Escrito por Karl Marx en inglés en Londres el 6 de agosto de 1852 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3540, del 21 de agosto de 1852. Traducido del texto inglés según Marx y Engels, On Britain (Moscú, 1953), en la transcripción del Marxists Internet Archive, con unas pocas erratas evidentes corregidas tras cotejarlas con la versión alemana de los Werke (tomo 8, Berlín, 1960, pp. 336-341), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Ya se conocen los resultados de las elecciones generales al Parlamento británico. Analizaré este resultado más a fondo en mi próxima carta.
¿Cuáles fueron los partidos que durante esta agitación electoral se enfrentaron o se apoyaron?
Tories, whigs, conservadores liberales (peelitas), librecambistas por excelencia (los hombres de la escuela de Manchester, los reformadores parlamentarios y financieros)1 y, por último, los cartistas.
Whigs, librecambistas y peelitas se coaligaron contra los tories. Entre esta coalición, por un lado, y los tories, por el otro, se libró la verdadera batalla electoral. Frente a whigs, peelitas, librecambistas y tories, y por tanto frente a toda la Inglaterra oficial, estaban los cartistas.
Los partidos políticos de Gran Bretaña son suficientemente conocidos en los Estados Unidos. Bastará recordar, en unos pocos trazos, los rasgos distintivos de cada uno de ellos.
Hasta 1846 los tories pasaban por guardianes de las tradiciones de la vieja Inglaterra. Se sospechaba que admiraban en la Constitución británica la octava maravilla del mundo; que eran laudatores temporis acti,2 entusiastas del trono, de la Alta Iglesia,3 de los privilegios y libertades del súbdito británico. El año fatal de 1846, con su derogación de las Leyes de Cereales4 y el grito de angustia que esa derogación arrancó a los tories, demostró que no eran entusiastas de nada más que de la renta de la tierra, y reveló al mismo tiempo el secreto de su apego a las instituciones políticas y religiosas de la vieja Inglaterra. Esas instituciones son precisamente las mejores instituciones con cuya ayuda la gran propiedad territorial, el landed interest,5 ha gobernado hasta ahora Inglaterra y aún hoy trata de mantener su dominio. El año 1846 sacó a la luz en toda su desnudez el interés sustancial de clase que constituye la verdadera base del partido tory. El año 1846 arrancó la piel de león, tradicionalmente venerable, bajo la que hasta entonces se había ocultado el interés de clase tory. El año 1846 transformó a los tories en proteccionistas. Tory era el nombre sagrado; proteccionista es el profano; tory era el grito de guerra político; proteccionista es el grito económico de angustia; tory parecía una idea, un principio; proteccionista es un interés. ¿Proteccionistas de qué? De sus propias rentas, de la renta de sus propias tierras. Así que los tories, al fin y al cabo, son burgueses tanto como los demás, pues ¿dónde está el burgués que no sea proteccionista de su propio bolsillo? Se distinguen de los demás burgueses del mismo modo que la renta de la tierra se distingue del beneficio comercial e industrial. La renta de la tierra es conservadora; el beneficio es progresista; la renta de la tierra es nacional; el beneficio es cosmopolita; la renta de la tierra cree en la Iglesia del Estado; el beneficio es disidente de nacimiento. La derogación de las Leyes de Cereales en 1846 no hizo más que reconocer un hecho ya consumado, un cambio producido hacía mucho en los elementos de la sociedad civil británica, a saber, la subordinación del interés terrateniente al interés del dinero, de la propiedad al comercio, de la agricultura a la industria manufacturera, del campo a la ciudad. ¿Podía dudarse de este hecho, cuando la población del campo está en Inglaterra respecto a la de las ciudades en la proporción de uno a tres? El fundamento sustancial del poder de los tories era la renta de la tierra. La renta de la tierra se regula por el precio de los alimentos. Y el precio de los alimentos se mantenía artificialmente alto por las Leyes de Cereales. La derogación de las Leyes de Cereales hizo bajar el precio de los alimentos, lo que a su vez hizo bajar la renta de la tierra, y con la renta en descenso se vino abajo la fuerza real en que descansaba el poder político de los tories.
¿Qué tratan de hacer ahora, pues? Mantener un poder político cuyo fundamento social ha dejado de existir. ¿Y cómo puede lograrse eso? Nada menos que con una contrarrevolución, es decir, con una reacción del Estado contra la sociedad. Se esfuerzan por conservar por la fuerza instituciones y un poder político que están condenados desde el momento mismo en que la población rural se vio superada tres veces en número por la población de las ciudades. Y semejante intento tiene que acabar necesariamente con su destrucción; tiene que acelerar y agudizar el desarrollo social de Inglaterra, tiene que provocar una crisis.
Los tories reclutan su ejército entre los arrendatarios, que o no han perdido todavía la costumbre de seguir a sus terratenientes como a sus superiores naturales, o dependen económicamente de ellos, o no ven todavía que el interés del arrendatario y el del terrateniente no son más idénticos que los respectivos intereses del deudor y del usurero. Los siguen y apoyan el interés colonial, el interés naviero, el partido de la Iglesia del Estado; en una palabra, todos aquellos elementos que consideran necesario salvaguardar sus intereses frente a los resultados necesarios de la industria manufacturera moderna y frente a la revolución social que esta prepara.
Frente a los tories, como sus enemigos hereditarios, están los whigs, un partido con el que los whigs norteamericanos6 no tienen en común más que el nombre.
El whig británico, en la historia natural de la política, forma una especie que, como todas las de la clase de los anfibios, vive con mucha facilidad pero es difícil de describir. ¿Los llamaremos, con sus adversarios, tories sin cargo? ¿O los tomaremos, como gustan de hacer los escritores del continente, por los representantes de ciertos principios populares? En este último caso caeríamos en la misma dificultad que el historiador de los whigs, el señor Cooke,7 que con gran naïveté confiesa en su History of Parties que es, en efecto, cierto número de «principios liberales, morales e ilustrados» lo que constituye el partido whig, pero que era muy de lamentar que, durante el siglo y medio largo que llevan existiendo, los whigs se hayan visto siempre impedidos, cuando estaban en el gobierno, de llevar a la práctica esos principios. De modo que, en realidad, según la confesión de su propio historiador, los whigs representan algo muy distinto de sus declarados principios liberales e ilustrados. Están así en la misma situación que el borracho que, llevado ante el lord alcalde, declaró que él representaba el principio de la templanza, pero que, por un accidente u otro, se emborrachaba siempre los domingos.
Pero dejemos sus principios; mejor podemos averiguar lo que son por los hechos históricos; por lo que llevan a cabo, no por lo que alguna vez creyeron ni por lo que ahora quieren que los demás crean acerca de su carácter.
Los whigs, lo mismo que los tories, forman una fracción de la gran propiedad territorial de Gran Bretaña. Más aún: la parte más antigua, más rica y más arrogante de la propiedad territorial inglesa es el núcleo mismo del partido whig.
¿Qué los distingue, entonces, de los tories? Los whigs son los representantes aristocráticos de la burguesía, de la clase media industrial y comercial. Con la condición de que la burguesía les abandone a ellos, a una oligarquía de familias aristocráticas, el monopolio del gobierno y la posesión exclusiva de los cargos, hacen a la clase media, y la ayudan a conquistar, todas aquellas concesiones que, en el curso del desarrollo social y político, se han revelado inevitables e inaplazables. Ni más ni menos. Y cada vez que se ha aprobado una de esas medidas inevitables, declaran a voz en grito que con ella se ha alcanzado el término del progreso histórico, que todo el movimiento social ha cumplido su fin último, y entonces «se aferran a lo definitivo».8 Pueden soportar más fácilmente que los tories una disminución de sus rentas, porque se consideran los arrendatarios, por derecho divino, de los ingresos del Imperio británico. Pueden renunciar al monopolio de las Leyes de Cereales mientras conserven el monopolio del gobierno como propiedad de familia. Desde la «gloriosa revolución» de 1688,9 los whigs, con breves intervalos debidos principalmente a la primera Revolución francesa y a la reacción que la siguió, han disfrutado de los cargos públicos. Quien repase este período de la historia inglesa no encontrará otra marca distintiva del whiguismo que el mantenimiento de su oligarquía familiar. Los intereses y principios que además representan de vez en cuando no pertenecen a los whigs; se los impone el desarrollo de la clase industrial y comercial, la burguesía. Después de 1688 los encontramos unidos a la bancocracia, que entonces empezaba a cobrar importancia, como los encontramos en 1846 unidos a la millocracy, la aristocracia de las fábricas. Los whigs no hicieron aprobar la ley de reforma de 183110 más de lo que hicieron aprobar la ley de librecambio de 1846. Ambos movimientos de reforma, tanto el político como el comercial, fueron movimientos de la burguesía. En cuanto cualquiera de esos movimientos había madurado hasta hacerse irresistible; en cuanto, al mismo tiempo, se había convertido en el medio más seguro de echar a los tories del gobierno, los whigs se adelantaban, tomaban la dirección del gobierno y se aseguraban la parte gubernamental de la victoria. En 1831 extendieron la parte política de la reforma tanto como era necesario para no dejar a la clase media enteramente insatisfecha; después de 1846 limitaron sus medidas librecambistas tanto como era necesario para salvar para la aristocracia terrateniente la mayor cantidad posible de privilegios. Cada vez habían tomado en sus manos el movimiento para impedir su avance y recuperar al mismo tiempo sus propios puestos.
Es evidente que desde el momento en que la aristocracia terrateniente ya no sea capaz de mantener su posición como poder independiente, de luchar como partido independiente por la posición de gobierno; en suma, que desde el momento en que los tories sean derribados definitivamente, la historia británica ya no tendrá sitio para los whigs. Una vez destruida la aristocracia, ¿de qué sirve una representación aristocrática de la burguesía frente a esa aristocracia?
Es bien sabido que en la Edad Media los emperadores alemanes ponían a las ciudades que entonces empezaban a surgir bajo gobernadores imperiales, advocati, para protegerlas contra la nobleza circundante. En cuanto el aumento de la población y de la riqueza les dio fuerza e independencia suficientes para resistir a la nobleza e incluso para atacarla, las ciudades expulsaron también a los gobernadores nobles, a los advocati.
Los whigs han sido esos advocati de la clase media británica, y su monopolio del gobierno tiene que venirse abajo en cuanto se venga abajo el monopolio territorial de los tories. En la misma medida en que la clase media ha desarrollado su fuerza independiente, ellos han ido encogiéndose de partido a camarilla.
Es evidente qué mezcla desagradablemente heterogénea ha de resultar el carácter de los whigs británicos: feudales que son al mismo tiempo malthusianos, traficantes de dinero con prejuicios feudales, aristócratas sin pundonor, burgueses sin actividad industrial, hombres de lo definitivo con frases progresistas, progresistas con conservadurismo fanático, traficantes de fracciones homeopáticas de reformas, fomentadores del nepotismo de familia, grandes maestres de la corrupción, hipócritas de la religión, tartufos de la política. La masa del pueblo inglés tiene un sano sentido común estético. Tiene un odio instintivo a todo lo abigarrado y ambiguo, a los murciélagos y a los russellitas.11 Y además, con los tories, la masa del pueblo inglés, el proletariado urbano y rural, tiene en común el odio al «traficante de dinero». Con la burguesía tiene en común el odio a los aristócratas. En los whigs odia a unos y a otros, aristócratas y burgueses, al terrateniente que lo oprime y al señor del dinero que lo explota. En el whig odia a la oligarquía que ha gobernado Inglaterra durante más de un siglo y que ha excluido al pueblo de la dirección de sus propios asuntos.
Los peelitas (liberales y conservadores) no son un partido; son simplemente el souvenir de un hombre de partido, del difunto sir Robert Peel.12 Pero los ingleses son demasiado prosaicos para que un souvenir sea entre ellos fundamento de otra cosa que de elegías. Y ahora que el pueblo ha erigido monumentos de bronce y de mármol al difunto sir R. Peel en todas partes del país, cree poder prescindir tanto mejor de esos monumentos ambulantes de Peel que son los Graham, los Gladstone, los Cardwell, etc. Los llamados peelitas no son más que ese estado mayor de burócratas que Robert Peel se había formado. Y como forman un estado mayor bastante completo, olvidan por un momento que no tienen ningún ejército detrás. Los peelitas, pues, son antiguos partidarios de sir R. Peel que todavía no han decidido a qué partido unirse. Es evidente que semejante escrúpulo no es medio suficiente para constituirse en poder independiente.
Quedan los librecambistas y los cartistas, cuya breve semblanza será el tema de mi próxima carta.
La escuela de Manchester, corriente de los fabricantes librecambistas, con Cobden y Bright a la cabeza, que tras la derogación de las Leyes de Cereales reclamaba la reforma del Parlamento y la reducción del gasto público. ↩
«Panegiristas del tiempo pasado» (Horacio, Arte poética, 173). ↩
La High Church, la tendencia de la Iglesia anglicana más apegada a la tradición, la jerarquía y el ritual. ↩
Las Leyes de Cereales, que gravaban la importación de grano para sostener su precio y con él la renta de la tierra, fueron derogadas en 1846 por el gobierno tory de Peel, con los votos de la oposición, lo que escindió el partido tory. ↩
«Interés terrateniente». ↩
El partido whig de los Estados Unidos, fundado en 1834 frente a los demócratas de Andrew Jackson. ↩
George Wingrove Cooke (1814-1865), autor de The History of Party (1836-1837). ↩
En inglés, cling to finality: alusión a lord John Russell, apodado Finality John por haber declarado en 1837 que la reforma electoral de 1832 era definitiva («final»). ↩
La revolución de 1688-1689, que derribó a Jacobo II y entronizó a Guillermo de Orange. ↩
La reforma electoral, presentada por el gabinete whig de lord Grey en 1831 y aprobada en 1832. ↩
Partidarios de lord John Russell. ↩
Sir Robert Peel (1788-1850), jefe de los tories y primer ministro en 1834-1835 y 1841-1846. ↩