Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 25 de febrero de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3716, del 15 de marzo de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 535-540), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, viernes 25 de febrero de 1853
Los debates parlamentarios de la semana ofrecen poco interés. El 22 del corriente, el señor Spooner propuso en la Cámara de los Comunes la supresión de las subvenciones al colegio católico de Maynooth,1 y el señor Scholefield presentó la enmienda de «derogar todas las disposiciones vigentes por las que se cargan a los ingresos del Estado gastos para cualquier fin eclesiástico o religioso, sea cual sea». La moción del señor Spooner fue rechazada por 162 votos contra 192. La enmienda del señor Scholefield no se discutirá antes del miércoles próximo; pero no es improbable que se retire del todo. El único pasaje notable del debate sobre Maynooth es una observación que hizo el señor Duffy (brigada irlandesa): «No creía del todo imposible que el presidente de los Estados Unidos o el nuevo emperador de los franceses se alegraran de renovar las relaciones entre esos países y el clero irlandés».
En la sesión de anoche, lord John Russell presentó a la Cámara de los Comunes su moción para la «supresión de algunas incapacidades de los súbditos judíos de Su Majestad». La moción se aprobó por una mayoría de 29 votos. Así queda la cuestión resuelta de nuevo en la Cámara de los Comunes, pero no hay duda de que volverá a quedar sin resolver en la Cámara de los Lores.
La exclusión de los judíos de la Cámara de los Comunes, después de que el espíritu de la usura haya presidido tanto tiempo el Parlamento británico, es sin duda una anomalía absurda, tanto más cuanto que ya pueden acceder a todos los cargos civiles de la comunidad. Pero no deja de ser característico del hombre y de su tiempo que, en lugar de una reforma electoral que se prometió para suprimir las incapacidades de la masa del pueblo inglés, John el Definitivo presente un proyecto de ley para suprimir exclusivamente las incapacidades del barón Lionel de Rothschild. Cuán insignificante es el interés que el público en general pone en este asunto puede deducirse del hecho de que ni desde un solo lugar de Gran Bretaña se ha enviado al Parlamento una petición en favor de la admisión de los judíos. Todo el secreto de esta miserable farsa reformista lo reveló el discurso del actual sir Robert Peel:2
«Al fin y al cabo, la Cámara no hacía más que examinar los asuntos privados del noble lord. [Grandes aplausos.] El noble lord representaba a Londres junto con un judío, [aplausos] y se había comprometido a presentar cada año una moción en favor de los judíos. [¡Muy bien!] Sin duda el barón Rothschild era un hombre muy rico, pero eso no le daba derecho a ninguna consideración, sobre todo si se tenía en cuenta cómo había amasado su riqueza. [Fuertes gritos de "¡muy bien, muy bien!" y "¡oh!, ¡oh!" desde los bancos ministeriales.] Precisamente ayer había leído en los periódicos que la casa Rothschild había consentido en conceder un préstamo a Grecia, con considerables garantías, al 9 por ciento. [¡Muy bien!] No es de extrañar que, a ese precio, la casa Rothschild fuera rica. [¡Muy bien!] El presidente de la Junta de Comercio había hablado de amordazar a la prensa. Pues bien, nadie había hecho tanto por oprimir la libertad en Europa como la casa Rothschild [¡muy bien, muy bien!] con los préstamos con que ayudaba a las potencias despóticas. Pero aun suponiendo que el barón fuera un hombre tan digno como ciertamente era rico, cabía esperar que el noble lord que representaba en esta Cámara a un gobierno formado por los jefes de todas las facciones políticas que se habían opuesto a la anterior administración propusiera alguna medida de más importancia que la presente.»
Ha comenzado la tramitación de las peticiones contra elecciones. Las elecciones de Canterbury y Lancaster se han declarado nulas, en circunstancias que demostraban la venalidad habitual de cierta clase de electores, pero es bastante seguro que la mayoría de los casos se arreglará por vía de compromiso.
«Las clases privilegiadas», dice el Daily News, «que han contribuido con éxito a frustrar las intenciones de la reforma electoral y a recuperar su ascendiente en la representación existente, se alarman naturalmente ante la idea de quedar expuestas por completo.»
El 21 del corriente, lord John Russell entregó los sellos del Foreign Office, y lord Clarendon prestó juramento como su sucesor. Lord John es el primer miembro de la Cámara de los Comunes admitido en el gabinete sin ningún cargo oficial. Ahora no es más que un consejero favorito, sin cargo y sin sueldo. Sin embargo, el señor Kelly ha anunciado ya una propuesta para remediar este último inconveniente de la situación del pobre Johnny. La secretaría de Asuntos Exteriores es tanto más importante en las circunstancias actuales cuanto que la Dieta germánica3 se ha movilizado para pedir la expulsión de todos los refugiados políticos de Gran Bretaña, y los austriacos proponen empaquetarnos a todos y transportarnos a alguna isla estéril del Pacífico Sur.
En una carta anterior se aludió a la probabilidad de que la agitación irlandesa por el derecho de los arrendatarios se convierta con el tiempo en un movimiento anticlerical, a pesar de las opiniones e intenciones de sus actuales dirigentes. Aduje el hecho de que el alto clero empezaba ya a adoptar una actitud hostil hacia la Liga. Desde entonces ha entrado en liza otra fuerza que empuja el movimiento en la misma dirección. Los terratenientes del norte de Irlanda se esfuerzan en convencer a sus arrendatarios de que la Liga de los Arrendatarios y la Asociación Católica de Defensa4 son lo mismo, y trabajan por promover una oposición contra la primera con el pretexto de resistir el avance del papismo.
Mientras vemos así a los terratenientes irlandeses apelar a sus arrendatarios contra el clero católico, vemos por otro lado al clero protestante inglés apelar a las clases trabajadoras contra los señores de las fábricas. El proletariado industrial de Inglaterra ha reanudado con redoblado vigor su vieja campaña por la ley de las diez horas y contra el truck system y el shoppage system.5 Como las reivindicaciones de este tipo se llevarán a la Cámara de los Comunes, a la que ya se han presentado numerosas peticiones sobre el asunto, tendré ocasión de detenerme en una próxima carta en las crueles e infames prácticas de los déspotas de las fábricas, que acostumbran a hacer resonar la prensa y la tribuna con su retórica liberal. Por ahora bastará recordar que desde 1802 hubo una lucha continua por parte del pueblo trabajador inglés por una intervención legislativa sobre la duración del trabajo en las fábricas, hasta que en 1847 se aprobó la célebre ley de las diez horas de John Fielden,6 por la que se prohibía a los jóvenes y a las mujeres trabajar en cualquier fábrica más de diez horas diarias. Los liberales señores de las fábricas descubrieron enseguida que con esta ley las fábricas podían trabajar por turnos y relevos. En 1849 se llevó una demanda ante el Tribunal del Exchequer,7 y el juez decidió que era legal trabajar con el sistema de relevos o turnos, con dos tandas de niños, mientras los adultos trabajaban todo el tiempo que funcionaba la maquinaria. Fue necesario, por tanto, acudir de nuevo al Parlamento, y en 1850 se condenó allí el sistema de relevos y turnos, pero la ley de las diez horas se transformó en una ley de las diez horas y media. Ahora, en este momento, las clases trabajadoras reclaman la restitución in integrum8 de la ley original de las diez horas; y, para hacerla eficaz, añaden la reivindicación de una limitación de la fuerza motriz de la maquinaria.
Esta es, en resumen, la historia exotérica de la ley de las diez horas. Su historia secreta fue la siguiente: la aristocracia terrateniente, que había sufrido una derrota a manos de la burguesía con la aprobación de la reforma electoral de 18319 y se veía atacada en «sus intereses más sagrados» por el clamor de los fabricantes en favor del librecambio y la abolición de las leyes cerealistas, resolvió resistir a la clase media abrazando la causa y las reivindicaciones de los obreros contra sus patronos, y en especial uniéndose a sus demandas de limitación del trabajo fabril. Lores llamados filántropos estaban entonces a la cabeza de todos los mítines por las diez horas. Lord Ashley10 llegó incluso a hacerse una especie de renommée con sus actuaciones en este movimiento. La aristocracia terrateniente, que recibió un golpe mortal con la abolición efectiva de las leyes cerealistas en 1846, se vengó imponiendo al Parlamento la ley de las diez horas de 1847. Pero la burguesía industrial recuperó por vía judicial lo que había perdido por la legislación parlamentaria. En 1850, la ira de los terratenientes se había ido calmando, y estos llegaron a un compromiso con los señores de las fábricas: condenaron el sistema de turnos, pero al mismo tiempo impusieron a las clases trabajadoras, como castigo por hacer cumplir la ley, media hora más de trabajo per diem. Pero en el momento actual, como sienten acercarse su lucha final con los hombres de la escuela de Manchester, intentan de nuevo apoderarse del movimiento por la reducción de la jornada; y, sin atreverse a dar la cara ellos mismos, procuran socavar a los señores del algodón dirigiendo contra ellos la fuerza popular por medio de los clérigos de la Iglesia del Estado. De qué manera tosca han tomado en sus manos estos santos varones la cruzada antiindustrial puede verse por los pocos ejemplos siguientes. En Crampton se celebró un mitin por las diez horas, presidido por el reverendo doctor Brammell (de la Iglesia del Estado). En este mitin, el reverendo J. R. Stephens, titular de la parroquia de Stalybridge,11 dijo:
«Hubo épocas en el mundo en que las naciones estaban gobernadas por la teocracia... Ese estado de cosas ya no existe... Pero el espíritu de la ley seguía siendo el mismo... El trabajador debía ser ante todo partícipe de los frutos de la tierra que él contribuía a producir. La ley de fábricas se violaba con tal desvergüenza que el inspector jefe de esa parte del distrito fabril, el señor Leonard Horner, se había visto obligado a escribir al ministro del Interior para decirle que no se atrevía a enviar, ni enviaría, a ninguno de sus subinspectores a ciertos distritos mientras no tuviera protección de la policía... ¿Y protección contra quién? ¡Contra los fabricantes! Contra los hombres más ricos del distrito, contra los hombres más influyentes del distrito, contra los magistrados del distrito, contra los hombres que tienen el nombramiento de Su Majestad, contra los hombres que se sentaban en las sesiones de los jueces de paz como representantes de la realeza... ¿Y sufrieron los patronos por su violación de la ley?... En su propio distrito era costumbre establecida de los obreros, y en gran medida de las obreras de las fábricas, quedarse en la cama los domingos hasta las 9, las 10 o las 11, porque estaban rendidos por el trabajo de la semana. El domingo era el único día en que podían descansar sus cuerpos fatigados... Por lo general se vería que, cuanto más larga era la jornada, más bajo era el salario... Preferiría ser esclavo en Carolina del Sur a ser obrero de fábrica en Inglaterra.»
En el gran mitin por las diez horas de Burnley, el reverendo E. A. Verity, titular de Habergham Eaves, dijo a su auditorio, entre otras cosas:
«¿Dónde estaba el señor Cobden, dónde estaba el señor Bright, dónde estaban los demás miembros de la escuela de Manchester, cuando el pueblo de Lancashire estaba oprimido?... ¿En qué acababan los pensamientos del rico?... Pues en maquinar cómo podía estafar a las clases trabajadoras una hora o dos. Esas eran las maquinaciones de lo que él llamaba la escuela de Manchester. Eso los convertía en hipócritas tan astutos y en bribones tan taimados. Como ministro de la Iglesia de Inglaterra, protestaba contra semejante obra.»
Ya se ha señalado el motivo que ha transformado tan de repente a los caballeros de la Iglesia establecida en otros tantos caballeros andantes de los derechos del trabajo, y caballeros tan fervorosos. No solo están haciendo acopio de popularidad para los días de lluvia de la democracia que se acerca; no solo son conscientes de que la Iglesia establecida es esencialmente una institución aristocrática, que tiene que mantenerse o caer con la oligarquía terrateniente: hay algo más. Los hombres de la escuela de Manchester son contrarios a la Iglesia del Estado, son disidentes, y sobre todo están tan prendados de los 13.000.000 de libras que la Iglesia del Estado les saca cada año del bolsillo solo en Inglaterra y Gales, que están resueltos a separar esos profanos millones de las sagradas órdenes, para que estas queden mejor dispuestas para el cielo. Los reverendos caballeros luchan, pues, pro aris et focis.12 Pero los hombres de la escuela de Manchester pueden deducir de esta maniobra de diversión que no serán capaces de arrancar el poder político de las manos de la aristocracia a menos que consientan, por mucho que les repugne, en dar también al pueblo su parte plena en él.
En el continente, la horca, el fusilamiento y la deportación están a la orden del día. Pero los verdugos son seres tangibles y ahorcables, y sus hechos quedan grabados en la conciencia de todo el mundo civilizado. Al mismo tiempo, actúa en Inglaterra un déspota invisible, intangible y silencioso, que condena a individuos, en casos extremos, a la más cruel de las muertes, y que en su labor silenciosa de todos los días expulsa a razas enteras y a clases enteras de hombres del suelo de sus antepasados, como el ángel de la espada de fuego que expulsó a Adán del Paraíso. En esta última forma, la obra del invisible déspota social se llama emigración forzosa; en la primera se llama muerte por hambre.
Este mes se han producido en Londres algunos nuevos casos de muerte por hambre. Solo recuerdo el de Mary Ann Sandry, de 43 años, que murió en Coal-lane, Shadwell, Londres. El señor Thomas Peene, el cirujano que asistía a la investigación del juez de instrucción, dijo que la difunta había muerto de hambre y de exposición al frío. La difunta yacía sobre un montoncito de paja, sin el menor abrigo. El cuarto estaba completamente desprovisto de muebles, de lumbre y de comida. Cinco niños pequeños estaban sentados en el suelo desnudo, llorando de hambre y de frío junto al cadáver de la madre.
Sobre el funcionamiento de la «emigración forzosa», en mi próxima carta.
Seminario católico irlandés que recibía desde 1795 una subvención del Estado; su aumento en 1845 por Peel había levantado una fuerte oposición protestante. ↩
Sir Robert Peel (1822-1895), hijo del primer ministro del mismo nombre, muerto en 1850. ↩
La Dieta de la Confederación Germánica, en Fráncfort. ↩
Organización fundada en 1851 por el clero católico irlandés contra la ley de títulos eclesiásticos (Ecclesiastical Titles Act) de ese año. ↩
Sistemas de pago del salario en especie o en vales canjeables en las tiendas del propio patrono. ↩
John Fielden (1784-1849), fabricante de algodón radical, promotor de la ley de 1847. ↩
Tribunal superior de common law que entendía en asuntos fiscales y civiles. ↩
«Íntegra», en su estado original. ↩
El proyecto se presentó en 1831 y se aprobó en 1832. ↩
Anthony Ashley Cooper, lord Ashley y desde 1851 conde de Shaftesbury (1801-1885), tory filántropo, jefe parlamentario del movimiento por la limitación de la jornada. ↩
Joseph Rayner Stephens (1805-1879), predicador metodista y luego clérigo independiente, cartista y dirigente del movimiento por las diez horas. ↩
«Por sus altares y sus hogares». ↩