (alias Old Mother Goose),8 uno de los viejos y conocidos heraldos del librecambio de palabra y por escrito; en Oldham, W. J. Fox,9 uno de sus agitadores más célebres y de sus oradores más ingeniosos. En Manchester, plaza fuerte del partido, incluso Bright y Gibson10 solo vencieron a sus adversarios whigs por una mayoría muy escasa. Naturalmente, con el actual sistema electoral la escuela de Manchester no puede contar con una mayoría parlamentaria, ni cuenta con ella. Pero durante años había presumido de que, con tal de que se apartara a los whigs y volvieran los tories al gobierno, desplegaría una agitación colosal y realizaría quién sabe qué hazañas heroicas. En lugar de eso, la hemos visto en estas elecciones ir de nuevo modestamente de la mano de los whigs, y eso por sí solo equivale a una derrota moral.

Pero si ninguno de los partidos oficiales ha obtenido una victoria, y si en cambio todos han sido derrotados por turno, la nación británica puede consolarse con que una determinada profesión, ya que no un determinado partido, está representada en el Parlamento de manera más imponente que nunca. Son los juristas. En la Cámara de los Comunes se sientan más de cien, y semejante número de jurisconsultos quizá no augure nada bueno para el futuro: ni para que un partido alcance sus fines en el Parlamento, ni para que un Parlamento logre que la nación reconozca sus decisiones.

Estas cifras no dejan lugar a dudas de que la oposición en su conjunto dispone frente a los tories de una mayoría negativa. Actuando de común acuerdo, puede echar abajo al ministerio en los primerísimos días después de que se reúna el Parlamento. Pero ella misma es incapaz de formar de entre sus filas un gobierno estable. Serían necesarias de nuevo la disolución y unas elecciones generales; y unas nuevas elecciones, a su vez, solo harían necesaria otra disolución. Para salir de este círculo vicioso hace falta una reforma del Parlamento. Pero unos partidos anticuados y un Parlamento nuevo preferirán aguantar incluso un gobierno tory antes que decidirse a una hazaña tan heroica.

Considerando cada partido por separado, los tories siguen siendo la fracción más fuerte del Parlamento, aunque frente a la oposición unida sean una minoría. Además, están atrincherados tras los baluartes de los cargos, tienen detrás un ejército bien disciplinado, compacto y bastante homogéneo, y saben demasiado bien que, si pierden esta vez, su juego habrá terminado para siempre. Frente a ellos se alza una coalición de cuatro ejércitos, cada uno a las órdenes de un jefe distinto, cada uno un conglomerado inestable de fracciones heterogéneas, dividido por intereses, principios, tradiciones y pasiones heterogéneos, todos en rebelión contra una disciplina parlamentaria incondicional, cada uno celosamente atento a defender sus pretensiones frente a todos los demás.

El número de representantes de los distintos partidos de la oposición en el Parlamento no corresponde, como es natural, en modo alguno al número de sus partidarios en todo el país. Así, los whigs siguen formando en el Parlamento la masa principal de la oposición, el núcleo en torno al cual se ordenan los demás grupos. Eso es tanto más peligroso cuanto que este partido, que se figura que siempre ha de estar a la cabeza de la administración del Estado, está mucho más interesado en negar a sus aliados el apoyo en la lucha por sus pretensiones que en derrotar al enemigo común. La segunda fracción de la oposición, la de los peelitas, cuenta 38 miembros y está dirigida por sir J. Graham, S. Herbert y Gladstone,11 y Graham especula con una alianza con los hombres de Manchester. Él mismo aspira demasiado a ser primer ministro para sentir la menor inclinación a ayudar a los whigs a recuperar su viejo monopolio del gobierno. Por otra parte, muchos peelitas comparten las opiniones conservadoras de los tories, mientras que los liberales solo pueden contar firmemente con su apoyo en las cuestiones de política comercial.

«En muchas otras cuestiones», escribe un periódico liberal, «les será fácil a los ministros formular sus medidas de modo que puedan asegurarse una gran mayoría de los peelitas.»

Los librecambistas por excelencia están representados, con 113 diputados según se dice, con más fuerza que en el último Parlamento. La lucha con los tories los empujará más adelante de lo que a los whigs, con su política cautelosa, les parecerá aconsejable.

La brigada irlandesa, por último, con unos 63 hombres, que desde la muerte del rey Dan12 no se tambalea precisamente bajo el peso de sus laureles, está sin embargo numéricamente muy bien situada para ser el fiel de la balanza; con el partido de la oposición británica no comparte nada salvo el odio a Derby. En el Parlamento británico representa a Irlanda contra Inglaterra. Ningún partido del Parlamento podría contar con seguridad con su apoyo en una campaña larga.

Resumamos en pocas palabras el resultado de este examen: frente a los tories hay ciertamente una mayoría negativa, pero ningún partido que pueda tomar el timón del Estado en su lugar; su caída traería necesariamente consigo una reforma del Parlamento; disponen de un ejército de partidarios compacto, homogéneo y disciplinado y ocupan los cargos de gobierno más importantes; la oposición es un conglomerado de cuatro agrupaciones diferentes, y los ejércitos de coalición siempre se baten mal y siempre maniobran con torpeza; incluso la mayoría negativa solo es de 20 a 30 votos, y una cuarta parte del Parlamento, 173 miembros, son nuevos y esquivarán temerosos todo lo que pueda poner en peligro sus escaños, que tan caros les han costado. Llegamos así forzosamente a la conclusión de que los tories serán lo bastante fuertes, no para vencer, pero sí para llevar las cosas a una crisis. Y parecen decididos a ello. El miedo a esa crisis, que revolucionaría a toda la Inglaterra que se ofrece a la vista con sus cargos y dignidades, habla en cada línea de la prensa diaria y semanal de Londres. El Times, el Morning Chronicle, el Daily News, el Spectator, el Examiner: todos levantan un gran griterío, porque todos están llenos de miedo. Lo que más les gustaría sería sacar a los tories del gobierno a fuerza de argumentos, con una crítica afilada, y evitar así la crisis. Pero el conflicto se les vendrá encima a pesar de toda la crítica afilada y de toda la indignación moral.

Karl Marx

  1. Las elecciones generales de julio de 1852, convocadas por el gabinete tory de lord Derby, que gobernaba en minoría desde febrero. ↩

  2. Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido tory proteccionista y primer ministro de febrero a diciembre de 1852. ↩

  3. Benjamin Disraeli (1804-1881), canciller del Exchequer en el gabinete Derby. ↩

  4. La reforma electoral de 1832. ↩

  5. Las Leyes de Navegación, que reservaban a los barcos ingleses buena parte del comercio con Gran Bretaña y sus colonias, fueron derogadas en 1849. ↩

  6. «¡Abajo el papismo!», grito de la agitación anticatólica que el gabinete Derby atizó durante la campaña electoral. ↩

  7. Thomas Perronet Thompson (1783-1869), militar y economista, propagandista de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  8. «La vieja Mamá Ganso», la narradora legendaria de los cuentos y canciones infantiles. ↩

  9. William Johnson Fox (1786-1864), predicador, periodista y orador de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  10. John Bright y Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputados por Manchester y jefes de la escuela de Manchester. ↩

  11. Sir James Graham (1792-1861), Sidney Herbert (1810-1861) y William Ewart Gladstone (1809-1898), antiguos ministros de Peel. ↩

  12. Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento nacional irlandés por la derogación de la unión con Gran Bretaña, apodado King Dan. ↩