Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 19 de octubre de 1852 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3602, del 2 de noviembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 374-378), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 19 de octubre de 1852

Mi última carta describía la situación en que se encuentran actualmente la industria y el comercio en Inglaterra;1 saquemos hoy las consecuencias políticas.

Aunque el estallido de la crisis industrial y comercial que amenaza dará a las luchas que se esperan con los tories un carácter más peligroso y más revolucionario, la prosperidad actual es sin duda el aliado más valioso de los tories. Este aliado no les permitirá, es cierto, volver a promulgar las leyes de cereales,2 a las que ellos mismos habían renunciado ya, pero consolidará del modo más eficaz su poder político y les ayudará a practicar una política social reaccionaria. Si nadie se opone a esta política, conducirá necesariamente a la conquista de considerables ventajas materiales de clase, igual que desde el principio se emprendió en nombre de intereses materiales de clase. Disraeli3 no quiere leyes de cereales, sino un nuevo reparto de los impuestos en favor de los arrendatarios abrumados de cargas. Pero ¿por qué están abrumados los arrendatarios? Porque en su mayoría tienen que pagar los viejos arriendos de la época anterior a la abolición del proteccionismo, mientras que los precios del grano de entonces hace mucho que siguieron el camino de todo lo perecedero. La aristocracia no quiere rebajar la renta de la tierra, pero quiere introducir un nuevo modo de imposición que indemnice a los arrendatarios por lo que tienen que pagar de más al bolsillo de la aristocracia.

Lo repito: la prosperidad actual favorece la reacción tory. ¿Por qué?

«El patriotismo», se lamenta el Lloyd's Weekly Newspaper, «es capaz de echarse a dormir en la despensa con tal de encontrar allí comida y bebida. Por eso la mejor garantía de lord Derby está ahora en el librecambio, y el lord descansa sobre un lecho de rosas que cortaron Cobden y Peel.»4

La masa del pueblo tiene trabajo y le va más o menos bien, dejando siempre aparte a los pobres asistidos, inseparables de la prosperidad británica. Por eso el pueblo no es en este momento un material muy dócil en manos de los agitadores políticos. Pero lo que más favorece a lord Derby en sus maquinaciones es el fanatismo con que la burguesía se ha lanzado al gigantesco proceso de la producción industrial: levanta fábricas, construye máquinas y barcos, hila y teje algodón y lana, llena almacenes, produce, distribuye, exporta e importa bienes y se entrega a estos y otros negocios más o menos provechosos, cuyo fin, sin embargo, ve siempre en hacer dinero. La burguesía, que sabe muy bien que los momentos felices de buena marcha de los negocios son cada vez más cortos y más raros, los aprovecha, y tiene que aprovecharlos, para hacer dinero, mucho dinero, nada más que dinero. Deja la vigilancia de los tories a sus políticos de oficio. Pero estos (véase la carta de Joseph Hume al Hull Advertiser)5 se quejan con razón de que sin presión desde fuera no pueden agitar, del mismo modo que el organismo humano no puede funcionar sin la presión de la atmósfera.

Con todo, la burguesía no puede librarse de una especie de desagradable presentimiento de que en las altas regiones del gobierno se cuece algo sospechoso y de que el ministerio explota de una manera no muy limpia la apatía política a la que la ha empujado la prosperidad actual. De vez en cuando, por eso, advierte al ministerio por medio de sus órganos de prensa. Así, por ejemplo, se lee en el Economist de Londres:

«No se puede prever cuánto tiempo conservará la democracia» (léase: la burguesía) «su sabia paciencia actual, su respeto por su propio poder y por los derechos de los demás, sin intentar reforzar su posición sirviéndose de los métodos de la aristocracia. Pero la aristocracia no debe concluir de la conducta general de la democracia que esta no abandonará nunca su moderación.»

Derby, sin embargo, responde: ¿Me tomáis por tan necio como para dejarme intimidar por vosotros ahora que luce el sol y quedarme de brazos cruzados hasta que las tormentas y los atascos de los negocios os dejen otra vez tiempo de sobra para ocuparos mejor de la política?

Todo el plan de la campaña tory puede seguirse día a día.

Los tories empezaron por hostigar los mítines al aire libre; persiguen a los periódicos irlandeses porque publican artículos que les resultan desagradables, y ahora acusan de incitación a la rebelión a los agentes de la Sociedad de la Paz,6 porque repartieron folletos contra los castigos corporales en la milicia. Así hacen retroceder, dondequiera que pueden y sin mucho ruido, a la oposición que se mueve aislada aquí y allá en la calle o en la prensa.

Al mismo tiempo evitan toda ruptura abierta y de envergadura con sus adversarios, retrasando la reunión del Parlamento y preparándolo todo de modo que, una vez reunido, se ocupe «del entierro de un duque muerto y no de los intereses de un pueblo vivo» (de un periódico radical).7 En la primera semana de noviembre se reúne, pues, el Parlamento; pero no cabe hablar de que la sesión empiece en serio antes de enero.

¿Cómo llenan los tories, entre tanto, ese intervalo? Con la campaña del censo electoral y con la formación de la milicia.8

Con la campaña del censo se proponen, o bien privar sin más del derecho de voto a los electores contrarios, o bien impedir su inscripción en las nuevas listas electorales del año próximo, alegando tal o cual objeción que según la ley pueda impedir la inscripción de un elector. Cada partido político está representado por sus abogados y defiende su causa a su propia costa; los abogados encargados de la revisión, a los que nombra el presidente del Tribunal del Banco de la Reina, deciden si las reclamaciones y las impugnaciones son fundadas. Hasta ahora esta campaña se ha desarrollado sobre todo en Lancashire y en Middlesex. Para reunir los fondos en el norte de Lancashire, los tories hicieron circular listas de suscripción en las que figura el propio lord Derby con la generosa suma de 500 libras esterlinas. En Lancashire el número de impugnaciones de electores alcanzó la cifra extraordinaria de 6.749, a saber, 4.650 en el sur y 2.099 en el norte del condado. En el sur hubo 3.557 impugnados por los tories y 1.093 por los liberales; en el norte, 1.334 rechazados por los tories y 765 por los liberales. (Esto se refiere, naturalmente, solo a los electores del campo; los electores de las ciudades del distrito correspondiente no están incluidos.) En Lancashire vencieron los tories. En el condado de Middlesex fueron borrados de las listas 353 radicales y 40 conservadores; los conservadores ganaron, pues, más de 200 votos.

En esta lucha están de un lado los tories, y del otro los whigs junto con los partidarios de la escuela de Manchester.9 Estos últimos, como es sabido, han formado sociedades para la adquisición de tierra en plena propiedad, y han creado así una maquinaria destinada a sacar nuevos electores de debajo de las piedras.10 Los tories dejan en pie la maquinaria, pero destruyen lo que produce. Por las decisiones del abogado revisor de Middlesex, el señor Shadwell, quedaron privados del derecho de voto muchos electores que pertenecían a la sociedad para la adquisición de tierra en plena propiedad; declaró, en efecto, que solo da derecho de voto un trozo de tierra que haya costado por lo menos 50 libras esterlinas. Como esta es una cuestión de hecho y no de derecho, contra tales decisiones no cabe apelación ante el Tribunal de Causas Comunes.11 Salta a la vista que esta distinción entre hecho y derecho da a los abogados revisores, que siempre tienen el oído atento a los deseos del ministerio en funciones, un poder enorme en la composición de las nuevas listas electorales.

¿Qué permiten prever, pues, estos grandes esfuerzos de los tories y la intervención directa de su jefe en la campaña del censo?

Que lord Derby no pone esperanzas muy halagüeñas en la continuidad de su nuevo Parlamento, que está dispuesto a disolverlo si se muestra rebelde, y que entretanto procura preparar por medio de los abogados revisores una mayoría conservadora para unas nuevas elecciones generales.

Así pues, por un lado los tories se han creado con esta campaña del censo un respaldo, al saber apoderarse de la maquinaria de la legislación, mientras que por otro se procuran con la ley de la milicia las bayonetas necesarias para poder ejecutar hasta las resoluciones parlamentarias más reaccionarias y soportar con toda calma las miradas sombrías de la Sociedad de la Paz.

«Ya que el Parlamento le da un barniz legal y una milicia armada le presta poder efectivo, ¡qué no podrá hacer la reacción en Inglaterra!»

exclama el órgano de los cartistas.12

Y la muerte del «Iron Duke», el prosaico héroe de Waterloo,13 ha librado en este momento crítico a la aristocracia de un incómodo ángel de la guarda, que tenía en el oficio de la guerra la experiencia suficiente para sacrificar a menudo una victoria aparente a una retirada bien cubierta, y una brillante ofensiva a un compromiso oportuno. Wellington era siempre en la Cámara de los Lores el que aconsejaba moderación; en los momentos decisivos solía disponer de poderes para 60 votos y más; impedía a los tories declarar abiertamente la guerra a la burguesía y a la opinión pública. Pero ahora, bajo la dirección de un belicoso ministerio tory que encabeza un entusiasta de las carreras,14 la Cámara de los Lores,

«que bajo la dirección del duque era el lastre seguro de la nave del Estado, puede convertirse fácilmente en una vela que la ponga en peligro».

La opinión de que este lastre de lores es necesario para la seguridad del Estado no es, naturalmente, la nuestra, sino la del liberal Daily News de Londres. El actual duque de Wellington, hasta ahora marqués de Douro, se ha pasado inmediatamente del campo de los peelistas al de los tories.15 Hay, pues, todos los indicios de que la aristocracia se dispone a hacer los esfuerzos más temerarios para reconquistar el terreno perdido y traer de vuelta los tiempos dorados de 1815 a 1830. Y en un momento así la burguesía no tiene tiempo para agitar, no tiene tiempo para sublevarse, ni siquiera tiene tiempo para declarar su indignación ante todo el mundo de la manera debida.

Karl Marx

  1. «Pauperismo y librecambio - La crisis comercial que se avecina», escrito el 15 de octubre de 1852. ↩

  2. Las leyes de cereales (Corn Laws), aranceles sobre la importación de grano que protegían la renta de los terratenientes; fueron derogadas en 1846 por el gobierno de Peel. ↩

  3. Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de los tories en la Cámara de los Comunes y canciller del Exchequer (ministro de Hacienda) en el gobierno de lord Derby de 1852. ↩

  4. Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido tory y primer ministro de febrero a diciembre de 1852. Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester y dirigente de la Liga contra las Leyes de Cereales. Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory de 1841 a 1846, que derogó las leyes de cereales. ↩

  5. Joseph Hume (1777-1855), diputado radical, veterano de la oposición parlamentaria. ↩

  6. La Peace Society, fundada en Londres en 1816, de inspiración cuáquera; los librecambistas Cobden y Bright estaban próximos a ella. ↩

  7. El duque de Wellington había muerto el 14 de septiembre de 1852; su funeral de Estado se celebró el 18 de noviembre. ↩

  8. La ley de la milicia (Militia Act) de 1852 restableció la milicia, reclutada por voluntarios y, si no bastaban, por sorteo. ↩

  9. La escuela de Manchester: los librecambistas de la burguesía industrial, con Cobden y Bright a la cabeza. ↩

  10. Las freehold land societies compraban fincas y las parcelaban para sus socios, porque en los condados daba derecho de voto la propiedad libre (freehold) de una tierra que rentara al menos 40 chelines al año. ↩

  11. El Court of Common Pleas, uno de los tribunales superiores de derecho común de Westminster. ↩

  12. The People's Paper, semanario cartista dirigido por Ernest Jones (1852-1858). ↩

  13. El «Duque de Hierro»: Arthur Wellesley, duque de Wellington (1769-1852), vencedor de Napoleón en Waterloo, primer ministro tory de 1828 a 1830. ↩

  14. Lord Derby, gran aficionado a las carreras de caballos. ↩

  15. Arthur Wellesley (1807-1884), segundo duque de Wellington. Los peelistas eran los conservadores librecambistas que habían seguido a Peel en la derogación de las leyes de cereales. ↩