Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 15 de octubre de 1852 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3601, del 1 de noviembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 367-373), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 15 de octubre de 1852
El señor Henley, ministro de Comercio,1 explicó hace poco en una maltería de Banbury a sus amigos agrarios allí reunidos que el pauperismo había disminuido solo por razones que nada tenían que ver con el librecambio, y ante todo por la hambruna de Irlanda, los hallazgos de oro de ultramar, la emigración irlandesa, la gran demanda de tonelaje británico que esta había provocado, etc., etc.2 Hemos de admitir que «la hambruna» es un remedio tan radical contra el pauperismo como el arsénico contra las ratas.
«Al menos», observa el Economist de Londres,3 «los tories tendrán que reconocer la prosperidad actual y su resultado natural, los asilos de pobres vacíos».
El Economist trata luego de demostrar a ese escéptico ministro de Comercio que los asilos se han vaciado únicamente gracias al librecambio y que, si se dejara desarrollarse libremente al librecambio, probablemente desaparecerían por completo del suelo británico. Por desgracia, la estadística del Economist no demuestra lo que pretende demostrar.
Como es sabido, la industria y el comercio de nuestro tiempo recorren fases periódicas de cinco a siete años, en las que pasan con regularidad, uno tras otro, por distintos estadios: la calma, seguida de reanimación, confianza creciente, mayor actividad de los negocios, prosperidad, paroxismo, expansión excesiva, crac, contracción, estancamiento, penuria y, por último, de nuevo la calma.
Retengamos esto antes de volver ahora a la estadística del Economist. En 1834 el importe de la asistencia a los pobres ascendía a 6.317.255 libras esterlinas; bajó hasta 1837 a un mínimo de 4.044.741 libras. A partir de entonces volvió a subir cada año hasta 1843, cuando alcanzó la cifra de 5.208.027 libras. En 1844, 1845 y 1846 bajó de nuevo a 4.954.204 libras, luego subió y en 1848 volvía a ser de 6.180.764 libras, casi tanto como en 1834, antes de la introducción de la nueva ley de pobres.4 En 1849, 1850, 1851 [y 1852] bajó otra vez a 4.724.619 libras. Pero el periodo de 1834 a 1837 fue de prosperidad; el de 1838 a 1842, de crisis y estancamiento; de 1843 a 1846, otra vez de prosperidad; 1847 y 1848, de crisis y estancamiento, y de 1849 a 1852, una vez más de prosperidad.
¿Qué demuestra, pues, esta estadística? En el mejor de los casos, solo la tautología trivial de que el pauperismo británico, al margen del librecambio o del proteccionismo, sube y baja con los periodos alternos de estancamiento y prosperidad. Más aún: en 1852, año de librecambio, encontramos que las sumas pagadas en asistencia a los pobres son 679.878 libras más altas que en 1837, año proteccionista, pese a la hambruna irlandesa, a las pepitas de oro australianas y a la emigración incesante.
Otro periódico librecambista británico intenta demostrar que el librecambio aumenta la exportación, que la exportación aumenta la prosperidad y que, gracias a la prosperidad, el pauperismo tiene que disminuir y acabar por desaparecer del todo. Las cifras siguientes deben demostrarlo. El número de personas aptas para el trabajo condenadas a vivir de la asistencia a los pobres era, a
1 de enero de 1849, en 590 distritos de pobres: 201.644
1 de enero de 1850, en 606 distritos de pobres: 181.159
1 de enero de 1851, en 606 distritos de pobres: 154.525
Si comparamos con ello la estadística de exportación, encontramos para las manufacturas británicas e irlandesas las cifras siguientes:
1848 .......... 48.946.395 libras esterlinas
1849 .......... 58.910.883 libras esterlinas
1850 .......... 65.756.032 libras esterlinas
¿Qué demuestra ahora este cuadro? El aumento de la exportación en 9.964.488 libras redimió del asilo en 1849 a más de 20.000 personas; en 1850 el aumento de la exportación en 6.845.149 libras trajo la redención a 26.634 personas. Aun suponiendo que el librecambio pudiera eliminar por completo los ciclos industriales con todas sus vicisitudes, la redención de todos los pobres aptos para el trabajo exigiría bajo el sistema actual un nuevo aumento de la exportación de 50.000.000 de libras al año, es decir, de casi el 100 por ciento. ¡Y estos sobrios estadísticos burgueses se atreven a hablar de «utopistas»! ¡En verdad, no hay mayores utopistas que estos optimistas burgueses!
Tengo delante los documentos que acaba de publicar la autoridad suprema de la asistencia a los pobres.5 Demuestran, desde luego, que respecto de 1848 y 1851 hay que registrar una disminución del número de pobres. Pero de esos mismos documentos se desprende también que de 1841 a 1844 hubo por término medio 1.431.571 pobres, y de 1845 a 1848, 1.600.257. En 1850 recibieron asistencia, dentro y fuera de los asilos, 1.809.308 pobres; en 1851 fueron 1.600.329, es decir, más que la media de los años 1845 a 1848. Si comparamos estas cifras con la población comprobada por el censo, encontramos que en los años 1841 a 1848 había 89 pobres por cada mil habitantes, y en 1851, 90. Así pues, el pauperismo ha aumentado en realidad por encima de la media de 1841 a 1848, y eso, nótese bien, a pesar del librecambio, de la hambruna y de la prosperidad, a pesar de las pepitas de oro australianas y de la emigración incesante.
De paso puedo mencionar también que el número de delincuentes ha aumentado igualmente, y una ojeada a The Lancet, una revista médica, muestra que la adulteración y el envenenamiento de los alimentos han ido hasta ahora al mismo paso que el librecambio. The Lancet, que descubre sin cesar nuevos misterios, provoca cada semana un nuevo pánico en Londres. La revista ha formado toda una comisión investigadora de médicos, químicos, etc., para examinar los alimentos que se venden en Londres.6 Y los informes dicen siempre que todo está adulterado y envenenado: el café, el té, el vinagre, la pimienta, los encurtidos, etc. Los métodos de la política comercial burguesa, tanto el librecambio como el proteccionismo, son por supuesto igual de incapaces de suprimir estos hechos, que no son sino los resultados naturales y necesarios de la base económica de la sociedad burguesa. Y la existencia de un millón de pobres en los asilos británicos está tan inseparablemente unida a la prosperidad británica como la existencia de 18 a 20 millones en oro en el Banco de Inglaterra.
Esto hay que dejarlo sentado de una vez por todas frente a los fantasiosos burgueses que, por una parte, presentan como resultado del librecambio lo que no es más que el acompañamiento necesario de todo periodo de prosperidad en los ciclos comerciales, o que, por otra, esperan de la prosperidad burguesa cosas que esta no puede producir en modo alguno. Dejado esto sentado de una vez por todas, no cabe ninguna duda de que el año 1852 es uno de los años de prosperidad más notables de que jamás ha disfrutado Inglaterra. La cuantía de los ingresos públicos, a pesar de la abolición del impuesto sobre las ventanas,7 las cifras de tonelaje de los informes de navegación, las listas de exportación, las cotizaciones del mercado de dinero y, sobre todo, la marcha de los negocios en los distritos fabriles, nunca vista hasta ahora, todo ello atestigua este hecho de manera irrefutable.
Incluso quien solo esté muy superficialmente familiarizado con la historia del comercio desde comienzos del siglo XIX estará convencido de que no está lejos el momento en que el ciclo comercial entre en el periodo del paroxismo, para pasar de él a la sobreespeculación y al crac. «Nada de eso», gritan los optimistas burgueses. «En ningún periodo de prosperidad anterior ha habido tan poca especulación como en el actual. Nuestra prosperidad actual se basa en la producción de artículos de utilidad inmediata, que se consumen casi tan deprisa como aparecen en el mercado, que proporcionan al fabricante un beneficio razonable y que estimulan una producción renovada y ampliada.»
Dicho de otro modo: lo que distingue al periodo de prosperidad actual es el hecho de que el excedente de capital existente se ha lanzado y se sigue lanzando directamente a la producción industrial. Según el último informe del inspector jefe de fábricas, el señor Leonard Horner,8 en 1851 el número de caballos de fuerza aumentó en 3.717 solo en las fábricas de algodón. Enumera una serie casi interminable de fábricas que están en construcción. Aquí una hilandería de 150 caballos de fuerza, allí una tejeduría con 600 telares para tejidos de color, acá otra hilandería de 60.000 husos y 620 caballos de fuerza, otra hilandería y tejeduría de 200, una quinta de 300 caballos de fuerza, etc. La mayor de todas las instalaciones fabriles, sin embargo, se está levantando ahora en Bradford (Yorkshire) para la fabricación de alpaca y tejidos mixtos.
«La magnitud de esta instalación, que hace construir el señor Titus Salt,9 puede medirse por el hecho de que está calculada para una superficie de seis acres.10 El edificio principal será una construcción maciza de piedra de una arquitectura bastante ambiciosa, cuya nave única tendrá 540 pies de largo. Solo se emplearán máquinas de valor reconocido y de invención más reciente. Las máquinas de vapor que han de poner en movimiento esta enorme masa de máquinas las fabricará la casa Fairbairn de Manchester,11 y se calcula que tendrán una potencia de 1.200 caballos de fuerza. Solo la instalación de gas equivaldrá a la de una pequeña ciudad y se construirá con un coste de 4.000 libras según el sistema de hidrocarburos de White. Se calcula que harán falta 5.000 mecheros, que consumirán diariamente 100.000 pies cúbicos de gas. En la vecindad inmediata de esta extensa instalación fabril, el señor Salt construye además 700 casitas para obreros.»
¿Qué se sigue, pues, de esta colosal inversión de capital con fines de producción industrial inmediata? ¿Que no habrá crisis? De ningún modo. Al contrario, será de un tipo mucho más peligroso que la de 1847, que tuvo más el carácter de una crisis monetaria y comercial que el de una crisis industrial. Esta vez azotará con toda su fuerza los distritos fabriles. Recordemos el estancamiento sin precedentes de los años 1838 a 1842, que fue también resultado directo de la sobreproducción industrial. Cuanto más se concentra el capital excedente en la producción industrial, en lugar de repartirse por los múltiples canales de la especulación, tanto mayor es el círculo que alcanza la crisis, tanto más larga y más directamente golpea a la masa de los obreros y, dentro de la burguesía, precisamente a su élite. Y si en el momento del vuelco toda la enorme masa de mercancías que ya ha llegado al mercado se convierte de golpe en un lastre pesado, ¡cuánto más ocurrirá con estas numerosas fábricas ampliadas o de nueva planta, que están lo bastante avanzadas como para empezar a trabajar y para las que poder empezar a trabajar en el acto es cuestión de vida o muerte! Cada vez que el capital abandona sus canales habituales de circulación en el mundo del comercio, se produce un pánico que penetra hasta las salas de dirección del Banco de Inglaterra; ¡cuánto más ha de obrar semejante sálvese quien pueda en un momento en que sumas enormes se han convertido en capital fijo en forma de fábricas, máquinas, etc., que empiezan a trabajar justamente al estallar la crisis o que en parte necesitan nuevas sumas de capital circulante para poder trabajar de verdad!
Tomo del Friend of India12 otro hecho característico de la crisis que se aproxima. El periódico trae una estadística sobre el comercio de Calcuta en el año 1852, de la que resulta que el valor de las mercancías de algodón, hilos de coser e hilados importados en Calcuta en 1851 fue de 4.074.000 libras,13 es decir, casi dos tercios de todo el comercio de importación. Este año las cifras de importación serán aún más altas. Y eso sin contar Bombay, Madrás y Singapur. Pero la crisis de 1847 aportó tales enseñanzas sobre el comercio con la India que nadie puede abrigar la menor duda sobre el desenlace final de un periodo de prosperidad industrial en el que la importación de «nuestro imperio indio» supone dos tercios del total.
Hasta aquí el carácter de la catástrofe que vendrá en la estela de la prosperidad hoy reinante. Diversos síntomas, como la sobreabundancia de oro en el Banco de Inglaterra y las circunstancias peculiares en que se produce esta enorme afluencia de lingotes, permiten prever que esa catástrofe estallará en 1853.14
En este momento hay acumulado en el Banco de Inglaterra oro por valor de 21.353.000 libras. Se ha intentado explicar esta afluencia por el aumento de la producción de oro en Australia y California. Una rápida mirada a los hechos basta para mostrar lo errónea que es esta opinión.
El aumento de las existencias de oro en lingotes en el Banco de Inglaterra significa en realidad simplemente que ha disminuido la importación de otras mercancías; dicho de otro modo, que la exportación supera con mucho a la importación. Los últimos informes comerciales muestran en efecto una disminución considerable de la importación de cáñamo, azúcar, té, tabaco, vinos, lana, grano, aceites, cacao, harina, índigo, cueros, patatas, tocino, carne de cerdo, mantequilla, queso, jamón, manteca de cerdo y arroz, así como de casi todos los productos manufacturados del continente europeo y de la India británica. En 1850 y 1851 se había importado evidentemente en exceso; a ello se añaden los precios de la harina y el grano, subidos en el continente por una mala cosecha, que provocan una tendencia a la baja de la importación. Solo la importación de lino y algodón muestra un aumento.
Este predominio de la exportación sobre la importación explica por qué el tipo de cambio es favorable a Inglaterra. Por otra parte, como este excedente de exportación se salda con oro, grandes sumas de capital inglés quedan ociosas y aumentan así las reservas de los bancos. Bancos y particulares buscan con todas sus fuerzas la manera de valorizar este capital ocioso. De ahí la abundancia momentánea de capital prestable y el bajo tipo de interés. El tipo de descuento para las letras de primera clase está entre el 1 3/4 y el 2 por ciento. Pero vemos en todas las historias del comercio, por ejemplo en la History of Prices de Tooke,15 que la coincidencia de síntomas como la acumulación extraordinaria de lingotes de oro en los sótanos del Banco de Inglaterra, el predominio de la exportación sobre la importación, el tipo de cambio favorable, la abundancia de capital prestable y un tipo de interés bajo inaugura regularmente aquella fase del ciclo comercial en que la prosperidad se convierte en paroxismo, en que por un lado se empieza a invertir demasiado capital en importaciones y en que por otro, de manera igualmente infalible, comienzan las especulaciones más arriesgadas en toda clase de proyectos fraudulentos y seductores. Este estadio del paroxismo no es más que el precursor del estadio de la catástrofe. El paroxismo es el punto culminante de la prosperidad; no engendra la crisis, pero sí provoca su estallido.
Sé muy bien que los adivinos económicos oficiales de Inglaterra tendrán naturalmente esta opinión por muy heterodoxa. Pero desde «Prosperity Robinson»,16 aquel famoso canciller del Exchequer que en 1825, inmediatamente antes de que estallara la crisis, abrió el Parlamento con la profecía de una prosperidad inaudita e inquebrantable, ¿cuándo han previsto o predicho una crisis estos optimistas burgueses? Nunca ha habido un periodo de prosperidad en que no aprovecharan la ocasión para demostrar que esta vez la medalla no tenía reverso, que esta vez el inexorable destino estaba vencido. Pero el día en que estallaba la crisis se hacían los inocentes y arremetían con sermones moralizantes y banales contra el comercio y la industria, que no habían tenido ni la prudencia ni la previsión suficientes.
Mi próxima carta tratará de la peculiar situación política que ha creado la actual prosperidad comercial e industrial.17
Karl Marx
Joseph Warner Henley (1793-1884), diputado tory, presidente de la Junta de Comercio (Board of Trade) en el gobierno de lord Derby de 1852. ↩
La gran hambruna irlandesa de 1845-1849 y la emigración masiva que la siguió; los yacimientos de oro de California (1848) y de Australia (1851). ↩
The Economist, semanario londinense fundado en 1843, portavoz de la burguesía industrial librecambista. ↩
La nueva ley de pobres (Poor Law Amendment Act) de 1834 sustituyó la asistencia en el domicilio por el internamiento de los pobres aptos para el trabajo en los asilos o casas de trabajo (workhouses). ↩
La Poor Law Board, autoridad central de la asistencia a los pobres en Inglaterra y Gales. ↩
La comisión sanitaria analítica de The Lancet, cuyos análisis de alimentos adulterados publicó la revista entre 1851 y 1854. ↩
El impuesto sobre las ventanas fue abolido en 1851 y sustituido por un impuesto sobre las casas. ↩
Leonard Horner (1785-1864), inspector de fábricas desde 1833; Marx citaría a menudo sus informes en El capital. ↩
Titus Salt (1803-1876), fabricante de lanas de Bradford; la fábrica es la de Saltaire, junto a la cual levantó un poblado obrero. ↩
Un acre equivale a unos 4.047 metros cuadrados. ↩
La casa del ingeniero William Fairbairn (1789-1874), constructor de máquinas de vapor. ↩
The Friend of India, semanario inglés que se publicaba en Serampore, cerca de Calcuta. ↩
La copia digital de la edición alemana trae «4.0740.00»; corregimos la errata evidente. ↩
La crisis general llegó en 1857. ↩
Thomas Tooke (1774-1858), economista inglés, autor de A History of Prices and of the State of the Circulation, publicada en seis tomos entre 1838 y 1857. ↩
Frederick John Robinson (1782-1859), más tarde vizconde Goderich y conde de Ripon, canciller del Exchequer (ministro de Hacienda) de 1823 a 1827; su optimismo en vísperas de la crisis de 1825 le valió el apodo de «Prosperity Robinson». ↩
Es el artículo «Las consecuencias políticas del paroxismo comercial», escrito el 19 de octubre de 1852. ↩